Un Joven Deseo

Un Joven Deseo

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Antonio se encontraba cocinando pasta para cenar. A sus cincuenta y tres años y divorciado hacía casi una década, su hija, Carolina, era su única compañía en casa. Al menos la que vivía bajo el mismo techo. Ya que Carolina frecuentaba a Alicia, una amiga cercana de su universidad. Ella pasaba por su casa tantas veces que incluso resultaba inquietante. Sus visitas eran para comer, a veces estudiar, o para quedarse hasta tarde viendo películas.

Esa tarde no fue la excepción. Ambas llegaron antes de que la cena estuviese lista. Antonio saludó a su hija con cariño y a su amiga con la cordialidad de siempre.

—Buenas tardes, señor —dijo Alicia, extendiendo su mano para saludarlo.

Antonio correspondió el saludo, diciéndole lo mismo de siempre.

—Ya te he dicho que me llames por mi nombre, me hace sentir menos viejo.

Alicia se rió, sosteniendo el apretón de manos más tiempo de lo necesario, mirándolo a los ojos de forma fugaz para después soltarlo.

Antonio lo notó, como ese gesto había experimentado muchos iguales antes. A él se le hacía extraño, y algo reaccionaba en su interior, pero él se decía una y otra vez que se estaba haciendo ideas.

Gestos como la forma en que le sostenía la mirada un segundo de más, la risa baja cuando él hacía algún chiste, roces aparentemente accidentales con su mano que parecían intencionales. Para él no eran más que malentendidos; él era demasiado mayor para que se fijaran en él. O al menos eso pensaba.

Ambas fueron al cuarto de Carolina, con la excusa de estudiar un poco antes de cenar. Antonio se quedó en la cocina, dando los últimos detalles a su platillo y preparando la mesa para tres.

Después de un rato cenaron juntos; era una mesa cuadrada y pequeña. Antonio se sentó en uno de los lados, con Carolina a su izquierda y Alicia a su derecha.

Hablaron de la escuela, de chismes entre salones y de la vida en general. Quien lideraba la conversación era Carolina; Alicia hacía algún apunte concreto y Antonio solo escuchaba. Sintiendo una mirada fija desde su lado derecho, que cuando la comprobaba notaba a Alicia mirándolo y desviando su mirada al ser descubierta.

Él interpretó que se sentía excluida y quiso integrarla.

—¿Y tienes novio, Alicia? O novia, uno ya no sabe —preguntó Antonio.

Antes de que respondiese, su hija la interrumpió con una pequeña risa.

—Le gusta alguien desde hace años —dijo, apuntando hacia ella con el tenedor—, solo que la boba no se atreve a decírselo.

Alicia volteó los ojos y después se rió.

—Ya te he dicho que antes de estar en serio con alguien necesito hacer algo —dijo, para después mirar a Antonio de reojo—; con eso resuelto estaré lista para algo serio.

—¿Y qué es eso tan importante que te impide salir con alguien? —preguntó Antonio.

—Ese es el problema —dijo Carolina, volviendo a interrumpir—: no se lo dice a nadie, ni siquiera a mí.

Alicia tomó un trago de su bebida, dejó el vaso sobre la mesa, cruzó la pierna izquierda sobre la derecha y dirigió su mirada hacia Antonio.

—Es algo personal —dijo, enredando la pasta sobre su tenedor— y siento que hasta que no lo haga no estaré lista —agregó, rozando su pie cruzado en la pierna de Antonio, y sin despegar su mirada de sus ojos.

Un escalofrío recorrió la espalda del padre, asintiendo y tragando el bocado que tenía en la boca. Estaba a punto de decir algo para cambiar el tema cuando una tormenta llegó sin aviso.

Las nubes se posaron sobre la ciudad como si alguien las hubiese tapado con una tela negra. Un diluvio cayó en segundos y en cuestión de minutos las calles se convirtieron en ríos; el tráfico colapsó. Pasaron un par de horas. Carolina y Alicia se habían quedado en la sala, aprovechando para adelantar tarea un rato más, rodeadas de apuntes y botanas improvisadas.

Cada vez se hacía más tarde y la lluvia no parecía parar; al contrario, tenía pinta de durar toda la noche. Carolina se asomó por la ventana para evaluar el panorama y dijo:

—No creo que sea buena idea que vayas a casa —dijo, volviéndose hacia Alicia—. Será muy difícil conseguir un taxi, y si lo hicieses, el tráfico sería infernal.

Antonio, que estaba terminando de acomodar los platos de la cena ya limpios, sintió un nudo en el estómago. Y se le ocurrió una idea.

—Solo que pase la noche aquí —dijo, cerrando el gabinete de los platos—. Será mejor que no se arriesgue; podemos preparar el sofá o…

—Puede quedarse en el antiguo estudio de mamá —interrumpió Carolina—. Tenemos el colchón inflable que usamos en Navidad y yo le puedo prestar algunas cobijas.

