Mientras escuchaba aquel programa nocturno de radio, Sergio pensaba en su ex mujer y en las anteriores parejas que había tenido.
A través de las ondas escuchaba a aquella terapeuta. Le resultaba imposible de creer que, a estas alturas de la vida, todavía pudiera haber mujeres que nunca hubieran tenido un orgasmo o que fingieran en la cama para complacer a sus parejas.
Tumbado en la cama, mientras la suave voz le llegaba a través del auricular, recordó a Patricia, su ex mujer. También se acordó de Tere, de Sandra, de Begoña, todas ellas antiguas novias y de cómo le decían sorprendidas la facilidad que tenía siempre de hacerlas alcanzar orgasmos intensos con sus caricias.
Desde muy joven le había fascinado acariciar el cuerpo de las mujeres. Podía pasarse horas recorriendo con las manos cada curva de sus anatomías. Le encantaba hacerlo mirando las caras que ponían en cada momento. Así fue como, poco a poco, aprendió el arte de acariciar y saber cómo, cuándo y dónde tocar en cada momento.
Al terminar el programa apagó el teléfono. Al día siguiente tenía que madrugar y seguir buscando trabajo.
En el último año la vida de Sergio había cambiado por completo. A sus cuarenta y dos años, su matrimonio con Patricia se había ido a pique y, por si eso no fuera poco, la empresa donde llevaba trabajando desde los dieciocho años había ido a la quiebra. Sin mujer, sin trabajo y sin hijos, se sentía perdido en la vida.
Después de estar toda la mañana recorriendo empresas para entregar currículums personalmente, fue a casa y comió algo.
Por la tarde, cuando llegó a la cafetería donde quedaba siempre con sus amigos, vio que estaban Rubén y Alfonso sentados en la mesa habitual.
—¿Qué tal? —los saludó dándoles una palmada en la espalda—¿Llegasteis hace mucho? —preguntó mientras se sentaba—. Tráeme una coca- cola, por favor —le pidió al camarero que lo miraba desde la barra.
—Acabo de llegar —contestó Rubén—. En la oficina se me complicó la cosa.
—Yo llegué hace diez minutos —dijo Alfonso—. Tuve que ir con Teresa de compras. Tú ahora ya te libraste de eso, cabrón.
—Pues a mí me gustaba ir de compras con Patricia —le dijo algo molesto por recordarle su divorcio.
Rubén y Alfonso, eran amigos desde hacía muchos años. Sergio, a Alfonso, lo había conocido hacia pocos años por Rubén. La verdad, era que Alfonso no le caía demasiado bien porque era el típico hombre que le gustaba demasiado presumir de sus cosas, tanto materiales, como de su novia.
—¿Te enteraste que Ramón también se ha separado? —le preguntó Rubén a Sergio.
—¿¡Qué dices!? ¿En serio? —Se quedó sorprendido —Joder, ¡qué putada!
—A mí me jode por él, pero por Lucia…, ninguna pena —soltó Alfonso—. Menuda creída de mierda.
—Bueno, tampoco te pases —Rubén lo miró—. Conociéndola es buena tía. Con todos los tíos que están como buitres detrás de ella, es normal que se lo crea. La culpa es nuestra, de los hombres.
—Teresa no la puede ni ver —les dijo Alfonso—. Cuando se entere de la noticia va a flipar.
—Tu novia no la puede ni ver porque te conoce —aclaró Sergio—. Anda que no se notaba nada como la mirabas en la playa.
—Hay que reconocer que tiene un culazo —Se rio —. Siempre me pregunté qué hacía un pibón como Lucía con alguien como Ramón.
—¿Y luego es ella la creída? Tú no lo eres, ¿verdad? —Miró hacia la puerta —. Ahora, silencio. Acaba de entrar Ramón.
Estuvieron hablando de fútbol, de alguna noticia destacada y bromeando para distender el ambiente ya que Ramón estaba bastante serio.
