La mujer de mi hijo (Capítulos 4-6)

La mujer de mi hijo (Capítulos 4-6)

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Capítulo 4

Fui con mi auto rumbo a un lugar desconocido. Sabía que Michelle vivía en Palermo, pero nunca supe en dónde. Ni siquiera esa vez que intimamos me había dejado llegar hasta ahí. Le mandé un mensaje directo. Le pregunté: «¿dónde estás?» Conduje nervioso a la ciudad, entrando a Capital Federal, dejando atrás el gris suburbano del conurbano profundo. Las luces se multiplicaban, cada semáforo parecía eterno, como si la ciudad estuviera jugando con mi ansiedad.

Mucho después de que yo le escribiera, me respondió: “¿Para qué querés saber?”. “Quiero hablar con vos”, le dije. “¿Por qué?”, me preguntó. «No quiero que hagas una tontería», le puse.

Tobías había sido un imbécil, sin duda. Pero no por haber besado a esa chica, sino por habérselo contado a Michelle. Pero tampoco merecía que su novia le devolviera con algo mucho más duro. No podía evitar pensar que yo, el padre, estaba ahí tratando de evitar que la herida se abriera más… cuando en el fondo también tenía una mano en la herida.

“Ya salí de mi casa y estoy en camino a Palermo”, le escribí. “Decime dónde estás”.

Para mi sorpresa, ya cuando estaba a un par de kilómetros del barrio, ella me mandó una dirección. Me dijo: «Esperame en la esquina». Evidentemente no era su casa. De hecho, no la vi salir de ningún edificio. La vi caminando desde la cuadra de enfrente. Llevaba una pollerita tableada, cortísima, que la dejaría expuesta con una brisa fuerte. Un top blanco, apretado, que dejaba al descubierto su abdomen liso, y una camperita de cuero negra, corta. El pelo suelto, revuelto, bailando con el viento cálido de la noche porteña. Estaba perfectamente maquillada, parecía una invención de una inteligencia artificial de lo perfecta que era. Y caminaba con esa seguridad que tienen las mujeres que saben que todos los ojos están sobre ellas.

Le toqué la bocina. Ella giró, reconoció el auto enseguida y se subió al asiento del acompañante. Al cerrar la puerta, me miró con una media sonrisa y dijo:

—Este auto me gusta más que el que tenías antes.

Claramente se refería a aquel en el que me había chupado la pija. No dije nada al respecto. Solo me acomodé en el asiento, prendí el aire, y la miré de reojo.

—¿Qué querías? —me dijo seca, directa—. ¿Te contó Tobías lo que pasó?

—Sí —respondí.

—¿Y? Es cosa nuestra —agregó.

—Sí, es verdad—reconocí—. Pero… mirá, yo sé que él cometió un error. Pero también tenés que tener en cuenta contexto.

—¿Qué contexto? —me preguntó.

—Bueno, estaba borracho —le dije—. Y además, la chica se le tiró encima y lo besó. Fue solo un beso. Ojo, no digo que esté bien o que tengas que perdonarlo así nomás. Pero tampoco quiero que hagas algo peor de lo que él te hizo.

—¿Algo como cogerme a alguien? —me tiró de una, sin anestesia. Y enseguida me clavó la mirada—. ¿Qué? ¿Me ves vestida así y pensás que me voy a acostar con alguien?

La miré de reojo. Vi sus tetas erguidas, redondas, marcadas por la tela del top, sus piernas largas, torneadas, lisas, bronceadas. La pollerita apenas le cubría lo justo. Si la levantaba apenas un poquito, podría ver su bombachita. La piel parecía de terciopelo. La miré después a los ojos. La pendeja era hermosa por donde se la mirara. No era solo un lindo culo con un par de piernas y tetas. Tenía esos faroles con los que podía hipnotizar a cualquiera, y esa geta de facciones preciosas, con el mentón algo puntiagudo, los labios gruesos, la nariz respingona y los pómulos sobresalientes. Como se dice ahora, tenía una belleza hegemónica. Aunque esa expresión no terminaba de hacerle justicia. Para comprender la belleza sobresaliente de Michelle, era necesario verla. Ella resaltaría incluso entre un montón de chicas hermosas.

—Sí —le dije—, estoy seguro de que te vas a ver con alguien. —Luego, sin poder contenerme, agregué—: ¿Con quién?

—Eso no te importa —dijo ella—. Igual, ya corté con Tobías. Así que por más que… que me coja alguien, no va a ser peor de lo que me hizo él. Porque lo de él fue mientras estábamos de novios.

—Bueno —dije, cediendo un poco—. En eso tenés razón, pero… todo es muy reciente. Él todavía te considera su novia. Tiene esperanzas de recuperarte.

—Si él quiere una oportunidad… tiene que trabajar por ella —dijo—. Mirá —agregó después, mostrándome la pantalla de su celular—, solo me mandó un par de mensajes.

Recordé enseguida el consejo que le había dado a Tobías: que no la atosigara, que le diera espacio. Así que respondí:

—Es que no debe querer presionarte en un momento así. Quiere darte tu espacio. Pero no tengas dudas de que te ama.

—No importa —me dijo ella, volviendo a mirar por la ventanilla.

Afuera, Palermo brillaba con su ritmo de siempre. Gente saliendo de los bares, risas que se perdían en la vereda, motos zigzagueando entre autos caros, bicicletas con mochilas de delivery. Era una noche húmeda, pero no sofocante. Una noche donde todo podía pasar. Y Michelle, con ese perfume tenue y dulce que ya conocía, con esa pollera como una amenaza, parecía ser parte del decorado de esa ciudad que se come vivos a los ingenuos. Y yo… yo no sabía si estaba ahí como suegro, como padre preocupado, o como un boludo que todavía fantaseaba con ella.

—¿Por qué lo vas a hacer? —le pregunté entonces, ya sin dar vueltas—. ¿Con quién te vas a ver? —insistí después.

—¿Para qué querés saber? —me respondió ella, con un tono seco.

—Solo quiero saberlo —le dije.

—Con un profesor —soltó de repente.

La miré, incrédulo.

—¿Y tengo que creer que con ese profesor te estuviste hablando desde hace unas horas y hoy concretaron para verse? No lo creo —le dije, sacado.

—Y no… Ya hablaba con el tipo desde antes —me dijo, sin un gramo de culpa—. No importa —agregó—. Eso no es una infidelidad.

—¿No lo es? —pregunté, dolido, rabioso, sin poder disimularlo.

Era como si ella estuviera a punto de meterme los cuernos a mí. No sé por qué mierda sentía eso.

—No quiero hablar —dijo ella, mirando para otro lado—. Quiero bajar, quiero irme.

—¿De verdad lo vas a hacer? —le pregunté, con el corazón latiéndome fuerte en el pecho.

—Sí. Me voy a coger a mi profesor.

Me ardieron los oídos. Me mordí la lengua para no putearla. Pero no pude evitar seguir insistiendo. No entendía qué era lo que me retenía ahí. O más bien lo sabía, pero no lo quería admitir. Lo mejor sería que se fuera con ese profesor y listo. Que se lo cogiera y que Tobi se enterara. Así, nos sacaríamos de encima a esa mina que solo había aparecido para arruinar todo. Pero no podía hacerlo.

—Vas a lastimar a Tobi al pedo.

—Tobi me lastimó a mí.

Estaba encaprichada con irse, o eso parecía. De repente, me di cuenta de algo. ¿Por qué se quedaba ahí? ¿Por qué había ido a verme? No tenía ninguna obligación de hacerlo. De hecho, lo más práctico para ella hubiera sido ignorarme. Mucho más si de verdad ya había tomado una decisión.

—Me voy —murmuró.

Tardó un instante en girar para abrir la puerta. Un instante. Lo que yo sentí como una señal. Como si, en el fondo, ella quisiera que la retuviera.

Entonces, instintivamente, estiré la mano y la agarré del brazo.

—No te vayas —le dije.

—¿Por qué? —me dijo, girando apenas el rostro, sin soltarse.

—No quiero que te cojas a ese tipo.

—¿No querés? —me preguntó, levantando una ceja, entre irónica y provocadora.

Y no aguanté más.

Me le tiré encima. Le agarré la cara con las dos manos y la besé como si hubiera estado esperando toda mi vida para hacerlo. Y en parte era así. Fue un beso desesperado, lleno de bronca, de deseo, de todas las veces que me la imaginé desnuda y jadeando debajo mío.

Ella respondió al instante. Abrió su boca, y nuestras lenguas se buscaron con furia. Era un beso de película porno, mojado, ruidoso, sucio. Sentí sus tetas aplastándose contra mi torso. Me ardía la verga, se me paró con una rapidez animal.

Le metí una mano dentro de la pollerita. Y subí, le agarré el culo con fuerza. Cuando los dedos se metieron más en la profundidad de su orto, sentí la precaria tela que la cubría.

Ella me tiró del cuello de la camisa, me atrajo más, como si quisiera que me metiera entero en su boca. Estábamos perdidos. No había ni un atisbo de resistencia. Era pura calentura.

Gemía contra mi lengua. La respiración se nos mezclaba. Tenía el maquillaje un poco corrido, los labios hinchados de tanto beso, y me miraba con esa carita que mezclaba inocencia y lujuria como nadie.

—Esto está mal… —dijo en un suspiro.

—Lo sé —le respondí, con la frente apoyada en la suya, sin dejar de acariciarle el culo.

—Pero me calienta tanto… —dijo, bajito, mordiéndose el labio.

Nos volvimos a besar. Ahora más lento, más profundo. Mis manos subieron por su espalda, y sentí cada huesito de su columna mientras la pegaba más a mí. La ciudad seguía girando allá afuera, las luces, los autos, las personas. Pero ahí adentro éramos solo nosotros. Una bomba de tiempo a punto de estallar.

Cuando nos separamos, ella soltó las palabras mágicas:

—Acá cerca hay un hotel.

Me quedé mirándola unos segundos, como si necesitara confirmación de que eso que acababa de decir era real. Suspire, saqué el celular y abrí el GPS. Busqué el más cercano. Palermo tenía unos cuantos, pero el primero que me apareció fue uno que conocía de nombre, aunque jamás había pisado: Hotel Amancay, sobre la calle Güemes. A tres cuadras de donde estábamos.

No dijimos más nada. Me acomodé en el asiento y arranqué. Ella estaba sentada al lado mío, sin hablar, con esa expresión entre seria y caliente que me volvía loco. Sus piernas cruzadas, el top apretado marcando sus tetas, y el pelo suelto bailándole con el viento de la ventanilla. La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.

