Capítulo 7
Pasaron los días. Días lindos, de sol, de playa, de sal en la piel y cenas elegantes. Por fuera, todo parecía perfecto. Una familia típica, disfrutando unas vacaciones en la costa uruguaya. Pero por dentro… yo estaba explotado de tensión sexual. Era por Michelle, obvio, mi nuera, mi deseo prohibido.
Y cada noche, esa tensión me empujaba a cogerme a Estela con una intensidad que ella no entendía.
—Parece que rejuveneciste veinte años —me decía a veces, mientras se acomodaba el pelo, todavía agitada.
—Deben ser las vacaciones —le contestaba yo.
—O será que acá en la playa tenés muchos estímulos —comentó una vez, con media sonrisa. Pero no le di bola.
Como decía, pasaron los días. Fuimos a caminar por la Brava, a ver las esculturas en La Mano, sacarnos las fotos de rigor. Almorzamos en paradores con vista al mar, recorrimos ferias artesanales, nos metimos a Casa Pueblo una tarde nublada y hasta hicimos una visita a José Ignacio. Algunas noches salimos a comer afuera —una de ellas en Lo de Tere, otra en Guappa— y otras simplemente comíamos en el hotel.
Éramos una familia típica de clase media. Un hombre con cierto éxito, una mujer aún joven y sexi, un chico inteligente y enamorado de una hermosa mujer. Desde afuera, podíamos ser la envidia de muchos. Pero, por dentro, la lujuria me consumía y me enfermaba.
Y, para colmo, yo no había vuelto a cogerme a Michelle.
Así que estaba todo el tiempo esperando un momento propicio para estar con ella. El tema es que, desde lo que le hice en el restorán mientras Tobi estaba en el baño, ella hacía todo lo posible por estar en todo momento junto a él. Era entendible, porque, si estaba a solas con ella, me volvía loco, y empezaba a pensar más con la pija que con la cabeza.
Ella hacía bien su papel de novia enamorada, de chica buena, tranquila, con esa sonrisa de nena mimada que miraba siempre a Tobías como si él fuera el único en el planeta. Pero yo la conocía. Conocía esa carita de zorra. Esa que me había mostrado en el ascensor, en el auto, en el telo. La escondía bien, sí. Pero a veces se le escapaba. En una mirada rápida, en una forma de cruzar las piernas, en una sonrisa que no era para él, sino para mí. Y yo, por mi parte, también me comportaba. Me calzaba bien el traje de suegro maduro, de esposo amoroso, de tipo estable. Jugaba el juego como debía. Pero por dentro… estaba enfermo de deseo. En todo momento la excitación me recorría como un pulso secreto. La veía y ya me palpitaba la sangre en la pija. Y no podía evitar pensar que tarde o temprano me la iba a volver a coger.
Sabía que lo más seguro era esperar a volver a Buenos Aires, y que se presentara una mejor oportunidad, sin mi hijo de por medio. Pero, a la vez, ahora la tenía cerca, y eso era una ventaja, aunque también representaba un gran peligro, claro.
Esa duda de si iba a volver a pasar algo o no entre nosotros me estaba desquiciando. Pero, por suerte, sí que pasó algo más durante las vacaciones.
Fue un día antes de que terminara el viaje. Habíamos quedado en hacer cosas distintas. Michelle y Tobías se habían ido a la playa temprano, a pasar el día solos, como pareja. Estela, en cambio, se había anotado en un circuito de masajes, sauna y tratamientos en el spa del hotel. Se había preparado con entusiasmo. Me dio un beso, me dijo que no la espere, que iba a tomarse la tarde para ella.
Justo cuando me estaba por poner las zapatillas para salir a caminar por la rambla y despejarme un poco, escuché ruido en el pasillo. Era un sonido suave, como de ojotas golpeando contra el mármol. Me acerqué a la puerta y, curioso, la abrí. No era de hacer esas cosas, pero ahora estaba con esa actitud que no podía controlar, acechando a mi nuera.
Y, efectivamente, era ella.
Michelle abría la puerta de su cuarto con la llave magnética. Su mirada se cruzó con la mía, y vi en sus ojos una expresión de miedo y lascivia.
Yo la miré de arriba abajo, sin terminar de asimilar la suerte que había tenido al cogerme a un caramelito como ese.
Solo llevaba puesto un bikini celeste, mínimo, bien cavado. Encima tenía un pareo transparente, apenas anudado a la cintura, que no ocultaba nada. El color del pareo, blanco humo, realzaba el dorado perfecto de su piel bronceada. El sol le había dejado el tono justo: ese dorado parejo que resalta el contraste con el color claro de los ojos. Y esos ojos… celestes, fríos y eléctricos, que brillaban incluso en la penumbra del pasillo. Tenía el pelo suelto, algo húmedo, peinado con la mano. Algunas gotas le caían por la espalda, deslizándose por la columna hasta perderse bajo el hilo de la bombacha. La parte superior del bikini apenas contenía sus tetas perfectas.
—Me olvidé el protector solar —dijo.
Entró a su cuarto, sin darme más charla, seguro porque ya me había visto la cara de hambre. Cerró la puerta, aunque en realidad no la cerró, sino que la dejó entornada, con una abertura de apenas unos milímetros.
Tragué saliva. Pensé en Tobi, que debía estar esperándola en la playa, y en mi mujer, que debía estar recibiendo unos relajantes masajes. Y, sobre todo, en Michelle, que estaba ahí, a unos metros, con ese bikini tan lindo, probablemente esperando a que yo entrara.
Bueno, podía ser solo una provocación. O simplemente podía ser que no vio motivo para cerrar la puerta. Después de todo, solo había ido a buscar protector solar, y yo era su suegro, y estábamos en un hotel seguro. ¿Por qué cerraría la puerta entonces, si estaba por salir en unos segundos?
La respuesta me llegó enseguida: ella sabía que yo estaba esperando el momento oportuno para cogérmela de nuevo. Sabía que ni siquiera me había podido contener cuando fuimos a Moby Dick a tomar unas copas, estando mi hijo con nosotros. Entonces, no había forma de que se apareciera así, hecha una puta, y no supiera que me iba a tentar.
Así que apoyé la mano en la puerta, sintiéndome como un adolescente a punto de hacer una travesura, empujé, y me metí en su cuarto sin pensarlo demasiado. Una vez adentro, la cerré a mis espaldas.
Michelle estaba agachada, de espaldas, revolviendo algo en su bolso, buscando la botellita de protector. El pareo blanco se le ajustaba deliciosamente, y dejaba bien marcado ese impresionante culo que tenía. Ese culo… perfecto, redondo, firme, bronceado parejo. Apenas tapado por la bombacha del bikini, que se le metía entre las nalgas, hundiéndose hasta las exquisitas profundidades de esa chica.
Di unos pasos hacia ella, con la verga a punto de estallar.
—¿Qué hacés? —me dijo, dándose vuelta levemente.
—No aguanto más —le dije, consciente de lo patético que sonaba.
—¿Estás loco? Cortala —dijo, con tono seco.
Pero a mí no me engañaba. Me había escuchado entrar y no se había inmutado. Eso confirmaba mi idea de que me estaba esperando.
Además, no hizo ni el más mínimo intento de alejarse, ni de taparse, ni de frenar nada. Siguió ahí, agachada, con el culo prácticamente en mis narices. Así que me acerqué más, y me senté en el borde de la cama que compartía con Tobías. Me apoyé justo detrás de ella.
Me quedé un rato ahí, hipnotizado con ese contundente orto, mientras ella, entre quejidos, seguía buscando el protector.
—Dónde mierda lo metí —decía.
