Capítulo 1
Uno a veces se dice a sí mismo: “Esto yo no lo haría nunca, ni en pedo”. Pero después la vida te acomoda, te pone justo en esa situación, de esas que parecen sacadas de una película, y ahí es cuando de verdad se define el carácter. Ahí es cuando se ve de qué estás hecho, si sos puro chamuyo o si tenés convicciones de verdad. Yo, ponele, siempre me creí un tipo derecho. Pero si algún día me encontraba un bolso lleno de guita tirado en la calle y nadie mirando… ¿Lo devolvía? ¿O me hacía el boludo y me lo llevaba a casa? ¿Y si una mina hermosa, la novia de un amigo, se me tiraba encima en una noche de borrachera? ¿La frenaba? ¿O me dejaba llevar?
Porque viste cómo es esto: uno puede decir muchas cosas desde la comodidad del sillón, pero cuando las posibilidades aparecen de verdad, es cuando muchos mostramos la hilacha.
No voy a caretearla: no soy un santo. Nunca lo fui. Pero siempre creí que había líneas que no iba a cruzar jamás. Digo, sí, engañé a varias de mis parejas, no lo voy a negar. Pero también me metieron los cuernos a mí. Nadie se salva de los cuernos ni de la muerte, dicen. Tuve actitudes mezquinas, egoístas, sí, de esas que después te hacés el boludo cuando te vas a dormir, pero sabés que hiciste mal. Me peleé con primos por una herencia, por ejemplo. Una boludez. O una vez me hice el enfermo en el laburo para zafar de tener que trabajar un viernes. Y me quedé en casa mirando series. Sí, fui un forro. Pero nada de eso, nada, se compara con esto que te voy a contar ahora.
Esto pasó en dos mil quince. O mejor dicho, empezó en dos mil quince. Porque fue como una bola de nieve: algo que empezó siendo pequeño, casual, un evento placentero, excitante, pero que terminó por arrastrarme como un tren sin frenos.
Yo tenía treinta y ocho años. Laburaba como supervisor en una empresa de seguridad privada. Ni yo mismo me creía que me habían ascendido. Para esos tiempos no pegaba faltazos por pavadas, ya era todo un hombre, más responsable. Así que los directivos de la empresa me habían premiado con ese inesperado ascenso hacia dos años. Quién lo iba a pensar. Yo, Gonzalito, el que se la pasaba rompiendo las bolas en la escuela, tomando birra en la esquina de casa hasta los veinte años, todo un jefecito.
Igual el trabajo era bastante rompehuevos, porque tenía que estar disponible en horarios del orto. Turnos cruzados, llamados inesperados a las tres de la mañana, quilombos con los vigiladores, clientes histéricos… lo de siempre.
Ese día me llamaron a las dos y media de la mañana. Habían entrado a chorear a un edificio de Ramos Mejía donde dábamos servicio. El vigilador de turno, un pelotudo que ya venía flojo, estaba durmiendo cuando pasó todo. Así que me tocó ir a poner la cara. Llamar a la policía, hablar con el consorcio, hacer el informe… no sabés el embole. Todo terminó pasadas las cinco de la matina. Ya estaba podrido.
Manejaba por Avenida de Mayo, rumbo a casa, cuando empiezo a ver un montón de pendejas en las paradas de colectivo, saliendo del boliche. Seguro venían de Pinar de Rocha. Estaban todas lookeadas, con los tacos en la mano, maquilladas como para una fiesta de disfraces, y con ese aire de resaca mezclado con escabio barato.
Y de pronto, entre todas esas figuras medio tambaleantes, vi a una distinta. Era como ver una flor en el medio de un baldío. Una joyita entre un montón de bijouterie.
La piba tenía algo magnético. Llevaba un minivestido negro ajustado que le marcaba el cuerpo como si se lo hubieran pintado en la piel. Sí, tenía un culazo que te dejaba sin aire, obvio. Pero había más. Tenía ese algo que no sabés describir, pero que te agarra del cogote. Era rubia, pero no cualquier rubia. El pelo lacio, sedoso, prolijo. Brillaba incluso bajo esas luces tristes de la calle. Tenía los labios gruesos, pintados de rojo, y los pómulos bien marcados. La piel clara, sin una sola mancha. Y los ojos… mamita. De esos ojos que te atraviesan como cuchillo caliente. Claros, pero intensos. Un celeste que te dejaba helado. Me hizo acordar a esa actriz española, Ester Expósito, ¿la tenés? Bueno, parecida. Pero más joven. Y más real. Esa belleza que te desarma porque no tiene filtro, porque no está armada para la cámara.
La piba estaba sola. No sé si esperaba un taxi, un bondi, o qué. Pero se notaba que estaba incómoda. Miraba para los costados, se cruzaba de brazos, se mordía el labio.
Yo frené en un semáforo. Y me quedé mirándola, tratando de disimular. Pensé que debía tener un poco más de dieciocho, con suerte. Y recé para que los tuviera, porque ya me estaba imaginando veinte manera diferentes en que me cogería a esa muñequita.
Y justo ahí, dos pibes, también adolescentes, medio en pedo, se le arrimaron. Le hablaban al oído, se reían, se le ponían encima. Ella se hacía la boluda, pero no sabía cómo zafar. Yo vi mi oportunidad.
Bajé la ventanilla y le grité:
—¡Hola, bebé! Ya llegué.
Ella se dio vuelta, desconcertada al principio. Pero no tardó en darse cuenta de lo que estaba haciendo, y me siguió la corriente.
—¡Hola, papi! —dijo, con una sonrisa de alivio.
Los pibes dijeron algo, un insulto que no terminé de escuchar, ni tampoco me importó. La rubia se acercó, abrió la puerta del acompañante y se subió.
Y ahí empezó todo.
—¿A dónde te llevo? —le pregunté, haciéndome el canchero.
—Voy a Palermo —me dijo, con ese tonito bien de cheta de zona norte. Era una princesita que Salió de su castillo para mezclarse con los pueblerinos del conurbano. De esas que parecen salidas de una serie de Netflix—. Pero no hace falta que me lleves hasta ahí —agregó después.
—Tranqui, no hay drama —le dije, aunque sabía que me iba a comer casi una hora de viaje y me alejaba muy lejos de casa. Pero no me importaba. Mi mujer estaba más que acostumbrada a mis horarios de mierda, así que no iba a sospechar nada.
Metí un giro y encaré hacia Capital. Ella se acomodó en el asiento, cruzando las piernas. Me miró, risueña.
—¿De verdad me vas a llevar hasta allá? —me preguntó—. ¿No se va a enojar tu mujer? —agregó después, con esa carita pícara, clavándome la mirada en el anillo.
Me agarró medio desprevenido. Esa pendeja me estaba midiendo. Me gustaba. Le sonreí.
—Mirá, no te voy a venir con el verso de que estoy separado, ni que mi matrimonio es un infierno. Nada de eso. Estoy casado, sí. Pero vos ya dejaste claro que me ves como tu “papi”. Así que… no tengo oportunidad, y por lo tanto, no tenés de qué preocuparte —le dije.
Ella se rio, como si de verdad le hubiera contando algo muy gracioso. Esa sonrisa fue lo más lindo que vi en años.
—¿Oportunidad de qué? —me dijo, haciéndose la inocente.
Me encogí de hombros.
—De nada. ¿Cómo te llamás?
—Michelle. ¿Y vos?
—Gonzalo.
Era imposible no mirarla de reojo. Las piernas torneadas, bronceadas. El escote justo, sin exagerar, pero con esas tetas paradas que le marcaban perfecto el vestido.
—¿Y vos qué hacés? —me largó de repente, con un tonito burlón—. ¿Vagás con tu auto por la madrugada a ver si levantás a alguna adolescente para llevarte a la cama?
—Nada que ver —le dije, riéndome—. Estoy laburando, te juro. Soy supervisor en una empresa de seguridad. Justo esta noche tuve que salir por un quilombo en Ramos. Pero si te sentís insegura conmigo, te dejo en una estación, no hay drama.
—No pasa nada —dijo ella—. Se me hace que sos de los que miran, pero no se zarpan.
—Obvio —le contesté—. No me zarpo… salvo que me lo pidan. Y… ¿cuántos años tenés?
—Veinte.
—Ah.
—Ah —dijo ella, riendo, imitando mi tono de voz—. ¿Por qué de repente parecés aliviado?
—Es que… tenía un poco de miedo de que seas menor de edad. Es más. Pensé que a lo sumo tenías dieciocho.
—No. Tengo veinte. Pero ya me lo dijeron varias veces. Todos me sacan menos edad.
Por suerte no dijo nada sobre el hecho de que la estaba mirando con ganas sin estar seguro de que era mayor. Por las dudas, me apuré a cambiar de tema.
—¿Y los pibes esos te estaban jodiendo mucho?
—Sí, ya sabés cómo son. Igual eso no fue nada. El boliche es peor.
—¿Qué tan peor? —le pregunté.
—Una locura. Te manosean, te piden besos… —me dijo mientras se arreglaba el pelo con una mano, y con la otra bajaba un poco la ventanilla. La brisa le voló el cabello para atrás, y por un instante me pareció la criatura más hermosa que había visto en mi vida.
—¿Te manosearon mucho?
—El culo me lo deben haber tocado veinte veces, fácil.
