El hombre que acaricia (Capítulo 6)

El hombre que acaricia (Capítulo 6)

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La cola de la oficina del registro de la propiedad apenas avanzaba y Sergio decidió llamar a Catalina para avisarla.

La joven le había enviado un mensaje la tarde anterior para ir hasta su piso y habían quedado en verse esa mañana.

—Hola, Catalina ¿Dónde estás?

—Hola, Sergio. Estoy llegando a su casa —Por la voz parecía nerviosa, pero también contenta.

<< ¡Mierda! >>, pensó.

—Es que estoy aquí empantanado haciendo unos trámites y me será imposible llegar a la hora ¿Lo dejamos para otro día?

—Ah, bueno. No pasa nada —dijo claramente decepcionada, esfumándose de inmediato su alegría.

Imaginando como se sentiría y sabiendo lo mucho que le habría costado dar el paso de escribirle, pensó que sería la oportunidad perfecta para que conociera a Mercedes, ya que esta se había quedado a dormir con él y estaría en casa.

—¿Tienes clase en la universidad esta tarde?

—Si, ¿por qué?

—Ah, entonces nada. Lo decía por si te gustaría quedarte a comer en casa.

—Puedo faltar a las clases de hoy porque son asignaturas que las llevo muy bien.

Sergio le explicó que en casa estaría Mercedes y que fuera para allí. Que él, en cuanto terminara, iría para casa y podrían verse.

—¿Pero a ella no le importará que espere en su casa mientras viene?

—Claro que no. Así os conocéis y ya verás como te vendrá bien conocerla.

—¿Esa mujer es la que tiene el problema como yo? ¿Su preferida?

—Recuerda lo que te dije, eso no es ningún problema, cariño. Si, es mi preferida —dijo sonriendo —. Entonces, ¿nos vemos luego?

—Si. Luego nos vemos.

Al cortar la llamada, avisó a Mercedes de que Catalina iría por casa y quedaron en verse después.

Saber que esa mujer que le abrió la puerta era la preferida de Sergio, le hizo mirarla con admiración mientras caminaba hacia la puerta donde la esperaba Mercedes.

—Así que tú eres Catalina —le dijo dándole dos besos —. Sergio me habló muy bien de ti. Pasa, por favor.

—¿Te habló muy bien de mí?

—¡Pues claro!

Mientras hablaban, Mercedes se fijó que Sergio tenía razón y que era una muchacha muy bonita a pesar de aquellas gafas que parecía usar intentando esconderse de la gente con ellas.

—Sergio también me habló muy bien de ti —le dijo Catalina.

Esa mujer le pareció muy agradable y Catalina, mientras estaban sentadas en el salón hablando, la miraba sorprendida de que fuera tan mayor.

Con su dulzura, elegancia y belleza, entendió porque era la preferida de Sergio.

Intentando darle confianza, Mercedes le contó que se había quedado viuda hacia seis años y como, gracias a Sergio, su vida había dado un giro de trescientos sesenta grados y volvía a sentirse mujer.

—Yo es nunca tuve novio —le dijo con timidez en un arranque de sinceridad.

—Sergio me comentó algo —La miró con ternura —. Eres una muchacha encantadora y estoy segura que habrá muchos chicos que estarían encantados de estar con una chica como tú. Y veo que Sergio tenía razón cuando me dijo que eres muy bonita.

—¿Te dijo que era bonita?

—Si. Me comentó que cuando te vio desnuda, se quedó gratamente sorprendido porque con tu ropa parecías más normalita —La miró hacia la sudadera y su pantalón flojo —¿Siempre te gusta vestir con ropa floja?

—Si, es una manía. Me siento más segura usando ropa que no marque mi cuerpo.

—¿Sabes? Cuando tenía tu edad me pasaba lo mismo. Lo pasaba fatal con el complejo de mis pechos, pero cuando conocí a mi marido, vi que le gustaba mucho como los tenía y eso me dio seguridad.

—¿Ahora ya no te dan complejo?

