«Elena García recibe una oferta indecente de Alejandro Martínez: una noche con su hijo Lucas a cambio de una fortuna. Su esposo Javier, lejos de enfadarse, la anima a aceptar. ¿Podrá resistirse a la tentación cuando el joven millonario la despoje de su armadura profesional y la reclame como suya?»
Las luces del plató brillaban con una intensidad cegadora, reflejándose en el suelo encerado y en los lentes oscuros de los camarógrafos. Elena García se ajustó el micrófono en el escote, sintiendo el roce frío de la metal contra su piel tibia, todavía caliente por los focos. El maquillaje le pesaba un poco en los párpados, una máscara perfecta de profesionalismo que llevaba puesta durante años. Estaba a punto de comenzar el noticiero de la medianoche, su espacio habitual, donde su voz modulada y su imagen inmaculada eran el pan diario de millones de españoles.
Sin embargo, esa noche había una interrupción en el guion. Uno de los asistentes de producción, un joven nervioso con una libreta en la mano, se le acercó sigilosamente detrás de las cámaras.
—Señora García —susurró, extendiendo un sobre de papel grueso y color marfil—. Esto se lo han dejado en recepción. Dicen que es urgente y personal.
Elena frunció el ceño, rompiendo brevemente su compostura para deslizar el sobre dentro de su carpeta de guiones. No había remite, solo su nombre escrito en una caligrafía elegante y oscura, casi negra. El corazón le dio un vuelco, un pequeño golpe seco contra las costillas, pero obligó a su rostro a mantenerse impasible. Esperó hasta que el director le diera la señal de «corte» y el famoso tema musical de cierre inundara el estudio.
En la privacidad de su camerino, Elena rompió el sello de lacre rojo. El papel tenía una textura sedosa, cara. Sus ojos escanearon las pocas líneas impresas con una tipografía clásica.
«Señora García, mi hijo ha expresado un interés particular en usted. Le ofrezco una noche con él. La compensación será generosa, lo suficiente para asegurar su futuro y el de su familia. Discreción garantizada. Atentamente, Alejandro Martínez.»
El aire del camerino pareció espesarse. Elena reconocía el nombre. Alejandro Martínez era el magnate de la construcción, el hombre que poseía media ciudad, y su hijo, Lucas, era una constante en las revistas del corazón, conocido por sus excesos y su belleza juvenil. Elena sintió un calor repentino subir por su cuello, no de vergüenza, sino de una excitación prohibida y peligrosa. No era la primera propuesta indecorosa que recibía; en su posición, era un riesgo laboral. Pero esta era diferente. La firma, la audacia, el precio.
Guardó la nota en su bolso, sus manos temblando ligeramente al cerrar el cierre. El camino a casa fue una mancha de luces urbanas y pensamientos entrelazados. Cuando entró en su chalet en las afueras, todo estaba en silencio, salvo por el zumbido del frigorífico. Javier, su esposo, estaba en el salón, leyendo un informe financiero con gafas.
Javier levantó la vista al verla. A los cuarenta y dos años, seguía siendo el hombre que la hacía sentir segura, con su aire tranquilo y su mirada analítica. Elena no dijo nada al principio. Simplemente se acercó al sofá, se sentó a su lado y le tendió la nota sin una palabra.
Javier leyó el mensaje lentamente. Elena observó su rostro, buscando un rastro de celos, de ira. No hubo ninguno. Al contrario, la comisura de sus labios se curvó hacia arriba, una sonrisa casi imperceptible pero cargada de significado. Dejó el papel sobre la mesa de cristal y se quitó las gafas, frotándose los ojos.
—Alejandro Martínez —murmuró Javier, con una calma que a Elena le resultó electrizante—. El hombre no regatea en lo que quiere.
—¿Qué estás pensando? —preguntó ella, aunque su intuición ya le estaba gritando la respuesta.
Javier giró el cuerpo hacia ella, su mano encontrando el muslo de Elena por encima de la tela de su pantalón de vestir. La presión de sus dedos fue firme, deliberada.
