Beatriz y el círculo oscuro

Beatriz y el círculo oscuro

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El sol de la tarde se derramaba sobre los viñedos como si alguien hubiera vertido miel sobre las hileras de cepas. La carretera de tierra, flanqueada por olivos centenarios y muros de piedra seca, subía en suaves curvas hacia el pueblo. Allá arriba, encaramadas en la colina, las casas blancas de “Villa Lavatián” parecían dormir bajo el peso de la siesta. No eran más de mil almas, y el único sonido que llegaba hasta la carretera era el de las campanas de la iglesia, que acababan de dar las cinco.

Dentro del todoterreno que avanzaba despacio, como si quisiera saborear cada metro del paisaje, Beatriz apoyó la mano sobre el brazo de su esposo.

—¿Lo ves, Luis? Es igual que en las fotos. Hasta más bonito.

Luis sonrió sin apartar la vista del camino. Tenía la piel curtida por años de trabajar al aire libre y unas manos varoniles, de hombre acostumbrado a la tierra, aunque aquella tarde lucían impecables sobre el volante. A sus treinta y cinco años, era la clase de hombre que inspiraba confianza a primera vista: la mandíbula firme, el cabello negro apenas salpicado de canas en las sienes, y una serenidad que parecía no alterarse nunca. Ingeniero agrónomo de formación y empresario de vocación, había convertido una pequeña bodega heredada de su abuelo en un negocio próspero cuyos vinos se vendían ya en tres continentes. Pero aquello, le gustaba repetir, no era lo importante. Lo importante era eso: el silencio, el aire limpio, la vida sin prisa de Villa Lavatián.

—Espero que no te arrepientas —dijo él, con media sonrisa—. Aquí el supermercado más cercano está a cuarenta minutos.

—Justo por eso lo elegimos, ¿no?

Beatriz se quitó las gafas de sol y las dejó sobre el panel. El gesto, sencillo, tenía algo de ceremonia: era como si con ese movimiento se quitara también el peso de la ciudad, el ruido, los años de exámenes y laboratorios. A sus veintiocho años, era de esa clase de mujeres que no pasan desapercibidas en ninguna parte, y no solo por la altura, que era notable —un metro setenta y ocho que la hacía destacar incluso entre los hombres—, sino por una belleza que parecía deliberadamente esculpida para no poder ser ignorada. Su cabello castaño cobrizo le caía sobre los hombros en ondas sueltas, y cuando el sol lo atravesaba, parecía arder con reflejos de cobre y miel. Tenía los ojos verdes, de un verde profundo que recordaba a las laderas de los viñedos en primavera, y una boca de labios llenos que esbozaba siempre una media sonrisa, como si guardara un secreto que no tenía prisa por compartir. Su figura era rotunda, de curvas pronunciadas que ni la ropa sencilla —un vestido de algodón claro, sin mangas— conseguía disimular: la cintura estrecha, las caderas anchas, el pecho generoso. Alguien que la viera por primera vez podía imaginar que se dedicaba a la moda o a la televisión. Nadie habría adivinado que era profesora de ciencias, y menos aún que había sido, en su juventud, una de las aspirantes más firmes a una corona de Miss, finalista en dos certámenes nacionales antes de decidir, con la cabeza fría que siempre la caracterizó, que prefería una bata de laboratorio, o un pizarrón de aula de clases, a una banda de seda.

—Cuando cumplí veinte años —solía contar a sus alumnos—, me di cuenta de que la belleza es un préstamo que se paga con el tiempo. El conocimiento, en cambio, es un patrimonio que solo aumenta. Elegí lo segundo.

Y lo había cumplido. Licenciatura en Física y Biología, un máster en Ciencias Ambientales, y una plaza como profesora en una prestigiosa Universidad de la capital, donde sus clases eran famosas por la claridad con que explicaba fórmulas de Física, más la paciencia con que respondía a las preguntas más disparatadas. Pero la ciudad había terminado por agotarla, y cuando Luis le propuso instalarse en el pueblo de sus ancestros —Villa Levatián—, junto a las viñas que él había comprado y cuidado durante años, Beatriz no lo dudó. Quería un lugar donde el tiempo pasara más despacio, donde la vida tuviera sabor a algo.

El coche franqueó el arco de piedra que marcaba la entrada del pueblo. La calle principal, empedrada y estrecha, estaba flanqueada por casas de fachadas encaladas y macetas de rosales y claveles en los alféizares. A esa hora, el pueblo parecía deshabitado: solo un gato bostezaba en un umbral, y una anciana vestida de negro asomó la cabeza por una ventana para ver pasar a los recién llegados.

Luis no tomó la calle principal, sino que continuó hasta el final, donde el empedrado se ensanchaba y las casas empezaban a separarse unas de otras, como si también ellas quisieran respirar. Al fondo, casi donde el pueblo se desdibujaba y daba paso a los primeros bancales de viñedos, se alzaba la casa.

Era una casona patronal de las de antes, de las que mandaban construir los terratenientes cuando el pueblo era más grande y la tierra daba para todo. Tenía dos plantas de piedra oscura, con las fachadas encaladas en un blanco que el sol de la tarde teñía de miel, y un tejado de tejas que había visto pasar más de un siglo. Un amplio zaguán con arco de medio punto daba paso al interior, y a ambos lados se abrían ventanas altas con rejas de hierro forjado con barandas de piedra donde aún quedaban restos de antiguos rosales, ahora silvestres y descuidados. El portón, verde y de madera maciza, era lo único que parecía recién pintado, y contrastaba con los fierros oxidados del resto de la fachada.

—La casa de mis abuelos —dijo Luis, deteniendo el coche frente al portón—. La he mandado arreglar entera. He dejado que conservaran las vigas de madera y la piedra original, pero la cocina es nueva, y el baño… —se rió—. Bueno, uno de los baños, el que vamos a usar nosotros, parece de hotel.

—Me da igual el baño —dijo Beatriz, y le apretó la mano—. Lo que quiero es ver la luz que entra por las ventanas. Decías que, por las mañanas, con la ventana abierta, se oía el canto de las tencas y chercanes…

—Los chercanes y las tencas siguen ahí, Bea… Les avisé de que llegábamos hoy…

El portón verde se abrió con un chirrido amable, y el coche entró en un patio interior amplio, sombreado por una parra centenar cuyos brazos retorcidos cubrían casi todo el recinto. A un lado, un antiguo pozo de piedra; al otro, una escalera exterior que subía a un balcón de madera. Beatriz bajó, se estiró, y aspiró hondo. Olía a tierra húmeda, a uva verde, a jazmín. Alguien había dejado una cesta en el escalón de la entrada: pan, tomates, un queso de oveja envuelto en un paño, y una nota manuscrita con caligrafía temblorosa: «Bienvenidos. Firmado: Su vecina de la tienda. Si necesitan algo, avísenme».

