Cuando todo cambió

Cuando todo cambió

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Me llamo María, tengo 32 años ahora, mido 1.71 y soy un poco curvy, con esas curvas suaves que siempre han hecho que me sienta femenina: caderas anchas que se marcan en los vaqueros, pechos generosos que llenan cualquier escote y una cintura que, aunque no es de avispa, me da esa silueta que Javier dice que lo vuelve loco.

Hace dos años y medio, en la primavera de 2024, ocurrió algo que ninguno de nosotros había planeado. Habían pasado ya nueve meses desde aquella primera vez inolvidable en la que Javier, con su insistencia paciente, me había convencido de dejar que Carlos me tocara, me follara, mientras Laura miraba y Javier participaba. Aquella experiencia nos había acercado más como pareja y, de alguna forma sutil, también nos había unido más a Carlos y Laura como amigos. Nos veíamos más a menudo: barbacoas los fines de semana, cenas improvisadas, noches de vino y charlas largas en su terraza. Todo seguía siendo normal, o eso creíamos.

Javier y Carlos siempre habían sido los típicos amigos heteros de toda la vida: fútbol los domingos, cervezas viendo partidos, bromas pesadas sobre mujeres, anécdotas de la universidad llenas de conquistas. Se querían como hermanos, se cubrían las espaldas, pero nunca, jamás, había habido ni una sombra de algo más. O al menos eso pensábamos todos. Laura y yo hablábamos mucho en privado; ella era abierta, sin filtros, y yo había aprendido a serlo también con ella. A veces, entre risas y copas, comentábamos lo atractivos que eran los dos: Javier con su cuerpo fibroso y esa mirada intensa, Carlos más ancho de hombros, con ese pecho fuerte y esa sonrisa pícara. “Son guapos los dos, ¿verdad?”, me decía Laura guiñándome un ojo, y yo asentía riendo, sin imaginar que aquellas conversaciones inocentes estaban sembrando algo.

En casa, Javier y yo seguíamos reviviendo aquella primera vez. Follábamos recordándola, y cada vez la fantasía se volvía más vívida, más detallada. Una noche, después de una sesión especialmente intensa en la que Javier me había penetrado por detrás mientras yo le describía cómo sentía la polla de Carlos dentro de mí, se quedó tumbado a mi lado, acariciándome el vientre distraídamente. “¿Sabes qué me puso más cachondo aquella vez?”, me preguntó en voz baja. Yo negué con la cabeza, aún jadeando. “Ver cómo Carlos se corría dentro de ti… cómo su cara se transformaba, cómo gemía. Era… no sé, poderoso”. Lo dijo con un tono que no era solo de excitación; había algo más, una curiosidad que no identifiqué del todo en ese momento.

Pasaron semanas. Repetimos con Carlos y Laura un par de veces más, siempre con la misma dinámica: yo en el centro, Carlos follándome, Javier participando y dirigiendo, Laura observando y tocándose. Pero empecé a notar pequeños detalles. Javier se quedaba mirando más tiempo cuando Carlos se desnudaba, sus ojos siguiendo el contorno de sus músculos, la forma en que su polla se endurecía antes de entrar en mí. En una de esas noches, mientras Carlos me comía el coño con esa dedicación que me hacía gritar, vi cómo Javier, sentado al lado, tenía la mano posada en el muslo de Carlos, no apretando, solo descansando allí, como si fuera lo más natural del mundo. Carlos no se apartó; al contrario, pareció relajarse más. Después, en el coche de vuelta a casa, Javier estaba callado, pensativo. “¿Estás bien?”, le pregunté. “Sí… solo pienso en lo a gusto que estamos los cuatro. Es como si no hubiera barreras ya”.

Laura también empezó a soltar comentarios sutiles. Una tarde, tomando café solo nosotras dos, me dijo: “Carlos me confesó que le gusta cómo Javier lo mira a veces. Dice que le pone, pero que no entiende por qué. Los tíos son tan básicos…”. Reímos, pero sus palabras se me quedaron grabadas. Yo misma empecé a observar: en las cenas, Javier y Carlos se sentaban más cerca, sus rodillas se rozaban bajo la mesa y ninguno se apartaba. Se daban palmadas en la espalda que duraban un segundo de más, o se miraban riendo con una complicidad que antes no tenía ese matiz.

Una noche de viernes, después de una cena en su casa con mucho vino y risas, Laura propuso jugar a “verdad o reto” como en los viejos tiempos. Al principio fueron tonterías: retos tontos, verdades embarazosas sobre la adolescencia. Pero el alcohol aflojó las lenguas. Cuando le tocó a Javier, Laura le preguntó: “Verdad: ¿alguna vez has sentido curiosidad por tocar a otro hombre?”. El silencio se hizo denso. Javier miró a Carlos un segundo, luego a mí, y soltó una risa nerviosa. “Curiosidad… supongo que todos hemos pensado alguna vez cómo se sentiría, ¿no? Pero no, nunca he hecho nada”. Carlos soltó una carcajada para romper la tensión: “Yo tampoco, tío, tranquilos que seguimos siendo unos machos alfa”. Todos reímos, pero noté cómo sus mejillas se sonrojaron un poco.

