Ramón tenía veinticinco años, era alto, moreno, de ojos verdes e hijo de papá. Había dejado la carrera de derecho y no quería trabajar. El hombre no sabía lo que quería, por eso una noche que estaba mirando la televisión en la sala de estar, su padre se sentó enfrente de él y le puso las peras a cuarto.
-Así no puedes seguir, o dejas de ir de flor en flor y te pones a trabajar o te largas de mi casa.
Ramón era un mujeriego y a su padre no le gustaba su forma de ser, por eso le dijo:
-No te gusta que sea como soy, ¿verdad, papá?
-¡A mí lo que no me gusta es que seas un vago!
-Reconozco que hace menos de un año que se fue mamá y que estás perdido, pero yo ya me estoy cansando de ser el blanco de tu amargura.
-Si no estás bien en esta casa, sabes donde está la puerta.
-Mañana mismo la cojo.
Aquella había sido la conversación más breve de las muchas que habían tenido respecto al futuro de Ramón.
Ramón cambió el chalet con piscina de su padre por la vieja casa de dos plantas de aldea que había heredado de sus abuelos fallecidos, y como tenía dinero a espuertas de la herencia de su madre, que también había pasado a mejor vida, se propuso vivir tranquilamente.
La vida en la aldea era tranquila y la gente lo trataba bien. En todas las aldeas tratan bien a los señoritos.
En la taberna de la aldea, desayunaba, comía y cenaba. Lo servía Celia, una joven de diecinueve años, que era su prima y la hija de su tía Andrea y de Simón, el tabernero, un hombre moreno alto y barrigudo, que también era capador.
La casa se la limpiaba su tía Andrea, que era una mujer morena, maciza, de estatura mediana, ojos negros, con buenas tetas, con buen culo, que llevaba su largo cabello negro recogido en un moño, facialmente agradable y una de las beata de las de rosario.
El primer día que fue a limpiar, estaba Andrea barriendo la sala, y le preguntó Ramón.
-¿Por qué vienes a limpiar tú, tía? Podíais haberle dicho a alguna mujer de la aldea que viniese a limpiar.
-Es que desde que abrió la otra taberna, la nuestra va mal, dos tabernas en una aldea tan pequeña como esta es una barbaridad.
-¿Pero dará para ir tirando?
-Eso, sí, Dios aprieta, pero no ahoga. Lo malo es que todas las que nos venían a fiado se fueron sin pagar para la otra taberna. Tu tío está que lo comen los demonios. Trabajar de las ocho de la mañana hasta la una de la madrugada, y a veces hasta las dos para que le acaben metiendo esos pufos… Ganas le dan de mandar todo a tomar por saco, pero yo le digo que hay que tener paciencia.
-Debe ser frustrante.
-Es desalentador, muy desalentador.
-En fin, me voy a la taberna a desayunar, algo ayudará.
-Tu desayuno, comida y cena ayuda mucho.
Al segundo día de ir a limpiar, Andrea encontró a Ramón en la cama.
-¡Arriba, holgazán!
El hombre le dijo:
-Coge ese sobre que hay encima de la mesilla de noche, tía.
-No hacía falta que me pagaras por adelantado. -Andrea cogió el sobre, miró y vio que había mucho dinero dentro- ¿Y todo este dinero?
Ramón se levantó de la cama, desnudo y con un empalme del dieciséis.
-Te lo tienes que ganar.
Andrea se consternó.
-¡Eres un enviado del diablo que me viene a tentar!
Se acercó a ella. Andrea reculó hasta que su culo chocó contra la pared.
-Soy el que te va a comer viva, si es que quieres el dinero.
-¡Soy tu tía!
-Cuéntame algo que no sepa, eso ya lo sé.
Le echó las manos a las nalgas, la apretó contra él y después la besó con lengua. Andrea puso cara de asco.
-Eres un cerdo.
-Piensa en el dinero.
-El dinero es la semilla del diablo.
La volvió a besar con lengua, al tiempo que le llevó la mano izquierda a la polla, ya que en la otra tenía el sobre con el dinero.
-Simón trabaja catorce o quince horas al día. ¿Cuánto tiempo aguantará sin coger la escopeta e ir a por todos los que le metieron los pufos?
Andrea soltó la polla.
-No me metas el miedo en el cuerpo.
Besándole el cuello, le sacó el mandil.
-En el cuerpo te quiero meter otra cosa.
-En mi cuerpo no ha entrado más que el miembro de mi marido.
