Capítulo 2
Como buen emprendedor, a Sergio le gustaba informarse y poder mejorar los servicios que ofrecía.
Aquella tarde había quedado en una cafetería con Mercedes. La frecuencia de sus visitas había creado en ellos la suficiente confianza como para comentarle a ella lo que tenía en mente.
La vio llegar y estaba realmente guapa con aquel vestido negro ajustado a sus curvas de mujer madura. Al verla, recordó la primera vez que había ido a su casa. Ahora estaba más hermosa y elegante que nunca.
—Hola, Mercedes —Se levantó para darle dos besos.
—Hola, Sergio.
—Estás muy guapa.
—Gracias. Mis amigas me están siempre con lo mismo y que debo dejar el luto, pero no sé ¿Tú que piensas?
—Eso es algo muy personal. Aunque creo que el luto se debería llevar por dentro. Que alguien vista con colores alegres no significa que haya olvidado a quien se haya ido.
—Quizás tengas razón. Me sorprendió tu mensaje, ¿todo bien?
—Siéntate, por favor.
Una vez sentados y con los cafés en la mesa, Sergio le fue contando.
—Eres la mujer con la que tengo más confianza y quería comentarte una cosa.
Al escucharlo se sonrojó al darse cuenta que ya eran muchas las veces que había requerido de sus servicios. Con las atenciones de Sergio se volvía a sentir viva como mujer. Cada vez le gustaba más como ese chico la hacía explotar de placer con las magistrales caricias en sus tetas sensibles.
—… en los servicios de masajes sensoriales de masajistas chicas…—le siguió contando—… leí que hay una variante que es el masaje “cuerpo a cuerpo”. Es algo similar al “masaje nuru” de origen oriental. La masajista frota su cuerpo sobre el del cliente generando una conexión sensitiva muy placentera. He pensado en ofrecer ese servicio también. >>
Ella, que lo escuchaba atentamente, lo miró pensativa.
—¿Y yo que tengo que ver en eso? —preguntó extrañada.
—Me gustaría…, siempre y cuando tú estés dispuesta a ello…, probar contigo ese tipo de masaje.
—¿Conmigo? —preguntó nerviosa.
—Si.
—Como te dije el primer día, llevo seis años viuda y nunca estuve con un hombre desnudo que no sea mi esposo.
—Lo sé.
Lo miró con timidez. En su boca se dibujó una sonrisa cuyos labios temblaban por los nervios.
—Gracias por pensar en mi ¿Sabes? Saber que te gusta mi cuerpo a pesar de mi edad, me ha hecho sentir más segura de mí misma. Me gustaría intentarlo, pero no prometo nada de cómo reaccionará mi cuerpo ¿Y si me bloqueo?
—Tranquila. Ya me conoces y sabes que todo será con delicadeza.
—Si, eso lo sé —Miró la hora—. Ahora tengo que irme a buscar a mi nieto ¿Cuándo quedamos?
—Mañana es mi día libre. Preferiría que fuera en mi día libre para hacerlo con calma, ¿tú podrías mañana?
—Si.
Al despedirse, Sergio miró el teléfono y tenía varios mensajes de mujeres pidiéndole información sobre el anuncio. Entre los mensajes, vio que tenía uno de Jessica, la jovencita que había ido hacia dos meses a su casa.
Jessica: “Hola, Sergio. ¿Puedo ir por tu casa esta tarde-noche? “
A partir de las ocho no solía dar cita a nadie, pero pensar en la posibilidad de volver a acariciar su joven cuerpo, le convenció de hacer una excepción.
Sergio: “¡Hola, Jessica! Ahora mismo no estoy en casa ¿Puedes venir dentro de una hora?”
Jessica: “¡Perfecto! Yo aún estoy en la biblioteca ¿A las nueve en tu casa? “
Sergio: “Vale, a las nueve. “
Al abrirle la puerta, vio que esa jovencita estaba seria y sus mejillas sonrojadas delataban la vergüenza que estaba sintiendo por volver allí.
Al contrario que la otra vez, en esta ocasión vestía de forma informal. Una camiseta blanca y unos leggins negros, hacían ver que seguramente había ido a la universidad con esa indumentaria y la mochila con los libros lo corroboraba.
—No tenía pensado venir hoy —le dijo mientras bebía un refresco sentada en el sofá.
—¿Qué pasó para que te decidieras a venir? Te noto triste, cariño.
—Discutí con mi novio.
—¿Y eso? ¿Quieres contarme?
Se desahogó con él contándole que su chico estaba siendo muy egoísta con ella. Que le había dicho que tenía que ser más delicado con ella a la hora de tener sexo, pero que seguía igual y todavía no había podido tener un orgasmo con él y que parecía que eso no le importaba.
—Me da mucha rabia porque le quiero mucho.
Desolada comenzó a llorar.
—Ey, tranquila, cariño.
Apoyando el refresco sobre la mesita, Jessica se levantó y buscó cobijo entre sus brazos.
Lloraba contra su pecho. Sergio le acariciaba el pelo intentando tranquilizarla.
—Perdóneme —Lo miró—. Llevo todo el día intentando no llorar, pero ahora…
—Tranquila, no te preocupes por mí. Lo que importa es que tú estés bien y necesitabas desahogarte.
Le enterneció el beso suave que la joven le dio en la mejilla.
Sorprendido, vio que le agarraba la mano y la metía por debajo de la camiseta llevándola hasta sus pechos por encima del sujetador.
—Necesito que me acaricie —le pidió.
—Cielo, ¿estás segura que es eso lo que necesitas?—preguntó nervioso.
—Si —Con un movimiento rápido, se sacó la camiseta y se desabrochó el sujetador—. Llevo dos meses deseando venir y no lo hice por mi novio, pero veo que es un tonto.
No pudo evitar mirarle los pechos y recordar su tacto suave. La miró a los ojos y ella asintió con la cabeza.
—Si, por favor. Acaríciemelos.
Tuvo que reprimir un suspiro cuando apoyó la mano abierta sobre el pecho derecho y sentir como el pezón se endurecía clavándosele en la palma de la mano.
Aquella joven lo desarmaba con aquellos gemidos que le hacían parecer una gatita mimosa.
Estaba muy excitada. Mucho más que la primera vez y lo miró.
—Voy a la habitación. Espere un momento.
Al entrar, la vio sobre la cama desnuda.
Con las piernas flexionadas y abiertas, pudo verle por primera vez el coñito. Este, sin rastro de ningún vello, era un mar de flujos íntimos que resbalaban por sus ingles y se perdían entre las nalgas totalmente blancas en contraste con el resto del bronceado cuerpo.
Abrumado por lo que estaba sintiendo, se acercó a la cama. Vio que tenía los ojos cerrados.
La acarició entre las piernas y gimió con timidez.
—No sé si puedo pedirle una cosa —le dijo con voz agitada.
—Puedes pedir todo lo que quieras, cielo.
—¿Me daría besos entre las piernas?
—¡Claro! Tienes un coñito precioso.
—Gracias.
Parecía una serpiente retorciéndose cuando le besó y lamió la vagina. Su sabor dulzón le hacía chuparlo con avidez, cosa que a ella le volvía loca de placer. Sus pequeñas manos le acariciaban la cabeza mientras lo apretaba contra la empapada hendidura rosada.
Habían perdido la cuenta de las veces que se había corrido y ella lo abrazó agradecida.
—A mi novio no le gusta hacerme eso —le dijo.
—Y eso, ¿por qué?
—No lo sé.
—Pues sabes deliciosa, cielo. Tienes razón, es un tonto.
Abrazada a él, al mirar hacia abajo, vio que bajo el chándal se notaba la erección que tenía. Lo miró y le sonrió.
—Le ha excitado hacérmelo —dijo contenta.
—Si. Disculpa.