—¡Qué pendejos pajeros! —solté, con una mezcla de bronca y deseo que me brotó sin filtro. Estaba indignado, pero, a la vez, era difícil no fantasear con lo delicioso que debía ser palpar el culo de esa pendejita divina.
—Sí —dijo ella, suspirando, como si ya estuviera resignada.
Seguimos charlando un rato más. Me contó que había ido con unas amigas, pero que se pelearon porque una se fue con el novio y la otra quería irse con unos tipos que recién conocían. Que ella se hartó y se fue sola.
—Igual es re peligroso andar así sola por la calle —le dije.
—Bueno, por suerte te encontré a vos —dijo ella, mirándome de reojo.
Era obvio que lo estaba haciendo con malicia. La pendeja me estaba calentando la pija. Pero, no terminaba de entender si era solo porque quería divertirse un rato conmigo, o si se iba a animar a hacer algo más. Con las pibas de su edad siempre hay que andar con cuidado. Son de otra generación, tienen otros códigos.
—Puedo ser tu guardaespaldas, si querés. Hasta que te pongas de novia —largué.
—¿Y por qué suponés que no tengo novio? —dijo.
—No sé… Es solo una suposición.
—Ah, ya sé. Porque salí a bailar con mis amigas —dijo ella, y por primera vez, pareció algo irritada—. No me digas que me vas a venir con esas boludeces que dicen siempre los tipos: “¿Y tu novio te deja salir así?” —preguntó, emulando la voz masculina.
Me hizo reír.
—Sí, supongo que los tipos somos bastante pelotudos con eso —admití—. Aunque no pensaba decirlo tan directo. Igual lo pensé, no te voy a mentir.
—Obvio, están todos cortados por la misma tijera —dijo ella.
—Entonces, ¿sí tenés novio?
—Sí, desde hace seis meses —me dijo, mirando el celu—. Y acá estamos —siguió—. Vos, casado, llevándome a mí, una piba que vive en la loma del orto, solo porque te calenté. Y yo, sentada en un auto con un tipo que podría ser mi viejo, mientras mi novio me manda mensajitos.
—Bueno, pero no estamos haciendo nada malo —le dije.
Justo un semáforo en rojo me obligó a frenar. La miré de reojo.
—No, todavía no —dijo ella, clavándome esos ojos claros que podían enamorar a cualquiera.
—Todavía —repetí yo.
Ella rio. Esa risa… yo la conocía. Y esa mirada también. Esos gestos no se te escapan cuando ya tenés experiencia. No hacía falta tocarla para saber que estaba caliente. Con los años uno aprende eso. Los pibes creen que garchan mucho porque son lindos o porque las minas los buscan. Pero no es así. Garchan los que saben leer las señales. Los que saben cuándo una mujer está lista. Porque el deseo no se impone: se detecta.
Y ahí estaba yo. Con una pendeja hermosa, que me miraba como si me hubiera elegido.
Entonces le comí la boca. Le agarré la nuca con fuerza, como si tuviera miedo de que se escapara, de que fuera todo un espejismo. Pero Michelle estaba igual de hambrienta que yo. No se hizo la difícil ni por un segundo. Nuestras lenguas se buscaron, se trenzaron en una batalla sucia, desesperada, caliente. Fluían los besos, la saliva, los jadeos.
La mano de ella bajó, sin vueltas, directo a mi entrepierna. Empezó a masajearme la pija sin pudor, como si me conociera de toda la vida. Sentí cómo se tensaba apenas al notar el tamaño. No dijo nada en ese momento, pero lo noté. Ese gesto que hacen cuando algo las sorprende.
—¿De dónde saliste, pendeja? —le dije cuando nos despegamos un segundo, mientras le acariciaba la mejilla y le corría el pelo detrás de la oreja—. Del cielo, ¿no?
—Más bien del infierno —me contestó ella, con una sonrisa de esas que no se olvidan, y apretó mi verga aún más fuerte, como si lo dijera en serio—. Todos los hombres que están conmigo se sienten en el paraíso, pero enseguida, casi al mismo tiempo, se sienten en el infierno.
—Y cómo podría sentirme en el infierno con una criatura como vos acariciándome la verga.
—Vos sos afortunado —me dijo—. Solo vas a conocer el lado bueno de estar conmigo.
Pensé en el pobre cornudo de su novio, quien debía estar pasando por ese infierno al que Michelle se refería.
—Dale, manejá —ordenó después, con un tono de mando que contrastaba con el de la chetita delicada que había conocido hacía un rato.
Volvió a apretar mi pija con más decisión.
—Manejá —repitió.
Y yo le hice caso. Apreté el acelerador. Ya estábamos lejos del centro de Ramos Mejía, por una callecita secundaria, esas que de noche se vacían y al amanecer parecen parte de otro mundo. Tranquilo, sin autos, sin testigos. Ideal.
Mientras manejaba, Michelle seguía jugando. Me acariciaba por encima del pantalón, pero no se quedó ahí. Muy lentamente, bajó el cierre y liberó mi verga. Sus dedos la envolvieron, y empezaron a masajearla al denudo. Se sentían tan chicos, tan suaves, que la diferencia de tamaño me hizo sonreír.
—Que miedo —dijo, con un susurro entre asombro y calentura—. Nunca toqué algo tan grande.
—Ahora podés tocarlo todo lo que quieras —le dije, sin dejar de mirar el camino.
—¿Solo tocarlo? —preguntó, y antes de que pudiera decirle algo, se inclinó sobre mí.
Bajó la cabeza y envolvió mi verga con esos labios sensuales y carnosos. Me la empezó a chupar con una dulzura que me partía al medio. Su boca era húmeda, caliente, perfecta. Sentí la presión, la lengua que jugaba con la punta, los labios que bajaban lento hasta donde podían. Hice todo lo posible por concentrarme en la carretera, mientras tenía a esa hermosa mujercita mascando mi verga.
Era una tortura deliciosa. Tenía que concentrarme el doble, porque la sensación era tan intensa que me hacía temblar las piernas. Sentía cómo me palpitaba el glande, cómo cada movimiento de su boca era como un electroshock de placer directo al cerebro.
Seguí manejando así, con Michelle en mi regazo, chupándomela como si fuera un caramelo que no quería soltar. De reojo, veía su cabellera rubia moviéndose arriba y abajo. El ruido húmedo de su boca llenaba el auto. Una escena tan perversa como perfecta.
—Esperá —le dije, casi con la voz entrecortada.
Ella se detuvo un segundo, mirándome con esos ojos que brillaban de excitación.
Vi un supermercado a medio construir o abandonado, no lo registré bien. Pero el frente tenía un espacio enorme para estacionar. Y a esa hora, estaba más solo que cementerio. Ideal.
Metí el auto en ese descampado de asfalto y apagué el motor. No me dio ni tiempo. Ella volvió a bajar la cabeza y se tragó mi verga otra vez. Con hambre, sin importarle lo más mínimo ese noviecito anónimo a quien estaba haciendo cornudo con un tipo que podría ser su padre.
Con tan solo veinte años, se notaba que Michelle tenía experiencia. Esa boca sabía lo que hacía. Esa forma de chupar, de usar la lengua, de regular la presión con los labios… todo hablaba de una piba que ya se había comido unas cuantas pijas en su vida. Y no lo digo como crítica. Al contrario, siempre amé a las mujeres que sabían chupar bien la pija, y nunca entendí cómo era que había hombres que no tenían idea de lo que se sentía un buen pete.
En ese momento, no existía nada más en el universo. Ni el auto, ni la ciudad, ni los problemas. Lo único que me importaba era el placer que sentía en la punta de mi verga, esa sensación de estar al borde del estallido, y el tacto firme de ese culo perfecto que tenía agarrado con una mano, como si fuera mío desde siempre.
No me importaba que tuviera un hijo de diecisiete años, casi de su edad. Ni que estuviera casado con la misma mujer desde hacía veinte años. Toda mi vida se reducía a esa cabellera rubia moviéndose en mi regazo, a esa lengua pecadora que me adoraba como si fuera el manjar más rico del mundo. Una diablita con cara de ángel. Celestial y maldita al mismo tiempo.
Me hubiera encantado quedarme ahí, eternamente, con la verga en su boca, acariciándole la cabeza, sintiendo esa mezcla de lujuria y poder. Pero llegó un punto en el que no pude más. Me agarró una oleada de placer imposible de frenar.
Y ahí nomás, todo el semen salió disparado. Ella no se detuvo ni un segundo. Se lo tragó todo. Sin una queja, sin una mueca. Después levantó la cara, tenía los labios brillosos, húmedos, y me miró con una sonrisa que era digna de una diabla.
Volví a arrancar el auto, todavía temblando.
—Vamos a otro lado —le dije—. Podemos ir a un hotel.
Ya me estaba imaginando cómo me cogería a esa putita. Si era capaz de chuparle la pija a un desconocido, en un auto, lo que haría dentro de cuatro paredes me dejaría seco.
—No —me respondió.
—¿Por qué no? —pregunté, sorprendido.
—¿De verdad querés saberlo? —me dijo, clavándome la mirada.
La observé con cierto miedo, con la sensación de que se venía algo que no quería escuchar. Pero igual le dije que sí, que me lo diga.
—Solo quería vivir una experiencia —dijo ella, sin vueltas—. Algo para contarle a mis nietos. No quiero nada más.