Entonces simplemente le levanté el pareo con una mano. Como ella no dijo nada, arrimé el rostro y me di el gusto de besarle una nalga.
—Basta, Gonzalo —dijo, pero sin mucha convicción, y, sobre todo, sin hacer ningún gesto de apartarse.
En ese punto ya estaba convencido de que la muy putita me estaba restregando el culo para provocarme.
Volví a besarla. Primero un beso tímido en su nalga. Luego, un chupón descarado con el que saboreé su piel salada. Después, hundí la cara entre las nalgas y aspiré el perfume de su ojete. La lengua me pedía acción. Se me iba sola. Le corrí un poco el bikini hacia el costado, hasta dejarle todo la profunda raya al descubierto, y empecé a lamerla con devoción, justo ahí, entre medio, saboreándola con la boca bien abierta. Tenía un gusto salado, tibio, adictivo. Ella soltó un pequeño gemido que me puso la pija más dura.
—Mirá si entra… —susurró.
No lo nombró. No dijo “Tobías”. Como si solo pronunciar su nombre la hiciera sentirse más culpable. Pero no se alejaba. Seguía con el culo en pompa, con el cuerpo quieto y tenso, como si supiera que era una locura, pero no pudiera detenerla.
—Pero si está en la playa —retruqué.
—¿Y? Igual puede venir. Además, no quiero hacerle esto.
—Ya se lo hiciste —le recordé.
—No. Vos me metiste mano sin que yo te lo permitiera. Y ahora te estás aprovechando de mi de nuevo.
—Me parece que te encanta que me aproveche de vos.
—Eso es por cosas que me pasaron… —explicó—. No importa. La cuestión es que me cuesta poner límites.
—Entonces no me los pongas —dije, y otra vez me puse en la deliciosa tarea de comerle el culo.
—Basta, Puede entrar, en serio.
Sabía que tenía razón.
Si Tobías entraba justo en ese momento, se iba a encontrar con su viejo con la cabeza metida entre las nalgas de su novia. La imagen me hizo temblar de morbo. Era una locura deliciosa, sí. Pero también sería una tragedia.
—Entonces vamos al baño —le dije al oído, levantándome y agarrándola de la cintura.
Ella se resistió un poco.
—Pará —dijo.
Pero caminó, a medida que yo la arrastraba, con la mano firme en la espalda baja, siempre cerca de ese culo que me obsesionaba. Michelle avanzaba, casi como hipnotizada, sin mirar atrás.
Entramos al baño. Cerré la puerta con cuidado, sin trabarla. El espacio era chico, pero bien iluminado, con ese olor a limpieza de hotel de lujo mezclado con humedad tibia y perfume caro. Michelle se quedó parada en el centro, sin saber muy bien qué hacer, pero sin intención de frenarme. Yo la tomé de los hombros, la giré con suavidad y la puse de frente al espejo. La luz blanca le pegaba directo en el cuerpo, y por un momento me quedé simplemente mirándola.
Estaba maravillosa. Su figura era perfecta. El bikini celeste le apretaba las tetas con una violencia casi pornográfica. Las tenía bien juntas, levantadas, como si se las ofreciera al mundo. Los pezones se le marcaban por la tela húmeda. El abdomen liso, bronceado.
Procedí a sacarle el pareo, colgándolo donde iba la toalla, para reencontrarme con ese culo, apenas contenido por la bombacha diminuta, que parecía tallado a mano.
—¿Qué? ¿Tantas ganas de chuparme el culo tenés? —me dijo.
—Sí —le respondí simplemente.
Me puse detrás de ella, pero esta vez me senté en el inodoro, con las piernas abiertas, y la atraje hacia mí con una mano en la cintura. Le bajé el bikini de un tirón, sin pedir permiso, y se lo dejé a medio muslo. El culo me quedó a la altura justa. Sentí cómo se me hacía agua la boca, literalmente.
Me incliné hacia adelante y empecé a lamerla de nuevo. Esta vez con más hambre, más desesperación. Le comí el culo con furia silenciosa, como un animal. Con la lengua bien abierta, con la respiración caliente chocando contra la piel, con los dedos separados sobre sus caderas para que no se moviera ni un centímetro.
A medida que le pasaba la lengua, como si fuera un pincel, veía cómo su piel quedaba húmeda y brillante por la saliva que le dejaba. Cada tanto intercalaba esas profundas lamidas con algún que otro mordisco suave en los glúteos. Quería devorarla.
—No me dejes marcas —dijo ella, jadeando, ya entregada, o más bien rendida, con los ojos clavados en su propio reflejo.
Creo que eso era otra cosa que me calentaba mucho de ella. No solo era hermosa, no solo tenía esa carita de ángel y ese cuerpo de diabla, no solo cogía como los dioses. Era esa manera de dejarse someter, de rendirse ante el placer, a pesar de que una parte de ella no quería hacerlo. Era la clase de mujer que una se tienta a tomar por la fuerza. Claro, siempre en el terreno de las fantasías. Pero hay mujeres así. Mujeres que te dan ganas de agarrarlas por la fuerza, arrancarle la ropa con los dientes, y cogerlas mientras suplicaban que dejaras de hacerlo. Michelle era esa clase de chica. Y ahora, mientras se dejaba dar ese largo beso negro, a pesar de que se había mostrado reticente al principio, hacía que el morbo se amplificara aún más.
Ella misma lo había dicho. Le habían pasado cosas. No sabía poner límites. Pero yo no era el hombre caballeroso que no se iba a aprovechar de ella. Yo era capaz de explotar cualquier debilidad suya con tal de gozar con esa criatura perfecta.
Separó un poco más las piernas. Noté que le temblaban. Y yo seguí lamiendo despacio, profundo, con la lengua estirada, con movimientos circulares en ese anillo de piel gruesa que hacía de antesala a su profundo orto, hundiéndome entre sus nalgas como si quisiera quedarme a vivir ahí. El sabor, el olor, la textura, todo hacía que me volviera loco. Ya no podía pensar en otra cosa que perderme en ese orto bien perfumadito.
—Solo un ratito más —avisó—. Ya tengo que volver… si no…
Me paré de golpe. Tenía la verga en llamas. La hice girar, y después la tomé del cuello con firmeza, sin apretar, solo para dominarla, y la atraje hacia mí. Nuestros cuerpos chocaron, húmedos, agitados. La miré a los ojos. Me encantaba el contacto visual mientras la dominaba.
La besé. Un beso voraz, sucio, de lengua, de gemido contenido. Le devoré la boca, igual a como lo había estado haciendo con su culo.
—Me tengo que ir… —largó después, con voz bajita, medio temblorosa, como si se sintiese intimidada por mi actitud.
—¿Qué decís? Vos no te vas a ningún lado sin chuparme bien la pija —le dije con voz firme. Y ya mientras hablaba me iba desabrochando el pantalón.
—Pero no quiero —me dijo, casi llorando, como si fuera una nena que no quería terminar el plato de comida porque no le gustaba.
No le hice el menor caso. Estaba poseído por la lujuria y por el poder.
Me bajé el jean de un tirón. Después el calzoncillo, que ya tenía una mancha de presemen bien marcada. La verga saltó al aire, dura como fierro recién forjado, venosa, pesada, goteando un poco. Ella se quedó mirándola, como siempre que la veía, con esa mezcla de susto, fascinación y calentura.
—Ahora no quiero, Gonzalo —me dijo.
Yo la agarré de la cara, apretándola con una sola mano.
—Así que “ahora” no querés. Pero en otro momento sí, ¿no? —le dije.
