Diego llegó antes de lo previsto. El piso estaba en silencio. Dejó las llaves sobre la mesa y siguió el leve ruido del agua. La puerta del baño estaba entreabierta. Laura cantaba bajito bajo la ducha. Entró en silencio y observó el cuerpo desnudo de su mujer tras la mampara, de espaldas.
Sobre el lavabo, el teléfono vibró. La pantalla se encendió sola.
Entonces, un hilo de mensajes y fotos. Desbloqueó el móvil y entonces pudo reproducir un video de pocos segundos. En este se veía claramente la espalda de su mujer y las manos de otro hombre agarrándole las caderas. Diego lo miró entero. No gritó. Solo abrió la mampara y cerró el grifo de golpe, produciendo un sobresalto en ella.
Laura se giró, sorprendida, el agua todavía chorreándole por el cuerpo.
—¿Diego? ¿Qué…?
Él le tendió una toalla sin decir nada. Ella se la puso alrededor del cuerpo, nerviosa. Él levantó el teléfono y se lo mostró, con el vídeo reproduciéndose.
—Explicámelo.
Laura palideció. Intentó hablar, pero la voz le salió rota.
—No es… no es lo que parece. Fue una vez. Una sola vez. Estaba borracha y…
—Una vez —repitió Diego con calma peligrosa—. Una vez que te folló. Una vez que le abriste las piernas. Una vez que me mentiste ¿o durante semanas?.
La agarró del brazo, no con violencia, pero sí con una firmeza que no admitía negativa, y la llevó al dormitorio. La empujó suavemente hacia la cama.
—Quitate la toalla.
Ella obedeció, temblando. Diego abrió el cajón de abajo. Sacó las cuerdas negras de algodón grueso que habían usado en otros tiempos, cuando era un juego. Esta vez no había sonrisas.
—Acuéstate boca abajo. Brazos arriba.
Laura dudó un segundo. Él la miró.
—Ahora.
Se tendió. Diego le ató primero la muñeca derecha a uno de los barrotes de la cabecera, luego la izquierda. Tiró de las cuerdas hasta que los brazos le quedaron bien estirados y los pechos aplastados contra el colchón. Después le separó las piernas con las manos y le ató cada tobillo a las patas inferiores de la cama. Quedó completamente abierta, el culo alzado por la postura, el coño y el agujero expuestos sin posibilidad de cerrar las piernas.
Diego se quitó la camisa y el cinturón con calma. Se arrodilló detrás de ella. Le abrió las nalgas con los pulgares y miró el esfínter cerrado.
—¿A él también le diste esto? —preguntó en voz baja.
—No… solo… solo por delante —susurró Laura, la voz ahogada contra la almohada.
—Mentira. O verdad. Ya no me importa. Hoy te voy a dar por culo. Y vas a sentirlo durante días.
Escupió sobre el agujero. Metió un dedo de golpe. Laura se tensó y soltó un gemido. Diego añadió un segundo dedo y los movió en tijera, abriéndola con crudeza, sin lubricante de verdad, solo saliva. El esfínter sufría al estirarse.
—Duele —se quejó ella.
—Tiene que doler. Así aprenderás.
Cuando la tuvo suficientemente abierta, se colocó detrás. Apoyó la punta gruesa de su polla contra el agujero dilatado y empujó. El esfínter resistió. Diego insistió con presión constante hasta que la cabeza entró de golpe. Laura gritó contra la almohada. Él no se detuvo. Siguió hundiendo centímetro a centímetro hasta que los huevos le golpearon las nalgas.
—Hasta el fondo —gruñó—. Igual que él te folló.
Empezó a embestir. Al principio con movimientos cortos y profundos, después sacando casi toda la longitud y volviendo a clavársela de un solo golpe seco. Cada embestida hacía crujir las cuerdas y movía el cuerpo de Laura hacia adelante. Ella gemía, a veces de dolor, a veces de una mezcla confusa que no quería admitir. Las muñecas ya le estaban marcando.
—Dime que lo sientes —ordenó Diego, sin dejar de follarla.
—Lo siento… joder, lo siento todo… —sollozó ella.
—Dime que eres una puta por haberme engañado.
Laura dudó. Él le dio una embestida especialmente profunda, hasta el límite.
—Dilo.
—Soy… soy una puta por haberte engañado —repitió ella, la voz rota de vergüenza y de dolor.
Diego aceleró. Le agarró las caderas con fuerza y le embistió el culo con ritmo brutal, sin piedad. El sonido de la carne contra la carne llenaba la habitación. El agujero de Laura se iba poniendo rojo y brillante alrededor de la polla. Cada vez que él entraba hasta el fondo, ella soltaba un gemido ahogado. Ella, que sabía lo que era sufrir de reglas dolorosas, no sabía cómo enfrentarse a ese sufrimiento. El de su ano estirado, como si lo atravesara un cuchillo.