-Pues ya va siendo hora de que entre otro.
Andrea quiso darle el dinero.
-Toma, no hay dinero que pague la honra de una mujer.
-Os regalo también la huerta del pozo.
-Ni por todo el dinero del mundo le metería el cuerno a mi marido.
-Vale, sin meter el cuerno.
La cosa ya le interesaba a Andrea.
-¿Sin meter el cuerno me llevo el dinero y la huerta del pozo?
-Sí. ¿Cerraste la puerta de la casa?
-Cerré. ¿Y cómo lo harías sin meter?
-Así.
Le quitó el vestido y Andrea quedó en sujetador, bragas, medias, zapatos y calcetines negros. Le metió la mano derecha dentro de las bragas, le clavó dos dedos dentro del coño y le dio marcha, al tiempo que la besaba. En nada los dedos chapoteaban dentro del coño, y poco más tarde se corría diciendo:
-¡No quiero correrme, no quiero correrme. ¡Noooo!
Se iba a derrumbar con el inmenso placer que estaba sintiendo. La cogió en brazos y cuando acabó de correrse ya estaba encima de la cama.
-¿Y ahora qué?
-Ahora te voy a hacer más diabluras.
Se echó a su lado en la cama, y magreándole las tetas, le volvió a comer la boca.
Para Andrea los besos con lengua eran una novedad.
-Lo que me haces no son diabluras, son cochinadas.
Luego de comerle la boca, le quitó el sujetador y sus tetas, grandes, esponjosas y algo decaídas quedaron al aire. Las agarró con las manos y se las lamió, se las magreó, se las chupó, se las mamó y le lamió los gruesos pezones. A renglón seguido le quitó las bragas mojadas y le lamió el coño peludo.
-¡No seas asqueroso!
Lamer un coño solo lo lamen los perros.
-Voy a ser tu perro, tu conejo, tu tortuga y tu lamprea.
Andrea, dejándose ir, le dijo:
-Eso no te lo crees ni tú.
Quitándole los zapatos y los calcetines, le dijo:
-Y te vas a correr como una perra.
Le lamió el coño a la velocidad de una tortuga y luego como se lo lame un perro a una perra. Se lo folló con la legua como folla un conejo a una coneja, le chupó el clítoris como chupa una lamprea y al rato, Andrea, arqueando el cuerpo se volvió a correr.
-¡Me matas, animal!
Al acabar de correrse le dijo Ramón:
-Te toca.
-¿Qué es lo que me toca?
-Mamármela.
Lo miró como si estuviera mirando para un depravado y después le miró para la polla empalmada.
-¡¿Se te fue la pinza?!
-Para nada.
Andrea salió de la cama, y dándole la espalda, le dijo:
-Ya he pecado contigo lo suficiente.
-¿Nunca se la has mamado a Simón, ¿verdad?
-No digas tonterías.
-A ver, tía, estás desnuda delante de un hombre desnudo y empalmado que no es tu marido y que te está pidiendo que se la mames. Dime que no te gustaría mamármela y hacerme todo lo que nunca te has atrevido a hacerle a tu marido.
-Te lo digo, me daría asco meter una polla en mi boca y me sentiría muy puta haciéndote cosas. –
¿Pero nunca se te pasó por la cabeza hacerlo?
El fuerte de Andrea no era mentir.
-¿Y que si me pasó por a cabeza?
-Ven.
-No.
Le soltó el moño.
-Estás deseando hacerlo.
Le echó la mano a un hombro y tiró. Andrea se dejó caer en la cama y le dijo:
-Me gustaría hacerlo pero no puedo.
Ramón se echó encima de su tía. Andrea lo empujó.
-¡No, habías dicho sin meter!
Se la metió hasta las trancas.
-¡Sácala, sácala, sácala!
Le dio un pico y la folló despacito.
-Eres un desalmado.
Pasado un tiempo le dio la vuelta y la puso encima.
-Fóllame.
-No me hagas esto.
-Ya te lo he hech, fóllame.
Ramón se movió debajo de su tía y la puso más cachonda de lo que ya estaba.
-Aunque quisiera, no sé como hacerlo.
-Empieza por chupar mi lengua.
-No me debía hacerlo, pero estoy tan cachonda…
Ramón sacó la lengua y Andrea se la chupó, la chupó tímidamente, luego le echó las manos a la cintura y la subió y la bajó para que la polla entrara y saliera del coño. Después le chupó él la lengua y poco más tarde se besaron con lujuria.