La joven llevó la mano al bulto y se lo tocó con curiosidad.
—¿Quiere que se la acaricie?
—No te preocupes. Aquí quien debe disfrutar eres tú.
—Tonto.
Se estremeció cuando la mano de la joven se metió por dentro del chándal y le agarró la polla excitada.
Al sentirla tan dura, Jessica le bajó la ropa y miró fascinada la polla de ese hombre.
—Está durísima —le dijo mientras lo masturbaba despacio—. Antes dijo que podía pedir lo que quisiera.
—Si.
—¿Puedo darle yo besos?
Jamás imaginó que una chica tan joven pudiera darle tanto placer con la boca.
Esta vez fue él quien se retorcía de gusto, y sin poder aguantar, la avisó que se iba a correr.
Ella no se apartó y aumentó el ritmo de la cabeza y lengua haciéndolo gemir. Tembló de gusto cuando los testículos se le contrajeron y comenzó a expulsar semen en la boca de Jessica.
La miró avergonzado. Le encantó como ella lo miraba sonriendo mientras se relamía limpiándose los restos de semen de los labios.
—Usted también sabe delicioso.
—¡Vaya! Me alegra que te haya gustado.
Se despidieron dándose un abrazo con la promesa de volver a verse pronto.
—Gracias, Sergio —Le sonrió desde la pueta del ascensor—. Gracias a usted, me voy contenta a casa.
—Yo también estoy contento de verte sonreír.
Sergio sonrió al ir a cambiar la cama y ver la sábana empapada con los flujos de esa joven.
Por la mañana decidió ir a hacer unas compras. Cuando estaba en una de las tiendas de ropa del centro comercial, se encontró con Lucía, la exmujer de su amigo Ramón.
Desde que su amigo había empezado a salir con ella y la había traído al grupo, a Sergio le había caído muy bien y habían compartido muchos momentos buenos durante años todos juntos.
Su carácter introvertido y su aspecto de niña bien, hacía que mucha gente pensara que era una creída y borde, pero conociéndola, era todo lo contrario.
Desde que se había separado de Ramón, de eso hacía ya casi año, no había vuelto a verla. Como siempre estaba muy guapa.
—¡Hola, Lucia! ¿Qué tal te va?
—¡Hola, Sergio! Bueno, más o menos —Se puso triste al responder—. Ya sabes cómo es esto de las separaciones. Gracias por tu mensaje de ánimo. No me lo esperaba, y la verdad, que lo agradecí mucho.
—¿No te lo esperabas? Ramón es mi amigo, pero una cosa no quita la otra. Lo que haya pasado entre vosotros es cosa vuestra y nadie debería meterse en eso.
—Ya sabemos que eso sería lo lógico, pero en la realidad casi nadie lo hace. Para el resto del grupo yo quedé como la mala y no te imaginas la cantidad de cosas que llegaron a mis oídos. Ya sabes que a Teresa y Alfonso nunca les caí bien.
—Siempre les dije que conociéndote eres una mujer que merece la pena. De primeras, es verdad que parecías muy borde, ¡eh!
—Ya. Mi carácter hace creer eso a la gente, pero bueno. Además, desde el primer día que empecé a salir con Ramón, Alfonso no dejaba de tirarme los tejos y me parecía una falta de respeto hacia mí y, sobre todo, hacia su amigo. Creo que por eso le caí mal desde que me conoció, porque siempre le cortaba los intentos de ligar conmigo. Ya estando casados, Ramón me decía que eras de los pocos que me defendías y siempre te lo agradeceré.
—No tienes nada que agradecerme. Veo que estás de compras —le dijo mirando hacia las cuatro bolsas que llevaba colgadas del brazo.
—Si. Adelgacé un poco y tenía que comprar ropa ¿Y tú? —Le hizo un gesto hacia las manos vacías—¿No encuentras nada?
—¡Qué va! Estaba buscando unos pantalones, pero no encuentro lo que quiero. Enseguida me canso de buscar ¿Te apetece un café?
—Vale—contestó mirando el reloj—. Tengo un ratito.
A sus cuarenta y cinco años, Lucía tenía un cuerpo espectacular. Con aquellos vaqueros ajustados a su increíble culo, no pasó desapercibida para los clientes de la cafetería donde fueron.
Sergio se sintió avergonzado de fijarse en lo guapa que estaba con aquella melena ondulada de color cobrizo que hacía destacar sus bonitos ojos rasgados de color verde. No dejaba de ser la exmujer de un amigo y se sintió mal por verla de esa manera.
Estuvieron charlando un rato. Cuando salió el tema del trabajo de Sergio, este se puso tenso.
—Caray, serás la envidia de todos estos —Se rio—¿Y te va bien?
—La verdad es que mucho mejor de lo que me esperaba. Todavía no me creo que me esté yendo tan bien.
—Si te va bien, será porque te lo mereces y vales para eso, ¿no crees? En esta vida nadie regala nada y si piden tus servicios, será porque lo harás bien.
—Supongo que sí. Por ahora ninguna me pidió hoja de reclamaciones.
Se rieron juntos con el comentario.
—Pero cuéntame…, ¿qué tipo de mujeres van?
—Si te digo la verdad, vienen mujeres de todo tipo. Sobre todo, viudas o divorciadas sin ganas de estar en relación con otros hombres, pero también viene alguna casada que se siente insatisfecha. Ha llegado a venir alguna chica joven con novio —Pensó en Jessica —. Ya sabes…chicos egoístas que solo buscan su placer.
—Estoy alucinada con lo que me estás contando.
—En otras épocas muchas mujeres se morían sin haber sentido un orgasmo en toda su vida, ahora la gente busca la manera.
—Pareces un comercial intentando venderme algún producto —Lo miró—. Al final voy a tener que ir yo también.
Al escucharla, Sergio se ruborizó. La miró nervioso.
—Bueno, sería extraño, pero me debo a mis clientas.
—Ay, no ¡Qué vergüenza! ¿Pagar por ser acariciada?
—¿Qué tendría de malo? Aunque no creo que una mujer como tú necesite pagar por eso.
—¿Y tú qué sabes? Recuerda que parezco muy borde y además intimido mucho a los hombres.
—Pues entonces, ya sabes.
—¿Te imaginas? Si Ramón se enterara, nos mata.
—De mis clientas no les hablo a nadie. Secreto profesional.
Se miraron en silencio. Esta vez fue Lucía quien se sonrojó.
—Sergio, desde que me separé hace once meses, ningún hombre me acarició —le dijo en voz baja cómo si le estuviera confesando un crimen.
—¿Lo echas en falta?
—Pues claro. Es lo normal, ¿no crees?
—Lucia…, nos tenemos confianza ¿Te gustaría venir un día y así me das una opinión sincera?
—Pero sería muy sincera, ¡eh!
—Claro, sinceridad total. Y cómo te dije, que Ramón no lo supiera, por favor.
Cuando se despidieron, quedaron que se lo iba a pensar y, si decidía ir, le mandaría un mensaje.
La miró alejarse. Volvió a posar la mirada en esas nalgas redondas que tanto le habían llamado la atención desde siempre.
La erección que sentía era increíble.
Después de comer recogió la cocina. Esperó tomando un café la llegada de Mercedes intentando asimilar todo lo que estaba viviendo.
Como siempre, llegó puntual.
Le sorprendió verla con aquel vestido azul. Ella, al darse cuenta de cómo la miraba, sonrió ruborizada.
—He pensado lo que hablamos ayer sobre el luto y me animé a ponerme este vestido —le dijo mientras caminaba hacia él desde el ascensor.
Al llegar a la puerta le dio dos besos. A Sergio le encantó el olor de su perfume.
—Estás preciosa. Como siempre, tan elegante y a la vez atractiva.
—Gracias.
—Pasa, por favor.
