Capítulo 1
Normalmente, mi mujer y yo, nos solemos repartir los días en que vamos a recoger al niño al colegio. Afortunadamente tenemos suerte; al contrario que otros amigos nuestros, que soportan al resto de padres con resignación, en el patio donde esperamos a que salgan las fieras, nos juntamos con varios progenitores que son bastante majos y podemos charlar tranquilamente mientras los críos juegan.
Así que unos días estás con unos padres, y, otros días, con otros. De este modo hemos ido conociéndonos todos y forjando buenas amistades.
Los viernes, por lo general, solemos coincidir varios padres y aprovechamos para tomar algo mientras van llegando las distintas parejas, antes de ir a cenar en un restaurante que tiene un rincón al fondo con mesas bajas y un armario lleno de juegos para los niños.
De todos los padres que rondan el patio, los más simpáticos, son los del mejor amigo de nuestro hijo; esto es una suerte porque nos permite dejar el estrés del trabajo atrás y tomar algo en buena compañía.
Marga, mi esposa, y Rosa, la madre de Andrés, el mejor amigo de nuestro hijo Fran, se llevan casi tan bien como Walter, su marido, y yo. Cuando coincidimos, vamos los cuatro con nuestros hijos a tomar algo después de los juegos del patio. A mí estos momentos de expansión me dan la vida.
No siempre coincidimos los cuatro. Lo normal es que solo estemos un adulto por niño, lo que no nos impide tomarnos un vino en el bar que hay frente al parque de juegos de nuestro barrio. Somos los únicos que vivimos allí; las otras familias no viven tan cerca. Cuando es Walter el que viene a buscar a Andrés, nos lo pasamos francamente bien. Es muy gracioso el cabrón y además está más salido que un mandril. Siempre anda diciendo lo que le haría a cada una de las mujeres que vemos. Tiene el abanico más amplio que haya conocido jamás. Le gustan todas y a cada una le encuentra el punto morboso. Tiene mucha imaginación, y, según él, a la que no le gusta follar a cuatro patas, le gusta comérselas dobladas. La cuestión es decir alguna barbaridad, no tiene filtro, y estas barbaridades solo las dice cuando estamos solos. Yo siempre he pensado que esto debe ser normal en su país; es inglés, y los ingleses siempre han sido más liberales que nosotros. El resto de padres son bastante más discretos que Walter, pero también les gusta bromear con estas cosas.
La rutina con Rosa es la misma; vamos al mismo bar y observamos a nuestros hijos jugar mientras nos tomamos algo y charlamos. Rosa no es tan divertida, pero también lo paso bien con ella. Es muy agradable. Y, aunque no lo dice, está igual de salida que su marido. Le veo seguir con la mirada a todos los hombres que pasan por allí.
Cuando Walter está con Marga, o cualquiera de las otras madres, se corta un poco con los comentarios, pero mi mujer no es tonta y ya se ha dado cuenta de que se le van los ojos en todas direcciones.
Nosotros, por nuestra parte, ahora que el chaval ya tiene seis años y no es tan absorbente, estamos recuperando nuestra vida sexual. Fran, por fin, duerme como un lirón y, una vez que se va a la cama, tenemos toda la casa para nosotros.
Ellos, Rosa y Walter, nos confesaron entre risas que ellos andan igual. No ven el momento de que el crío se duerma para empezar a follar donde puedan. En esto, son bastante más explícitos que nosotros y nos cuentan cosas que yo jamás contaría. Por eso sé que a Rosa le encanta que se corran en su boca o que a Walter le vuelve loco darle por el culo a ella, que, por cierto, también tenemos claro que le encanta, y cuanto más fuerte, mejor. De los demás padres no tenemos tanta información, pero no nos cabe duda de que también hacen lo que pueden.
A veces nos preguntan por nuestras intimidades y respondemos con evasivas. Ellas en privado hablarán de estas cosas, pero si estamos Walter y yo en la conversación, Marga se corta. Eso no quiere decir que Walter no sepa por su mujer, que a nosotros nos gustan todas esas cosas tanto como a ellos; es solo que, nos avergüenza hablar de ello.
Cuando nos propusieron ir a pasar unos días festivos al chalé que la familia de ella tiene en la sierra, ya sabíamos al aceptar que, al calor del vino, las conversaciones iban a subir de tono. Eso estaba bien; a mí, me pone bastante cachondo Rosa, y sabía que la iba a ver en bañador alrededor de la piscina. No había que tener mucha imaginación para adivinar su cuerpo; lo luce bastante con la ropa que lleva habitualmente. Está muy buena, y lo sabe.
A este plan se sumaron otras dos parejas con sus respectivos hijos. Estos, aunque son muy majos, son bastante más recatados o, al menos, son más discretos.
Por lo que nos dijeron, tendríamos cada pareja una habitación con terraza en la segunda planta, fuera de la mirada de extraños. Esto nos lo comentaron con toda la intención. Ellos, por su parte, no tenían ningún reparo en admitir que les encantaba follar por todas las esquinas en aquel chalé. Sobre todo, a escondidas, cuando andan los padres de ella por allí.
Marga y yo nos planteamos el viaje con bastante ilusión. El niño jugaría con sus amigos en la piscina, tomaríamos el sol, comeríamos, beberíamos y nos relajaríamos. Pasaríamos aquel puente en compañía de nuestros amigos, charlando y riendo hasta altas horas de la madrugada sin necesidad de volver a casa a acostar al niño. También tengo que decir que, el comentario de la terraza, me había hecho imaginarme la situación con mi mujer desnuda bajo las estrellas y no veía el momento de arrancarle la ropa a mordiscos.
Después del interminable trayecto escuchando la música del niño, una y otra vez, al llegar a aquel chalé apartado del mundo, solo quería una cerveza fría y meterme en la piscina. Ellos se habían adelantado para prepararlo todo y cuando llegamos, a eso de las seis de la tarde, ya tenían preparado todo para la barbacoa en el jardín y una jarra de margarita que no duró ni media hora.
Aquella primera noche estaríamos solo nosotros; el resto de invitados llegarían al día siguiente a la hora de comer. Marga se empeñó en que fuésemos tan pronto Fran saliese del colegio para aprovechar la tarde.
Qué placer ver jugar a Fran en la piscina con su amigo mientras nos bebíamos los margaritas y picábamos algo entre chapuzón y chapuzón.
La barbacoa en el jardín con la puesta de sol, fue una delicia, y, que los niños tuviesen una consola en el salón, nos permitió descansar de sus gritos mientras apurábamos la última botella de vino.
Después de una hora jugando frente a la pantalla, los anfitriones la desenchufaron y los mandaron a dormir a su habitación. Estaban agotados, con lo que cayeron desnucados en dos minutos.
Al fin solos, nos preparamos unos copazos y bailamos descalzos en la hierba. Entre las tumbonas que rodeaban la pequeña piscina redondeada, tenían un mueble bar en el que no faltaba de nada. La temperatura era tan buena, que también tuvimos la oportunidad de darnos algún que otro chapuzón nocturno.
Walter tuvo la feliz idea de apagar las luces exteriores para aprovechar la claridad de la luna llena que nos acompañó aquella noche. Solo quedaron encendidas las luces del interior de la piscina.
A medida que íbamos apurando las copas, nuestros anfitriones preparaban más. No tardamos en estar un tanto achispados, y, sin nuestros hijos por medio, no había que tener tanto cuidado como de costumbre.
No me sorprendió que Rosa se mostrase juguetona con Walter; la verdad es que Marga y yo también nos mirábamos con deseo. Tenía claro que, en cuanto subiésemos a nuestra habitación, íbamos a follar como locos bajo aquella imponente luna llena.
Lo que sí me sorprendió, fue la manera en que Rosa dejaba volar su sensualidad con Marga. Le hacía todo tipo de comentarios picantes, dando por hecho que nosotros, al igual que ellos, estábamos deseando revolcarnos en cuanto nos retirásemos a nuestra habitación.
Walter seguía con la mirada a su esposa y me hacía gestos de complicidad. Yo no tenía claro si me miraba así queriendo decir lo bien que se lo iba a pasar con ella, o si lo hacía porque notaba que me estaba poniendo muy cachondo verla mover con desinhibición aquel cuerpazo; además, me daba cuenta de cómo miraba él a mi mujer y, aunque debería molestarme, por algún motivo me resultaba excitante.
Marga, con tanto alcohol, también estaba bastante desinhibida y, cuando Rosa la abrazó por la cintura para bailar juntas, aceptó el tonteo sin darle demasiada importancia. Walter y yo las mirábamos con admiración mientras se dejaban llevar por la música, contoneando sus cuerpos insinuantes, aún húmedos por el último chapuzón.
Walter aprovechó para hacerme un comentario que no me gustó mucho así de primeras.
—Hay que reconocer que somos dos tíos con suerte. Mira que buenas están nuestras mujeres.
Fue la primera vez que incluía a mi mujer en sus comentarios sexuales. No me cabía la menor duda de que Marga le tuviese que resultar atractiva; primero, porque lo es, y segundo, porque, como ya he dicho, le gustan todas.
Debió ver en mi cara que aquel comentario me había incomodado y corrió a quitarle hierro igualándome con él.