Beatriz sonrió, y en ese gesto, bajo la luz de la tarde, era fácil ver a la joven que quince años atrás desfilaba en traje de baño ante un jurado, pero también a la mujer que había decidido, con serenidad y firmeza, que su vida sería suya. Dentro de su bolso vibraba el teléfono. Era un mensaje de su hermana, la pequeña, la que ahora tenía dieciocho años y estudiaba en un internado de monjas en Reino Unido, en un colegio de los de blasón y tradición, donde cursaba ya el bachillerato.

Beatriz miró el mensaje: una foto de la hermana sonriendo en la biblioteca del colegio, con el uniforme de cuadros escoceses, y un texto que decía: «¿Llegaron bien? Los quiero mucho”

Beatriz se llevó la mano al pecho un instante. Cinco años habían pasado desde la muerte de sus padres, un accidente de coche una noche de lluvia que le había arrebatado también el resto de la juventud. De la noche a la mañana, con veintitrés años, se había convertido en madre, hermana, sostén y ejemplo de una adolescente que entonces tenía trece. La había criado como pudo, con la ayuda de la herencia y la determinación de quien no tiene margen para el error. Había elegido el mejor colegio, el más riguroso, el que garantizaba un futuro, aunque eso significara tenerla lejos, en otro continente, al otro lado del canal de la Mancha, entre muros de piedra y campanarios.

—Todo en orden —dijo con una sonrisa, guardando el teléfono—. Rocío dice que nos quiere.

—Claro que nos quiere. Nos quiere porque le pagamos el internado… —Luis la rodeó con el brazo y la besó en la sien—. Vamos. Te enseño la casa. Y luego, si te apetece, subimos a ver el atardecer desde las viñas.

Beatriz asintió. Detrás de ellos, el pueblo de “Villa Lavatián” seguía en su siesta de piedra y rosales, ajeno aún a que la nueva maestra de ciencias del instituto de la comarca, la mujer que algún día casi fue Miss, acababa de llegar para quedarse.

Ese primer día no deshicieron del todo las maletas. Luis tenía una teoría: una casa se habita primero con los sentidos, y luego con las pertenencias. Así que esa primera tarde la pasaron abriendo ventanas, palpando la madera de las vigas, oliendo el aire que entraba desde el patio, cargado de jazmín y de tierra recién regada. Beatriz recorrió cada habitación descalza, con el vestido blanco de algodón aún puesto, y en cada una se detuvo un momento, como si la casa le hablara y ella quisiera escucharla con atención.

El zaguán de entrada, con su arco de medio punto y el suelo de losas antiguas desgastadas por décadas de pisadas, daba paso a un recibidor espacioso del que partía una escalera de madera noble, ancha y señorial, con la barandilla torneada y el pasamanos pulido por el uso. A la derecha se abría el salón principal: un salón de techos altos con vigas centenarias, una chimenea de piedra que ocupaba media pared y dos sillones de cuero que olían a libro viejo. A la izquierda, el comedor, con una mesa de roble macizo capaz de sentar a doce personas y un aparador de caoba que conservaba todavía la vajilla de los abuelos de Luis. Detrás del comedor, un pasillo llevaba a la antigua despensa, ahora convertida en una sala de estar más pequeña e íntima, con una estufa de hierro y una ventana que daba al pozo del patio.

La cocina era, en efecto, nueva: encimeras de granito, una campana de acero, y una gran ventana que daba al patio. Pero las vigas del techo eran centenarias, negras de humo y tiempo, y en un rincón quedaba un antiguo horno de leña, enorme, con la boca oscura como una caverna, que Luis se negaba a retirar.

—Ese horno ha dado pan a cuatro generaciones —dijo—. No voy a ser yo quien lo eche abajo.

—Podríamos aprender a usarlo —sugirió Beatriz, pasando la mano por la boca oscura del horno—. Pan casero, como el de antes.

—¿Tú? ¿La reina de la ciencia y el laboratorio, haciendo pan?

—La química del pan es fascinante, cariño. Fermentación, temperaturas, tiempos de reposo. Es como un experimento que se puede comer.

Luis la abrazó por detrás, sonriendo, apoyando la barbilla en su hombro. Así estuvieron un rato, en silencio, mirando por la ventana la luz que declinaba sobre los tejados del pueblo. Beatriz sintió, por primera vez en años, que el tiempo no corría, sino que respiraba.

Arriba, la escalera desembocaba en un amplio descansillo del que partían cinco puertas. La casa era mucho más grande de lo que parecía desde fuera, como suele ocurrir con las casonas patronales, que guardan sus proporciones para quien las habita. El dormitorio principal ocupaba el ala que miraba al valle: un cuarto espacioso con suelo de tarima que crujía al pisar, ventanas de postigo que se abrían a distintas perspectivas de los viñedos, y una cama de hierro forjado, grande y solemne, con un colchón nuevo y sábanas de lino blanco que ella misma había elegido semanas atrás, en la ciudad, sin saber aún cómo encajarían en aquella habitación. Ahora, al verlas sobre la madera oscura del cabecero, supo que había acertado.

El segundo dormitorio, el que había sido de los abuelos de Luis, conservaba aún el armario de roble y una cama antigua que él no había querido sustituir. Había colocado un escritorio de madera noble y una estantería vacía, con la intención de convertirlo en su despacho: desde su ventana se veían las hileras de vides descolgándose hacia el arroyo, y él decía que no había mejor lugar del mundo para pensar. El tercer dormitorio, más pequeño, con la ventana al patio y el balcón de madera, era el que Beatriz ya había imaginado con una cama individual, una mesita de noche y una lámpara de lectura: la habitación de Rocío, para cuando viniera de vacaciones.

—¿Crees que le gustará? —preguntó, apoyándose en el marco de la ventana.

—¿A Rocío? Le va a encantar. Es su casa también.

Quedaban aún dos cuartos más al fondo del pasillo: uno, casi vacío, que Luis pensaba destinar a taller o trastero; otro, con las ventanas tapiadas por dentro y un olor a madera vieja y a polvo, que Beatriz no quiso abrir del todo esa tarde. “Cosas de las casas antiguas”, dijo Luis. “Cuartos que esperan. Ya les encontraremos uso”

Cenaron en el patio, bajo el gran parrón, con el pan y el queso de la cesta de bienvenida y un vino tinto de la propia bodega de Luis. Él lo sirvió con ceremonia, girando la copa, explicando los tipos de racimos, la crianza, la cosecha. Beatriz escuchaba con la cabeza apoyada en la mano, embelesada no tanto por el vino como por la pasión con que él lo describía.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —dijo ella de pronto—. Que hablas de las viñas como otros hablan de sus hijos.