—Y tú, ¿qué? —le dijo Alfonso a Sergio —¿Sigues sin encontrar trabajo? Menuda vida te estás pegando, ¡eh!
—No aparece nada —contestó —. Está jodida la cosa. Creo que voy a dedicarme a acariciar a las mujeres.
—¿Acariciar a las mujeres? —Se rieron los tres—¿Te vas a hacer gigoló ahora que eres un cuarentón? Me da que vas a pasar hambre, ¡eh! —le dijo Alfonso mientras lo miraba de arriba abajo.
—Déjate de gigoló. Anoche escuché un programa de radio en el que una terapeuta decía que muchísimas mujeres nunca tuvieron un orgasmo y otras muchas fingen tenerlos —Miró a Alfonso—. A ver si Tere te tiene engañado.
—Si hombre, si —Se puso serio—. Si una mujer finge, se nota.
—Depende —Dio un trago al refresco—. Si una terapeuta lo dice, será por algo.
—¿Y cómo te vas a anunciar? ¿Acaricio mujeres por dinero? —le preguntó Rubén con una sonrisa amistosa dibujada en la cara—. Eres la hostia, tío. Estaría bien trabajar en eso.
—Aún no pensé como anunciarme —contestó pensativo.
—Entonces, ¿lo dices en serio? —preguntó sorprendido.
—¡Claro! Hoy en día hay gente que se gana la vida haciendo cosas de lo más variopintas. Total, no pierdo nada, ¿no?
—Hazlo, hazlo —Rubén sonreía —. Y nos cuentas cómo va el negocio.
Las siguientes veces que se encontraron, las risas y burlas por parte de Alfonso cuando les decía que había puesto el anuncio y no había llamado ni una sola mujer fueron la tónica habitual.
Habían pasado tres semanas desde que se había anunciado. Sergio prácticamente se había olvidado de aquello cuando una mañana recibió una llamada de un número desconocido.
—¿Diga? —contestó ilusionado pensando que le llamaba alguna de las empresas donde había pedido trabajo.
—Hola… —Era una voz femenina que sonaba dubitativa—. He visto un anuncio y llamaba para preguntar.
—¿Anuncio? Ah, si —contestó sorprendido—. Soy yo el del anuncio.
—¿Me puede explicar en qué consiste?
—Bien… —Dudó cómo explicar aquello—. Hace un mes aproximadamente, escuchando un programa de radio…
Le contó lo del programa de radio y le habló de lo que había pensado al recordar a sus anteriores parejas mientras ella lo escuchaba atentamente.
—Es algo vergonzoso para mí esto, pero me gustaría pedirle cita —le dijo con voz nerviosa.
Quedaron que pasaría esa misma tarde por su casa.
Sergio colocó la camilla plegable que había comprado cuando puso el anuncio al lado de la cama. Su idea era que, si alguna mujer requería sus servicios, le ofrecería la posibilidad de atenderla en la camilla o en la cama, según ella prefiriera.
Eran las seis en punto cuando sonó el timbre del portal. Inevitablemente, se puso nervioso mientras esperaba que subiera.
Se tranquilizó un poco al ver que era una mujer sencilla. Calculó que tendría unos sesenta años. La invitó a pasar.
—Perdona que venga atacada de los nervios —se disculpó—. Como comprenderás, esto es algo que nunca hice y me siento algo avergonzada.
—Tranquila —evitó decirle que era la primera mujer que pedía sus servicios—¿Quieres tomar algo y charlamos un rato para relajarte un poco?
—¿Tienes café?
Los dos agradecieron ese rato de charla.
Mercedes, que así se llamaba la mujer, le contó que era viuda desde hacía seis años y que, desde el fallecimiento de su esposo, no había tenido ningún tipo de acercamiento con otros hombres. También le contó que, al ver el anuncio, le había llamado la atención, pero que por vergüenza no se había atrevido a llamar hasta ese día.
