Diario de un Puberto

Diario de un Puberto

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 —¡Buenos días, familia! —Denise saludaba alegremente mientras descendía las escaleras. Era hora de desayunar y se le notaba radiante mientras caminaba a la cocina donde ya la esperaban su madre y su hermano menor. 

      —Buenos días, hija —su madre correspondía al beso que la muchacha le daba en la mejilla como refuerzo del saludo matinal. 

      —¿Qué haces? —la chica abrazaba cariñosamente a la autora de sus días mientras preparaba el desayuno. 

      —Huevos rancheros. 

      —¡Hummm, que rico! 

      —¿Y tú, por qué no saludas?, ¿acaso “dormimos juntos”? 

      —Buenos días… —Saludó el muchacho a regañadientes. El énfasis que su hermana le había dado a su reclamo por la falta de saludo pareció causarle cierta incomodidad al adolescente. 

      La veinteañera se acomidió a terminar los platos de ella y su madre, pues su hermano ya disfrutaba del suyo. Mientras lo hacía, por el rabillo del ojo, Denise notaba que su hermano no perdía detalle de sus movimientos, aunque pretendía disimularlo. Para nada era la primera vez que la veía vestida con esos diminutos pantaloncillos deportivos verde pistache con franjas verde canario por los costados, ni con esa holgada camiseta blanca con esas flores enormes estampadas en verde y amarillo, era lo que solía usar de pijama y para andar por la casa simplemente solía rematar ese conjunto con unas chanclas. Gustaba de llevar sus rotundas piernas siempre al aire libre. 

      —Mujer, deberías ponerte algo más de ropa. Esa costumbre tuya de andar todo el día en “pijama”. 

      —Ay, mamá; ni que fuera para tanto… 

      Los tres ya disfrutaban del desayuno sentados a la mesa. 

      —Por cierto. Hace mucho que no te ponías esa playera, yo hasta creí que ya la habías tirado. 

      —¡Tirarla?, ¿pero cómo vas a creer eso, madre?, si es una de mis camisetas preferidas. Lo que pasa es que no la encontraba… Estaba perdida en un cajón en el que nunca se me hubiera ocurrido buscar… No sé cómo habrá llegado ahí, pero de pura casualidad se me ocurrió buscarla ahí, y… ¡Oh, sorpresa! ¡Ahí estaba! Por eso estoy tan contenta el día de hoy. Hace mucho que esta preciosura no dormía enfundada en esta otra preciosura. 

      Al chico se le notaba visiblemente nervioso, y la alegría que proyectaba su hermana parecía exasperarlo. 

      —Pero si ya está súper gastada, hasta se te trasparenta el… ¡Denise! ¿Qué desfiguros son esos, no traes..? 

      —No, mamá; no me puse… No lo necesito, mis amiguitas siempre han sido muy firmes, como un par de soldaditos… Además es nada más para andar en la casa y así me siento muy cómoda. El calorón que hace por las noches hace insoportable ponerse sostén. 

      —Por favor, no seas descarada, hazlo por respeto a tu hermano que está aquí a la mesa con nosotras. 

      —¿Qué tiene, mamá? Él está todavía muy chiquito como para ver a una mujer con malicia… Además, soy su hermana: “la machorrona”… —con toda intención recalcó la palabra, porque así comenzó a llamarla él para molestarla desde que comenzó a llevar el cabello tan cortito— Yo creo que verme así, para él debe ser como ver a cualquiera de sus amigos sin camisa. 

      —Pero míralo, el pobrecillo está todo apenado y hasta está sudando por el bochorno que le produce ver a su hermana casi con las chiches de fuera. No seas desvergonzada y cúbrete. 

      En efecto, el muchacho estaba completamente rojo, se le veía notablemente incómodo, su vista permanecía fija en el plato y no se atrevía a levantar la mirada. De vez en vez, Denise notaba en su hermano ese extraño ademán de intentar mover las orejas que se le adivinaban ardiendo por ese extremo color rojo que se les notaba. Lejos de mostrar algo de consideración para con su hermano, ella parecía disfrutarlo y daba rienda suelta a su desfachatez poniéndose a propósito en posturas en las que se hacían bastante notorios sus atributos físicos con esas redondeces que se mostraban en total libertad apenas disimuladas por la delgada tela. 

      El muchacho, bastante turbado apresuró lo que le restaba del desayuno y se puso de pie para retirarse. 

      —Óigame, muchachito, ¿a dónde cree que va con tanta prisa? 

      Él se quedó helado, como si su madre lo hubiera sorprendido in fraganti a media travesura. 

      —Recoja su plato y su vaso y lávelos, no se quiera hacer el gracioso. 

      El chico se apresuró a hacer lo que su madre le ordenaba. Habiendo terminado se retiró a su habitación a toda prisa. 

      —Ya en serio, hija; no te andes exhibiendo así delante de tu hermano, el pobre está en la edad en la que ese tipo de cosas deben ser bastante incómodas. 

      —Disculpa, mamá. Es que lo sigo viendo como a un chiquillo y a veces se me olvida que está creciendo. 

      —Y a todo esto, ¿dónde dices que habías guardado tu camiseta? 

      Denise no pudo evitar la risita nuevamente: 

      —Es que él la había escondido. 

      —¿En serio? 

      —Sí. Es que una vez que nos peleamos yo le escondí uno de sus juguetes favoritos y después de mucho tiempo se lo regresé. Supongo que como venganza escondió mi camiseta. 

      —¡Ah…! Por eso se puso así. Se enojó porque descubriste su escondite. Ya vayan dejando sus peleas infantiles. Tú lo tomas a juego, pero él se enoja de verdad. No seas tan mala con él, te encanta hacerlo desatinar. 

      —¡Ay, no es para tanto! Son tonterías sin importancia, no es que lo vaya a dejar traumado para toda la vida. 

      Siguieron charlando hasta terminar el desayuno. La madre se despidió ya que tendría que hacer algunas compras mientras que la hija decidió quedarse en casa para asear su habitación. Ella caminaba escaleras arriba, todavía disfrutaba la forma en que había hecho “desatinar” a su hermano pequeño. El día anterior, por orden de su madre y aprovechando que no estaría en gran parte del día, se había dedicado a asear el cuarto de su hermano y se le ocurrió mover la cama, de debajo de la misma, en un rincón junto a la pared se encontró con una serie de secretitos que él guardaba celosamente. Entre ellos se encontraban varias prendas de ella, que el calenturiento adolescente evidentemente usaba para masturbarse, pues mostraban los residuos de las múltiples eyaculaciones para las que habían servido como receptáculo. Algunas de las prendas eran ya inutilizables, pero otras las había logrado rescatar, como la playera que en esos momentos llevaba puesta. Aparentemente, su hermano no había notado tal cosa, hasta ahora que su hermana se había paseado frente a sus narices llevando una de las camisetas que le servían como aditamento masturbatorio. Tan ensimismada estaba en sus recuerdos que cuando entró a su cuarto se sorprendió encontrarse ahí con el muchacho que la increpaba: 

      —¿Dónde está? 

      —¿Qué cosa? —respondió frivolizando el asunto. 

      —Sabes muy bien de qué estoy hablando —el muchacho estaba notoriamente molesto. 

      —No, no sé de qué me hablas, ¿puedes ser más específico? 

      —No estoy jugando, si no me lo regresas soy capaz de… —el puberto empuñó amenazante su mano derecha y lanzaba chispas con la mirada. 

      —Mira, pedazo de animal; tal vez dentro de algunos años serás más grande y fuerte que yo, pero mientras tanto me haces los mandados, así que no me vengas con tus estupideces. 

      —Es que no es tuyo… ¡Devuélvemelo! 

      —No, no es mío; así como no son tuyas ni mis playeras, ni mis pantaletas, pero bien que las agarras para hacer tus cochinadas con ellas. 

      —E-eso no es cierto… 

      —¡Ah, no!, ¿y entonces de qué las embarras, del engrudo que te sobra cuando haces piñatas? —Dicho esto la cara de indignación de ella cambió drásticamente y comenzó a reír a carcajadas— Ja, ja, ja, ja… 

      —No te rías que eso hace que me dé más coraje. 

      —Ja, ja, ja… —Ella hacía intentos por no seguir riendo, pero no lo lograba del todo— Si no me río de tí, bueno, sí; pero me río más bien de la estupidez que dije. 

      —… —la cara del puberto era una gran interrogante. 

      —Ja, ja, ja… —Ella nuevamente intentaba controlar la risa—. No, no entendiste… Ja, ja, ja… Te explico: Es que no las embarras del engrudo que te “sobra” cuando haces “piñatas”, pero sí las embarras del engrudo que te “sale” cuando te haces “puñetas”…. Ja, ja, ja… 

      El pobrecillo tenía una expresión intermedia entre la indignación y la vergüenza total, sabía que era en vano cualquier pretexto que intentara sacarse de la manga, su afición había quedado al descubierto y nada podía hacer para negarlo. 

      —Tú tenías en tu poder algo mío y ahora yo tengo algo que es tuyo, estamos parejos… 

      —Es que no es lo mismo. 

      —No, no es lo mismo; pero tienes que hacer lo que yo, lo vas a recuperar hasta que lo encuentres, porque por mi voluntad yo no te lo voy a regresar. ¡Ahora lárgate de mi cuarto! —dicho esto, lo sujetó de un brazo y a pesar de que él intentaba oponer resistencia, con relativa facilidad lo arrastró hacia afuera de su cuarto, a punto estaba de lograr su objetivo cuando el chico logró sujetarse del marco de la puerta. 

      —Si no me lo regresas les voy a decir lo de mi tío Demetrio… 

      Ahora la que se quedó helada fue ella y de repente cesó en sus intentos por sacarlo. Se quedó mirándolo fijamente, con una mezcla de rabia y vulnerabilidad. 

      —Bueno, supongo que tienes fotos. 

      —¿Eh, n-no..! 

      —¿Un video? 

      — … —El chico negó con la cabeza. 

      —¿Grabaste nuestras voces mientras lo hacíamos? 

      —… —Una nueva negativa con la cabeza. 

      —Solamente tenía esa duda… Entonces no tengo nada de qué preocuparme, ¡fuera de aquí, inútil! —un empellón con el pie lo sorprendió y lo hizo caer  totalmente fuera de la habitación de su hermana. 

      El chico, encorajinado y con ganas de revancha se puso de pie. 

      —Estoy hablando en serio… Se lo digo a mi mamá si no me lo regresas. 

      El muchacho sonrió cuando vio entreabrirse la puerta y asomar por la rendija el rostro de su hermana. 

      —Idiota, si no tienes pruebas será solamente tu palabra contra la mía, ¿y a quién crees tú que le van a creer si les muestro un poquito de lo que escribes en ese cochino diario? 

      —¿Ya lo estuviste leyendo? —su rostro se puso pálido. 

      —¿Tú qué crees?… Hasta eso, no escribes tan mal… Pero ni sueñes con que algún día vaya a hacer contigo alguna de esas cochinadas que escribes. 

      El muchacho se puso rojo como colorín frotado en el pavimento. Estaba plenamente conciente de que su diario estaba plagado de alusiones sexuales a su hermana, además describía con lujo de detalle sus sueños húmedos, todos ellos inspirados por la misma fraternal musa; y no sólo eso, en él había plasmado las fantasías que ella le despertaba y que resultaban mucho más húmedas y calientes que sus propios sueños. De modo que se sintió desarmado, sabía que por mucho que fuera verdad lo de su hermana y su tío Demetrio, nadie le creería, ese hecho tan aberrante lo tomarían también como fruto de su cochina y calenturienta imaginación. 

      —Bueno, gracias por participar; hasta la vista, nene… 

      Él se quedó solo en el pasillo al tiempo que su hermana cerraba la puerta. Se sintió tan mal que no pudo evitar el llanto, rápidamente se encerró en su habitación para intentar desahogar su frustración. Nunca jamás se había sentido tan terriblemente, su mundo se derrumbaba. Se maldijo a sí mismo por ser tan descuidado, pero sobre todo por ser tan imbécil. Hubiera sido sencillo haber dejado sus fantasías así simplemente flotando en su imaginación, pero no, tenía que dárselas de escritor y escribirlas, y además, escribirlas con pelos y señales. En un principio había intentado rebautizarse y hacer lo propio con su hermana, pero no le resultaba tan excitante como usar sus nombres reales, eso le imprimía a sus fantasías un morbo que lo excitaba sobremanera. También había diseñado un código para cifrar sus escritos, pero le resultaba tan tardado usarlo que acabó por hacerlo a un lado, además, siempre que escribía, se masturbaba, así que le resultaba demasiado engorrosa la operación.

      En la otra habitación, Denise festejaba su triunfo al tiempo que repasaba las líneas escritas por su hermano. Sabía que estaba en la edad de la cosquilla, pero nunca hubiera imaginado que fuera precisamente ella el centro de las fantasías de su propio hermano, su hermanito menor. Había un momento en especial que le había llamado la atención y el cual solía releer continuamente; era el momento en el que su hermano había descubierto su secreta pasión por ella…

********

—¿Lo volviste a hacer, verdad?—. La voz de Denise cortó el aire de la cocina como un cuchillo. Su hermano menor, Javier, casi dejó caer el tenedor que sostenía torpemente entre los dedos.

El plato de huevos rancheros frente a él ya estaba medio vacío, pero de repente pareció perder todo interés en terminarlo. Las yemas amarillas se mezclaron con los frijoles refritos mientras empujaba la comida de un lado a otro del plato. Su camiseta de futbol, dos tallas más grande de lo necesario, se movía con cada respiración acelerada.

Denise se inclinó sobre la mesa, apoyando las palmas de las manos sobre el mantel de plástico floreado. El escote holgado de su camiseta blanca dejaba ver más de lo que hubiera querido en ese momento.

—No me mires así—, dijo ella, aunque su tono sonaba más a burla que a regaño.

En el fregadero, el chorro de agua seguía corriendo. La madre de ambos, ocupada lavando los trastes del desayuno, parecía decidida a fingir que no escuchaba la conversación. Pero el movimiento de sus hombros delataba que estaba prestando más atención de la que aparentaba. Las burbujas del jabón se acumulaban alrededor de sus muñecas mientras frotaba con más fuerza de la necesaria un sartén ya limpio.

El tenedor finalmente cayó con un tintineo metálico contra el plato. Javier tragó saliva, sintiendo cómo las palabras de su hermana se clavaban como alfileres en su garganta.

—No sé de qué hablas—, murmuró, pero el temblor en sus manos contaba otra historia.

Denise giró lentamente hacia el fregadero, donde su madre seguía lavando los trastes con una intensidad sospechosa.

—Mamá, ¿te acuerdas de mi brasier negro? El de encaje que compré en Victoria’s Secret el año pasado?—. La pregunta flotó en el aire como un globo a punto de reventar.

La espalda de la madre se tensó visiblemente. El agua seguía corriendo, pero sus movimientos se volvieron mecánicos, casi robóticos. “Debe estar en tu ropero, hija”, respondió con una voz que pretendía ser casual pero que vibró medio tono más alto de lo normal.

Javier aprovechó la distracción para levantarse de la mesa, derramando un poco de jugo de naranja en el proceso.

—Voy tarde al entrenamiento—, balbuceó mientras retrocedía hacia la puerta como un cangrejo asustado.

Pero Denise era más rápida. Con un movimiento felino, bloqueó su salida, apoyando una mano en el marco de la puerta. Su camiseta se estiró, revelando la forma firme de sus pechos sin sostén. Javier desvió la mirada tan rápido que casi se tuerce el cuello.

—¿Te gusta robarme mi ropa interior, hermanito?—, susurró Denise, lo suficientemente bajo para que su madre no escuchara, pero con una claridad que hizo que Javier sintiera que se le encogían las entrañas. —Porque si es así, podríamos llegar a un… arreglo.

En el fregadero, el chorro de agua se cortó abruptamente. Un silencio eléctrico llenó la cocina. La madre giró lentamente, con las manos todavía goteando, los ojos saltando de un hijo al otro como en un partido de tenis.

—¿Qué está pasando aquí exactamente?

Javier abrió la boca, pero sólo salió un sonido estrangulado. Denise sonrió, disfrutando cada segundo de su agonía.

—Nada importante, mamá. Sólo estaba recordándole a Javier que hoy tiene que ayudarme a limpiar mi closet.

Las gotas de agua caían de los dedos de la madre al piso, marcando el ritmo de los tres corazones acelerados en la habitación. Javier miró desesperadamente hacia la puerta trasera, calculando si podría alcanzarla antes de que su hermana lo atrapase de nuevo.

Pero Denise ya había cambiado de táctica. Con un movimiento teatral, se estiró hacia arriba, haciendo que su camiseta se levantara lo suficiente para mostrar un destello de piel bronceada entre el borde de sus shorts y el inicio de su torso.

—Después del entrenamiento, ¿verdad, Javi?

