Llegaron cerca de las once y media de la noche. Escuché las llaves en la puerta y el corazón me dio un vuelco. Sabía que eran ellas.
Me levanté del sofá y caminé hacia la entrada. Cuando la puerta se abrió, lo primero que vi fue a Yunjin. Veinticuatro años. Vestido dorado brillante, ajustado al cuerpo, con un escote profundo que dejaba ver la curva suave y llena de sus pechos sostenidos por el brasier. La cadena con la serpiente plateada colgaba justo entre ellos, moviéndose ligeramente con cada paso. Sus piernas largas estaban enfundadas en medias de red negra que terminaban en botas altas de tacón brillantes. Olía a perfume intenso, caro, de esos que se quedan en el aire.
Detrás de ella entró Kazuha. Veintidós años. Vestido azul eléctrico, más corto y ceñido, marcando sus caderas y la forma redonda de su trasero. El pelo negro largo le caía sobre los hombros desnudos. También llevaba medias de red y botas altas. Las dos parecían recién salidas de una sesión de fotos.
— Dave… — Yunjin soltó las maletas y abrió los brazos con una sonrisa cansada pero cálida—. Ven aquí, hermanito.
Me abrazó fuerte. Sentí sus pechos presionarse contra mi pecho a través del vestido y el brasier, el calor de su cuerpo, su perfume metiéndose directo en mi nariz. El abrazo duró un segundo más de lo habitual. O tal vez solo me lo pareció a mí.
— Te extrañamos tanto — murmuró contra mi hombro.
Kazuha se acercó por el otro lado y me abrazó también, apretándome entre las dos. Su mano me acarició la espalda lentamente, de arriba abajo. Sentí la suavidad de su piel contra la mía donde el vestido dejaba sus hombros descubiertos.
— Ya estás más guapo — dijo Kazuha con una risa suave, separándose un poco para mirarme a los ojos—. 18 años… cómo creciste.
Tragué saliva y forcé una sonrisa.
— Bienvenidas… ¿Les ayudo con las maletas?
Subimos las tres maletas al segundo piso. Yo iba detrás. No pude evitar que mi mirada bajara. Las botas altas, las medias de red marcando cada curva de sus pantorrillas y muslos, la forma en que sus caderas se movían al subir cada escalón. El vestido dorado de Yunjin se pegaba a su trasero de una manera que nunca había notado tanto. El azul de Kazuha era aún más corto, dejando ver más piel.
Sacudí la cabeza con fuerza mientras dejaba la maleta de Yunjin en su habitación, justo al lado de la mía.
Son tus hermanas. Deja de mirarlas así, imbécil.
Las dejé instalándose y bajé a la cocina a preparar algo rápido para comer. Diez minutos después bajaron las dos. Se habían cambiado, pero seguían usando ropa que marcaba su cuerpo. Yunjin llevaba una camiseta blanca de tirantes bastante corta que dejaba ver su cintura, con el brasier negro visible debajo. Kazuha traía un top negro ajustado y unos shorts cortos negros. Las dos descalzas, pelo suelto.
Nos sentamos en la isla de la cocina. Yunjin hablaba animada de su último semestre y del trabajo, Kazuha se reía y comentaba detalles. Todo normal. Todo como siempre había sido.
Pero yo no podía dejar de notar cosas.
Cada vez que Yunjin se inclinaba un poco hacia adelante, el escote de la camiseta dejaba ver más de la curva de sus pechos y la forma del brasier. Cuando Kazuha cruzaba las piernas en el taburete alto, los shorts se subían y las medias de red se marcaban aún más en sus muslos. Sus piernas eran largas, tonificadas, perfectas.
Y lo peor era que ellas no hacían nada raro. Solo eran mis hermanas mayores, felices de estar en casa, cariñosas como siempre.
Yo sentía un nudo en el estómago y un calor que no debería sentir.
Para, Dave. Son Yunjin y Kazuha. Las mismas que te cuidaban cuando estabas enfermo. Tus hermanas.
Cuando terminamos de comer, Yunjin se estiró en la silla y soltó un suspiro suave.
— Qué bueno estar de vuelta… — dijo mirándome con una sonrisa tranquila—. Te ves más grande, ¿sabías? Ya no eres nuestro bebé.
Kazuha se rio bajito y me revolvió el pelo como cuando tenía diez años.
— Pero sigues siendo nuestro bebé — corrigió, guiñándome un ojo.
Forcé una sonrisa.
— Me voy a dormir — dije de repente—. Mañana tengo que madrugar.
Mentira. No tenía nada que hacer.
Subí las escaleras rápido, entré a mi habitación, cerré la puerta y me dejé caer en la cama con el corazón latiéndome fuerte.
Me quedé mirando el techo en la oscuridad.
¿Qué carajos me está pasando?
Abajo se escuchaban sus voces suaves, riendo mientras recogían la cocina. Sonaba tan normal. Tan familiar.
Pero dentro de mí ya nada se sentía normal.
No pude dormir bien esa noche. Cada vez que cerraba los ojos veía el escote dorado de Yunjin, las medias de red marcando los muslos de Kazuha, el calor de sus cuerpos cuando me abrazaron. Me sentía culpable solo por pensarlo. Eran mis hermanas. Las mismas que me habían defendido en la escuela, que me habían ayudado con los exámenes, que me llamaban “bebé” incluso cuando ya era más alto que ellas.
A la mañana siguiente bajé tarde a la cocina. Yunjin ya estaba allí, preparando café. Llevaba la misma camiseta blanca de tirantes de anoche, con el brasier negro claramente visible debajo. Los shorts seguían siendo cortos. Me saludó con una sonrisa fresca.
— Buenos días, dormilón — dijo, acercándose a darme un beso en la mejilla como siempre. Sus labios suaves rozaron mi piel y sentí ese perfume otra vez.
Kazuha bajó unos minutos después. Se veía un poco cansada. Llevaba el top negro ajustado y shorts cortos color rosa. Tenía el pelo todavía un poco húmedo de la ducha. Se sentó en el taburete alto de la isla y soltó un quejido suave al estirar las piernas.
— Ay… estas piernas me están matando — murmuró, frotándose una pantorrilla por encima de las medias de red que se había colocado —. El vuelo fue tan largo y estuve con esas botas casi todo el día. Me duelen los pies y las pantorrillas.
Yunjin se rio bajito mientras servía el café.
— Normal, Zuha. Yo también estoy adolorida, pero tú siempre te quejas más.
Kazuha me miró con esos ojos grandes y una sonrisa suplicante que conocía desde niño.
— Dave… ¿me harías un favor? ¿Podrías darme un masaje en los pies y las pantorrillas? Solo un rato, por favor. No aguanto más.
Me quedé congelado un segundo. Mi mente gritó “no”, pero mi boca dijo otra cosa.
— Eh… sí, claro. ¿Dónde quieres hacerlo?
— En la sala, en el sofá — respondió ella, levantándose con cuidado—. Así puedo estirarme.
Seguí a Kazuha hasta la sala. Se sentó en el sofá grande, apoyó la espalda contra el respaldo y levantó las piernas, colocando los pies sobre mi regazo cuando me senté frente a ella. Las botas altas de tacón brillaban bajo la luz de la mañana. Las medias de red negras se veían aún más marcadas ahora que estaba tan cerca.
Sus pies eran pequeños, bien formados, con las uñas pintadas de negro.
Mis manos rodearon su empeine derecho, presionando suavemente con los pulgares. Kazuha soltó un gemido bajo de alivio, cerrando los ojos.
— Ahhh… eso se siente tan bien, Dave — murmuró—. Justo ahí… más fuerte.
Mis dedos se movían sobre la media de red, sintiendo el calor de su piel a través de la tela. Subí poco a poco hacia las pantorrillas. Eran firmes, tonificadas, y la red marcaba cada curva y músculo. Mientras masajeaba, mi mirada se escapaba hacia arriba: los shorts cortos se habían subido un poco más por la posición, dejando ver la parte alta de sus muslos donde la media terminaba.