Antonio se sobresaltó un poco; ese cuarto estaba casi abandonado desde el divorcio, servía más como almacén que como un lugar habitable. Pero prefirió la comodidad y privacidad de Alicia, por lo que terminó aceptando.

Alicia respondió con una de esas sonrisas suyas, breve y críptica. Agradeció el ofrecimiento con un tono que a Antonio le pareció excesivamente dulce. Entre los tres prepararon la habitación. Limpiaron el polvo y prepararon la cama improvisada, trayendo sábanas y almohadas. Alicia recorrió la habitación con curiosidad, explorando librerías que aún tenían algún libro suelto.

—Entonces era de su esposa —dijo Alicia.

—Sí… era contadora y esta era su oficina —respondió Antonio, con un tono nostálgico.

Alicia asintió lentamente. Antonio notó cómo sus ojos recorrieron la habitación una vez más, esta vez como si estuviera tomando posesión de algo. No le dio importancia. Al terminar se despidieron con un “buenas noches” mutuo, y cada uno se retiró a su espacio, listos para dormir. Menos Antonio.

Era de madrugada, y el insomnio lo había invadido. No era la lluvia, aunque golpeaba con insistencia contra las ventanas. Era esa sensación de alerta, un hormigueo en la nuca del que no podía deshacerse. Dio vueltas en la cama durante lo que parecieron horas, hasta que finalmente la sed lo venció y se dirigió a la cocina.

Bajó las escaleras a oscuras, descalzo, con cuidado para no hacer ruido. La cocina estaba al final del pasillo, pero para llegar tenía que pasar frente al antiguo estudio. La puerta estaba entreabierta. Solo una pequeña abertura que permitía que pasase un poco de luz. Entonces la escuchó.

Una respiración entrecortada y rítmica venía del interior de la puerta, acompañada del sonido de tela siendo ajetreada. El vaso de agua desapareció de su mente y algo más ocupó su lugar. La curiosidad detrás de la puerta.

Se plantó frente a la puerta; sus instintos le decían que siguiese su camino, pero su cuerpo no respondía. Abrió la puerta lentamente; la luz del interior iluminó aún más el pasillo, y ahí estaba ella.

La luz de la luna bañaba el cuerpo de Alicia. Estaba de lado, con una postura que no dejaba dudas. Una de sus manos desaparecida entre sus muslos, moviéndose con una urgencia que apenas podía contener. La otra apretaba una almohada contra su rostro, amortiguando los gemidos, haciéndolos casi imperceptibles.

Antonio sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Tenía la boca más seca que cuando bajó, y la sangre se le acumulaba en un lugar que hacía años no le provocaba tanta urgencia. Entonces ella abrió los ojos.

No gritó. No se cubrió de inmediato. Solo lo miró, con las mejillas encendidas y la respiración agitada. Y en vez de parar, su ritmo se volvió más juguetón, más descarado. Su mano no dejó de moverse, y su boca dibujó una sonrisa silenciosa mientras sostenía la mirada en él.

Antonio tragó saliva. Su mano tembló al tocar la manija de la puerta.

—Perdón, yo… —dijo tembloroso— es solo que pensé…

Antonio retrocedió un paso, a punto de salir cuando:

—Ven —susurró Alicia—. Cierra la puerta.

Antonio dio un par de pasos y cerró la puerta detrás de él, cuidando de no hacer mucho ruido.

Alicia se incorporó un poco y caminó hacia él. La camiseta que llevaba como pijama se había bajado hasta cubrirla por completo, dejando ver sus pezones marcados.

—No es la primera vez que pienso en esto —susurró—. Desde hace meses. Cuando lo miro… mi mente divaga e imagina sin límites.

Antonio sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. Todo lo que imaginaba era cierto, pero incluso más retorcido.

—Alicia… —susurró—. Te duplico la edad… esto no está bien.

—Exactamente —respondió ella—. Y eso es lo que me vuelve loca.

Hizo una pausa, y por un instante la sonrisa se le borró.

—¿Sabes lo que es desear algo que sabes que está mal? ¿Durante meses? ¿Verlo todos los días y no poder tocarlo?

Ella tomó su mano, rugosa por los callos generados con los años de trabajo. La guió entre sus piernas, hasta donde sus dedos habían estado segundos antes, y la presionó contra su centro. La humedad y el calor lo sorprendieron, y lo anclaron a la realidad.

—He esperado esto —susurró ella, llevando su otra mano a la nuca de él y atrayéndolo hacia su rostro—. Por mucho tiempo.

Sus labios rozaron los de él. No fue un beso profundo, solo un roce. El tiempo se estiró mientras ella guiaba sus dedos en círculos lentos. Antonio sintió que su cuerpo reaccionaba de una manera que creía olvidada: una rigidez incómoda en el pantalón de su pijama y un calor que le subía por el pecho.

