Leo entró llorando al apartamento.
Sonia, que estaba preparándose un café en la cocina, sufrió un vuelco al corazón cuando los sollozos de su hijo llegaron hasta ella. Desconectó la vitrocerámica y fue corriendo al recibidor. Vio a su hijo cabizbajo, deshecho en lágrimas. La bolsa de plástico que colgaba de sus dedos cayó al suelo, como si no tuviese fuerzas para seguir sosteniéndola.
—Cariño. —Sonia fue hasta él y lo abrazó con fuerza, apretándose contra su cuerpo mientras le acariciaba la espalda por encima de la camisa—. ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?
No le había visto ninguna herida ni nada. Leo, al contrario de lo que su nombre indicaba, era un chico muy sensible, de los que lloraban a moco tendido con la muerte de Mufasa independientemente de cuántas veces la hubiese visto. Tenía dieciocho años cumplidos no hacía ni dos meses, pero era un chico de aspecto delicado, que apenas sobrepasaba el metro sesenta. Aparentaba menos edad, con su belleza casi femenina, su rostro barbilampiño, el cabello ondulado y rubio, los ojos almendrados, sumado a su carácter sensible.
Sonia, que le sobrepasaba en diez centímetros, tuvo que inclinarse para acogerlo entre sus maternales brazos. Nunca lo había visto tan desolado y su llanto le estaba encogiendo el corazón. Sus ojos comenzaron a humedecerse.
El chico no era capaz de hablar.
—¡Es que..! ¡Es que…! —Y se abrazó a su madre, enterrando el rostro en su pecho, humedeciendo el vestido de lana roja que solía ponerse para estar en casa.
Sonia le acariciaba la nuca, surcaba su espesísimo y suave cabello con los dedos.
—Shhh, tranquilo. —Decidió no atosigarlo a preguntas. Le cogió de la mano y tiró de él con suavidad—. Ven, vamos a la sala y me cuentas qué ha pasado. Tu hermana está en su cuarto, escuchando música. —La habitación de Natalia estaba en el otro extremo del amplio apartamento, pero, si se prestaba atención, podía escucharse el retumbar de la música heavy que solía disfrutar—. Habla con mami, ¿sí?
Sabía que su hijo apenas tenía secretos para ella. Tenían una relación muy estrecha. Al contrario que otros hijos, él nunca rehuía sus abrazos y muestras de cariño. Al contrario, las disfrutaba y las correspondía en igual medida, dando como resultado que Natalia, tres años mayor y mucho más independiente, se burlase de ellos. “Mamá, deja de tratarlo como si fuese un peluche. ¡Así no se va a hacer un hombre nunca!”
Pero Sonia no consideraba que lo estuviese mimando en exceso, aunque era cierto que le encantaba estrujarlo y abrazarlo y acariciar ese cabello frondoso, esos tirabuzones suaves como… bueno, pues como un peluche. Pero su chico era ya un hombrecito. ¡Si hasta tenía novia! A Sonia no le caía nada bien esa chica llamada Verónica. Muy engreída, con sus pechitos puntiagudos y sus minifaldas y sus aires de dominante.
De pronto, estuvo convencida de que los llantos de Leo se debían a esa zorrita. Era San Valentín. No podía ser casualidad. Le hirvió el corazón de rabia hacia esa cerda, pero no dijo nada. Condujo a Leo hasta la sala, lo sentó en el mullido sofá de tres plazas y se pegó a él, muslo con muslo, rodeándolo por los hombros, apartándole tirabuzones de la frente.
Leo seguía llorando, desconsolado, aferrado al cuerpo de su madre, su cara enterrada entre los esponjosos pechos, empapando el tejido del vestido. Pese a ser de lana, el vestido era bastante fino. Tenía la apariencia de un jersey un poco largo, sin mangas, cuello redondo, entallado y que moldeaba a la perfección las rotundas caderas. Debajo, llevaba unos pantis negros. Lo que no llevaba era un sujetador, de modo que las cálidas lágrimas de su hijo comenzaban a empapar también la piel de sus senos.
Le levantó un poco la cara, con delicadeza, y le besó las mejillas, recogiendo las lágrimas entre sus carnosos labios. Leo dirigió una mirada perdida al cabello negro y lacio que a ella le caía por delante de los hombros y comenzó a acariciárselo distraídamente, como buscando consuelo en ello. Le gustaba tocarle el pelo casi tanto como a ella el de él.
—¿Estás más tranquilo? —le preguntó en voz baja, inclinada sobre él en actitud protectora, mechones de su largo cabello deslizándose al lado de sus caras como una cortina que les otorgase un lugar seguro. Le dio algunos besos más en las húmedas mejillas, sintiendo el sabor salado de las lágrimas.
Él meneó la cabeza afirmativamente, aunque, en realidad, seguía llorando, y seguía aferrada a ella. Se había ladeado de tal modo que tenía la pierna izquierda sobre el muslo izquierdo de su madre, y también ejercía cierta presión con ella, para atraerla.
—Verónica… —dijo, y el llanto amenazó con regresar.
“Lo sabía. Esa zorra.” Sonia trató de no dejar traslucir sus resentidos sentimientos, aunque su mirada de ojos castaños se oscureció.
—¿Qué pasó, mi amor?
“¿Qué te hizo esa puta?”
—Me ha dejado. —La mano de largos dedos de pianista de Leo se deslizaban por el cabello de su madre, atraído por su suavidad y su brillo—. Precisamente hoy.
Sonia no se sintió particularmente orgullosa del alivio que sintió. Cuanto más lejos estuviese aquella perra, mejor.
—¿Cómo… sucedió? —preguntó en un susurro, y le animó con otro beso en el pómulo, los labios entreabiertos para enjugar bien sus lágrimas.
—Me… —Un hipido—. Me dijo que… que estaba cansada de que yo fuese… así.
—¿Cómo que así? —Sonia frunció el ceño y la rabia se retorció en su pecho como un zarzal poseído por algún demonio. Sus dedos seguían pasando por los cabellos de su hijo. Su otra mano masajeaba cariñosamente su hombro.
—Débil —musitó él.
Los dientes de Sonia rechinaron.
—¿Eso te dijo esa…? —No terminó la frase—. Y encima un día como hoy. Menuda… arpía.
—Dijo que llevaba unos días saliendo con Pablo. —Pablo era, en resumidas cuentas, el matón guaperas del barrio. Era casi un treintañero, pero se había quedado atascado en la adolescencia, y le sacaba partido ligándose a todas las jovencitas que podía. Que Verónica acabase siendo una muesca más en su… ejem, ejem… revólver, no suponía ninguna sorpresa.
De pronto, Leo la miró directamente a los ojos, con las lágrimas desbordando los suyos.
—¿De verdad soy… tan débil? A lo mejor Natalia tiene razón.
A Sonia se le llenó el corazón de una ternura ardiente como chocolate derretido.
—Pues claro que no, mi vida. —Le recorrió la cara con sus labios—. Eres un chico sensible, inteligente, con un montón de talento para muchas cosas, con más conversación y profundidad que cualquier Pablo de este mundo. ¿Crees que ese perdedor podría hablar de poesía, o de cine, o de música, como lo haces tú?
Pese a todo, Leo sonrió. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
—Lo dudo mucho.
—Así me gusta. —Ella le sonrió con un amor que irradiaba calor. Tal vez por eso ambos estaban sonrojados. Tenían la misma tez pálida, casi lechosa, así que se notaba mucho. Sonia también se ladeó, y le pasó la pierna derecha por encima de la que él ya había colocado sobre su muslo contrario. El vestido, que muy largo no era, se deslizó con un siseo hasta desnudar el muslo completo y parte de la nalga, pero eso no importaba. Solo importaba que le habían roto el corazón a su amadísimo hijo—. Esa chica es demasiado inmadura para ti. Y demasiado básica. No te merece, mi amor. No te merece en absoluto.
—Y entonces ¿por qué duele tanto?
Ella le acarició la húmeda mejilla. Le pasó el dedo por el labio inferior, que quedó brillante por su saliva. Leo había llorado tanto que apenas respiraba por la nariz, y tampoco se había preocupado por tragar la saliva acumulada en su boca.
—Porque tienes demasiado corazón, mi vida. Por eso sufres tanto las cosas. Pero aquí está mami para repararlo esta y todas las veces que haga falta. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, mami.
Leo se acomodó más sobre su costado. Reclinados sobre el cómodo respaldo, a esas alturas ya estaban los dos sentados de costado, las piernas flexionadas y entrelazadas, los cuerpos tan juntos que el calor comenzaba a envolverlos. Sonia sentía el cálido aliento de su hijo en su cuello cuando la abrazó con más fuerza, presionando sus pechos en el proceso. Era fácil apretarle los senos con cualquier tipo de abrazo, teniendo en cuenta la exuberancia que la caracterizaba.
—Ojalá pudiera conocer a una chica tan dulce como tú, mami. —Leo acomodó más la cara entre su cuello y su hombro, y le dio un rápido beso en esa misma zona.