Cuando Ramón vio que se iba a correr, le dijo a su tía.
-Ahora siéntate sobre mí y déjame ver lo bella que eres.
-No me trates como una veinteañera.
-Con el cabello suelto pareces una veinteañera.
Se sentó sobre él.
-Soy una mujer de cuarenta y cinco años.
-Que parece que tiene veinticinco.
Le echó las manos a la cintura, tiró de ella hacia delante y la empujó hacia atrás varias veces. Andrea. perra perdida., le dijo:
-¡Déjame a mí, déjame a mí!
Su culo se movió a mil por hora de delante hacia atrás y de atrás hacia delante, sus tetas volaron, y sintiendo como le llenaba el coño de leche, se corrió en su polla.
Al acabar de gozar ya se desató, bajó, le agarró la polla, la metió en la boca y se la mamó, de aquella manera, pero a Ramón le encantó.
-¿Nunca has deseado que Simón te la metiera en el culo?
Andrea dejó de mamar.
-No me peguntes eso.
-Ya te lo he preguntado. ¿Lo has deseado?
-No debía responderte, pero te responderé. Sí, lo deseé, fue una vez que a Simón se le resbaló y me metió la puntita en el culo, en ese momento desee que me la metiera hasta el fondo del culo.
-Frótala en el ojete, mete la puntita y si lo deseas, clávala toda.
-No, mejor sigo chupando.
-Nunca volverás a tener una oportunidad como esta para saber que se siente.
-Haces de mí lo que quieres.
Volvió a subir encima de su sobrino, frotó la polla en el ojete, metió la puntita, y luego bajó el culo y metió el glande. Ramón tiró de ella y comenzó a mamarle las tetas.
-¿Cómo se siente, Andrea?
Con la voz entre cortada, le dijo:
-Duele, pero me gusta.
La metió un poquito más y ya se corrió.
Andrea se corrió teniendo la boca en el cuello de su sobrino, boca que le llenó el cuello de babas. El coño le llenó los huevos de jugos y el culo le apretó y le soltó la polla, polla que se corrió dentro de él mientras iba entrando hasta el fondo. Luego de correrse los dos, y de quitársela, le dijo Andrea:
-Ha sido el mejor polvo de mi vida.
-Si quieres repetir otro día…
-No, no voy a repetir, es mejor ser medio decente que puta perdida.
Segunda parte.
Un día que estaba Ramón tomando café en la taberna, después de haber comido, le dijo a Celia:
-Te invito a ir al cine este sábado.
Celia, que era una joven de piel trigueña, morena, ni gorda ni flaca, de ojos negros, cabello negro y largo, y con buenas tetas y buen culo, y muy bonita, pensó mal, y le dijo:
-Tengo novio.
-Perdona, no sabía que tuvieras novio.
-Es que lo llevo en secreto.
Se fue y Ramón se quedó con un palmo de narices. Poco después llegó el tabernero a su lado con la cara desencajada y le dijo:
-Tu tía se acaba de quemar una pierna. ¿Puedes llevarla al hospital de la ciudad?
Ramón se puso en pie a toda prisa.
-Por supuesto, voy a por mi tartana.
La tartana era un Land Rover, que tenía enfrente de su casa y al que luego subieron Andrea, la quemada, y su hija Celia.
Después de ingresarla y mientras aguardaban en la sala de espera, con su voz remilgada, le dijo Celia a Ramón:
-Siento lo que pasó en la taberna.
-No tienes por qué sentirlo, aunque la verdad es que se me quedó cara de tonto.
-Sí, lo cierto es que se te quedó.
A Celia se le dibujó una amplia sonrisa en la cara.
-Tienes una sonrisa preciosa.
Hizo como si no lo oyera.
-Oye, ¿y teniendo a toda las chicas de la aldea suspirando por ti, porque me elegiste a mí siendo tu prima carnal?
-Porque eres mi prima, pero también eres la más bonita de la aldea.
Celia bajo la cabeza.
-Eres un adulador.
Siguieron hablando hasta que una enfermera les dio la noticia de que Andrea quedaba ingresada.
De vuelta a casa, Celia le dijo a Ramón:
-¿Qué echan el sábado en el cine?
-No tengo la menor idea, era para estar a solas contigo.
-Ya estamos a solas y miedo me das, pero… ¿Qué me querías decir?
-Más bien te quería preguntar algo.
