Capítulo 1
Tomelloso (Ciudad Real) 1958
Clementina caminaba despacio. Atravesaba la plaza camino de la casa parroquial. como todos los días de los últimos treinta años. Los años ya empezaban a pesar no en vano en mayo cumpliría cincuenta. Ya en la casa parroquial se quitó su ropa y se colocó su bata de trabajo. Hoy no sería un día como los demás. Después de la muerte de Don Manuel hacia una semana hoy vendría el nuevo párroco. Quería que todo estuviera perfecto. La casa parroquial estaba perfecta, limpia, recogida, tanto como la sacristía y la iglesia.
Llamaron a la puerta y Clementina se apresuró a abrir.
—¡Tu! Ahora serás Don Juan ¿no? —exclamó sorprendida y enfadada Clementina.
—Hola Clementina— dijo el nuevo párroco, bajando la cabeza con rubor— después de veinte años he vuelto.
—Si, pero como cura, no como mi prometido, como dijiste y desde luego no veinte años después.
—Ya sabes que las cosas no eran fáciles, la guerra acababa de terminar, mis padres no podían darme estudios y ni siquiera de comer. Solo pudieron mandarme al seminario y después todo cambio.
—Y yo aquí, esperando por ti. Al final me quedé para vestir santos. Nunca mejor dicho—gritó Clementina, molesta,
—¿Recuerdas nuestro último día? Yo nunca he podido olvidarlo, me ha perseguido todos los días de mi vida—dijo Don Juan con voz triste.
—¿Como lo voy a olvidar? La única vez que he hecho el amor en toda mi vida. Pero ya vale de nostalgias. Todo es distinto, tú eres cura y yo tu asistenta y han pasado treinta años, estamos viejos, gordos y cansados. Así que a lo nuestro—dijo Clementina mientras se ponía a deshacer las maletas y a realizar sus quehaceres.
Don Juan sentado a la mesa. Clementina servía la cena. Al tiempo que servía la sopa, Don juan deslizó una mano sobre las caderas de Clementina, acariciando su culo.
—Lo recuerdo cada noche, suave, caliente—dijo suavemente.
Clementina se retiró, rápida, sin decir nada a la cocina. Se sentía turbada. Hacía años que no sentía una mano sobre ella, notaba un calor interno, un rubor en las mejillas. Notó su coño, percibía como si se hinchase.
—¿Has terminado la sopa? —gritó desde la cocina. Don Juan contestó que sí. Cogió el segundo y se acercó al comedor. Al retirar el plato y acercarse a Don Juan notó como su mano entraba por debajo de su bata, acariciaba su culo, sus piernas. Ella instintivamente separó las piernas y el empezó a acariciar la parte interna de sus muslos.
La mano de Don Juan acariciaba aquellos muslos, gruesos, pero aun consistentes. Al notar que ella abría las piernas empezó a subir su mano hacia el coño. Notó la braga empapada la acarició despacio. Su mano apartó la braga hacia un lado, su coño lleno de un flujo espeso, sus labios hinchados. Don Juan lo fue recorriendo lentamente. Sus dedos localizaron su clítoris, lo estudiaron con amor, arriba, abajo, en circulo. Poco a poco fue introduciendo sus dedos dentro de su coño. El coño se iba agrandando, atrayendo los dedos hacia dentro, uno, dos, tres. Clementina apoyada sobre la mesa y con los ojos cerrados suspiraba. Se dejaba hacer. Él era el hombre de su vida, con quien soñó cada noche de los últimos veinte años.
Don Juan se levantó, la giró, la besó y al tiempo su mano le abría la bata. Clementina con sus casi cincuenta años aún estaba muy hermosa. Le quitó la bata, besándola, con amor, le desabrochó el sujetador, dejando al aire unos pechos grandes, con unos pezones duros y oscuros. Sus tetas, algo caídas, lucían blancas y hermosas. Don Juan comenzó a chuparlos, lamerlos. Su lengua se deleitaba con aquellos pezones, se endurecieron, la aureola, oscura, se arrugaba. Mientras una de sus manos seguía acariciando aquel coño que de tan caliente que estaba, quemaba. Sus dedos se deslizaban por el coño mojado; entraban en su vagina, sacando suspiros y jadeos a Clementina.