—No, cielo. A muchos hombres les gustan los pezones grandes. En casa ni siquiera uso sujetador. Ahora, porque me puse esta chaqueta —Al decirlo, se la abrió mostrándole que no lo llevaba —. Si no ya lo habrías comprobado.

Al abrir la chaqueta, Catalina miró hacia los pechos de Mercedes. Llevaba una camiseta blanca y en esta se marcaban los pezones que parecían muy grandes. Al ver la cara de sorpresa de la joven, le sonrió.

—Cuando Sergio me dijo que había una mujer que los tenía como yo, me preguntaba si sería verdad —le dijo Catalina sin apartar la vista de ellos.

—Ya ves que sí, cariño. Y no somos las únicas ¿Los tuyos también son así?

—Si. Creo que si —al decirlo, bajó la mirada hacia sus pechos —. Es que con la camiseta y la sudadera no se notan.

Mercedes le inspiraba confianza y, que fuera mujer, la llevó a bajar la cremallera de la sudadera y abrirla para mostrarle.

—Al tener sujetador no se notan mucho —le dijo mirando hacia la camiseta.

La mujer vio que tenía razón y los pezones de la joven se notaban un poco.

Para las dos era una situación extraña estar hablando de esa parte de su anatomía que tanto complejo le había dado a una y a la otra aún seguía sufriéndolo. Para la joven le resultaba liberador poder hablar con alguien sobre ese tema.

—Nunca hablé tan abiertamente de esto con nadie. Gracias, Mercedes.

—¿Y te sientes incómoda?

—No sé, es raro —Le sonrió.

—¿Los tuyos también soy muy sensibles? —Mercedes, al preguntarlo, bajó la mirada hacia sus pechos y se veía con claridad que estos estaban empitonados —. Los míos ya ves que si —Le sonrió con dulzura —. El roce de la camiseta y esta situación los han puesto duros.

Catalina miraba embobada hacia los pechos maduros y se sonrojó al sentir que los suyos también estaban reaccionando y se notaban cada vez más.

—Si. Los míos también lo son.

—Es normal, cariño. No te avergüences. Te gustaría mirarlos, ¿verdad?

La joven la miró y asintió sintiendo que tenía mucha curiosidad.

En silencio, Mercedes se quitó la chaqueta y enseguida se estaba desprendiendo de la camiseta.

Catalina le miraba nerviosa los pechos ahora desnudos. Eran muy bonitos y le encantó comprobar que el tamaño de los pezones era muy parecido al de los suyos. Los de esa mujer eran oscuros y también parecían más gordos, al contrario que los suyos que eran finos y de color más rosado.

—¿Te gusta verlos? —preguntó Mercedes, nerviosa.

—Si. A mí sólo me los vio Sergio.

—No te preocupes. Estamos entre amigas, cariño.

Sin decirse nada más, la joven se desprendió de la sudadera, se quitó la camiseta y nerviosa, se desabrochó el sujetador.

A Mercedes le sorprendió lo bonitos que eran aquellos pechos. Los pezones estaban también tiesos y parecían felices de sentirse admirados de aquella forma.

—Son preciosos, cariño —le dijo Mercedes avergonzada de estar diciéndole eso a una chica.

—Los tuyos también son muy bonitos, Mercedes.

No pudo negarse a la invitación de la mujer a qué se sentará su lado. Cómo tampoco pudo oponer resistencia cuando le agarró la mano y se la llevó a los pechos maduros.

—Tócalos, cielo. Siento tu curiosidad por ellos.

Ambas se estremecieron cuando Mercedes también acercó la mano a los pechos jóvenes y juntas se los acariciaron una a la otra.

Catalina imitaba lo que la mujer le hacía. Si Mercedes le masajeaba los pezones entre los dedos, ella también lo hacía. Si se los estiraba, ella tiraba de los de Mercedes y ambas miraban sorprendidas como los apéndices se deformaban entre los dedos.

La estimulación mamaria fue tal, que los primeros gemidos hicieron acto de presencia. Gemidos tímidos que fueron aumentando de volumen hasta convertirse en una deliciosa melodía de placer entre dos mujeres que se estaban dando cariño en sus tan incomprendidos pechos.