-Pregunta.
-¿Se me nota mucho que me gustas?
Celia se puso colorada.
-Yo no te lo notaba.
-¿Por qué mantienes lo de tu novio en secreto?
-Porque los secretos se mantienen en secreto.
-¿Qué te enamoró de él?
-Que es un cielo.
-¿Te gustan los blandengues?
-Me gusta él y no es un blandengue, es un chico dulce.
-¿Y qué más te gusta de él ?
-Que me dice cosas bonitas.
Le miró para las tetas.
-Yo te enseñaría lo que es bonito de verdad.
-Lo que tú ves bonito no creo que lo vea yo.
-¿No te miras al espejo?
-Me estás haciendo sentir incómoda.
-Eres la primera mujer que hago sentir así, yo hago soñar a las mujeres.
-Eres un pesado.
-¿No tienes curiosidad por saber como las hago soñar?
Celia, colorada y visiblemente nerviosa, bajando su vestido con las dos manos, vestido que no se le había subido, le dijo:
-No, no quiero saberlo.
Se lo dijo igual.
-Las hago soñar comiéndoles el coño.
Celia se escandalizó.
-¡Tú eres un enfermo!
-Bueno, el coño, las tetas, la boca y el culo, aunque empezaría por los dedos de los pies.
Ahora la dejó a cuadros.
-¿¡Por qué me dices estas obscenidades?!
-Para excitarte, gatita.
Celia lo miró con su cara de los lunes y sacó la cabeza del tiesto.
-Me das es asco, Baboso!
-Así me gustaría encontrarte el coño, baboso.
-¡Para, para que qué me bajo!
Siguió conduciendo.
-¿Qué te bajas, las bragas?
Se quitó el cinturón de seguridad y luego le echó la mano a la manilla de abrir el auto.
-¡Que me tiro, eh, que me tiro!
No la creyó y siguió vacilándola.
-¿A quién te quieres tirar?
-¡A ti te tiraba a un barranco!
-¿A un barranco, o en un barranco?
Celisa le echó las manos a los pelos y tiró con fuerza.
-¡Para!
Ramón paró el auto.
-La mosquita muerta tiene mala leche.
Le metió un beso con lengua que la dejó boquiabierta y sin saber como reaccionar.
-¡¿Qué has hecho?!
-Te he besado.
Celia limpió la boca con el dorso de la mano.
-Me has metido la lengua en la boca, cochino.
-Así besamos los machos.
-Mi padre capa a los cerdos machos.
-No me acordaba, he metido la pata hasta el fondo. ¡Vaya desliz!
Celia vio la oportunidad de hacerle pasar un mal rato, tal y como él se lo había hecho pasar a ella y no salió del coche.
-Suele pasar cuando se tiene la cabeza llena de pájaros.
-No la tengo llena de pájaros, la tengo llena de mierda.
De repente Celia rompió a reír.
-¿Tanta gracia te hace mi desliz?
-¿Desliz? Te lanzaste cuesta abajo con una bicicleta sin frenos. ¡Y te diste un golpe tremebundo! –
No te ensañes.
-¿Acaso no venías a por melones y te llevaste calabazas?
-No te rías de mí.
-No hubieras hecho el payaso.
-Te sigues ensañando.
-Ensañar te ensañaste tú con mi boca.
-Tú no sabes lo que lo que puedo llegar a hacer cuando me ensaño con una mujer.
-Ni quiero saberlo, me mentirías de nuevo.
-Nunca te he mentido.
-Me has mentido por lo menos en tres cosas.
-¿Qué cosas son esas?
-Me da vergüenza decirlas.
-No le puedes llamar a alguien mentiroso y no decirle en que mintió.
-En la ciudad, no coméis las cosas que me has dicho que coméis.
-¿Y qué piensas tú que comemos al hacerlo?
-No me hagas hablar mal.
-No vas a ir al infierno por decirlo. ¿Qué crees que comemos cuando lo hacemod?
Le costó, pero lo dijo.
-Tetas, como todo hijo de vecino.
-¿Tú novio te come las tetas?
-Mi novio tiene más educación que tú.
-Eres una incauta y tu novio un ingenuo, seguro que no pasáis de unos picos.
-Lo que hacemos no es cosa tuya. Arranca.
-¿De verdad que le vas a decir a tu padre lo que te dije y lo que te hice?
-A mí me enseñaron a perdonar, de hecho en mi habitación rezo para que le sean perdonados los pecados a las ovejas descarriadas como tú .
