Enseñando a mi esposa

Enseñando a mi esposa

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El domingo amaneció con ese sol perezoso de enero que se cuela por las rendijas de la persiana, pintando rayas doradas sobre la cama. Me revolví, sintiendo el calor de Sara pegada a mi espalda. Su pelo rizado me hacía cosquillas en la nariz, y su aliento tibio me acariciaba la nuca. El cumpleaños. Siempre me daba un punto de nostalgia, pero este año, con Sara a mi lado, solo sentía una punzada de felicidad.

—Buenos días, dormilón —susurró con su voz ronca de recién despertada, acurrucándose más contra mí.

—Buenos días, amor —respondí, girándome para abrazarla. Su cuerpo, a pesar de ser menudito, era pura tentación. Esa piel suave, el firme contorno de sus pechos contra mi pecho, el culito respingón que se me antojaba bajo la fina tela del camisón. Joder, es que me ponía cachondo solo con respirar su mismo aire.

—¿Qué quieres que te regale? —preguntó, sus ojos oscuros brillando con picardía—. Lo que sea, cariño.

Me quedé pensativo un instante. Tenía todo lo que quería, de verdad. Pero había algo que me rondaba la cabeza desde hacía tiempo, una idea que me hacía temblar de puro morbo.

—Pues… —empecé, mi voz un poco más grave de lo normal—. Me encantaría que me dejaras exhibirte. Me da mucho morbo.

Sara ladeó la cabeza, una ceja arqueada, pero sin rastro de sorpresa. Ella me conocía. Sabía la corriente eléctrica que me recorría cada vez que imaginaba miradas ajenas sobre su cuerpo, sobre mi cuerpo.

—¿Enseñarme? —repitió, una sonrisa lenta y depredadora extendiéndose por sus labios—. ¿A qué te refieres, Luis?

—Ya sabes… que te vean. Que te imaginen. Que se me pongan los pelos de punta de saber que otros te desean, pero que eres mía. Me da un morbo… que flipas.

Sus ojos verdes se clavaron en los míos, intensos, escrutando. Pude ver la chispa encenderse en ellos, ese brillo que solo aparecía cuando la cosa se ponía seria… y jugosa.

—Sí, Luis —respondió sin dudar, su voz bajando a un murmullo cargado de promesa—. Lo que tú quieras. Hoy es tu cumpleaños. Haré lo que me pidas. No hay ningún problema. ¿Qué tengo que hacer?

—Nada, no te preocupes. Ya me encargo yo.

La facilidad con la que aceptó, la complicidad en su mirada, me hizo explotar por dentro. Una oleada de calor me subió por el cuerpo, erizándome el vello de los brazos. Joder, Sara. Mi Sara. La forma en que me miraba, la seguridad en su voz… me volvía loco. Me senté en la cama, la cabeza entre las manos, intentando controlar la erección que empezaba a presionar contra mi pantalón de pijama. El resto del día se me hizo eterno, pero mi mente ya estaba en otra parte, imaginando escenarios, fantaseando con lo que vendría. El morbo me estaba consumiendo.

Tras las celebraciones familiares, el lunes llegó cargado de reuniones virtuales y cafés a medias en casa, ya que ese día teletrabajaba. Yo, con mi cara de profesional responsable, tecleaba y asentía ante la cámara, pero mi cabeza era un hervidero de pensamientos lascivos. La promesa de Sara el día anterior me había puesto en un estado de excitación constante. No podía pensar en otra cosa. El morbo de exhibirla, de saber que otros la deseaban mientras yo era el dueño de esa fantasía, me estaba desquiciando.

En un respiro entre una videoconferencia y otra, aproveché el hueco. Abrí una ventana de incógnito del navegador y me metí en Chathispano, ese viejo y polvoriento refugio de anonimato. Lancé mi anzuelo, sin demasiada esperanza, pero con una urgencia que me quemaba por dentro: “Me pone cachondo mostrar a mi mujer. ¿Algún valiente?”

