Nuestro primer intercambio

Nuestro primer intercambio

En este momento estás viendo Nuestro primer intercambio

Me llamo María, tengo 32 años, mido 1.71 y soy un poco curvy, con curvas que siempre han llamado la atención: caderas anchas, pechos generosos y una cintura que se marca justo lo suficiente para que me sienta sexy cuando me lo propongo. Hace tres años, en el verano de 2023, mi vida dio un giro que nunca imaginé. Estaba casada con Javier desde hacía cinco años, y nuestra relación era sólida, apasionada, pero él siempre había tenido esa fantasía recurrente: compartirme con alguien más. Al principio, lo tomaba como una broma, algo que decía en la cama para encender la chispa, pero con el tiempo, su insistencia se volvió más seria, más persistente. Y yo, que siempre había sido conservadora en el sexo, empecé a cuestionarme si no valdría la pena probar algo nuevo.

Todo empezó una noche de viernes, después de una cena en casa. Javier y yo habíamos invitado a su mejor amigo, Carlos, y a su esposa, Laura. Carlos era el típico amigo de toda la vida: alto, moreno, con una sonrisa pícara y un cuerpo atlético que no pasaba desapercibido. Laura era menuda, rubia, con ojos curiosos y una actitud abierta que siempre me intrigaba. Habíamos bebido un par de copas de vino, y la conversación fluía ligera, hablando de trabajo, viajes y esas tonterías que surgen entre amigos. Pero Javier, como siempre, empezó a soltar indirectas. “María es tan sexy que a veces pienso que debería compartirla con el mundo”, dijo riendo, pero sus ojos me miraban con esa intensidad que conocía bien. Yo me sonrojé, le di un codazo juguetón y cambié de tema, pero noté que Carlos y Laura intercambiaron una mirada cómplice.

Esa noche, cuando se fueron, Javier no perdió tiempo. En la cama, mientras me besaba el cuello, murmuró: “Imagínate si Carlos te tocara mientras yo miro. Sería increíble verte disfrutar con otro”. Me reí nerviosa, pero su mano ya estaba entre mis piernas, frotando suavemente mi clítoris a través de las bragas. “No seas tonto, Javier. Eso es solo fantasía”. Pero él insistió, describiendo detalles: cómo Carlos me desnudaría, cómo Laura observaría todo, excitada. Su voz ronca, sus dedos hábiles, me hicieron mojarme más de lo que admitiría. Terminé corriéndome con fuerza, imaginándolo un poco, pero al día siguiente lo descarté como un juego post-alcohol.

Sin embargo, Javier no se rindió. Durante las semanas siguientes, lo sacó a relucir una y otra vez. En el desayuno: “Piensa en lo liberador que sería”. En el coche: “Carlos y Laura son discretos, confío en ellos”. Incluso me mostró artículos en internet sobre parejas swingers, sobre cómo fortalecía la relación. Yo me resistía. Tenía 29 años entonces, y aunque me sentía atractiva con mis curvas –mis pechos talla 36C que rebotaban al caminar, mis nalgas redondas que Javier adoraba apretar–, la idea de ser compartida me aterrorizaba. ¿Y si me arrepentía? ¿Y si cambiaba algo entre nosotros? Pero su insistencia era sutil, no agresiva; me hacía regalos, me mimaba más, y en la cama, cada vez que follábamos, incorporaba la fantasía. Una noche, me ató las manos al cabecero y fingió ser Carlos, susurrando: “Mírame, María, soy yo quien te folla ahora”. Me penetró despacio, profundo, y yo grité de placer, pero después lloré un poco de confusión.

