Mi primer piso de estudiantes, parte 2

Mi primer piso de estudiantes, parte 2

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No creo que hubiera podido tener más suerte encontrando mi primera casa. No la habría cambiado ni por un colegio mayor -con todo lujo- ni por una mansión. Era cómoda, confortable, pequeña y allí había encontrado a una chica especial, pese al bruto de su novio. Todos los requisitos para un primer año de facultad, donde me iba haciendo al ambiente y a la vez me daba tiempo a mis proyectos con la moda.

Un día, llegué a casa con un book de fotos que me habían hecho en una agencia y las chicas lo revisaron entre risas e indirectas. Nos llevábamos tan bien los tres que cada broma era bien encajada entre nosotros, teniendo un clima de amistad perfecto. Laura sugirió poner una de mis fotos con un imán en el frigorífico, cuestión que a mí no me importó -y me lo tomé con gracia- pues había más fotos allí pegadas.

Pero, una vez más, se rompió el buen rollo un viernes. Volvía a casa después de clase y allí estaba Juanjo. No lo había visto desde el fin de semana anterior -y tras decirle un -“hola…”- él no tuvo a bien el abrir la boca para responder al cumplido. Pasé y miré a la derecha, mi foto estaba en el mismo lugar pero convertida en un gurruño de papel y con el imán en la frente. No hice gesto alguno ni me paré a preguntar. Marta estaba en su cuarto mirando al suelo y yo pasé al mío, sabiendo que se estaba cociendo allí. Cerré la puerta y la broca tomó forma, mientras ella le explicaba que la foto la había puesto Laura y que estaba sacando todo de quicio. En definitiva, más portazos, zarandeos y llantos -que se mezclaban con los bruñidos e insultos de él-. Podría haber salido y encararme con aquel cerdo, pero sabía que mi papel era otro. Él no tardó en irse, pero sin parar de gritar:

-«Mañana a las 9 estaré aquí a por ti, ¡a ver si eres capaz de quedar mal con mi familia!»

Cerró de un portazo y se fue, haciendo gala de su nula educación. Yo aproveché para salir del cuarto y ver a Marta. Ella, sentada en su cama con las manos puestas en su cara, me contó que al otro día tenían que ir al bautizo de un sobrino de Juanjo. Yo le intenté explicar, haciéndole entender que debía quedar bien delante de toda su familia y que a él ya lo conocerían por su tozudez.

Me daba realmente lastima la situación de una chica sensible, maja, responsable y que vivía cautiva de un ignorante con dinero. Sí, las cosas de los pueblos y las familias que muchos no entendemos en pleno Siglo XXI.

Esa noche cenamos en casa, sin sobresaltos y distendidos. Teníamos que estudiar y decidimos no salir. De vez en cuando, Laura pasaba jocosa por mi foto y hacía la señal de los cuernos con sus manos, como si de un cantante heavy se tratase, mientras Marta la miraba riéndose y compensando tantos malos ratos. En esa semana habíamos dejado un poco en silencio lo sucedido, pero se palpaba en el ambiente.

Laura propuso estudiar todos juntos -así no nos dormiríamos- y quien se durmiera pagaría una deuda que escribiríamos en un papel secreto. Vamos, una chorrada de estudiantes, que sólo servía de acicate para aprovechar la noche de estudio. Yo le di al papel mil vueltas, entretenido en que poner y -sin pensarlo- entró en juego mi lado más morboso. Y por fin, tras un rato, escribí:

-Hacerlo con Marta y que su novio “el simpático” esté en casa-

Lo escribí y me eche a reír. Así -tras varios cafés- dieron las dos de la mañana y allí no se movía nadie. Hasta que Marta, cansada ya, dijo bostezando:

-«Chicos me habéis ganado, mañana tengo el puñetero bautizo y debo descansar»

Yo ni corto ni perezoso saqué mi folio dobladito de debajo de la carpeta y le dije:

-«Olvidas esto… que concertamos en las reglas de estudio de esta noche…»

Marta abrió el papel ceremoniosa, con los ojos adormilados y exclamó:

-« ¡Joder qué locos estáis…!»

Soltó una carcajada incrédula y desapareció a su cuarto con el papel en el bolsillo del pijama.