Entonces, apoyé la mano en su hombro y empujé hacia abajo. Ella se vio obligada a arrodillarse en el piso frío del baño. Su linda carita de nena quedó a unos centímetros de mi verga. Levantó la vista, me clavó esos ojos celestes, y sin decir nada, bajó la cabeza de nuevo. Le temblaba el labio.
—Le dije a Tobías que iba a buscar el protector solar, y que enseguida volvía —murmuró, como si eso la salvara.
—¿Protector solar? Jajaja… —me reí, medio cínico—. Dale, putita. A vos lo único que te va a proteger es mi leche en la garganta. Ya se te va a ocurrir una buena excusa. Sos buena inventando, ¿no?
Ella se mordió el labio y asintió con la cabeza.
—Igual que vos —me dijo.
Luego miró mi verga y a la puerta alternativamente, como si estuviera sopesando sus posibilidades. O como si estuviera pensando en escapar.
—Igual estoy acá atrapada por vos. Sos un gigante al lado mío. No me voy a poder escapar, por más que quiera.
—Te da morbo eso, ¿no? —dije—. Eso de jugar a que sos la chica inocente que va a ser abusada. Dale, dejate de dar vueltas y chupame la pija. Si sabemos que te encanta.
Me miró con indignación. Pero enseguida su mirada se suavizó. Ahora había tristeza y resignación.
. Apoyó una mano en mi muslo y la otra en mi cintura. Me miró desde abajo, con esa carita angelical ahora sumida en la contrariedad, pero dispuesta a cumplir con mis caprichos.
Sacó la lengua y me lamió desde abajo. Arrancó por la base, bien pegada a los huevos, y fue subiendo, despacio, mojando cada centímetro.
—Así, bien, como una perrita —le dije, mientras le acariciaba la cabeza—. Quiero que me muestres lo bien que chupás la pija.
Cuando llegó al glande, me lo rodeó con la lengua y después se lo metió en la boca, despacito. Me estremecí.
—Ahí va… así… buena petera.
Empezó a mamármela como si hubiera nacido para eso. Al principio, despacio, apretando lo justo con los labios, metiendo la lengua para recorrer la pija entera mientras succionaba con fuerza. Cada vez que subía, la soltaba un segundo para darme un beso húmedo y ruidoso en la punta, como si quisiera dejar su marca ahí, antes de volver a tragarla.
La tenía toda empapada, brillante, con hilos de baba bajando hasta la base. Se notaba que disfrutaba verme así, porque me miraba desde abajo con esa carita de putita viciosa, los labios rojos y mojados, mientras me la cubría entera con saliva.
Por momentos, aceleraba. Se la metía más rápido, haciendo que la lengua se moviera como loca por debajo, presionando en el punto justo. Otras veces bajaba el ritmo y la acariciaba con la boca como si me estuviera torturando a propósito.
En un momento, no aguanté más. Le agarré la cabeza con las dos manos, sintiendo el calor de su pelo entre mis dedos, y la guie hacia mí. Ella entendió al instante lo que venía, y no se resistió; al contrario, abrió un poco más la boca, dejando que el falo se deslizara hasta llegar a una mayor profundidad.
Fui empujando despacio al principio, mirando cómo sus labios se estiraban para abarcarlo todo, hasta que sentí esa presión caliente y húmeda envolverme entero. Entonces, sin darle tiempo a reaccionar, la hundí hasta el fondo, hasta que la punta chocó con su garganta y la sentí cerrarse en un espasmo involuntario alrededor del glande.
Su respiración se cortó. Sus pestañas temblaron. Soltó un pequeño quejido ahogado, y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas mientras intentaba lidiar con toda esa carne dura que le ensarté sin piedad.
La sola imagen de verla así era por sí sola una locura. La pequeña rubiecita, atragantada por mi pija. Esa carita tan linda y delicada invadida por mi enorme poronga.
Se veía grotesca, pero también hermosa, digna de ser plasmada en un cuadro.
Sus manos se apoyaron en mis muslos, como buscando fuerza, y yo la mantuve ahí un segundo más, disfrutando de la sensación de su garganta contrayéndose una y otra vez, como si quisiera expulsar mi pija y al mismo tiempo no soltarla.
Me la estaba cogiendo por la boca, y de la manera más salvaje. Y esa pendejita que andaba de la mano con mi hijo, con esa carita de enamorada en todo momentos, engullía mi verga con una maestría que hacía que me dieran ganas de aplaudirla.
Cuando por fin retrocedí un poco, inspiró fuerte por la nariz, con la boca todavía ocupada, y me miró desde abajo con cara de reproche. Un denso hilo de baba se deslizaba por su mentón, y quedaba suspendido en el aire, amenazando con caer al piso y dejar una huella de lo que estaba sucediendo mientras Tobi la esperaba en la playa.
—¡Ugh!… me ahogo, boludo —largó con voz ronca, apenas separándose para tomar aire.
Tenía los ojos vidriosos, y la boca desbordada de saliva que le caía por el mentón y ahora le chorreaba por el cuello.
Le acaricié la cabeza con ternura. Ella parecía entender que no había manera de que la dejara en paz hasta que me hiciera acabar. Así que se la volví a meter. Le agarré la cabeza con las dos manos y le marqué el ritmo. Su cabecita rubia subía y bajaba, golpeando contra mi pelvis.
Miré el espejo del baño. El reflejo era una postal: yo, un tipo cuarentón, bronceado, con un leve sobrepeso, dominando a esa pibita joven que se arrodillaba y me rendía culto. Parecía una escena de una porno amateur.
—Tragá, putita, tragá todo. —le dije entre dientes.
Ella cerró los ojos y se la tragó toda hasta donde pudo. Esta vez dejé que ella determinara hasta dónde.
—Ahora las bolas —le ordené, aprovechando su sumisión.
Se apartó apenas, levantando la vista como para chequear si hablaba en serio. Esa media sonrisa de incredulidad le quedó perfecta, como diciendo “¿posta me lo estás pidiendo?”. No hizo falta que repitiera la orden: se inclinó sin más, acomodándose entre mis piernas, y bajó despacio, mirándome todo el tiempo.
Sentí su lengua tibia y húmeda recorrerme con una dedicación casi religiosa, como si estuviera memorizando mi forma. Una actitud completamente diferente a la de hacía una instante. Era como si, una vez que se ponía manos a la obra, lo hacía lo mejor que podía. Y ahora, por más que no disfrutara de pasar su pequeña lengua por mis bolas, lo estaba haciendo deliciosamente.
Me las lamía lentamente, con movimientos amplios, dejando un brillo húmedo que se enfriaba su aliento. Después, con una suavidad extrema, tomó uno entre los labios y lo metió entero en la boca, jugando con él adentro, acariciándolo con la lengua, succionando lo justo antes de soltarlo para atender el otro.
Cada vez que lo hacía, un espasmo me recorría la espalda entera; esa mezcla de calor, presión y humedad me hacía apretar los dientes para no largar un gemido demasiado alto.
—La puta madre … sos lo mejor que me pasó —le dije, con voz quebrada, delirando de placer.
Y volvió a la verga. Me la mamó con desesperación. Y yo ya no podía más. El cuerpo me vibraba.
—Ya falta poco, bebé… —la avisé.
Ella no frenó. Al revés, chupó con más intensidad.
Acabé en su boca. Sentí cómo las contracciones me sacudían y el semen se derramaba dentro de ella en pulsos, y aun así no se apartó ni un centímetro. Me apretó con los labios, tragando cada descarga como si no quisiera que se escapara nada.
No escupió. No hizo ni una mueca. Lo tragó sin drama, con esa naturalidad de alguien que estaba acostumbrada a tomarse toda la leche. Cuando retiré la verga de su boca, pasó la lengua por los labios, como saboreando lo que quedaba, y después se limpió con la mano el borde de la boca, tranquila.
