Capítulo 16
Sabía que no tenía que hacerlo. ¿Pero qué sentido tenía ahora seguir las normas morales? Mi hijo nos dijo a mi mujer y a mí que esperaban un bebé con Michelle. Ahora tanto él como Estela dormían. ¿Qué cambiaba si me la quería coger esa madrugada en la cocina? ¿Era más aberrante que aquella vez en que lo hice ahí mismo, o la vez en que le hundí el dedo en el orto en su departamento mientras Tobi bajaba a buscar un paquete?
Además, la putita de Michelle, que me había dicho que no quería hacerlo, ahora estaba calladita después de que le bajé el short y la tanga de un tirón. Es más, apoyó las manos en la mesada, separó un poco más las piernas y puso su culo en pompa.
—Rápido —susurró.
Igual, en el caso de que Tobi bajara por las escaleras, o que Estela saliera del cuarto, escucharíamos el ruido con suficiente antelación como para separarnos.
“Salvo que alguno de ellos sospeche algo”, pensé de repente.
Semejante idea me produjo un escalofrío. Recordé la discusión con Estela. Según ella, Michelle me miraba de manera provocadora. Podía ser que fuera cierto, pero era muy probable que Estela también desconfiara de mí —sobre todo de mí—, y se estuviera haciendo la tonta. Si se despertaba y se percataba de que no me encontraba en el dormitorio, ¿saldría del cuarto sigilosamente para ver dónde me había metido? En ese caso, sí que estaba en el horno.
—¿Qué pasa? —me preguntó Michelle.
—Nada —murmuré—. Quedate calladita, con los oídos bien abiertos.
—No me gusta hacerlo así —se quejó. .
—Qué no te va a gustar —me reí, y le di una suave nalgada.
Acomodé mi pija entre sus muslos, y se la hundí despacito. Estaba húmeda, aunque no tan mojada como solía estarlo. Pero estaba seguro de que no se iba a tardar mucho.
La agarré de las caderas y empecé a menearme suavemente. Ella gimió dulcemente, lo que hizo que me calentara más.
—Con Tobi no hacés esto, ¿no? —le susurré al oído—. No sentís esta adrenalina.
Se lo dije solo para provocarla. No esperaba que me respondiera, pero lo hizo.
—Él me coje bien —dijo, entre jadeos—. Y me trata bien.
Le metí la verga entera de un solo movimiento, como un castigo por decir eso. Ella gimió más fuerte de lo conveniente y luego largó un gruñido de dolor. La agarré de las caderas con firmeza, luego retiré la pija y se la clavé entera otra vez. Mis huevos chocaban en ese terso culo que tenía esa linda psicóloga. Luego se la metí otra vez y otra vez.
—Pero no la tiene tan grande, ¿no? —murmuré a su oreja, pegado a ella, para luego empezar a moverme con penetraciones más cortas.
—No, pero no hace falta tenerla grande para coger bien —dijo.
Esa defensa al cornudo de su prometido empezó a irritarme. ¿Por qué no me seguía el juego la muy puta?
—Puede ser, pero yo la tengo grande y además te cojo bien —le dije.
Froté desde el vientre hasta los senos con la palma abierta. Después, cuando llegué al cuello, cerré los dedos en él. Lo apreté suavemente, pero ella igual se alarmó. Giró la cabeza, y me miró a los ojos con gesto de fastidio. Pero yo no la solté. Es más, apreté más fuerte, pero siempre sin causarle daño. Al menos no aún.
—¿De quién pensás que es? —le pregunté. No hizo falta que le explicara a qué me refería.
—De Tobi —dijo.
Le empecé a clavar la pija de nuevo con violencia, retirándola y metiéndosela por completo después, con un movimiento rápido y potente.
—¡Ay! Así no. Nos van a escuchar —decía ella, pero yo seguía metiéndosela.
—De quién pensás que es —insistí.
—De Tobi —repitió ella.
Le apreté el cuello más fuerte, y me la cogí sin piedad. A pesar de su actitud, ahora sí estaba muy lubricada, y, a pesar de la resistencia de sus paredes vaginales, mi verga entraba en ella con mucha facilidad.
—De Tobi… De Tobi… De Tobi —repetía ella una y otra vez, cada vez que yo le hundía la pija y se lo volvía a preguntar—. ¡Quiero que sea de Tobi! —Soltó al fin, largándose a llorar—. Quiero que sea de él. Quiero que sea de él.
Su llanto, lejos de hacer que me compadezca de ella, me calentó todavía más. Me la seguí cogiendo, con ella largando lágrimas, con el culo al aire y en pompa en la cocina de la casa. Así de loca estaba mi nuera, y probablemente por eso me gustaba tanto.
Detuve las embestidas un rato, pero con el miembro metido en su conchita. La abracé.
—Está bien, tranquila —le dije, mientras le acariciaba las tetas—. Vos y yo sabemos que es mío.
—No sabemos —chilló.
—Bueno. Vos y yo sabemos que las probabilidades de que sea mío son mucho mayores que las de que sea de Tobías. Pero está bien, es un secreto nuestro. No tenés por qué preocuparte.
—Es de Tobías —repitió ella, llorando.
—Podés decirlo mil veces y no por eso va a ser verdad —dije, consciente de que estaba siendo cruel—. Ahora calmate, que no podés volver así a tu dormitorio.
—¿Por qué querés todo lo que es de él? —preguntó después—. Te cogés a su mujer. Ahora te querés quedar con su hijo.
—No me quiero quedar con nadie. No seas boluda. El hecho de que crea que es mi hijo no significa que voy a actuar como si lo fuera. Para el mundo va a ser mi nieto. Y no, no quiero las cosas de Tobi. Sabés muy bien que te conocí antes de que salieras con él.
—¿Y si me hubieses conocido después, no me ibas a querer coger? Sos un hipócrita.
La escena era absurda, pero también sumamente erótica. Ella semidesnuda, y yo encastrado en ella, con mi verga quieta dentro de su vagina. Cada tanto me movía un poco, sintiendo su presión, su humedad, su calor, pero apenas un poco.
—Te hubiese querido coger, sí, puede ser. Pero no me hubiera animado a intentar nada. No me hubiese querido coger a la mujer de mi hijo si no sentía que hubiera “algo”.
Imaginaba que esa era la verdad. Que si la Michelle adolescente que había conocido hacia casi una década no me hubiera hecho una mamada en mi auto, o si ni siquiera la hubiera conocido en esa época, jamás me hubiera atrevido a avanzar sobre ella. Pero era algo totalmente incomprobable. Además, estaba tan buena, era tan loca, tan sexual, que quizás igual hubiera caído en esa relación tan nociva que teníamos.
—Y te repito, no es por quitarle algo a Tobi. Si a veces lo nombro es solo por morbo.
De hecho, no terminaba de comprenderme a mí mismo cuando tenía esas actitudes, aunque tampoco es que me haya puesto a pensar profundamente en eso. Era cierto que cuando me cogía a pendejas que sabía que tenían novio, solía humillarlas, y humillarlos a ellos con frases vulgares. Nada de otro mundo, “dónde está el cornudo de tu novio mientras te cojo”, y ese tipo de boludeces. Tobi en cambio era mi hijo. No sentía el impulso de humillarlo, no le tenía ni un poco de rencor, de hecho lo quería mucho. Entonces, ¿por qué actuaba así cuando estaba con ella? ¿No me alcanzaba con cogérmela, con traicionar a mi hijo de la peor manera? ¿Tenía también que regodearme en el hecho de que mi verga era más grande, en que el sexo conmigo era más salvaje, más pasional? Como digo, no terminaba de entender eso, ni tampoco lo medité a fondo, pero así era. Cuando yo estaba con mi nuera, Tobi se convertía en un cornudo más, uno al que había que humillar, por más que nunca oyera esas palabras.
—Estás enfermo.
—Sí, y vos también. Mirate cómo estás, quietita. Además… Sé que conmigo hacés cosas que con él nunca harías. Y eso hace que lo nuestro sea único.
Le di una embestida que la tomó por sorpresa y le hizo soltar un gemido de placer.
—Con él también hago cosas que con vos nunca haría —dijo de pronto—. O que vos nunca harías, mejor dicho.
Sabía que me estaba tirando su veneno a propósito. Esa era la respuesta al dominio físico que yo estaba ejerciendo. Pero igual no pude evitar seguirle la corriente.
—Qué cosas —pregunté, embargado por una repentina ira—. ¿Sexo anal?
Ella siempre me decía que la tenía demasiado grande como para que se la metiera por el culo, lo cual era cierto, y también era una desgracia, porque se notaba que le encantaba que se la metieran por el orto.
—No —dijo ella—. No le gusta tanto hacer eso —agregó después, como para restregarme en la cara que a veces sí le entregaba el culo a su novio, pero más para goce de ella que de él.
—Entonces qué —pregunté.
—No importa. Es cosa nuestra.
Volví a apretarle el cuello, siempre con una fuerza mínima. Ahora que sabía que estaba embarazada no podía lastimarla.
—Decilo. ¿Qué cosa hacés con Tobi que no hacés conmigo?
La penetré con rabia una y otra vez, mientras mis manos envolvían su cuello, pero eso solo la hacía largar gemidos cada vez más fuertes y, por ende, más peligrosos.
—Sentate —me dijo cuando le di un respiro.
Me di cuenta de que estaba muy agitado, y el corazón galopaba dentro de mi pecho. No era la primera vez que me sentía así, como que la situación me superaba. Esa pendeja me producía esas cosas. Era la única que me podía hacer tocar el cielo en un momento y hacerme sentir un miserable en el otro. Tenía razón, obvio, estaba enfermo. Enfermo por ella.
Retiré la verga, encontrándomela bañada en sus flujos. Me senté en una de las sillas de madera de la cocina.
—En vez de contártelo, te lo voy a mostrar —dijo.
Intuía la trampa, pero estaba lo suficientemente caliente como para que no me importe caer en ella.
Michelle se subió la tanga y el short, y caminó hacia mí. Los ojos aún brillaban por su reciente llanto.
—Ahora vos tené los oídos bien abiertos —dijo—. Yo voy a estar muy ocupada ahí abajo, así que si llegás a escuchar un ruido, me decís que pare.
Michelle se puso en cuclillas frente a mí, con una mirada que mezclaba diversión y deseo. Eso, sumado a los ojos todavía vidriosos por las lágrimas que había derramado momentos antes, hacían que esa locura que yo ya conocía se mostraran nítidamente.
Su mano derecha se posó en mi muslo izquierdo, imaginé que para mantener el equilibrio, mientras la izquierda rodeaba la base de mi verga, que aún palpitaba, empapada en sus flujos. Me miró directamente a los ojos, consciente de que me encantaba el contacto visual cuando me hacían una mamada.
—¿Qué? —dijo, riendo, viendo quizás en mi gesto que ya sabía que se traía algo entre manos.
—Nada. Dale… —la insté.
Era obvio que eso que hacía con Tobi y no conmigo no podía ser una mamada, porque a mi ya me había hecho varias, incluso la de aquella vez en mi auto. Sin embargo, estaba claro que ahora se disponía a hacerme una.
No me negué ni le exigí explicaciones. Ya encontraría la respuesta pronto, seguramente cuando estuviera cerca del clímax. Así que solo me recosté un poco en la silla.
Michelle acercó su rostro a la verga lentamente, dejando que una ansiedad lujuriosa me recorriera como un escalofrío. Su aliento cálido rozó primero la punta de mi glande, sensible y expuesto, haciendo que un temblor involuntario me sacudiera. Apoyé una mano en su cabellera rubia, como gesto de aprobación a lo que venía.
Con la lengua extendida, lamió la base de mi verga en un movimiento ascendente, lento, recogiendo los restos de su propia humedad que cubrían mi piel.
—Te gusta comerte tus flujos, eh, putita —susurré, acariciando su cabeza.
Ella solo rio y continuó.
El contacto fue eléctrico; sentí cada milímetro de su lengua deslizándose, suave como terciopelo, pero con una presión justa que me hizo contener el aliento y cerrar los dedos en la silla. Siguió subiendo, trazando la vena prominente que recorría el tronco, deteniéndose un instante en el frenillo para dar un lametazo circular, juguetón, que me obligó a morderme el labio para no gemir en voz alta.
—Sos una petera experta —susurré—. Sos perfecta en la cama. Una diosa del sexo.
Se detuvo un instante. Llevó la mano a la base y empezó a moverse en un ritmo pausado, subiendo y bajando con una presión ligera, como si estuviera midiendo mi reacción, calibrando cuánto podía torturarme antes de darme más.
—Dale, cométela, si te gusta —le dije, empujando su cabeza hacia abajo.
Ella siguió el movimiento que le marcaba y abrió la boca, envolviendo solo la punta al principio. Sus labios se cerraron alrededor del glande, suaves y cálidos, succionando con delicadeza mientras su lengua giraba en círculos lentos, explorando cada surco, cada textura. Era una tortura exquisita; sentía el vacío de su boca, la humedad que se acumulaba, y cómo su saliva se mezclaba con el presemen, haciendo que todo se volviera resbaladizo y sensual.
Recordé lo que me había dicho. Eso de que ahora estar yo con el sentido del oído en alerta. Traté de concentrarme en los sonidos de la casa, a pesar de que me resultaba muy difícil con la rubiecita hermosa que me estaba haciendo un pete en ese mismo instante. Aún así capté el motor de la heladera, algunos aires acondicionados encendidos, y otros tantos sonidos eléctricos que parecían provenir de algunos de los electrodomésticos y a los cuales jamás le había prestado atención.
Todo parecía ir bien. Pero tomé nota para, cada tantos segundos, abstraerme lo suficiente como para captar esos sonidos. Mientras tanto, por un rato, me dejé llevar por esa sensación enloquecedora que se había apoderado de mi verga.
Michelle no se apuraba; mantenía el ritmo lento, subiendo y bajando solo unos centímetros, como si estuviera saboreándome, disfrutando del control que tenía sobre mí en ese momento. Eso me recordaba que nuestra relación no era tan asimétrica como a mí me gustaba pensar. Yo podía dominarla, sobre todo en la cama, más allá de que en ese preciso instante no lo estaba haciendo, pero era Michelle la que siempre establecía las pautas de nuestra relación. Incluso cuando yo creí que logré convencerla de que tuviéramos sexo con mayor regularidad, estaba seguro de que era algo que ella tenía pensado hacer desde un principio.