—Es que son un poco mis hijos. Las he visto crecer desde que eran parritas debiluchas.

—¿Y no te da pena dejar la ciudad? Toda tu vida estaba allá.

Luis dejó la copa y la miró con esa calma suya de hombre que ha tomado ya todas las decisiones importantes.

—Mi vida no estaba en la ciudad, Beatriz. Mi vida estaba donde estabas tú. Y ahora, además, está donde están las raíces. Las de las vides y las mías.

Beatriz no dijo nada. Le bastó con apoyar su mano sobre la de él, mientras el primer murciélago de la noche trazaba círculos entre dos árboles de ese gran patio.

A las diez de la noche volvió a sonar el teléfono de Beatriz. Era una video llamada. En la pantalla apareció Rocío, su hermana de dieciocho años, con el pelo recogido en una coleta baja y tirante, con la cara aún aniñada, pero con una expresión seria y contenida, de quien ha aprendido a medir las palabras antes de pronunciarlas. Vestía una sencilla sudadera gris del internado, y detrás de ella se veía la pared desnuda de su habitación, con un crucifijo de madera.

—Beatriz —saludó, con voz baja y pausada—. ¿Han llegado bien?

—¡Rocío! —exclamó Beatriz, y su rostro se iluminó como si alguien hubiera encendido una lámpara—. Sí, cielo, hemos llegado esta tarde. ¿Y tú? ¿Cómo estás?

—Bien, hermana. En pleno periodo de exámenes, pero bien. —Hizo una pequeña pausa—. ¿Ya están instalados? Me gustaría ver la casa, si no es molestia…

Beatriz recorrió la casa con el móvil en alto, enseñando la cocina, las vigas centenarias, la habitación con su cama de hierro forjado y sus cortinas entreabiertas. Rocío observaba en silencio, asintiendo despacio. Solo cuando Beatriz le enseñó el tercer dormitorio, el pequeño, con la ventana al patio, se le escapó una sonrisa tímida.

—Es muy bonita —dijo—. Parece una casa de otra época. —Dudó un instante—. ¿Habrá sitio para mí, cuando vaya en vacaciones?

—Claro que lo habrá, tonta… —respondió Beatriz con dulzura—. Ese cuarto será tuyo para siempre. Cuando quieras.

—Gracias. —Rocío bajó la mirada un momento, y cuando volvió a levantarla, había en sus ojos una humedad que no llegó a cuajar—. ¿Y el instituto? ¿Ya has visto dónde vas a dar clases?

—Todavía no. Pero empiezo a buscar la semana que viene. Mañana bajaré a conocer el pueblo.

—¿Estás nerviosa?

—Un poco, pero con ganas.

—Seguro que te irá bien. —La voz de Rocío era queda, pero firme—. Siempre se te ha dado bien enseñar. Lo recuerdo de cuando me ayudabas con los deberes.

Beatriz sintió un tirón en el pecho. Hacía años que Rocío no le decía algo así; el internado, con sus normas y sus distancias, había ido apagando esas confidencias. Ahora las recibía como quien recibe un regalo inesperado.

—Gracias, enana.

—¿Estás contenta? —preguntó Rocío, con un punto de timidez—. ¿No echas de menos la ciudad?

Beatriz miró por la ventana. La luna se reflejaba en los tejados blancos, y se oía a lo lejos el ladrido solitario de un perro.

—Estoy en paz, Rocío. Aquí se respira distinto.

—Me alegro. De verdad. —Rocío miró algo fuera de cámara, y su expresión se volvió más formal—. Perdona, hermana, pero debo irme. Tenemos examen de física mañana, y pasado de matemática aplicada; y la hermana superiora no admite demoras.

—Claro, cielo. ¿Quieres que te ayude con algo? Ecuaciones diferenciales tal vez…

—No hace falta. Lo llevo bien. —Sonrió Rocío con apenas un gesto—. Gracias por ofrecerte.

—Siempre, Rocío. Para lo que necesites.

—Lo sé. —Hubo un silencio breve, de esos que en el internado se aprenden a llenar con una inclinación de cabeza—. Cuídate, Beatriz. Dale un beso a Luis de mi parte.

—Se lo daré. Estudia mucho. Y descansa.

—Lo haré. Buenas noches.

—Buenas noches, enana. Te quiero.

—Yo también te quiero, hermana.

La llamada se cortó. Beatriz se quedó un momento con el móvil en la mano, mirando la pantalla apagada, notando en el pecho esa mezcla de orgullo y de pena que le producía siempre hablar con su hermana desde que la habían internado. Rocío era buena estudiante, educada, obediente; las monjas no tenían más que elogios para ella. Pero aquella niña que reía a carcajadas y contaba secretos a la hora de cenar se había ido quedando en silencio, poco a poco, año tras año. Beatriz respiró hondo y fue a buscar a Luis, que la esperaba en la cama con un libro abierto sobre el pecho.

—¿Cómo está la pequeña Rocío?

—Bien. Formal, como siempre. Dice que la física y las matemáticas la traen de cabeza.

—¿Le has ofrecido ayuda?

—Sí. Ha dicho que lo lleva bien.

—Claro que lo lleva bien. Es tu hermana.

Beatriz sonrió con tristeza y se deslizó bajo las sábanas. La luna entraba por la ventana abierta, y el aire de la noche traía un frescor de hierba y de uva. Con el cuerpo de Luis abrazándola por la espalda y el silencio del pueblo alrededor, se durmió antes de lo que había dormido en años, aunque en su sueño apareció, una vez más, el rostro serio de su hermana pequeña.

Despertaron con la luz, como dos vecinos más del pueblo. Luis se levantó temprano para bajar a las viñas —quería revisar el riego y el estado de la uva, dijo—, y Beatriz se quedó un rato más en la cama, escuchando el canto de los zorzales que ella misma había anunciado. Cuando por fin se levantó, se hizo un café, se sentó en el patio y se puso a leer los apuntes de sus futuras clases.

El instituto de la comarca estaba a unos veinte minutos en coche, en el otro extremo del pueblo, donde pretendía dar clases de Biología y Ciencias a alumnos de secundaria y bachillerato. Mientras subrayaba los apuntes con un lápiz, pensó en cómo serían sus alumnos: hijos de agricultores y ganaderos, algunos con vocación de heredar las tierras de sus padres, otros con sueños de ciudad. Le gustaba pensar que podría mostrarles que la ciencia no era algo ajeno a sus vidas, que estaba en el suelo que pisaban, en el agua que regaba sus campos, en el aire que movía los molinos.