—No me digas que no te has fijado en Rosa. ¿Qué crees?, ¿que no veo cómo la miras?
Me ruboricé automáticamente.
—No te preocupes, es normal. Rosa está hecha para el deseo y pocas cosas le gustan más que gustar.
Frente a nosotros los bailes subieron de tono. Parece que Rosa sabía de lo que estábamos hablando y nos dio en qué fijarnos. Marga, para mi sorpresa, se estaba dejando arrastrar y también se mostró inusualmente provocativa. No quería mirar en nuestra dirección, pero sabía de sobra que no perdíamos detalle de cada uno de sus movimientos.
Sus bailes dejaron de ser sencillamente sensuales, para volverse abiertamente sexuales. Rozaban sus cuerpos sin pudor, haciendo todo tipo de gestos provocativos que, sin duda, iban destinados a ponernos cachondos.
Yo no sé si mi mujer era consciente de que quien realmente me estaba poniendo cachondo era Rosa. La veía con la rodilla de Marga entre sus piernas, frotándose con ella mientras movía las caderas al son de la música, y no podía dejar de pensar en separar aquellas nalgas para meter la boca dentro. Tenía el culo perfecto y saber que le gustaba tanto el sexo anal, me impedía pensar en otra cosa que no fuese comérselo como un poseso para luego follármelo.
Los biquinis no podían disimular los pezones erizados que ambas lucían; el rubor de sus rostros, perfectamente visible bajo la luz de la luna llena, no dejaba lugar a dudas. Habían llevado aquel juego demasiado lejos; si no estuviésemos Walter y yo delante, se follarían allí mismo.
—Que se besen, que se besen —canturreó de pronto Walter antes de guiñarme un ojo, a modo de broma infantil, pero con la sana intención de provocarles.
Marga sonrió avergonzada, pero Rosa no dejó caer al suelo el guante arrojado. Miró fijamente a Marga y, cogiendo ambos lados de su rostro entre las manos, le dio un sonoro beso en los labios, demostrando que no se arrugaba ante el desafío.
Walter aplaudió emocionado mientras se deshacía en piropos hacia las dos.
A mí no me pareció para nada algo excitante porque no lo veía más que como un juego tonto, pero cuando Marga, totalmente ruborizada, se dejó besar por segunda vez, y esta, con un beso de tornillo, algo dentro de mí se encendió súbitamente. Sus lenguas se entrelazaron durante unos interminables segundos, demostrando que efectivamente, se deseaban.
Walter volvió a aplaudir después de darme un codazo para que le imitase. Aplaudí mecánicamente, sin mucha convicción, anonadado, viendo a mi mujer apartarse de Rosa avergonzada, pero satisfecha.
Tratando de sonreír como si no hubiese pasado nada, Marga se acercó a nosotros con la excusa de dar un trago a la bebida que había quedado sobre el mueble bar desde el que las observábamos.
Walter, ni corto ni perezoso, alabó su baile y sus besos pidiendo más.
Rosa agradeció el cumplido, Marga refugió la mirada en la copa recién recuperada y evitó el contacto visual con ambos.
—Cómo no perder la cabeza con este bellezón de mujer que tengo —trató de tranquilizarla Walter.
Marga volvió a sonreír tímidamente y me miró haciendo una mueca burlona, como de niña pequeña que se ha portado mal, pero que no le importa. Le devolví una mirada amable, comprensiva. Yo le hubiese metido la lengua hasta la garganta a Rosa de haber estado en su pellejo.
Rosa prendió la mano de su marido y lo invitó a bailar. En cuanto este empezó a moverse al ritmo de la música, se le colgó del cuello dejando claro que deseaba continuar con los roces que empezara con mi mujer.
Marga y yo comenzamos a bailar también. Cogidos por las caderas y con las frentes unidas, comentamos lo sucedido entre susurros.
Tengo que reconocer que lo que me dijo, me desarmó por completo.
—Te estaba observando mientras bailábamos y he visto cómo mirabas a Rosa.
—Os miraba a las dos —repliqué con bien poca convicción.
—No seas hipócrita, se te caía la baba mirándole el culo.
Vale. No lo podía negar. Efectivamente, se me caía la baba viendo a aquella hembra en celo, pero era un hecho que Marga tampoco era inmune a sus encantos.
—Tienes razón, no he perdido detalle de cada uno de vuestros movimientos, en especial, los de su culo. Lo mueve muy bien, que ya sabe lo que tiene —reconocí, porque hacer cualquier otra cosa, hubiese sido ridículo.
—No me importa. Es normal, hasta yo me he excitado viendo cómo se mueve.
—Ya te he visto, ya…
—Calla, no me digas eso, que bastante vergüenza estoy pasando.
—Vergüenza ninguna, mi amor. Estabas radiante; me pasaría la vida viéndote bailar con ella.
Así abrazados, con nuestros cuerpos pegados y las frentes la una junto a la otra, sincerándonos sobre el deseo que estábamos sintiendo, no reparamos en cuánto se habían acalorado nuestros anfitriones en su baile.
Rosa se restregaba impúdicamente contra la incipiente erección de Walter mientras retorcían sus lenguas en la boca del otro.
Marga y yo, al percatarnos de esto, tratamos de despedirnos sin interrumpir el brote de pasión.
—Vale, vale… ya paramos. Es que nos encendemos enseguida —se apresuró a disculparse Walter.
—No os vayáis —suplicó Rosa—, disfrutemos un poco más de esta espléndida noche. Ya tendréis tiempo de subir a vuestra habitación a quitaros la calentura —sentenció riendo.
Al separar sus cuerpos, pudimos ver con qué alegría Walter lucía tremenda erección bajo su bañador. No se cortó ni un pelo. Se dirigió hacia nosotros, como si tal cosa, ofreciéndonos un nuevo trago.
—Venga, chicos, que no decaiga. Vamos a pasarlo bien, que no hay nada de malo en sentir un poco de deseo.
Yo ya estaba articulando una excusa para retirarnos a nuestra habitación para follar con mi mujer pensando en la de mi amigo, cuando Marga aceptó tomarse otra copa con ellos.
La copa la puso Rosa mientras Walter se zambullía en la piscina. Salió del agua admitiendo sin pudor que lo había hecho para que se le bajase la tienda de campaña.
A partir de este momento, ambos se comportaron de un modo que a nosotros nos incomodó bastante, bueno, al menos, a mí. Daban por hecho que estábamos tan cachondos como ellos. Lo malo era que no les faltaba razón.
Rosa se abrazaba a su marido mirándonos con picardía y Walter observaba a Marga sin ocultar su admiración.
Rosa, sin previo aviso y sin venir a cuento, dijo alegremente que siempre les habíamos gustado. Que muchas veces habían fantaseado con la posibilidad de acostarse con nosotros, y, que desde el principio habían pensado en esta escapada para llevarlo a cabo.
Al decir esto, echó una mirada inquisitiva a Marga. Cuando vi la reacción de mi esposa, agachando la mirada y sonrojándose, comprendí que allí el único que no sabía lo que estaba pasando, era yo.
En este momento de sorpresa, que no sabía ni dónde mirar, Rosa se acercó a mí, y, dándome un beso en los labios, me susurró:
—A mí, no solo me gusta tu mujer. Hace mucho que me muero por tenerte entre mis piernas, que lo sepas. Y ya sé que, a ti, te gusto más de lo que te atreves a admitir.
Miré a mi alrededor y me encontré con la sonrisa cómplice de Walter y la mirada huidiza de Marga.
Rosa se apartó de mí, y fue directa a besar a Marga.
Frente a mis ojos perplejos, mi mujer le volvía a abrir la boca a aquella lengua y se dejaba besar sin remilgos.
Walter se acercó a su mujer por detrás, y, cogiéndola por la cintura, le besó el cuello mientras ellas seguían entrelazando sus lenguas.
Mi incomodidad duró lo que tardó Marga en soltar un prolongado suspiro mientras se separaba de Rosa.
No tuvo que hacer nada más. Entendí que se moría por acostarse con aquella mujer. Me entraban dudas con respecto a sus intenciones hacia el marido. Que a Marga le pudiera apetecer volver a estar con una mujer, me parecía normal; que entrase otro hombre en la ecuación, no tanto. Es más fácil de entender que tu pareja eche de menos las caricias de una mujer más que las de otro hombre, porque para eso ya está uno, y con otra mujer no se puede competir.
Marga, una vez destapado el enredo, vino a mí, y, poniendo una mano en mi paquete, me susurró al oído:
—Vamos a hacer una locura. Por una vez en nuestras vidas, dejémonos llevar.
Rosa me miraba sonriendo mientras alargaba un brazo y hacía lo mismo que Marga, palpar el paquete de su marido.
—¿Estás segura de esto, cariño?
—No estoy segura de nada, solo sé, que me apetece demasiado acostarme con ellos, como para dejarlo pasar.
Bien. Me quedaba claro. Acostarse con Walter también estaba en sus planes.
Mi cara de sorpresa provocó las risas de nuestros amigos y aprovecharon para no darme la oportunidad de echarme atrás. Marga, sin esperar mi respuesta, se desprendió de mí y se abrazó a Rosa, besándola de nuevo. Se enzarzaron en un beso húmedo y caliente. Restregaron sus cuerpos y los acariciaron.
