Capítulo 4
—No, por favor.
—Chsssss… —la mandó callar —. Te arde el coño, nena ¿Quieres que te guarde el secreto?
—Si, por favor.
—Pues esta noche vas a venir aquí cuando cierre —le dijo al oído —. Y ya veremos si te ganas mi silencio.
Al apartar la mano de las bragas, se miró los dedos y estos estaban mojados. Teresa se sonrojó al darse cuenta que tenía el coño empapado.
—Estás empapada. Creo que estás muy acostumbrada a que te den todo siempre por tu cara bonita. Conmigo vas de culo si te piensas que haré lo que quieras sin nada a cambio.
Abrumada por lo que estaba pasando, se colocó la minifalda y levantándose huyó a la carrera hacia la puerta.
—Recuerda. Esta noche a las doce aquí.
A pesar de la insistencia de su chico por ir a la cafetería esa tarde, Teresa consiguió hacerlo cambiar de idea diciéndole que podían ir solos a otro sitio y tomar algo tranquilos.
Desde lo ocurrido al mediodía no conseguía quitarse de la cabeza la sensación de la mano del dueño de la cafetería entre sus piernas y maldijo la sensibilidad de su coño que, a pesar de rogarle mentalmente que no reaccionara, este se había mojado con aquel contacto.
Se sentía culpable de haber caído como una tonta en la tentación de provocar a Ramón aquella tarde. Ni tan siquiera lo había disfrutado como se esperaba al haberse corrido este al poco de hacerle una mamada.
Siempre había imaginado que si una mujer como Lucía, que, aunque le caía mal tenía que reconocer que era una mujer guapísima, estaba con él, sería porque en la cama era un buen amante. Aquella maldita tarde había comprobado que estaba confundida.
Ahora, por culpa de aquello, no sabía qué hacer al sentirse atrapada en sus mentiras.
—Hoy, el señor Anselmo, nos echará de menos —le dijo Alfonso mientras tomaban algo.
—¿Y eso? —preguntó nerviosa al escuchar su nombre.
—Supongo que le caemos bien, porque siempre que no vamos, pregunta a los del grupo por nosotros. Mañana iremos, que hay partido de fútbol y estos cuatro días que me quedan antes de irme, me gustaría estar con estos.
—Pues a mi ese hombre me cae fatal. No soporto como me mira y tiene pinta de guarro. Ya que tiene una cafetería y trabaja de cara al público, debería cuidar más su aspecto.
—La verdad es que se descuidó mucho desde que quedó viudo. Aunque ya me gustaría a mí tener su energía cuando llegue a los sesenta años —La miró y le acarició la pierna—. Que te mire es normal, cariño ¿Quién no te mira con lo buena que estás? Y él, debe andar salido como un burro —Se rio.
—Como sois los hombres, joder —Le apartó la mano —. Parecemos un trozo de carne para vosotros.
—Ey, ¿qué te pasa? —preguntó sorprendido por su cambio de humor.
—Nada —Miró nerviosa la hora —. Mejor no me hables de ese hombre.
A las diez, Alfonso la dejó en casa.
Sentada en el sofá, cada minuto que pasaba se sentía más nerviosa.
A las once y media estuvo a punto de llamar a la cafetería, mandarlo a la mierda y dejar en manos de ese hombre el destino de su relación. También pensó en llamarlo para rogarle que no le dijera nada a Alfonso y jurarle que no volvería a hacer ninguna tontería con Ramón ni con ningún otro chico. Pero sabía perfectamente que ese señor era como un tiburón que, en el momento que huele la sangre, nada lo detiene para atacar a su presa. Y en este caso, la presa era ella y nada lo detendría hasta conseguirla.
En una situación normal, Teresa se hubiera dado una ducha, pero no estaba dispuesta a arreglarse para ese cerdo.
Al abrir la puerta de la cafetería, lo vio al fondo del pasillo apagando la máquina del tabaco y la tragaperras.
Al escuchar la puerta Anselmo se giró y sonrió al verla.
Lo vio acercarse, y al pasar por su lado, le dio un cachete suave en el culo.
—Te esperaba —le dijo pasando de largo —. Voy a cerrar la verja.
Al escuchar el sonido de esta bajarse, supo que no tenía escapatoria y comenzó a temblar.
—Ven conmigo —le dijo —. Pisa por un lado que acabo de fregar.
Lo siguió como una autómata. Lo vio girarse mirándola enfurecido.
—Pero, ¿no me has escuchado que pises por un lado? Cuando salgas fregarás de nuevo.
—Perdón —le dijo asustada al verlo furioso.
Entrando en la cocina detrás de él, vio que abría una puerta al fondo y desaparecía por ella.
La puerta daba a una estancia donde todo estaba desordenado. Pegado a la pared de la derecha había un camastro con la ropa revuelta.
—A veces, si tengo que abrir temprano, ya me quedo a dormir aquí —le dijo al verla sorprendida mirando hacia la cama.
Al sentarse en la cama los muelles chirriaron al ceder por el peso de Anselmo.
—Anda, Ven aquí. No te quedes ahí parada.