A media mañana, decidió pasear por el pueblo. No había prisa, y quería conocer las calles, el ritmo, los olores. Se cambió a un vestido azul claro, se calzó unas sandalias cómodas y se soltó el pelo, que le cayó sobre los hombros en ondas cobrizas. Salió a la calle y, al cerrar el portón verde, se quedó un instante mirando la fachada: la piedra encalada, los rosales rojos en los alféizares, el dintel de madera oscura. La casa de Luis, la casa de sus abuelos, ahora era también suya.

A esa hora el pueblo ya estaba despierto: un hombre barría la puerta de su casa; dos mujeres hablaban a la puerta de la tienda, con las bolsas de la compra en el suelo; y el panadero repartía el pan en una furgoneta blanca, deteniéndose en cada portal con la familiaridad de quien conoce todas las rutinas. En algunas veredas, los hombres mayores —sexagenarios de rostros curtidos y manos manchadas por el sol y la tierra— habían sacado sus mesas de dominó, y las fichas chocaban con un golpe seco mientras discutían las partidas con voces roncas. Otros, más apartados, se sentaban en sillas de anea a la sombra de los aleros, fumando en silencio y conversando con la parsimonia de quien ya no tiene prisa por nada.

Beatriz los saludaba con una sonrisa, y todos le devolvían el saludo con curiosidad, midiéndola de arriba abajo, calculando quién era la mujer alta y hermosa que había venido a vivir a la gran casa del portón verde. Pero con los hombres mayores la cosa era distinta. Ellos no se limitaban a mirarla de pasada: detenían sus partidas, dejaban las fichas a medio poner, y la recorrían con los ojos de arriba abajo, sin disimulo, saboreando cada curva con la lentitud de quien ya no tiene nada que perder. Le daban los buenos días con una cortesía perfecta, tocándose la visera de la gorra o levantando la mano, pero sus miradas la devoraban literalmente, paseándose por sus caderas y su pecho como si estuvieran tasando una buena ejemplar de raza.

—Buenos días, señora —decían, con esa educación antigua del campo.

Pero en cuanto ella pasaba de largo, las voces bajaban hasta convertirse en murmullos cómplices. Algunos, los más viejos, la miraban más de lo normal, y cuchicheaban algo entre ellos que Beatriz no alcanzaba a oír, aunque podía adivinar el tono: risas bajas, codazos, comentarios que no habrían pronunciado en voz alta delante de sus mujeres. Beatriz seguía caminando con la cabeza alta, fingiendo que no notaba nada, pero sentía el peso de aquellas miradas en la nuca hasta que doblaba la esquina.

En la tienda de abarrotes la atendió una mujer de unos sesenta años, la misma que le había dejado la cesta con los obsequios al matrimonio el día anterior, según instruyó Beatriz. La doña era menuda y rápida, con el pelo recogido en un moño y unos ojos pequeños y vivos que no se perdían detalle. La tienda era de las de antes: estanterías de madera hasta el techo, un mostrador de mármol desgastado, el olor mezclado de especias, jabón y fruta madura. Colgaban de las vigas ristras de ajos y de pimientos secos, y detrás del mostrador había una balanza de hierro con sus pesas.

—¡Pero qué guapa es usted! —exclamó al verla—. Soy Carmen, la dueña de este almacén. No me extraña que el pueblo esté revolucionado. Aquí no estamos acostumbrados a estas cosas.

Beatriz sonrió, sin saber muy bien qué responder.

—Soy Beatriz. La esposa de Luis. Gracias por la cesta de ayer, fue un detalle precioso.

—¡No faltaría más, señora! Aquí nos ayudamos unos a otros. Y su marido es de los nuestros, nieto de doña Pilar y de don Roque, que en paz descansen. Esa casa fue de ellos toda la vida. —La mujer bajó la voz, aunque no había nadie más en la tienda—. ¿Y usted qué va a hacer aquí?

—Soy profesora de ciencias. Daré clases en el instituto del pueblo.

—¿Profesora? ¡Uy, qué bien! Aquí los chicos necesitan que les enseñen cosas buenas, que no todo va a ser el móvil y las redes. ¿Y tiene hijos?

—No, no tenemos.

—Ya tendrán tiempo… Con esa salud… —la mujer la recorrió con la mirada, con admiración y sin malicia—. Y si no, el pueblo ya se encargará de mimarla. Aquí todos nos conocemos, ¿sabe? Eso es bueno y malo a partes iguales.

Beatriz compró unas cuantas cosas —pan, fruta, aceite, una botella de leche— y la mujer fue anotando los precios en un cuaderno con una letra pequeña y apretada. Al despedirse, la dependienta le sonrió y le dijo que volviera cuando quisiera, que ella siempre tenía algo rico que ofrecer.

De vuelta a casa, Beatriz se detuvo en la plaza. Había una fuente de piedra, seca desde hacía años, y un banco bajo un tilo donde dormitaba un gato naranja. Se sentó un momento, con las bolsas a los pies, y dejó que el sol le diera en la cara. El pueblo entero parecía hecho de silencio y luz: el tintineo de una bicicleta, el golpe de una puerta, una voz de mujer llamando a un niño desde una ventana, con grupos desperdigados de los viejos jugando al dominó en las veredas. Nada más.

Cuando volvió a casa, colocó la compra en la despensa —un armario de madera con las puertas de rejilla— y se puso a preparar la comida. No tenía prisa. Picó tomates, aliñó una ensalada con aceite de la tienda, cortó un poco de jamón. La cocina olía a pan y a orégano. Pensó, mientras trabajaba, que hacía mucho tiempo que no cocinaba sin tener la cabeza en otra cosa.

Por la tarde, Luis volvió de las viñas con las botas llenas de barro y la cara quemada por el sol. Venía contento: la uva estaba en un punto excelente, la cosecha se anunciaba buena, y había encontrado a un viejo amigo de su abuelo que le había prometido echar una mano con la vendimia. Se quitó las botas en la puerta, se lavó las manos en la pila del patio y se sentó a la mesa con ella.

—¿Y qué tal tu paseo? ¿Te han devorado los vecinos?

—La señora de la tienda, doña Carmen me ha bendecido. Ha dicho que el pueblo me va a mimar.

—Eso es porque no saben aún que les vas a poner deberes de biología a los nietos.

—Pues ya se irán enterando.