Mientras terminaba el café, ella lo acompañó tomando otro y conversaron un rato mientras se miraban nerviosos.
—Estoy muy nerviosa —le confesó.
—Tranquila ¿Vamos a la habitación?
—Vale. Espero que todo salga bien.
—Saldrá bien, ya lo verás.
Poniéndose a su espalda la ayudó a desabrocharse el vestido bajándole la cremallera. Vio que llevaba un conjunto de ropa interior a juego con el vestido.
Mercedes se quitó el sujetador. Al apoyarlo donde el vestido, Sergio miró disimuladamente esos pechos que tanto le atraían y vio que los pezones parecían estar totalmente duros.
Quitándose las braguitas, las colocó donde el resto de la ropa. Desnuda, lo miró.
—¿En la cama mejor? —le preguntó.
—Si. Será más cómodo.
Tumbada en la cama, lo miró.
—¿No piensas quitarte la ropa? —le preguntó nerviosa.
—Si. Perdona.
Lo miró desnudarse. Cuando se quitó el bóxer se fijó en el pene erecto que apuntaba al techo.
Era la primera vez que lo veía desnudo y se sintió sorprendida. Vestido no parecía que fuera tan atlético. Le gustó lo que estaba viendo.
—Veo que te gusta verme desnuda —le dijo mirándole el sexo hinchado.
—Ya te lo tengo dicho. Me gusta mucho tu cuerpo, Mercedes.
—Me halaga saberlo. A mí edad una no está acostumbrada a recibir piropos, y si los recibo, son de hombres mayores, no de un joven como tú.
—Gírate boca abajo, por favor.
Al hacerlo, se fijó en sus nalgas. Estas se veían sin ningún atisbo de señales provocadas por la edad. Se veían suaves y parecían dos montañas perfectamente situadas en aquel cuerpo hermoso.
—Voy a tumbarme a tú lado.
—Vale.
Tumbado a su lado, ella giró la cabeza hacia el otro lado para que no le viera la cara. Se estremeció al sentir el cuerpo de Sergio pegado al suyo.
Suspiró al sentir la polla erecta pegada a su cadera. Hacía demasiado tiempo que no sabía lo que era sentir eso.
Su estremecimiento fue en continuo aumento al sentir la mano varonil masajearle la espalda y, cuando la sintió masajeándole las nalgas, toda su piel se le erizó.
—¿Preparada?
—Si.
Se removió sobre el colchón cuando se tumbó sobre ella. La respiración agitada de Sergio cerca de su oreja, las manos acariciándole desde los hombros hasta las caderas y la polla frotándose por sus nalgas y piernas, eran sensaciones demasiado intensas que la hicieron gemir.
—¡Dios! ¡Qué sensación, Sergio!
—¿Te gusta?
—Muchísimo.
Hubo varios momentos en los que la polla se frotaba entre sus nalgas, incluso le rozaron el coño. Ella cerraba los ojos, fascinada con lo que sentía.
—¿Quieres ponerte boca arriba ahora?
—Vale.
Al girarse y verse como tenía los pezones de grandes y duros, sonrió avergonzada.
—Me encanta que estén así, Mercedes. Es señal de que te está gustando mucho lo que sientes.
—Si, Sergio. Me está gustando mucho.
Volvió a gemir cuando sintió el torso velludo apoyarse sobre sus tetas y la presión de la polla hinchada sobre su pubis.
Al moverse sobre ella, Mercedes se sintió desfallecer de gusto. Un gusto que se convirtió en un torbellino de sensaciones cuando el sexo erecto se frotó contra su vagina encharcada.
Sergio gemía en su oreja.
Ella en la de él.
Mientras se frotaba contra ella, se miraron. Sergio gimió al ver su cara de placer que lo miraba avergonzada por lo que su cuerpo estaba sintiendo.
—Por favor, acaríciame las tetas con las manos —le pidió mirándolo con ojos suplicantes.
Conocía aquellas tetas perfectamente. Poniendo las manos sobre ellas, las acarició, amasó y estrujó con la presión justa. Estiró los pezones como a ella le volvía loca y los pellizcó de forma precisa.
Mercedes, fuera de sí, movía las caderas para frotar su vagina contra la polla.
Lo volvió a mirar nerviosa.
—Sergio… —al decirlo, llevó las manos a las nalgas de él —¿Quieres follarme?
—¿Quieres sentirla dentro de ti?
—Si, por favor.
Todo control sobre su cuerpo durante esos seis años de abstinencia sexual se hicieron añicos cuando sintió su vagina siendo penetrada por aquella polla, que, como un hierro candente, se deslizó entre sus labios vaginales resbalando con facilidad para entrar en ella.
Mercedes perdió el control por completo. Sus gemidos retumbaban entre las cuatro paredes de la habitación. La mujer elegante y siempre tan meticulosa en sus movimientos desapareció cuando comenzó a follarla con fuerza. Ahora era una hembra ahogada de deseo y placer. Una hembra entregada a su macho. Lo miraba agradecida mientras le arañaba las nalgas cada vez que se corría entre temblores de placer.
—¡Joder! ¡Fóllame, Sergio! Así…si… fóllame fuerte.
Al verla así, Sergio sentía que su polla le iba a reventar de lo cachondo que estaba. Cada vez la embestía con más fuerza haciéndola poner los ojos en blanco mientras se retorcía bajo su cuerpo.
Se corrió dentro de ella mientras sentía como le mordía el hombro al sentir su vagina explotar en un nuevo orgasmo al recibir el semen de un hombre después de años sin ser regada.
Abrazados, sus cuerpos fueron recuperando la calma mientras Sergio sentía las contracciones de la vagina apretándole la polla como queriéndole exprimir hasta la última gota.
Se miraron. Los nervios les hicieron sonreír al darse cuenta que los dos habían perdido el control y acababan de echar un polvo memorable.
—¡Joder! —exclamó él acariciándole la cara—¿Qué tal estás?
—¿Qué tal estoy? —le dijo limpiándole el sudor de la frente—. No tengo palabras para describirlo.
—Espero que, si las encontraras, fueran palabras buenas.
—Muy buenas —Lo miraba asombrada—. Gracias.
—¿Gracias?
—Me acabas de hacer sentir mujer otra vez, Sergio.
Durante varios días, no podía sacarse de la cabeza la conversación con Lucía.
¿Sería verdad que le escribiría para que la acariciara?
Una tarde que fue a la cafetería donde se reunían siempre, estaba Ramón. Sintió cierta culpabilidad al pensar que deseaba recibir ese mensaje de la exmujer de su amigo y por imaginar cómo sería acariciar su cuerpazo, que, como ella le había dicho, echaba en falta ser acariciado.
No tardaron en llegar Alfonso y Teresa.
Parecían mosqueados. El resto del grupo se miraron entre sí preguntándose que habría pasado.
Teresa, que lucía una espectacular minifalda, no tardó en ponerse de rollo con Ramón preguntándole que tal estaba y, menospreciando como siempre a Lucía, su exmujer.
—Mira, podrá ser muy guapa y todo lo que quieras, pero es una tía que no te merece. Ella se lo pierde. Ya verás como encuentras a una mujer mucho mejor que ella.
—Lo que menos me apetece ahora es estar con otra mujer.
—Es normal, pero llevas meses que te veo mal. No puedes derrumbarte por esa tía
Sergio, que hablaba con Rubén mientras Alfonso había salido a fumar un cigarro, escuchaba disimuladamente lo que hablaban.
—Nunca entendí cómo te pudiste casar con ella —le siguió diciendo Teresa—. Tú, para lo que sea, ya sabes que nos tienes aquí.
De reojo, Sergio la miraba con las piernas cruzadas y, mientras hablaba, la veía acariciándose uno de los muslos.