Laura me interrogaba, pintándome con el bolígrafo, para saber qué había puesto en ese papel. Aunque se conformó diciendo:

-«Mientras jodas a ese machista -y lo pongas en su sitio- tengo más que suficiente» Para después ponerme una cara de perversa nunca vista hasta entonces. Era normal, ella vivía también los miedos y los desprecios que repartía Juanjo a diestro y siniestro.

Pasó la noche y me levanté a desayunar. Me puse unos vaqueros y una sudadera, sabiendo que al “insensato” no le gustaba que saliera a la cocina con la ropa de dormir. Sonó el timbre y era él. No fallaba. A la hora en punto entró sin saludar y con cara de pocos amigos. Apestaba a vaca y venía sin arreglar, llevando en su mano un traje en una funda de plástico y agarrándolo como un conejo. A la vez, Marta salió de su cuarto impresionante -aunque él ni la miró-. Al preguntarle su novia el motivo de no ir arreglado él contestó desairado:

-«Yo trabajo, no como tú, que eres una princesa mimada de mierda».

Tras tal barbaridad -y volviendo a pegar otro portazo- entró a ducharse. Mi cara era un poema ante tanto insulto gratuito.

Marta resopló ante un nuevo desprecio. Ella iba al bautizo guapísima, con un vestido azul marino, medias azules a juego y unas sandalias de tacón altas. Se había maquillado resaltando sus largas pestañas y estaba realmente bella, aunque notablemente enojada. Me acerqué -no sin antes escuchar como cerraba la puerta del baño el degenerado de su novio- y le dije a Marta:

-«O me sonríes o me cobro la sanción de anoche»  

Ella respondió sonriente: «No seas cabrón Marcos» – y me miro mordiéndose el labio, mientras yo le daba un beso tierno en el cuello con mis labios y con la punta de mi lengua hacía pequeños círculos. Olía genial a perfume y era realmente una princesa, arreglada para un acto que no deseaba ir, donde mandaba más el protocolo que el cariño.

Entre tonteo -y mimos- comencé a buscar su boca y nuestras lenguas se lamieron tímidas, al tiempo que le susurré:   

-«Tan sólo tenemos desde que se encienda el calentador del gas hasta que se apague»  

Mientras nos comíamos la boca yo masajeaba esas redondas tetas, que permanecían apretadas dentro de su ceñido vestido. Ella comenzó a jugar con su mano en mis vaqueros -que iban tomando forma-. Yo alargué la mano, encendiendo la radio de la cocina para que no se nos oyera nada y en un segundo comenzó a sonar Katy Perry con “I Kissed a Girl”.

La música animaba a Marta, que soltó el botón de mis vaqueros, mientras mis manos entraban por debajo de su vestido -acariciando sus muslos y notando el deseo-. Marta bajó la cremallera despacio y comenzó a jugar con su mano sobre mis bóxers, donde se adivinaba el contorno de mi miembro excitado. A la vez, mi mano subía y frotaba por encima de sus medias, rozando su ropa interior a la altura de su coñito. Ella suspiraba y jadeaba entregada al deseo. Estiró la goma de mi ropa interior y mi polla salió como un resorte, con el tronco de venas marcadas y mi capullo en forma de redondo fresón. Mirándola con la boca abierta -y sonriente- comenzó a pajearla con destreza, descapullándola una y otra vez, al mismo tiempo que uno de sus dedos se ocupaba de jugar con mi húmedo capullo.

En ese momento, “Brummmm“ -sonó como se encendía el calentador del gas y fue para ella como el pistoletazo de salida. Se dio la vuelta y puso sus manos en la mesa alta de la cocina, levantado su vestido y dejando ver su culo enmarcado en sus medias y un culotte negro de encajes. Ella dijo con voz sugerente:

 -«Marcos debo cumplir mi castigo, fóllame como me merezco…». 

Me aferré tras ella y baje sus medias y su culotte a mitad de sus muslos. El espectáculo era admirable: las formadas y fuertes piernas de Marta y su culo redondo, muy respingón, mediano y duro como un balón. Desde detrás se veían los labios rosas de su coñito. El contraste de su ropa oscura y su piel clara era un deleite.

