LA VIDA SECRETA DE UNA ESCORT
CAPÍTULO 128
25 DE MAYO DEL 2026
EN MI HABITACIÓN 8:30 p.m.
Estoy acostada en mi cama con la pijama más peligrosa que tengo: una playera blanca vieja de mi padrastro que me llega justo a media pierna. Debajo… absolutamente nada. Es la primera vez en mi vida que me atrevo a usarla mientras mi mamá está en casa. Normalmente solo la uso cuando ella está de vuelo y yo tengo que atender a mi padrastro como Dios manda. Me gusta porque se siente sexy, cómoda y, sobre todo, fácil de quitar. Un tirón y ya.
Pero hoy mi mamá está aquí. Toda la semana va a estar en casa porque le dieron vacaciones. Y yo, como idiota, decidí ponérmela igual. Ahora estoy sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, tratando de que la playera no se me suba demasiado.
Mi mamá está parada frente a mí, hermosísima, con un vestido blanco puro que le queda espectacular. Se ve elegante, sofisticada y un poco peligrosa. Tiene un antifaz negro en las manos y lo está girando como si estuviera pensando si usarlo o no. Yo pongo toda mi atenció para despues contarlo a detalle en mi cuerta de patreoonn con todo y fotos.
—Dolores, contéstame con seriedad —dice mi mamá con tono de interrogatorio—. Si estuvieras sola en una ciudad grande, sin conocer a nadie, y de pronto te quedaras sin dinero y sin lugar donde dormir… ¿qué harías?
Yo la miro, parpadeo dos veces y respondo con cara de niña buena:
—Pues… buscaría un trabajo decente, mamá. Algo como mesera o… no sé, vender paletas en la calle.
Mi mamá entrecierra los ojos.
—Dolores…
Yo no aguanto y suelto una risita:
—Está bien, está bien. Llamaría a un amigo rico, le diría que estoy muy sola y muy triste, y le pediría que me mandara un boleto de avión en primera clase mientras le mando fotos de mi carita de huérfana.
Mi mamá suspira y se pone una mano en la cadera.
—Sé seria, por favor.
—Está bien, está bien —digo poniendo cara de madura—. Buscaría un albergue para mujeres, pediría ayuda en la embajada mexicana y mientras tanto trabajaría de lo que fuera. ¿Contenta?
Mi mamá asiente, pero sigue con el interrogatorio. Me hace preguntas de todo tipo: qué haría si me robaran el teléfono, si me enfermara, si alguien me ofreciera “ayuda” a cambio de algo, si me perdiera en un barrio peligroso… Parece que estoy rindiendo un examen de supervivencia urbana.
En ese momento entra mi padrastro a la habitación. Se ve guapísimo con un traje negro elegante y camisa blanca. Me sonríe al verme y luego mira a mi mamá.
—¿Ya terminaste de interrogar a la niña? —pregunta divertido.
Yo me quejo inmediatamente, haciendo puchero:
—Papi, ¿por qué no me dejan ir con ustedes a esa fiesta? Yo también quiero ponerme bonita y usar antifaz…
Mi padrastro suelta una risa baja y se acerca a la cama.
—Porque todavía no estás lista, Lolita.
Yo frunzo el ceño.
—¿Cómo que no estoy lista? ¿Lista para qué?
Mi padrastro me mira directo a los ojos y responde con toda la calma del mundo:
—Porque aún no aguantas más de dos.
Me quedo callada dos segundos procesando.
«¿Más de dos…? ¿Más de dos qué…? Oh.»
De pronto todo hace clic. La fiesta elitista, el antifaz, el misterio, mi mamá vestida así… Es una fiesta de intercambio de parejas. O algo todavía más heavy.
Me tapo la cara con las dos manos y suelto una carcajada mezcla de vergüenza y diversión.
—Ay no… ya entendí. Definitivamente no estoy lista para eso. Sería como intentar correr un maratón sin haber corrido ni una cuadra. No, gracias. Prefiero seguir siendo una principiante avanzada.
Mi mamá me mira con ternura divertida y niega con la cabeza.
Mi padrastro se ríe abiertamente.
—Exacto. Por eso te quedas aquí.
Yo me cruzo de brazos como niña berrinchuda y hago un puchero exagerado.
—Qué injusticia… Yo también quiero ir a fiestas raras con gente misteriosa. Pero nooo, a mí me dejan aquí como la hijita buena que se queda viendo Netflix mientras sus papás van a hacer cosas de adultos.
Mi padrastro niega con la cabeza, todavía riendo, y mete la mano dentro de su saco elegante.
—Pues ya que te vas a quedar… yo ya estaba preparado para tu berrinche.
Saca dos sobres blancos y me los extiende.
—Aquí tienes. Boletos para los partidos de la Selección Mexicana en el Mundial. Dos boletos para los primeros partidos reglamentarios.
Me quedo mirando los sobres un segundo… y luego pego un grito de emoción.
Me levanto de un salto sobre la cama y empiezo a brincar como loca con los dos sobres en la mano, haciendo que la playera se me suba peligrosamente.
—¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Voy a ir a ver a México en el Mundial! ¡Ay Dios mío, qué felicidad!
Mi mamá y mi padrastro se quedan mirándome con una mezcla de ternura y risa mientras yo brinco como una niña en la cama.
—Dolores, por Dios… pareces niña. Siéntate ya, que se te ve todo.
Yo me detengo de golpe, me bajo la playera como puedo y me siento en la cama con las piernas cruzadas, todavía con una sonrisa de oreja a oreja.
—Es que no entienden… ¡es la Selección! ¡Es el Mundial! ¡Es sagrado!
Mi padrastro se cruza de brazos, divertido.
—A tu mamá no le gusta el fútbol para nada. Y a mí sí me gusta, pero no tanto como para ir a un estadio a que me griten, me empujen y me echen cerveza encima. Además, en esas fechas tengo que viajar a Colombia por el tema de las elecciones.
Yo asiento, todavía eufórica, pero poco a poco voy calmándome. Me quedo sentada en la cama, mirando los sobres con cariño.
Mi padrastro continúa:
—Así que… como nosotros no vamos a poder acompañarte, te sugerimos que invites a alguien. Alguien de confianza.
Me quedo pensando un momento.
Obvio no puedo invitar a ninguno de los maduritos con los que me acuesto. Sería muy incómodo explicarles a mis papás por qué el señor de 52 años que me acompaña me trata de “mi reina” y me mira las tetas todo el partido. Tampoco puedo invitar a Don Julian (celoso nivel experto) ni a Javier (que me trata como objeto sexual y probablemente terminaría peleándose con alguien en la tribuna).
Entonces se me ilumina la cara.
—Puedo invitar a Antonio —digo con naturalidad.
Mi mamá levanta una ceja.