No tardaron en llegar las respuestas. Un aluvión de mensajes vulgares, crudos, directos. “Manda fotos”, “Quiero verla”, “Enséñame esa zorra”. “¿Dónde?”. Descarté la mayoría, que no aportaban nada. Pero entre tanto ruido, un mensaje empezó a destacar. Era directo, sin florituras, pero con un deje de respeto que me llamó la atención. “Me interesa. Pero nada de chorradas. Si te atreves, te doy mi Teams y vamos al grano, que busco lo mismo”.

Me picó la curiosidad. Le respondí: “Vale. ¿Quién eres?”.

La respuesta llegó casi al instante: “Andrés. Sin rodeos. Si quieres jugar, dime tu correo y te añado. Yo pongo la cámara si te animas a hablar, así tenemos las manos libres, je je je”.

Algo en su tono me dio la confianza suficiente. O quizás era la desesperación por canalizar este morbo que me consumía. Le di mi correo, ese que suelo usar para cosas… menos formales: jovenes_alegres_cerdear arroba hotmail punto com

A los pocos minutos, una notificación en Teams. Un tal Andrés. Acepté. La pantalla se dividió, mostrando su cara. Un tipo normal, de unos treinta y pocos, con una mirada intensa y una sonrisa que insinuaba que sabía exactamente lo que estábamos haciendo. No le conocía de nada.

—Hola, Luis —dijo, su voz grave y calmada.

—Hola, Andrés. Veo que te interesó mi… oferta.

—Me gustó la idea. Pero más me interesa si es real. ¿Tienes fotos de tu mujer?

Descomprimí un fichero con contraseña oculto y las preparé. Encontré una que le había hecho Sara el día anterior, justo después de que aceptara mi petición. Estaba en la cocina, con una camiseta mía que le quedaba enorme, enseñando un trozo de sus piernas y un escote que, aunque discreto, me ponía a mil.

—Aquí tienes —le envié la foto—. Esta es mi mujer Sara.

Apenas tardó unos segundos en abrirla. Pude ver cómo su mirada se detenía en la imagen, cómo sus ojos recorrían cada centímetro.

—Joder, Luis… —su voz se cargó de un tono de admiración malsana—. Es… espectacular. Esa carita de inocente y ese cuerpo… ¡Qué puto culito tiene! Y esos pechitos, joder, se le ven firmes, ¿no? Me la imagino contoneándose así… Uf. Debe ser una perra en la cama.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. La forma en que hablaba de ella, tan explícita, tan cruda… era exactamente lo que buscaba. Me estaba excitando hasta el punto de la náusea.

—Sí… lo es —logré decir, mi voz ronca—. Es muy cachonda.

—Pues habrá que verla más, ¿no? Enséñame más, coño. Quiero verla en la cama, con poca ropa. O mejor, sin nada. ¡Me pone de una puta manera que no te imaginas! Mándame lo que quieras, Luis. Que se le vean bien esas tetas y ese culo.

Me quedé mirándolo, la pantalla del portátil ardiendo. La conversación acababa de empezar, y yo ya me sentía arrastrado por una corriente de morbo prohibido.

La respiración se me aceleró. Las palabras de Andrés resonaban en mi cabeza, alimentando la llama que ardía en mi interior. Ese deseo de exhibirla, de compartirla, se mezclaba con una posesividad animal. Él la deseaba, la comentaba con esa crudeza que me hacía vibrar, y yo era el que se lo permitía, el que le daba acceso a mi tesoro.

—Vale, Andrés —dije, mi voz un hilo ronco—. Si quieres ver más… te lo mostraré. Pero con condiciones. Tú también te muestras.

Puso emoticonos sonrientes.

—Trato hecho, Luis. Enciende la cámara. Yo la tengo lista.

Conecté la mía, ajustando el ángulo para que se viera bien mi cara, mi pecho. Sentí la adrenalina. Era un juego peligroso, pero excitante. Andrés hizo lo mismo, y en la pantalla apareció su torso desnudo, musculoso, con una erección que ya empezaba a asomar. Mi propio miembro respondió al instante, latiendo con fuerza bajo la tela de mi pantalón. No era una reacción homosexual por ver a otro hombre, sino por el morbo de estar los dos viendo a mi mujer.

—Ahora Luis, te toca a ti —exigió Andrés, sus ojos fijos en la pantalla.

