Capítulo 7
Teresa se estaba preparando para la fiesta de despedida y no podía quitarse de la cabeza lo que había pasado esa noche en casa de Sergio.
Nunca había imaginado que podrían terminar follando y se sorprendía de lo mucho que le había gustado.
Avergonzada, pensó también en Anselmo.
Hacia él no sentía atracción física, pero lo que ese hombre le estaba haciendo sentir, le generaba sensaciones muy intensas y se excitaba recordando la noche del partido cuando le había mamado el coño y el culo hasta hacerla enloquecer.
Anselmo y Sergio.
Sergio y Anselmo.
Dos hombres que habían conseguido hacerla sentir entregada a ellos como nunca lo había conseguido su novio.
Alfonso la recogió en casa.
Al verla, sonrió y deseó que llegara la noche para estar con ella.
Llevaba un vestido blanco ajustado corto que realzaba sus curvas. Estaba muy guapa con ese vestido y el pelo recogido.
—Hola, cariño —le dijo al verla.
—Hola, cielo.
Se dieron un beso y Teresa le dijo que tenía que llevarle un libro a una amiga y que había quedado de dejárselo en la cafetería donde paraban siempre.
—Es un momento. Lo dejo y nos vamos a cenar.
—¿Reservaste donde te dije?
—Si. Llamé esta mañana y tenían sitio.
La cara de Alfonso cuando encendieron la luz del fondo y vio allí a todos sus amigos era un poema. Lo que menos se esperaba era esa fiesta y enseguida estuvo abrazando a todos emocionado y entre risas.
Teresa cruzó la mirada con Sergio y le sonrió. Una sonrisa de agradecimiento que no sabía si era por la noche pasada juntos, por la fiesta, o por ambas cosas.
Desde la barra, Anselmo la desnudaba con la mirada.
Al sentirse observada, Teresa giró la cabeza y lo vio allí, mirándole el culo. Un culo que ese hombre había azotado hasta cansarse y que después había saboreado hasta hacerla correrse.
—¿Puede guardarme este libro aquí? —le dijo nerviosa acercándose a la barra.
—Claro —Al agarrarlo, aprovechó para cogerle la mano disimuladamente —. ¿Luego vendrás a recoger esto? —le dijo mirando las mesas llenas de platos y botellas.
—No sé qué haremos después —contestó —. Pero si puedo, vendré a ayudarle.
—Ya sabes que me gusta tu ayuda y que seré agradecido si lo haces.
Cuando solo quedaban los de la fiesta en la cafetería, Anselmo bajó la persiana metálica, dejó el local en penumbra y puso música.
Las copas fueron haciendo mella en los invitados, en especial en Alfonso que bailaba con unos y con otros manteniéndose en pie a duras penas.
Belén, una amiga de Alfonso y Teresa, se acercó a esta sonriendo con una copa en la mano.
—Que guay la fiesta, ¡me encantó la idea!
—Gracias por venir. Entonces Marcos, ¿no pudo venir?
—¡Qué va! Tuvo que salir de viaje. En parte mejor, sabes que es un aburrido y se pasaría toda la noche controlando lo que bebo.
—Tienes razón —Se rio —. Así mejor.
Anselmo, ya libre de atender a la clientela normal, se servía una copa y miraba a las dos amigas hablando.
—Ese tío… —le dijo Belén —. No mires ahora. El camarero viejo. Menudo descarado es, ¿no?
—¿Anselmo? Es el dueño de la cafetería ¿Por qué dices lo de descarado?
—Es que menuda manera de mirar con descaro nuestros culos. Tiene pinta de ser un cerdo de caray. Menos mal que no está Marcos que si no…
—Ya me di cuenta de sus miradas. Es siempre así. Y menos mal que Alfonso está borracho que si no, también le diría algo.
—¿Bailamos?
Belén, que llevaba una minifalda azul celeste, contoneaba las caderas con los brazos en alto y se reía al mirar como el viejo bebía su copa sin sacarles el ojo de encima.
—¿Cómo no te va a mirar moviéndote así? —le dijo Teresa.
—Me hace gracia verlo ahí. Parece un animal en celo.
—En celo por tu culpa.
Anselmo, miraba a la rubia con cara de mosquita muerta y tenía la polla como una piedra de dura.
“Joder para la cría. Menudo culo y menudos tetones debe tener “, pensaba mientras la veía bailar levantando los brazos.
—Voy a por otra copa, ¿quieres? —le preguntó Belén.
—Vale, tráeme una —le dijo Teresa.
Al verla alejarse, el viejo aprovechó para acercarse.
—Bailáis muy bien —le dijo —¿Cuál es el novio de tu amiga?
—Su novio no pudo venir.
Belén regresó con las copas vacías.
—No queda Brugal. Me dijo Rubén que teníamos que beber otro ron ¿Cuál quieres?
Al ver de cerca al viejo, se sintió intimidada y lo saludó.
—¿Qué queréis Brugal? —les preguntó.
—Si —dijo la rubia.
—No pasa nada, beberé vodka —dijo nerviosa Teresa.
—Pero esto que quede entre nosotros, ¿de acuerdo? Venir conmigo.
—No, da igual —protestó Teresa.
Anselmo la miró como solo él sabía mirarla y hacerla conseguir que hiciera lo que él quería.
—¿Qué pasa? —preguntó Belén extrañada.
—Nada, ven.
Las dos jóvenes lo siguieron y antes de entrar en la cocina, Teresa miró hacia el grupo que estaba entretenido bailando y riendo.
En el cuartucho, Anselmo las esperaba con una botella de Brugal en la mano y cogió las copas que tenía la rubia en la mano.
—Esto porque sois mis preferidas de la fiesta, ¡eh! Y me gusta como bailáis ¿Cómo es ese baile con los brazos en alto? —le dijo a Belén mientras le servía una copa.
Demasiado animada por las copas que llevaba bebidas, la rubia comenzó a bailar moviendo el cuerpo con sensualidad.
—Baila tú también, Teresa —le mandó con autoridad.
Las amigas comenzaron a bailar entre las risas de Belén y los nervios de Teresa.
Anselmo, con una copa en la mano, se atrevió a bailar con ellas agarrándolas a la vez por la cintura.
