Laia

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Me llamo Fran, tengo cincuenta y dos años y sigo en el mismo piso del Raval que alquilé hace más de dos décadas. Trabajo de administrativo en una gestoría cerca de la plaza Catalunya: horarios de oficina, nómina fija, cotización a la Seguridad Social, café malo en la máquina y compañeros que hablan de fútbol y de hipotecas. Nada del otro mundo. Pero por las noches escribo. Relatos. Historias que me salen del cuerpo cuando la ciudad se calla un poco. Y corro. Salgo a las seis de la mañana por el Paral·lel, subo hasta Montjuïc, bajo por las escaleras del funicular y vuelvo empapado. Mantengo el cuerpo en forma: 174 cm, calvo rapado, hombros anchos de gimnasio casero y pesas, barriga plana. No lo digo por presumir; simplemente es lo que hay. Y sí, estoy bien dotado, pero eso solo importa cuando alguien lo descubre.

Era un jueves de octubre, de esos que en Barcelona todavía calientan por la tarde pero refrescan cuando cae el sol. Salí de la gestoría a las siete y media, con la mochila al hombro y ganas de caminar un rato antes de meterme en casa. Pasé por el mercado de Sant Antoni, ya medio cerrado, y entré en una librería pequeña de segunda mano que hay en la calle Parlament. No buscaba nada concreto, solo matar el tiempo hojeando libros viejos.

Allí estaba ella. Laia. Veinticinco años, aunque al verla de espaldas calculé veintiocho por cómo se movía: segura, pero sin prisa. Trabajaba en una oficina de atención al cliente en una mutua cerca de Urquinaona, de esas que contestan llamadas todo el día y resuelven papeleos. Clase media de toda la vida: padres en Badalona, piso compartido en el Poblenou con dos amigas, nómina justa para pagar alquiler, gym low-cost y alguna caña los viernes. Llevaba unos pocos kilos de más, nada exagerado: cinco, seis tal vez. Lo suficiente para que las caderas se marcaran redondas bajo los vaqueros ajustados, para que el vientre se abultara suave cuando se sentaba, para que las tetas —copa D o D grande— se movieran con peso natural bajo la sudadera gris oversize. No era flaca de gimnasio ni curvy de Instagram; era una chica normal de veinticinco que come pasta los miércoles y no se mata de hambre para entrar en una talla 38.

Pelo castaño claro, liso, por encima de los hombros, con las puntas un poco abiertas por el secador barato. Cara redonda, mejillas con algo de grasa juvenil que aún no se había ido del todo, ojos verdes claros que se achicaban cuando sonreía, pecas leves en la nariz. Llevaba zapatillas blancas gastadas, calcetines altos de deporte asomando, y una mochila Eastpak llena de pegatinas de festivales y viajes low-cost.

Me pilló mirándola mientras sacaba un libro de Cortázar de la estantería. No se asustó. Me miró de vuelta, sostuvo la mirada tres segundos y sonrió de lado.

—¿Buscas algo en concreto o solo estás matando el tiempo como yo? —preguntó con voz suave, un poco ronca de hablar todo el día por teléfono.

—Un poco de las dos cosas —contesté—. Y tú?

—Un libro barato para el metro. Y escapar un rato del móvil.

Hablamos diez minutos allí mismo, entre estanterías polvorientas. De libros, de Barcelona que se está volviendo cara, de lo jodido que es encontrar piso sin pagar una fortuna. Me dijo que se llamaba Laia, que acababa de salir del curro y que los jueves solía pasar por librerías antes de coger la L4. Le dije mi nombre, mi edad, que escribía cosas por las noches. No mencioné la tarjeta que llevo siempre en el bolsillo con el WhatsApp y la frase “Relatos y algo más… si te atreves”. No hacía falta aún.

Al final compró el Cortázar y yo un viejo Corto Maltés. Salimos juntos. La acompañé hasta la boca del metro de Sant Antoni. Bajo la luz naranja de las farolas se veía más guapa: las mejillas sonrosadas por el fresco, los labios carnosos sin pintar, el cuerpo relajado después de ocho horas sentada.

Antes de bajar las escaleras me miró.

—¿Te apetece tomar una cerveza algún día? Sin compromiso. Solo… charlar.

Le di mi número. Ella me mandó un WhatsApp esa misma noche: “Soy Laia, la de los libros. Si no eras un asesino en serie, avisa cuando estés libre :)”

Quedamos el martes siguiente en un bar pequeño del Born, de esos con mesas altas y birra artesana cara. Llegó con vaqueros negros, camiseta blanca ajustada y una chaqueta vaquera. Se había puesto un poco de rímel y brillo en los labios. Se notaba que se había arreglado, pero sin exagerar. Seguía siendo ella: curvas suaves, muslos que se rozaban al sentarse, culo redondo que llenaba la silla.