Esa noche no pasó nada más. Nos fuimos a casa y Javier me folló con una urgencia diferente, casi desesperada. Mientras me penetraba, me susurraba: “Imagínate si algún día… solo un poco, solo para probar”. Yo gemí, excitada por la idea, pero sin tomarlas en serio del todo. Pensaba que era solo una fantasía más, como tantas otras.

Sin embargo, las semanas siguientes fueron un lento, casi imperceptible, acercamiento. En las siguientes encuentros sexuales con los cuatro, los límites se difuminaron de forma natural. Una vez, mientras yo chupaba la polla de Carlos, Javier se acercó y, “para ayudar”, puso su mano en la base del tronco, masturbándolo mientras yo lamía la punta. Carlos jadeó más fuerte, pero no dijo nada. Otra vez, cuando Carlos me follaba a cuatro patas, Javier se tumbó debajo de mí para chuparme el clítoris, y sus mejillas rozaban los huevos de Carlos con cada embestida. Ninguno se quejó; al contrario, los gemidos se hicieron más profundos.

Fue todo tan gradual que cuando llegó el momento clave, nadie lo vio venir como algo planeado. Una noche de mayo, con la terraza llena de velas y música suave, bebimos más de la cuenta. Laura, siempre la más directa, dijo en voz alta lo que todos pensábamos en silencio: “Se os nota, chicos. Se os nota que os gustáis un poco”. Javier y Carlos se miraron, rieron nerviosos, pero esta vez no lo negaron. “Es solo… curiosidad”, dijo Javier encogiéndose de hombros. “Nada más. Somos heteros, pero… joder, estamos tan a gusto los cuatro que ¿por qué no probar un poco?”.

Carlos asintió lentamente, mirando a Javier a los ojos más tiempo del necesario. “Si María y Laura están de acuerdo… yo no tengo problema en experimentar un poco. Solo entre nosotros, solo para volvernos más locos”.

Yo sentí un calor subir por mi vientre. Laura sonrió pícara desde el sofá: “Yo solo miro, como siempre… pero esto promete”.

Y así, sin grandes declaraciones ni etiquetas, empezó lo que ninguno habíamos previsto. Javier se acercó primero a Carlos, le puso una mano en el hombro, luego en el pecho, palpando los músculos bajo la camiseta. Carlos hizo lo mismo, sus dedos temblando ligeramente al rozar el torso de mi marido. Se quitaron las camisas despacio, mirándose como si se descubrieran por primera vez. Yo me quedé de pie, en lencería negra, observando hipnotizada cómo dos hombres que siempre habían sido “solo amigos heteros” se tocaban con una curiosidad tímida pero creciente.

Cuando Javier bajó la mano y rozó la erección de Carlos por encima del pantalón, Carlos soltó un jadeo bajo y cerró los ojos un segundo. “Joder…”, murmuró. Luego él hizo lo mismo con Javier. Se desabrocharon mutuamente los vaqueros, sacaron las pollas duras, y empezaron a masturbarse el uno al otro con movimientos lentos, exploratorios. Yo me senté en el sofá junto a Laura, las piernas abiertas, tocándome despacio mientras veía cómo sus manos subían y bajaban por los troncos familiares pero ahora en un contexto completamente nuevo.

A partir de ahí, todo fluyó. Me puse de rodillas entre ellos y empecé a chupar alternadamente, pero ahora sentía sus manos rozándose en mis labios, en mi pelo. Javier lamió por primera vez la base de la polla de Carlos mientras esta entraba en mi boca, y Carlos, sin pensarlo dos veces, hizo lo mismo cuando cambié a Javier.

El clímax llegó cuando Carlos me follaba tumbada en el sofá, profundo y fuerte como siempre, y Javier se colocó detrás de él. No hubo palabras; solo una mirada de consentimiento. Javier lubricó con saliva y entró despacio en el culo de Carlos mientras este seguía embistiéndome. Los tres gemimos al unísono. Yo sentía cómo la polla de Carlos se hinchaba más dentro de mí con cada empujón de Javier. Laura se sentó sobre mi cara, y lamí su coño mientras el ritmo se volvía salvaje.

El orgasmo fue colectivo y brutal: yo squirteando alrededor de Carlos, él corriéndose dentro de mí con un rugido, Javier saliendo y eyaculando sobre mi cara y mis tetas mientras Carlos, en un impulso final, se giraba y besaba a Javier con lengua, profundo, hambriento.

Después, nos quedamos abrazados los cuatro, riendo bajito, sudorosos. “Somos heteros con un asterisco”, bromeó Carlos. Javier asintió, besándome la frente: “Solo curiosidad… pero qué curiosidad más buena”.

Desde entonces, esas noches han sido esporádicas, siempre naturales, sin presiones ni etiquetas. Dos amigos heteros que, en la intimidad y conmigo como puente, se permiten explorar un poco. Y yo, en el centro de todo, no podría estar más satisfecha con cómo mi cuerpo curvy y la insistencia inicial de Javier abrieron puertas que ninguno sabíamos que existían.

Por Relatante32

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