Teresa se puso muy nerviosa cuando sintió la mano de Anselmo bajar hasta el culo y se sonrojó al ver la cara de Belén cuando vio que miraba la mano peluda sobándole las nalgas.
La rubia, cuando sintió que su nalga también era sobada, no dijo nada y siguió bailando.
Se miraban avergonzadas.
—Que culazos tenéis, chiquillas. Lástima que estén esos ahí fuera y no podáis quedaros aquí.
Los gordos dedos se colaron entre las nalgas y les rozaron las rajitas.
Anselmo sonrió al ver la expresión de sus caras y sentir que tenían las braguitas húmedas.
—Ahora, salir con el resto, no os vayan a echar de menos —les dijo dándoles una palmada en las nalgas —. Volver cuando queráis otra copa.
Salieron del cuarto y se miraron sin entender lo que acababan de dejar que pasara.
—Por favor, que esto quede entre nosotras —le pidió Teresa.
—¡Ay, Dios!! ¡Qué vergüenza!
Cuando salió Anselmo, la mirada de Belén se cruzó con la de él.
—¿Ya lo conocías? —le preguntó a Teresa.
—Venimos siempre aquí por las tardes.
Belén no entendía cómo podía haberle permitido a ese viejo que le tocara el culo ni que le rozara las braguitas con los dedos.
Lo peor de todo era lo que había sentido y saber que ese cerdo había conseguido que se mojara.
Intentando olvidar lo ocurrido, fueron adonde el resto de la gente y se pusieron a bailar con ellos mientras algunos, Alfonso entre ellos, hacían el tonto consiguiendo hacer reír a la gente.
Había pasado una hora de lo acontecido en el cuartucho, y Teresa buscó entre la gente a su amiga, a la que había dejado hablando con Rubén.
—¿Visteis a Rubén y a Belén? —le preguntó a una pareja que bailaban acaramelados.
—A Rubén lo vi salir al patio de atrás —le dijo la chica.
“Mierda, como le ponga los cuernos a Marcos con Rubén, la mato “, pensó.
Con la copa vacía, recordó que Anselmo les había dicho que podrían ir al cuartucho a servirse más y decidió acercarse allí.
Lo último que se esperaba era ver aquello.
Tuvo que reprimir un grito de sorpresa cuando, al abrir la puerta, vio a la rubia arrodillada haciéndole una mamada a Anselmo. Este, agarrándola del pelo, le sobaba con la mano libre las tetas por dentro de la blusa.
—Que tetones tienes, criatura ¡Joder! Qué bien la chupas, mosquita muerta. Llevas toda la noche poniéndome cachondo con tus bailecitos.
La rubia, con la polla del viejo metida en la garganta, suspiraba mientras se tocaba el coño.
—Sabía que era un cerdo, pero no me imaginaba que tanto —le dijo sacando la polla de la boca y mirándolo con cara de vicio.
—Te voy a reventar el coño a pollazos y así aprenderás a no provocar a los viejos.
No podía creerse lo que estaba viendo. Anselmo, el hombre que la estaba llevando a un mundo de sensaciones indescriptibles, estaba follando a su amiga. Esta, con la cara desencajada, se abrazaba a él y lo miraba gimiendo con cada golpe de cadera.
—Fólleme fuerte —le pedía sin apenas poder rodear con las piernas el grueso cuerpo de él —¡Dios! Me corro otra vez.
Se sentía dolida con Anselmo. A ella no la había follado y ni siquiera le había permitido chuparle la polla. Había recogido el día del partido toda la cafetería para que la premiara con eso que ahora estaba dándole a Belén y su amiga no había tenido que hacer nada, ningún esfuerzo, solo bailar provocándolo.
Cerró la puerta sin poder seguir mirando.
En el salón, se sirvió una copa de vodka que casi se bebió de un trago.
Cuando Anselmo salió del cuartucho seguido de Belén, vio que Teresa bailaba con evidentes síntomas de embriaguez contoneando las caderas las caderas y levantando los brazos sensualmente.
El dueño de la cafetería, molesto, se acercó a ella.
—¿Se puede saber qué haces bailando como una vulgar puta?
—¿No le gusta que baile así?
—Pues claro que no.
—Pues mi amiga, bien que le puso cachondo bailando así. Os acabo de ver follando.
Anselmo, miró que nadie les prestaba atención y agarrándola por el brazo la arrastró hacia la cocina.
—Mira… Yo follo con quien me da la gana. Eso lo primero. Lo segundo, esa mosquita muerta no me interesa lo más mínimo. Un simple polvo no es lo que quiero contigo, ¿me entiendes?
Teresa lo miraba asustada y lamentaba haberlo hecho sentir decepcionado.
—De ti quiero una entrega absoluta, Teresa. Quiero que vivas algo que no puedas explicarlo. Te follaré cuando vea que eres mía en cuerpo y alma. Pensé que lo habías entendido.
—Lo siento. Perdóneme.
—Entra al cuarto. Súbete el vestido y quítate las bragas.
Con el vestido subido hasta la cintura y la ropa interior en la mano, mientras esperaba a Anselmo, escuchaba a su novio y los amigos cantar fuera.
Este, llegó a los diez minutos. Al entrar al cuarto, lo miró desabrocharse la camisa y poniéndose frente a ella, Teresa entendió lo que iba a pasar.
Apoyó la cara contra el pecho de él y esperó en silencio.
—Pídemelo —le dijo él enfadado.
Nerviosa, le besó el pecho, respiró profundo y lo pidió.
—Azóteme. He sido una tonta. No volveré a bailar así.
Alfonso, a escasos metros, cantaba.
Los otros reían.
Ella, mientras, era azotada y a pesar de las lágrimas por culpa del dolor, se sentía contenta de saber que a ella no la quería solo para un polvo.
—¿Crees que es suficiente? —le dijo al sentir que al azotarla las nalgas le ardían.
—No. Pégueme más. No volveré a bailar como una vulgar puta y no dudaré de usted nunca más.
Cuando salió del cuartucho sentía el ardor en las nalgas y todavía le temblaban las piernas por el orgasmo que acababa de sentir. Anselmo no la había follado. Ni siquiera le había dejado mamarle la polla. Pero aquello con ese señor era mucho más que eso y, mientras se corría cuando la estaba masturbando, la había besado en la boca.
Se fue a junto de Belén y le sonrió.