Don Juan bajó lentamente las bragas, blancas y grandes, despacio. El coño apareció peludo, negro, con algún vello canoso. Don Juan la ayudó a sentarse en la mesa, desnuda. Se agachó y comenzó a comerse aquel coño mojado, salado, cuando su lengua empezó a lamer un clítoris enorme, duro, Clementina gritó de placer, abrió cuanto pudo sus piernas para que la lengua pudiera recorrer su coño, su vagina, el interior de sus muslos. Don Juan alojó su lengua dentro de su coño, movía su lengua dentro como si la follara, a los lados, arriba y abajo, deleitándose con el sabor salado, con aquel flujo espeso. Clementina jadeaba, agarraba su cabeza, le hacía recorrer cada rincón de su sexo. El placer que estaba sintiendo era superior a sus fuerzas, se dejó caer sobre la mesa, mostrando todo su cuerpo, las piernas abiertas y su sexo deseoso, mojado y palpitante.
Don Juan se incorporó y levantándose la sotana se sacó la polla. Le paseó el glande por los labios, Clementina gemía y se movía sin poder detenerse La fue introduciendo dentro, despacio, gozando de cada centímetro que metía dentro de Clementina. Se besaron apasionadamente. Sus lenguas se enroscaban, entrechocaban. Agarrándola del culo Don Juan comenzó a follarla. Miraba sus tetas balanceándose, acariciaba su barriga blanca. Su polla entraba y salía. Clementina se derretía a cada empujón. Ella sentía aquel rabo entrando hasta lo más profundo de ella. Don Juan notaba como su glande rozaba aquellas paredes húmedas. Cada movimiento le cortaba la respiración, jadeaba, gritaba. Deseaba sentir la corrida en su interior. Uniendo sus bocas y sus sexos llegaron a un orgasmo juntos, unidos. El semen inundó el coño de Clementina, chorreaba por sus labios, mojaba su entrepierna. Don Juan sacó su rabo lentamente un puente de semen y flujo aun los unía. Se miraron enamorados, volvía a meterla. Un entorno de felicidad los inundó, se besaron y comenzaron a follar otra vez.
La leche chorreaba a lo largo de aquel coño peludo. Ella se incorporó y se colocó en el suelo a cuatro patas.
—Házmelo como la última vez—dijo Clementina, al tiempo que abría sus piernas dejando a la vista el coño chorreando y su hermoso culo, vicioso, con apetito de rabo.
Don Juan cogió la aceitera de la mesa y se llenó la mano de aceite, se la pasó por la polla y después por el culo de Clementina.
Acercó su polla al culo de Clementina, totalmente aceitado, empezó lentamente, dilatando su culo con paciencia, la polla fue entrando despacio. Clementina entró en trance, empezó a correrse, orgasmos cortos, continuados, que la hacían temblar. Don Juan metió su polla entera en el culo de Clementina y empezó a follársela, sus manos agarrando con fuerza aquel culazo. Sintiendo en cada embestida como aquel ano exprimía su polla. Estuvo un rato metiendo y sacando su rabo en aquel gordo culo. Dejaba su polla a medio sacar y la volvía a meter. Le excitaba ver como entraba en el interior de Clementina.
Terminaron los dos en otro orgasmo intenso. La polla de Don Juan terminó por eyacular toda la leche guardada durante años. Cayeron uno encima del otro, jadeando con la polla de Don Juan aún en el culo de Clementina. Después de un rato se separaron, quedaron sudorosos, felices y exhaustos. Don Juan sacó la polla despacio, su semen corrió por el culo de Clementina, dejándolo húmedo, pringoso. Lo acarició, metió un dedo en su interior, lo movía, luego metió otro, miraba aquel culo. Le excitaba. Masturbo aquel culo al tiempo que su otra mano acariciaba el clítoris de Clementina, ella volvió a correrse.