—Gracias, Teresa. Te lo agradezco de veras —Ramón miró hacia las piernas de ella y luego hacia la puerta donde estaba Alfonso—¿Estáis mosqueados?
—Ya sabes cómo es de gilipollas a veces. Sé cree que me chupo el dedo. Que ahora la defienda me repatea.
—¿A Lucía?
—Si.
—La separación fue cosa de los dos. Ella no es mala mujer, aunque pueda parecer borde.
—Era una prepotente. Ni que fuera ella la única que tiene un cuerpo bonito.
Al decirlo, descruzó las piernas para volver a cruzarlas cambiándolas de posición. Ramón, durante unos segundos pudo verle las bragas, haciéndolo sonrojar.
—¡Vámonos!
Era Alfonso.
Había entrado en la cafetería. Yendo hacia la mesa, cogió el teléfono para marcharse.
—Aún me queda media Coca-Cola —le dijo Teresa, seria.
—Pues yo me voy.
—Pues vete, si quieres.
Rubén, intentando calmar la tensión, intervino entre ellos.
—Espera un poco, tío. Cuando termine la Coca-Cola, os vais.
—Que va, me piro. Ella que pille un bus o un taxi si quiere.
—A mí no me haces falta tú para nada, ¡entendido! Si quieres, vete.
Los cuatro lo vieron marchar. El resto del grupo miró a Teresa sin saber que decir.
—Luego mañana vendrá a pedirme perdón. Tenéis un amigo que es un poco gilipollas.
Sergio opinaba lo mismo desde que Rubén lo había integrado al grupo.
—Pero, ¿qué os ha pasado?—preguntó Rubén.
—Que estoy harta que me tome por tonta. Se pasa todo el día con el puto móvil de tontería con sus amiguitas y, ¿cree que me voy a quedar de brazos cruzados?
—No sé —dijo sabiendo que tenía razón en eso—. Creo que deberíais hablarlo.
—Mira, ya estoy harta de decírselo. Yo también tengo amigos y no ando de tontería con ellos. Pero si así lo quiere, jugaremos al mismo juego.
Sergio se marchó. Dejó allí a los tres hablando sobre el tema. Prefería marchar y no decir algo que pudiera enfadar a nadie. No le gustaba escuchar a Teresa hablando mal de Lucía y prefirió irse a pesar de que Rubén le decía que esperara cinco minutos que él también se iba a ir enseguida.
Ensimismado en sus pensamientos, estaba llegando a casa cuando se dio cuenta que se le había quedado el móvil en la cafetería.
“Mierda”, pensó palpando los bolsillos.
Cuando volvió a por el teléfono, vio que sus amigos se habían ido. Después de que el camarero le diera el móvil, volvió a emprender camino a casa.
Ya había anochecido. Decidió pasar por la parte trasera del parque ya que este estaba bastante oscuro y por atrás había una carretera algo iluminada.
—¿Y llevas un año sin tener relaciones con una mujer?
Al escuchar aquello voz de mujer que llegaba desde la oscuridad de los árboles, Sergio se sintió nervioso.
Sin duda, era Teresa.
Entre los árboles vio la silueta de dos personas. Al fijarse, vio que eran Ramón y Teresa.
Se ocultó tras el tronco de un árbol.
—No. No he estado con ninguna desde que me separé de Lucía.
—¿Y no tienes ganas?
—Teresa, eres la novia de mi amigo.
—¿Amigo? ¿Acaso no te dabas cuenta cómo le miraba el culo a Lucía en la playa? Si no tuvo nada con ella es porque ella no quiso, que si no… ¿No te gusto? Antes me miraste las bragas en la cafetería.
—Teresa, yo…
Sergio, alucinado, vio como Teresa, agarrando la mano de Ramón se la metía bajo la minifalda.
—¿Ves cómo estoy de mojada?
—¡Joder! Es que Alfonso…
Ella también llevó la mano al pantalón y le acarició el paquete.
—Estás empalmadÍsimo.
—¿Cómo quieres que esté si te estoy tocando las bragas?
—Métela por dentro y verás cómo te gusta.
Desde detrás de los árboles vio como su amigo le metía la mano por dentro de las bragas. Escuchó como Teresa gemía al ser masturbada.
Ella, le desabrochó el pantalón. Sacándole la polla comenzó a masturbarlo haciendo que también gimiera.
—Siempre me dieron morbo los maduritos como tú ¿Te pone estar tocando a una chica de mi edad?
—¡Joder, Teresa! Tienes el coño empapado.
Sergio volvió a acordarse de Jessica y como se había puesto de cachondo mamándole el coño a una chica tan joven y el morbo que había sentido cuando le había mamado la polla hasta hacerlo correrse. Teresa no era tan joven, si no recordaba mal, tenía veintisiete años y se imaginó lo que estaría sintiendo Ramón a sus cincuenta y uno en esos momentos.
Vio como Teresa se subía la minifalda hasta la cintura y se ponía en cuclillas para mamarle la polla. Desde su posición podía verle el culo y la tira del tanga perdiéndose entre las nalgas morenas.
Ramón no tardó en correrse. La velocidad de la cabeza de la niña pija de Teresa y el tiempo que llevaba sin estar con una mujer, habían sido suficientes para que Sergio lo escuchara gemir y darse cuenta que estaba eyaculando en la boca de la novia de Alfonso.
—Perdona —le dijo Ramón—. Llevaba demasiado tiempo sin que nadie me hiciera una mamada.
—No pasa nada —dijo decepcionada mientras se ponía de pie—. Ya estoy acostumbrada a que me pase esto con Alfonso.
—Lo siento ¿Quieres qué te masturbe?
—Tranquilo. Lo haré yo en casa que ya estoy acostumbrada a hacerlo.
Al moverse en su escondite, Sergio tuvo la mala suerte de pisar una rama y el ruido del crujido sonó rompiendo el silencio.
“Mierda “, pensó huyendo del lugar.
Capítulo 3
Solo habían pasado dos días desde que había follado con Mercedes y esta había vuelto a verlo.
Mientras se vestía, la miraba fascinado desde la cama. Era increíble como esa mujer se transformaba en la cama y como perdía el control cuando la penetraba.
Acababa de follarlo como una auténtica diosa, cabalgándolo como una experta amazona. Mirarla ahora vistiéndose, le ponía cachondo.
Ella lo miró con timidez y vio que tenía la polla dura de nuevo.
—¿No has tenido suficiente? —le dijo acercándose a la cama—. Tengo que ir a buscar a mi nieto.
—No te preocupes. Es que me pones cachondo, Mercedes.
—Ya veo—Sonriendo, le agarró la polla y la movió lentamente—. Me encanta que te pase eso.
Cuando se quiso dar cuenta Mercedes le estaba mamando la polla y lo hizo correrse enseguida. Verla tan elegante y tan entregada a darle placer, había sido lo suficientemente excitante para vaciar el poco resto de semen que le quedaba en los testículos en apenas unos minutos de mamada.
—¿Quieres que venga pasado mañana?
—Me encantaría. Pero, ¿puede ser a partir de las nueve? Tengo toda la tarde ocupada.
—Puedo venir cuando deje a mi nieto con la madre. Toma —le dijo sacando un billete de cincuenta euros de la cartera.
—¡Mercedes, por favor! No puedo cobrarte nada. Quiero que esto no lo veas como trabajo, ¿entiendes?
—¿Seguro? Si estás conmigo, dejas de poder estar trabajando y ganar dinero.
—Tonta —le sonrió —. Si lo hago, es porque me encanta.
Cuando se quedó solo, se dio una ducha. Fue al salón a tomar una cerveza relajado. Al coger el teléfono móvil para ponerle el sonido, vio que tenía varios mensajes.