—¿Tu primo Antonio?
—Sí. Es solo dos años menor que yo, es buena onda, le gusta el fútbol. Seguro se emociona.
Mi padrastro y mi mamá se miran un segundo. Al final, mi padrastro asiente.
—Está bien. Habla con él y se ponen de acuerdo. Pero con responsabilidad, Lolita.
—Claro, papi. Responsabilidad total —respondo con mi mejor cara de niña buena, aunque por dentro estoy pensando que Antonio y yo probablemente terminemos celebrando los goles de otra forma.
Mi mamá se acerca, me acaricia el cabello con cariño y me dice suavemente:
—Las preguntas que te estaba haciendo… era precisamente por esto. Si vas a viajar, aunque sea dentro del país, quiero saber que estás preparada para cualquier cosa. Eres mi única hija y me preocupo.
Ahora todo tiene sentido. El interrogatorio estilo “examen de supervivencia” era por los partidos. Me da ternura.
Me levanto de la cama y les doy un abrazo fuerte a los dos.
—Gracias, mamá. Gracias, papi. De verdad. Esto me hace mucha ilusión.
Mi padrastro me da un beso en la frente y mi mamá me acaricia la mejilla.
—Pórtate bien mientras no estamos —dice mi mamá con una sonrisa.
—Siempre me porto bien… más o menos —respondo con una sonrisita pícara.
Ellos se ríen. Mi mamá se pone el antifaz en la mano y mi padrastro le ofrece el brazo como todo un caballero. Se ven guapísimos.
—Nos vamos. No nos esperes despierta —dice mi padrastro guiñándome un ojo.
Cuando cierran la puerta de mi habitación, me quedo sola, sentada en la cama con los dos sobres en la mano. Todavía tengo la sonrisa pegada en la cara.
Me tiro hacia atrás en la cama y suspiro feliz.
«Quién lo diría… hace media hora estaba preocupada porque mi mamá me viera en esta playera casi sin nada, y ahora tengo boletos para ver a México en el Mundial. La vida da vueltas rarísimas.»
Tomo mi teléfono y le mando un mensaje a Antonio:
Dolores:
¡Primo! ¿Estás sentado? Mi padrastro me regaló dos boletos para todos los partidos de México en el Mundial. ¿Quieres ir conmigo? Tenemos que ponernos de acuerdo ya. Contéstame apenas leas esto
Envío el mensaje y me quedo mirando el techo con una sonrisa tonta.
Todavía siento el olor de la playera de mi padrastro y pienso en lo raro que es todo: mi mamá y mi padrastro yéndose a una fiesta de intercambio mientras yo me quedo emocionada por ir a gritar “¡México! ¡México!” con mi primo con el que también me acuesto de vez en cuando.
Abro los ojos antes de que suene cualquier alarma. Mi cuerpo ya tiene memoria propia. A esta hora normalmente estoy despertando porque mi padrastro me busca. A veces me usa directo para su sexo mañanero, otras veces solo me pide que me arrodille y le dé una buena mamada para empezar el día feliz y relajado. Es casi un ritual.
Pero hoy… nada.
Estoy sola en mi cama. La casa se siente extraña sin el peso de mi padrastro sobre mí. Me estiro como gato y agarro mi iPhone de la mesita. Tengo un mensaje de mi mamá de las 3:17 a.m.:
Mamá:
Mi vida, tu papá y yo nos vamos a quedar en un hotel cerca de aquí. No nos esperes. Disfruta tu día y pórtate bien
No dice en qué hotel. Típico de ellos cuando van a sus fiestas raras.
Suelto un suspiro y me quedo un rato mirando el techo.
«Qué raro se siente despertar sin verga en la boca o sin que me estén abriendo las piernas a las seis de la mañana. Mi vagina debe estar confundida, pobrecita.»
Me levanto de la cama todavía con la playera blanca de mi padrastro puesta. Voy al baño y empiezo mi ritual de vanidosa nivel experto. Me lavo la cara con agua fría, me miro al espejo y sonrío satisfecha. Me hago mi skincare completo: serum, crema hidratante, contorno de ojos y un poquito de protector solar aunque vaya a estar adentro todo el día. Me cepillo el cabello con cuidado, aplico un poco de aceite para que brille y me hago una coleta alta y perfecta.
Después de bañarme con mi gel favorito que huele a vainilla y jazmín, me seco con calma y me pongo mi uniforme del Colegio: falda tableada blanca que me llega justo arriba de la rodilla, blusa blanca impecable, chaleco azul claro y mis tennis negros con calcetines cortos blancos. Me miro al espejo de cuerpo completo y giro un poco para verme el culo.
Bajo a la cocina y me preparo un desayuno decente: yogurt con fruta, un omelette y un vaso gigante de Coca-Cola bien fría. Mientras desayuno, pido un Uber.
Termino de comer, lavo mi plato (porque aunque sea una puta consentida, no soy cochambrosa) y cuando el Uber llega, tomo mi mochila y salgo de casa.
Llego al Colegio a las 7:50 a.m. Las clases empiezan a las 8:00.
Durante toda la mañana es el mismo circo de siempre. Entre clases, mis compañeras chismeando sobre quién se acostó con quién en la última fiesta. Dos chicos de mi grupo intentan seducirme de la forma más torpe posible: uno me ofrece llevarme el café, el otro me dice que “se me ve muy cansada, ¿quieres masajearte los hombros?”. Les sonrío con ternura pero los rechazo con elegancia.
También coqueteo un rato con dos profesores. El de Teoría me mira más de lo necesario cuando le pregunto algo sobre el programa, y el de historia se pone nervioso cuando me inclino sobre su escritorio para mostrarle un apunte. Me divierte ver cómo tartamudean.
En el descanso largo hablo con Emily. Nos sentamos en el patio y nos reímos como locas cuando me cuenta que vio a uno de nuestros compañeros mandándole fotos de su pene a una chica de primer semestre.
—Qué pena ajena —le digo riendo—. Si vas a mandar verga, al menos que sea presentable.
Emily se muere de risa y me llama zorra sin filtro.
Pero lo más importante de todo el día son los mensajes con Don Julian.
Desde que entré a la primera clase empecé a escribirle. Al principio no me contestaba. Luego me respondía seco. Le rogué, le mandé mensajitos cariñosos, le dije que lo extrañaba, que estaba preocupada. Después de mucho insistir, finalmente me contestó:
Don Julian:
Está bien. Te espero en el departamento a las 2:30 pm. Quiero que hablemos.
Mi corazón dio un brinco. No sé por qué está enojado, pero al menos aceptó verme.
Terminan las clases a la 1:40 pm. Pido un Uber inmediatamente. Mientras espero afuera del Colegio, Alberto (el mismo idiota que me metió en problemas) se acerca con una sonrisa y trata de pasarme el brazo por los hombros como si fuéramos íntimos.