Don Juan pasaba su mano por el culo empapado de semen, lo esparció por las nalgas, embadurnado su culo, su coño; se excitaba viendo el culo blanco y gordo de Clementina lleno de semen y flujo.
—Vamos a la cama—dijo Clementina levantándose.
Ambos se fueron a la habitación, Clementina se desnudó completamente. Don Juan la observaba, desnudo y con la polla otra vez tiesa. Se besaron con pasión.
—Tómame Juan, soy tuya, tu esclava.
La polla del cura se puso dura como el hierro, la deseaba. La hizo arrodillarse y le metió el rabo en la boca.
—Chupa, cómemela, hasta que yo te diga—ordenó Don Juan.
A Clementina el coño se le hizo un charco, la orden la excitó al máximo. Arrodillada empezó a chuparla. Don Juan movía su cabeza, metiendo su polla hasta el final de su garganta. Clementina se masturbaba con una mano, su clítoris, hinchado, le proporcionaba un placer enorme. Don Juan cogiendo una vela gruesa de encima de la mesilla se la dio a Clementina.
—Métetela por el coño, quiero que te masturbes. —ordenó de nuevo Don Juan.
Clementina colocó la vela a la entrada de su coño y se fue sentado sobre ella, el velón abría su chocho, dilatándolo, ensanchándolo, pensó que no iba a entrar en su coño, pero la vela entró hasta el fondo. Con su mano empezó a moverlo, el placer inundaba su cuerpo. La vela había puesto su chocho abierto en toda su extensión. Su coño dilatado y la polla de Don Juan follándole la boca, su mente y su cuerpo estallaron en un orgasmo grandioso.
—¡Me voy a correr! —dijo Don Juan, metiendo la polla hasta lo más profundo de la garganta de Clementina.
Clementina, con un orgasmo rabioso, trataba de tragarse todo el semen, pero este le salía por la comisura de los labios. Su orgasmo se prolongaba, su cuerpo tiritaba, convulsionaba de placer.
Don Juan sacó su polla de la boca de Clementina, esta rendida se dejó caer al suelo, todavía su cuerpo vibraba de placer. Don Juan la vio allí tumbada las piernas abiertas y el velón saliendo de su coño, abierto, dilatado al máximo. Don Juan sacó la vela despacio. El coño de Clementina quedó dilatado, abierto, chorreando flujo, placer. Un olor carnal, sensual inundó la habitación.
Felices se tumbaron en la cama, desnudos, calmados de su hambre de sexo y se durmieron abrazados.
Tenían que recuperar mucho tiempo perdido.
Don Juan se levantó, se vistió deprisa. Tenía una reunión con las distintas autoridades del pueblo.
—Bienvenido—dijo Don Genaro, el alcalde—Bueno en realidad ya nos conocemos, ¿verdad, Don Juan? Usted es del pueblo, aunque se fue hace mucho. Hoy vamos a hacer las presentaciones oficiales. ¿Preparado?
—Gracias, me alegra mucho estar de vuelta a mis orígenes—dijo Don Juan dando la mano al alcalde. —Para ponerme a las órdenes de la moral, del buen español. Espero poder cumplir bien con mi tarea.
—Gracias a Dios, eso esperamos todos. Bueno aquí le presento a las fuerzas vivas del pueblo. Don Ernesto jefe de la falange, Don Evaristo cabo de la guardia civil, Don Claudio nuestro más insigne terrateniente—fue presentando Don Genaro.
Don Juan fue saludando uno a uno a todos los representantes de la nueva España, la construida tras la guerra civil.
—Venga conmigo Don Juan. Voy a presentarle a nuestras esposas—dijo el alcalde abriendo una puerta de un salón aparte.