Jessica: “¡Hola, Sergio! ¿Qué tal está? Yo bien. Con mi novio mucho mejor, pero la verdad es que muchas veces pienso en lo de la última vez y me siento mal porque siento que me gustaría repetirlo ¡Ah! Le di su teléfono a una amiga. La convencí de que le escribiera. Ella nunca tuvo novio y pensé en usted para que le haga conocer lo que se siente al ser acariciada. Bueno, hablamos. Me voy a la biblioteca. Un beso”
Tenía varios mensajes de algunas clientas más o menos habituales pidiéndole cita.
Número desconocido: “Hola. Me dijo Jessi que le escribiera. Es mi mejor amiga y me habló de usted. “
Le contestó enseguida.
Sergio: “¡Hola! Tenía un mensaje de Jessica y me comentó que me escribirías ¿Quieres pasar por aquí cualquier día y te explico? “
Número desconocido: “Vale. Yo tengo clases por las tardes ¿Por la mañana puede ser? “
Sergio: “Normalmente atiendo por las tardes, pero como eres amiga de Jessica, podemos quedar por la mañana.”
Número desconocido: “Gracias ¿Pasado mañana? “
Sergio: “Perfecto. Pásate a las once por aquí. Te mando ubicación.”
Número desconocido: “Gracias “
Más mensajes de clientas o pidiendo información.
Su corazón se revolucionó al ver el siguiente mensaje.
Era de Lucía.
Lucia: “¡Hola, Sergio! ¿Cómo estás? Buff, me ha costado decidirme a escribirte. ¿Te parece bien si quedamos a tomar algo para hablar? Ir directamente a tu casa me da demasiada vergüenza.”
Le contestó nervioso.
Sergio: “¡Hola, Lucía! Me alegra que hayas dado el paso de escribirme. Me parece perfecto eso que dices. Mañana, ¿te va bien? Así no te da tiempo de arrepentirte.”
Lucia: “Jajaja. Tranquilo que no me arrepiento. Llevo muchos días pensándolo y la decisión está tomada ¿Mañana cuando salga de la oficina? A las cuatro estaré fuera. Ah y por favor, que esto quede entre nosotros “
Sergio: “A las cuatro, perfecto. Te paso a buscar al trabajo. Por supuesto que quedará entre nosotros. Por eso, estate tranquila “
Lucía: “Genial. Hasta mañana “
Sergio: “Hasta mañana “
Le resultaba imposible no estar nervioso mientras esperaba a Lucía dentro del coche.
Durante la espera recordaba todos esos años pasados desde que Ramón había empezado a salir con ella; los cumpleaños juntos, escapadas de fin de semana, su boda… Siempre había sido una mujer muy hermosa que acaparaba las miradas de los hombres y ella, extremadamente tímida, siempre poniendo ese caparazón que la hacía parecer una borde y una engreída.
Del edificio donde estaban las oficinas comenzó a salir gente. Al cabo de un par de minutos la vio salir a ella.
Vio como miraba a los lados buscándolo. Cuando lo vio, una hermosa sonrisa se dibujó en su rostro.
Estaba preciosa con aquella blusa blanca y aquella minifalda verde.
Cruzó con paso apurado. El coche se impregnó con el aroma afrutado de su perfume cuando se subió en él.
—Hola, Sergio.
—Hola, Lucía.
—No sabía que te habías comprado coche nuevo.
—Me lo entregaron hace un mes ¿Te gusta?
—Es precioso. Los Mercedes de ahora me encantan.
—En eso coincidimos. Mi ilusión siempre fue tener uno, pero claro, misión imposible. Ahora que me lo puedo permitir pues me lancé a por él.
—Espero que no te viniera mal lo de quedar hoy.
—Hoy, perfecto. Cómo te dije, así no te arrepientes —Le sonrió y encendió el motor.
—Calla…, calla. Arrepentirme no, pero me costó dar el paso, ¡eh!
—Nos tenemos confianza. Tranquila.
—Confianza sí, pero como para eso…
Fueron a una cafetería cercana a la casa de Sergio. Allí estuvieron charlando intentando tranquilizarse.
—Esto, desde que me separé, es lo más parecido que tengo a una cita—le dijo ella.
—Es verdad. Me dijiste que nada de chicos desde la separación.
—Nada de nada, ¡eh! Ya me conoces y por mí manera de ser y lo que te dije que a los chicos les intimido bastante, pues un desastre.
—Eres una mujer espectacular y eso impone mucho.
—¿En serio piensas que soy espectacular?
—Solo hay que verte, Lucía. Y hoy vienes preciosa.
—Gracias —Se sonrojó—. Para una cita que tengo tenía que ponerme guapa.
Se miraron a los ojos y ella le sonrió nerviosa.
—Y cuéntame…, ¿cómo será cuándo lleguemos a tu casa?
Le contó lo de la camilla o la cama, le explicó cómo sería el masaje y ella lo escuchaba ruborizada.
—¿En serio también hay la opción de masaje cuerpo a cuerpo?
—Si. Eso lo decide cada mujer como lo prefiere.
—¿Te importa si me doy una ducha en tu casa? Llevo desde la mañana sin ducharme y estoy… —levantando un brazo, se miró la axila por si se notaba sudor en la blusa.
—A ver…
Sin ella esperarlo, Sergio le levantó el otro brazo e inclinándose, acercó la cara a la axila y la olió.
—¡Sergio! —dijo intentando bajar el brazo poniéndose colorada.
—Hueles muy bien, Lucía.
—¿Lo dices en serio?
—Claro. El olor femenino es delicioso, aunque las mujeres creáis lo contrario.
—Me tienes alucinada, Sergio. Y yo que creía que eras “normalito” …
—Soy un hombre normal y corriente, Lucía. Sois las mujeres las que os ponéis muchas barreras y prejuicios ¿Confías en mí?
—Claro que confío en ti. Si no, no estaría aquí.
En el salón, sentados en el sofá, Sergio le desabrochaba lentamente la blusa mientras ella miraba avergonzada hacia el techo.
Minutos antes de subir, la había convencido de que le dejaría hacer a él y que ella se dejaría llevar.
Una vez desabrochados todos los botones de la blusa, la abrió quedando a la vista un bonito sujetador blanco de encajes que le transparentaba los pezones marrones.
Lucía se dejó quitar la blusa y no opuso resistencia cuando Sergio le levantó un brazo.
—¡Ay, Dios! —exclamó al sentir que le estaba oliendo la axila.
La vergüenza de estar siendo olida pasó a un segundo plano por una vergüenza aún mayor cuando sintió que le estaba haciendo estremecer ese acto para ella tan sucio y sus pezones estaban reaccionando clavándose en la tela del sujetador.
—Sergio… —le temblaba la voz—¿En serio te gusta mi olor?
—Hueles deliciosa, Lucía.
Mientras le olía la otra axila, con destreza le desabrochó el sujetador y poco a poco lo fue retirando.
Sergio miró sus pechos desnudos. Estos, de forma cónica, en la zona del pezón apuntaban al techo.
Tenía los pezones tiesos.
—Ya te dije que hace mucho que no estoy con un hombre —le dijo para justificar lo empitonada que estaba.
—Dime…, ¿te gusta que te huela?
—No sé. Es raro. Me da vergüenza, pero es una sensación rar…
Sin dejarla terminar de hablar, acercó la cara a uno de los pechos y aspiró por la nariz con fuerza.
—¡Joder! —exclamó Lucía al sentir una corriente eléctrica atravesarle toda la columna.
—Hueles a fruta —Le olio el pezón directamente.
—¿Te gusta olerme?
—Me encanta, Lucia.
Suspiró al sentirse olida de forma tan intensa.
Sentada en el sofá, se dejó caer hacia atrás y sintió que Sergio le subía la minifalda.
Lo miró suplicante.