Solo podía pensar en lo que estaba a punto de pasar: me iba a coger a esa pendeja hermosa de una buena vez. No importaba la novia de quién era. No importaba a qué había ido supuestamente hasta Palermo. No importaba que mi hijo estuviera llorando en la casa, que mi mujer pensara que salí de urgencia por algo que pasó en el trabajo. Lo único que importaba era que me iba a quitar las ganas con esa rubiecita puta.

Estacioné sobre la vereda, justo frente a la entrada del hotel. Una cortina metálica a medio cerrar, una luz roja discreta alumbrando la puerta. Bajamos. Tocamos el timbre. Nos atendió una mina desde adentro con voz cansada. Me pidió que me identificara, pero fue todo rápido, sin vueltas. Me cobró en el momento, efectivo. Nada de DNI, nada de nombres. Solo me extendió una tarjeta plástica con el número de habitación.

Subimos por un pasillo alfombrado, con esas luces tenues que apenas iluminaban el camino. El lugar olía a desinfectante y a perfume barato, ese que siempre queda pegado en los telos. Mientras avanzábamos en silencio, me di el gusto de palpar el culo de Michelle, como si estuviera probando la mercadería antes de consumirla. Como si necesitara la confirmación de lo que podía hacerle a esa mujercita hermosa que se había metido conmigo en ese hotel.

Cuando abrimos la puerta de la habitación, sentí un calor espeso en el pecho. Era grande, con una cama king de sábanas blancas estiradas al punto justo, un espejo en el techo que reflejaba nuestras siluetas apenas entramos, y una luz tenue tirando al rojo desde los rincones. A un costado, un frigobar con botellas y dos copas, y más atrás un hidromasaje encendido, haciendo un burbujeo que parecía burlarse de mi ansiedad.

Todo eso lo vi en segundos, pero en realidad no me importaban esos detalles. Mi mirada volvía siempre a ella. A Michelle, que se sacaba despacio la campera de cuero, dejándola sobre una silla, que me miraba con esos ojos claros, entre provocadores y decididos.

Yo tampoco dije nada. Cerré la puerta con seguro. Y ahí empezó todo.

La desvestí lento, mientras mi verga palpitaba dentro del pantalón. Le saqué el top. Sus tetas quedaron ahí, rebotando un poco con cada movimiento. No eran enormes, pero tenían la forma perfecta. Como dos manzanas duras y redondas, con los pezones rosados que se le paraban de pura excitación.

Le saqué la pollerita. Abajo no tenía nada más que una tanguita diminuta. Se la bajé de un tirón y vi su concha, peladita, apretada, mojada.

Me quedé unos segundos mirándola entera. Esa piba era un pecado, una diosa. Y estaba ahí, desnuda en la habitación de un telo, mirándome como si me desafiara a hacerle de todo.

Me saqué la ropa sin decir una palabra. Me miró la verga con los ojos bien abiertos, como si no pudiera creer el tamaño. Siempre me pasaba eso con las minas más chicas. Soy alto, grandote, y mi verga es acorde al tamaño de mi cuerpo. Siempre tengo que andar con cuidado, para no lastimar.

Ella se tiró en la cama, con las piernas abiertas. Estaba tan mojada que se notaba desde donde yo estaba. Me acomodé entre sus piernas, agarré mi pija con una mano, y se la empecé a pasar por la vagina, suave, sin penetrarla aún.

—Tranqui… —le dije—. Te la meto despacito.

Ella asintió, mordiéndose el labio.

Apoyé la punta y empujé apenas. Ella soltó un gemido. No era de dolor, era de sorpresa, de sentir esa cosa gruesa abriéndola de a poco. Yo respiraba hondo, tratando de no apurarme, pero tenía la sangre hirviendo. Cada vez que metía un poquito más, ella se tensaba, pero no me frenaba. Al contrario. Me clavaba las uñas en los brazos y me decía bajito:

—Dámela… metémela entera…

Cuando por fin se la metí toda, ella gritó, con una mezcla de placer y dolor que no hizo que me detuviera. Yo quedé completamente adentro, sintiendo cómo su conchita me apretaba de una manera que me hacía ver estrellas. Empecé a moverme despacio, y cada vez que entraba, ella cerraba los ojos y gemía como una nena malcriada.

Le agarré las piernas y se las levanté, me incliné sobre ella. Nuestros cuerpos eran un contraste total. Yo, grandote, transpirado, con los músculos marcados y ella tan chiquita, tan suave, tan de porcelana. Me sentía un animal encima de una muñeca.

La empecé a coger con fuerza. La cama crujía. Sus tetas saltaban. Ella me arañaba la espalda y me decía cosas sucias al oído:

—Cogeme… así… no pares… metémela toda…

Yo gemía también, desesperado. Y se la metía cada vez más rápido, más profundo. Ella estaba hecha una sexópata, recibiendo mis embestidas sin problemas, pidiendo más pija, una y otra vez.

—Rompeme toda —decía—. Me lo merezco, Haceme mierda la concha.

Yo no la iba a lastimar, obvio. Pero sus palabras me animaron a metérsela con toda sin culpa. Sus paredes vaginales apretaban mi verga, pero, a la vez, estaban tan resbalosas que podía metérsela hasta el fondo sin problemas. Mientras lo hacía, la miraba: sus ojos enloquecidos, sus senos turgentes, sus labios húmedos. Estaba perdida en la lujuria, igual que yo.

Después de un rato así, ella tuvo un orgasmo. Se arqueó toda, me apretó con una fuerza increíble. Yo me quedé adentro, bien metida, esperando que bajara un poco el temblor que tenía en el cuerpo.

Apenas terminó de temblar, se quedó ahí, toda blandita, con la piel pegajosa y el cuerpo transpirado. Me la quedé mirando. Tenía las mejillas coloradas, el pelo todo revuelto y los ojos entrecerrados, como si estuviera en otra dimensión.

—Dame un segundo —me dijo, con la voz ronca.

Pero yo no quería darle nada. No podía parar. La tenía dura como una piedra. La calentura me corría por las venas. Me bajé un poco, le empecé a besar la panza, el ombligo, hasta que llegué a su concha. Le abrí bien las piernas y me metí entre ellas.

—¿Qué hacés? —susurró, entre risas.

—Callate y disfrutá —le dije, y le pegué un lengüetazo largo, directo en la concha.

Ella se sacudió entera. Me la empecé a comer con todo. Le metía la lengua, se la pasaba por el clítoris, la chupaba con fuerza y después se la lamía lento, como si la saboreara. Le metía uno y después dos dedos. Ella gemía, me tiraba del pelo, se retorcía. Me miraba de reojo, con esa cara de no poder creer lo que le estaba haciendo.

—Haceme acabar otra vez… —me dijo con la voz entrecortada—. Así… no pares, seguí ahí…

Le metí los dedos hasta el fondo y le chupé el clítoris con ritmo. Estaba empapada, chorreaba, y eso me calentaba más. Cada gemido suyo era música. Cada temblor, gasolina para mi cuerpo. La apuré un poco más, y de repente se vino de nuevo. Gritó bajito y me apretó la cabeza contra ella con fuerza.

Me incorporé, me limpié con la mano. Me subí a la cama de nuevo. Ella seguía agitada, pero ya me estaba mirando de nuevo con esos ojitos de loca.

—Mirá que yo todavía sigo duro —le dije, señalando con la mirada mi verga erecta, con las venas marcadas.

Le agarré la cintura y la hice girar. La puse boca abajo. Le levanté la cadera, dejándola con el culo bien parado, bien expuesto.

—Así me gustás más —le dije, mientras le pasaba la verga por la rayita del orto.

Ella apoyó la cara sobre la almohada y levantó un poco más la cola, ofreciéndose, provocándome. Le acaricié el culo, le di un par de cachetadas suaves. Después la agarré con las dos manos y le metí la pija de nuevo, despacio al principio, y después hasta el fondo.

—¡Ay! —gimió ella—. Que grande. Me vas a romper toda.

—Eso quiero —le dije—. Romperte toda. Eso se merecen las nueras tan putas como vos.

Ella volteó para mirarme. Pensé que me la iba a encontrar con el ceño fruncido, pero en cambio me miraba con una sonrisa perversa.

Y le empecé a dar fuerte en serio. Igual, ya se había dilatado lo suficiente como para soportarlo. Mis bolas chocaban contra su conchita mojada en cada embestida. El ruido del sexo se mezclaba con sus gemidos y los míos. Era salvaje. Ella se agarraba de las sábanas, enterraba la cara en el colchón, y me dejaba hacerle lo que quisiera.

La tomé del pelo, le tiré un poco la cabeza hacia atrás, y le metí la lengua en el oído.

—Tres años esperando para cogerte. Pendeja puta —le dije, con rabia.

—Bueno, ahora date el gusto —me dijo ella.

Esa frase me descontroló. Le clavé bien la pija, todo lo profundo que podía. La llené una y otra vez, con más fuerza, con más hambre. Sentía cómo su cuerpito se estremecía debajo del mío. Tan chiquita, tan suave, y yo ahí, encima, dándole sin piedad.

Y, hablando de piedad. Ninguno tuvo piedad de Tobi, en ningún momento. Solo existía nuestro placer prohibido. Ella no lo iba a admitir, pero estaba seguro de que el hecho de que fuera su suegro la calentaba mucho. Otra anécdota para contarle a sus nietos, pensé.

Le acariciaba la espalda, el cuello, le decía al oído todo lo que le iba a hacer, y ella solo gemía y me decía:

—Dale, seguí, no pares, cogeme toda…

Después de un rato así, bajé el ritmo. No quería acabar todavía. Salí de adentro suyo, le di un beso en el culo, y la dejé recostarse boca arriba otra vez.

Quedamos los dos tirados en la cama, respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Yo con el pecho inflado, todavía con la verga parada, ella con las piernas abiertas, todo el cuerpo húmedo, los pelos revueltos y las mejillas encendidas. Nos miramos sin decir nada. Por un segundo, me dieron ganas de besarla despacito, de acariciarle la cara, pero ella me cortó el momento. Se levantó, se acomodó el pelo con las manos y se arrodilló entre mis piernas.

—¿Qué hacés? —le dije, sabiendo perfectamente lo que iba a hacer, pero igual se lo pregunté, como un boludo.

—¿Querés que te lo diga o que te lo muestre? —me dijo con una sonrisa de demonio, y sin esperar respuesta, me agarró la verga con una mano y se la llevó a la boca.

Me la empezó a chupar despacio, primero solo la puntita, después un poco más, con esa boquita rosada que parecía hecha para eso. La lengua me la recorría entera, me la acariciaba, me la mimaba. La miraba desde abajo, con esos ojitos traviesos, como si supiera que estaba haciendo algo prohibido y se relamiera con eso.

—Sos una guacha —le dije—. ¿Te gusta sentir tus propios flujos en mi pija?

Ella no respondió, tenía la boca llena.