Yo me aparto de inmediato y le digo con tono firme:
—Alberto, no seas impertinente. Ya te dije que no me gusta que me toques así.
Él se queda un poco dolido, baja el brazo y murmura una disculpa. Acepta el límite, aunque se le nota en la cara que le molestó. Mejor. No quiero malentendidos.
Llega mi Uber y por fin me voy hacia el departamento de Don Julian.
Cuando llego, me bajo del auto y me quedo parada frente a la puerta. Tengo llaves, él me las dio hace meses, pero como está enojado, decido tocar como una visita normal.
Espero unos segundos.
Me quedo callada un momento, mirándolo con cara de preocupación sincera. La puerta del departamento se abrió y ahí estaba él. Don Julian, con esa camisa azul marino que le quedaba tan bien y el olor a su colonia cara que siempre me llegaba antes que su voz. Yo me quedé parada en el pasillo, con el corazón latiéndome un poquito más rápido de lo normal.
—Buenas tardes, Don Julian —dije con mi voz más dulce, mirándolo a los ojos.
Él no contestó de inmediato. Se quedó ahí, quieto, recorriéndome de pies a cabeza con esa mirada lenta que siempre me hace sentir como si me estuviera desnudando con los ojos. Empezó por mis tenis, subió por mis piernas, se detuvo un segundo en la falda, siguió por la blusa y se quedó más tiempo del necesario en mis senos. Sentí cómo esa mirada me calentaba la piel aunque todavía ni me había tocado. Era la misma mirada de siempre, como si los días que me había ignorado nunca hubieran existido.
—Ven aquí, mi Lolita preciosa —dijo por fin, con esa voz grave y un poquito ronca.
Me tomó de la mano con firmeza y me jaló suavemente hacia adentro. Cerró la puerta detrás de mí y, sin darme tiempo a decir nada más, me abrazó fuerte contra su cuerpo. Sus manos grandes me rodearon la cintura y bajaron directo a mi trasero. Antes de que pudiera siquiera preguntar por qué me había estado evitando, su boca ya estaba sobre la mía.
El beso fue intenso desde el primer segundo. No era un saludo cariñoso, era un beso con hambre. Su lengua entró buscando la mía y yo, aunque tenía la cabeza hecha un lío, no pude evitar responder. Mis manos subieron a su pecho mientras él me apretaba más contra él. Sentí su respiración agitada y cómo una de sus manos subía por mi espalda por debajo de la blusa, acariciando mi piel desnuda.
“¿Qué está pasando?”, pensé mientras mi cuerpo empezaba a traicionarme. “Venía preparada para exigirle una explicación, para preguntarle por qué carajos me había dejado en visto durante días… y aquí estoy, ya mojándome solo porque me está besando como si nada.”
Don Julian separó un poco su boca de la mía, pero solo para morderme suavemente el labio inferior.
—Qué bonita estás hoy, mi reina —murmuró contra mis labios, con ese tono empalagoso que siempre usa—. Tan delicada, tan perfecta… tan mía.
Su mano derecha bajó otra vez y me agarró una nalga con fuerza por encima de la falda, apretándola como si fuera de su propiedad. Yo solté un suspiro entrecortado. Mi mente seguía confundida, pero mi cuerpo ya estaba empezando a encenderse. Sentía mis pezones endureciéndose contra la tela de la blusa y esa calorcito familiar bajando entre mis piernas.
Me tomó de la mano otra vez y, sin decir más, empezó a llevarme hacia la habitación. Yo lo seguí, calladita, dejando que me guiara. Pensaba que íbamos a sentarnos a hablar de adulto a adolescente, que me iba a explicar por qué había estado tan frío conmigo… pero claramente Don Julian tenía otros planes. Y yo, como siempre, me dejé llevar.
“Qué idiota soy”, pensé mientras caminábamos por el pasillo. “La mujer más hermosa que podría tener al hombre que quisiera… y aquí estoy, calladita, siguiendo a un señor casado que me ignora días enteros y ahora solo quiere cogerme. Pero Dios… cómo me gusta que me trate así.”
Al entrar a la habitación, Don Julian cerró la puerta con el pie y me volvió a besar, esta vez más profundo, más posesivo. Sus manos subieron por mis costados, levantando la blusita blanca.
—Levanta los brazos, mi niña —me dijo con cariño, como si yo fuera una chiquilla que necesita instrucciones claras—. Papá te va a quitar esta blusita para ver mejor sus tesoritos.
Yo obedecí, levantando los brazos. Sentí cómo la tela se deslizaba por mi cabeza y mis senos quedaron al aire, firmes y sensibles. Don Julian soltó un gruñido bajo de aprobación y los miró con esa adoración hambrienta que siempre tiene por ellos.
—Miren nada más qué par de peritas tan perfectas… tan firmes, tan ricas… Dios mío.
Se inclinó y tomó uno de mis senos en su boca, chupándolo con ganas mientras su mano acariciaba el otro. Yo arqueé la espalda sin poder evitarlo, sintiendo cómo el placer empezaba a nublarme la razón.
“Esto no es lo que venía a hacer…”, pensé, mordiéndome el labio. “Pero qué rico se siente… y qué tonta me pongo cuando me toca así.”
Don Julian seguía con su boca pegada a mi seno izquierdo, chupando con esa mezcla de hambre y ternura empalagosa que solo él tiene. Su lengua daba vueltas alrededor de mi pezón mientras su mano derecha apretaba el otro seno con posesión. Yo estaba parada en medio de la habitación, con la falda blanca todavía puesta, las calcetitas cortas y los tenis negros, pero de la cintura para arriba completamente desnuda. Sentía mis pezones duros y sensibles, y cada chupada me mandaba una corriente directa entre las piernas.
—Ay, mi Lolita hermosa… —murmuró contra mi piel, sin separar la boca del todo—. Qué senos tan perfectos te dio Dios. Ni muy grandes ni muy pequeños… justitos, paraditos, firmes como los de una muñequita cara. Eres tan rica al mismo tiempo, mi reina. Las mujeres como tú no deberían de estudiar nunca, solo estar en casita, bien bonitas, esperando a que su hombre llegue a disfrutarlas.
—Don Julian… —empecé a decir, pero él me interrumpió tomando mi cara con ambas manos y dándome otro beso profundo.
—Shhh, calladita, mi niña. No hables tanto. Las mujercitas bonitas como tú se ven más lindas cuando callan. ¿Verdad que sí, mi amor?
Me tomó de la cintura y me empujó suavemente hacia la cama. Me senté en el borde mientras él se quitaba la camisa con prisa. Su pecho ancho y un poco peludo quedó al descubierto. Luego se desabrochó el cinturón y el pantalón cayó al suelo. Su verga ya estaba dura, gruesa, apuntando hacia mí. Yo me quedé mirándola un segundo y sentí cómo mi vagina se contrajo de anticipación.