Pasaron dos meses así. Javier organizó más salidas con Carlos y Laura: barbacoas, cine, y en cada una, notaba cómo Carlos me miraba diferente, con deseo disimulado. Laura, por su parte, era la que más me animaba indirectamente. “Las mujeres deberíamos explorar más”, me dijo una vez en privado, guiñándome un ojo. Javier me confesó que había hablado con ellos sobre la idea, y que estaban abiertos. “Laura solo miraría, no participaría. Sería solo para ti, para nosotros”. Me enfadé al principio, sentí que me había traicionado, pero luego, en la intimidad, admití que la idea me excitaba. Mis pezones se endurecían solo de pensarlo, y entre las piernas sentía un cosquilleo constante.

Finalmente, accedí. Fue una tarde de sábado, después de una discusión donde Javier me dijo: “Si no quieres, lo dejamos, pero sé que lo deseas tanto como yo”. Tenía razón. Mi cuerpo lo traicionaba. Quedamos en que sería en su casa, discreta, sin presiones. Si decía stop, parábamos. Me preparé con cuidado: me depilé todo, me puse un vestido negro ajustado que realzaba mis curvas, lencería roja de encaje que Javier me había regalado. Al llegar a casa de Carlos y Laura, el corazón me latía a mil. Bebimos champagne para relajar el ambiente. Laura estaba en un sofá, con una copa en la mano, vestida con una falda corta y top holgado. Carlos, en jeans y camisa, me sonrió: “Estás preciosa, María”.

Javier me besó primero, en el salón, para romper el hielo. Sus manos recorrieron mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con posesión. “Relájate, amor”, murmuró. Luego, se apartó y le hizo un gesto a Carlos. “Tócala”. Carlos se acercó despacio, sus ojos fijos en los míos. Me tomó la mano, la besó, y luego posó sus palmas en mi cintura. Sentí su calor a través del vestido, y un escalofrío me recorrió. Laura observaba desde el sofá, cruzada de piernas, con una sonrisa intrigada. Javier se sentó a su lado, mirándonos.

Carlos me besó el cuello, suave al principio, pero luego más insistente, mordisqueando la piel sensible bajo mi oreja. Gemí bajito, y eso lo animó. Sus manos subieron a mis pechos, masajeándolos por encima de la tela. Mis pezones se endurecieron al instante, puntiagudos contra el encaje. “Dios, María, eres tan suave”, dijo. Javier intervino: “Quítale el vestido”. Carlos obedeció, bajando el zipper lentamente, exponiendo mi espalda. El vestido cayó a mis pies, dejándome en lencería roja: sujetador push-up que hacía mis tetas parecer aún más grandes, tanga diminuta que apenas cubría mi coño depilado, y medias hasta los muslos.

Laura soltó un silbido bajo: “Impresionante”. Carlos me giró para que todos me vieran, y sentí sus ojos devorándome. Mis curvas se destacaban: el vientre ligeramente redondeado, las caderas anchas, las piernas tonificadas de 1.71 de altura. Carlos me besó en la boca entonces, su lengua invadiendo la mía con hambre. Sabía a champagne y deseo. Sus manos desabrocharon el sujetador, liberando mis pechos. Los tomó en sus palmas, pesándolos, pellizcando los pezones rosados hasta que dolieron de placer. “Tan grandes y firmes”, murmuró, chupando uno, succionando el pezón con fuerza mientras su mano bajaba a mi tanga.

Javier jadeaba desde el sofá: “Tócala más abajo”. Carlos metió los dedos bajo la tela, rozando mi clítoris hinchado. Estaba empapada, mis jugos cubriendo sus dedos al instante. “Estás mojada por mí, ¿verdad?”, dijo, frotando en círculos. Gemí alto, mis rodillas flaqueando. Me llevó al sofá opuesto, me sentó y me quitó el tanga, exponiendo mi coño rosado, los labios hinchados y brillantes. Laura se inclinó hacia adelante, sus ojos fijos en mí, mordiéndose el labio. Carlos se arrodilló entre mis piernas, separándolas. “Mira esto, Javier. Tu mujer está lista”.

