Terminé siendo la puta del papá de mi amiga

Terminé siendo la puta del papá de mi amiga

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Esto paso hace algunos años yo llevaba tres meses tragando techo, literal. Estar desempleada a los 25 era una basura; te acabas los ahorros, te deprimes y terminas aceptando que el mundo no te debe nada. Por eso, cuando Lili me dijo que su papá necesitaba a alguien de confianza para la caja y el inventario en su local de pinturas, no lo dudé.

​—Mi papá es medio ogro para el trabajo, pero paga puntual y te conoce de toda la vida, Wendy. Lánzate —me dijo Lili mientras nos tomábamos un café.

​Yo a Sergio lo ubicaba de siempre. El típico señor respetable, serio, que cuando iba a su casa a estudiar con Lili nos saludaba con un “hola, niñas” y se encerraba en su cuarto. Pero claro, yo tenía 17 años y él era solo “el papá de mi amiga”.

​El lunes de la entrevista llegué al local temprano. Me puse unos jeans que, la verdad, me apretaban un poco el culo, pero eran los únicos que me hacían sentir segura. Yo siempre he sido así: bajita, de 1.60, con mis curvas bien puestas y la cara simpática que herede de mi jefa.

​Cuando entré, el olor a solvente me pegó en la cara. Sergio estaba de espaldas, moviendo unas cubetas de impermeabilizante como si fueran latas de refresco. El tipo mide 1.80 y tiene una espalda que parece un muro. Cuando se dio la vuelta para verme, sentí un hueco en el estómago que no era de hambre.

​—¿Wendy? —me preguntó, bajándose los lentes y barriéndome con la mirada de arriba abajo. Se quedó un segundo de más en mis caderas, o quizás fue mi imaginación—. Te has crecido, flaca. Bueno, ni tan flaca.

​Me puse roja de inmediato. Él soltó una risita ronca y se limpió las manos en un trapo lleno de grasa. Traía una playera tipo polo que le quedaba entallada en los bíceps.

​—Pásale a la oficina —me ordenó, señalando el cubículo del fondo—. Los chalanes llegan en diez minutos y quiero explicarte cómo se mueve esto antes de que empiecen con su relajo.

​Caminé delante de él y sentí su mirada clavada en mi espalda todo el trayecto. El local estaba solo, en silencio, y el roce de mis propios muslos al caminar me hacía sentir extraña. Me senté en la silla frente a su escritorio y él se quedó parado, con ese aire de hombre maduro que sabe perfectamente qué piezas mover.

​—Aquí no se viene a jugar, Wendy. Lili dice que eres lista, y yo necesito orden —dijo apoyando las manos en el escritorio, inclinándose hacia mí.

​Pude ver de cerca el vello oscuro que le salía por el cuello de la playera, ese mismo que ya me imaginaba que le cubría todo el pecho. Olía a una mezcla de hombre trabajador y loción cara. En ese momento, supe que haber aceptado el empleo iba a ser el mayor problema de mi vida.

Me quedé ahí sentada, viendo cómo Sergio revisaba unos papeles, y sentí que la cara me ardía. No entendía nada. O sea, era el papá de Lili, lo conocía desde que usábamos uniforme escolar, pero ahora sentía que lo estaba viendo por primera vez.

​Me puse a pensar: ¿Será que llevo tanto tiempo a dieta de sexo que ya cualquier tipo me parece atractivo? Porque la neta, entre la búsqueda de chamba y la depresión de estar sin lana, mi vida sexual estaba más muerta que nada. Pero no, no era eso. He visto chavos en el gym o en la calle y ni fú ni fá. Lo de Sergio era otra cosa.

​Me quedé hipnotizada con sus manos. Eran manos de hombre, grandes, con los nudillos marcados y algo de pintura vieja bajo las uñas. Nada que ver con los dedos finitos de los tipos con los que salía antes. Y luego estaba ese pecho… no podía dejar de mirar cómo la tela de su playera se tensaba cada vez que se movía.

​”Controlate, Wendy”, me dije. “Es el jefe. Es el papá de tu amiga. No seas puta”. Pero entre más trataba de convencerme de que estaba mal, más me fijaba en cómo le quedaba el pantalón de trabajo o en esa mirada pesada que te hacía sentir que te estaba desnudando sin querer.

​—¿Me escuchaste, Wendy? ¿O te quedaste en las nubes? —soltó Sergio de repente, sacándome de mis pensamientos.

​—Sí, sí… que los inventarios se hacen los viernes, ¿no? —mentí, rogando porque no se diera cuenta de que me estaba imaginando cosas que nada tenían que ver con botes de pintura.

​Él se me quedó viendo un segundo de más, con una media sonrisa de esas que te dicen que no te cree ni un poco, pero que le gusta el juego.

​—Exacto. Los viernes —repitió, bajando la voz—. Y más vale que no se te pase nada, porque soy muy exigente con lo que es mío.

​Sentí un escalofrío que me bajó por toda la espalda hasta las piernas. Me levanté rápido para salir al mostrador antes de que me diera algo ahi mismo.

​—¡Qué onda, jefa! —me gritó uno de los chavos, bajándose de la camioneta—. ¿Usted es la nueva? ¡Qué bueno que trajeron algo bonito que ver por aquí!

​Iba a contestarle algo simpático, pero sentí a Sergio pararse justo detrás de mí, como marcando territorio. Su presencia era tan imponente que el chalan se calló de inmediato y se puso a bajar las cubetas sin decir ni pío. Sergio no dijo nada, pero sentí su respiración en mi nuca y el calor de su cuerpo a centímetros de mi espalda. Me encantaba y me aterraba al mismo tiempo.

El día se puso pesado. Entre el calor que hacía y el olor a pintura, sentía que la ropa se me pegaba al cuerpo. Los chalanes, el Beto y el Javi, no paraban de dar vueltas con botes de aquí para allá, bromeando y haciendo ruido. Yo intentaba concentrarme en la computadora, pero Sergio no me la ponía fácil. Cada vez que pasaba por detrás de mi silla, sentía esa energía de hombre mayor que te hace ponerte derecha sin querer.

​En un momento, tuve que ir a la bodega del fondo a buscar un muestrario de impermeabilizantes que un cliente estaba pidiendo. El pasillo era súper estrecho, lleno de estantes metálicos altos hasta el techo. Estaba ahí, empinándome para alcanzar una carpeta, cuando sentí que alguien bloqueaba la luz de la entrada. Era Sergio.

​—Está en el estante de arriba, Wendy. No vas a llegar ni aunque te pongas de puntitas —dijo con esa voz ronca, burlándose un poco de mi estatura.

​Se pegó a mi espalda para alcanzar la carpeta. Sentí todo su cuerpo, de 1.80 de puro músculo y autoridad, presionándome contra el estante. Su pecho velludo, ese que se veia bajo la playera, me rozó los hombros, y sus brazos rodearon mi cintura para llegar más alto. Me quedé sin aire. Mis 1.60 desaparecieron bajo su sombra.

​—Aquí está —susurró, pero no se quitó de inmediato.

​Justo en ese momento, escuchamos el grito que me devolvió a la realidad como un cubetazo de hielo.

​—¡¿Hay alguien aquí?! ¡Papá! ¡Wendy!

​Era Lili.

​Me separé de Sergio como si me hubiera dado un golpe. Él, en cambio, ni se inmutó; bajó la carpeta con una calma que me dio envidia y salió de la bodega como si nada estuviera pasando. Yo me quedé ahí un segundo, tratando de que el corazón no se me saliera por la boca y salí al mostrador y ahí estaba Lili, toda fresca, con sus lentes de sol y una sonrisa.

​—¡Amiga! Qué raro verte aquí con el mandil puesto —me dijo riendo y dándome un beso en la mejilla—. ¿Cómo te está tratando el ogro de mi papá? Espero que no sea muy necio contigo.

​Miré a Sergio. Él estaba apoyado en el mostrador, viéndonos a las dos con una cara impresionante. Se cruzó de brazos, y los bíceps se le marcaron tanto que casi revientan las mangas de su polo.

​—Tu amiga es muy eficiente, Lili. Apenas lleva unas horas y ya está aprendiendo dónde guardo cada cosa —dijo él, clavándome una mirada que me inquieto.

​Lili no sospechaba absolutamente nada. Empezó a platicarme de lo que haríamos más tarde, mientras yo sentía la culpa revolviéndose con el deseo. Estaba ahí, engañando a mi mejor amiga sin haber hecho nada todavía, pero sintiéndome más pecadora que nunca solo por cómo Sergio me había rozado en la bodega.

Asi el primer mes fue de puro reconocimiento. Yo andaba con pies de plomo, tratando de ser la empleada perfecta para que Lili no quedara mal por recomendarme. Sergio era pura autoridad; me daba órdenes cortas y se mantenía en su oficina. Pero a las dos semanas, la cosa cambió. Empezó a salir más seguido al mostrador solo para “revisar” cosas que claramente ya estaban bien. Yo sentía que me buscaba con la vista. Un día, mientras yo subía unos botes a la repisa, lo caché viéndome las caderas con un descaro que me hizo soltar la cinta métrica. Él solo levantó una ceja y se metió a su oficina sin decir ni pío.

​Para el segundo mes, la confianza ya nos permitía jugar un poco más. Yo ya le había tomado la medida. Sabía que le gustaba que lo retara un poquito.

—Sergio, si sigues comprando este tono de azul, se nos va a quedar en la bodega —le dije un día, cruzándome de brazos.

Él se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal hasta que su pecho casi rozaba mis pechos.

—Tú encárgate de venderlo, Wendy. Con esa sonrisita que tienes, convences a cualquiera de que el azul es el mejor color del mundo —me soltó a medio metro de la cara.