Acerqué mi capullo y lo rocé contra su culo inocente de princesita y -poco a poco- mi polla comenzó a chocar contra los labios de su coñito. Ella me hablaba excitada pero la música tapaba nuestras voces:

-«Métemela Marcos, me gustas mucho, me encantas, te deseo»  

Yo agarrando mi miembro con la mano fui empujando con mis caderas y mi glande fue abriendo ese coñito precioso que iba mojando mi polla, lubricándola y llegando más adentro. Agarré su cintura y comencé a darle un rico mete y saca, donde ella no sabía cómo ahogar sus gemidos. Estaba muy caliente por la situación y la saqué entera, erecta, firme, llena de flujo que resbalaba, como néctar en forma babeante que caía al suelo. Y sin previo aviso se la metí de un golpe, soltando Marta un gran gemido que no sé cómo no escucho en la ducha Juanjo. Mi polla entraba y salía chocando mis caderas fuertes contra su redondo culo -una tras otra vez- sus cachetes blancos lucían rojos de mis manos que lo amasaban y de mi intencionadas embestidas.

En un minuto más Marta no pudo aguantar y me dijo a duras penas:

 «Marcos me corro, no puedo más estoy, ooohhhh, joder sí, que me gusta por favor, que rico, joder… ohhhhhhhh»

Le temblaban las piernas y respiraba agitada, pareciendo que sus enormes tetas iban a romper las costuras de aquel precioso vestido. Saque mi polla erecta y me dijo que aún estaba encendido el gas y se agachó. Sujeto mi polla con la mano y la comenzó a pajear suave contra su lengua, poco a poco se la fue metiendo en la boca mamándola con auténtica devoción y sin darme cuenta le estaba follando su boca, llegando donde jamás había llegado nadie. Soportando las arcadas, sin dejar de mirarme, chupaba mi rabo duro. Claro está, que tras hacerlo con ella y estar follándome su boca, no podía aguantar más sin correrme. Acariciaba su cuello y su nuca hasta que no pude más:

-«Me corro Marta… ohhhhhhhh…ufffff sí nena que rico»  

Mis chorros de leche empezaron a salir descontrolados, directamente a su garganta, mientras ella se tragaba todo sin dejar de moverse. 

Me quedé perplejo de sus nuevas destrezas y muy contento de su atrevimiento. Los dos habíamos disfrutado tanto en tan poco rato -cuando de repente dejó de sonar el “ Brummmm” del calentador de gas-. Marta se arregló, subiéndose las medias y el culotte y yo me fui a mi habitación.

Pronto salí de mi habitación con un chándal y el albornoz encima, pasé por la cocina con recochineo, diciendo que iba a la ducha y que era mi turno. Con esa vestimenta seguro que él estaba feliz con su censura y yo riéndome en su cara.

Marta aprovechó que él se terminara de vestir -y poniendo como excusa que necesitaba un cepillo del baño- entró dándome un húmedo muerdo y me susurró:

-«Siempre sabes cuidarme y sorprenderme»

Salió del baño, guiñándome un ojo sonriente y feliz por todo lo que había entre nosotros.

Hoy os dejo una enseñanza:

Aquellos que pensáis que vuestra novia -o mujer- es una propiedad privada, que podéis tratar de cualquier manera -y que estáis por encima de ellas- os equivocáis. Siempre puede haber uno más cualificado, mejor dotado, más sensual, más cariñoso, más detallista, más humano y que sepa despertar el morbo/atracción en ellas. El instinto es algo que tenemos y que jamás sabemos cuándo se puede encender -por muy formales e inocentes que podamos parecer-.

Los meses pasaban, mientras la convivencia y la amistad entre los tres compañeros de piso iba creciendo.

Tanto era así, que un día vino Laura a casa, invitándome a la boda de su prima del pueblo. 

¡Menudo compromiso! pero a ver quién se libraba de tal evento con lo bien que nos llevábamos y la afinidad que había.

Por su parte, Marta iría a dicho evento con Juanjo y tendría que aguantar al “cornudo cateto” de nuevo. Debo reseñar -y puntualizar- que en este tiempo ya no me había vuelto a acostar con Marta y lo que quedaba entre nosotros era mucha complicidad.

En esas estábamos -preparando la boda- cuando tuve el infortunio de caerme de la bici de camino a la facultad, haciéndome daño en la pierna y -en teoría- complicando la invitación. Yo no quería ir con las muletas a la boda y pasaba de ir al medico, teniendo que ir a la boda con alguna pastilla de más y dando “cojetadas”.

Marta y Laura me insistieron para que no fuera, pero el efecto de las pastillas suavizaron las molestias. Me puse mi traje -que me quedaba como un guante- y me fui con ellas.