—Dejémoslas tranquilas —me aconsejó Walter acercándome mi bebida y apartándose un poco de ellas.
Se sentó en una de las hamacas que rodeaban la piscina y me invitó a hacer lo mismo.
Presa aún de la estupefacción, me senté en otra de las hamacas y me conformé con ver el espectáculo. No podía negar que estaban las dos radiantes, en especial mi esposa. Nunca la había visto desde fuera, digamos. Verla entregada a la pasión me resultó casi más bonito que excitante, y eso que me estaba excitando muchísimo.
Las manos de Rosa acariciaban sabiamente el cuerpo que, hasta ese día, solo acariciaba yo. Marga suspiraba y se dejaba hacer frente a nosotros. Pronto se vio desprendida de la parte superior del biquini y los carnosos labios de Rosa, besaban sus pezones.
—Tu mujer tiene unas tetas espléndidas —le oí decir a Walter.
Una mano se aventuró entre las piernas de Marga y los suspiros se convirtieron en gemidos.
En pie, frente a nosotros, Rosa se estaba follando con la mano a mi mujer, para deleite de su marido, que no tardó en sacársela y comenzar a masturbarse sin pudor alguno y con una naturalidad que me incomodaba, pero que no me molestaba.
Esta era la primera vez en mi vida que veía en vivo a un hombre masturbarse en mi presencia. Fue una sensación extraña, porque, aunque se estaba masturbando mirando a mi mujer, me pareció natural que lo hiciera. Sin decir nada, ya habíamos traspasado esa línea que ni te imaginabas que existía.
Rosa dijo algo al oído de su amante y ambas nos miraron con malicia.
Primero fue Rosa quien se arrodilló frente a su esposo para ayudarlo en su tarea. Luego fue Marga quien imitó a su amiga y se arrodilló frente a mí, para hacer lo mismo.
Me dejé hacer. Mi polla asustada emergió por encima del elástico del bañador y Marga la acarició con ternura mientras observaba cómo su amiga llevaba aquella polla totalmente erecta, no como la mía, a sus labios.
La cuidadosa mano de mi mujer se movía arriba y abajo mientras ambos mirábamos embelesados la buena maña que se daba Rosa.
Walter se dejaba hacer mientras seguía dando sorbos a su bebida y le decía lo mucho que le gustaba verla así de cachonda.
Marga me miró, cruzó una mirada cómplice con Walter e imitó a su amiga.
Yo me limitaba a dirigir breves miradas a lo que sucedía en mi entrepierna; lo que realmente me tenía hipnotizado, era la capacidad que tenía aquella mujer para hacer desaparecer por completo la polla que chupaba. Walter estaba bastante bien dotado, pero no parecía costarle demasiado pegar la nariz a su vientre.
—Me voy a poner otra copa —dijo Walter de repente, apartando a Rosa y poniéndose en pie. Aquel magnífico pene se balanceó brillando por la saliva bajo la luz de la luna.
Esto dejó a Rosa libre para venir hasta nosotros y sumarse a la felación que Marga me hacía por primera vez en público Antes de compartir mi polla, se besaron, metiéndose la lengua con lascivia ante mis ojos atónitos. Acto seguido, engulló hasta el fondo mi pene y mordisqueó su base. Nunca había sentido nada semejante. Subió y bajó varias veces usando los dientes con suavidad a distintas alturas antes de devolvérsela a Marga.
Marga intentó hacer lo mismo que ella, pero no pudo. Le daban arcadas, pero no por ello desistió. Lo siguió intentando para demostrarle a su amiga que ella también podía. Porque, de hecho, podía perfectamente; no era la primera vez que, presa de la excitación, se atragantaba con ella, pero le cuesta.
Después de un par de intentos fallidos, Rosa, cogiéndola por la coleta, la obligó a ir hasta el fondo. Escuché el gorgoteo y pensé que Marga vomitaría; no sería la primera vez, pero no solo no fue así, sino que, ayudada por su amiga, dio varios cabezazos contra mi pubis gimiendo como loca cada vez que se la sacaba para respirar.
Walter llegó con su copa, la dejó en el suelo, y se entregó a acariciar la entrepierna de su pareja. Rosa se fue colocando a cuatro patas mientras su marido le iba dando lametones desde el clítoris hasta el culo.
Marga, en un movimiento rápido, movió el mecanismo de la hamaca haciéndome caer hacia atrás y quedar totalmente tumbado. Pasó una pierna por encima de mi cabeza, y se sentó en mi cara mirando hacia nuestros anfitriones.
Tenía el tanga del biquini empapado y no solo por haberse bañado. Lo apartó dejándome a solas frente a su dilatada vulva y siguió compartiendo mi erección con Rosa, que gemía por los cuidados que recibía a su espalda.
Disfrutamos de esta delicia de postura hasta que escuché a Rosa decirle a su marido:
—Métemela, no esperes más.
Era ahora Marga quien obligaba a Rosa a tragarse mi polla mientras recibía las potentes envestidas de su marido.
Yo sentía en la boca la excitación de Marga; sus jugos corrían por mi cuello. Sabía que estaba a punto y que, en cuanto se sentase sobre mi pene, se iba a correr sin tan siquiera tenerla toda dentro.
Efectivamente, así fue. Separó su coño de mi boca, se sentó sobre mí introduciéndose mi polla ayudada por su amiga, y, en apenas cuatro movimientos, torturada por los mordiscos que Rosa le propinaba en los pezones, se corrió gritando como una loca frente a nuestros impúdicos amigos.
Los orgasmos de Marga son muy caudalosos, por así decirlo. Rosa, que tenía la cara junto a nuestros sexos, quedó empapada. Walter bromeó con la envidia que esto le producía.
Marga se separó de nosotros para descansar un poco y dar otro trago a su bebida. Quedé, con mi pene asido por la mano de Rosa, frente a Walter, que me miraba triunfal mientras seguía chocando su pubis contra las nalgas que sujetaba con fuerza.
—Sigue chupándosela, mi amor, que ya sabes cómo me gusta follarte cuando te comes una polla.
Esto me hizo entender que no era la primera vez que jugaban con más gente.
Volví a sentir las embestidas que recibía Rosa mientras me la chupaba. Me encantaba notarla así de cachonda.
Marga se sentó en la hamaca contigua con su copa en una mano, y, estirando la otra mano, comenzó a pellizcar los pezones de Rosa, que agradeció la caricia gimiendo con más fuerza.
Walter, llevó a su mujer al orgasmo con fuertes empujones sin que esta se la sacase de la boca. Me tuve que contener para no llenársela de semen.
Hicimos una pequeña pausa. Walter, moviendo la mano arriba y abajo sobre su pene, contemplaba a nuestras mujeres y hacía comentarios sobre lo bonitas que estaban, así, recién corridas.
Yo me reincorporé luciendo con desenfado mi erección. Era algo que no había hecho nunca, y me gustó. Walter miraba a Marga con auténtico deseo, pero no se acercaba a ella. Parecía que deseaba ser invitado a comérsela viva. Marga no decía nada y yo no me decidía a hacer tal invitación. Fue Rosa la que rompió el hielo.
—Te mueres por comerte ese coñito chorreante, ¿a que sí?
—Y por follármelo, mi amor. Pero no sé si Fede va a estar cómodo viendo enterrar la cabeza entre las piernas de su mujer.
Fede soy yo, que no me había presentado, y, efectivamente, no me hacía sentir especialmente cómodo compartir a Marga con otro hombre. Ya sé que es muy hipócrita por mi parte, pero es un primer paso que cuesta dar.
—Este coño es mío, y se lo come quien yo decida —bromeó Marga.
No podía quedarme callado. El desafío estaba planteado y algo tenía que decir.
—Aquí mandan ellas, ¿qué puedo decir?
—Anda que no tienes tú ganas de comerte a Rosa —me desafió Marga.
—Sí, sí… —dijo Rosa aplaudiendo como una niña pequeña.
—Me muero por verlo —sentenció Walter.
La suerte estaba echada. No voy a negar que me estaba gustando la experiencia, pero ver a Walter con la boca entre las piernas de mi mujer me parecía un poco fuerte. Lo iba a acabar viendo, me gustase o no, así que barrí para mi terreno. Si con todo aquello, algo se me había metido en la cabeza, era ver a Rosa comerle el coño a Marga.
—Yo me muero por ver a tu mujer entre las piernas de la mía.
—Sí, sí… —volvió a aplaudir Rosa, juguetona.
—No se hable más —interrumpió Marga tumbándose boca arriba en la tumbona más próxima y levantando las piernas.
Reímos los cuatro. Rosa se estaba relamiendo mientras se arrodillaba frente a las piernas abiertas. La mano de Walter comenzó a acariciarla por detrás tan pronto llevó sus labios hasta aquella vagina húmeda y abierta.
Yo me coloqué detrás de Marga, sentado con una pierna a cada lado de la hamaca, haciéndola apoyarse en mi pecho, para ver el espectáculo desde arriba mientras acariciaba sus tetas con esmero.
Walter no se pudo resistir y volvió a colocarse tras su mujer para follar de nuevo.
Marga acariciaba la cabeza de su amiga mientras esta agradecía los empujones de su marido con tórridos gemidos. Estaba en la gloria la buena mujer.
