El coche de Marcos siempre llegaba a las siete en punto. Era un Jaguar negro que brillaba bajo la lluvia de la tarde como el lomo de un animal al acecho. Elena lo observaba desde la ventana del piso de arriba, oculta tras la cortina.
Su madre ya estaba abajo, retocándose el carmín en el espejo del pasillo, nerviosa como una adolescente. Elena sentía una mezcla de asco y fascinación. Marcos tenía cincuenta años; su madre, cuarenta y ocho. Ella, apenas veinte. Pero cuando Marcos entraba en la casa, el aire se volvía más pesado y difícil de respirar.
Su madre sabía de sobra la fascinación que su novio sentía por su hija, pero estaba tan encaprichada de él que se hacía la tonta. Incluso a veces consentía que le hablara de Elena cuando le hacía el amor. Todo con tal de conservar la relación.
Elena salió de la ducha, envuelta solo en un albornoz blanco que se le pegaba a la piel húmeda. Bajó las escaleras descalza, sintiendo el frío de la madera. Al entrar en el salón, Marcos estaba allí solo, sentado en el sillón de su madre, con un vaso de whisky en la mano, mirando la televisión.
—Tu madre ha ido a comprar al supermercado —dijo él, sin mirarla. Su voz era una caricia áspera que le recorrió la columna—. Me ha dicho que la espere en casa.
Elena desconfiaba de que todo podía ser una trampa.
—No creo que tarde en llegar —respondió Elena, acercándose a la mesa para servirse agua. Se inclinó deliberadamente, dejando que el albornoz se abriera un poco más de la cuenta.
Escuchó el tintineo del hielo contra el cristal. Marcos se levantó. Su sombra se proyectó sobre ella, cubriéndola por completo. Cuando Elena se giró, él estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
—Eres una chica demasiado guapa para que pueda conformarme en que solo seas mi hijastra —dijo él, acortando la distancia—. Seguro que yo puedo ofrecerte todo lo que necesitas, cosas que tu novio no puede darte.
Él levantó la mano y, con el dorso de los dedos, le recorrió la mandíbula hasta llegar al cuello. Elena no retrocedió. Al contrario, echó la cabeza hacia atrás, desafiándolo.
—¿Y tú crees que es lo que necesito? —desafió ella en un susurro.
Marcos sonrió, esa sonrisa oscura que Elena había visto en sus sueños más perturbadores.
—Sé que te mueres por saber por qué tu madre tiembla cada vez que entro en su habitación… Sé que la oyes gritar, y también sé que quieres comprobar lo que podría hacer contigo.
Marcos no esperó una respuesta verbal. Su mano, grande y curtida, se cerró alrededor del cuello de Elena, no con la intención de dañarla, sino para fijarla en el sitio, obligándola a sostenerle la mirada. El contraste entre la piel joven de ella y la mano de él era un insulto silencioso a la ausencia de su madre.
—Estoy loco por ti desde que te vi la primera vez —susurró él, acercando su boca a la oreja de la chica.
Sin previo aviso, la mano de Marcos bajó con brusquedad, agarrando el nudo del albornoz y tirando de él. La prenda se abrió instantáneamente, revelando el cuerpo de Elena, todavía húmedo y vibrante bajo la luz mortecina de la lámpara del salón. Él la recorrió con una lentitud insultante, deteniéndose en sus pechos firmes que subían y bajaban con una respiración descontrolada.
—Es esto lo que querías cuando te paseabas frente a mí, ¿verdad, zorrita? —preguntó él con voz ronca.
Elena intentó decir algo, pero Marcos la empujó contra la mesa del comedor, apartando los platos de porcelana de su madre con un estrépito sordo. La sentó sobre el borde de la madera fría, abriéndole las piernas con un movimiento autoritario de sus manos. Elena sintió el choque térmico de la madera pulida contra sus nalgas desnudas y, casi al instante, el calor abrasador de Marcos posicionándose entre sus muslos.
Él no se quitó la ropa de inmediato. Se desabrochó el cinturón con una calma que a ella la estaba volviendo loca. Sacó su polla, ya completamente erguida y palpitante, y lo frotó contra la entrada de Elena, que ya estaba empapada por el deseo y la anticipación.
—Mírame —ordenó él—. Voy a follarte, Elena.
La joven obedeció, con los ojos empañados. Marcos la penetró de un solo impulso, profundo y seco, llenándola por completo. El gemido de Elena fue ahogado por la boca de Marcos, que la besó con una violencia hambrienta, reclamando su lengua mientras sus caderas golpeaban rítmicamente contra las de ella.