Compartí pantalla enseñando una foto más… íntima. Un primer plano de Sara, tumbada en la cama, con la camiseta subida hasta el pecho, dejando al descubierto sus pezones duros y un fragmento de su vientre plano. La luz tenue de la habitación resaltaba la curva de sus caderas.

—¡Joder, sí! ¡Así me gusta! —rugió, su voz llena de excitación—. ¡Mira esos pezones, Luis! ¡Deben estar duros como piedras! ¿Tú te la follas así, con las tetas así de duras? ¡Qué coño debe de tener!

Se masturbaba con furia, sus ojos fijos en la pantalla, sin quitarle el ojo a mi esposa. Yo, por mi parte, sentía cómo el calor me invadía. Saqué mi miembro, ya completamente erecto, y empecé a acariciarlo, sintiendo la piel tensa y caliente. La imagen de Sara, combinada con la voz de Andrés, era una bomba de placer.

—Mira cómo se le marca el pezón, joder —continuó Andrés, su respiración agitada—. Me la imagino gimiendo mientras le toco las tetas. ¡Me la imagino a cuatro patas, moviendo ese culo pequeño y respingón! Mmmmmm.

—Ufff, cómo me pone imaginarlo —logré decir entre jadeos, mientras mis manos trabajaban con más ahínco.

—¡La deseo con locura! ¡Mira esa piel, Luis! ¡Esa delgadez que se ve tan apretadita! ¡Qué coño debe tener! ¡Quiero ver más! ¡Sin ropa! ¡Quiero verla desnuda!

Saqué otra foto, esta vez completa. Sara, de pie, desnuda, mirándome con esa mezcla de inocencia y provocación que me traía de cabeza. Su cuerpo delgado, pero con curvas sutiles, sus pechos pequeños y firmes, su culito perfectamente torneado.

Andrés dejó escapar un grito ahogado.

—¡Su puta madre, Luis! ¡Es una diosa! ¡Ese culo es una jodida obra de arte! ¡Manda a la mierda las reuniones, vamos a correr juntos! ¡Enséñame ese coño, joder!

Sus palabras me empujaron al límite. Mis manos se movían frenéticamente, mi cuerpo temblaba. Estábamos ambos al borde, unidos por el morbo de una mujer que no estaba presente, pero que era el centro de nuestra lujuria.

—¡Sara! ¡Sara! —gritó Andrés, su voz quebrándose por el orgasmo—. ¡Joder, Luis! ¡Sara!

Un segundo después, su cuerpo se tensó y un gemido largo y profundo escapó de sus labios mientras se corría, con la mirada perdida en la pantalla. Yo, arrastrado por su explosión, sentí cómo mi propio clímax me invadía, un torrente de placer crudo y salvaje, y grité el nombre de mi mujer, mi Sara, mientras me corría sobre mi propia mano, sintiendo la mezcla de excitación, culpa y un profundo, oscuro morbo.


La tarde se deslizó entre la euforia del orgasmo compartido y la resaca del morbo. El eco de los gritos de Andrés y mi propio gemido resonaba en mi cabeza. Había cruzado una línea, y la sensación era embriagadora. Cuando oí la puerta abrirse, mi corazón dio un vuelco. Sara.

—¡Luis! ¡Ya estoy en casa! —su voz alegre resonó desde el recibidor.

Me levanté de la silla, aún con la adrenalina a flor de piel. La encontré en el salón, dejando el bolso. Tras quitarse el abrigó, vi cómo llevaba ese vestido ceñido que tanto me gustaba, el que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel.

—Hola, mi amor —dije, acercándome y rodeándola con mis brazos. La besé, un beso cargado de la urgencia de la tarde, de las imágenes que aún revoloteaban en mi mente.

—¿Qué tal tu día? —preguntó, devolviéndome el beso con intensidad—. Pareces… cansado.

Me separé un poco, mis ojos fijos en los suyos. ¿Cómo se lo decía? ¿Cómo le contaba que había compartido su imagen, su intimidad, con un desconocido? Pero la mirada cómplice que me dedicó, ese brillo travieso en sus ojos, me dio el valor.