—Es una oportunidad única, cariño —dijo su voz, bajando un tono, volviéndose rasposa y seductora—. Piénsalo. No es solo dinero. Es una fantasía. Podríamos usarlo para lo que queramos, renovar la casa, invertir… o podríamos usarlo para nosotros. Podrías vivir una aventura que la mayoría de la gente ni siquiera se atreve a imaginar, y yo… yo podría disfrutar escuchándome contármelo después, en detalle, mientras te recuerdo de quién eres realmente.
Elena sintió un estremecimiento recorrerle la columna vertebral. Las palabras de Javier desbloquearon algo dentro de ella, una caja de Pandora de deseos reprimidos. La idea de la infidelidad pactada, el voyeurismo emocional que su esposo le proponía, encendió una humedad instantánea entre sus piernas. Asintió, incapaz de formar palabras, dejando que la mano de Javier subiera un poco más, acariciando la cara interna de su muslo.
—Hazlo —susurró él, acercándose para besarle el cuello—. Acepta la oferta. Quiero que vayas y que te lo pases bien. Quiero que vuelvas y me lo cuentes todo.
La noche acordada llegó tres días después. Elena se paró frente al espejo de su armario empotrado. El vestido que había elegido era negro, una tela de seda que se adhería a su cuerpo como una segunda piel, resaltando la curva de sus caderas y la cintura estrecha que mantenía con disciplina en el gimnasio. Pero la verdadera arma secreta estaba debajo. Se había comprado un conjunto de lencería de encaje rojo carmesí, un contraste violento y sexy contra su piel pálida. Los tangas apenas cubrían lo necesario, dejando sus nalgas al descubierto, y el sujetador empujaba sus pechos hacia arriba, creando un escote profundo que prometía pecado.
Se miró una última vez. La presentadora de televisión había desaparecido; en su lugar había una mujer dispuesta a ser devorada.
El hotel era uno de esos lugares donde el olor a dinero era tan fuerte como el perfume de lirios en el hall. El botones la guió en silencio hasta la suite presidencial. Elena golpeó la puerta con el nudillo, su corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
La puerta se abrió. Lucas Martínez estaba allí. Era más joven de lo que parecía en las fotos, no más de veinticinco años, con una complexión atlética que evidenciaba horas en el gimnasio y no en la oficina de su padre. Llevaba una camisa de lino blanca abierta casi hasta el ombligo y pantalones negros holgados. Sus ojos, oscuros y profundos, recorrieron a Elena de arriba a abajo sin pudor alguno, despojándola de su vestido con la mirada antes incluso de que cruzara el umbral.
—Eres incluso más hermosa en persona que en la televisión —susurró él, apartándose para dejarla pasar. Su voz era grave, cargada de una promesa de desenfreno—. Entra, por favor.
Elena entró, y el aire acondicionado helado del suite chocó contra su piel calientes, erizando los vellos de sus brazos. Lucas cerró la puerta y giró el cerrojo con un clic metálico que sonó a sentencia definitiva.
—Gracias —respondió Elena, notando cómo su voz temblaba ligeramente, una mezcla de nervios y una anticipación pura y dura.
El interior de la suite era un santuario de lujos. Alfombras espesas que amortiguaban el sonido, muebles de cuero oscuro y una ventana panorámica que mostraba las luces de la ciudad como un tapiz de diamantes. Pero Elena no tenía ojos para el paisaje. Lucas se acercó, invadiendo su espacio personal de inmediato. Ella podía oler su colonia, algo cítrico y amaderado, y el calor que desprendía su cuerpo joven.
—Mi padre pagó mucho por esto —murmuró Lucas, acercando su boca al oído de Elena—. Pero no estoy aquí por el dinero. Estoy aquí porque me corro cada noche viéndote leer las noticias, imaginando qué hay debajo de esos trajes aburridos.
Su aliento caliente golpeó el cuello de Elena, provocando que una oleada de hormonas inundara su sistema. Lucas no esperó una respuesta. Sus manos se deslizaron por la cintura de Elena, tirando de ella hacia él con una fuerza bruta que la tomó por sorpresa. Sus cuerpos chocaron, y ella sintió la dureza de su erección presionando contra su vientre a través de la tela de sus vestidos.