Lentamente se acercó adonde estaba él.
Al llegar a su lado, de un tirón le bajó la minifalda.
—Quítate esto, joder. Me gusta verte en minifalda, pero eso cuando vienes con tu novio. Ahora estamos solos.
De pie, inmóvil, sintió las manos de ese hombre recorrerle con ansia las piernas y las nalgas
—Mira que estás buena, cabrona. La de veces que me tengo pajeado pensando en ti. Y ahora, por fin puedo tocarte de verdad. Qué culo tienes, ¡madre mía! —Girándola, le manoseó y apretó las nalgas —. Esto es un culo en condiciones.
La gorda mano impactó sobre su nalga derecha y ella se echó hacia adelante intentando separarse.
—¿Adónde vas, zorrita? ¿Acaso tu novio no te da azotitos en él?
—Mi novio me trata bien.
—Lo que tú necesitas es un hombre que te de caña —Le dio un cachete en la otra nalga —. Ese pijo creído te tiene muy mal acostumbrada. Y por eso estás tan necesitada de polla, nena.
Aquellos cachetes en las nalgas, aquella manera de hablarle a la que no estaba acostumbrada y que le mandara desnudarse para verla en pelotas, fue demasiado humillante. Mientras se quitaba las bragas, las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.
Anselmo la miraba desnuda.
—Abre las piernas y enséñame tu coñito de niña pija.
Teresa abrió las piernas y sintió la mirada en su coño.
—Ábrelo bien. Acércate y enséñamelo.
Dio dos pasos al frente y se abrió el coño. Jamás nadie le había mirado su zona íntima con tanta atención.
—Acércalo a mi boca.
Se esperaba un lametón, una soez chupada de los labios vaginales, cualquier cosa, menos ese cálido y tierno beso en el coño.
—¿Por qué lloras?
—Esto es demasiado humillante, Anselmo
Agarrándola del brazo, la hizo sentarse sobre sus piernas y la abrazó poniéndole la cara sobre su pecho peludo que asomaba bajo la camisa desabrochada.
—No estás acostumbrada a que te traten con dureza. Estoy seguro que siempre te han dado todo hecho y ni siquiera tus padres te han reñido nunca. Eres hija única, ¿verdad?
—Si.
—Y con lo guapa que eres, seguro que siempre has tenido a los chicos a tus pies y hacían todo lo que querías, ¿a qué sí?
—Si.
—Por eso no estás acostumbrada a esto. Cuando te decía que necesitas que te den caña no lo decía por decir. Estoy seguro que lloras por sentir que ser tratada así te está generando sensaciones desconocidas y te da vergüenza, ¿verdad? Abre las piernas.
Acurrucada contra su pecho, separó las piernas y sintió los gruesos dedos deslizarse entre ellos.
—Mira —le dijo mostrándoselos —¿Ves? Te han excitado esas sensaciones desconocidas. Y lloras por la vergüenza que te da sentir como algo así te puede excitar.
—Si. No entiendo porque me pasó eso.
—Ahora te vas a vestir y te irás a casa a descansar. Mañana es otro día.
—¿Qué? —Lo miró sorprendida pensando que había escuchado mal.
—Vístete. Mañana será otro día.
—¿No quiere que me quede?
—¿No me escuchas lo que te digo?
Avergonzada, sintió que la apartaba y se vistió ante la atenta mirada de él. Lo hizo despacio y evitando mirarlo.
—Pensé que me quería follar.
—Ahora mismo estás cachonda. Podría follarte si quisiera y gozarías como una cerda. Pero no me gusta obligar a nadie a follar conmigo y tú no estás preparada para eso. Sé lo que necesitas y solo quería que conocieras esas sensaciones desconocidas.
Desconcertada se puso la minifalda y metió la camiseta por dentro.
—Antes de irte, recuerda que tienes que fregar por donde pisaste ¿Vale?
—Vale.
Mientras fregaba, lo miraba sin entender que le estaba pasando. Jamás un hombre la había tenido en sus brazos desnuda pudiendo follarla y sentía que Anselmo la había rechazado.
La humillación había sido doble.
—Ya está fregado.
—Muy bien. Ahora vete a casa.
Teresa, desnuda en su cama, se masturbó recordando lo sucedido; las palmadas en el culo, su forma de tratarla, el tacto del peludo pecho en su cara, aquel tierno beso en el coño.
Se corrió imaginando que Anselmo la masturbaba mientras estaba sentada en sus piernas.
Abrazada a Sergio, Mercedes lo miraba mientras le acariciaba el pecho.
Acababan de follar por segunda vez desde que había llegado y estaba pensativa.
—¿Crees que es bueno que esté viniendo tan a menudo últimamente?
—A mí me gusta que vengas ¿Por qué lo preguntas?
—Llevaba seis años sin tener sexo con un hombre y ahora parece que no puedo estar más de dos días sin tenerlo.
—¿Y eso te asusta?
—Un poco. No quiero engancharme a ti. Con tu trabajo conoces a muchas mujeres y quizás te enamores de alguna algún día.