Fue Mercedes la primera en decidirse a acercar la boca, y cuando comenzó a mamárselos, Catalina no tardó en sentir que se corría entre temblores. Luego, agradecida, fue la joven quien acercó la boca y mamó como un bebé hambriento de los pechos de Mercedes.

—¡Dios, cariño! Mama sin miedo. Me voy a correr, mi niña. Es delicioso.

Catalina sonriendo miró a Mercedes cuando esta dejó de correrse. Esta, la abrazó acariciándole la cabeza y sus bocas se buscaron con delicadeza. Se besaron mientras sentían sus pezones rozarse entre ellos.

La joven miraba asombrada a Mercedes. Hacía días había hecho sentir un orgasmo a Sergio masturbándolo y ahora había hecho que esa mujer tuviera otro. Se sentía feliz de haberles dado placer como ellos lo habían conseguido con ella.

Cuando Sergio llegó a casa, le sorprendió y encantó ver que Catalina y Mercedes estaban en la cocina preparando la comida y parecían felices juntas.

—¡Hola! —las saludó desde la puerta de la cocina.

—Hola, cariño —le dijo, Mercedes.

—Hola, Sergio —saludó Catalina con timidez.

Entrando en la cocina, besó en los labios a la mujer y le dio un beso en la cabeza a la joven.

—¿Qué tal estáis?

A Sergio, no le pasó desapercibido el hecho de que ambas estaban en camiseta y debajo no llevaban sujetador.

—Estamos preparando un guiso que estará para chuparse los dedos, ¿verdad, Catalina?

—Si.

—Solo por lo rico que huele, estoy convencido de que así será.

Comieron juntos y la joven parecía feliz allí con ellos. Su timidez del primer día, parecía ir desapareciendo y Sergio la miraba contento de que fuera cogiendo confianza y seguridad en sí misma.

En un momento que la joven fue al baño, Sergio miró a Mercedes.

—¿Qué tal? —le preguntó en voz baja.

—Luego te cuento. Es una cría encantadora.

—Me alegra que hayáis hecho buenas migas. Ya te dije que era encantadora.

Catalina se ofreció a servir ella el café y lo tomaron en el salón.

—¿Sois pareja? —les preguntó después de un rato observándolos.

—¿Por qué lo preguntas? —preguntó Sergio intrigado.

—Por curiosidad. Perdonar mi indiscreción.

Sergio y Mercedes se miraron sin saber cuál era la respuesta.

—Nos estamos conociendo. El tiempo dirá lo que terminaremos siendo —dijo Mercedes.

—¿No te importa que Sergio acaricie a otras mujeres?

—Precisamente eso lo hablamos el otro día y ya le dije que no. Si fuéramos pareja, entendería su trabajo y confiaría en él.

La joven se quedó callada y pensativa.

—¿Qué está pasando por esa cabecita? —le preguntó Sergio al verla.

—Nada —Se ruborizó.

—¿No confías en nosotros? Puedes contarnos lo que piensas sin que te de reparo o miedo.

—Es una tontería mía. Pensaba como sería verte acariciándola.

Mercedes miró a Sergio y luego a la joven.

—¿En serio te gustaría eso?

—Lo pensé ahora y me da curiosidad.

Catalina, sentada en un sillón al lado de la cama, miraba nerviosa como Mercedes se quitaba la falda. Esta, también nerviosa, evitaba mirarla e intentaba pensar que estaba sola con Sergio.

Una vez estuvo totalmente desnuda, la mujer se tumbó en la cama y la sensación de sentirse observada por Sergio y la joven, le provocó la erección inmediata de los pezones.

Los tres sintieron que compartir algo tan íntimo les provocaba un plus de excitación que los hacía sentir un morbo increíble.

Excitada, Mercedes sentía como Sergio le acariciaba el cuerpo con el suyo. Vulva, nalgas, pechos e incluso la cara, eran acariciados por las manos y por la polla totalmente dura.

Sergio se frotaba contra el cuerpo de la mujer y sentía la mirada fascinada de la joven sobre su polla, sobre las tetas de Mercedes y sobre su coño encharcado.