—¿Estás bien? —le preguntó la rubia al verla.
—Si —La abrazó —. Estoy muy contenta.
Había hecho lo que Anselmo le había pedido antes de salir del cuartucho.
“Ahora vas a ir a junto de tu amiga y la vas a abrazar. Tú significas mucho más para mí que ella”, le había dicho.
Era de madrugada cuando dieron por concluida la fiesta.
Sergio se ofreció a llevar a Alfonso y a Teresa a casa. Era de los pocos que no había bebido y la pareja había bebido bastante.
—Iré yo adelante —dijo Teresa —. Alfonso queda primero y luego ya me dejas a mí.
—Ah, vale. Como queráis.
En pocos minutos, Alfonso se quedó dormido en los asientos traseros y al escuchar los ronquidos, Sergio y Teresa se miraron con complicidad.
—¿Os ha gustado la fiesta? —preguntó Sergio.
—Si, mucho. Gracias de nuevo.
Teresa se giró sobre el asiento un poco, y apoyando la espalda entre la puerta y el asiento, le mostraba las bragas mientras hablaban.
—Alfonso…, ¿te gustó la fiesta? —preguntó para cerciorarse que estaba dormido.
—Alfonso no está —dijo ella sonriendo.
Apenas podía concentrarse en la carretera mientras conducía y mucho menos, cuando al asegurarse que su novio estaba dormido, vio como Teresa apartaba la braguita para mostrarle el coño.
El sexo brillaba por los flujos y era evidente que estaba cachonda.
En un semáforo en el que tuvieron que detenerse, Sergio estiró el brazo y le tocó el coño y Teresa se mordió los labios al verlo como se chupaba el dedo impregnado de flujos.
—Que cabrón eres —le dijo apenas en un susurro.
—Sabe delicioso.
La tensión sexual se volvió insoportable cuando dejaron a Alfonso en casa.
—¿Me dejas hacerte una mamada antes de irte para casa? —le dijo acariciándole el bulto del pantalón.
—Es peligroso aquí en el coche.
—Aparca en ese callejón, por favor.
—¿Tendré que aguantar mucho antes de correrme?
—Con diez minutos me llega —le sonrió.
Al bajar del coche al llegar a su casa, Teresa pensaba que todo aquello era una locura. Le encantaba el sexo con Sergio y el aguante que tenía cuando le mamaba la polla. Aún por encima, sabía cómo hacerla correrse varias veces.
Pensó en Anselmo.
Con él eran sensaciones increíbles de sentirse absolutamente dominada. Si él no le daba polla le daba igual, porque ahora eso lo tenía con Sergio.
Sabía que lo correcto era irse para casa y ya habría más oportunidades de estar con el dueño de la cafetería.
Abrió el portal y se despidió de Sergio con la mano.
“Joder, ¿qué me está pasando? “, pensó al imaginarse la alegría que se llevaría Anselmo si la viera aparecer.
Volvió a salir del portal.
Cómo se imaginaba, a Anselmo se le iluminó la cara cuando la vio aparecer.
—Cierra la persiana y pásale la llave.
¿Sintió decepción al ver que Anselmo había recogido todo y no se esperaba que fuera ayudarlo?
—Venía a ayudarle a recoger.
—Ya lo recogí yo todo. Has tardado más de lo que me esperaba.
—Perdone. Me entretuvo mi chico que estaba borracho —le dijo recordando el callejón donde había estado con Sergio.
—Coge la fregona y friega tú. Te espero en el cuarto.
Al terminar de fregar, se fue al cuarto y vio que Anselmo estaba tumbado en la cama tapado con una sábana.
Lo miró sin saber qué hacer.
—Hoy me quedaré a dormir aquí. Desnúdate de todo y métete en la cama conmigo. Hoy quiero que durmamos juntos.
—¿Quiere que duerma con usted?
—Si.
—Pero…
—Si no quieres, ya sabes dónde está la puerta —le dijo girándose hacia el otro lado.
Aquello no se lo esperaba, pero sabía que, si no se quedaba con él, Anselmo se sentiría defraudado. Seguro que se había ilusionado con dormir con ella y no podía decepcionarlo.
En silencio, se quitó el vestido y lo apoyó en una silla. El sujetador y las bragas enseguida estuvieron también sobre el vestido.
Apartando la sábana, vio la espalda peluda y lo abrazó apoyándose en él.
Le besó la espalda.
—Si quiere me quedaré a dormir con usted.
Se volvió a girar y la miró contento.
—Así me gusta. Que desees tenerme contento.
La acurrucó entre los fuertes brazos y ella respiró del pecho varonil.
Las fuertes manos se posaron en las nalgas de Teresa y se las acarició.
—Todavía están ardiendo —le dijo.
—Ya. Pero no importa. Siento que cuando me azota, es para mis sensaciones.
—Si. Para las sensaciones de los dos.
—Siento no haber llegado a tiempo para ayudarle.
—Lo que importa es tu voluntad de tenerme contento y te has ganado ser premiada.
Teresa sintió que Anselmo se movía bajó la sábana y sintió una indescriptible sensación cuando este, agarrándole la mano, la llevó entre sus piernas. Se había bajado el pantalón del pijama y por primera vez le estaba tocando la polla.
—¡Dios! Gracias, Anselmo —le dijo besándole el pecho al tiempo que le acariciaba el sexo.
Bajo la sábana, se masturbaron uno al otro en silencio.
A Teresa le encantó lo dura que la tenía y se corrió al sentir como aquella polla tan deseada, explotaba de placer llenándole la mano de semen.
Se despertó y tenía la mano sobre el sexo de Anselmo y este estaba muy duro. Sonrió al recordar que se había dormido en esa misma postura y pensando que quizás había estado todo el tiempo con la mano sobre la polla a pesar de estar dormida.
Comprobó que seguía dormido y apartó la sábana. Sólo había podido verla cuando Belén se la estaba chupando y ahora tenía la oportunidad de contemplarla desde más cerca.
Nerviosa, apoyó la cabeza sobre la barriga de Anselmo y sus ojos se posaron sobre la polla.
Era un poco más pequeña que la de Sergio, pero quizás un poco más gruesa. El color oscuro del glande le llamó la atención.
Sonrió al ver cómo del agujero salía una gota de líquido preseminal y mirando que seguía dormido acercó el dedo para recogerla.