—¿Crees que alguna mujer se enamoraría de mi sabiendo a lo que me dedico?
—¿Y por qué no? Si confía en ti, sería una tontería perderse la oportunidad de amar por pensar en lo que haces.
—¿Tú lo harías?
—Si se diera el caso, claro que sí. Aunque la curiosidad me superaría y no podría evitar preguntarte —Sonrió—. Muchas veces me pregunto cómo será la situación de esas mujeres que vienen en busca de tu ayuda ¿Ellas te cuentan?
—Algunas sí, otras prefieren guardar discreción. Hay mujeres con las que no cruzo una sola palabra en toda la sesión. Uno se da cuenta de cuando necesitan hablar o prefieren estar en absoluto silencio.
—Tengo una curiosidad.
—Dime.
—¿Cuántos años tenía, o tiene, la mujer más mayor que ha venido?
—Pues por increíble que pueda parecer, tenía, y lo digo en pasado porque hace como tres meses que no viene, ochenta y dos años.
—¿En serio? —Lo miró sorprendida.
—Me contó que se había quedado viuda hacía tres meses y extrañaba las caricias de su difunto marido.
—Y a esa edad, ¿todavía tenía ganas de sexo? ¿Su cuerpo reaccionaba?
—¿Si reaccionaba? Tenías que ver los orgasmos que tenía. Me resultaba muy enternecedor verla sentir de esa manera. Al principio venía una vez al mes y luego cada dos meses. Supongo que ya se habrá acostumbrado a la ausencia de su esposo y ya no me necesita.
—¿Y la más joven?
—Diecinueve.
—¿Y tan joven y ya necesitaba venir aquí?
Sergio le contó de Jessica y lo que le pasaba con su novio.
—Es muy gratificante cuando sabes que estás haciendo sentir un orgasmo a una mujer por primera vez en su vida.
—Ya. Me imagino que sí. Conociéndote, se ve que eres una persona que le gusta ayudar a la gente.
—Hoy, precisamente, vino por la mañana una amiga de esa chica de su misma edad. Creo que fue de las veces que más ternura me dio al atender a alguien.
—¿Y eso?
Le contó la historia de Catalina. De su timidez, de sus complejos e inseguridades.
—Precisamente le hablé de ti como ayuda para que superara su complejo.
—¿De mí?
—Si. Su mayor complejo era el tamaño de sus pezones.
—Ah, vaya. La comprendo. A mí también me costó superar ese complejo. Ojalá cuando tenía la edad de esa chica tuviera yo a alguien que me pudiera ayudar ¿Y se puede saber que le dijiste de mí?
—Que aquí venía una mujer que los tenía como ella de grandes y me encantaba. Es más, le dije que eras mi preferida ¿Sabes? Me gustaría que te conociera, creo que le ayudaría a superar sus complejos.
—Ah, ¿sí? ¿Soy tu preferida?
—Pues sí.
—Creo que te has ganado un premio.
Pasando una pierna por encima de él, se sentó en su estómago e inclinándose le acarició la cara con los pechos. Sergio intentó atrapar uno de los pezones con los labios y ella se apartó un poco, haciendo que él levantara la cabeza siguiendo el pecho.
—No, no… La boquita quieta o no te doy el premio.
Resignado, volvió a apoyar la cabeza en la almohada y ella volvió a acariciarle la cara con los pezones cada vez más duros. Ojos, nariz, mejillas y labios, sintieron la caricia de esos pezones haciendo que Sergio suspirara de placer y deseo al sentirlos.
—Me encanta cómo te gustan mis tetas y en especial mis pezones. Uf, como se te puso de dura, cielo —le dijo sintiendo la dureza en sus nalgas —. Abre los labios.
Agarrándose las tetas, fue metiéndole los pezones alternativamente en la boca.
—Así, Sergio. Mámalos bien que me encanta.
En venganza por hacerlo sufrir antes, Sergio se los mordisqueo. Enseguida sintió como el coño le mojaba el estómago.
—¡Joder, que malo eres! Muérdelos sin miedo. Me pone muy cachonda. Si, tira de ellos con los dientes.
Comenzó a correrse frotándose contra el estómago.
—Necesito follarte.
Lo cabalgó entre gritos y gemidos mientras él le pellizcaba los pezones. Se besaron en la boca mientras se corrían juntos.
Esa noche fue la primera vez que se quedó a dormir en su casa y les encantó despertar abrazados y empezar el día follando.
Teresa no lograba sacarse de la cabeza a Anselmo y lo que había sentido.
Durante la jornada de trabajo en la asesoría, apenas podía concentrarse y a pesar de la vergüenza, decidió ir de nuevo a tomar el café a esa cafetería.
Entró nerviosa y él, al verla, sonrió disimuladamente.
—Buenas tardes, señorita.
—Buenas tardes.
Desde la cafetera la vio caminar hacia la barra y sentarse en el mismo taburete que el día anterior.
—¿Un café como ayer?
—Si, por favor.
Al ponérselo se quedó mirándola y ella lo miró sonrojada.