Suplicante porque esa vergüenza que estaba sintiendo al estar abierta de piernas mostrándole las bragas mojadas, desapareciera. Pero también suplicante porque deseaba seguir sintiendo esas sensaciones tan intensas y desconocidas para ella.
Le olió los muslos, las ingles.
Instintivamente, se tapó las braguitas con las dos manos y lo miró.
—¿También me vas a oler ahí?
—Solo si tú lo deseas, Lucia.
—Llevo sin duchar desde la mañana, Sergio.
Cómo única respuesta, Sergio hundió la nariz entre las manos protectoras de su intimidad y le impactó verle la cara mientras se las olía. Parecía estar oliendo el más caro de los perfumes.
Cerró los ojos.
Confiaba en él.
Nadie le había olido las axilas ni los pechos y la sensación había sido indescriptible.
Lentamente retiró las manos.
—Estoy demasiado mojada, Sergio.
—Mejor. Es señal de que te está gustando.
Se removió inquieta cuando la nariz le rozó sus braguitas. Había prometido dejarse llevar. Sergio sintió que la fuerza que hacía por cerrar las piernas desaparecía.
El olor íntimo y sentir que Lucía se abandonaba a las sensaciones, le hizo suspirar. Le estaba oliendo las braguitas a la ex mujer de su amigo. A la tímida y escultural Lucia.
Le bajó la prenda íntima y le miró el coño. Ese coño que con seguridad muchos imaginaban en sus sesiones masturbatorias, lo tenía frente a él, desnudo, mojado, abierto como una flor.
Olió cada rincón del coño mientras Lucía gemía.
—Huele afrutado. Es maravilloso.
—¡Dios, Sergio! Huélelo todo lo que quieras. Esto es increíble —le dijo abriendo las piernas.
Muy lentamente deslizó la lengua desde el perineo hasta el clítoris llenando la lengua de flujos íntimos que luego tragó entusiasmado.
Con el tercer lametazo Lucía comenzó a correrse mojando todo.
—Con razón vienen tantas mujeres aquí —le dijo cuando se recuperó del orgasmo —¿A todas las hueles?
—La verdad es que solo a ti.
—¿Y por qué a mí sí? —preguntó sorprendida.
—Siempre pensé que eras una mujer con un olor corporal delicioso.
—¿En serio?
—¿Recuerdas hace años cuando estábamos en la playa y fuimos todos a correr por la orilla?
—Claro que lo recuerdo. Cómo para olvidarlo, ¿no? Terminé echando los hígados y empapada en sudor.
—Ese día estabas a mi lado y pude olerte.
—Si. Recuerdo que me dijiste que me metiera en el agua despacio para evitar un cambio brusco de temperatura.
—Si. Pues ese día, fui consciente de tu aroma natural. Ven, vamos a la habitación.
Tumbada en la cama boca abajo, Sergio le masajeaba las nalgas con suavidad.
—¡Joder, Sergio! Tienes unas manos increíbles.
—¿Lo dices con sinceridad o lo dices por dejarme quedar bien?
—Mejor me callo —Sonrió —. Que luego no sé qué pensarás de mí.
—No te calles, ¿qué iba a pensar de ti?
—No sé… —dijo metiendo la cabeza entre los brazos estirados —. Pues claro que hablo con sinceridad, Sergio. Vas a pensar que estoy salida, pero tengo la vagina empapada otra vez con este masaje.
—De eso se trata. De qué disfrutes de mis caricias.
Lucía, ya boca arriba, gemía y movía la cabeza a un lado y a otro con la melena cobriza desparramada sobre la almohada.
Sergio, con dos dedos dentro de su coño, los movía cambiando la velocidad haciendo que ella encorvara la espalda cual arco en tensión cada vez que se corría.
—¡Dios! Me corro… Me corro otra vez, Sergio.
Sentada en la cama, Lucia intentaba asimilar lo que acaba de sentir mientras se vestía.
—Toma —le dijo Sergio ofreciéndole un vaso de agua que acababa de ir a buscar a la cocina —¿Seguro que no quieres un refresco u otra cosa?
—No, gracias —Mientras bebía, miró las sábanas empapadas —¿Las otras mujeres se llegan a correr así?
—Depende de la mujer. Algunas sí y otras no tanto.
—Pensaba que eso solo pasaba en las películas porno.
—Ya ves que no —Le sonrió y le acarició la cara al notar su reparo —. Es delicioso veros correr así.
Una vez vestida y calzada, lo miró en silencio.
—Ahora tengo que irme.
—Te acompaño hasta la puerta.
En la puerta se despidieron con dos besos.
—Ya hablamos, ¿vale?
—Cuando quieras.
Salió del piso y frenándose volvió hacia la puerta.
—Con sinceridad —le dijo al oído —. Ha sido increíble.
—¿Volverás?
Lo miró y le sonrió.
—Si me prometes dos cosas, vuelvo.
—¿Qué cosas?
—Si vuelvo, me tienes que prometer que sentiré por lo menos la mitad de lo que sentí hoy.
—Prometido ¿Y la otra cosa?
—Que me vas a volver a oler —Se ruborizó al decirlo.
—Será un placer. Prometo que te volveré a oler.
—Entonces, volveré. Eres un encanto, Sergio.
De camino a la cafetería, le contestó el mensaje a Jessica diciéndole que había quedado con su amiga al día siguiente.
No esperaba encontrar allí tan temprano a Ramón, Alfonso y Teresa.
Ramón, sentado frente a la pareja, escuchaba hablar a su amigo mientras este, con uno de los brazos sobre los hombros de su chica, parecía contarle algo interesante.
—Buenas —los saludó nervioso.
Era la primera vez que coincidía con ellos desde el suceso del parque. Intentó aparentar normalidad.
—Hola, Sergio. Siéntate, hombre —le dijo Alfonso.
—¿Rubén todavía no llegó?
—Me dijo que vendría sobre las siete ¿Qué tomas? Hoy invito yo.
Si Ramón parecía estar relativamente normal, Teresa, en cambio, parecía nerviosa y Sergio sentía que lo miraba raro.
—¿Y eso? Tu cumpleaños es en agosto, ¿no?
—Le estaba comentando ahora a Ramón que la empresa me ha ofrecido ir a México cuatro meses —dijo sonriendo—. Es mucha pasta la que voy a ganar y no podía negarme — Inclinándose, besó a su novia en la cabeza—Serán cuatro meses y a la vuelta, ya le he dicho a Teresa que nos iremos a vivir juntos, ¿verdad, cariño?
—Si —Sonrió forzadamente.
—¿Cuándo te vas?
—Dentro de quince días.
Al poco rato llegó Rubén y también le dio la noticia mientras Sergio, sentía la mirada desconfiada de Teresa.
Faltaban cinco minutos para las once cuando sonó el timbre del portal.
Al verla salir del ascensor, la vio caminando hacia él como un animalillo asustado.
—Hola, soy Catalina.
—Hola, Catalina. Yo soy Sergio —Le sonrió con dulzura intentando darle confianza.
Estuvieron un buen rato hablando. Ella parecía estar agazapada en el sofá mientras lo miraba temerosa.
La joven, de la misma edad que Jessica, fue contestando a las preguntas de Sergio. Este se fijó que, bajo las gafas de pasta, tenía unos bonitos ojos de un azul intenso que parecían brillar.
—Entonces, ¿nunca tuviste novio?
—No.
—¿Nunca te gustó un chico o cuál es el motivo?
—No sé. Si me gustó alguno, pero todos van a lo que van y nunca estuve muy segura de mí misma.
—A ver…, espera.
Se puso tensa al ver que Sergio estiraba los brazos y llevaba las manos a las gafas para quitárselas. Luego, despacio, le soltó el pelo castaño que llevaba recogido en una coleta y se lo revolvió para que cogiera volumen.