Sintió un intenso cosquilleo en el coño cuando chupó el dedo y saboreó la humedad.
Deseaba besársela, pero temía que se despertara y pudiera molestarle.
Concentrada en la polla, ni se dio cuenta cuando se despertó.
—¿Qué haces? —le preguntó con voz ronca.
—Perdone —le dijo asustada —. Necesitaba verla y aproveché que estaba dormido.
—Quieres chuparla, ¿verdad?
—¿Me deja?
—Hazlo. Chúpamela hasta que me corra.
Con miedo a que cambiara de idea, no se entretuvo y se la metió en la boca.
No aguantó tanto sin correrse como Sergio, pero si mucho más que Alfonso y Ramón. Cuando lo escuchó gemir y sintió que comenzaba a temblar, se sintió feliz y aumentó el ritmo del vaivén de la cabeza.
Suspiró al recibir en la garganta aquellos chorros espesos y mirándolo a los ojos esperó a que se vaciara por completo.
—Gracias —Emocionada, trepó por su cuerpo y lo besó en los labios —. Me encantó hacérselo así recién despierto.
—A mí que me lo hicieras, Teresa —Le manoseó las tetas —. Ahora tráeme un café.
Le resultaba sumamente extraño verse en la cafetería desnuda con tan solo unas viejas zapatillas grises de hombre.
Encendió la máquina de café y se miró en la pared de espejo que ocupaba todo lo largo de la barra. Tenía buen aspecto a pesar de haber dormido apenas tres horas. Se fijó en sus pechos y estos, coronados por los pezones que estaban duros, parecían saludarla contentos de estar allí, de haber despertado en brazos del dueño de todo aquello. Contentos de que Anselmo le pidiera una mamada y sentirse acariciados mientras lo hacía correrse en su boca.
Mirándose en el espejo, se sonrió así misma avergonzada.
Ese señor parecía haberla cambiado.
Sentía que la Teresa remilgada, caprichosa y que todo tenía que ser como ella quería, había desaparecido. Ahora, ese hombre le había hecho entender que las cosas tenía que ganárselas y no podía conseguir todo lo que quería al momento.
Recordó su alegría cuando al meterse en el camastro con él, este le había premiado con dejarla acariciarle la polla. Sus esfuerzos por conseguirlo habían sido recompensados y ahora, recién despierta, por fin había podido sentir su virilidad en la boca y su semen había sido el mejor de los premios.
Preparó dos cafés y los llevó al cuartucho.
—Tome.
—Gracias.
—Siéntate en mi muslo —le pidió apartando la sábana.
Hizo lo que le pedía y la sensación de tener el coño apoyado en el muslo peludo era demasiado agradable.
Anselmo tomaba el café y con la mano libre le manoseaba las tetas y por momentos se las estrujaba entre los dedos.
—Desde el primer día que te vi, deseé que llegara este momento.
—¿De veras?
—Si. Eres hermosa y se veía a leguas que pedías a gritos que alguien supiera despertar tu sexualidad más escondida.
Sin previo aviso y cogiéndola desprevenida, la mano abierta golpeó su teta derecha haciéndola encogerse.
—No te encojas —le dijo serio —. Pon recta la espalda.
—Pero…
—Haz lo que te mando.
Nerviosa, lo miró y puso la espalda recta.
La teta izquierda fue la que recibió el siguiente impacto.
Bajando la mirada, vio cómo sus tetas eran abofeteadas y estas se movían hacia todos lados mientras iban poniéndose coloradas.
—¿Te duele?
—Si —le dijo con ojos llorosos.
—Arquea la espalda. Echa las tetas para adelante.
Al hacerlo, sintió que perdía la voluntad.
Para compensar aquel dolor, se movió sobre el muslo frotándose contra este. Dolor en las tetas, placer entre las piernas. Sensaciones encontradas que poco a poco se fueron incrementando.
El dolor era insoportable, pero el placer en su coño era tan grande que comenzó a frotarse cada vez más rápido y fuerte.
Sentía como estaba empapándole el muslo y cada vez resbalaba más fácilmente sobre la pierna.
Avergonzada, miró sus tetas rojas y no pudo evitar gemir.
—¿Quieres que pare de golpearte las tetas y bajarte de mí pierna?
—No, por favor —le dijo frotándose muy rápido —. Pégueme, pero déjeme seguir frotándome.
Gemía desconsolada cuando sintió que Anselmo le agarraba las nalgas y la acercaba a él para besarle las tetas. La sensación de sentir que se las besaba con ternura, que las mimaba después de haberlas maltratado, la hizo correrse entre convulsiones.
—Yo también me voy a correr, Teresa. Dame tu boca.
—¡Oh, Dios! Si…sí.
Anselmo le metió la polla tiesa en la boca y le sujetó la cabeza mientras eyaculaba.
Cuando dejó de correrse, lo abrazó.
—¿Tanto le excitó pegarme en las tetas que se iba a correr?
—Me puso muy cachondo tu entrega, no el hecho de pegarte en sí.
Se quedó dormida en sus brazos.
Al despertar estaba sola en el camastro. Vio la hora en el teléfono y era la una del mediodía.
Escuchó el sonido de la cafetera acompañado por el de la gente hablando.
“Mierda “, pensó levantándose de la cama.
Se vistió deprisa e intentó adecentar su aspecto.
Abochornada por la situación, salió de allí y sintió como muchos hombres la miraban extrañados de ver salir de la cocina, la cual no funcionaba los domingos, a esa joven con aquel vestido corto y ajustado.
Muchos pensaban lo que ella se temía y miraron con una sonrisa a Anselmo imaginando que era una prostituta.
—Anselmo —le dijo acercándose a la barra —. Yo me voy.
—Vale. Vuelve cuando quieras.
Le sonrió y ella le devolvió el gesto con timidez.
Capítulo 8
De camino al aeropuerto, Sergio vio en la pantalla del coche que le acababa de entrar un WhatsApp.
Era de lucia.
Lucía: “¡Hola, Sergio! ¿Tomamos algo mañana? “
Leerlo le dio alegría. A pesar de que le había dicho que volvería a escribirle, no tenía muchas esperanzas de que fuera verdad.