Don Juan vio ante si unas mujeres engalanadas, maduras, un poco rellenitas con vestidos negros, medias negras y velo; le saludaron una a una.
—¡Que alegría, Don Juan! Necesitábamos sangre nueva en nuestra parroquia—dijo Doña Valentina, la esposa del alcalde—Con un párroco nuevo podremos hacer más cosas, hay que llevar la palabra del señor a todos. Apartar las tentaciones, apartar al diablo de las buenas gentes de este pueblo. Precisamos de más penitencias para salvar las almas de nuestros vecinos —todas las mujeres aplaudieron.
—Gracias Valentina—dijo el alcalde—ahora tenemos que irnos. Tenemos muchas cosas de las que hablar con el nuevo párroco.
Don Juan y Don Genaro se volvieron al salón ocupado por los varones. La conversación se alargó durante un par de horas. Se trataron los temas de actualidad, del nuevo régimen, de la necesidad de encauzar la vida de la sociedad según los nuevos valores, impulsados por Franco.
Al final de la conversación todos cantaron el “Cara al sol” y se despidieron.
Don Juan volvió raudo a su casa, abrió la puerta y llamó a Clementina. Al verla se abrazó a ella, la besó con pasión. Su mano abrió la bata y apartando la braga le acarició el coño, se mojó al instante. Los dedos de Don Juan se introdujeron en su vagina, moviéndose rápidos. Clementina se corrió. La polla de Don Juan estaba tiesa. Clementina arrodillándose levantó la sotana, abrió la bragueta y sacó la polla de Don Juan. Chupó, lamio, sorbio.
—Córrete en mis tetas—dijo Clementina sacando sus pechos del vestido, exponiéndolas al rabo del párroco.
Un chorro de leche saltó del capullo de Don Juan embadurnado sus tetas. Cogió la polla del párroco y comenzó a lamerla a limpiarla. Se relamía tragándose todo el semen que podía. Después se chupó las tetas, los pezones hasta dejarlos brillantes.
Lo prohibido los ponía a cien.
Capítulo 2
Don Juan llevaba ya dos años de párroco en el pueblo. Su relación con Clementina estaba asentada. Ella seguía siendo la asistenta de la parroquia. Follaban todas las noches. Clementina siempre a las ordenes de Don Juan. Su coño abierto y su culo agradecían los continuos arrebatos de furor del párroco.
Don Juan era un hombre admirado y profundamente respetado en el pueblo. Su presencia imponía una extraña mezcla de autoridad y calidez. En el confesionario, su voz grave podía ser severa, casi intimidante, aunque siempre dejaba entrever una comprensión íntima de las debilidades humanas. Las beatas acudían a él con devoción, buscando consejo, consuelo o cualquier pretexto para permanecer unos minutos más bajo su mirada serena.
En aquella España franquista, marcada por la férrea influencia de la Iglesia, la palabra de un sacerdote tenía un peso casi sagrado. Los curas eran figuras reverenciadas, guardianes de la moral y del deseo contenido que latía, silencioso, tras las persianas entornadas y los rezos de cada tarde.
—Ave María purísima. —dijo una voz femenina.
—Sin pecado concebida— contestó Don Juan. —Dime hija, ¿en qué has pecado?
—Bendígame padre, porque he pecado. Me acuso de malos pensamientos, pensamientos pecaminosos y de haberme tocado, ahí… — dijo la mujer con mucho pudor.
Don Juan se asomó para mirar un poco, por supuesto la conocía. Era la mujer de alcalde, una mujer ya madura, más de cincuenta, bajita, rechoncha y con un culo muy prominente, sus pechos amplios llenaban el negro vestido. Siempre de luto riguroso, como mandaban las normas, desde la muerte de su padre. Hoy, para confesarse, además, también llevaba velo.
—Pero hija, ¿crees de verdad que has pecado? —dijo el párroco un poco incrédulo.