—¿Ves cómo cuando quieres puedes ser educada? ¿Te costó algo dar las buenas tardes? No, ¿verdad?
—No.
—Dudaba que volvieras a venir —le dijo serio —. Pero veo que eres una chica lista, valiente y no huyes como una cobarde.
—No soy ninguna cobarde.
Como el día anterior, salió de la barra y apoyó el culo en el taburete que estaba frente a ella.
—¿No es demasiado larga esa falda?
—No voy a ir siempre a trabajar en minifalda.
Llevaba una falda larga floja de color blanco con flores azules y le quedaba muy bien con la camiseta azul que llevaba.
—Estás guapa, no te lo voy a negar. Pero me gusta ver tus piernas.
No hizo nada cuando Anselmo estiró los brazos y le fue subiendo la falda hasta recogerla hasta la mitad de los muslos.
—Así mucho mejor. Se me hacía raro no poder ver esos muslos que tienes ¿Ayer fuiste para casa al salir de aquí?
—Si, claro ¿Adónde iba a ir?
—Estabas cachonda perdida. Pensé que podrías haber ido a casa de tu novio. Dime, ¿por qué has venido hoy aquí después de lo que te hice ayer?
—Ni siquiera yo lo sé.
—Claro que lo sabes ¿Quieres que te lo diga yo? Has venido en busca de sensaciones. Mi presencia y mi forma de tratarte te intimida. Y sientes que eso te pone cachonda.
Sabía que lo que le decía era verdad. Era inexplicable que ese hombre pudiera hacerle sentir esas cosas, pero no podía evitarlo.
—¿De qué color llevas las bragas hoy? Espera, mejor no me lo digas. Prefiero verlas directamente.
Con la mano derecha, le levantó la falda y miró debajo de la prenda.
—Descruza las piernas.
Era incapaz de negarle nada. Lo que sentía siendo mirada por ese señor le provocaba una sensación que nunca había sentido y las descruzó.
—Ábrelas que quiero ver una cosa.
Asustada de que pudiera entrar alguien, miró hacia la puerta y las separó.
—Lo sabía. Tienes las bragas mojadas —Se rio.
Aquella carcajada le hizo sentir de nuevo humillada y se sonrojó.
—Ya está —dijo ella cerrando las piernas.
—¿Cómo que ya está? En tu casa y con tu novio, harás lo que quieras, pero aquí mando yo, ¿entendido?
Agarrándole por la barbilla, le hizo girar la cara para que lo mirara.
—¿Entendido?
—S… Si—dijo costándole responder.
—Haz lo que te pedí. Ábrelas de nuevo.
Al volver a abrir las piernas, Anselmo vio que la mancha de humedad de la prenda íntima era mucho más grande.
—Dime… Ayer te pajeaste el coñito al llegar a casa, ¿verdad?
—Si —le costaba mantener la mirada en la de él.
—¿Por qué lo hiciste?
—Porque estaba cachonda.
—¿Qué pensabas mientras te pajeabas este coñito? —le preguntó al oído.
Al preguntárselo, como el día anterior, le puso la mano encima de las bragas y Teresa se estremeció.
—Dime la verdad, que como me entere que mientes, te piras de aquí y no te quiero volver a ver delante de mí nunca más.
—Pen…, pensaba en las sensaciones que me hizo sentir. En las palmadas que me dio en las nalgas…
—Cuéntamelo todo ¿Qué más pensabas?
—En su forma de tratarme. En lo que sentía con la cara en su pecho.
—Sigue. Mira.
Girando la mano que tenía sobre las bragas, le mostró la palma y estaba totalmente mojada. Al verla, Teresa se creyó morir de la vergüenza y cerró los ojos.
—Mírame y sígueme contando.
Abrió los ojos. Aquel hombre era feliz humillándola y sonreía.
Reprimió un gemido al sentir que volvía a agarrarle el coño.
—Pensaba en el beso que me dio en el…
—¿El beso que te di dónde?
—En el coño.
—¿Qué más pensabas?
—Pensaba que me masturbaba usted.
—¿Te corriste pensando que te pajeaba yo?
—Si.
—Mírame. No cierres los ojos. Dime…, ¿deseabas que te masturbara cuando te toqué el coño?
—Si.
—¿Y ahora? ¿Deseas que te pajee? Estás muy cachonda como ayer.
—Si.
Con un movimiento rápido, metió la mano por dentro de las bragas y los gordos dedos le tocaron el coño encharcado.
—Creo que te has ganado que te pajee por tu sinceridad.
Comenzó a masturbarla con habilidad y se agarró a él con fuerza.
—¡Dios! —exclamó temblando.
Mirando hacia la puerta, aumentó el ritmo de los dedos y, en pocos segundos, tuvo que sujetarla con la mano libre para que no se cayera del taburete cuando comenzó a correrse entre tímidos gemidos.
—Eso es. Menuda forma de correrse tiene la niña pija —dijo mirando como estaba mojando el suelo —. No dejes de mirarme.
Cuando dejó de correrse, quitó la mano de dentro de las bragas y se apartó de ella. Teresa se tuvo que apoyar en la barra al sentir el temblor de sus piernas.