Sentía mi corazón latiendo fuerte. Mi cuerpo reaccionaba de una forma que me avergonzaba. Estaba tocando las piernas de mi hermana mayor y no podía dejar de notar lo suaves que se sentían, lo calientes, la forma perfecta en que la media se pegaba a su piel.
Es solo un masaje. Ella te lo pidió porque le duelen. No pienses en eso. Es Kazuha.
Pero mis manos seguían subiendo, presionando los músculos de las pantorrillas con más firmeza. Kazuha suspiraba de placer cada vez que encontraba un punto adolorido, y ese sonido me estaba haciendo algo extraño en el estómago.
Yunjin apareció en la entrada de la sala con su taza de café, observándonos con una sonrisa tranquila.
— ¿Mejor? — preguntó.
— Mucho mejor — respondió Kazuha sin abrir los ojos—. Dave tiene manos mágicas.
Yunjin soltó una risita.
— Si sigues quejándote, tal vez yo también te pida un masaje después.
Me quedé callado, concentrado en las piernas de Kazuha, intentando que mi respiración no se acelerara. Sentía el calor subiendo por mis muslos donde sus pies descansaban. La media de red era tan fina que parecía que estaba tocando piel directamente.
Cuando terminé con la segunda pantorrilla, Kazuha abrió los ojos y me miró con gratitud.
— Gracias, hermanito… de verdad me salvaste. Ven, dame un abrazo.
Se incorporó un poco y me abrazó desde el sofá. Sus pechos, sostenidos por el brasier bajo el top negro, se presionaron contra mi pecho por un momento. Su pelo olía a shampoo fresco.
— Eres el mejor — susurró cerca de mi oído.
Me separé rápido, con la cara caliente, y me levanté.
— De nada… voy a… eh, a mi habitación un rato.
Subí las escaleras casi corriendo y me encerré en mi cuarto. Me senté en la cama, respirando agitado.
Mis manos todavía sentían el calor de sus piernas a través de las medias. Recordaba cada curva, cada gemido suave de alivio. Y lo peor era que no había sido nada raro. Solo mi hermana pidiendo ayuda porque le dolían las piernas después de un vuelo largo.
¿Por qué entonces mi cuerpo reaccionaba así? ¿Por qué no podía dejar de imaginar cómo se sentiría subir un poco más con las manos?
Me tiré hacia atrás en la cama y me tapé la cara con las manos.
Esto no puede estar pasando. Son tus hermanas, Dave. Tus hermanas.
Pero el calor en mi cuerpo no desaparecía.
Pasé el resto de la mañana encerrado en mi habitación, intentando distraerme con el teléfono. Pero cada vez que cerraba los ojos sentía la media de red de Kazuha bajo mis dedos, el calor de sus pantorrillas, ese gemido suave que soltó cuando presioné un punto adolorido. Me sentía sucio. Era mi hermana. ¿Cómo podía estar reaccionando así solo por un masaje?
Al mediodía bajé a comer algo. Kazuha estaba en la sala, estirada en el sofá con las piernas todavía descubiertas, moviendo los pies como si todavía disfrutara del masaje. Me sonrió cuando me vio.
— Todavía me siento mucho mejor gracias a ti — dijo con voz dulce—. Eres el mejor hermanito del mundo.
Forcé una sonrisa y me metí rápido a la cocina. No quería quedarme mirándola.
Un rato después, mientras estaba lavando un plato, Yunjin entró. Llevaba la misma camiseta blanca de tirantes corta, con el brasier negro claramente visible debajo, sosteniendo sus pechos de forma firme y redonda. Los shorts cortos dejaban ver gran parte de sus piernas largas y tonificadas.
Se acercó por detrás y me abrazó por la cintura, apoyando la barbilla en mi hombro como hacía cuando éramos más pequeños.
— Oye, Dave… vi lo bien que le hiciste a Kazuha con el masaje — murmuró cerca de mi oído. Su aliento cálido me hizo tensar—. Yo también estoy adolorida del vuelo. ¿Me harías uno a mí también? Por favor…
Me quedé quieto, con las manos todavía en el agua jabonosa. El corazón me empezó a latir más rápido.
— Eh… sí, claro — respondí, intentando que mi voz sonara normal—. ¿Cuándo?
— Ahora mismo, si no te molesta — dijo ella, soltándome y dando un paso atrás con una sonrisa agradecida—. Mis pantorrillas y pies están peor que los de Zuha. Estuve con esas botas altas casi todo el día.
Asentí sin mirarla mucho y la seguí hasta la sala. Kazuha seguía allí, pero se levantó con una risita.
— Te toca a ti, unnie — dijo, guiñándole un ojo a Yunjin—. Yo ya estoy como nueva. Voy a subir a desempacar más cosas.
Se fue escaleras arriba, dejándonos solos.
Yunjin se sentó en el sofá grande, igual que había hecho Kazuha. Apoyó la espalda contra el respaldo y levantó las piernas, colocando sus pies directamente sobre mi regazo cuando me senté frente a ella. Sus botas altas de tacón negro brillante eran las mismas de anoche.
Ahora tenía los dos pies de Yunjin sobre mis muslos. Empecé por los empeines, presionando con los pulgares en círculos firmes. Yunjin soltó un gemido bajo y largo, cerrando los ojos.
— Dios… justo ahí, Dave — suspiró—. Tienes unas manos increíbles.
Mis dedos se movían sobre la media de red, sintiendo cada curva de su pie, el arco, los dedos. Subí poco a poco hacia las pantorrillas. Eran más gruesas y firmes que las de Kazuha, perfectamente tonificadas. La red marcaba cada músculo mientras mis manos las amasaban con más presión.
Mientras masajeaba, mi mirada se escapaba inevitablemente. Los shorts cortos de Yunjin se habían subido bastante por la posición, dejando ver la parte alta de sus muslos donde la media terminaba. El calor de sus pies y pantorrillas se transmitía directamente a mis piernas. Sentía mi cuerpo reaccionando otra vez, endureciéndose de una forma que me avergonzaba profundamente.
Es solo un masaje. Ella te lo pidió porque le duele. Es Yunjin, tu hermana mayor. La que siempre te protegía. No pienses en sus piernas. No pienses en cómo se siente la media bajo tus manos.
Pero era imposible no notarlo. Cada gemido suave que soltaba Yunjin cuando encontraba un nudo me hacía apretar la mandíbula. Sus pies se movían ligeramente sobre mi regazo, rozando peligrosamente cerca de donde no deberían.
— Más arriba… — murmuró ella con los ojos todavía cerrados—. Las pantorrillas me duelen más.
Subí las manos un poco más, masajeando la parte baja de sus muslos por encima de la media. La tela era tan fina que sentía el calor de su piel casi como si estuviera tocándola directamente. Yunjin arqueó un poco la espalda y soltó otro suspiro de placer.
— Ahhh… sí, así… eres tan bueno en esto, hermanito.
Mi respiración se estaba volviendo irregular. Sentía el peso de sus piernas sobre mí, el olor suave a piel cálida y perfume que se había quedado impregnado en las medias. Mis manos seguían moviéndose, presionando y amasando, mientras mi mente luchaba contra las imágenes que no quería tener.
Después de varios minutos, Yunjin abrió los ojos y me miró con una sonrisa perezosa y satisfecha.
— Gracias, Dave… de verdad me salvaste. Ven aquí.
Se incorporó un poco y me abrazó fuerte, tirando de mí hacia ella. Sus pechos, sostenidos por el brasier negro bajo la camiseta, se presionaron firmemente contra mi pecho. Sentí su calor, su suavidad, el latido de su corazón. Su pelo me rozó la cara y ese perfume me envolvió otra vez.
— Eres el mejor — susurró cerca de mi oído, su voz baja y cálida—. No sé qué haríamos sin ti.
Me separé lo más rápido que pude, con la cara ardiendo y una erección que apenas podía disimular.