Empezó entonces a introducir, primero un dedo y luego un par, en la palpitante vagina que yo veía abrirse mientras le pellizcaba los pezones.
Rosa miró hacia atrás sin dejar de mover aquellos dedos, y le dijo a su marido:
—Métemela en el culo, mi amor. Dame duro.
Pocas cosas me habían excitado tanto hasta la fecha como escuchar aquellas palabras de quien volvía a tener a mi mujer al borde del orgasmo.
Walter no se hizo esperar. Se escupió en la yema de los dedos y se los restregó por el ano. Acto seguido, volvió a escupirse los dedos, se los pasó por el capullo, y comenzó a metérsela con cuidado.
Yo veía que esto excitaba a Marga de tal modo que empezó a bramar mientras apretaba con fuerza la cabeza de Rosa contra su coño.
—Más fuerte —gritó Rosa apartando la boca de donde la tenía metida, y acompasó los movimientos de la mano con los de la polla que, cada vez con más brío, se movía por su culo.
Marga, totalmente fuera de sí, estiró los brazos hacia atrás, y, abrazando mi cuello, me susurró al oído:
—Yo también quiero.
Iba a encular a mi mujer en público, y no se me ocurría en aquel momento nada más excitante. Entre Walter y yo quedarían dos mujeres sodomizadas amándose entre sí.
La aupé sobre mí, reclinándome en la hamaca y sujeté sus piernas en alto. Rosa supo perfectamente lo que debía hacer. Agarrando mi polla, que quedaba justo por debajo de las caderas de Marga, se recreó pasándole la lengua a Marga desde el culo hasta el clítoris.
Marga gemía totalmente desatada observando a su amiga agitar mi pene mientras le lamía de abajo a arriba. Antes de ponerla frente a su culo, Rosa se dio un último atracón para ensalivármela bien.
Sujeta por las piernas como la tenía, fui yo quien la hizo bajar, poco a poco, por todo lo largo de mi polla. Podía ver, por encima de su hombro, lo mucho que estaban disfrutando nuestros anfitriones del espectáculo.
Una lengua me recorrió los testículos en dirección al coño de Marga. Esta caricia se repitió varias veces dándome un placer indescriptible. Luego sentí unos dedos moviéndose rítmicamente al otro lado de la fina pared interior que separa ambos orificios y, al poco rato, noté cómo Marga se convulsionaba en un orgasmo potente y repentino que volvió a empapar a Rosa.
—Qué envidia —murmuró Walter—, yo también quiero que te corras en mi boca.
Marga se dejó caer a un lado. Estaba exhausta. No dijo nada sobre aquel comentario.
Quedé otra vez tumbado frente a la pareja. Rosa respiraba pesadamente a poca distancia de mi polla, anunciando un orgasmo. Walter paró súbitamente sacándosela de pronto, le dio un potente azote en la nalga y le ordenó:
—¡Chúpasela! Quiero volver a ver cómo te corres con una polla en la boca.
Tan pronto Rosa cumplió la orden, Walter se la volvió a meter en el culo con una fuerte y profunda estocada. Rosa gritó con mi polla dentro de la boca, haciendo que mi orgasmo se avecinara irremediablemente. Walter lo notó y, echándose hacia delante, alargó una mano para hundir la cabeza de Rosa entre mis piernas al tiempo que aceleraba el ritmo de sus envestidas.
Miré a Marga, que, sentada en el suelo a nuestro lado, nos observaba encantada mientras acariciaba su clítoris.
Walter no dejó de apretar aquella cabeza contra mi pubis hasta que mis bramidos delataron que me corría. Rosa se la sacó de la boca justo a tiempo para ver y, recibir en la cara, el primer chorro de semen; acto seguido la volvió a engullir, terminando de recibir el resto del orgasmo en el fondo de la garganta.
Walter acompañó mi orgasmo con unas envestidas brutales que no impidieron a Rosa seguir chupándomela mientras su marido se corría.
Nos recuperamos durante un momento y decidimos zambullirnos en la piscina. Allí nos refrescamos y bajamos la calentura. Rosa se arrimaba a mí, cariñosa y confiada. Walter fue discreto y se limitó a abrazar a Marga por encima de su hombro.
—Al final me he quedado con las ganas de comerte el coño, Margarita —dijo bromeando, pero con toda la intención.
—Y yo de que me lo coma Fede —le siguió la broma Rosa acariciando mi pecho.
—Pues tendrá que ser otro día, yo hoy no puedo más —sentenció humildemente Marga.
—Bueno, tendremos que esperar —se resignó Walter.
Rosa se subió al borde de la piscina y, juguetona como siempre, separó un poco las piernas para invitarme a despedirme de su coño si me apetecía. Casi no le doy tiempo a terminar la frase.
Marga, que no quería ser menos, la imitó riendo. A Walter le tomó aún menos tiempo que a mí hacer lo mismo.
Allí estábamos los dos, con el cuerpo en el agua y la mujer del otro abierta de piernas frente a vosotros.
No me preocupé por lo que hiciera Walter con el coño que tenía delante. Me dediqué a comerme el que me tocaba, que no lo voy a negar, me moría de ganas de saborearlo. Automáticamente pensé en que era una pena que Marga quisiera dejarlo ya. Hubiese podido empezar de nuevo sin ningún problema, aunque estaba agotado.
Luego de disfrutar un buen rato de nuestros cariños, nos apartaron de sus entrepiernas y se levantaron.
—Cómo me gusta tu mujer, Fede, de verdad. —Qué ganas tenía de que os sumarais a nuestras fiestas —comentó Walter mientras salíamos del agua.
Observé a mi mujer secando su cuerpo bajo la luz de la luna mientras pensaba en esto que me acababa de decir Walter. ¿Qué fiestas? Ya me había quedado claro que no éramos los primeros en acompañarlos en sus juegos sexuales, pero… ¿Qué quería decir con “fiestas”?
Me quedé sin preguntar nada al respecto porque Rosa interrumpió nuestra charla para decir que se lo había pasado mejor que nunca y para preguntarnos si lo habíamos pasado bien.
Marga y yo respondimos al unísono que sí. Yo, me atreví a hablar por los dos y asegurar que había sido lo más excitante que habíamos hecho en nuestras vidas.
Después de secarnos, subimos juntos a nuestras habitaciones, hablando de la llegada del resto del grupo de padres que sería justo para comer. Con lo que la pregunta que quería hacerles sobre eso de las “fiestas” quedó en el aire.
Al llegar a nuestra habitación, mientras nos dábamos una ducha, pregunté a Marga si ella sabía que nuestros amigos eran aficionados a estas cosas.
—Sí, Rosa ya me había hablado de las fiestas que organizan aquí en cuanto tienen la más mínima oportunidad.
Me dejó pasmado.
—Y, ¿cómo no me habías dicho nada? ¿Qué fiestas son esas?
—De eso precisamente quería yo hablarte —dejó caer entre dientes.
Salimos de la ducha y, mientras nos secábamos, me empezó a contar.
Al parecer, ella le había estado dando largas a Rosa desde hacía mucho tiempo porque no lo veía claro. Además, con el niño siempre por medio, era difícil planear nada. Pero que, al fin, se había decidido. Que no me había dicho nada porque prefería ir viendo cómo me comportaba llegado el momento.
—Cómo me conoces —dije sincerándome—. Rosa me parece un bellezón y siempre la he visto con buenos ojos.
—Ya me había dado cuenta —sentenció ella con absoluta naturalidad.
Me resultó extraño que no le molestase lo más mínimo.
—Hay algo más que no te he dicho —continuó despistadamente—: somos los únicos de la cuadrilla del colegio que no se han sumado nunca a estas fiestas.
—¡No me jodas! —exclamé asustado—. ¿Me estás queriendo decir que, mañana, en cuanto se acuesten los niños, nos vamos a ver metidos en una orgía?
—Más o menos. A no ser que tú no quieras. A mí, por mi parte, me encantaría, pero si no estás cómodo, nos vamos después de comer.
—¿Y dejar al niño sin el finde con los amigos? Creo que esto me lo tenías que haber dicho antes. Me pones en un compromiso. Estas cosas hay que hablarlas.
—Tienes razón, pero le hice caso a Rosa. Fue ella la que me dijo que era mejor hacerlo así. Que estaba segura de que, si hacíamos un primer contacto entre nosotros y salía bien, luego no ibas a poner pegas.
—Pues sí las pongo, coño. Que no es lo mismo estar con dos que con seis.
—¡Y qué seis! —rio malévola.
Eso era cierto. Somos una cuadrilla bastante agraciada. Al menos, las mujeres del grupo son auténticas bellezas, y entre nosotros, los habrá más guapos o más feos, pero todos tenemos buena planta.
—Además, cariño, no soy tonta; veo cómo miras a todas las mujeres. Ya sé que me eres fiel, pero si pudieses no sentirte culpable, te follarías hasta a la profesora Fran.
Si me retrata un poco mejor, me convierto en estatua de sal. Y mira que trato de disimular, pero sí, miro incluso a la profesora del crío. Siempre he estado bastante salido.
Esta conversación necesitaba más desarrollo, pero entre que yo estaba en shock y que me podía el cansancio, me quedé mudo.