El resto del camino lo hizo recordando como le había olido su cuerpo y el aroma corporal afrutado que desprendía. También recordaba cómo se había corrido y empapado la cama.
En cuanto llegó al aparcamiento del aeropuerto, le contestó.
Sergio: “Hola, Lucia ¿Comemos juntos en la de Matías? “
Lucía: “Perfecto ¿Me recoges en el trabajo? “
Sergio: “Si “
Se sintió culpable de estar más pendiente de Teresa que de Alfonso, que era al que habían ido a despedir, pero ella con aquel pantalón vaquero ajustado y el suéter rojo que llevaba, estaba para quitar el hipo.
Al despedirse de su novio, Teresa no pudo evitar emocionarse y se puso a llorar. Momento que aprovechó Sergio para abrazarla intentando consolarla.
—Pensarás que soy una hipócrita —le dijo ella con la cara en el cuello —. No sé qué pasará en estos cuatro meses, pero pase lo que pase, le quiero.
—La vida da muchas vueltas, Teresa. Sé que le quieres y todo lo que está pasando es por la falta de otras cosas.
—Si. Gracias por comprenderme.
Al hablar con ella, se refería a lo ocurrido en el parque con Ramón y a lo que estaba pasando entre ellos. Lo que no se imaginaba, es que ella pensaba en esto último y también pensaba en Anselmo.
Una vez el avión despegó, todos los amigos se fueron despidiendo.
Sergio y Teresa fueron caminando juntos hacia los coches.
—¿Qué vas a hacer hoy? —le preguntó Teresa.
—Voy para casa —Miró el reloj —. Tengo que trabajar.
—Trabajar dice… —se rio —. Así cualquiera trabaja.
—Ya. Llámame un día y te vienes.
—No te pienso pagar nada, ¡eh!
—Ah, ¿no? Entonces no me llames —le dijo sonriendo.
—Con lo que disfrutaste follando conmigo, ¿piensas que te voy a pagar? —le dijo al oído.
—En eso tienes razón. Entonces no tendrás que pagarme nada. Aunque…, tú también lo disfrutaste, ¡eh!
—¡Uf! —Resopló —. Calla, calla. Que ando muy sensible últimamente —Se dieron dos besos como despedida—. Te llamaré. Estos cuatro meses van a ser muy duros.
Sergio subió al coche. Le quedaban veinte minutos para llegar a casa y pensó en Teresa y Alfonso. Tenía que ser muy duro amar a una persona con la que te sientes insatisfecho.
Pensó en Rebeca, la mujer con la que había quedado en casa y que estaba viviendo una situación similar.
A sus cuarenta y ocho años y siendo madre de tres niños, lo llamaba cada tres o cuatro días para que la acariciara y poder sentir los orgasmos que con su marido no sentía desde el nacimiento de su primer hijo que tenía ya dieciocho años.
Miró la agenda del teléfono y vio que después de Rebeca había quedado con aquel matrimonio para tomar algo.
Leyó el mensaje que le había mandado.
Número desconocido: “Hola. Me habló una amiga de ti y estoy interesada en saber que ofreces ¿Eres discreto? “
Le había contestado comentándole en qué consistía y no tardó en volverle a escribir.
Número desconocido: “¿Mi marido puede estar presente? La única condición que me puso para poder ir a tu casa, es que a él le gustaría estar delante “
Al leer aquello se había sentido intranquilo.
Sergio:” Lo siento, no quiero problemas. No lo conozco y prefiero evitar malas situaciones “
Número desconocido: “Te pagaremos muy bien. Si quieres podemos quedar en un sitio público y así nos conoces. Somos gente no problemática”
Sergio:” Mañana lunes a las siete tengo libre. Tomaré algo con vosotros y me explicáis “
La cita con Rebeca había sido como siempre, llena de caricias y dándole la ternura que esa mujer tanto echaba de menos por parte de su marido. Lo mejor de todo, siempre era la sonrisa que iluminaba su rostro cuando se iba de vuelta a casa a reencontrarse con la frialdad de un hogar que compensaba con el calor de las manos de Sergio. Esa tarde, se había corrido entre sus brazos cuatro veces y por primera vez había gemido abiertamente sin taparse la cara y mirándolo a los ojos agradecida.
Una vez solo, se preparó para esa cita fuera de lo común y se sintió nervioso.
Resultó ser un matrimonio agradable.
Al verlos, lo que más le sorprendió fue la evidente diferencia de edad entre ellos y enseguida se imaginó lo que les pasaba.
Nada más llegar, el marido le dio un sobre.
—Toma, esto es en señal de agradecimiento por haber aceptado venir. Entiendo tu postura y la verdad es que me ha gustado que no aceptaras quedar sin conocernos primero.
—No, por favor —Intentó rechazar ese sobre.
Ante la insistencia de Manuel, que así se llamaba el hombre, guardó el sobre en el bolsillo de la cazadora.
Le contaron con naturalidad y sin dramatismos, que Manuel, por un problema de salud, no podía tener erecciones.
—Todo iba bien hasta que hace tres años sufrí un ictus —le decía él mientras miraba con cariño a su mujer —. Después de eso, me recuperé de las secuelas, pero sexualmente ya no funciono.
—Hacemos muchas cosas igual —intervino ella intentando minimizar en lo posible la situación.
Los escuchaba y le encantaba ver cómo esa pareja se miraba entre sí y mantenían sus manos unidas. Se notaba a leguas que estaban muy enamorados.
—Andrea —le siguió diciendo él—, como ves, es una mujer joven y a veces me siento mal porque tenga que sufrir las consecuencias de lo que me pasó a mí.
—Entiendo que además de caricias —les dijo Sergio—, vosotros también buscáis en mí que tengamos relaciones completas, ¿verdad? Perdonar si no lo entendí bien.
—Si —respondió él.
Sergio la miró a ella y vio que se había ruborizado.
—Normalmente, con las mujeres que vienen, no mantengo relaciones completas. Son solo caricias o, a veces, besos, diríamos que íntimos.
—Lo entendemos y por eso estamos dispuestos a pagarte mucho más de lo que sean tus tarifas —le dijo el marido de Andrea.
—¿Y usted estaría delante?
—Si pudiera ser, sí. Sería algo que nos gustaría vivirlo juntos.
Al estar hablando ya más directamente del tema, Andrea sentía vergüenza y se disculpó para ir al baño.