El apodo infantil sonó como una sentencia. Javier asintió mecánicamente, sintiendo que el pánico se apoderaba de él. Porque sabía, con una certeza que lo enfermaba, que esta tarde no se trataba de limpiar closets.

Y lo peor de todo era que una parte de él -esa parte oscura y vergonzosa que nunca admitiría en voz alta- ya estaba anticipando ese momento.

El reloj de pared marcaba las 3:17 PM cuando Javier empujó la puerta de la casa con el hombro, sudoroso y con la respiración aún entrecortada del entrenamiento. El silencio del hogar lo recibió como un manto pesado, demasiado silencio. Sabía exactamente qué significaba: mamá había salido de compras como solía hacer los martes, y Denise… Denise estaría esperándolo.

Las escaleras crujieron bajo sus pies con cada paso cauteloso, como si el mismo pasillo conspirara contra él. Al llegar al descanso, una risita ahogada filtrándose por la puerta entreabierta de su hermana lo paralizó. No era una risa normal, era esa risa burlona que Denise reservaba para cuando sabía que tenía ventaja. Javier apretó los puños, sintiendo las uñas clavarse en las palmas.

—¿Vas a quedarte ahí parado como estatua o entras? —la voz de Denise, dulce y afilada como miel envenenada, lo sacó de su trance. La puerta se abrió del todo, revelando a su hermana reclinada sobre la cama con un libro en las manos—no cualquier libro, sino el maldito diario que ella jamás debería haber encontrado.

—Denise, por favor—la voz de Javier sonó más débil de lo que hubiera querido. Avanzó como un condenado hacia el patíbulo, notando cómo su hermana hojeaba las páginas con una sonrisa que le heló la sangre.

—Mmm, esta parte es interesante—dijo Denise, señalando un párrafo con el dedo—. «Soñé que ella me dejaba tocarla mientras me miraba con esos ojos…» ¿Qué ojos, Javi? ¿Los míos? —Su mirada era un abismo del que Javier no podía escapar, igual que en esos sueños que ahora lo avergonzaban hasta la médula.

El cuarto giraba. Javier sintió que el suelo cedía bajo sus pies cuando Denise cruzó las piernas lentamente, haciendo crujir el colchón. El movimiento hizo que su shorts deportivo se subiera unos centímetros, revelando más muslo del que cualquier hermano debería notar.

—Podríamos hacer un trato—susurró Denise, cerrando el diario con un golpe seco—. Te devuelvo tus… escritos creativos, y tú me devuelves lo que has estado robando. Todo. Hasta el último hilo.

Javier tragó saliva. Sabía que no se refería sólo a la ropa.

El aire en el cuarto de Denise olía a loción de coco y algo más—algo húmedo, íntimo, que hacía que Javier sintiera cómo la garganta se le cerraba. La ventana estaba entreabierta, pero la brisa de la tarde no lograba disipar el calor que subía por su nuca mientras miraba fijamente el diario en manos de su hermana. Las páginas amarillentas se doblaban bajo los dedos de Denise, como si ella misma disfrutara de la textura del papel manchado, de las esquinas gastadas por tantas noches de uso clandestino.

—No lo robes más —dijo Denise, dejando caer el diario sobre la cama con un gesto teatral—. Pídelo. —Su voz era suave, pero cada palabra caía como un latigazo. Javier sintió cómo el sudor frío le recorría la espalda bajo la camiseta pegajosa del entrenamiento.

El silencio se extendió hasta volverse insoportable. Denise se inclinó hacia adelante, balanceándose ligeramente sobre la cama, y Javier no pudo evitar notar cómo el escote de su camiseta se abría, revelando la sombra entre sus senos. Un detalle que él había descrito con vergonzoso detalle en la página 27.

—¿Y si te digo que no? —musitó Javier, desafiante a pesar del temblor en sus rodillas.

Denise se rió, una risa baja, cargada de algo que Javier no podía identificar.

—Entonces mamá encontrará tu colección —respondió, deslizando una mano debajo de la almohada y sacando algo pequeño, negro… el brasier de encaje que había desaparecido hacía tres semanas. Lo sostuvo entre el índice y el pulgar, balanceándolo como un péndulo—. Y no solo este. Todos. Incluso ese calzón rojo que tanto te gusta.

Javier sintió que el suelo se movía bajo sus pies. El calzón rojo. El que había escondido en una caja de zapatos bajo la cama, envuelto en un calcetín como si fuera un tesoro.

—¿Qué quieres? —preguntó, con la voz más ronca de lo que jamás la había escuchado Denise.

Ella sonrió, lenta, deliberadamente, mientras se acercaba hasta quedar a solo un aliento de distancia.

—Quiero que me lo pidas. —Su aliento olía a menta y a algo más dulce—. Y quiero que me mires a los ojos cuando lo hagas.

El aire entre ellos se espesó como jarabe caliente, pegajoso y dulce. Javier podía contar cada peca en el puente de la nariz de Denise, cada mota de rímel en sus pestañas inferiores. El brasier negro se mecía entre ellos como un péndulo hipnótico, el encaje rozando a veces su camiseta sudada del entrenamiento. “No lo hagas”, pensó, pero su boca se abrió sola.

—Deni…— la voz le quebró en la sílaba infantil. Tragó y empezó de nuevo, las palabras saliendo en un susurro ronco—: Dame mi diario.

Ella arqueó una ceja, el movimiento casi imperceptible, pero suficiente para que Javier sintiera el fracaso antes de que su hermana hablara:

—¿Eso es pedirlo? —El brasier cayó sobre su propia palma, la tela negra contrastando obscenamente con su piel dorada—. Vamos, Javi. Di exactamente lo que quieres.

En el pasillo, el viejo reloj de la abuela tictaqueó tres veces antes de que Javier encontrara el coraje para alzar la vista. Los ojos de Denise no eran burlones ahora—eran oscuros, curiosos, con una intensidad que le recordó a esas noches de verano antes de la pubertad, cuando se colaba en su cama después de una pesadilla y ella le permitía quedarse, siempre que no se moviera.

—Quiero…— las palabras se le atascaron en la garganta, pero entonces Denise inclinó la cabeza, dejando que un mechón de pelo corto le cayera sobre la frente. Ese gesto casual, tan típico de ella, hizo que algo se desprendiera dentro de Javier—: Quiero que me devuelvas mi diario— respiró hondo, sintiendo el calor subirle por el cuello—. Por favor.

Denise se quedó quieta un segundo eterno. Luego, con movimientos deliberadamente lentos, extendió el diario hacia él. Javier lo alcanzó, pero ella no soltó de inmediato, sus dedos rozándose en un contacto que quemó más que el sol de la tarde en la cancha.

—Sabes que esto no termina aquí— murmuró Denise mientras él arrancaba el cuaderno como si estuviera en llamas—. Todavía tengo cosas tuyas. Cosas que…— una sonrisa jugueteó en sus labios— probablemente extrañas.

El corazón de Javier galopó contra sus costillas. Porque sí, Dios, sí extrañaba ese calzón rojo, ese trozo de tela que había sido testigo de tantas fantasías. Y por la forma en que Denise lo miraba, sabía exactamente lo que estaba pensando.

El diario cayó entre las manos de Javier con un peso que no debería tener, como si cada página estuviera impregnada de culpa y deseo. Los dedos le temblaban al cerrar la tapa, evitando mirar las esquinas dobladas, las manchas que delataban sus noches en vela. Denise seguía allí, demasiado cerca, el calor de su cuerpo rozando el espacio que los separaba. “No es suficiente”, murmuró ella, y Javier supo que era verdad. No bastaba con recuperar el diario, porque los secretos ya estaban fuera, esparcidos entre los pliegues de la memoria de su hermana como migajas imposibles de recoger.

—¿Qué más quieres? —preguntó Javier, con la voz tan rasposa que apenas la reconoció como propia. Denise se mordió el labio inferior, un gesto que él había descrito tres veces en aquel maldito cuaderno.

—Quiero verlo —dijo al fin, deslizando un dedo sobre el lomo del diario—. Quiero que me leas en voz alta tu página favorita.

El aire se espesó. Javier sintió el impulso de arrojar el diario por la ventana, de fingir que nunca había existido. Pero entonces Denise se inclinó, y el escote de su camiseta reveló la curva de un seno, apenas velado por la tela delgada. Era una trampa, claro, pero qué trampa más dulce.

—Página cuarenta y dos —susurró Denise, como si lo supiera. Y lo sabía.

Javier abrió el diario con manos torpes. Las letras danzaban ante sus ojos, pero no hacía falta verlas para recordar cada palabra. “Soñé que ella entraba en mi cuarto con ese short verde…”. La voz le quebró al llegar al pasaje donde describía cómo Denise se sentaba a horcajadas sobre él, fingiendo regañarlo por robarla la ropa mientras sus caderas se movían con una lentitud tortuosa.

Denise no se rió esta vez. Sus ojos oscuros brillaban con algo que no era burla, sino curiosidad voraz. Cuando Javier terminó, ella tomó el diario de sus manos y lo arrojó sobre la cama.

—Ahora dime —murmuró, acercándose hasta que su aliento le acarició la oreja—: ¿Cuántas veces te has tocado pensando en mí?

La pregunta lo atravesó como un cuchillo caliente. Javier cerró los ojos, pero eso sólo hizo más vívidas las imágenes: Denise en la ducha, Denise vistiéndose, Denise mordiendo ese maldito labio.

—Demasiadas —confesó, y su voz sonó rota.

Denise sonrió, satisfecha, y Javier supo que esto no era el fin, sino el principio de algo mucho más peligroso.

El silencio se extendió como un lago de mercurio entre ellos, denso y reflectante. Denise giró lentamente el torso hacia Javier, y el crujido de la cama bajo su peso sonó como un disparo en aquel cuarto saturado de tensiones no dichas.

—Demasiadas —repitió ella, saboreando la palabra mientras sus dedos jugueteaban con el elástico de sus shorts—. ¿Y cuál fue la mejor? —preguntó, inclinándose hasta que su aliento le acarició la mejilla—. No mientas. Ya leí tu diario entero.

Javier sintió cómo el sudor frío le recorría la espalda. El reloj de pared marcaba las 4:23 PM, y cada tictac sonaba como el martillo de un juez. Sabía que Denise no soltaba fácilmente las presas—lo había visto con los juguetes de su infancia, con sus libros, con todo lo que ella decidía que le pertenecía. Y ahora, de algún modo perverso, él se había convertido en uno de esos objetos.

—La del vestido azul —murmuró al fin, clavando la mirada en la costura de la alfombra—. Cuando escribiste que soñaste que yo te enseñaba a bailar y… —la voz se le quebró— y el vestido se subía solo.

Denise emitió un sonido entre risa y suspiro, y Javier no necesitaba mirarla para saber que estaba sonriendo con esa sonrisa de gata que reservaba para cuando sentía que ganaba.

—Qué curioso —dijo, deslizando una mano bajo la almohada—. Porque justo hoy me puse esto —y sacó un trozo de tela azul celeste que Javier reconoció al instante: el vestido de verano que ella usaba dos tallas más pequeño desde los catorce años, el que ya no le cerraba bien en los hombros ni en la cintura.

Javier sintió que el aire le quemaba los pulmones. Denise se puso de pie con movimientos fluidos, sosteniendo el vestido contra su cuerpo como si fuera un trofeo.

—Todavía me queda —murmuró, haciendo girar la tela entre sus dedos—. Aunque apretado. Muy apretado. —Sus ojos encontraron los de Javier—. Como en tu sueño.

En el pasillo, el crujido de la puerta principal los sobresaltó a ambos. La voz de su madre llamando desde la entrada los congeló en su macabra coreografía.

—¡Llegué! ¿Dónde están mis hijos?

Denise no apartó la mirada de Javier mientras doblaba el vestido con deliberada lentitud.

—Esta conversación no ha terminado —susurró Denise mientras escondía el vestido azul bajo la almohada con un movimiento rápido. Javier apenas tuvo tiempo de esconder el diario bajo su camiseta antes de que los pasos de su madre resonaran en las escaleras.

—¡Deni! ¡Javi! —la voz de la madre subía desde el primer piso, teñida de esa mezcla de cansancio y alegría que siempre traía de las compras—. Bajen a ayudarme con las bolsas.

Denise se ajustó la camiseta holgada, como si con ese gesto pudiera borrar los últimos minutos. Al pasar junto a Javier, susurró: —Si dices una palabra de esto, ese diario termina en manos de mamá. —Su sonrisa era dulce como el veneno.

Javier tragó saliva, sintiendo el peso del cuaderno contra su abdomen como si estuviera incrustado con clavos ardientes. Cuando Denise salió del cuarto, él se quedó paralizado, escuchando el taconeo alegre de su hermana bajando las escaleras.

El vestido seguía ahí, bajo la almohada.

El diario ardía contra su piel.

Y en algún lugar entre ambos, la verdad esperaba para salir.

—¡Javier! —el grito de su madre lo sacó del trance.

Corrió escaleras abajo, casi tropezando en el último peldaño. Su madre ya estaba en la cocina, sacando latas de una bolsa de supermercado. Denise, sonriente e inocente, le pasaba los paquetes mientras lanzaba miradas furtivas a Javier.

—Hijo, ¿qué te pasa? Estás sudando como si hubieras corrido un maratón —dijo su madre, arrugando la frente mientras le pasaba una bolsa con huevos.

—Nada, mamá. Calor —murmuró Javier, evitando mirar a Denise, que ahora fingía interés en revisar una bolsa de pan.

Su madre suspiró. —Ay, estos adolescentes. Todo les da calor —dijo, sacudiendo la cabeza—. Denise, pon estos en el refrigerador.

Denise obedeció, rozando a Javier al pasar. Su hombro contra el suyo, un contacto eléctrico que lo hizo contener la respiración.

—¿Y tú, muchacho? —su madre le señaló las bolsas restantes—. No te quedes ahí mirando el aire.

Javier asintió, mecánicamente, pero mientras tomaba las bolsas, sus ojos se encontraron con los de Denise a través de la puerta del refrigerador.

Ella sonrió, lamiéndose los labios como si acabara de probar algo delicioso.

Y supo, con certeza absoluta, que esto apenas comenzaba.

El refrigerador emitió un zumbido bajo cuando Denise cerró la puerta con un golpe seco. Javier sentía las bolsas del supermercado pesando en sus brazos como si estuvieran llenas de piedras en lugar de latas de frijoles y paquetes de pasta. Su madre, ajena a la corriente eléctrica que recorría el espacio entre sus hijos, seguía sacando provisiones con ese ritmo metódico de quien ha repetido el ritual mil veces.

—Denise, ve a buscar las bolsas que dejé en el auto —ordenó la madre sin levantar la vista del paquete de espagueti que revisaba por gorgojos.

Denise asintió, pero en lugar de dirigirse directamente a la puerta, se deslizó detrás de Javier, tan cerca que el olor a su champú de coco le inundó las fosas nasales. —Nos vemos arriba —susurró contra su oreja con una voz tan baja que apenas registró como vibración más que como sonido.

Javier casi dejó caer las bolsas. Las manos le sudaban contra el plástico.

—¿Javier? —su madre alzó una ceja—. Pareces distraído hoy.

—Es… el calor —mintió de nuevo, maldiciendo mentalmente lo predecible de su excusa.

Su madre suspiró y señaló hacia la alacena. —Guarda eso antes de que se derrita lo que sea que traes en la cabeza.

El sonido de la puerta principal cerrándose anunció el regreso de Denise, cargada con dos bolsas más. Javier aprovechó para escabullirse hacia la alacena, donde los frascos de especias lo miraban como pequeños testigos silenciosos de su incomodidad.

—Aquí tienes, mamá —oyó decir a Denise con esa voz dulce que usaba cuando quería algo—. Por cierto, necesito ayuda con una cosa en mi cuarto. ¿Javier puede subir un momento?

Javier apretó tanto un paquete de arroz que casi lo revienta.

—Claro, sólo terminen pronto —respondió la madre mientras separaba las manzanas en el frutero—. La cena no se hará sola.

Denise no esperó. Con un gesto de cabeza indicó a Javier que la siguiera. En las escaleras, cada escalón crujió como una advertencia. Javier contuvo la respiración cuando pasaron frente a la puerta del baño, donde el espejo reflejó por un instante su expresión: pálida, con los ojos demasiado abiertos.

El pasillo del segundo piso estaba bañado en la luz dorada del atardecer que se filtraba por la ventana del fondo. Denise caminó hasta su habitación con la seguridad de un general que conduce a su prisionero al cadalso.

—Entra —ordenó, sosteniendo la puerta abierta.

Javier cruzó el umbral como quien camina hacia su propia ejecución.

Denise cerró la puerta con un clic apenas audible.

—Ahora —dijo, apoyándose contra los tablones de madera—, vamos a hablar de tu problema de autocontrol.