Esa fue la primera vez que no bajé la mirada. Me quedé ahí, aguantándole el pulso, sintiendo cómo mis curvas se tensaban bajo su sombra de 1.80.

​El tercer mes ya fue la tortura total. El coqueteo se volvió algo diario, casi una rutina necesaria para aguantar el turno. Yo ya no me ponía cualquier cosa para ir a chambear; buscaba esos jeans que sabía que me hacían ver un culazo y playeras que resaltaran mi cara. Él también hacía lo suyo. Empezó a dejar de usar la camisa de botones por el calor y se quedaba en esas playeras blancas que dejaban ver todo ese vello oscuro y esos hombros anchos.

​A veces, cuando los chalanes se iban a comer y nos quedábamos solos diez minutos, el silencio en el local pesaba toneladas. Él se sentaba en el mostrador, cerca de mí, y me contaba cosas de su vida, de cómo levantó el negocio. Yo lo escuchaba embobada, no solo por lo que decía, sino por cómo se movía su mandíbula al hablar. Ya no era solo atracción física; me gustaba el tipo, me gustaba su seguridad de hombre maduro.

​Llegó un punto en que ya no podíamos estar en la misma habitación sin coquetear. Lili venía a veces y yo me sentía la peor persona del mundo porque, mientras ella me hablaba de su novio, yo estaba pensando en qué tan suave sería el vello del pecho de su papá.

Después de esos tres meses, Sergio dejó de andarse con rodeos. Ya no eran solo miradas; empezó a buscar el contacto físico de una forma que me dejaba loca.

​Todo empezó un martes, cerca de la hora del cierre. Yo estaba anotando unos pedidos y él se acercó por detrás. En lugar de quedarse a una distancia profesional, apoyó sus manos en el mostrador, rodeándome con sus brazos sin llegar a tocarme del todo. Sentí el calor de su pecho, ese que ya me sabía de memoria pegado a mi espalda.

​—Estás trabajando mucho, Wendy —me susurró casi en el oído. Su barba de un par de días me rozó la mejilla y sentí un escalofrío—. Deberías relajarte un poco.

​Antes de que pudiera contestar, sentí sus labios dándome un beso lento y firme en el cuello, justo donde empieza el hombro. No fue un accidente. Me quedé helada, con el corazón martilleándome las costillas. Él no dijo más, solo me apretó un segundo los hombros con sus manos grandes y se retiró a su oficina con esa calma desesperante.

​Los días siguientes fueron una guerra de nervios. Sergio aprovechaba cualquier descuido de los chalanes para recordarme que me tenía en la mira.

Un día entré a dejarle un reporte y, cuando intenté salir, me cerró el paso. Me abrazó por la cintura, pegando mi cuerpo contra el. Mis curvas, mi culazo, todo quedó aplastado contra su firmeza. Fue un abrazo largo, de esos que te dejan sin aire, donde sentí su respiración profunda en mi pelo. —Sergio, Lili… —alcancé a balbucear. —Lili no está aquí, Wendy. Solo estamos nosotros —me contestó, dándome otro beso, esta vez en la sien, antes de soltarme.

​Yo ya no podía más. Pasaba caliente todos los días, distraída, imaginando cosas cada vez que lo veía cargar un bote de pintura o ajustarse el cinturón.

​El viernes fue el movimiento definitivo, el calor era una bestia. Los chalanes se largaron apenas dieron las seis. Sergio cerró la cortina del local y el estruendo del metal cayendo sonó como el inicio de algo prohibido. Me quedé parada junto al mostrador, con la boca seca.

​Él se quitó la camisa de arriba, quedándose en esa camiseta blanca de tirantes que dejaba ver sus hombros anchos y el vello oscuro que tanto me obsesionaba. Se acercó a mí sin prisa, con esa seguridad de hombre maduro que sabe que ya ganó.

​—Llevas días evitándome la mirada, flaca —me dijo, acorralándome contra el mostrador.

​Me puso las manos en la cintura, apretando mis curvas con una fuerza que me hizo soltar un gemido bajito. Me sentía diminuta frente a él, pero nunca me había sentido tan deseada. Sergio se inclinó, rozando su nariz con la mía, y yo ya no pude más. La culpa por Lili, el miedo al trabajo, todo se fue al carajo por el deseo acumulado de tres meses.

​Cuando sus labios rozaron los míos, fui yo la que cortó la distancia y lo besó de verdad. Sabía a café, a hombre y a peligro. El beso fue hambriento, desesperado, y sentir su lengua encontrarse con la mía mientras sus manos bajaban de mi cintura a mi culo fue el punto de no retorno.

Pero yo entré en pánico y sali corriendo del local a mi casa. Pasé todo el fin de semana evitando los mensajes de Lili y dándole vueltas a lo que paso. Me sentía mal, pero a la vez, el cuerpo me hormigueaba cada vez que me acordaba de la fuerza de Sergio.

​El lunes regresé al local decidida a poner límites. Pero Sergio, con sus 48 años y toda esa experiencia, no me lo puso fácil. Durante las siguientes semanas, él se volvió un experto en acorralarme suavemente.

Si yo entraba a la oficina por un sello, él me jalaba de la mano y me plantaba un beso rápido pero profundo antes de dejarme ir. Yo le decía “Sergio, no, por favor”, pero mis manos se quedaban pegadas a su pecho velludo un segundo más de lo necesario.

Tambien mientras yo atendía clientes, él pasaba por detrás y me ponía una mano en la espalda baja, justo donde terminan mis jeans y empiezan mis curvas. Era una caricia firme, que me dejaba con la mente en blanco frente al cliente.

Incluso parecía que él sabía que yo estaba cediendo. Me buscaba en los pasillos de los solventes, me abrazaba por la cintura y me hundía la cara en el cuello, respirando hondo. “Hueles delicioso, Wendy… ya no me pelees tanto”, me decía con esa voz que me hacía vibrar hasta los pies.

​Pasamos asi hasta justo un mes después de aquel primer beso. Los chalanes se habían ido a entregar un pedido de 50 cubetas y nos dejaron solos. El calor era sofocante, de esos que te hacen querer quitarte la ropa. Yo estaba tratando de acomodar unas brochas, pero sentía la mirada de Sergio clavada en mi nuca desde el mostrador.

​Me di la vuelta para decirle que dejara de verme así, pero ya lo tenía encima.

​—Ya no puedes decir que no me quieres, flaca. Te tiemblan las manos cada vez que me acerco —dijo él, acorralándome contra los estantes de metal.

​Esta vez no hubo advertencia. Me agarró la cara con esas manos grandes y me besó con una rabia y un hambre que me hicieron perder el piso. Yo, que me había prometido ser fuerte, caí por completo. Le rodeé el cuello con los brazos, pegando mi cuerpo al suyo con una desesperación que no sabía que tenía.

​Ahí mismo, en medio del pasillo de las pinturas, la cosa se puso pesada. Sus manos, calientes y expertas, bajaron de mi espalda para agarrar con fuerza mi culazo, levantándome un poco para que sintiera lo duro que estaba por mí. Yo no me quedé atrás; mis dedos se enterraron en el vello de su pecho, jalándole un poco la playera de tirantes, queriendo sentir su piel.

​Nos estábamos devorando. Él me empujaba contra los estantes, haciendo que los botes de pintura tintinearan, mientras sus labios bajaban a mi pecho, mordiéndome por encima de la tela. Era puro toqueteo, manos por todos lados, respiraciones agitadas y el sabor del otro quemándonos. Estábamos en pleno almacén, a la vista de cualquiera si alguien se asomaba por la rendija de la cortina, pero en ese momento, con la adrenalina a mil, lo único que importaba era que por fin había dejado de pelear contra lo que sentía por él. Pero como siempre los chalanes nos interrumpieron.

Despues de ese tremendo veso esa semana, Sergio andaba distinto. Ya no era solo el jefe rudo; cuando me veía, sus ojos brillaban de una forma que me desarmaba. Un día, mientras los chalenas estaban afuera cargando un camión, me jaló un momento a la esquina del mostrador.

​—Wendy, neta, me traes loco —me soltó, como si fuera un chavo de mi edad, pero con esa voz de hombre que te hace calentar—. No puedo dormir pensando en ti, en cómo me miras, en cómo te quedan esos

jeans. Ya no sé ni qué hacer conmigo mismo.

​Ver a ese hombre de 1.80, tan imponente y seguro, diciéndome eso con la voz entrecortada, terminó de romper mis defensas. Ya no era solo calentura, era saber que yo, con mis 1.60 y mis curvas, tenía a este señor a mis pies o bueno eso creía en ese entonces.

​El lunes siguiente, la oficina se volvió nuestro mundo.

​Hacía un calor como los de todos los días. Sergio en la tarde cerró la oficina con llave y, sin decir palabra, me acorraló contra la puerta. Empezamos a besarnos como si se fuera a acabar el mundo. Entre el hambre del beso y la adrenalina, la ropa estorbaba.

​Él se quitó la playera y por fin pude ver en vivo lo que tanto había imaginado. Era impresionante. El vello oscuro le cubría el pecho con una densidad que me daba ganas de pasarle las manos por todos lados; tenía los hombros anchos y una firmeza que no parecía de alguien de 48 años. Yo me quedé ahí, solo en brasier y con los jeans a medio bajar, apreciando cada músculo de ese torso maduro que se sentía tan sólido frente a mi cuerpo más suave y gordito.

​—Estás hermosa, Wendy… —gruñó él, mientras me ayudaba a deshacerme de lo último de ropa.