Me chupaba con ritmo, me la escupía, la volvía a meter. Jugaba con mi pija como si fuera un caramelo. Me la sacaba un segundo para pasarle la lengua desde la base hasta la punta, y después volvía a tragársela, cada vez más profunda. Sentía cómo entraba entera, cómo me apretaba la boca, cómo me rozaba los dientes apenas. Se la sacó un instante, la dejó brillosa de saliva, y me la acarició con ambas manos.

—Tenés una pija hermosa —me dijo, y volvió a tragársela.

No podía creer lo puta que estaba esa mina. Tan chiquita, tan frágil en apariencia, y ahí estaba, dominando por completo a un hombre que podría ser su padre.

Me tomó los huevos con una mano, me los masajeó despacito mientras me la seguía chupando, y ahí me empezó a temblar todo el cuerpo.

—Que pendejita hermosa. Que bien que la chupás —murmuré, sintiendo el orgasmo a la vuelta de la esquina.

Le acaricié la cabellera rubia con una ternura que contrastaba con mis palabras y con lo que ella estaba haciendo con su boquita.

Me empezó a chupar más rápido, con más fuerza. Se la metía hasta la garganta. Sentía cómo se la tragaba. Me miraba, me sonreía, me la babeaba toda. Le agarré la cabeza y la empecé a empujar, marcándole el ritmo. Quería llenar esa boquita de leche.

Ella abrió más la boca, se dejó hacer. Y ahí exploté. Acabé adentro suyo y, como yo bien sabía, Michelle se tragó hasta la última gota.

Me temblaban las piernas, los brazos, todo. Ella tragó todo sin quejarse, y después me la limpió con la lengua como si fuera lo más natural del mundo.

Me miró, relamiéndose los labios, y dijo:

—Estaba rico. No todos tienen un rico semen.

Yo no dije nada. Me quedé recostado, jadeando, tratando de volver al mundo real.

Ella se trepó sobre mí, me besó en el pecho, en el cuello, y me susurró al oído:

—¿Te queda fuerza para una más?

—En unos minutos, seguro —dije.

La agarré de la cintura y la atraje hacia mí. Nos quedamos un rato acariciándonos. No podía creer que de verdad la tuviera conmigo. Apoyó su nariz en la mía, y nos quedamos así, recuperando energías, mirándonos. Su cuerpo se sentía muy pequeño y frágil en mis manos. Acariciaba sus nalgas suavemente. Olía a perfume, a sudor, a crema, a sexo. El olor más delicioso del mundo.

—Vení —le dije después.

Entramos al baño. Michelle caminó desnuda, con ese culo redondo moviéndose sin pudor, y abrió la ducha. Salió un chorro tibio que empezó a entibiar el ambiente. El espejo ya empezaba a empañarse. Se metió sin esperar que yo diga nada, y yo la seguí, como un perro.

El agua le caía encima y le resbalaba por el cuerpo como si estuviera hecha de mármol caliente. Las gotas le bajaban desde el pelo, le cruzaban el cuello, le pasaban por las tetas y le recorrían la panza hasta perderse entre sus piernas. La miré y sentí que la pija se me empezaba a parar de nuevo.

Ella me miró por encima del hombro.

—Sentate —me dijo, señalando el rincón de la bañera.

Así lo hice. Se bajó despacito, se agachó hasta quedar en cuclillas, y me la agarró con una mano.

—Vamos de nuevo, grandote —me dijo, y se subió encima de mí, metiéndose la pija entera—. Tranqui, no te muevas. Esta vez mando yo.

Y empezó a moverse despacio, como si se estuviera puliendo la concha. Se sentaba de a poquito, se alzaba, giraba la cadera. Sus tetas me quedaban cerca de la cara, mojadas, perfectas. Se las agarré y se las apreté con fuerza. Ella suspiraba, gemía bajito. El agua le caía por el pelo, le chorreaba entre las cejas, le bajaba por el cuello. Estaba tan mojada por dentro como por fuera.

—No te hagas el buenito —me dijo—. Agarrame fuerte.

La agarré de la cintura y empecé a acompañarla en los movimientos. Ella apretaba los dientes, me miraba con cara de loca. Se inclinó un poco para adelante, me apoyó las manos en el pecho, y me empezó a cabalgar más fuerte.

El agua rebotaba en los dos, hacíamos un ruido de carne mojada, de respiración entrecortada. Yo le agarraba el culo, se lo abría, lo apretaba. Me rozaba los huevos, me aplastaba las piernas. Estaba encima mío como una diosa del sexo. Una nena hermosa, hecha mujer, que me montaba con furia y placer.

—¿Así te gusta? —me dijo.

—Sos un ángel, Michelle.

Se rio, me mordió un pezón, y después me chupó el cuello.

Y siguió cabalgándome. Sus muslos temblaban del esfuerzo, pero no paraba. Se la clavaba hasta el fondo. Ambos gemíamos al unísono. La habitación era puro vapor y olor a sexo.

Cuando ya no pude aguantar más, la agarré de la nuca y la atraje hacia mí. Nos besamos con todo. Sentía su lengua, el agua entre los labios, sus gemidos tragándose los míos.

—Correte —le dije, cuando ya no pude aguantar más.

Ella se apartó rápidamente. Entonces eyaculé. El semen cayó en sus muslos. Pero pronto se perdió, cuando el agua impactó en su piel y la fue limpiando lentamente.

Después apoyó la frente en mi hombro y se quedó ahí, respirando fuerte. Yo le acariciaba la espalda, el cuello, la cintura mojada. El agua seguía cayendo, tibia, como si limpiara nuestros pecados. Pero nada de lo que habíamos hecho podía borrarse tan fácil.

Nos quedamos así, un rato largo. Silencio, respiración, agua y piel.

—Te portaste bien —me dijo, sonriendo.

—No sé si bien —le respondí—. Pero me porté con ganas.

Reímos con impunidad. En ese momento ya no éramos amantes circunstanciales. Éramos cómplices de algo tan aberrante como placentero.

Nos secamos como pudimos, con esas toallas medio finitas que te deja el telo, mientras el vapor seguía flotando por todo el baño como si todavía estuviéramos metidos en el pecado. No hablábamos. Solo nos mirábamos de reojo, medio agotados, medio sabiendo que ya estaba, que no había más nada que decir.

Nos vestimos despacio. Yo me puse la remera todavía medio húmedo, y ella se subió esa pollerita que apenas le tapaba algo. Se puso el top de nuevo, y después la campera. Ni siquiera se secó del todo el pelo. Le caían unas gotas por el cuello que me dieron ganas de lamerle. Y de hecho lo hice.

Nos dimos unos cuantos besos. Lentos, suaves, como si quisiéramos estirar ese momento todo lo que podíamos. Después salimos del cuarto y bajamos por ese pasillo largo y alfombrado.

Afuera estaba fresco. Eran como las tres de la mañana. La ciudad seguía viva, pero en otro ritmo. El de los taxis, los bares que ya están cerrando, los que todavía están abiertos. Palermo de noche. Faroles, autos que pasan despacio, alguna pareja peleando en la esquina.

—No creo que nos volvamos a ver —me dijo ella, mientras se cerraba la campera.

—Sí. Va a ser lo mejor —reconocí—. Igual… estuvo increíble esta noche —agregué, mirándola a los ojos.

Ella sonrió.

—Sí, estuvo increíble —me dijo. Hizo una pausa, como si dudara en decir lo siguiente. Pero lo hizo—: Otra cosa que le puedo contar a mis nietos: el día en que me cogí a mi suegro.

Lo dijo con humor. Pero se le notó la tristeza. Esa que se queda cuando el deseo se va y la realidad vuelve.

Le di un beso de despedida. Le ofrecí llevarla. Me dijo que no, que vivía cerca. No insistí.

Me subí al auto. Vi cómo se alejaba caminando sola, con ese culo hermoso que ya conocía de memoria y que probablemente no volvería a ver tan de cerca.

Pensé que ese era el final. Nuestra despedida definitiva. Un capítulo cerrado.

Y, obviamente, estaba equivocado.

Capítulo 5

Siguieron días raros. Días de culpa, de manija, de ansiedad, de esas en que el cuerpo te late sin sentido, como si todavía tuviera adentro los restos de esa pendejita. Me había sacado las ganas, no lo podía negar. Después de tres años con esa espina clavada, me saqué el gusto. Y no fue solo una mamadita rápida en el auto como aquella vez. Esta vez me la garché como quise. Le saqué todos los gemidos posibles. Conocí cada centímetro de su cuerpo. Saboreé su rica conchita, y se la estallé a pijazos. Y ella tuvo la actitud que deberían tener todas las minas en la cama: la de una putita complaciente, sedienta.

Y sin embargo… sentía que era una mierda de persona. Y tenía motivos de sobra para hacerlo. Me decía: “loco, es la novia de tu hijo”. Pero después me corregía: exnovia. Habían cortado. Al menos eso me daba un poquito de aire, un mínimo de excusa para convencerme de que no era tan sorete como parecía. Pero no alcanzaba. Me sentía basura igual, porque se suponía que yo había ido para que la pendeja recapacitara. Para evitar que hiciera una estupidez. Pero al final me la terminé recontra garchando.

Y encima no me arrepentía ni un poquito. Me sentía para el orto, sí. Pero si volviera el tiempo atrás, lo volvería a hacer.

La imagen de ella me volvía todo el tiempo. El cuerpo caliente, la piel tan suave, esa carita hermosa mientras se mordía los labios, los ojos claros brillando de placer. Me venía a la cabeza sin que yo pudiera evitarlo, en el trabajo, en la ducha, incluso cogiendo con mi mujer. Estela ni se imaginaba. Por suerte ya no se sorprendía por las ganas constantes que tenía de coger con ella. Lo tomaba como un nuevo aire en nuestro matrimonio. Algo que, quizás, pronto terminaría, pero que, mientras durara, era bienvenido.

Por su parte, Tobías andaba raro, apagado. Yo lo notaba, pero no decía nada. Estela, en cambio, sí lo marcaba. Se preocupaba, claro, pero también se la notaba aliviada. Como si en el fondo se sintiera mejor sabiendo que esa “zorra” ya no formaba parte de la familia. “Menos mal que se la sacó de encima”, decía. “Esa piba iba a ser un problema”. Yo no tenía cara para contradecirla.

Pasaron un par de días así. Cada tanto abría el chat de Instagram para ver si había noticias de ella. Algún mensaje, algún “hola”, algo. Pero nada. Silencio total. Supe que ella quería cumplir con lo que había dicho: que no nos íbamos a volver a ver. Y parecía que iba en serio.

Veía sus historias, eso sí. Alguna foto en un bar, con amigas, en la universidad. Siempre hermosa. Me daban ganas de escribirle, de preguntarle cómo estaba, aunque sea. Pero me aguantaba. Me decía: no seas pelotudo, dejala tranquila.