-Yo si te pillara en mi habitación no te lo perdonaría.
-Arranca que me puedo arrepentir y le puedo decir a mi padre lo que me has dicho y lo que me has hecho.
Arrancó el auto y siguió conduciendo por la carretera que llevaba a la aldea. Llegando a la aldea, le dijo Ramón a Celia:
-Busca a alguien para que me limpie la casa mientras tu madre no pueda.
-No te preocupes por eso.
Tercera parte
Celia abrió la puerta de la casa de Ramón con la llave que usaba su madre. Subió las escaleras, vio una puerta cerrada e imaginó que aquella era la habitación de su primo, la abrió y Ramón vio a su prima con una bata verde cubriendo su ropa, le dijo:
-¡¿Vienes tú a limpiar?!
-Necesito dinero para mis cosas. ¿Tienes trastero para la escoba y las otras cosas?
-Tengo, pero ya que hoy no me vas a poner el desayuno en la taberna me lo podías hacer aquí.
-¿Y tienes con qué?
-Tengo huevos y chorizo.
-¿Dónde los tienes?
-Aquí los tienes.
Ramón se destapó, y como dormía desnudo, le enseñó los huevos y el chorizo.
Celia se tapó los ojos con las manos y dijo:
-¡Sinvergüenza!
Ramón se levantó de cama y se fue hacia ella. La cogió por un brazo, la arrastró y la echó sobre la cama.
-¡¿Qué me vas a hacer?!
-Todo lo que sé hacer con una mujer.
-¿Me vas a forzar?
Sujetándole las manos y sintiendo como se movía debajo de él, le respondió:
-No hará falta, fespués de la conversación que tuvimos ayer, tú has venido a lo que has venido.
Siguió forcejeando.
-He venido a trabajar.
-No mientas, has venido a que te lo coma todo.
-No quiero que me comas nada.
-¿Mentir no es un pecado?
-Sí, pero es un pecado venial
Ya se lo dijo todo, La besó con legua.
-Cochino.
-En eso tienes toda la razón, soy un cochino, pero las cochinadas que te voy a hacer te van a encantar, ya que luego de correrte la primera vez vas a querer correrte otra vez, y otra, y otra, y otra vez…
-Bruto.
Ramón se echó a un lado y comenzó a desabotonarle la bata.
-Eres malo, eres muy malo.
-No, soy bueno, soy muy bueno.
Celia dejó de que le desabotonara la bata y que se la quitara.
-Me siento tan vulnerable…
-Eso es bueno.
Le sacó la blusa y el sujetador, le besó los pequeños pezones de sus gordas y duras tetas. Después le quitó la falda y las bragas. Le dio un beso en el clítoris y a continuación le quitó las medias y los zapatos. Se arrodilló en la cama, le cogió el pie izquierdo con las dos manos y le chupó el dedo gordo.
-Así es como me gusta que la chupen.
-¿Yo no te la voy a chupar?
Le fue separando los dedos y se los chupo uno por uno, luego le lamió los lados del pie y el tobillo.
-Y así me gusta que me la laman.
-Yo no te la voy a lamer.
Luego le hizo lo mismo en el otro pie y después subió besando y lamiendo el interior de sus muslos hasta llegar al coño peludo. Vio como caía de él una gotera de jugos, le volvió a besar el clítoris y luego la puso boca abajo, le separó las nalgas, le puso la mano en el coño y le dio besos negros en el ojete.
-¡¿Qué haces, guarro?!
-Hago que tu coño siga empapando mi mano.
Le quiso meter un dedo en el coño, pero no le entró.
-Hace tiempo que no me encuentro con un coño así.
La puso boca arriba. Miró el coño encharcado y vio que tenía un agujero muy pequeño.
-¿Pero quién es tu novio, Pulgarcito?
Celia ya habís espabilado.
-Lo que no es, es un lameculos.
-Ni es un lame coños, eso fijo.
Le levantó el culo con las dos manos y le lamió el coño como si estuviera lamiendo un cucurucho de helado.
-¿Qué me haces, qué me haces, que me haces…?
No paró de lamer hasta que se derritió en su boca.
-¡Me corro, me corro, me corro…!
Viendo como se retorcía, como se convulsionaba y oyendo como gemía, dijo Ramón:
-Y qué manera de correrte, prima!
Al acabar de gozar, Celia tenía su linda cara color carmín. Ramón le dio un pico y le dijo:
-¿Quieres que te desvirgue o guardas tu virginidad para tu novio?