— De nada… — murmuré—. Voy a… subir un rato.
Subí las escaleras casi corriendo y me encerré en mi habitación. Me tiré en la cama, respirando agitado, con las manos todavía temblando ligeramente por el recuerdo de sus piernas.
Había masajeado las pantorrillas y pies de mis dos hermanas mayores en menos de un día. Y en lugar de sentirme normal, solo podía pensar en la sensación de la media de red bajo mis dedos, en sus gemidos suaves, en cómo sus cuerpos se sentían tan cerca.
Me tapé la cara con las manos.
¿Por qué no puedo dejar de pensar en esto? Son mis hermanas…
Pero el calor en mi cuerpo no se iba.
Al día siguiente traté de mantenerme alejado lo más posible.
Me levanté temprano y me fui al gimnasio solo para no estar en casa cuando ellas bajaran. Cuando regresé, me encerré en mi habitación con la excusa de que tenía que estudiar para un examen que ni siquiera existía. Cada vez que escuchaba sus voces en el pasillo o sus pasos por la casa, sentía un nudo en el estómago. No quería bajar. No quería volver a ver esas piernas hermosas, ni sentir su perfume, ni escuchar esos gemidos suaves de alivio.
Solo fueron masajes. Masajes normales. Deja de comportarte como un enfermo.
Pero mi mente no paraba de reproducir las escenas: las botas bajando, la media negra contra mi piel, las pantorrillas firmes bajo mis manos, los pechos de Yunjin presionándose contra mí cuando me abrazó.
Pasé casi todo el día escondido. Solo bajé un par de veces a la cocina cuando pensé que no estaban. Logré evitarlas casi por completo.
Hasta que llegó la noche.
Estaba en mi habitación cuando escuché que tocaron suavemente a la puerta. Era Kazuha.
— Dave… ¿estás despierto? — preguntó con voz suave desde el otro lado.
Abrí la puerta. Ella estaba allí, con el top negro ajustado y los shorts cortos. El pelo suelto y una sonrisa inocente.
— Yunjin y yo vamos a ver una película en la sala. Una de terror que salió hace poco. ¿Quieres venir? Hace mucho que no vemos algo juntos los tres.
Dudé. Quería decir que no, que estaba cansado. Pero rechazarlas se sentiría raro. Eran mis hermanas. Siempre veíamos películas juntos cuando venían de visita.
— …Sí, está bien — respondí finalmente.
Bajé con ellas. Habían preparado palomitas y apagado casi todas las luces. La sala estaba en penumbras, solo iluminada por la pantalla grande. Yunjin ya estaba sentada en el sofá grande, con una manta ligera sobre las piernas. Llevaba la camiseta blanca de tirantes y el brasier negro visible debajo. Kazuha se sentó a su lado y palmeó el espacio entre las dos.
— Ven, siéntate aquí en medio — dijo Kazuha con una sonrisa—. Así podemos compartir la manta.
Me senté entre ellas. El sofá era amplio, pero no tanto como para que no nos tocáramos. Mi muslo izquierdo rozó inmediatamente el de Kazuha. El derecho, el de Yunjin. Ambas tenían las piernas descubiertas hasta donde terminaban los shorts.
Empezó la película. Era de terror, con jumpscares y atmósfera oscura. Al principio todo fue normal. Nos pasábamos las palomitas. Ellas comentaban en voz baja las escenas.
Pero conforme avanzaba la película, el ambiente se volvió más íntimo.
Kazuha, cada vez que había un momento de tensión, se acercaba un poco más a mí. En un jumpscare fuerte soltó un pequeño grito y escondió la cara contra mi hombro. Su pelo me rozó la mejilla y sentí su aliento cálido en mi cuello.
— Qué susto… — murmuró, pero no se separó. Dejó su cabeza apoyada allí.
Yunjin, por el otro lado, estiró las piernas y las cruzó de forma que su pantorrilla quedó parcialmente sobre mi muslo, se frotaba suavemente contra mi piel cada vez que se movía. No parecía darse cuenta.
La manta ligera nos cubría a los tres desde la cintura hacia abajo. Debajo de ella, el calor de sus cuerpos era más intenso. Mi pierna izquierda estaba pegada a la de Kazuha. La derecha, a la de Yunjin. Cada pequeño movimiento hacía que nuestras pieles se rozaran.
En una escena particularmente oscura, Yunjin se inclinó hacia mí para susurrarme algo al oído.
— Esta parte da miedo de verdad… — dijo bajito. Su aliento me hizo cosquillas en la oreja. Su pecho rozó mi brazo cuando se acercó.
Sentía mi corazón latiendo fuerte. Estaba atrapado entre mis dos hermanas mayores, sus cuerpos cálidos pegados al mío, sus piernas rozándome constantemente. La pierna de Yunjin seguía frotándose contra mi muslo cada vez que ella cambiaba de posición. Kazuha tenía la cabeza apoyada en mi hombro, su respiración tranquila y cálida contra mi cuello.
Intentaba concentrarme en la película, pero era imposible.
Son solo mis hermanas. Estamos viendo una película como siempre. El contacto es normal. No significa nada.
Pero mi cuerpo no pensaba lo mismo. Sentía un calor subiendo por mi estómago, una erección que empezaba a formarse y que trataba de disimular moviéndome lo menos posible. Cada roce de sus piernas contra mi piel me hacía apretar la mandíbula.
A mitad de la película, Kazuha se acomodó mejor y puso una mano sobre mi pierna por encima de la manta, como buscando apoyo. No era nada sexual. Solo un gesto inocente. Pero su mano quedó allí, tibia, cerca de mi muslo.
Yunjin, por el otro lado, se rio bajito en una escena y apoyó su cabeza contra mi otro hombro.
— Esto es más divertido contigo aquí — murmuró.
Estaba completamente rodeado por ellas. Sus olores mezclados (perfume, shampoo, piel cálida), el calor de sus cuerpos, el roce constante de sus piernas. Todo se sentía demasiado intenso.
Cuando la película terminó, las luces seguían apagadas. Ninguna de las dos se movió inmediatamente.
Kazuha levantó la cabeza de mi hombro y me miró en la penumbra.
— Gracias por ver con nosotras, Dave… me gustó mucho estar así los tres otra vez.
Yunjin bostezó suavemente y estiró los brazos, haciendo que su camiseta se subiera un poco más y dejara ver su cintura.
— Yo también. Deberíamos repetir mañana.
Me levanté del sofá lo más rápido que pude, con el cuerpo todavía caliente y la mente hecha un lío.
— Sí… claro. Buenas noches.
Subí las escaleras casi corriendo y me encerré en mi habitación. Me tiré en la cama, respirando agitado.
Había pasado casi dos horas entre mis dos hermanas, sintiendo sus piernas rozar las mías, sus cabezas en mis hombros, sus manos inocentemente sobre mí. Y en lugar de sentirme cómodo como antes, solo podía pensar en lo suaves que se sentían, en cómo olían, en cómo mi cuerpo había reaccionado.
Me tapé la cara con las manos.
Esto tiene que parar. Son tus hermanas. No puedes seguir sintiendo esto.
Pero sabía que al día siguiente volvería a verlas. Y que sería aún más difícil fingir que todo era normal.
Pasaron tres días más y yo seguí evitándolas todo lo que pude.
Me levantaba temprano y salía a correr o al gimnasio. Cuando regresaba, me encerraba en mi habitación con la excusa de estudiar, jugar videojuegos o “tener cosas que hacer”. Bajaba solo cuando era estrictamente necesario para comer, y siempre trataba de hacerlo rápido, respondiendo con monosílabos.
Yunjin y Kazuha lo notaron.
Al principio no decían nada, solo me miraban con expresiones un poco confundidas cuando pasaba por la sala o la cocina. Pero el tercer día, durante la cena, Yunjin rompió el silencio.
— Dave… ¿estás bien? — preguntó con voz suave, mirándome fijamente—. Estos días has estado muy callado y casi no te vemos. ¿Pasó algo?