Nos acostamos. Marga me dio un beso de buenas noches y cayó dormida al instante. Para ella fue fácil. Se había quitado un peso de encima poniendo las cartas boca arriba. A mí, me costó dormir. ¿Qué pasaría en aquellas fiestas? Me entró tanto miedo como excitación. Tenía claro que, por mí, me follaría a todas las madres del grupo sin contemplaciones, pero ver a Marga hacer lo propio con los padres, era otra cosa.
Me vino a la mente un episodio que viví en mi primer año en la universidad.
En aquellos años en los que el fin de semana empezaba el jueves, salí, como tantos otros jueves, con los amigos una fría noche de enero. De vuelta al piso que compartía con mi mejor amigo, se nos ocurrió parar a tomar la última en un pub en el que nunca habíamos entrado y que nos pillaba a mitad de camino.
Nos reíamos entre nosotros del garito en el que habíamos caído. La media de edad, prácticamente, doblaba la nuestra y la música iba acorde con la clientela. No tuvimos ni que movernos de nuestros asientos en la barra; dos “viejorras”, que era como veíamos a aquellas pobres mujeres, que no tenían ni cuarenta años, se nos abalanzaron sin remilgos. Parecía que no querían que se les adelantase ninguna de las otras viejorras que bailaban por el local. Y siendo realistas, éramos una perita en dulce comparándonos con los barrigudos y alopécicos que se disputaban sus encantos. Aquellas dos viciosas, se llevaron el premio gordo.
Acabamos los cuatro en el piso de una de ellas. Las peripecias sexuales que aquellas encantadoras mujeres nos regalaron, las tengo grabadas a fuego.
Por aquel entonces yo no había experimentado demasiado aún, o al menos, no lo había hecho de un modo tan explícito, obsceno y guarro. Esto era algo que ellas percibían en nosotros; que sabrían, supongo. Que no nos habían follado todavía como Dios manda.
No solo disfrutaron del ímpetu de nuestra lozanía, se recrearon pervirtiéndonos.
Qué cosas nos pedían. Qué cosas nos hacían.
Yo por aquel entonces, por ejemplo, ni soñaba con que alguien me comiera el culo, y, sin previo aviso, me encontré con una lengua en el ano mientras follaba con la otra, que, a cuatro patas, se la comía a mi amigo.
Pasamos de la una a la otra disfrutando de cada uno de sus orificios, juntos y por separado.
Cuando terminaron con nosotros, nos dieron 50 euros para un taxi y nos despacharon. No vivíamos lejos, así que nos repartimos el dinero del taxi.
Volvimos caminando al piso, felices y contentos, charlando sobre lo sucedido. Estábamos convencidos de que habíamos encontrado una mina y de que volveríamos a triunfar en aquel lugar; a partir de entonces, disfrutaríamos cada jueves de los encantos de alguna viejorra desbocada, ávida de carne fresca.
Nunca volvió a suceder. Nos quedamos con las ganas.
Así que después de mucho pensarlo, decidí darme por vencido. Que pasase lo que tuviese que pasar. Tampoco me habían dado muchas opciones; o lo aceptaba, o me largaba dando un disgusto al niño y poniéndome en evidencia. Por otro lado, tenía que reconocer que nunca había visto a Marga disfrutar tanto.
De momento, solo la había visto disfrutar de las atenciones de Rosa, aparte de la pequeña despedida en la piscina por parte de Walter. Nunca me había planteado la posibilidad de ver a mi mujer con otras personas, pero lo poco que había visto, me había excitado como a un animal. Además, uno siempre se imagina cosas que no puede confesar. Y yo me he imaginado mil veces follando hasta con la profesora del crío, que en esto no le faltaba razón; no digo nada del resto de madres. <>, pensé.
Cuando acepté la situación, que por cierto me encantaba si lo miraba desde un punto de vista exclusivamente sexual, pude al fin dormir y esperar el nuevo día con ilusión.
<<¿No querías viejorras?, pues ahí las tienes. Mañana te las vas a ver con varias>> me dije antes de cerrar los ojos y caer dormido, imaginándome entre las piernas de aquellas madres que, al parecer, estaban acostumbradas a recibir amigos entre ellas.
Capítulo 2 Final
Por primera vez en mucho tiempo, no nos despertábamos con Fran metiéndose en nuestra cama.
Tuvimos tiempo de echar un polvo mañanero. Esto siempre ayuda a empezar mejor el día.
Desayunamos con los niños alborotando, ansiosos por ver a sus amigos de nuevo y haciendo planes para cuando llegasen.
Los adultos no hicimos mención alguna respecto a lo de la víspera ni a lo que nos esperaba esa noche. Había un juego de miradas a mi alrededor que me incomodaba. Parecía que estaban esperando a que yo diera mi visto bueno.
Cuando los críos se fueron a la piscina, se hizo un extraño silencio y Rosa no se pudo contener. Tenía que saber cómo me lo estaba tomando.
—Qué ganas tengo de que se vayan los niños a la cama —bromeó dando un suspiro.
Llegaba el momento de aclarar que me sumaba a la propuesta, al margen de lo que opinara mi mujer, aunque ellos ya sabían lo que opinaba ella.
—Yo estaba pensando en meterles unos orfidales en la comida —bromeé, como si no pudiera esperar a la noche.
Ellos rieron y Marga sonrió complacida.
Los invitados fueron llegando. Trajeron más alcohol, un cordero recién asado en un obrador cercano y ese brillo en la mirada que los delataba.
Antes de sentarnos a comer, ya se sabía que había dos nuevos miembros en el club privado de los padres del patio.
No sé a los demás, pero a mí se me hizo eterna la tarde. Saltaban chispas por todas partes. Teníamos que mantener las formas por los chavales, pero en cada mirada se sentía el deseo. Marga y yo éramos el centro de atención. La de cosas que se pueden decir con la mirada. Al igual que las viejorras de mi juventud, aquellas madres se apresuraron a dejarme saber lo contentas que estaban de tenernos al fin con ellos. Ni que decir tiene que a Marga le ocurrió exactamente lo mismo.
Pasó el día entre gritos y chapuzones. Finalmente, los niños durmieron todos juntos en el ático, en un montón de colchones tirados por el suelo, vigilados por una videocámara con detector de movimiento y lejos de cualquier ventana que diera al jardín.
En cuanto se supo que estaban dormidos, se extendió entre los padres del patio un relajo desconocido para mí. De repente, todos mantenían la charla acariciándose cariñosamente, con una confianza que nunca demostraban en público.
La anfitriona se sintió en la necesidad de hacer un inciso para darnos la bienvenida, a lo que todos levantaron la copa por los nuevos miembros.
Walter, cómo no, haciendo gala del desparpajo que le caracteriza, propuso darnos la bienvenida de uno en uno. No lo ocultó, ardía en deseos de volver a comerle el coño a Marga y lo dijo a viva voz, casi presumiendo de que ya lo había hecho.
—Si lo llego a saber, vengo yo también ayer —dijo Jokin (el marido más buenorro, según me había dicho Marga), bromeando para rebajar el nerviosismo que demostrábamos los nuevos.
—Venga, chicas, ya sabéis lo que tenéis que hacer —volvió a intervenir Walter empujando una mesa al centro del círculo que más o menos formábamos a un lado de la piscina.
Como niñas pequeñas, rodearon a Marga y, con caricias y besos, la llevaron hasta la mesa para que se sentase. Luego vinieron a por mí y, con los mismos cariños, me sentaron en el otro lado de la mesa, apoyando nuestras espaldas. Nos quitaron toda la ropa que llevábamos e hicieron lo mismo con la suya. En un santiamén, estábamos rodeados de nudistas. De este modo, entre risas y bromas, comenzaron a discurrir sus bocas por nuestros genitales. Así de rápido y de sencillo. Parecía que no podían esperar para degustarnos.
En apenas diez minutos, todos los allí presentes, menos yo, habían pasado sus labios por la entrepierna de mi señora, y todas las mujeres, menos la mía, se habían recreado demostrándome lo mucho que les gustaba tenerme allí con ellas. Salió ganando Marga; siete bocas son mejor que tres. Jamás pensé que todas ellas fueran bisexuales.
Esto, que no fue más que una tontería, parece que no, pero libera bastante. Cuando terminaron la ronda, siguieron con las bromas y las caricias. Se tenían todos mucha confianza y trataron de hacernos sentir cómodos.
Así éramos las parejas:
Rosa y Walter eran los más extrovertidos y desenfadados.
Ella lucía un cuerpo bien trabajado: piernas fuertes, culo firme, pecho erguido, pelo rubio y piel morena. Siempre dispuesta a llevarse a la boca cualquier parte del cuerpo de cualquiera de nosotros.
Él, sobre todo, lucía una buena polla. Alrededor de esta, había un cuerpo atlético, piel blanca, pelo rubio y bastante estatura. No medía menos de 1.90. Al igual que su mujer, disfrutaba metiendo la lengua en cualquier orificio y le encantaba presumir de miembro. De su polla tengo que decir que, a pesar de ser la más grande y gruesa, no era ni de lejos la más dura.
Jokin y Yolanda eran los más bellos a la par que discretos. No le hacían ascos a nada, pero no tenían el desparpajo de los anteriores.