Sergio, mientras le hablaba, se fijó en ella.
Era una mujer elegante, con clase. Se podía apreciar que tenía que haber sido una mujer muy guapa.
—Como ves, soy un hombre normal y corriente —le dijo—. Espero hacerte sentir cómoda.
—Gracias. Por ahora lo estás consiguiendo —Le sonrió agradecida.
—Tengo camilla. Si quieres lo haremos allí. Tú intenta pensar que será como recibir un masaje. También hay la opción de la cama, pero creo que hoy, por ser la primera vez, sería mejor en la camilla ¿Te parece bien? Tú decides.
—Si, mejor en la camilla —contestó nerviosa.
—Cuando quieras, empezamos —La miró con una sonrisa tierna imaginando cómo se sentiría— ¿Vamos?
Al llegar a la habitación, ella lo miró preguntándole con la mirada que debía hacer.
—Puedes poner la ropa encima de la cama —Le indicó haciéndole entender que se desnudara.
Lo miró con timidez mientras se desabrochaba la blusa de color marrón.
—¿Quieres que salga mientras te desnudas?
—No importa —contestó—. De todas formas, me verás desnuda después.
Mientras la escuchaba desnudarse aprovechó para cubrir la camilla con el rollo de papel. Al volver a mirarla, vio cómo se estaba quitando el sujetador.
—¿Me quito las bragas también?
—Si. Es mejor totalmente desnuda y así no las mancharás.
Al verla tumbada desnuda, no pudo evitar pensar que tenía un cuerpo bonito para la edad que tenía. Los pechos, bastante grandes, apenas caían un poco, y lo que más le sorprendió fue que estaban coronados por unos pezones oscuros de tamaño muy grande.
—Tranquila —le dijo acariciándole la cara sonrojada—. Intenta poner la mente en blanco ¿Quieres que ponga música relajante?
—Si, por favor.
Mientras Sergio ponía música relajante, Mercedes se llevó las manos a la cara al darse cuenta del calor que sentía en ellas.
—Eres el segundo hombre que me ve desnuda en toda mi vida —se excusó por lo que sentía.
De pie, en el extremo de la camilla donde tenía apoyada la cabeza, Sergio le acarició la cara lentamente. Cuando vio que ella se había acostumbrado al contacto de sus manos, las fue bajando lentamente hacia los hombros.
A Sergio le impresionó la reacción de los pezones cuando comenzó a acariciarle la parte superior de los pechos. Como desperezándose de un prolongado letargo, vio cómo se iban hinchando hasta ponerse totalmente duros.
La respiración de la mujer comenzó a agitarse cuando comenzó a acariciarle los pechos. Primero muy suavemente, con un leve roce, y luego de forma más íntima, agarrándolos con la presión exacta.
Sin dejar de prestar atención a la expresión de su cara, se animó a rozarle los pezones. Escuchar aquel suspiro, le hizo darse cuenta de que le estaba gustando.
Con los ojos cerrados, Mercedes se mordió los labios al sentir como ese hombre le estaba acariciando los pezones. No recordaba que su difunto esposo se hubiera entretenido nunca tanto tiempo en acariciarle los pechos como lo estaba haciendo Sergio en ese momento.
Sentirla tan agitada y casi retorciéndose de placer, le recordó a Sandra, una de sus antiguas parejas, que podía llegar a correrse con solo acariciarle las tetas y jugando con sus pezones. Recordó que cuando le daba pequeños pellizcos suaves en ellos, terminaba corriéndose y decidió hacerle lo mismo a esa mujer.
Un tímido gemido se escapó de su garganta cuando sintió en los pezones aquellos pellizcos. Estos fueron aumentando de intensidad muy lentamente y sentía como al mismo tiempo que se los daba, se los estiraba con suavidad.
—¡Dios! —exclamó avergonzada.
—¿Te gusta?
—Si…—Gimió—. Creo…Creo que me voy a correr.
Estaba temblando.