—Es la primera vez que hablamos con alguien sobre nuestro problema. Andrea era mi alumna en el instituto y nunca estuvo con otro hombre que no fuera yo. Tuvimos que pasar muchas dificultades para poder estar juntos. Nadie entendía que una cría de dieciséis años se pudiera enamorar de un hombre de cuarenta y siete años. La esperé hasta que fue mayor de edad y a pesar de la oposición de sus padres, se vino conmigo.
Manuel, mirando hacia el horizonte, parecía estar recordando aquellos añorados años y sus ojos brillaban cada vez que la mencionaba.
— … Con los años, sus padres —le siguió contando—, comprendieron que nos amábamos y al ver que su hija era feliz, me aceptaron. Hoy, Tomás, su padre, es un buen amigo mío —sonrió al recordar las dificultades por las que habían tenido que pasar para ser felices.
—Es una historia de amor muy bonita.
—Bonita y a la par, triste por lo que estamos viviendo ahora. Le he dicho mil veces que, a sus treinta y nueve años, puede rehacer su vida. Es joven, bonita y muy cariñosa. Pero ella dice que como la deje me mata. Fui yo quien la convenció para ponernos en contacto contigo. Es duro descubrir que el amor de tu vida se tiene que satisfacer a solas por no poder darle yo lo que necesita.
—Manuel, yo no sé cómo me sentiré estando con su mujer y usted delante. Me gustaría ayudaros, pero me da miedo sentirme cohibido a la hora de tratarla.
—Tú trátala con naturalidad como si yo no estuviera. Andrea y yo lo hemos hablado muchas veces.
Estuvieron hablando un buen rato los tres, intentando coger entre ellos un mínimo de confianza.
—Si me disculpáis, voy un momento al servicio antes de irnos —les dijo Sergio.
—Claro.
En el baño, Sergio intentó tranquilizarse. Saber que iban a subir a su casa y que iba a follar con esa chica delante de su esposo, le hacía sentir inquieto.
Se lavó las manos y, cuando iba a salir del baño, se acordó del sobre.
Aquel matrimonio le había conmovido y estaba decidido a hacer aquello sin importarle el dinero, pero la curiosidad, le hizo sacar el sobre del bolsillo de la cazadora. Tuvo que contar varias veces los billetes sin poder creerse que le habían dado quinientos euros.
De camino al piso, aprovechó que recibió una llamada para retrasarse y así poder observarlos.
Andrea, agarrada al brazo de su marido, lo miraba y apoyaba la cabeza en el hombro de su esposo con dulzura.
—¿Estás bien? —escuchó que le preguntaba ella, preocupada por lo que estaría sintiendo
—Si, cariño —Le besó la cabeza —¿Tú?
—Nerviosa, mi amor.
—Tranquila. Estaremos juntos. Si en algún momento te sientes incómoda solo tienes que decirlo, ¿de acuerdo?
—Y tú también, ¿vale?
—Si.
Caminaron en silencio unos metros.
—Sergio me ha dado muy buenas vibraciones —le dijo él —. Es guapo, ¿verdad?
—Cariño, eso es lo que menos me importa.
Durante el tiempo que habían estado tomando algo, Sergio se había fijado que Manuel tenía razón y su mujer era muy bonita. De pelo liso por el hombro y piel bastante pálida, destacaban sus grandes ojos azules que brillaban cuando sonreía.
Admiraba la generosidad de ese hombre de hacer lo que estaba haciendo por su mujer. El hecho de llegar a dejarla estar con otro hombre para que ella pudiera volver a sentir lo que era eso, le parecía un gesto de infinita generosidad.
Antes de ir a la habitación, tomaron un café en el salón y fue Manuel quien les pidió que se sentaran juntos.
—Actúa como lo harías con cualquier otra mujer —le pidió al verlo nervioso —. Entiendo que para ti tampoco es fácil esto.
Agradeció que Manuel se lo pusiera fácil y, mientras este le hablaba de cosas banales para distender la tensión, apoyó la mano en la rodilla de Andrea. Poco a poco, le fue acariciando la pierna con suavidad y le impresionó sentir como la piel del muslo se le erizaba por completo. Nervioso, le dio un beso en los labios. Al volver a besárselos, estos temblaban entreabiertos y con timidez sus lenguas se rozaron.
Andrea miró nerviosa y avergonzada a su esposo después de ese beso corto.
—Tranquila, mi amor —le dijo su marido—. Ya lo tenemos hablado. Yo estoy bien. Bésalo sin miedo.
El siguiente beso fue mucho más duradero y la tímida lengua de ella buscó la de Sergio entre sus labios. No pudo reprimir un suspiro cuando la mano de Sergio se coló entre sus muslos y le acarició la braguita. La prenda íntima se fue mojando con el roce suave de aquellos dedos desconocidos.
—¿Vamos a la habitación? —le preguntó Sergio.
Antes de responder, miró a su esposo y este la animó con un leve gesto de la cabeza.
—Vamos —contestó ella.
Siguieron besándose de pie al lado de la cama.
Manuel, sentado en el sillón donde había estado Catalina aquel día mirando como follaba con Mercedes, vio como Sergio desnudaba a su mujer. Al quitarle el sujetador, Andrea se cubrió los pechos y Sergio le besó el cuello haciéndola estremecer.
—Tranquila —le dijo Sergio —. Todo saldrá bien.
Despacio, le apartó las manos y sin demorar aquel momento, Sergio le besó los pechos haciéndola suspirar. Estos eran muy sensibles y los pequeños pezones de color marrón claro reaccionaron al sentirse atrapados entre unos labios que no eran los de su marido. Excitada, llevó la mano al bulto del pantalón y como pidiéndole permiso a su esposo, lo miró nerviosa.
—Hazlo, mi amor.
Los dedos temblorosos desabrocharon el pantalón y suspiró al meter la mano por dentro del bóxer y sentir en la mano la polla totalmente dura. La rodeó con los dedos y los cerraba sin poder creerse que de nuevo estaba sintiendo la virilidad de un hombre después de tres años.
Sergio, consciente que el cuerpo de esa mujer ya era atendido de otras maneras por su esposo. Que lo que ella necesitaba, era volver a poder disfrutar del cuerpo de un hombre excitado, se desnudó ante la atenta mirada de Andrea.