—No podemos… —intentó decir él, pero ella puso un dedo en sus labios.

—Podemos —dijo ella—. Si no hacemos ruido ella no se despierta; además la tormenta nos cubrirá.

Llevó su cabeza hacia ella y le besó el cuello, descomponiéndolo por completo. Lo arrastró hasta la cama, donde ella subió y se arrodilló frente a él. Alicia se levantó la camiseta, lo suficiente para que sus pechos quedaran libres.

Antonio la miró. Realmente la miró. La diferencia de edad se disolvió un segundo en la simple evidencia de un cuerpo joven y deseoso frente al suyo. Ella tomó una de sus manos y la llevó a su pecho. El calor de la piel le quemó la palma.

—Si quieres irte, vete ahora, y hacemos como si esto no pasó —dijo ella—. Pero si te quedas… no voy a fingir que no te quiero dentro.

Él no se fue. Quedó inmóvil unos segundos y después se acercó lentamente, y la besó. Fue un beso torpe al principio, como si ambos estuvieran aprendiendo el ritmo del otro. Luego se volvió más profundo, más hambriento. Las manos de Alicia bajaron por su espalda, se metieron bajo la camiseta y la subió. Él se la quitó. El pecho de él, más ancho, más marcado por los años, contrastaba con la suavidad de ella.

Ella se frotó contra él, buscando el roce de su erección a través de la tela del pijama. Deslizó los dedos dentro del pantalón encontrando lo que buscaba. Antonio cerró los ojos. El contacto fue eléctrico, ajeno y familiar a la vez, como recordar un idioma que creía haber olvidado.

—Sabía que tú también querías —dijo ella en un susurro, mientras lo acariciaba con movimientos experimentados—. Lo he visto en tus ojos cada vez que me mirabas. No me digas que no.

Antonio no se negó, no porque quisiera, sino porque en ese momento las palabras no existían. Solo la presión de su mano, la humedad que aún sentía en sus dedos y el miedo paralizante de que su hija despertara.

Alicia se recostó hacia atrás, llevándolo consigo. El colchón era estrecho, demasiado para dos cuerpos, pero eso los obligaba a estar pegados, a sentir cada uno el calor del otro. Ella se quitó la camiseta en un movimiento rápido y fluido y abrió las piernas ligeramente.

Antonio se arrodilló hasta llegar a su centro, donde comenzó a devorarla sin control. Alicia tomó la cabeza de Antonio y la presionó contra su pelvis. Mientras con la otra mano tomó la sábana y se la llevó a la boca para tratar de hacer el menor ruido posible. Pero era casi inútil. Sus gemidos lograban traspasar la tela mientras se retorcía en la cama. La lengua de Antonio era experta, ágil. Llegaba a rincones que casi nadie había explorado, recorriéndolos con delicadeza y hambre a la vez. Con movimientos cortos pero precisos, de esos que harían sudar a cualquiera.

Antonio se separó un momento y pudo ver la situación. La pelvis de Alicia enrojecida, contrastando con su piel morena y lisa, sin las marcas del tiempo que Antonio veía cada mañana en el espejo. Alicia se reincorporó como pudo, y tomó su pene y tiró de él suavemente. Quería que se acercase.

Él, con torpeza, avanzó sobre la cama de rodillas, rodeando el cuerpo de Alicia, llegando a la altura de su cabeza. Ella recorrió el pecho de Antonio con su mano libre, sintiendo el vello canoso, la piel menos firme, pero sus dedos no dudaron. Lo exploraron todo como si hubiera un mapa dibujado en él. Y, por un momento, Antonio se sintió joven. O más bien, se sintió deseado.

—Déjame a mí —murmuró Alicia. Para después llevarlo a su boca.

Un escalofrío recorrió a Antonio. Escalofrío provocado por años sin sexo oral. Soltó un resoplido mientras Alicia lo miraba. Deseosa, con hambre, tratando de que entrase a lo más profundo de su garganta, provocándose arcadas que lo único que hacían era generar más saliva, lo que hacía que el ruido se volviese cada vez más vulgar. Más sucio. Más placentero.

Los ojos de Alicia comenzaban a lagrimear, mientras Antonio la miraba atónito. Acariciando su cabeza, empujándola un poco más hacia él. Haciendo que casi terminase, retirándose antes del clímax. Dejando un rastro de saliva que lo conectaba con la boca de Alicia.

Él respiró profundamente. Tratando de calmarse, mientras ella lo acariciaba con suavidad. Esperando que se recuperase para continuar.

—Tengo que estar dentro de ti —murmuró él, con un tono más ronco y seguro de lo que esperaba.