Hasta que no aguanté más. Pasó una semana. Una noche me cebé, y le mandé un simple “hola”. Nada más. Pero era obvio lo que quería. Nunca habíamos tenido nada romántico. Ni siquiera habíamos tenido conversaciones profundas. Lo nuestro era puro garche y morbo.

No me respondió. Y al día siguiente, cuando entré de nuevo al perfil… ya no existía. Me había bloqueado.

Así, sin vueltas. Me había cerrado la puerta en la cara. Me dejó hecho mierda. Mucho más de lo que hubiera imaginado. ¿Viste que uno siempre se encuentra con esa mina con la que tenés el mejor polvo de tu vida? Michelle era eso para mí. Parece una pavada, algo superficial, y quizás lo es. Pero es de esas cosas con las que nos obsesionamos los tipos. O, al menos, los que somos básicos. Los que no conocemos ningún placer mayor al de una buena cogida.

Pero, más allá de eso, no podía evitar estar seguro de que lo mejor que me podía pasar era que esa criatura infernal se mantuviera alejada de mi familia. Esperaba no volvérmela a encontrar, con la misma intensidad con la que deseaba volver a acostarme con ella.

…..

Se venían las vacaciones, y ya teníamos todo cerrado para irnos a Punta del Este. A mí me había costado un huevo conseguir esa semana, porque en el laburo me tenían medio de rehén: era de los pocos que conocía todas las áreas, y siempre se presentaban problemas que solo yo podía resolver. Me la pasaban tirando flores, pero eso no quitaba que, si faltaba, todo se iba al carajo. Por eso mismo, ese viajecito me lo había ganado con sudor y puteadas. Habían pasado unos meses desde lo que pasó en ese hotel de Palermo. Seguía igual de obsesionado. Hasta me había inventado otra cuenta de Instagram solo para chusmear en qué andaba. Pero no tardó en bloquearme de nuevo.

Me había hecho a la idea de que la historia con ella ya fue. Pero, a la vez, no me la podía sacar de la cabeza. Estaba enfermo. Unas buenas vacaciones me iban a venir al pelo, para despejarme un poco. Para pasar tiempo de calidad con mi familia, y pensar en otras cosas que no fueran cogerme a esa putita.

Tobi, mientras tanto, parecía estar levantando cabeza. En esos días lo noté más suelto, con mejor humor. Ya no andaba con cara de perro mojado. Estela incluso me dijo, entre risas, que lo había pescado boludeando con el celu, mandando mensajitos. “Me parece que está chamuyándose a otra”, tiró. Yo, por dentro, me alegré. Pensé: bueno, ya está, el pibe sigue su vida, y lo mío con Michelle queda como un desliz que no jodió a nadie. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Me puse contento por mi impunidad. Tenía el recuerdo fresquito de mi exnuera en pelotas, abierta de piernas para mí, y, a la vez, no había causado ningún daño. Un crimen sin víctimas.

Me pregunté si ella lo veía también de esa manera. Si pensaba en mi poderosa verga entrando en su conchita estrecha, que, sin embargo, se dilataba lentamente hasta poder albergarme por completo. Mi ego me decía que sí, que así como no todos los días uno se coge a su sexi nuera, tampoco todos los días una chica se coge al papá de su novio. Michelle tenía algo de perversa, igual que yo. Y por eso suponía que nuestro vínculo aumentaba la excitación que sentía por mí.

Más allá de eso, como dije, ya estaba asimilando el hecho de que no la volvería a ver más.

Pero como siempre, me equivocaba.

Ese viernes a la tarde estaba en el patio. Hacía calorcito, me había sacado la remera, estaba con una bermuda y ojotas, tirado en la reposera, tomando sol mientras respondía unos mails del laburo desde el celu. En eso aparece Tobi, con cara de que me quería pedir un favor sin terminar de animarse a hacerlo

—Pa, ¿te puedo pedir un favor? —me dijo, confirmando mis sospechas.

Lo miré de reojo, levantando apenas la cabeza.

—Mientras no me vengas con que no vas a venir al viaje, todo bien.

—¡No, no! Al contrario… —me dijo, con una sonrisa media nerviosa—. Justamente por el viaje… quería ver si podía venir Michelle.

El nombre me cayó como una piña en la boca del estómago.

—¿Michelle? —pregunté, disimulando la sorpresa—. ¿No habían cortado?

—Sí… o sea, no. Tuvimos una crisis, ¿te acordás lo que te conté? Lo del beso con Astrid. Bueno, pero ya está. Hablamos, le pedí perdón, y volvió. Fue un parate de unos días, nada más.

Yo lo miraba, tratando de que no se me notara nada en la cara. Sentí que me empezaba a latir la sien, como cuando estás por explotar pero no podés.

—Mirá vos… —le dije, con voz neutra—. ¿Y ya le contaste a tu mamá?

—Sí, ya le dije. Me costó un poco, pero la convencí. Me dijo que si vos estabas de acuerdo, no había drama.

—Yo no tengo drama —le dije, tragando saliva—. Si ya hablaron con ella y se arregló todo, por mí que venga. El tema es que no creo que consigas boletos de avión a estas alturas del partido.

—No te preocupes —dijo él, orgulloso, como si estuviera esperando ese comentario—. ¿Te acordás que yo me había encargado de sacar los boletos? Bueno… en ese momento ya estaba saliendo con ella, y había sacado también para Michelle. Además, ya hablé con el hotel y no hay problema. Me cambiaron la habitación individual por una matrimonial, y listo.

Eso me molestó un poco. Era mi única oportunidad de zafar de esa situación tan incómoda. Pero no me quedaba otra que aceptar. ¿Qué le iba a decir? ¿Que no quería que mi nuera viajara con nosotros porque habíamos cogido hacia un par de meses?

—Bueno, entonces todo arreglado —dije—. Pero tené cuidado, ¿eh? No te mandes otra cagada.

—No, quedate tranqui, pa. Ya aprendí. Michelle me hizo sufrir, pero me lo merecía.

Traté de no mirarlo a la cara. Sentí culpa, y, por primera vez, sentí asco hacia mí mismo. El pobre chico no tenía idea de con qué clase de mujer estaba, ni qué clase de padre tenía.

Y entonces, así nomás, de un día para el otro, Michelle volvía a meterse en mi vida. Y no era que nos íbamos a cruzar de casualidad en una esquina o en alguna reunión. No. Nos íbamos de vacaciones juntos.

Iba a estar esa pendeja, de nuevo, ahí… con nosotros. Tomando sol, caminando en bikini, riéndose, mirándome de reojo… y yo haciéndome el boludo, como si nada.

Apenas Tobi se fue al patio, contento como perro con dos colas, fui directo al perfil de Michelle. No esperaba mucho, porque me había bloqueado. Pero ya no lo estaba. Cuando abrí el chat, ahí estaba: un simple “hola”. Me dejó descolocado.

«¿Qué te pasa?», le escribí enseguida. «¿No era que habías cortado con Tobi? ¿No era que no nos íbamos a volver a ver?”.

«En realidad no», me respondió al toque. «Ya volvimos.»

Sentí cómo la sangre se me iba a la cabeza, como si me hubiese explotado una vena en la sien. No me bancaba que me respondiera así, tan tranquila.

«Pará… Yo pensé que habían cortado», le puse. «No esperaba que siguieras siendo la novia de mi hijo. Si no, no hubiera hecho lo que hicimos».

Me contestó al toque:

«No. Vos querías cogerme. Te chupó un huevo que fuera la novia de tu hijo. Si fuera así, no lo hubieras hecho, y listo».

«¿Estás loca?», le puse. «¿No estudiás psicología vos? ¿No vas al psicólogo? ¿Al psiquiatra? ¿Nos querés volver locos a todos? ¿Es eso?»

«No quiero volverlos locos. Tobi me contó lo que pasó. Que estaba borracho. Que la otra mina se le tiró encima. Que fue un beso de mierda, rápido, sin sentido.»

«¡Eso ya lo sabías!», le escribí recaliente. «¡Te lo dije yo mismo! “.

«Exacto, me lo dijiste vos mismo», me puso. «No puedo confiar en un hombre que solo me quiere coger. Por suerte, Tobi es distinto. Él no me ve como una muñeca con tres agujeros para meterle la pija».

«Yo no te veo así, la puta que te parió», le escribí, con bronca. Aunque, en el fondo, sabía muy bien que tenía razón.

«Sea como sea», dijo, «estoy enamorada de él. No lo puedo dejar justo ahora».

Esa frase me hizo ruido.

«¿Justo ahora? ¿Por qué justo ahora?», le pregunté.

No respondió.

«¿Entonces vas a venirte con nosotros de vacaciones?», le pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Tardó un poco, y después me puso:

«Si me decís que no vaya, no voy. Le invento una excusa a Tobi. ¿Querés eso?»

Tuve que respirar hondo. Me temblaban los dedos.

«No, no quiero eso», le puse. «Sigo en pie con lo de fingir que nunca pasó nada”.

«Obvio», me respondió. «Eliminá esta conversación después».

Me quedé un rato con el celular en la mano. Finalmente le puse:

«Me vas a volver loco, ¿no?»

Ella respondió con un emoji sonriente.

—Perversa hija de puta —dije a la nada.

No pude evitar que la idea de tenerla cerca me animara. Claro, también me producía aversión, pero Michelle me fascinaba. Era como una adicción. Sabía que me hacía mal, pero quería más de ella.

…..

Llegó el día del viaje. Me costó horrores poner cara de póker cuando vi a Michelle llegar a casa de la mano de Tobi, para que fuéramos todos juntos al aeropuerto. Al mismo tiempo, me moría por verla. Estela estaba contrariada; podías sentirlo en su mirada, pero había aceptado llevarla “para conocerla mejor”, como dijo. Yo sabía que la miraría con lupa, que iba a tratar de manipularla un poco, de chequear si era buena candidata para nuestro hijo. Pero Michelle no era ninguna boba: inteligente, aguda, con esa mezcla de pendejita pero con una mirada audaz que te atravesaba. No iba a ser un hueso duro de roer para mi esposa.

La pendeja estaba hermosa, como siempre. Ese pantalón tiro alto le ajustaba el culo como un guante, y la remerita blanca le marcaba las tetas. Tenía el pelo esta vez atado en una cola alta que delineaba los pómulos, ese rostro perfecto que me había quemado la cabeza.

El viaje en avión fue lo más argentino que se puede imaginar: salimos del Aeroparque, ese calor urbano mezclado con olor a nafta y gente apurada. El piloto nos saludó con cortesía; abordamos por una escalerita.