Me quedé helado. Entre indignado y todavía caliente, masticando una mezcla rara de orgullo herido y deseo sin descargar del todo.
—Está bien… entiendo —dije, bajando la mirada por un segundo, mientras intentaba recomponerme—. Bueno —agregué con una sonrisa amarga—. Supongo que también va a ser una anécdota que yo pueda contar. Aunque no a mis nietos, precisamente.
Ella soltó una risa suave. Se la notó más relajada, como si ya se hubiera sacado un peso de encima.
Seguimos en silencio durante unas cuadras, hasta que llegamos a una zona más céntrica. Entonces me pidió que la dejara ahí.
—Pero te puedo llevar hasta Palermo, de verdad —le insistí.
—No, no te preocupes —repitió.
—¿Estás segura?
—Sí. Es mejor que no sepas dónde vivo.
Y justo antes de bajarse, me miró de nuevo, con esa mezcla de ternura y picardía que me había vuelto loco.
—Además… —agregó mientras deslizaba una vez más su mano sobre mi verga, ya flácida pero sensible— si te quedás más tiempo conmigo… me vas a querer coger.
Me soltó. Y sin darme chance de responderle nada, abrió la puerta y se bajó del auto.
La vi alejarse. No quedaba otra que verla irse, mientras una especie de melancolía absurda me invadía. Esa piba no solo me había vaciado el cuerpo, también me había dejado un hueco adentro.
No era de esos tipos que se obsesionan con una mina. Cuando tenía alguna aventura por ahí —porque sí, las tuve— trataba de cortarla lo antes posible. Porque lo que más me importaba, pese a todo, seguía siendo mi mujer. Estela era buena mina. leal, compañera. Y aunque yo no era un santo, tampoco era un hijo de puta. Me mandaba mis cagadas, sí, pero siempre cuidando que no se derrumbara todo.
Pero nunca me había cogido a una muñequita como Michelle. Y estaba seguro de que jamás volvería a encontrar algo así. Esa pendeja era otra cosa. Tenía todo lo que un hombre puede desear, y mucho más. No solo era hermosa; era intensa, astuta, morbosa. Un bicho raro, como esos que aparecen una vez en la vida y te dejan marcado.
Durante varios meses, me vi yendo de madrugada por Ramos Mejía. Pasaba despacio por la zona del boliche, por esa misma parada donde la había encontrado, como un pelotudo, como un adolescente enamorado. Bajaba la velocidad, clavaba la mirada entre la gente que salía del Pinar o del Leloir, por si aparecía ella. Pero no. Nunca volvió a estar ahí. Y el tiempo fue pasando.
Después de unos seis meses, recién ahí logré soltar del todo esa locura. Me distraje con otras cosas. La vida siguió.
Así pasaron tres años más.
Para mi sorpresa, en el laburo me ascendieron. Quedé como jefe de operaciones. No era poca cosa. La empresa tenía unos doscientos empleados. Era chica, sí, pero yo ahora tenía un lugar de peso. Un escritorio propio, reuniones de verdad, decisiones que importaban.
Estela estaba feliz. Se lo merecía. Siempre estuvo al pie del cañón. Y eso del ascenso también ayudaba a que nuestro hijo pudiera ir a una buena universidad, a que tenga un futuro.
La rutina se fue reacomodando. De a poco, Michelle pasó a ser un recuerdo más. Un polvo increíble, una anécdota de esas que se guardan para siempre, pero que dejan de obsesionar. Aunque, de vez en cuando, me sorprendía pensando en esa madrugada. En ese auto. En esa mamada salvaje que me había robado el alma y me había grabado su nombre con fuego.
Y entonces… la volví a ver. Pero en el peor momento.
Estábamos en la cama con Estela, ya dormidos, cuando ella me sacudió un poco el hombro.
—El domingo Tobi quiere traer a la novia —me dijo, como al pasar.
—¿Ah, tiene novia? —le respondí yo, medio dormido.
—Ya te lo conté —me dijo, con ese tonito molesto que usa cuando cree que no le presto atención.
—Sí, sí… ya sé —me apuré a decir—. Pero pensé que era una de esas cosas de adolescentes, algo pasajero.
—Tu hijo ya no es un adolescente, Gonzalo. Tiene veinte —me marcó, severa.
—Sí, ya sé, tenés razón. Pero no pensé que tan pronto se iba a poner en una relación seria.
—Yo tampoco —dijo ella—. La verdad es que tengo mis reservas.
—¿Por qué? —le pregunté, ahora sí prestando atención.
—Es grande. Ya tiene veintitrés.
—Bueno… está bien. Las mujeres con experiencia tienen lo suyo. Tendrá mucho que enseñarle en la cama —solté, en joda.
—Sos un pelotudo —me dijo, pegándome un almohadazo.
Me reí. Me acerqué, la abracé. Nos besamos. Y terminamos haciendo el amor, como cada tanto, cuando la noche y el cuerpo lo piden.
Ya estábamos por dormirnos, abrazados, cuando me largó el dato:
—Se llama Michelle.
Y ahí se me paralizó todo.
—¿Michelle? —repetí, tratando de sonar natural.
Pero el nombre me golpeó como un baldazo de agua helada. Era imposible no pensar en ella. En esa piba que me la había chupado como una diosa. Las edades… encajaban perfecto. Esa Michelle tenía que tener veintitrés ahora…
Pero traté de convencerme de que era una casualidad. Michelle no era un nombre común, era cierto, pero, ¿qué probabilidades había que la misma pendeja que me hice una mamada hacía tres años ahora estuviera de novia con mi hijo? Debía ser eso: una simple coincidencia.
Pero claro… no lo era.
Capítulo 2
Si mi historia no fuera verídica —si en vez de esto que estoy contando fuera el guion de una telenovela barata, de esas que pasan por la tarde en la tele— Michelle habría aparecido en casa del brazo de Tobías, con una sonrisa radiante, y ahí nomás, al verla, yo me habría quedado duro, estupefacto, dándome cuenta de que era la misma pendeja que me había hecho un pete en mi auto en una madrugada tres años atrás.
Pero no. Por suerte —o por desgracia, no sé— la vida no fue tan de manual. Aunque, dentro de la tragedia que todo esto terminó siendo, debo admitir que tuve suerte. O quizás, justamente, ese detalle que voy a contar ahora fue lo que terminó de empujar todo hacia la mierda. Cuestión de perspectiva.
El tema es que cuando Estela me tiró la bomba de que Tobías estaba de novio, de que la cosa venía seria, que quería presentárnosla, al otro día, ya en la oficina, no pude resistirme. Me encerré con la excusa de que iba a revisar unos informes y abrí Instagram.
No tenía a Tobías como amigo. Ni siquiera lo seguía. Para quien preguntara —aunque en realidad nadie lo hacía— yo podía decir que no usaba mucho esa red social. Que era más de leer el diario, de Twitter, qué sé yo. Pero la verdad es que sí la usaba. Y bastante. Me hablaba con un par de minas, intercambiaba alguna que otra foto, y aunque con pocas había concretado algo, el jueguito me divertía. Era una forma de respirar aire nuevo.
Y también era una forma de mantener las cosas separadas. No quería que mi hijo viera mis movimientos. Que nuestros mundos se mezclaran. A mí me calentaban las veinteañeras, y quería evitar meterme con una que fuera conocida de mi hijo. Qué ironía.
Así que esa mañana, con la puerta de la oficina cerrada, el celular sobre el escritorio y el corazón latiendo un poco más fuerte de lo habitual, busqué el perfil de Tobías. Y empecé a revisar su lista de seguidores.
No me costó nada encontrarla. Apenas escribí “Mi” en el buscador, apareció su nombre: @MichelleChapelle.
Y, sí, ahí estaba ella. Era inconfundible.
La misma cara, los mismos ojos de hielo, ese aire de nena con alma de diosa perversa. La misma rubia que se había tragado toda mi leche sin pestañear, la que me había dicho “vengo del infierno”, la me apretaba la pija con esos deditos finos. Ahí estaba. Ahora, oficializada como la novia de mi hijo.
No podía creer mi mala suerte. Nunca fui bueno en las matemáticas, pero era lo suficientemente inteligente como para darme cuenta de que esto que me estaba pasando equivalía a ganarme el Quini 6. Aunque, a la inversa. Porque ahora no ganaba nada. Ahora solo perdía.
Me metí en el perfil de Michelle como quien entra a una cueva prohibida. El corazón me latía más fuerte que en cualquier operativo nocturno. Ya sabía que era ella. El nombre, la edad, la mirada… todo encajaba como una pieza maldita en un rompecabezas que preferirías no haber armado nunca.
La primera foto que aparecía ya me dejó babeando. Estaba en un probador, con un body negro cavado que apenas le cubría lo justo. Escote profundo, más que generoso. Las tetas, pequeñas pero redondas, paradas, perfectas. El pelo lacio le caía sobre los hombros. Miraba a la cámara con los labios entreabiertos, como si justo estuviera por decir algo sucio. O por gemir.
Deslicé hacia abajo.