Se encontraba mordisqueándole los pezones mientras Mercedes se corría al sentir la polla frotarse contra su coño, cuando los gemidos de la mujer fueron acompañados de un tímido gemido de la joven.

Mirando disimuladamente hacia el sillón, Sergio vio como la joven tenía una mano por dentro de la camiseta y se acariciaba las tetas. Excitado, vio que tenía la otra mano por dentro del pantalón y se estaba masturbando con la mirada puesta en su polla y en el coño de Mercedes.

—Ven, cielo —le dijo ofreciéndole la mano —. Ven con nosotros.

Nerviosa, miró a Mercedes y esta la miró mientras respiraba con dificultad por el orgasmo que acababa de sentir.

—Si, mi niña. Ven.

Mercedes la besó cuando se subió a la cama y la desnudó mientras Sergio la miraba excitado.

—Te gustan sus tetas, ¿verdad, cariño? —le preguntó Mercedes a Sergio.

—Las tenéis preciosas.

Sus manos se aferraron a los pechos de ellas mientras ellas se acariciaban una a la otra el pecho que quedaba libre.

Catalina gimió y mirándose las tetas, vio como estas eran acariciadas por esa pareja madura. Veía el pezón derecho estirado por la suave mano de Mercedes y el izquierdo, siendo pellizcado por la magistral mano de él.

El deseo, la lujuria y el placer se adueñaron de la habitación.

Catalina nunca se imaginó que una mujer pudiera volverse loca de placer, y asombrada, miraba como Mercedes ponía los ojos en blanco mientras se corría siendo follada por Sergio mientras ella le mamaba los gordos pezones oscuros.

Luego le tocó el turno a ella cuando Sergio le estaba besando los pechos y sintió que Mercedes le estaba acariciando el coño.

—Es preciosa —dijo la mujer mientras le abría los labios vaginales y contemplaba fascinada la vagina virgen.

Nerviosa, abrazó con fuerza a Sergio y este, al ver lo que le pasaba, la miró intentando tranquilizarla.

—Tranquila, cariño. Ya verás como te gusta. Mercedes te lo hará muy bien.

La sensación de ser besada entre las piernas era indescriptible. Su coñito era besado con dulzura y la caricia de la lengua tan suave recorriéndolo, la hacía gemir.

Mercedes, que, a sus sesenta y dos años, estaba por primera vez haciendo eso, le chupó cada rinconcito y se sorprendió al darse cuenta que le encantaba hacérselo.

Como un premio a su delicadeza y ternura, el coñito comenzó a soltar chorritos deliciosos que ella recibió excitada en la boca,

—Que rico, mi niña —le dijo abrazándola cuando terminó de correrse

Esa noche, cuando Mercedes y Sergio estaban follando recordando cada momento vivido con la joven, esta, en su cuarto, se estaba masturbando recordando como esa pareja madura había follado delante suya. Recordando lo que había sentido cuando la mujer le había mamado el coño y como luego había sido que se lo hiciera Sergio.

Frotándose con desesperación, rememoró el momento en que Mercedes le había pedido que se acercara para que viera de cerca como le mamaba la polla.

Todavía podía sentir en sus labios ese instante en que la polla se abrió paso entre ellos y como Sergio había gemido al sentir que era ella y no Mercedes la que le estaba mamando el sexo.

Se corrió en la soledad de su cuarto recordando los temblores de Sergio cuando la polla entraba en sus bocas alternativamente y el semen comenzó a salir disparado hacia sus gargantas y ellas los recibían repartiéndose aquel preciado botín cuyo sabor le había encantado.

Mercedes lo miraba embriagada de felicidad.

—Lo de hoy ha sido increíble. Gracias, cielo —le dijo mirándolo después de haber follado juntos y recordando lo de esa tarde.

—Si, ha sido increíble.

—Nunca imaginé que pudiera excitarme y gustarme tanto lamer entre las piernas a una chica.

—¿Tanto te gustó?

—Muchísimo, cielo —reconoció algo avergonzada —. Es tan dulce y tierna esa chica…

—Me volvisteis loco haciéndome esa mamada juntas.