Aquellas palabras hicieron que el corazón de Sonia palpitase con fuerza. Y no fue lo único que palpitó. Su respiración se había agitado un poco y, con cada inhalación, sus senos quedaban más aprisionados contra el cuerpo del chico. Tenía los pezones tan duros que hasta le dolían un poco del roce contra el tejido del vestido, humedecido por las lágrimas.
—¿Para qué quieres a una chica como yo? —Surcó las ondas de sus cabellos con los dedos, y le dio un beso en la coronilla—. Ya me conoces a mí. —Le besó de nuevo en el pelo, los labios lo bastante separados como para sentir el roce de los suaves mechones en su lengua—. ¿O me están diciendo que no soy suficiente para ti?
—¡No! —Leo se abrazó aún más fuerte a ella, presionando de tal modo sus senos que Sonia emitió un jadeo vaporoso que acarició el pelo de su hijo como una brisa estival—. Tú eres maravillosa, mami.
Derretida de ternura, interpretando como un brote de ardiente amor maternal el calor que sentía bajo la piel, lo besó en el cabello varias veces. La última, atrapó entre sus labios uno de aquellos perfectos tirabuzones dorados y lo enredó en su lengua, empapándolo de saliva, saboreándolo. No supo por qué lo hizo. Simplemente, se dejó llevar por el impulso.
—Pero… —siguió él, sin darse cuenta de que tenía un mechoncito pringoso, con la cara pegada al cuello de su madre—. Ya sabes.
Sonia deslizó la rodilla de la pierna que tenía encima de la de Leo hasta su cadera. Con un dedo, acarició el contorno de la oreja de su hijo.
—No, no sé —replicó—. ¿A qué te refieres?
—Bueno… —Leo se sentía tan tímido que apenas se le oía. Era demasiado adorable—. Ya sabes. Con otra chica puedo besarme y… todo eso.
—¿Qué pasa conmigo? —Sonia adquirió un tono de voz mimoso—. ¿Ya no vas a darme besitos nunca más? ¿Es eso?
—Claro que no, mami. —Y para confirmarlo, Leo recorrió parte de su cuello con sus besos. No era la primera vez, pero sí era la primera vez que Sonia sentía aquellos cosquilleos que le ponían la piel de gallina—. Pero… eso. No es lo mismo.
—Seguro que esa tonta de Verónica no sabía hacer esto.
La cara de Sonia se inclinó y atrapó el lóbulo de la oreja de Leo entre sus labios. Lo chupeteó y lo deslizó por su lengua, cubriéndolo de saliva, saboreándolo como si fuese un caramelo. Leo gimió, pero no se apartó. Al contrario, pegó aún más la cara a su cuello. Su abrazó se estrechó, ahora bajando un poco el antebrazo, colocándolo justo en el punto más estrecho de su cintura, la mano presionada contra sus lumbares. Adelantó la pierna que tenía entre las de Sonia al removerse por las cosquillas que le provocó aquella atención a su oreja, pegando la parte superior de su muslo entre las ingles de su madre.
Aquel roce en su entrepierna provocó unas sensaciones electrizantes en Sonia. Sus pensamientos parecían un cristal empañado. Todo lo percibía brumoso y cálido, como si estuviese en unos baños termales. Se dejó llevar y su lengua recorrió todos los vericuetos de la oreja de Leo, barnizándola en saliva.
“¿Te has vuelto loca?”, se dijo. Pero se justificó respondiéndose que lo hacía por él, para que se sintiera mejor y dejara de pensar en el daño que le había supuesto el rechazo de la perra de Verónica.
Además, estaba teniendo éxito en su intento de animarlo. Leo reaccionaba a la exploración lingüística de Sonia con risitas mezcladas con unos suaves gemidos. Se removía contra ella, como buscando aún más contacto, aplastándole los pechos, frotando aún más el muslo contra la vagina de su madre. Incluso le dio algunos besos más en el cuello, impulsado por las cosquillas y el cariño.
En cambio, ella… Su corazón se derretía de amor por él. Pero tenía que admitirse a sí misma que su coño también se estaba derritiendo.
“Simplemente es por la intensidad del momento. ¡Es porque lo quiero!”
Separó la boca de la oreja de su hijo y le miró, acariciándole la mejilla.
Leo jadeaba, tenía los ojos acuosos y brillantes, pero esta vez no tenía nada que ver con el llanto. También la miró y emitió una risita encantadora.
—Mami, te estás babando.
Era cierto. Tenía colgajos de saliva balanceándose desde su barbilla. Sonia sonrió.
—¿Te sientes mejor, mi vida? —le preguntó, dejando la saliva colgando.
—Sí. —Puso un mohín tan delicioso que Sonia se mordió el labio inferior para no hacer ninguna locura—. Pero no quiero que termine. —Leo elevó su delicada mano de pianista y pasó los dedos por la barbilla de su madre, recogiendo los hilillos de saliva. Ese roce suave estremeció la espalda de la mujer. Cuando vio a su hijo pasar la lengua, tímidamente, por los dedos que acababa de mojar con su saliva, el estremecimiento derivó en unas sugestivas palpitaciones en el centro de su coño—. ¡Qué rico, mami! —Leo le mostró una sonrisa radiante, en las antípodas de su llanto anterior—. Ahora sé cómo saben tus besos.
Sonia tenía un brazo rodeando los hombros de su hijo por debajo. Con esa mano, que tenía atrapada contra el asiento del sofá, comenzó a amasar el omóplato del chico. Con la otra mano, surcó las ondas doradas de su cabello. Estaba jadeando y sabía que lo que sentía era completamente inapropiado, por decirlo suavemente.
Pero también era cierto que había puesto una sonrisa feliz en su hijo cuando este, no hacía ni diez minutos, parecía al borde del abismo. ¿Acaso eso no la convertía en la mejor de las madres?
Los dedos repasaban una y otra vez los cabellos de Leo. Este movía la cabeza, siguiendo el recorrido de las caricias como un gato mimoso.
Sonia se sentía una tetera exhalando un chorro de vapor.
—Pues no voy a dejar que se te olvide ese sab… —empezó a decir ella, sintiendo la saliva acumulada en su boca, cálida, y sabiendo muy bien dónde quería depositarla.
—Pero mamá —dijo una voz desde la puerta de la sala—, deja algo para mí también, ¿no?
Sonia dio un respingo y, rápidamente, se pasó la mano por la barbilla para enjugarse la humedad que había quedado. Se enderezó en el sofá, destrabando las piernas de las de su hijo. En ese momento, se fijó en el bulto que destacaba en la entrepierna del chico. Sintió que sus pezones vibraban, ansiando ser pellizcados.
—Na… Natalia. —Sonia miró a su hija—. No te oímos venir.
Natalia, con una mano en la cintura y marcando cadera, sonrió con ironía.
—No me extraña —dijo—. Poco os faltaba para haceros una bolita.
Natalia parecía que acababa de salir de una siesta algo larga. Su largo cabello, rubio y ondulado como el de su hermano, estaba revuelto. La camiseta de tirantes, ceñida a unos pechos generosos que eran la versión veinteañera de los de su madre, estaba arrugada, subida por encima del ombligo. Llevaba un short vaquero con el botón abierto y la cremallera lo bastante baja como para revelar el color gris azulado de su ropa interior.
Salvo el cabello, que en ambos casos era herencia directa del padre de Sonia, Natalia era como un clon de su madre. Piel muy pálida, dibujadas con rotundas curvas de trazo voluptuoso, altas, sensuales sin ni siquiera pretenderlo. Aunque en esto último solo entraba Sonia. Natalia tenía una actitud rebelde, rozando lo agresivo. Su brazo derecho estaba lleno de tatuajes, que eran una simétrica mezcla de serpientes, calaveras y fuego, desde el hombro hasta el dorso de la mano. Llevaba un piercing en la nariz y la oreja izquierda cargada de pequeños aretes plateados.
—¡Hola, hermanita! —la saludó Leo alegremente. Se había quitado las deportivas en algún momento y seguía con las piernas flexionadas sobre el sofá, y los brazos rodeando la cintura de su madre.
Madre e hijo estaban sonrojados, en especial Sonia. Sus pechos, silueteados primorosamente por el vestido rojo de lana, subían y bajaban con rapidez. Parecían crecer a ojos vistas. Y sus piernas, enfundadas en los pantis, estaban completamente a la vista de lo que se le había subido el vestido.
Natalia, con su media sonrisa maliciosa habitual, levantó la bolsa de plástico que Leo había dejado caer en el recibidor.
—Me he encontrado esto ahí tirado —dijo—. Y a vosotros más pegados que unos siameses. ¿Qué me he perdido?
Ante la visión de la bolsa, la sonrisa de Leo se esfumó y adquirió tonos melancólicos.
Sonia, con su radar materno, lo notó al instante e, ignorando el momento embarazoso, rodeó el cuello de su hijo amado con sus brazos y le besó la frente.
—No pasa nada, mi amor —le susurró.