Javier sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

—No sé de qué hablas.

Denise sonrió y sacó algo de su bolsillo trasero: el diario.

—Mentiroso.

El corazón de Javier latía tan fuerte que temía que Denise pudiera oírlo. El diario en sus manos parecía arder, cada página llena de secretos que ahora estaban expuestos como heridas abiertas. Denise se acercó, pisando con cuidado los tablones del piso que crujían bajo su peso, como si el mismo cuarto estuviera conspirando con ella.

—¿Sabes lo que más me llamó la atención? —preguntó Denise, hojeando el diario con dedos que parecían disfrutar cada roce del papel—. No fueron las veces que describiste cómo me imaginabas. Fue cómo escribiste sobre el remordimiento después. —Levantó la mirada, clavándola en Javier—. Como si supieras que estaba mal, pero no pudieras evitarlo.

Javier tragó saliva. El aire en la habitación era denso, cargado con el olor a jabón de coco de Denise y algo más, algo eléctrico que le hacía sentir que cualquier movimiento podría desencadenar algo irreversible.

—Deni, por favor… —su voz sonó quebrada, casi infantil.

Ella cerró el diario de golpe, haciendo que Javier diera un pequeño salto.

—Aquí tienes dos opciones —dijo Denise, sosteniendo el cuaderno contra su pecho—. La primera: sigues mintiendo, y este diario termina en las manos de mamá antes de que termine la cena. —Una sonrisa lenta se extendió por sus labios—. La segunda: aceptas que esto ya no es un juego, y jugamos “de verdad”.

Javier sintió que las paredes se cerraban a su alrededor. El vestido azul aún estaba escondido bajo la almohada de Denise, y ahora el diario, su último refugio de privacidad, estaba en sus manos.

—¿Qué… qué quieres decir con “de verdad”? —preguntó, aunque una parte de él ya sabía la respuesta.

Denise no respondió de inmediato. En lugar de eso, se acercó hasta quedar a un palmo de distancia, lo suficiente para que Javier pudiera sentir el calor de su cuerpo a través de la delgada tela de su camiseta.

—Quiero que me lo digas —susurró, arrastrando las palabras como un cuchillo—. Quiero que me digas, aquí y ahora, qué harías si te dejara tocarme.

En ese momento, el timbre del teléfono de Denise sonó desde el bolsillo de sus shorts, cortando la tensión como un rayo. Ambos se sobresaltaron, y por un instante, el hechizo se rompió.

—Mierda —murmuró Denise, apartándose para sacar el teléfono.

Javier aprovechó el momento para respirar, pero su alivio duró poco.

—Es mamá —dijo Denise, leyendo el mensaje—. Dice que bajemos ya, que la cena está lista.

Sus ojos volvieron a encontrarse, y Javier supo que esto no había terminado.

—Esto sigue después —prometió Denise, metiendo el diario en su cajón de ropa interior con un gesto teatral—. Y cuando lo haga, quiero una respuesta.

El timbre de la cena resonó como un disparo en el silencio cargado de la habitación. Javier todavía sentía las palabras de Denise ardiendo en su piel—esa pregunta que lo había dejado paralizado entre el deseo y el terror. Ella guardó el diario en su cajón con un gesto deliberadamente lento, como si disfrutara cada segundo de su agonía.

—No pienses que te libraste —murmuró Denise mientras pasaba junto a él, rozándolo con el hombro de manera que hizo que su camiseta se pegara brevemente al sudor de su espalda—. Esto es un intermedio, no un final.

Bajaron las escaleras en silencio, separados por exactamente tres escalones, una distancia que a Javier le parecía un abismo y al mismo tiempo un espacio peligrosamente corto. Desde la cocina llegaba el aroma a cebolla sofrita y el sonido de los cubiertos chocando contra los platos. Su madre, ajena a todo, canturreaba una canción de moda mientras servía la cena.

—Ahí están mis tardones —dijo al verlos, sin levantar la vista del arroz que acomodaba con una cuchara de madera—. Javier, tráete las servilletas. Denise, el agua.

Denise obedeció de inmediato, pero al pasar junto a Javier frente al cajón de los cubiertos, sus dedos se deslizaron por su muñeca en un movimiento que su madre no podía ver. Fue un contacto fugaz, eléctrico, que dejó a Javier con la respiración entrecortada.

—No te preocupes, hermanito —susurró Denise mientras llenaba los vasos—. Cuando mamá se duerma esta noche, seguiremos nuestra… conversación.

Javier apretó los puños alrededor de las servilletas de tela. Sabía que Denise no soltaba fácilmente una presa—lo había visto con los gatos del vecindario, jugando con los pájaros antes de dar el zarpazo final. Y ahora él era el pájaro con el ala rota.

—¿Todo bien, hijo? —preguntó su madre al notar su expresión tensa.

—Sí, mamá —mintió, sentándose frente a Denise, cuyos ojos brillaban con malicia sobre el borde de su vaso de agua—. Sólo que… tengo calor.

Denise sonrió, lamiéndose los labios como si acabara de saborear algo dulce.

—Pobrecito —dijo en un tono que sonaba falso para cualquiera que no conociera el juego—. Tanto calor que hasta le tiemblan las manos.

Y mientras su madre servía la sopa, ignorando la corriente subterránea entre sus hijos, Javier supo que la noche sería larga. Muy larga.

El tenedor de Javier tembló contra el plato, produciendo un tintineo que hizo que su madre alzara la vista. Denise sonrió desde el otro lado de la mesa, hundiendo su cuchara en la sopa con una lentitud calculada. La cuchara emergió llena, y ella se la llevó a los labios con los ojos fijos en Javier, como si el caldo fuera su sudor y ella quisiera saborearlo.

—Mamá —dijo Denise de pronto, dejando la cuchara sobre el plato con un clic—. ¿Te acuerdas de cuando Javier era chiquito y le daba miedo dormir solo?

La madre rio mientras cortaba un trozo de pan. —¡Ay, sí! El pobre gritaba como si lo estuvieran matando.

Javier apretó los dientes. Sabía lo que venía.

—Una vez —continuó Denise, jugueteando con el borde de su servilleta— entré a su cuarto para calmarlo y me agarró tan fuerte que casi me desgarra la camiseta. —Sus dedos tiraron ligeramente del escote de su blusa, revelando por un segundo el inicio de una cicatriz—. Mira, hasta me dejó marca.

La mentira era tan audaz que Javier casi escupe el agua. Nunca había hecho eso. Pero su madre, distraída con el arroz, asintió con ternura.

—Los niños son así —murmuró—. No saben su propia fuerza.

Denise se lamió el labio inferior, manteniendo la mirada en Javier. —Ahora es al revés. Ahora soy yo la que no sabe controlarse.

El aire se espesó. Javier tragó saliva, sintiendo el peso del diario escondido en el cajón de arriba, lleno de confesiones que Denise ahora usaba como munición.

—Deni —susurró, casi suplicante.

Ella inclinó la cabeza, como un gato observando a un pájaro herido. —¿Sí, hermanito?

En ese momento, el teléfono de la madre vibró contra la mesa, rompiendo el encantamiento.

—¡Ay, la vecina! —exclamó al leer el mensaje—. Se le rompió el calentador. Voy a verla un momento. —Se levantó, dejando el plato a medias—. Ustedes terminen.

La puerta trasera se cerró con un golpe seco.

Denise no esperó. Con un movimiento rápido, tomó la mano de Javier y la colocó contra su muslo bajo la mesa.

—Dime —ordenó, apretando sus dedos contra su piel—. ¿Es esto lo que escribiste en tu diario?

Javier intentó retirar la mano, pero ella la sostuvo con una fuerza que lo sorprendió.

—O me lo cuentas todo ahora —susurró Denise, acercándose hasta que su aliento le acarició la oreja—. O esperamos a que mamá vuelva… y se lo cuento yo.

El tictac del reloj de la cocina marcó tres segundos de silencio antes de que Javier, finalmente, comenzara a hablar.

El reloj seguía marcando los segundos con un tic-tac que resonaba como un metrónomo de la condena. Javier sentía la piel de Denise ardiendo bajo sus dedos, la tela de sus shorts deportivos tan delgada que podía percibir cada poro, cada vello erizado.

—Empecé a escribir sobre ti después del verano pasado —confesó Javier, las palabras saliendo como un hilo de voz rota—. Cuando te cortaste el pelo tan corto y empezaste a usar esos tops que… que se te subían al hacer ejercicio.

Denise no apartaba sus ojos oscuros de él. Con la mano libre, tomó un trozo de pan y lo mordió lentamente, haciendo que las migas cayeran sobre el escote que tanto había descrito Javier en las páginas prohibidas.

—¿Y qué más? —preguntó con la boca llena, apretando aún más su mano contra su muslo—. No me digas que te detuviste en mi ropa.

El sonido de un auto pasando por la calle se filtró por la ventana abierta. Javier tragó saliva, notando cómo el pulso de Denise aceleraba bajo sus yemas de los dedos.

—Escribí sobre… sobre cuando te duchabas después del gimnasio —susurró—. Que dejabas la puerta del baño entreabierta. A propósito.

Denise soltó una risa baja, como el arrastre de una silla sobre madera.

—Ahora entiendo por qué siempre estabas “haciendo tarea” en el pasillo —dijo, guiando su mano más arriba, hasta donde el short se convertía en calor puro—. ¿Y esto también lo escribiste?

Javier intentó retirarse de nuevo, pero ella tenía sus dedos atrapados como en un cepo. Fuera, el sonido de pasos en la acera hizo que ambos contuvieran el aliento hasta que se alejaron.

—Dios, estás temblando —murmuró Denise, rozando su mejilla con los labios—. Pero no de miedo, ¿verdad?

El teléfono de la cocina vibró sobre la mesa. Un mensaje de su madre: “Demoraré 10 minutos más”.

Denise lo leyó y sonrió como quien recibe una invitación.

—Nos alcanza —dijo, levantándose de golpe y arrastrando a Javier de la mano—. Arriba. Ahora.

El ascenso por las escaleras fue una marcha forzada, con Denise tirando de Javier como un perro que arrastra a su presa hacia su guarida. Cada escalón crujió como un hueso rompiéndose bajo la presión de sus pasos sincronizados. Javier apenas podía respirar—el aire se había vuelto espeso, cargado con el aroma a jabón de coco de Denise y algo más, algo húmedo y eléctrico que le quemaba las fosas nasales.

Al llegar al rellano, Denise lo empujó contra la pared con un movimiento brusco que le arrancó un gemido. La pintura fría se le clavó en la espalda a través de la camiseta mientras ella le inmovilizaba las muñecas contra el yeso.

—Diez minutos —susurró Denise, rozando sus dientes contra la oreja de Javier—. Exactamente lo que tardaste la primera vez que te masturbaste pensando en mí. Lo escribiste en la página cuarenta y tres, junto al dibujo de mi sostén.

Javier cerró los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrar la vergüenza que le subía por el cuello en oleadas ardientes. Pero Denise no le dio tregua—con un movimiento experto, le desabrochó el primer botón del jeans y deslizó los dedos bajo el elástico de su ropa interior.

—A ver —murmuró, sonriendo al sentir cómo él se estremecía—. ¿Es igual que en tus fantasías?

El sonido de un motor deteniéndose frente a la casa los paralizó. Denise retiró la mano como si hubiera tocado un hierro al rojo y se apartó bruscamente, ajustándose la camiseta que se le había subido durante la lucha silenciosa. Javier se quedó pegado a la pared, jadeando, con los ojos fijos en la ventana del pasillo donde se veía el reflejo de unas luces de auto apagándose.

—Mierda —masculló Denise, lanzando una mirada furiosa hacia abajo, donde la evidente excitación de Javier delataba su complicidad—. Es ella.

Los pasos en el jardín anterior resonaron como tambores de guerra. Denise empujó a Javier hacia su habitación con un codazo en las costillas.

—A las doce —le ordenó en un susurro áspero—. Cuando mamá esté dormida. Y trae el diario.

La puerta trasera chirrió al abrirse.

—¡Hijos! —llamó la madre desde abajo—. ¿Dónde están?

Denise bajó corriendo las escaleras, arreglándose el pelo con dedos que minutos antes habían estado explorando territorios prohibidos.

—¡Aquí, mamá! —respondió con voz cantarina, tan falsa como su sonrisa—. Javier se fue al baño.

El agua corriendo en el lavabo del primer piso ahogó el sonido de la puerta del baño cerrándose de golpe, donde Javier se hundió contra la madera, temblando, con las manos aún oliendo a coco y pecado.

El agua helada del grifo no logró apagar el fuego que le corría por las venas. Javier se frotó las manos con tanta fuerza que le ardieron las muñecas, como si quisiera borrar no solo el aroma a coco, sino la memoria misma de esos dedos traviesos que habían trazado caminos prohibidos sobre su piel. En el espejo empañado, su reflejo lo acusaba: pupilas dilatadas, labios partidos por los mordiscos nerviosos, el cuello marcado donde los dientes de Denise habían rozado sin llegar a clavarse… pero lo suficiente para dejar una huella fantasmal.

En el pasillo, los pasos de su madre y Denise resonaban como tambores de guerra. “—¿Y Javier?” preguntó la voz maternal. “—Se sintió mal del estómago”, mintió Denise con esa facilidad para torcer la verdad que siempre lo había fascinado y aterrorizado por igual. La puerta del baño tembló cuando alguien —él sabía quién— apoyó una mano contra el marco desde el otro lado. Podía imaginarla ahí, sonriendo con esos dientes de loba, disfrutando cómo lo había dejado: duro, confundido y atrapado en su propia red de mentiras escritas.

El reloj del pasillo dio las once con un sonido que le recordó a la caída de un hacha. Javier contó los minutos en sus nudillos blanquecidos: tres horas hasta la medianoche. Tres horas para decidir si llevaría el diario como ella había ordenado, o si lo quemaría en el patio trasero como debería haber hecho semanas atrás. Un golpe suave en la puerta lo hizo saltar. “—Hermano”, susurró Denise con esa voz melosa que usaba cuando quería algo. La cerradura giró lentamente, pero él atajó la puerta con el pie. “—Vete al diablo”, masculló, sorprendido por el veneno en su propia voz.

Desde el otro lado llegó una risa ahogada, seguida del sonido de unos dedos deslizándose por la madera como arañas. “—A las doce”, repitió Denise antes de alejarse, dejando tras de sí un rastro de perfume barato y promesas sucias. Javier se dejó caer contra la taza del inodoro, las manos enterradas en su pelo corto, imaginando las páginas de ese maldito diario esparcidas sobre la cama de Denise, sus palabras más oscuras leídas en voz alta por esos labios que ahora sabía sabían a menta y venganza.

Fuera, la llena llena comenzaba a ascender, pintando de plata los vidrios de la ventana del baño. Javier respiró hondo y se levantó, decidido. Si Denise quería jugar, lo haría… pero esta vez, él escribiría las reglas.

El sonido del reloj de pared marcando las once y media resonó como un martillo en el cráneo de Javier. Estaba acurrucado en el suelo del baño, las rodillas pegadas al pecho, tratando de que los latidos de su corazón no delataran su ubicación. Afuera, los pasos de Denise subían y bajaban las escaleras con la precisión de un depredador olfateando a su presa. Cada vez que se acercaba al baño, Javier contenía la respiración hasta que los pasos se alejaban nuevamente.

—Javier —susurró Denise justo al otro lado de la puerta, su voz un dulce veneno goteando por la madera—. Sé que estás ahí. Puedo oler tu miedo.

Sus dedos arañaron la superficie de la puerta, produciendo un sonido que le erizó la piel a Javier. Era como si ya lo tuviera desnudo ante ella, expuesto no solo físicamente, sino con todas esas palabras prohibidas del diario flotando entre ellos como humo de una hoguera.

—No me hagas esperar hasta medianoche —continuó Denise, apoyando lo que Javier supuso era su frente contra la puerta—. Sabes que siempre consigo lo que quiero.

El crujido de la madera bajo su peso sonó como un hueso rompiéndose. Javier apretó los ojos con fuerza, imaginando la sonrisa de triunfo de su hermana cuando finalmente cediera. Pero esta vez no sería tan fácil. Con un movimiento brusco, se levantó y abrió el grifo al máximo, ahogando cualquier posible respuesta.

Denise se rió bajito, ese sonido gutural que hacía cuando encontraba especialmente divertida su resistencia. —Muy bien —dijo, alejándose—. Pero recuerda, hermanito… a las doce, con o sin el diario, voy a cobrar mi deuda.

El sonido de sus pasos descendiendo las escaleras debería haberlo aliviado, pero solo le dejó una sensación de anticipación viscosa en el estómago. Javier se miró en el espejo empañado: tenía los ojos inyectados en sangre y los labios partidos de tanto mordérselos. Se lavó la cara con agua fría, pero el calor que lo recorría era interno, imposible de apagar.