Comieron juntos, y luego se sentaron en el patio con sendos libros. Beatriz tenía uno de botánica; Luis, uno de historia del vino. De vez en cuando, uno leía en voz alta un fragmento al otro, y se reían de alguna tontería. Fue en eso que un zorzal se posó en el borde de la parra y los observó un rato, inclinando la cabeza, antes de echar a volar.

—¿Sabes? —dijo Beatriz, cerrando el libro sobre su regazo—. Esto es justo lo que quería. No necesito nada más.

—¿Ni siquiera un poco de ruido? ¿El tráfico, las sirenas, los vecinos que ponen música a las tres de la mañana?

—Ni siquiera eso. —Se levantó y fue a sentarse en el brazo de su sillón, rodeándole los hombros con un brazo—. Contigo y con el silencio me basta.

Luis la miró desde abajo, con esa sonrisa suya que era como un sol en miniatura.

—Pues entonces nos vamos a quedar aquí para siempre.

—Para siempre me parece poco.

Y así, una vez establecidos, las primeras semanas en Villa Lavatián fueron un lento descubrimiento para el matrimonio. Beatriz comenzó a dar clases en el pequeño instituto del pueblo, y los alumnos, acostumbrados a profesores modestos, quedaron fascinados no solo por la belleza de la nueva maestra, sino por la pasión con la que convertía una lección de química en un experimento mágico, o la vida que bulle en una gota de agua en una aventura. Los padres, que al principio la miraban con recelo —una profesora joven, guapa, venida de la ciudad—, acabaron por bendecir su llegada: sus hijos hablaban en la cena de fotosíntesis y de rocas metamórficas con un entusiasmo que nadie les conocía. Beatriz, por su parte, encontró en la sencillez de aquellos jóvenes una gratitud que nunca había experimentado en la capital.

Luis, mientras tanto, se convirtió rápidamente en una figura respetada. No llegó imponiendo sus títulos ni sus propiedades, sino escuchando. Pasaba las tardes caminando entre sus propios viñedos y los de sus vecinos, asesorando a los campesinos sobre rotación de cultivos y control orgánico de plagas, y su capacidad para combinar la ciencia agronómica con el respeto por la tierra le ganó la confianza de los más escépticos. Gracias a él, la bodega familiar volvió a ser el corazón económico del valle, y los vecinos, que al principio trataban con distancia a los que se fueron y vuelven, terminaron por aceptarlo como uno de los suyos: nieto de doña Pilar y don Roque, hijo de la tierra que ahora cuidaba.

A medida que pasaban las semanas, el matrimonio redescubrió su propia relación. Sin las presiones del entorno urbano y con el tiempo lento del campo, volvieron a conversar sobre sus sueños, a caminar juntos por el río al anochecer y a leer bajo el gran parrón de la casa mientras el viento movía las copas de los árboles cercanos. Las tardes tenían un ritmo suave: el té en el patio, los libros, las conversaciones que no necesitaban prisa. Algunos domingos subían a las viñas a ver el atardecer; otros, simplemente se quedaban en casa viendo llover. Y cada fin de semana esperaban con ansias la video llamada de Rocío, que los veía a través de la pantalla con su uniforme impecable y el rostro cada vez más maduro, hablándoles de sus estudios de latín y de la rigurosidad de las hermanas. Beatriz la extrañaba con una intensidad que a veces dolía, pero sentía que aquel entorno tranquilo era el ancla que los mantenía unidos y fuertes mientras su hermana volaba alto y lejos.

Una tarde de sábado, mientras Beatriz plantaba algunas especies raras de orquídeas que había traído de la ciudad y Luis terminaba de diseñar un sistema de riego sostenible para el vecino, se miraron y sonrieron. Habían llegado buscando tranquilidad, pero habían encontrado algo mucho más valioso: la capacidad de habitar el silencio sin miedo y la alegría de pertenecer a un lugar donde el tiempo, finalmente, parecía estar a su favor. La vida, pensaba ella, era exactamente lo que habían soñado. Y lo era para ellos. Porque Villa Lavatián, con sus calles empedradas y sus tardes de té y silencio, parecía el refugio perfecto. Y lo era, para quien supiera mirar solo la superficie.

Beatriz, que estaba acostumbrada a mirar —era su oficio, su don, la herramienta con la que había diseccionado el mundo desde niña—, miraba. Pero lo que veía no era amenaza: eran las pequeñas rarezas de un pueblo viejo, las manías de una aristocracia rural que se aferraba a sus costumbres como a un patrimonio. Las casas grandes de la colina, siempre silenciosas. El médico, que paseaba solo al anochecer por caminos que no llevaban a ninguna parte. Los hombres de la partida de dominó, que bajaban la voz cuando ella pasaba. Todo tenía una explicación, o podía tenerla, y la felicidad es también una forma de no querer ver. Así que Beatriz seguía sonriendo, y Luis con ella, convencidos de que el silencio del pueblo era solo silencio, y de que las sombras que se alargaban sobre los viñedos al caer la tarde no eran más que eso: sombras, las de siempre, las que cualquier paisaje dibuja cuando el sol se despide. Y quizá por eso, porque eran felices y no querían ver, la superficie les bastaba. Porque bajo esa postal rural, bajo los rosales y el tañido de las campanas, existía una corriente subterránea, un flujo de poder oscuro y antiguo que se movía en las sombras de las casas más opulentas del pueblo. En el corazón de esta red se encontraba el «Círculo de la Sombra», una secta de satanismo teísta. No eran los estereotipos de películas de terror con túnicas andrajosas y rituales ruidosos; eran la aristocracia local, los dueños de las tierras, el médico del pueblo y algunos empresarios influyentes. Para ellos, el príncipe de las tinieblas —es decir el mismísimo diablo en persona—, no era un símbolo de rebelión adolescente, sino una entidad real, un maestro de la voluntad y el deseo que exigía disciplina, conocimiento y, sobre todo, sangre nueva y mentes brillantes. Y en Villa Lavatián, hacía tiempo que no llegaba nadie tan interesante como Beatriz. Pero eso, todavía, ni ella ni Luis lo sabían. Y quizá por eso sus días seguían siendo tan luminosos: porque la sombra, cuando se acerca, casi nunca avisa.

Semanas atrás, desde el momento en que la todoterreno de Luis y Beatriz había entrado en el pueblo, el Círculo los había observado. No buscaban simplemente más adeptos; buscaban calidad. Beatriz, con su mente científica y su belleza magnética, era la candidata ideal para ser el instrumento, si es que calificaba. Luis, con su control sobre la tierra y su capacidad de organización, representaba el orden y la estructura que la secta necesitaba para expandir sus influencias.