Don Julian se acercó, me levantó la falda tableada hasta la cintura y miró mis panty blancas con una sonrisa satisfecha.
—Mira nada más qué panty tan inocente traes… pero debajo de esa carita de ángel hay una putita bien caliente, ¿verdad mi Lolita? Solo mía. Nadie más tiene derecho a tocar esto.
Me bajó las panty despacio, deslizándolas por mis muslos hasta quitármelas del todo. Me dejó solo con la falda arrugada en la cintura, las calcetitas cortas y los tenis. Se arrodilló un momento entre mis piernas y pasó su lengua por mi vagina húmeda, lamiendo con ganas.
—Qué rica estás ya… bien mojada para tu hombre. Eso me gusta. Aunque seas una tontita que no entiende nada, tu concha sí sabe lo que quiere.
Yo gemí bajito y me recosté sobre los codos, dejando que me lamiera. Mis pensamientos seguían dando vueltas: “Alberto solo me puso el brazo encima sin que yo quisiera… y por eso este señor me ignoró varios días. Y yo aquí, abriendo las piernas en vez de exigirle que me explique. ¿Qué me pasa? Podría tener a quien yo quisiera… y estoy rogando atención de un hombre casado que me ve como su juguete personal.”
Don Julian se levantó me quito el resto de la ropa para quedar completamente desnuda, me empujó suavemente para que me acostara completamente en la cama y se colocó encima de mí. Sentí el peso de su cuerpo y el calor de su verga rozando mi entrada.
—Ábrete bien, mi reina —me ordenó con esa voz cariñosa pero dominante—. Papá te va a coger rico, como te gusta. Porque tú eres mía, ¿verdad? Dilo.
—Soy suya, Don Julian… —respondí obediente, completamente expuesta.
Él sonrió satisfecho y empujó despacio. Su verga gruesa entró poco a poco, abriéndome. Solté un gemido largo cuando me llenó por completo. Empezó a moverse con ritmo firme, entrando y saliendo mientras me miraba a los ojos.
—Así, mi Lolita… qué apretadita estás siempre. Qué rico se siente cogerte. Eres tan hermosa que da miedo… por eso tienes que ser solo para mí. Las mujeres bonitas como tú no deben andar coqueteando por ahí. Solo abrirse de piernas para su hombre.
Sus embestidas se volvieron más fuertes. Yo me agarré de sus hombros, sintiendo cómo me cogía profundo. “Y lo peor es que me encanta. Qué golfa soy a veces.”
Don Julian aceleró el ritmo, gruñendo contra mi cuello.
—Qué concha tan rica tienes, mi amor… tan perfecta como tú. Solo para mí… solo para papá.
Cambió de posición. Me dio la vuelta con facilidad, poniéndome a cuatro patas sobre la cama y me penetró de nuevo desde atrás, agarrándome fuerte de las caderas.
—Así me gusta más… verte el culito mientras te cojo. Qué rico se ve moviéndose.
Empezó a follarme con más fuerza en esta segunda posición, sus bolas golpeando contra mí con cada embestida. Yo gemía sin control, sintiendo cómo me llenaba una y otra vez.
—Así, mi Lolita… así me gusta —gruñía con esa voz ronca y cargada de satisfacción—. Mira nada más qué culito tan bonito se mueve cuando te cojo. Eres una muñequita perfecta, mi reina. Tan hermosa que cualquier hombre se volvería loco por ti… pero este culito y esta concha son solo míos. ¿Entiendes eso, mi niña tonta?
Yo solo podía gemir y asentir con la cabeza, agarrándome de las sábanas. Mis senos colgaban y se balanceaban con cada golpe fuerte de sus caderas. Sentía el sudor de su cuerpo contra mi espalda y cómo sus dedos se hundían en mi piel.
Don Julian me dio una nalgada sonora y luego acarició la zona con la palma de la mano, como si quisiera calmar lo que él mismo había golpeado.
—Qué rica eres, mi amor… tan apretadita, tan jugosa. Las mujeres como tú no están hechas para andar pensando mucho. Solo para estar bonitas, oler rico y abrirse cuando su hombre lo necesita. ¿Verdad que sí, mi Lolita preciosa?
—Sí, Don Julian… —respondí entre gemidos, usando el “usted” como siempre, aunque me estuviera cogiendo con fuerza—. Como usted quiera…
Él soltó una risa satisfecha y me jaló del cabello suavemente para arquearme más la espalda. Cambió el ritmo: ahora entraba más lento pero más profundo, como si quisiera que sintiera cada centímetro de su verga. Yo sentía mi vagina palpitar alrededor de él, cada vez más mojada y sensible.
De repente me dio la vuelta otra vez, poniéndome de espaldas sobre la cama. Se colocó entre mis piernas, levantó mis muslos y me penetró de nuevo en esa posición, mirándome directamente a los ojos. Sus movimientos se volvieron más urgentes, más fuertes. Mis senos rebotaban con cada embestida y él no podía apartar la vista de ellos.
—Estos senos… Dios mío, estos senos me vuelven loco —dijo con voz entrecortada, inclinándose para chupar uno con ansias mientras seguía cogiéndome—. Tan firmes, tan perfectos… tan míos. Nadie más los va a tocar nunca. Solo yo. Solo papá.
Yo empecé a sentir cómo el orgasmo se acercaba. Mis piernas temblaban y mi respiración se volvió rápida y superficial. Don Julian lo notó y aceleró el ritmo, follándome con más fuerza, clavándose profundo una y otra vez.
—Vamos, mi reina… córrete para mí. Córrete en la verga de tu hombre. Sé una buena niña.
No pude aguantar más. El placer explotó dentro de mí como una ola caliente. Mi vagina se contrajo fuertemente alrededor de su verga y empecé a correrme con gemidos largos y agudos, arqueando la espalda y clavando mis uñas en sus hombros. Casi al mismo tiempo, Don Julian gruñó fuerte y se hundió hasta el fondo, corriéndose dentro de mí con chorros calientes. Sentí cómo me llenaba mientras mi orgasmo seguía sacudiéndome.
Cuando los dos terminamos, él se dejó caer de espaldas sobre la cama, todavía respirando agitado. Yo, sin pensarlo mucho, me subí encima de él. Su verga todavía estaba semi-dura dentro de mi vagina y me acomodé despacio hasta que la tuve completamente adentro otra vez. Me quedé ahí, recostada sobre su pecho, mis senos aplastados contra él y mi cara enterrada en su cuello.
Don Julian empezó a acariciarme la espalda con una mano mientras la otra subía a uno de mis senos y lo apretaba suavemente, jugando con mi pezón entre sus dedos.