Se quedó ahí, en el piso, recuperando el aliento. El pecho le subía y bajaba rápido, la respiración todavía agitada. Me miró desde abajo, aún algo resentida por mi insistencia.
Después de un rato, se paró de golpe, medio molesta, con el pelo revuelto y la boca toda húmeda, como si hubiera salido de un huracán. Tenía la parte de arriba del bikini corrida, la cara llena de brillito, mezcla de saliva, baba y mis fluidos.
—Me enchastraste toda, boludo —dijo frunciendo el ceño, mirándose en el espejo—. Mirá cómo estoy, toda manchada…
Abrió la canilla de la piletita y se lavó la cara apurada. Yo me acerqué lento, con la verga medio flácida pero todavía colgando pesada, y me apoyé en ella, sintiendo su trasero en mi pija.
Ella me miró a través del reflejo del espejo, con los ojos húmedos.
—Dejame… ya hice lo que querías —dijo.
—Todavía no te hice todo lo que quiero —le dije al oído.
Ella cerró los ojos un segundo, como si lo que dije le hubiera activado algo.
—Pero ahora no podemos, ¿entendés? —me dijo, como si le estuviera hablando a un niño—. Es muy arriesgado. Además, no me gusta que lo hagas así.
Y ahí supe que estaba todo bien. Estaba claro que Michelle era una mina trastornada, porque me estaba insinuando que en otro momento, en otro lugar, podríamos encontrarnos, cuando prácticamente acababa de obligarla a que me hiciera sexo oral. Porque en este punto, ya más aliviado de la calentura, estaba empezando a asimilar lo que había hecho. Si no se había convertido en una violación en toda regla fue porque ella, al final, accedió. Pero lo hizo más por resignación, por saber que no me iba a sacar de encima, que por gusto.
—Más adelante… En Buenos Aires, quizás… —dije entonces.
—Después hablamos… —me dijo, pero sin mirarme—. Pero por favor, cortala ahora. En serio.
—Está bien. Lo mejor es que me escribas entre las dos y las cinco de la tarde, que es cuando estoy en la oficina y no tan ocupado.
—Bueno… —me dijo.
—Y… Vas seguir siendo la novia de Tobi, ¿no? —le pregunté de repente, mientras me subía el pantalón.
—¿Qué? —preguntó.
—Eso. No vas a cortar con él ahora, ¿no?
—No pensaba hacerlo… —respondió, pero fue más como si lo dijera para sí misma, como para convencerse.
Eso me alivió. Porque yo quería tenerla cerca, siempre a mi alcance, lista para que me la cogiera.
Volvimos en avión a Buenos Aires unos días después. La familia, las valijas, las despedidas… todo parecía normal. Nadie sospechaba nada. El secreto parecía estar bien guardado, al menos por ahora.
El viaje ya era parte del pasado, pero la imagen de ella arrodillada en el baño, tragando mi pija, seguía repitiéndoseme como un loop infinito. Y yo no podía pensar en otra cosa.
Sabía que me había mandado una cagada enorme. Que si alguien nos descubría, perdería a mi familia. No puedo decir que no tenía miedo de que se concretara ese escenario, ni que me dolería mucho. Pero no me preocupaba lo suficiente como para dejar de cogerme a Michelle. Porque esto ya no era solo calentura. Era una necesidad, una obsesión, una dependencia que me había entrado en el cuerpo como una droga.
No podía vivir sin ella.
Y eso, lejos de darme miedo, me calentaba más.
Capítulo 8
Después de todo lo que pasó en Punta del Este, ya daba por hecho que entre Michelle y yo iba a arrancar algo más concreto. Algo serio, aunque clandestino. Para mí ya estaba. Las cartas estaban echadas, no había marcha atrás. Ya habíamos cogido como animales, ya habíamos traicionado a Tobi en sus narices, ya habíamos compartido esa locura… ¿cómo íbamos a volver a hacernos los boludos?
Yo quería que siguiera saliendo con Tobías. Así al menos tenía una excusa para verla, para cruzarla por casa, para encontrarla a solas. Para tocarla, aunque sea de casualidad, o para meterle algún comentario que la hiciera mojarse. Pero no iba a ser tan fácil. O mejor dicho, Michelle no me la iba a dejar tan fácil.
Pasaban los días y no venía. Ni una visita, ni una cena familiar, nada.
Y yo seguía pensando en ella. En el sabor de su orto, en su carita de nena desfigurada por el placer cuando le metía la pija. Ya ni siquiera me planteaba ponerme un freno. Daba por sentado que seguiríamos juntos por ese camino de perversión.
Y la pendeja no aparecía.
Estaba tan ansioso por encontrármela de nuevo, que una tarde, medio como al pasar, le dije a Estela mientras cocinábamos:
—Pensé que después del viaje, la relación de Tobi con Michelle se iba a consolidar más.
La miré de reojo, para tratar de adivinar si percibía más interés del normal en mis palabras. No parecía ser el caso. Luego me dije que debía calmarme. Desde su perspectiva, no le estaba haciendo ninguna pregunta rara. Lo que sí podría llamar su atención sería si mostraba nerviosismo.
—¿Y por qué pensás que la relación no está consolidada?
—No apareció más por acá —largué.
—Es que ya estuvo una semana entera con nosotros. Habrá sido más que suficiente para ella —dijo—. O capaz que no le caemos bien.
—¿No será que se dio cuenta de que vos la mirás con recelo? —tiré.
—Obvio que se dio cuenta —me respondió de una—. Las mujeres somos más perceptivas que ustedes. Igual, eso no es excusa. Es lo más normal del mundo ciertas rispideces entre suegra y nuera. Ya va a venir. No te pongas tan ansioso.
—No estoy ansioso, boluda —le dije, riendo, tratando de que no se me notara que era una risa nerviosa. Después le di una nalgada—. Es que estaba preocupado por Tobi, pensando que capaz se pelearon.
—No creo —dijo ella.
Pensé en la pendeja de mi nuera. Le había mandado un par de mensajes, y no me contestaba. Y eso que habíamos quedado en seguir hablando. Sospechaba que era parte de su jueguito. Quería hacerme sufrir.
Hasta que, cuando ya había pasado casi una semana de haber vuelto a Buenos Aires, me respondió.
“Fue muy arriesgado lo que hicimos. No quiero volver a correr ese riesgo. No quiero lastimar a Tobi”.
Estaba en la oficina, eran como las tres de la tarde. Tenía reuniones, llamados pendientes, mails sin responder, pero no podía dejar de responderle.
Le escribí:
“Yo tampoco. Me volví loco, perdón. Pero ahora podemos hacerlo en otra parte, lejos de ellos”.
Ella no tardó en responder.
“No vamos a volver a hacerlo”.
Me lo dijo así, sin anestesia. Pero no me desanimé. Sabía que era una chica complicada, y que ahora, probablemente, necesitaba dárselas de arrepentida. Pero a mí no me engañaba.
“Todavía pienso en cómo me comiste la pija en el baño. Cómo te brillaban los ojitos mientras te la tragabas toda”.
Me respondió con un simple “jajaja”. Pero con eso me alcanzaba.
«¿Dónde estás?», le pregunté, casi sin pensar, mientras miraba la pantalla del monitor sin leer una mierda. «¿Sola?», tiré después, tanteando.
«En casa», me respondió. «¿Sola?», insistí.
«Sí», dijo ella, y enseguida agregó: «Pero no podés venir».
«No pensaba pedirte eso», le puse. «Tengo mucho laburo. Es un quilombo ahora la oficina».
«Decime cómo estás vestida. En dónde estás”, le escribí después. “Quiero imaginarte exactamente cómo te ves ahora».