De pronto, mi pelvis se movió instintivamente, queriendo empujar más profundo, pero ella me contuvo con la mano en mi muslo, clavando ligeramente las uñas en la carne, un recordatorio sutil de quién mandaba en ese momento.
Levantó la vista hacia mí, sus ojos claros brillando en la semipenumbra de la cocina, y sonrió alrededor de mi verga antes de tomar más de ella en su boca. Ahora sí, descendió con lentitud, permitiendo que mi longitud se deslizara centímetro a centímetro entre sus labios, hasta que sentí el fondo de su garganta rozándome. No llegó hasta el final —sabía que era demasiado grande para lograr eso sin esfuerzo—, pero lo suficiente para que un gemido escapara de mis labios.
—Hija de puta —dije, elevando la voz sin darme cuenta.
—Shhh —me advirtió, retirándose un poco, su mano reemplazando la boca en un movimiento fluido, masturbándome con un giro de muñeca que me hacía ver estrellas—. No seas boludo. Si no, te voy a dejar con la leche adentro.
Asentí, como reconociendo que había sido imprudente al hablar más fuerte de lo conveniente. Por un momento se me ocurrió que ella tenía pensado hacerme justamente esa maldad: dejar de chuparla antes de que acabe. Pero supuse que el hecho de que lo mencionara descartaba la posibilidad.
Volvió a tragarse la verga, esta vez con más ritmo. Su cabeza empezó a moverse arriba y abajo, sincronizada con su mano, que apretaba la base con firmeza para prolongar el placer. Sentía la succión en cada ascenso, cómo sus mejillas se hundían ligeramente al succionar, y el roce de su lengua en la parte inferior, presionando contra la vena sensible.
Su saliva empezó a gotear por los lados, haciendo que los sonidos fueran obscenos: el chasquido húmedo de sus labios, el leve gorgoteo cuando me tomaba más profundo.
Aceleró el ritmo gradualmente, su mano ahora girando en espiral mientras su boca subía y bajaba con más intensidad. Me incliné hacia adelante, una mano enredándose en su cabello, no para guiarla, sino para sentirla, para anclarme a ese momento. Sus mechones suaves se deslizaban entre mis dedos, y tiré ligeramente, lo que la hizo gemir alrededor de mi verga, enviando vibraciones que me recorrieron hasta la espina dorsal.
Michelle respondió aumentando la intensidad; ahora succionaba con más fuerza, su lengua presionando con insistencia en la punta cada vez que se retiraba, lamiendo el pre-semen que brotaba, saboreándolo como si fuera almíbar.
Se la metió más adentro, relajando la garganta para meterse la pija casi por completo, su nariz rozando mi pubis por un instante antes de retroceder.
Repitió el movimiento varias veces, un garganta profunda controlado que me dejaba al borde del clímax, mis bolas apretándose, el placer construyéndose como una ola inevitable.
Su mano libre se deslizó hasta mis testículos, masajeándolos con delicadeza, rodándolos entre sus dedos mientras su boca seguía devorándome. La hija de puta la tenía clarísimo. Era una sinfonía de sensaciones: el calor húmedo de su boca, la presión de su lengua, el roce de sus dientes apenas perceptibles en los bordes, y ese masaje lingual que me hacía jadear.
No pude aguantar más. El clímax se acercó rápido. Ella pareció advertirlo, quizás por cómo se tensaron mis músculos. Sus ojos se clavaron en los míos, desafiantes, y aceleró aún más, succionando con voracidad. Sentí el espasmo inicial, el pulso en mi verga, y entonces exploté en su boca.
El primer chorro fue potente, caliente, llenando su cavidad mientras ella tragaba, sin dejar de succionar. Siguió moviéndose, extrayendo mi leche con labios y lengua, capturando cada pulsación subsiguiente, cada gota que brotaba. Gemí bajo, un sonido gutural que intenté ahogar, mi cuerpo temblando en la silla mientras el placer me invadía en oleadas, dejándome exhausto y eufórico.
Michelle no se apartó hasta que estuve completamente vacío, su boca succionando suavemente los últimos restos, limpiándome con ternura ahora que la tormenta había pasado. Finalmente, se retiró con un pop húmedo, mientras me miraba, una sonrisa satisfecha en su rostro.
Se levantó despacio, se inclinó hacia mí. Entonces me besó en la boca. Me pregunté si acaso eso era a lo que se refería cuando me dijo que con Tobi hacía cosas que conmigo no. Un beso en la boca después de haberme hecho una mamada.
Pero recién después de un rato logré comprenderlo todo, cuando el impacto inicial se asentó en mi mente aún nublada por el orgasmo reciente.
Sus labios, aún húmedos y pegajosos por los restos de mi semen, eran apenas el comienzo de lo que pensaba hacer. Al principio no me había escandalizado, porque el beso empezó suave, tierno, con un leve sabor salado que atribuí a la mezcla de su saliva y restos de semen. Era erótico en su crudeza, sentir esa calidez pegajosa en sus labios, el leve brillo que aún quedaba en ellos bajo la luz tenue de la cocina.
Entonces sus manos se posaron en mis hombros, atrayéndome hacia ella con una firmeza sutil, y yo respondí instintivamente, rodeando su cintura con un brazo, atrayéndola más cerca para sentir su cuerpo contra el mío.
Y ahí fue cuando sucedió.
El beso se profundizó gradualmente, sus labios entreabriéndose con lentitud. Por puro reflejo separé los míos, dejando que su lengua se colara en mi boca.
Pero entonces, sin previo aviso, sentí cómo algo cálido, viscoso y espeso se deslizaba desde el interior de su boca hacia la mía, inundándome en una oleada inesperada y abrumadora.
Era mi propio semen, retenido deliberadamente en su boca. No se había tragado todo, como había pensado.
Ese chorro residual que había guardado como un secreto malicioso se vertió en mi cavidad bucal, mezclándose con nuestra saliva en un torrente cremoso y salado que me llenó la lengua, las encías y el paladar con una textura pegajosa que se adhería a todo. El sabor era inconfundible e intenso: ligeramente amargo, con notas salinas y un matiz almizclado.
Un momento de asco puro y visceral me invadió, un rechazo instintivo que me hizo tensarme por completo, mis músculos contrayéndose como si quisiera retroceder bruscamente, apartarla de mí. «Hija de puta, ¿qué carajos?», pensé en ese instante de shock, mientras el fluido se extendía por mi boca como una marea cálida y persistente, obligándome a confrontar mi propia esencia de una manera que nunca había imaginado ni deseado.
Era repulsivo en su crudeza, ese sabor familiar pero ahora forzado en mí, mezclado con el dulzor residual de su boca, creando una combinación que me revolvió el estómago por un segundo eterno. Mi mente gritaba que era degradante, que esto cruzaba una línea que ni siquiera en nuestra relación enferma había tocado antes, pero al mismo tiempo, en el fondo de esa repulsión, había algo profundamente erótico y adictivo en esa humillación mutua, en cómo me obligaba a consumir lo que acababa de darle, cerrando el círculo de nuestra traición con un ritual obsceno y prohibido.
No me resistí por mucho tiempo; el asco inicial dio paso a una resignación caliente, casi masoquista. «Ya está hecho», me dije mentalmente, rindiéndome al momento como siempre lo hacía con ella, dejando que el deseo me dominara sobre el disgusto. No podía evitar sentirlo como un acto que bordeaba la homosexualidad, y seguramente la hija de puta de Michelle lo sabía. Sin embargo, era con una mujer con la que estaba compartiendo ese momento, y era mi semen y el de nadie más el que estaba saboreando, así que mi masculinidad se mantuvo intacta, o casi.
Permití que me besara con más pasión, que su lengua empujara el semen hacia el fondo de mi garganta con movimientos insistentes y juguetones, obligándome a tragarlo si quería continuar o incluso respirar sin ahogarme en esa viscosidad. Sus ojos, cerrados pero con esa sonrisa sutil y triunfante que sentía en sus labios, me decían que esto era su venganza perfecta, su forma de equilibrar el poder después de todo lo que le había hecho esa noche: las embestidas violentas, las preguntas crueles sobre el bebé, el dominio físico que la había hecho llorar. Nuestras lenguas se entrelazaron en un baile húmedo y cargado de tabú, revolviendo el fluido entre nosotros, sintiendo cómo se volvía más resbaladizo con cada roce, cada succión sutil que ella hacía para asegurarse de que no escapara ni una gota.
Tragué involuntariamente al principio, un sorbo pequeño que bajó por mi garganta con un leve ardor y un regusto persistente, y luego deliberadamente, aceptando el acto como parte de nuestra dinámica enfermiza y excitante. El beso se volvió más intenso, más animal: mis manos subieron a su rostro, sosteniéndola con fuerza mientras devoraba su boca. Era asqueroso y excitante a partes iguales; mi verga, aún sensible y semierecta entre mis piernas, dio un leve pulso involuntario al sentir cómo me obligaba a consumirme a mí mismo, como si estuviera sellando nuestra conexión tóxica con este intercambio final.
Michelle gemía suavemente en el beso, un sonido bajo y vibrante que resonaba en mi boca, sus caderas presionándose contra mis muslos como si el acto la excitara tanto como a mí me perturbaba, su cuerpo temblando ligeramente con una mezcla de satisfacción y perversión.
Finalmente, después de lo que parecieron minutos eternos de ese intercambio viscoso, apasionado y degradante —minutos en los que el sabor se impregnó en cada rincón de mi boca, dejando un regusto que sabía que tardaría en desaparecer—, se apartó con lentitud, lamiéndose los labios con una mirada triunfante y juguetona, sus ojos brillando en la penumbra.
—¿Ves? —susurró, su voz cargada de victoria—. Esto es lo que hago con Tobi. Por eso te dije que vos nunca lo harías.
Me dejó ahí, jadeante y confundido, con el sabor persistente de mi propio semen en la boca y la garganta, un recordatorio pegajoso de esa humillación que se sumaba a nuestra lista de pecados.
Me quedé un rato en la cocina, pensando en lo que acababa de pasar. Me dije que no era malo que ella tuviera su victoria sobre mí de vez en cuando. Luego pensé en Tobi. Él tenía esas prácticas con ella de manera voluntaria. Me pregunté si era gay. Pero en todo caso eso no cambiaba nada. No modificaba el hecho de que me había estado cogiendo a su mujer durante los últimos años.
Salí de la cocina. Pero, antes de llegar a mi dormitorio, me encontré con alguien en la oscuridad del living.
—Estela… —murmuré, y el culo se me llenó de preguntas.
Capítulo 17
Estaba hasta las manos. Mi nuera me acababa de chupar la pija en la cocina, y ahora tenía a mi mujer frente a mí. Mi verga aún estaba húmeda por su saliva y sus flujos, y mi aliento debía oler a mi propio semen. Ahora más que nunca tenía que disimular.
Sonreí, pero inmediatamente me di cuenta de que mi sonrisa era abrupta y exagerada. Estuve a punto de desaparecerla, pero me percaté a tiempo de que, si la borraba de un momento a otro, iba a quedar aún más expuesto. Así que fui haciéndola menos pronunciada poco a poco.
Estela me miraba desde la penumbra de la sala de estar. No dijo nada cuando mencioné su nombre. Estaba esperando a que yo hablara. La muy puta me quería tender una de sus trampas.
—¿Pasó algo que te levantaste? —pregunté, y me felicité por sonar natural.
—No, nada… ¿A vos te pasó algo?
Tragué saliva. Me pregunté si había visto a Michelle subiendo las escaleras. Si lo había hecho, y yo no se lo mencionaba, sería el final. Así que no me quedó otra que decirle parte de la verdad.
—No, nada. Me agarró sed, y justo vi a Michelle.
—¿Michelle? —dijo Estela.
Algo me decía que seguía con sus trampas, aunque también pensaba que ya había pasado la parte más difícil.
—Sí —dije, caminando hacia ella—. Vamos al cuarto, dale.
Ella me siguió en silencio. No se molestó en decirme que antes de volver a entrar tenía que hacer eso por lo que se levantó. Con eso estaba claro que se había levantado al notar mi ausencia en la cama. ¿Había escuchado algo? ¿Había visto algo? No lo creía. Si Estela hubiera visto cómo nuestra nuera me chupaba la pija, era imposible que estuviera tan calmada. En el peor de los casos, solo sospechaba algo, tal como ya me lo había dejado entrever esa misma noche.
—¿Y de qué hablaron? —me preguntó, mientras apagaba la luz dejando todo a oscuras.
Otra vez opté por decirle parte de la verdad.
—Bueno… ella cree que no estás muy contenta por el embarazo. Así que le dije que se quede tranquila, que solo son ideas suyas.
—¿Solo eso le dijiste? —preguntó.
Empecé a ponerme nervioso. ¿Qué más le había dicho? Si Estela hablaba al otro día con Michelle, seguro iba a comparar lo que le diría ella con lo que yo le acababa de decir, e iba a deducir la mentira.
—Bueno… Solo le dije que quizás te incomodaba un poco la idea de ser abuela siendo tan joven.
—¡¿Por qué le dijiste eso?! —dijo mi mujer, levantando la voz.
—No le podía decir que te cae para el culo, que creés que es muy grande para Tobi, y que pensás que es una puta que hasta le hace ojitos a su suegro, ¿no?
Lo dije ya con un tono irritado, pensando que era buen momento como para empezar a hacerme el ofendido.
—No creo que sea una puta. Solo no confío en ella. Y esto me da más en qué pensar. ¿Por qué no me lo dijo a mí? Es una adulta, y es muy inteligente. Debería saber lidiar con estas cosas. En cambio fue a que su querido suegro la consolara.
Cuando dijo eso casi pude sentir el veneno que salía de su boca.
—No seas pesada, Estela. Me lo contó solo porque se cruzó conmigo en la cocina, no con vos. Además, yo le pregunté cómo estaba.
—Ah, viste a tu nuerita compungida y la consolaste. ¡Qué tierno!
—Estela, ya cortala…
Giró y me abrazó por detrás. Luego llevó la mano a mi pija fláccida y empezó a acariciarla. Yo rogué que la humedad no haya atravesado la tela. No entendía su cambio de actitud, y reconozco que me dio un poco de miedo. Normalmente, cuando estaba así de irritable, no quería coger. Y si lo hacía era porque yo trabajaba para ablandarla. Pero ahora ella tomaba la iniciativa. Era una de sus trampas, estaba seguro de ello. En las últimas semanas Estela me puso a prueba más veces que en el último par de años. Eso no podía ser bueno.