—Qué rico fue eso, mi Lolita… —murmuró con voz satisfecha—. Siempre me dejas como nuevo.
Yo sonreí contra su piel, todavía un poco aturdida por el placer. Sentía su semen caliente dentro de mí y su verga todavía alojada en mi interior. Era una sensación íntima y posesiva que, me hacía sentir extrañamente tranquila.
Don Julian levantó una mano y empezó a acariciar uno de mis senos con esa adoración que siempre tiene por ellos. Lo apretaba suavemente, lo levantaba, lo dejaba caer y luego pasaba el pulgar por mi pezón, que todavía estaba sensible del orgasmo. Se inclinó un poco y se lo metió a la boca, chupándolo con calma, como si fuera lo más natural del mundo seguir mamando mientras hablábamos.
—Mmm… qué rico saben tus senos, mi Lolita —murmuró con la boca llena, sin soltar el pezón—. Tan suavecitos, tan firmes… perfectos. Eres una bendición para cualquier hombre, mi reina.
Yo solté una risita bajita y le acaricié el cabello con ternura, dejándolo hacer. Sentía su lengua dando vueltas lentas alrededor de mi pezón y, aunque acababa de correrme, mi cuerpo respondía con pequeños escalofríos.
—Bebé… —le dije con voz dulce y juguetona, probando el apodo por primera vez—. No seas tan glotón. Déjame respirar un poquito.
Él soltó mi seno con un “pop” húmedo y me miró con esa sonrisa condescendiente que siempre pone, como si yo fuera una niñita diciendo tonterías.
—¿Bebé? Ay, mi Lolita tonta… qué cosas se te ocurren. Pero me gusta. Sigue diciéndomelo, mi niña. Tú eres demasiado bonita para pensar mucho, mejor déjame disfrutar de lo que Dios te dio.
Empezó a hablar de su trabajo, como si nada hubiera pasado entre nosotros estos días. Me contó que el proyecto petrolero en el que estaba metido estaba avanzando bien, pero que había un proveedor que lo tenía loco con los retrasos. Yo lo escuchaba atentamente, todavía con su verga dentro de mí, mientras él seguía jugando con mis senos, chupando uno y luego el otro, mamándolos con calma y posesión.
—Qué complicado es todo, Don Julian… digo, bebé —respondí con mi voz suave—. Yo estuve en una conferencia de historia de México la semana pasada. Aprendí sobre el porfiriato y cómo Porfirio Díaz modernizó el país, pero también cómo concentró tanto poder. Fue interesante.
Él soltó una risa baja sin soltar mi pezón.
—Qué linda eres cuando intentas hablar de cosas serias, mi amor. Tú no te preocupes por eso. Las mujeres como tú no necesitan llenarse la cabeza con conferencias. Mejor quédate bonita, lee tus libritos bonitos y espera a tu hombre. Eso es lo que te hace especial.
Don Julian cambió de seno y siguió chupando con más ganas, haciendo ruiditos húmedos mientras hablaba.
—Mi hija la mayor… ay, Lolita, no sabes el problema que tengo con ella. Todavía anda con ideas raras de independencia. Quiere viajar sola, trabajar en no sé qué empresa… Le dije que una mujer debe estar en su casa, atendiendo a su marido, no andando por ahí como hombre. Pero ella no entiende.
—Pobrecita… —murmuré yo, acariciándole la cabeza mientras él mamaba—. Las hijas a veces son difíciles, bebé.
Luego tocó el tema de su esposa. Siguió chupando mi seno derecho con dedicación, casi como si fuera un ritual, mientras hablaba con tono cansado:
—Mi esposa… ya van más de dos meses sin que me dé nada. Ni un beso decente. Dice que está cansada, que tiene dolores de cabeza… Siempre lo mismo. Por eso valoro tanto lo que tú me das, mi Lolita. Tú sí sabes cómo tratar a un hombre.
Yo aproveché ese momento, porque la conversación ya estaba cerca del tema. Con voz tierna, casi en tono de broma, pero con dulzura y paciencia, empecé a meter el dedo en la llaga:
—Bebé… hablando de eso… de cómo tratamos a las personas que queremos… —le dije suavemente, moviendo un poquito las caderas para sentir su verga todavía dentro de mí—. He estado un poco triste estos días. ¿Está enojado conmigo por algo? Dígamelo, por favor. Yo solo quiero entender.
Don Julian levantó la vista de mis senos un segundo, todavía con los labios brillantes de saliva, y me miró con esa mezcla de cariño y posesividad. No contestó de inmediato. Siguió apretando mi seno izquierdo con la mano mientras chupaba el derecho con más fuerza, como si ganar tiempo mamando le ayudara a pensar qué decir.
Yo esperé, paciente, con mi voz más dulce:
—Bebé… no me deje así. Si hice algo malo, dígame. Yo soy suya, ¿no? Entonces hábleme con la verdad.
Don Julian seguía con la boca pegada a mi seno derecho, chupando con esa mezcla de hambre y ternura empalagosa, como si mis tetas fueran su consuelo favorito después de cogerme.
—Bebé… —insistí con voz suave y paciente, acariciándole el pelo mientras él mamaba—. No me deje con la duda.
Él soltó mi pezón con un sonido húmedo y me miró desde abajo, con esa expresión de superioridad cariñosa que siempre pone cuando cree que soy demasiado tonta para entender las cosas.
—Ay, Lolita… mi Lolita hermosa y tontita —dijo, apretando mi seno izquierdo con la mano mientras hablaba—. Tú no entiendes nada de cómo funcionan estas cosas, ¿verdad? Las mujeres como tú son tan bonitas que ni siquiera se dan cuenta del daño que hacen.
Sentí un nudo en el estómago, pero mantuve la voz dulce.
—¿Daño? Bebé, yo solo quiero entender. Cuénteme qué pasó.
Don Julian suspiró, volvió a meterse mi pezón a la boca, le dio unas chupadas largas y luego habló sin soltar del todo:
—El 27 de abril… te vi, mi reina. Te vi con ese muchachito. Te tenía el brazo sobre los hombros, bien pegadito a ti, como si ya fueras suya. Y tú ahí, sonriendo, toda coqueta con tu carita de ángel. ¿Creías que no me iba a enterar?
Me quedé callada un segundo. Ahora todo tenía sentido. Alberto, ese chico que siempre intenta seducirme, me había puesto el brazo encima sin que yo se lo permitiera. Ni siquiera me dio tiempo de quitármelo. Pero Don Julian lo vio y sacó sus conclusiones.
—Bebé… eso no fue así —dije con ternura, casi rogando—. Alberto me puso el brazo sin que yo quisiera. Yo no le di permiso. Fue solo un segundo y…
Él me interrumpió chupando mi seno con más fuerza, casi como si quisiera castigarme con la boca. Luego levantó la vista y me miró con ojos posesivos.