—Córrete —le pidió apretándolos un poco más—. No lo reprimas.
De repente aquellos temblores aumentaron. Vio como encorvaba la espalda y las piernas comenzaban a abrirse y cerrarse como activadas por una fuerza misteriosa. Se estaba corriendo y mantuvo la presión en los pezones.
—¡Madre mía! —Llevó las manos a las de Sergio—¡Qué vergüenza!
—Nada de vergüenza, tranquila —le dijo manteniendo las manos sobre las tetas acariciándoselas muy suavemente.
—En mi vida me pasó esto —Abrió los ojos y se encontró con los de él —. Ha sido increíble —Sorprendida, llevó una mano a la vagina.
—Espera —Girándose, cogió un paquete de toallitas húmedas—¿Quieres que te limpie yo?
—Creo que por hoy ya me llegó —dijo con timidez—. Lo haré yo.
La dejó vestirse tranquila y que pudiera asimilar lo ocurrido.
Cuando apareció en el salón, su cara tenía un brillo diferente del que presentaba cuando había llegado. Le sonrió y ella le devolvió el gesto.
—¿Quieres tomar algo?
—Tengo que irme —Miró el reloj—. Voy a ir a buscar a mi nieto que tenía entrenamiento hoy. Gracias de todas formas ¿Cuánto te debo?
—Fue poquito tiempo. Por ser la primera vez no me debes nada.
—De eso nada —Sacó un billete y se lo metió en el bolsillo—. Si no me lo aceptas, no vuelvo —le dijo con una sonrisa.
—¿Eso significa que volverás?
—Claro. Tienes unas manos fabulosas y volveré otro día —Se sonrojó.
—Llama cuando quieras.
Al irse, Sergio metió la mano en el bolsillo y vio que le había metido un billete de cincuenta euros.
“Joder, por media hora y haciendo algo que me gusta. Esto es la hostia “, pensó contento.
A pesar de las burlas por parte de Alfonso, evitó decirles nada a sus amigos de esa primera mujer que había solicitado sus servicios. Quizás nunca volviera y no quería hacerse ilusiones de que aquello pudiera funcionar.
Pero Mercedes no solo volvió, sino que una tarde recibió una llamada de otra mujer que le dijo que le había hablado de él y para preguntarle si tenía algún hueco al día siguiente.
Le gustaba ofrecer la posibilidad de tomar un café, o cualquier otra cosa, antes de ir a la habitación y María aceptó tomar un refresco.
Le contó que estaba divorciada desde hacía tres años y que, a sus cincuenta y tres años, no se veía con fuerzas de volver a entablar una relación.
—…sí que he quedado con otros hombres desde el divorcio —le contaba mientras tomaban el refresco—…, pero la verdad es que me sentía mal y, digamos que un trozo de carne cuando esos tíos insistían tanto en quedar para terminar en la cama. Si por lo menos se preocuparan un poco de nuestro placer…
—Te entiendo —le dijo Sergio—. Ese es un problema de muchos hombres. No se preocupan en dar placer a la mujer.
—Exacto —afirmó ella—. Mercedes me habló de ti y me dijo que contigo podía encontrar ese placer de sentirme acariciada.
—Eso lo encontrarás seguro. Las caricias son maravillosas.
María pudo comprobar que su amiga tenía razón y en la camilla se retorcía de placer mientras Sergio la masturbaba.
—Me corro otra vez… Si… si… —Gemía descontroladamente, mientras su coño, ansioso por ser atendido, expulsaba chorros empapando el papel de la camilla—. Eres increíble ¡Dios, que gusto!
Al irse, María, en vez de darle cincuenta euros como él le había dicho, le dio ochenta y le aseguró que volvería más veces.
En dos meses, sin poder creérselo del todo, vio que el número de mujeres que lo llamaban para ser acariciadas, iba en aumento. A su casa acudían principalmente mujeres viudas o divorciadas. Algunas evitaban hablar de sus vidas y supuso que estas serían mujeres casadas que, como decía la terapeuta del programa de radio, se sentían insatisfechas con sus maridos.