—Quiero sentirte, ahora —gruñó él.
No hubo preliminares suaves. Sus labios se encontraron en un beso voraz, lleno de urgencia y dientes chocando. Lucas mordió el labio inferior de Elena, tirando de él hasta que ella gimió dentro de su boca. Su lengua invadió su espacio, explorando, dominando, mientras sus manos bajaban con destreza inusitada hacia la espalda de Elena, buscando el cierre de su vestido.
El tejido cedió y el vestido se deslizó por sus hombros, cayendo al suelo en un charco de seda negra. Elena quedó ahí, en medio de la suite, solo con su lencería rojo carmesí y sus tacones. Lucas se separó un paso para mirarla, sus ojos brillando con una lujuria animal.
—Maldita sea… —soltó él, pasándose una mano por el cabello—. Eres perfecta.
Elena sintió el poder de su propia sexualidad. Se acercó a él, empujándole suavemente hacia el sofá de cuero que estaba frente a la ventana.
—Tómate lo que pagaste —dijo ella, su voz cargada de una autoridad sensual que no sabía que tenía.
Lucas cayó sentado en el sofá, mirando hacia arriba. Elena se acercó, colocándose entre sus piernas abiertas. Con un movimiento fluido, se quitó los tacones y luego, lentamente, bajó las tiras de su lencería, dejando que la tela roja cayera y dejara su coño al descubierto, ya húmedo y brillando bajo la luz de la lámpara.
—Toma mi coño y goza con él —susurró Elena, guiándolo por los hombros para que se inclinara hacia adelante.
Lucas no necesitaba más invitación. Agarró las caderas de Elena y tiró de ella hacia su cara. Elena sintió su aliento caliente contra su sexo antes de que su lengua la tocara. El primer contacto fue eléctrico. Lucas lamió de arriba a abajo, saboreándola con un gemido gutural que vibró en todo el cuerpo de ella.
—Sí… —gimió Elena, arqueando la espalda y entrelazando sus dedos en el cabello oscuro de Lucas—. Siente mi placer.
La lengua de Lucas era firme y experta, moviéndose en círculos precisos alrededor de su clítoris antes de meterse dentro de su entrada, follando con ella con la boca. Elena cerró los ojos, perdiéndose en la sensación. Las manos de Lucas apretaban sus nalgas, sus uñas clavándose en la carne suave, marcándola como suya. El ritmo aumentó, y Elena sintió cómo la tensión se acumulaba en la base de su columna, una bola de fuego que crecía con cada pasada de su lengua.
—Me vengo… —avisó ella, su voz rota, jadeante—. No pares… me vengo…
El orgasmo la golpeó como una ola, haciendo que sus rodillas temblaran y su visión se nublara de blanco. Lucas siguió lamiendo, prolongando el clímax hasta que ella tuvo que empujarle suavemente, demasiado sensible para continuar.
Pero Lucas no había terminado. Se levantó, desabrochándose el cinturón con movimientos torpes y rápidos. Su polla saltó libre, gruesa, roja y palpitante, con una vena gruesa recorriendo el shaft. Elena la miró, sintiendo un hambre renovada en su garganta.
—Ahora es mi turno —dijo él, su voz ronca de deseo.
Elena no dudó. Se arrodilló en la alfombra de seda frente a él, tomando su miembro en sus manos. La piel estaba caliente y suave, tensa por la erección. Lo miró a los ojos mientras bajaba la cabeza, introduciendo la glande en su boca. Lucas jadeó, su cabeza cayendo hacia atrás.
Elena comenzó a moverse, usando su lengua para estimular la punta mientras sus manos trabajaban el tallo, bajando y subiendo con un ritmo constante. Podía oler su olor masculino, fuerte y excitante. Profundizó la garganta, relajando los músculos para tomarle más, sintiendo cómo le llenaba la boca, golpeando el fondo de su garganta.