—¿Qué pasa? —preguntó, mientras seguía acariciando mi pija—. ¿No se despierta el amiguito?
Llevó las manos al elástico del bóxer, seguramente para meter la mano dentro de la ropa interior. Yo me aparté, con mayor brusquedad de la que me hubiera gustado.
—Esperá —le dije—. Voy a mear. Ya vengo.
En el baño me lavé la pija y me enjuagué la boca. La verdad es que tanto por la tensión que había surgido con mi mujer, como por el hecho de que hacía unos minutos me había cogido a mi nuera, no tenía muchas ganas de volver a copular. Pero no me quedaba más remedio.
Volví al cuarto. Seguía todo oscuro. Me metí en la cama, abracé a Estela. Le besé el cuello, los senos, dibujé su cadera con mis dedos.
Estuve un rato así, pero la pija no se me paraba. Estela, intuyendo que algo no andaba bien, volvió a palparla.
—Se ve que te dejó agotado la conversación con tu nuera —murmuró.
—No digas boludeces. Es por tu humor de mierda —dije, realmente molesto—. Y encima ahora querés que te coja. Como si fuera un juguete sexual.
Estela soltó una carcajada.
—Nadie te obliga a nada —dijo.
Estaba realmente muy molesto. No quería dejarla así, sin un polvo. Pero, por otra parte, si volvía a intentarlo y no se me paraba, sería terriblemente frustrante. Nunca me había pasado, pero ahora no sentía ni un poco de ganas de hacerlo. Así que me aparté de ella, y me acomodé en mi lado de la cama.
Hubo unos minutos de silencio, hasta que Estela habló.
—Claro —dijo.
—Claro, ¿qué? —pregunté.
—Nada —murmuró—. No es nada. Hasta mañana.
…..
No es que creyera que, de pronto, fuera impotente. Pero me aliviaría mucho cogerme de nuevo a Michelle, para estar seguro. Pasaron ya unos días de su visita a mi casa. Si bien ya estábamos en una nueva etapa en donde no necesitaba estar todo el tiempo detrás de ella, para que después de semanas o meses me la pudiera coger, fueron días en los que no coincidimos.
Igual me cogí a Estela. Pero, a pesar de que la verga me funcionó con normalidad, ya no me la montaba con el salvajismo con el que lo hacía cada vez que la relación con mi nuera escalaba en grado de morbosidad. Ahora mi amorío prohibido con Michelle ya no contribuía a mi vida sexual con mi esposa. Todo lo contrario. Cada vez que estaba con Estela, no podía evitar compararlo con lo perfecto que era cogerme a Michelle. Y no era solo que ella tenía el cuerpo perfecto, la piel suave como un bebé, esa carita de ángel que me enfermaba. Era también el morbo de cogerme a la mujer de mi hijo. Estela ya no tenía manera de competir con eso, y por eso nuestro matrimonio se estaba desmoronando. Lo mejor hubiera sido separarme de ella, independientemente de si mi relación con Michelle continuaba o no. Estela era aún muy joven, y demasiado atractiva, así que podía conseguir al tipo que quisiera, si es que ya no lo había conseguido. Pero no tenía el valor para divorciarme.
Estaba de un ánimo de perros por todo eso, y el hecho de no haber estado con Michelle en esos días hacía todo peor.
Pero por fin se presentó la oportunidad. Resulta que ya quedaba apenas unas semanas para el casamiento por civil con Tobi. Estela, de mejor humor en esos tiempos, me dijo, como al pasar, que Michelle ya se había comprado el vestido que iba a usar, y me mostró la foto.
—Lindo, ¿no? —dijo.
—Sí, supongo —dije yo, haciéndome el boludo, mientras me la imaginaba con ese lindo vestido blanco—. Mientras le guste a ella…
—Mostrate con más entusiasmo. ¡Es el casamiento de tu hijo!
—Estoy contento, obvio —le dije.
Estuve esperando el momento justo, hasta que escuché decir a Estela que en esos días Tobi tenía que dar un final en la universidad. Que estaba muy tenso, lidiando con sus estudios, con el casamiento, y asimilando que pronto va a ser papá.
—Bueno, todas fueron decisiones que él mismo tomó —dije yo.
Esa tarde, en mi oficina, le escribí, sacándole información sobre el examen, siempre disfrazando la conversación para que creyera que su papá estaba preocupado por él.
“En una hora entro. Encima va a ser un examen superlargo. Dos horas mínimo”, me puso. “Tranqui, pichón, seguro te va a ir bien”, le respondí yo.
Llamé a mi secretaria y le dije que iba a salir temprano, que le avise a los supervisores que solo me llamaran ante una urgencia.
Manejé hasta el departamento de Michelle con la pija ya medio parada solo de pensarla. El tráfico de mierda de Buenos Aires me tenía puteando, pero sabía que Tobi estaba clavado en su examen por al menos dos horas, así que tenía tiempo de sobra. Estacioné en la calle de enfrente, bajé del auto y crucé rápido, como si me estuviera persiguiendo alguien. El portero, un viejo que ya me conocía de visitas familiares, me vio llegar y ni siquiera levantó la vista del diario.
—Buenas, don Gonzalo —dijo, abriendo la puerta de vidrio sin preguntar nada.
—Hola, ¿qué tal? —le respondí, fingiendo normalidad, y subí directo al ascensor.
Ahí caí en la cuenta de que había cometido un error. El tipo me conocía de otras visitas que había hecho junto a Estela. ¿Y si le comentaba a Tobi que estuve por ahí? En todo caso, ya se me ocurriría algo. De todas formas, ahora que varios vecinos y empelados del edificio me reconocían como el papá de Tobi, no podía caer en la madrugada subrepticiamente, como lo había hecho alguna vez.
Toqué el timbre y esperé, con el corazón latiendo fuerte. Pasaron unos segundos y oí pasos del otro lado. La puerta se abrió y ahí estaba ella, vestida casual: un jean ajustado y una remera blanca holgada. El pelo rubio suelto, ondulado, y esa carita que me volvía loco, con los ojos celestes clavados en mí, perfectamente consciente de a qué venía.
Me dejó pasar sin decir nada al principio, cerrando la puerta atrás mío. Pero apenas di dos pasos adentro, explotó.
—¿Qué hacés acá? —me dijo, con voz baja pero furiosa, cruzándose de brazos—. ¿Y si estaba con una amiga? ¿O si Tobi se enteraba por el portero que anduviste por acá solo? ¿Qué mierda tenés en la cabeza, Gonzalo?
Tenía razón, la verdad. Lo único que podía responderle era lo mismo que había estado pensando mientras subía por el ascensor.
—Sos un boludo —me dijo, pero ya se notaba que se estaba ablandando.
Me acerqué, la abracé fuerte por la cintura, atrayéndola contra mí, y la besé en la boca como si fuera la última vez. Ella se resistió un segundo, pero después cedió, abriendo los labios y dejando que mi lengua entrara. Mientras la besaba, bajé las manos y le masajeé el culo, apretando esas nalgas firmes que me tenían obsesionado.
—No tenés idea de lo mucho que necesitaba estar con vos —le murmuré al oído, oliendo su perfume fresco, sintiendo cómo mi pija se ponía dura contra su vientre—. Estos días sin tocarte me volvieron loco, Michelle.
—Me doy cuenta —comentó ella, ya más relajada.
—Mostrame el vestido —le dije, cuando dejé de besarla.
Ella frunció el ceño. Era lo suficientemente inteligente como para no hacerme una pregunta obvia. Sabía perfectamente a qué vestido me refería.
Caminó hacia el dormitorio, moviendo las caderas con esa gracia natural que me ponía loco, y yo la seguí como un perro en celo. Sacó el vestido del armario, colgado en una percha con cuidado, y me lo mostró. Era blanco, puro, como de novia inocente, pero corto y sexy. Un mini vestido con encaje floral en los hombros y el escote, las mangas cortitas con volados de encaje, y la falda plisada que caía ligera, con una tela fina y delicada.
—Va a lucir hermoso en vos —le dije, tocándolo un segundo, sintiendo la suavidad de la tela—. Vas a parecer una princesa el día del casamiento.
Lo dejó a un lado, sobre la cama, y yo no perdí tiempo. La atraje de nuevo, le saqué la remera por arriba de la cabeza, revelando el corpiño negro que contrastaba con su piel clara. Después le bajé el jean, despacio. Quedó en ropa interior, con esa tanga negra mínima que apenas cubría su conchita depilada, y las tetas perfectas apretadas en el brasier. La besé otra vez, mordiéndole el labio, y empecé a desabrocharle el corpiño.
Pero cuando cayó al piso y ella quedó casi en pelotas, solo en tanga, agarré el vestido de nuevo. Michelle me miró, confundida, con los ojos de cielo bien abiertos.
—¿Qué hacés? —me preguntó.
—Quiero ver cómo te queda —le dije, acercándome con el vestido en la mano.
Ella soltó una risita sarcástica, pero sus ojos brillaban con esa picardía que me encantaba.
—Vos lo que querés es cogerme con el vestido con el que voy a casarme con tu hijo—murmuró, clavándome la mirada.
No dije nada, porque los dos sabíamos que tenía razón. Era el morbo puro, la idea de profanar algo tan «inocente» como ese vestido de casamiento. La ayudé a ponérselo, subiéndolo por sus piernas, ajustándolo en la cintura con esa banda de encaje que le marcaba la figura, y cerrando el escote en V que dejaba ver justo lo suficiente de sus tetas. El encaje en los hombros le daba un toque romántico, pero sobre su cuerpo era puro fuego: la tela blanca plisada se adhería a sus curvas, realzando el culo redondo y las caderas anchas, y la falda corta dejaba al descubierto sus muslos firmes, invitando a meter la mano por debajo.
Di unos pasos atrás para verla bien. Parecía salida de un sueño erótico, con el pelo rubio ondulado cayéndole sobre los hombros, y esa expresión de puta disfrazada de santa.
—Parecés un ángel —le dije, acercándome de nuevo.
—Pero no lo soy —me respondió, con una sonrisa sensual, y me agarró de la camisa para atraerme.
La besé con fuerza, metiendo la lengua en su boca, saboreando ese gusto dulce que tenía siempre, como a fruta madura. Michelle me devolvió el beso, clavándome las uñas en la nuca, y sentí cómo su cuerpo se apretaba contra el mío, con el vestido blanco ese rozándome la camisa. La empujé despacio hacia la cama, sin separarme de sus labios, y la tiré encima del colchón con cuidado, recordando que estaba embarazada. Ella cayó de espaldas, el pelo se esparció como un halo, y la falda del vestido se levantó un poco, dejando ver más de sus muslos suaves y firmes.
Me arrodillé en el piso al borde de la cama, le separé las piernas con las manos. Michelle respiraba agitada, mirándome con esos ojos celestes llenos de morbo, y no dijo nada, solo se mordió el labio inferior. Levanté la falda del vestido despacio, arrugando la tela fina que se adhería a sus caderas como una segunda piel. Metí la mano adentro y la despojé de su tanga, bajándola hasta los tobillos, para luego tirarla a un costado.
Su conchita depilada estaba ahí, expuesta, con los labios hinchados y brillando un poco por la humedad que ya empezaba a salir.
Antes de comenzar, la miré a los ojos.
—Qué —me dijo ella, conteniendo la risa.
—Esto que vamos a hacer es hermoso —le dije.
—No. Solo es perverso. No hago bien en complacerte con todos tu fetiches. —apoyó una mano en mi cabeza, y empujó hacia abajo—. Ahora, a lo tuyo, suegro.
Eso me hizo reír. Metí la cabeza dentro de la falda del vestido, encontrándome con su intimidad. Empecé besándole el interior de los muslos, subiendo despacio. Ella tembló un poco, abriendo más las piernas, y yo seguí, lamiendo la piel suave cerca de la ingle, mordisqueando levemente para que sintiera el cosquilleo. Cuando llegué a su conchita, pasé la lengua por los labios exteriores, de abajo hacia arriba, sintiendo el calor y el sabor salado-dulce de sus jugos. Michelle gimió bajo, arqueando la espalda, y yo seguí, separándole los labios con los dedos para exponer el clítoris rosado e hinchado.
Lo lamí despacio al principio, en círculos suaves con la punta de la lengua, sintiendo cómo se ponía más duro bajo mi boca. Ella jadeaba, agarrando las sábanas con las manos, y yo aumenté el ritmo, chupando el clítoris mientras metía un dedo en su conchita, sintiendo las paredes calientes y mojadas apretándome. Estaba empapada ya, los jugos corriéndole por los muslos, y yo lo lamía todo, alternando entre succiones rápidas y lamidas largas que cubrían desde el ano hasta arriba. Metí otro dedo, curvándolos para tocar ese punto adentro que la volvía loca, y seguí chupando, vibrando la lengua contra el clítoris.
Michelle empezó a moverse, empujando las caderas contra mi cara, gimiendo más fuerte.
—¡Ay, ay, ay, no pares. No pares, Gonzalo! —decía la muy putita.
Yo no paré, aceleré, cogiéndola con los dedos mientras mi boca la devoraba, sintiendo cómo su conchita se contraía alrededor de mis dedos, cada vez más apretada. Su cuerpo se tensó de golpe, las piernas temblaron, y soltó un grito ahogado cuando acabó, arqueándose en la cama. Los jugos salieron en un chorrito que me mojó la barbilla. Seguí lamiendo suave, hasta que se quedó quieta, respirando pesado, con el vestido arrugado alrededor de la cintura y la cara sonrojada.
Me paré, para verla. El vestido empezaba a bajar despacito, cubriéndole la concha llena de saliva y flujos. Sus ojos claros parecían más encendidos que nunca, su respiración agitada, el cuerpo aún temblando por el clímax. Era terriblemente hermosa, pero con ese vestido de novia, justo después de acabar, estaba más hermosa que nunca.
Me levanté del piso, con la boca todavía brillando por sus flujos, y me saqué la camisa tan rápido que un botón salió volando. Tomé nota para evitar que Estela notara ese detalle.