El líder del Círculo, un hombre llamado Dante, de unos 50 años, con una mirada penetrante y una elegancia anacrónica, decidió que el acercamiento debía ser quirúrgico. Sabía que personas como Beatriz y Luis, que huían del ruido de la ciudad, serían susceptibles a una invitación que apelara a la exclusividad y al intelecto.

El primer contacto ocurrió un martes por la tarde, tres meses después de la llegada del matrimonio.

Dante apareció en la casona de piedra, cargando una botella de un vino tinto excepcionalmente raro y un libro antiguo sobre botánica mística.

—Buenas tardes. Soy Dante, vecino de la colina —dijo con una sonrisa forzada, aunque su tono era cálido y acogedor—. Me han llegado noticias de que tenemos a un ingeniero agrónomo de primer nivel en el pueblo. Tengo algunas parcelas de tierra que se resisten a cualquier tratamiento convencional y me preguntaba si alguien con su criterio podría echarles un vistazo.

Luis, halagado por el reconocimiento profesional y siempre dispuesto a ayudar, aceptó encantado. Dante no mencionó nada de rituales ni de sombras; habló de «energías naturales», de la «voluntad de la tierra» y de la importancia de respetar los ciclos ocultos de la naturaleza. Para Luis, aquello sonaba a filosofía rural excéntrica, nada peligroso.

Mientras tanto, Dante comenzó a tejer la red alrededor de Beatriz. En las conversaciones casuales, empezó a plantar semillas de duda sobre el materialismo científico.

—Es fascinante que enseñes química, Beatriz —le comentó durante una cena en la que fueron invitados a su mansión—. Pero, ¿no sientes que la ciencia moderna es como un mapa incompleto? Nos dice “cómo” ocurren las cosas, pero ignora el “porqué” profundo, esa fuerza invisible que mueve los hilos del destino.

Beatriz, que siempre había sentido que había misterios en el universo que la tabla periódica no podía explicar, se sentía intrigada. Dante no la presionaba; simplemente dejaba caer preguntas sugerentes y le prestaba libros de filosofía prohibida y textos herméticos, presentándolos como «curiosidades históricas».

Por uno de esos atardeceres cuando la luz caía sobre Villa Lavatián como un velo de cobre fundido, Dante y su esposa, una mujer elegante de cabello rubio llamada Eloísa, cruzaron el umbral de la mansión que dominaba la colina. No era una casa cualquiera: había pertenecido a cuatro generaciones de la familia de la mujer, y conservaba esa gravedad silenciosa de las casonas viejas que han visto nacer y morir a mucha gente. El caserón, de piedra oscura y ventanas altas, se alzaba entre cipreses, apartado del pueblo lo suficiente para que nadie pudiera ver quién entraba o salía.

Descendieron por una escalera de piedra que bajaba desde la cocina hasta el sótano, un nivel que no aparecía en los planos originales de la casa. En apariencia, era una bodega como tantas otras de la comarca: hileras de barricas de roble, botellas polvorientas en estanterías de hierro, el olor dulzón y profundo del vino envejeciendo. Pero al fondo, tras una estantería que giraba sobre un eje oculto, se abría una puerta de madera maciza, sin tirador visible, que solo se franqueaba con una llave antigua que Eloísa llevaba siempre al cuello. Detrás de esa puerta, la bodega dejaba de ser una bodega.

El espacio era amplio y abovedado, con las paredes de piedra desnuda que el tiempo había oscurecido. No había velas negras ni pentáculos grabados a la vista; nada que un extraño pudiera reconocer como sacrílego a simple vista. De hecho, parecía una sala de reuniones sobria y elegante: una mesa larga de roble macizo, sillas de cuero, una estantería con libros de aspecto antiguo y un par de lámparas de aceite que derramaban una luz cálida y mortecina. Pero quien supiera mirar con atención encontraría los detalles: las marcas sutiles talladas en la madera de la mesa, casi invisibles; el círculo grabado en el suelo de piedra; el pequeño altar al fondo de aquel espacio, en el que descansaban un cáliz de hierro negro y un libro encuadernado en piel que ningún ojo ajeno había tocado jamás, con dos velas anacaradas encendidas que aparentaban normalidad.

El aire olía a vino viejo, a humedad y a cera de las lámparas. Olía a tierra, también, porque el sótano se adentraba en la colina, y la roca transpiraba ese frescor subterráneo que no se encuentra en ningún otro lugar. No había nada abiertamente siniestro en la sala. Y, sin embargo, quien se sentará a esa mesa demasiado tiempo comenzaría a notar que el silencio era distinto ahí abajo, más denso, como si la piedra hubiera absorbido siglos de palabras pronunciadas en voz baja y las guardara para siempre.

Era en ese lugar, en esa bodega que nunca figuraba en los planos de la gran casona, donde los siete apóstoles de la jerarquía se reunían cuando había decisiones que tomar.

Alrededor de la mesa de roble macizo, tallada con figuras que parecían moverse cuando la llama parpadeaba, estaban sentados los siete miembros de la jerarquía. Hombres y mujeres, todos de la aristocracia local, todos con la elegancia serena de quienes nunca han tenido que explicar de dónde viene su riqueza. El médico del pueblo, un hombre canoso de dedos largos y uñas cuidadas, ocupaba un extremo. A su lado, la dueña de la fábrica de conservas, una viuda de mirada dura que vestía de negro de los pies a la cabeza. El notario, menudo y de gafas de media luna, parecía un funcionario aburrido hasta que hablaba, y entonces su voz tenía un filo que no admitía réplica. Y junto a Dante, su esposa Eloísa, que al igual que su marido —el gurú de la secta—, conocía de memoria los textos herméticos, y quien sabía qué nombre pronunciar en cada fase de la luna.

Dante tomó asiento en la cabecera y depositó sobre la mesa un expediente de cuero. No lo abrió de inmediato. Se tomó su tiempo, dejando que el silencio creciera, porque en ese Santuario oscuro el silencio era también un lenguaje.

Cuando por fin habló, no lo hizo en castellano. De su garganta brotó un latín viejo, pero no el de los misales y las liturgias: era un latín corrupto, deformado, invertido, con las palabras vuelta del revés y las sílabas retorcidas hasta sonar como un balbuceo blasfemo, una burla deliberada de todo lo que las campanas del pueblo cantaban cada domingo. Las vocales se alargaban en guturales; las consonantes se arrastraban como serpientes. Era el idioma de los que han aprendido a rezar al revés, y lo pronunciaba con la naturalidad de quien ha mamado esa lengua desde la cuna.

—“Sirtaaap enimooooni niiiii” —dijo, con la voz grave resonando en la piedra—. “Tuuu ni eeed setneuuuuges, tu ni eeed saeelc, tu ni eeeed emiiiirt” (Padre nuestro no, no en el cielo, no en la cruz, no en el tiempo.)