​Me sentó en su escritorio, entre los papeles y las facturas, y ahí fue cuando se volvió loco. No hubo penetración, pero no hizo falta para que yo sintiera que me iba a desmayar. Sergio se arrodilló entre mis piernas y empezó a devorarme.

​Sus labios y su lengua recorrieron cada centímetro de mi piel. Empezó por mis muslos, apretando mis curvas con esas manos grandes que tanto me gustaban, y fue subiendo. Me besó el abdomen, me recorrió la cintura con la lengua y se detuvo en mis pechos con una desesperación que me hacía arquear la espalda.

​—Sergio… —apenas pude decir, enterrando mis dedos en su cabello oscuro y sintiendo el roce de su barba contra mi piel.

​Él no paraba. Usaba su boca como si fuera a beberse todo mi cuerpo, explorando cada rincón de mis curvas con una paciencia de experto. Yo me sentía inmensa y a la vez diminuta bajo su dominio. El contraste de su cara ruda y velluda contra la suavidad de mi piel era demasiado. Estábamos ahí, en medio de la oficina de la pinturería, rodeados de olor a solvente y con el ruido de los chalanes afuera, mientras él se encargaba de que yo no olvidara nunca cómo se sentía ser deseada por un hombre de verdad.

El ambiente en la oficina estaba tan cargado que casi se podía sentir la calentura. Sergio estaba totalmente perdido entre mis curvas, dándome besos en lugares que ni yo sabía que eran tan sensibles, cuando de repente, un golpe seco en la puerta de madera nos hizo saltar del escritorio.

​—¡Don Sergio! ¡Patrón! —era la voz del Javi, uno de los chalanes, gritando desde el otro lado—. Ya terminamos de acomodar las cubetas de esmalte, ¿quiere que cerremos la cortina de afuera o esperamos el flete de las siete?

​El pánico me recorrió el cuerpo. Me quedé congelada, a medio vestir, con el corazón queriendo salirse del pecho y la piel todavía ardiendo por la boca de Sergio. Lo miré a él, esperando verlo asustado, pero Sergio tenía una calma impresionante. Se pasó la mano por el vello del pecho, respiró hondo para controlar la agitación y se puso la playera de tirantes en un movimiento rápido.

​—¡Vayan cerrando la de afuera, Javi! —contestó Sergio con su voz de mando, sin que le temblara ni un poquito—. Yo termino de checar unas facturas con Wendy y ahorita salgo para darles su raya.

​—¡Sale, patrón! —se escuchó el grito del Javi mientras sus pasos se alejaban hacia la entrada.

​Yo solté el aire que tenía contenido y empecé a ponerme los jeans como loca, temblando. Sergio se acercó a mí, me tomó de la cintura con esa fuerza que me volvía loca y me plantó un beso corto pero posesivo en los labios.

​—Ya no podemos seguir así, flaca —me susurró, pegando su frente a la mía mientras me ayudaba a subir el cierre del pantalón—. Aquí nos van a terminar cachando y no quiero que sea así.

​—Sergio, es que si Lili se entera… —empecé a decir, pero él me puso un dedo en los labios.

​—Lili no tiene por qué enterarse. Pero yo necesito estar contigo sin tener que escuchar a los chalanes gritar cada cinco minutos.

​Me terminé de abotonar la blusa con las manos todavía temblorosas. Sergio estaba ahí parado, recargado en su escritorio, viéndome con una mezcla de triunfo y hambre que me hacía querer volver a quitarme todo.

​—Sergio, esto es demasiado riesgo —le dije en voz baja, asomándome por la ventana de la oficina para ver si los chalanes ya se habían alejado—. El Javi casi entra. Si nos ve, mañana lo sabe todo el mundo, hasta Lili.

​Él soltó un suspiro pesado y se acercó a mí y me tomó de los hombros con firmeza, obligándome a mirarlo.

​—Ya sé, flaca. Tienes razón. Aquí no se puede —dijo con esa voz ronca que me ponía a vibrar—. Pero ya no puedo dejar las cosas así. Me traes mal, Wendy. Neta, no dejo de pensar en ti desde que llegas hasta que te vas.

​—Yo también, pero… ¿qué vamos a hacer? —le pregunté, sintiendo el calor de sus manos en mi piel.

​—El sábado —soltó él sin dudarlo—. Lili se va a Cuernavaca con su mamá, sale temprano. Tú y yo nos vamos a ver en un hotel que conozco a la salida de la ciudad. Ahí nadie nos conoce, nadie nos va a molestar.

​—¿Un hotel, Sergio? —me mordí el labio, pensando en lo que eso significaba—. Va a parecer que solo… ya sabes.

​Él sonrió de lado, esa sonrisa de hombre maduro que sabe perfectamente cómo manejar a una mujer. Me jaló hacia él y me dio un beso corto pero que me supo a promesa.

​—No seas malpensada. Vamos a ir a conversar, Wendy. Tenemos mucho de qué hablar sin que nadie nos interrumpa con botes de pintura o facturas. ¿Me vas a decir que no quieres “platicar” conmigo a solas?

​Me reí bajito porque sabía que era el cliché más grande del mundo, pero viniendo de él, me sonaba a gloria.

​—Está bien, Sergio. Vamos a “platicar” —le contesté, remarcando las comillas—. Pero si alguien nos ve…

​—Nadie nos va a ver. Yo te mando la ubicación por mensaje. Sábado a las ocho, ¿va?

​Asentí, sintiendo una mezcla de miedo y una excitación que no me iba a dejar dormir en toda la semana. Salí de la oficina tratando de que mi cara no me delatara, mientras escuchaba a Sergio ponerse la playera y

empezar a gritarle a los chalanes para que terminaran de cerrar el local.

​El plan estaba hecho. Solo faltaba que llegara el sábado para que esa “plática” se convirtiera en lo que los dos estábamos muriendo por hacer.

Los días que antecedieron a la cita en la oficina fueron una tortura. Yo sentía que caminaba sobre brasas y Sergio no ayudaba para nada; al contrario, parecía que le divertía verme sufrir.

​El martes y el miércoles fueron días de pura tensión psicológica. En el local, frente a los chalanes, Sergio se portaba como el jefe más serio del mundo, pero cuando pasaba junto a mí en el mostrador para ir por un café, me rozaba la mano “sin querer” o me susurraba un “Ya falta menos” que me dejaba con la mente en blanco mientras intentaba cobrarle a un cliente. Yo no podía dejar de pensar en que ese hombre de 1.80, con ese pecho velludo que ya había sentido contra mi cara, me estaba citando en un hotel.

​El jueves la cosa se puso más pesada. Lili pasó por la pinturería a dejarle unos papeles a su papá y me invitó a salir ese fin de semana.

—¡Ay, Wendy! Vámonos a Cuernavaca el sábado, —me dijo ella, recargada en el mostrador.

Casi me da un infarto. Tuve que inventarle que tenía una cena familiar, mientras sentía la mirada de Sergio desde la oficina, observándonos a las dos. Verlo ahí, tan tranquilo, sabiendo que en 48 horas me iba a tener a solas en una habitación, me hacía sentir la mujer más cínica del mundo, pero también me encendía como nada en la vida.

​El viernes fue el día de los preparativos. Me puse a pensar en qué me iba a poner. Quería algo que le gustara, pero que no fuera tan obvio por si me encontraba a alguien en el camino. Me compré un conjunto de lencería negro, de esos que resaltan mis curvas y hacen que mi culazo se vea todavía mejor. Pasé toda la tarde en el local distraída, equivocándome con los códigos de los colores, hasta que Sergio se acercó a mi lugar cuando los chalanes andaban atrás.

—Mañana a las ocho, Wendy. No te vayas a arrepentir —me dijo, con esa seguridad que me desarmaba.

—No me voy a arrepentir, Sergio —le contesté, sosteniéndole la mirada.

​Esa noche casi no dormí. Me imaginaba la “plática” mil veces en mi cabeza. Me imaginaba su cuerpo de 48 años, tan firme y velludo, sobre el

mío de 1.60. Estaba nerviosa, sí, pero sobre todo estaba urgida de que llegara el momento de estar a solas con él, lejos de la pintura, de los chalanes y de la sombra de Lili.

El sábado finalmente llegó y yo era un manojo de nervios. Me bañé con calma, me puse ese conjunto negro que me hacía sentir poderosa y me eché el perfume que a él le gustaba. Manejar hasta el hotel fue lo más largo de mi vida; cada semáforo rojo se sentía como una hora.

​Cuando llegué a la habitación, Sergio ya estaba ahí. Al abrir la puerta, lo primero que vi fue que ya se había quitado la camisa negra y estaba sentado en la orilla de la cama, solo con esa camiseta blanca de tirantes. Se veía imponente, con sus 1.80 llenando el espacio y ese vello oscuro asomándose por el cuello de la prenda. En la mesita de noche había una cubeta con hielo y una botella de vino blanco.

​—Llegas justo a tiempo, flaca —me dijo con esa sonrisa de medio lado que me ponía a temblar—. Pásale, cierra la puerta.

​Entré y el sonido del seguro al cerrarse me dio un vuelco en el corazón. Me senté en la silla que estaba frente a la cama, tratando de mantener la compostura.

​—Y bien… ¿de qué se supone que vamos a “platicar”? —le pregunté, usando sus mismas palabras.

​Sergio soltó una carcajada ronca, se sirvió un poco de vino y me dio la copa. Luego, se levantó lentamente y caminó hacia mí. Se paró justo enfrente, obligándome a levantar la cabeza para verlo desde mis 1.60.

​—Podemos platicar de muchas cosas, Wendy —dijo, quitándome la copa de la mano y dejándola en la mesa—. De cómo me tienes loco en la pinturería, de cómo te quedan esos jeans… o de por qué tardamos tanto en estar así, a solas.