Con Mercedes cada vez iba cogiendo más confianza.
Aquella tarde era la quinta vez que iba en dos meses. Las veces anteriores siempre le pedía que le acariciara los pechos en la camilla, pero esa tarde le sorprendió mientras tomaban el café.
—Sergio, hoy me gustaría que me los acariciaras en la cama.
—¡Claro! Ya sabes que tú decides donde ponerte.
A Sergio le encantaban cada vez más los pechos de esa mujer. Su sensibilidad en ellos era extrema y le fascinaba hacerla correrse acariciándoselos. Le resultaba muy excitante ver a una mujer de su edad retorciéndose de placer mientras gemía avergonzada con los ojos cerrados.
Desnuda sobre la cama, temblaba al sentir el hábil masaje en sus pechos. Sergio le acariciaba los pezones y miraba con fascinación lo tiesos que se le ponían.
—Es increíble la manera cómo me los tocas —decía excitada—¿Tanto te gustan mis pezones?
—Me fascinan, Mercedes —contestó mientras los atrapaba entre los dedos y los estiraba despacio.
—Sergio…
—Dime.
—Si te pago un poco más, ¿me los besarías?—preguntó con timidez.
—¿Deseas que te los bese?
—Si —contestó—. Llevo días con esa idea rondándome la cabeza.
Si las veces anteriores se retorcía de placer con las caricias, cuando sintió los pezones siendo atrapados entre los labios de ese chico perdió el control del cuerpo. Sergio se los mamó, lamió e incluso se los mordió con suavidad, haciendo que gimiera como nunca hasta ese día lo había hecho. Totalmente cachonda, lo apretaba contra sus tetas y fuera de sí, le agarró la mano y se la llevó al coño.
—Me corro… Si…si… —Gritaba entre temblores—. Eres maravilloso ¡Dios mío!
—Córrete, Mercedes —le pidió mientras le estiraba el pezón con los dientes.
Se quedó asombrado cuando sintió en la mano aquellos chorros cálidos que empaparon la cama.
Mientras se vestía en silencio, Mercedes lo miraba de reojo.
—Gracias —le dijo—. En mi vida había sentido tanto placer.
—Creo que al principio tu timidez te hacía bloquearte —La miró mientras se abrochaba la cremallera del vestido negro—. Ahora, la confianza te hace disfrutar más.
—Si, yo también lo creo—Le sonrió.
A pesar de su insistencia, Sergio no le cobró más tarifa. Si no fuera por los problemas económicos estaba convencido que no le cobraría nada. Acariciar a esa mujer era increíble.
Rubén miraba a Sergio mientras este hablaba por teléfono.
—Mañana, imposible. Si quieres, el jueves tengo hueco a primera hora de la tarde, o a las siete —le decía su amigo a la persona con la que hablaba—. Entonces, ¿a las siete? …Perfecto. Hasta el jueves entonces. Chao.
—¡Joder, tío! —le dijo Rubén cuando cortó la llamada—¿En serio te va tan bien? ¡Eres la hostia! —Le sonrió, contento de que le fuera bien—. Anda que no tuviste que aguantar ni nada las burlas de Alfonso al principio.
Habían pasado siete meses desde el día que, desesperado, había puesto aquel anuncio. Ahora todo había cambiado. A diario tenía una media de cuatro o cinco mujeres que requerían sus servicios y ahora podía vivir con tranquilidad.
—La verdad es que estoy sorprendido —Le sonrió agradecido—. Pide otra ronda que invito yo.
A ellos se unieron Alfonso y Teresa que venían, como siempre, de hacer compras.
—¡Hola, chicos! —saludó Teresa —¿Qué tal estáis?
—Bien. Aquí celebrando el éxito de Sergio —dijo Rubén.