Después de un rato largo, Diego se detuvo en lo más profundo y se quedó quieto, respirando agitado.
—No me voy a correr todavía. Te voy a dejar así un rato. Atada, abierta, y pensando en lo que hiciste.
Sacó la polla despacio. El agujero de Laura quedó abierto, redondo, latiendo. Diego se levantó y se sentó en la silla frente a la cama, mirándola.
—Así te vas a quedar hasta que yo diga. Y cuando vuelva a metértela, vas a pedir perdón otra vez. Más fuerte.
Laura no pudo responder. Solo cerró los ojos, las cuerdas marcándole la piel, el culo abierto y expuesto, y la certeza de que el castigo apenas había empezado.
Diego la folló durante más de una hora.
Cada vez que sentía que se acercaba al borde, se detenía por completo. Se quedaba hundido hasta el fondo, la polla latendo dentro del culo de Laura, y esperaba. A veces cinco minutos. A veces diez. Ella gemía, intentaba mover las caderas, pero las cuerdas no le daban margen. Cuando la tensión bajaba, él volvía a embestirla con la misma crudeza de antes: profundas, secas excepto por más saliva, sin piedad.
El reloj de la mesita marcaba las horas. El sol de la tarde se fue apagando. Laura tenía las muñecas en carne viva por el roce de las cuerdas, las piernas entumecidas, el agujero hinchado y rojo. Cada vez que Diego se detenía al borde del orgasmo, ella sentía cómo el esfínter se contraía alrededor de él, desesperado, y el vientre le empezaba a pesar de una forma distinta, más urgente.
—Por favor… ya no puedo más —susurró en un momento, la voz rota.
—Todavía no —respondió él, sin sacar la polla.
Pasó más tiempo. Diego la usó hasta que el cuerpo de Laura ya no ofrecía resistencia, solo temblores. Por fin, cuando el cielo afuera ya estaba oscuro, él aceleró de verdad. Embistió con fuerza, sin parar, gruñendo. Se hundió hasta los huevos y se corrió dentro de ella con chorros largos y calientes, llenándole el recto de semen.
Se quedó quieto un rato, respirando agitado, todavía enterrado. Después sacó la polla despacio. El agujero de Laura quedó abierto, redondo, goteando semen espeso que le bajaba por el perineo.
Ella habló casi enseguida, la voz temblorosa:
—Diego… por favor… desátame. Tengo que ir al baño. Urgente. No… no me voy a aguantar.
Él se sentó otra vez en la silla frente a la cama. La miró en silencio.
—No.
—Te lo suplico… de verdad no puedo. Me duele el vientre. Por favor, desátame solo un momento.
—No —repitió él con calma—. Te quedarás exactamente así.
Laura cerró los ojos con fuerza. Intentó apretar el esfínter, pero estaba demasiado abierto, demasiado usado, demasiado lleno de semen. La presión fue creciendo. Un gemido de pánico se le escapó.
—Diego, por favor… te lo ruego… me voy a cagar… no puedo controlarlo…
Él no se movió.
El primer escape fue un ruido húmedo y grave. Un trozo blando salió empujado por el semen y cayó sobre la sábana entre sus piernas abiertas. Laura soltó un sollozo de pura vergüenza. Intentó cerrar las piernas, pero las cuerdas se lo impedían. El segundo trozo salió casi enseguida, más líquido, y el olor llenó la habitación de golpe.
—No… no… —lloraba ella ahora, las lágrimas corriéndole por la cara—. Por favor, desátame… te lo suplico… perdón… perdón por todo…
Pero el control ya se había perdido del todo. La mierda siguió saliendo mientras ella sollozaba, el cuerpo sacudido por los espasmos. El desastre se extendía bajo ella: semen mezclado con excremento, la sábana manchada, el agujero abierto e incapaz de cerrarse. Cada ruido al caer era una humillación nueva. Diego la observaba sin decir nada, las manos cruzadas, viendo cómo su mujer se cagaba atada, llorando, completamente destruida de vergüenza.
Laura ya no pedía que la desatara. Solo repetía entre sollozos, una y otra vez:
—Perdón… perdón… por favor, perdóname… no vuelvo a hacerlo nunca… perdón…
El olor era denso. El silencio de él, aún más.
Cuando por fin paró de salir, ella se quedó temblando, la cara empapada de lágrimas, el culo sucio y abierto, las cuerdas todavía sujetándola. Diego se levantó despacio, se acercó y le acarició el pelo con una calma casi cruel.
—Ahora sí —dijo en voz baja—. Ahora sí podemos empezar a hablar de perdón.
Por Annaloba