​Me tomó de las manos y me hizo levantarme. Sin previo aviso, me jaló hacia él y me rodeó la cintura con sus brazos enormes. Sentí su pecho velludo contra mi cara y el olor de su loción mezclado con el vino.

​—Ya no hay chalanes, Wendy. Ya no hay clientes, ni está Lili. Solo estamos tú y yo —me susurró al oído, y sentí cómo sus labios empezaban a recorrer mi cuello con una lentitud desesperante.

​Yo cerré los ojos y me pegué a él, sintiendo la firmeza de su cuerpo contra mis curvas. La “plática” se acabó en ese segundo, cuando Sergio me cargó para sentarme en la cama y empezó a desvestirme con una paciencia que me estaba volviendo loca.

​Se puso entre mis piernas y, tal como lo había hecho en la oficina pero ahora con todo el tiempo del mundo, empezó a devorarme. Su boca recorrió mi abdomen, se detuvo en mis pechos y bajó por mis muslos con un hambre que me hacía arquear la espalda. Yo solo podía enterrar mis dedos en su cabello oscuro y dejarme llevar, disfrutando de cada caricia de ese hombre que, por fin, me tenía toda para él solo.

Sergio se levantó de la cama un momento para terminar de quitarse lo poco que le quedaba de ropa. Yo me quedé ahí, sentada entre las sábanas, con el corazón en la garganta y los ojos bien abiertos.

​Neta, ninguna foto me había preparado para verlo así, al natural.

​Cuando se quitó la trusa y se quedó completamente desnudo frente a mí, me quedé sin habla. El vello oscuro que le nacía en el pecho bajaba por todo su abdomen en una línea gruesa y masculina que no se detenía en el ombligo, sino que seguía con más fuerza hacia abajo, rodeándole todo. Era un hombre de verdad, rudo, con ese cuerpo maduro de 1.80 que se sentía imponente en la penumbra del cuarto.

​Y luego estaba eso. No era como los tipos de mi edad. Sergio tenía una verga que era una grosería: grande, muy gruesa y con las venas marcadas, de unos 17 centímetros que se veían todavía más impresionantes porque él estaba de pie justo frente a mis ojos. Pero lo que más me impactó fueron sus huevos; grandes, pesados y colgando con esa masculinidad que solo tienen los señores. Todo ese conjunto, rodeado de ese vello espeso, me hizo sentir un calor que me bajó directo a las piernas.

​—¿Qué pasa, Wendy? ¿Te asustó el ogro? —me preguntó con esa voz ronca, dándose cuenta de que yo no podía dejar de mirar hacia abajo.

​—No… es que… estás increíble, Sergio —alcancé a decir, tragando saliva.

​Él sonrió con suficiencia, sabiendo perfectamente el efecto que estaba causando en mí. Se acercó de nuevo a la cama, y esa presencia suya me envolvió por completo. Mis 1.60 se sentían minúsculos ante semejante ejemplar. Cuando se arrodilló sobre el

colchón y sentí el peso de su cuerpo acercándose, el olor a hombre y la visión de su anatomía tan cerca de mi cara me hicieron perder la cuenta de todas las razones por las que esto estaba “mal”.

​—Acércate, flaca. Todavía nos falta mucha plática —susurró, tomándome de la nuca para pegarme a él.

​En ese momento, con esa verga gruesa y esos huevos grandes rozando mis muslos, se me olvidó Lili, se me olvidó la pinturería y se me olvidó el mundo entero. Solo existía Sergio y el hambre que me daba verlo así, tan completo y tan mío.

No pude evitarlo. Estiré las manos y, por fin, toqué lo que llevaba meses deseando. Empecé por sus hombros, que se sentían como piedra, y bajé mis dedos por todo ese vello oscuro de su pecho. Se sentía áspero y masculino, justo como me lo imaginaba. Seguí bajando por su abdomen, delineando esa línea de pelo que llegaba hasta su entrepierna, y cuando mis dedos rozaron su verga, sentí un brinco en todo el cuerpo.

​Estaba tiesa, gruesa y caliente como un fierro. Al sentir mi contacto, Sergio soltó un gruñido profundo, de esos que te vibran en el estómago, y vi cómo sus huevos grandes se tensaban. Ya no hubo más “plática” ni más juegos.

​Sergio se lanzó sobre mí con toda su fuerza de hombre de 1.80. Tumbandome de espaldas contra el colchón; mis 1.60 apenas alcanzaban a rodear su espalda ancha. Me agarró la cara con una mano y me plantó un beso que me supo a gloria y a pecado. Era un beso hambriento, con lengua, de esos que te dejan sin aire y te hacen olvidar hasta tu nombre.

​Sentía su verga dura presionando contra mi muslo, quemándome la piel, mientras sus manos bajaban desesperadas a agarrar mi culo, apretándome contra él con una rabia deliciosa.

​—Me vas a volver loco, Wendy… —me dijo entre besos, con la respiración entrecortada y los ojos encendidos.

​Yo solo podía enredar mis piernas en su cintura, sintiendo el roce del vello de sus piernas contra las mías, entregada por completo a ese señor que me estaba devorando el alma. El mundo afuera del hotel dejó de existir; pero po que más me sorprendió de esa noche no fue solo lo imponente que estaba Sergio, sino cómo me trató. Yo esperaba algo rudo, casi violento por las ganas que nos traíamos, pero él cambió el chip por completo. Se tomó su tiempo. No fue una cogida rápida de hotel; fue hacerme el amor con una calma que me desarmó.

​Eso sí, cuando llegó el momento de la verdad, me di cuenta de que el señor tenía colmillo. Sacó el condón y, con una destreza que solo te dan los años, se lo puso en un abrir y cerrar de ojos. Ni una pausa, ni un error, nada de andar batallando como los chavos de mi edad que cortan toda la inspiración. Fue un movimiento rápido, maestro, y ya estaba listo para mí, me abrió las piernas con una delicadeza que me hizo sentir de cristal. Me miró a los ojos, me dio un beso largo, de esos que te hacen suspirar, y empezó a entrar.

​—¡Ay, Dios!… —gemí, enterrando las uñas en sus hombros.

​Sentir esa verga de 17 centímetros, tan gruesa y caliente, llenándome por completo, fue una locura. Mi chepa se sentía estallada. Era una sensación de plenitud total; me llenaba cada rincón, estirándome y haciéndome sentir cada milímetro de su grosor. En la posición del misionero, con su pecho velludo rozando mis pechos y su cara a centímetros de la mía, el placer era casi insoportable.

​Sergio no tenía prisa. Se movía con un ritmo constante, profundo, dándome besos lentos mientras me decía cosas al oído que me ponían la piel de gallina. Cada vez que empujaba, yo sentía el peso de sus huevos grandes golpeando contra mi culo, un rítmico paf-paf que me recordaba que este hombre era todo carne y músculo.

Lo que nunca voy a olvidar fue su cara en el momento final. Sergio siempre tiene esa expresión de tipo duro, de “aquí mando yo”, pero cuando sintió que ya no podía aguantar más, se transformó. Estábamos en pleno posicion yo con las piernas bien abiertas abrazando su cintura, y él dándome las estocadas más profundas, llegando hasta el fondo de mi chepa.

​De repente, apretó la mandíbula y cerró los ojos con fuerza. Vi cómo se le marcaban las venas del cuello y cómo el sudor le brillaba en la frente. Se veía tan hombre, tan real. Se detuvo un segundo, enterrado completamente en mí, y soltó un gruñido ronco que me retumbó en el pecho mientras sentía cómo su verga palpitaba dentro del condón, soltando todo. Me miró con una vulnerabilidad que me dejó helada; por un momento no era el jefe, era un hombre rendido a lo que sentía conmigo.

​—¡Wendy… carajo! —susurró, y me dio un beso desesperado mientras se terminaba de vaciar.

​Después de eso, lo que menos me esperaba fue lo que pasó. Pensé que se iba a levantar, a vestirse y a ponerse serio de nuevo. Pero no. Se quitó el condón rápido y se volvió a acostar a mi lado. Me jaló hacia su pecho y me rodeó con sus brazos de 1.80, protegiéndome del frío del aire acondicionado.

​Nos quedamos ahí abrazados, como si fuéramos novios de toda la vida. Mi cabeza quedó justo sobre su pecho velludo; podía escuchar su corazón bajando el ritmo poco a poco y sentía el olor de su piel mezclado con el mio. Él me acariciaba el pelo con una suavidad que no le conocía, y de vez en cuando me daba un besito en la frente.

​—¿Estás bien, flaca? —me preguntó bajito, con esa voz de señor que ahora me sonaba a pura protección.

​—Sí, Sergio… estoy muy bien —le contesté, acomodándome en sus brazos.

​Se sentía raro pero increíble. Estábamos en un hotel de paso, yo era la mejor amiga de su hija y él era mi jefe, pero en ese momento, abrazados

bajo las sábanas, nada de eso importaba. Me sentía segura, querida y, sobre todo, deseada por el hombre que me traía loca. Nos quedamos así un buen rato, en silencio, disfrutando del post-polvo y de la paz que nos daba haber soltado por fin toda esa tensión de meses.

Esa noche fue un paréntesis perfecto, pero la realidad nos pegó en la cara en cuanto salimos del hotel. Nos despedimos en el estacionamiento con un beso rápido, de esos que saben a “te veo luego”, y cada quien agarró su camino. Yo llegué a mi casa sintiéndome otra, con el cuerpo todavía adolorido de la mejor manera posible y el olor de Sergio pegado a la piel. Me dormí con una sonrisa, aunque sabía que el lunes iba a ser una prueba de fuego.