La segunda imagen era aún peor —o mejor, según cómo se mire—. Estaba de espaldas, con un shortcito tipo boxer negro, ajustado como una segunda piel. La tela le trepaba entre las nalgas. Ese culo… Dios. Lo reconocería en cualquier parte. Lo había tenido en mi mano, lo había sentido temblar cuando ella me lo apretaba en plena mamada. Era un orto perfecto. De una redondez absoluta, gordo, bien erguido, con la tersura que solo se tiene a los veinte años.
Empecé a sentir la erección venir como una ola que no se podía frenar.
La tercera foto era todavía más provocativa. Llevaba un conjunto blanco: top strapless y pantalones ajustados, altos, marcándole la cintura como si fueran pintados. El contraste con su piel bronceada me nubló la vista. Tenía las manos en la cadera, como desafiando a quien la mirara. Me detuve en esa imagen unos segundos. Me acordé de su boca mojada, de cómo se la metía toda sin chistar. Y sentí un cosquilleo que me subió por la columna.
Tragué saliva. La calentura ya era insoportable.
Deslicé otra vez. En la siguiente aparecía con un enterito negro, con un cinturón ancho en la cintura, de esos con hebillas doradas. El escote era tan profundo que apenas cubría lo justo. Estaba parada de costado, mirando hacia otra parte, pero las tetas seguían robándose toda la atención. Esa forma de posar que tenía, me volvía loco. Era como si supiera a la perfección lo buena que estaba, que todos estaban calientes con ella, que un montón de desconocidos tendrían una erección, e incluso se harían una paja mientras la admiraban. Sospechaba que Michelle disfrutaba generando eso. Gozaba sabiendo que había miles de tipos, muchos de ellos con la edad suficiente como para ser su padre, que la desearían como se desea lo inalcanzable.
Recordé la forma en que se inclinó hacia mi asiento esa madrugada. El modo en que me sacó la pija sin preguntar, como si lo hubiera hecho mil veces. Cómo se la metió en la boca como una experta, cómo me miró desde abajo, con la lengua en la punta, como burlándose de mi debilidad.
La pija me latía como si estuviera a punto de explotar.
Deslicé otra. En la nueva imagen, Michelle tenía un conjunto estampado tipo vaquita, top con escote en V y short hiperajustado. Estaba frente al espejo, con una pierna ligeramente adelantada, como si supiera que ese ángulo hacía que su culo se marcara mejor. Era una obra de arte. Redondo, firme, sin una gota de celulitis. Lo había tenido tan cerca, en mis manos, en mi imaginación durante los siguientes años.
Había pasado tanto tiempo y aún la recordaba mejor que a la primera vez con mi mujer. Es que un hombre nunca se olvida de su mejor polvo. Y eso que no había llegado a cogérmela.
La última imagen fue la estocada final. Estaba de espaldas de nuevo, esta vez con una pollerita negra con tajo, y una remerita corta atada al cuello que dejaba toda la espalda al aire. El culo, otra vez protagonista. La pollera apenas tapaba el inicio de las nalgas. Abajo tenía unas botas negras que le daban un aire de pendeja perversa, de esas que juegan con el peligro porque saben que lo dominan.
No sé cuánto tiempo estuve así. Mirando, recordando, con la verga tan dura que parecía a punto de romper el pantalón.
Salí de la aplicación de golpe. Me quedé un rato sentado, sin lograr que la erección desapareciera. No sabía si quería llorar, masturbarme o romper el teléfono contra la pared.
Había pasado tanto tiempo… Y sin embargo, la calentura seguía intacta.
Me recriminé a mí mismo por estar pensando en ella de esa manera tan obscena. Ahora era la novia de mi hijo. Ahora era intocable. Muchas veces había pasado el límite de lo ético, pero ahora estaba ante una pared que no pensaba romper.
Michelle…
Sí, me había dado una de las mejores experiencias sexuales de mi vida, pero ahora estaba con Tobías. Yo ya no era un veinteañero, así que debía actuar como el adulto de cuarenta y un años que era. Un adulto que había tenido una vida llena de adversidades, pero que se las había arreglado para ascender en la empresa donde trabajaba, hasta el punto de ser la mano derecha del dueño. Debía aplicar la frialdad que tenía cuando debía despedir a un empleado. Simplemente, tenía que dejar atrás lo que había pasado con Michelle.
Me costó volver a concentrarme en el trabajo. Y eso que siempre fui un tipo responsable. De esos que no se cuelgan con boludeces, que no se distraen fácil. Cuando estaba en la oficina, trataba de ser lo más productivo posible. No era joda tener tanta gente a cargo. Había que dar el ejemplo. Y para alguien como yo, que había empezado de abajo, eso no se olvidaba. Yo sabía bien lo que era ganarse el respeto desde abajo. Por eso, cuando llegué a tener mi escritorio, mis decisiones, mi cafetera propia, lo valoraba.
Y sin embargo, Michelle… solo ella podía hacerme perder esa concentración por canto tiempo.
Salí de su perfil y suspiré. Me acomodé en la silla, miré por la ventana como si pudiera sacarme la calentura del cuerpo mirando el cielo gris de Buenos Aires.
Cuando volví a casa, en el auto, ya era de noche. Las luces de los faroles se reflejaban en el parabrisas, y todo parecía más silencioso que otras veces. Pensé en las coincidencias de la vida. ¿Dónde la habría conocido Tobías? ¿Habría sido en ese mismo boliche del que la vi salir aquella madrugada? ¿Había vuelto ella a frecuentar ese lugar después de aquella noche conmigo? ¿Y si nunca dejó de ir? ¿Y si, entre todas esas veces, justo se cruzó con mi hijo?
Todo eso me daba vueltas en la cabeza mientras el auto avanzaba solo, como en piloto automático.
Me repetía que tenía que madurar. Que tenía que entender que las casualidades existen. Que el universo no gira alrededor de mis pecados. Que, después de todo, habían pasado tres años.
Y lo más probable era que ella ni se acordara de mí.
Ese pensamiento me retumbó con fuerza. Me molestó más de lo que hubiera querido admitir. ¿Y si no se acordaba de mí? Sería lo más conveniente, pero, a la vez, me indignaba.
Recordé que, aquella noche, había dicho algo sobre vivir una experiencia. Una anécdota para contarle a sus nietos. Como si yo fuera un personaje más en su colección de recuerdos. Después de todo, eso era para ella. Un polvo en un auto viejo, en una madrugada más.
Eso era lo mejor.
Faltaban un par de kilómetros para llegar a casa cuando, sin pensarlo mucho, volví a agarrar el celular. Lo desbloqueé, abrí Instagram, y busqué su perfil otra vez.
Me detuve en una de las fotos: la que más me había perturbado antes. De espaldas, con ese culito marcado, la pollera que no tapaba nada y esos muslos perfectos. Volví a sentir el cosquilleo en el estómago. La tensión en el pantalón. Y, por un instante, me sentí nervioso. Como un adolescente. Como si tuviera diecisiete y estuviera a punto de mandarle un mensaje a la mina más linda del colegio.
Estuve a punto de escribirle. Pensé en advertirle. En decirle algo como: “Michelle, tenemos que hablar. Yo soy el papá de Tobías. ¿Te acordás de mí? Nos conocimos en Avenida de Mayo, cuando salías de Pinar de Rocha”.
Pero no me animé. ¿Qué pasaba si justo estaba con Tobías y él leía el mensaje? ¿Qué pasaba si veía que su padre le escribía a su novia?
Me quedé quieto, con el pulgar sobre el teclado, sin moverme. La pantalla brillando en la oscuridad del auto.
Y entonces apagué el celular. Lo tiré sobre el asiento del acompañante. Respiré hondo. Me dije que no iba a hacer nada. Que simplemente iba a esperar. Dejar que el tiempo hablara.
Y el tiempo habló.
Esa noche, ya en la cama, Estela me lo confirmó, con la misma naturalidad con la que uno comenta el clima.
—Mañana viene la chica —me dijo, tapándose con la sábana.
—¿La chica? —Me hice el boludo, aunque sabía perfectamente de quién hablaba.
—La novia de Tobías —repitió.
Asentí en silencio. El estómago me dio un vuelco. Me acomodé en la almohada y, tratando de mantener la compostura, le dije:
—¿Qué te parece si mejor cenamos afuera?
La verdad es que no me sentía listo para tener a esa chica bajo mi techo, así que se me ocurrió que lo mejor era salir. Estela me miró, sorprendida.
—¿A un lugar elegante? No sé si es para tanto.
—No —dije, enseguida—. A un lugar simple, pero lindo. No quiero que se sienta presionada. A lo mejor se pone nerviosa.
—Puede ser —dijo ella—. Igual la chica parece muy suelta. No creo que se intimide tan fácil.
No respondí. Me di vuelta en la cama, dándole la espalda. Cerré los ojos, pero no dormí. Me pasé horas imaginando ese momento. La entrada al restaurante. El saludo. El primer cruce de miradas.
Michelle, la esquiva mujercita que me había hecho tocar el cielo con las manos para luego desaparecer, irrumpía de nuevo en mi vida… Como mi nuera.
……
Yo estaba nervioso. No de esos nervios por miedo a ser descubierto, sino algo más sucio: una ansiedad contenida, eléctrica, que mezclaba deseo con culpa y una expectativa enfermiza. Pero por suerte, lo mío era el disimulo. No era ningún principiante en eso. Sabía poner la cara que había que poner.