—Si padre, no sé qué me pasa últimamente. Mi marido y yo hace tiempo que no hacemos uso del matrimonio y yo en principio estaba tranquila. Pero estos últimos días he notado un ardor en mis partes y el otro día pensando en unos jóvenes del pueblo, en el baño me estuve tocando y noté un gran ardor y una sensación muy agradable. Seguro que es pecaminoso y siento vergüenza y arrepentimiento— confesó Doña Valentina. Paseando cerca del molino los vi, bañándose, y no sé, sus cuerpos sudorosos, sus brazos…y…el diablo entró en mí… cosa se calentó, se mojó. Nunca había sentido eso, ¡es el diablo padre!
—A ver hija, si ves que te vuelven estos ardores, arrodíllate y reza. Si no se pasan los ardores tendrás que utilizar el cilicio. También una pequeña vara, azótate. El dolor purgará tus ansias de tocarte. Y reza, cinco Avemarías, cada vez que te entren esos calores. Ego te absolvo…
—Gracias padre así lo haré.
Don Juan salió del confesionario, iba totalmente empalmado. La imagen de Doña Valentina desnuda masturbándose lo había encendido. Se acercó a la casa parroquial, buscó a Clementina y cuando la encontró se subió la sotana y sacándose la polla se la mostró. Clementina se subió su bata y se bajó las bragas y tumbándose en el suelo le ofreció su coño. No hacían falta las palabras, estaban cachondos a todas horas. Don Juan se introdujo entre sus piernas y empezó a follársela, aquel coño parecía estar siempre dispuesto, mojado, húmedo y caliente. El párroco comenzó a follarla con intensidad, su rabo entraba y salía, el flujo le daba a su polla un brillo especial.
—Ha sido Doña Valentina, se toca el coño pensando en los mozos del pueblo. Imaginarla me ha puesto muy cachondo. ¿Te la imaginas?
—Siempre fue muy caliente, desde niña y su marido demasiado beato. Cuando adolescentes, el hijo del molinero…
—¡Me voy a correr!
—No te corras en mi coño, échamelo en las tetas—dijo Clementina entre sofocos.
Don Juan sacó su miembro y se derramó sobre los pechos de Clementina, quien tomó su miembro y empezó a succionarlo, lamerlo y tragarse el semen que quedaba. Mientras tanto, con una de sus manos terminó de masturbarse, alcanzando el clímax. Don Juan y Clementina se incorporaron, se vistieron y siguieron sus quehaceres.
Dos semanas después volvió doña Valentina al confesionario.
—Ave maría purísima
—Sin pecado concebida. Dime hija ¿Qué puede hacer por ti? —dijo don Juan
—Padre necesito ayuda, los ardores no paran cada día estoy más acalorada, mi mano se va a mis partes y me acaricio. Es el demonio que me tienta y yo no tengo fuerza de voluntad, no soy capaz de ponerme el cilicio. Termino tocándome, terminó muy sofocada. Pero me gusta y me siento condenada. El diablo me tienta. Lo peor padre, el otro día perdí totalmente la cabeza y me metí… en.… mi cosa un calabacín enorme, y peque, padre, pequé mucho…el placer…fue inmenso y sé que no es bueno…ayúdeme, padre— doña Valentina lloraba desconsolada —¿No podría usted ayudarme a purgar mis pecados?
—No se hija, no sé cómo puedo ayudarte—Balbuceaba el párroco, su polla, empinaba su sotana. La imagen de Doña Valentina metiéndose el calabacín en el coño… lo tenía a cien.
—Yo sola no puedo, ¿por qué no me aplica usted el castigo? Yo no tengo valor, pero si es usted quien lo aplica seguro que mis ardores se aplacan.
—De acuerdo, pero tiene que hacer todo lo que yo le diga, sin rechistar y sin contárselo a nadie. Sacarle el demonio de dentro será un trabajo arduo y doloroso. Un verdadero exorcismo. —Sentenció el párroco.
