Un polvo a contrarreloj con mi sensual hermanita

Un polvo a contrarreloj con mi sensual hermanita

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Me desperté con el cuerpo aún pesado por el sueño, el pelo revuelto y solo unos boxers negros ajustados. El aroma a café recién molido ya empezaba a llenar la cocina cuando escuché la puerta principal cerrarse. Mamá había salido a comprar pan y algunas cosas del supermercado. “Vuelvo en veinte minutos”, había dicho. Veinte minutos. Suficientes.

Estaba sirviéndome la taza cuando sentí sus brazos rodearme por detrás. El calor de su cuerpo contra mi espalda desnuda me hizo sonreír antes incluso de girarme.

—Buenos días, hermanito… —Susurró Carol contra mi nuca, su voz ronca de recién levantada, cargada de esa dulzura peligrosa que solo usaba conmigo.

Su pelo rubio, largo y ligeramente ondulado, cayó sobre mi hombro mientras me abrazaba más fuerte. Llevaba una de mis camisetas viejas, esa gris que le quedaba enorme y que apenas le cubría la mitad de los muslos. Sabía perfectamente lo que provocaba en mí verla así.

Me giré dentro de su abrazo. Sus ojos azules, todavía somnolientos pero brillantes de deseo, se clavaron en los míos. Era tan jodidamente hermosa. Labios carnosos, piel suave y dorada, y ese cuerpo curvilíneo que conocía de memoria: pechos llenos, cintura estrecha, caderas que se movían con una sensualidad natural que me volvía loco.

—Carol… mamá acaba de salir —murmuré, aunque mis manos ya traicionaban mis palabras al bajar por su espalda y apretar su culo firme por debajo de la camiseta.

—Lo sé —sonrió con picardía, mordiéndose el labio inferior—. Por eso estoy aquí.

Se puso de puntillas y me besó. No fue un beso dulce de buenos días. Fue hambriento, profundo. Su lengua buscó la mía con urgencia mientras sus manos bajaban por mi pecho y se metían dentro de mis boxers. Gemí contra su boca cuando sus dedos envolvieron mi polla, que ya estaba dura y palpitante por ella.

—Joder, Adrián… ya estás así por mí —susurró con satisfacción, acariciándome lentamente, sintiendo cómo crecía aún más en su mano.

La levanté en brazos y la senté sobre la encimera de la cocina. La taza de café quedó olvidada. Le subí la camiseta hasta la cintura y descubrí que no llevaba nada debajo. Su coño estaba húmedo, hinchado, brillando para mí. Me arrodillé entre sus piernas abiertas y pasé la lengua por su interior con lentitud, saboreándola. Carol echó la cabeza hacia atrás, gimiendo bajito, enredando sus dedos en mi pelo.

—Así… mi amor… tócame con la lengua —jadeó.

Chupé su clítoris suavemente, luego más fuerte, introduciendo dos dedos en su interior caliente y resbaladizo. Sus caderas se movían contra mi cara, buscando más fricción. Conocía cada sonido que hacía, cada temblor de sus muslos cuando estaba cerca.

No aguanté más. Me levanté, bajé mis boxers y froté la cabeza gruesa de mi polla contra su entrada. Carol me miró con esos ojos llenos de amor y lujuria que solo me dedicaba a mí.

—Dentro… por favor, Adrián. Te necesito ya.

Empujé de una sola vez, enterrándome hasta el fondo en su coño apretado y mojado. Ambos gemimos al unísono. Empecé a follarla con ritmo profundo y constante, sujetándola por las caderas mientras ella se agarraba a mis hombros. Sus tetas rebotaban bajo la camiseta con cada embestida. Me incliné para chupar uno de sus pezones rosados, mordisqueándolo suavemente.

—Eres mía… solo mía —gruñí contra su piel, acelerando el ritmo.

—Siempre… soy tu hermana y tu puta… la que te ama más que nadie —respondió entre gemidos, clavándome las uñas en la espalda.

El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba la cocina. La follaba más fuerte, sintiendo cómo su interior me apretaba, cómo su jugo me corría por los huevos. Carol empezó a temblar, sus muslos apretándome las caderas.

—Me voy a correr… Adrián… ¡Joder, me corro!