Cada embestida de Marcos era pesada, dominante, buscando el fondo de su vientre, recordándole con cada golpe que ahora era él quien dictaba las reglas.
—Ah… así, así… —gritaba fuera de sí.
—Qué coño más estrecho y mojado tienes, puta —gritó él, sin dejar de castigarla.
El sonido de la carne chocando contra la carne llenó el salón, mezclándose con los gemidos incontenidos de ella. Elena arqueó la espalda, clavando sus uñas en los hombros de la camisa de Marcos, sintiendo cómo el clímax empezaba a subir desde sus pies. Era un placer oscuro, sucio, amplificado por el hecho de saber que, en cualquier momento, el coche de su madre podría aparecer por el camino.
—Dime de quién eres ahora —gruñó él, aumentando la velocidad de las estocadas, con su cara bañada en sudor, transformado en un animal que solo buscaba la posesión absoluta.
—Tuya… soy tuya —jadeó ella, entregándose por completo a la vibración que la recorría.
La mesa de madera noble, donde cada domingo almorzaban en una farsa de familia perfecta, crujía bajo el peso de ambos. Marcos la tenía completamente sometida, sus manos grandes y velludas sujetando los muslos de Elena para mantenerlos abiertos de par en par, exponiéndola por completo a su embestida.
—Mírate, zorrita… —gruñó Marcos, con la voz rota por la excitación—. Tan joven, tan apretada. ¿Esto es lo que envidiabas de tu madre? ¿Querías saber cómo se siente cuando un hombre de verdad te revienta por dentro?
Elena echó la cabeza hacia atrás, con la garganta expuesta, soltando un gemido largo y agudo que rebotó en las paredes del salón vacío. Sus dedos se hundían en el tapete de encaje, arrugándolo, mientras sentía cada centímetro de Marcos dentro de ella. Él no tenía piedad; sus estocadas eran largas, potentes, buscando golpear el fondo con un ritmo que la dejaba sin aliento.
—¡Ahhh… sí! ¡Más fuerte, Marcos! —jadeó ella, perdiendo toda compostura—. Quiero que me folles igual que a mamá.
Marcos sacó su miembro casi por completo, dejando solo la punta rozando la entrada empapada de Elena, para luego volver a hundirse de golpe, provocando un sonido húmedo y obsceno que hizo que ella gritara de placer. Sus nalgas golpeaban la mesa con un ritmo frenético. Él bajó una de sus manos y empezó a jugar con el clítoris de ella, frotándolo con una presión brutal mientras no dejaba de bombear.
—¡Oh, Dios! ¡Me corro, Marcos! ¡Me voy a correr ya! —gritó Elena, con las piernas temblando violentamente, rodeando la cintura de él para atraerlo más y más hacia su fondo.
—¡Córrete para mí! ¡Empápame toda la polla con tu jugo de niñata caprichosa! —le espetó él al oído, su aliento caliente quemándole la piel.
El clímax la golpeó como una descarga eléctrica, contrayendo sus músculos internos alrededor de él con una fuerza increíble. Elena soltó un alarido, con el cuerpo arqueado y la mirada perdida en las vigas del techo. Marcos, al sentir las contracciones, soltó un gruñido animal y dio tres estocadas finales, brutales, antes de vaciarse dentro de ella con una descarga densa y caliente que la hizo estremecerse de nuevo.
Permanecieron así unos segundos, unidos por el sudor y el jadeo pesado. Marcos se retiró lentamente, dejando que el rastro de su unión manchara la madera de la mesa. Se arregló el pantalón con la misma frialdad con la que se sentaba a cenar cada noche.
Elena permaneció sobre la mesa, con las piernas aún temblorosas y el albornoz por los suelos. El frío de la madera pulida, que ahora estaba manchada de su propia entrega, le recordaba que la chica que había subido las escaleras hacía media hora ya no existía. Observó a Marcos abrocharse el cinturón con una parsimonia que la hacía sentir como un objeto recién utilizado.
—Vístete —ordenó él sin mirarla, mientras se ajustaba los puños de la camisa—. No querrás que tu madre encuentre a su “niña” en este estado.
Él salió del salón hacia la cocina para servirse otro whisky, con el mismo paso firme de siempre, como si nada hubiera ocurrido. Elena recogió el albornoz, sintiendo la humedad entre sus muslos y el olor de Marcos pegado a su piel. Subió a su habitación justo a tiempo para escuchar, diez minutos después, el sonido del motor del coche de su madre entrando en el garaje.
Por Senorita Noir