—Ahora mismo estoy que no puedo estoy deseando tocarme. ¿Podría usted castigarme un poco? Lo necesito, el demonio está dentro de mí. Ayúdeme a sacarlo.
—Bien acompáñame, vamos a la sacristía. —Ordenó con mucha autoridad el párroco.
Doña Valentina se puso en marcha hacia la sacristía. Don Juan salió detrás de ella. Veía su enorme culo enfundado en aquel vestido negro, bajita, iba dejando un olor dulce, envolvente. Don Juan notó como su polla se revolvía debajo de la sotana.
Al llegar a la sacristía, don Juan le indicó con voz firme que se arrodillara en el suelo, apoyándose sobre las manos. Entornó la puerta con calma y tomó un pequeño vergajo que descansaba junto al altar. Entonces comenzaron los azotes, lentos al principio, precisos y cada vez más intensos. El eco de los golpes llenó la estancia mientras doña Valentina contenía apenas los gemidos, estremeciéndose bajo cada impacto y suplicando, entre suspiros, que no se detuviera…abría las piernas, su falda se iba subiendo poco a poco. Sus piernas blancas, aparecían entre sus medias y sus bragas.
El monaguillo escuchó unos ruidos en la sacristía, Se acercó lentamente y miró dentro con cuidado. Al ver a Doña Valentina, la mujer del alcalde, se escondió. El temor se apoderó de él, pero escondido siguió observando. Los gemidos de Doña Valentina eran mas de placer que de dolor, sus piernas casi abiertas, sus tetas balanceándose… el monaguillo comenzó a tocarse el pene.
—¡Gracias, padre, gracias, más! —Doña Valentina sentía como se mojaba su coño, cada golpe la ponía más cachonda.
—Con el vestido los azotes no son muy efectivos—susurro Don Juan a la vez que terminó de subir el vestido de la mujer hasta las caderas. Dejó a la vista un hermoso culo, muy blanco. Cubierto con unas bragas de algodón negras, unas medias también negras cubrían sus piernas has mediados los muslos. Las carnes blancas, nacaradas y un tanto flácidas.
La penumbra de la sacristía acariciaba la piel pálida de la mujer, resaltando el contraste de las medias negras que abrazaban sus piernas. Él recorrió con la mirada cada curva con una mezcla de deseo y autoridad contenida. Sus manos descendieron despacio, explorando con una intimidad calculada, arrancándole un jadeo tembloroso.
A Don Juan le estallaba la polla. Sin pausa le bajó las bragas hasta las rodillas. Un culo blanquísimo, gordo, algo flácido apareció a su vista. Lo acarició, pasó su dedo por la raja del culo, bajo hasta el coño, lo notó mojado, su mano lo recorrió, acarició, metió dos dedos en el coño pajeándolo.
Doña Valentina arqueó la espalda y separó apenas las piernas, entregándose al roce de aquellos dedos que parecían conocer exactamente el efecto que provocaban. La respiración de ambos se volvió más densa, más cercana, mientras el silencio del lugar se llenaba de suspiros y tensión reprimida.
Abriendo las nalgas, acarició el ano, dilatándolo, los dedos mojados entraron fácil en el aquel ojete. Doña Valentina jadeaba, gemía y abría las piernas. Dejando su sexo y su culo a la vista del párroco.
Doña Valentina se ofrecía en sacrificio. Levantaba el culo para que el párroco pudiera meter bien los dedos en su coño y en su culo.
El monaguillo se masturbaba viendo el culo y el coño de Doña Valentina. El coño empapado de un flujo espeso. Don Juan jugueteando, en aquel sexo húmedo.
—Siga, Don Juan, los calores cada vez son mayores, siga, seguro que esta penitencia me hará bien, violente mi coño, mi culo, azóteme por favor. Necesito castigo—dijo doña Valentina entre sofocos.
Don Juan golpeó la carne blanca, esta empezó a coger un color rojizo. Mientras golpeaba con una mano, con la otra se sacó la polla y empezó a masturbarse.