Lo vio ir hacia dentro de la barra y salió con un paño en la mano.
Se agachó donde estaba ella y limpió el charco del suelo.
—Deberías limpiarlo tú. Hoy pasa porque no quiero que te caigas, pero no te acostumbres.
Teresa lo miraba sin saber que decir. El orgasmo que acababa de tener había sido inexplicable. Solo le había tocado unos segundos y entendió que ese orgasmo se había ido fraguando poco a poco desde que había entrado por la puerta. Los dedos manoseándole el coño y el clítoris, solo había sido el detonante para liberar toda la excitación acumulada.
—Esta noche, ¿vendrás a ayudarme a fregar?
Le extrañó esa pregunta y lo miró.
—¿Ayudarle a fregar?
—Si. Así termino antes y podré dormir más horas. Creo que te vendría bien poner los pies en la tierra y que sepas lo que es trabajar un poco.
—No sé si vendré por la tarde con mi novio. Luego me querrá llevar para casa.
—Pues que te lleve y luego te vienes.
En ese momento, entraron dos obreros a la cafetería y los miraron.
—Un segundo —les dijo levantando la voz —. Ahora os sirvo los cafés.
—Bájate la falda. Van a pensar que eres una cualquiera buscando polla —Sonrió —. Si vienes esta noche y curras como es debido, quizás pueda darte unos azotitos en ese culo duro que tienes o incluso te dé algún besito en el coño que sé que te encantó el que te di ayer. Trae minifalda —le dijo al oído y se fue adentro de la barra.
Para disimular un poco delante de esos hombres, espero cinco minutos y se levantó para irse.
—Hasta luego —le dijo a Anselmo que estaba hablando con ellos.
—Hasta luego, Teresa —le dijo él.
Al pasar por delante de ellos, sintió que la miraban de arriba abajo.
—¿Y esa?
—Es una clienta habitual. Una pija de cuidado. Siempre viene con su novio, otro pijo de mierda. Parecen los Beckham esos del futbol —dijo sonriendo.
—Pues menudo polvo tiene la pija, ¡joder!
—Esos seguro que ni follan para no despeinarse y no sudar —dijo Anselmo llevando la mano a la cara oliendo el aroma del coño que acababa de manosear a gusto.
Capítulo 5
Alfonso le dijo de ir hasta la cafetería y esta vez no podía negarse. Teresa sabía que había partido de fútbol de su equipo favorito y que su novio había quedado con los amigos para verlo. Intentó demorar lo máximo posible el momento de bajar. Antes de hacerlo, se había dado una ducha y se había puesto una minifalda vaquera y una camiseta roja que le realzaba mucho los pechos.
Alfonso la esperaba en el coche y, al subir, sonrió intentando aparentar normalidad.
—Hola, mi amor.
—Hola, cariño.
—Vamos, que llegamos justos —le dijo su novio mirando el reloj del salpicadero.
La cafetería estaba bastante llena y todos la miraron al pasar hacia el fondo, donde tenían la mesa de siempre reservada. Ya estaban todos allí mirando hacia la pantalla gigante.
—Llegáis por los pelos —les dijo Rubén—. Sentaos, que no dejáis ver. Teresa, tú ponte en esa silla, que total no ves el fútbol, ¿vale? Es que está muy lleno esto hoy.
Al sentarse de cara a la barra, vio que Anselmo la miraba desde la puerta de la cocina y sonreía mirándole las piernas.
—¿Qué os pongo? —preguntó sin acercarse.
—Anselmo, a mí una cerveza —le dijo Alfonso—. Tú, cariño, ¿qué quieres?
—Un zumo de naranja.
—Tráele un zumo de naranja a mi novia.
Al cabo de un rato, Anselmo les llevó las bebidas.
—Aquí tenéis.
—Pensé que te habías olvidado —le dijo Alfonso.
—¿No ves cómo está esto hoy? Solo tengo dos manos.
—Perdona, solo era un comentario. No quería molestarte. Ya sé que está muy lleno esto.
Anselmo volvió tras la barra y, aprovechando que tanto su novio como sus amigos estaban dándole la espalda viendo el fútbol, miraba con descaro hacia Teresa.
—Parece que está de mala hostia hoy —les dijo Alfonso a los amigos—. Si sabe que va a tener la cafetería llena, que contrate gente, ¿no?
—Hoy, entre recoger todo, fregar y unas cosas y otras, este no sale de aquí ni a las tres de la mañana —dijo Sergio.
—Hoy le tocará dormir aquí. Para eso tiene el cuartucho de atrás, ¿no? —dijo Ramón.
—¿Qué cuartucho? —preguntó extrañado Alfonso.
—Ah, ¿no lo sabíais? Un día me lo comentó y yo pensaba que estaba de broma, pero me enseñó que detrás de la cocina hay un cuarto pequeño.
—¿En serio?
—Que sí, que sí… Ya sabéis cómo es. Me dijo que era para días que terminaba tarde y así poder dormir un poco más.