Despegamos y la ciudad quedó chiquita. El ruido del motor, la vibración en las piernas, y ese olor a café que siempre traen los vuelos cortos. Tomas del Río de la Plata, la silueta de Tigre, un mar de agua marrón. El clima estaba estable, cielo celeste con algunas nubes blancas.

Tobi se sentó atrás con Michelle. Yo iba al lado de Estela, ambos con audífonos puestos. Ella leyendo un libro, fingiendo normalidad. Yo escuchando un podcast de terror, tratando de concentrarme, pero cada tanto giraba y los veía a ellos: Michelle que miraba por la ventanilla, giraba la cabeza, me encontrábamos con sus ojos, y me mandaba esa sonrisa media sofocante, como diciendo “¿me extrañaste, viejo verde?”.

Le pasé a Tobi mi auricular en un momento, porque el suyo no funcionaba. y cruzamos una mirada fulminante con mi excéntrica nuera. No pudimos evitarlo.

Eran gestos mínimos, casi insignificantes, que, sin embargo, me llenaban de ansiedad. No pude evitar preguntarme qué pasaría entre ella y yo de acá en más. Ya no podía aferrarme a la excusa infantil de que ella había cortado con mi hijo cuando me la cogí. Si antes era un argumento endeble, ahora que sabía que jamás habían cortado realmente, no tenía ningún sentido. Entonces, ¿qué debía hacer? Obviamente la respuesta rápida era que no me la tenía que volver a coger por nada del mundo. Pero si la rubiecita de Palermo seguía mirándome con esa cara de puta, iba a ser difícil contenerme.

El avión empezó a descender. A lo lejos, el mar uruguayo. Las pasarelas de Punta y José Ignacio aparecían en la costa. Al aterrizar hubo un par de sacudidas. Bajamos por la escalerilla, ese olor a pasto con brisa marina te pega en la cara. La terminal era chiquita, metros y metros de vidrio, valijas rodando. Nos cruzamos con turistas, camionetas 4×4, algún BMW que debía costar cien mil dólares y me producía envidia. Yo tenía un buen pasar, un buen auto, pero uno siempre quería más.

Salimos en combi hasta el hotel: era un camino de quince minutos por la rambla, lleno de palmeras, bicicletas, rollerbladers, la costa como postal. Hotel de playa, habitaciones amplias con vista al mar y terraza, un barcito con cocteles, arena a cinco metros.

El hotel se llamaba The Grand Hotel Punta del Este, uno de los más lujosos de la zona. A Estela le gustaba ese tipo de lugares, con vista al mar, desayuno buffet y empleados uniformados que sonreían como si les pagaran por eso. Bah, de alguna manera les pagaban por eso.

Llegamos cerca del mediodía. El transfer nos dejó justo en la entrada, y enseguida nos recibieron con un “bienvenidos” demasiado empalagoso para mi gusto. A esa altura yo ya venía transpirando nervioso. No por el calor, que era soportable, sino porque Michelle estaba ahí, tan cerca y tan divina, con esa belleza insultante, tan completa, que hacía imposible quedarse mirándole el culo, como haría con cualquier otra mina. Y yo, el tipo grande, con la esposa al lado y el hijo abrazado con la nena que me había cogido hacía apenas una semana. Era una locura.

Nos dieron dos habitaciones contiguas. Estela y yo en la 504, ellos dos en la 505. Las tarjetas magnéticas brillaban en el sobrecito blanco con el logo del hotel. El pasillo olía a limpieza cara y aire acondicionado. Las puertas tenían un leve brillo dorado y alfombra acolchada que amortiguaba los pasos.

El cuarto era como esperaba. Amplio, moderno, con una cama enorme, ventanas gigantes que daban al mar, y un baño donde tranquilamente podían bañarse tres personas. Cuando abrí las cortinas, me encandiló el reflejo del sol sobre el agua. Estela se puso a revisar la valija, mientras yo chequeaba el celular por inercia. Algunos mails del trabajo, dos llamadas perdidas. Justo entonces ella dijo que bajáramos a almorzar al restaurante del hotel. Yo asentí, pero en el camino, antes de tomar el ascensor, me di cuenta de que no tenía el celular encima.

—Pará, me lo olvidé arriba —le dije a Estela—. Bajá vos, yo bajo en un segundo.

Ella me miró como si fuera un nene distraído, pero se fue. Volví a subir, abrí la puerta de la habitación con la tarjeta, busqué el celular sobre la mesa de luz y salí de nuevo. Apenas cerré la puerta, escuché otra cerradura. Giré la cabeza. Era Michelle. Salía del cuarto 505, cerrando despacito, como si no quisiera hacer ruido. Tenía una remera blanca y unos leggings que le marcaban las piernas y el orto de manera pornográfica. El pelo atado en una colita alta. Estaba divina. Aunque ella siempre lo estaba.

—¿Todo bien? —me dijo.

—Sí, me olvidé el celu —respondí, levantándolo apenas para que lo viera.

—Tobi ya baja, me dijo que lo espere —agregó, recostándose apenas contra la pared del pasillo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Y eso lo hizo peor, porque le empujó las tetas hacia arriba y me distrajo al instante.

Asentí, sin saber qué decir. No podía mirarla tanto, pero tampoco podía evitarlo. Era tan evidente que estaba buena, tan consciente de sí misma. ¿Lo hacía a propósito? ¿Me estaba provocando? ¿O simplemente era así? La cabeza se me llenó de esas preguntas, como siempre. ¿Piensa en cómo cogimos mientras me mira?, y ese tipo de preguntas.

Pero me dije que no, que ahora estaba con mi hijo, y que era obvio que no iba a estar pensando en esas cosas justo ahí. Solo un enfermo como yo denudaba mentalmente a su nuera mientras su hijo estaba a punto de salir de la habitación.

Por suerte, en ese momento salió Tobi, con el pelo un poco mojado y cara de dormido.

—¿Ya bajó mamá? —preguntó.

—Sí, está abajo. Yo tuve que volver por el celular —respondí.

Los tres nos fuimos al ascensor. Michelle se puso delante mío mientras esperábamos. Cuando la puerta se abrió, ya había gente adentro. Algunos turistas, un tipo con una tabla de surf, una pareja de viejos. Entramos igual. Tobi se metió más al fondo, y Michelle quedó delante mío, de espaldas. La cercanía era inevitable. El ascensor era grande, pero no para tanto.

Ella estaba ahí, a centímetros, con ese perfume dulce que me dejaba loco. El movimiento de la bajada, el apretujamiento, hizo que mi mano rozara su culo. Fue un accidente, pero la sensación igual fue deliciosa.

Ella no dijo nada. Tobi estaba detrás, pero, como los cuerpos de las otras personas lo tapaban, no podía ver lo que sucedía de la cintura para abajo de su novia.

Me di cuenta de que mi respiración se había tornado más agitada. Estaba caliente, con la cabeza llena de fantasías muy poco originales, salidas de alguna película porno que habré visto en mi adolescencia.

Ahí estaba mi nuera, la misma a la que me había cogido, la misma a la que le había susurrado palabras sucias mientras ella me pedía que le metiera la pija entera. Me daba la espalda, con ese culo pomposo tan tentador, al alcance de mis manos.

Entonces, simplemente lo hice.

Primero solo le rocé una nalga. Algo parecido a lo que había pasado, usando la cara externa de la mano. La única diferencia era que este roce duró más tiempo. El orto de mi nuera era macizo, carnoso, profundo. El culo que todo hombre quiera acariciar.

Esperé a ver si había alguna reacción, y, efectivamente, no la hubo.

Entonces, la volví a tocar, esta vez con la yema de mis dedos. Ella ni se inmutó. Nadie parecía darse cuenta de lo que estaba haciendo. Mucho menos mi hijo.

Como vi que a ella no parecía molestarle, volví a acariciar ese majestuoso culo, solo que esta vez apreté con algo de fuerza, hundiendo mis dedos en esa carne joven y tersa. Esta vez no había manera de que ella no se diera cuenta de que la estaba manoseando a propósito. Pero no hacía ni decía nada. Se quedó ahí, con la espalda derecha y la cabeza levemente girada hacia un costado, como si solo estuviera esperando a que el ascensor bajara, como si yo no estuviera manoseándola delante de todos.

Eso me enloqueció.

Con la palma completa, recorrí la curva perfecta de su nalga derecha, de abajo hacia arriba, como si estuviera midiendo la dimensión exacta de esa carne que me había vuelto loco desde la primera vez que la vi. La tela de ese legging era tan fina que apenas era un filtro. Sentía el calor, la firmeza, la elasticidad, como si no hubiera nada en el medio. Me dieron ganas de bajárselo ahí mismo, de dejarla desnuda en ese ascensor, de mostrarle al mundo el tremendo culo que tenía mi nuera, de cogérmela ahí mismo delante de todos, incluso de Tobi. El pobre estaba tan ciego que era incapaz de imaginar lo que estaba ocurriendo a unos centímetros de él.

Hundí los dedos con fuerza en el centro de la nalga, separándola apenas, como tanteando el acceso a esa zona prohibida que ya conocía tan bien. Sentí cómo el músculo se tensaba bajo la presión, pero no se corrió. Al contrario, juraría que empujó apenas hacia atrás. No estoy seguro. Quizás fue mi imaginación, pero en ese instante me convencí de que ella también lo estaba disfrutando.

Tenía la verga, durísima, apuntando directo a su cadera, y si no fuera por el tipo que tenía al lado, ya estaría fregándome contra ella sin disimulo. Cada respiración era una tortura. Tenía el corazón en la garganta, y sin embargo, no podía dejar de tocarla.

Mis dedos se movieron con lentitud. No era solo un apretón. Era una especie de caricia sucia, morbosa, deliberada. Subía y bajaba por su nalga derecha, después pasaba a la izquierda, y volvía. Estrujaba, masajeaba, recorría. Sentía esa textura firme pero suave, esa carne que parecía haber sido creada para ser acariciada de la forma más obscena.

Recién cuando el ascensor se abrió, le solté el culo. Me sentí como si me hubieran arrancado de un sueño, con la adrenalina bajando de golpe. Caminamos hacia el restaurante como si nada hubiera pasado, pero yo todavía sentía en la mano el calor de su piel, y en la verga la presión de esa tensión prohibida que ya se me estaba haciendo insoportable.

Después de comer y descansar un rato en la habitación, decidimos ir a la playa. Estábamos cerca de la Playa Brava, así que caminamos hasta ahí. El hotel quedaba a unas cuatro cuadras, cruzando la rambla, donde el viento traía ese olor a sal y a protector solar que me despertaba memorias adolescentes. Punta del Este en verano estaba llena, como siempre. Gente por todos lados: sombrillas de colores, parlantes con reguetón, pibes jugando a la paleta, señoras con viseras leyendo revistas en portugués. Un quilombo hermoso.