Michelle me miró desde la cama, aún agitada de la chupada de concha que le acababa de dar. Sus tetas perfectas, redondas y firmes, se movían con cada respiración, los pezones rosados duros, invitándome a morderlos. Me bajé el pantalón y el bóxer, liberando mi pija que ya latía, gruesa y venosa.
Me subí a la cama, me acosté de espaldas y la agarré por las caderas, atrayéndola hacia mí.
—Vení acá, putita —le murmuré, con la voz distorsionada por la calentura.
Ella se incorporó despacio, con esa sonrisa diabólica que me volvía loco, y se colocó a horcajadas sobre mí. Las rodillas se hundieron en el colchón a cada lado de mis caderas. El vestido se le subió un poco más, dejando al descubierto sus muslos suaves, pero la falda plisada todavía cubría lo justo para que pareciera una virgen disfrazada de zorra. Sentí su conchita húmeda rozándome la punta de la pija, caliente y resbaladiza por el orgasmo que acababa de tener.
La besé con furia, metiendo la lengua en su boca, saboreando el resto de su propio gusto mezclado con el mío. Mis manos subieron por sus costados, arrugando la tela fina del vestido, sintiendo cómo el encaje floral en los hombros se clavaba levemente en mis palmas.
—Mirá lo que me hacés, Michelle —le dije entre besos, mordiéndole el labio inferior hasta que gimió.
—Yo no te estoy haciendo nada. Sos vos el que venís a cogerme como si fuera una cosa.
—Una cosa hermosa —le dije, acariciando su orto desnudo con desesperación.
—Mejor me quito el vestido. Así estoy más cómoda. Además, no lo quiero estropear.
—No. Te lo dejás puesto. Quiero cogerte así, de blanco. Quiero que, cuando te estés casando, recuerdes cómo te estuve cogiendo esta noche.
Pensé que me iba a repetir que era un perverso, o que incluso iba a insistir con quitárselo, pero se quedó ahí, encima de mí.
Se movió despacio, frotándose contra mí, lubricándome con sus jugos.
Agarré mi pija con una mano y la posicioné en su entrada, sintiendo cómo los labios hinchados se abrían para recibirme. Michelle bajó las caderas de golpe, empalándose entera, y soltó un gemido que reverberó en el cuarto. La sentí apretada, caliente, las paredes de su conchita contrayéndose alrededor de mi verga.
—¡Ay! —gimió.
Empezó a moverse arriba y abajo, despacio al principio, con las manos apoyadas en mi pecho para equilibrarse. El vestido se mecía con cada movimiento, mientras la falda subía y bajaba como olas blancas sobre sus caderas.
La besé de nuevo, mientras le apretaba más el culo, y sus senos se frotaban con mi pecho.
—Cogeme más fuerte —murmuró ella—. Dámela con toda. Rompeme toda. Soy una porquería, quiero que me destruyas a pijazos.
Eso me voló la cabeza.
Aumenté el ritmo, empujando hacia arriba para clavársela hasta el fondo, sintiendo cómo mis huevos chocaban contra su culo redondo.
—Mirá lo que sos. La puta de tu suegro. Siempre lo fuiste —le dije, agitado, mientras ella sincronizaba sus movimientos con los míos, y largaba gemidos cada vez más fuertes—. ¿Dónde está tu novio, Michelle? ¿Dónde está mientras te cojo?
—En la facultad. Rindiendo un final —dijo ella—. Y yo acá, cogiéndome a su papi.
Era la primera vez que se sumaba a las humillaciones hacia Tobi por su cuenta. Pero no lo decía como si se estuviera burlando. Más bien era una confesión. Entre sus jadeos se podía adivinar las ganas que tenía de largarse a llorar.
—Mirate, toda embarazada y cogiendo con el suegro —seguí, soltándole una nalgada.
—Sí. Por eso… Merezco que me hagas mierda. Rompeme toda.
Ahora así, parecía a punto de largarse a llorar, y eso, lejos de hacer que me compadezca de ella, solo sirvió para que me calentara más.
Por un momento dejé su culo en paz, y le pellizqué los pezones a través de la tela, torciéndolos levemente hasta que arqueó la espalda, gimiendo más fuerte. Una lágrima se escapó por fin de su ojo izquierdo. Yo la besé cuando tocó su mejilla.
—Tranquila. Somos esto. Solo disfrutá, mi putita.
Mis manos exploraban su cuerpo, subiendo por la cintura marcada por la banda de encaje, sintiendo cómo su figura curvilínea se movía con gracia felina.
Sin avisar, la agarré por la cintura y la giré, poniéndola de costado un segundo antes de posicionarla en cuatro sobre la cama.
Michelle se dejó hacer, arqueando la espalda instintivamente, poniendo el culo en pompa.
Me acerqué a ella, y le levanté la falda despacio, tratando de arrugarla lo menos posible, hasta dejar su culo al aire, expuesto como una ofrenda.
—No puedo creer que tengas este orto —le dije, dándole una suave nalgada—. Con esa carita tan linda, y este culo, podrías destruir naciones.
Ella pareció sonreír, cosa que, extrañamente, me reconfortó.
Me incliné hacia adelante, con las manos en sus caderas para mantenerla quieta, y acerqué la boca a su ano. Empecé con besos suaves, lamiendo la piel sensible entre sus nalgas, oliendo su aroma a jabón. Ella tembló, empujando el culo hacia atrás, y yo seguí, pasando la lengua babosa por el pliegue, circundando el anillo apretado con círculos lentos, húmedos.
—Relajate, putita —le murmuré, metiendo un dedo en su conchita para mantenerla estimulada mientras mi lengua exploraba.
El beso negro era delicioso, sensual, prohibido: lamía despacio, chupando dulcemente el orto, sintiendo cómo se contraía y relajaba ante mi contacto. Michelle gemía bajito, con las manos agarrando las sábanas, y el cuerpo arqueado en una curva perfecta. Alternaba lamidas rápidas con succiones suaves, metiendo la punta de la lengua justo en la entrada de ese delicioso ojete, sintiendo su calor y su temblor.
—Te gusta que te coma el orto, ¿eh? A mí me encanta comértelo —le dije, y ella solo jadeó en respuesta, empujando más contra mi cara.
Después de unos minutos que parecieron eternos, me incorporé, con la pija dura como nunca, goteando presemen. La posicioné en la entrada de su conchita, frotándola un segundo para lubricarla más, aunque ya estaba empapada. De un empujón lento pero firme, se la metí entera, sintiendo cómo sus paredes vaginales me permitían el paso, pero sin dejar de presionar sobre el tronco a cada centímetro que avanzaba.
Empecé a moverme, despacio al principio, retirando la pija casi por completo para volver a clavársela hasta el fondo. Mi pelvis y mis bolas chocaban contra su culo con un sonido húmedo, rítmico. Desde atrás, podía ver todo: el vestido blanco subido como una bandera de rendición, sus nalgas redondas temblando con cada embestida.
Aceleré el ritmo, agarrándola por las caderas, tirando de ella hacia mí para que cada penetración fuera más profunda.
—Tomá, Michelle, tomá toda mi pija —le gruñí, nalgueándola, dejando una marca rosada en su piel clara—. Vas a llegar al altar llena de mi leche, pedazo de puta.
Ella gemía fuerte ahora, empujando hacia atrás, sincronizándonos en un baile frenético. Podía ver sus tetas balanceándose bajo el vestido, el encaje del escote en V moviéndose con violencia, y su rostro girado de lado, con los ojos cerrados y la boca abierta en éxtasis.
Aumenté la velocidad, embistiendo con fuerza, mis huevos golpeando su clítoris hinchado.
—A ver si con tanta leche salen quintillizos, puta —le solté, sintiendo la inminencia del orgasmo.
Ella gritó, contrayéndose alrededor de mí, y yo no aguanté más: me vacié adentro de ella. Los chorros calientes la llenaron, mientras le daba las últimas embestidas, haciéndola sacudirse en la cama.
Me quedé quieto un segundo, jadeando, con la pija todavía dentro, sintiendo los espasmos residuales del orgasmo.
Después, me salí despacio, procurando no ensuciar su vestido, aunque suponía que ella lo lavaría y plancharía antes de usarlo de nuevo.
Michelle se derrumbó en la cama, exhausta, y yo me vestí rápido, con el cuerpo todavía temblando.
Me quedé unos minutos más, mientras me vestía. Al terminar de hacerlo, Michelle se quitó el vestido, quedando completamente en pelotas, lo que no me hacía fácil las cosas, pues se suponía que tenía que irme pronto a casa.
—Bueno, puedo inventar una urgencia en algún objetivo —le dije.
Ella se limitó a agarrar el celular que había dejado en la mesita de luz. Lo desbloqueó, y pareció leer algo.
—Tobi ya viene —dijo—. El examen fue más rápido de lo que imaginó.
Me apuré para irme, dejándola ahí en la cama, en pelotas, toda cogida, con una expresión de tristeza que esperaba que supiera disimular cuando llegara su prometido.
Cuando me metí en mi auto, revisé el celular. Mi hijo también me había mandado un mensaje.
“Me fue mal. Voy a tener que recursar”, decía.
No pude más que sentir una fría punzada de culpa en el corazón. Así que me apuré a escribirle algo para levantarle el ánimo.
“Tranqui, pichón. Este año tenés cosas mucho más importantes que un final. Vas a ser papá, y te vas a casar con la mujer de tus sueños”.
“Es verdad. Gracias, viejo”, me respondió enseguida.
Volví a casa, como un criminal que sabe que cometió un delito por el que no lo van a condenar.
Capítulo 18
Llegó el casamiento por civil. No lo harían por iglesia porque Michelle era atea, y no creía en la necesidad de ese tipo de ceremonias. De hecho, según ella, si se casaba por civil era solo por petición de mi hijo. La ceremonia en el registro civil fue simple y aburrida. Casi literalmente un trámite. Pero la fiesta se puso divertida. Había muchos amigos de Tobi y algunos pocos de Michelle, cosa que Estela no pudo evitar comentar.
—Pero qué te sorprende, si ya sabés que es una chica muy solitaria —le dije yo.
Me hubiese gustado tener el placer de cogérmela en esa misma fiesta, pero fue imposible. Me gustaría decir que ni Michelle ni yo estábamos tan locos como para coger el día que se había casado con mi hijo, pero la verdad es que no lo hicimos más que nada porque ella estaba todo el tiempo con Tobi, y nuestra casa estaba tan atestada de familiares y amigos que, aunque Tobías la dejara sola un rato, algunos nos descubriría. De todas formas, verla firmar el acta de matrimonio con el mismo vestido que había usado cuando me la cogí, me producía un morbo delicioso que, algunos años antes, incluso cuando ya me había enredado con mi nuera, creería incapaz de sentir.
Ya era fin de año. Tobi había terminado la universidad. Al año siguiente se recibiría de economista si aprobaba el par de materias que le quedaban. Así que ahora podían disfrutar de una luna de miel. Yo mismo les regalé los pasajes y le reservé por dos semanas un hotel en Florianópolis.
Se suponía que iban a volver justo para festejar en año nuevo con nosotros, pero el día anterior, Tobi me mandó un mensaje. “Viejo, esto está hermoso. Nos vamos a quedar dos semanas más”.
Eso me golpeó más duro de lo que había imaginado. Ya habían pasado tres semanas de la última vez que estuve con Michelle, y me moría por verla de nuevo. Y ahora resultaba que tenía que esperar dos semanas más.
—No tiene pacientes que atender, por lo visto —dijo Estela cuando se lo comenté.
—Sí, qué raro. Hasta me parece una actitud irresponsable.
Por primera vez me estaba alineando con mi esposa para criticar a nuestra nuera, pero eso no me iba a salir gratis.
—¿Qué pasó? ¿Extrañás a tu nuerita preferida? —dijo, con sarcasmo.
—No digas pavadas, Estela. Solo digo que tenés razón. Ella había mencionado que le había avisado a los pacientes que por dos semanas no iba a trabajar, y ahora algunos se van a enterar de que no van a tener sesión en las siguientes semanas.
La relación con Estela no había mejorado nada. Además, ella ya sospechaba de que había algo raro en la relación con Michelle, como así también debía sospechar que le estaba metiendo los cuernos. Probablemente lo único que impedía que me matara era que aún no se había animado a creer que esas dos sospechas en realidad iban juntas.
—Bueno, supongo que serán pocos pacientes. En enero muchas personas se van de vacaciones —dijo mi mujer, para calmar un poco las cosas.
—Sí, es verdad.
Pero yo seguía desesperado por ver a Michelle de nuevo. En esos días pergeñé una estrategia para desaparecer por un par de días. Resulta que se venía un evento importante de una cadena de zapatillas que cumplía treinta años. Iba a haber mucha gente, pues todos los empleados estaban invitados al festejo. También irían algunos famosos a hacer presencia. La empresa para la que trabajaba se haría cargo de la seguridad, y como jefe de operaciones, estaba obligado a seguir de cerca el evento, si bien no era necesario que estuviera presente en el lugar. Podía dirigir todo desde la oficina y ya. Pero ese evento me permitía tener la excusa de desaparecer por un día entero de casa. Claro, sería muy arriesgado, porque siempre podía pasar algo que requiriera mi atención. Además, ya no sería cuestión de mentirle a mi mujer, sino también a la empresa para la que trabajaba. Y, por otra parte, luego de ese día, necesitaba un día más. Pero no era imposible. Se suponía que el evento terminaría a la madrugada. Si por casualidad ocurriera algún imprevisto esa misma mañana, y yo tuviera que ir a alguno de los objetivos de la empresa a resolverlo, ahí tendría al menos medio día más. Después, quizás podría decirle a Estela que estaba muerto de cansado y que me quedé durmiendo en un hotel cualquiera. Eso no impediría que sospeche de mí, pero sería imposible que creyera que me desaparecí dos días para ir hasta Brasil para cogerme a la putita de nuestra nuera. ¿Quién carajos haría una locura como esa?
Al principio me pareció una idea improbable, si bien no imposible. Hasta creía que iba a tener que ser paciente y esperar dos semanas más a que volvieran. Pero cuando vi los horarios de los vuelos, y que había asientos disponibles, la cosa empezó a cambiar.
Pagar los pasajes era otra complicación, no porque me faltara el dinero, sino porque Estela podría llegar a notar el faltante de dos millones de pesos en algunas de las cuentas. Pero eso se resolvió fácilmente. Hoy en día había tantas aplicaciones, que tenía una que ella no conocía. Solo fue cuestión de hacer unos malabares para que un dinero que tenía en efectivo se convirtiera en dinero en esa App, y listo.