Natalia arqueó una ceja, recargando aún más el peso del cuerpo a un lado, la curva de su cadera destacando en toda su maciza firmeza.
—Sin duda, algo me he perdido —dijo.
—Era un regalo para Verónica —dijo Leo, apoyando la mejilla en el brazo de su madre.
—¿Verónica? —Natalia resopló con desdén—. Esa niñata no te merece, bizcochito.
Otra cosa que Natalia y su madre tenían en común, además de adorar al chico, era que ambas aborrecían a Verónica.
—Claro que no lo merece. —Sonia volvía a tener toda su atención puesta en su hijo, acariciándole los cabellos—. Esa ingrata ha cortado con él.
—¿Justo en San Valentín? —Natalia se acercó al sofá—. Hay que ser zorra.
—Esa lengua… —Sonia sermoneaba más o menos con la misma firmeza que un flan recién hecho. No se sabía de dónde había sacado Natalia su personalidad ruda, pero, desde luego, no de su madre.
Natalia dejó caer su considerable culo al otro lado de su hermano. Sus pechos se balancearon y su atractivo escote se estremeció como crema.
—Pero tengo razón. —Natalia dejó la bolsa en el suelo y también se abrazó a su hermano por la cintura, y le dio un mordisquito en el brazo, por encima de la camisa—. No estés triste, bizcochito. ¡Al menos tienes a la hermana más cañera del mundo! —Y le dio otro mordisquito a través de la tela, apretando el abrazo.
Sonia, aunque sabía que no debería, sintió la punzada de unos nada apropiados celos al ver cómo su hija colmaba de atenciones a Leo.
—Y a la madre más dulce —añadió, besando la cabeza de su hijo.
Natalia reptó por el sofá para pegarse al cuerpo de su hermano. El antebrazo que rodeaba su regazo descendió un poco y sintió la presión de algo bastante sólido. Natalia se percató de la erección de su hermano y, tras un momento de sorpresa inicial, sonrió y añadió un poco más de presión. Leo emitió un leve jadeo. Natalia pegó su mejilla a la de él, acariciándole con sus revueltos cabellos rubios.
—Mi dulce bizcochito se merece el mejor San Valentín del mundo —dijo, frotando su suave mejilla contra la no menos suave de él—, y ninguna zorrita engreída lo va a impedir. ¿Es o no es así, mamá?
—No apruebo ese lenguaje, Natalia, ya lo sabes. —Aún con aquellos molestos celos rondándola, Sonia también pegó su mejilla al otro lado de la cara de su hijo, sus brazos rodeándole el cuello y una de sus manos masajeando el cuero cabelludo—. Pero tienes razón. Hoy estamos solo para ti, mi vida. —Ladeó la cara para besar la comisura de la boca de Leo, dejando una huella de saliva.
Leo volvía a tener aquel brillo acuoso en su mirada. Con un brazo rodeaba la cintura de su madre. La otra estaba contra el respaldo del sofá, como si no supiera dónde ponerla.
Natalia pasó una de sus largas piernas sobre los muslos de su hermano, ladeándose hacia él de un modo parecido a como antes lo había hecho Sonia. Sus pechos se aplastaron contra el bíceps del chico, abombando el escote. Su grueso y lechoso muslo desnudo ascendió hasta cubrir el abultado paquete, presionándolo, frotándolo en movimientos engañosamente accidentales.
La cara de Leo estaba roja como un tomate maduro. De entre sus labios entreabiertos surgían suaves jadeos.
Mientras que Sonia solo proyectaba dulzura, la sonrisa de Natalia estaba aderezada por una malicia que parecía inherente a ella.
De hecho, en los últimos tiempos, Natalia había pasado de encontrar repugnante el modo en que su madre mimaba a su hermano de un modo tan pegajoso, a darse cuenta de que había algo morboso y sugestivo en todo aquello. El delicado chico envuelto en las constantes atenciones de su voluptuosa madre empezó a generar unas fantasías nada sanas en la mente de la joven. Natalia había tenido un despertar sexual bastante intenso, y no escatimaba en novios o novias para desahogarse. Pero nada la calentaba más que fantasear con el culazo de su madre cabalgando sobre el cuerpo delgado y suave de su hermano. O con ser ella misma la que sometiese aquel increíble culo (que ella había heredado satisfactoriamente).
Solo una hora antes, encerrada en su habitación, había estado masturbándose mientras recreaba, precisamente, esas fantasías. Cuando decidió salir de su cuarto para beber algo fresco y se encontró a su madre prácticamente encima de su hermano, algo hizo click en su cabeza. Por un momento, creyó que estaba soñando. Después de todo, tras dos orgasmos, se había quedado dormida en su cama. Pero no. Sin duda, Mefistófeles le estaba ofreciendo la oportunidad de hacer realidad su fantasía más sucia. Y si lo que pedía a cambio era su alma, la respuesta de Natalia sería un contundente: “Shut up and take my soul!”
—¡Qué mojadito está esto! —Natalia acababa de percatarse de que la oreja izquierda de su hermano estaba empapada, y no tuvo que esforzarse mucho para deducir que aquello no había sido que, de pronto, Leo decidiese beber agua por las orejas.
De soslayo, vio que su madre se ponía un pelín tensa, aunque no lo bastante como para ceder terreno en su avaricioso abrazo.
—Es que mami me estaba consolando —dijo Leo, dejando a Sonia pálida.
Leo era tan tierno por dentro como por fuera, pese a sus dieciocho años. Tan diferente a cualquier chico de su edad que Natalia se hubiese follado que no parecía ni real.
—Pues hoy te toca doble ración de consuelo, bizcochito.
Natalia sacó una lengua muy húmeda y recorrió la oreja de su hermano, estrechando su abrazo, restregando sus pechos contra él, su muslo contra el paquete, sintiendo la sólida erección.
—Natalia… —empezó a quejarse Sonia—. No creo que sea… apropiado.
La lengua de Natalia fue más agresiva, recorriendo el interior y el exterior de la oreja con ansia, dejando regueros de babas. Leo gimió. Los dedos aferrados a la cintura de su madre se engarfiaron, apretaron su carne. Con el otro brazo también rodeó la cintura de su hermana, impulsivamente.
Natalia elevó la cara, con la lengua aún fuera goteando un grueso hilo de saliva que caía sobre el hombro de su hermano.
—Yo también quiero consolarlo. —Presionó los labios húmedos en la sien de Leo, mojando parte de sus cabellos—. Un corazón roto no se arregla así como así, mamá. Nos necesita a las dos.
Sonia frunció un poco el ceño bajo su juvenil flequillo. Los celos mordían ahora con más fuerza. Además, dado que era consciente de la erección de su hijo, también se había percatado de cómo el muslo de Natalia se había posicionado sobre la entrepierna.
“Debería detener esto ahora mismo”, pensó.
En cambio, lo que hizo fue besar el pómulo de Leo, sus carnosos labios abiertos para acaparar toda la zona. Incluso se permitió rozarlo con la punta de su lengua.
—Mi pequeño solo necesita a mamá. —No se creía que acabara de decir eso—. ¿Verdad que sí, cariño?
—Yo…
—Mamá, no seas así. —Natalia, con los ojos fijos en su madre, pasó su labio inferior por la mejilla de su hermano, como si lo estuviese lamiendo, dejando un rastro de saliva—. Somos una familia. Debemos unirnos en momentos difíciles.
El brillo febril en los ojos de Sonia adquirió cierto tono gélido ante los avances de su hija. Sus dedos seguían manoseando los cabellos de Leo. Tenía los pechos igual de presionados a su hombro que Natalia en el otro lado.
—Pero es que tú eres demasiado arisca, cariño —dijo Sonia, sin abandonar su tono de voz dulce, aunque los celos sacaban filo a su voz—. Leo es un chico delicado. —Aplicó sus labios en la mejilla del chico, separándolos y juntándolos sin abandonar el contacto, como si ensayase un beso en la boca—. Así, con ternura.
—Aaah… —gimió Leo en tono muy quedo. Estaba moviendo sutilmente las caderas, al ritmo de los no tan sutiles frotamientos del muslo de su hermana.
—Puede que yo sea más intensa —replicó Natalia, disfrutando con los evidentes celos de su madre—. Pero seguro que Leo ahora mismo está infinitamente feliz. —Natalia enterró la boca en el cuello del chico, abrió la boca y se lo chupó, aplicando labios y lengua, dejando una copiosa cantidad de saliva.
Leo gimió un poco más alto. La mano con que se aferraba a la cintura de su madre descendió para hundir los dedos a la exuberante carnosidad de la cadera. Con el otro brazo, se abrazaba a la cintura de su hermana.
—¿Qué pasa, mi vida? —Sonia hizo que Leo girase la cara hacia ella poniéndole una mano en la mejilla, sintiendo bajo sus dedos la saliva de Natalia—. ¿Te duele algo? Tu hermana es una bruta, ¿a que sí?