Ese lunes llegó con el sol a plomo y el ruido de siempre. Entré a la pinturería y ahí estaba él, con su camisa de botones impecable y su cara de “aquí no pasó nada”.

​—Buenos días, Wendy. Hay que revisar el pedido de los esmaltes —me dijo frente a los chalanas, con una voz tan seca y profesional que por un segundo dudé de si lo del sábado había sido un sueño.

​—Sí, don Sergio. Ahorita lo checo —le contesté, igual de seria, aunque por dentro me estaba muriendo de la risa y de las ganas de recordarle cómo se veía desnudo.

​Pasamos todo el día así. Fue un día normal, aburrido, lleno de clientes quejumbrosos y botes de pintura. Lili hasta nos mandó un audio al grupo diciendo que ya venía de regreso y que nos traía dulces. Actuamos tan bien que nadie sospechó absolutamente nada; éramos el jefe exigente y la empleada eficiente.

​Pero en cuanto dieron las seis y los chalanas terminaron de subir la última cortina metálica y se fueron gritando que ya era hora de la cerveza, el aire en el local cambió de golpe.

​Me quedé en el mostrador terminando de cerrar la caja. Escuché los pasos pesados de Sergio acercándose por detrás. No dijo ni una palabra. En cuanto sentí su presencia de 1.80, me di la vuelta y ya lo tenía encima. Me agarró de la cintura con esa fuerza que me volvía loca y me pegó contra el mueble de las facturas.

​—No sabes lo que me costó no saltarte encima en todo el día, flaca —gruñó contra mis labios.

​Nos empezamos a comer la boca ahí mismo. Fue un beso desesperado,

con lengua, con un hambre que parecía que no nos habíamos visto en años. Yo le enterré los dedos en el vello del pecho, jalándole la camisa, y él me apretó el culo con las dos manos, levantándome un poco para que sintiera que ya estaba tieso otra vez por mi culpa. El contraste de la luz mortecina del local cerrado y el calor de su boca era pura adrenalina.

​—Lili me acaba de mandar mensaje, ya casi llega a su casa —alcancé a balbucear entre besos.

​—Tenemos diez minutos —contestó él, bajando sus labios a mi cuello y mordiéndome suavemente—. Diez minutos para recordarte que eres mía, Wendy.

Sergio me tenía acorralada contra el mostrador, devorándome el cuello, y yo sentía su verga tiesa golpeándome el muslo a través del pantalón.

​Ese roce me terminó de encender. Me bajó una calentura de esas que no te dejan pensar.

​—Espérate, Sergio… —le dije con la respiración cortada.

​Me solté de su abrazo y, sin darle tiempo a reaccionar, me hinqué frente a él en el suelo de cemento de la pinturería. Mis 1.60 me dejaban justo a la altura perfecta. Sergio se quedó mudo, solo soltó un suspiro pesado cuando sintió mis manos en su cinturón. Le desabroché el pantalón con una agilidad que lo dejó frío y se lo bajé junto con la trusa.

​Ahí estaba otra vez: esa verga, gruesa, venosa y apuntando directo a mi cara, rodeada de ese vello oscuro que tanto me gustaba. Con el poco de luz que entraba por las rendijas de la cortina metálica, se veía imponente. No me lo pensé dos veces. Me la metí a la boca de un solo golpe, como solía hacer con mis novios de antes, pero con la diferencia de que esto no era un juego de chavos; esto era un hombre de verdad.

​—¡Agh… Wendy! —gruñó Sergio, echando la cabeza hacia atrás y apoyando las manos en el mostrador para no caerse.

​Me puse a trabajar con la lengua y los labios, dándole con todo el colmillo que tenía. Sabía exactamente cómo moverme para volverlo loco. Sentía sus huevos grandes y pesados rozándome la barbilla, y el olor de su masculinidad me llenaba la nariz. Sergio no paraba de gruñir, apretando el borde del mostrador con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

​—¡Carajo, flaca… me vas a terminar aquí mismo! —soltó con la voz rota,

enterrando sus dedos en mi pelo largo para guiarme el ritmo.

​Yo le daba con ganas, disfrutando de tener el control total sobre ese hombre de 1.80 que todo el día se la pasaba dando órdenes. En ese momento, el jefe era mío. Los diez minutos se estaban pasando volando, y el riesgo de que alguien pasara por afuera o que Lili llegara le ponía un sabor a la situación que me hacía succionar todavía más fuerte.

Justo cuando estaba en lo mejor, con Sergio agarrado del mostrador y soltando unos gruñidos que retumbaban en todo el local, él de repente me puso la mano en la cabeza y me detuvo en seco.

​—¡Shhh! ¡Espérate! —susurró con la voz todavía ronca por el placer, pero con el oído atento.

​Me quedé congelada con su verga todavía rozándome los labios. Escuchamos un golpe afuera, como si alguien hubiera pateado un bote de basura o una lámina. El corazón me dio un vuelco. Sergio, con una calma de experto, se subió el pantalón y se abrochó el cinturón en tres segundos mientras yo me levantaba del suelo limpiándome la boca rápido con la mano.

​—¡Javi! ¿Eres tú? —gritó Sergio hacia la cortina, recuperando su tono de jefe rudo.

​Nadie contestó, solo se escuchó un gato correr por el techo de lámina. Sergio soltó un suspiro de alivio, pero la adrenalina ya nos había cortado el ritmo. Me miró con los ojos todavía encendidos, se acercó y me dio un beso rápido.

​—No podemos seguir así, Wendy. Estamos jugándole al vivo aquí en la bodega —me dijo, acomodándose la camisa—. Mañana tengo que ir a ver al proveedor de lacas industriales a la salida de la ciudad. Dile a Lili que me vas a acompañar para ayudarme con el inventario de las muestras. Nos desviamos en el camino.

Y asi lo hice, el miércoles fue el día. Salimos de la pinturería a las once de la mañana bajo el pretexto del “trabajo”. Lili hasta me encargó que le trajera un café de la carretera. En cuanto perdimos de vista la zona de la bodega, Sergio metió la camioneta en el primer motel discreto que encontramos.

​Ni bien cerramos la puerta de la habitación, el mundo explotó. Sergio no esperó ni a que dejara mi bolsa. Me aventó contra la pared y empezó a quitarse la ropa con una desesperación que no le había visto el sábado.

​—Esta “reunión con el proveedor” va a ser la más larga de mi vida, flaca —

dijo, quedándose completamente desnudo.

​Al verlo ahí, con su cuerpo de 1.80, su vello oscuro y esa verga tiesa buscándome, me olvidé de las facturas, de la pintura y de Lili. Me quité la blusa y me lancé a sus brazos, lista para que el “viaje de negocios” empezara de verdad.

Esta vez no hubo la ternura de la primera noche. Sergio era otro. Se quitó la ropa con una furia contenida y, antes de que yo pudiera decir algo, ya me tenía tirada en la cama.

​—Esa boca tuya del otro día en la bodega me dejó a medias, Wendy… ahora me toca a mí —gruñó.

​Se metió entre mis piernas y me devoró la chepa con una desesperación salvaje. No eran caricias lentas; era su lengua trabajando con fuerza, succionando y mordisqueando mis labios de allá abajo mientras sus manos grandes me apretaban las nalgas con fuerza. Yo sentía que me iba a deshacer ahí mismo; el contraste de su barba ruda contra mi suavidad me hacía gritar, y a él no le importaba que se escuchara en todo el motel.

​Cuando ya me tenía temblando y empapada, Sergio sacó el condón, se lo puso con esa rapidez de maestro y me volteó como si yo no pesara nada.

—¡Ponte así, flaca! —me ordenó.

Me puso de rodillas, con los codos enterrados en el colchón y el culo bien alzado. Sentí el frío del aire acondicionado un segundo antes de sentir su vergota entrando de un solo golpe seco.

—¡Ahhh! —el grito se me escapó contra la almohada.

Cada embestida sentia me llegaba hasta la garganta. Sentía cómo su grosor me estiraba la chepa hasta el límite, y el sonido de sus huevos grandes golpeando mis nalgas era como música

prohibida. Era un animal; me agarraba de la cintura y me jalaba hacia él para entrarme todavía más profundo.

​Despues y sin dejar de bombear, me giró y me puso boca arriba. Me agarró las piernas y me las subió hasta sus hombros, dejándome totalmente expuesta. En esa posición, la verga le entraba derecha, sin obstáculos. Yo veía su cara de actor porno: sudoroso, con las venas del cuello saltadas y los ojos fijos en cómo su cuerpo desaparecía dentro del mío. Sentía que me partía a la mitad, pero era un placer que me quemaba las entrañas. Cada vez que bajaba, sentía el roce de su vello púbico contra mi clítoris, electrizándome.

Asi estuvo hasta despues que para terminar de rematarme, me puso boca abajo pero me obligó a mantener la cadera arriba, apoyada solo en mis pechos. Entró por detrás con un ángulo que me hacía ver estrellas. Yo sentía que mi chepa ya no podía más, estaba ardiendo, ensanchada por completo por ese fierro caliente que no se cansaba. Wendy, la empleada perfecta, ya no existía; solo era una mujer recibiendo las embestidas de un hombre de 1.80 que sabía exactamente cómo dominarla.

​Sergio no paro, era una máquina. Me sentía totalmente poseída, llena, con cada rincón de mi interior vibrando bajo el ritmo de ese señor que, bajo el pretexto de ver a un “proveedor”, me estaba dando la mejor paliza de mi vida.

Pero auqnue yo creia que iba a terminar pronto Sergio no tenía ninguna intención de parar. Parecía que esos meses de aguantarse las ganas frente al mostrador le habían dado una energía de chamaco, pero con la fuerza y el aguante de un hombre maduro.