Su orgasmo la sacudió con fuerza. Sentí sus paredes contrayéndose alrededor de mi polla, ordeñándome. No pude contenerme más. Di unas últimas embestidas profundas y me corrí dentro de ella, llenándola con chorros calientes y espesos mientras la besaba para ahogar nuestros gemidos.

Nos quedamos unidos, jadeando, frente contra frente. Le acaricié el pelo rubio con ternura, besando sus labios hinchados.

—Te amo —susurré.

—Y yo a ti —respondió ella con una sonrisa satisfecha, aun sintiendo cómo mi semen empezaba a escaparse de su interior—. Ahora date prisa con ese café… antes de que mamá vuelva y nos encuentre así.

Me quedé dentro de ella unos segundos más, disfrutando de los últimos espasmos de su orgasmo y del calor húmedo que nos unía. Carol tenía las mejillas sonrosadas, el pelo rubio revuelto y esa sonrisa satisfecha y monísima que me derretía. Sus ojos azules brillaban con esa mezcla perfecta de ternura y deseo que solo ella sabía darme. Aún sentada en la encimera, con las piernas rodeándome la cintura y mi camiseta subida hasta el cuello, era la imagen más sensual y adorable del mundo.

Poco a poco salí de ella, dejando un reguero de mi semen mezclado con sus fluidos que empezó a deslizarse por su muslo. Le bajé la camiseta con cuidado y la abracé fuerte contra mi pecho, besando su frente, sus párpados, la punta de su nariz.

—Joder, Carol… seis días —susurré contra su pelo, todavía jadeando—. Seis putos días sin poder tocarte, sin poder estar dentro de ti. Creí que me volvía loco.

Ella soltó una risita suave y sensual, frotando su nariz contra mi cuello mientras sus dedos me acariciaban la espalda con ternura.

—Lo sé, mi amor… —murmuró, besándome el pecho—. Entre tus horarios de mierda y los míos, más mamá siempre rondando… Ha sido una tortura. Te echaba tanto de menos que anoche me toqué pensando en ti… pero no es lo mismo. Nada es como tenerte de verdad.

La apreté más contra mí, sintiendo sus pechos suaves contra mi torso. Le levanté la barbilla con dos dedos para mirarla a los ojos.

—Eres lo único que tengo de verdad, Carol. Como hermana… y como mi mujer. Eres la única que no me ha fallado nunca. Todas las demás al final se fueron o me decepcionaron. Tú no. Tú estás aquí, me quieres entero, con todo lo que somos. Te amo como hermano y te deseo como amante. Eres mi mujer, aunque nadie más lo sepa.

Carol me miró con esa expresión tan suya: ojos brillantes, labios entreabiertos y una sonrisa lenta, dulce y coqueta que iluminó toda su cara. Se mordió el labio inferior, claramente emocionada y halagada, mientras sus mejillas se teñían de un rojo más intenso.

—¿De verdad soy tu mujer? —preguntó en voz bajita, casi tímida, aunque su mano bajaba por mi abdomen con una sensualidad natural, acariciándome con posesión.

—De verdad —respondí, besándola despacio, profundo—. Mi chica. Mi hermana. Mi todo.

Ella sonrió más grande, esa sonrisa monísima y femenina que me volvía loco, y se acurrucó contra mí, rodeándome el cuello con los brazos.

—Te amo tanto, Adrián… —susurró contra mis labios—. Como hermano, como novio secreto, como el hombre de mi vida. Nadie me hace sentir como tú. Me haces sentir segura, deseada y… completa. Aunque tengamos que escondernos, esto es lo más bonito que tengo.

Nos besamos otra vez, más lento ahora, saboreando el momento. Mis manos bajaron por su cintura y acariciaron sus caderas con devoción. Ella seguía húmeda entre las piernas, mi semen aún escapando de su interior, y eso solo hacía que la deseara más.

—Tenemos que vestirnos… mamá no tardará —dije a regañadientes, sin soltarla.

Carol asintió, pero antes me dio un último beso juguetón en la comisura de los labios y me miró con picardía.

—Esta noche, cuando se duerma… ven a mi habitación. Quiero dormir contigo dentro de mí otra vez. Llevo seis días esperando sentirme llena de ti.