Cuando llegó el día del evento, me lo pensé bien. ¿De verdad lo iba a hacer? Pero había llegado tan lejos, que no podía parar ahora. Así que les dije a los supervisores que yo estaría ocupado con un posible nuevo cliente muy importante, pero que me pasaran todas las novedades de manera concisa a través de WhatsApp. Solo tenía que esperar a que no se ausentaran muchos vigiladores y que no ocurriera nada demasiado grave, como una pelea en donde alguien saliera muy herido. Realmente no era algo imposible.
El vuelo era a las doce y llegaría a las catorce a Brasil. Tendría toda la tarde y la noche para ver a Michelle. Se suponía que tenía que llegar dos horas antes para el Chek In, pero sabía que en la práctica no era necesario.
Así que puse dos mudas de ropa en una mochila que dejé en mi auto la noche anterior. Era ropa nueva que no era mi estilo. Al otro día, fui a la oficina solo un par de horas. Vi que todo marchaba bien para el evento de la noche, y salí rajando al aeropuerto. Antes, me cambié de ropa. Me puse una de las mudas que había separado. Además, me afeité y me hice un peinado diferente. Si se daba la casualidad de que me cruzara a Tobi cara a cara, estaría todo perdido. Pero con este nuevo look al menos podría evitar que me notara a cierta distancia. Igual, decidí que cuando llegara a Brasil, le mandaría un mensaje a Michelle preguntándole en dónde andaban, pare evitar estar en el lugar exacto en el que ellos estaban. Era una locura, sí, pero al menos había reducido el riesgo todo lo que podía.
El vuelo salió con un retraso mínimo, cosa que hizo que me pusiera muy nervioso. Esos minutos parecieron horas, pero por suerte no fue más que eso. Me senté junto a la ventanilla, con la mochila en el regazo, y observé cómo el avión despegaba de Ezeiza. El trayecto duraba apenas dos horas, pero cada minuto se extendía como una eternidad. Pensé en Michelle constantemente: en su cuerpo bajo el vestido de novia, en las noches que habíamos compartido, en el riesgo que corría al cruzar el océano solo por un encuentro fugaz. Ahora el riesgo mayor no era ni con mi mujer ni con la empresa, sino con la improbable pero peligrosa alternativa de encontrarme a mi hijo casualmente en Brasil. No tenía una excusa que explicara realmente mi presencia ahí. Claro, podía inventarme algo, y de hecho tenía varias respuestas en mi mente, pero ni siquiera alguien tan inocente como Tobi no olería a pescado podrido al encontrarme en la misma ciudad a la que se había ido de luna de miel con su reciente esposa.
Durante el vuelo, revisé el teléfono una y otra vez. Los supervisores me enviaron mensajes cortos: todo marchaba sin contratiempos en el evento. Nadie sospechaba el motivo real de mi ausencia. Pero el nerviosismo me atenazaba el estómago. Sudaba pese al aire acondicionado, y cada turbulencia me hacía apretar los puños. Intenté distraerme con el paisaje que se desplegaba abajo: el Río de la Plata primero, luego el Atlántico infinito. Brasil se aproximaba, con sus playas y su calor asfixiante, pero yo solo veía peligros.
Aterrizamos en el Aeropuerto Hercílio Luz a las dos de la tarde, bajo un sol implacable de enero. El calor me golpeó como una bofetada al bajar del avión. Recogí la mochila con rapidez y salí de la terminal. Ignoré las ofertas de autos de alquiler, porque quería dejar la menor cantidad de rastros posible, así que elegí un taxi.
El hotel de ellos quedaba en el norte de la isla, en una zona exclusiva; yo opté por uno modesto a unos cinco kilómetros de distancia. Suficiente para evitar encuentros fortuitos, pero lo bastante cerca como para un traslado rápido si surgía la oportunidad.
El hotel que elegí resultó sencillo, con fachada blanca y un lobby desierto a esa hora. Pagué en efectivo, y pedí una habitación en el fondo, lejos de la calle principal. El recepcionista, un tipo indiferente, me entregó la llave sin preguntas. Subí las escaleras con el corazón acelerado, aún alerta ante cualquier sombra que pudiera parecerse a Tobi. Deposité la mochila en la cama y me asomé a la ventana: vista al mar, pero distante, con dunas que separaban el edificio de la arena. Respiré hondo por primera vez en horas. Estaba ahí, en Brasil, a solo cinco kilómetros de distancia de Michelle.
Me tiré a la cama, tratando de enfriar mi cabeza. Llamé a todos los supervisores, para confirmar que todo iba bien. Igual era temprano. El horario en que la mayoría de los vigiladores entrarían al evento, sería dentro de varias horas. Uno de los supervisores me dijo que un vigilador llamó para avisar que no iría porque se sentía mal, pero que ya estaba cubierto.
Luego de eso, no pude más de la ansiedad, y le escribí a Michelle.
«¿Por dónde andan?».
No tardó mucho en responder, pero cada instante era una tortura.
«En el hotel, almorzando. ¿Por qué preguntás?».
“¿Ahora estás con Tobi?”, pregunté.
Daba por sentado que, al recibir un mensaje mío, ella entendería que era por algo que nos incumbía solo a nosotros. Pero siempre era probable que mi hijo estuviera a su lado y justo viera que le escribía a su mujer. Si era así, hasta ahora los mensajes no eran muy comprometedores:, y se me ocurrían muchas maneras de salir del paso en el caso de que me dijera que sí, que estaba a su lado.
“Sí, obvio que estoy con él. Pero lo tengo en frente. ¿Qué querés?”.
Se notaba que estaba irritada. Imaginé a Tobi delante de ella, viendo que en plena luna de miel, su mujer se escribía con alguien. No dudaba de que a la zorra se le ocurriría algo, pero también sabía que mis mensajes debían ser cortos y concisos.
«Estoy en Florianópolis. A cinco kilómetros del hotel en donde están ustedes».
Me dejó en visto. Pasó más de media hora hasta que respondió. Supuse que habían terminado de almorzar y ahora estaba en un momento a solas, quizás en el baño.
«Estás loco. ¿Qué carajos hacés acá?», me escribió.
Solo entonces caí en la cuenta de que en ningún momento la había considerado a ella al trazar el plan. Todo lo armé alrededor de mis deseos, sin pensar en su reacción. Ni siquiera me detuve a pensar en qué tan factible era que ella aceptara una vez que supiera que yo estaba ahí.
Le respondí: «No aguantaba más las ganas de verte». Ella replicó rápido: «Estás loco de verdad. ¿Cómo viajás hasta acá mientras estoy de luna de miel?».
«¿Qué diferencia hay entre coger en Buenos Aires y hacerlo acá en Brasil? Ya lo hicimos en Punta del este, ¿no?». Su respuesta demoró menos: «La diferencia es que ahora estoy en todo momento con Tobi».
Insistí, animado por la respuesta que me acababa de dar, a pesar de que ella claramente no la había escrito para darme ánimos: «Inventate una excusa para vernos». Ella cerró: «Volvete a Buenos Aires, por favor».
Ese fue el último mensaje que me respondió. Yo le escribí más, muchos más, Y recién me detuve cuando me di cuenta de que eran una treintena. Ni siquiera me había dejado en visto. Supuse que me bloqueó, para evitar recibir tantos mensajes mientras estaba con su marido. Me pasé toda la tarde y la noche encerrado en mi cuarto, esperando una respuesta, apenas distrayéndome un poco cuando los supervisores me pasaban las novedades —todo en orden por el momento. Cinco ausentes en total, pero cuatro de ellos reemplazados. Nadie notaría que faltaba cubrir un puesto—. Por primera vez deseé tener más problemas en el trabajo.
Ya cerca de la medianoche, por fin vi que me desbloqueó, pues ahora mis mensajes aparecían con las dos tildes, y además estaban azules. No me respondía, pero se me ocurrió decirle algo para obligarla a que lo hiciera. “Al menos decime por dónde andan, para no cruzármelos”, le dije, y surtió efecto.
“Ya estamos en nuestra habitación. Hoy dormimos temprano, porque estos días fueron muy agitados”.
Esa respuesta era la mejor que podía tener en esas condiciones.
“Michelle. Si vine hasta acá es porque no puedo vivir sin vos. Ya sé que es una locura. Sos la única mujer por la que haría algo así. ¿Eso no te dice algo?”, le escribí.
Era la primera vez que le hablaba de esa manera, casi arrastrándome, pero no me importaba perder un poco de dignidad con tal de tenerla conmigo de nuevo.
“¿Y tanto te costaba esperar a que volviera?”, preguntó entonces. “Sí”, respondí. “Volvé a Buenos Aires, Gonzalo. Si no lo hacés por mí, hacelo por Tobi. Es la luna de miel de tu hijo. Al menos dejá que la disfrute”, me puso ella. “Igual la va a disfrutar. Si no se entera, no cambia nada”, le puse yo.
Me imaginé que Tobi ya estaba dormido, y por eso podía escribirme de inmediato.
“¿Te pensás que un hombre no se da cuenta cuando se están cogiendo a su mujer?”, puso ella.
Esa respuesta me dejó perturbado un rato. “¿Sabe algo?”, le escribí.
“No dice nada. Pero estoy segura de que sí. Pero con el casamiento y con el bebé se ve más seguro. Igual, obviamente no tiene idea de que vos sos mi amante”.
Es igual a su mamá, pensé. Conoce la verdad, o al menos parte de ella, pero no dice nada directamente.
“Gonzalo, estoy escribiéndote esto mientras él duerme a mi lado. ¿Te das cuenta de lo enfermo que es eso?”, escribió después ella.
“Es lo que somos”, le puse yo, y luego, agregué: ”Voy al hotel. Voy a pedir un cuarto, y te voy a esperar en el bar”.
“No”, puso ella, y ya no escribimos más.
Estaba consciente de que eso implicaba más riesgo. Dejaría más huellas, y estaría demasiado cerca de Tobi. Pero, si él estaba durmiendo…
El hecho de que su negativa fuera ese simple no, me dio ánimos. Así que fui al hotel.
Salí de mi hotel y tomé un taxi. El trayecto duró menos de diez minutos, pero cada curva en la carretera me recordaba el peligro que asumía. El hotel de ellos se erguía imponente en el norte de la isla, con luces brillantes que iluminaban la fachada y el jardín tropical. Aparqué la paranoia por un momento y entré al lobby, donde el aire acondicionado me refrescó la piel sudada. El lugar bullía de actividad nocturna: turistas en shorts y camisetas, algunos con copas en la mano, y el murmullo de conversaciones en portugués y español. Había muchos argentinos, y yo rogaba que nadie me reconociera.
Me acerqué al mostrador de recepción. Una mujer joven, con uniforme impecable, me atendió con una sonrisa profesional. Le pedí una habitación para una noche, en efectivo para no dejar rastro en tarjetas. Ella verificó la disponibilidad en la computadora y me ofreció una en el tercer piso, lejos de las suites principales. Me pidieron los datos, y como pensé que me iban a pedir el documento, di mi nombre real. Pero no lo hicieron, y terminé sintiéndome como un pelotudo. Pero igual me dije que no importaba. Si ni Estela ni Tobi sabían que estaba en Brasil, no había motivos para que investigaran si había pasado una noche en el mismo hotel donde se hospedaban mi hijo y mi nuera.
La llave electrónica llegó a mis manos en segundos, junto con un mapa del hotel que ignoré. Ni me molesté en subir a la habitación aún, sino que me quedé en el bar del lobby, un rincón elegante con luces tenues, sillones de cuero y una barra de madera oscura. Pedí un whisky solo, sin hielo, y me senté en una esquina desde donde podía vigilar la entrada y los ascensores. Le mandé un mensaje a Michelle. “Ya estoy acá. Bajá, por favor”.
Por supuesto, no me respondió. Esta vez ni siquiera me dejó en visto, lo que me hizo temer que estuviera ya dormida.
Bebí despacio. El bar se vació poco a poco; un pianista tocaba melodías suaves, y el barman limpiaba vasos con indiferencia.
A las dos de la mañana en punto, la vi aparecer. Bajó del ascensor con pasos sigilosos, hermosa como siempre, con un vestidito blanco liviano que se adhería a su cuerpo voluptuoso y perfecto. No llevaba cartera, así que debía llevar el celular apretado en la mano. Supuse que era por si Tobi le escribía. Tenía menos de tres meses de embarazo y no se le notaba. El cabello rubio le caía suelto sobre los hombros, y sus ojos celestes buscaban en la penumbra hasta que me encontraron. Cruzó el lobby con gracia, y se sentó frente a mí sin decir palabra al principio.
—¿Vos sos pelotudo? —me dijo, con la voz mucho más alta de lo conveniente. El barman seguía como si nada, pero seguro que la escuchó—. ¿Tenés idea de lo que sentí cuando recibí tu mensaje? ¿Sabés lo mal que le puede ser a mi embarazo estos sustos? —Esto último lo dijo susurrando—. ¿Alguna vez pensás en mí?
Ambos estábamos en unos banquitos altos. La tomé de la mano y tiré de ella, para atraerla hacia mí. La agarré de la cintura, y le di un beso. Ella ni siquiera lo esquivó. Mis manos se posaron en sus caderas.
—Perdoname —le dije—. Si me pongo a pensar en todo lo que hice…. Te juro que sé que tenés razón. Soy un irresponsable, un egoísta. Pero no tenés idea de cómo me sentía. Es como estar enfermo.
—Es que estás enfermo —dijo ella, sin piedad—. ¿Cómo te vas a poner así solo porque voy a estar dos semanas más con mi marido? ¿Y si te corto para siempre, qué vas a hacer?
—No digas eso. Ni lo digas —dije, desesperado.
Me di cuenta de que estaba llorando. Un hombre más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, un profesional de la seguridad que tenía que lidiar con situaciones peligrosas regularmente, un gerente que manejaba a centenas de empleados, completamente desquiciado por una mujer.
—¿Qué harías? Seguro me matarías —dijo ella.
La miré a sus ojitos celestes, con mis ojos empañados. No voy a decir que nunca pensé en matarla, y que de hecho muchas veces tuve actitudes violentas con ella, pero me sorprendió que me lo dijera así, como si le pareciera normal la posibilidad de que la asesinara.