Ella había sido modelo. Cada centímetro de su cuerpo rozaba la perfección. Su piel era suave y brillante. De piernas largas, pubis rasurado, pecho perfecto, larga melena morena y extraordinaria altura, tenía algo que volvía locos a todos. Unos hermosos pies, grandes y proporcionados, en los que lucía una delicada pedicura francesa que le encantaba meter en la boca de quien se prestase a ello.
Él era un auténtico Adonis; bombero de profesión, estaba esculpido por los dioses. Ni un ápice de grasa y todos y cada uno de sus músculos, bien definido. También muy alto, de pelo moreno y cuerpo rasurado. Adoraba sentir el deseo que despertaban su belleza y la de su mujer. Lucía una erección soberbia, buen tamaño y firmeza.
Beki y Antón formaban la pareja más peculiar.
Ella era bajita, no mediría más de 1.60, y su pequeño cuerpo lucía las curvas más pronunciadas. No estaba gorda, pero sí carnosa. Muy generosa de pecho y de caderas. Nunca dejaba de sonreír y tenía una fijación obsesiva con recibir pollas, sobre todo en la boca, pero todos sus orificios las recibían gustosos, incluso a pares. Una cosa se estableció desde el principio. Ella quería recibir el semen de todos nosotros. Yo no lo sabía, pero el mote de Beki le venía de su afición a los bukakes.
Él era una especie de gigante bonachón. Exjugador de rugbi, medía casi dos metros, tenía una caja torácica como una nevera, cada muslo era como mis dos piernas juntas, las manos como raquetas, extremadamente velludo y con una espesa barba roja que le daba el aspecto de un dios vikingo. La mayor de sus peculiaridades era su pene. Bajo su barriga, asomaba tímidamente un capullo bastante grueso al que acompañaban unos escasos seis o siete centímetros de base. Esto, que de seguro le tendría que acomplejar, lo suplía con un virtuosismo dactilar que lo convertía en el capricho de todas nuestras esposas. Con aquellas manazas, que parecía que podía romperte si no medía la fuerza, acariciaba con tal suavidad y ternura que, sumado al acogedor abrazo que proporcionaba, llevaba al orgasmo a cualquiera en medio minuto. Al parecer, tiene la virtud de correrse infinidad de veces y lo demostró bien pronto.
Nosotros somos del montón. Bueno, mi mujer no. Ella es especialmente bella, pero no tanto por el físico, que también le acompaña, si no por su dulzura. Es de estas personas que con una mirada te llena de gozo. Sus abrazos son cálidos, sus besos tiernos y sus orgasmos brutales. Fue la sensación del fin de semana; todos querían ser duchados por sus potentes chorros tan pronto la vieron correrse por primera vez.
Yo, por mi parte, soy poca cosa. Estoy en forma porque me cuido. Bajo mi poblado pecho empieza a asomar una barriguita que antes no estaba ahí, pero que de momento tengo controlada. Y, bajo esta, luzco un pene bien proporcionado. Ni mucho ni poco, pero bien duro. Mi fantasía sexual favorita podría ser que me la chupe una mujer que está siendo sodomizada. Esto me viene, sin duda, de aquella experiencia con las viejorras.
Después de esta desenfadada ronda de bienvenida, Marga se abrazó a mí, y rodeando mi cuello me susurró al oído:
—Quiero que me veas chupar una polla.
No sé si fue la perspectiva de ver lo que me proponía, o el tono de voz desesperado con que lo dijo, que me derretí al instante y ya lo deseaba más que ella misma.
—Pues tienes varias para elegir —respondí con fingida resignación— y espero verte hacer algo más que chuparlas —continué, dejando claro que tenía la sana intención de disfrutar de verla disfrutar.
Éramos cuatro parejas, pero únicamente habíamos intimado con Walter y Rosa. Pareció que se sintieron en la obligación de hacer los honores y se nos aproximaron corriendo.
Ambos demostramos saber perfectamente a qué habíamos venido.
Mientras yo comenzaba a acariciar los pechos de Rosa, Marga se arrodilló frente a su marido y, mirándome fijamente, agitó aquella polla semi erecta junto a su cara antes de comenzar a lamerla. No sé quién de los dos, si Walter o yo, se empalmó antes. Nunca hubiese pensado que ver a mi mujer comerse una polla distinta a la mía me pudiera excitar tanto.
Rosa no tardó en llevar una mano hasta mi erección para moverla mientras yo me deleitaba con aquella visión.
Las otras dos parejas, que ya habían empezado a jugar entre ellas, se sumaron a las caricias que nos prodigábamos. Marga se desprendió de Walter y se entregó a besar y acariciar a todo aquel, o aquella, que se le acercaba. Antes de darme cuenta, ya tenía a Beki lamiéndome los huevos mientras su marido llevaba a mi esposa al orgasmo sujetándola en el aire, con su abrazo de oso, mientras acariciaba su vagina con suavidad y firmeza. El potente chorro de flujos que, en apenas unos minutos, emanó de su entrepierna, cautivó a la concurrencia.
Las caricias iban y venían. Lo mismo me besaba la una que la otra. Lo mismo me la chupaba esta que aquella. Parecía un bufet libre en el que el plato principal éramos Marga y yo. Cómo me excitaba escucharla gemir cuando la lengua de unos y otros recorrían sus intimidades. Cómo me gustaba que ella me viese siendo acariciado y lamido. Podía ver en sus ojos que aquello le acercaba a cada uno de los muchos orgasmos que tuvo en poco tiempo.
La mesa que había dispuesto Walter en el centro me sirvió para subir a Yolanda, la más buenorra, sentarla y, abriéndole las piernas, enterrar mi cara entre ellas. Hacía mucho que soñaba con lamer aquel coño, como me había imaginado mil veces mientras me masturbaba, o incluso cuando se lo comía a Marga.
Sobre esta misma mesa, junto a Yolanda, Jokin reclinó a Marga para que nos viera de cerca, haciéndola ofrecerle su grupa. Así ella podía observar cómo su maridito se comía aquel maravilloso coño, mientras se la follaban. Acto seguido la oí gemir al ser penetrada por Jokin.
Escuché a mi espalda a Rosa gritar de placer en manos de Antón y a Walter decirle a Beki que disfrutase de su polla preferida.
Yo también me animé a follarme a Yolanda, así como estaba, abierta de patas sobre la mesa, junto a mi esposa, que me miraba embelesada. Tan pronto la hube penetrado, me metió su divina pedicura francesa en la boca. No sé por qué, aquello me sacó de mis casillas. No podía dejar de pasar la lengua por cada resquicio de aquel pie mientras golpeaba nuestros pubis con auténtico frenesí.
Al poco rato, sin previo aviso, alguien abrió mis nalgas con las manos y comenzó a lamerme el ojete. Qué recuerdos otra vez. Frente a mí, la mujer más bella gemía por mis empujones; el amor de mi vida gemía por los del adonis de su marido y, tras nosotros, Beki a él y Rosa a mí, nos comían el culo. Y todo, mientras lamía aquel precioso pie.
Esta visión llevó al gigante amable a reclamar la boca de su esposa, que recibió su primera tanda de semen arrodillada junto al culo recién lamido del bombero.
Walter se colocó junto a Yolanda, llevándose el pie libre a la boca, para dejarle chupar su hermoso miembro mientras yo entraba y salía de ella con furia. Walter me miraba cómplice mientras un dedo de su mujer se abría paso en mi relamido ano. Esto me asustó, pero no dije nada. No tardé en disfrutar de la caricia.
Marga se corrió de nuevo con los potentes empujones de Jokin mientras veía a Yolanda con ambos pies lamidos y disfrutando de dos pollas a un tiempo.
Tuve que parar. Todo esto me estaba excitando demasiado. Walter ocupó rápidamente mi lugar entre las esculturales piernas de Yolanda. Rosa me reclamó para sí. Cogiéndome de la mano, me llevó hasta una de las tumbonas y, tumbándose boca arriba, me ordenó que le comiese el coño. Me gustó que me diese órdenes, pero no me entregué de primeras a hacer lo que quería. Dediqué un buen rato a devolverle la caricia que me había estado haciendo unos segundos antes. Con qué placer le comí el culo. Llevaba tiempo queriendo hacerlo. Para cuando empecé a succionar su clítoris, ya disfrutaba de uno de mis dedos dentro de este maravilloso ano recién lamido, como acababa de hacerme ella a mí. Hacía mucho que soñaba con disfrutar del placer de abrirlo a lengüetazos para disfrutarlo después a pollazos. No tenía intención de pasarme mucho rato follando con ella después del cunnilingus; me moría por sodomizarla cuanto antes.
Qué bien lo estábamos pasando todos, y qué poco duró.
La videocámara de la habitación de los niños detectó movimiento y nos avisó de que debíamos dejar la fiesta.
Raúl, el hijo de la pareja más bella, había empezado a vomitar como un loco.
Nos vestimos rápidamente y subimos a socorrer a los niños, que estaban cubiertos de vómito.
Nos llevó un buen rato tranquilizarlos a todos, asearlos y volver a acostarlos. Cada niño pasó a la cama de sus padres para caer dormidos de nuevo junto a ellos.