—Este Anselmo es la hostia —dijo Alfonso riéndose—. Con la pinta de guarro que tiene, seguro que se trae a las putitas aquí. ¿Escuchaste, cariño?
—Sí. Estaba escuchando.
Sergio y Rubén la miraban; parecía muy nerviosa. El primero se imaginaba que era por estar con Ramón y Alfonso juntos después de lo del parque.
—Teresa, ¿estás bien? Tienes mala cara —le dijo Rubén.
—Sí, estoy bien —contestó ella levantando la vista del móvil.
—Está nerviosa porque ya está cerca el día de marcharme a México.
—El lunes marchas, ¿no?
—Sí.
En el descanso del partido, todos aprovecharon para ir al baño y Anselmo aprovechó para acercarse a la mesa con la excusa de recoger las botellas vacías.
—Llevo media hora esperando a que me muestres las bragas.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste.
—Pero si está mi novio aquí.
—Tu novio no se entera de nada. ¿No ves que ni te presta atención, que está embobado mirando el partido? Yo no sé ni cómo van, ¡eh! Y mira que me gusta el fútbol, pero me gustan más tus piernas. Anda, no seas mala, ¿vale? Que llevo un día de perros. Lo único bueno del día fue cuando viniste al mediodía.
—Anselmo, esto es una locura.
—Locura es mirarte y no poder acariciarte el coño como al mediodía. Anda, sé buena y luego te compensaré.
Yendo hacia la barra, la dejó con la palabra en la boca.
La segunda parte del partido había comenzado y Anselmo seguía mirando a Teresa y a sus piernas cruzadas. Ella parecía distraída con el teléfono cuando el dueño de la cafetería vio con nerviosismo que la joven descruzaba las piernas. Levantando la mirada de la pantalla, miró a sus amigos y a su novio y se dio cuenta de que Anselmo tenía razón: Alfonso estaba embobado mirando el partido.
Miró alrededor y, en realidad, todo el mundo parecía hipnotizado por la pantalla gigante. Miró a Anselmo y él era el único que no miraba hacia donde todos. Aquel hombre también estaba embobado, pero mirándole las piernas. Era invisible para toda aquella gente menos para él, y se sintió halagada. Llevaba casi una hora esperando verle las bragas y quizás merecía que fuera agradecida con él.
Lentamente, separó las piernas. La sonrisa triunfal de Anselmo le hizo entender que estaba viéndole las braguitas verdes que se había puesto un par de horas antes pensando en si le gustarían. Sintió que comenzaba a mojarse. Su coñito también estaba contento de que se hubiera atrevido a abrir las piernas y que ese hombre, que lo había hecho correrse como nunca, pudiera verlo a través de la tela transparente. Sentía la imperiosa necesidad de tocarse y calmar la excitación.
—Voy al baño —les dijo sin que nadie le prestara atención.
Al pasar cerca de la barra, Anselmo fue hacia ella.
—Ni se te ocurra hacerlo —le dijo al adivinar sus intenciones.
—Por favor —lo miró nerviosa.
—¿Tan cachonda estás?
—Sí. Necesito hacerlo.
—Te dejo hacerlo con una condición.
—¿Cuál?
—Te dejo que te masturbes si lo haces con las bragas puestas y al salir me las das. Eso o nada. De ti depende si quieres seguir con tus sensaciones.
Cuando se corrió encerrada en el baño, empapó las bragas. Lentamente, se las quitó. Al pasar por la barra, el silencio de la cafetería era sorprendente. Miró hacia la pantalla gigante y vio que el equipo de su novio iba a tirar un penalti. Se detuvo delante de Anselmo dándole la espalda. La mano del dueño se coló bajo la minifalda. Teresa miró a su novio y después alrededor; nadie se daba cuenta de que ese hombre le estaba manoseando el culo.
Toda la gente saltó de alegría al meter el penalti y el ruido fue ensordecedor. Alfonso y sus amigos se abrazaban eufóricos. La palmada en el culo pasó desapercibida para la multitud.
—Vente lo antes que puedas. Este culo pide a gritos ser azotado.
Teresa volvió a la mesa; sentía el calor en la nalga por la palmada.
—Metieron gol, cielo —le dijo feliz Alfonso.
—Sí, ya lo vi desde la barra —dijo ella mientras pensaba en la yema del dedo que, con descaro, le había rozado el ano de forma atrevida y sin pedir permiso.
Sentada de nuevo, vio que Anselmo tenía las bragas arrugadas en la mano y movía los dedos acariciando la tela donde hacía unos minutos se había corrido. Él seguía pendiente de ella, ignorando el partido e ignorando a los chicos de la mesa del fondo que intentaban llamar su atención. Solo tenía ojos para ella y sus piernas. Las volvió a separar sabiendo que él sabría valorar el gesto. Sabiendo que lo que antes impedía verle el sexo directamente ahora lo tenía él en la mano; nada impedía que aquellos ojos se colaran entre sus muslos y estuviera mirándole el sexo como solo sabe mirar un viejo cazador acostumbrado a esa lucha psicológica entre presa y depredador. Una guerra que los dos sabían, desde el día anterior, quién la había ganado.