—Tenías que ver su cara mientras te lo hacía —Sonrió —. Se veía que le encantaba hacértelo.

—¡Joder! —exclamó al sentir aquel subidón al escucharla.

—Caray —Le miró la polla hinchada —. Veo que te gustó saberlo. Deja que te calme, cielo.

Era viernes y después de hablar con Rubén y Ramón, Sergio decidió llamar a Teresa.

—Hola, Sergio ¿Todo bien? —preguntó extrañada.

—Si. Tranquila ¿Dónde andas? Te quería comentar una cosa.

Sergio miró el reloj y faltaban cinco minutos para la hora a la que había quedado con Teresa.

La vio caminar apurada entre la gente y le hizo gracia ver cómo varios hombres se giraban con descaro para mirarle el culo. Otro, acompañado de la que suponía sería su pareja, también lo hizo, pero disimuladamente.

Pensó que era muy guapa y tenía un cuerpazo, que, sumado a los modelitos que solía ponerse, conseguía que fuera un espectáculo para la gente y llamara la atención.

Le sorprendía la facilidad que tenía para caminar con aquellos taconazos y esa minifalda al límite como siempre de mostrar más de lo debido.

Se avergonzó al recordar aquella noche del parque y como le había visto hacerle una mamada a Ramón mientras él, oculto tras los árboles, la miraba el culo que se mostraba perfectamente con la minifalda subida.

—Hola, Sergio. Perdona, pero anduve a cien. Ni siquiera me dio tiempo a secarme el pelo.

La media melena rizada se veía húmeda y le quedaba muy bien así.

—Te queda bien así el pelo.

—Gracias. Aunque ya sabes cómo soy y me gusta llevarlo perfecto —le dijo reconociendo su coquetería.

—Siéntate, por favor ¿Qué quieres tomar?

—Un agua con gas con un chorrito de zumo natural de limón, por favor.

—¿No puedes tomar algo normal? —le dijo sonriendo —. Mira que eres rarita, ¡eh!

—¿Cómo que rarita? —le puso cara de enfado —. No soy rarita.

—Es broma, mujer.

Lo vio regresar de dentro de la cafetería y lo miró.

—¿Qué es eso tan importante que querías contarme? —preguntó nerviosa.

Le contó que estaban preparándole a su novio una pequeña fiesta de despedida. Que no habían podido organizarla con tiempo y necesitaban de su colaboración para llevar a Alfonso a la cafetería donde paraban siempre sin que él supiera nada.

—Pero, ¿vendrá mucha gente?

—Con vosotros seremos dieciséis. Tú solo tienes que ocuparte de llevar a Alfonso sin que sepa nada. Del resto ya nos encargamos nosotros. Anselmo nos dio todas las facilidades para que la hiciéramos allí.

—Ah, genial —dijo nerviosa al escuchar ese nombre —¿A qué hora será?

—A las diez. Así picoteamos algo y luego de unas copas, ya vemos si vamos a bailar o nos quedamos allí.

—A Alfonso le hará mucha ilusión. Sois muy buenos amigos.

Le hubiera gustado decirle que su novio no le caía especialmente bien. Que si estaba integrado en el grupo era por Rubén y que, en realidad, no lo consideraba como un amigo con todo el sentido de la palabra.

—Fue Rubén quien tuvo la idea.

—Sergio… Sé que Alfonso a veces se comporta como un gilipollas y cuando empezaste con tu trabajo nuevo, era el que menos confiaba que pudiera salir bien.

—Anda que no me vacilaba ni nada. Ni siquiera yo pensaba que pudiera salirme tan bien —Sonrió avergonzado.

Hablar con mujeres de su círculo de amistades sobre su trabajo todavía le daba cierto reparo y con Teresa le pasaba lo mismo.

—Los que te critiquen son unos envidiosos. Ya les gustaría a ellos poder tener tu trabajo —Le sonrió —. Me hace gracia que dedicándote a eso puedas ser tímido.

—En mi trabajo me transformo —También se rio —. Qué va, es broma. Lo que pasa es que no me gusta mucho hablar con mujeres conocidas de ello.

