Aquel último día, el ambiente en el aula era una extraña mezcla de diferentes sensaciones que embargaba a todos los alumnos por igual con una energía efervescente que les hacía sentirse todavía poderosos, los reyes del mundo, afrontando por dentro y en silencio el paso final de esta etapa de su vida y que se les presentaría en pocos días; la tan temida EBAU que sentenciaría su futuro más próximo marcándolo para siempre y reflejando lo sufrido en este último año escolar antes de la universidad, estaba a la vuelta de la esquina, y de todos ellos, la mayoría tenía ya marcada la fecha en sus calendarios y su cabeza, como si fuera un dogma inquebrantable.
En esa calurosa mañana de mayo, el sol entraba por las ventas abiertas impregnándolo todo con su luz mientras en la clase se entremezclaban por última vez los olores que muchos guardarían en su memoria para siempre y que en el futuro evocarían con nostalgia o quizá, con cierto resquemor. El sudor adolescente repleto de feromonas efervescentes se fusionaba con el del polvo de tiza, goma de borrar, virutas de lápices gastados y colonia juvenil llenando aquella última mañana.
Los treinta alumnos de segundo de bachillerato del segundo grupo de los tres que había en el colegio, charlaban mientras recogían y se despedían del profesor de historia, el último que les impartiría clase, al menos a los que no fueran en esos días de apoyo previo a los exámenes de acceso a la universidad.
Almudena y Carlos llevaban juntos desde primaria. Habían sido siempre compañeros y amigos, y los dos siempre fueron asiduos a sus mutuos cumpleaños y a los de amigos comunes; los últimos años, desde tercero de la ESO fueron algo más que amigos, compartiendo grupo de amistad y saliendo a merendar y a algún cine en grupo y llegando a hacerlo incluso ellos dos solos en este último año en el que en la clase habían estado separados sólo por el pasillo del aula, llegando a juntar sus pupitres si tocaba en alguna asignatura para un trabajo en concreto creando algo entre ellos en ese año que había acabado por hacer que sus miradas quemaran más que el sol.
Por fin, tras toda su corta vida juntos, algo había surgido entre ellos en secreto con cada roce accidental — un dedo al pasar un bolígrafo, un hombro que se rozaba en el pasillo, una mirada furtiva, conversaciones banales o sobre las clases que sin sentido se alargaban más de lo necesario… — todo había tejido una red de deseo que, ese día, quizá el último juntos, parecía a punto de romperse. Sí, no había duda, había sucedido al final, estaban enamorados, quizá ya había sucedido hacía tiempo, pero ninguno había dado el paso de confesarlo antes hasta ese momento.
Decidida, llevada por el impulso de la necesidad de saber si en verdad podía ser aquello algo más que una simple amistad, Almudena fue quien dio el paso, casi como un salto sin red de seguridad, asumiendo que, si estaba equivocada, se llevaría una gran decepción, pero era joven, acababa de cumplir los dieciocho años hacia unas semanas, y tenía toda una vida por delante para acertar y también, por supuesto, seguir decepcionándose. Cogiendo aire, con todo recogido, miró a su compañero y, con la mejor de sus sonrisas lanzó la propuesta que esperaba cambiara todo.
— Oye, Carlos, ¿te vienes a casa un rato? — preguntó con un tono que intentaba sonar casual pero que dejaba entrever cierto temor. Su voz, suave pero con un leve temblor, apenas se alzó sobre el murmullo del aula —. Mis padres no estarán hasta la noche. Podemos comprar algo de comer por el camino en un Burger y tomarlo juntos. Y tengo cerveza. – añadió sonriendo sabiendo que ambos podrían beberla.
Carlos sintió un nudo en el estómago pero logró esbozar una sonrisa mientras notaba un calor subirle por la nuca; tratando de parecer despreocupado, el chico, que llevaba más de un año soñando y elucubrando mil posibilidades de acercarse a la chica de sus sueños pero sin atreverse nunca a dar el primer paso, incluso aquellas veces de cine a solas había sido ella la que tomó la iniciativa pero nunca pasó nada, asintió.