Estela también se veía espectacular. A los cuarenta, seguía siendo una mujer deseable. Delgada, elegante, con un culo que aún podía competir con el de muchas veinteañeras y unas tetas grandes que sabía lucir cuando quería. Y seguía teniendo ganas de coger con frecuencia. Pero por más que la quisiera, por más que valorara lo que teníamos, las tentaciones existían. Y la que estaba por entrar por esa puerta no era cualquier tentación. Era LA tentación.
Sospechaba, incluso, que Estela tenía sus propias aventuras. Nunca le encontré nada concreto, pero uno aprende a leer entre líneas. Y mientras no fuera algo descarado, mientras el equilibrio se mantuviera, prefería no tocar el tema. Cada uno tenía derecho a su propia sombra.
Cuando sonó el timbre, Tobías ya estaba listo. Impecable. Camisa blanca ajustada, metida dentro de un chupín negro, zapatos brillosos, perfume caro. Estaba hecho un galán. Y nervioso. Era la primera vez que presentaba una novia, y eso que ya tenía veinte. Pero yo nunca lo apuré. Nunca fui de esos padres que insisten con esas boludeces de “hacerse hombre”, ni con levantar minas como trofeos. Si hubiera sido gay, no me habría molestado. De hecho, habría sido más fácil. Pero no. Mi hijo era bien hétero. Y se había levantado una bomba.
Se acercó a la puerta, respiró hondo, y la abrió. Yo di unos pasos al frente, no por casualidad. Quería verla primero, antes que Estela. Quería darle tiempo a mi nueva nuera de acomodarse al impacto de verme, en caso de que me reconociera.
Y entonces apareció ella.
Tenía puesto un vestido largo, ceñido al cuerpo, con un estampado tipo serpiente. Manga larga, cuello cerrado, pero completamente translúcido, como si la tela apenas estuviera ahí para disimular lo que en realidad quería mostrar. El cuerpo se le marcaba todo: los muslos, la cintura, el vientre plano. Las tetas, pequeñas y redondas, dibujadas por completo debajo del tejido fino. Y abajo, el hilo de una tanga negra se adivinaba apenas si uno se fijaba bien.
Parecía una escort de lujo.
Llevaba una gargantilla negra al cuello, fina, con una tira que bajaba por el escote hasta el pecho. El pelo lacio le caía sobre un hombro. Los labios pintados, pero no exagerados. Los ojos delineados con una precisión que solo alguien que quiere impactar sabe aplicar.
Durante un instante, la vi vacilar. La mirada se le congeló apenas me vio. Un segundo, capaz que menos. Pero ahí estaba su reacción.
Ese segundo me bastó para confirmar lo que sospechaba: no esperaba encontrarse conmigo esa noche.
Pero Michelle era rápida, y buena actriz. Recuperó el control al instante. Sonrió.
—Mucho gusto —dijo con voz suave, con ese tono acaramelado, inconfundible, típico de una chetita palermitana. Luego se acercó a besarme en la mejilla.
El perfume me golpeó como una trompada. Dulce, embriagante, con fondo amaderado. Una fragancia que estaba seguro no se me olvidaría, no porque fuera especial, sino porque venía de ella, porque lo emanaba su piel.
—Michelle —repetí yo, como un eco, con la garganta seca.
Nos miramos a los ojos medio segundo. Después saludó a Estela, con la misma cortesía.
—Bueno, vamos —dije enseguida, como si tuviera prisa por descomprimir el momento—. El lugar está acá nomás, a un par de cuadras. Pero vamos en auto, así llegamos cómodos.
Todos asintieron. Estela tomó su cartera. Tobías le ofreció el brazo a Michelle. Ella lo aceptó con una sonrisa perfecta.
Yo caminé unos pasos atrás, mirando cómo el vestido se le pegaba al cuerpo con cada movimiento, marcando el vaivén de ese culo que ya conocía. Traté de no mirarla tanto, para que Estela no me enganchara. Pero era difícil. Sobre todo, cuando, bajo determinada luz, se le veía la tanguita negra que llevaba bajo el vestido.
Fuimos a cenar a La Fragata. Un lugar familiar, sí, pero lo suficientemente elegante como para que el vestido de Michelle no desentonara del todo. Caminaba por delante, tomada de la mano de Tobías, y las cabezas de los mozos y de un par de tipos sentados en las mesas se daban vuelta sin disimulo.
Yo los comprendía. Era imposible no mirar a una hembra como ella, por más que estuviera de la mano de su novio. Además, los años que habían pasado le sentaron muy bien. Ya no tenía ese aspecto de adolescente despampanante. Ahora era una mujer hecha y derecha, elegante, con una sensualidad asesina. Una hembra con mucha más experiencia, que sabía manejar muy bien el poder que le otorgaba su absurda belleza.
Yo me hacía muchas preguntas. ¿Qué estaría pensando ella? Se la notaba muy tranquila. ¿Sería yo un efímero recuerdo, tal como lo había imaginado? Y si no lo era, ¿cómo era capaz de moverse con tanta naturalidad mientras estaba con su novio, sabiendo que el suegro que acababa de conocer era el mismo al que le había hecho una felación hacía unos años?
Pero luego recordé lo zorra que era Michelle. Aquel día, había engañado a su novio conmigo. ¿Ya había hecho cornudo a mi hijo? Tobías era inexperimentado y muy enamoradizo. Una mujer como ella podría hacerlo mierda.
Pero me dije que no necesariamente serían así las cosas. Michelle ahora habría madurado. Y Tobi no le daría motivos para que lo engañara. Además, apenas estaban saliendo. Seguramente estaban en el mejor momento de su noviazgo. Seguramente cogían como conejos.
“Y yo también me cogí a esa muñequita”, pensé, mientras nos acomodábamos en el mesa.
Y entonces me cayó la ficha de lo obvio. No, no me la había cogido. Me la había chupado, sí. Como una diosa. Como nadie me la había chupado jamás. Pero después se fue. Me dejó con la pija flácida, feliz y decepcionado a la vez. Tuve una experiencia perfecta, sí, pero también incompleta.
Intenté sacarme esas ideas de la cabeza. Me reproché que estuviera pensando en eso justo al lado de Estela. Pero era más fuerte que yo. Tenía ganas de arrancarle ese vestido, hacerlo hilacha ahí mismo, y cogérmela contra la pared del baño.
Me consolé pensando que era solo el impacto de verla después de tres años. El recuerdo reactivado. Ya me acostumbraría a la idea de tenerla de nuera. Además, no me quedaba otra.
El salón estaba bien iluminado, sin exagerar. Madera oscura, mozos de camisa blanca y moño, decoración sobria. Un ambiente donde uno podía hablar sin gritar, sin música rompiéndote la cabeza.
Estela pidió una copa de vino tinto. Yo pedí lo mismo. Tobías pidió una cerveza artesanal. Michelle, agua con gas.
Estela, como siempre, fue la primera en romper el hielo.
—¿Y estás estudiando algo? —le preguntó Estela.
—Psicología. Ya me queda poco para recibirme.
—¡Guau! Y tan joven —dijo Estela, con una sonrisa que parecía cálida, pero que yo sabía que evaluaba cada palabra—. Linda e inteligente —agregó.
Me pegó un pequeño codazo por debajo de la mesa, como dándome señal de que participara.
—Una combinación peligrosa —dije, con una sonrisa. La miré, y ella también sonrió.
Me pregunté si esa complicidad que había surgido entre nosotros en ese instante venía acompañada de recuerdos. En mi caso, obvio que sí. ¿Ella estaría pensando en cómo me había chupado la pija? ¿En el supuesto miedo que le produjo el tamaño de mi verga erecta?
Michelle, sin embargo, se mostraba con tanta naturalidad que, por momentos, me hacía dudar de si realmente me había reconocido. Yo estaba bastante igual que hacía tres años, salvo que mucho más canoso. Pero, al fin y al cabo, nos habíamos visto durante poco menos de una hora. ¿Yo me acordaba de todas las personas con las que había compartido tan poco tiempo, hacía ya varios años? Por supuesto que no. Incluso tuve amantes pasajeras que me costaría describir.
Eso me generó de nuevo una ridícula indignación, y también una curiosidad peligrosa.
—¿Y cómo se conocieron? —preguntó Estela, clavándole los ojos a Tobías.
—En lo de un amigo —respondió él, orgulloso—. Yo fui con unos compañeros de la facu, y ella estaba con una amiga de la carrera. Pegamos onda al toque.
—Sí, la verdad es que él me pareció muy dulce desde el principio —dijo Michelle, mirándolo con ternura.
Se besaron ahí, en la mesa. Un beso corto, pero lleno de esa intensidad idiota de las primeras veces. Yo apreté la mandíbula.
—No sabía que te gustaban las chicas mayores —comentó Estela.
—Yo tampoco —dijo Tobías, riéndose—. Pero con Michelle no se nota.
—No, no se nota —intervino ella, sin mostrar incomodidad por el comentario innecesario de mi mujer. Era simpática, pero no invasiva. Culta, pero no pedante. Perfecta para ganarse a una suegra.
Estela seguía sonriendo, pero yo la conocía. La estaba escaneando. Analizaba cada palabra, cada gesto. Michelle era lo suficientemente inteligente para notarlo, pero no mostraba ni una sola fisura.
—¿Y pensás ejercer o te gustaría seguir estudiando algo más? —preguntó Estela, dándole otro sorbo a su vino.