Leo abrió unos ojos tan vidriosos, tan extasiados, que Sonia sintió una mezcla agridulce de resentimiento hacia su hija por provocarlo y de hipersensibilidad en toda su piel, especialmente en sus durísimos pezones y en su empapadísima vagina. Podía sentir los fluidos resbalando por sus ingles, bajo los pantis.
“Dios, voy a parar esto ya. Soy una madre horrible.”
Pero otra parte de su mente se rebeló contra esa idea. ¿Una madre horrible? Amaba a su hijo tanto que se lo comería. Lo haría todo por él. Absolutamente todo.
—Estoy muy bien, mami. —Leo casi no podía hablar de tanto que jadeaba. Un reguero de saliva desbordaba la comisura de su boca—. Los… mimos de Natalia son geniales.
Natalia soltó una risa, y ver cómo su madre se ponía roja, y no solo por la situación, solo la hizo disfrutar más. Ejerció más presión con su muslo, removiendo el paquete de su hermano.
—¿Ves, mamá? —dijo. Se fijó en la saliva que se deslizaba fuera de la boca de Leo y posó los labios por debajo de su barbilla para sorber el breve manantial—. Yo también sé cuidar de mi bizcochito.
Sonia abrió la boca, indignada ante la audacia de su hija.
—Te estás pasando… —musitó.
Entonces, Leo gimió más fuerte. Con las manos aferradas a la cadera de su madre y la cintura de su hermana, cerró los ojos con fuerza, tensó el cuerpo, elevó las caderas y contuvo el aliento tras sus dientes apretados. Se le tensaron los músculos del cuello, se puso muy rojo. Al poco, todo su cuerpo se destensó y emitió un largo suspiro de alivio.
Sonia se había llevado una mano a la boca, en un gesto clásico de absoluta sorpresa.
Natalia sonreía, sus dientes relucientes. Elevó un poco el muslo para observar la gran mancha de humedad que se extendía por la entrepierna de su hermano. Se relamió los labios. Si antes estaba cachonda, ahora su coño era un puto volcán.
—Mi bizcochito relleno de leche —susurró, pasando la mano por el pecho de su hermano.
—¡Natalia! —saltó Sonia, que se había erguido un poco, pero, al mismo tiempo, no quería moverse porque la mano de su hijo en su cadera, apretándosela con tanto deseo hacía un momento, casi la había arrastrado a ella a otro orgasmo.
Leo abrió los ojos ante el comentario de su hermana. Su expresión fue de pura vergüenza repentina.
—Yo… No sé lo que…
Natalia le puso un dedo en los labios, aprovechando para acariciárselos.
—Shhh. Hoy es tu día, bizcochito. —Le dio un beso en la nariz—. No necesitas el amor de nadie más. Solo el de mamá y el mío. —Sacó la lengua y recorrió la ceja, bajando hasta el canto exterior del ojo—. Tu corazón siempre, siempre, siempre estará a salvo. —Miró a su madre—. ¿Verdad que sí, mamá?
Aquello estaba mal. Aquello estaba horriblemente mal. Aquello era lo más pecaminoso y turbio que se podía hacer. Por otro lado, veía a su hijo tan feliz, en contraste con los dolorosos llantos anteriores, que Sonia decidió que negarle aquello sí que sería un delito.
Además, en la batalla por ganarse las atenciones de su hijo, no pensaba perder ni contra Natalia, ni contra nadie.
Volvió a reclinarse contra él, los pechos de nuevo apretados contra su hombro. Acunó el rostro de su adorado hijo con una mano, mirándolo desde sus ojos entornados, las largas pestañas muy bajas, el sedoso cabello acariciándole las mejillas.
—Por supuesto. —Sus carnosos labios, que Sonia sentía palpitar al ritmo de su corazón, descendieron hasta rozar el pelo de Leo, saboreando el cosquilleo de su roce—. Siempre estaré aquí para reparar cualquier daño que te hagan, mi amor. Mami siempre estará para ti. Para todo lo que necesites. —Sus palabras se deslizaban tan cálidas como su aliento.
—¿Qué sientes hacia mamá, bizcochito? —Natalia masajeaba el pecho de su hermano. Se acercó más a él para frotarse contra su cadera. Volvió a deslizar su labio inferior por aquella barbilampiña mejilla, rematando con un beso sonoro.
—La amo. —Leo abrió los ojos para mirar a su madre, cuyo rostro estaba sobre el de él, y su cabello lo envolvía como una cortina de seda—. Te amo, mami.
Sonia no pudo más.
—Mi vida… —Su voz era un jadeo. Sentía que todo su cuerpo ardía. Su vagina palpitaba como una herida abierta. Miraba el rostro de su hijo y solo sentía un apetito insaciable—. Mi vida… —fue lo único que podía decir.
De entre sus labios descendió un chorro de saliva, transparente, espeso, que cayó sobre la nariz de Leo y descendió por ambos lados de su cara como almíbar.
—Guau… —musitó Natalia, hipnotizada.
Leo miraba a su madre con la adoración y el embeleso de un cachorro de lobo que descubre la luna por primera vez. La boca de Sonia descendió. Y descendió. Y sus labios, rojos y rellenos como cereza madura, atraparon el labio superior de su hijo y lo saborearon con una gula que causaba estremecimientos solo con verlo.
Natalia sintió que la polla de su hermano volvía a cobrar vida bajo su muslo.
“Esto es… increíble”, pensó. Tuvo que frotarse con más fuerza contra la cadera de su hermano.
Los labios de Sonia degustando el de su hijo provocaba unos sonidos exquisitos. Los suaves gemidos de ambos sonaban al deseo más puro. Sonia pasó al labio inferior de Leo y lo succionó suavemente. Lo recorrió con su lengua. Lo estiró entre sus labios y lo saboreó como si estuviesen hechos de caramelo. La saliva no cesaba de caer, empapando la barbilla y el pecho de su hijo.
De pronto, fue como si Sonia despertase. Levantó la cara, con la saliva extendiéndose como puentes de cuerda entre sus labios y la boca de Leo, que la miraba como si estuviese en otro universo.
—Esto… —Sonia se pasó la mano por la barbilla para limpiarse las babas—. Esto está mal… —Su cara ardía. Sus ojos estaban vidriosos. Sus labios, rellenos de por sí, parecían inflamados. Sus pechos destacaban bajo el suave abrazo del vestido, subiendo y bajando rápidamente.
—Pero mira al bizcochito. —Natalia surcó los revueltos cabellos de su hermano con una mano—. No puede estar más feliz de recibir el amor de su mami.
Natalia sacó la lengua y recogió la saliva que colgaba de la barbilla de Leo, sorbiéndola ruidosamente. Luego, sujetando la mandíbula de su hermano, le lamió la mejilla con una amplia pasada de su lengua, dejando una viscosa capa de humedad. Siguió ascendiendo como si su lengua fuese una brocha, pasando por la sien y rematando con una pasada por los cabellos de Leo.
—¿Te gusta, hermanito? —le susurró al oído.
Leo, incapaz de hablar, asintió con la cabeza.
Sonia miraba, entre fascinada y contrariada. Había subido las dos rodillas al sofá, dejando las zapatillas en el suelo, y acomodó las opulentas nalgas sobre sus talones. Tenía las manos apoyadas entre sus muslos, la espalda arqueada y el torso inclinado hacia adelante, los largos cabellos cayendo a los lados de su enrojecida cara. Estaba para comérsela.
Natalia acarició el lóbulo de la oreja de su hermano con la punta de la lengua.
—¿Y quieres que mami te siga dando sus mimos? —preguntó.
La mirada acuosa de Leo se desvió hacia Sonia, y su expresión solo podía definirse como de pura idolatría.
—Sí. —Había recuperado el habla. Y, en un tono casi suplicante, añadió—: No te vayas, mami.
Aquello terminó de destruir cualquier freno que Sonia tratase de utilizar para impedir que aquello fuese a más.
—Nunca podría irme de tu lado, mi vida.
Se abalanzó sobre la cara de su hijo, besando su mejilla con entusiasmo. Besos que cada vez daba con los labios más separados. Su lengua no tardó en asomar, en saborear la piel de su hijo de arriba abajo, de abajo arriba.
—Qué bien sabes, mi amor. —Con una de sus manos, manoseaba el pecho de Leo y su vientre—. Qué rico, qué delicia… —Derramó saliva por media frente del joven, que descendió sobre su cara como una máscara líquida—. Te quiero comer enterito. —Le chupeteó mechones de pelo, dejándoselos pringosos, como si fuese regaliz.
Leo estaba en éxtasis.
Natalia no podía dejar de mirar. Quería unirse, pero el espectáculo de ver a su madre en aquel estado, completamente fuera de sí, era demasiado morboso como para perdérselo. Apartó la pierna de encima de su hermano y, abriendo bien sus muslos, deslizó una mano bajo su short y bajo el tanga para tocarse el clítoris con dos dedos bien juntos. Casi se corrió al primer contacto. Con la otra mano, se pellizcaba con fuerza un pezón, por encima de la camiseta.
