No es para tanto, papá . . . . Relato corto

No es para tanto, papá . . . . Relato corto

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Mientras disfruta de un placentero baño espumoso, sumergido en las cálidas aguas de aquella tina acrílica, el padre de Sofía observa el pestillo roto de la puerta del lavabo.

“¿Cómo hemos llegado a esto?”

La última discusión entre Pilar y su hija fue antológica.

No era la primera vez que llegaban a las manos, entre gritos; ya habían roto algún plato o alguna taza, accidentalmente; pero, en esta ocasión, el destrozo fue deliberado.

“Tendría que haber encontrado tiempo, ayer, para pasarme por la ferretería”

Sabe que no podrá alcanzar su mayor cota de relajación sin la seguridad que le proporcionaba aquel endeble cerrojo del chino.

“Si hubiera sido más bueno, se hubiese partido la madera antes que la chapa”

El bueno de Miguel inspira profundamente, cierra los ojos y trata de sacudirse las preocupaciones de la cabeza.

Alumbrado por la luz natural que se cuela por unos grandes cristales translúcidos, evoca etapas ya muy pretéritas; tiempos más sencillos en los que no se hallaba atrapado en un cuerpo fofo y dejado, esclavizado por un trabajo de oficina, desafiado por una adolescente rebelde, gobernado por una esposa tirana…

En efecto: Pilar no se limita a llevar los pantalones en casa.

A lo largo de tan longevo matrimonio, se ha dedicado a minar la moral de ese pusilánime sumiso, abreviando la hombría de su marido hasta convertirle en un triste calzonazos sin voz ni voto.

“Ojalá pudiera retomar las riendas de mi vida”

En ese preciso momento, Sofía irrumpe en aquella vaporosa estancia sin siquiera llamar a la puerta.

SOFI: ¡Papá! Pensaba que aún estabas durmiendo.

MIGUEL: ¿Qué dices? Si casi es mediodía.

SOFI: ¿Ya? Entonces soy yo la que se ha levantado tarde. Ja, jah.

Esa impetuosa blancanieves de largo pelo liso lleva una fina camiseta blanca de tiras y un pantaloncillo corto de pijama.

Ajena a la incomodidad que su invasiva presencia le ha suscitado a su padre, la nena pretende probarse distintos pendientes frente al espejo que hay encima de la pila.

-Joh. Ya te vale. Me lo estás empañando- dice pasando la mano por el cristal.

-¿Es que no tienes un tocador en tu cuarto?- protesta él, ultrajado.

-Pues no. Ya no. No soy tan presumida, ¿vale?- le responde ella con un tono altivo.

Consciente de que su torpe maniobra ha emborronado todavía más el reflejo, la chica se enfoca en Miguel.

SOFI: ¿No corres nunca la cortina?

MIGUEL: Cuando tengo intimidad, no.

SOFI: Vamos, no seas llorón. Tienes suficiente espuma con la que arroparte.

MIGUEL: ¿Dónde está tu madre?

SOFI: Abajo. Trabajando con el portátil. ¿Acaso te preocupa que la generalísima me encuentre aquí?

Esa morsa humana con alopecia frunce el ceño, extrañada por los inquietantes términos de aquella pregunta.

SOFI: Estás para sacarte una foto, papá. Voy a por el móvil.

MIGUEL: No, nono. Ni de coña, Sofi. Te juro que…

SOFI: Vale, valeee. Tranqui, troncoo. Pero es que esto es tan… … tan femenino.

MIGUEL: ¿Ya estás como mi mujer? Los hombres también se bañan, ¿estamos?

SOFI: Es una bruja de la peor calaña, pero, a veces, lleva razón.

MIGUEL: ¿Todavía estáis así?

SOFI: No le vuelvo a hablar en su puta vida.

El funcionario niega con la cabeza, condescendientemente, al tiempo que acumula más espuma sobre su entrepierna.

-No sé cómo la aguantas- murmulla ella después de un resoplido de hastío.

-Son muchos años de…- dice el cincuentón, viéndose interrumpido.

-Peor me lo pones… … Yo ya me hubiera divorciado, si pudiera-

Sin dejar de hablar, la chica gesticula mientras deambula por aquel amplio lavabo con sus mullidas zapatillas de conejitos.