— Sí – contestó esbozando una sonrisa y fijándose en sus ojos de un castaño cálido que brillaban con algo más que la luz del sol —. Suena bien.
Y los dos sonrieron como si fueran las dos únicas personas en el mundo.
Uno a uno se fueron despidiendo de sus compañeros, citándose para verse en esos días de últimos estudios y repasos, quizá para hacerlo durante los exámenes y después, tramando alguna fiesta de fin de curso por todo lo alto hasta las tantas de la madrugada, riendo, separados cada uno con su grupo, que como todos, aunque compartían amigos, tenían al final su propia camarería; aprovecharon para charlar una última vez con los profesores, quienes daban los últimos consejos y, finalmente, a las dos y media, se encontraron juntos de nuevo, a la salida del colegio y sonriéndose.
— Venga. ¿Vamos? – dijo ella de nuevo con un brillo incandescente en la mirada —. Hay un Burger King por el camino.
Y tras asentir, uno al lado del otro, casi tan cerca que se podrían fusionar, pero sin apenas rozarse, pusieron rumbo a la casa de Almudena.
Caminaron juntos bajo un sol que era ya abrasador, con el asfalto desprendiendo un aroma a alquitrán casi derretido. Si hacía ya este calor a finales de mayo, pensó Carlos, no quería imaginarse como iba a ser julio. Menos mal que él se iría todo el mes a Asturias.
Sus uniformes escolares, último día que llevarían esa pesada carga pero cómoda a la hora de ir vestido cada día a clase, sobre todo para los padres, casi se pegaban a su cuerpo por el calor: la camisa blanca adherida a sus espaldas por el sudor, ambos con el jersey atado a la cintura, él de sus pantalones grises, ella de su falda plisada de idéntico color en cuyo interior se perdían las medias verdes que acaban ajustándose en su cintura, abrazando sus piernas con un brillo sedoso, y los mocasines de ambos resonando en el suelo.
En silencio, mirándose de vez en cuando sonrientes, fueron dejando que el roce de sus manos al andar se convirtiera en una chispa. Cada paso de Almudena hacía que las medias crujieran suavemente, — frissss—frissss — un sonido que, aunque sutil, se metía martilleante en la mente de Carlos como un preludio de lo que ansiaba sucediera.
La parada en el Burger King fue breve. Hicieron el pedido en las máquinas virtuales de la entrada y lo recogieron en el mostrador donde él pagó todo.
— Gracias guapo. – dijo ella sonriéndole y dándole un leve toque con la cadera en la suya —. Las cervezas las pongo yo, como te he dicho.
El asintió ruborizado y la guiñó el ojo.
Con las bolsas de papel en las manos, dentro solo una hamburguesa y patatas para cada uno, siguieron su camino, juntos como antes, rozándose de nuevo pero sin tocarse, dejando que la electricidad fluyera cargando sus cuerpos de ansia y ganas.
Al entrar en la casa de Almudena, el aire acondicionado que los padres tenían puesto todo el día en verano, estuvieran o no en casa, los envolvió con un soplo fresco con su zumbido constante llenando el silencio.
El salón olía a madera pulida, con un leve rastro de lavanda del ambientador que flotaba en el aire. Tras cerrar la puerta del piso, Almudena dejó caer su mochila con un golpe sordo en el mismo recibidor y, en un gesto natural, se quitó los zapatos dejándolos ahí en medio.
Las medias, ligeramente translúcidas, dejaban entrever la piel pálida debajo y Carlos quedó atrapado en aquella poderosa y sensual visión que le perturbó y excitó a la vez con una fuerza demoledora. Los pies de Almudena eran pequeños, delicados, con el arco curvado en una línea perfecta y las uñas lucían pintadas de un rojo cereza que destellaba bajo la tela. La forma en que sus dedos se movían, flexionándose ligeramente mientras ella se estiraba, era una danza hipnótica que lo desarmaba.