Kazuha asintió, dejando los cubiertos sobre el plato.
— Sí… parece que nos estás evitando. ¿Hicimos algo que te molestó? Pensábamos que estaríamos más tiempo juntos ahora que estamos en casa.
Me quedé mirando el plato. No podía decirles la verdad. No podía decirles que cada vez que las veía con esas medias de red, o recordaba sus gemidos durante los masajes, o sentía sus piernas rozando las mías en el sofá, mi cuerpo reaccionaba de una forma que me avergonzaba profundamente.
— No… nada — mentí—. Solo estoy un poco estresado con unas cosas de la universidad.
Yunjin frunció el ceño, pero no insistió en ese momento.
Esa misma noche, después de lavar los platos, Kazuha bajó con una botella de vino que habían traído de Seúl y tres vasos.
— Vamos a hacer algo divertido — dijo con una sonrisa decidida—. Como cuando éramos más pequeños. Un juego de verdad o reto. Nada pesado, solo para pasar el rato y volver a estar los tres como antes. ¿Sí?
Yunjin sonrió también, sentándose en el sofá de la sala.
— Me parece buena idea. Hace mucho que no jugamos algo así. Dave, ¿te unes? Por favor…
No pude negarme. Rechazarlas otra vez se sentiría demasiado obvio. Me senté en el sillón individual frente a ellas. Kazuha sirvió un poco de vino en los tres vasos (solo un dedo, nada fuerte) y lo colocó en la mesa de centro.
Empezamos sencillo.
Primero le tocó a Yunjin elegir.
— Verdad — dijo.
Kazuha preguntó algo inocente:
— ¿Cuál es el chico más guapo con el que has salido este año?
Yunjin se rio y respondió con una historia divertida sobre un compañero de prácticas. Nada sexual.
Luego me tocó a mí.
— Verdad — elegí, seguro de que sería algo fácil.
Kazuha me miró con curiosidad.
— ¿Has besado a alguien desde que cumpliste 18?
Sentí la cara caliente, pero respondí honestamente:
— No… todavía no.
Las dos soltaron un “aww” cariñoso y Yunjin me revolvió el pelo desde lejos.
— Nuestro hermanito es tan lindo todavía — dijo Kazuha sonriendo.
El juego siguió. Retos tontos: Yunjin tuvo que imitar un baile ridículo, Kazuha tuvo que cantar una canción en coreano con voz sexy (solo para hacernos reír). Todo seguía siendo ligero y familiar.
Hasta que le tocó a Yunjin preguntarme a mí otra vez.
— Dave, verdad o reto.
Dudé un segundo.
— …Verdad.
Yunjin se inclinó un poco hacia adelante, con una sonrisa juguetona pero inocente.
— ¿Cuál es la cosa más vergonzosa que has pensado últimamente?
El corazón me dio un salto. Sentí que la sangre se me subía a la cara. No podía decir la verdad. No podía decir que había estado obsesionado con la sensación de sus medias de red bajo mis dedos, con sus gemidos suaves, con cómo se sentían sus pechos cuando me abrazaban, con cómo sus piernas rozaban las mías en la película.
Tragué saliva y mentí lo mejor que pude:
— Que… que quizás les parezco todavía un niño y no un adulto.
Las dos se rieron suavemente y negaron con la cabeza.
— Para nada — dijo Yunjin con voz cálida—. Ya eres un hombre, Dave. Solo que sigues siendo nuestro hermanito favorito.
Kazuha me miró con ojos brillantes.
— Es tu turno de preguntar.
Elegí preguntarle a Kazuha:
— Verdad o reto.
— Reto — respondió ella, desafiante.
Pensé en algo inocente.
— Tienes que dejar que te dé otro masaje en los pies, pero esta vez durante cinco minutos mientras seguimos jugando.
Era un reto que sonaba casual, pero en cuanto lo dije me arrepentí. Kazuha sonrió grande y puso los pies sobre mi regazo sin dudar, con unas medias oscuras puestas.
— ¡Acepto!
Mientras mis manos volvían a tocar sus pantorrillas y pies, sintiendo otra vez esa tela fina y el calor de su piel, Yunjin nos observaba con una sonrisa tranquila. El juego continuó, pero yo apenas podía concentrarme. Mis dedos presionaban los músculos de Kazuha mientras ella respondía verdades tontas y lanzaba retos fáciles.
El calor en la sala parecía haber subido. Mis manos sobre las piernas de mi hermana, su pie rozando ligeramente mi muslo, la mirada de Yunjin fija en nosotros…
Cuando terminé los cinco minutos, Kazuha retiró los pies pero no sin antes decir:
— Gracias… tus masajes son adictivos.
Yunjin soltó una risita.
— Tal vez yo también pida uno después.
Me quedé callado, con el corazón latiendo fuerte y la culpa comiéndome por dentro.
El juego seguía siendo “inocente”. Ellas solo querían pasar tiempo conmigo y volver a la cercanía de siempre.
Pero para mí, cada segundo se estaba volviendo más peligroso.
El juego terminó alrededor de las once y media. Nos reímos un rato más de las tonterías que habíamos dicho y hecho, pero yo ya no podía disimular del todo. Tenía las manos sudadas y la mente hecha un nudo. Cuando dije que me iba a dormir, Kazuha me dio un abrazo rápido y me revolvió el pelo como siempre.
— Buenas noches, hermanito. Gracias por jugar con nosotras.
Yunjin solo me miró un segundo más de lo normal, con esa expresión suave pero atenta que tenía desde que éramos niños. No dijo nada en ese momento.
Subí a mi habitación, cerré la puerta y me tiré en la cama con la luz apagada. El corazón todavía me latía fuerte. Recordaba las manos de Kazuha cuando puso los pies en mi regazo durante el reto, la forma en que la media de red se sentía bajo mis dedos otra vez, la mirada de Yunjin observándonos. Todo era “normal”. Ellas solo querían reconectar. ¿Por qué yo lo estaba convirtiendo en algo sucio?
Estaba intentando respirar profundo para calmarme cuando escuché dos golpes suaves en la puerta.
— Dave… ¿estás despierto? Soy Yunjin.
Mi estómago se apretó. Dudé un segundo antes de responder.
— …Sí, pasa.
La puerta se abrió despacio. Yunjin entró y la cerró detrás de ella con cuidado. Llevaba la misma camiseta blanca de tirantes corta y los shorts. El brasier negro se veía claramente debajo de la tela. Su pelo largo estaba suelto y olía a ese perfume que ya se me había quedado grabado. Se acercó y se sentó en el borde de mi cama, cerca de mis piernas.
— Perdón si te molesto tan tarde — dijo con voz baja y tranquila—. Es que… te vi un poco raro durante el juego y estos días has estado muy distante. Quería saber si de verdad estás bien.
Me incorporé un poco, apoyándome contra el respaldo de la cama. Intenté sonar normal.
— Estoy bien, en serio. Solo… cosas de la uni.
Yunjin inclinó la cabeza ligeramente, mirándome a los ojos. Esa mirada era la misma que usaba cuando yo era pequeño y le mentía sobre haber roto algo.
— Dave… soy yo. Yunjin. No tienes que fingir conmigo. Si hicimos algo que te incomodó cuando llegamos, o si te molestó que te pidiéramos masajes, o que te abrazáramos tanto… puedes decírmelo. Somos hermanas, pero ya eres grande. No quiero que te sientas obligado a nada.
Su voz era suave, preocupada, genuina. Como siempre había sido cuando cuidaba de mí.
Me quedé callado unos segundos. No podía contarle la verdad. No podía decirle que cada vez que me abrazaban sentía sus pechos contra mi pecho, que cuando masajeaba sus piernas no podía dejar de notar lo suaves y calientes que se sentían a través de las medias de red, que en la película había tenido que disimular una erección porque sus muslos rozaban los míos constantemente.