​Seguío embistiéndome con un ritmo brutal, sin perder la potencia. Yo ya no sabía ni en qué posición estaba; solo sentía ese fierro entrando y saliendo de mi chepa, que a esas alturas ya estaba totalmente dilatada y ardiendo de puro placer. Sergio me agarraba de las caderas

con tanta fuerza que sabía que mañana me iba a ver las marcas de sus dedos en mis curvas.

​—¡Sergio, ya… ya no puedo más! —le gritaba yo, con el pelo todo revuelto sobre la almohada y la respiración hecha un desastre.

​Él no decía nada, solo soltaba unos gruñidos profundos que le salían desde el pecho. Me cambió de posición una última vez, regresándome al misionero pero jalándome las piernas hacia su pecho para entrarme hasta el fondo. Cada estocada era como un golpe eléctrico que me recorría la columna.

​Finalmente, sentí cómo su cuerpo se tensaba al máximo. Sergio dio tres embestidas finales, lentas y pesadas, enterrándose en mí con todo lo que tenía mientras soltaba un rugido que retumbó en las paredes del cuarto. Se quedó ahí, clavado en mi interior, temblando mientras se venía con una fuerza que sentí vibrar dentro de mis propias entrañas.

​Cuando por fin se dejó caer a un lado, yo me quedé exhausta, con el cuerpo flojo y la mirada perdida en el techo. No podía ni mover un dedo. Giré la cabeza un poco y me quedé embobada viéndolo.

​Sergio estaba bañado en sudor. El brillo del sudor hacía que su piel se viera todavía más morena y ruda. Lo que más me hipnotizó fue ver cómo todo ese vello oscuro de su pecho y su abdomen estaba empapado, pegado a su piel y peinado hacia abajo por el sudor y el roce de nuestros cuerpos. Se veía como un animal que acababa de ganar una pelea: imponente, con el pecho subiendo y bajando por el cansancio, y esa masculinidad que se le desbordaba por los poros.

Me quedé ahí tirada, con el techo del motel dándome vueltas y el corazón tratando de recuperar su ritmo. Estiré la mano hacia la mesita de noche para ver mi celular: había pasado una hora completa de puro sexo salvaje. No podía creerlo. Yo estaba acostumbrada a los chavos de mi edad que a los quince minutos ya estaban pidiendo esquina, pero Sergio, con sus 48 años, me había dado una cátedra de aguante que me dejó el cuerpo molido.

Yo de ahi pensé que ya habíamos terminado, pero Sergio todavía tenía fuego en la mirada. Se acercó a mí, me tomó de la nuca y me plantó un beso con sabor a nosotros, un beso largo y profundo que me volvió a encender la sangre. Sus manos grandes recorrieron mis curvas, bajando por mi cintura hasta mis muslos, que todavía temblaban.

​—¿Crees que con una hora tengo suficiente de ti, flaca? —me susurró al oído con esa voz ronca que me ponía a vibrar hasta el alma.

​Se sentó en la orilla de la cama y me hizo una seña con la cabeza. Su verga, esa bestia , ya estaba recuperando terreno, poniéndose tiesa y venosa otra vez, brillando por la humedad del condón que se acababa de quitar. Se veía impresionante, rodeada de sus huevos grandes y ese vello espeso que bajaba por sus piernas.

​—Ven aquí —me ordenó con esa seguridad de jefe que tanto me prendía—.chúpamela otra vez. Quiero sentir esa boquita tuya sin que nadie nos interrumpa. Tenemos todo el tiempo del mundo antes de ir con el proveedor.

​No me lo tuvo que decir dos veces. Me deslicé por el colchón hasta quedar frente a él. Verlo ahí sentado, dominando la cama y esa mirada de hambre, me hizo olvidar el cansancio. Me agarré de sus muslos fuertes y velludos, y me entregué de nuevo a él, sabiendo que el “viaje de negocios” apenas estaba empezando su segunda ronda.

Incluso Sergio se puso de pie sobre el colchón, aprovechando su estatura para quedar todavía más imponente. Estando yo arrodillada frente a él, me sentía diminuta, pero con una conexión total hacia su cuerpo. Verlo desde ese ángulo era impresionante: sus piernas fuertes y velludas, sus huevos grandes colgando y esa vergota rosando mis labios.

​—Dale, flaca… que no se te olvide quién es el que manda aquí —me dijo, agarrándose de la cabecera de la cama para mantener el equilibrio mientras yo me entregaba a su entrepierna con un hambre renovada.

​Me puse a trabajar con la lengua, recorriendo cada vena marcada y rodeando la base con mis manos, sintiendo el calor que emanaba de su piel sudada. Sergio soltaba unos gruñidos que parecían rugidos, enterrando sus dedos en mi pelo y apretando la mandíbula mientras veía desde arriba cómo mi boca desaparecía en su grosor. La imagen de ese hombre de 48 años, firme, velludo y poderoso, siendo dominado por mi lengua, me dio un subidón de adrenalina.

​Pero de repente, la sumisión ya no me bastó. Quería sentirlo dentro de nuevo, pero esta vez bajo mis reglas.

​Lo agarré de los muslos y, con un movimiento decidido, lo empujé hacia atrás. Sergio, sorprendido por mi fuerza, cayó de espaldas sobre las almohadas, soltando una carcajada ronca que se convirtió en un gemido cuando me monté sobre él.

​—Ahora mando yo, Sergio —le susurré, mientras buscaba el nuevo condón y se lo ponía con la misma rapidez que él me había enseñado.

​Me acomodé encima de él, sintiendo la punta de su verga buscando mi entrada. Me hundí lentamente, sintiendo cómo cada centímetro me iban abriendo y llenando mi chepa por completo hasta que nuestras pelvis chocaron. El contacto de mi piel suave contra su abdomen velludo y sudado fue una explosión.

​Comencé a cabalgarlo con fuerza, apoyando mis manos en su pecho ancho para darme impulso. Mis curvas subían y bajaban rítmicamente, y yo podía ver desde arriba cómo sus pectorales se tensaban con cada uno de mis movimientos. Sergio me agarro de las caderas, ayudándome a bajar con más fuerza, mientras sus ojos se clavaban en los míos con una mezcla de orgullo y deseo puro.

​—¡Eso, Wendy! ¡Así, carajo! —gruñía él, mientras yo le demostraba que la “joven” de la pinturería sabía perfectamente cómo domar a un hombre de su tamaño.

Justo cuando sentía que mis piernas ya no daban más de tanto cabalgarlo y que estaba a punto de llegar al límite, Sergio soltó un gruñido autoritario y me agarró con fuerza de la cintura, deteniendo mi movimiento en seco.

​—Ya estuvo bueno de juegos, flaca… me toca terminar esto —dijo con la voz entrecortada por el esfuerzo.

​Con una agilidad que no parecía de un hombre de su edad, me giró en un movimiento rápido y me puso vuela boca abajo contra el colchón, con la cadera lo más alto posible,

hundiendo mi pecho en las sábanas. Desde ahí, sentí cómo se acomodaba detrás de mí; el calor de su cuerpo de 1.80 me cubrió por completo como una sombra pesada.

​Sin previo aviso, Sergio se enterró en mí de un solo golpe profundo.

​—¡Ay, Sergio! —el grito se me ahogó contra la almohada.

​Esa vergota entró en un ángulo que me hizo sentir que me tocaba el alma. Empezó a dar estocadas rápidas y secas, sin piedad, mientras me agarraba del pelo con una mano para mantenerme en el lugar y con la otra me apretaba un glúteo con una fuerza que me dejaba marcada. Yo sentía el golpeteo rítmico de sus huevos grandes contra mis muslos y el roce del vello de sus piernas contra las mías, una sensación tan ruda y masculina que me hizo perder el sentido de dónde estábamos.

​Él no decía nada, solo se escuchaba su respiración pesada y el sonido de nuestros cuerpos chocando. Yo sentía que mi chepa iba a estallar; estaba tan llena, tan estirada por su grosor, que cada embestida me hacía ver chispas de colores detrás de mis párpados cerrados.

​—¡Ya… ya corro, Wendy! —rugió él, y sentí cómo sus manos se clavaban en mis caderas mientras daba sus últimos empujones brutales, enterrándose hasta donde ya no había más espacio.

Hasta que se quedó ahí, vibrando contra mí, mientras sentía el espasmo de su clímax recorriéndonos a los dos. Yo me desplomé totalmente sobre la cama, sin fuerzas ni para respirar, sintiendo cómo el calor de su cuerpo sudado me envolvía.

​Nos quedamos en silencio unos minutos, solo escuchando el zumbido del aire acondicionado. Sergio se separó lentamente, se quitó el condón y me dio un beso tierno en la espalda antes de levantarse.

​—Órale, flaca. Hay que bañarse rápido, que el proveedor nos espera en media hora y no queremos que Lili empiece a preguntar por qué tardamos tanto —dijo, recuperando ese tono de jefe, aunque su mirada todavía brillaba con el recuerdo de lo que acabábamos de hacer.

​Me levanté como pude, sintiendo las piernas como gelatina y un “caminar de pato” que me iba a delatar si no me esforzaba por disimular. Me vi en el espejo del baño: tenía el pelo hecho un desastre, los labios hinchados y una sonrisa de satisfacción que ni con todo el maquillaje del mundo iba a poder esconder.

El trayecto a la oficina del proveedor fue un martirio silencioso. Yo iba en el asiento del copiloto de la camioneta, tratando de acomodarme, pero cada vez que el cuerpo se me hundía en el asiento, sentía un recordatorio físico de Sergio. Mi chepa estaba sensible, palpitando por las embestidas de ese fierro, y sentía un calorcito líquido que me recordaba que, aunque nos habíamos limpiado, mi cuerpo seguía reaccionando a él.