Se tumbó sobre la cama y ella se sentó a su lado.
Esta vez fue Sergio quien suspiró al sentir como lo empezaba a masturbar mientras con dulzura le besaba el pecho y el estómago.
—¿Recuerdas cómo te gustaba chupármela? —dijo Manuel al ver a su mujer con la cara apoyada en el estómago de Sergio mirándole la polla.
—Si —contestó sin dejar de mirar el sexo excitado.
—Ahora puedes volver a sentir eso, mi amor.
Al escuchar a su marido acercó la cara. Llenó de besos el excitado miembro y lo lamió como quien disfruta de un manjar durante años deseado.
Gimió al meterlo en la boca.
Sergio también gimió al sentir como esa chica le mamaba la polla con desesperación y tuvo que hacer esfuerzos colosales para no correrse por culpa de aquella avidez con la que le chupaba.
—Cariño…, deseo sentirla dentro de mi —le dijo a su esposo con timidez.
—Pídeselo, cielo. Él también está muy excitado.
Reptando por el torso de Sergio, lo miró y acercando la boca a su oreja se lo pidió.
—¿Quieres follarme?
Tumbada boca arriba, le quitó las bragas y todavía se excitó más al ver que estas estaban empapadas. Su coño abierto parecía estar llamándolo y pidiéndole a gritos que no demorara más ese momento.
Andrea giró la cabeza hacia su marido cuando sintió el glande entre los labios vaginales.
Se dieron la mano cuando comenzó a penetrarla.
—¡Oh, mi amor! —exclamó ella al sentirlo.
Fascinado, Sergio sintió que el pequeño cuerpo se tensaba y la vagina comenzaba a palpitar explotando en abundantes chorros.
Se estaba corriendo.
Manuel acariciaba la cabeza de su mujer y la miraba con felicidad por verla así.
Cuando empezó a follarla, Andrea miró a Sergio fascinada y agradecida.
Manuel, soltó la mano de su mujer y esta rodeó con los brazos el cuello de Sergio. Enseguida fueron también las piernas las que le rodearon las caderas como queriendo atraparlo y que no dejara de follarla.
Cada vez gemía más fuerte.
La mano de su esposo le acariciaba las tetas mientras Sergio la follaba con fuerza. Era otro la que le perforaba el coño deliciosamente, pero sentía que era como si fuera su marido y lo miraba.
—Bésame, mi amor —le pidió entre gemidos a su esposo.
Se besaron y Andrea comenzó a correrse de nuevo.
La excitación de verse atendida por dos hombres le hizo correrse varias veces más.
—Amor…, ¿recuerdas lo que te dije si me encontraba a gusto? —le dijo ella a su esposo acariciándole la cara.
—Si, cariño ¿Quieres?
—Si ¿No te importa?
—Claro que no, cielo.
Sin entender nada, Sergio vio que Manuel se ponía de pie y salía de la habitación cerrando la puerta.
Andrea miró a Sergio y lo besó en la boca.
—¿Me dejas follarte? —le pidió sonrojada.
Al no estar su marido delante pareció transformarse y, subiéndose sobre Sergio, comenzó a follarlo como una salvaje. Su coño parecía querer recuperar esos tres años de abstinencia sin una polla que lo follara, y cada pocos minutos, se corría mojándole los muslos a Sergio que, fascinado, le comía las tetas a petición de ella.
—Me corro otra vez, ¡Dios! Córrete dentro de mí.
—Qué bien follas, Andrea —se atrevió a decirle.
—¡Joder!
Abalanzándose sobre él, lo besó.
—Tú también follas como los dioses.
Sin dejar de besarlo, comenzó a mover las caderas arriba y abajo a velocidad vertiginosa.
—¡Dios! Me corro, Andrea.
—Yo también.
Exhausta, se quedó abrazada a Sergio con la cabeza apoyada en su pecho.
—Gracias —Le sonrió —. Ha sido muchísimo mejor de lo que esperaba. Ha sido increíble.
—¿Crees que a tu marido le gustó?
—Claro que sí. Lo conozco demasiado bien. Nos has hecho felices a los dos —Le besó el pecho —. Voy a ir a con él.
Cuando Sergio salió después de dejarles unos minutos para que estuvieran solos, los vio en el sofá abrazados dándose muestras de amor.
Manuel, lo miró y Sergio se dio cuenta que Andrea tenía razón. Su cara era de felicidad.
—Gracias, Sergio —le dijo él.
—A vosotros por haberme hecho ver que el amor de verdad existe.
Los vio salir agarrados de la mano y se sintió un miserable por envidiar a ese hombre que, a pesar de su problema, era feliz.
Cuando fue a recoger el salón, vio que en el mueble había un sobre y extrañado miró que en la cazadora seguía el que le habían dado en la cafetería.
Dentro del sobre había billetes y una nota escrita a mano.
“Gracias por haber hecho que mi mujer se sienta mujer por completo de nuevo. Nos has hecho muy felices esta noche. Ojalá que para ti también haya sido agradable y que podamos repetirlo más veces. Por el dinero no te preocupes. La felicidad de Andrea no tiene precio. Saludos, Manuel “
Se quedó paralizado por aquella nota que transmitía tantas cosas bonitas.
Dentro del sobre había otros quinientos euros.
Lucía apareció puntual como siempre. Al verlo, caminó hacia él con una sonrisa dibujada en la cara.
Llevaba un vestido estampado de fondo blanco con dibujos en morados y malvas que le llegaba a mitad de muslo y por arriba uno de los hombros estaba descubierto.
—¡Hola, Sergio! —saludó contenta.
—¡Hola, Lucía! Qué guapa estás.
—Gracias. Tú también estás muy mono con esa camisa.
Sergio iba informal con una camisa blanca y unos vaqueros marrones.
—Gracias, Lucía. He reservado para las tres y media ¿Vamos?
Parecía que lo que habían vivido la primera vez los había hecho sentirse más cómodos juntos y Lucía reía distendida las gracias de Sergio y viceversa.
Varias veces, el vestido se escurría un poco de más por el hombro desnudo y ella le sonreía al ver cómo le miraba el escote y lo subía colocándolo bien.
—¿Qué miras tanto, pillín? Si en total ya las conoces.