Llegamos al convite con ganas de comer y bueno, porqué no decirlo, también de beber. Yo -por las pastillas- no podía beber, pero por un poco de vino blanco no pasaba nada. Y no pasó nada, tan sólo que me achispó un poco. La cuestión se complicó algo más tarde, cuando llegó el tinto y el champagne para brindar. 

Acabó la comida y comenzó el baile. Era una hacienda con hotel y la verdad que yo no estaba para bailar, así que Laura de vez en cuando se pasaba por mi mesa. Erróneamente, para más inri, me tomé alguna copa que otra. 

Y en esas estábamos, mientras Marta y Juanjo discutían en la barra. Yo medio achispado -medio en mi mundo- solo reía con Laura. En ese momento, la tía de Laura se acercó y me preguntó el porqué no me levantaba a bailar. Yo con cara de pena le expliqué mi lesión. 

Junto a la tía de Laura se acercó su marido, un carnicero muy dicharachero que se reía en tono de broma de mi desdicha. Hicimos buenas migas, contándome sus lesiones y cortes. Entre copa y copa su mujer -Marisol- (la tía de Laura y mujer del carnicero) me dijo que ella tenía una crema muy buena que aliviaba dolores y que su marido no viajaba sin ella. Yo pregunté la marca y me dijeron que ellos me la dejaba para que me la pusiera. Ellos se habían hospedado en el mismo hotel de la hacienda de la boda y le dije si podía aplicármela ya. 

El carnicero, amablemente, me dijo que acompañara a su mujer -viendo mi cara de dolor con la molestia de mi pierna- (el carnicero me veía como un niño de dieciocho años -un amiguito de su sobrina- asi que no puso reparo para que fuera con ella).

Subí por las escaleras, mientras los demás se quedaban en el convite. Marisol era castaña, con media melena, de estatura media y a sus 40 años -pese a no estar delgada- se notaba que hacía deporte. Era una mujer apretadita y embutida en un vestido amarillo que remarcaba sus curvas.

Llegamos a la habitación, era una estancia típica de madera donde lo rustico y lo moderno se mezclaba. Me senté en una silla -mientras ella buscaba la crema en el neceser en el baño-. Cuando salió Marisol yo me había remangado el pantalón y bajado el calcetín ejecutivo. Marisol se comenzó a reír y me dijo que la crema era bastante viscosa y que me mancharía si me la aplicaba así. Ella me dijo que era un niño y que si me quitaba el pantalón no se asustaría. Me quité el pantalón y me senté en la cama. Me quedé con la camisa, la corbata y en bóxer. En cualquier momento me habría dado reparo pero bueno quería el efecto de esa crema milagrosa en mi rodilla. Marisol me hablaba un poco como si fuera mi madre y la verdad es que me imponía bastante.

Cuando observó cómo yo mismo me aplicaba la crema me dijo: -“Así no te hará efecto:. Marisol trabajaba en una tienda de perfumería y tenía las manos muy cuidadas. Se acercó y me comenzó a extender la crema, que hidrataba -a la vez- mis piernas depiladas. Me untaba la crema -y sin respiro- me hablaba de lo suave de mi piel, mientras -sin darme cuenta- me fijé en su canalillo del escote y sus blancos muslos. Situación que -sin querer- produjo en mi una erección (sabéis por mis relatos que estoy bastante dotado). Sin darme cuenta, causó que mi miembro se marcara en mi bóxer, como una enorme estaca y creciendo de manera irreversible. Ella la miró de reojo, sin que yo casi me diera cuenta y su cara fue de sorpresa, pero supo salir del paso y dijo riéndose ahora ya sé por qué Laura y Marta están tan contentas contigo. Yo me di cuenta e intente acomodármela en el bóxer, pero fue aún peor. Ella murmuró no sabía yo que aún producía esas reacciones en los chicos. Ella me dijo -“no te preocupes”, me halaga (se notaba que también había bebido varias copas de más, pues una mujer casada no se habría atrevido a hacer ese comentario). Mientras terminaba -y se limpiaba las manos con una toallita- le dije: “Nos vamos…” y una sonrisa maliciosa se esbozó en su boca, mientras me decía: -“Por lo menos enséñame que he producido en ti”. Ella estaba de pie y yo recostado. Me agarré mi miembro por encima del bóxer -un poco vergonzoso- mientras ella decía que quería verla un poco sólo. Me sonrojé, pero estiré con mis dedos la goma de mi bóxer y mi miembro salió como un resorte enorme. Con las venas de mi tronco muy marcadas y sin descapullar aún, pero con la punta brillante de mis líquidos. Marisol soltó un “joder con el niño”, mientras susurró descapúllate que la vea bien. Yo callado y sorprendido estire mi pellejito, dejando al aire mi redondo capullo como un fresón babeante. 