—He estado… jugando un poco —confesé, mi voz baja y cargada de intenciones—. Me conecté a Chathispano, como te conté. Y… bueno, le envié fotos tuyas a un chico por Teams. Y hablamos de ti. De lo mucho que te deseaba.

En lugar de enfado, vi cómo una sonrisa lenta y perversa se dibujaba en su rostro. Sus ojos se abrieron un poco más, y su cuerpo se arqueó contra el mío.

—¿Le enviaste fotos mías? ¿Y qué más? —susurró, su voz convertida en un ronroneo—. ¿Se las enseñaste a él? ¿Y qué decía?

—Sí. Le envié fotos tuyas, Sara. Y él… hablaba de ti. De tu cuerpo. De tus pechos, de tu culo. De lo cachondo que le ponías.

Sara soltó una risita grave, una risa que me erizó el vello de la nuca. Se separó ligeramente, sus manos subiendo por mi pecho hasta mis hombros.

—¿Y tú? ¿Qué hiciste tú? —preguntó, sus ojos brillando con una intensidad que me derritió—. ¿Te pusiste cachondo pensando en cómo otro hombre me deseaba?

—Me volví loco, Sara. Me corrí pensando en ti. Los dos lo hicimos, diciendo tu nombre.

Una ola de calor recorrió su cuerpo. Me atrajo hacia ella con una fuerza sorprendente.

—Joder, Luis… —suspiró, su aliento caliente en mi cara—. Me encanta. Me pone muchísimo que pienses así de mí. Que me desees de esa forma, tan posesiva. Y que compartas esa fantasía.

Se acercó a mi oído y susurró, su voz cargada de deseo:

—Si ese era el regalo de cumpleaños que querías, tienes que disfrutarlo. Porque he quedado con unas amigas, que sino me quedaba contigo para ver si aún te queda energía ahí abajo…


Los días siguientes transcurrieron en una tensión deliciosa. Cada mirada, cada roce, estaba cargado de la promesa de lo que habíamos compartido y de lo que vendría. Finalmente, llegó el fin de semana.

—Tengo una sorpresa para ti —dijo mientras nos metíamos en el coche para dar un paseo.

Condujo ella, su cuerpo relajado al volante, pero con una chispa de anticipación en la mirada. Nos dirigimos a uno de los centros comerciales más grandes de la ciudad. Aparcamos en el parking subterráneo, pero en lugar de buscar un hueco normal, Sara giró hacia una zona más apartada, la planta -3. Era un laberinto de cemento y hormigón, con poca luz y apenas coches. La zona estaba casi desierta.

No apagó el motor. El silencio se cernió sobre nosotros, solo roto por el latido acelerado de mi corazón y la calefacción soltando aire caliente. Sara se giró hacia mí, sus ojos oscuros brillando en la penumbra.

—Este es tu verdadero regalo de cumpleaños, Luis —susurró, su voz cargada de un morbo que me hizo temblar.

Se inclinó hacia mí, sus labios buscando los míos en un beso profundo, hambriento. Sus manos, antes de rodear mi cuello, se deslizaron hacia mi entrepierna, acariciándola por encima de la ropa, apretando con firmeza.

—Aquí… cualquiera puede vernos —dijo entre besos, su voz un susurro excitado—. Cualquier coche que pase. Cualquier persona que se acerque. Y me encanta la idea de que nos vean, ¿y a ti?

Sentí la erección crecer con una fuerza brutal. La oscuridad, el riesgo, sus caricias… todo se combinaba para llevarme al borde.

El beso de Sara se volvió más profundo, más exigente. Sus caricias en mi paquete se hicieron más audaces, más insistentes, hasta que sentí cómo mi miembro se liberaba de la prisión de mi ropa interior. Sus dedos enguantados empezaron a rodearlo, un masaje lento y deliberado que me hizo jadear. La oscuridad del parking, la posibilidad de ser descubiertos, todo se sumaba a la excitación salvaje que me recorría.