En cuanto Fran se quedó dormido, salimos de la cama sigilosamente y bajamos a la cocina a por agua y a darnos un arreón sobre la encimera antes de volver con nuestro hijo.
Llegamos justo cuando Beki recibía en la boca otra descarga de su enorme marido. Habían bajado, al igual que nosotros, a darse un último gusto antes de dormir.
Se pusieron muy contentos al vernos.
Marga no había olvidado la paja que el grandullón le había hecho, y quería más. Yo me presté a contemplar el espectáculo dejándome llevar al orgasmo por la experta boca de Beki, quien reclamó su ración de semen solo después de que le echase un polvo rápido y salvaje.
Una vez Beki se corrió, cosa que le llevó apenas dos minutos de empujones endemoniados, clavé la mirada en la mano que mi mujer tenía entre las piernas y que se abría paso, poco a poco, en su ano. Con qué ternura la sodomizó con dos de sus enormes dedazos.
Estábamos ambos subidos a la encimera, el uno junto al otro, mientras esta pareja nos lamía, tocaba y sodomizaba con los dedos. Me corrí con mi polla sacudida frente a la cara de aquella hábil mujer, que, con dos dedos de la otra mano en mi recto, acariciando suavemente mi próstata, me llevó al orgasmo en un santiamén.
Ambos recibieron nuestros orgasmos en la cara y los saborearon con idéntico fervor.
Cuando terminaron, Beki se arrodilló frente a su marido y, aún cubierta por mi semen, recibió otra descarga de este, que efectivamente podía correrse tan solo unos minutos después del orgasmo anterior.
Cuando subimos las escaleras, nos encontramos a Rosa en el pasillo, suspendida en el aire entre su marido y Jokin, haciendo con ella un bocadillo. Yolanda, más preocupada por su hijo, no se había sumado a este encuentro, pero Jokin había salido a buscar dónde meterla porque no podía más de la excitación y necesitaba correrse. El culo de Rosa fue el lugar elegido. Sentí envidia; ese culo me obsesionaba.
Antón se volvió a excitar y Beki lo alivió allí mismo, frente al trío formado repentinamente en el pasillo.
Walter tuvo el detalle de no correrse dentro de su mujer y, justo después de recibir esta el orgasmo de Jokin en el culo, la dejó bajarse de él, que la sostenía en el aire, y ofreció su semen a Beki. La glotona no dejó ni una gota. Con qué pasión se comía aquella polla que era su preferida, como le volvió a recordar Walter.
Así terminó la jornada. Aunque nos aliviamos a última hora, todos quedamos con ganas de más.
Nos despedimos hasta el día siguiente con la promesa de empezar de nuevo tan pronto como los niños se durmieran por la noche.
—¿Qué te ha parecido? —pregunté a Marga entre susurros mientras nos duchábamos.
—Brutal —dijo ella sin disimular lo mucho que le había gustado.
—Mañana quiero verte como hemos visto a Rosa hoy, con dos pollas taladrándote.
—Y yo que me veas, mi amor, con dos pollas follándome mientras te la chupo, que sé que te mueres de ganas.
Qué razón tenía, eso era exactamente lo que quería. Quería verla con mi polla en la boca mientras la llevaban al orgasmo entre dos hombres. Qué raro y excitante me resultaba escucharla hablar de aquella manera. Con qué naturalidad hablaba de las pollas que la rodeaban y el deseo que tenía de jugar con ellas.
También comentamos la obsesión que tenían todos con el sexo anal, y lo mucho que nos gustaba eso. En nuestros encuentros, no habíamos practicado nunca los masajes de próstata y a ella le sorprendió verme disfrutar de esta caricia.
Nos acostamos junto a nuestro hijo y caímos dormidos enseguida, con la esperanza de poder cumplir al día siguiente todas nuestras fantasías pendientes.
La mañana del día siguiente transcurrió con desesperante lentitud. Nos costó a todos mantener las formas delante de los niños. A cada rato alguien se perdía en compañía de otro alguien y regresaban arreglándose el pelo o la ropa.
Yo desaparecí con Rosa. Me pidió que le ayudara a subir una caja de vino del garaje, y en cuanto bajamos me dijo lo que quería, que la víspera se había quedado con las ganas.
Dándome la espalda, se bajó el bañador hasta las rodillas, se apoyó en el capó de su coche y me dio la orden de comerle el culo. Separé sus nalgas y me deleité mirando unos instantes esa estrellita que palpitaba ansiosa.
En cuanto lo acaricié con la punta de la lengua, se abrió como una flor. Me hubiese podido pasar la mañana enterrando la boca ahí, pero no había tiempo para recrearse. En cuanto sentí mi polla endurecida dentro del bañador, me la saqué, y sin dársela a probar siquiera, cosa que sabía que deseaba, se la metí en el culo. Primero con suavidad, para no lastimarla, y, en apenas un minuto, ya le estaba dando con todas mis fuerzas, como sabía que le gustaba.
Me corrí demasiado deprisa, dejándola a medias y con el culo lleno de semen. Eran demasiadas las ganas que tenía de encularla; llevaba tiempo soñando con ello.
Al poco de subir del garaje, la vi marchar con Jokin a por no sé qué tontería de la planta de arriba. Por la cara de satisfacción que traía al bajar, entendí que Jokin había sido más considerado que yo.
Antón se pasó el día haciendo pajas a nuestras mujeres por las esquinas. Beki lo seguía a donde fuera para recibir su ración de semen en cuanto terminase con la que fuera que llevase al orgasmo con sus dedazos mágicos.
Walter cocinó una paella justo después de follarse a mi mujer en la despensa. Me encantó verla así de feliz. También ella tenía ganas de disfrutar de nuestro amigo y de su magnífica polla. Me la imaginé succionándola para sacarle hasta la última gota después de follárselo.
Por la tarde, tumbados al sol alrededor de la piscina, dormitamos y descansamos. Los escarceos de la mañana, en los que habíamos incurrido todos, nos habían aliviado en parte la frustración de la víspera, pero necesitábamos reponer fuerzas para lo que se adivinaba como una noche de lujuria y desenfreno.
Para cenar, nada mejor que unas pizzas. Los niños encantados y nosotros nos desentendíamos. Una hora de videoconsola y a la cama.
Aquella noche no hubo vómitos. Ni siquiera Marga vomitó cuando Rosa la obligó a tragarse la polla de su marido. Pero sí hubo cosas que no fueron para estómagos sensibles, como alguna de las aficiones de Antón.
Como la noche anterior, en cuanto se supo que los niños ya estaban dormidos, comenzó el relajo. La diferencia principal era que, después del día que habíamos pasado retozando a escondidas por las esquinas, ya estábamos todos un poco cansados y, alguna, un tanto escocida.
Así todo, seguíamos deseando sacarle el máximo partido a nuestro finde sexual.
Marga y yo comenzamos a nuestro aire en la piscina. Nos besábamos y acariciábamos mientras nos contábamos las expectativas que teníamos para aquella noche. Marga tenía claro que no se iba de allí sin hacer un bocadillo. Yo quería, a toda costa, sodomizar tanto a Yolanda como a Beki. Ambos acabamos cumpliendo nuestros deseos.
Antes de salir de la piscina, ya pudimos ver a Antón echando la primera rociada sobre su mujer. Se habían reunido en torno a ella todas las pollas de la fiesta, salvo la mía y, mientras Yolanda y Rosa se amaban en una tumbona, ella se pegaba un homenaje lamiendo aquí y lamiendo allí.
En cuanto salimos del agua, fui requerido para que Beki pudiera, al fin, ofrecer a su marido el espectáculo que este deseaba. Tan pronto la tuvimos rellenita de polla viva, las chicas vinieron a colaborar.
Mientras Marga masturbaba con dos deditos y abrazaba con sus labios la totalidad de aquel extraño pene, Antón miraba embelesado a su mujer disfrutar de tanta atención. Entre tanto, Yolanda le masajeaba la próstata, que ya parecía que allí no se podía hacer nada sin un dedo en el culo. Luego se cambió con Marga, porque, como al resto de ellas, le gustaba devolverle al grandullón algo del placer que él le proporcionaba.
Marga practicó así un poco esa caricia que no estaba acostumbrada a hacer y que tantas veces me hizo desde entonces.
A mi espalda, Rosa, una vez más, me comía el culo mientras yo sodomizaba a Beki, que, a su vez, botaba sobre Jokin mientras se atragantaba con Walter. Esta visión, junto con las atenciones de Yolanda y Marga, provocó que varias tandas del semen de Antón, que normalmente reclamaba su mujer, se las repartieran entre las dos. Cuatro gotitas que caían en la cara de Marga, cuatro gotitas que Yolanda lamía y viceversa.
Marga reclamó su sitio también, y como había soñado, la vi comerme la polla mientras se la follaban. Me costó retener el orgasmo; tuve que hacerla parar un par de veces. Tumbada sobre Walter, con aquella enorme polla discurriendo por su vagina al ritmo que marcaba Jokin dándole por el culo, la mía entraba y salía de su boca según le daban.
Intercambiamos varias veces los orificios, o, dicho de otra manera, ella cambió varias veces la polla que se metía aquí o allí. Todos querían verla gozar bajo sus envestidas. No tardé en verla forzada por Rosa a tragarse la polla de Walter mientras Jokin la hacía moverse encima de mí con sus potentes empujones. Tuvo sobre mi pubis otro de sus acuosos orgasmos mientras Beki ordeñaba una y otra vez a Antón, que nos observaba con ojos envidiosos.