La cafetería se vació enseguida cuando terminó el partido y Teresa apremió a su novio para marcharse.
—Venga, vamos —le dijo levantándose—. Chicos, nosotros nos piramos.
—Sí, nosotros también.
En la barra, los cinco esperaban para que les cobrara.
—Anda que no te queda nada —le dijo Alfonso—. Menudo lío ahora recoger todo.
—Bueno, yo cierro la persiana y lo hago a mi ritmo. ¿Os vais de retirada?
—Sí. Voy a llevar a mi novia a casa, que está cansada.
—Eso está bien. Para casa derechitos y no os paréis por ahí —le sonrió Anselmo.
—Hoy va a ser que no. Le digo a Teresa de parar por ahí y me mata.
—Anda, ¿y eso?
—Le entraron las prisas por marcharse y cuando dice ya, es ya.
—Eso es porque la tienes mal acostumbrada —sonrió—. Anda, toma la vuelta y llévala.
Agachándose, Teresa se coló bajo la persiana metálica y vio que Anselmo la esperaba.
—Cerraré la persiana del todo —le dijo—. Buena chica. Así me gusta.
La mandó recoger las mesas e ir metiendo los vasos y platos en el lavavajillas. Llevaba media cafetería recogida y pensaba que aquello no terminaría nunca. Ni siquiera en casa de sus padres había recogido nunca los platos; para eso estaba Josefa, la mujer que trabajaba interna. Y ahora, ese hombre la tenía allí a las doce de la noche limpiándolo todo mientras él la miraba.
—Así sabes lo que es trabajar —le decía—. Cuando termines, friega el suelo.
En esos momentos se dio cuenta de que era una persona a la que le daban todo hecho y que con Anselmo tenía que ganarse las cosas.
—Así no. ¿Es que no ves que esa mesa está torcida?
Teresa, al borde del llanto, lo miró con rabia.
—A mí no me mires así, ¿entendido?
—Es que… —Abatida, apoyó las manos en una mesa.
—¿Se puede saber qué te pasa ahora?
—Llevo una hora haciendo las cosas lo mejor que puedo y usted solo sabe regañarme. Intento que esté contento conmigo y veo que no lo consigo. Anselmo, quizás no valga para esto.
—¿Quién te dijo que no estoy contento? —le dijo acercándose a ella—. Solo intento hacerte ver que cuando se quiere conseguir algo hay que esforzarse. Anda, recoge esa mesa y ven al cuarto.
La esperaba en el cuartucho con la camisa desabrochada. Ella le miró el pecho.
—Ven aquí —le dijo extendiendo los brazos.
Se acercó a él y deseó abrazarlo. Nunca había sentido esa necesidad de sentirse valorada por su esfuerzo y no solo por su cara bonita. Lo abrazó fuerte y apoyó la cara sobre su pecho.
—Estoy contento contigo, Teresa. Sé que has trabajado mucho solo por hacerme sentir bien.
—Nunca había recogido ni una mesa en casa.
—¿Por qué lo has hecho hoy?
—Para que esté contento conmigo y no se enfade. Necesito de estas sensaciones con usted.
—Te dije que si eras buena chica tendrías tu recompensa.
—Sí. Hice todo lo que me pidió.
—Tienes mucha carencia de sensaciones —al decirlo, le subió la minifalda y le agarró las nalgas—. ¿Estás dispuesta a soportarlo todo?
—¿Todo qué?
—Que use tu cuerpo como me dé la gana. —Cerrando los dedos con fuerza, le estrujó las nalgas y Teresa ahogó un quejido contra el pecho peludo—. Si no estás preparada, o no quieres, lo entenderé y puedes largarte.
—No sé si seré capaz.
—Solo quiero que dejes de ser una niña caprichosa, ¿entiendes?
Todo el cuerpo de Teresa tembló con aquella palmada fuerte en una de sus nalgas.
—Lo entiendo.
Otro azote, igual de fuerte, impactó sobre la otra nalga.
—Desde esta tarde que te manoseé durante el partido deseaba hacer esto.
Otro azote sobre las dos nalgas a la vez.
—Pues hágalo si quiere.
Azote tras azote, sentía sus nalgas arder. El dolor era insoportable y, llorando, estuvo a punto de apartarse, pero no quería defraudarlo y lo abrazó fuerte mientras él seguía.
—Buena chica —le acarició las nalgas con suavidad—. Me acabas de demostrar muchas cosas.
Le apartó la cara del pecho y la miró. Su bonito rostro estaba bañado en lágrimas y él la besó en la frente.
—Me has hecho muy feliz dejándote azotar.
—¿En serio?
—Sí.
A pesar del dolor, escucharlo le provocó una alegría indescriptible y sonrió.
—¿Quiere seguir haciéndolo? Si sé que le hace feliz, aguantaré.
—No seguiré azotándote. Por hoy es suficiente —le acarició la cabeza—. Desnúdate para mí.
Sentado en el camastro, la vio desnudándose. Anselmo le miró los pechos y sonrió al ver que tenía los pezones tiesos y cómo por los muslos resbalaban hilos de flujo.