—Me pones cachonda, Luis —susurró contra mi boca, su aliento caliente erizando mi piel—. Me encanta que se te ponga así de dura por mí. Y me excita saber que podemos ser vistos…

Entonces, sus labios abandonaron los míos y descendieron por mi mandíbula, mi cuello, hasta mi pecho. Sentí su lengua trazar círculos sobre mis pezones, y luego, el contacto húmedo y cálido de su boca rodeando mi miembro. Un gemido escapó de mi garganta. Sara me la estaba haciendo. Aquí, en medio de la oscuridad del parking, con el riesgo de ser pillados flotando en el aire.

Estaba a punto de perderme en el placer cuando oí un ruido. Unos pasos. Al principio, creí que era mi imaginación, o quizás el eco de algún coche lejano. Pero se acercaban. Sara levantó la cabeza, sus ojos buscando los míos con una mezcla de sorpresa y una pizca de diversión.

—Parece que tenemos público, amor —dijo, su voz apenas un murmullo, pero con una nota de burla.

Apenas un instante después, una figura apareció en la penumbra, deteniéndose a unos metros. Un hombre maduro desconocido, observándonos. Mi corazón dio un vuelco. ¿Nos habían pillado? Pero antes de que pudiera reaccionar, otro hombre apareció, y luego otro. Se acercaron con una curiosidad morbosa, deteniéndose a una distancia prudencial, pero sin disimular su interés. Parecían abejas atraídas por una flor solitaria

—Sara… —murmuré, mi voz tensa—. Tenemos compañía.

Ella, sin embargo, no pareció inmutarse. Una sonrisa aún más amplia se dibujó en su rostro.

—Ajá… Que miren, Luis —dijo, su voz cargada de desafío—. Que disfruten, y nosotros también. ¿No era esto lo que querías?

Y volvió a bajar la cabeza, reanudando su tarea con una intensidad renovada. Yo, por mi parte, sentí una oleada de excitación ante la mirada de los desconocidos. Empecé a acariciar los pechos de Sara, sintiendo la firmeza de sus pezones bajo mis dedos.

—¿Te pone cachondo que nos miren? —me preguntó, levantando la cabeza de nuevo, su boca manchada de mi semen.

—Sí —respondí, mi voz ronca—. Sí, joder. Me pone muchísimo.

Nos besamos con una pasión desbordante, nuestras manos explorándose mutuamente por encima de la ropa. La tensión en el aire era palpable. Los tres hombres observaban en silencio, testigos mudos de nuestra audacia.

De repente, una voz resonó, clara y autoritaria, rompiendo la quietud.

—¡Eh! ¡Vosotros! ¡Alto ahí!

Los tres hombres se giraron bruscamente. Y yo me quedé petrificado. En el umbral de la zona oscura, con una linterna en la mano, había un guardia de seguridad

Cuando apartó la luz de la linterna de nuestras caras, sentí una chispa de reconocimiento.

Andrés. No podía ser. Demasiada coincidencia. El mismo Andrés con el que había hecho guarías por Webcam por Teams. El mismo que me había pedido fotos de Sara y se había corrido viendo las imágenes.

—¡Andrés! —exclamé, mi voz cargada de incredulidad.

Él me miró, y vi un reconocimiento en sus ojos, seguido de una rápida recuperación de su papel. Se acercó al coche, su mirada fija en Sara, que ahora se había quitado el jersey y se encontraba en sujetador, mirándolo con una sonrisa desafiante.

—Pueden continuar —anunció Andrés, su voz aún firme, y media sonrisa cargada de complidad.

Sara se limitó a sonreír, su mirada fija en mí. Yo, sin saber qué decir, solo podía mirar a Andrés, a este guardia de seguridad que resultó ser mi compañero de fantasías digitales.

Entonces, Andrés, sin apartar la vista de Sara, metió la mano en su pantalón. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Él también se estaba tocando. Vi cómo su cuerpo se tensaba, cómo su mirada se volvía más intensa. Se quedó ahí, masturbándose, observándonos, mientras yo estaba sentado en el asiento del conductor, mi mujer en asiento a mi lado, y otros dos hombres observando la escena. El morbo se había desbordado, y la realidad superaba con creces cualquier fantasía que hubiéramos podido imaginar. Mi regalo de cumpleaños de se había convertido en un espectáculo público, y yo no podía creer que mi cómplice virtual fuera el guardián de mi perdición.