La fijación que teníamos todos con el sexo anal era algo obvio. Yo no me dejé un solo culo por comer y penetrar. Tampoco faltaron en el mío las lenguas y dedos de ninguna de ellas. Marga podía decir otro tanto, y el resto de contendientes también.
Marga y sus explosivos orgasmos fueron la sensación de la fiesta. Del mismo modo que Beki reclamaba pollas, todos los presentes reclamaron su ducha. La pobre acabó agotada; ser multiorgásmica tiene un precio. Antón la sujetaba en el aire mientras la llevaba al orgasmo sobre quien lo reclamase. Y como a Marga le fascinó la facilidad y destreza con la que aquel hombretón la hacía venirse, en cuanto alguien le pedía una ración de jugos vaginales, ella corría a sus brazos, se colgaba de su cuello y abría las piernas frente al solicitante. Y así, uno tras otro, la sintieron correrse a escasos centímetros de sus caras.
Jokin fue el primero en reclamar la boca de Beki. Sentir cómo mi mujer se corría sobre la cara de la suya mientras hacían un 69, sodomizadas ambas por nosotros, le llevó a querer disfrutar, ya mismo, de aquella experta boca. Beki se puso como loca de contenta ante la perspectiva de su primera ración de semen de la noche, sin contar los de su marido. A Antón, verla una vez más hacer lo que más le gustaba le provocó un orgasmo espontáneo que derramó sobre el pelo de su esposa.
Walter era feliz poniendo su polla a disposición de quien la quisiera disfrutar. Cómo le gustaba a Rosa ofrecerla y llevarla ella misma a un orificio u otro, obligar a todas a tragársela o tragársela ella misma cada dos por tres.
Me llegó el momento de reclamar los servicios de Beki. Sodomizar a Marga mientras Walter, sujetándole la cabeza, le follaba la boca, obligándola a engullir entera aquella magnífica polla, me llevó a ello. Pedí a Rosa que me masajeara la próstata mientras yo sujetaba la cabeza de Beki entre mis piernas ante los ojos felices de su marido, que volvió a correrse por enésima vez, al tiempo que yo me descargaba en la garganta de su esposa, sin dejar de mirar a Marga atragantarse con Walter. Posiblemente, uno de los mejores orgasmos de mi vida.
Jokin no tardó en recuperarse y volver a estar listo para la acción. Su mujer seguía reclamando bocas para sus pies y todos nos ofrecíamos a prestárselas. No sé qué tenían aquellos pies, pero, al menos yo, los lamía con auténtico fervor.
Walter aguantaba el orgasmo de un modo asombroso; pasaba de una boca a la otra, de un coño a otro y por todos los culos y seguía sin correrse. Rosa, insaciable, no paraba de lamer anos y reclamar hombres por todos sus orificios. Marga, al igual que yo, ya no podía más y se limitó a hacer lo mismo que yo: lamer un pie de Yolanda, que los tenía en alto, mientras le hacían un bocadillo. Antón no dejaba de suministrar pequeñas dosis a su mujer. Aquello era una auténtica locura. Parecía que había que hacerlo todo ya, no fuera que se volviesen a despertar los niños.
Finalmente, nos invitaron a sentarnos y ver el colofón final de la noche. Esto era algo que, al parecer, hacían siempre. Al gigante amable, que sabía muy bien cómo arrancar un orgasmo anal de cualquier mujer con sus deditos de morcilla, sentía auténtica pasión por los masajes de próstata y por los pies de Yolanda.
Haciendo un 69 con su mujer, y con las piernas en alto, fue recibiendo en el culo, entre gemidos ahogados por lo que tenía en la boca, primero un dedo, luego dos, luego tres, cuatro y finalmente, uno de los pies de Yolanda. Aquel pie entró casi hasta el tobillo. Solo Beki sabe cuántas veces se corrió su marido en este trance. Yo quedé estupefacto. ¿Quién podía imaginar algo así? A los demás parecía no sorprenderles ya.
Walter, por fin, decidió que había llegado el momento de correrse. Como Beki tenía la boca ocupada, le confesó a Marga que se moría por que fuera ella quien le hiciera venirse. Jokin también se sumó al primer bukake de mi señora, así que mientras Yolanda y Beki satisfacían las necesidades de Antón, Marga, masajeando y lamiendo, se llevó por parte de Jokin una moderada cantidad de semen, y por parte de Walter, que se había estado aguantando, una auténtica ducha. Marga recibió con satisfacción aquellos chorros de semen. Pareció que así le daban definitivamente la bienvenida.
Yo, a pesar de estar agotado, me excité tanto al ver esto que, mirando a Rosa, reclamé sus atenciones. Rosa, que no era manca con eso de los tactos rectales, me ayudó a depositar sobre la cara de mi mujer, por la que todavía discurría el semen de las dos anteriores, la tercera corrida. Le llevó poco tiempo conseguirlo, pero no fue inmediato. De rodillas frente a mí, Marga me miraba sonriente y desafiante. Abría la boca para que la mano de Rosa apuntara justo ahí, e incluso me la chupaba de tanto en tanto, pero dejó que fuese la pericia de nuestra amiga la que la duchase.
Finalmente, Antón pidió misericordia y lo dejaron tumbarse en una hamaca a llorar. Fue muy extraña esta escena, aunque tengo que reconocer que me alegró ver al gigante amable disfrutar, al fin, de algo más que una simple paja o mamada. Por algún motivo, aunque podía hacerlo, en ningún momento trató de follar con nadie. Creo que le producía tanta frustración no tenerla como los demás, o al menos, un poco más larga, que ni se molestaba. Se bastaba con sus prodigiosas manos y la excitación que le producía ver a su mujer disfrutar con cuanta polla tuviese alrededor.
Después de esta sesión maratoniana de sexo, nos zambullimos todos juntos en la piscina y, entre caricias y besos, comentamos que aquello había que repetirlo.
Todos tenían especial interés por conocer nuestro parecer sobre sus fiestas y nos interrogaron a cada uno por nuestro momento preferido.
Yo confesé que apretar la cabeza de mi mujer con fuerza contra mi pubis mientras se la follaban sin compasión entre dos había sido lo mejor de la noche. Marga confesó que, contra todo pronóstico, esperar mi segundo orgasmo con la cara llena de semen la había vuelto loca.
El siguiente puente, sin duda, repetiríamos la experiencia, porque ya no solo era que nos había gustado, es que habíamos descubierto algo de nosotros mismos que desconocíamos. Todos nuestros años de matrimonio nos habíamos ocultado, creo que incluso a nosotros mismos, que nos encantaba entregarnos al placer de la carne sin restricciones. Una vez aceptado el hecho, incluso cuando follábamos en privado, nos recordábamos mutuamente lo mucho que nos gustaba vernos con otras personas.
Marga se hizo absolutamente adicta a aquellas pajas que Antón le hacía en los baños del bar en el que estuviéramos, sujetándola en el aire y moviendo aquellos dedazos en su interior con una habilidad que no me sabía explicar. Decía que ni ella misma sabía acariciarse mejor. Yo los veía marchar al servicio, entre cerveza y cerveza, y me sonreía para mis adentros, porque sabía que, al llegar a casa, cuando el niño se durmiera, Marga iba a querer más. Nunca fallaba; si Antón le daba un repaso, le entraban unas calenturas tremendas y me pedía que me desahogara con ella de la forma más sucia que pudiera. Se ponía muy guarra y se sentía en la obligación de que yo tuviera también lo mío. Y como a mí me encanta darle por el culo, cada vez que esto sucedía, acababa tirándole del pelo mientras me corría diciéndole lo guarra que era.
Como los puentes se distanciaban mucho en el tiempo, solíamos pegarnos nuestros arreones con unos y con otros. Preferentemente con los padres del mejor amigo de nuestro hijo.
A Walter le encantaba Marga y a mí me encantaba Rosa. Entre ellas se adoraban. A menudo pedíamos a otros padres que nos cuidasen a los niños unas horas para poder revolcarnos como más nos gustaba hacerlo, de la forma más guarra posible. Éramos una especie de cuarteto estable dentro del grupo, aunque también frecuentásemos al resto. Otras veces, cuidábamos a los niños de los demás para que sus padres pudieran pasar un buen rato.
Y así, de la noche a la mañana, mi mujer y yo, sin tan siquiera planearlo, nos convertimos en una pareja abierta. Mejor dicho, compartida. Durante los siguientes años, fuimos fieles al club de los padres. Cualquier miembro era bien recibido en cualquier pareja.
Qué tiempos aquellos. Recordaré siempre esos años como los mejores de mi vida.
A veces quedamos, pero ya no es lo mismo. Nos limitamos a charlar y recordar antiguas aventuras. Supongo que nada es para siempre. La verdad es que no lo echo de menos; ahora estoy a otras cosas. Se nos pasó a todos la calentura extrema aquella en la que nos vimos envueltos durante varios años.
Fue sencillamente maravilloso, y lo mejor que me trajo la paternidad, aunque suene mal decirlo.