Ella asintió, mordiéndose el labio inferior, y se recostó sobre la cama. Él se movió sobre ella, colocándose entre sus piernas, sintiendo su calor contra su vientre. Su mano tembló al guiarse hacia ella, y cuando la sintió ceder, cuando ambos cuerpos se encontraron en un único punto, Antonio tuvo que enterrar la cara en el cuello de ella para no gritar.

El sonido de la lluvia se hizo más intenso, como si la tormenta buscara tapar su aventura. Él se movía con un ritmo pausado, medido, consciente de cada crujido del suelo, de cada golpe de su cadera contra la suya. Alicia arqueaba la espalda y hundía las uñas en sus hombros, dejando marcas que él notaría al día siguiente.

—Más lento —susurró ella, aunque en su tono no había súplica sino orden—. Que dure.

Y él obedeció. Era extraño, esa dinámica de poder invertida: una chica de veintitantos dirigiendo a un hombre de cincuenta y tres. Pero en la penumbra, con el olor a lluvia y piel, las reglas no existían.

Sus movimientos eran un vaivén de placer compartido; se besaban para cubrir sus gemidos, aunque era casi inútil. Dentro de ese cuarto, nada parecía importar. Ni su hija arriba durmiendo, ni que era el antiguo estudio de su exesposa, ni que aquella chica tenía dos veces menos su edad. El placer era lo único importante.

Pasaron minutos, o quizás una eternidad, hasta que Antonio sintió que el límite se acercaba. Quiso retirarse, pero ella apretó sus piernas a su alrededor y lo retuvo.

—Dentro —dijo, con la voz quebrada—. Tengo que sentirlo.

Y él se dejó ir, un último empujón hondo que lo vació por completo, mientras ella gemía contra su hombro, su propio cuerpo contrayéndose en oleadas silenciosas. La habitación se llenó de un silencio denso, roto solo por la respiración agitada de ambos y la lluvia persistente afuera.

Antonio permaneció dentro de ella un momento más, sintiendo el latido de su corazón contra el de ella. Luego, se retiró con cuidado. Dejando una mezcla de fluidos detrás. Se habían salido con la suya; del cuarto de Carolina no llegó ningún ruido. Solo el eco del agua corriendo por el techo.

Se quedaron inmóviles unos minutos, recuperando el aliento. Cuando Alicia se giró hacia él. Mirándolo con satisfacción.

—Tienes que irte —dijo en voz baja, sin rencor, casi distraída—. Que no te vea salir de aquí.

Antonio lo entendió y se levantó, sintiendo sus piernas débiles y la piel pegajosa. Se vistió nuevamente con dedos torpes, y salió de la habitación intercambiando una pequeña mirada.

En la cocina, fue por el vaso de agua que buscaba desde el principio. Lo bebió de un trago, sintiendo el líquido frío recorrerle la garganta. De camino a su habitación, se encontró con Alicia, quien iba a entrar a darse un baño. Dándose una última mirada de buenas noches, seguida de un guiño lleno de complicidad.

Cuando subió las escaleras y llegó a su habitación, el reloj marcaba las cuatro de la mañana. Estaba exhausto. Se tumbó en su cama, mirando al techo. El olor de Alicia, una mezcla de perfume dulce y sudor, se había quedado en sus manos. Las marcas de sus uñas ardían en sus hombros. Y en su cabeza, una pregunta se repetía como un eco: ¿Cómo voy a mirarla a los ojos cuando esté desayunando con mi hija?

Pasó minutos así, pensando, con la lluvia que seguía cayendo haciéndole compañía con sus pensamientos dando vueltas. Hasta que el cansancio venció, y terminó durmiendo.

A la mañana siguiente, despertó tarde, consecuencia del desvelo. Bajó a la cocina donde se encontró a las dos. Carolina lavando los platos del desayuno. Y Alicia a su lado, renovada, como si nada.

—Buenas tardes, dormilón —dijo Carolina de forma sarcástica—. Te dejé un poco en el refrigerador.

Antonio dio una pequeña risa nerviosa, dando la primera excusa que vino a su mente. Excusa que parecía no importar. Carolina acompañó a Alicia a la puerta. No sin antes ir con Antonio.

—Muchas gracias por la noche… quiero decir… por dejarme pasar la noche —dijo sonrojándose.

—No es nada —respondió Antonio—. Cuando quieras.

Alicia estrechó su mano, para después salir junto a Carolina rumbo a la universidad. Antonio se quedó solo. Se dirigió al baño, donde estaba su lavadora con lo que parecía aquella sábana de anoche recién lavada. Se metió a la ducha, quitándose el resto de las pruebas del cuerpo. El sudor, el olor, todo lo que se llevó de esa habitación. Mientras flashes invadían su mente. Siendo lo único que conservaría de esa noche, noche que mantendría en secreto. Hasta el fin de sus días.

Por AndyStories

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