​Sergio, en cambio, manejaba como si nada. Se había puesto una camisa limpia que traía en la parte de atrás, se había peinado con agua y venía con el aire acondicionado a todo lo que daba. Se veía impecable, un hombre de negocios de 1.80 serio y formal, pero yo sabía que debajo de ese pantalón de vestir, sus piernas velludas todavía debían de estar calientes por mi esfuerzo al cabalgarlo.

​—Llegamos, Wendy. Bájate con calma y no pongas esa cara de que te sacaste la lotería —me dijo con una sonrisita burlona antes de apagar el motor.

​—¡Es que no puedo ni caminar bien, Sergio! Me dejaste desarmada —le susurré, fulminándolo con la mirada.

​Entramos a la oficina del proveedor, un señor ya grande llamado Don Mario. Sergio saludó con un apretón de manos firme, como el jefe dominante que es, y yo tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para caminar derecha, controlando ese “pasito de pato” que sentía que me delataba a cada segundo.

​—Mucho gusto, Don Mario. Ella es Wendy, mi mano derecha en la bodega —me presentó Sergio con una seriedad que casi me hace soltar una carcajada.

​Nos sentamos en unas sillas de madera frente al escritorio de Don Mario. Al sentarme, solté un respingo casi imperceptible; la superficie era dura y mis músculos protestaron de inmediato. Sergio, que estaba sentado a mi lado, estiró la pierna por debajo del escritorio y rozó mi rodilla con la suya, presionando un poco, como burlándose de mi incomodidad.

​Pasamos la siguiente hora revisando catálogos de lacas y solventes. Yo trataba de concentrarme, pero solo podía pensar en que hace apenas cuarenta minutos tenía a ese hombre de 48 años enterrado en mí, gruñendo mi nombre. Cada vez que Don Mario explicaba algo técnico,

Sergio asentía con mucha propiedad, pero de vez en cuando me lanzaba

una mirada de reojo que me hacía hervir la sangre.

​—¿Te pasa algo, muchacha? Te ves un poco colorada, ¿no tendrás fiebre? —me preguntó Don Mario, notando mi cara encendida.

​—No, no… es que el sol de la carretera está fuerte, Don Mario —mentí, mientras sentía cómo Sergio contenía la risa a mi lado.

​Salimos de ahí con las muestras, y en cuanto cerramos la puerta del edificio y llegamos a la camioneta, me solté del brazo de Sergio.

​—¡Casi me muero de los nervios! Sentía que Don Mario me veía el letrero de “recién cogida” en la frente —le reclamé, subiéndome al asiento.

​—Tranquila, flaca. Lo hiciste muy bien. Ahora vámonos a la pinturería, que Lili ya debe estar esperándonos para cerrar.

A partir de ese “viaje de negocios”, la pinturería se convirtió en nuestro patio de juegos privado. La tensión que antes nos quemaba ahora era una llama abierta que alimentábamos a diario. Lo mejor —y lo más peligroso— era que nos habíamos vuelto unos expertos en la doble vida: frente a los chalanas y a Lili, éramos el jefe serio y la empleada eficiente; pero en cuanto la cortina metálica caía, el local se transformaba.

​Se volvió una rutina deliciosa. A veces, a media tarde, cuando el calor estaba más fuerte y los chalanas se iban a la parte de atrás a cargar los camiones, yo entraba a la oficina de Sergio “a que me firmara unas facturas”. Me cerraba la puerta por dentro y, sin decir ni una palabra, me hincaba frente a él. Le bajaba el cierre y sacaba esa verga que ya conocía de memoria. Se la chupaba con una desesperación que lo hacía gruñir bajito, cuidando que sus ruidos no pasaran de la puerta de madera, mientras él me acariciaba el pelo y me decía: “Eres una diabla, Wendy”.

​Otras veces, eran encuentros rápidos en el pasillo de los esmaltes, donde nos besábamos hasta quedarnos sin aliento, con él apretándome contra los estantes de metal y sus manos grandes perdiéndose debajo de mi falda.

​Pero lo más intenso eran los cierres de local. Cuando ya no quedaba nadie, Sergio me llevaba a su oficina, me sentaba en su escritorio de madera y me hacía el amor ahí mismo, rodeados de papeles y catálogos de colores. Eran encuentros esporádicos pero salvajes. A veces era un

misionero rápido porque “Lili ya venía en camino”, y otras veces él se tomaba el tiempo de ponerme en cuatro sobre el escritorio, agarrándome de las caderas y dándome esas embestidas profundas que me hacían vibrar la chepa.

​Me encantaba verlo así: con su camisa de trabajo medio desabotonada, el sudor brillando en su pecho velludo y esa mirada de hombre maduro que me decía que, sin importar quién entrara, en ese momento yo era su única dueña. Se volvió una adicción; el riesgo de que nos pescaran, el olor a solvente mezclado con el nuestro y la maestría con la que él me manejaba el cuerpo, me tenían completamente perdida.

​Incluso aprendimos a comunicarnos con la mirada. Si él me veía desde su oficina y se tocaba el cinturón, yo ya sabía que en diez minutos tenía que inventar una excusa para entrar. Nos volvimos cómplices de un secreto que nos hacía caminar con una electricidad que solo nosotros entendíamos.

Pero la bomba estalló una tarde de un jueves, de la manera más inesperada. Sergio había salido a supervisar una obra y yo me quedé en el mostrador cuadrando la caja. Lili llegó con dos refrescos, se sentó en el banquito de madera junto a mí y suspiró tan fuerte que me hizo saltar el corazón.

​—Wendy, neta necesito contarte algo porque me estoy volviendo loca —me dijo, viéndome con esos ojos de confianza que me hacían sentir como la peor persona del mundo.

​—¿Qué pasó, Lili? Me asustas —contesté, tratando de que no me temblaran las manos mientras contaba los billetes.

​—Es mi papá… anda rarísimo. Mi mamá le marcó ayer toda preocupada porque dice que él ya ni le pone atención cuando va a la casa, que se la pasa viendo el celular y sonriendo como zonzo. Y yo lo he visto aquí, anda como de muy buen humor, pero de repente se pierde en el avión —Lili se inclinó hacia mí, bajando la voz—. Wendy, ¿tú no has visto si mi papá tiene una amante?

​Sentí que la sangre se me bajaba a los pies. El silencio en la pinturería se volvió eterno.

​—¿Una amante? Ay, Lili, no creo. Tu papá se la pasa aquí metido con los chalanes todo el día —dije, sintiendo el sudor frío bajándome por la espalda mientras recordaba que, hace apenas dos horas, ese mismo “papá” me tenía contra la pared de la bodega.

​—No sé, amiga. Es que hasta huele diferente. El otro día que lo abracé, traía un perfume de mujer que no es el de mi mamá. Ella está segura de que anda con alguien, dice que un hombre de 48 años no se pone así de la nada si no es por una vieja —Lili me agarró del brazo, buscándome la mirada—. Tú que estás aquí todo el día, fíjate, ¿no? Si ves que entra alguna clienta muy seguida o si sale mucho “con proveedores”. Ayúdame a saber quién es la tipa esa que le está lavando el coco, para ponerle un alto antes de que destruya a mi familia.

​Yo sentía que el letrero de “la tipa esa” me brillaba en la frente. Ver a mi mejor amiga así de angustiada, pidiéndome ayuda para investigar a la mujer que —literalmente— se estaba acostando con su padre en esa misma oficina, me dio un golpe de realidad durísimo.

​—Claro, Lili… si veo algo raro, yo te aviso —alcancé a decir con la boca seca.

​En ese momento escuché el motor de la camioneta de Sergio estacionándose afuera. El corazón me dio un vuelco. Él entró con su porte seguro de sí mismo, y al vernos juntas nos sonrió.

​—¡Qué milagro, hija! ¿Qué andan secreteando tanto? —preguntó él, acercándose a darnos un beso en la frente a cada una.

​Cuando me besó a mí, sus ojos se quedaron un segundo más de lo normal, con esa complicidad caliente que siempre teníamos. Pero yo no pude sostenerle la mirada. Por primera vez, el peso de lo que estábamos haciendo me golpeó de frente: no solo era sexo, era una traición que ya estaba empezando a hacer ruido en su casa.

En cuanto Sergio se quedó solo en la oficina, entré casi de un portazo, con los nervios de punta. Él se estaba quitando la camisa, listo para “platicar” un rato como siempre, pero yo lo detuve en seco.

​—¡Sergio, para! Tenemos que hablar en serio —le dije en un susurro desesperado—. Lili me acaba de preguntar si sé quién es tu amante. Dice que su mamá está preocupada, que te nota raro, que hueles a perfume

de mujer… ¡Están a nada de descubrirnos!

​Sergio se quedó congelado un momento, con la camisa a medio quitar, dejando ver ese pecho velludo que tanto me gustaba. Pero a diferencia de otras veces, no se rió. Se sentó en su silla, suspiró y se pasó la mano

por la cara.

​—Ya sabía que esto iba a pasar, Wendy. Pero no voy a dejar de verte, eso ni lo pienses —dijo con esa voz de mando que me desarmaba—. Lo que vamos a hacer es enfriar las cosas afuera. Voy a ser el marido perfecto un par de semanas para que se callen.

​Y así lo hizo. Sergio empezó a aplicar una hipocresía que me dejaba helada. Delante de Lili, le marcaba a su esposa para decirle que la amaba, le mandaba flores a la casa y hasta presumía que el domingo la iba a llevar a cenar a un lugar caro. Verlo actuar así, tan cínico, me daba una mezcla de coraje y una excitación retorcida.