—Shhh, calladita. No me vengas con explicaciones de niñita. Las mujeres bonitas como tú no deberían andar dejando que cualquier idiota las toque. Tú eres mía, Lolita. Mía. Yo te doy todo lo que necesitas: este departamento, mi tiempo, mi atención… y tú me pagas coqueteando con niñatos. ¿Eso es justo?
“Qué patética soy”, pensé mientras él seguía mamando mi seno como un bebé grande y celoso. “Podría estar con quien yo quisiera… y aquí estoy, encima de este señor, dejando que me trate como su propiedad, explicándole algo que ni siquiera fue mi culpa. ¿En serio esto es lo que quiero para mí?”
—Bebé, por favor… —dije con voz temblorosa pero dulce—. Yo solo quiero que me crea. Yo soy suya. Usted sabe cómo lo trato, cómo lo consiento, cómo le doy lo que su esposa no le da. No me ignore más, por favor. Me duele cuando usted se pone así.
Don Julian soltó una risita baja y cambió de seno, chupando el izquierdo ahora con ganas, como si mis tetas lo tranquilizaran.
—Eres tan linda cuando ruegas, mi reina.
Yo asentí despacio, mordiéndome el labio. Sentía su verga endurecerse otra vez dentro de mí mientras él hablaba. Mi vagina traicionera se apretó alrededor de él.
—Sí, bebé… entiendo —respondí bajito, aunque por dentro gritaba lo contrario—. Solo no me deje sin hablarle. Yo lo extraño mucho.
Don Julian me apretó las nalgas con ambas manos y empujó un poco las caderas hacia arriba, moviendo su verga dentro de mí.
—Entonces pórtate bien de ahora en adelante. Nada de muchachitos. Nada de brazos sobre los hombros. Tú eres mi putita particular, mi muñequita cara. Solo mía.
Yo no dije nada más. Solo me quedé ahí, encima de él, dejando que siguiera jugando con mis senos y chupándolos mientras el silencio caía otra vez entre nosotros.
Sentí que era el momento de sacar la duda que me rondaba. Mantuve el tono juguetón pero curioso:
—Bebé… una cosa que no entiendo. Usted puede tener esposa y a mí como su novia… pero yo no puedo tener ni siquiera amigos. ¿Por qué esa diferencia? ¿No es injusto?
Don Julian soltó mi seno y me miró con esa expresión de paciencia condescendiente, como si estuviera explicándole algo básico a una niña. Me acarició la mejilla y habló con voz calmada y didáctica:
—Ay, mi Lolita… qué preguntas tan ingenuas haces. Escucha con atención, te lo voy a explicar como se le explica a una mujercita.
Se acomodó un poco debajo de mí, sin sacar su verga de mi vagina, y continuó:
—Por naturaleza, los hombres podemos tener varias mujeres. Tenemos millones y millones de espermatozoides en cada corrida. Con una sola eyaculación un hombre puede preñar a muchas mujeres diferentes. Somos como los sementales: hechos para esparcir nuestra semilla. En cambio, la mujer solo tiene un óvulo por ciclo. Solo puede ser fecundada una vez. Por eso, por diseño natural, la mujer debe ser fiel a un solo hombre, para que no haya duda de quién es el padre de sus hijos. El hombre, en cambio, puede tener varias compañeras. Esa es la ley de la naturaleza, mi reina. No es injusto, es biología.
Yo lo escuché con atención, procesando sus palabras. Don Julian me miró a los ojos y preguntó con tono suave:
—¿Eso te causa algún problema, mi Lolita tonta? Dime la verdad.
Me quedé pensando unos segundos. Luego, sin decir nada, tomé uno de mis senos con la mano, lo levanté y se lo puse directamente en la boca. Él abrió los labios y empezó a chuparlo con ganas, como un bebé grande. Yo hablé mientras le daba el pecho:
—No, bebé… no me causa problema —respondí con voz dulce y sumisa—. Yo entiendo. Usted es el hombre y puede tener lo que quiera. Yo soy su novia y solo debo ser para usted. No hay problema.
Don Julian soltó un gemido de aprobación contra mi seno y chupó más fuerte, claramente contento con mi respuesta.
Yo seguí hablando, acariciándole la cabeza mientras él mamaba:
—Bebé… —dije con mi voz más dulce y tierna, acariciándole el cabello mientras él chupaba mi pezón izquierdo—. Usted me contó que su esposa no le ha dado sexo en más de dos meses… Eso quiere decir que tampoco le ha dado el culito, ¿verdad?
Don Julian levantó un poco la vista, con los labios brillantes de saliva, y soltó una risita baja. Siguió apretando mi seno con la mano.
—Así es, mi Lolita. Esa mujer ya ni me mira. Mucho menos me daría algo tan rico
Yo sonreí con picardía y continué, hablando despacio y con cariño:
—Pobrecito mi bebé… Su esposa es una mala esposa, la verdad. Tiene un hombre tan guapo, tan hombre, tan trabajador como usted en casa y no le da ni la vagina ni el culito. Qué desperdicio. Yo en cambio… yo sí sé lo mucho que a usted le gusta meterla por el culito. Me lo ha dicho varias veces. Le encanta cómo se siente tan estrecho, ¿verdad?
Él gruñó de aprobación y me dio una nalgada suave.
—Qué lista te pones cuando quieres, mi reina. Sí, me encanta cogerte el culito. Es lo más rico que tienes.
—Si usted quiere, yo le puedo dar mi culito cuando quiera. Para eso soy su novia, ¿no? Para complacerlo en lo que su esposa no le da.
Él soltó mi pezón un momento y sonrió satisfecho.
—Así me gusta, mi reina. Esa es mi buena niña.
Yo decidí actuar. Sin bajarme de encima de él, metí la mano entre nuestros cuerpos, tomé su verga todavía mojada con mi vagina y la saqué despacio. Sentí el vacío cuando salió de mi vagina. Luego la guié hacia atrás, colocándola justo en la entrada de mi ano. Mi culito es muy estrecho, y sentía la cabeza gruesa de su verga presionando contra el anillo apretado.
—Voy a dártelo ahora, bebé… —susurré.
Empecé a bajar muy despacio sobre él. La cabeza de su verga empujó contra mi ano cerrado. Sentí cómo se abría poco a poco, cómo ese músculo apretado cedía contra la presión. Era una sensación intensa: ardor mezclado con placer, una presión fuerte que me hacía jadear. Bajé solo un centímetro y me detuve, respirando profundo. Mi ano se contraía alrededor de la cabeza de su verga, abrazándola con fuerza.
—Qué bueno, mi Lolita… —gimió Don Julian, acariciándome las caderas—. Qué valiente eres. Baja despacio, mi reina. Déjame entrar en ese culito tan estrecho que tienes. Eres una novia excelente.