— No es eso… — murmuré finalmente—. Es solo que… han pasado meses desde la última vez que estuvieron aquí. Ustedes cambiaron un poco. Se ven más… adultas. Y yo todavía me siento como el hermanito menor. A veces me da vergüenza.
Yunjin soltó un suspiro suave y se acercó un poco más. Puso una mano sobre mi rodilla por encima de la sábana, un gesto inocente y cariñoso.
— Ay, Dave… eso es normal. Claro que cambiamos, pero tú también. Mira nada más lo alto y guapo que estás. Ya no eres un niño. Para nosotras sigues siendo nuestro bebé, pero sabemos que ya eres un hombre de 18 años.
Su mano se quedó allí, tibia, presionando ligeramente mi rodilla. El contacto era tan simple, tan normal entre hermanos… pero mi cuerpo reaccionó igual. Sentí calor subiendo por la pierna.
Yunjin continuó hablando bajito, como si estuviéramos compartiendo un secreto.
— Si te sientes incómodo con los abrazos o con que te pidamos cosas como los masajes, solo dímelo. No queremos hacerte sentir raro. Solo extrañábamos mucho estar cerca de ti. Estos meses en Seúl fueron duros y… la verdad es que extrañaba tener a mi hermanito cerca.
Se inclinó un poco hacia adelante para mirarme mejor. La camiseta de tirantes se movió con el movimiento y el escote dejó ver más de la curva de sus pechos sostenidos por el brasier negro. No lo hizo a propósito. Solo estaba preocupada por mí.
— ¿De verdad no hay nada más? — preguntó suavemente—. Puedes contarme cualquier cosa. Aunque sea vergonzosa. Te prometo que no te voy a juzgar.
Tragué saliva. Estaba tan cerca que podía oler su perfume claramente. Su mano todavía descansaba en mi rodilla. Mi mente gritaba que le dijera todo: que no podía dejar de pensar en sus piernas, en sus gemidos cuando las masajeaba, en cómo se sentía su cuerpo contra el mío. Pero la vergüenza era más fuerte.
— No… nada más — mentí otra vez—. Gracias por preocuparte.
Yunjin sonrió con ternura y se acercó más. Me dio un abrazo lento, rodeándome con sus brazos. Sus pechos se presionaron suavemente contra mi pecho a través de la camiseta y el brasier. Sentí su calor, su respiración cerca de mi cuello.
— Te quiero mucho, Dave — susurró contra mi hombro—. No lo olvides. Si algún día quieres hablar de verdad, aquí estoy. Las dos estamos.
Se quedó así unos segundos más de lo necesario. Cuando se separó, me miró a los ojos una última vez.
— Descansa, ¿sí? Mañana podemos hacer algo los tres si quieres.
Se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró y me sonrió.
— Buenas noches, hermanito.
Cerró la puerta con cuidado.
Me quedé solo en la oscuridad, con el corazón latiéndome a mil. Todavía sentía el calor de su abrazo, el peso de su mano en mi rodilla, el roce de sus pechos contra mí. Todo había sido tan inocente. Ella solo quería asegurarse de que su hermanito menor estuviera bien.
Y yo… yo solo podía pensar en lo suave que se sentía su cuerpo, en cómo olía, en cómo mi propia hermana mayor me estaba volviendo loco sin siquiera intentarlo.
Me tapé la cara con la almohada y solté un gruñido ahogado.
¿Cuánto tiempo más voy a poder seguir fingiendo que todo es normal?
Pasaron dos semanas.
Intenté seguir evitándolas, pero ya era casi imposible. y ellas parecían decididas a no dejarme escapar del todo. Compartíamos las comidas, veíamos series juntos en la sala (siempre con ellas sentadas muy cerca), y de vez en cuando una de las dos entraba a mi habitación con alguna excusa tonta: pedir prestado algo, preguntarme si quería café, o simplemente “para ver cómo estaba”.
Cada interacción era normal. Cariñosa. Como siempre había sido entre hermanos.
Pero para mí ya nada se sentía normal.
Cada vez que Kazuha cruzaba las piernas y la media de red se marcaba en sus muslos, o cuando Yunjin se inclinaba para agarrar algo y su escote dejaba ver la curva de sus pechos sostenidos por el brasier, mi mente volvía a los masajes, a la película, al juego anterior. Me iba a dormir con culpa y me despertaba con el mismo nudo en el estómago.
La noche del cuarto día, después de cenar, Yunjin sacó la botella de vino otra vez. Esta vez la puso sobre la mesa con una expresión determinada.
— Ya han pasado varios días — dijo—. Creo que es hora de otra ronda. No podemos dejar el juego a medias. ¿Verdad, Dave?
Kazuha sonrió y se sentó en el sofá grande, palmeando el espacio del medio otra vez.
— Sí. Y esta vez hagámoslo un poco más interesante. Nada extremo, pero sin tanto miedo a las preguntas personales. Solo para divertirnos de verdad.
No pude negarme. Me senté entre las dos. El sofá se sentía más pequeño que nunca. Nuestros muslos se tocaban desde el principio. Yunjin sirvió un poco más de vino que en las rondas anteriores.
Empezamos.
Primero le tocó a Yunjin: reto.
Kazuha sonrió con picardía.
— Tienes que sentarte en el regazo de Dave durante toda la siguiente pregunta y respuesta.
Yunjin se rio bajito pero aceptó. Se levantó y se sentó de lado sobre mis muslos, su peso cálido y firme presionando directamente contra mí. Sus shorts cortos se subieron y sentí la piel de sus muslos contra los míos, la media de red rozando mi pierna. Su brazo rodeó mis hombros para equilibrarse. Sus pechos, sostenidos por el brasier negro bajo la camiseta de tirantes, quedaron muy cerca de mi cara.
— Pregunta, Zuha — dijo Yunjin como si nada.
Kazuha preguntó algo sobre su vida en Seúl. Mientras Yunjin respondía, su cuerpo se movía ligeramente sobre el mío con cada palabra. Sentía el calor de su trasero directamente sobre mi entrepierna. Tuve que concentrarme con todas mis fuerzas para no endurecerme allí mismo.
Cuando terminó, Yunjin se levantó, pero antes me dio un beso suave en la mejilla.
— Gracias por la silla, hermanito.
Me tocó a mí. Elegí verdad, intentando mantenerme seguro.
Yunjin me miró fijamente.
— ¿Has tenido alguna fantasía sexual con alguien que conozcas en la vida real?
El corazón me dio un vuelco. La pregunta era más directa que las anteriores. Sentí la cara ardiendo. No podía decir la verdad. No podía admitir que últimamente todas mis fantasías involucraban piernas enfundadas en medias de red, gemidos suaves y cuerpos de mis propias hermanas.
— …Sí — respondí con la voz ronca—. Pero no voy a decir con quién.
Las dos soltaron risitas suaves, sin presionar demasiado.
— Qué misterioso — murmuró Kazuha.
El juego siguió subiendo poco a poco.
Kazuha eligió reto. Yunjin le pidió que se quitara los shorts y se quedara solo con el top y las medias de red durante el resto de la ronda (solo porque “hacía calor”). Kazuha lo hizo sin problema, quedándose en top negro y las medias que le llegaban hasta la mitad del muslo. Sus piernas quedaron completamente expuestas, largas, tonificadas, la red marcando cada curva.
Cuando me tocó a mí elegir reto, Kazuha sonrió.
— Tienes que darle un masaje en los pies a Yunjin mientras ella está sentada en tu regazo.
Yunjin se sentó otra vez sobre mis muslos, esta vez de frente, y puso sus pies sobre el sofá a los lados de mis caderas. Mis manos empezaron a masajear sus pies enfundados en la media de red. Mientras lo hacía, su cuerpo estaba tan cerca que sentía su respiración, el calor entre sus piernas presionando ligeramente contra mi abdomen. Sus pechos quedaban a la altura de mis ojos.
Yunjin soltó un gemido bajo cuando presioné un punto sensible.
— Mmm… qué bueno eres en esto, Dave.