«Qué pajero que sos», respondió ella, pero yo supuse que no estaba molesta. Ni siquiera incómoda. A la pendeja le encantaba tenerme comiendo de su mano. Y a mí también me gustaba, solo que sabía que si le daba mucho poder, me convertiría en su títere.
«Dame el gusto», le puse.
«Estoy en el living, en el sofá. Leyendo para un parcial».
«¿Es la materia de ese profesor con el que te habías citado aquella vez?», pregunté.
«No. Es para otra materia. Ese se enojó conmigo.»
«Y… es lógico. Lo dejaste pagando. Te rajaste y te fuiste a cogerte a otro.»
«No sabe eso. Piensa que me arrepentí y que volví con mi novio ese mismo día».
«Así está mejor», le puse. Y entonces me salió sin filtro: «No quiero que nadie más te coja».
Me pregunté si me había pasado, si con eso terminaría alejándola más. Pero era la verdad. Una cosa era que estuviera con Tobi, que era su novio. Otra muy distinta era que se fuera con cualquier otro. No podría soportarlo.
«¿Y vos quién sos para exigirme eso?»
Hija de puta, pensé. Pero tenía razón. Y yo había sido un boludo al escribirle algo como eso. Ahora me preguntaba qué tenía que hacer. ¿Me hacía el orgulloso y cortaba la conversación? ¿Le daba la razón? Me sentía inseguro, como un adolescente. No podía creer que esa rubiecita tan chiquita me diera vuelta como una media, pero así era.
Después de un rato, como si decidiera que ya me hizo sufrir lo suficiente, mandó un emoji de una carita sonriendo. “Te estoy jodiendo. Ya no soy la nena de dieciocho años que se mete con cualquiera”.
No sabía cómo tomarlo, porque claramente estaba lo suficientemente loca como para meterse con su suegro. Así que tenía mis series dudas de que fuera muy diferente a esa chica que conocí en mi auto hacia unos años.
«Contame más de vos… ¿Cómo estás vestida?», le puse, dejando ese tema complicado de lado.
«Short elastizado. Una remera. Nada raro».
Nada raro, decía. Pero en ella, cualquier cosa era para calentar. No me costaba mucho imaginar cómo ese short, bien cortito, le calzaba como guante, marcándole el orto de manera pornográfica.
«Pero a vos todo te queda bien», le escribí. » Mandame una foto. Dale.»
Ya había dejado el trabajo de lado, a pesar de que sabía que tenía muchas cosas por hacer. Pensé que me iba a responder otra vez mencionando lo pajero que estaba siendo. Pero parece que la pendeja estaba igual de caliente que yo.
Me llegó la imagen. Una selfi, y solo se veía su cara. La pendeja me había jugado una broma. Pero igual, el hecho de que la hubiera enviado me calentó. Además, no necesitaba verle el culo o las tetas para que la pija se me pusiera dura. Ahí estaba ella, con los labios carnosos, rosados; esos ojos claros con los que podía hipnotizar a cualquiera.
«¿Cuándo venís a casa?», le puse.
«¿Por qué? Me vas a querer coger. Por eso no voy», me respondió, directa.
«No», le escribí, aunque ambos sabíamos que era mentira. «Solo quiero verte. Además, si no vas a visitar a tus suegros por mucho tiempo, puede ser sospechoso”.
“¿No me vas a mirar con esa cara de que me querés coger?”
“No”, le aseguré, aunque estaba seguro de que, por dentro, en lo único que pensaría sería en meterle la pija por todas sus hendiduras.
«Ya vamos a ver…» me puso. Y yo sonreí con tristeza pensando que eso, casi siempre, significaba que no.
Ya no aguantaba más. Estaba en la oficina, con el monitor delante, pero con la cabeza a kilómetros de ahí.
«Tengo la verga dura», le escribí.
«A ver… tocate», me respondió.
No me esperaba eso. Mi idea era que ella hiciera algo como eso, y ahora se me daba vuelta la tortilla.
Miré alrededor, como para confirmar que estaba solo, más por inercia que por otra cosa, porque obviamente estaba solo.
«Estoy en el trabajo», le puse.
«Si me querés coger», me respondió enseguida, «me tenés que dar el gusto. Tocate y mandame una foto.»
Respiré hondo, percatándome de que la pendeja me estaba dominando como quería. Me levanté y trabé la puerta.
Me volví a acomodar en mi sillón, y me acaricié por encima del pantalón, sintiendo la dureza.
La imagen de ella me vino sola. Esa carita angelical que escondía a una diablilla. Ese culo pomposo que hacia que todo el mundo se diera vuelta a mirarla.
Deslicé el cierre del pantalón despacio. El sonido me pareció escandaloso en medio de ese silencio artificial. Me envolví la verga con la mano, sintiéndola entera, gruesa, dura.
Puse la cámara del celular. Apunté, sin que se me viera la cara, apreté el botón y saqué la foto. Dudé un instante, pero luego se la envié.
Unos segundos después, me respondió:
«Es enorme. No puedo creer que esa cosa haya entrado en mi conchita».
Hija de puta, pensé. Sabía muy bien que me iba a volar la cabeza si me decía algo como eso. No estaba hablando como una mina que no quería volver a coger con su amante. Eso me daba esperanzas. Pero no dije nada al respecto. Si la presionaba, se iba a negar de nuevo.
“Eso es porque sé usarla”, le puse.
«Ahora masturbate hasta acabar», escribió después. “Y mandame una foto”.
Tragué saliva. Miré otra vez la puerta, como si temiera no haberla trabado bien. ¿De verdad estaba pensando en obedecer a esa pequeña degenerada? Dudé un instante. Me estaba pidiendo mucho, y no me estaba dando nada a cambio.
«¿Y si lo hago, vos qué me das?», le escribí.
«Tocate», me respondió. «Yo ya te di mucho.»
Y después agregó:
«Si me querés volver a coger, hacelo».
Qué mocosa forra, pensé. Pero estaba recontra caliente, y la idea de compartir un momento íntimo con ella, a la distancia, no era algo que me desagradara. Eso sí, tomé nota de su actitud. Cuando estuviera de nuevo en la cama, iba a ser yo el que dominara la situación.
Apoyé la espalda contra el respaldo del sillón. Me acomodé un poco. Bajé el pantalón hasta las rodillas.
Tenía la verga dura como un fierro, latiéndome con cada respiración. La mano se me fue sola, empecé a acariciarme despacio, primero con suavidad, y después con más hambre, siempre pensando en mi nuera.
Mientras la derecha se encargaba de darme placer, con la izquierda seguía escribiéndole. Los dedos me temblaban sobre el teclado del celular, debido a la creciente ansiedad.
«Ya lo estoy haciendo», le puse, jadeando. «Tocate vos también», le puse después. «Tocate al mismo tiempo que yo. Quiero que lo hagamos juntos».
Me quedé mirando la pantalla, con la respiración entrecortada, la mano frotando mi verga, esperando que aparecieran esos tres puntitos de escritura que me confirmarían que estaba del otro lado, que todavía estaba conmigo en ese instante, compartiendo la misma excitación.
«Lo estoy haciendo», me escribió. «Metí la mano dentro del short y la bombachita. Estoy toda mojada. Estoy gimiendo mientras me froto».
Cerré los ojos. Me la imaginé acostada en el sillón, las piernas abiertas, una mano entre los muslos, la otra con el celular. El pelo cayéndole sobre la cara, los labios entreabiertos, el gemido apenas contenido.
«No sé si creerte», le puse.