SOFI: La muy zorra me tiene sin internet… … ¿Lo sabes?… … ¿Hasta cuándo? Y porque escondí el móvil, que si no…

MIGUEL: Nosotros pagamos la tarifa plana, así que…

SOFI: EXACTO. Vosotros. No solo ella. Tú ya podrías defenderme alguna vez. Siempre te mantienes al margen, y hasta permites que te regañe y te insulte. ¿Es que no tienes orgullo?

Sin saberlo, Sofía acaba de meter el dedo en la llaga, dando vigencia a los hirientes pensamientos que le rondaban a Miguel, hace apenas unos minutos.

Percibiendo el dolor en aquella mirada perdida, la chavala suaviza el tono en busca de un aliado paterno.

SOFI: A falta de un espejo fiable, tendrás que darme tu opinión.

MIGUEL: ¿Sobre los pendientes?

SOFI: Violeta dice que me regala los que me gusten más. Los otros se los dará a su segunda mejor amiga.

MIGUEL: Mira tú que razonable y… … racional.

SOFI: Ya ves.

Sofía vuelve a arrimarse a la pila para hacerse con el primer par de colgantes; unas láminas de plata un tanto extremadas.

-¿Qué tal me quedan?- pregunta una vez que ya se los ha fijado.

Miguel esgrime una sonrisa invertida de labios prietos y cejas levantadas validando unos ornamentos sorpresivamente favorecedores.

-¿Estoy guapa?- pregunta mirando a una esquina del techo con una pose muy cuca.

Ese jurado en remojo se ve afectado por una fuerte palpitación en cuanto se percata de que él mismo se está tocando el pene, inconscientemente, delante de su propia hija, bajo la espuma.

Las pícaras monerías de aquella jovencita tan hermosa, ataviada solo con su ligero atuendo de andar por casa, no hacen más que sembrar equívocos en esa confusa escena.

Sofía levanta los brazos para apartarse el pelo de las orejas, mostrando sus suaves axilas peladas, y sacando pecho para dar mayor relevancia a unas apetitosas tetas, libres de sujetador, que insinúan sus pezones a través de una sutil transparencia.

-A ver las otras- susurra la moza dirigiéndose, de nuevo, a esa encimera de diseño.

Miguel no puede evitar fijarse en el culazo de la nena, fugazmente, mientras esta le da la espalda.

SOFI: Estos son como… … como planetas. Como dos lunas.

“Tremendas lunas las que escondes tú debajo del pijama, mi vida”

Esa modelo improvisada regresa cerca de su padre.

Esta vez, pretende mostrarle los colgantes antes de ponérselos, pero, patosa como ella sola, los deja caer dentro de la bañera.

MIGUEL: Pero ¿qué…?

SOFI: Notemuevasnotemuevas… … o te quedarán debajo.

MIGUEL: Me los has tirado.

SOFI: Que nooo0, tonto. Intentaba recuperarlos cuando se me caían y…

MIGUEL: Pues te has lucido, cariño.

SOFI: Quietooooh. Yo los pesco.

Los latidos de Miguel se intensifican en cuanto su pequeña, ya mucho más cerca de él, sumerge su mando derecha en aquellas aguas nevadas.

“Pero ¿qué demonios está haciendo? No es posible que el morbo esté solo en mi cabeza; que a ella esto le parezca normal”

SOFI: ¿Los has notado? ¿Por dónde andan?

MIGUEL: N,no sé. Creo que… … que flotan, ¿pu.puede ser?

SOFI: ¿Te has puesto nervioso?

Ese interrogante musicado dista mucho de ser inocente.

Sofía se ha sentado en el lateral de la bañera para ganar en comodidad durante aquella búsqueda a ciegas.

Clavando la mirada en los conmocionados ojos de Miguel, esparce peligrosamente la misma espuma que trata de defender el recato de tan acoquinado hombretón.

SOFI: No creo que floten.

Resignada, esa rastreadora subacuática opta, unilateralmente, por estirar la cadenita del tapón, incrementando el estrés de aquel mangoneable padre de familia.