Al salir del baño, el pasillo estaba vacío excepto por el eco de las risas de Denise y su madre en la cocina. Javier se deslizó como una sombra hacia su habitación, donde el diario yacía escondido bajo el colchón, esperando como una bomba de tiempo. Lo tomó entre sus manos, sintiendo el peso de sus propias confesiones. Las páginas se abrieron solas en el pasaje que más temía: aquel donde describía con lujo de detalle lo que haría si alguna vez tuviera a Denise bajo él, sumisa y temblorosa.

Un ruido en el pasillo lo sobresaltó. Era solo el gato, pero le bastó para tomar una decisión. Con movimientos frenéticos, arrancó las páginas más comprometedoras y las escondió dentro de su calcetín. El resto del diario lo dejó intacto: carnada suficiente para mantener a Denise ocupada mientras él planeaba su próximo movimiento.

El reloj marcaba las once y cuarenta y cinco cuando salió de su habitación, el diario mutilado en una mano y una determinación nueva ardiendo en su pecho. Denise quería jugar con fuego, pero esta vez, sería él quien controlaría las llamas.

El reloj de la cocina marcó las once cincuenta y cinco cuando Javier pisó el primer peldaño de la escalera. Cada escalón crujió como una advertencia bajo sus pies, pero ya no le importaba ser descubierto. Llevaba el diario mutilado en una mano, las páginas arrancadas arrugadas dentro de su puño cerrado con tanta fuerza que las uñas le marcaban media luna en la palma.

El pasillo del segundo piso estaba sumergido en una penumbra azulada, solo rota por la línea de luz que se filtraba bajo la puerta del cuarto de Denise. Javier se detuvo frente a ella, sintiendo cómo el sudor frío le corría por la espalda. Podía escuchar el roce de las sábanas, el sonido de uñas rascando ligeramente algo—quizás el borde de la cama, quizás su propio muslo desnudo.

—Entra —ordenó Denise desde el otro lado, con esa voz que ya no era un susurro sino un látigo—. Sé que estás ahí. Hueles a miedo y a papel viejo.

Javier empujó la puerta con un dedo tembloroso. La habitación estaba iluminada solo por una lámpara de mesa, proyectando sombras alargadas sobre las paredes donde colgaban posters de bandas que Denise fingía escuchar. Ella estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y ese shorts verde pistache que tanto había descrito en sus escritos. La camiseta blanca—la misma que había sido cómplice de sus fantasías—se le había bajado por un hombro, dejando al descubierto la tiranta de un sostén negro que Javier no recordaba haber visto antes.

—Puntual —dijo Denise, sonriendo como un gato ante un ratón herido—. Aunque veo que traes el diario algo… mutilado.

Javier lanzó el cuaderno sobre la cama con un gesto brusco. Las páginas restantes se abrieron como un abanico de confesiones incompletas.

—No necesitabas arrancar las partes buenas —murmuró Denise, pasando un dedo sobre el borde desgarrado del papel—. Ya las memoricé.

El sonido de un auto pasando por la calle iluminó brevemente la habitación, proyectando sus siluetas contra la pared en una danza grotesca. Javier aprovechó el destello de luz para mirar alrededor: sobre la mesita de noche, junto a un vaso de agua medio lleno, había un par de tijeras abiertas.

—¿Y ahora? —preguntó él, tratando de que su voz no delatara cómo le temblaban las rodillas—. ¿Vas a leer mis pecados en voz alta como en una misa negra?

Denise se rió bajito, inclinándose hacia adelante hasta que el escote de su camiseta dejó muy poco a la imaginación.

—Oh, hermanito —susurró, cogiendo las tijeras y haciéndolas chasquear una vez—. Esto no es una confesión. Es una ejecución.

El tictac del reloj de Denise marcó la medianoche exacta cuando las tijeras cerraron sus filos por primera vez. Javier nunca supo si el sonido que escuchó fue el de papel cortándose… o el de su propia cordura rompiéndose.

Las tijeras se cerraron con un chasquido seco, pero no sobre el diario—Denise las había clavado en el colchón a centímetros del muslo de Javier, donde la tela del pantalón se pegaba a su piel sudorosa. El metal vibró entre ellos como una advertencia.

—¿Qué…? —Javier tragó saliva, incapaz de apartar la vista de las tijeras que ahora sostenían su pierna como un insecto en una colección.

—Shhh —Denise deslizó un dedo por la hoja metálica—. No rompas el hechizo, hermanito. Estás justo donde siempre quisiste estar… ¿o no leí bien esas páginas que arrancaste?

El olor a lavanda del cuarto se mezclaba con algo más agrio—el miedo de Javier, tal vez, o la excitación que le tensaba los dedos cada vez que Denise se inclinaba y el escote de su camiseta revelaba lo que el diario describía como “dos lunas pálidas suspendidas en un cielo de encaje negro”.

La tijera derecha se deslizó bajo el dobladillo de su pantalón. Javier sintió el filo frío contra su piel mientras Denise cortaba la tela con movimientos precisos, como si estuviera realizando una cirugía. La tela cayó en pedazos irregulares al suelo, dejando al descubierto su muslo izquierdo—y la marca roja que sus propias uñas habían dejado horas antes, cuando imaginó estas mismas manos de Denise acorralándolo.

—Ay, qué vergüenza —murmuró ella, arrastrando la punta de las tijeras por la línea de vello que llevaba al interior de su pantalón—. Tantas páginas dedicadas a mí… y ni siquiera sabes lo que quieres que te haga.

El timbre del teléfono en la planta baja los paralizó. Denise maldijo entre dientes mientras la voz de su madre gritaba: “¡Es tu tía, dice que es urgente!”.

—No te muevas —ordenó, clavándole las uñas en el muslo al levantarse—. Esto no ha terminado.

La puerta se cerró de golpe. Javier, temblando, miró las tijeras olvidadas en el colchón—ahora manchadas con una gota de su sangre donde el filo lo había rozado. Afuera, los pasos de Denise bajaban las escaleras, pero el eco de su risa seguía pegada a las paredes como el papel tapiz floreado que tanto odiaba.

Con dedos torpes, recogió los jirones de su pantalón del suelo. La tela olía a cloro y a algo más—a Denise, a ese perfume barato que usaba para esconder el olor a cigarrillos robados.

Abajo, la voz de su tía chillaba sobre algún drama familiar. Javier aprovechó el alboroto para escabullirse hacia su habitación, pero no antes de arrancar la página del diario que aún estaba pegada al colchón con las tijeras.

El papel se desgarró con un sonido satisfactorio. Denise podría tener sus secretos, pero ahora él tenía el suyo—y esta vez, no estaría escrito en ninguna parte.

La medianoche se arrastraba como un gato cojo por la casa cuando Javier escuchó el crujido del último escalón. Denise volvía. Él se había enroscado en su cama, fingiendo dormir, pero las sábanas húmedas bajo sus palmas delataban la farsa. La puerta de su habitación se abrió sin ceremonia—Denise nunca pedía permiso—y el aroma a menta y tabaco barato invadió el espacio antes que ella.

—Qué patético —susurró junto a su oído, las palabras cálidas como el aliento de un depredador—. Crees que arrancando páginas desaparecen las ganas, ¿verdad?

Sus dedos—fríos, siempre fríos—se deslizaron bajo su almohada y extrajeron los fragmentos del diario que él creyó haber escondido. El sonido del papel al desdoblarse en la oscuridad le recordó a las alas secas de una polilla.

—”Quisiera morderle ese hoyuelo en la espalda baja…” —leyó Denise con voz melodiosa—. “Y después…”

El colchón cedió cuando ella se sentó en el borde de su cama. Javier sintió el calor de su muslo a través de la sábana delgada, exactamente donde sus propias palabras lo habían imaginado tantas veces.

—Siempre fuiste malo para mentir —continuó Denise, ahora con las tijeras rozando su clavícula—. Pero peor para escribir. Olvidaste firmar estas páginas… ¿Y si mamá las encuentra mañana en su bolso?

El corazón de Javier se detuvo. No era pregunta, era sentencia. Las tijeras cerraron distancia hasta que el metal helado se posó sobre su pecho, dibujando círculos perezosos alrededor de un pezón erecto.

—Adivina qué pediré a cambio —murmuró Denise mientras con la mano libre deslizaba algo bajo su almohada—. Y no, no son esas monedas que escondes en la caja de zapatos.

Javier apenas respiró cuando sintió el roce del objeto: era su teléfono, desbloqueado. La pantalla iluminó por segundos el rostro de Denise—los labios pintados de un rojo vampírico que no llevaba durante la cena, las pupilas dilatadas como si ya hubiera ganado.

—Son las 12:17 —anunció, deslizando el pulgar por la pantalla—. Tienes exactamente tres minutos para decidir si borramos… esto.

La pantalla le mostró lo que nunca debió grabar: la figura de Denise en la ducha, el vidrio empañado solo roto por el contorno de sus caderas. Javier cerró los ojos, pero ya era tarde—la imagen se había incrustado bajo sus párpados como un cuchillo.

—Tic tac —canturreó Denise, mientras las tijeras encontraban por fin su piel.

Las tijeras se detuvieron justo donde el latido de Javier era más violento—en el hueco entre la clavícula y el cuello. Denise inhaló profundamente, como si olfateara su miedo convertido en feromona.

—Tres minutos —repitió, arrastrando las puntas metálicas en círculos concéntricos que se estrechaban como un nudo corredizo—. Uno…

El tictac del reloj de pared en el pasillo se coló por la puerta entreabierta. Javier intentó tragar saliva pero su boca estaba seca como las páginas arrancadas escondidas en su zapato izquierdo.

—Dos… —Denise apretó las tijeras lo suficiente para dejar una marca rosada en forma de V. Su mirada bajó al teléfono donde la grabación seguía en pausa: un fotograma de su propia espalda mojada que ahora parecía burlarse de él desde la pantalla.

Cuando abrió la boca para contar “tres”, Javier reaccionó. Con un movimiento brusco que le arrancó un jirón de sábana, giró hacia ella y le arrebató el teléfono. El impacto los dejó a centímetros de distancia—tan cerca que pudo ver cómo la pintura roja de sus labios se había corrido en un extremo, como sangre vieja.

—Ya no juegas limpio —masculló Javier, con los dedos temblorosos buscando el botón de eliminar. Pero Denise solo rió—un sonido gutural que no encajaba con la Denise de labios pintados que lo miraba ahora—y señaló con las tijeras hacia el techo.

—Idiota —susurró mientras en el altillo, el router parpadeaba con la luz verde de una transferencia en curso—. Las copias siempre vuelan más lejos que los originales.

El teléfono vibró en sus manos. Una notificación emergió: “Subida completada: 1 archivo a nube privada”. Javier sintió cómo el suelo se movía bajo sus pies. Denise aprovechó para recoger las tijeras del suelo y acercárselas a los labios en un gesto que simulaba un beso.

—Ahora sí —dijo, limpiándose el rojo de la boca con el dorso de la mano—. Tenemos toda la noche para renegociar términos.

Abajo, la voz de su madre los llamaba a cenar. Denise se enderezó, ajustándose el tirante negro que había quedado torcido durante la lucha. Al pasar junto a él, dejó caer al suelo un pedazo de papel arrugado—era la última página del diario, la que describía con precisión quirúrgica lo que haría si alguna vez la tenía bajo él.

—Por cierto —dijo ya en la puerta, señalando el papel con la punta de las tijeras—. La próxima vez que me escribas un guión… asegúrate de poder actuar tu parte y no dejarme con la calentura a flor de piel.

El router seguía parpadeando en el altillo, su luz verde intermitente como un latido digital mientras Denise se acomodaba el tirante del sostén negro. Javier miró el papel caído a sus pies—esa página de su diario donde había escrito en detalle cómo la imaginaría gritando su nombre—y sintió cómo la vergüenza le quemaba las orejas peor que cualquier cachetada.

—¿Entonces? —Denise hizo chasquear las tijeras contra su palma—. ¿Vamos a cenar o prefieres que le diga a mamá que te quedaste estudiando… otra vez?

La palabra “estudiando” salió cargada de un doble sentido que hizo que Javier se estremeciera. Él sabía—y ella también—que los últimos “estudios” de Javier habían involucrado el olor a lavanda en las sábanas de Denise y el sonido del agua corriendo tras la puerta cerrada del baño.

—Yo… —Javier tragó saliva, intentando recuperar el control de una situación que nunca había tenido—. Dame el teléfono.

Denise sonrió, lenta, como un gato que juguetea con un ratón medio muerto.

—Ahora quiere negociar —dijo, balanceando el dispositivo de un lado a otro—. Pero hermanito, ¿qué tienes para ofrecer?

Javier miró hacia la ventana. La calle estaba vacía salvo por un gato que pasaba rozando la pared del vecino. Pensó en correr, en gritar, en cualquier cosa que no fuera seguir atrapado en esta danza perversa. Pero entonces Denise suspiró, exageradamente aburrida, y deslizó un dedo sobre la pantalla del teléfono.

—Tres.

—¿Qué?

—Dos.

—¡Espera!

—Uno.

El dedo de Denise se cernió sobre el ícono de enviar. Javier reaccionó instintivamente—su mano cerrándose alrededor de su muñeca con una fuerza que los sorprendió a ambos. El teléfono cayó al suelo con un golpe sordo.

Silencio.

Denise miró primero su muñeca—donde los dedos de Javier habían dejado marcas rojas—y luego a su hermano, con una expresión que no era de enfado sino de… ¿admiración?

—Vaya —susurró—. Por fin creciste un poco de valor.

Javier respiró hondo. El olor a menta y tabaco de Denise lo envolvió, mezclándose con el aroma metálico de las tijeras que seguían en su otra mano.

—Denise —dijo, esta vez sin temblar—. Bórralo.

Ella lo miró fijamente, luego bajó la vista al teléfono en el suelo. Cuando se inclinó para recogerlo, el escote de su camiseta reveló más de lo que Javier había visto en todas sus fantasías combinadas.

—Muy bien —murmuró Denise, desbloqueando el teléfono con un dedo—. Pero esto te costará.

El dedo se movió sobre la pantalla, pero no hacia el botón de borrar. En su lugar, abrió la aplicación de la cámara. El flash se disparó, cegándolos a ambos por un instante.

Cuando Javier pudo ver de nuevo, Denise le mostraba la pantalla: una foto nítida de él, con los ojos desorbitados y las marcas de sus uñas en el cuello.

—Ahora —dijo ella, guardándose el teléfono en el bolsillo del short—. Tenemos *dos* secretos.

El flash del teléfono aún danzaba en sus retinas cuando Javier sintió el primer jalón. Denise lo arrastró hacia el armario del pasillo—ese mueble estrecho donde guardaban los abrigos invernales y los secretos familiares. El contacto de las chaquetas de lana contra su piel desnuda le recordó las caricias ásperas que había descrito en su diario.

—Escúchame bien —Denise le clavó las tijeras en el centro del pecho, no lo suficiente para sangrar, pero sí para dejar un hoyuelo que tardaría días en desaparecer—. Vas a entrar a cenar como si nada. Vas a sonreírle a mamá. Y vas a traerme el anillo de rubíes de la abuela antes de medianoche.

Javier parpadeó. El anillo era lo único valioso que tenían—heredado de una bisabuela que, según los rumores, lo había obtenido de formas dudosas.

—¿Estás… droga—?

La tijera izquierda se cerró alrededor de un mechón de su pelo. El sonido del cabello cortándose fue obscenamente íntimo.

—No. Estoy negociando —Denise abrió la palma frente a su cara. En el centro reposaba el mechón de pelo negro—. La próxima será de otro lugar. Y no volverá a crecer.

En la cocina, los cubiertos chocaban contra los platos. Su madre tarareaba una canción de moda mientras servía la cena. Denise se ajustó la camiseta, ocultando las tijeras en el dobladillo del short.

—Tienes hasta que termine el postre —susurró antes de empujarlo hacia la luz del comedor.

Javier tropezó con el marco de la puerta. Las marcas en su cuello ahora coincidían exactamente con las descritas en la página 37 del diario—la que Denise había leído en voz alta mientras él temblaba.

El postre era flan. El azúcar quemada le recordó al olor de las páginas ardiendo en su imaginación. Cada cucharada que Denise llevaba a su boca sonaba como un conteo regresivo.

—¿Te pasa algo, hijo? —su madre frunció el ceño al notar que Javier no tocaba su porción—. Estás sudando.

—Nada, mamá. Solo… —tragó saliva mirando el reloj de pared—. Estoy pensando en un proyecto escolar.

Denise se limpió los labios con parsimonia. Cuando desplegó la servilleta, Javier vio el mechón de su pelo atado alrededor del tenedor.

—¿Proyecto? —preguntó su madre.

—Sí —intervino Denise, clavando el tenedor en el flan—. Sobre… consecuencias.

El reloj marcaba las 11:43 cuando Javier se levantó bruscamente.