Entonces me mandó un audio. Toqué play enseguida. Los gemidos de Michelle empezaron a resonar entre las cuatro paredes de mi aburrida oficina. Gemidos morbosos, dulces. Y de fondo, un sonido similar al de un chasquido. Su mano estimulando su vagina empapada.
Cada gemido suyo tenía un tono diferente: algunos cortos, casi quejidos, otros prolongados, llenos de un temblor que me erizó la piel. El chasquido se volvió más nítido, húmedo, rítmico, y la imaginación me arrastró con violencia: la veía ahí, tendida en su cama, los dedos brillando, los labios entreabiertos, los ojos cerrados.
Así que seguí pajeándome, ahora con su voz de fondo. Y mientras volvía a escuchar sus gemidos, miraba la foto que me había mandado. Me daba vergüenza estar así en pleno laburo, pero la calentura por Michelle era más fuerte.
Estaba a punto de explotar. Sentía el cuerpo temblando, la eyaculación inminente. Escuché mis propios gemidos, mucho más intensos de lo conveniente. Agarré unos pañuelos descartables de un cajón del escritorio y lo abrí cerca del glande.
Y acabé.
La eyaculación vino con fuerza, los dientes apretados, el cuerpo duro como una piedra, los dedos clavados en la verga y el corazón reventando a mil por hora.
Me costó un poco volver al presente, percatarme de que estaba haciendo una estupidez dentro de mi oficina. Ese era el efecto de cogerse a una rubiecita hermosa de veintitrés años.
Me tomé una foto en la que salía la verga aún dura, y el pañuelo que había recibido todo el semen. Después, hice un bollo el papel, me terminé de limpiar, y fui a tirar las pruebas de mi chanchada por el inodoro.
Cuando volví a mi escritorio, le mandé la foto.
«Mandame una foto vos también», le escribí.
Pero no me la mandó.
Esperé. Miré el celular cada diez segundos. Nada. Ni un visto, ni un emoji, nada.
Me sentí un pelotudo. Un tipo de más de cuarenta años comportándose como un adolescente pajero. De todas formas, con el audio que me había mandado era más que suficiente. Y, por más que ella dijera lo contrario, ahora estaba seguro de que me la iba a volver a coger.
En los siguientes días, volvimos a tener algunas conversaciones calientes. Pero la muy putita siempre me dejaba a medias, a propósito.
Cuando por fin volví a verla, fue en un contexto que no me esperaba. Me mandó un mensaje:
«Tobías me manda a buscar un paquete».
Yo estaba en la oficina. A veces recibía pedidos que compraban tanto Tobías como Estela. Como siempre había alguien en recepción, y en casa a veces no había nadie, les quedaba más cómodo hacer que las cosas llegaran ahí.
Ese día justo la empresa estaba bastante movida. Había supervisores dando vueltas por todos lados, haciendo llamados, entrevistando candidatos para nuevos objetivos que habíamos adquirido hacia poco. Me dio bronca. Justamente hoy tenía que venir ella.
Igual, le dije a la recepcionista que cuando llegara Michelle, la hiciera pasar directamente.
Tenía un monitor en mi oficina, conectado a todas las cámaras del lugar. Desde ahí vi cómo subía por las escaleras. Michelle venía con una pollerita tableada, corta.. Llevaba una blusa blanca, abotonada, ceñida al cuerpo.
Golpeó la puerta.
—Pasá — le dije.
Entró. Miraba a todos lados, como si evaluara si había alguien más. Cerró la puerta con cuidado detrás suyo.
—Hola —saludó.
Se acercó a mí, con una sonrisa traviesa. Seguramente sabía que en ese momento en lo único que estaba pensando era en levantarle la pollerita, correrle la bombacha y meterle la pija entera de un solo movimiento.
En la mesa tenía los paquetes, ya preparados.
—Hola, dije, poniéndome de pie.
Cuando rodeé el escritorio para encontrarme con ella, apoyé la mano en su cintura, para luego darle un beso en la mejilla. Solo que ella me besó primero. En la boca…
Eso no me lo esperaba. Fue solo un beso corto, seco. Pero no dejaba de ser un beso en la boca.
La agarré suavemente del mentón, la hice mirarme a los ojos. Ella soltó una risita juguetona.
—Acá no vas a poder hacer nada— dijo, malvada.
Entonces la atraje hacia mí, y la besé. Ella se dejó. Mis manos no tardaron en bajar hasta ese perfecto culo que tenía.
Pero la hija de puta tenía razón. No me la podía coger en la oficina, mucho menos en ese día tan alborotado. Si había corrido riesgo cuando me hice una paja, cogerme a mi nuera ahí ya sería una locura.
Y, sin embargo, mi pija ya estaba dura, frotándose en ella.
—Por favor, andate —le dije en voz baja—. Porque cada segundo que pasa me dan más ganas de cogerte.
Mi manos seguían en su trasero, en sus piernas. Ella estaba parada de punta de pie. Sus labios, pintados de rosa, muy cerca de los míos.
—Te puedo dejar un regalo, si querés —me dijo, separándose de mí.
Me miró con picardía. Y, de repente, vi cómo metía la mano dentro de su falda, la cual se levantaba y dejaba ver sus muslos. Y luego… empezó a bajarse la tanga.
No podía creer lo que estaba haciendo. Evidentemente era otra provocación. Quería calentarme, sabiendo que no me la podía coger. Pero eso no quitaba que estuviera haciendo algo que resultaba muy íntimo. Algo que no haría con ningún otro hombre. Quizás ni siquiera con su novio.
La tanga bajó despacio, hasta sus rodillas, y después hasta el piso. Era una prenda mínima, blanca, con un encaje fino. La levantó con delicadeza, como si me ofreciera algo sagrado, la dobló prolijamente y me la entregó en la mano.
La agarré como si fuera una reliquia.
—Es perfecta —dije, maravillado—. La voy a guardar como un tesoro.
Ella soltó una carcajada. No sabía si se reía de mí o conmigo, pero no me importaba.
—Que no se entere Estela —me dijo, mientras se acomodaba la pollera.
—No, no se va a enterar —respondí.
La miré con deseo desbordado. El calor que sentía entre las piernas era insoportable. El pantalón ya no me disimulaba nada.
—Por favor, andate —repetí—. Porque si no, te voy a tener que coger.
—Sí… me doy cuenta —dijo ella, bajando los ojos justo hacia donde la erección había aparecido sin pedir permiso.
Luego llevó la mano justo ahí, y me palpó la verga sin ninguna vergüenza.
Sentí esos dedos pequeños rodeándome, apretando apenas, jugando a tantear el tamaño. Me corrió un cosquilleo eléctrico por todo el cuerpo. Ver cómo esa manito se cerraba en mi pija, era una locura.
Pero lo que más me mataba eran los ojos. Esos ojitos celestes, brillantes, que parecían enloquecidos, clavados en mí mientras me frotaba la pija.
Me costaba respirar, el pecho se me subía y bajaba a los golpes. Cada vez que ella apretaba un poco más, me era casi imposible contenerme. La mezcla de ternura y descaro en su cara me enloquecía. Y yo ahí, apretando la mandíbula, tratando de no perder el control.
—Así que te vas a tener que pajear de nuevo en mi honor —me dijo, soltándome.
—No me va a quedar otra —le respondí.
Me dio otro beso en la boca, esta vez más húmedo, más prolongado. Luego agarró los paquetes y se fue.
Mientras me la imaginaba caminando por la vereda, sin bombacha bajo esa faldita corta, me cayó la ficha: estaba bailando al ritmo de una piba que tenía casi la mitad de mi edad. Una criatura que jugaba conmigo con una impunidad elegante, que me calentaba con un simple gesto y después desaparecía.
Sin embargo, lo hice.