La saliva empapaba la camisa de Leo. Sonia atrapó la cara de su hijo con manos avariciosas e introdujo la lengua en la boca del chico. Ambos tenían las bocas completamente abiertas, encajando como piezas de puzle, como si quisieran alcanzar las campanillas del otro. Para ese momento, Sonia había elevado aquel culo digno de portada de película porno sobre sus rodillas, la espalda arqueada de manera que destacaba aún más.
Natalia decidió que ya estaba bien de ser una mera espectadora. Se puso en pie, rodeó a los amantes y se sentó detrás de su madre. El vestido se le había subido en parte, revelando el inicio de las turgentes nalgas aprisionadas bajo los pantis. La licra era lo bastante transparente como para apreciar que su madre llevaba unas braguitas, también negras, que, desde luego, no cubrían ni un tercio de aquellas redondeces.
Natalia terminó de subirle el vestido a su madre hasta la cintura. La visión de aquella voluptuosa carnosidad en todo su esplendor hizo que se le hiciese la boca agua. Sonia, atareada en la intensa labor de comerle la boca a su hijo al tiempo que lo alimentaba con su saliva, no pareció percatarse o le dio igual.
Mordiéndose el labio inferior, Natalia pasó una mano entre los muslos de su madre y pasó dos dedos por todo su coño. Incluso a través de los pantis y la ropa interior, sintió la humedad en la yema de los dedos. La reacción de Sonia fue instantánea. Levantó la cabeza bruscamente, lanzando una ráfaga de saliva en el proceso y emitió un gemido agudo al tiempo que arqueaba mucho la espalda, poniendo el culo completamente en pompa. Una de sus manos se aferró al hombro de Leo, y la otra a su muslo.
Se había corrido con solo tocarla. Natalia no podía estar más fascinada. Vio cómo el cuerpo de su madre temblaba, sus nalgas temblaban como gelatina a medida que su orgasmo se prolongaba. Aún tenía los dedos presionando el abultado coño de su madre y podía sentir cómo sus fluidos traspasaban la tela y los pantis, derramándose como si se hubiese roto una tubería.
Cuando por fin terminó de correrse, Sonia dejó caer la cara contra el vientre de su hijo. Y su rostro resbaló hasta que dio contra la abultada y mojada bragueta del chico.
Natalia arañó las nalgas de su madre, dejando carreras en los pantis.
Sonia, con la mejilla aplastada contra la erección de Leo, miró hacia atrás entre los mechones desordenados de su cabello, jadeante y con las pupilas brillando febriles.
—¿Qué.. qué haces? —le preguntó a su hija.
—Nada, mamá. —Natalia rasgó con rudeza los pantis, liberando toda aquella carne blanquísima, tersa, redonda, abundante, que devoraba la tela de las braguitas sin piedad—. Solo disfrutando de este maravilloso momento en familia.
Sin poder contenerse, aferró una buena porción de glúteo entre sus dos manos y clavó sus dientes en ella. Puso los ojos en blanco por el placer de sentir su suavidad, su olor corporal. Sonia emitió un gritito que era más un gemido.
—Hija, no hagas eso… —Pero tenía el pecho completamente pegado al sofá, la cara de nuevo contra la bragueta de su hijo, el culo tenso y en pompa, de modo que no fue nada convincente.
Para rematar, Leo miró hacia abajo y acarició los cabellos de su madre. Siempre le había gustado acariciarlos, pero en ese momento los estaba manoseando como si quisiera fundirlos con sus dedos.
—Mami…
—Dime, mi amor. —Sonia restregaba la cabeza contra las manos de Leo, buscando más contacto, como una gata en celo. Su mano derecha manoseaba sin cesar el muslo de su hijo.
—Podrías… ¿podrías quitarme los pantalones? Es que… duele.
—Muy bien, bizcochito. —Natalia no creía que viviría para escuchar a su delicado y sensiblero hermano diciendo algo así. Pero ¿dónde estaba el límite de lo creíble cuando ella misma estaba amasando las abundantes nalgas de su madre, marcándolas con sus uñas y dientes, bañándolas con su saliva a base de intensos y voraces lametones?
—¿Te duele? —Sonia se apresuró a desabrochar el pantalón de Leo con dedos temblorosos—. Eso no puede ser, mi amor. Mami te cuidará. —Bajó la cremallera, tiró un poco hacia abajo. La tela del bóxer estaba empapada de la anterior corrida. Sonia tiró del elástico hacia abajo y la polla de Leo surgió, tensa, mojada, recubierta de hinchadas venas. Su glande amoratado golpeó la barbilla de su madre, que la contempló con auténtico deleite.
—Joder, bizcochito. —Natalia hizo una pausa en la degustación de las nalgas maternas para apreciar que su hermano tenía una polla sorprendentemente potente—. Verónica estaría llorando en un rincón sabiendo lo que se está perdiendo.
—Esa zorrita no se merece esto. —Sonia pasó los dedos a lo largo de la polla como si manejase un artefacto frágil y delicado. Pero de delicado nada. Aquello era un garrote fálico y no tardó en apretarlo en su mano, calibrándolo, estudiando su textura. Inhaló con fuerza para empaparse de su olor. Tenía los labios a milímetros de distancia—. Cariño, mira cómo lo tienes todo perdido. Menos mal que mami está aquí para limpiarte.
Hundió la nariz en el escroto de su hijo, suaves y carentes de pelo, tan lampiño como sus mejillas, e inhaló de nuevo, con fuerza. Sacó la lengua como si fuese una serpiente ciega, sin escamas, hecha de suave carne y envuelta en pringosa baba, y envolvió los huevos del chico con una minuciosa dedicación que solo una madre podría proporcionar.
Leo gimió como si sus sesos se estuviesen deshaciendo, y no era para menos. Echó la cabeza hacia atrás, clavándola en el mullido respaldo del sofá, y sus dedos se perdieron en la sedosa melena de su madre, cuya cabeza se meneaba suavemente mientras saboreaba los testículos de su hijo como si fuesen caramelos. Gruesos y cálidos caramelos que hubiese deseado durante mucho tiempo.
Con profundo pesar, Natalia abandonó su puesto detrás del culo de su madre para arrodillarse frente a una de las rodillas de su hermano. Necesitaba ver cómo los labios de Sonia engullían los huevos de Leo, insaciable, con paciente glotonería. No les daba descanso. Cuando no los engullía para mamarlos como cachorro el pezón de su madre, los recorría con su lengua. La saliva caía sin cesar, era un manantial que abrillantaba el escroto del afortunado Leo.
Natalia, sin interrumpir las atenciones orales de Sonia, tiró de los vaqueros y del bóxer de su hermano hasta dejarlo desnudo de cintura para abajo.
Sonia parecía que no estuviese en ese plano dimensional, pero en cuanto los pantalones volaron junto con la ropa interior, deslizó sus rodillas hasta el suelo, separó al máximo los muslos de su hijo y su lengua comenzó a abarcar mayor territorio. Ascendió, húmeda y ancha, desde los testículos hacia el glande, despacio, como si temiese perderse la textura de aquella polla, como si analizase con su lengua el grosor de aquellas venas. Sus labios llegaron a la cima y se puso a chupetear el glande, a indagar con la punta de la lengua los bordes del prepucio, cartografiando la polla de su hijo, grabando el más mínimo detalle.
Natalia, cachonda como nunca en su vida, se deshizo de su camiseta, liberando unos pechos esbeltos y lechosos, de pezones pequeños pero duros como piedras, y areolas de un rosa tan suave que casi se confundían con su pálida piel. Se bajó los shorts y el tanga apresuradamente. Sintió los fluidos resbalando entre sus muslos.
Su madre, mientras, había pasado al siguiente nivel. Sus rellenos labios devoraban la polla de Leo centímetro a centímetro. Cuando el glande alcanzó su garganta, acomodó la cabeza, sin rendirse, y siguió bajando hasta que su nariz se hundió en el rizado vello púbico del chico. Leo engarfió los dedos entre los mechones de su madre y soltó un gemido desfallecido. De manera casi ininteligible, susurraba “mami, mami, mami…” sin cesar, como una oración.
Harta de su papel pasivo, Natalia se acomodó detrás de su madre. Aprisionó las poderosas nalgas entre sus rodillas, para lo cual tuvo que poner a prueba la flexibilidad de sus abductores, agarró un buen puñado de los mechones colgantes de su madre, como si le fuese a hacer una coleta, y se inclinó sobre su espalda, aplastando sus pechos contra ella. Sonia estaba muy concentrada. Su boca subía de nuevo, separó sus labios abiertos del glande, derramando viscosa y burbujeante saliva, miró a la cara de su hijo con los párpados caídos y las largas pestañas oscureciendo su mirada, y bajó de nuevo, con más entusiasmo, mamando con ahínco, emitiendo unos rítmicos chasquidos húmedos, sus gemidos estrangulados cada vez que la polla de Leo le obstruía la garganta.