Yo seguí bajando milímetro a milímetro. Sentía cómo mi ano se estiraba alrededor de su grosor. Era una penetración lenta y controlada por mí. El ardor era fuerte al principio, pero poco a poco se iba convirtiendo en esa sensación llena y profunda que tanto le gustaba a él. Mi respiración se volvió entrecortada y solté un gemidito cuando la cabeza completa entró, cerrando mi ano alrededor de su barra de carne.
—Ay, bebé… está muy grueso… —murmuré, pero seguí bajando.
Don Julian no dejaba de alabarme:
—Así, mi niña. Muy bien. Mira cómo te abres para mí. Qué culito tan rico y obediente tienes.
Seguía sentada encima de Don Julian, sin bajarme de su cuerpo. Su verga ya tenía la cabeza completamente dentro de mi ano, estirándome ese anillo tan estrecho y sensible. El ardor era intenso, pero también esa sensación de llenura profunda que siempre me provoca cuando me cogen por el culito. Respiré hondo, mordiéndome el labio inferior, y seguí bajando muy despacio sobre él.
Centímetro a centímetro sentía cómo su verga gruesa abría mi ano. Las paredes internas se estiraban alrededor de su palo, abrazándolo con mucha fuerza. Era una penetración lenta y controlada por mí sola. Cada vez que bajaba un poco más, soltaba un gemidito entrecortado. Mi vagina, todavía mojada y con su semen adentro, quedaba abandonada encima de su pubis, goteando ligeramente sobre su piel.
—Ay, bebé… está entrando tan profundo… —murmuré con voz temblorosa pero dulce—. Lo siento todo.
Don Julian gemía de placer debajo de mí, sus manos grandes acariciando mis muslos y mis caderas con aprobación.
—Qué maravilla, mi Lolita… Baja más, mi niña tonta… déjame sentir cómo ese culito tan rico me aprieta.
Yo obedecí. Apoyé las manos en su pecho y seguí descendiendo. Sentí cuando ya llevaba más de la mitad de su verga adentro. El ardor se mezclaba con un placer caliente y prohibido. Mi ano palpitaba alrededor de su grosor, contrayéndose involuntariamente y haciendo que él soltara gruñidos de gusto.
—Así… muy bien, mi amor —me alababa él con esa voz cargada de satisfacción machista—. Qué culito tan perfecto tienes. Tan apretado que parece que nunca lo han usado.
Sus palabras me encendían y me avergonzaban al mismo tiempo. Yo seguí bajando hasta que, con un último esfuerzo y un gemido más largo, sentí mis nalgas tocar completamente su pelvis. Tenía toda su verga enterrada en mi ano. Estaba completamente empalada analmente.
—Uff… ya la tengo toda adentro, bebé… —dije casi sin aliento, sintiendo cómo mi ano se ajustaba alrededor de la base de su verga—. Qué llena me tiene…
Don Julian sonrió con orgullo y me apretó las nalgas con ambas manos, separándolas un poco para sentir mejor.
—Bravo, mi reina. Qué actitud tan hermosa tienes. Mira nada más cómo te has metido toda mi verga en ese culito tan estrecho solo para complacerme. Eres mucho mejor que mi esposa. Ella ni siquiera me da la vagina y tú me estás dando el culito sin que yo te lo pida. Esa es mi buena niña… mi Lolita obediente y hermosa.
Empecé a moverme despacio sobre él. Subía y bajaba con movimientos cortos y controlados, sintiendo cómo su verga entraba y salía de mi ano. Cada vez que bajaba hasta el fondo, soltaba un gemido más agudo. El placer anal era intenso, diferente al de la vagina: más profundo, más invasivo, más sumiso.
Don Julian no dejaba de hablarme con esa mezcla de cariño empalagoso y dominio:
—Qué rico se siente tu culito, mi amor. Tan caliente, tan apretado… Apriétame más. Así, mi putita. Muévete para tu hombre. Tú entiendes tu lugar: las mujeres bonitas como tú están para dar placer, no para tener amigos ni andar coqueteando.
Yo seguí cabalgándolo analmente, con las manos apoyadas en su pecho y mis senos rebotando suavemente frente a su cara. Él levantó la cabeza y se metió uno de mis pezones a la boca otra vez, chupándolo con ganas mientras yo me movía sobre su verga.
—Bebé… —gemí, sintiendo cómo el placer crecía—. Si usted quiere, puede cogerme el culito siempre que lo desee. Para eso soy su novia… para darle lo que su mala esposa no le da.
Don Julian soltó mi pezón y gruñó de placer, empujando un poco las caderas hacia arriba para clavarse más profundo en mi ano.
—Así me gusta, mi Lolita. Muy bien. Sigue moviéndote… qué buena compensación me estás dando por ese malentendido. Ahora sí entiendo que eres solo mía.
Yo seguí cabalgándolo despacio, con mi ano apretando su verga a cada movimiento, sintiendo esa mezcla extraña de placer, sumisión. Don Julian gruñía de placer debajo de mí, sus manos en mis caderas guiándome.
—Más rápido, mi Lolita… mueve ese culito rico para papá —me ordenó con voz ronca.
Intenté obedecer. Aceleré un poco el movimiento, subiendo y bajando con más energía. Pero a los pocos segundos el ardor se volvió más fuerte. El placer seguía ahí, profundo y caliente, pero también sentía dolor: ese estiramiento constante, esa sensación de que mi ano estaba siendo abierto más de lo que podía soportar cómodamente. Empecé a jadear, mezcla de gemidos y quejidos.
—Bebé… me duele un poquito… —confesé con voz entrecortada, sin dejar de moverme.
Don Julian no se detuvo. Me dio una nalgada fuerte en la nalga derecha, el sonido seco resonó en la habitación.
—Sigue moviéndote, mi reina. No te detengas. Papá quiere sentir cómo ese culito trabaja.
El golpe me hizo saltar y bajar más rápido sobre su verga. El dolor aumentó por un momento, pero también el placer. Mi ano se contraía alrededor de él con cada embestida. Sentía cómo su verga entraba y salía, rozando todas las terminaciones nerviosas de mi interior. Era intenso, casi demasiado.
Volví a reducir el ritmo porque las piernas me empezaban a arder del esfuerzo y el dolor en mi ano se hacía más presente. Don Julian me dio otra nalgada, esta vez más fuerte.
—Más rápido, Lolita. No te quedes quieta. Muévete para tu hombre.
—Ay, bebé… duele.
—¿Te duele mucho, mi niña?
—Sí… me duele bastante —admití con honestidad, respirando agitada—. Pero no importa, bebé. Siga usándome. Quiero que quede contento usando mi culito… que se venga rico adentro.