—No. Antes, me mato yo —respondí
—No digas estupideces —refutó ella—. Gonzalo, en serio, me das miedo.
—Nunca te haría daño —mentí.
—Lo hiciste varias veces —retrucó ella, y era verdad.
Ni siquiera podía prometerle que nunca más lo haría.
—Vamos a mi habitación —le dije, mostrándole la llave.
—No. Si vamos ahí me vas a querer coger toda la madrugada. Esta vez va a ser algo rápido, para que te vuelvas a casa tranquilo. Pero nunca más me hagas algo como esto.
Sabía que tenía razón. Era casi seguro que cuando volviera de la luna de miel, Michelle se me entregaría de nuevo. Entonces, ¿por qué carajos había hecho todo esto? Desde hacía rato sabía que mi obsesión por ella me nublaba el juicio, pero esto estaba en otro nivel. Realmente estaba mal, y en ese momento, a pesar de que estaba feliz por estar con ella, logré asimilar el grado de mi locura, y temblé ante la idea de lo que podía hacer impulsado por ella.
—Dale una buena propina al barman —dijo Michelle, separándose de mí—. Sabe que vine con mi marido.
Saqué unos reales de mi bolcillo, y se lo entregué, guiñándole un ojo. Supuse que estaba más que acostumbrado a presenciar infidelidades, y por eso actuó con total naturalidad, pero si supiera qué parentesco tenía con esa rubiecita hermosa, seguro que se quedaría boquiabierto.
—A dónde vamos entonces.
—Al baño —dijo ella, señalando el baño unisex que quedaba al fondo del lobby, a unos metros del bar—. Es lo que te merecés por la locura que hiciste.
—Bueno, pero a las mujeres les gusta que hagamos locuras por ustedes, ¿no? —dije, mientras nos encaminábamos al baño.
—Como esto, no.
Entramos juntos. Estaba desierto. El lugar tenía azulejos blancos impecables, espejos grandes que reflejaban nuestra imagen prohibida, y un olor sutil a jabón y desinfectante que contrastaba con el calor animal que nos invadía. Michelle eligió el cubículo más alejado, entró primero y me tiró del brazo, demostrando que tenía tanta urgencia como yo de coger.
Cerré la puerta con el pestillo, mientras ella bajaba la tapa del inodoro para apoyar el celular, y en ese espacio estrecho, su cuerpo se pegó al mío como un imán. La besé con hambre desesperada. Mii lengua invadió su boca mientras mis manos exploraban su espalda, bajando hasta el borde del vestidito. Lo subí con lentitud, saboreando la suavidad de su piel, y descubrí que no llevaba nada debajo.
El morbo me golpeó como una ola: ahí estaba mi nuera, la esposa reciente de mi hijo, embarazada probablemente de mí, dispuesta a entregarse en un baño público de hotel mientras Tobi roncaba en la suite de arriba, ignorante de que su padre le robaba el placer de su luna de miel. Era una mierda de persona por excitarme ante eso, pero así era.
—Te amo —murmuré.
—No me amás. Solo me querés poseer. Bueno, hacelo.
Se dio vuelta sin que yo se lo pidiera, apoyó las palmas en la pared fría del cubículo y arqueó la espalda, ofreciéndome su culo redondo y perfecto, un gesto que terminó de endurecer mi pija. Bajé el cierre de mi pantalón con manos temblorosas, reflejando unos nervios de los que ni me había percatado antes, y saqué la pija hinchada y palpitante, y la froté contra sus labios vaginales, sintiendo cómo se abría para mí, lubricada por el deseo.
Empujé despacio al principio, centímetro a centímetro; su conchita caliente y apretada me envolvió la verga, y un gemido escapó de sus labios rosados.
—¡Ay! Mirá lo que me hacés hacer, hijo de puta.
Empecé a moverme con ritmo, embistiéndola con fuerza creciente, con mis manos aferradas a sus caderas anchas para guiarla, para poseerla por completo. Cada golpe hacía que sus tetas voluptuosas rebotaran bajo la tela liviana del vestido, y el sonido húmedo de nuestra unión —piel contra piel, chapoteos de excitación— llenaba el cubículo como una sinfonía obscena.
—Esto te gusta, ¿eh? —le murmuré al oído—. Cogerte a tu suegro en un baño mientras tu marido duerme.
—No, no. Callate y cógeme. Solo cógeme, por favor.
Por lo visto la putita esta vez no estaba de humor para ese tipo de frases, pero no importaba, los hechos hablaban por sí mismos.
Sus uñas arañaban la pared, y su cuerpo se contorsionaba con cada embestida, su concha se contraía alrededor de mi verga en oleadas que me llevaban al clímax.
Seguro que alguien la escuchaba; de hecho, oí la puerta principal del baño abrirse dos veces, pero a ninguno nos importaba un carajo. El mundo se reducía a ese cubículo: el sudor perlando su cuello que yo lamía, el olor a sexo que impregnaba el aire, el morbo enfermizo de saber que Tobi podía despertar en cualquier momento y buscarla.
—¿Quién sos, pendejita? —le dije al oído, rabioso—. ¿Por qué apareciste ese día en Ramos mejía? ¿Por qué fuiste tan putita como meterte en el auto de un tipo mayor, cuando vos eras una nena? ¿Por qué tuviste que ponerte de novia con Tobi?
—¿Y por qué me tenés que seguir cogiendo? —dijo ella, cuando yo me detuve un instante, con la verga entera hundida en ella—. ¿Por qué no me dejaste en paz? ¿Por qué me acosaste cuando te enteraste de que era la pareja de tu hijo? ¿Por qué no pudiste dejar nuestra historia atrás?
La situación era absurda. Ella, con el vestido levantado, ahora girando la cabeza para decirme eso; yo, con la pija hundida en ella, preguntándole cosas que en realidad no tenían respuesta; los dos reclamándonos mutuamente mientras copulábamos en ese baño, a miles de kilómetros de distancia de mi casa.
—Porque sos una puta —le dije—. Y yo un obsesivo. Por eso nunca te voy a dejar de coger.
Sus gemidos se hicieron más intensos. Ella empujaba su culo contra mí, clavándose más profundamente la pija. Su rostro angelical se distorsionaba por el placer. Sudábamos profusamente, el calor del baño nos envolvía como un sauna prohibida, y su esencia —dulce, salada, adictiva— me volvía loco, haciendo que la penetrara con furia animal, sintiendo cómo sus flujos corrían por mis bolas.
De repente, con mi pija aún enterrada hasta el fondo en su concha palpitante, sonó su celular. Miró la pantalla iluminada y se tensó.
—Es Tobi —murmuró con la voz entrecortada, pero no se apartó; al contrario, siguió moviéndose levemente contra mí, como si el peligro la excitara tanto como a mí—. Pasame el celu.
Sin separarme de ella, me incliné y lo agarré, con cierta dificultad.
—Quedate quieto —me dijo antes de atender.
Así lo hice. Me quedé inmóvil, con mi verga clavada en ella, mientras atendía el teléfono, con mi hijo del otro lado de la línea.
—¿Qué pasó que no estás en la habitación? —preguntó Tobi, con la voz somnolienta y con un toque de preocupación filtrándose por el altavoz.
Michelle jadeó un poco, disfrazándolo de bostezo, y respondió con una naturalidad fingida que me impresionó:
—No podía dormir, amor… Bajé por un trago al bar.
—A mí me gustaría un trago con mi mujer… —contestó Tobi—. Ya bajo, esperame ahí.
Ella colgó rápido, apretó el teléfono y volvió a apoyar la mano en la pared. Un gemido ahogado pero intenso resonó en el baño, rebotando en las paredes. El riesgo inminente —Tobi bajando en cualquier segundo— me empujó al límite; le di unas embestidas finales salvajes, profundas, haciéndole sentir cada milímetro de mi pija.
—Dale, ahora debe estar cambiándose —dijo Michelle.
La agarré de las caderas y me empecé a mover con embestidas más cortas y violentas. Ella se sacudía cada vez que mis bolas chocaban con su culo.
—Ya debe estar saliendo de la habitación —jadeó.
—Tranquila, enseguida te lleno de leche, así vas a verlo así, sin ropa interior, recién cogida.
—¡Ay, ay, ay! Ya debe estar bajando por el ascensor.
Acabé dentro de ella con un gruñido bajo y gutural, llenándola de chorros calientes de semen que se mezclaban con sus flujos, mientras sus piernas temblaban. Salí despacio, sintiendo cómo mi semen goteaba por sus muslos, y la besé en la nuca sudorosa.
—Vos te vas a tener que quedar acá —me dijo—. Cuando nos vayamos del bar, te mando un mensaje. Y no se te ocurra ir a tu cuarto. Andá a donde sea que estabas, y mañana mismo te vas de acá. Por favor, no me arruines la vida.
—Está bien. Después de esto, voy a aguantar una semana más.
Ella se limpió, se acomodó el vestido, y salió al Lobby. Me quedé ahí, sentado en el inodoro. Recién una hora después recibí el mensaje de Michelle.
Salí del baño y del hotel, sin mirar a nadie. Cuando revisé el celular, vi que uno de los supervisores me había llamado varias veces. Luego me había mandado un mensaje diciéndome que un vigilador se había propasado con una de las famosas que habían ido a hacer presencia. Era algo realmente grave, pero en ese momento no podía importarme menos. Ni siquiera me preocupaba si Estela me creería la mentira que había preparado.
No me importaba absolutamente nada, salvo cogerme a mi nuera. Ni mi familia, ni mi trabajo, solo Michelle. Si me lo ponía a pensar un rato, quizás tendría una oportunidad de evitar la desgracia que iba a suceder, pero en ese entonces ya no pensaba, solo me guiaba por el instinto.
Capítulo 19
Final de la serie
A medida que la panza de Michelle crecía, nosotros nos distanciamos, aunque igual yo revoloteaba siempre como un cuervo a su alrededor. Era entendible, porque ahora, con el embarazo, ella requería ciertos cuidados, y estaba siempre con alguna amiga o con Tobi. Pero eso no me resolvía el problema de la abstinencia.
Los primeros días, después de que volvieran del viaje a Brasil, me la había cogido bien cogida varias veces. Pero después la cosa se fue espaciando. Tanto así que en los últimos tres meses no había vuelto a estar con ella. Hacía años que no pasaba tanto tiempo sin enterrar mi verga en la viciosa concha de mi nuerita.
Ella, como me conocía, cada tanto me mandaba algún mensaje pidiéndome que por favor no intentara hacer nada, que luego cuando naciera la niña empezaríamos a vernos más de seguido. Pero yo sabía que solo me decía eso para contenerme, cosa que de hecho estaba logrando, para mi propia sorpresa.
Por su parte, mi relación con Estela estaba peor que nunca. No es que nos peleáramos todos los días. Todo lo contrario. En nuestro dormitorio había más silencio que nunca. Creo que solo estaba esperando a que naciera Bahía, nuestra futura nieta, para concretar la separación. Yo no tenía mucho problema con eso. Ya ni siquiera tenía el alivio de tener noches de lujuria con ella. La chispa se había apagado; la había consumida el fuego eterno que manaba de Michelle. Así que en esos tiempos, cuando apenas faltaba una semana para que pariera, estaba más desesperado que nunca.
Por eso, contra su voluntad, apenas encontré la oportunidad, fui a por ella. Por esta vez lo hice a plena luz del día, un domingo.
Tobi había comentado el día anterior que tenía un problema de electricidad, y que no había podido conseguir un electricista para arreglarlo. Yo me daba mañas con esas cosas, y tenía herramientas, así que le dije que iría a ayudarlo. “¿Seguro, viejo? Es tu día de descanso”, me puso el inocente. “Obvio, pibe. Y de paso los visito”. “Por qué no le decís a mamá que también venga. A la tarde tengo un partido con los pibes. Pero podemos almorzar juntos”, me escribió después.
No pude más que sentir pena por él, pues me estaba dando toda la información que necesitaba. “Claro, nene, le digo”.
Tobi era bastante colgado, así que podía ser que se olvidara de mencionarle a su mujer que iría al otro día. Pero, de todas formas, había muchas cosas que podían hacer que la cosa no me saliera. Quizás Estela aceptaba ir conmigo —tenía que mencionarlo, porque si luego Tobi se lo decía, quedaría expuesto—, quizás la propia Michelle se aseguraría de no estar en ese momento o estaría con una amiga.
Yo, por mi parte, ya tenía trazado un rudimentario plan. Simplemente inventaría que tuve una de mis famosas emergencias en el trabajo —el rubro de seguridad no paraba ni los domingos ni los feriados, aunque en general requerían que simplemente estuviera atento al teléfono—. Entonces, iría unas horas después del almuerzo, en un horario en el que él ya estaría jugando al fútbol con su amigos.
—¿Vamos a lo de Tobi mañana? Tengo que arreglarle un enchufe que está con cortocircuito. Y de paso almorzamos —le dije a mi mujer esa noche, tratando de ocultar las ganas que tenía de que no fuera.
—Bueno —dijo, cosa que me hizo odiarla.
Pero, al otro día, ella se sentía mal del estómago, así que la cosa empezaba a salirme bien. Por otra parte, Michelle no me escribió pidiéndome que no fuera, ni nada por el estilo, así que probablemente Tobi sí se había olvidado de decirle, o, mejor aún, ella quería que fuera.
Así que el domingo hice toda la pantomima de salir de mi casa al mediodía —porque ya le había dicho a Estela que lo haría—, y luego esperé un par de horas. Cuando Tobi me preguntó si iba a ir a almorzar, le conté lo de la supuesta urgencia laboral, pero le juré que en un rato resolvía todo e iba para allá.
Llegué al departamento un rato después de las tres, con la caja de herramientas en la mano. El tráfico del domingo era liviano, casi inexistente, y el sol pegaba de frente en el parabrisas. No pensé en nada más que en verla. Estacioné en la calle, subí por el ascensor viejo que olía a humedad y llegué al quinto piso. Tobi me abrió la puerta con la camiseta de Boca puesta, ya listo para salir.
—Viejo, gracias por venir. Sé que es una pavada, pero ya sabés lo inútil que soy con estas cosas —me dijo, dándome un abrazo rápido—. Ya almorzamos, pero Michelle guardó un plato para vos.
—Tranquilo, nene. Andá a jugar a la pelota con los pibes, no te preocupes. Yo me encargo.