Los reunidos respondieron al unísono —en coro—, siete voces que se fundieron en una sola:

—“Odnos arap moc…” (Con nosotros para siempre)

Dante inclinó la cabeza, saboreando la respuesta, y continuó:

—“Anitseeetnec araeep oc, anitsetneeec araaap, anitseeetnec araaap…” (Contra la presencia, contra la presencia, contra la presencia.)

—“Odnos arap moc” —repitieron los otros 7, esta vez con sus voces más bajas, más densas, como un latido.

—“Ateeerg oñetnaaa ed aluuucs” —susurró Dante, y sus ojos recorrieron la mesa—. “Ateeerg oñeeetna ed aluuuucs, anitseeetnec araaap oooc…” (La sangre frente al cielo. La sangre frente al cielo, contra la presencia.)

—“Odnos arap moc” —respondieron, y el eco se apagó en las paredes de piedra.

Dante dejó pasar unos segundos, limpiándose la frente con un pañuelo. El silencio volvió a instalarse, pero ya no era el mismo: ahora estaba cargado, tenso, como un hilo de acero a punto de vibrar. Solo entonces, con la ceremonia cumplida, abrió el expediente de cuero y apoyó las manos sobre él.

—He estudiado a los recién llegados durante cinco semanas —dijo por fin, con su voz grave y pausada—. Luis y Beatriz. El matrimonio escogido. Y he llegado a una conclusión que creo que merece vuestra atención.

—Habla —dijo el médico, entrelazando los dedos sobre la mesa.

Dante abrió el expediente. Dentro había fotografías, notas manuscritas, un currículum y recortes de periódicos antiguos. Deslizó una foto de Beatriz hacia el centro de la mesa. Era una imagen reciente, tomada sin que ella lo supiera, en el mercado del pueblo. Llevaba el pelo suelto, un vestido claro, y reía con la cabeza ligeramente inclinada. Incluso en esa fotografía robada, su belleza llenaba la imagen como una luz que no necesitaba foco.

—Beatriz —continuó Dante—. Veintiocho años. Profesora de ciencias. Licenciada en Física y Biología, máster en Ciencias Ambientales. Finalista de dos certámenes de belleza nacionales en su juventud, a los que renunció por voluntad propia. Huérfana desde los veintitrés, cuando un accidente se llevó a sus padres. Crió sola a su hermana menor, Rocío, que estudia en un internado de monjas en Inglaterra. No tiene vicios conocidos, no frecuenta la iglesia, y —esto es importante— su mente es de las que no se conforman con respuestas fáciles.

El notario ajustó sus gafas.

—Has dicho que has plantado semillas de duda sobre el materialismo. ¿A qué te refieres exactamente? —preguntó no porque no supiera, sino que deseaba estar seguro.

Dante sonrió, una sonrisa lenta, de hombre que saborea una explicación preparada durante semanas.

—A que esa mujer cree, como todos los científicos, que el mundo se explica con fórmulas. Que todo tiene una causa, un mecanismo, una medida. Que lo que no se puede reproducir en un laboratorio no existe. Es una cosmovisión sólida, útil, y perfectamente blindada contra cualquier ataque frontal. Si yo le dijera que la fuerza oscura es real, que nuestro señor de las tinieblas sí existe, me tomaría por un chalado y cerraría la puerta. Así que no he ido por ahí. He ido por las grietas que su propia ciencia no puede sellar.

Eloísa inclinó la cabeza, interesada.

—¿Qué grietas, Dante?

—Las de siempre. Las que todo físico serio conoce y prefiere no mirar demasiado. ¿Qué había antes del Big Bang? ¿Por qué existe algo en lugar de nada? ¿La conciencia es solo una reacción química, o hay algo que escapa al escáner? Le he hecho esas preguntas, con calma, como quien filosofa en una sobremesa. Y he visto cómo se removía en su asiento. Porque una mujer como Beatriz no soporta no tener respuesta.

La viuda de negro entrecerró los ojos.

—¿Y cómo sabes que germinan? ¿Qué te ha dicho?

—No me ha dicho nada directamente. Ha sido mejor que eso. —Dante se inclinó sobre la mesa—. Le presté un libro de botánica hermética, de esos que hablan de las correspondencias ocultas entre las plantas y los astros. Se lo presenté como una curiosidad histórica, una rareza de biblioteca. Esperaba que lo hojeara y lo dejara. En lugar de eso, una semana después, en una de nuestras tertulias me hizo preguntas. Quería saber si era cierto que los alquimistas medievales habían clasificado las especies según sus influencias planetarias, y por qué algunas de esas correspondencias coincidían con patrones que ella misma había observado en el laboratorio. —Dante dejó que el silencio trabajara—. Una mente materialista no pregunta eso. Una mente materialista descarta el libro y se ríe. Ella no se rió. Ella quiso entender.

El médico, que había escuchado en silencio, entrelazó los dedos.

—¿Y qué conclusiones sacas de eso?

—Que su escepticismo es real, pero que no es un muro: es una puerta que busca llave. No ha dejado de creer en la ciencia; ha empezado a sospechar que la ciencia no es suficiente. Y esa sospecha, alimentada con paciencia, es exactamente el terreno donde nosotros sembramos mejor. —Dante cerró el expediente—. No la convertiré a la fuerza. No la asustaré con símbolos ni rituales. La llevaré, paso a paso, a que ella misma concluya que hay un conocimiento más profundo que el de los libros de texto. Y cuando lo concluya, no tendremos que convencerla de nada: ya estará convencida.

La viuda de negro inclinó la cabeza, estudiando la fotografía con sus ojos duros.

—¿Y Luis?

—Ingeniero agrónomo, empresario vinícola —respondió Dante—. Sereno, trabajador, respetado. Controla la tierra y parte de la economía del valle. No tiene la brillantez de ella, pero tiene lo que nosotros valoramos: orden, disciplina y la capacidad de organizar. Sería un buen administrador del Círculo, un custodio de nuestras propiedades. —Hizo una pausa—. Pero, recuerden, no es a él a quien debemos mirar.

Eloísa se inclinó sobre la mesa, sus dedos delgados tocando la fotografía con una delicadeza casi reverente.

—Es ella, ¿verdad

—Es ella —confirmó Dante—. Llevo treinta años en el Círculo, y nunca había visto una candidata así. No solo es hermosa, y lo es de una manera que trasciende lo convencional. Es su cuerpo, sí, pero también es su mente. Su capacidad de observación. Su disciplina científica. Es exactamente el tipo de instrumento que el Antiguo prefiere para manifestarse.