Se notaba que nunca había tenido acercamientos con chicos porque cuando le acarició la cara temblaba asustada.
—Mírame ahora.
Al mirarlo, enseguida rehuyó la mirada de Sergio, avergonzada.
—Eres muy bonita, Catalina —le dijo—. Tienes unos ojos preciosos y el pelo suelto te queda muy bien.
—Gracias.
Le enterneció la sonrisa de esa chiquilla al escucharlo. Sin duda, esa joven estaba llena de complejos.
—Me gustaría que te sintieras cómoda conmigo. Jessica te habló de mi ¿Qué te contó?
—Me dijo que usted era muy bueno y cariñoso —contestó mirando al suelo—. Que sabe acariciar muy bien y que no tuviera miedo ni vergüenza que usted me iba a comprender.
—Claro que te comprendo, Catalina ¿Qué te gustaría que pasara?
—No sé. Supongo que me acaricie y así saber que se siente al ser acariciada por alguien.
—¿Tú te acaricias cuándo estás en tu cuarto?
—Si.
—¿Y sientes orgasmos al hacerlo?
—Si.
Sus mejillas permanecían coloradas con aquellas preguntas.
—Entiendo que nunca te vio desnuda nadie, ¿verdad?
—No.
—¿Te quitarías la ropa si te lo pido?
—Vale.
Poniéndose en pie, se quitó la sudadera y la camiseta.
Le sorprendió ver que tenía más pecho de lo que se imaginaba, pero la ropa que llevaba engañaba mucho. El sujetador azul celeste se veía algo deformado por los pezones y dado que dudaba mucho que estuviera excitada, se dio cuenta que sus pezones debían de ser bastante grandes.
Nerviosa, se quitó el pantalón del chándal. Como había sucedido con la parte de arriba, le sorprendió ver que esa joven tenía un cuerpo mucho más bonito de lo que se imaginaba.
Sin las gafas, con el pelo suelto y en ropa interior, era una preciosidad de chica.
—Tienes un cuerpo precioso, Catalina.
—Gracias.
—¿Quieres quitarte algo más?
—Me da vergüenza.
—Ven. No te preocupes, cariño.
Con un gesto de la mano le pidió que se sentara en sus piernas. Ella, al sentarse, comenzó a temblar y Sergio le acarició la cara, el pelo y los brazos.
—Tranquila. No temas ¿Sabes? Aquí vienen muchas mujeres de todas las edades y algunas tienen cuerpos muy normales. Vienen gorditas, delgadas…Unas con pechos muy grandes, otras que casi no tienen pecho…
Mientras le hablaba al oído seguía acariciándole los brazos. Cuando la fue sintiendo un poco más relajada, le acarició las piernas.
—¿Y a usted le gusta acariciarlas a todas?
—Claro. El cuerpo de una mujer es hermoso sea como sea y vuestra piel es muy suave. Tú también eres muy suave. Es muy bonito para mí saber que soy el primer hombre que te está acariciando las piernas. Me siento afortunado.
Temblaba al sentir la voz tan varonil y el aliento acariciándole la oreja. Cerró los ojos.
—¿Te gusta sentir mi mano acariciando tus muslos?
—Si.
Sergio sabía la respuesta, porque mirando hacia el sujetador, vio que en este se clavaban los pezones que habían aumentado considerablemente de tamaño.
—Muy bien, Catalina. Eso es, no pienses en nada y solo disfruta del momento.
Se estremeció cuando sintió la mano acariciándole muy suavemente el cuello y el comienzo de los pechos.
—¿Nunca hiciste topless en la playa?
—¡No! Solo lo hice una vez, pero fue en casa de mis abuelos y porque estaba sola.
—¿Y te gustó hacerlo?
—Si.
—¿En la playa no lo haces por vergüenza?
—Si. Me da mucha vergüenza.
—Tienes unos pechos preciosos.
Los pezones, tiesos, parecían que iban a rasgar la tela del sujetador de un momento a otro.
—¿Sabes? Me encantan los pechos de las mujeres cuando tienen los pezones grandes.
—¿En serio? —preguntó sorprendida.
—Si. A ti te da vergüenza tenerlos tan grandes, ¿verdad?
—Si. Siempre me dio mucha vergüenza tenerlos así.
—Aquí viene una mujer que los tiene muy grandes. Y es mi preferida —le dijo pensando en Mercedes.
—¿Cómo de grandes?
—Como los tuyos. A ella le encanta que se los acaricie ¿No te gustaría que te los acariciara como a ella y saber que se siente?
—Si.
Cuando sintió los dedos colarse bajo la tela del sujetador se agarró al brazo de él con fuerza. A escasos milímetros de entrar en contacto la yema del dedo con el pezón se detuvo.
—¿Sigo bajando?
—Si.
Agitada, respiraba suspirando contra el cuello de él mientras sentía como le acariciaba el pezón.
Ni siquiera se dio cuenta cuando le había desabrochado el sujetador, y no protestó cuando sintió que se lo estaba retirando. Era la primera vez que alguien le miraba las tetas, pero las sensaciones que estaba sintiendo eran maravillosas.
Gimió al sentir como el pezón era atrapado entre los labios de ese hombre. Sin poder evitarlo, abrió las piernas cuando sintió la mano rozarle las bragas.
El placer que estaba sintiendo en los pechos, se multiplicó por mil cuando la mano se coló por dentro de sus braguitas y le acarició el coño.
El orgasmo fue intenso, largo. Como si se hubiera abierto un grifo en la vagina, sintió sus muslos empaparse mientras gemía abrazada a él entre temblores.
Al no cesar los temblores, la cogió en brazos y la llevó al dormitorio donde la tumbó en la cama.
Sergio se echó a su lado y ella lo abrazó agradecida por lo mucho que significaba para ella lo que había sentido.
—Jessica tenía razón —le dijo ella.
—¿En qué tenía razón?
—Que usted es muy bueno y cariñoso. Y qué sabe acariciar muy bien.
—¡Vaya! Me halagas con tus palabras.
Le enternecía demasiado esa joven. Era cariñosa, tierna y su voz tan dulce era un regalo para sus oídos. Verla sonreír le hacía feliz y pensaba que bien había merecido la pena tener tanta paciencia con ella.
—¿De verdad hay una mujer que viene aquí y también los tiene muy grandes? ¿O me lo dijo para que no sintiera vergüenza?
—Es la verdad.
—¿Y es su preferida?
—Si. Es delicioso acariciar unos pezones como los vuestros. Me excita mucho cuando lo hago.
—¿Ahora está excitado?
—Un poco, cielo ¿Por qué?
Con timidez, agarró la mano de Sergio y la llevó a sus pechos de nuevo.
Se los estaba acariciando, cuando sintió la mano temblorosa apoyarse sobre el bulto del pantalón.
—¿Quieres verla?
—Si.
Levantando el culo del colchón, de un tirón arrastró el chándal y el bóxer hasta las rodillas.
Catalina, ante la visión de la primera polla de su vida, abrió los ojos como platos y suspiró al sentir de nuevo la mano acariciándole los pechos.
De nuevo sintió los pechos siendo besados y acariciados por la suave lengua.
Un suspiró de Sergio se unió a los gemiditos de ella cuando la pequeña mano se apoyó sobre su polla. Una mano curiosa que no tardó en rodear con los dedos el tronco hinchado y el tacto le agradó.
—Está muy dura —dijo ella cerrando los dedos—. Y está muy caliente.
—¿Te gusta?
—Si. Es muy suave —contestó sin poder dejar de mirar como del agujero del glande se derramaban gotas transparentes que le mojaban sus dedos.
—¿Sabes cómo se masturba a un hombre?
—Lo vi en internet —al responderle, comenzó a mover la mano arriba y abajo despacio—¿Así?
—¡Joder!