—¿Éxito? ¿Qué éxito? —preguntó extrañada, mirándolos.
—Es un exagerado —dijo Sergio algo avergonzado, ya que no le gustaba hablar de su trabajo tan poco convencional.
—Exagerado, dice. Lo acaba de llamar una mujer y tuvo que darle cita para dentro de dos días —le replicó Rubén—. No seas tan modesto.
—Pues que guay que te vaya bien —le dijo ella—. Me alegra por ti.
Alfonso miraba el teléfono sin querer participar en la conversación. Tener que tragarse todas las veces que se había metido con su amigo no era plato de buen gusto.
—Gracias, Teresa —le dijo Sergio —. Oye, te queda genial ese recogido.
—Ah, ¿sí? Ahora con el calor la melena me da mucho calor y preferí recogérmelo. Gracias. Como espere por este para que me diga algo bonito puedo esperar sentada —dijo mirando a su novio.
A Teresa desde siempre le había gustado llevar el pelo largo y, al ser ondulado, le daba un aspecto salvaje que contrastaba con su cara de rasgos suaves. Era muy guapa y, al llevarlo recogido, le hacía destacar su bonito rostro.
Estuvieron un buen rato conversando y al irse, Sergio pagó todo.
—Chicos, está todo pago, ¿vale? —les dijo acercándose a la mesa donde estaban sentados—. Marcho que si no llego tarde.
—Este que va, ¿de millonario, ahora? —dijo Alfonso con envidia cuando lo vio alejarse.
—Bueno, hombre. Me dijo que quería invitarnos a algo ahora que puede. Recuerda que cuando se separó y se quedó sin trabajo, muchas veces lo invité yo también. Me alegro un montón que le vaya bien. Se lo merece después de tantos reveses que tuvo. Parece que te jode que le vaya guay.
—Hombre, no me jodas. Trabajar acariciando a mujeres. Yo flipo.
—Pero, ¿qué es lo que hace exactamente? —preguntó Teresa con curiosidad.
—Pues eso, acariciar a mujeres —contestó Rubén sonriendo —Es increíble, pero mira, le va de puta madre.
—¿Cómo le dio por ponerse a hacer eso?
—Por un programa de radio o algo así que escuchó. Salía una psicóloga o algo parecido diciendo que hay muchísimas mujeres que nunca tuvieron un orgasmo o que sus maridos no saben hacérselo —Se rio —. Hay cada inútil por el mundo…
Teresa lo escuchaba con atención, sorprendida de que Sergio se dedicara a eso.
Sergio tardó en encontrar aparcamiento. Apurando el paso se dirigió hacia casa.
Había quedado a las siete con una mujer que le había escrito por WhatsApp para pedirle una cita y eran las siete y cinco.
Decidió llamarla por teléfono.
Al escuchar su voz le sorprendió porque esta era de una chica joven.
—Tardo dos minutos, ¿vale? No encontraba aparcamiento.
—Ah, vale. No se preocupe. Estoy en el portal.
—Ahora llego.
Cuando vio en el portal a aquella joven pensó que quizás no era ella o que se habría confundido con el anuncio.
—¿Eres Jessica?
—Si. Usted, Sergio, ¿verdad?
—Si —contestó sorprendido —¿Sabes los servicios que doy? Quizás te hayas confundido.
—Si. Leí el anuncio —Lo miró avergonzada —¿Lo dice por mi edad?
—Si. La verdad es que suelen llamar muchas mujeres, pero ninguna tan joven.
—Ya.
—¿Subimos y hablamos un poco?
Mientras Jessica tomaba una Coca-Cola, le contó que tenía diecinueve años y que llevaba tres años saliendo con un chico de su misma edad.
—… a veces me pregunto si es cosa mía o es por mi novio —le siguió contando—. Por eso cuando vi por casualidad su anuncio, decidí escribirle.
—¿Dices que nunca tuviste un orgasmo?
—No—respondió poniéndose colorada.