—¡Más Don Juan, estoy viendo el cielo, la luz del señor llega a mí! — dijo Doña Valentina que se contorsionaba, se corría con una mano ahora en su clítoris. El placer la inundaba.
Don Juan no pudo más echó mano del aceite usado para los ungimientos, se rebozó el rabo y se acercó al culo de Doña Valentina, abrió sus cachetes y le metió la polla por el culo. Doña Valentina abrió sus cachetes y disfrutó de la polla del párroco en su culo, se masturbó sin disimulo, se corrió y pidió más y más. Don Juan disfrutaba de cada embestida, alargó su mano por debajo del vestido para acariciarle las tetas. Doña Valentina gemía y gemía pidiendo más.
—¡Mas padre, más dentro! —gritaba, gemía entre jadeos y orgasmos.
Agarrando fuerte por las caderas a Doña Valentina metía su rabo hasta el fondo de aquel culo. Se deleitó follándola despacio al principio, después con fuerza, sus manos recorriendo todas las nalgas.
El monaguillo seguía masturbándose mientras observaba a Don Juan dando por el culo a la mujer del alcalde. Clementina se acercó por detrás. El monaguillo absorto no se dio cuenta. Abrazándolo y cogiendo su polla.
—Tranquilo, yo te ayudo—dijo Clementina dulcemente al oído del muchacho.
Clementina comenzó a masturbarlo mientras observaban al párroco y a Doña Valentina. La mano se deslizaba suavemente, masturbaba dulcemente al chico. El muchacho acercó su mano al coño de Clementina. Metiendo la mano a través de su bata lo acarició, apartando las bragas lo noto mojado, metió dos dedos en su coño, los movía con suavidad. Clementina abría las piernas. Notaba los dedos del chico dentro de su sexo, disfrutaba. Retorciéndose juntos, pegados, se corrieron. Un chorreón de semen saltó del rabo del chico, manchando el suelo. Se besaron con pasión. Clementina se agacho y metiéndose el rabo en la boca lo lamio, lo succiono el chico echando la cabeza hacia atrás disfrutaba de la mamada.
—Márchate, ya hablaremos—dijo Clementina al monaguillo. Este se marchó con la mayor de las felicidades.
Don Juan terminó eyaculando toda su leche dentro del culo de doña Valentina. Un grito de placer de los dos.
Don Juan sacó el rabo, despacio, gozando de la vista. Observaba el culo dilatado y su polla saliendo de dentro de Doña Valentina. Doña Valentina derrotada por los orgasmos estaba totalmente tumbada en el suelo, su culo y sus piernas abiertas. El semen del párroco llenando la raja del culo. La leche resbalaba por los muslos de Doña Valentina. Esta se levantó con las bragas enganchada en uno de sus tobillos. Don Juan la observó, su cara de felicidad, su coño peludo, salpicado de leche, una teta fuera del vestido. Doña Valentina se acercó al párroco y le acaricio la polla, suavemente, después se llevó los dedos a la boca y se los lamió, despacio, degustando cada gota de leche.
—Muchas gracias Don Juan, me siento mucho mejor, los calores se han ido— dijo doña Valentina colocándose y subiéndose las bragas. Se arregló el vestido y el velo.
—No me ha dicho cuántas veces debo de hacer penitencia—dijo Doña Valentina antes de salir a la calle.
—¿Cuándo cree usted que volverán los calores?
—Pronto. Seguro que voy a necesitar mucha penitencia.
—Deberíamos poner un par de veces por semana de penitencia. El caso parece complicado, necesita usted mucho castigo. Venga usted los martes y los jueves a eso de las seis de la tarde para imponerle las penitencias pertinentes. — Dijo el Don Juan autoritario.
—Así será—contestó Doña Valentina.
Mientras salían de la sacristía, Don Juan y Doña Valentina observaban a Clementina arrodillada fregando el suelo.
—Buenos días Doña Valentina—dijo Clementina con sumisión.
(Continuara)
Por gabriela