Aquellos cambios de ritmo de la velocidad de la mano lo estaban volviendo loco. Catalina, fascinada, llevaba la mirada de la polla a la cara de él y le encantaba ver el rostro varonil desencajado por lo que le estaba haciendo.
Sentía que aquello era demasiado excitante y como su vagina se estaba empapando de nuevo.
—Tóqueme abajo otra vez, por favor —le dijo abriendo las piernas.
Aprovechando ese momento de excitación le bajó las bragas con rapidez y por primera vez le vio el coño. Un coño precioso que estaba encharcado y pedía a gritos sus atenciones.
Gimieron juntos mientras se masturbaban uno al otro.
—Me gusta mucho todo esto.
—Y a mí, pequeña.
Al sentir aquellos dedos masturbarla y que se iba a correr, movió la mano más rápido.
Sus cuerpos, sincronizados en ese momento en el placer, comenzaron a temblar y el orgasmo los sacudió a la vez, mojándose las manos uno al otro en una eyaculación abundante que los dejó sorprendidos.
Se miraba la mano llena de semen y le sonrió. Su rostro irradiaba felicidad y Sergio se preguntaba si su alegría era por el orgasmo que acaba de sentir o era por haber hecho correrse a un hombre por primera vez.
—Toma, límpiate —le dijo ofreciéndole unos pañuelos de papel.
—Me gusta tener la mano así —Se miraba la mano llena de semen.
Sergio vio como acercaba la mano a la cara y la olía con timidez.
El olor del semen era extraño, pero Catalina sintió que le gustaba. Muchas veces, cuando se masturbaba a solas en su cuarto, se preguntaba cómo sería el sabor del semen y ahora, con la mano empapada, deseó probarlo, pero la vergüenza se lo impedía.
Al verla, Sergio entendió lo que le pasaba por la cabeza y no dudó en imitarla llevando la mano llena de flujos a la cara. Catalina lo vio oliéndose la mano y vio cómo se chupaba los dedos con el sabor de su vagina. Nerviosa, abrió la boca y chupó los suyos con el sabor a polla y limpió el semen de ellos.
Cada gota de flujo derramado por la vagina desapareció en su garganta y le mostró la mano limpia de todo resto femenino.
Sonrieron cuando Catalina le mostró su mano también limpia. El semen, ahora también había desaparecido en la garganta de ella.
Se vistió despacio como si no quisiera dar por terminado aquel primer encuentro íntimo con un hombre.
Ya vestida, se puso las gafas y se recogió el pelo.
A Sergio le sorprendió cómo podía cambiar tanto. Ahora era una joven que podría pasar totalmente desapercibida. La imaginó en la universidad siendo invisible para los chicos en medio de tantas chicas que se arreglan mucho para ir a estudiar. Si esos compañeros la vieran hacía unos instantes en la cama desnuda y lo bonita que era, ella sería la elegida entre todas.
—Me tengo que ir. Mi madre me espera para comer.
—Claro, cielo —le acarició la cara —¿Te gustaría volver?
—Si, pero tengo que ahorrar —le dijo abriendo la mochila y sacando una cartera.
—¿Qué vas a hacer?
—Pagarle.
—No me tienes que pagar nada, cariño. Eres amiga de Jessica y las amigas de mis amigas no pagan. Además… —La abrazó —…, ha sido delicioso todo esto contigo.
—Gracias —Poniéndose de puntillas le dio un beso en los labios —. Hoy, gracias a usted, es el día más feliz de mi vida.
—Me alegro que sea así. Eres adorable, Catalina. Anda, vete o llegarás tarde.
No pudo evitar darle una pequeña palmada en el culo, cosa que hizo sonreír a la joven.
—Vuelve, por favor.
—Vale.
Desde la puerta, esperó a que llegara el ascensor para verla marchar y ella lo miró varias veces sonriente y llena de alegría.
A Anselmo le sorprendió ver a esa chica entrar en la cafetería a esa hora del mediodía, ya que normalmente solía ir a media tarde o por la noche con su grupo de amigos y su novio.
Se fijó en sus piernas mientras caminaba hacia la barra. Sabía que normalmente usaba minifaldas, pero aquella que llevaba era muy ajustada y estaba al límite de mostrar las bragas.
—Buenas tardes, señorita.
—¿Me pone un café con leche? —pidió bastante sería.
No había cosa que a ese hombre le jodiera más que la gente que no saludaba al entrar, y esa chica, por muy buena que estuviera, siempre hacia lo mismo y le parecía una pija prepotente.
Se acercó a ella y poniendo el café en la barra. La miró intentando aguantar las ganas de decirle algo ahora que no había nadie en la cafetería.
Teresa, distraída con el móvil, ni cuenta se daba de su presencia.
—¿A ti no te enseñaron modales en casa?
—¿Qué? —Lo miró.
—Lo que escuchaste —La miró desafiante a los ojos—. Si no te han enseñado modales en casa.
—Pero usted, ¿de qué va?
—Cuando se llega a un sitio hay que saludar. Eso es lo que hace la gente educada.
—Mire, déjeme en paz.
Acercándose el café, abrió el azucarillo, lo echó al café y comenzó a removerlo.
—Qué pasa, ¿has vuelto a discutir con tu novio? ¿Es eso?
—A usted no le importa mi vida ¿Quiere qué le cuente a mi novio esto y dejemos de venir?
—No quiero que dejes de venir. Estás muy buena y es una alegría para los ojos ver esas piernas.
Con descaro le miró las piernas cruzadas.
—Se lo contaré a mi novio.
Anselmo salió de la barra y apoyándose en el taburete que estaba pegado al de ella, volvió a mirarle las piernas.
—Pero si le cuentas, cuéntaselo todo ¿De acuerdo?
—¿Contarle todo?
—Se nota que vas pidiendo polla a gritos. El inútil de tu novio, o es tonto, o hace que no se entera ¿Te crees que no me di cuenta de cómo le enseñabas las bragas el otro día a vuestro amigo? ¿Cómo se llama? ¿Ramón?
Teresa, nerviosa, lo miraba avergonzada al sentirse descubierta.
—Desde la barra nos damos cuenta de todo. Somos un poco psicólogos los que tenemos que trabajar en un negocio como este. Me jugaría las dos manos a que el chulo de tu novio te tiene mal follada, ¿me equivoco?
—Con mi novio estoy muy bien —le dijo intimidada.
—Estás muy bien porque te da todos los caprichos. Pero eso no significa que te tenga bien follada —Inclinándose, apoyó las manos en su muslo desnudo —¿En el parque te folló su amigo?
—¿En el parque? —preguntó asustada.
—Ese mismo día…, sí. Cuando le enseñaste las bragas a ese tal Ramón. Os vi meteros en la oscuridad del parque y vi cómo lo abrazabas.
Sin saber qué decir, lo miró nerviosa.
—No le diga nada a mi novio, por favor. No estamos pasando buena racha y en unos días se marcha a México.
—Eso también lo sé —Le dijo acariciándole el muslo —. Cuatro meses.
—Si —dijo mirando las peludas manos sobándole la pierna.
—¿Ves cómo desde aquí me entero de todo? Venga, descruza las piernas y así me pensaré lo de guardarme para mí todo lo que sé.
Asustada, descruzó las piernas y vio como ese hombre miraba hacia la puerta, seguramente para asegurarse de que no entraba nadie.
—Buena chica. Así mejor. Veo que nos empezamos a llevar bien.
Con una mano en cada rodilla, de un tirón le abrió las piernas haciendo que la minifalda resbalara por ellas y sus bragas quedaron a la vista.
—Yo, como ese chico, también tengo derecho a mirártelas ¡Joder! Como se te marca el coño en las bragas.
Incorporándose y poniéndose de pie, se pegó a ella y le plantó la mano abierta sobre la prenda íntima.