Me encerré en el baño de la oficina. Saqué la tanga del bolsillo. Era suave, liviana, con un perfume que me partió al medio. Me la acerqué a la cara. La olí con los ojos cerrados, respirando hondo, como si pudiera inhalarla a ella. El encaje tenía una humedad apenas perceptible. Me hizo temblar.
Y me masturbé. Lento, saboreando cada imagen que me venía a la cabeza. Acabé con fuerza, con un suspiro seco y contenido, apretando los dientes. Después, me quedé unos segundos mirando mi reflejo en el espejo. Otra vez me sentí patético, dejándome llevar como un niño. Pero otra vez me prometí que, cuando la tuviera en pelotas, entregada a mí, iba a ser yo el que hiciera lo que quisiera con ella.
Unos días después, por fin volvió a casa. Apareció de la mano de Tobi, obviamente. No puedo negar que cuando la veía con mi hijo me generaba culpa. Pero también me daba mucho morbo. Después de todo lo que había pasado en esos días, que ahora estuviera ahí, haciéndose la novia buena, compartiendo ese secreto perverso conmigo, hacía difícil que no se me pusiera la pija dura ahí mismo.
Esa noche cenamos juntos. Intenté controlarme, no mirarla demasiado, no dejar que se notara nada, pero era imposible, estaba ahí, tan cerca, tan tangible, con su forma de sentarse, de tomar el vaso, de reírse… Todo en ella era bello y erótico. Y yo no podía dejar de recordar la manera en que le chupé el orto en el cuarto del hotel, cómo la insté a hacerme una mamada, y esos gemidos que me había mandado por mensaje.
Después de cenar, cada uno se fue a su cuarto. Ya en mi dormitorio con mi mujer, supe perfectamente que Tobías se la debía estar cogiendo. No sé por qué, pero esa idea me torturaba. Era obvio que iba a pasar eso. Mi hijo era su novio. Ambos eran jóvenes, llenos de lascivia. Era obvio que si mi nuera iba a dormir a mi casa, se iba a coger a su novio. Y, sin embargo, no podía evitar ponerme de malhumor.
Aunque también me calentaba.
Y entonces, como otras veces, terminé garchándome a Estela con rabia. Con los ojos cerrados, pensando en Michelle.
A la madrugada no aguanté más.
Después de dar vueltas en la cama como un pelotudo, de mirar el techo, de pensar en si estaba bien o no lo que iba a hacer —ya sabía que no lo estaba—, le mandé un mensaje. Eran las tres y pico.
Solo puse: «Hola».
Si Tobías llegaba a ver ese mensaje, siempre podía decir que me equivoqué de destinatario. Así reducía un poco el riesgo.
Unos segundos después, me respondió:
«Hola».
Que estuviéramos ahí, en la madrugada, los dos despiertos, comunicándonos a escondidas de los otros, hizo que sintiera una adrenalina adictiva.
«¿Tobías está durmiendo?», le pregunté.
«Sí». Y enseguida me tiró: «¿Estela está durmiendo?»
Sabía que podía ser otro de sus histeriqueos, pero no podía evitar sentirme animado al tener esa conversación.
«Sí», le dije, sin dudar. Hubo una pausa breve. Entonces escribí: «¿Podés ir a la cocina?»
Ella tardó un poco. No tenía mucha fe a que me complacería. Pero finalmente respondió:
«Ok».
Me levanté como si algo me empujara desde adentro. Todo estaba en silencio.. La casa dormía.
Fui a la cocina sabiendo perfectamente el riesgo que eso implicaba.
Pasé por el pasillo oscuro en puntas de pie, con cuidado, conteniendo la respiración. Me latía el pecho. Me latía la verga. Era una mezcla extraña de miedo y calentura. De esas que solo te da lo prohibido.
Me senté en una de las sillas altas, esas que dan contra la mesada. Estaba en calzoncillos, con la remera suelta.
Esperé. Pasaron cinco minutos. Nada. Cuando pasaron casi diez minutos, le escribí.
«¿Estás viniendo?»
Nada. Solo silencio. Así pasaron quince minutos en total.
Me empecé a incomodar. Me sentía un pelotudo por dejar que esa pendeja jugara conmigo como quisiera.
Estaba ahí, en calzoncillos, con la pija tensa, sentado como un adolescente al que dejaron plantado, esperando que Michelle apareciera como un espectro hermoso en mitad de la noche. Esperando que cruzara esa puerta para que tuviéramos otra de esas noches de lujuria descontrolada, de respiraciones entrecortadas, de garches prohibidos a la espalda de todos.
Pero ella no vino. Ella tenía sus propios planes. Jugar conmigo. Hacerme sufrir.
—Hija de puta —dije a la nada.
Me levanté de esa silla con una mezcla de bronca, humillación y lujuria que no me cabía en el cuerpo.
Volví al cuarto en silencio. Abrí la puerta despacio. Estela dormía de espaldas. Me acosté a su lado, con la pija dura, sabiendo que me iba a tener que pajear de nuevo para aliviarme de la obsesión que tenía por mi nuera.
—Ya vas a ver cuando te agarre —prometí en medio de la oscuridad.
Capítulo 9
Antes de terminar de decidirme a dormir, agarré el celular una última vez y le mandé un mensaje a Michelle.
“No me gusta que me boludeen”, le puse.
Todavía estaba enojado por cómo me dejó plantado. Aunque, para ser justos, debía estar enojado más bien conmigo mismo, por haber sido tan imbécil.
Sentí uno de esos berretines que sentía cuando era chico. “Ya no le voy a dar más bola, ya fue”, pensé. Pero sabía que la iba a volver a buscar. Siempre terminaba persiguiendo a Michelle. La esperanza de volver a cogérmela, por baja que fuera, era suficiente incentivo para hacer las estupideces que estaba haciendo últimamente.
Me contestó enseguida.
“Yo no te boludeé”, escribió. “Pensé que ibas a entender que era una broma… Que no quería hacerlo acá en la casa, estando Estela y Tobi”.
Me quedé viendo el mensaje un rato. Lo que decía era razonable. Yo había entrado como un caballo. Pero… No, no podía ser. La pendeja solo se quería burlar de mí. A lo mejor estaba enojada por cómo la traté en las vacaciones.
Pocos segundos después llegó otro mensaje:
“De todas formas, enseguida voy a bajar a tomar un vaso de leche. Pero vos no bajes”.
Hija de puta, pensé. Me la imaginé escribiéndolo con esa sonrisita de turra que tenía cuando jugaba conmigo. Quería hacerme sentir un pelotudo de nuevo. Pero no iba a caer otra vez. No iba a volver a esperarla, para que después se riera de mí.
Cerré los ojos con fuerza, irritado. Me dije que ya iba a tener mi revancha. Ya la iba a agarrar con la guardia baja y me la iba a coger bien cogida, y, mientras lo hiciera, le diría lo que pensaba de ella.
Pero ahora no podía caer de nuevo. Tenía que bancármela, y quedarme en el molde, ahí, en la cama, al lado de mi mujer.
Aunque… ¿Y si ella de verdad bajaba?
Se me ocurrió un engaño infantil. Si no me la encontraba de nuevo, esta vez no le diría que fui a buscarla, así al menos me ahorraba la humillación. Desde ya que era una estupidez, pero una estupidez que me permitía volver a la cocina a ver si esta vez me la encontraba.
Tiré las sábanas a un costado. Cuando me di cuenta de que el movimiento había sido muy brusco, me quedé un segundo observando a Estela. Sus ojos seguían cerrados, su respiración con el ritmo típico de quien está dormido.