—Me gustaría especializarme en neuropsicología. Me apasiona el funcionamiento de la mente. Pero también me gustaría ejercer como terapeuta.
Tobías la miraba como si estuviera viendo a la Virgen. Apoyaba la mano sobre la suya, le tocaba el brazo. Michelle respondía con sonrisas suaves, con miradas cómplices.
Un mozo se acercó a tomar el pedido. Yo pedí un ojo de bife jugoso. Estela, ravioles de salmón. Tobías, sorrentinos con crema. Michelle pidió ensalada. Ensalada… En un restaurante como ese. Claro. Mantenía el cuerpo como una joya, y no era casualidad.
—¿Y tus padres qué dicen de Tobías? —le preguntó Estela.
—Mi mamá lo adora. Mi papá está en España, pero creo que lo aprobaría —dijo Michelle.
Ya cerca del final de la velada, cuando todos estábamos con el postre delante y un par de copas encima, Michelle anunció que iba a pasar un segundo al baño. Vi, por el rabillo del ojo, cómo un montón de cabezas giraban sin disimulo para observarla. Estar con esa chica era como estar con una estrella de cine. Llamaba la atención a donde fuera que iba. Y con ese vestido, elegante, pero a la vez pornográfico, hacía imposible que no despertara la lujuria de cualquiera que se la cruzara.
Por suerte, Estela no la siguió. Viste cómo son las mujeres, que van al baño de a dos, como si fuera una excursión. Pero esta vez, no. Se quedó hablando con Tobías de algo que no llegué a registrar.
Yo ya tenía en claro qué tenía que hacer.
Esperé un par de minutos, y luego anuncié que también iba al baño. Ninguno de los dos me dio mucha importancia. Y, era lógico, no tenían ni idea de qué cosas pasaban por mi cabeza.
Los baños estaban en el primer piso, lo que era muy útil, porque, desde la mesa donde estábamos cenando, era imposible ver hasta ahí.
Michelle estaba esperando fuera del baño de mujeres, bajo esa tenue luz amarilla que salía de la pared como una brasa suave. Sus ojos claros me enseguida.
Me acerqué a ella, sintiendo que el corazón me latía fuerte, y que las manos me transpiraban, como una adolescente que por primera vez en su vida iba a encarar a la mina que le gustaba. Y entonces, sin rodeos, bajó la voz y dijo:
—Te acordás de mí, ¿no?
Yo tragué saliva.
—Obvio que me acuerdo —le dije, sintiendo un dulce orgullo por el hecho de que ella finalmente sí se acordaba de mí.
—No tenía idea —dijo ella—. No sabía que eras el papá de Tobías. Te juro… no tenía idea.
—Lo sé —le respondí.
Ella bajó la mirada. Parecía realmente consternada.
—No quiero que… —dijo, sin poder terminar la frase. Pero enseguida se recompuso. Me miró, con firmeza—. No quiero que Tobías se entere de nada.
—Quedate tranquila —le dije—. Nadie lo va a saber. Ni él… ni mi mujer.
Ella me examinó un segundo.
—Está bien. No me gusta mentirle a mi novio… pero esto es… es muy raro.
—Las casualidades existen —le dije, aunque yo mismo no terminaba de creer tanta coincidencia.
Ella sonrió.
—Tenés razón. Vamos a hacer de cuenta que nos conocimos hoy —me dijo.
—Hoy, a la noche —le agregué yo.
Entonces ella dio un paso más cerca. Me besó en la mejilla. Su boca estaba tibia. El contacto duró un segundo, pero fue suficiente para que se me acelerara el corazón.
—Gracias —susurró. Y después dijo algo tan simple, que sin embargo me estremeció—: Después hablamos… Por chat.
—Dale —le dije yo.
Nos miramos un segundo más. Después ella entró al baño. Y yo me apoyé contra la pared, como si necesitara tomar aire. Porque, posta, lo necesitaba.
Me sentí extraño. Michelle era mi nuera, y compartíamos un secreto que nadie más debía conocer. Y eso, por alguna enfermiza razón, me hacía muy feliz.
Capítulo 3
Ya de vuelta en casa, en el dormitorio, tuve con Estela la conversación obvia. Tocaba intercambiar impresiones sobre nuestra nuera, y yo ya me imaginaba lo que ella pensaba.
—No te gustó, ¿no? —le pregunté, mientras me sacaba los zapatos.
—La chica es divina —me respondió ella, acomodándose en la cama—. El tema es que es demasiada mujer para Tobías.
Yo no pude más que reconocer que tenía razón. Michelle era mucho para cualquier pibe de veinte años. Pero no se lo dije. Me parecía que hacerlo sería como hablar mal de él a sus espaldas.
—Dejalo —le dije—. Lo va a ayudar a madurar.
—Sí, puede ser —dijo Estela, suspirando. Hizo una pausa, y después siguió hablando mientras se desmaquillaba frente al espejo—: A ver, no es que me haya parecido particularmente zorra ni nada por el estilo… pero una mujer como ella llama demasiado la atención. Todos los hombres quieren estar con ella. Ya viste cómo la miraban en el restorán. Tarde o temprano va a conocer a otro tipo, y lo va a lastimar a Tobi.
—Te olvidás de que Tobías es un hombre joven, pero hombre al fin —le dije yo, desde la cama—. Y él también puede lastimarla. Además, que sea tan linda no significa que necesariamente se vaya con cualquiera. Mirate a vos… tantos años conmigo y nunca me engañaste, ¿no?
Ella rio divertida, vino hasta mí y me dio un beso en la frente.
—Claro que no —dijo.
No se esforzó mucho por mostrarse creíble, ni yo esperaba eso. Por suerte ella no me preguntó lo mismo.
—Ah, bueno… pero la verdad es que no creo que hayas encontrado muchos hombres como yo —agregué, agrandado.
Estela me miró con esos ojos entre tiernos y filosos que tenía para cuando sospechaba algo.
—Así que te pareció linda —tiró.
—De todo lo que te dije, lo único que escuchaste fue eso, ¿no? —le respondí, haciéndome el ofendido—. Obvio que es linda, no hace falta que yo lo diga. Se ve a kilómetros.
Ella frunció los labios con una sonrisa.
—No sé… tengo mis reservas —insistió.
—No te preocupes —le dije—. Dejalo que disfrute. Capaz en un par de meses ya se pelean. Pero por lo menos va a tener una buena historia para contar. La experiencia de haberse comido a la chica más linda de la ciudad.
—Ah, ahora es la chica más linda de la ciudad —dijo Estela, anotándolo en la memoria para usarlo después.
—Bueeeno, dale… no seas tonta —me reí—. Si a mí solo me gustás vos.
Me acerqué y la abracé desde atrás. Le acaricié la cintura y le hice sentir la verga dura contra su cadera. No se lo esperaba. Se quedó quieta un segundo.
—¿Estás así por tu nuera? —me dijo de una, sin vueltas. Sin saberlo, le había dado al blanco.
—No seas boluda —le dije, acariciándole las tetas.
Me acomodé encima de ella, besándole el cuello, despacio. Estela se dejó hacer. Se giró un poco para mirarme, y me sonrió. Esa sonrisa que siempre me gustó, la misma de cuando éramos más jóvenes, cuando ambos teníamos la edad de nuestro hijo y no teníamos que preocuparnos por nada.
Le acaricié la cadera, la cintura. Le bajé el pantalón del pijama con cuidado. Las luces del velador le daban un brillo dorado a la piel. Ella me abrazó con una pierna, y yo la penetré, encajando a la perfección dentro de su vagina. Nuestros cuerpos se entendían.
Pero entonces, sin querer, la imagen de Michelle apareció.
Su vestido pegado al cuerpo. Su beso en la mejilla. La frase en voz baja: “Después hablamos…”
Traté de sacudir esa imagen. Me concentré en Estela. Le besé los pechos, le susurré cosas al oído, le dije que la deseaba. Y no era mentira. Pero al mismo tiempo, en el fondo de mi cabeza, mi joven nuera seguía ahí, atormentándome.
Estela jadeaba con suavidad. Se movía conmigo. Me decía que le gustaba, que así, despacio, era mejor. Yo la escuchaba, la acariciaba, la tenía entre mis brazos… y sin embargo, era otro cuerpo el que se dibujaba en mi mente.
Michelle, arrodillada. Michelle chupándome la pija como si se le fuera la vida en eso. Michelle mirándome con esos ojos de cielo, mientras mi cuerpo se rendía por completo.
Intenté resistirme. Cambié el ritmo. Busqué otra posición. Estela se giró, se apoyó de lado. Le besé la espalda, le agarré las caderas. Pero otra vez, la figura de Michelle tomó forma en mi imaginación. Su piel, su culo redondo, perfecto, moviéndose como aquella noche, cuando se lo palpaba mientras no se desprendía de mi pija.
—Así está bien… —dijo Estela, con la voz entrecortada.
Yo solo podía pensar en mi nuera. Pensé en el olor del perfume de Michelle, en la humedad de su boca, en la forma en que sus dedos me habían acariciado mientras me tragaba la verga entera.
Estela gimió. No me había dado cuenta, pero había empezado a metérsela con violencia. Ella lo soportaba, y gozaba de mis embestidas largando gritos que podrían llegar hasta los oídos de Tobi. Después de un rato, acabó.