Don Julian soltó un gruñido de aprobación y me dio varias nalgadas seguidas, animándome a seguir.
—Esa es mi buena putita. Sigue así. Aunque te duela, sigue moviendo ese culito para mí.
El placer seguía creciendo a pesar del dolor. Esa combinación extraña —ardor, presión, llenura y las nalgadas— me estaba llevando al límite. Sentía mi vagina palpitando vacía, goteando, mientras mi ano se contraía cada vez más fuerte alrededor de su verga. El orgasmo anal empezó a formarse: una sensación diferente, más profunda, más difusa, que nacía desde el fondo de mi vientre y se extendía por todo mi cuerpo.
De repente explotó.
Mi orgasmo llegó con fuerza. Todo mi cuerpo se tensó. Mi ano se cerró violentamente alrededor de su verga, apretándola en espasmos fuertes y rítmicos. Sentí olas calientes de placer recorriéndome desde el culo hasta la punta de los dedos de los pies. Mis piernas temblaron sin control, mis senos se sacudieron y solté un gemido largo y agudo que no pude contener. El placer era tan intenso que casi dolía, una liberación profunda que me dejó sin aliento. Mi ano palpitaba y se contraía una y otra vez alrededor de su verga, ordeñándola, mientras todo mi cuerpo se sacudía encima de él. Incluso con el dolor presente, el orgasmo fue brutalmente bueno.
Don Julian sintió cómo mi ano lo apretaba con fuerza y eso lo llevó al límite.
—Así… ¡así, mi reina! —gruñó.
Me dio varias nalgadas fuertes mientras yo seguía corriéndome. Sus caderas se levantaron con fuerza y se clavó hasta el fondo en mi ano. Sentí cómo su verga se hinchaba y empezaba a eyacular dentro de mí. Chorros calientes y espesos me llenaron el interior del culo, uno tras otro. Era una sensación muy distinta al orgasmo vaginal: más invasiva, más profunda, casi como si me estuviera marcando por dentro. Sentí cada pulsación de su verga, cada chorro caliente inundando mi ano estrecho. El dolor y el placer se mezclaron hasta volverse indistinguibles.
Yo seguía temblando encima de él, mi ano contrayéndose alrededor de su verga mientras él terminaba de vaciarse completamente dentro de mi culito. Los dos respirábamos agitados, sudados, exhaustos.
Me quedé quieta un momento, con toda su verga todavía enterrada en mi ano, sintiendo cómo su semen caliente se quedaba adentro. El ardor seguía ahí, pero también una satisfacción extraña y sumisa.
—Qué rico me has dejado, mi Lolita… Qué buen culito tienes.
Me quedé quieta varios minutos, recuperando el aliento, con las manos apoyadas en su pecho. Mis senos subían y bajaban con cada respiración. Don Julian tenía una sonrisa amplia y satisfecha en la cara, sus manos acariciando mis nalgas con suavidad ahora, sin las nalgadas fuertes de hace rato.
—Qué rico me has dejado, mi Lolita… —murmuró con voz ronca y complacida—. Ese culito tuyo es una maravilla. Me has compensado muy bien, mi reina. Estoy muy contento contigo.
Yo sonreí con ternura, todavía sintiendo su verga dentro de mí. Poco a poco empecé a levantarme con mucho cuidado. Sentí cómo su verga salía lentamente de mi ano, centímetro a centímetro. Cuando la cabeza finalmente salió, solté un gemidito suave. Un hilo de su semen escapó de mi ano y cayó sobre su muslo. Mi culito quedó abierto un momento, palpitando, sensible y un poco adolorido. Me bajé de su cuerpo con las piernas temblorosas y me acosté a su lado en la cama, acurrucándome contra su pecho.
Don Julian me abrazó fuerte y me besó la frente con cariño.
—Eres una buena niña, mi Lolita. Muy obediente. Me encanta cuando te portas así.
Nos quedamos así un buen rato, descansando en silencio. Él seguía acariciándome la espalda y los senos de vez en cuando, como si no pudiera dejar de tocarme. Yo me sentía contenta porque el orgasmo que me provocó. Esa sensación de haberlo complacido me daba una paz extraña.
Después de varios minutos, empezó a hablar de nuevo, con voz relajada:
—Qué bueno que aclaramos las cosas. Ya ves, mi reina, todo fue un malentendido. Tú solo tienes que portarte bien y todo va a estar perfecto entre nosotros.
Yo asentí contra su pecho.
—Sí, bebé. Yo solo quiero que usted esté feliz conmigo.
Platicamos un poco más de cosas triviales. Él me contó que mañana tenía una reunión importante en el trabajo y que esperaba que saliera bien. Yo le conté que había comprado una nueva Coca-Cola de sabor vainilla y que me había gustado mucho. Cosas simples, como si no hubiéramos estado cogiendo salvajemente hace rato. Ninguno de los dos volvió a mencionar a Alberto ni los celos. Era más cómodo así.
El tiempo pasó y poco a poco el ambiente se volvió más tranquilo. Don Julian miró el reloj y suspiró.
—Bueno, mi Lolita… ya se está haciendo tarde. Tengo que regresar a casa antes de que se haga más noche.
Yo me levanté de la cama con cuidado. Mi ano todavía se sentía adolorido y sensible, y cada movimiento me recordaba lo que acabábamos de hacer. Me puse las panty blancas despacio, sintiendo cómo el semen de Don Julian se quedaba atrapado ahí. Luego me puse la falda tableada, me puse la blusita blanca sin sujetador y el chaleco azul claro. Me arreglé un poco el cabello con los dedos y me puse los tenis negros.
Don Julian también se levantó y se vistió con calma, mirándome todo el tiempo con esa mirada satisfecha.
Cuando los dos ya estábamos vestidos, me acerqué a él y lo abracé fuerte.
—Gracias por recibirme, bebé —le dije con voz dulce—. Me alegra mucho que haya quedado contento. Cuídese mucho, ¿sí?
Él me dio un beso largo en los labios y me apretó el trasero por encima de la falda.
—Portate bien, mi reina. Y recuerda todo lo que hablamos. Tú eres solo mía.
Salí del departamento con una sonrisa en los labios, pero por dentro mi mente no dejaba de dar vueltas.
“Quedó muy satisfecho… y yo también tuve un buen orgasmo. Pero aquí estoy, saliendo de su departamento después de dejar que me use el culo para compensar unos celos absurdos. La mujer más hermosa que podría tener prácticamente a cualquier hombre… y me paso la tarde rogándole atención, explicándome por qué no puedo tener amigos y abriéndome el ano aunque me doliera. ¿Realmente esto es lo que quiero? ¿Esto es lo que merezco?” Caminé hacia la salida del edificio sintiendo el semen de Don Julian escapándose poco a poco de mi culito, mojando mis panty.
Por Dolores