—Me corro… —advirtió Lucas, agarrando el cabello de Elena con fuerza, pero sin apartarla—. Te lo voy a dar todo…
Elena aumentó la velocidad, chupando con fuerza, queriendo probarle, queriendo ser la causa de su rendición. Con un grito ahogado, Lucas se tensó, y Elena sintió el primer chorro caliente y salado golpearle el paladar. Se tragó todo, limpiándole con la lengua, no dejando escapar ni una gota.
Sin darle tiempo a recuperarse, Lucas la levantó del suelo y la llevó hacia la cama enorme en el centro de la habitación. La tiró sobre las sábanas de satén blanco y se colocó entre sus piernas, abriéndolas de par en par con decisión.
—Córrete conmigo —ordenó él, alineando su polla todavía dura con la entrada de Elena.
Penetró en ella de un golpe, profundo y sin piedad. Elena gritó, una mezcla de dolor y placer absoluto, sintiéndose llena, estirada hasta el límite. Lucas comenzó a moverse, embistiendo con fuerza, cada golpe golpeando su cérvix, enviando ondas de placer que se extendían hasta la punta de sus dedos.
—Siente mi placer —gritó Elena, sus uñas clavándose en la espalda de Lucas, dejando rayones rojos en su piel bronceada—. Dámelo todo, puto.
—Te voy a llenar —gruñó él, sudando profusamente, sus ojos fijos en los de ella—. Eres mía esta noche.
Los cuerpos se movieron al unísono, una danza primitiva y salvaje. El olor a sexo llenaba la habitación, mezclado con los gemidos y el sonido de la piel chocando contra la piel. Elena sintió cómo se acercaba otro orgasmo, más intenso que el anterior.
—Me vengo contigo —gritó ella, su cuerpo arqueándose mientras el clímax la arrasaba—. ¡Sí, sí, sí!
Lucas la siguió al abismo, su cuerpo tensándose antes de liberarse dentro de ella una segunda vez, calando sus profundidades con su semen caliente. Cayeron agotados sobre la cama, jadeando, con los corazones golpeando al unísono.
Al día siguiente, la luz del sol se filtraba a través de las cortinas cuando Elena llegó a casa. Se sentía usada, exhausta, pero increíblemente viva. Javier la esperaba en la cama, despierto, leyendo de nuevo. Al verla entrar, dejó el libro y le dedicó una sonrisa pícara.
—Cuéntame todo —dijo su voz, llena de anticipación.
Elena se acercó a la cama, despojándose de la ropa que llevaba puesta. Se metió bajo las sábanas con él, besándolo con una pasión que él no había sentido en años.
—Fue intenso —susurró ella contra sus labios, mientras sus manos bajaban por el cuerpo de Javier, encontrándolo ya duro—. Me hizo sentir cosas que ni siquiera sabía que podía sentir. Me folló como una animal, Javier.
Javier sonrió, sus manos deslizándose bajo el camisón de ella, buscando su coño todavía sensible.
—Déjame hacerte sentir eso de nuevo —dijo él, bajando su boca hacia su cuello, mordiendo la piel que Lucas había dejado marcada—. Quiero oír cada detalle. Quiero saber cómo te entró, cómo te supo.
Mientras Javier la tomaba con una fuerza renovada, Elena le contó cada detalle, cada palabra sucia, cada gemido. Le describió laSuite, el olor a lujuría, la forma en que Lucas la había mirado.
—Toma mi coño y goza con él —le susurró ella al oído, repitiendo las palabras que le había dicho a Lucas, sintiendo cómo la polla de Javier la llenaba, reclamando su territorio—. Soy tuya, pero me he roto para ti.
—Me vengo contigo —gemó Javier, su cuerpo tensándose—. Gracias por esto, gracias por todo.
Y mientras sus cuerpos se fundían en un clímax compartido, Elena supo que aquella noche no solo había sido una aventura, sino el comienzo de una nueva y peligrosa exploración en su matrimonio, un juego donde los límites se desdibujaban y el placer era la única moneda de cambio.
Por Mary Love