Sonreí, le di una palmada suave en el culo y la bajé de la encimera. Mientras recogíamos rápido y yo volvía a mi café ya tibio, no pude evitar mirarla: tan rubia, tan sensual, tan jodidamente mía.

Mi hermana. Mi amante. Mi mujer.

Carol se separó de mí con una risita suave y miró hacia abajo, donde mis restos aún brillaban entre sus muslos.

—Estoy hecha un desastre… —susurró, mordiéndose el labio con esa expresión monísima que me volvía loco—. Ven conmigo al baño, no quiero ir sola.

Asentí sin pensarlo. Cogí su mano y caminamos rápido por el pasillo, cerrando la puerta del baño con llave en cuanto entramos. El clic del pestillo nos dio esa sensación de intimidad prohibida que tanto nos excitaba.

La luz blanca del baño la iluminaba de una forma preciosa. Me senté en el borde de la bañera y la atraje entre mis piernas. Carol se subió la camiseta sin pudor y separó ligeramente los muslos. Con una toalla húmeda y tibia que mojé en el lavabo, empecé a limpiarla con cuidado, pasando la tela por su coño aún hinchado y sensible. Ella suspiró, apoyando las manos en mis hombros.

—Mmm… qué delicado eres —murmuró, inclinándose para besarme en los labios.

—No quiero que te sientas incómoda ni un segundo —respondí, besándola más profundo mientras seguía limpiando con ternura los restos de mi semen que escapaban de ella.

Cuando terminé, tiré la toalla al cesto y la abracé por la cintura, hundiendo la cara entre sus pechos suaves. Carol me acarició el pelo con cariño, besándome la coronilla.

—Adrián… ¿Sabes qué pienso a veces? —dijo en voz baja, casi tímida—. Que no quiero hijos. Nunca los he querido. Y contigo… menos todavía. Solo te quiero a ti.

Levanté la mirada y sonreí, aliviado y enamorado.

—Yo tampoco quiero hijos, Carol. Nunca. Solo quiero una vida contigo. Cuando logremos independizarnos, nos iremos juntos. Buscaremos un piso pequeño, solo nuestro. Dormir cada noche abrazados, follar cuando nos dé la gana sin miedo a que mamá nos escuche… Ser tú y yo contra el mundo. Como hermanos. Como pareja. Como todo.

Sus ojos azules se iluminaron. Esa sonrisa tan femenina y dulce apareció de nuevo en sus labios. Se sentó a horcajadas sobre mí, todavía desnuda de cintura para abajo, y me abrazó fuerte, pegando su cuerpo al mío.

—Dios, cómo te quiero… —susurró contra mi boca antes de besarme con pasión lenta y profunda. Nuestras lenguas se enredaron mientras mis manos subían por sus muslos y le apretaba el culo con posesión—. Estoy cansada de los otros chicos, Adrián. Todos terminan defraudándome. Son egoístas, inmaduros o simplemente no me entienden. Contigo es diferente. Tú me conoces mejor que nadie. Me quieres entera, con mis defectos y todo. Eres mi hermano y el único hombre que me hace sentir realmente mujer… y segura.

La besé otra vez, más intenso, sujetándola por la nuca mientras ella se mecía suavemente contra mí.

—Eres mi mujer —le dije entre besos—. La única que nunca me ha fallado. La que me excita y me calma al mismo tiempo. No necesito a nadie más. Solo a ti, Carol. Rubia, sensual, cariñosa… mía.

Ella sonrió contra mis labios, esa sonrisa monísima que derretía cualquier resistencia que pudiera quedarme.

—Tu hermana y tu novia secreta… para siempre —susurró, mordisqueándome el labio inferior—. Cuando nos independicemos, voy a cocinar para ti desnuda, voy a esperarte en la cama cada noche con las piernas abiertas… y nunca vas a necesitar a otra.

Nos abrazamos fuerte, piel contra piel, besándonos despacio en el baño cerrado. El tiempo parecía detenerse. Solo existíamos nosotros dos, nuestro amor prohibido y esa complicidad tan profunda que nadie más entendería jamás.

Escuchamos el ruido lejano de la puerta principal. Mamá había vuelto.

Carol me miró con picardía y me dio un último beso largo, susurrando contra mi boca:

—Esta noche… mi habitación. Te quiero dentro otra vez, hermanito.

Por Victor MartinezFont

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