—Te has puesto cachonda.
—Sí. No me explico por qué me pasa esto.
—Son las sensaciones de vivir algo nuevo que te impresiona. Te has ganado una recompensa. ¿Qué te gustaría sentir?
—Ayer me impresionó cuando me dio el beso en el coño.
—¿Quieres volver a sentirlo?
—Sí. ¿Usted quiere?
—¿A qué esperas?
Nerviosa, se acercó a él, separó las piernas y se abrió con las manos. Le impresionó sentir que un grueso hilo de flujo se desprendía de su sexo. Anselmo la miró.
—Tu coño se derrite en mi presencia, nena. ¿Has sentido cómo lubrica?
—Sí.
—Es impresionante.
Sus piernas temblaron al sentir la gruesa lengua subir por su piel.
—Tienes un coño que ya les gustaría a muchas putas de lujo. Se forrarían si lo tuvieran tan bonito y siempre dispuesto.
—No diga esas cosas.
—Cállate. En mi casa digo lo que me sale de los huevos. Pensé que eso lo tenías claro.
—Perdone. No se enfade, por favor. Tiene razón.
—Si quieres que te lo bese, debes acercarlo tú hasta mi boca.
Adelantando las caderas, lo llevó hasta sentir los labios en su sexo. Él se mantuvo inmóvil.
—Por favor, béselo. Mi coño desea ser besado por usted.
Suspiró al sentir que se lo besaba con delicadeza. Iba a darle las gracias cuando sintió otro beso que la hizo gemir. Tres, cuatro… le estaba llenando de besos la abierta vagina y con cada uno, todo su cuerpo vibraba. Embriagado por el deseo, las manos peludas se aferraron como garras sobre sus nalgas doloridas y Anselmo pasó la lengua por toda la hendidura hasta llegar al inflamado clítoris. Al descender, movía la lengua de lado a lado hasta llegar al ano, que lamió durante unos segundos. Al cuarto viaje del húmedo músculo, Teresa le acarició la cabeza apretándolo contra ella. Se estaba corriendo.
—Me corro, Anselmo. ¡Sí, por Dios! Haré lo que quiera para que esté contento conmigo.
Sus caderas convulsionaban mientras los chorros salían disparados. Cuando la apartó, todavía le palpitaba.
—Ahora el culo.
—¿Qué?
—Quiero comerte el culo. Gírate.
Lo miró avergonzada.
—Gírate —repitió él.
Se giró despacio.
—Ábrete las nalgas e inclínate.
El calor que sentía en las nalgas por los azotes ahora lo sentía también en las mejillas.
—El culo es también parte de tu cuerpo, ¿no?
—Sí, pero…
—Quiero que cada milímetro de tu anatomía se entregue a mí sin concesiones. Ábrelas todo lo que puedas.
Cerró los ojos y sintió el frescor del ambiente en su delicado agujero expuesto por primera vez.
—Acércalo a mi boca.
Como había hecho antes, se fue echando hacia atrás hasta sentir la cara de Anselmo entre las nalgas. Recibió aquellos tiernos besos en el ano y este se fue relajando. Una extraña comunión hizo que se abriera poco a poco. La lengua comenzó a introducirse en él. Inmovilizándole las manos, Anselmo se fue dejando caer hacia atrás hasta quedar tendido sobre el camastro y Teresa suspiró al sentirse sentada sobre su cara.
—¡Dios! —exclamó al sentir esa lengua tan dentro de su agujerito. Nunca imaginó que permitiría algo así, y mucho menos que pudiera ser tan placentero.
Gimió al sentir cómo lengua y labios le mamaban el ano. Inconscientemente, movía las caderas buscando ese placer.
—¡Joder! Me corro… me corro, Anselmo. ¡Dios!
La vagina, junto con el ano, comenzó a palpitar y de ella salieron chorros que empapaban todo a su alrededor. Deshecha por el placer, se echó a un lado.
—Tienes un culo delicioso, nena —dijo él tocándolo con los dedos—. Mira, dame la mano.
Le llevó la mano hacia atrás y la hizo tocarse.
—Tranquila, ahora está muy abierto, pero luego se cerrará.
—Está muy abierto…
—Sí. Se ha dilatado muy fácilmente. Hasta tu culo estaba necesitando nuevas sensaciones y yo se las daré.
Enseguida se sintió abrazada desde atrás y su pequeño cuerpo sintió la calidez del pecho varonil. Cerró los ojos con una sensación de entrega absoluta hacia ese hombre que le había infligido dolor, pero también orgasmos que le sacudieron las entrañas. Con timidez, se fue girando y buscó de nuevo el pecho peludo. Se sorprendió respirando su aroma. Un olor distinto al de su novio, siempre obsesionado con perfumes caros.
—¿Nunca se lo ha depilado? —le preguntó, le acariciaba el pecho.
—Eso son mariconadas de la juventud de hoy en día. ¿Te desagrada?
Inspiró su olor de nuevo y besó su pecho.
—Me gusta mucho así, tal como lo tiene.