-¿Qué haces?- pregunta él, cada vez más angustiado -No. Ya los busco yo-

-!Que NO!- se impone la chica, imperativamente, abortando esa iniciativa -Yo los encuentro. Dame solo un segundo-

Asustado, Miguel se fija en la puerta entreabierta que les conecta con el resto de la casa. Teme que su mujer haya escuchado el grito bisilábico de Sofía.

Pilar desaparece del pensamiento de su marido en cuanto los dedos de la pequeña de la casa trazan un pernicioso trayecto descendente por la barrigota de aquel oficinista sedentario.

Miguel cierra los puños, y se mantiene inmóvil mientras la pureza de su amor parental libra una cruenta batalla con la más turbia y poderosa de las curiosidades.

“Esto no puede estar pasando. Con el asco que le doy a la niña…”

-¡Los tengo!- proclama Sofi apoderándose de los planetas equivocados -Ay no. Ja, ja-

Ese santo barón sigue petrificado, con cara de susto, al tiempo que nota cómo su hija vapulea esa anguila doméstica.

SOFI: Pero buenoo0h.

MIGUEL: ¿Qué?

SOFI: Vine buscando cobre y encontré oro.

MIGUEL: ¿Son de cobre los pendientes?

La moza rompe una carcajada, asumiendo la inocencia de aquel boomer consternado. Acto seguido, descapulla un glande que, por primera vez, rebasa la superficie de un agua despejada.

Ambos escuchan la voz de Pilar, procedente del piso de abajo. Por lo visto, esa déspota ejecutiva está cantándole las cuarenta, por teléfono, a uno de sus subordinados.

Miguel, sobrepasado por las circunstancias y hostigado por el menguante nivel del agua, trata de tapar el desagüe con su talón. No obstante, el cierre resultante no es del todo hermético.

SOFI: ¿No te da vergüenza empalmarte con tu propia hijita?

MIGUEL: No… … Yo no… … Todavía no estoy… … es que…

SOFI: ¿Me estás diciendo que, ahora mismo, la tienes morcillona?

La nena empieza a sacudir esa incipiente erección con fuerza.

La relativa flacidez de aquella salchicha mareada no tarda en desaparecer en favor de una consistencia mucho más robusta.

SOFI: Ahora, sí… … Te estás poniendo bien duro, ¿no, papá?

MIGUEL: ¿Cómo puedes…?… … ¿Esto no…? … … Tienes que parar… … Ya.

SOFI: Cállate, anda. En serio… No veo que te resistas.

Ese quejica huérfano de convicción obedece, y guarda silencio cediendo todo el protagonismo acústico al obsceno sonido de aquel pajote incestuoso.

Flap – flap – flap – flap…

La disposición de la muchacha no es la más ventajosa. En busca de una postura que le permita un mejor acceso, la chica se inclina sobre su padre para apoyarse en el otro lado de la bañera.

-Ahora. Así. Mejor. Ya verás- anuncia ella con un desafiante optimismo.

Emplea la mano izquierda para retomar una frenética gayola mojada que no deja de salpicar a diestro y siniestro; convirtiendo la ceñida camiseta de Sofía en una segunda piel de erótica transparencia.

Flap – flap – flap – flap…

Agonizando en el distorsionado raciocinio de Miguel, un Pepito Grillo desesperado trata de espantar el orgasmo; como si, de algún modo, fuera esa la línea roja que podría destruir para siempre la integridad de aquella modélica familia.

MIGUEL: Ufff… … Sofi… … Para… … no puedo… … Nooh.

SOFI: ¿Queh…? ¿Q dices?… … hhh… … No es para tanto, papá… … Solo es una paja.

MIGUEL: O0oh… … Mmmmh… … ¿Solo una…?

SOFI: No es laah… … No es la primera que hago0h, ¿vale?

Tras esa hiriente revelación, la bóveda agrietada que sostenía la cordura de Miguel termina derrumbándose, sepultando cualquier resquicio de disconformidad.

Flap – flap – flap – flap…

El desagüe vuelve a tragar sin ningún impedimento, y aquella marea espumosa no deja de bajar, añadiéndole gravedad a un cuerpo fondón cada vez más expuesto.

-Menudo trabuco, papá- proclama fascinada -¿Quién lo hubiera imaginado?-

-Es tu culpaah… … Todo es culpa tuya- se justifica él, victimizándose.