—Pero, ¿por qué? ¿Te avergüenza tu trabajo?

—No, ¡qué va! Avergonzarme, para nada. Yo lo miro como un bien social.

—Pues que sepas, que dentro de mi grupo de yoga tienes club de fans.

—¿Pero se lo contaste?

—Pues claro. Había que hacerte publicidad cuando empezaste.

—Te voy a matar, Teresa —le dijo —. Es broma, se agradece tu buena intención.

—Estoy segura que muchas no te llaman por vergüenza. Que si no ya verías.

—Entiendo que no es fácil dar el paso. Muchas me lo dicen cuando vienen.

Como le había sucedido con Lucía, le sorprendió estar hablando de su trabajo con una amiga, con el acicate de que esta aún pertenecía al grupo y era la novia de Alfonso.

—¿En serio van mujeres casadas? —preguntó sorprendida.

—Si, claro.

—Ay, Dios. Cuenta, cuenta…

—Soy discreto con las mujeres que vienen.

—¡Qué malo! ¿Me vas a dejar con esta curiosidad?

—Tienes que entenderme, Teresa.

Esa chica era muy diferente estando así de charla a solas, que con su novio cerca. Parecía más cercana y hasta algo simpática, no como cuando estaba con Alfonso.

—¿No quedaste con Alfonso?

—Quedó con compañeros de trabajo para despedirse de ellos.

—¿Te apetece cenar algo? Ya es tarde y no quiero llegar a casa y ponerme a cocinar.

—Ah, vale. No quedé con nadie y tampoco me apetece ir para casa y estar encerrada viendo series.

La cena transcurrió muy amena y el vino les ayudó a desinhibirse.

—Pues ahora que Alfonso se va cuatro meses, sería un buen motivo para que me llamaras. Por trabajo, ¡eh!

—¡Qué loco! —Sonrió mientras daba otro trago a la copa de vino —. Si, claro. Solo por trabajo.

—Por supuesto. Y como me hiciste publicidad entre las amigas de yoga, te haría precio especial.

—¿Nunca te preguntaste que sentirías si te apareciera una conocida allí?

—¿Y quién te dijo que no haya venido ya alguna conocida? —le dijo pensando en Lucia.

—No te creo —Estirando el brazo le dio un golpe en el brazo —. Lo dices para meterte conmigo porque sabes que soy curiosa.

—Es broma. La verdad es que nunca me pregunté qué sentiría si viniera una amiga.

—¿Crees que te gustaría?

—No lo sé. Si está buena, supongo que si —La miró pensativo —. Tendría su punto morboso, ¿no crees?

—Me imaginó que sí.

Teresa fue al baño y se sorprendió mirándole el culo.

Aquella velada inesperada y sus comentarios en tono de broma, le había hecho imaginar cómo sería acariciar ese culo que ya había visto aquella vez en el parque.

Se avergonzó al darse cuenta que estaba excitado.

No la vio volver del baño y se puso nervioso cuando sintió que lo abrazaba desde atrás y le daba un beso en la cara.

—Sergio…, y masajes normales sin ser desnuda, ¿no das?

—La clienta siempre elige las caricias que quiere. Normalmente, si vienen a mí, es buscando masajes más íntimos. Sería tirar el dinero pudiendo ir a un fisio por menos pasta.

—Ah, pero como a mí me vas a hacer precio de amiga…

Aquello era locura. Todavía no entendía como habían llegado a ese punto de estar yendo juntos hacia su casa para darle un masaje en la espalda a Teresa.

Esta, en silencio, caminaba pensativa quizás deliberando si echarse atrás. La calle, solitaria y tranquila, solo se veía alterada por el taconeo sensual de Teresa.

—No sé si cambiaré el masaje de espalda por uno de pies, ¡en! Estos zapatos me están matando.

—Aún estás a tiempo para decidirlo.

—Creo que elegiré de pies —Le sonrió.

—Así practico contigo.

Ya en casa, decidieron tomar una copa y el ambiente se cargó de sensualidad cuando con la música de fondo, comenzó a masajearle los pies con suavidad.