-Aún va a resultar que muy dentro de ti hay un hombre bueno.
-No me has respondido.
Celia quería ser desvirgada.
-No tengo novio.
-O sea, que lo del novio era un escudo contra mí.
-Sí.
-Claro, como la mentira es un pecado venial. ¡Venga a mentirle a Ramón.
-Calla y bésame.
-No solo te voy a besar, te voy a devorar, te voy a…
Celia le echó una mano a la nuca, lo tiro hacia ella y le metió la lengua en la boca para que se la devorara. Y la devoró, pero no solo le devoró la boca si no que le devoró también las duras tetas.
Al volver a bajar al pozo, el lobo se convirtió en tierno cordero. La lengua fue ampliado el agujero de la vagina, muy lentamente, con un dulce entrar y salir. Luego fue el dedo medio de su mano derecha el que entró, salió y giró alrededor para hacer más hueco, lo que la iba a llevar a un fuerte orgasmo.
-Vas a hacer que me corra, vas a hacer… ¡Me corro!
Luego de correrse le dijo Ramón:
-Lo del dedo ya lo habías hecho tú antes, ¿verdad?
Celia había perdido la timidez.
-No soy una santa.
-Me gusta ser el primero en saberlo. ¿Te corres siempre con tanta intensidad?
-No, supongo que fue porque tu dedo es más gordo y más largo que el mío, o porque gusta más que te lo hagan que hacerlo tú.
-O por las dos cosas. Ahora te voy a follar.
-Tengo algo de miedo. ¿Me va a doler?
-Si, pero no tanto como si no te la hubiera preparado.
Frotando la polla desde el ojete hasta el clítoris, al pasar por la vagina, le fue metiendo un trocito de glande cada vez que bajaba y subía. Celia se fue poniendo da vez más cachonda.
-Esto es maravilloso.
Le faltaba solo por entrar la corona cuando Celia se corrió de nevo.
-¡Me corro otra vez!
Ramón aprovechó para meterle la cabeza de la polla. La mezcla de placer y de dolor hicieron que tuviera un orgasmo brutal, tan brutal fue que le cortó el habla.
Pasado el placer y el dolor, le quedó un molesto escozor.
-Ya me has desvirgado, sácala, no vaya a ser que te corras dentro, ocurra una avería y entonces sí que se enteraría mi padre.
La sacó, se la metió entre las tetas, las juntó y se hizo una cubana con ellas, hasta que se la puso en los labios.
-¿Quieres aprender a chuparla?
-Ya sé chuparla.
Sus palabras sorprendieron a Ramón.
-¡¿Quién te enseñó?!
-Tú, al chupar los dedos de mis pies, pero si pudiera escoger, escogería que me la volvieras a meter.
Se la metió en la boca.
-Para que no ocurra una avería es mejor que la pistola esté descargada.
Celia se la chupó, luego, masturbándose, le dio los huevos a lamer y a chupar… Tiempo más tarde se corrió en sus tetas. Después de correrse, le dijo.
-Ponte a cuatro patas.
Se puso a cuatro patas. Ramón le pasó la polla morcillona desde el coño al ojete y desde el ojete al coño hasta ponerla dura. Después, frotándola, le metía la punta de la polla en la vagina y se la frotaba en el ojete.
-Que no se te pase por la cabeza meterla donde no debes.
Al rato, con el glande dentro del coño, le dijo:
-Sácala y métela un poquito en el otro agujero.
Le volvió a frotar la polla en la vagina y se la fue metiendo a la misma profundidad en el coño y en el culo. Celia fue de quejido en gemido, hasta que comenzando a correrse, le dijo:
-¡Métemela toda!
-¿Dónde?
-¡Donde quieras!
Se la quiso clavar en el culo, pero le resbaló y se la metió hasta el fondo del coño. Celia, corriéndose, se derrumbó sobre la cama. Ramón, pensando que se la tenía metida en el culo, se corrió dentro de su coño.
Al pasar el acaloramiento y de quitar la polla de su coño llegó el reproche.
-¡Te has corrido dentro de mí!
-Fue un error de cálculo.
El error de cálculo se lo contó Celia al cura cuando se fue a confesar.
En fin, que Ramón y Celia acabaron casados, a pesar de ser primos carnales, y de que ella no quedara preñada, y es que las cuchillas de capar imponen mucho.
Por Quique