Mis manos temblaban ligeramente mientras subía un poco hacia sus pantorrillas. La media era tan fina que sentía cada detalle de su piel debajo. Mi erección ya era imposible de disimular por completo. Solo esperaba que ella no la notara.
Kazuha observaba todo con una sonrisa tranquila, sus piernas cruzadas, la media de red brillando bajo la luz tenue.
Luego vino la pregunta más peligrosa. Le tocó a Kazuha preguntar verdad a Yunjin.
— ¿Alguna vez has pensado en Dave de forma… no exactamente de hermana?
Yunjin se quedó callada un segundo, todavía sentada en mi regazo. Luego respondió con honestidad suave:
— Sí… a veces, cuando lo veo tan grande y guapo, me confundo un poco. Pero es normal, ¿no? Es mi hermanito, pero ya no es un niño.
Sus palabras me golpearon como un rayo. Sentí su cuerpo moverse ligeramente sobre mí mientras hablaba.
Cuando me tocó preguntar, elegí verdad para Kazuha.
— ¿Tú has sentido algo raro cuando te doy masajes?
Kazuha mordió su labio inferior y respondió bajito:
— Sí… se siente muy bien. Demasiado bien a veces. Pero eres mi hermanito, así que es solo cariño.
El aire en la sala se sentía más pesado. Las preguntas ya no eran tan inocentes. Los retos involucraban más contacto físico. Yunjin seguía en mi regazo, mis manos todavía en sus pantorrillas. Kazuha estaba casi sin shorts, sus piernas perfectas a la vista.
Decidimos parar cuando el vino se terminó y la atmósfera se volvió demasiado cargada.
Antes de subir, las dos me abrazaron fuerte, presionando sus cuerpos contra el mío.
— Esto está cada vez más divertido — susurró Yunjin cerca de mi oído.
Kazuha asintió.
— Mañana podemos seguir… si quieres.
Subí a mi habitación con las piernas débiles y la mente en caos.
El juego ya no se sentía tan inocente. Ellas seguían actuando como siempre: cariñosas, juguetonas, naturales. Pero las preguntas, los roces, los gemidos… todo se estaba acumulando.
Me tiré en la cama, respirando agitado.
¿Qué estoy haciendo? Son mis hermanas… pero ya no puedo dejar de pensar en ellas de esta forma.
Sabía que si continuábamos con otra ronda, sería aún más difícil controlarme.
Habían pasado solo dos días desde aquella ronda, pero para mí se sintieron eternos. Apenas salía de mi habitación, comía rápido y volvía a encerrarme. Yunjin y Kazuha lo notaban, pero en lugar de presionarme, esperaron. Esa noche, después de cenar, Yunjin apareció en la sala con la botella de vino ya abierta y tres vasos limpios.
— Hoy sí vamos a terminar el juego como se debe — dijo con una sonrisa que parecía más relajada que de costumbre—. Nada de escaparse, Dave.
Kazuha ya estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas. Llevaba el top negro ajustado y las medias de red, pero esta vez sin shorts. Solo un panty negro sencillo debajo. Yunjin vestía su camiseta blanca de tirantes y shorts cortos. Las dos se veían cómodas, como si fuera una noche normal entre hermanos.
Me senté entre ellas. Yunjin sirvió el vino con más generosidad que antes. Tres copas llenas hasta la mitad. El primer sorbo ya se sentía más fuerte.
— Empecemos — dijo Kazuha, con las mejillas ligeramente sonrosadas por el alcohol.
La ronda comenzó más cargada desde el primer reto.
Le tocó a Yunjin: reto.
Kazuha sonrió.
— Tienes que sentarte a horcajadas sobre Dave durante tres preguntas completas.
Yunjin soltó una risita baja, tomó otro sorbo de vino y se levantó. Se sentó sobre mí a horcajadas, sus muslos abiertos rodeando mis caderas. El peso de su cuerpo cayó directamente sobre mi entrepierna. Solo la tela fina de sus shorts y mi pantalón nos separaban. Sus pechos, sostenidos por el brasier negro, quedaron a pocos centímetros de mi cara. Puso las manos en mis hombros para equilibrarse.
— Listo — murmuró, su voz ya un poco más suave por el vino.
Las preguntas empezaron. Kazuha le preguntó algo sobre su última cita. Mientras Yunjin respondía, su cuerpo se movía ligeramente con cada palabra, rozando mi entrepierna de forma involuntaria. Sentía el calor entre sus piernas presionando contra mí. Mi erección empezó a crecer casi de inmediato. Intenté disimularlo moviéndome un poco, pero ella estaba demasiado cerca.
Cuando terminó la tercera pregunta, Yunjin no se levantó enseguida. Se quedó allí unos segundos más, mirándome a los ojos con una sonrisa perezosa.
— Te estás poniendo nervioso, hermanito… — dijo bajito, pero sin malicia. Solo como una observación.
Se levantó finalmente, pero el daño ya estaba hecho.
Me tocó a mí. Elegí verdad, con la garganta seca.
Yunjin tomó otro sorbo de vino y preguntó con voz suave:
— ¿Cuándo fue la última vez que te masturbaste pensando en alguien?
El silencio se sintió eterno. El vino me estaba soltando la lengua, pero la vergüenza era más fuerte.
— …Hace unos días — respondí casi en un susurro.
No preguntaron más. Solo sonrieron.
Kazuha eligió reto. Yunjin le pidió:
— Quítate el top y quédate solo con el brasier durante el resto de la ronda.
Kazuha lo hizo sin dudar, riendo. Se quitó el top negro y lo tiró a un lado. Quedó con un brasier negro sencillo pero que marcaba perfectamente sus pechos redondos y firmes. Sus pezones se adivinaban ligeramente bajo la tela. Sus piernas con las medias de red ahora se veían aún más provocativas.
Cuando me tocó a mí elegir reto, Kazuha me miró con los ojos brillantes por el vino.
— Tienes que darle un masaje en los muslos internos a Yunjin mientras ella está sentada en tu regazo otra vez.
Yunjin se sentó de nuevo a horcajadas sobre mí. Esta vez sus shorts se habían subido mucho. Mis manos subieron por sus muslos, por encima de las medias de red, hasta llegar a la parte interna, muy cerca de su entrepierna. La piel estaba caliente. Mientras masajeaba con los pulgares en círculos lentos, Yunjin soltó un gemido bajo y largo.
— Mmm… ahí, Dave… un poco más arriba…
Mis dedos rozaban peligrosamente cerca de donde no debían. Sentía su calor irradiando. Mi erección estaba completamente dura y presionaba contra ella. Sabía que ella tenía que notarlo, pero no dijo nada. Solo cerró los ojos y suspiró de placer.
Kazuha observaba todo desde el lado, con el brasier puesto y las piernas cruzadas, bebiendo vino.
Luego vino la pregunta más fuerte. Le tocó a Yunjin preguntar verdad a Kazuha.
— ¿Alguna vez te has tocado pensando en alguien de la familia?
Kazuha se mordió el labio, el vino haciendo efecto.
— …Sí. Una vez. Fue raro y me sentí culpable después… pero pasó.
El aire en la sala se volvió denso. Mis manos seguían en los muslos de Yunjin, masajeando lentamente. Ella todavía estaba a horcajadas sobre mí, su respiración un poco más agitada.
Cuando me tocó preguntar, elegí reto para Yunjin.
— Tienes que quitarte la camiseta y quedarte solo en brasier… como Kazuha.
Yunjin sonrió, tomó otro sorbo de vino y se quitó la camiseta de tirantes por la cabeza. Quedó solo con el brasier negro, sus pechos llenos y redondos perfectamente marcados. La cadena con la serpiente plateada descansaba entre ellos.
— ¿Contento? — preguntó con voz juguetona, todavía sentada sobre mí.