Al tener los pies en alto, apoyados sobre las piernas de Sergio, le mostraba una vista espectacular de sus piernas apenas tapadas por la corta falda.

—Los tienes increíblemente suaves —le dijo sorprendido.

—Voy una vez a la semana a hacer tratamientos al salón de belleza. Allí eliminan todas las pieles secas y me quedan muy suaves.

Varias veces sorprendió a Sergio mirándola hacia los muslos y eso no solo no la molestó, sino que le pareció excitante el interés de su amigo por verla.

—No se ven las braguitas, ¿verdad?

—No, tranquila.

—No me mientas, ¡eh! —Incorporándose se miró —. Hoy llevo braguitas transparentes y no es plan que me mires el chichi.

—Bueno, Alfonso y tú vais a playas nudistas. Tampoco vería nada que no haya visto ya mucha gente.

—En la playa no estoy con las piernas abiertas. Aunque tampoco creo que te asustaras, después de verle el coñito a tantas mujeres.

—Pues no. Asustarme seguro que no, pero…

—Pero, ¿qué?

—Podría excitarme y no creo que fuera buena idea.

—Cuándo acaricias a las mujeres, ¿te excitas?

—Claro.

Se miraron en silencio.

—¿Y tú te excitas cuando te masajean los pies?

—Puede.

Al escucharlo, separó las piernas un poco.

Sergio volvió a mirar hacia los muslos de Teresa y esta vez, sí vio las braguitas transparentes en cuyo centro se veía la mancha de humedad.

—Ahora ya sabes la respuesta —le dijo ella.

Excitado con aquella imagen, apoyó el pie que estaba masajeando sobre el bulto del pantalón y Teresa lo miró sorprendida por la dureza que sintió en él.

—Estamos iguales, Teresa.

Un sinfín de pensamientos y sensaciones se agolparon en su cabeza. Teresa sabía que ese era el momento. O ese, o nunca. Volvió a mirarlo a los ojos, respiró hondo y lo soltó.

—¿Por qué no le dijiste nada a Alfonso?

—Nada, ¿de qué?

—De lo que viste en el parque aquella noche.

Sorprendido, dejó de masajear y se avergonzó al sentirse descubierto como un mirón.

—Teresa, yo…

—Pensarás que soy una cualquiera. Alfonso no me satisface en la cama y no es fácil para una chica como yo que está todo el día esquivando chicos, ser capaz de mantenerme impasible.

—No voy a ser yo quien te juzgue, Teresa. Respeto la intimidad de cada persona y la sexualidad de cada uno solo debe ser eso, personal. Supongo que Alfonso tampoco será un angelito.

—Desde aquel día necesitaba hablar contigo, pero no encontraba el momento.

—No sabía que me habías descubierto. Sé que debía haberme ido en cuanto os vi, pero…

—¿Eres de los típicos mirones?

—¡No! Eso no va conmigo, pero esa noche algo me impedía salir de allí.

—Ya viste que aquello fue un desastre. Le pongo los cuernos a mi novio con un amigo suyo intentando que me diera lo que no tengo en casa, y fue igual que con Alfonso. Mira que tengo mala puntería con los chicos —Sonrió con tristeza.

—Ya vi que no aguanto nada.

—¿Sabes lo duro que es, que algo que me encanta, no poder hacerlo más que unos pocos segundos?

—¿Te refieres a hacerle sexo oral a un hombre?

—Si.

—Supongo que es señal de que lo haces muy bien y que estás muy buena.

—¿Piensas que estoy muy buena?

—Teresa… —La miró de arriba abajo —. Claro que estás muy buena. Me cuesta decirlo sabiendo que eres la novia de Alfonso.

—Olvídate por hoy de él, por favor.

Excitado, volvió a posar la mirada entre los muslos de ella. Las braguitas, cada vez más mojadas, se pegaban al coño y este se podía ver perfectamente.

—Estás muy buena, Teresa. Eres una joven que cualquier hombre desearía follar.

Al escucharlo, Teresa suspiró.

Nerviosa, llevó una mano bajo la minifalda y apartó la tela para mostrarle sin ninguna barrera el coño.