—Sara… —empecé, mi voz temblando ligeramente—. Ese… ese es Andrés. El tío con el que estuve hablando por Teams. El que vio las fotos.

Sara soltó una risita baja y seductora, sus ojos fijos en los de Andrés, que seguía masturbándose con una mirada vidriosa.

—¿Casualidad, Luis? —dijo, su voz un susurro cargado de picardía—. No, mi amor. Casualidad ninguna.

Se inclinó hacia mí, su aliento caliente en mi oído.

—Me conecté a tu Teams. Le escribí y le propuse esto. Le dije que quería que fuera parte de tu regalo. Que organizáramos algo… juntos. Los otros hombres, son amigos suyos. Cómplices de esta sorpresa. ¿Estás enfadado?

Un escalofrío helado recorrió mi espalda.

—Eh… yo… no.

Mi propia mujer, organizando esto, invitando a un desconocido a compartir nuestra intimidad, a presenciar nuestra lujuria. Pero al mismo tiempo, una corriente eléctrica de excitación me recorrió. Sara, mi Sara, tan audaz, tan desinhibida. Sin esperar mi reacción, se deslizó del asiento del conductor hacia los asientos traseros de nuestro amplio SUV. La seguí torpemente, mi cuerpo obedeciendo a un instinto primario que superaba cualquier atisbo de duda. El habitáculo trasero era un espacio más íntimo, más aislado.

Sara se sentó en el asiento trasero, su mirada intensa clavada en la mía. Con un movimiento lento y deliberado, se quitó los pantalones. La tela cayó al suelo, revelando su figura enfundada en un finísimo tanga de color negro, apenas una tira de tela que insinuaba más de lo que cubría. Se inclinó hacia la ventanilla, apoyando su trasero contra el cristal, su culito respingón perfectamente visible.

Los cuatro hombres en el exterior, incluido Andrés, se quedaron paralizados. Sus ojos se clavaron en la imagen de Sara, en la audacia de su pose, en la insinuación provocadora de su tanga contra el cristal. Andrés, a pesar de su propia excitación, dejó de masturbarse por un instante, su mandíbula ligeramente desencajada.

Sara se giró hacia mí, una sonrisa triunfal en sus labios.

—Luis… —susurró, su voz cargada de una sensualidad desbordante—. ¿Abrimos un poco las ventanillas? Para que nos vean mejor… y nos escuchen.

Los cuatro hombres, encabezados por Andrés, se acercaron al coche con pasos lentos y deliberados. La penumbra del parking actuaba como un cómplice, creando un escenario íntimo y a la vez público. Se podían apreciar sus erecciones por encima de la ropa. A un gesto de Andrés, todos desenfundaros sus penes erectos y comenzaron a masturbarse con los ojos clavados en mi mujer.

—Parece que les gusta lo que ven —dijo Sara sonriente mientras que se juntaba los pechos con las manos y los pegaba al cristal.

—Es que estás buenísima, cariño —dije masturbándome con una mano y acariciándole el culo con la otra.

—Pues yo también me estoy poniendo cachonda.

Mi chica se sentó en el sofá, y abriendo ampliamente las piernas, comenzó a masturbarse con dos dedos por encima del tanga. La humedad hacía casi transparentarse la prenda íntima. Ella se retorcía y gemía con los ojos cerrados.

El corazón me martilleaba en el pecho, una mezcla de adrenalina pura y un salvajismo que apenas reconocía. Sara, mi Sara, la que hasta hace poco imaginaba solo en mis fantasías más privadas, ahora era el centro de atención de cuatro hombres desconocidos, y todo ello orquestado por ella misma.

De repente abrió los ojos y paró, para no correrse. Me miró a la cara con seriedad.

—¿Y si abrimos un poco las ventanillas?

Suavizó sus palabras con una sonrisa de ángel.

—Lo que tú quieras, cariño.

Abrí las ventanillas traseras hasta la mitad, un gesto que selló nuestro pacto de audacia. El aire fresco se coló en el habitáculo, mezclándose con el olor a cuero del coche y el aroma embriagador de Sara.