El juego continuó unos minutos más. Otro reto dijo Yunjin: Kazuha debes besar a Dave en el cuello durante diez segundos. Su boca suave rozó mi piel, dejando un rastro cálido. Yunjin tuvo que abrazarme fuerte mientras yo seguía masajeando sus muslos.
Al final de la ronda, las tres copas de vino estaban vacías y el ambiente estaba cargado. Yunjin seguía en mi regazo, Kazuha sentada muy cerca con solo el brasier y las medias.
Yunjin me miró a los ojos, su cara cerca de la mía.
— Dave… estás muy callado al final. ¿Estás bien? ¿Te estamos haciendo sentir incómodo?
Kazuha asintió, preocupada pero todavía relajada por el alcohol.
— Si quieres parar, lo paramos. Solo queríamos divertirnos y estar cerca de ti…
Me quedé callado. Mi erección seguía presionando contra Yunjin. Mis manos todavía descansaban en sus muslos internos. Las dos estaban medio desnudas frente a mí, oliendo a vino y perfume, sus cuerpos cálidos y suaves.
No sabía qué responder.
No respondí nada. Solo me quedé allí, con Yunjin todavía sentada a horcajadas sobre mí, mis manos congeladas en la parte interna de sus muslos. La media de red terminaba justo donde mis dedos rozaban piel desnuda. Sentía el calor húmedo que emanaba de entre sus piernas presionando directamente contra mi erección dura como piedra. Ella tenía que notarlo. Era imposible no hacerlo.
Yunjin inclinó la cabeza ligeramente. Sus pechos, cubiertos solo por el brasier negro, subían y bajaban con una respiración más profunda. La cadena de la serpiente se movía entre ellos. Tomó otro sorbo de vino, aunque su vaso ya estaba casi vacío, y me miró a los ojos.
— Dave… estás muy duro — murmuró con voz baja, casi sorprendida, pero sin levantarse—. ¿Es por nosotras?
Kazuha, sentada a nuestro lado con solo el brasier y las medias de red, soltó un pequeño jadeo y se acercó más. Sus pechos rozaron mi brazo.
— ¿En serio? — preguntó ella, con las mejillas rojas por el vino y algo más—. ¿Te estamos excitando, hermanito?
Mi cara ardía. Quería desaparecer. Quería que la tierra me tragara. Pero mi cuerpo traicionero empujaba hacia arriba contra el calor de Yunjin. Mis manos seguían en sus muslos internos, los pulgares rozando peligrosamente cerca de su entrepierna.
— Yo… lo siento — logré decir con la voz rota—. No debería… son mis hermanas…
Yunjin no se levantó. Al contrario, se acomodó un poco mejor sobre mí, haciendo que mi erección se presionara más firmemente contra su sexo cubierto solo por la fina tela de los shorts. Soltó un gemido suave, casi involuntario.
— Shhh… no te disculpes — susurró, su aliento cálido contra mi oreja—. Es solo el juego… y el vino. Pero se siente… interesante.
Kazuha mordió su labio inferior y puso una mano en mi pecho, deslizándola lentamente hacia abajo.
— Nunca te habíamos visto así — dijo con voz suave pero cargada—. Siempre fuiste nuestro bebé… pero ahora estás grande y… duro por nosotras. ¿Te gusta cómo se sienten nuestras piernas? ¿Las medias?
Asentí sin poder evitarlo. Mis manos empezaron a moverse otra vez, subiendo un poco más por los muslos de Yunjin, rozando la piel desnuda justo por encima de las medias. Ella dejó escapar otro gemido más largo cuando mis dedos se acercaron peligrosamente a su centro.
— Ahhh… Dave… — suspiró Yunjin, moviendo ligeramente las caderas en un círculo lento sobre mi erección—. Se siente tan caliente… tan prohibido.
Kazuha se acercó más, su boca cerca de mi otro oído.
— ¿Quieres tocarnos más? — preguntó en un susurro—. Es solo el juego… podemos parar si quieres. Pero si te gusta… no tienes que esconderlo.
Mi respiración era agitada. El corazón me latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho. Estaba sentado en la sala con mis dos hermanas mayores casi desnudas: Yunjin a horcajadas sobre mí, frotándose lentamente contra mi miembro Kazuha a mi lado con los pechos casi al descubierto, su mano bajando por mi abdomen.
— Esto no está bien… — murmuré, pero mis manos traicioneras siguieron subiendo. Mis dedos rozaron el borde de los shorts de Yunjin, sintiendo el calor húmedo que se filtraba a través de la tela.
Yunjin soltó un gemido más intenso y presionó sus caderas hacia abajo con más fuerza, frotándose directamente contra mi erección.
— Mmm… se siente tan grande — jadeó bajito, su voz temblando un poco—. Nunca pensé que mi hermanito me haría sentir así…
Kazuha se inclinó y besó suavemente mi cuello, luego subió hasta mi mandíbula. Sus labios eran suaves y cálidos.
— Déjanos hacerte sentir bien — susurró—. Solo esta noche… es solo el vino y el juego. Mañana podemos fingir que no pasó nada.
Yunjin empezó a moverse con más ritmo, frotando su sexo contra mí a través de la ropa. Sus pechos rebotaban ligeramente con cada movimiento. Mis manos subieron hasta agarrar sus caderas, apretándolas contra mí. Kazuha puso su mano sobre la mía, guiándome para que tocara más arriba, más cerca del centro de Yunjin.
El placer era abrumador. Sentía que iba a explotar en cualquier momento. La culpa me golpeaba como olas: Son tus hermanas. Las que te cuidaban. Las que te llamaban bebé. Pero mi cuerpo no escuchaba. Solo quería más.
Yunjin aceleró un poco el movimiento de sus caderas, frotándose más fuerte contra mi polla.
— Dave… ¿te vas a correr así? — preguntó con voz entrecortada, casi sorprendida de sus propias palabras—. ¿Solo con que te frote así?
Kazuha besó mi oreja y susurró:
— Déjate llevar, hermanito… queremos verte.
Mis caderas empezaron a empujar hacia arriba instintivamente, encontrando el ritmo de Yunjin. El roce era intenso, caliente, húmedo a través de la tela. Sentía que estaba a punto de correrme dentro del pantalón como un adolescente.
Justo cuando sentía que no podía aguantar más, Yunjin se detuvo de repente, respirando agitada. Se quedó mirándome a los ojos, con las pupilas dilatadas.
— Espera… — jadeó—. Tal vez… deberíamos parar aquí.
Kazuha también se separó un poco, aunque su mano seguía en mi pecho.
Las dos me miraban con una mezcla de excitación, sorpresa y algo de confusión. El vino seguía haciendo efecto, pero la realidad empezaba a asomar.
Yo estaba allí, jadeando, con el miembro palpitando dolorosamente, mis manos todavía en las caderas de Yunjin, sus pechos casi desnudos frente a mí, Kazuha medio desnuda a mi lado.
La culpa me inundó como un balde de agua fría… pero el deseo era mucho más fuerte.
El silencio en la sala era tan denso que se podía tocar. Yunjin seguía sentada a horcajadas sobre mí, su respiración cálida y entrecortada rozándome los labios. El efecto por el vino y algo mucho más profundo, no se apartaban de los míos. Sentía el calor húmedo de su sexo presionando contra mi erección a través de la tela fina de sus shorts, un roce lento y deliberado que me hacía temblar. Kazuha, a mi lado, tenía una mano apoyada en mi pecho; sus dedos trazaban círculos suaves, como si estuviera conteniendo el impulso de ir más lejos.
— Dave… — susurró Yunjin, su voz ronca y temblorosa, casi un ruego—.
Kazuha se acercó más, su aliento cálido en mi cuello. Sus pechos, aún cubiertos por el brasier negro, rozaron mi brazo con una suavidad que me erizó la piel.
— No quiero parar — murmuró ella, las palabras saliendo lentas, cargadas de vino y deseo—. No puedo. ¿Tú sí, hermanito?