—Joder, mamá. —Natalia deslizó sus dedos por la garganta de Sonia e hizo presión, lo suficiente como para sentir la polla de su hermano cada vez que la penetraba—. Qué puta eres. ¿Cuánto tiempo hace que deseas hacer esto?
Sonia no reaccionó. Ni siquiera cuando Natalia empezó a marcar el ritmo de la mamada con la mano con la que le sujetaba el pelo, empujando hacia abajo con creciente saña, haciendo que se clavase la polla de Leo con contundencia, manteniéndola allí hasta que daba muestras de estar ahogándose, apretando su garganta un poco más.
—¡Vamos, bizcochito! —Natalia movía arriba y abajo la cabeza de su madre, tensándole el pelo, aferrando su garganta, usando su boca como una herramienta masturbatoria—. Fóllate la garganta de mami. Haz realidad sus sueños.
Leo, muy obediente, todavía con sus dedos en el pelo de Sonia, comenzó a impulsar las caderas hacia arriba, coordinándose con los movimientos de su hermana. Natalia empujaba la cabeza de su madre con tal brutalidad, que era como si estuviese tratando de encajar una pieza en otra demasiado grande. Sonreía con lascivo sadismo viendo cómo su madre se dejaba hacer, escuchando su respiración ahogada cada vez que la polla de Leo se enterraba en su garganta. Con cada descenso, la cara de Sonia se volvía más y más roja. Su nariz se aplastaba contra el pubis de su hijo. Cada vez que polla y garganta impactaban, una breve explosión de líquido preseminal y saliva desbordaba sus rojos labios. Natalia, mientras, restregaba su empapado coño contra una de las prominentes nalgas maternas, a punto de correrse.
Su hermano fue más rápido. Comenzó a gritar, a tensar el cuerpo. Natalia tiró del pelo de su madre para liberar la polla. Sonia, con gruesos hilos viscosos colgando de su boca y de su lengua expuesta, comenzó a aspirar aire entrecortadamente, la mirada difusa, los ojos llorosos.
Natalia empuñó la polla de Leo y lo masturbó con determinación. Soltó el pelo de su madre y esta, completamente ida, se aferró a los muslos de su hijo y pegó la lengua al glande, todavía luchando por llenar los pulmones pero desesperada por no perderse el regalo de su amado hijo. Unos expertos movimientos de muñeca de Natalia, y los chorros de semen brotaron con furia, estrellándose en el paladar de Sonia, cubriendo su lengua como un manto de leche condensada, derramándose por su barbilla, salpicando la pechera de su vestido. El tejido del vestido, que ya estaba empapado por la saliva caída, se pegaba a las exuberantes tetas como si se hubiera vuelto adhesivo, revelando los pezones endurecidos.
—Buen trabajo, bizcochito. —Natalia dedicó un chupetón al glande de su hermano, saboreando la última gota de semen.
Luego, se abalanzó sobre su madre, tumbándola sobre la alfombra que había entre el sofá y la televisión, y se puso a horcajadas sobre ella, restregando el coño por su vientre, la rugosa textura del vestido estimulándola hasta hacerla gemir. Hundió sus dedos en aquellos esponjosos pechos, amasándolos con deseo febril.
—Tú llevarás toda la vida deseando comerte a tu niño —le dijo, jadeando, fuera de sí, la presión de la lujuria asfixiándola como cuando la atmósfera está muy cargada como preludio de una tormenta eléctrica—, pero yo llevo años deseando convertirte en mi zorrita, mamá.
Sonia solo se dejaba hacer, toda voluntad abrasada por la magnitud de lo que había hecho y de lo que deseaba hacer, todavía saboreando el semen de su hijo e incapaz de pensar en otra cosa que no fuese volver a sentir su polla y su piel y su pelo y su aliento. Y ese apetito la devoraba como una infección, la mantenía en constante hipersensibilidad. Todo su cuerpo se había convertido en una gran zona erógena.
Y, por eso, el inmisericorde manoseo de su hija en sus tetas la llevó al orgasmo, tan repentino e intenso como cuando Natalia la había tocado entre las piernas. Se mordió el labio inferior, apretó los párpados, arqueó la espalda, presionando el vientre contra el coño de su hija, y soltó un gemido gutural, removiendo las piernas, apretando los muslos, los cálidos flujos encharcándolo todo.
Por supuesto, Natalia se dio cuenta.
Se dejó caer sobre su madre y enredó su lengua con la de ella, invasiva y violenta frente a la sumisión complaciente de Sonia, sin dejar de frotarse contra su cuerpo, moviendo las caderas en círculos contra su vientre, aplastando los pechos contra los de ella. Sonia le entregó su lengua y Natalia se la chupeteó como si fuese una polla. Se la masajeó con los dedos, pringándose de saliva, deleitándose con el tacto, con la visión. Penetró la boca de su madre con cuatro dedos, removiéndolos, mientras le hacía una máscara de saliva a lengüetazos que ascendían hasta la frente, apelmazando su flequillo, acumulando babas.
Natalia se irguió y se adelantó hasta colocar el coño en la boca de su madre. La sujetó por sendos mechones de pelo y cubrió los labios de su madre con sus labios vaginales, hinchados, rezumando fluidos. Desatada, Natalia gimió como loca, la cabeza echada hacia atrás, la lengua fuera salpicando saliva sobre sus propias tetas balanceantes, frotándose a conciencia contra la boca de Sonia con movimientos sinuosos de cadera, los muslos abiertos hasta su límite, las nalgas tensas.
Sintió la lengua de su madre moviéndose dentro de su coño, presionando su clítoris cada vez que los movimientos de cadera lo permitían. También sintió sus dedos aferrándose a sus glúteos, hundiendo los dedos en su firme carne, arañándolos.
Aquello fue demasiado. Soltó el pelo de Sonia para pellizcarse los pezones, estirándolos hasta el límite. Se le pusieron los ojos en blanco, arqueó la espalda, todos sus músculos en tensión y tuvo el orgasmo más intenso de su vida. La sola idea de saber que le estaba llenando la boca a su madre de fluidos solo potenciaba las sensaciones.
En el sofá, Leo contemplaba el espectáculo, fascinado. Su polla dura de nuevo, su mano recorriéndola como en sueños. Su mirada fija en las piernas abiertas de su madre, los pantis rasgados, las bragas metidas entre sus inflados y enrojecidos labios vaginales, el vello púbico asomando por los lados, negrísimo en contraste con la pálida piel. Los grandes senos moldeados por el vestido empapado de saliva y fluidos balanceándose como flanes, el culazo de su hermana danzando sobre su cara, las manos de Sonia engarfiadas en sus nalgas, los gemidos de Natalia invadiendo cada rincón de la sala, su melena rubia oscilando frente a la arqueada espalda.
Natalia terminó de correrse. Se apartó a un lado. Cientos de hilos formados por fluidos y saliva pegados a sus ingles y a su coño se extendieron desde la boca de su madre hasta deshacerse. Pasó la lengua por la cara de Sonia, horadando la espesa capa de fludos. Saboreó sus labios.
—Ahora has probado las corridas de tus dos hijos —le susurró, mesando sus cabellos húmedos—. Ahora sí que somos una familia unida.
Sonia solo jadeaba, la mirada vidriosa y difusa, atrapada en un éxtasis continuo.
Natalia miró hacia atrás y sonrió al ver a su hermano masturbándose en el sofá, embobado. Se puso en pie en un movimiento fluido y contoneó las caderas, acercándose a él.
—Vaya, vaya. —Se inclinó, dejando los pechos colgando frente a la mirada hipnotizada de Leo, y le pasó la palma de la mano desde los huevos hasta el glande. Él apartó su mano, dejándola hacer—. Mi hermanito está pidiendo a gritos un desvirgamiento inolvidable.
Aunque no lo sabía realmente, daba por hecho que era virgen. Saltaba a la vista.
Apoyó una rodilla junto al muslo de su hermano, sujetando su polla, mirándolo a los ojos con una sonrisa lasciva, pasándose la lengua por los dientes superiores. Se dispuso a acomodar la otra rodilla para empalarse en aquella maravillosa polla cuando se vio empujada a un lado con tanta fuerza que acabó cayendo de costado en el sofá y deslizándose hasta el suelo.
—¿Pero qué cojones?
Vio a su madre allí, en pie, imponente. Pero no la miraba. Solo tenía ojos para su hijo.
—¡No! —dijo, quitándose el vestido por encima de la cabeza, desnudando su lechosa piel, sus rellenos pechos destacando en toda su voluptuosidad, los pezones iguales a los de su hija, pequeños, duros y con areolas rosadas tan claras que se confundían con el resto de la marfileña piel.
Con la mirada fija en Leo, la boca entreabierta de la cual colgaban hebras de saliva, mechones cayendo al lado de la cara, derramados sobre sus hombros y su espalda esbelta, rompió los pantis alrededor de sus caderas con agresivos tirones, hasta que no tuvo ningún impedimento para bajarse las bragas, empapadas como si las hubiera sumergido en un cubo de agua. Cayeron al suelo con un leve sonido de chapoteo.