—Voy al baño.

Corrió escaleras arriba, no al baño, sino al cuarto de su madre. La caja de joyas estaba en el tercer cajón, bajo una pila de medias. El rubí brilló bajo la luz de la lámpara como una gota de sangre.

Al salir, chocó contra el cuerpo de Denise en el pasillo.

—Tarde —susurró ella, mostrándole el teléfono donde el contador marcaba 00:00—. Ahora hay tres cosas que quiero.

Abajo, su madre llamaba:

—¡Vengan, que se enfría el café!

Pero Denise ya estaba deslizando las tijeras bajo la cintura del pantalón de Javier.

—La primera —dijo mientras el metal rozaba piel— es que aprendas a mentir mejor.

Las tijeras trazaron un camino frío hacia el sur de su cuerpo, deteniéndose justo donde el miedo de Javier se convertía en algo más húmedo y vergonzoso. Denise sonrió al sentir el temblor bajo sus dedos—esa reacción involuntaria que delataba más que todas las páginas arrancadas del diario juntas.

—La segunda… —susurró mientras con la mano libre deslizaba el rubí entre sus propios dedos— es que nunca vuelvas a escribir sobre mí. A menos… —hizo una pausa dramática, las puntas de las tijeras dibujando círculos concéntricos— que sea para describir cómo devolviste el anillo a escondidas.

Abajo, el sonido de la taza al chocar contra el plato los sobresaltó. Su madre estaba recogiendo. Tenían minutos, quizá segundos. Javier sintió cómo el sudor le corría por la espalda mientras Denise, con movimientos calculados, le devolvía el anillo junto a algo más—una hoja de papel doblada en cuatro.

—Léele esto a mamá cuando pregunte por el anillo —ordenó, ajustándose el escote que revelaba la marca roja donde el rubí había estado enterrado contra su piel todo el tiempo—. Es tu mejor mentira hasta ahora.

El papel olía a su perfume—ese aroma a jazmín barato que siempre le recordaba a las noches de verano con la ventana abierta. Javier lo desdobló con dedos temblorosos: era una nota de la abuela, falsificada con su letra temblona, dando permiso para “prestar” la joya.

—Y la tercera… —Denise se inclinó hasta que sus labios rozaron su oreja en un falso beso— es que cuando salgas de aquí, camines derecho a la cocina y le digas a mamá que te duele la cabeza. Que necesitas aire. Que saldrás cinco minutos.

El router en el altillo parpadeó en ese instante, como si aprobara el plan. Javier asintió, pero antes de que pudiera moverse, Denise le clavó las uñas en la muñeca.

—Ah, y hermanito… —añadió, mostrándole el teléfono donde se veía la foto recién tomada— si vuelves a espiarme en la ducha, asegúrate de que el vapor no empañe la lente. Las fotos borrosas… me ofenden.

La luz del pasillo se encendió de pronto. Su madre los iluminó a ambos, con el delantal manchado de café y una expresión entre curiosa y preocupada.

—¿Todo bien? —preguntó, mirando alternativamente a Denise (que ahora sonreía como una santa) y a Javier (que tenía la hoja falsa arrugada en el puño).

—Perfecto, mamá —respondió Denise, pasando un brazo sobre los hombros de su hermano en un gesto que a simple vista parecía afectuoso—. Solo estábamos… repasando su proyecto escolar.

El brazo de Denise se tensó como un lazo alrededor de su cuello cuando su madre giró para bajar. Javier sintió cómo las palabras se le pegaban al paladar, pero al final, obedeció:

—Mamá… —tragó saliva— ¿Puedo salir un momento? El aire… me hará bien.

La mirada de Denise le prometía que esto no había terminado. Que las tijeras seguían allí, esperando. Que el router guardaba más secretos de los que él podía imaginar.

Y sobre todo, que la próxima foto no sería borrosa.

El aire nocturno olía a lluvia recién caída cuando Javier empujó la puerta trasera de la casa, pero el sudor frío que le corría por la nuca no tenía nada que ver con la humedad exterior. Las palabras de Denise aún zumbaban en sus oídos como moscas atraídas por algo podrido. *”Cinco minutos”*, había dicho. Pero en el reloj de su muñeca, los segundos se arrastraban como si cada uno estuviera pegado con esa misma baba espesa que encontraba en sus calzoncillos después de soñar con ella.

La luz de la cocina se encendió de golpe. Javier se volvió hacia la ventana y ahí estaba Denise, recortada contra el rectángulo amarillento como una silueta de revista prohibida. Con movimientos deliberadamente lentos, se desabrochó el primer botón de la camiseta blanca. Luego el segundo. En el tercero, se detuvo, sonriendo mientras con la otra mano trazaba círculos en el vidrio empañado—los mismos que había hecho con las tijeras horas antes.

Javier sintió cómo el elástico de su ropa interior se convertía en una soga. Cada respiración de Denise empañaba el cristal en ritmo sincronizado con el tictac del reloj. *03:21*. El tercer botón cedió. La tela se abrió como un telón revelando el escote que ya conocía de memoria—pero esta vez sin la barrera del sostén. Desde su ángulo, podía ver cómo el rubí devolvía los reflejos de la lámpara directamente a ese valle entre sus pechos que aparecía en cada tercera página de su diario.

Denise alzó una mano y dibujó en el vapor una letra “J” mayúscula. Luego la atravesó con una línea diagonal que goteaba como un cuchillo ensangrentado. Javier apretó los puños cuando ella se llevó esa misma mano a la cintura y comenzó a bajar el cierre de sus shorts con una lentitud obscena. El metal brilló bajo la luz igual que las tijeras—igual que sus ojos cuando descubrió el escondite bajo la cama.

En el último segundo, antes de que el cierre llegara al punto de no retorno, Denise giró bruscamente hacia la nevera. El ruido de la puerta al abrirse ocultó el gemido que se le escapó a Javier cuando vio cómo se arqueaba para alcanzar una botella en el estante más alto. El short se estiró revelando el dobladillo de unas pantaletas negras que él reconocería entre un millón—las mismas que faltaban desde el lavado de hace dos semanas.

El reloj marcaba *04:58* cuando Denise reapareció en la ventana sosteniendo no la botella de agua, sino el tarro de miel. Con el dedo índice, recogió una gota dorada que resbaló por el frasco hasta su muñeca. Javier no pudo evitar seguir el recorrido cuando esa misma gota cayó—lenta, deliberadamente lenta—sobre el espacio entre sus clavículas. Denise inclinó la cabeza hacia atrás y dejó que la miel siguiera su camino hacia territorios que él solo había explorado en sueños húmedos.

La luz trasera se apagó de golpe. En la oscuridad, solo quedó flotando el eco de su último susurro:

—*Seis minutos, hermanito. Ahora me debes uno.*

El silbido del hervidor cortó la noche como un cuchillo. Denise dejó caer la bolsita de té en la taza con una precisión que contrastaba con el temblor de Javier al otro lado de la mesa. El vapor se elevaba entre ellos, dibujando espirales que se enredaban en el escote de su bata—esa misma bata de seda que siempre usaba sin nada debajo, según constaba en la página 19 del diario confiscado.

—¿Azúcar? —preguntó Denise, agitando el sobrecito con dedos que Javier conocía demasiado bien— los mismos que habían trazado rutas prohibidas en su piel horas antes.

Javier asintió, incapaz de hablar. Cuando ella se inclinó para servirle, la bata se abrió lo justo para revelar el borde superior de una cicatriz fresca—un fino corte en forma de “J” justo sobre el corazón. El rubí que faltaba del anillo familiar brillaba allí, incrustado como un recordatorio permanente bajo su piel.

—Te late muy rápido —murmuró Denise, dejando caer el azúcar directamente sobre su lengua antes de pasarle la taza—. Como cuando escribías sobre mí en tu diario.

El café le quemó los labios, pero el dolor no logró distraerlo del roce de su pie descalzo subiéndose por su pantalón. Denise sonrió al sentir cómo reaccionaba su cuerpo—esa contradicción humillante entre el miedo y el deseo que lo tenía atado mejor que cualquier cuerda.

En el living, la televisión murmuraba un noticiero. Su madre había salido a buscar medicinas para el supuesto dolor de cabeza de Javier—el mismo que en realidad le provocaban las tijeras de Denise marcando compases en su muslo bajo la mesa.

—Adivina qué encontré hoy —susurró ella, sacando del bolsillo de la bata un objeto que hizo a Javier contener la respiración: el pendrive con sus archivos más privados—. Tu colección de… ¿cómo lo llamabas? *”Material de estudio”*.

Cuando el pie de Denise llegó a su entrepierna, Javier rompió la taza contra el piso. Los fragmentos de porcelana volaron como pedazos de su dignidad. Denise solo rio, pisoteando los trozos con sus pies descalzos mientras le mostraba el pendrive entre sus dedos manchados de miel.

—Tranquilo, hermanito —murmuró, lamiéndose los dedos uno por uno—. Solo estamos… repasando tu tarea.

El reloj de pared marcaba las 2:47 AM cuando Javier despertó con los dientes apretados y las sábanas pegadas al cuerpo como una segunda piel. El sueño—si es que podía llamarse así—había sido una repetición distorsionada de lo sucedido horas antes: Denise inclinándose sobre él, las tijeras abriéndose paso bajo su ropa, aquella gota de miel descendiendo por su escote. Solo que en esta versión, cuando él intentó apartar la mirada, sus manos habían obedecido a otro impulso, atrapando esa cintura que conocía mejor que la suya propia.

Un crujido en el pasillo lo sobresaltó. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta de su habitación se abrió sin ceremonias, revelando a Denise apoyada en el marco con una sonrisa que iluminaba más que la luna llena que entraba por la ventana.

—No puedes dormir —afirmó en voz baja, avanzando hacia la cama con pasos felinos—. Lo sé porque yo tampoco.

Javier tragó saliva al notar cómo su camisón de seda—negro como las pantaletas que había robado—se pegaba a sus curvas con cada movimiento. Denise se sentó al borde de la cama, dejando que un muslo desnudo rozara su brazo. El contacto, mínimo pero eléctrico, le hizo contener el aliento.

—Me debes un minuto —susurró Denise, deslizando una mano bajo las sábanas mientras con la otra sostenía algo que brilló bajo la luz lunar— el pendrive con sus archivos más comprometedores. Javier sintió cómo el corazón se le aceleraba hasta el punto de dolor cuando los dedos de ella encontraron el borde de su ropa interior, deteniéndose justo donde el sudor frío se mezclaba con otra humedad más vergonzosa.

—Pero… —logró articular entre dientes apretados— mamá podría…

—Shhh —interrumpió ella, acercando los labios a su oreja en un roce que no llegó a ser beso—. Escucha.

El sonido del grifo goteando en el baño contiguo marcaba el compás de sus respiraciones entrecortadas. Denise aprovechó el ritmo para arrastrar lentamente la sábana hacia abajo, revelando la tensión obvia bajo el delgado algodón de sus boxers. Con movimientos estudiados, comenzó a trazar círculos sobre la tela húmeda, imitando exactamente los garabatos que Javier había hecho en su diario describiendo sus fantasías.

—Sabes lo que viene ahora, ¿verdad? —preguntó mientras con la mano libre deslizaba el pendrive entre sus propios muslos, frotándolo contra el lugar donde la seda negra ya mostraba una mancha más oscura—. Exactamente lo que escribiste en la página 34.

Javier cerró los ojos con fuerza, pero eso solo intensificó las imágenes: Denise arqueándose sobre él como en sus fantasías, solo que esta vez las tijeras no estaban en sus manos, sino mordiendo suavemente la carne interior de sus muslos donde nadie podría ver las marcas.

Cuando abrió los ojos, ella ya había deslizado dos dedos bajo el elástico de su ropa interior. El contacto directo le arrancó un gemido ahogado que Denise sofocó con su propia boca en un falso beso—sus labios no se movieron, pero su lengua dibujó lentamente una “J” en sus dientes mientras sus dedos comenzaban el movimiento descrito con tanto detalle en el diario confiscado.

Abajo, el crujido de una puerta los sobresaltó. Denise retiró la mano con una sonrisa pícara justo cuando su madre llamaba desde el pasillo:

—¿Todo bien ahí?

—Perfecto, mamá —respondió Denise, ajustándose el camisón mientras Javier intentaba cubrirse con las sábanas—. Solo le estaba enseñando a Javier… cómo mejorar su letra.

La luz del pasillo se apagó. En la oscuridad, Denise deslizó el pendrive bajo la almohada de Javier antes de levantarse.

—Recuerda —susurró en la puerta— cada minuto que pasa, la deuda crece.

El tictac del reloj marcó las 3:15 AM cuando Javier finalmente entendió: no había escapatoria. Cada latido era un segundo menos. Cada respiración, un paso más cerca del abismo que Denise había cavado entre sus piernas.

El despertador marcaba las 5:23 AM cuando Javier sintió el peso de Denise hundiéndose a su lado en la cama. El colchón cedió bajo su cuerpo, y antes de que pudiera reaccionar, su hermana había deslizado una pierna sobre las suyas, inmovilizándolo. El calor de su muslo contra el suyo era una brasa viva a través de la fina tela del pijama.

—¿Sabes qué hora es? —susurró Denise, acercando los labios a su oreja hasta que el aliento caliente le hizo estremecer—. La hora en que escribiste que te gustaría probarme.

Javier contuvo la respiración cuando los dedos de Denise encontraron el elástico de sus boxers. No era la primera vez, pero esta vez había algo distinto: el modo en que sus uñas raspaban deliberadamente la piel de su abdomen mientras tiraba hacia abajo, demasiado lento, como si midiera cada milímetro de piel expuesta.

En el pasillo, el crujido de una tabla del piso los paralizó por un instante. Denise no se movió, pero Javier pudo sentir cómo su pulso acelerado resonaba donde sus cuerpos se tocaban. Cuando el sonido cesó, ella sonrió y deslizó una mano bajo la sábana.

—Calladito —murmuró mientras sus dedos cerraban alrededor de él con una presión calculada—. Como en tus fantasías, ¿verdad?

La puerta del baño se abrió en el pasillo. Javier apretó los dientes cuando Denise comenzó a moverse al ritmo del agua corriendo, sincronizando cada embestida con el sonido del grifo para enmascarar los jadeos que le arrancaba. Era tortura pura: el contraste entre el miedo a ser descubiertos y el placer prohibido que le sacaba lágrimas de los ojos.

—Mírame —ordenó Denise de pronto, apretando con fuerza justo cuando el agua cesaba—. Quiero ver tu cara cuando te vengas pensando en quién te está tocando.

El sonido de pasos acercándose por el pasillo coincidió con el gemido ahogado de Javier. Denise no se detuvo—al contrario, aceleró, sonriendo mientras con la otra mano sacaba el pendrive de su bolsillo y lo frotaba contra sus labios húmedos.

—Uno menos —susurró contra su boca cuando él se derrumbó—. Ahora solo me debes cincuenta y nueve minutos, hermanito.

La manecilla del reloj avanzó un minuto justo cuando la puerta de la habitación se abrió.

El chorro de agua helada que brotó de la ducha no logró apagar el fuego que le recorría las venas. Javier se frotó con rabia el pecho, como si pudiera borrar las huellas invisibles que los dedos de Denise habían dejado sobre su piel. El espejo empañado reflejaba su figura demacrada—los ojos inyectados en sangre, los labios mordidos hasta hacerse heridas. Bajó la mirada hacia la marca rojiza en su muslo izquierdo, justo donde ella había clavado las uñas para silenciar su gemido final.

En el pasillo, el crujido de las tablas del piso le heló la sangre. Javier apretó la toalla contra su cintura cuando la sombra se detuvo frente al baño. La perilla giró lentamente, pero la puerta—que él había cerrado con llave—no cedió.

—Pobrecito —la voz de Denise traspasó la madera como un cuchillo tibio—. ¿Tan asustado que necesitas esconderte?

Javier no respondió. Observó con horror cómo una hoja de papel se deslizaba por debajo de la puerta. Al recogerla, reconoció al instante la letra temblorosa de su diario—era la página 34, aquella donde describía con obsceno detalle lo que anhelaba hacerle a su hermana en la ducha. Solo que ahora, alguien había escrito con tinta roja correcciones al margen: *”Posición incorrecta”*, decía una flecha que señalaba un párrafo. *”Aquí faltan tres dedos”*, anotaba otra junto a una frase subrayada.

El sonido de tijeras abriéndose y cerrándose en el pasillo le erizó los vellos de la nuca.

—Son las 6:47 —murmuró Denise mientras algo metálico raspaba contra la puerta—. Ya perdiste otros cuatro minutos por cobarde.