— Vete yendo al salón y espérame. Ten – dijo dándole su bolsa de papel con la comida —. Oye, tú puedes beber cerveza ¿Verdad? — preguntó ella mientras caminaba hacia la cocina sin fijarse en como su compañero se pasaba la lengua por los labios mientras no perdía en ningún segundo de vista sus pies descalzos —. También tienes dieciocho, ¿no?
Sus pasos hacían que las medias rozaran el parqué casi en un crujido suave que llenaba el aire. La luz que se filtraba por las ventanas hacía brillar el verde de la tela, resaltando cada curva de sus piernas cuyo movimiento bajo la falda era una danza que Carlos no podía ignorar.
— Sí, también tengo los dieciocho — respondió entrando en el salón y sentándose en el sofá. La tela áspera del mismo bajo sus manos sudadas era un ancla para su corazón, que latía como un tambor.
Almudena regresó con dos latas de Mahou Clásica.
— ¿Quieres vaso o copa?
Carlos negó sonriendo y ella se sentó cerca, cruzando las piernas, y el roce de sus medias — frissss—frissss — emitió un susurro que llenó el aire.
Pronto, el aroma a jabón de coco de su piel, mezclado con un leve rastro de sudor cálido, lo envolvió como una caricia invisible superponiéndose al de las hamburguesas.
— Por aprobar la EVAU y seguir nuestro camino – dijo Almudena después de que ambos abrieran sus latas.
Brindaron y debieron un trago dejando las latas en una mesa supletoria donde descansaban las bolsas con la comida; tras abrirlas, echarles el kétchup y la mostaza correspondiente y dar un bocado, sonriendo, tragaron y se miraron fijamente.
— ¿Qué piensas estudiar? – preguntó ella.
— Periodismo. ¿Tú?
— Derecho.
Ambos asintieron, bebieron un poco más y siguieron comiendo hablando cada poco de donde querían ir ese verano, de que planes de futuro, que universidades preferían…
Terminaron de comer y de beber y se quedaron relajados sentados en el sofá. Los pies de Almudena, aún en las medias, descansaban a centímetros de él, y la luz dorada de la tarde hacía que la tela brillara como si estuviera tejida con hilos de jade. Carlos no podía apartar la mirada haciéndolo ya casi de forma descarada, registrando en su cerebro para quizá evocarlo esa noche masturbándose en la cama evocando a forma en que la sedosa tela de nylon verde se adhería a sus tobillos, la curva suave de sus talones, el leve movimiento de sus dedos bajo la tela.
—Tus pies… se ven agotados — dijo de pronto, casi sin querer decirlo, sin saber porque, con las palabras una a una escapándose como un suspiro agónico, como si fuera una dolorosa confesión de un reo.
Su voz era baja, casi un murmullo, y sus ojos seguían fijos en la curva de esos tobillos, en la textura de las medias y en la forma en estas se adherían a la piel que cubría. Almudena lo miró, con una ceja arqueada y una sonrisa que era pura provocación.
— ¿En serio? – respondió con su risa como el roce de una pluma contra la piel.
Sin romper el contacto visual, la joven estiró las piernas y las apoyó sobre el regazo de él. Las medias, cálidas por el calor de su piel, eran suaves como el terciopelo, con un leve brillo que capturaba la luz. Carlos tragó saliva notando como se excitaba.
— Pues entonces, quizás deberías hacer algo al respecto. ¿no?
Sin saber por qué, relamiéndose sin perder de vista esos pies, Carlos asintió.
— Adelante – dijo ella frotando sus pies en la entrepierna abultada de él que gimió —. Sorpréndeme.