Yo cargaba una mochila con agua, toallas y protector. Estela, como buena madre argentina, se había llevado frutas, una revistita de moda y un pareo que jamás se ponía. Toby iba en ojotas y short floreado, todo canchero, y Michelle… bueno. Michelle directamente me destruyó.

Tenía puesto un bikini celeste. Pero no uno cualquiera. Era de esos diminutos, tipo triangulito, con tiras que se ataban al costado, y una parte de abajo cavada que le partía el culo como si estuviera diseñada a medida para su cuerpo. Se había soltado el pelo y llevaba unas gafas oscuras enormes, que le daban un aire de diva del cine. Caminaba con seguridad, pero no exagerada. Como si no le importara que la miraran, pero sabiendo que todos lo hacían.

Tragué saliva. Sentí cómo algo se me empezaba a endurecer en el short de baño. Me acomodé como pude la mochila delante, como si nada. Estela, por suerte, estaba sacando fotos de la costa y no notó nada.

Nos tiramos cerca del parador, donde alquilaban reposeras. Armamos un pequeño campamento con la lona, las bolsas y los termos. Michelle se sacó las sandalias y pisó la arena con esos pies chiquitos, y después se agachó a extender una toalla. En ese movimiento se le acomodó toda la parte de atrás del bikini, que ya era mínima, y me dejó completamente fuera de combate. Las curvas, la cintura finita, el culito redondo, todo bronceado… Me dolía el cuerpo del deseo.

Me senté a su lado y saqué el mate, intentando que mis ojos no se le pegaran como moscas. Ella me sonrió, cómplice, pero al toque se tiró sobre la lona, boca abajo. El hecho de que no pareciera escandalizada por cómo la había tratado en el ascensor me hacía tener pensamientos peligrosos.

Tobi, que venía atrás, se arrodilló a su lado y empezó a ponerle protector solar. Le hablaba bajito, se reían de algo.

Le pasaba el protector por la espalda, despacio. Michelle se acomodó el pelo a un lado, ofreciéndole toda la piel al sol. Después él bajó a la parte baja de la espalda, y ahí ella le levantó un poco el bikini para que le pasara también por las nalgas. Sí, lo vi. Aunque traté de mirar para otro lado, fue imposible.

Le dije algo a Estela sobre el mar, sobre cómo rompían las olas, solo para hacer tiempo.

Tobi y Michelle se alejaron un rato. Se fueron a caminar por la orilla, mojándose los pies. A lo lejos parecían una pareja feliz, de esas de publicidad. Pero yo ya sabía la verdad. La había visto desnuda, gemir, mirarme a los ojos mientras la penetraba. Sabía lo que escondía esa carita dulce. Y ella también sabía lo que podía provocar en mí. Cada vez que me cruzaba la mirada —como lo hizo justo antes de irse caminando con Tobi— lo hacía con esa sonrisita malvada, como diciendo: yo sé que te tengo loco.

Y sí. Me tenía loco.

Me acomodé otra vez el short, suspiré, y me preparé mentalmente. Esa semana iba a ser una tortura dulce. Sabía que, tarde o temprano, iba a pasar algo más. Era extremadamente inoportuno, pero inevitable.

Me iba a volver a coger a mi nuera. No tenía dudas de eso.

Capítulo 6

Pasamos la tarde juntos. A la noche, nos separamos. Estela dijo que deberíamos dejar a los chicos solos un rato, que la pasaran bien juntos. Y yo no pude más que darle la razón.

Los veía muy acaramelados, en apariencia, sinceramente enamorados. Aunque el que estaba totalmente entregado era Tobías. No le sacaba los ojos de encima. La miraba como si se le fuera a escapar en cualquier momento. Con una mezcla de felicidad, esperanza y ese amor boludo, puro, que se tiene a los veinte. Eso a Estela le generaba una incomodidad que no supo disimular. Sospechaba que la pendeja le iba a romper el corazón, y no se equivocaba. Mi mujer siempre fue de darse cuenta de todo.

Eso me ponía nervioso. Hasta ahora no había dado señales de sospechar lo que pasaba entre Michelle y yo, pero eso no me tranquilizaba del todo. ¿Y sí lo sabía y se lo guardaba? ¿Si estaba esperando a ver hasta dónde llegaba?

Para colmo, ahora que tenía a la pendeja tan cerca, no me la podía sacar de la cabeza. Mucho menos desde que la muy putita se dejó manosear el orto en el ascensor. Me aparecía en la mente como un fantasma cada vez más nítido. Me relamía con solo acordarme cómo me la había garchado en ese telo de Palermo.

Esa noche, cuando volvimos al departamento, Estela se metió en el baño y yo me saqué la remera, me tiré un toque en la cama. Pensé en ella, tratando de apartar a mi nuera de la cabeza. Mi mujer estaba muy buena, y ahora estaba en pelotas, con el pelo pegado al cuerpo, y la piel llena de jabón. Era la típica mujer a la que todo hombre se quería coger. ¿Por qué no podía conformarme con ella, al menos en ese viaje?

Cuando Estela salió del baño, envuelta en la toalla, con el pelo goteando y ese olor a jabón tan suave, me paré de la cama y me le acerqué.

—¿Qué pasa? —me dijo, sonriendo con los ojos entrecerrados.

Simplemente le saqué la toalla despacio. El cuerpo le brillaba con las gotitas de agua todavía deslizándose por su piel. Tenía los pezones duros por el frío. Se quedó quieta, con la mirada un poco desconcertada. Me agaché, le besé el vientre, sentí el temblor leve que le recorría las piernas. Me siguió el juego. Me abrazó la cabeza con las dos manos mientras yo bajaba más, la hacía sentarse en la cama y le abría las piernas con suavidad, como si estuviera desenvolviendo un regalo.

Empecé a besarle los muslos, primero uno, después el otro. Le sentí el perfume mezclado con el agua de la ducha. Tenía un sabor limpio y tibio. Entonces me hundí en su concha.

Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, despacio, saboreando todo su sexo, y ella soltó un suspiro largo, como si le hubieran quitado un peso del pecho. Le dediqué varios minutos ahí, entre las piernas, haciéndola retorcerse cada vez más. Se agarraba de las sábanas, me pedía que no pare. La hice acabar así, con la lengua, mientras yo la sostenía fuerte de las caderas.

Cuando terminó, me miró con los ojos vidriosos. Se incorporó, me empujó sobre la cama y me sacó el pantalón con apuro. La tenía parada desde antes, pero cuando me la agarró y me la chupó despacio, la calentura se me volvió incontrolable.

Se subió arriba mío, me rozó apenas la punta, y se la fue metiendo despacio, mientras me clavaba los ojos como si me estuviera desafiando. Empezó a moverse, primero con suavidad, después más rápido. La agarré de la cintura, la levanté y la hice girar para ponerla boca abajo. Le acomodé el pelo para un costado, le besé la nuca y la penetré de nuevo desde atrás. Ella gemía ahogada en la almohada. Tenía su lindo culo en pompa. Le di maza con fuerza, durante un buen rato. Vi su espalda arquearse, mientras de su garganta brotaban sonidos de placer. Me sentía poderoso. Desde que Michelle había reaparecido en mi vida, mi vitalidad sexual parecía la de un adolescente. Y Estela era la principal beneficiaria de la potencia de mi verga.

—Te vinieron bien las vacaciones —dijo, girando para verme. Su rostro era la materialización del placer,

Le di una nalgada. Su culo tembló. Era un trasero hermoso, pero claramente no tenía la perfección del de Michelle. Era firme, pero no tanto como el de una chica de veintitrés años. Recordé cómo se sintió el culo de mi nuera en mi mano, mientras bajábamos por el ascensor. La pija pareció ponerse aún más dura, y mis embestidas se volvieron más violentas.

—¡Ay, ay, ay! —gritaba Estela.

Nos dimos vuelta otra vez. Quedó boca arriba, con las piernas abiertas, transpirada, y con una expresión de placer que hacía mucho no le veía. Me tiré encima, le mordí el cuello, y la penetré de frente, con violencia.

—Te gusta esto, ¿eh, puta? —le dije, mientras se la metía hasta el fondo.

Ella me miró sorprendida, pero siguió gimiendo ante mis embestidas. Después de un rato, acabó, y yo lo hice apenas unos segundos después, eyaculando adentro.

—Nunca me dijiste algo así mientras cogíamos —me dijo, agitada—. Nunca fuiste como el resto de los hombres en ese sentido.

Ahí me había agarrado. Desde que fuimos pareja, si bien éramos de coger mucho, siempre tuvimos ciertas restricciones. De hecho, hasta me costó mucho pedirle que me hiciera sexo oral. Eso era para otras mujeres, para las putas. Bueno, eso pensaba cuando era más pibe. Ahora sé que es una boludez. Pero la cuestión es que el sexo con mi mujer siempre había sido un poco diferente al sexo con otras mujeres. Entre otras cosas, no le decía ese tipo de cosas mientras se la daba. Esas perversiones me las guardaba para las pendejas con las que tenía sexo casual, como Michelle.

Como no tenía una buena respuesta que dar, me puse a la defensiva.

—¿Y cómo sabés cómo es el resto de los hombres en la cama? —le dije.

Ella me miró desconcertada. Pero no se iba a quedar callada, obviamente.

—¿Querés que hablemos de las personas con las que nos acostamos? —retrucó—. Yo no tengo problemas. No tengo nada que ocultar.

Estaba claro que ella tenía serias sospechas de que le había sido infiel. Yo también estaba seguro de que ella lo había sido. Pero, en ese sentido, Estela era más centrada que yo. Seguramente sería la que saliera mejor librada de una discusión así. Así que decidí no seguir con ese tema. De hecho, había sido un idiota por mencionarlo.

—Era una broma, boba —le dije. Aunque ella sabía muy bien que no lo era. Solo quedaba esperar que mi mujer no tuviera ganas de pelear.

—Pésima broma. Además, ¿te pensás que no hablo de esas cosas con mis amigas? No necesito haberme acostado con muchos hombres para saber que la mayoría tiene ese tipo de fetiches: insultar y denigrar a las mujeres con las que se acuestan. Solo que vos nunca fuiste así.

—¿Te molestó que te haya dicho puta? —pregunté—. Obviamente no lo dije de manera literal.

—No. No me molestó. Solo me sorprendió.

Le di un beso. Por suerte, la dejó ahí. Si esto hubiera pasado cuando ella estaba con otro estado de ánimo, se podía convertir en una larguísima discusión en la que yo saldría perdiendo.

Después, la propia Estela recibió un mensaje de Michelle.

—Dice que si queremos bajar a tomar unos tragos.

—Y dale, vamos —le dije sin dudar—. ¿Estamos de vacaciones o qué?

—Yo no tengo ganas. Prefiero descansar. Mañana nos espera un día largo —dijo ella.