Su lengua me lamió primero despacio, desde el ano hasta el clítoris, saboreándome. Grité, arqueando la espalda. Luego, succionó mi clítoris, metiendo dos dedos en mi coño, curvándolos para golpear mi punto G. Follaba mi entrada con los dedos, rápido y profundo, mientras su boca devoraba mi botón. Miré a Javier: estaba duro, frotándose por encima de los pantalones, y Laura le susurraba algo al oído. “Fóllala con la lengua, Carlos”, dijo Javier. Carlos obedeció, lamiendo más fuerte, metiendo la lengua dentro de mí, follando con ella como si fuera una polla pequeña. Mis jugos chorreaban por sus barbilla, y sentí el orgasmo construyéndose. “Me vengo…”, gemí, y exploté, convulsionando, apretando sus dedos con mis paredes vaginales.

Pero no paró. Me levantó, me puso de rodillas en el suelo. Se desabrochó los pantalones, sacando su polla: gruesa, venosa, un poco más larga que la de Javier, con la cabeza roja e hinchada. “Chúpala, María”. Dudé un segundo, mirando a Javier, que asintió: “Hazlo, amor”. Tomé la polla de Carlos en la boca, lamiendo la punta salada, succionando despacio al principio. Sabía a pre-semen, y la metí más profundo, hasta la garganta, ahogándome un poco. Carlos gruñó, agarrando mi pelo, follando mi boca con empujones suaves. Mis tetas rebotaban con cada movimiento, y oí a Laura: “Mírala, qué puta tan buena”.

Javier se acercó entonces, desnudo ya, su polla dura apuntando al cielo. “Ahora los dos”, dijo. Me pusieron de pie, Carlos detrás, Javier delante. Carlos me penetró primero desde atrás, su polla estirándome, llenándome hasta el fondo. Grité de placer y dolor mezclado; era más grueso de lo que esperaba. Empujaba lento, profundo, sus manos en mis caderas curvy, clavando los dedos en la carne. Javier me besó, luego bajó a chupar mis tetas mientras Carlos me follaba. Laura se había quitado la falda, masturbándose abiertamente, sus dedos en su coño mientras nos veía.

Cambiamos posiciones. Me tumbaron en el sofá, Carlos debajo de mí, montándolo. Su polla entraba y salía de mi coño, mis jugos lubricando todo. Mis tetas botaban salvajemente, y él las agarraba, chupándolas. Javier se posicionó detrás, lubricando mi ano con saliva y mis propios jugos. “Relájate, María”. Empujó despacio, su polla entrando en mi culo virgen. Dolió al principio, un ardor intenso, pero luego el placer lo superó. Estaba llena por ambos lados: Carlos en mi coño, Javier en mi culo, follándome al ritmo. Gritaba sin control, “¡Sí, fóllenme!”, mis curvas temblando con cada embestida.

Laura se acercó más, tocándose, sus gemidos uniéndose a los míos. “Qué caliente, María. Mírame mientras te follan”. Sus ojos en los míos me excitaron más. Los hombres aceleraron, Carlos pellizcando mi clítoris, Javier azotando mis nalgas. Sentí otro orgasmo venir, más fuerte. “Me corro otra vez…”, y exploté, mi coño apretando la polla de Carlos, mi ano contrayéndose alrededor de Javier. Ellos no tardaron: Carlos se vino dentro de mí, su semen caliente llenándome el coño, chorros pulsantes. Javier salió y eyaculó en mis tetas, cubriéndolas de leche blanca.

Caí exhausta, jadeando, el cuerpo sudoroso y marcado. Laura aplaudió suave: “Increíble”. Javier me besó: “Te amo”. Esa noche, volvimos a casa, y aunque al día siguiente me dolía todo, no me arrepentí. La insistencia de Javier había abierto una puerta que no sabía que quería cruzar. Desde entonces, nuestra vida sexual es más intensa, pero esa primera vez, hace tres años, sigue siendo la más memorable.

Por Relatante32

Deja un comentario