Hablamos dos horas. De todo y de nada. De su curro que la quemaba poco a poco, de mis relatos que nunca publicaba del todo, de que a los veinticinco ya se sentía mayor para algunas cosas y demasiado joven para otras. Bebimos tres cañas cada uno. Cuando salimos hacía fresco. Caminamos hacia su barrio sin decirlo. En una calle estrecha cerca de la Ciutadella me paré.

—¿Quieres subir a mi piso un rato? —preguntó ella, voz baja—. Mis compañeras están fuera hasta mañana.

Subimos. Piso típico de veinteañeros: sofá de Ikea, plantas medio muertas, posters de viajes, olor a café y a ambientador barato. Cerró la puerta y se quedó quieta en el recibidor.

—No soy de hacer esto mucho —dijo—. De hecho, casi nunca. Pero me caes bien. Y… no sé. Tengo ganas de que alguien me mire sin esperar que sea perfecta.

Se quitó la chaqueta. La camiseta marcaba las tetas pesadas, el sujetador negro sencillo debajo. El vientre suave se insinuaba bajo la tela, un rollito pequeño que se formaba al sentarse. Bajó los vaqueros despacio. Quedó en bragas grises de algodón y sujetador. Muslos gruesos, con hoyuelos suaves en la parte de atrás, celulitis leve que se veía bajo la luz de la lámpara de pie. Culo grande, redondo, bajo, de los que se expanden cuando te sientas. Estrías finas plateadas en los costados de las caderas.

Se acercó. Me besó despacio. Labios blandos, lengua tímida al principio, luego más segura. Le quité la camiseta. Las tetas cayeron un poco al liberarse: grandes, naturales, areolas rosadas grandes, pezones gruesos que se pusieron duros al aire. Vientre blando, cálido, con una fina línea de vello oscuro que bajaba hasta las bragas.

Bajé sus bragas. Coño con vello recortado irregular, labios mayores carnosos, ya húmedos. Clítoris asomando, hinchado. Olía a mujer joven, a deseo limpio, a nervios.

La llevé al sofá. La senté en el borde. Me arrodillé. Separé sus muslos suaves. Lamí despacio: lengua plana desde abajo hasta arriba, saboreando la sal dulce. Ella suspiró largo, manos en mi cabeza calva.

—Joder… despacio… me encanta…

Chupé su clítoris en círculos lentos. Metí un dedo, luego dos. Interior caliente, estrecho, viscoso. Curvé los dedos buscando el punto. Ella se tensó, muslos temblando.

—Ahí… sí… no pares…

Tardó en correrse, pero cuando llegó fue profundo: cuerpo arqueado, gemido ronco, humedad chorreando en mi barbilla. Se quedó jadeando.

Luego me tocó a mí. Me bajó los pantalones. Miró mi polla dura, gruesa, venosa.

—Hostia… qué grande… —susurró, con una mezcla de sorpresa y ganas.

La chupó despacio, aprendiendo el ritmo. Lengua en la cabeza, mano en la base, saliva cayendo. No era experta, pero ponía ganas. Me masturbaba mientras lamía los huevos, subía y bajaba profunda.

—No quiero correrme en tu boca —le dije—. Quiero follarte.

La puse a cuatro patas en el sofá. Culo en pompa, carne temblando. Le separé las nalgas: ojete rosado apretado, coño abierto y brillante. Se la metí despacio. Entró centímetro a centímetro, caliente, apretada. Ella empujó hacia atrás.

—Más… lléname… quiero sentirlo todo…

Embestí lento al principio, luego más fuerte. Plap plap contra sus nalgas blandas. Tetona colgando, bamboleándose. Gemía sin filtro: “Joder… sí… más profundo… me encanta cómo me abres…”

La puse boca arriba, piernas abiertas. Entré de nuevo, profundo. Le froté el clítoris con el pulgar. Se corrió otra vez, contrayéndose fuerte alrededor de mi polla, uñas en mi espalda, grito ahogado.

No aguanté más. Me corrí dentro, embestidas lentas, llenándola mientras ella jadeaba: “Dámelo todo… sí… qué bueno…”

Nos quedamos abrazados en el sofá, sudorosos, respirando fuerte. Ella me acarició la cabeza rapada.

—No sé si esto va a repetirse —dijo bajito—. Pero hoy… hoy necesitaba esto. Alguien que me viera tal como soy, con mis kilos de más y mis ganas.

La besé lento.

—Cuando quieras, Laia. El Raval no está lejos.

Me podéis escribir a fnirel@yahoo.com

Por FranNirel

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