Sin pensarlo un instante, Carlos llevo sus manos a esos pies y sintió las medias suaves al tacto, con una textura sedosa que se deslizaba bajo sus dedos temblorosos y sudorosos. Con las manos temblorosas, comenzó a masajear los pies. La tela de las medias era fina, dejando sentir la forma de sus dedos, la suavidad del arco, el calor que emanaba de su piel. Presionó con cuidado, trazando círculos con los pulgares notando la textura sedosa de las medias deslizándose bajo sus dedos como agua. Podía sentir la piel debajo, tibia y flexible, y el leve crujir de la tela con cada movimiento era un sonido que lo envolvía. El aroma de su piel, un cóctel de coco y un toque salado, lo embriagaba. Almudena suspiró, un sonido suave que resonó en el silencio, y sus dedos se curvaron bajo las medias, respondiendo al contacto. Carlos, incapaz de resistirse, deslizó una mano por su tobillo, explorando la textura de la tela que se adhería a su piel como una segunda capa. Llevándose el pie que sostenía a la cara, aspiró fuerte el aroma que desprendía y planto un beso en la planta. El contacto, aunque inocente al principio, despertó algo en ambos. Sus respiraciones se volvieron más pesadas, y las miradas que intercambiaban decían todo lo que no se atrevían a pronunciar.
—Tienes unos pies increíbles —murmuró, casi sin darse cuenta, y el rubor le subió al rostro. Pero ella no se rio; en cambio, sus ojos se oscurecieron, y un gemido bajo escapó de sus labios cuando él presionó más fuerte, acariciando la planta con una lentitud deliberada.
Tras cinco minutos, Almudena se libró con sumo cuidado de esas manos que acarician con una pasión delicada sus pies y se inclinó hacia él, apoyando una mano en su hombro.
— Carlos… — susurró, y su voz era una invitación inclinándose hacia él. Su cabello, suelto, rozó la mejilla de su compañero dejando un cosquilleo.
Él acercó su rostro al de ella, y sus labios se encontraron en un beso que sabía a nervios y deseo pero que casi ardía como un incendio una urgencia torpe de dientes chocando, respiraciones entrecortadas que sabían a deseo y nervios, con risas que se escapaban, pero lleno de una urgencia que los consumía. Las manos de Almudena se enredaron en el cabello de él, húmedo por el calor a pesar del aire acondicionado, tirando ligeramente en un gesto que lo hizo jadear mientras las de Carlos subían por sus piernas, explorando la textura de las medias, el contraste entre la tela y la piel que asomaba en la cintura. El crujir del nylon bajo sus dedos en un sonido que lo encendía, y la calidez de sus muslos, aún cubiertos por la tela, en una promesa que lo consumía.
El sonido de sus respiraciones, entrecortadas, llenaba la habitación, mezclado con el roce de la ropa y el leve chirrido del sofá. Carlos, aún obsesionado con sus pies, no pudo resistirse. Mientras sus labios recorrían el cuello de Almudena, saboreando el leve rastro de su perfume, sus manos volvieron a sus pies. Deslizó las medias lentamente, la tela susurrando al caer, revelando la piel pálida y suave. Los pies de Almudena, ahora desnudos, eran aún más fascinantes, con la piel tibia, los dedos delicados moviéndose ligeramente, el arco curvado como una obra de arte esculpida por Miguel Ángel. Los acarició, trazando la planta con los dedos, sintiendo la suavidad bajo su tacto, los olió, los lamió, los besó excitado y poseído por el frenesí mientras ella cerrando los ojos dejaba escapar un gemido con sus dedos curvándose en respuesta.
Ella, sintiendo su fascinación, jugó con él. Deslizó un pie por su pierna, con los dedos rozando su muslo en una caricia lenta, deliberada. Carlos atrapó su pie entre las manos, besando nuevamente la piel suave del arco, saboreando el leve rastro salado mezclado con el aroma a coco. Almudena rio, un sonido entrecortado por el placer, y sus manos se aferraron a los hombros de él, urgiéndolo a seguir.
La ropa del uniforme, que hasta entonces había sido una barrera, empezó a sobrar. Ella se deshizo de la camisa, y el sujetador casi en un solo gesto y él la imitó. El roce de sus pieles, cálidas y pegajosas por el sudor, era una sinfonía de sensaciones. Carlos admiró con ojos ávidos los pequeños pechos de ella, sus pezones sonrosados, erectos, destacaban en las curvaturas frágiles y blancas.