Yo tardé un poco más. Incluso cuando eyaculé, solo podía pensar en esa rubiecita atrevida que había irrumpido en mi vida.
Al otro día, en la oficina, no tuve tiempo de pensar en nada más que en laburo, por suerte. Desde temprano se habían acumulado quilombos en varios servicios: un vigilador que no se había presentado en una torre de Caballito, una alarma que no se había activado en un edificio nuevo, y dos clientes que llamaban puteando desde temprano. Lo de siempre.
Recién pasadas las once, cuando por fin logré sentarme con un café ya frío y abrir el escritorio, vi que tenía una notificación de Instagram. Un mensaje privado de Michelle.
Sentí un cosquilleo en el estómago. Y aunque me hice el que seguía leyendo mails, no duré ni un minuto más. Abrí la app.
«Hola. ¿Estás?», decía el mensaje.
Corto, neutro. Pero saber que venía de ella me aceleró la sangre.
«Ahora estoy», le respondí. Tenía los dedos temblorosos, como si estuviera esperando una noticia que podía cambiarlo todo.
Tardó un poco en contestar. Supongo que también pensaba qué decir.
«Gracias por no decir nada», escribió.
Y enseguida, otro mensaje:
«No le dijiste nada a Estela, ¿no? Me da mucha vergüenza».
«No, quedate tranquila que no le dije nada. Ni lo pienso decir. No tiene sentido», le escribí. Después agregué algo más, como para sellar el tema: «A veces es mejor no contar ciertas cosas. Lo único que lograríamos sería lastimar a personas que amamos».
Ella respondió enseguida.
«Es verdad.» Y después: «La verdad… quiero mucho a Tobías.»
Me quedé releyendo ese último mensaje. “Quiero mucho a Tobías”, había escrito. No “lo amo”, no “es el amor de mi vida”. Nada de eso. Solo que lo quiere mucho. Una elección de palabras que no me pasó desapercibida. Porque cuando alguien está enamorado, enamorado en serio, usa otras frases más rotundas, más viscerales.
Me guardé la observación. Sabía que si daba muchas vueltas en eso, podía meterme en un juego del que no iba a poder salir.
«Es raro haberte encontrado así», escribió después. «¿Vos sabías algo? No parecías sorprendido».
Le respondí con la verdad. Que me había enterado de casualidad. Que cuando Estela la mencionó por primera vez, me quedó la duda. Y que la busqué entre los contactos de Tobías en Instagram. Le puse que al verla supe que era ella.
Ella mandó un emoji riéndose.
«¿Pensás que podríamos hacer de cuenta que no pasó nada entre nosotros?», puso después.
«Por mi parte, no te preocupes», le respondí. «Podés estar tranquila.»
Me agradeció. Y enseguida escribió algo que me dejó helado y caliente al mismo tiempo:
«Voy a borrar esta conversación. Por favor hacé lo mismo.»
Le prometí que sí, sintiendo que esa complicidad entre nosotros iba aumentando, y que, si la dejaba crecer, podía convertirse en algo peligroso. Sin embargo, me aferré a ese secreto nuestro, como si fuera un tesoro. Tendría con mi nuera algo que no compartíamos con nadie más. Un recuerdo imborrable para ambos.
Cerré el chat. Dejé el celular boca abajo sobre el escritorio. Me quedé mirando la pantalla de la compu sin leer nada. El cursor titilaba en un correo sin terminar, pero yo no podía seguir.
No me sorprendió darme cuenta de que tenía la verga dura. Solo con interactuar con esa chica del otro lado de la pantalla, sin verla, sin oírla, sin tocarla, me había puesto como un animal.
Me pregunté si había actuado bien. ¿No tendría que haberme mostrado más culpable por el hecho de ocultarle semejante cosa a mi propio hijo? ¿Y ella? ¿No debía sentirse una mujer infiel solo por esconder lo que había pasado conmigo hacia tres años?
Claro, era fácil decirlo. Pero, ¿cómo encarar una situación así? Ni yo mismo quería hacerlo.
Respiré hondo. Tomé un sorbo del café, ya intomable de lo frío. Me dije que no debía preocuparme. Que Estela tenía razón: Michelle era demasiada mujer para Tobías. Por más que sonara feo, injusto, duro, era la verdad.
Yo la veía más con alguien de treinta y pico. Un tipo formado, con experiencia. Alguien que no se pusiera nervioso por verla en tanga. Que no se enamorara a la semana. Que pudiera tomarla de la cintura con seguridad y decirle qué hacer sin temblar.
Estaba convencido de que, en un par de meses, iba a quedar en el pasado. Como ella misma había dicho, todos los hombres que estaban con ella pasaban por un infierno. Tobi no iba a soportar estar con una mujer así. Era mucho más de lo que podía lidiar.
Pasaron semanas. Meses.
A Michelle se la nombraba cada tanto en casa, más por Estela que por Tobías. Cuando le preguntábamos algo, él respondía con lo justo. Nada raro, nada grave, pero tampoco con ese entusiasmo del principio. A mí me pareció que algo se había enfriado. Ni siquiera la había llevado de nuevo a casa.
Y, siendo sincero, eso me quitó un enorme peso de encima.
En un punto la ausencia de Michelle fue tal, que di por sentado que la cosa ya había terminado.
…..
Una noche me tocó volver tarde del laburo, igual que aquella vez… Ya no me pasaba seguido desde que era jefe de operaciones, pero esa noche fue distinta. Habían entrado unos tipos a un edificio del microcentro, bien organizados, grupo comando. Ataron al vigilador, lo dejaron tirado como un trapo. El supervisor fue primero, pero después me llamaron a mí. Cuando es quilombo pesado, me toca poner la cara.
Volví a casa cerca de las dos de la mañana. Tenía el cuerpo hecho mierda. Pero más que eso, tenía la cabeza quemada.
Apenas entré, noté que la luz de la cocina estaba prendida. No había ruido, ni música, ni voces. Solo esa luz encendida, como una señal.
Fui caminando despacio. Sin hacer ruido. Tal vez sabiendo, en el fondo, con qué me iba a encontrar.
Y ahí estaba Michelle, apoyada en la mesada, descalza, con un vaso de agua en la mano.
Me miró y sonrió.
—Hola —me dijo, con voz bajita.
Tenía puesto un short de algodón gris, de esos suavecitos, que se le pegaba al cuerpo como si fuera parte de la piel. Terminaba justo debajo del culo. Encima llevaba una musculosa blanca, finita, sin corpiño. Lo supe porque los pezones se le marcaban en la tela, puntiagudos.
—Hola —le dije, con la voz más normal que pude sacar.
Me acerqué y le di un beso en la mejilla. Quise que fuera solo eso, pero me tembló un poco la mano cuando me apoyé en su cintura para saludarla.
Me dije que era un boludo por no haber confirmado la ruptura con Tobías. Me había confiado mucho, y ahora que me la encontraba en la casa, a la madrugada, en un horario tan cercano al de aquella vez en la que me hizo esa perfecta mamada, no podía ocultar del todo lo que me provocaba verla.
Nos quedamos ahí, a medio metro.
El silencio se hizo pesado. El aire, espeso. Yo con el saco todavía puesto, ella casi en bolas, y los dos ahí, sabiendo que el otro estaba recordando el momento íntimo que habíamos compartido.
—Parece que nuestros encuentros van a ser siempre así —le dije, sonriendo, mientras me acomodaba contra la mesada—. Cuando vuelvo tarde del trabajo.
Michelle también sonrió, pero enseguida se puso seria. Me di cuenta de que había sido un pelotudo. Una cosa era saber en qué estábamos pensando en ese momento, pero otra muy distinta era pronunciarlo en voz alta. Era obvio que yo estaba haciendo alusión a esa madrugada del dos mil quince, y ella se incomodó al oírlo.
—Estás con Tobías, me imagino… —le dije, bajando un poco la voz.
—Sí —respondió, con tono neutro—. Se durmió al toque después de…
Dejó la frase ahí, flotando. Pero no hacía falta que la terminara. Era obvio cómo seguía: después de cogérsela.
Y claro, no me sorprendía. ¿Quién no se quedaría seco después de montarse a esa mujercita salvaje? Ese cuerpo perfecto, esa boca, esa actitud. Michelle no era una piba común. Te absorbía, te drenaba el semen y el alma.
Ella tenía un vaso de leche a un costado, sobre la mesada. Lo tomó y dio un trago. Vi cómo el líquido blanco se deslizaba por sus labios, cómo tragaba con la garganta expuesta. Esa simple acción me generó pensamientos tan sucios que tuve que pestañear para no perderme.
—¿Y va todo bien entre ustedes? —le pregunté, casi sin pensar.
—Sí —respondió—. Con las cosas típicas de novios, pero nada más allá de eso.
Di un paso más hacia ella. Dejé el portafolio sobre una silla. Me acerqué lo suficiente como para olerla. Esa mezcla de crema, shampoo y algo más… algo a piel limpia y a sexo.
—Mirá… Tobías es muy sensible. Si se llega a enterar de lo que pasó entre nosotros… por más que haya sido hace tanto…
—No te preocupes —me interrumpió, girando un poco la cabeza para mirarme.
Tenía los ojos brillosos y, por algún motivo, pensé que era de excitación.