El miembro de ese calvo extasiado es bastante largo, pero, sin lugar a dudas, es su notable grosor lo que lo convierte en un verdadero pollón; un rabo venoso y encarnado que parece postizo; impropio de aquel anodino inspector de hacienda de indecorosa desnudez.

Flap – flap – flap – flap…

A bordo de un tren desbocado que ha perdido los frenos, ese meapilas defenestrado trata de sobarle las tetas a su hija, pero ella no se lo permite, y protesta con despectivos susurros.

SOFI: Quitaah… … puerco OOh… … hhh… … No me toques, asqueroso0Oh.

Aquel denigrante agravio, tan humillante como erógeno, es la estocada final que el padre de Sofía necesitaba para romper, explosivamente, la contención de sus flujos más íntimos.

Flap – flap – flap – flap…

MIGUEL: Ya, yaaah… … Para, cariño0Oh… … Aah.

Pese a las quebradizas súplicas de ese hombre torturado, la chica no se detiene hasta que aquella fuente paterna empieza a escupir unos chorros lechosos muy consecutivos con gran presión.

Es entonces cuando la masajista se desentiende de su cometido, apartándose para sortear esos disparos seminales.

-No0Oh. Me has manchado la camiseta- se queja ella, ya de pie, pellizcándose la tela -Ahora tendré que ponerla a lavar-

Al borde del desmayo, con el rostro desgobernado, Miguel sigue eyaculándose encima, fundido de placer.

Tapada por un ruido blanco, la voz de Sofía le llega como si la nena habitara en una dimensión paralela.

SOFI: No creo que mamá se dé cuenta si la dejo en el cesto de la ropa sucia.

La sorna maliciosa de la cría se cristaliza en el pastoso entendimiento de un adúltero pasivo que apenas ha movido un dedo desde que su hija ha entrado en el lavabo.

Miguel afina el oído para ubicar a la sargento dominante con la que lleva casi treinta años casado. No tarda en escuchar los lejanos reproches que la mujer le está profiriendo al austero interlocutor que la soporta desde el otro lado de la línea.

“Estamos a salvo. Nuestras vidas ya no corren peligro”

Cuando vuelve a fijarse en su hija, la encuentra con la camiseta remangada.

Con el propósito de apreciar la supuesta mancha de cerca, Sofía se ha subido la tela, revelando, accidentalmente, la palidez de aquellas jovencísimas tetas tan firmes, así como uno de los pezones que, hasta el momento, solo se habían insinuado a través de una borrosa transparencia.

-¿Qué miras?- protesta ella escandalizada mientras vuelve a cubrirse.

Complacida, la niña esgrime una sonrisa diáfana al tiempo que contempla, por encima del hombro, el esperpento resultante de su obra maestra.

El desagüe ruge con su última tragadera, dejando la grotesca estampa de un desfallecido pureta desnudo, mojado, con trazas de espuma y regado con su propio esperma…

Con andares triunfales, esa completa desconocida regresa a su cuarto sin mediar palabra, dejando el desconcierto tras de sí.

Sintiéndose el hazmerreír de aquella inédita escena matutina, Miguel toma conciencia de lo bajo que ha caído, y trata de recuperar cierta decencia apoderándose de la ducha, y activando un chorro sorpresivamente frío que pronto se tornará más cálido.

“Tengo que limpiarme este pringue. JOH. Nunca había sacado tanta leche”

Una vez que todo su semen ya se ha escurrido por la tubería, el tipo vuelve a poner el tapón con la esperanza de que el nivel creciente del agua, junto con una nueva capa de espuma, esconda sus vergüenzas, de nuevo, y le devuelva cierta dignidad.

Al son de aquel rumor continuo aliñado con salpicaduras más esporádicas, el marido de Pilar restituye su disposición original, con la esperanza de que, en cuestión de unos pocos minutos, su propia flotabilidad le convierta en un ser más ligero.

Entre tanto, evoca esa frívola declaración de su hija que le ha descolocado hace apenas cinco minutos:

No es para tanto, papá. Solo es una paja.

“¿Que no es para tanto? ¿QUE NO ES PARA TANTO?”

Por GataMojita

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