—Por eso, como las conozco, miro a ver si te descuidas.
La siguiente vez que se le bajó, Lucía lo miró.
—¿Por qué tanto interés en poder verlas?
—Porque son preciosas…—La miró a los ojos —… Y huelen a fruta.
—Calla… Que cada vez que lo pienso… ¡Qué locura!
—Yo también lo tengo pensado. Y recuerdo las dos promesas que te hice.
Sus mejillas se sonrojaron y lo miraba como queriendo decirle algo.
—Me gustaría repetirlo, Sergio.
Lucía suspiraba mientras él le olía el coño.
Abierta de piernas con los pies subidos en el sofá, le acariciaba la cabeza mientras Sergio pasaba la nariz por su hendidura íntima encharcada de flujos.
Minutos antes le había olido las axilas, los pechos, los pezones…, y ahora la estaba volviendo loca de morbo pues jamás se había imaginado que le pudiera excitar tanto eso.
—¡Joder! —exclamó al sentir que le estaba oliendo el clítoris hinchado.
Un lametazo lento y certero la hizo vibrar de gusto. Cuando esperaba temblorosa sentir de nuevo el carnoso músculo recorrerle la vagina, sintió los labios de Sergio rodearle el clítoris.
—¡Dios!
Cómo le había hecho antes con los pezones, comenzó a chuparle el clítoris, succionándolo con deseo.
Tensó el cuerpo.
Apretó la cabeza de él contra su coño y se abandonó a un orgasmo interminable que la llevó a gritar de placer.
Se quedó desconcertada. Aquellos orgasmos que tenía con Sergio no eran normales y sus pensamientos le sorprendían.
—Sergio… —le dijo mientras lo abrazaba contra sus pechos —… Deseo olerte yo a ti.
—¿Qué deseas olerme?
—Todo.
—¿La polla también?
—Si.
Fue la propia Lucía quien lo desnudó lentamente. Cuando le quedaba solo el bóxer puesto, le levantó los brazos y le olió las axilas que, aunque no las depilaba, tenían pocos vellos. Le olió el torso velludo y el estómago. Sergio suspiró cuando de rodillas, Lucía le olió sus piernas e ingles.
Vio como le miraba hacia su polla marcada perfectamente en el bóxer y este estaba mojado de lo cachondo que estaba. Levantando la mirada, Lucía le sonrió y nerviosa acercó la cara.
Suspiró cuando Lucía olió sobre la tela. Primero lo hizo con timidez, pero enseguida lo estaba oliendo con fuerza.
Ella también suspiró cuando, pegando la nariz en donde se veía la mancha de humedad y el glande estaba marcado en la tela, inspiró profundamente.
—¡Joder, Sergio! Me excita esto.
Embriagada por el olor intimo varonil, le bajó el bóxer y miró la polla con entusiasmo. Sergio acarició la melena cobriza mientras sentía como lo olía y como la nariz perfecta de esa mujer recorría cada centímetro de su hinchada polla.
Olió glande, tronco, testículos.
Como si de una droga se tratara, no podía dejar de olfatear como una perrita adiestrada en busca de un alijo.
Ella no le pidió permiso, pero Sergio sabía lo que la ex mujer de su amigo deseaba.
—Chúpala, Lucía. Me has puesto cachondisimo.
—Yo también lo estoy.
Algo que desconocía hasta que empezó a trabajar atendiendo a mujeres, era lo mucho que a estas les gustaba mamar la polla de los hombres. Ahora, viendo a Lucía con la pasión con la que le estaba mamando, se dio cuenta que a ella también le encantaba hacerlo.
Deseaba probar una cosa con ella y agarrándola por la cabeza comenzó a moverse. Primero poco a poco, luego más rápido. Los suspiros de ella le hicieron hacerlo rápido y profundo.
—¡Dios! —exclamó al ver cómo empezaba a temblar —. Me encanta follarte la boca.
Fascinado, vio como ella lo miraba entregada a esa follada bucal, y sus temblores aumentaron al provocarle aquellas arcadas. Polla y coño explotaron juntos. Él se vacío en la garganta de ella y ella se estaba corriendo empapando el suelo. Desmadejada, exhausta y sorprendida, miró el suelo y el charco entre sus rodillas.
—No digas nada —le pidió sonrojada —. Te voy a matar.
—Ven, aquí. Anda.
La ayudó a ponerse de pie y se abrazaron.
—Ha sido alucinante —le dijo él acariciándole la espalda.
—Si. No entiendo cómo me pude correr al hacerme eso —le dijo ella hundiendo la cara en el cuello de él.
—No busques explicaciones ¿Te gustó?
—Muchísimo.
—Pues ya está.
Teresa se sorprendió cuando vio salir del portal a Lucia.
Había decidido pasar por casa de Sergio para contarle lo que le estaba pasando, y al verla, sintió un nudo en el estómago.
Durante la noche había estado pensando en sí contarle lo de Anselmo y, después de mucho romperse la cabeza, se había dado cuenta que solo Sergio podría comprenderla.
Todas sus ilusiones por quitarse ese peso de encima y desahogarse con él se vieron arruinadas al ver salir del portal a Lucía con esa cara de felicidad. Se sintió celosa de verla tan guapa con ese vestido estampado y de ver cómo varios hombres se giraban a su paso para verle el culo.
Pasó de largo y giró en el cruce que llevaba a la cafetería de Anselmo.
Este, al verla, sonrió orgulloso.
Sabía que cada día que pasaba, esa chica estaba más entregada a él y recordó cómo le había abofeteado las tetas hasta ponérselas rojas y como se había corrido frotándose contra él.
—Buenas tardes, Anselmo.
—Buenas tardes, Teresa ¿Un café?
—Si, por favor.
Al servírselo, salió de la barra y la vio con las piernas abiertas mostrándole las bragas.
—¿Se puede saber qué haces? —le dijo.
—Pensé que le gustaría verme así.
—Te dije que no me gusta que te comportes como una vulgar puta ¿Eres una puta?
—No —contestó con tristeza de verlo así.
—Me mostrarás las bragas cuando yo te lo pida, ¿entendido?
—Si.
Cerró las piernas, se colocó la minifalda y lo miró avergonzada.
—Vete al cuarto, desnúdate y espérame de rodillas.
Por dulceymorboso