El papel le temblaba en las manos cuando descubrió la posdata escrita al reverso con ese mismo rojo escarlata: *PS: El pendrive estaba encriptado. La contraseña era mi nombre. Qué predecible, hermanito.*

El chirrido de las tijeras cortando el aire se detuvo de golpe. Javier apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando un chorro de agua helada entró por el ventanal superior del baño, empapándolo de pies a cabeza. La risa de Denise resonó como un eco maldito mientras el agua se llevaba el papel disuelto entre sus dedos.

—Siete minutos —canturreó ella desde el otro lado—. Y sigo contando.

El reloj de pared marcaba las 7:03 cuando Javier sintió el primer cosquilleo en la nuca—la punta de una tijera trazando círculos lentos sobre su piel mientras Denise respiraba caliente contra su cuello.

—Setenta y seis minutos —susurró ella, deslizando la mano libre por debajo de su camiseta hasta encontrar el pezón endurecido—. Y todavía no has pagado ni uno.

El desayuno olvidado frente a ellos emanaba vapor en espirales obscenos. Denise tomó una fresa y la mordió con lentitud calculada, dejando que el jugo rojo le resbalara por la barbilla hasta gotear sobre el cuaderno abierto de Javier—precisamente sobre el problema de matemáticas que llevaba horas intentando resolver.

—Mamá vuelve en veinte minutos —murmuró Denise, cruzando las piernas de modo que el borde de su shorts revelara el resplandor pálido de la piel interior del muslo—. Tiempo suficiente para que repasemos… la lección de ayer.

Javier tragó saliva al ver cómo su hermana deslizaba un dedo por el borde de su vaso de jugo, recolectando gotas que luego llevó a sus propios labios con una sonrisa lasciva. El sonido de la puerta principal cerrándose los sobresaltó—su madre había salido más temprano de lo habitual.

Denise no se inmutó. Al contrario, se levantó con languidez y caminó hacia él, balanceando las caderas al ritmo de un compás que solo ella escuchaba. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Javier pudo ver el contorno de sus pezones a través de la delgada tela de la camiseta—esa misma que él había manchado tantas noches en secreto.

—No te muevas —ordenó mientras se subía a su regazo con la naturalidad de quien se sienta en un sillón—. Esto es solo… un experimento científico.

El calor de sus muslos a ambos lados de su cintura era una hoguera viva. Denise tomó sus manos—aún empuñando el lápiz—y las guió hacia su cintura, forzándolo a dibujar ecuaciones imaginarias sobre su piel mientras ella susurraba:

—¿Ves? X es igual a lo que me debes… Y es lo que te voy a cobrar… —sus caderas se movieron en un círculo perfecto— Y la solución es… ah, ya la sabes.

El timbre del teléfono cortó el aire como un disparo. Denise se inclinó hacia adelante, rozando sus labios contra la oreja de Javier mientras extendía el brazo para contestar:

—Sí, mamá… No, no pasa nada… —sus dedos meanwhile trazaban espirales en el muslo interno de Javier— Solo estamos… repasando lecciones.

Al colgar, su sonrisa fue de loba satisfecha:

—Setenta y cinco minutos, hermanito. Y contando.

El lápiz se quebró entre los dedos de Javier con un crujido seco. Denise no apartó la mirada de sus ojos mientras lamía despacio el jugo de fresa que le manchaba la muñeca, arrastrando la lengua hasta la palma abierta donde reposaban los fragmentos de grafito.

—Setenta y cuatro —murmuró, cerrando los dedos de Javier alrededor de los suyos hasta que el carbón les marcó las líneas de la vida con trazos negros—. Deberías concentrarte, hermanito. Cada minuto que pierdes… —su pulgar encontró el latido acelerado en su muñeca— es un interés que se acumula.

Javier intentó tragar, pero la garganta le ardía como si hubiera ingerido vidrio molido. El movimiento de Denise sobre sus muslos era calculado—una presión aquí, un roce allá, como si estuviera resolviendo en carne viva las ecuaciones que él no podía descifrar en el cuaderno. Notó con horror cómo el elástico de sus pantalones deportivos cedía bajo el peso de ella, revelando el borde superior de unos calzones negros que conocía demasiado bien.

—¿Los reconoces? —Denise se arqueó hacia adelante hasta que sus labios rozaron el pabellón de su oreja— Son los que faltaban del cajón de abajo. Los que guardaste después de… bueno, ya sabes.

El timbre del teléfono volvió a sonar. Esta vez Denise no se movió para contestar. En su lugar, deslizó una mano bajo el cuaderno de matemáticas y sacó algo que hizo a Javier contener la respiración—las tijeras de punta roma que usaba para cortar patrones de costura, ahora brillaban bajo la luz de la cocina como una amenaza silenciosa.

—Setenta y tres —contó mientras las hacía chasquear a un centímetro de su entrepierna—. Mamá dijo que volvería en veinte minutos, pero mintió. La escuché decirle a tía Lupe que tardaría una hora. —Las hojas de metal se cerraron con un *clic* que resonó en el silencio de la cocina—. Tiempo suficiente para un… experimento más largo.

Javier sintió el filo frío contra el interior de su muslo cuando Denise separó sus piernas con un empujón de cadera. Las tijeras ascendieron por el camino de vello dorado hasta detenerse donde el algodón de sus boxers ya mostraba una mancha húmeda.

—Página treinta y cinco de tu diario —susurró ella mientras las cuchillas comenzaban a cortar la tela con lentitud exasperante—. Donde describías cómo querrías que te tocara… si fueras valiente.

El aire en la cocina espesó como jarabe caliente cuando Denise ajustó su peso sobre Javier, haciendo que el filo de las tijeras se hundiera levemente en la tela de sus boxers. Un hilo de sudor le resbaló por la sien mientras ella trazaba círculos concéntricos alrededor del bulto que crecía bajo sus muslos.

—Setenta y dos minutos —murmuró, abriendo las tijeras justo lo necesario para que el frío metal rozara la piel sensible de su interior—. ¿Sabes qué pasa con los intereses moratorios, hermanito? —Su aliento olía a fresa y menta cuando se inclinó para morderle el lóbulo de la oreja—. Se capitalizan.

Javier contuvo un gemido cuando las cuchillas cerraron bruscamente, cortando solo el aire pero dejando la amenaza tangible. Denise sonrió al sentir cómo temblaba bajo ella, sus dedos arañando la superficie de la mesa en busca de algo a qué aferrarse. Con movimientos de gata satisfecha, deslizó una mano bajo su propia camiseta y extrajo el pendrive que guardaba entre el elástico del sostén.

—Aquí tienes… cincuenta y nueve segundos de libertad —dijo, dejando caer el dispositivo sobre el cuaderno abierto—. El resto sigue en mi poder. —Sus caderas ondularon lentamente, frotando el algodón húmedo de sus pantaletas contra la prominencia que deformaba los pantalones de Javier—. A menos que prefieras… renegociar los términos.

En el jardín, el chirrido de la puerta del patio los sobresaltó. Denise no se movió, pero Javier pudo ver cómo sus pupilas se dilataban mientras calculaba los pasos que se acercaban por el pasillo exterior. Con rapidez felina, se deslizó de su regazo llevándose las tijeras, que dejó caer sobre la mesa con un clic metálico.

—Setenta y uno —susurró contra sus labios mientras fingía ajustarle el collar de la camisa—. El tiempo corre más rápido cuando… te distraes.

La puerta principal se abrió justo cuando Denise apartaba los labios, dejando en el aire de Javier el sabor dulzón de su boca y la promesa tácita de que esta pausa era solo temporal. Tan temporal como el suspiro de alivio que le escapó al ver que era el repartidor, no su madre, quien entraba con un paquete.

Denise mordió su sonrisa mientras caminaba a recibirlo, haciendo gala de ese balanceo de caderas que sabía que Javier observaría con avidez disimulada. Al pasar junto a su hermano, rozó deliberadamente sus dedos contra el bulto todavía evidente en sus pantalones.

—Setenta —respiró contra su nuca—. Y esta noche… vamos a contar hacia atrás.

El ventilador de techo giraba con pereza, incapaz de aliviar el sofocante calor que envolvía la casa. Denise recostada en el sofá de la sala, dejaba caer descuidadamente una mano entre sus muslos, los dedos dibujando círculos lentos sobre la tela delgada de sus shorts. Javier, sentado en el piso frente a la televisión, podía ver el movimiento en su reflejo en la pantalla apagada—un espectáculo calculado para él solo.

—Tienes la boca seca —murmuró ella sin mirarlo, pasando la lengua por sus propios labios con exagerada lentitud—. Deberías tomar agua.

El vaso que ella le alcanzó estaba frío por fuera, pero al tomarlo, Javier notó algo pegado en el fondo—una de sus propias fotos del álbum familiar, recortada para mostrar solo a Denise en bikini, ahora húmeda y pegajosa por el condensado. Al mirarla horrorizado, ella se rió bajito y estiró las piernas sobre el respaldo del sofá, revelando que no llevaba nada bajo los shorts.

—Setenta y nueve minutos —silabeó mientras jugueteaba con el elástico de su ropa interior—. Mamá se quedará dormida viendo su telenovela… como siempre.

El tictac del reloj de pared se hizo ensordecedor cuando Denise se incorporó y caminó hacia él con pasos felinos. En cuclillas frente a su hermano, le arrebató la foto húmeda y la deslizó dentro de su propio escote.

—Calienta más aquí —susurró antes de levantarse y salir de la habitación, dejando tras de sí el rastro de su perfume mezclado con el aroma dulzón de su sudor.

Javier permaneció inmóvil, sintiendo cómo el reloj seguía contando los segundos que lo separaban de su propia perdición. En el reflejo de la ventana, vio cómo Denise reaparecía en el umbral—ahora con uno de sus vestidos más cortos y ese sostén negro que tanto mencionaba su diario. Llevaba las tijeras en una mano y en la otra, el pendrive que guardaba sus secretos más íntimos.

—Setenta y ocho —anunció mientras avanzaba—. Te voy a enseñar lo que es de verdad… capitalizar intereses.

Las tijeras brillaron bajo la luz del comedor cuando Denise trazó una línea imaginaria desde el cuello de Javier hasta su cintura. El metal frío se detuvo justo donde el botón superior de su camisa empezaba a tensarse.

—Setenta y siete —murmuró, abriendo las cuchillas lo suficiente para que rozaran el primer botón—. ¿Sabes qué pasa cuando un préstamo no se paga a tiempo? —El clic de las tijeras al cerrarse hizo saltar el botón, que rodó hasta perderse bajo la mesa—. Se embarga la garantía.

Javier contuvo la respiración cuando el filo descendió hacia el segundo botón. Esta vez, Denise no cortó. En su lugar, deslizó la punta roma por el centro de su torso, deteniéndose donde el sudor había pegado la tela al abdomen.

—Aquí dice tu diario que te gustaría morderme —susurró mientras apoyaba los dientes en el hueco de su clavícula, sin llegar a hundirlos—. Pero los cobradores profesionales… mordemos donde más duele.

El tercer botón saltó cuando las tijeras se cerraron de golpe. Denise recogió el trofeo con la punta de la lengua y lo dejó caer dentro de su escote. Javier pudo seguir su trayectoria por el movimiento de la tela al deslizarse entre sus pechos.

—Setenta y seis —contó ella, sentándose de lado sobre sus muslos—. Y ahora viene la parte divertida.

El pendrive apareció entre sus dedos como un mago saca una moneda. Con movimientos deliberadamente lentos, lo insertó en el puerto USB del televisor. La pantalla se iluminó mostrando una carpeta con un solo archivo: *”Ejercicios_de_matemáticas_3A.pdf”*.

—Mentira —Javier tragó saliva al ver cómo Denise abría el falso documento para revelar fotos pixeladas de él oliendo su ropa interior—. Esas no…

—¿No qué? —Ella hizo zoom en una donde su rostro estaba enterrado en sus shorts deportivos—. ¿No son tuyas? ¿O no querías que las viera? —Sus caderas se movieron hacia adelante, aplastando su erección contra el filo de las tijeras que ahora descansaban sobre su entrepierna—. Respuesta incorrecta.

El sonido del teléfono cortó la tensión como un latigazo. Denise no apartó los ojos de Javier mientras contestaba:

—Sí, mamá… No, no hemos terminado los ejercicios… —Sus dedos jugueteaban con el cable del pendrive, enrollándolo alrededor de su cuello como una correa—. Javier está teniendo… dificultades con las ecuaciones.

Al colgar, el pendrive quedó suspendido entre ellos, girando lentamente. Denise lo atrapó con los dientes y se inclinó hasta que sus labios rozaron la oreja de su hermano:

—Setenta y cinco. Ahora sí… resolvamos juntos el problema.

Las tijeras cayeron al suelo cuando ella desabrochó su cuarto botón con los dientes. En la pantalla, las fotos seguían pasando. En la vigésima tercera, Javier aparecía dormido con una de sus pantaletas enrollada en el puño.

—La solución es simple —Denise lamió el sudor que le corría por el esternón—. O pagas con intereses… o ejecuto la garantía.

El reloj marcaba las 8:17 cuando el quinto botón saltó por los aires.

El quinto botón rodó por el suelo de madera con un sonido hueco, deteniéndose contra el zapato de Denise. Ella lo aplastó lentamente con la punta de su sandalia antes de inclinarse, rozando sus pechos contra el torso ahora expuesto de Javier.

—Setenta y cuatro —murmuró, marcando cada sílaba con un empujón de cadera que hacía que el pendrive colgante se balanceara entre ellos—. ¿Te gustaría… refinanciar la deuda?

Javier intentó hablar, pero solo consiguió tragar un nudo de saliva cuando Denise deslizó el pendrive por su abdomen sudoroso hasta detenerse justo sobre el ombligo. El metal frío contrastaba con el calor de su piel.

—O podemos convertir esto en… —su mano izquierda se cerró alrededor de su cuello sin apretar— un préstamo a largo plazo.

En la pantalla del televisor, la imagen había cambiado. Ahora mostraba una selfie borrosa tomada desde el ángulo exacto donde Denise solía dejar su ropa sucia. Javier cerró los ojos, pero eso solo intensificó la sensación de sus dedos deslizándose bajo el cinturón.

—Setenta y tres —susurró ella mientras el clic del cinturón al soltarse resonó como un disparo—. Mamá siempre dice que los problemas hay que… resolverlos con las manos.

El primer gemido se le escapó a Javier cuando Denise hundió sus dedos en el vello púbico, tirando con fuerza suficiente para hacerlo arquearse. El pendrive cayó al suelo cuando ella se inclinó para morder su oreja:

—Setenta y dos. Y contando.

El sexto botón no llegó a caer. Denise lo sostuvo entre sus dientes mientras sus manos, ahora libres de las tijeras, descendían como halcones hacia la cintura de Javier. El chico sintió cómo los dedos de su hermana arañaban la piel justo por encima del elástico de sus boxers, dejando marcas rojas que ardían más que cualquier vergüenza.

—Setenta y uno —Denise recitó el número como un conjuro, mientras el pendrive rodaba bajo la mesa—. ¿Sabes qué pasa cuando no pagas a tiempo? —Sus labios rozaron el ombligo de Javier mientras hablaba, cada palabra una caricia húmeda—. Te embargan los bienes.

Javier intentó levantarse, pero el peso de Denise sobre sus muslos lo mantuvo clavado al suelo. Notó con horror cómo ella se movía con precisión calculada, frotando el calor entre sus piernas contra el bulto que deformaba su pantalón. En la pantalla del televisor, las fotos seguían desfilando. La número veintiséis mostraba su rostro enterrado en uno de sus sostenes, los ojos cerrados en éxtasis.

—¿Recuerdas esta? —Denise arqueó una ceja mientras señalaba la imagen—. Fue el día que dijiste que estabas enfermo para faltar al colegio. —Sus caderas presionaron con más fuerza, haciendo que el aire le escapara a Javier en un jadeo—. Mentiroso.

El reloj marcaba 8:19 cuando el timbre del teléfono volvió a sonar. Esta vez era un mensaje: mamá llegaría en cinco minutos. Denise suspiró exageradamente y se levantó, pero no sin antes pasar la lengua por el pabellón de la oreja de su hermano.

—Setenta —susurró, recogiendo el pendrive y las tijeras—. Pero no te preocupes, hermanito. —Sus dedos jugueteaban con el elástico de sus shorts antes de alejarse—. Los intereses… son compuestos.

Javier permaneció en el suelo, sintiendo cómo el sudor frío le recorría la espalda. En el reflejo de la ventana vio a Denise subir las escaleras balanceando las tijeras como un péndulo. Justo antes de desaparecer, se detuvo y le lanzó una última mirada.

—Sesenta y nueve —murmuró, dejando caer intencionalmente una de sus pantaletas desde el rellano—. Y bajando.

El sonido de la puerta principal al abrirse lo sacó del trance. Javier se incorporó justo a tiempo para ver cómo su madre entraba cargada de bolsas, mientras Denise, ahora vestida con un enorme suéter que le llegaba a los muslos, bajaba canturreando como si nada hubiera pasado.