Ella murmuraba: -“Joder como he llegado a esto si podía ser mi hijo…”.

Yo -sin darme cuenta- comencé a masajearme mi miembro, mirando su cara de sorpresa mientras en voz baja decía: “joder no hagas eso…”.

Se acercó sin titubear y susurro: -“Te voy a hacer la paja de tu vida, pero como cuentes algo a alguien te busco la ruina niñato…”.

Yo asentí con la cabeza y medio asustado, mientras sentía su manita suave masajeando mi polla con autentica devoción, sin dejar de mirarla y con mis líquidos mojando mi capullo. Mi tronco iba lubricándose, mientras -y algo envalentonado por el alcohol- tuve el valor de decirle: -“Cómetela”.

Ella respondió: -Nene, yo nunca he hecho nada de esto, por favor no seas así…”. Al mismo tiempo que acercaba sus labios pintados a mi capullo y daba un lametazo mezclando su saliva con mi humedad, haciendo hilos y tragándose mi miembro con ganas. A la vez, se la sacaba lamiéndola y susurrando: -“Que rica la polla del niño…”. 

Yo estaba cada vez más cerdo y me aventuraba a masajearle sus tetas por encima del vestido. Tendría una 100 apretada en la copa de su sujetador.

Yo le susurré: -“Déjame que te coma las tetas que yo te he dejado que me comas mi polla…”. Despacio -y arremangando su vestido- se sentó a horcajadas sobre mi, rozando mi miembro contra su braguita tipo brasileña, se abrió la cremallera del vestido y abrió su sujetador dejando sus tetas frente a mi boca. Sus pezones rosas, con una gran aureola -y duros como piedras- pasaban por mi boca. Me los comía notando su placer, mientras jadeaba maldiciéndose y lamentándose por lo que estaba haciendo. Mientras mis manos jugaba pasando de comerme de un pezón a otro, pellizcándolos suavemente, al mismo tiempo que ella se movía en braguitas sobre mi polla (haciendo ochos). y murmuraba joder niñato como me estás poniendo. Con la punta de mis dedos estiré sus braguitas y noté como la punta de mi capullo rozaba entre su culo y su coñito depilado. Notaba lo dilatada que estaba, mientras suplicaba -“No nene que no tienes condón…”. Pero fue notar mi capullo entre los labios de su coño y se dejó caer sobre mi polla, clavándose sin pensarlo. 

Gimiendo y entre jadeos decía: “Cabrón, niñato, me estás follando…” a la vez que comenzaba a saltar despeinada, resoplando, mordiéndose el labio y diciendo entre dientes: “Que rico joder, que polla…”. Notaba como los labios de su coñito apretaban el tronco de mi enorme rabo excitado.

Con sus forma de cabalgar no tardó en comenzar a correrse, queriendo disimular los gemidos para que no se oyeran en el silencio del hotel. Parecía que el placer la atravesaba, entrelazando orgasmos con mi mirada morbosa en su cuerpo y aguantando para no correrme dentro. 

Al mismo tiempo que se corría, comenzó a comerme la boca y a decirme repetidamente: “Córrete, préñame niñato…” -y sin poder aguantarme más- mi polla comenzó a escupir leche dentro de su coñito, inundándola por dentro. No pude evitar gemir, cuando mi rabo se corría a borbotones y llenaba el coñito de aquella mujer casada.

No tardó en levantarse y decirme: -“Esto no tenía que haber ocurrido, vístete rápido…”. Corriendo, me vestí como pude y salí de allí. Estaba realmente satisfecho y -curiosamente- sin dolor alguno en la pierna.

Marta y Laura no sospecharon nada y estuvimos de risas toda la noche. En cambio, Marisol se tomó mil copas y no se separó de su marido. Una formalidad bien escenificada y que dejaba en secreto todo lo que había acontecido. 

Por Marcos Sur

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