—¿Te gusta?

—Es precioso, Teresa.

Ella, que también estaba muy excitada, pasó lentamente el pie sobre el bulto del pantalón.

—¿Me muestras tu polla?

—Claro.

Desabrochando el pantalón, se bajó la ropa hasta las rodillas y le mostró el sexo que parecía a punto de estallar de lo hinchado que estaba.

—¡Joder! —exclamó ella al verlo —. Qué callado tenías que tienes una polla preciosa.

Suspiró al sentir el suave pie sobre la polla acariciándosela. Teresa se mordía los labios al sentir como del glande manaba líquido preseminal que le mojaba la extremidad.

—Alfonso ya se habría corrido con esto que te estoy haciendo. Sergio… —Lo miró —¿Me dejas chupártela?

—Claro. Está así por ti y eres tú quien debe calmarla.

Como una niña a la que le ofrecen el mejor de los regalos, su rostro se transformó por la alegría.

Levantándose del sofá se puso de rodillas entre las piernas de él. Antes de meterla en la boca la olió con deseo y le besó el glande.

—Si aguantas sin correrte más de dos minutos, te daré de mi lo que quieras —le dijo.

—Trato hecho.

Verla entre sus piernas mamando con tanta ansia le ponía muy cachondo.

Teresa saboreaba cada centímetro de polla como si se tratase de un manjar y su cara era de felicidad. No recordaba poder mamar una polla durante tanto tiempo y suspiraba de placer cuando Sergio movía las caderas incrustándosela en la garganta.

Dos minutos, cinco, diez.

Del coño rezumaban flujos por el placer que sentía con aquella mamada que le estaba haciendo.

Gimió cuando Sergio, apartándole el pelo para verle la cara, le agarró de la cabeza y comenzó a follarle la boca con fuerza.

—¿Te gusta mi polla? —le dijo sacándola de la boca y dándole golpes en la cara con la polla durísima.

—¡Dios! ¡Qué cabrón! Me encanta tu polla. Nadie me había follado la boca, cabronazo. Házmelo otra vez.

Sergio deseaba sentir la polla dentro de ese coño tan necesitado.

—Quiero sentir tu coño, Teresa ¿Me lo he ganado? —preguntó a los veinte minutos.

—Te lo has ganado de sobra, Sergio.

Poniéndose de pie, se quitó la minifalda y las bragas.

—Fóllame, Sergio.

—Siéntate sobre mí. Quiero que me folles tú.

—¡Cabrón! ¡Te vas a enterar!

Ver a aquella preciosidad follarlo con tantas ansias, lo ponía muy cachondo.

El sofá se convirtió en un campo de batalla en el que ambos parecían luchar para ver quién conseguía vencer en la lucha de sus cuerpos. Polla y coño parecían querer doblegar al otro y gemían sin reprimirse mientras se sentían.

Sergio, agarrando esas nalgas que tanto había deseado poder acariciar algún día, la follaba con fuerza desde abajo y ella se deshacía de placer mientras, orgasmo tras orgasmo, le empapaba los muslos y el sofá.

Ella, desaforada por tal follada, movía las caderas con rapidez y le ofrecía las tetas para que se las chupara.

—Me vas a hacer correrme, cabronaza. Qué manera de follar, ¡joder!

—Cabrón, eres tú, que me estás volviendo loca. Córrete en mi coño. Lléname de leche, por favor.

La batalla terminó en empate.

Abrazados, exhaustos, se miraron avergonzados por todo lo que habían sentido y se habían dicho.

—¡Joder! —dijo ella besándole el cuello —. En mi vida eché un polvo así ¡Qué vergüenza!

—Perdona por las palabras que te dije.

—¿Te parece bonito haberme llamado cerda?

—Ni sabía lo que decía, me pusiste muy cachondo.

—Tú también eres un cerdo —Le sonrió —. Me encantó que me lo llamaras —le dijo al oído.

Cuando Alfonso la llamó por la mañana, Sergio le estaba mamando el coño y ella se retorcía de placer entre gemidos y gritos.

( Continuará)

Por dulceymorboso

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