Tobi miró el reloj del celular.
—Michelle está en el living. Ya sabe que estoy acá nomás, a dos cuadras. Si necesita algo, me llaman y vengo corriendo en cinco minutos. En serio, cualquier cosa…
—Quedate tranquilo —le dije, poniéndole una mano en el hombro—. Yo te la cuido. Andá, disfrutá el partido.
Me miró un segundo más, como si dudara, pero después sonrió.
—Dale, gracias, viejo.
Cerró la puerta detrás de él y se fue. De repente, sentí la tensión en el ambiente. Como si el nerviosismo de Michelle por estar a solas conmigo, y mis ganas de cogérmela ahí mismo, se condensaran en una niebla invisible que nos rodeaba.
Ella estaba sentada en el sofá, con las piernas separadas, las manos apoyadas en la panza enorme que ya casi llegaba a los nueve meses. Llevaba un vestido largo de algodón gris claro, de esos de maternidad con tirantes anchos y un escote amplio que se abrochaba con botones al frente.
La panza le tensaba la tela, redonda y alta, y se notaba que había engordado en los lugares justos: las tetas se le habían hinchado tanto que casi desbordaban el escote, pesadas y llenas, con venas azules marcadas bajo la piel translúcida; el culo se le había puesto más ancho y firme, y las caderas se habían ensanchado de una manera que la hacía verse más curvilínea que nunca. Tenía las piernas un poco hinchadas, pero la piel le brillaba con esa luminosidad que solo tienen las embarazadas avanzadas, como si estuviera iluminada desde adentro. El pelo rubio le caía suelto sobre los hombros, y la cara… la cara seguía siendo perfecta: los ojos claros, los labios carnosos, esa mezcla de inocencia y perversión que siempre me volvía loco. Estaba hermosa, más que nunca. El embarazo la había convertido en una versión más voluptuosa y madura de la misma diosa que me había chupado la pija en el auto años atrás.
—Qué hermosa estás —le dije.
—Estoy hecha una vaca —dijo ella.
—No seas boluda. Mirá lo bien que tenés la piel. Mirá cómo te crecieron las tetas y el culo. Estás increíble.
—No digas esas cosas. Y arreglá lo que viniste a arreglar.
Fui hasta la cocina, donde estaba el enchufe que Tobi decía que hacía saltar la térmica cada dos por tres. Saqué el destornillador y el tester de la caja de herramientas, quité la tapa con dos vueltas rápidas y vi el quilombo: un cable pelado que rozaba el chasis y provocaba el cortocircuito. No era nada del otro mundo. Aflojé los bornes, corté el tramo malo con el alicate, pelé cable nuevo, lo conecté bien firme, aislé con cinta y probé enchufando la heladera que estaba al lado. Todo perfecto. Cerré la tapa, guardé las herramientas. Me había tomado solo quince minutos.
Volví al living con la caja en la mano.
—Me voy —le dije.
Ella no se molestó en ponerse de pie. Seguía sentada en el sofá, con las manos sobre la panza, mirándome con esa cara de fastidio fingido. Me acerqué, me incliné como para darle un beso en la mejilla de despedida, pero en el último segundo giré y le planté uno directo en la boca.
—Gonzalo, basta —dijo ella, apartándose.
Pero cuando volví a besarla, esta vez metiendo lengua, mientras le masajeaba una teta por encima del vestido, no hizo nada para detenerme. Sentí cómo el pezón se le endurecía bajo la tela, cómo la respiración se le aceleraba un poco.
—¿Qué hacés? —dijo, cuando empecé a desabrochar los botones del escote para liberar uno de sus senos.
—Quiero cumplir una fantasía.
Desabroché los botones del escote uno a uno, despacio, sintiendo cómo la tela se abría y dejaba ver más de esa piel cremosa y tensa. La teta izquierda salió primero, pesada, hinchada como nunca, con la areola más grande y oscura que antes, con venas azules ramificándose bajo la superficie translúcida. El pezón estaba erecto, grueso, como una cereza madura a punto de reventar. Michelle respiró hondo, pero no me detuvo. Me miró con esos ojos claros, con una mezcla de reproche y excitación que me ponía la pija como piedra.
—Mirá lo que es esto —dije, con la boca hecha agua.
Me agaché más, acerqué la boca y lamí el pezón despacio, rodeándolo con la lengua. Ella soltó un gemido.
—¿Te gusta? —murmuró, y sus dedos se enredaron en mi pelo, atrayéndome en vez de apartarme—. ¿Te gusto así?
—Obvio que me gustás así. Me calentás más que nunca.
—Creo que a Tobi no le gusto así —me dijo, mientras la seguía lamiendo—. Dice que me quiere cuidar, que tiene miedo de lastimarme si me coge embarazada.
—No te preocupes. Papi te va a coger.
Abrí la boca y lo chupé entero, succionando fuerte.
—Forro. Me querés sacar la leche —dijo ella, pero no se apartó—. Sos un fetichista.
Al principio no salió nada, solo sentí el sabor salado de su piel, la suavidad y calidez de esa teta llena y pesada contra mi lengua, mientras mi cabeza se apoyaba en esa barriga enorme y blanda. Pero apreté un poco más con los labios, masajeé la base con la mano, y entonces… brotó. Primero una gota espesa, amarillenta, pegajosa como miel. El calostro. No era leche blanca y fluida como la que imaginaba; era más densa, casi como un néctar concentrado, con un gusto dulce-salado, un poco almendrado, que me llenó la boca de golpe.
—Dios… qué rico —gruñí contra su teta, succionando otra vez.
Ella jadeó, arqueó la espalda un poco —lo justo para no lastimarse la panza— y sentí su mano bajando por mi pecho, directo a la bragueta. Me palpó la pija por encima del pantalón, apretándola fuerte, como midiendo lo dura que estaba.
—Estás loco… —dijo, pero su voz temblaba de calentura.
Succioné más fuerte, alternando con lamidas largas alrededor de la areola, exprimiendo la teta con la mano para que saliera más. El calostro brotaba en chorritos cortos ahora, cálido, espeso, cubriéndome la lengua. Me lo tragaba con avidez, como si fuera el elixir más prohibido del mundo. El morbo me atravesaba: esta era mi nuera, embarazada de mi hijo, dándome su primera leche antes de que naciera la nieta/hija que llevaba en la panza. Sentía la pija latiendo, a punto de explotar solo de chupar.
—Sabés qué rico es esto… —le dije, apartándome un segundo para mirarla, con la boca brillando de su líquido.
Ella me apretó la pija más fuerte, frotándola por encima de la tela.
—Callate y chupá… —susurró—. Pero no me vacíes, hijo de puta…
Volví a morder suavemente el pezón, succionando rítmicamente. Cada vez salía un poco más. Las gotas se convertían en chorrito continuo, dulce y pegajoso, llenándome la garganta. Masajeé la otra teta por encima del vestido, sintiendo cómo también estaba dura, lista para dar. Ella gemía bajito, la mano ahora dentro de mi pantalón, sacándome la pija y pajeándola despacio, con esa mano experta que conocía cada vena.
Me perdí ahí un buen rato, minutos enteros chupando esa teta como un vicioso, tragando su calostro mientras ella me manoseaba la verga dura, los dos jadeando en el silencio del living. El sabor me volvía loco: no era leche común, era algo primal, espeso, nutritivo, como si estuviera robándole a la naturaleza misma lo que era para otro.
Cuando me llené de ese manjar, me erguí y arrimé mi pija a su cara, para que me la chupara.
—Acá no —me dijo—. Vamos a la cocina. Al cuarto no, porque si entra Tobi, capaz no lo escuchamos.
Nos movimos a la cocina casi sin hablar, yo con la pija dura latiendo contra el pantalón y ella caminando despacio, apoyando una mano en la panza enorme para equilibrarse.
La cocina era chica, con la mesada de granito y unas sillas al lado de la mesa. Michelle se sentó en una de ellas, con las piernas abiertas lo justo para que la panza quedara cómoda entre ellas, sin apretar. El vestido seguía abierto del escote, con esa teta afuera todavía brillando de mi saliva y calostro, el pezón hinchado y oscuro.
Me paré adelante suyo, entre sus piernas. Ella me miró con esa cara de zorrita que me volvía loco, los ojos claros brillando de morbo prohibido.
—Sacátela —me dijo, con voz baja pero firme.
Bajé el cierre y me saqué la pija de nuevo de un tirón, ya dura como hierro, con la cabeza roja y húmeda de líquido preseminal. Ella soltó un suspiro largo, como si la extrañara. Agarró la base con una mano, apretándola suave, y con la otra me acarició los huevos.
—Mirá cómo la tenés… —murmuró, pasándose la lengua por los labios.
Empezó despacio, como siempre hacía cuando quería torturarme. Acercó la boca y lamió la cabeza, largo y húmedo, recogiendo el líquido con la punta de la lengua. Sentí el calor de su aliento, el roce suave. Después bajó a los huevos, los lamió uno por uno, los metió en la boca enteros, succionando suave mientras me pajeaba la pija con la mano. Yo gemí, agarrándole el pelo rubio con cuidado, sin tirar fuerte.
—Putita… A vos te parece, chuparle los huevos así a tu suegro —le dije.
—Bien que te gusta —murmuró.
Su actitud me hacía pensar que había estado sufriendo tanto como yo el distanciamiento de los últimos meses.
—¿Por qué no dejaste que viniera antes, trolita? —dije, soltando un gemido.
Ella levantó la mirada, sonriendo con la boca llena.
—Estoy con el humor muy volátil. A veces tengo ganas de matarte. Hoy necesito pija a toda costa.
Sus palabras fueron música para mis oídos.
—Bueno, acá la tenés.
Lamió el tronco de abajo arriba, lentamente, dejando un rastro de saliva que brillaba. Cuando llegó a la cabeza otra vez, abrió la boca y se la metió despacio, hasta la mitad, succionando fuerte. Sentí cómo la lengua se movía abajo, presionando la vena, mientras la mano seguía pajeando lo que no entraba. La panza rozaba mis muslos cada vez que se inclinaba un poco, y eso me calentaba más: esa barriga redonda, tensa, con mi nieta adentro, mientras mi nuera me mamaba la verga como una profesional.
—Más profundo, dale… tragátela toda —le ordené, empujando suave las caderas.
Ella obedeció. Relajó la garganta y se la metió hasta el fondo, con la nariz tocándome el pubis. Sentí cómo se ahogaba un segundo, y cómo los ojos lagrimeaban, pero no paró. Empezó a moverse adelante y atrás, lento al principio, después más rápido, con la boca haciendo ruiditos húmedos, y la saliva empezó a chorrear por la comisura. Con la mano libre se masajeaba una teta.
Yo miraba desde arriba esa cara perfecta, los labios estirados alrededor de mi pija gruesa, la panza enorme subiendo y bajando con su respiración agitada. Le agarré las tetas con las dos manos, las amasé fuerte, pellizcando los pezones para que saliera más leche. Ella gemía con la boca llena, vibrando en mi verga.
—Sos una viciosa… embarazada y mamando la pija de tu suegro —le dije—. Decime que te gusta.
Se la sacó un segundo, jadeando, con hilos de saliva colgando.
—Me encanta… —respondió, antes de volver a tragársela entera.
Aceleró el ritmo, con la cabeza moviéndose rápido, y la mano pajeando la base al mismo tiempo. Yo sentía las bolas tensándose, el orgasmo subiendo. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a cogerle la boca, metiéndosela hasta el fondo. Ella se dejaba. Tenía los ojos cerrados, y empezaban a salirle lágrimas por el esfuerzo.
—Mirá lo que sos. Mirá cómo te tocás la concha mientras se la mamás a tu suegro, pedazo de puta —gruñí.
Eyaculé fuerte, chorro tras chorro directo en su garganta. Ella tragó todo, succionando para sacarme hasta la última gota, y luego la lengua limpió la cabeza sensible. Cuando terminó, se la sacó despacio, lamió los restos de semen y saliva, y me miró con la boca brillando.
Pero no alcanzó. Los dos jadeábamos en la cocina, yo con la pija todavía medio dura colgando afuera del pantalón, brillando de su saliva y mis restos de semen, y ella sentada en la silla, con el vestido abierto, con esa teta afuera goteando todavía un hilo de calostro por el pezón hinchado. Me miró con los ojos vidriosos, la boca roja de tanto chupar, y se mordió el labio inferior. Yo sabía que ella también estaba prendida fuego: la concha debía tenerla empapada, hinchada, pidiendo verga después de meses sin que la tocara.
De repente, vibró el celular de Michelle en la mesada de la cocina —lo había dejado ahí—. Ella se tensó.
—Es Tobi —dijo, agarrándolo rápido.
Lo leí por encima de sus hombros: «¿Todo bien por allá? ¿Papá ya arregló el enchufe?»
Los dos nos miramos. Ella escribió rápido: «Sí, todo bien. Tu papá se está encargando del arreglo ahora mismo. Jugá tranquilo».
El hecho de que hubiera mandado el mensaje nos confirmaba que no vendría enseguida. Así que eso no dio vía libre para seguir con nuestro perverso juego.
—Al cuarto —murmuró al fin, poniéndose de pie con esfuerzo, apoyando las manos en la panza enorme—. Pero rápido, Gonzalo… no aguanto más.
La seguí por el pasillo corto, mirando cómo caminaba despacio, balanceando las caderas anchas, el culo más grande y redondo que nunca bajo el vestido. El morbo me comía vivo: mi nuera, casada con mi hijo, embarazada de nueve meses, yendo a que me la coja en la cama que compartía con él.
Entramos al dormitorio y cerramos la puerta. El cuarto olía a ellos, a perfume de ella y desodorante de Tobi, la cama king size deshecha de la siesta.
—Tenemos unos minutos —dijo ella, tirando el celular al sillón—. Dale, hacelo rápido. Estoy tan caliente que en un par de minutos voy a acabar.
Me recosté al lado de ella, asegurándome de no lastimarla, y la besé, hambriento, con las manos directas a las tetas. Le desabroché el resto de los botones del vestido, lo abrí como un regalo y se lo saqué por los hombros. Debajo no tenía nada más que una bombacha de algodón blanca, grande, de embarazada, que apenas contenía el culo carnoso. La piel le brillaba, tibia, con esa estirada perfecta en la panza redonda y alta, el ombligo salido como un botoncito. Las tetas… dios, las tetas eran enormes, caídas un poco por el peso pero firmes, con areolas grandes, pezones gruesos goteando calostro sin que las tocara.