—¿Terminaron los ejercicios? —preguntó la madre, dejando las compras sobre la mesa.

Denise sonrió dulcemente y señaló el cuaderno abierto donde Javier, con letra temblorosa, había escrito una sola ecuación repetida:

69 + 1 = 70.

—Casi, mamá —respondió Denise, pasando un dedo por el borde de las tijeras que ahora descansaban inocentes sobre la mesa—. Solo nos faltan… algunos detalles.

Javier tragó en seco cuando su hermana le guiñó un ojo. Los detalles, sabía, serían cobrados con intereses.

El reloj de pared marcaba las 8:23 cuando Denise se inclinó sobre la mesa para “ayudar” a Javier con los ejercicios de matemáticas. Su escote caía como una trampa perfecta, revelando la marca roja que el pendrive había dejado en su piel.

—No te muevas tanto —murmuró mientras trazaba con un lápiz las ecuaciones en su cuaderno—. O vas a terminar con más incógnitas que variables.

Javier contuvo la respiración cuando la rodilla de Denise se deslizó entre sus muslos bajo la mesa. El contacto era ligero pero calculado, como el roce de un gato que prueba los límites. En el cuaderno, las cifras se transformaron en garabatos cuando el lápiz se quebró entre sus dedos.

—Mamá —Denise giró hacia su madre que ordenaba las compras en la cocina—, ¿podemos ir a mi habitación? Aquí hay… demasiadas distracciones.

La madre asintió sin mirar, ocupada en guardar los huevos. Denise tomó a Javier del brazo con fingida dulzura, pero sus uñas se clavaron en su piel como advertencia. Al pasar frente al espejo del pasillo, Javier vio reflejada la mano de su hermana deslizándose por su espalda hasta hundirse en el bolsillo trasero de sus jeans.

—Sesenta y ocho —susurró ella al sacar su cartera—. Interesante lo que guardas aquí.

En el interior, entre los billetes arrugados, había una foto recortada de ella en la piscina del año pasado. Denise la sostuvo contra la luz del pasillo como un trofeo, haciendo que el papel transparente revelara las huellas dactilares en ciertas zonas estratégicas.

—¿Sabes qué pasa con los morosos? —preguntó mientras torcía la foto contra su pecho—. Pierden derechos de réplica.

El sonido de la puerta al cerrarse fue tan definitivo como el clic del pestillo. Denise apoyó la espalda contra la madera mientras deslizaba el pendrive por el escote de Javier.

—Ahora sí, hermanito —dijo mientras el dispositivo caía dentro de su boxer—. Vamos a hacer… una auditoría completa.

Sus manos descendieron como inspectores de hacienda, buscando cada evasión fiscal en la piel erizada de Javier. Denise sonrió al encontrar lo que buscaba: un temblor involuntario justo donde su diario mencionaba ser más sensible.

—Sesenta y siete —contó contra sus labios—. Y esta vez… vas a firmar el acta.

El pendrive se deslizó como una moneda al interior del boxer de Javier, frío contra su piel sudorosa. Denise no apartaba los ojos de él mientras sus dedos, ahora expertos contadores, revisaban cada centímetro de su torso como si fueran hojas de balance.

—Sesenta y seis —murmuró al encontrar el lunar que su diario mencionaba en la página veintitrés—. Aquí dice que soñaste con mordérmelo. —Sus dientes blancos brillaron en la penumbra del cuarto antes de clavarse en la carne, lo suficiente para dejar marca pero sin romper la piel—. Los sueños… se pagan con intereses.

Javier arqueó la espalda cuando Denise deslizó una pierna entre las suyas, apretando con precisión milimétrica. A través de la tela del boxer, el pendrive presionaba contra su erección como un recordatorio físico de su deuda.

—No hagas ruido —advirtió ella mientras su mano derecha descendía como un cobrador implacable—. Mamá cree que estamos estudiando… —Sus dedos encontraron el elástico y lo estiraron lentamente, dejando escapar un chasquido que resonó como un disparo en la habitación—. Y no le gustaría saber que su hijo pequeño es un… moroso.

El primer gemido le escapó a Javier cuando Denise hundió la mano en su ropa interior, sacando el pendrive empapado de sudor. Lo sostuvo frente a sus ojos como prueba irrefutable.

—Sesenta y cinco —contó mientras lo limpiaba contra su propio muslo, dejando un rastro húmedo sobre la piel—. Esto vale más que tu cartera… y tu diario junto. —Su risa era suave pero cargada de peligro—. ¿Qué más guardas aquí que pueda servir como… garantía?

El sonido de pasos en las escaleras los paralizó. Denise se inclinó hasta que sus labios rozaron el oído de Javier, ahora rojo como la tinta de sus ecuaciones fallidas.

—Sesenta y cuatro. Y bajando. —Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca, guiándola hacia el lugar que su diario describía con vergonzoso detalle—. Firme aquí… y refinanciamos.

La perilla de la puerta giró en el momento exacto en que Javier firmó su rendición con un gemido ahogado. La madre los encontró aparentemente concentrados en los ejercicios, aunque el lápiz quebrado en el suelo y el brillo extraño en los ojos de Denise delataban la verdadera lección impartida.

El lápiz rodó por el suelo cuando Denise estiró la pierna con pretexto de alcanzar el borrador. Su pie descalzo se deslizó bajo el short de Javier como una serpiente, los dedos jugueteando con el elástico de su ropa interior.

—Sesenta y tres —susurró mientras su madre volvía la espalda para guardar los huevos en la nevera—. ¿Te gusta cuando juego con los números, hermanito? —Sus uñas arañaron levemente la piel interna de su muslo, haciendo que Javier contuviera el aire—. Porque todavía quedan… muchas ecuaciones por resolver.

En la mesa, el cuaderno mostraba garabatos obscenos entre las operaciones matemáticas. Denise lo cerró con un golpe seco justo cuando su madre giraba hacia ellos.

—Denise, ayúdame a pelar estas papas —ordenó la madre sin mirarla, ocupada en lavar los tomates.

Javier sintió cómo el pie de su hermana se retiraba lentamente, arrastrando consigo el elástico de su boxer antes de soltarlo con un chasquido que solo él escuchó. Denise se levantó con una sonrisa de gata satisfecha, pasando detrás de su hermano. Sus manos, aparentemente inocentes, se posaron sobre sus hombros mientras revisaba imaginarias motas de polvo en su camisa.

—Claro, mamá —respondió dulcemente mientras sus pulgares se hundían en la base del cuello de Javier, masajeando círculos viciosos—. Pero primero debo asegurarme de que mi hermanito entienda bien la lección.

Sus dedos descendieron por su espalda como gotas de agua caliente, deteniéndose justo donde terminaba la camisa. Javier tragó en seco al sentir sus uñas marcando trayectorias invisibles sobre la tela.

—Sesenta y dos —murmuró Denise contra su nuca antes de apartarse—. No te preocupes, mamá. Javier es muy… aplicado.

El cuchillo para pelar papas brilló en la mano de Denise como una amenaza velada. Desde su sitio en la mesa, Javier podía ver cómo sus labios se humedecían al clavarlo en la primera papa, retorciéndolo con precisión quirúrgica.

—¿Ves, hermanito? —preguntó en voz baja mientras la cáscara caía en espiral—. Así es como se pelan… las mentiras.

El sonido del cuchillo al chocar contra la tabla de madera marcaba el ritmo de su tortura. Cada corte era un recordatorio: aún quedaban sesenta y dos botones por arrancar, sesenta y dos oportunidades para demostrarle exactamente cuánto podía cobrarle en intereses.

El cuchillo seguía cortando las papas con un ritmo hipnótico, cada rebanada resonando como un latido acelerado en el silencio de la cocina. Denise humedecía los labios con demasiada frecuencia para ser casualidad, y Javier no podía evitar seguir el movimiento con la mirada, imaginando cómo sabrían esos labios si se atreviera a—

—Denise, ¿podrías traerme el orégano? —la voz de su madre cortó el aire como el cuchillo cortaba las verduras.

La chica se estiró para alcanzar el estante superior, haciendo que su suéter se levantara lo justo para revelar que debajo no llevaba nada más que esos diminutos shorts verdes. Javier ahogó un gemido al ver el arco perfecto de su espalda, la piel dorada por el sol marcando un contraste obsceno con el blanco del suéter.

—Aquí tienes, mamá —Denise dejó el orégano sobre la mesa con una sonrisa inocente, pero sus dedos rozaron intencionadamente el antebrazo de Javier al retirarse. El contacto duró menos de un segundo, pero bastó para que él sintiera cómo el calor le subía por el cuello como lava.

—Gracias, hija. Javier, ¿podrías ir al jardín a cortar unas hojas de laurel?

El muchacho asintió con la cabeza, demasiado rápido, demasiado nervioso. Al levantarse, su pierna rozó la de Denise bajo la mesa. Ella no se apartó. Al contrario, abrió ligeramente los muslos, atrapando su rodilla entre los suyos por un instante que se le hizo eterno.

—Yo lo ayudo —dijo Denise de pronto, levantándose con una agilidad felina—. No vaya a cortar las hojas equivocadas.

El jardín estaba bañado por la luz dorada de la tarde, pero Javier solo podía sentir el calor de su hermana pegada a su espalda mientras se inclinaban sobre el arbusto de laurel. Denise alargó el brazo para cortar una hoja, rozando deliberadamente su costado con cada movimiento.

—No te muevas, hermanito —susurró mientras su pecho presionaba contra su hombro—. O podría cortarte sin querer… —La hoja de laurel se deslizó por su cuello antes de caer en la canasta, dejando un rastro de fragancia y peligro. Javier sintió cómo el sudor le corría por la espalda bajo la camisa, mezclándose con el perfume de ella que lo envolvía como una telaraña.

Denise lo empujó contra el tronco del árbol con una fuerza que no esperaba. Su rodilla se deslizó entre sus piernas mientras una mano le sujetaba la barbilla con firmeza.

—¿Cuánto crees que valen tus secretos? —preguntó, pasando el dedo índice por sus labios temblorosos—. Porque yo tengo… muchas formas de cobrar. —Su boca se posó junto a su oreja mientras la otra mano descendía hasta el borde de su pantalón—. Sesenta y uno, Javier. Y esta vez… quiero pagamento en especie.

El crujido del elástico de su boxer sonó como un disparo en el silencio del jardín. Denise sonrió al sentir su respiración entrecortada contra su cuello.

—Mamá podría salir en cualquier momento —murmuró Javier, aunque sus manos se aferraban a las caderas de ella sin intención de soltarlas.

—Justo por eso —respondió Denise, hundiendo los dedos en su cabello y tirando hacia atrás para exponer su garganta—. El peligro… multiplica los intereses.

El sonido de la puerta trasera al abrirse los paralizó. Denise se apartó con rapidez felina, dejando a Javier apoyado contra el árbol con la respiración descontrolada.

—¡Niños! ¡La cena está lista! —gritó la madre desde la cocina.

Denise recogió la canasta de laurel con una sonrisa de complicidad. Antes de entrar, se inclinó hacia su hermano y le susurró:

—Sesenta. —Su mano pasó fugaz por la entrepierna de su pantalón, confirmando el efecto de su juego—. Te debo una… o más bien, me la debes tú.

Javier cerró los ojos mientras el aroma a laurel y a piel femenina se mezclaban en su nariz, prometiendo una deuda que cada vez sería más difícil de pagar.

El tenedor de Denise golpeó el plato con un *clink* calculado mientras cortaba el pollo con exagerada lentitud, los ojos fijos en Javier como si él fuera el próximo en ser trinchado. La madre, absorta en su revista, no notó cómo el pie descalzo de su hija se deslizaba por el tobillo del muchacho bajo la mesa, ascendiendo con torturante precisión por su pantorrilla.

—¿Te pasa algo, hijo? —preguntó la madre al notar que Javier apenas tocaba su comida—. Estás sudando como si estuvieras en un horno.

Denise mordió un trozo de pollo sin apartar la mirada, los labios brillantes de grasa que se abrían para recibir el alimento en cámara lenta. Su pie alcanzó la rodilla de Javier y se detuvo allí, el dedo gordo dibujando círculos en la piel sensible justo donde terminaba el short.

—N-nada, mamá. Solo que… hace calor —balbuceó Javier, aferrándose al borde de la mesa cuando el pie de su hermana continuó su avance implacable.

—¿Calor? —Denise hizo una pausa teatral, dejando caer el tenedor con estrépito—. A mí me está dando frío. —Se frotó los brazos exageradamente, haciendo que el escote de su blusa cayera hacia adelante—. Javier, ¿me prestas tu suéter? El que está en el respaldo de tu silla.

El muchacho palideció. Ese suéter llevaba escondido bajo la almohada durante semanas, impregnado de sus fantasías nocturnas. Denise lo tomó antes de que pudiera protestar y se lo puso con movimientos sensuales, hundiendo la nariz en la tela con un suspiro exagerado.

—Huele raro… —musitó mientras los dedos jugueteaban con la cremallera—. Como a sal y a… ¿tú qué crees, hermanito? —Su mano desapareció bajo la mesa y Javier contuvo el aliento cuando sintió el tejido rozar su muslo interno—. Ah, ya sé. A mentiras que se pegan como pegamento.

La madre levantó la vista justo cuando Denise se llevaba una manga del suéter a la nariz, inhalando profundamente con los ojos cerrados en falsa inocencia. Javier apretó los dientes al sentir cómo su hermana arrancaba algo del bolsillo del suéter: un papel doblado que reconocería entre mil, lleno de garabatos vergonzosos que había dibujado en clase.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó la madre con curiosidad.

Denise desdobló el papel con dedos de arqueóloga descubriendo un tesoro prohibido. Los ojos se le iluminaron al ver el boceto torpe pero inequívoco: una figura femenina de pelo corto y shorts verdes, rodeada de números de teléfono inventados y corazones tachados.

—Nada importante —respondió Denise, metiendo el papel en su escote con una sonrisa de gata—. Solo otra deuda que añadir a la lista… Cincuenta y nueve, ¿verdad, Javier?

El papel crujió entre los dedos de Denise cuando lo sacó de su escote, ahora tibio y ligeramente húmedo. Con gesto teatral, lo desdobló frente a los ojos aterrorizados de Javier, pasando la lengua por los labios al leer en voz baja los números garabateados en los márgenes.

—”9:15 pm… 9:47… 10:23″ —susurró, arqueando una ceja—. ¿Son horarios o puntajes, hermanito? —El papel voló sobre su plato como una bandera de rendición—. Porque si son segundos, debo felicitarte. Eres más rápido que el microondas.

Javier intentó alcanzarlo, pero el zapato de Denise se clavó en su muslo bajo la mesa, deteniéndolo con la precisión de un cepo. Su sonrisa creció al ver cómo el sudor le perlaba la frente mientras la madre seguía hojeando la revista, ajena al duelo que se libraba a centímetros de su taza de café.

—Denise, recoge los platos —ordenó la madre sin levantar la vista—. Javier, ayúdala.

Los cubiertos tintinearon cuando Denise se levantó, arrastrando el suéter robado contra el torso de Javier al pasar. Él contuvo el aire al sentir los dedos de ella rozar su nuca al tomar su plato, demasiado lento para ser accidental.

—Gracias, hermanito —murmuró con voz melosa mientras recogía también el papel incriminatorio—. Ahora sí que me debes… cincuenta y ocho.

El número flotó en el aire como una sentencia. Javier se levantó de golpe, haciendo temblar los vasos. Denise lo siguió hacia la cocina con pasos felinos, el papel ondeando entre sus dedos como un trofeo. Al doblar la esquina donde los armarios los ocultaban de la vista materna, lo empujó contra la nevera, pecho contra pecho.

—¿Sabes lo que pasa con los morosos? —susurró mientras su rodilla se deslizaba entre las piernas de él—. Primero les cobras… luego les embargas. —Su mano izquierda bajó hacia su pantalón mientras la derecha sostenía el papel frente a sus ojos—. Y yo… tengo orden de desahucio.

El sonido del teléfono cortó la tensión como un cuchillo. Denise retrocedió con una sonrisa pícara, metiendo el papel en el bolsillo trasero de sus shorts mientras respondía:

—Sí, mamá, ya vamos.

Sus dedos se cerraron alrededor de la muñeca de Javier al salir de la cocina, apretando justo donde el pulso delataba su derrota. El roce de sus palmas sudorosas sellaba un pacto no dicho: la deuda seguía viva, y los intereses crecían más rápido que su capacidad para pagarlos.

El agua del lavabo corría fría sobre las muñecas de Javier, pero nada podía bajar la temperatura que ardía bajo su piel. Denise se inclinó junto a él para tomar la toalla, rozando su torso contra su brazo con una lentitud calculada. El aroma de su champú —algo dulce, como vainilla quemada— se mezclaba con el olor acre de su sudor.