—Bueno, voy a tomar unas copas y vuelvo —le respondí.

Traté de mostrarme natural, de ocultar mi ansiedad. Por suerte no pareció intrigada por mi actitud. Estela podía ser muy perceptiva, pero supongo que ni siquiera alguien tan desconfiada como ella se imaginaba que había algo entre la novia de nuestro hijo y yo.

Me vestí tranquilo, sin apuro, con una camisa liviana y un jean. Mientras me abrochaba los botones, el celular vibró: mensaje de Tobías con la dirección del bar al que habían ido. Moby Dick Pub, en el puerto.

Me fijé en el mapa. Eran cinco cuadras como mucho, y todas por Rambla Claudio Williman. Salí caminando despacio, sintiendo la brisa fresca del mar pegándome en la cara. El olor a sal, a pasto húmedo, a perfume caro que flotaba en el aire. Punta del Este de noche tiene eso: todo brilla un poco más. Las farolas iluminaban las calles con una luz amarilla, suave, que rebotaba en los autos de alta gama estacionados por todos lados. Alguno que otro pasaba en ojotas y camisa abierta, con pinta de cheto relajado.

Debería tener vergüenza, pensé, pero no la tenía. Quería verla. Estar cerca de Michelle sin que Estela esté al lado mío, respirándome en la nuca. Y eso que acababa de coger como un animal con mi mujer. Había pensado que ese polvo salvaje me iba a quitar las ideas boludas de la cabeza, pero ya estaba otra vez caliente.

Llegué al bar y enseguida la vi. Moby Dick es un pub clásico del puerto. Medio rústico por dentro, con paredes de piedra y madera, lleno de cuadros viejos, luces tenues, música tranquila. A esa hora, estaba lleno de turistas, pero el ambiente era calmo, íntimo. Algunos grupos hablaban bajito, otros miraban el mar por las ventanas grandes que daban al puerto. Olor a cerveza, a whisky, a bronceador. Luz cálida, ideal para esconder pecados.

Ellos estaban en una mesa chiquita, en un rincón al fondo, casi escondidos. Como si no quisieran que nadie los vea. Me acerqué. Tobías tenía la mano sobre la pierna de Michelle. Esa pierna. Larga, torneada, de una piel que parecía hecha con Photoshop. Además, estaba desnuda, porque la muy puta tenía puesta una minifalda negra, cortita, bien ceñida. Arriba, un top blanco que apenas le sostenía las tetas. El pelo, lacio, más rubio que nunca, caía como una cortina de seda sobre sus hombros. La carita, perfecta, como siempre. Bien maquillada, los labios brillosos, los ojos celestes, filosos como dos bisturís. Cuando me vio, sonrió con total naturalidad, confirmándome que el manoseo del ascensor no la había molestado. Ese era un tema que me tenía obsesionado, porque la mamada en mi auto había ocurrido cuando ni siquiera había conocido a Tobi, y el polvo en el hotel fue cuando supuestamente estaba separada de él. Pero esto… esto había sucedido en las narices de mi hijo. La pendeja quería guerra, no había dudas.

—Bueno, no quiero molestarlos —dije, acercándome.

—No digas pavadas, pa —me contestó Tobías, sin soltarle la pierna.

Me senté con ellos. Pedí un whisky Jameson solo, sin hielo. Ellos estaban con gin tonic. El de ella tenía una ramita de romero y una rodaja de pomelo, de esas cosas que le ponen ahora para que parezca más fino. El ambiente era cálido, íntimo. Todo madera, todo piedra. Velitas en las mesas, música de fondo: un jazz suave, de esos que se sienten más que se escuchan.

Nos quedamos charlando. Hablábamos boludeces. Viajes, lugares, cosas sin importancia. Pero yo no podía dejar de mirar la piel de Michelle. Tenía ese brillo perfecto que solo tienen las pieles jóvenes y cuidadas. Estaba dorada por el sol, suave, firme. Era una provocación viviente. Cada vez que cruzaba las piernas, la minifalda se le subía un poco más. Cada vez que hablaba, el top se le movía y dejaba ver apenas el nacimiento de las tetas. Y yo ahí, haciéndome el padre de familia. Un actor mediocre en una obra grotesca.

—¿Y ya conocías Punta del Este? —le pregunté.

—Sí, obvio —dijo ella, como si fuera la pregunta más estúpida del mundo.

Claro. Típica cheta de Buenos Aires, clase media alta. ¿Cómo no iba a conocer Punta? Si hasta seguro venía desde chica. Pero no me molestó ese comentario algo desdeñoso, porque estaba demasiado ocupado tratando de que no se me notara mucho que estaba embobado con esa piel que brillaba bajo la luz cálida del bar, esa carita angelical, ese olor a perfume caro… No podía dejar de pensar que todo eso había sido mío. Esa boca me la había chupado como una experta. Esa conchita la había hecho mía, una y otra vez. Y ahora estábamos ahí, como si nada hubiera pasado, con mi pobre hijo en el medio.

Pasaron los minutos, y en un momento ocurrió algo que nos sacó una risa.

A Tobías le sonó la panza. Un rugido seco, imposible de disimular.

—Creo que me cayó mal algo de lo que comí —dijo, tocándose el abdomen y bajando la mirada.

Michelle soltó una carcajada sin filtro, algo maligna. Él se puso rojo al instante. Estaba visiblemente incómodo. Le jodía que justo con ella, con la chica que amaba, le pasara esa boludez. El pobre todavía no entendía que ya era su novia, y que esas cosas, de a poco, iban a pasar a formar parte de la intimidad. La idealizaba demasiado.

—Tranquilo, pichón, nada del otro mundo —le dije, para calmarlo—. Andá tranquilo. Te esperamos.

Asintió, medio a desgano, y se fue rumbo al baño con pasos apurados. Recién cuando dobló por el pasillo, sentí que el aire se volvía más denso. Como si el oxígeno cambiara. Me di vuelta hacia Michelle. Ella seguía mirando la copa, girándola con la mano, como si estuviera esperando que yo hablara primero.

—¿Cómo estás? —le dije, con voz baja.

—Bien. ¿Vos?—me respondió enseguida, sin levantar del todo la vista.

—Bien. Tratando de despegarme de Buenos Aires, Es difícil en el rubro en el que trabajo —comenté. A ella pareció chuparle un huevo esas cosas, así que cambié de tema—. ¿Todo bien entre ustedes?

—Bien… Bah, no sé. Ahora no sé qué pensar.

—¿Pensar sobre qué?

—Sobre vos —dijo, y recién ahí me miró de lleno—. Sobre lo que hicimos.

La frase me recorrió como un cosquilleo.

—Tomamos nuestras decisiones, ¿no?

—Sí… es verdad.

—¿No pensaste que ibas a volver con Tobías?

—No. Te juro que no. Pero me convenció. Ya te dije, la mayoría de los tipos no me tratan como él me trata.

—Te tratan como yo —le dije, recordando lo que ella misma me había escrito por mensaje.

Ella bajó la mirada y solo asintió. Una inclinación leve del mentón, como una confesión muda. La luz del bar le acariciaba la cara con una suavidad cinematográfica. Tenía los pómulos levemente rosados, quizás por el alcohol, quizás por el momento. Esa fragilidad que mostraba, esa manera de hacerse la que no sabe bien lo que quiere… yo ya la conocía. Era una fragilidad tramposa. De esas que algunas mujeres usan como un imán. Y yo, como un pelotudo, siempre caía.

No sé si fue el whisky o el ambiente enrarecido, pero me moví sin pensarlo. Me corrí de mi silla y me senté al lado de ella. Michelle me miró con una mezcla de sorpresa y miedo.

—¿Qué hacés? —me dijo en voz baja, apretando los labios.

—Nada —contesté tranquilo, como si nada—. Te toco.

Ya tenía la mano en su pierna. La apoyé despacio, sin apuro, con la palma abierta. La noté tensa un segundo, después relajada. Como estábamos en un rincón, era difícil que nos vieran. Además, los empleados debían saber que alguien que elije una mesa en ese lugar pretende tener privacidad, así que seguro no nos iban a molestar.

—No tendrías que haberme tocado así en el ascensor —dijo, sin moverse—. Ahora estoy con Tobi.

—Bien que te dejaste —le dije.

—¿Y qué querías? ¿Que hiciera un escándalo?

Empecé a subir la mano, despacio, como si no la hubiera escuchado, bordeando el muslo por adentro. Ella no me frenó. Solo respiraba más hondo, con los labios entreabiertos, como si estuviera escuchando una canción que la conmovía.

—No —dije—. Es mejor que no hayas hecho un escándalo. Igual que ahora.

Sentí cómo la pija se me puso dura en un instante. Ella me miró, y luego miró hacia el pasillo que daba al baño. Estaba lejos, y Tobi estaría varios minutos ocupado. Pero, aún así, era arriesgado.

Jugué con la yema de los dedos sobre su muslo. Iba y venía en círculos lentos, apenas rozándola, pero cada vez un poquito más adentro. No podía parar. Mi verga estaba completamente dura, casi incómoda en el pantalón, como si me exigiera acción, como si me empujara la mano más arriba por su cuenta.

Sabía que tenía que sacarla, que lo más razonable era levantarme, sonreír como un padre correcto, pedir otra copa y hacerme el boludo. Pero no podía. Estaba perdido en la suavidad hipnótica de su piel, en esa textura tibia que parecía diseñada para tentar. Las yemas de mis dedos estaban más borrachas que yo, drogadas de deseo.

—Que linda te pusiste —le dije.

Estaba incómoda, pero también parecía excitada. Le gustaba el peligro.

           —Me puse así para mi novio —dijo ella, clavándome esos ojos de cielo con frialdad.

           Pero yo no me intimidé. Estaba demasiado caliente para hacerlo.

La seguí manoseando, haciendo que la pollerita se levantara más y más sin que ella hiciera nada por evitarlo. Parecía muy reticente, pero, a la vez, no hacía absolutamente nada por impedir que la tocara.

Eso me animó. Mi mano avanzó aún más, muy cerca de su sexo, sintiendo la precaria tanga que la cubría.

—¿Qué hacés?

La voz fue casi un suspiro.

—Basta… —susurró, con un temblor en la voz—. Acá no…

Pero yo no me detuve. Estaba demasiado caliente, y ya no pensaba con la cabeza.

—Shhh… —le dije—. Tranquila. Nadie mira. Estamos bien.

Ella respiraba más rápido. Tenía los labios entreabiertos, los ojos brillosos, clavados en la nada, como si no supiera qué hacer con lo que estaba sintiendo. Pero no me frenaba.

Volví a mover los dedos, más arriba. Volví a sentir la tanga.

—No, por favor… —murmuró, apenas audible.