Le acomodé las almohadas bajo la espalda para que la panza quedara cómoda, sin apretar. Me saqué la ropa a los tirones, quedé en pelotas, con la pija parada de nuevo, venosa, apuntando al techo, y empecé a besarla por todos lados.
Primero el cuello, mordisqueando, bajando a las tetas. Chupé las dos, alternando, succionando fuerte para que saliera más calostro, tragándomelo como un vicioso. Ella gemía, arqueándose todo lo que podía.
—Mirá cómo te robás la leche de tu nieto, igual que te robás la mujer de tu hijo. Sos un enfermo. Una basura, igual que yo —dijo ella.
Bajé más, besando la panza con morbo puro. Lamí alrededor del ombligo sobresaliente, metí la lengua adentro, con besos húmedos y largos por toda la curva tensa. Sentía el calor de la piel, el leve movimiento de la bebé adentro —una patadita suave que me hizo endurecer más la pija—. Besé abajo, en la línea donde empezaba el pubis, oliendo su aroma de mujer embarazada, caliente y húmeda.
—Ahora te voy a coger. A vos, y a Bahía, putita.
Pensé que eso podía ser demasiado para ella, pero no se quejó.
—Dale, metémela de una vez—suplicó.
Le bajé la bombacha despacio, por las caderas anchas, y ahí estaba: la concha hinchada, los labios más gruesos por el embarazo, brillando de humedad. La abrí con los dedos, y lamí despacio de abajo arriba, saboreando ese jugo dulce y espeso. Ella gimió fuerte, agarrándome el pelo.
—Metémela ya… no aguanto —suplicó.
Me puse en posición, de rodillas entre sus piernas abiertas, la pija en la entrada. La miré: toda embarazada, con las tetas enormes desbordando a los lados, la panza redonda brillando de mi saliva, la cara de zorra pidiendo verga.
Se la hundí despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la concha me apretaba caliente y húmeda, más estrecha que nunca por la panza. Ella largó un gemido largo, con los ojos en blanco.
—Dios…
Empecé a bombear, lento al principio, profundo, agarrado de esas tetas enormes con las dos manos. Las amasaba fuerte, exprimiendo calostro que chorreaba por los lados, pellizcando pezones mientras la cogía. Cada embestida hacía que la panza subiera y bajara, con la bebé moviéndose levemente, y eso me volvía loco de morbo.
—Mirá cómo te cojo con mi hija adentro… —le decía al oído, acelerando—. Tu marido jugando a la pelota y yo llenándote la concha, pedazo de putita.
—No, no, no es tu hija —balbuceaba ella mientras yo no dejaba de meterle pija a lo loco.
Aceleré. La cama crujía, los huevos chocaban contra su culo, las tetas rebotaban en mis manos. Sudábamos, el cuarto oliendo a sexo prohibido.
—Te voy a bañar de leche esa panza —gruñí.
Retiré la verga y empecé a pajearme, furioso, y eyaculé chorro tras chorro espeso y caliente sobre esa panza redonda, cubriéndola de semen blanco que empezó a chorrearse a los lados. Ella se tocaba la concha, acabando también, gimiendo mi nombre.
Supongo que hicimos mucho ruido, o quizás fue que estábamos demasiado ensimismados en nuestro goce. También es cierto que ambos estábamos seguros que contábamos con esos diez o quince minutos sin ser interrumpidos. Quizás caímos en el descuido típico de quien es impune por mucho tiempo.
Podría estar horas, e incluso años —de hecho así fue— recriminándome por haber sido tan estúpido. Porque bien que podía haber gozado con Michelle por mucho tiempo sin tener que exponerme de esa manera. Bien que podría haber evitado que ocurriera lo que ocurrió. Pero no fue así. Y que conste que desde el principio avisé —y lo hice luego varias veces— que esta historia terminaba en desastre.
La cuestión es que justo en ese momento, la puerta del cuarto se abrió de golpe.
Tobi entró al dormitorio.
Mucho después me daría cuenta de que no estaba sudado. Ni un rastro de que había estado jugando a la pelota realmente. ¿Había sospechado que esa misma tarde lo estaríamos traicionando? ¿Qué tanto sabía o sospechaba de lo nuestro? Pero en ese momento no podía pensar en nada.
Nos vio así: yo en pelotas, arrodillado entre las piernas abiertas de su mujer, con la pija goteando semen, y ella desnuda, embarazada, la panza brillando cubierta de mi leche, las tetas chorreando calostro, la concha roja y empapada.
La cara de Tobi fue algo de lo que no me voy a olvidar en la vida. Algo que me va a acompañar hasta la muerte. Asco, desconcierto, una tristeza terriblemente profunda, indignación, culpa, ira. Todo eso junto y mucho más reflejado en sus ojos de niño bueno.
—Tobi —dije yo simplemente.
No vi qué cara tenía Michelle, porque la mirada de mi hijo me había dejado inmóvil. Pero ella no alcanzó a decir nada, y él tampoco. En parte, era entendible, pues no había nada que decir. Tobi retrocedió, quedándose en el umbral de la puerta. Se nos quedó mirando un rato. Pero luego se dio la vuelta y se fue.
Después de un momento de silencio e inmovilidad, empecé a vestirme. Recién ahí reparé en Michelle. Tenía los ojos bien abiertos, y lloraba con lágrimas gruesas. De hecho, eran chorros de lágrimas, un llanto que nunca le había visto.
—Yo sabia —dijo—. Yo… Sabía.
—Ahora no pienses en nada —le dije—. Quedate acá. Voy a hablar con él, Voy…
Ella soltó una carcajada histérica. Casi parecía haber enloquecido.
—¡¿Y qué le vas a decir, Gonzalo?! —dijo, a los gritos—. ¡¿Qué le vas a explicar!?
Después rompió en llanto de nuevo. Estaba destrozada.
—No sé. Pero tengo que ir a buscarlo.
De hecho, eso era lo que sentía realmente. No era que me preocupara que le fuera a contar a Estela. Daba por descontado que eso pasaría. Pero algo me instaba a perseguir a mi hijo.
Tenía que decirle que su papá era una mierda, que su mujer era una puta. Que no debía pensar que todo el mundo era así, que había gente buena, como él, una persona dulce e inocente que no lastimaría nadie. Tenía que explicarle que seguro iba a encontrar una mujer que lo mereciera. Que, por un lado, estaba bien que se haya enterado por fin de lo que pasaba entre nosotros. Que yo era demasiado poca cosa para ser su padre, y ella no merecía ser su mujer.
Me terminé de vestir. Tenía la vista borrosa, y me di cuenta de que también estaba llorando. Vi que hacía apenas unos segundos se había tomado el ascensor, pues solo había bajado dos pisos. Y tuve la suerte de que otro ascensor me estaba esperando en ese piso.
Me subí, y toqué el botón para ir a la planta baja. Supongo que el corazón me latía con fuerza y que las manos me sudaban, pero no lo recuerdo. Estaba con la cabeza solo puesta en mi hijo.
Era fácil cuando uno tenía una relación clandestina. La pasaba bien, y me reía de las personas a las que engañaba. Pero ahora asimilaba el verdadero daño que podía hacer. Tobi, tenía que agarrar a Tobi del brazo, decirle que se hiciera hombre, que me cagara a piñas si quería. De hecho, podría matarme. Bien merecido que lo tenía. Yo podía fingir que lo quería golpear, para que nadie lo acusar de asesinato, sino que se considerar legítima defensa.
Tobi, Tobi, por qué no me esperaste, por qué no me mataste.
Cuando salí del ascensor, ya escuchaba las bocinas. Al principio pensé que el tráfico estaba atascado en la avenida. Pero luego empecé a escuchar los gritos. Salí a la vereda.
—¡Tobi! —grité.
Mi hijo, mi único hijo, estaba tirado en la calle, ensangrentado. Un auto estaba detenido frente a él, con el parabrisas agrietado.
Tobi, Tobi. Despertate, pensaba. Despertate y castigá a la mierda de tu papá como se lo merece. Tobi, por favor, no te vayas. Convertite en un ser vengador, no me dejes con la culpa.
Lo tenía entre mis brazos. Me di cuenta de que estaba gritando.
Mi hijo estaba muerto.
…..
Al día de hoy no sé si quiso suicidarse al ver semejante aberración, o si simplemente estaba tan ofuscado que no vio el auto venir. Los testigos dijeron simplemente que “cruzó mal”. En todo caso, esa era una de las dudas que me quedarían para siempre. Uno de los merecidos castigos con los que tendría que cargar el resto de mi vida.
No le pude ocultar la verdad a Estela por mucho tiempo. Ese mismo día fui a la casa a contarle del terrible accidente. Se puso como loca, obviamente. Tuvo que ser medicada con antidepresivos. Los días posteriores al entierro, estaba casi todo el día dormida. Pero un día, más lúcida, me preguntó, mirándome a los ojos:
—¿Qué pasó con mi hijo, Gonzalo?
Yo, experto en las mentiras, no pude sostenerle la mirada ni un segundo. Me eché a llorar como un niño.
—Fue mi culpa —dije—. Te voy a contar…
No le di los detalles escabrosos. Ya era suficiente con que supiera que nuestro hijo nos vio cogiendo con nuestra nuera. Para mi sorpresa, ella tampoco indagó más. Ni siquiera quiso saber desde cuándo éramos amantes.
—Nada de lo que diga puede minimizar lo que sentís —dije—. Pero…
—Ni una palabra —dijo Estela—. Si te queda un poco de humanidad, no vuelvas a dirigirme la palabra, y ándate ahora mismo de la casa.
Así lo hice. Llamé a una amiga de Estela, y le pedí que la fuera a buscar, mientras yo me hacía un bolso con algunas mudas de ropa, y salía de la casa.
En todo momento pensé que quizás mi esposa me clavaría un cuchillo por la espalda, o me daría un balazo. Pero más adelante entendería por qué no lo hizo.
Con respecto a Michelle, ahora que Tobi no estaba entre nosotros, era más imposible que nunca que me devolviera los llamados. Dejó dicho en la portería del edificio que tenía prohibido el ingreso. Lo mismo en el consultorio donde trabajaba. El recepcionista tuvo que llamar a la policía en una ocasión. Luego me llegó la notificación de una orden perimetral. Es decir, no me podía acercar a Michelle. Claro, sabía que esas cosas eran unas tonterías. Pero, de todas formas, ella desapareció a las pocas semanas de la muerte de su marido.
No había aparecido ni en el velorio ni en el entierro. Había parido a Bahía tres días después del suceso —se adelantó unos días—. Unas amigas que ni siquiera había conocido antes, obviamente feministas, fueron las que se encargaron de que tampoco pudiera verla ahí. Así que la última vez que la vi fue el día de la tragedia.
En la empresa todos se sorprendieron cuando renuncié, pero nadie me extrañó demasiado tampoco. Agarré la mitad de los ahorros que tenía con Estela, y viajé un poco, gastando la menor cantidad de dinero posible. Michelle me tenía bloqueado de todas partes, quizás incluso cambió de número de teléfono. La cuestión es que perdí contacto con ella.
Luego de un tiempo, me di cuenta de que, más allá de Michelle, ella tenía algo que también era mío: Bahía. Eso empezó a darme un sentido en esa vida que ya no tenía sentido. La busqué por todas partes, pero a Michelle se la había tragado la tierra.
Para mi completa estupefacción, la que iba a echar un poco de luz sobre ese tema, fue Estela.
“Vení a conocer a tu nieta”, me puso en un mensaje.
El hecho de que diera por sentado que se trataba de mi nieta, claramente era una manera de creer que tenía algo de Tobías con ella. Pero era imposible que alguien como ella no creyera que había altas probabilidades de que fuera mi hija.
Hasta el momento, no habíamos vuelto a hablar con Estela, y ya había pasado casi un año de que me echó de la casa. Yo estaba por San Luis. Ese mismo día me saqué un boleto de avión para Buenos Aires.
Me preguntaba cómo reaccionaría al verme. Quizás hacía lo que no hizo el día que me fui. Sería lo mejor para todos.
Toqué el timbre. Me abrió la puerta, sin decir una palabra. En la sala de estar estaba la regordeta beba en su canastito. La miré, pero inmediatamente me di cuenta de que no iba a poder agarrarla. No la merecía. No merecía nada en este mundo.
Miré a todas partes, a ver si Michelle estaba, pero lo dudaba.
—No está —dijo Estela, adivinando mis pensamientos—. Hace dos meses me mandó un mensaje. Me dijo si quería quedarme con el hijo de Tobi. Le dije que sí.
—¿Y ella? —pregunté.
Las palabras me salieron sin pensarlo. De verdad le estaba preguntando a mi exmujer en dónde estaba mi examante.
—No sé. Me dijo que no quería que la persigas. Me dijo que seguramente pronto se va a suicidar, o en todo caso iba a pasar un tiempo sufriendo. Me preguntó cuál de las dos cosas prefería, y le dije que me hubiera gustado que nunca hubiese conocido a mi hijo, pero eso ya no se podía.
Eso me heló la sangre. No quería que Michelle se suicidara. No quería que sufriera. Pero era inevitable, y era demasiado tarde para pensar en eso.
—Sabés… tengo una duda —dijo entonces Estela.
—Cuál —pregunté.
—¿Por qué seguís vivo?
Me clavaba una mirada fría como el hielo.
—No sé —balbuceé—. Se que no te va a servir de nada, pero te aseguro que…
—No —me interrumpió—. Tenés razón. No va a servir de nada. Y a partir de ahora no vuelvas a dirigirme la palabra. No vuelvas a mirarme siquiera. No vuelvas a contactarme.
Me despedí de Bahía con un beso en la frente. Lo que quería decirle a Estela era que, de todas formas, ya estaba muerto. Pero ella ya lo sabía. Por eso no me mató con sus propias manos, porque estaba consciente de que mi propia existencia era mi condena.
¿Por qué seguía vivo? Buena pregunta.
Salí de la casa, y caminé por la calle, sin saber qué haría de mi vida. Quizás me suicidaría, sí. Pero Tobi merecía una venganza mejor que esa. Merecía que siguiera vivo unos años más, con la culpa carcomiéndome el alma, sin Michelle, sin nada, más muerto que vivo.
Fin
Por Gabriel B