Se puso a horcajadas sobre su hijo, dejando su polla entre las cremosas e imponentes nalgas. Con movimientos rápidos, le quitó la camisa y la camiseta, y le puso las tetas en la cara, presionando sus mejillas con ellas.
—Quieres que mami sea tu primera mujer, ¿a qué sí, mi vida? —Sonia restregaba el coño contra el vientre de Leo, desesperada y anhelante, su respiración reducida a gemidos. Manoseaba las ondas doradas de su hijo sin dejar de restregar los pechos contra su cara—. Dilo, cariño. Di que quieres que mami sea tu primera vez.
—Sí, sí, por favor. —Leo apenas podía hablar, ocupado en lamer los pechos de su madre. Llevó las manos a la cintura de Sonia—. Quiero que seas la primera, mami. Quiero que me desvirgues.
Sonia gimió como si esas palabras la hubieran hecho correrse. Elevó el culo, la espalda arqueada, y con unos hábiles contoneos, situó el glande de su hijo a la entrada del coño. Luego, se dejó caer poco a poco, disfrutando de la penetración, grabando en su memoria aquel momento que deseaba desde hacía más tiempo del que nunca confesaría. Su culo chocó contra los testículos. Soltó un largo gemido, sintiéndose plena con la polla de su hijo en su interior.
—Este es tu sitio, cariño. —Atrapó la cara de Leo entre las manos y chupeteó sus labios al tiempo que sus caderas comenzaban un exquisito vaivén sobre su polla—. Para esto te he dado a luz, para que estés dentro de mí. Dentro… —su lengua recorrió los labios del chico—. De… —Sus caderas empezaron a bajar con más contundencia, sus nalgas impactando contra sus muslos como aplausos húmedos—. Mami… —La última palabra fue un gemido, al tiempo que se empalaba con todas sus fuerzas, buscando la mayor profundidad, la mayor intensidad. Se abrazó a la cabeza de su hijo y le llevó la cara a sus pechos.
Leo abrió la boca y se llenó la boca con aquella suave y blanda carne, succionando como si quisiera exprimirla. Con las manos, los estrujaba sin compasión, llevado por una pasión desmedida. Sintió la saliva cálida y viscosa de su madre bañando su pelo cuando ella se puso a peinarle los cabellos con su lengua.
Natalia pocas veces había visto (o experimentado) un polvazo como aquel, y nunca tan morboso. Ver el culazo de su madre rebotando una y otra vez sobre el cuerpo de su hermano, la polla de este apareciendo y desapareciendo, el impacto rotundo contra sus testículos y sus muslos, el temblor en las carnes de Sonia. Solo eso era un espectáculo digno de encuadrar.
La joven, de nuevo cachonda hasta sentir que su cerebro se derretía, puso sus manos sobre los glúteos de su madre, que no menguaron ni un ápice el ritmo de sus embestidas, y se inclinó para pasar su lengua por la línea de su columna vertebral. La espalda de Sonia era perfecta; esbelta, tonificada, pálida, salpicada por unos pocos lunares que solo la embellecían. Natalia comenzó a lamerle toda la espalda mientras la recorría con sus manos. Cuando alcanzó los cabellos desparramados sobre la piel, los arrastró con su lengua, mojándolos.
Natalia llevó una mano a la boca de su madre, interrumpiendo su degustación del pelo de Leo, y la invadió con sus dedos. Se estremeció de placer al sentir la lengua inquieta de su madre, su saliva, su aliento exhalado en gemidos. Con la otra mano, descendió espalda abajo hasta el valle entre sus nalgas, y allí buscó y masajeó el ano. Sonia reaccionó al instante. Se quedó tensa, clavando la polla de su hijo en lo más profundo de su coño, mordió los dedos de Natalia sin dejar de lamerlos, y todo su cuerpo tembló al correrse una vez más.
—Te gusta esto, ¿eh? —Le susurró Natalia al oído, lamiéndole la oreja. Mientras Sonia se corría, Natalia le introdujo el dedo corazón en el ano, poco a poco—. Eres una auténtica zorra, mamá. Mira cómo estás montando a tu hijo. Cómo le exprimes la polla con ese coño insaciable tuyo. —Sonia terminó de correrse. Su cuerpo se relajó, pero aún seguía con los dedos de su hija en la boca, babándose sin control. Y sus caderas no dejaron de moverse, ahora a un ritmo más lento pero más contundente, cada impacto contra el cuerpo de Leo cayendo como un martillo sobre un yunque.
Las manos del chico estaban aferradas a las inabarcables nalgas de su madre con desesperación. A juzgar por sus gemidos, él también estaba a punto de correrse.
Natalia sacó los dedos de la boca de su madre y le esparció las babas por el pelo al tiempo que se lo surcaba, echándole el flequillo hacia atrás como si fuese gomina. Sonia tardó medio segundo en fundir su boca ansiosa y húmeda con la de Leo.
—Córrete, mi amor —decía entre jadeos, sus caderas subiendo y bajando, subiendo y bajando. Cuando subía, el dedo de Natalia se introducía en su ano hasta el fondo, cuando bajaba, la polla de Leo quedaba completamente devorada por su coño, sus nalgas chocaban contra los muslos del chico con un sonido contundente. ¡Plas! ¡Plas! ¡Plas! —. Córrete para mami, mi vida. Lléname con tu leche virgen, mi amor.
Leo cumplió sus deseos. Gimiendo como si la vida se escapase de su cuerpo contra la boca abierta de su madre, clavó las uñas en la exuberancia de su culo, dejando líneas rojas a su paso al tiempo que ponía rígidas sus caderas, elevándolas, levantando el peso de su madre para regocijo de esta. Así, con la polla completamente enterrada en su coño, eyaculó allí donde se había iniciado su vida. Alfa y Omega. Hakuna Matata. El puto ciclo de la vida en aquel acto de absoluto libertinaje. Un círculo cerrado con broche de oro. O con suculenta crema en exquisita carne.
Natalia extrajo el dedo del ano de su madre y se lo chupó como si fuese una piruleta.
Para ella, aquello no había terminado.
Los cuerpos de su madre y su hermano se habían quedado exánimes, abrazados, fusionados como si se fueran a paralizar en aquella postura para toda la eternidad. Convertidos en un símbolo de la verdadera unión materno-filial. “Mira, mami, mira cuánto se quieren. ¿Cuándo haremos lo mismo?” Tal vez fuesen el origen de una secta destinada a que todos los hijos del mundo se follasen a sus madres.
“Joder —pensó Natalia—. Debería escribir algo sobre esto algún día.”
Ya pensaría en ello. Ahora tenía otras cosas en mente.
Se abrazó al cuerpo de su madre desde detrás y tiró de ella, aprovechando para estrujarle los pechos. Estaba bañada en sudor.
—Vamos, mamá. Todavía hay que jugar un poco más.
Sonia se dejó hacer. De su boca colgaban hilos de saliva, como venía siendo habitual. Su coño se separó de la polla de Leo con un delicioso sonido de succión, y el semen se derramó por el interior de sus muslos. Natalia hizo que se sentase en el sofá con las piernas abiertas, se arrodilló ante ella y pasó la lengua por el semen que resbalaba por las ingles perfectamente depiladas, ascendiendo hasta su coño, donde sorbió con fuerza y ruidosamente.
Sonia parecía a punto de dormirse, como narcotizada tras la sobredosis de incestuoso despliegue. Natalia se encaramó sobre su cuerpo, hasta apretar sus tetas contra las de ella. Le abrió la boca con los pulgares y derramó la mezcla de semen y saliva, rematando con un beso con el que removió la mezcla con su lengua alrededor de la de su madre. Sonia reaccionó con lasitud. Era como una imagen reproduciéndose a cámara lenta. Pero Natalia encontró especialmente morboso y excitante aquella sumisión. Aquel abandono para hacer con ella lo que quisiera.
Le estrujó las mejillas para fruncirle los labios, y se los chupeteó con glotonería.
—Mami, tu culo me lleva obsesionando durante mucho tiempo. —Le susurró entre chupeteo y lametón—. Me lo quiero comer enterito.
Se puso en pie y tiró de sus brazos, hasta situar a Sonia sobre la alfombra, boca abajo. Ella misma se colocó en la postura idónea: las tetas aplastadas contra el suelo, su mejilla apoyada sobre sus manos, la espalda arqueada, las rodillas separadas y el culazo completamente en pompa. El elástico de sus pantis, superviviente del maltrato recibido, aún clavado en su cintura. Las pantorrillas y los muslos cubiertos por las medias rasgadas. Su coño aún rezumaba la viscosa mezcla de semen y fluidos, descendiendo como miel muy espesa.
Natalia la contempló, relamiéndose como un lobo frente a un lechón.
—Mami, eres el pastel más apetitoso que he visto en mi vida.
Eso le recordó algo.
Pasó por delante del adormilado Leo, cuya polla flácida también goteaba semen como un grifo mal cerrado, y cogió la bolsa de plástico que había visto antes. Dentro, como había comprobado, había algo envuelto en papel de estraza con la tipografía de una pastelería. El regalo de San Valentín para la zorra de Verónica.