Toqué su sexo a través de la tanga. Estaba mojada. Michelle estaba tan caliente como yo. Mi verga se movió dentro del pantalón, como si me estuviera exigiendo que la libere y la hunda dentro de esa criatura exquisita que, sumisa, estaba sintiendo mi mano en su delicada concha.

—Basta. Va a venir Tobi y va a ser un quilombo. Por favor… —dijo.

Se la notaba a punto de llorar. Pero sabía que estaba tan excitada como yo. Su sexo estaba lubricado, y los pezones se le marcaban en el top.

Supuse que habían pasado unos tres minutos desde que se fue Tobi. Estaba seguro de que tenía un par más.

Entonces le corrí la tanga a un lado. Con los dedos, lento, sintiendo cómo su sexo se abría a mi tacto como una flor. Entonces le metí el dedo, y entró con una facilidad que me dejó sin aliento.

Ella dio un respingo. Se agarró de la mesa. Sus piernas se tensaron, pero no se cerraron.

Me miró como si no pudiera creer que eso estaba pasando. Como si le diera miedo. Pero también como si lo necesitara. Los ojos se le llenaron de brillo, en una mezcla entre miedo y excitación.

—Por favor… basta —me dijo, casi sin voz.

—No te preocupes. Es solo un rato. Quiero cogerte con los dedos. ¿No te gusta?

Ella tragó saliva. Su cuerpo decía todo. La forma en que se aferraba al borde del banco, la forma en que apretaba los muslos sin cerrarlos del todo. La forma en que su respiración ya no era natural.

—Sí, pero ya está. Es peligroso… —murmuró.

—Solo un poco más —susurré, como un niño que no quería bajarse de la hamaca.

Le metí el dedo una y otra vez, hasta que soltó un gemido. Literalmente me la estaba cogiendo con el dedo, mientras mi hijo vaciaba las tripas en el baño. Sabía que luego me sentiría culpable, me diría que era una basura de persona. Pero en ese momento solo me importó sentir la humedad de su concha mientras la penetraba.

Hundí el dedo más profundo. Ella se arqueó apenas, con un gemido que no llegó a salir. La sentí temblar, mientras la humedad caliente se adhería a mis dedos.

—Querés que te la meta, ¿no? —le dije—. Querés que te coja acá, delante de todos.

Ella me miró. Los ojos abiertos, la respiración agitada. No contestó. Solo parpadeó lento, como si el silencio hablara por ella.

Me acerqué más. Le rocé la boca con la mía, sin besarla. Sentí su perfume. Sentí su calor. Mi dedo todavía en ella.

—Pendejita puta —le dije al oído, con la voz ronca, mientras mi dedo seguía hundido en su conchita empapada.

Ni pestañeó. Apenas respiró más fuerte.

—Esto es lo que querías, ¿no? Para eso viniste hasta acá, para que te coja tu suegro como la puta que sos.

Ninguna reacción en contra. Nada. Ni una palabra, ni un movimiento para apartarse. Solo un gemido casi inaudible, una respiración trabada, el pecho subiendo y bajando como si estuviera hiperventilando de excitación.

Yo ya estaba completamente fuera de mí. No había vuelta atrás. No había ética, no había moral, no había «deber ser». Me había despegado de cualquier lógica. Me sentía en otra dimensión. Con la verga dura, latiendo en el pantalón, y el dedo en su interior como una marca de posesión.

Ya habrían pasado como cinco minutos de esa gloria pura. Y sabía que en cualquier momento Tobías podía volver del baño, pero eso no me detenía. Al contrario. El riesgo lo hacía aún más morboso, más adictivo.

Pensé que si volvía de golpe, solo me vería de espaldas. No vería claramente lo que estaba pasando. Solo bastaría con que me apartara de ella.

Michelle mantenía la espalda recta, casi rígida, como si sostuviera la compostura solo para que no se le note el temblor interno. Pero la pierna se le movía de a poco. Se le escapaban espasmos. Y los ojos brillaban con una intensidad salvaje, sin despegar la vista del pasillo desde donde podría surgir su novio en cualquier momento.

—No… no vine para esto. No quería esto —susurró de pronto—. Solo se dieron así las cosas. Vine con Tobi. No sabía que igual me ibas a buscar.

Su voz era frágil, a mí no me engañaba. Podría haber terminado con eso cuando quisiera, pero seguía ahí, con La falanges metidas en su vagina.

—Yo creo que sos una perversa —le dije, sin dejar de mover el dedo adentro suyo, con un ritmo lento, profundo, ondulante—. Que te calienta esto.

Ella tragó saliva.

—¿Cómo te calificarías desde el punto de vista psicológico? —le pregunté de pronto—. Vos que estudiás psicología, decime. Ponéle nombre a esto. A vos.

Ella giró un poco el rostro. Me taladró con esos ojos celestes, dilatados, vidriosos.

—Trastorno histriónico con rasgos limítrofes —dijo, con voz baja, en tono académico—. Tendencia a la autoexposición, búsqueda de validación a través del deseo ajeno… erotización de vínculos cercanos… impulsividad, baja tolerancia a la frustración.

Yo me reí. Me la estaba garchando con los dedos y ella me daba el diagnóstico clínico como si estuviéramos en una clase. Me calentó más todavía.

—¿Y yo? —le dije, sin frenar el movimiento de mi mano—. ¿Cómo me definirías?

Ella se tomó un segundo.

—Conducta narcisista. Perfil dominante. Sadismo sexual leve, pero con componentes simbólicos marcados. Fascinación por el control emocional.

—¿Y te calienta eso?

—Sí —dijo, sin pestañar—. De alguna manera… somos el uno para el otro. Pero solo en lo sexual,

—Entonces reconocelo —le dije, acercando más mi boca a su cuello—. Decilo. Decí que querés esto. Que querés que te coja.

Ella se quedó callada. Sentí cómo su sexo se contraía alrededor de mi dedo. La humedad era excesiva. Cerró los ojos, se mordió el labio. Y al fin, lo dijo:

—Sí…

Una palabra. Chiquita. Pero poderosa como una bomba.

—Sí, Gonzalo… —repitió, con un hilo de voz, entre el temblor y el suspiro—. Pero no lo vas a hacer.

Eso me descolocó. Pero no me detuvo. Le besé el cuello.

—No lo vas a hacer —repitió—. No me vas a coger.

—Ya lo estoy haciendo —le dije.

Finalmente, después de tanto manoseo clandestino, retiré el dedo. Salió húmedo, brillante, empapado por ese líquido oloroso y espeso. Me lo quedé mirando un segundo, con la respiración pesada, el corazón latiéndome en la garganta y la verga palpitando como si estuviera viva. Agarré un par de servilletas y me limpié. Después, sin pensarlo mucho, las arrugué y me las guardé en el bolsillo del jean.

Y justo ahí, como si el tiempo se hubiera estirado a propósito para nosotros, volvió Tobías.

—Perdón —dijo, todavía agitado, con cara de haber corrido desde el baño—. Fue peor de lo que imaginé.

—Ay, mi amor… —dijo Michelle con voz melosa, y le agarró la mano como si fueran dos adolescentes tiernos—. No pasa nada.

Le sonreía, lo miraba con esa cara de chica enamorada. Pero yo la conocía. Sabía lo que había detrás de esa carita. Sabía que era una puta. No una de las que cobran, sino de las otras, las que disfrutan hacerte mierda la cabeza, de las que te enredan con los ojos y después se hacen las que no entienden por qué estás tan confundido.

—Bueno —dije, levantándome y estirando un poco la espalda—, si quieren podemos volver. Así descansás, Tobi.

—Dale —respondió él, como un nene agradecido.

Pagamos la cuenta y salimos del bar. La brisa del puerto nos pegó en la cara, con ese olor a sal y alcohol desvanecido. Caminamos despacio, bordeando la rambla. Era tarde, pero Punta seguía viva. Algunos autos pasaban lento, con música fuerte y vidrios bajos, mientras grupos de chetos se reían en la vereda. Las luces naranjas de las farolas proyectaban nuestras sombras sobre la vereda, estiradas, deformadas, como si el aire también se hubiera puesto denso.

Y ahí, cuando estábamos a una cuadra del hotel, a Tobías se le revolvió de nuevo el estómago. Se frenó en seco, doblándose un poco hacia adelante.

—Uy, perdón… —dijo—. Me parece que tengo que ir ya al baño. Mal.

—Usá el de la planta baja —le dije.

—¡Uh, sí! Gracias, pa —me dijo tocándome el hombro—. Posta, gracias.

Y salió corriendo, con las zapatillas golpeando el piso, la mano en la panza, la urgencia empujándolo como una ráfaga. Otra vez quedamos solos.

—Qué hermosa estás —le dije—. Sé que ya te lo dije, pero no puedo dejar de notarlo.

—Gracias —dijo, seca, pero sin incomodidad.

Había creído que me iba a echar en cara lo que le hice, pero no sucedió.

Seguimos caminando hacia el hotel. El sonido de nuestros pasos se mezclaba con el murmullo lejano del mar. Mi pulso volvía a acelerarse, como si el cuerpo entendiera antes que la mente lo que estaba por hacer. Con un movimiento casi instintivo, como si no pudiera detenerme, deslicé la mano. Primero fue apenas un roce, como si la tocara sin querer. Apoyé la palma sobre su culo, justo en el borde inferior de la minifalda, que ya de por sí era cortísima. Ella no dijo nada, ni me miró, ni se corrió.

Me animé más. Apoyé la mano entera y le agarré una nalga, despacio, con una mezcla de ternura sucia y deseo acumulado. La minifalda apenas separaba mi piel de la suya, y al tocarla sentí el glúteo firme, la carne compacta, suave como la piel de un durazno maduro. Empecé a acariciarla, amasando con los dedos en movimientos circulares, hundiendo apenas la yema en el centro. Notaba el rebote sutil de su caminar, cómo el músculo se tensaba y relajaba debajo de la tela.

No frenó sus pasos, ni se apartó, ni me pidió que dejara de hacerlo. Estábamos compartiendo el mismo juego peligroso, y a ella le gustaba tanto como a mí, por más que lo negara.

Recién la solté cuando estábamos a una cuadra del hotel, con todo el riesgo que eso implicaba. Nos podrían haber reconocido algunos huéspedes, o empleados que nos cruzaran. Pero a ninguno de los dos nos importó. No recordaba los términos psicológicos que había mencionado, pero estaba seguro que estaban relacionados con la manera en que dejaba que su suegro le manoseara el orto en la calle.

Nos metimos en el ascensor, solos.

—Te juro que sería capaz de cogerte acá mismo —dije.

—Esto va a terminar mal. Lo sabes, ¿no? —comentó ella, sin darle importancia a mis palabras.

Yo lo sabía. Claro que lo sabía. Pero eso no iba a detenerme.

Por Gabriel B

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