—Yo sé guardar un secreto —dijo—. Además, no es que lo hayamos engañado. Fue antes. Una casualidad terrible. Y como dijiste vos… mejor no lastimarlo.
—Claro… —alcancé a decir yo, medio en piloto automático.
Ella terminó de tomar el resto de la leche. Vi cómo vaciaba el vaso, cómo el líquido blanco desaparecía entre sus labios carnosos. Lo lamió por fuera, aparentemente distraída. Pero yo sospechaba que cada gesto suyo, cada palabra, cada movimiento, era premeditado. Y su objetivo solía ser volver locos a los hombres.
Fue hasta la pileta y empezó a lavar el vaso. Se agachó un poco. Y ahí la vi de espaldas. El shortcito se le trepaba entre las nalgas, marcando su orto a la perfección. Tenía una cintura de avispa, unas caderas suaves, y ese culo… ese culo era una obra de arte. De una profundad que te absorbía, y con una contundencia que te daban ganas de devorarlo.
Me empezó a latir la verga. Literal. Sentí cómo se me iba hinchando despacio, casi por reflejo. Traté de concentrarme, de mirar otro lado. Pero no había escapatoria.
Y entonces, no sé por qué, le dije algo que quizás no debía.
—Espero que no sigas haciendo con tu novio lo mismo que hacías antes…
Ella giró lentamente, con el vaso ya enjuagado en la mano. Frunció el ceño. Y me miró fijo.
—¿Qué cosa? ¿Cagarlo con un desconocido de cuarenta años a quien le chupé la verga?
Me clavó la frase sin anestesia, como una daga. Después sonrió con malicia.
—No, no te preocupes… Eso fue solo porque mi novio me había cagado —dijo. Y giró sobre sí misma.
Se fue caminando hacia el pasillo, con las caderas balanceándose como un péndulo. Cada paso suyo era un insulto a la lógica, un desafío a la resistencia. Ese culo, moviéndose así, con esa ropa, después de decirme eso… me dejó paralizado.
Me quedé ahí, solo, con la pija dura y el corazón latiendo como un redoblante. Y su voz resonando todavía en mi cabeza.
Pasaron días, semanas. Y yo me seguía encontrando pensando en Michelle mucho más de lo que debía. Ahora que había regresado a mi vida, la obsesión que había tenido en los meses posteriores a nuestro encuentro, surgieron de nuevo, más intensas todavía.
También sentía una lujuria desbocada que desahogaba con Estela.
—¡Che, pero estás incansable últimamente! —me decía, cuando acababa.
—¿Te parece? Debe ser que estás más buena que nunca. Te hace bien el gimnasio —le decía yo, haciéndome el boludo, como si la presencia de nuestra nuera no tuviera nada que ver con las continuas erecciones que tenía.
Literalmente, tenía las energías sexuales de cuando tenía veinte años.
La veía seguido, sí. Pero siempre con Tobías. Ella me saludaba con simpatía, sin ninguna seña especial. A veces cruzábamos alguna charla suelta en la cocina, siempre a la vista de los otros, siempre con una sonrisa, siempre cuidando el tono.
Y después estaban los mensajes. Nada grave, nada fuera de lugar, pero cada tanto ella me mandaba un sticker, una respuesta a una historia, un emoji. Y yo me sentía un tarado por cómo me afectaban esas pelotudeces.
Una noche, volví del laburo bastante cansado. Había estado metido con unos proveedores que no entregaban lo prometido, y con un supervisor nuevo que no entendía una goma. Llegué, cenamos algo rápido, y cuando me estaba por ir a dar una ducha, Estela me habló:
—¿Te diste cuenta de lo triste que está Tobías? —me dijo, con la mirada clavada en la tele.
—¿Tobías? —pregunté, sin entender—. Está normal, como siempre. ¿Por qué lo decís?
Ella suspiró con fuerza.
—Dios mío… es obvio que necesita una charla de hombre a hombre.
—¿Una charla de qué? —dije, solo para provocarla.
—Debe estar mal por… ya sabés quién.
—Llamala por su nombre, no seas mala —le dije.
—Y vos siempre tenés que defenderla —me dijo enseguida, girándose hacia mí.
—No la defiendo. Simplemente te digo que nuestro hijo tiene una sola novia, y sabés bien cómo se llama.
Ella se cruzó de brazos, con esa expresión que ya conocía de memoria. La de cuando iba a decir algo malicioso.
—Bueno. Debe estar mal por la putita de Michelle —dijo, pausada, masticando cada sílaba.
Me cayó mal, porque sabía que tenía razón. Michelle era bastante puta, y yo lo sabía mejor que nadie.
—Capaz está mal por otra cosa —dije, sin mucha convicción—. Capaz no tiene nada que ver con ella.
—Puede ser. Pero no vamos a saberlo hasta que cumplas con tu rol de padre.
—Está bien, le voy a hablar —le dije.
—Decile que acá estamos para lo que necesite…
Fui hasta el cuarto de Tobías. No suelo hacer mucho de padre ejemplar, ya lo sé. Pero no lo hice porque me lo ordenó mi mujer, por más que no me crean. Lo hice porque tenía razón. Cada tanto tenía que hablar de ciertas cosas con mi hijo, darle consejos, escucharlo. Y este era uno de esos momentos.
Golpeé la puerta dos veces, y entré.
—¿Todo bien? —le dije, con un tono neutro, como tanteando.
—Sí, todo bien —respondió él, sin mirarme.
Cerré la puerta a mis espaldas y me acerqué. Tenía la persiana baja y el cuarto estaba medio en penumbras. Se notaba que había estado ahí encerrado un buen rato.
—Bueno —le dije, mientras me sentaba en la punta de la cama—, no me voy a poner pesado como tu mamá… pero, sabés que si necesitás hablar, estoy, ¿no?
Me miró. Y en ese instante, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Me mandé una cagada —dijo, bajito.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Y qué pasó? —pregunté, ya un poco más serio.
—Nada… el otro día estuve con Astrid y… bueno… pasó algo entre nosotros.
—¿Astrid? ¿Quién es Astrid?
—Una chica con la que salía antes de estar con Michelle. Pero no importa… la cuestión es que… se lo conté a Michelle.
Ahí no lo dejé ni terminar la frase.
—¿Cómo que se lo contaste? ¿Estás loco? —le dije, levantando un poco la voz sin querer.
Él bajó la cabeza.
—Si vas a ser infiel… que ya de por sí está mal —agregué—, por lo menos tené la decencia de que ella no se entere. No la lastimes con cosas que te pasan a vos y que podés manejar solo. ¿Acaso no te lo enseñé ya?
—Sí, ya sé… —dijo él, y empezó a llorar más fuerte, como un nene.
No podía creer que no haya aplicado una de las pocas cosas útiles que le había enseñado: los cuernos no se cuentan y, si se descubren, igual se niegan a muerte. Aunque tu pareja tenga veinte testigos y un video en donde salías cogiendo con otra mina.
Igual no pude evitar sentir una amarga culpa al decirle eso. Yo, dándole lecciones de fidelidad. Yo, que apenas unos días atrás tenía la verga dura por la novia de mi hijo. El mundo al revés. Pero bueno… a veces uno no es ejemplo, pero igual puede aconsejar. Qué sé yo.
—Pero con Michelle nos prometimos ser siempre sinceros —dijo él entre lágrimas.
Eso me sorprendió. Porque Michelle, justamente, no estaba siendo nada sincera con él. Pero no le dije nada. No iba a atormentarlo más de lo que ya estaba.
—¿Y entonces qué pasó? —pregunté.
—Que cortamos —dijo.
—¿Cortaron? ¿Así de una?
—Sí… me dijo que necesitaba pensar, que no podía con eso. Me bloqueó de todos lados.
—¿Y con esta Astrid qué pasó? ¿Cogieron?
—¡No! —dijo, rápido—. Solo fue un beso. Y estaba borracho. Fue una pelotudez.
Suspiré.
—Bueno… con más razón. No es tan grave. Dale tiempo. No la atosigues con mensajes, ¿me escuchás? Solo mandale algunos en los que le dejes claro que estás muy mal, que te arrepentís, que le pedís perdón. Y sobre todo, repetile que la amás. Que es muy importante para vos.
Él asintió, con la cara empapada.
—¿Y vos creés que me va a perdonar?
Debía contestarle que sí. Pero recordé lo que me había dicho ella. Que había engañado a su novio conmigo solo porque él la había cagado antes. Y no era solo Michelle. En mis conversaciones con mujeres jóvenes —que a veces terminaban en algo más—, me había dado cuenta de que era muy común entre ellas vengarse de manera cruel de los novios infieles. Había algunas que incluso se cogían a los amigos de sus ex.
Pero no podía decirle eso. Así que simplemente le puse la mano en el hombro y le dije:
—Todo se puede arreglar si hay amor de verdad. Pero hay que saber esperarlo.
Tobías asintió, como queriendo creerme. No pude evitar sentir pena por él. Era muy probable que ese beso tonto le iba a costar muy caro. En ese mismo momento, Michelle podría estar chupándole la pija a un tipo cualquiera.
Eso me hizo sentirme terrible. Y no por mi hijo. Sentí en cambio unos celos enfermizos.
Tomé una decisión: iría a buscar a mi nuera, y evitaría que hiciera un estupidez.
Continuará
Por Gabriel B