Mi mujer se deslizó aún más cerca de la ventanilla, su cuerpo arqueado, su mirada desafiante y seductora.

Los hombres se agolparon alrededor de la ventanilla trasera, sus rostros ansiosos, sus ojos fijos en ella. Sin dudarlo, extendieron sus manos. Dedos ávidos empezaron a recorrer su piel, sus piernas, sus muslos, su cintura. Sentí una punzada extraña al ver esas manos ajenas sobre ella, pero no era celos. Era una excitación cruda, primitiva, alimentada por la posesión que me otorgaba su mirada, por saber que, a pesar de todo, ella estaba conmigo, provocando esto para mí.

—¡Joder, qué culito tiene, es perfecto! —gritó uno de ellos, su mano acariciando el muslo de Sara con brusquedad hasta llegar al inicio de su trasero.

—¡Y qué tetitas tiene! —añadió otro, apretando en su mano el pecho encapsulado en el sujetador negro de encaje.

—Qué suerte tienes, cabrón. Ojalá fuera yo el que estuviera dentro del coche.

Andrés, con una mirada que combinaba la admiración y la posesión, no se quedó atrás. Su mano se posó en la cintura de Sara, acariciando su costado con una seguridad que me hizo vibrar.

—¡Vaya coño debe tener! —rugió, su voz ronca—. ¡Tiene que estar caliente como el infierno!

Sentí vibrar mi erección. Ver a Sara, mi Sara, expuesta así, tocada por otros, pero con esa mirada que me decía que todo era para mí, era el culmen de mi morbo. Me acerqué a ella, mi mano buscando la suya. Sus dedos se entrelazaron con los míos, una conexión silenciosa en medio del caos.

—Me pone tanto que me toquen así, Luis —susurró Sara, su voz entrecortada por la respiración agitada—. ¿Y a ti? ¿Te pone cachondo que otros hombres me metan mano

—Muchísimo —respondí, con voz profunda.

El aire se sentía denso, cargado de una electricidad palpable. Las manos de los desconocidos exploraban con avidez las curvas de Sara, sus toques firmes y posesivos sobre sus pechos, sus muslos, la firmeza de su trasero. Cada roce, cada caricia, era un eco en el silencio del parking, amplificado por la mirada de Luis, quien sentía una mezcla vertiginosa de excitación y una posesión desbordante. Los comentarios soeces de los hombres se entremezclaban, pidiendo más, deseando ser parte de aquello, sus voces roncas y cargadas de anhelo.

Sara, con una audacia que me dejó sin aliento, se movió con gracia. Se colocó a cuatro patas en los asientos traseros del coche, su cuerpo ágil y provocador, dándole la espalda a Luis. La visión de ella en esa posición, vulnerable y a la vez poderosa, encendió una chispa en mis ojos. Sin dudarlo, me acerqué a ella, con el deseo latiendo con fuerza.

Sara, con una determinación que lo sorprendió, sujetó dos pollas, una en cada mano. Los otros dos chicos, al ver la oportunidad, se acercaron aún más, sus manos buscando de nuevo los pechos de Sara, sus propias excitaciones evidentes y sus movimientos reflejando su deseo. Los comentarios guarros continuaban, ahora más urgentes, llenos de peticiones para compartir ese momento, para ser parte de la entrega de Sara. La atmósfera se volvía cada vez más cargada, la tensión alcanzando un punto álgido, con la promesa de la entrega y la excitación compartida flotando en el aire.

Me pegué por detrás al cuerpo de mi mujer, sujetándola por las pequeñas caderas, y sentí mi pene apretar su ardiente sexo protegido por el tanga. Tuve una conexión fortuita con los ojos de Andrés, justo cuando aparté el tanga a un lago y le metí la polla lentamente en la vagina. Estaba ardiendo y muy húmeda.

Comencé un lento mete saca mientras mi mujer gemía a todo pulmón.

—¡Quítale el sujetador!

—Eso, que queremos verle las tetas —dijo uno de los desconocidos.

Le desabroché la prenda torpemente y sus pequeños pechos comenzaron a agitarse ante mis embestidas.

Andrés introdujo su brazo libre entre los otros hombres y pellizcó un pequeño y rosado pezón de mi mujer.