La falda de Almudena se deslizó, y sus cuerpos, desnudos ahora, se buscaban con una urgencia animal. El roce de sus pechos contra el torso de él era suave, cálido, con un leve cosquilleo que lo hacía jadear. Las manos de Almudena exploraban su espalda, las uñas dejando líneas ardientes en su piel mientras las de él recorrían sus caderas, la curva de su cintura, el calor húmedo entre sus piernas.
Carlos rebuscó en sus pantalones y sacó la cartera, donde descansaba un preservativo que tenía ahí desde hacía tiempo, esperando el momento. Sonrió, lo desenvolvió y con manos temblorosas se lo puso, ayudado por ella que reía nerviosa, casi llorando.
Cuando sus dedos la tocaron más íntimamente, encontraron una calidez que lo desarmó. Almudena arqueó la espalda, sus pies deslizándose contra las piernas de él, los dedos curvándose en un reflejo de placer. El sonido de sus gemidos, suaves pero urgentes, llenaba el salón, mezclándose con el zumbido del aire acondicionado y el crujir del sofá. Carlos, guiado por el instinto, se movió con ella, con sus cuerpos encontrando un ritmo torpe pero apasionado. La sensación de estar dentro de ella era abrumadora, un calor envolvente, un roce que lo hacía temblar, una conexión que iba más allá de lo físico. Cada embestida era un diálogo de jadeos, de piel contra piel, de sus manos aferrándose a sus caderas mientras ella lo guiaba con las suyas.
Los pies de Almudena seguían siendo su obsesión. Mientras se movían juntos, ella deslizó un pie por su muslo, los dedos rozando su piel en una caricia que lo llevaba al límite. Él lo atrapó, acariciándolo, besándolo, sintiendo la suavidad de la planta contra sus labios. El gesto arrancó un gemido profundo de Almudena, que arqueó el cuerpo.
Todos sus movimientos eran burdos, llenos de pausas y risas nerviosas, pero había una ternura en cada caricia, una exploración que no necesitaba ser perfecta para ser inolvidable. Sus cuerpos, inexpertos pero ansiosos, encontraron un ritmo que no necesitaba palabras. Era la primera vez para ambos, lo confesaron entre jadeos y miedos, casi con lágrimas, pero daba igual, lo deseaban. El clímax llegó como una marea, intenso y desordenado, con Almudena aferrándose a él, sus pies temblando en el aire, los dedos curvados en un espasmo de placer y Carlos perdiéndose en la calidez de su cuerpo, con su respiración entrecortada mezclándose con la de ella; por fin, notaron que el himen se rompía en una explosión de placer y dolor en que ambos gimieron al unísono estallando en un sollozo de felicidad incontrolado lleno de temblores.
Cuando todo terminó, se quedaron abrazados en el sofá, envueltos en una sábana que olía a suavizante y que su madre escondía bajo los cojines para protegerlo en días que se juntaban a cenar allí con amigos.
El aire estaba cargado del aroma de sus cuerpos; sudor, perfume, y un toque más íntimo que los envolvía. Almudena apoyó la cabeza en el pecho de Carlos y el roce de su cabello, suave como seda, era un consuelo. Él acarició sus pies con los suyos sintiendo la piel aún tibia. Gimieron sonriendo.
— ¿Sabes? — dijo ella, con una sonrisa que resonaba contra su piel —. Creo que deberíamos haber hecho esto antes.
Carlos rio, besándola en la frente. Su piel sabía a sal y a ella, un sabor que no olvidaría.
— Tenemos tiempo de repetirlo — murmuró, y el aroma a jazmín que aún flotaba en su memoria se mezcló con el calor de ese momento, con la imagen de sus pies descalzos grabada en su mente —. Si quieres.
— ¿Bromeas? – respondió ella mirándole y dándole un beso —. Pon fecha y hora.
Y ambos rieron mientras se abrazaban con fuerza, queriendo atrapar ese instante para siempre como si fuera una fotografía.
En el umbral del verano, con el mundo esperándolos fuera, supieron que esa primera vez, con cada roce, aroma y textura — especialmente los pies de Almudena, pequeños, suaves y perfectos —, sería el comienzo de algo eterno.
Por ALSERRATO