Ahora tendría un uso muchísimo mejor.
Arrojó la bolsa a un lado, sosteniendo la tarta. Rompió el papel y descubrió que se trataba de una tarta pequeña de queso y arándanos. El aspecto era delicioso. Introdujo un dedo (el mismo que había alojado en el ano de su madre, por puro morbo) en la tarta y descubrió que estaba extraordinariamente tierna. Recogió arándano y queso, y se chupó el dedo.
—Mmm, casi tan delicioso como el coño de mamá.
Pasó al lado de Leo y le manchó los labios con restos de tarta. El chico estaba totalmente grogui.
Natalia se arrodilló detrás del expuesto culo de su madre, quien también parecía estar a dos pasos de encontrarse con Morfeo. Dejó la tarta al lado, recogió una buena porción con dos dedos y lo untó entre las cremosas nalgas de Sonia. Luego, lo limpió todo con su lengua, con amplias pasadas.
Repitió el proceso, pero ahora centrándose en introducir los restos de tarta en aquel ano maravilloso. Empujó los restos de arándanos bañados en mermelada hacia el interior del recto. Recorrió su circunferencia, usando la jugosa crema de queso como lubricante, metiendo la primera falange de su dedo y dilatando poco a poco el estriado orificio.
Siguió así, metiendo más y más tarta dentro del ano de su madre. Penetrándola con cada vez más dedos. Para cuando ya tenía media tarta embutida en su culo, Natalia había conseguido meter dos dedos de una mano y tres de la otra. Los introducía alternativamente, recorriendo la cada vez más amplia entrada anal, recorriendo sus bordes y su interior como si estuviese realizando una obra de orfebrería.
Sonia gemía. Al principio, eran unos sonidos quedos, apenas audibles. Ahora, más intensos, la lengua fuera, su saliva dejando un charco en la alfombra, los mechones negros pegados a sus mejillas y a sus hombros. Tenía las rodillas tan separadas que entre el suelo y su coño apenas cabría la cabeza de Natalia.
Joder, aquella mujer estaba hecha para el vicio. Para disfrutar de ella de todos los modos posibles.
Natalia siguió metiendo más y más tarta. Su mano se hundió hasta la muñeca en el culo de su madre. El cremoso queso y los arándanos desbordaron su ano, cayendo sobre la alfombra. Extrajo la mano, completamente cubierta de tarta desmenuzada. Fue hasta donde estaba su hermano y se tiró a horcajadas sobre él.
Leo abrió los ojos, aún adormilado.
—¿Qué… qué…?
Natalia lo cogió por el pelo con su mano limpia y tiró hacia atrás.
—Hora de comer tarta, hermanito. Ya has descansado bastante.
Y le metió la mano pringosa de tarta y aromatizada con el culo de su madre en la boca. Solo el pulgar quedó por fuera. Removió la mano dentro de la boca del chico, que, una vez entendió qué estaba pasando, se dejó hacer y hasta usó su lengua para recorrer los dedos de su hermana.
Natalia le sacó la mano de la boca y escupió en su interior.
—Así me gusta. Ahora, despiértate. —Le dio una bofetada. Leo la miró, sorprendido. A la segunda bofetada, su mirada se tornó vidriosa. Le estaba gustando, así que Natalia le dio una tercera más. Sonrió cuando sintió la polla irguiéndose, rozando sus nalgas. Las manos de Leo recorrían sus muslos—. Mira lo que te espera, hermanito.
Le señaló a su madre, con el culo en pompa rezumando tarta deshecha, los arañazos y mordiscos destacando en rojo sobre el lienzo pálido y húmedo de sus glúteos. Desde el suelo, la mirada de Sonia estaba dirigida hacia ellos, los párpados entornados, las pupilas con aquel brillo febril, sonrojada, jadeante. Lo que fuera que sirviese para limitar el deseo sexual, en Sonia se había derretido por completo.
Natalia hizo que su hermano se pusiese en pie.
—Fóllate ese culo, bizcochito. —Le propinó un buen azote—. Fóllate el culo de mamá. Ella lo está deseando.
De eso no cabía duda. Y él también. Para cuando se dejó caer de rodillas detrás del culo de Sonia, su polla volvía a estar en plena forma para un último combate.
Natalia también se arrodilló y llevó una mano a cada nalga de su madre. Hundió las manos en la mullida carne y las separó cuanto pudo, ofreciendo una vista espectacular del ano dilatado completamente relleno de tarta.
—Feliz San Valentín, bizcochito. —Para rematar, dejó caer un chorro de saliva sobre los restos de tarta que su madre albergaba.
Leo empuñó su polla y colocó el glande a la entrada del ano materno. Se tomó su tiempo en la primera penetración, empujando poco a poco, abriéndose paso entre el montón de tarta, que se derramaba a medida que el recto albergaba aquel gran falo. Natalia observaba con fascinación. Sonia gimió con fuerza. Un gemido tan dulce como la mermelada de arándanos.
—Dale duro, bizcochito —jaleó Natalia, mirando a su hermano con insoportable expectación.
Y vaya si lo hizo. Leo abandonó su papel pasivo para darlo todo. Aferró el elástico abandonado en la cintura de su madre como si fueran unas riendas y tiró con fuerza a medida que arremetía dentro de su culo.
Ahora Sonia sí que se despertó. Sus gemidos se elevaron con fuerza. Sus uñas se clavaron en la alfombra y la arañaba como un gato poseído.
—¡Más duro, mi vida! —chillaba—. ¡Más duro!
Leo se abalanzaba contra las nalgas maternas con todo su ser. Cada impacto, la mejilla de Sonia se arrastraba por la alfombra, sus tetas, aplastadas y abombadas a los lados, se frotaban contra el suelo sin parar. El sonido de carne húmeda contra carne húmeda era como un tambor de guerra en el punto álgido de la batalla. Era un puto pistón de carne bombeando el culo de su madre.
Natalia, hipnotizada, observaba con la boca abierta, gimiendo mientras se restregaba con furia el coño, la punta de su lengua goteando saliva.
El elástico al que Leo se aferraba se rompió y eso fue como si activara una nueva fase. Natalia dejó caer su mejilla sobre el culo de su madre, la boca bien abierta.
—¡Yo también quiero, bizcochito! —Para ilustrarlo de manera más explícita, se tiró de la comisura de la boca y curvó la lengua hacia la barbilla.
Leo la aferró por el pelo con una rudeza que hasta hacía un rato parecía impensable en él. Su mirada estaba a mil kilómetros, como en trance, pero, desde luego, eso no le impidió ser especialmente contundente. Sacó la polla del culo de su madre, pringosa de tarta y envuelta en un olor acre mezclado con el pegajoso dulce, y la introdujo en la boca de su hermana de una certera estocada. Arremetió con el mismo entusiasmo beligerante con que había acometido el ano materno. Natalia, sujetada por el pelo con mano férrea, casi temió que le dislocase la mandíbula. No podía ni respirar. Aquella polla agresiva y dominante se clavaba en su garganta con tanta rapidez y tan profundamente, que el oxígeno solo pudo quedarse en la sala de espera.
—¡Más! —suplicó Sonia, anhelante.
Leo liberó la boca de Natalia, permitiendo que esta respirarse y la rojez que invadía su rostro empezase a esfumarse, y embistió de nuevo el ano de su madre, con una mano aún en la cabeza de su hermana y la otra aferrada a la carne de la nalga de Sonia, tirando de ella hacia atrás al tiempo que sus caderas arremetían de frente. Estaba desatado.
Sonia se corrió dos veces casi seguidas. Tenía los ojos en blanco, la cara deformada en una expresión de placer extrema.
Leo rugió, haciendo honor a su nombre, y clavó las uñas en el glúteo de su madre, inmovilizó la cabeza de su hermana, y enterró la polla en aquel culazo de una embestida brutal hizo ceder aún más las rodillas de Sonia. A media corrida, sacó la polla e invadió la boca de Natalia, terminando de eyacular en su garganta. Natalia se aferró al muslo del chico, buscando la mayor profundidad posible. Un gemido gutural se quedó atascado en su garganta cuando también se corrió, los fluidos de su coño cubriendo su mano.
Leo se derrumbó, exhausto más allá de su límite. Sonia, usando sus últimas fuerzas, con su culo derramando semen y tarta batida a golpe de polla, se arrastró hasta él para rodearle el cuello y besarlo en los labios.
—Te amo, mi amor —le susurró entre jadeos.
Natalia se tumbó al otro lado de su hermano. Pasó un brazo por el pecho del chico y un muslo sobre sus piernas. Le dio un cálido y húmedo beso en la mejilla.
—¿No ha sido el mejor San Valentín de tu vida, bizcochito?
Leo emitió una risa cansada, incapaz de decir nada.
Pero sí, efectivamente, no podía estar más feliz de que esa mañana le rompiesen el corazón.
Desde luego, nada como el amor de la familia.
Por Romlott