​Pero lo más loco era que, mientras mejor se portaba con su esposa, más hambre me tenía a mí en la oficina.

​—Mira, flaca —me dijo un martes, después de colgarle a su mujer con un “te quiero, gorda” que me dio asco—. Ya cumplí con la cuota de esposo. Ahora ven acá. Me jaló hacia él detrás del escritorio. A pesar del miedo, en cuanto sentí sus manos levantándome la falda, se me olvidó la moral. Sergio no paró sus encuentros; al contrario, parecía que el riesgo de que su esposa y Lili estuvieran “vigilando” lo ponía todavía más duro.

Otro día, mientras él le texteaba a su mujer que “llegaría tarde por el inventario”, me puso a mamársela ahí mismo. Yo veía su celular vibrar con mensajes de amor de su esposa, mientras mi boca estaba llena con sus verga y sus huevos grandes rozándome la cara. Sergio me agarraba del pelo con fuerza, cerrando los ojos y disfrutando de esa doble vida.

​—Eres mi vicio, Wendy… —me decía después de correrse en mi boca, mientras se acomodaba el pantalón para irse a su casa a cenar con su familia como si fuera un santo—. Mañana llegas temprano, que tenemos que “revisar” más facturas.

​La situación era una bomba de tiempo. Él fingía ser el hombre de casa ideal, pero en la pinturería, cada vez que la cortina bajaba, seguía devorándome con la misma furia de siempre, como si cada encuentro fuera el último antes de que todo estallara.

La tensión se volvió insoportable, una tarde de miércoles. Sergio acababa de regalarle una cadena de oro a su esposa y, para “celebrar”, ella decidió caerle de sorpresa a la pinturería con un pastel.

​Yo estaba en la oficina con él, de espaldas a la puerta, mientras Sergio me tenía agarrada de la cintura, dándome unos besos de esos que te dejan sin aire. De pronto, escuchamos el taconeo de una mujer y la voz alegre de Lili afuera: “¡Sorpresa, pa! ¡Mira quién vino!”.

​Sergio me soltó como si yo quemara. Me aventó hacia el archivero mientras él se sentaba en su silla y abría una carpeta cualquiera. Cuando la esposa entró, radiante y agradecida, me dio un abrazo y me dijo: “Ay, Wendy, gracias por cuidar tanto a mi marido, se ve que el trabajo lo tiene agotado”. Sentí que el piso se abría. Verla ahí, tan buena gente, mientras yo todavía sentía el sabor de Sergio en mis labios, me rompió algo por dentro.

​Desde ese día, algo cambió en mí. Aunque estaba enamorada hasta las manitas de ese señor, el miedo y la culpa me empezaron a comer viva.

​—Ya no podemos, Sergio. Esto va a terminar mal —le decía yo cada vez que intentaba acorralarme en la bodega. Pero el seguía besándome.

Por dias intenté alejarme, pero era difícil. A veces, cuando nos quedábamos solos y él me miraba con esos ojos de hambre, me agarraba con fuerza y me decía que me extrañaba, yo caía en sus brazos de nuevo. Terminábamos en el suelo de la oficina, en encuentros rápidos y desesperados donde él me poseía con una furia que me hacía olvidar mis promesas. Pero después, al ver a Lili entrar a la mañana siguiente, el nudo en mi estómago regresaba más fuerte.

​Mis nervios estaban destrozados. Bajé de peso, no dormía y cualquier ruido en la cortina metálica me hacía saltar. En cambio Sergio seguía con su doble juego, siendo el marido perfecto en casa y el amante insaciable conmigo, pero yo ya no podía más.

​Una mañana, antes de que llegaran los chalanes, puse mi sobre en su escritorio.

​—Renuncio, Sergio —le dije, con la voz temblorosa pero firme—. No puedo seguir viendo a Lili a los ojos. No puedo seguir siendo la “otra” en la oficina de tu hija.

​Él se levantó, se acercó a mí con esa imponente figura de 1.80 y trató de acariciarme la cara, pero me hice a un lado.

​—No te vayas, flaca. Te necesito aquí… —me pidió con una voz que casi me hace flaquear.

​—Me voy porque te amo, pero más me amo a mí. Búscate a otra que te ayude con las facturas, porque yo ya no puedo con este secreto.

​Cerré la puerta de la oficina por última vez, dejando atrás el olor a pintura, los gruñidos de Sergio y la mejor, pero más dolorosa, historia de mi vida.

Ese renunciar a la pinturería fue el paso más difícil, pero pronto me di cuenta de que dejar el trabajo era una cosa y dejar a Sergio era otra muy distinta. Él no aceptó un “no” por respuesta tan fácilmente. Con su porte y esa seguridad de hombre que siempre obtiene lo que quiere, empezó a buscarme fuera de los horarios de oficina.

​—Solo una vez más, flaca. Una despedida de verdad —me decía por teléfono con esa voz ronca que me hacía flaquear las piernas.

​Y yo, aunque ya no trabajaba ahí, seguía enamorada. Así que, durante un tiempo, los encuentros continuaron en moteles discretos a las afueras de la ciudad. Ahí, lejos de las miradas de Lili y de los botes de pintura, Sergio se desataba por completo. Me buscaba con una insistencia casi desesperada, como si supiera que me estaba perdiendo. Me hacía el amor con una intensidad que me dejaba el cuerpo marcado por días, recordándome con cada embestida de sus centímetros por los que me había vuelto tan adicta a él.

​Verlo ahí, bañado en sudor, con su vello oscuro pegado al pecho y esa mirada de “eres mía”, me hacía dudar de mi decisión. Pero la magia se rompía en cuanto él checaba su reloj para irse a cenar con su familia.

​Poco a poco, empecé a tomar fuerzas. La distancia me ayudó a ver las cosas con más claridad. Sergio era muy insistente; me mandaba mensajes a deshoras, me decía que la oficina se sentía vacía sin mí y que nadie le hacía las “mamadas” como yo. Pero ya no era suficiente.

​Empecé a dejar de contestarle las llamadas. Al principio me dolía el alma, pero después sentía un alivio inmenso. La última vez que lo vi, intentó convencerme de regresar al hotel, acercándose a mí con ese aroma a loción cara y masculinidad que siempre me había dominado.

​—Ya no, Sergio —le dije, alejándome de su abrazo—. Ya no quiero ser el secreto que escondes cuando llegas a tu casa.

​Él me miró con una mezcla de coraje y tristeza, me dijo que dejaría a su mujer por mi pero me negué aunque mi corazón se acelero al escucharlo decir eso pero no flaquee y el al verme tan decidida se ajustó el cinturón y se subió a su camioneta sin decir más. Fue la última vez que sentí el calor de sus manos. Dejé de ser la empleada enamorada y la amante de las tardes de oficina para volver a ser yo misma. Me llevé los recuerdos de su cuerpo, de sus gruñidos y de esa verga que me hizo ver estrellas, pero también me llevé la paz de saber que, por fin, ya no tenía que bajar la mirada ante nadie.

Ha pasado ya años desde la última vez que sentí el peso de Sergio sobre mí. A veces, cuando camino por el centro y paso cerca del local, el olor a solvente me golpea de golpe y me regresa a esa oficina. Pero ya no me tiemblan las piernas.

​Ahora trabajo en una agencia de diseño. Mis manos ya no están manchadas de pintura, sino de tinta y proyectos nuevos. He conocido a chavos de mi edad, divertidos y ligeros, pero te mentiría si dijera que no comparo. A veces, en el silencio de mi cuarto, recuerdo la firmeza de sus manos y esa sensación de plenitud cuando él me poseía con la seguridad de un hombre que sabe exactamente lo que hace. Guardo esos momentos como un secreto que me hizo mujer, pero ya no me duele. Aprendí que no merezco ser el “ratito” de nadie entre facturas y mentiras.

Pero hace apenas una semana, el destino me jugó una broma pesada. Iba saliendo de un café cuando vi su camioneta estacionada. El corazón me dio un vuelco, pero esta vez no fue de miedo, sino de una curiosidad extraña. Y ahí estaba él, bajando de la camioneta con la misma presencia imponente de siempre.

​Me vio. Se quedó petrificado a mitad de la banqueta. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, deteniéndose en mi cara. Se veía igual de guapo, con su camisa impecable y ese vello oscuro asomando por el cuello, pero noté algo diferente: se veía cansado.

​—Wendy… —susurró mi nombre con esa voz ronca que antes me dominaba.

​—Hola, Sergio —le contesté con una calma que ni yo sabía que tenía.

​Se acercó un par de pasos, invadiendo mi espacio con ese aroma a loción cara y tabaco. Noté cómo sus manos temblaron un poco.

​—Te ves… increíble, flaca. Lili me dijo que te va muy bien. La oficina es un cementerio sin ti. Nadie ha podido… ya sabes —bajó la voz, con esa complicidad de siempre, buscando en mis ojos una rendija para volver a entrar.

​Lo miré fijamente. Por un segundo, recordé el calor de su cuerpo sudado y la fuerza de sus embestidas, y sentí un eco de ese deseo en mi chepa. Pero luego recordé la cara de Lili y las mentiras a su esposa.

​—Me da gusto verte bien, Sergio. Dile a Lili que le mando un abrazo —le dije, dándole una sonrisa ligera.

​Me di la vuelta y seguí caminando. Sentí su mirada clavada en mi espalda, pesada y hambrienta, como si quisiera detenerme y llevarme a un hotel ahí mismo para recordarme quién mandaba. Pero esta no paso nada mas.

Por Relatorsepxoscu

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