El notario ajustó sus gafas y miró la fotografía con atención clínica.

—¿Y qué dices de su cuerpo? Porque la profecía, si la recuerdo bien, no habla de mentes brillantes. Habla de un vientre fértil.

—Precisamente —dijo Dante, y sus ojos brillaron con una luz que no era del todo humana—. He tenido ocasión de verla de cerca, en la última cena que le ofrecimos junto a su esposo. No es una belleza frágil, de las que se quiebran. Es una mujer vigorosa, de cuerpo fuerte y sano. Caderas pronunciadas, fértiles. Pechos generosos, cintura estrecha. Los hombros de una mujer que ha sabido cuidar su cuerpo. —Hizo una pausa, dejando que cada palabra cayera como una piedra en agua quieta—. Es la hembra que estábamos esperando. La que el Antiguo describe en el ritual: “La de vientre amplio y espíritu inquieto, la que no se postra ante ningún dios que no sea el de la voluntad”.

Se hizo un silencio denso. El médico fue el primero en hablar, con su voz medida de hombre acostumbrado a dar malas noticias con calma.

—¿Crees que la profecía se cumple con ella?

—Creo que merece la pena someterla al ritual para comprobarlo. —Dante cerró el expediente—. Si es la señalada, el Antiguo lo sabrá y la poseerá a través del puente. Si no lo es… siempre podemos volver a empezar. No perdemos nada, salvo unos meses de preparación.

—¿Y el esposo? —preguntó la viuda, con un tono que sugería que ya conocía la respuesta—. ¿Va estar de acuerdo que su mujer sea entregada al gran Macho Cabrío?

—Luis es el precio que debemos pagar para tenerla. Pero no es un precio alto. Es un hombre predecible, leal, con un fuerte sentido del deber. Si hacemos bien las cosas, se sentirá halagado de pertenecer a un círculo tan selecto. No verá lo que hay detrás hasta que sea demasiado tarde, y para entonces estará atado por el secreto y por el miedo a perder lo que tiene. —Dante sonrió con una frialdad perfecta—. Los hombres como él no denuncian aquello en lo que su mujer participa. Prefieren callar y fingir que no lo ven.

Eloísa asintió lentamente, tocando un colgante de plata que llevaba al cuello: un pentáculo invertido, pequeño y discreto.

—¿Y cómo propones integrarlos? Porque no podemos llegar y decirles: “bienvenidos a nuestra secta satánica. Beatriz… tenemos un ritual que requiere tu vientre”.

—Gradualmente —respondió Dante—. Ya he dado los primeros pasos. Luis me ve como un vecino influyente que le pide consejo sobre sus tierras. Beatriz me ve como un hombre culto que le presta libros prohibidos y le habla de misterios que la ciencia no explica. Ahora debemos profundizar. Invitarlos a nuestras cenas, a nuestras tertulias, a nuestras caminatas. Que se sientan especiales, admitidos en un círculo de personas superiores. Que empiecen a creer que este pueblo tiene una élite, y que ellos forman parte de ella.

—¿Y luego? —preguntó el notario.

—Luego, cuando confíen, cuando se sientan cómodos, empezaremos a mostrarles la verdad. Poco a poco. Una reunión más íntima. Un texto más revelador. Una velada donde las velas sean negras y las copas se llenen con un vino que no se vende en ningún mercado. Y entonces, cuando ya estén dentro, cuando ya hayan participado en su primer ritual menor, les contaremos quiénes somos realmente. Para entonces ya será tarde para ellos: estarán atados por la complicidad, por el secreto, y por el miedo a lo que perderían si hablaran.

La viuda de negro sonrió por primera vez, una sonrisa breve y afilada como una navaja.

—Y cuando esa tal Beatriz, la elegida, esté preparada…

—Cuando Beatriz esté preparada —repitió Dante—, la llevaremos al altar en el granero abandonado del bosque. Y comprobaremos si la profecía se cumple. Si el Antiguo la reclama, la posee, y la preña de no nacido, la profecía estará cumplida. Y si no… —Encogió los hombros con una elegancia desoladora—. Habrá sido un placer conocerla…

Se levantó de la mesa y fue hasta un altar de piedra situado al fondo de la capilla. Sobre él descansaba un libro encuadernado en piel de animal no nato, cerrado con un candado de hierro. Dante posó la mano sobre la cubierta, con una reverencia que no era fingida.

—Propongo que aceptemos al matrimonio en el Círculo. Que comencemos su integración esta misma semana. Los invitaré a la cena del próximo sábado, en mi casa, junto a algunos de vosotros. Que las conozcan, que las vean como personas cultas y amables. Y que empiecen a sentir que este pueblo es mucho más interesante de lo que parecía.

—¿Y si ella se resiste? —preguntó el médico, con un destello de escepticismo—. No es una ingenua. Es una científica. Puede que su instinto le diga que algo no cuadra.

—Por eso mismo la quiero —respondió Dante, y su voz se volvió casi un susurro—. Una ingenua no serviría para el ritual. Necesitamos una mujer que sepa exactamente lo que está haciendo cuando finalmente decida hacerlo. Necesitamos que Beatriz elija, con plena conciencia, cruzar la línea. Porque el Antiguo no acepta ofrendas engañadas. Acepta ofrendas que se entregan a sí mismas.

Eloísa se levantó y se acercó a su esposo, posando una mano sobre su hombro.

—Entonces, ¿votamos?

—Votamos —confirmó Dante.

Dante levantó la mano, y uno a uno, los siete miembros de la jerarquía hicieron lo mismo. El médico, la viuda, el notario, la dueña de la fábrica, el hombre callado del fondo que nadie conocía bien, y por último Eloísa. No hubo necesidad de contar. Todos sabían que la decisión ya estaba tomada desde el momento en que Dante había pronunciado el nombre de Beatriz.

—Que así sea —dijo Dante, y apagó la vela más cercana con los dedos, sin un solo parpadeo—. El Antiguo tendrá a su nueva hembra. Solo tenemos que convencerla de que lo desea.

La capilla volvió a quedar en penumbra.

Afuera, sobre Villa Lavatián, la luna se alzaba llena y redonda, y en la casa del portón verde, Beatriz dormía junto a Luis, soñando con orquídeas y con jardines que no existían. No sabía que, a esa misma hora, siete personas hablaban de ella como se habla de una promesa. No sabía que ya tenía un destino, y que ese destino llevaba cuernos y alas de murciélago, que su vientre estaba siendo destinado a intentar concebir al innombrable.

Pero eso, todavía, era un secreto. Y los secretos, en Villa Lavatián, tenían la costumbre de guardarse bien…

Por Sato

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