Mi mente gritaba que esto estaba mal. Que eran Yunjin y Kazuha. Mis hermanas mayores. Las que me habían cuidado toda la vida. Pero mi cuerpo ardía. El vino corría por mis venas como fuego líquido, y el calor entre nosotros era imposible de ignorar.
— No… no quiero parar — respondí al fin, la voz apenas un susurro roto.
Yunjin soltó un gemido suave, casi aliviado, y me besó. Fue un beso lento, profundo, lleno de años de cariño prohibido. Sus labios eran suaves y cálidos, con sabor a vino dulce. Su lengua rozó la mía con timidez al principio, luego con más hambre. Sus caderas se movieron en un círculo lento sobre mí, frotándose con una delicadeza tortuosa que me hizo apretar los dientes.
Kazuha no se quedó atrás. Besó el lado de mi cuello, sus labios suaves y húmedos dejando un rastro de calor que bajaba hacia mi clavícula. Sus dedos bajaron por mi abdomen, rozando apenas el borde de mis pantalones.
— Vamos a mi habitación — jadeó Yunjin contra mi boca, sin separarse del todo—. Allí… estaremos más cómodos. Más privados.
Nos levantamos los tres con las piernas temblorosas. Subimos las escaleras en silencio, solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas y el suave roce de la piel. Entramos a la habitación de Yunjin. Ella cerró la puerta con llave y encendió solo la lámpara de noche, dejando todo bañado en una luz dorada y tenue. La cama grande, con sábanas blancas suaves, nos esperaba como una invitación prohibida.
Yunjin se acercó a mí primero. Me quitó la camiseta lentamente, sus manos recorriendo mi pecho desnudo con reverencia. Kazuha se arrodilló frente a mí y me bajó los pantalones y los bóxers con una lentitud agonizante, dejando que mi erección quedara libre, dura y palpitante. Las dos la miraron al mismo tiempo, con ojos oscuros de deseo.
— Eres hermoso… — susurró Kazuha, su aliento cálido rozando la piel sensible de mi miembro.
Nos metimos bajo las sábanas los tres. Las sábanas suaves nos envolvió como un secreto. Las luces bajas, los cuerpos calientes, el vino todavía zumbando en nuestras cabezas. Yunjin se quitó el brasier y el panty bajo las sábanas, quedando solo con las medias de red negras que le llegaban hasta la mitad del muslo. Kazuha hizo lo mismo. Sentí la tela fina y áspera de las medias rozando mis piernas mientras se pegaban a mí.
Yunjin se colocó a mi izquierda, Kazuha a la derecha. Sus cuerpos desnudos bajo las sábanas eran puro fuego. Sus pechos suaves presionaban contra mis costados, los pezones duros rozando mi piel. Empezamos a besarnos los tres. Primero yo con Yunjin, lento y profundo, mientras Kazuha besaba mi cuello y mi pecho. Luego cambiábamos: mis labios en los de Kazuha, su lengua explorándome con una dulzura desesperada, mientras Yunjin bajaba besos por mi abdomen.
Mis manos se perdieron bajo las sábanas. Toqué los pechos de Yunjin, suaves y llenos, amasándolos con lentitud mientras ella gemía bajito contra mi boca. Mis dedos bajaron por el vientre de Kazuha, sintiendo cómo se tensaba, hasta llegar a la piel desnuda justo por encima de las medias. La textura de la red contra mis palmas era electrizante.
— Tócame… — susurró Yunjin, guiando mi mano entre sus piernas.
Estaba empapada. Mis dedos rozaron sus labios hinchados, resbaladizos y calientes, y ella arqueó la espalda con un gemido suave y prolongado. Kazuha, al mismo tiempo, envolvió mi miembro con su mano, acariciándola con movimientos lentos y firmes, deslizando el pulgar por la cabeza sensible donde ya brillaba una gota de humedad
— Se siente tan caliente… tan duro por nosotras — murmuró Kazuha, su voz temblando de excitación.
Bajo las sábanas, el mundo se redujo a sensaciones. El roce constante de las medias de red contra mis muslos. El calor húmedo de sus sexos contra mis dedos. Sus respiraciones entrecortadas. Sus gemidos suaves, casi ahogados, como si todavía tuvieran miedo de que alguien escuchara.
Yunjin se movió primero. Se subió encima de mí bajo las sábanas, su cuerpo desnudo deslizándose contra el mío. Bajó lentamente, guiando mi miembro hacia su entrada. Sentí la cabeza rozar su calor húmedo… y luego, centímetro a centímetro, me hundí en ella. Estaba apretada, ardiente, perfecta. Yunjin soltó un gemido largo y tembloroso, enterrando la cara en mi cuello mientras se acomodaba hasta el fondo.
— Te siento tan dentro… — suspiró, su voz rota por el placer.
Empezó a moverse despacio, ondulando las caderas en círculos lentos y profundos. Cada movimiento hacía que sus pechos rozaran mi pecho, que las medias de red se frotaran contra mis costados. Kazuha se pegó a nosotros, besando mi cuello mientras yo las tocaba a las dos. Mis dedos encontraron el clítoris de Kazuha y lo acaricié con círculos suaves, sincronizados con el ritmo de Yunjin.
El placer era abrumador, lento y tortuoso. No era sexo salvaje. Era algo mucho más íntimo y prohibido. El roce constante de piel contra piel bajo las sábanas. El sonido húmedo y suave de nuestros cuerpos uniéndose. Los gemidos ahogados. El olor a sexo, perfume y vino mezclándose en el aire.
Kazuha se colocó a un lado y bajó la cabeza bajo las sábanas. Sentí su boca caliente envolviendo mis testículos mientras Yunjin seguía cabalgándome con esa lentitud enloquecedora. Su lengua lamía y chupaba con devoción, enviando descargas de placer por todo mi cuerpo.
— No pares… — jadeé, mis manos apretando las caderas de Yunjin.
Ella aceleró un poco, pero seguía siendo sensual, profundo. Sus paredes internas me apretaban con cada movimiento, como si quisiera retenerme dentro para siempre.
Cambiamos. Kazuha se subió encima de mí ahora, bajando con la misma lentitud agonizante. Su vagina era más apretada más caliente. Se inclinó hacia adelante y me besó mientras Yunjin se colocaba detrás de ella, besando su espalda y acariciando sus pechos. Las dos gemían al unísono, sus voces suaves y entrecortadas llenando la habitación.
Bajo las sábanas todo era calor, humedad y piel. Mis manos recorrían sus cuerpos, sintiendo cada curva, cada temblor. Las medias de red seguían puestas, rozándome constantemente, recordándome que esto era real, que eran ellas.
Cuando sentí que no podía más, las abracé a las dos contra mí. Yunjin y Kazuha se movieron juntas, sus cuerpos ondulando sobre el mío, sus sexos rozándome. Mis dedos las tocaban a las dos al mismo tiempo, llevándolas al borde.
El orgasmo llegó como una ola lenta y devastadora. Primero Kazuha, contrayéndose alrededor de mi miembro con un gemido ahogado contra mi cuello. Luego Yunjin, apretándome con fuerza mientras yo hundía mis dedos en ella una última vez. Y finalmente yo, corriéndome profundo dentro de Kazuha con chorros largos y calientes, el placer tan intenso que me dejó temblando.
Nos quedamos así, los tres enredados bajo las sábanas. Sus cuerpos sudorosos pegados al mío. Sus respiraciones suaves contra mi piel. Las medias de red todavía rozándome las piernas. Sus manos acariciándome con ternura.
— Esto… fue inevitable — susurró Yunjin, besándome el pecho.
Kazuha sonrió contra mi cuello.
— Esto fue realmente increíble –
Me quedé allí, con el corazón latiendo fuerte, la culpa y el placer mezclándose en mi pecho como el vino en nuestras venas. Acababa de hacer el amor con mis dos hermanas mayores, de la forma más sensual y prohibida posible.
Y bajo las sábanas, con sus cuerpos aún temblando contra el mío, supe que quería que esta noche durara para siempre.
Por Eslin Lucero