—Tranquila —Estirando los brazos, tomó las manos de la joven entre las suyas—. Me gusta conversar siempre un rato con las mujeres que venís para que os sintáis cómodas y daros algo de confianza. Por supuesto, nada de lo que me contaste o me cuentes, saldrá de aquí.
—Gracias.
Era una joven realmente bonita y sus rasgos le hacían parecer todavía más joven.
El vestido que llevaba dejaba entrever que sus pechos eran medianos tirando a pequeños. Su piel se veía bronceada y su media melena morena le caía en ondas sobre los hombros estrechos.
—Te explico —le dijo sin soltarle las manos mientras se las acariciaba con ternura—. En la habitación adonde iremos hay una camilla de masajes y hay una cama para que decidas donde prefieres ponerte ¿Qué prefieres?
—No sé…, ¿en la camilla?
—Como tú prefieras —Le acarició la cara al verla nerviosa —. Tranquila. Ya verás como todo va bien.
—Eso espero.
—¿Prefieres desnudarte sin que esté yo delante?
—¿Puedo?
—Claro, cielo. Aquí eres tú la que mandas y haré todo lo que quieras.
—¿Me tengo que desnudar de todo?
—Lo ideal es que te desnudes de todo, pero como tú prefieras ¿Te da vergüenza?
—Un poco. Solo me vio desnuda mi novio.
—Si quieres, déjate la braguita puesta ¿Prefieres?
—Vale.
El rostro de la joven se iluminó al sonreír aliviada.
Cuando entró en la habitación vio que Jessica estaba sobre la camilla tumbada. Con los ojos cerrado lo esperaba con tan solo la braguita puesta. Vio que era una joven con un cuerpo muy bonito, sin grandes curvas, pero estas eran perfectas.
Poco a poco fue masajeándole el cuerpo.
A pesar del temblor de la joven cuando las manos fueron subiendo hacia los pequeños pechos, supo que le estaba gustando por la expresión de su cara y por cómo reaccionaron sus pezones cuando se los rozó con delicadeza.
Un tímido gemido se escapó de su garganta cuando las manos abarcaron los pechos y se los acarició con suavidad.
Tenía los pezones tiesos. Al acariciárselos, vio como apretaba las piernas y las movía nerviosa una contra la otra
Cambiando de sitio, se puso en los pies. Al masajearle las piernas vio que estaba empapada. Sus braguitas azules estaban oscurecidas por la humedad y vio la camilla mojada.
El mundo se detuvo cuando metió la mano por dentro de la prenda íntima. Al tocarle el coño la joven comenzó a temblar.
Se estaba corriendo y, masajeándole el clítoris, no pudo reprimir los gemidos mientras eyaculaba contra la mano experta.
Encadenó dos orgasmos más mientras esa mano atendía su coño como nunca su novio lo había hecho.
Cuando se relajó y abrió los ojos, la cara de felicidad y de sorpresa de Jessica, le hizo sentirse afortunado de haberle procurado a esa joven un momento tan bonito e íntimo.
—No era por mi culpa —le dijo contenta.
—Claro que no, cariño. Tu novio debe aprender a tocarte y tratarte con suavidad.
—Él siempre va a lo que va y me da rabia.
—Ese es el problema de muchas mujeres y chicas.
Cuando terminó de vestirse, Sergio la esperaba en el salón.
—Gracias ¿Cuánto le debo?
—La próxima vez que vuelvas me pagarás. Hoy no es nada.
—¿Tengo que volver?
—No, cielo —Le sonrió —. Solo si quieres, pero no es obligatorio.
—Me gustaría volver. Me ha gustado mucho su manera de tratarme.
—A mí también me gustaría que volvieras —reconoció avergonzado.
Una vez estuvo solo, se masturbó pensando en esa joven. Sus gemidos al ser acariciada, su cuerpo, y la suavidad tanto de sus pechos como de la vagina, le habían excitado demasiado
Por dulceymorboso