—Tiene unas tetas perfectas, mejor de lo que pensaba cuando la vi por Internet —dijo Andrés.

Aquellas palabras me excitaron más aún, y comencé a bombear con más fuerza.

—¡Sí, dale duro a esa puta! —jaleó uno de los desconocidos.

Le di un azotito en el culo a Sara y, sujetándole fuertemente por las caderas, se la metí más lento, pero hasta el fondo.

Tiré de sus piernas y la coloqué frente a mí. En aquella postura clásica del misionero, y ante las protestas de los chicos, que no llegaban a tocar a mi mujer, comencé a follarla como un salvaje.

Al minuto, y entre gemidos, Sara me susurró al oído:

—Mira…

Seguí su mirada y pude ver cómo los cuatro hombres se masturbaban rabiosos con las pollas metidas por la ventanilla.

—Como se abran las puertas, estos me rellenan como un pavo —bromeó.

—¿Y es eso lo que quieres? —pregunté con la respiración entrecortada.

—Hoy no… Hoy sólo exhibirme.

—Acercaros hombre, que no mordemos —suplicó un hombre.

Sonreí, y le indiqué a Sara que se colocara de espaldas a mí. La postura del jinete-invertido. Era complicado en los asientos traseros del coche, del coche, pero hice lo que pude.

Ahora sí, mi mujer volvía a estar al alcance de los hombres. Pronto su cuerpo estuvo tapiado con sus ávidas manos. Andrés metió medio cuerpo por la ventanilla, empujando al resto, llegó a golpear su pene contra la mejilla de Sara. Ella lo agarró, y mirándole a los ojos le pasó la punta de la lengua por el prepucio, pero no le hizo una felación. Estaba volviendo locos a aquellos hombres.

—Como siga a así, la vamos a dar una buena ducha de leche —dijo otro.

—Seguro que la muy guarra es lo que quiere.

—Qué cabrones… por mí encantada —respondió mordiéndose los labios al tiempo que me cabalgaba.

—Joder, ¡yo no aguanto más, dejadme sitio!

Uno de los hombres, un señor con el pelo cano, se abrió paso y estirándose lo máximo que pudo por el hueco de la ventanilla comenzó a eyacular potentes chorros de semen. Estos alcanzaron los bamboleantes pechos de mi mujer.

—¡Así me gusta! ¡vamos, dádmelo todo! —les arengó.

Otro más repitió la escena, pero con la mala suerte de que, al no tener tanta potencia, manchó la ventanilla, la tapicería del coche y sólo unas gotas cayeron obre las piernas de mi chica. La empujé hacia delante para que quedara pegada a la ventanilla y evitar que se repitiera la situación.

Otro hombre más se acercó masturbándose con furia. Esta vez la cara de Sara estaba a escasos centímetros de él. Ella le provocó sacando la lengua, y él se corrió con un potente gemido que debió de escucharse por todo el parking. El líquido blancuzco le cortó la cara, y se derramó en sus tetas.

Yo estaba al borde del orgasmo, y las siguientes palabras de Sara lo precipitaron todo.

—Venga Andrés, que te mereces un premio por gestionarlo todo.

—Sí puta, cómete mi leche.

En ese momento pasaron varias cosas a la vez:

Sara abrió la boca acercándose todo lo que pudo.

Yo sentí un relámpago en mi entrepierna y comencé a correrme en el interior de ella.

Andrés liberó su simiente y ésta acertó dentro de la boca de mi mujer.

Ella se acercó más a la ventanilla conmigo aún desovando en su interior.

Se llevó la polla de Andrés a la boca y se la limpió de todo rastro de semen.

Nos quedamos unos segundos en silencio mientras Sara se limpiaba los restos de semen con clínex.

—¿Esto es lo que querías, cariño?

—¡Ha sido mucho mejor! ¡Gracias a todos!

Uno a uno, los hombres se despidieron dándonos la mano. Andrés nos dijo que pasáramos por la garita para que nos abriera y no tener que pagar así el parking.

Quedamos en repetir otro día, pero elevando la apuesta a algo aún más morboso.

Por jovenesalegres

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