—Se te cayó el jabón, hermanito —murmuró Denise, agachándose frente a él con una flexión que hacía que sus shorts verdes se estiraran hasta el límite. Javier tragó saliva al ver cómo sus manos, con uñas pintadas de un amarillo chillón, recogían la pastilla y la colocaban en su palma, cerrando sus dedos alrededor de ella con una presión que prometía algo más.

—Cincuenta y siete —susurró antes de apartarse, dejando la pastilla húmeda y resbaladiza entre sus dedos.

El pasillo hacia las habitaciones era un campo minado. Denise caminaba delante, balanceando las caderas al ritmo de una canción imaginaria. Cada dos pasos, se detenía para ajustar un invisible hilo en su sandalia, doblando la espalda en ángulos imposibles. Javier mordía el interior de sus mejillas, las manos convertidas en puños dentro de los bolsillos.

—¿Vas a quedarte ahí parado como un tonto? —Denise giró sobre sus talones, apoyándose contra el marco de su puerta—. Entra, tengo que enseñarte… una cosa.

El cuarto olía a su perfume y a algo más denso, como electricidad estática. Denise cerró la puerta con el pie, sacando del bolsillo trasero el papel arrugado. Con los dientes, desabrochó el primer botón de su shorts.

—Quiero que me digas —deslizó el dedo índice por el dibujo— cuál de estos números es real.

Javier sintió cómo el suelo se inclinaba bajo sus pies. Denise sonrió al ver su pánico, hundiendo la mano en la cintura elástica de sus pantalones.

—O mejor… —acercó los labios a su oreja mientras sus dedos encontraban lo que buscaban— hagamos una llamada de prueba.

El timbre del celular de Javier cortó el aire como un grito. Denise lo sacó del bolsillo de su hermano con movimientos de carterista, leyendo en voz alta la alarma:

—”9:15 pm. Sesión de estudio”. —Una risa burbujeante le salió de la garganta—. Qué estudiamos hoy, hermanito… ¿anatomía?

Sus manos empujaron sus hombros hasta hacerlo caer sobre la cama. El papel crujió cuando Denise lo deslizó bajo su camiseta, pegado al vientre que subía y bajaba con respiraciones cortas.

—Te quedan… —contó los botones que le faltaban por abrir— cincuenta y seis oportunidades para confesar.

El sonido de la puerta principal al cerrarse los paralizó. La madre había regresado. Denise suspiró, apartándose con visible frustración.

—Esta noche —prometió mientras se arreglaba el escote— revisaremos tus… tareas pendientes.

El reloj marcaba las once de la noche cuando el crujido de la puerta del baño despertó a Javier de su letargo. Los dedos de Denise se deslizaron por su pecho desnudo antes de que pudiera reaccionar, sus uñas clavándose levemente en la piel mientras le susurraba al oído: “Las deudas no se pagan durmiendo”. El mentiroso reflejo de la luna en los azulejos multiplicaba sus sombras en posiciones obscenas.

Javier intentó incorporarse, pero el peso de su hermana sobre sus muslos lo ancló al suelo. Denise mecía las caderas con una lentitud calculada, el elástico de sus pantis rozándole el abdomen cada vez que se inclinaba para recoger el champú que se le había caído. “Cincuenta y cinco”, murmuró mientras dejaba caer intencionalmente el frasco otra vez. El golpe contra la baldosa resonó como un latigazo en el silencio de la casa.

En el pasillo, el crujido de las tablas del piso los paralizó. La madre caminaba hacia su habitación después de apagar las luces. Denise no se movió, sus labios suspendidos a un centímetro del cuello de Javier, conteniendo la respiración hasta que la cerradura giró al otro extremo de la casa. Entonces deslizó la mano bajo la toalla que él usaba como cobija improvisada, encontrando la evidencia dura de su juego. “¿Tanto miedo a que nos descubran… o tanto miedo a que no lo hagamos?”, preguntó mientras sus dientes mordisqueaban el cordón de su short.

El despertador de la cocina marcó la medianoche con un *click* imperceptible. Denise arrastraba a Javier por el pasillo como un felino llevando su presa, deteniéndose en cada sombra para escuchar. Cuando llegaron a su cuarto, la cerradura sonó como un disparo. “Ahora sí, hermanito”, susurró mientras encendía la lámpara con el pie, revelando la cama cubierta de prendas robadas: camisetas manchadas, calcetines anudados, hasta el suéter escolar que ahora envolvía la almohada. “Empecemos con la auditoría… Cincuenta y cuatro artículos desaparecidos… cincuenta y cuatro formas de cobrar”.

El papel de pared con flores amarillas se ondulaba bajo el aliento agitado de Javier, sus manos aferradas al borde del escritorio mientras Denise trazaba círculos en su espalda desnuda con la punta de un lápiz labial color coral.

—Cincuenta y tres… —murmuró ella, marcando otro número en la piel sudorosa de su hermano—. Te estás portando tan bien que casi me da pena cobrar. —Su risa era una caricia húmeda en su nuca mientras deslizaba las uñas por la columna vertebral, deteniéndose justo donde el short deportivo empezaba a ocultar lo que más temblaba.

Javier cerró los ojos cuando los dedos de Denise se colaron bajo la cintura elástica, avanzando milímetro a milímetro como una serpiente entre la hierba alta. El crujido de la cremallera de sus shorts verdes resonó como un trueno cuando ella la bajó con los dientes, sin dejar de mirarlo fijamente.

—¿Sabes qué pasa cuando un deudor no paga? —preguntó Denise, hundiendo una rodilla entre las piernas de Javier para mantenerlo inmóvil—. El acreedor… se cobra en especie. —Su mano izquierda emergió triunfante, sosteniendo el suéter escolar que él había escondido bajo la almohada, ahora empapado en algo más que sudor—. Parece que tu prenda favorita necesita… lavado en seco.

El timbre del celular de Denise cortó el aire como un cuchillo. Sin apartar los ojos de Javier, sacó el dispositivo del escote y leyó el mensaje con una sonrisa perversa: “Mamá pregunta si quieren té de manzanilla”.

—Dile que sí —jadeó Javier, aprovechando el descuido para intentar zafarse—. Por favor…

Denise dejó caer el celular sobre la cama y se inclinó hasta que sus labios rozaron el pabellón auricular de su hermano, caliente como una brasa.

—Cincuenta y dos… —susurró mientras su mano derecha terminaba el recorrido iniciado minutos antes—. El té puede esperar… pero esto no.

El gemido ahogado de Javier se perdió entre el crujir de los resortes del colchón y el sonido lejano de la tetera silbando en la cocina. Denise contuvo la respiración, contando los latidos acelerados que sentía bajo sus dedos hasta que los pasos de su madre resonaron en el pasillo.

—Apuesto a que nunca te corriste tan rápido en educación física —murmuró al oído de Javier mientras se apartaba bruscamente, dejándolo arrodillado frente a la cama como un penitente ante su diosa—. Nos vemos a las tres… cuando mamá esté dormida. Trae el diario.

La puerta se cerró tras ella con un clic sibilante, dejando a Javier rodeado de prendas robadas y promesas que pesaban más que cualquier deuda.

Las tres de la madrugada sonaron como un disparo en el silencio de la casa. Javier contuvo el aire al escuchar el crujido de su puerta abriéndose, sabiendo exactamente qué sombra se deslizaría por el umbral. El resplandor azulado del reloj digital iluminó los dedos de Denise mientras deslizaba el diario escolar robado sobre su pecho desnudo.

—Página cuarenta y tres —susurró, abriendo el cuaderno justo donde él había dibujado una figura femenina de piernas largas y pelo corto—. Tienes talento… para copiar lo que ves. —Su uña recorrió el contorno del dibujo hasta detenerse en el margen, donde garabateó un “51” con tinta roja de labios.

Javier sintió cómo el papel se humedecía bajo sus palmas sudorosas cuando Denise se sentó a horcajadas sobre sus muslos, el elástico de sus pantis negros rozándole el abdomen con cada movimiento calculado.

—¿Sabes lo que pasa cuando un deudor no coopera? —preguntó Denise, inclinándose hasta que sus pechos rozaron el dibujo—. El acreedor… subasta los bienes. —Sus dedos se cerraron alrededor del diario mientras con la otra mano deslizaba algo frío y metálico por el torso de Javier: las tijeras de uñas de su madre.

El corazón de Javier golpeó su caja torácica cuando el filo cortó la primera página, dejando caer los trozos de papel sobre su piel como pétalos de una flor venenosa.

—Cincuenta… —contó Denise mientras rasgaba otra hoja, esta vez con el boceto de ella usando el suéter escolar—. Cuarenta y nueve… —continuó al destruir la página donde había practicado firmar su nombre junto al de él.

El sonido del papel rasgándose se mezclaba con la respiración entrecortada de Javier cuando Denise llegó a la página veintisiete. Allí, entre ecuaciones algebraicas, él había escrito cien veces “Denise es una perra” después de una pelea.

—Oh, esto duele —murmuró ella, pasando la lengua por el borde cortante de las tijeras antes de clavarlas en el colchón, a un centímetro de la oreja de Javier—. Pero las deudas… duelen más.

Cuando sus labios se cerraron sobre los de él, sabían a menta y a venganza. Denise le mordió el labio inferior hasta hacerlo sangrar, luego recogió la gota escarlata con la punta de su dedo y la estampó sobre la última página intacta.

—Cuarenta y ocho… —susurró, marcando el número con sangre antes de levantarse y salir del cuarto, llevándose el diario mutilado como trofeo.

Javier permaneció inmóvil, sintiendo cómo las migajas de papel se pegaban a su piel sudorosa, cada fragmento una prueba irrefutable de que la contabilidad perversa de su hermana siempre saldaba sus cuentas… con intereses.

El reloj de la cocina marcaba las 3:17 am cuando el crujido de las tablas del pasillo hizo que Javier contuviera la respiración. Sabía que cada segundo que pasaba era una moneda que caía en el pozo sin fondo de su deuda. La puerta se abrió sin ruido, revelando la silueta de Denise recortada contra la luz del pasillo, el suéter escolar colgando de su mano como un trofeo de guerra.

—Cuarenta y siete… —susurró mientras avanzaba con movimientos felinos, pisando los fragmentos del diario esparcidos por el suelo. Javier sintió cómo el elástico de sus boxers se clavaba en la piel cuando ella se sentó sobre sus muslos, demasiado cerca, demasiado cálida—. Te falta imaginación, hermanito. —Su dedo manchado de lápiz labial trazó un “46” sobre su pecho mientras con la otra mano desenrollaba el suéter escolar—. Si vas a robarme la ropa… al menos úsala como se debe.

El tejido áspero del suéter rozó el torso desnudo de Javier cuando Denise comenzó a enrollarlo alrededor de sus muñecas, atándolas a los barrotes de la cabecera con nudos expertos. Cada tirón que él daba sólo servía para apretar más la tela, hasta que las puntas de sus dedos empezaron a hormiguear.

—Ahora… —Denise se inclinó hasta que sus labios rozaron la oreja de Javier, caliente como una brasa— vamos a hablar de intereses moratorios. —Su mano izquierda se deslizó por el vientre de su hermano mientras la derecha sacaba algo del bolsillo trasero de sus shorts: un frasco de esmalte de uñas color coral—. Por cada día que tardes en pagar… —el pincel frío trazó una línea desde el ombligo hasta la cintura— sumo un dígito… y cambio el método de cobro.

Javier arqueó la espalda cuando el esmalte llegó a zonas más sensibles, dejando un rastro brillante que ardía como fuego líquido. Denise sonrió al ver cómo se le erizaba la piel, disfrutando cada temblor, cada respiración entrecortada.

—Cuarenta y cinco… —murmuró mientras el pincel dibujaba espirales en el interior de sus muslos—. Cuarenta y cuatro… —continuó al llegar a la cintura elástica de sus boxers, ahora teñida de rosa coral.

El sonido de la puerta principal al cerrarse los paralizó. La madre había salido temprano. Denise aprovechó el silencio repentino para morder el elástico de la prenda íntima de Javier, tirando de ella con los dientes hasta dejar al descubierto lo que tanto había estado ocultando.

—Cuarenta y tres… —susurró contra su piel, antes de que el timbre del celular de Denise cortara el aire como un cuchillo. Sin apartar los ojos de Javier, leyó el mensaje con una sonrisa que hizo temblar a su hermano—. Mamá dice que vuelve al mediodía… —Su mano se cerró alrededor de él con una presión calculada—. Tenemos seis horas para llegar a cero… Empecemos.

El aire en la habitación espesó cuando Denise deslizó el último botón de su blusa, revelando la piel dorada por el sol de mediodía que se filtraba entre las cortinas. Javier tragó saliva al notar cómo el tejido caía sobre sus muslos, aún marcados por los números coral que ahora brillaban con su sudor.

—Cuarenta y dos… —murmuró ella mientras sus uñas trazaban círculos concéntricos en el abdomen de Javier, deteniéndose justo donde el esmalte comenzaba a descamar—. Parece que el calor acelera el proceso. —Su risa era un susurro húmedo al oído cuando deslizó el teléfono por su pecho, mostrando la pantalla: un video de Javier masturbándose con su sujetador rosa el martes pasado—. ¿Sabías que la nube guarda copias de seguridad?

Javier arqueó la espalda cuando los dedos de Denise encontraron el nudo del suéter escolar, apretándolo hasta cortar la circulación. El dolor se mezcló con el placer cuando ella mordió su clavícula, dejando un óvalo perfecto que empezó a palpitarme como un segundo corazón.

—T-tengo el diario completo en mi mochila —balbuceó Javier, sintiendo cómo Denise congelaba su recorrido hacia abajo—. Las páginas que faltan… están plastificadas.

Denise lo miró con ojos de pantera acorralada. Durante tres latidos frenéticos, la habitación sólo resonó con el tictac del reloj de pared. Luego sus labios se curvaron en una sonrisa que heló la sangre de Javier.

—Veintiuno. —El número salió de su boca como un látigo mientras desabrochaba su propio short con mano firme—. Esa es la cantidad de prendas mías que recuperé hoy del cajón de tus… recuerdos. —Arrojó sobre el pecho de Javier un puñado de tiras de tela irreconocibles—. Creo que merezco un descuento por mercancía dañada.

Cuando Denise finalmente selló su boca sobre la de él, supo que ninguna deuda se saldaría jamás. Las monedas de esta transacción caerían eternamente en el pozo de su culpa compartida, resonando cada vez más hondo con cada gemido ahogado que el suéter escolar no alcanzaba a sofocar.

El sudor perlaba la espalda de Denise mientras sus dedos recorrían las páginas plastificadas del diario oculto. Las tres de la tarde martilleaban contra las persianas cerradas, dibujando líneas doradas sobre el torso desnudo de Javier, todavía marcado por números coral que parecían latir al ritmo de su respiración acelerada. “Veintiuno”, murmuró ella al deslizar una uña por la página 63, donde un dibujo detallado de sus piernas rodeaba una ecuación química sobre puntos de fusión. La tinta se había corrido en algún momento, como si las fórmulas también hubieran sudado de deseo.

Javier intentó liberar sus muñecas atadas con el suéter escolar, pero los nudos sólo se apretaron más, crujiendo como huesos secos. “D-deja el diario”, suplicó con la voz quebrada por esa mezcla de terror y excitación que Denise conocía tan bien. Ella respondió inclinándose sobre su pecho, dejando que sus pezones rozaran los números escritos en esmalte mientras pasaba una página plastificada con movimientos deliberadamente lentos. La página 71 mostraba una lista meticulosa: “Días desde que me masturbé pensando en ella (fallido)”. Los registros terminaban abruptamente después de siete entradas, justo cuando empezaban las marcas de uñas en el plástico.

“¿Sabes qué pasa cuando el deudor no puede pagar?”, susurró Denise al oído de Javier mientras su mano izquierda descendía por su abdomen como una serpiente de escamas cálidas. Su dedo anular se detuvo justo donde el último número coral (’21’) se fundía con el vello pubiano. “El acreedor…”, continuó mientras con la otra mano desgarraba la página plastificada con un sonido que hizo estremecer a Javier, “…toma posesión del bien”.

El gemido que escapó de los labios de Javier cuando Denise finalmente cerró su mano alrededor de él fue tan intenso que hizo vibrar los fragmentos de papel esparcidos por la cama. Ella contó cada espasmo, cada gota de transpiración que rodaba por sus sienes, cada jadeo entrecortado, como un banquero implacable registrando un pago. Cuando finalmente lo sintió estallar entre sus dedos, manchando los números escritos en coral, susurró contra sus labios temblorosos: “Cero… La deuda está saldada”.

Pero el brillo en sus ojos decía algo muy distinto. Porque en el mundo perverso de Denise y Javier, los intereses siempre seguían acumulándose… y esta transacción apenas comenzaba.

¿Continuará?

Por Reriva69

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