Salí del cuarto, como un ladrón. Otra vez atravesé la oscuridad, para ir al encuentro de, probablemente, nada, más allá de perder un poco más de dignidad. Pero cuando la alternativa es un polvo con la criatura más deliciosa que haya probado, esas cosas no parecen tan importantes.
Llegué a la cocina, encontrando todo oscuro. Suspiré, exasperado. Pero entonces apunté con la linterna del celular hacia la mesada de mármol… ahí estaba. Se encontraba parada en la oscuridad, sosteniendo un vaso de leche, como si de verdad hubiera bajado solo a eso.
Me sonrió, tranquila, provocadora.
Ahí estábamos, bajo el amparo de la oscuridad, y del sueño de nuestras respectivas parejas.
Tenía puesto un camisón negro de seda que le llegaba a medio muslo. Le quedaba precioso, aunque ella estaría hermosa usara lo que usase. En los pies, unas pantuflas peludas que contrastaban con la sensualidad del camisón, pero que, en definitiva, le daban un aire infantil que me hacían calentarme más. Era una mezcla entre inocencia y putería que solo ella podía llevar con tanta naturalidad.
—¿Qué hacés? —dijo.
Me acerqué despacio. Ella no se movió, solo se corrió un poquito al costado, como dándome paso. Me paré frente a ella. Le saqué el vaso de la mano y lo apoyé en la mesada sin mirarlo. Le agarré la cintura con fuerza.
—Pendejita de mierda —le dije, mientras le apretaba el culo con una mano firme, como lo venía imaginando desde hacía días.
Ella soltó una risa corta.
—¿Qué hacés? ¿Estás loco?
—Sí, estoy loco —dije—. Y ahora te voy a coger acá. Ya no te me vas a escapar. Esta vez nadie te va a salvar.
—Eso suena aterrador —dijo, bajando un poco la voz.
—No creo que sientas miedo—dije, apretando más su orto.
—No —susurró.
Le comí la boca un rato, mientras mis manos recorrían todos su cuerpo, disfrutando de sus curvas, su carnosidad, a través de esa delicada tela. Después la agarré de la cara, con cierta violencia. Me le quedé mirando un rato, como quien mira una obra de arte. La besé de nuevo, en la boca, en la nariz, en la mejilla, en el pómulo, en el cuello. La abracé con fuerza, como si no quisiera que se me escapara. Como si quisiera secuestrarla y llevarla a algún lugar lejano, fuera del alcance de Tobi y de Estela. Un lugar donde podríamos coger sin ocultarnos.
—Qué te pasa —me dijo, sonriendo perversamente.
La seda del camisón, la suavidad de su cuerpo, su olor dulce, todo hacía que tenerla en mis brazos fuera una experiencia maravillosa.
—Pendejita de mierda —le dije, sin soltarle la cintura—. Te estuviste portando muy mal. Y me hiciste esperar demasiado.
—¿Y qué querés? —susurró ella, apenas levantando la mirada—. No podemos coger como vos querés, todos los días. Y menos ahora…
Hizo una pausa. Bajó la vista y murmuró:
—Me voy a dormir.
Se quiso girar, pero apoyé la mano firme sobre la mesada y con el brazo le bloqueé el paso. La miré fijo y le agarré el mentón con dos dedos. Le levanté la cara despacio, obligándola a mirarme. A pesar de que la cocina seguía casi completamente a oscuras, con apenas un poco de luz filtrándose desde la calle, sus ojos celestes se veían nítidos, claros como dos linternas.
—¿Qué? —dijo, sin apartar la mirada de mí.
—Vos no te vas de acá sin que te coja —le respondí.
Pensé que iba a reírse, que iba a hacer algún chiste, que me iba a recordar que Tobi estaba arriba, que me iba a amenazar con gritar. Sin embargo, no ofreció resistencia. Solo fue bajando la mirada.
Mi verga estaba totalmente erecta, y se frotaba en ella sin permiso. Michelle la miró un momento en silencio. La estudió como si fuera la primera vez que la veía, como si no se la hubiera metido en la boca, como si no me la hubiera cogido salvajemente ya.
—Es demasiado grande —dijo finalmente, con esa vocecita suya que sonaba muy dulce y también muy lujuriosa.
—Bien que te gusta —le dije, y después, en un rapto de morbo puro, le solté—: Es más grande que la de Tobías, ¿no?
¿Por qué necesitaba preguntar algo como eso? Siempre me pareció divertido reírme de los cornudos, mientras me cogía a sus mujeres. Pero Tobi era mi hijo… Y, sin embargo, el hecho de que ella no se mostrara indignada al oír semejante pregunta, me instó a continuar con ese perverso juego.
—Respondé —le exigí, esta vez levantando un poco la voz.
Ella se mordió el labio inferior y asintió con la cabeza. Pero a mí no me alcanzó.
—Decilo —le ordené.
—Es más grande que la de Tobías —dijo al fin, sin dejar de mirarme desde abajo.
—¿Qué cosa es más grande que la de Tobías?
Levantó la vista, ahora con una mirada muy diferente. ¿Estaba enojada? Sin embargo, respondió:
—Tu pija es más grande que la de Tobías.
Al decirlo, me pareció que le brillaban los ojos, como si estuviera a punto de llorar. Pero eso, lejos de producirme compasión, me hizo calentarme más.
—Besame acá —le dije, señalando con un dedo a mitad del tronco, pero encima del calzoncillo.
Ella entendió perfecto. Se agachó, poniéndose en cuclillas, con la espalda recta, sin perder el equilibrio, lo que demostraba que se había agachado muchas veces ante una pija. Acercó los labios y los apoyó sobre mi miembro, besándolo a través de la tela, humedeciéndola con la boca.
—Así me gusta —le dije, acariciando su mejilla—. Ahora acá.
Le señalé un poco más arriba, y ella obedeció sin una palabra. Se acercó y volvió a besarme por encima del calzoncillo. Sentí su boca mojada presionando mi pija a través de la ropa, y se me erizó la piel.
No pude evitar pensar que, después de todo, no había sido mala idea ceder ante ella, dejar que jugara conmigo. Si el premio era tenerla a mis pies, con la boca ocupada con mi verga, todo eso había valido la pena.
—Acá —le dije después, moviendo los dedos más abajo, justo donde tenía las bolas.
Michelle bajó un poco más la cabeza y cerró los labios en mis testículos, que estaban apretados dentro de la ropa interior. Me miró desde abajo, mientras empezaba a frotar la lengua con la tela.
Luego de un rato, se separó, y tosió.
—Acá —volví a marcarle, ahora señalando con precisión el glande, que parecía querer atravesar la tela.
Ella no dudó. Lo apretó con la boca, apenas, pero era suficiente para hacerme temblar de placer. Cerré los ojos por un momento y sentí esa descarga eléctrica que me subía por la espalda.
—Bajame el calzoncillo —le ordené después.
La observé con detenimiento mientras ella estiraba los dedos, agarraba el elástico y lo bajaba con lentitud. No hizo ninguna expresión en particular. Ni siquiera se mostraba excitada. Pero eso, de hecho, me excitaba más a mí. Me calentaba mucho cuando obedecía.
Mi verga salió recta, dura, vibrando. Era una bestia en libertad. Ahora sí, noté que Michelle tragaba saliva, como asumiendo que, en unos segundos, iba a tener que volver a lidiar con esa pija grande que tenía enfrente.
—Ya sabés lo que tenés que hacer, ¿no? —le dije, mirándola desde arriba.
Ella asintió. Pero no me bastó que me respondiera así.
Le tomé el mentón y le levanté la cara. Estaba preciosa. Con esa luz débil rozándole los pómulos, con los labios húmedos, con los ojos brillantes de deseo contenido.
—Decilo —le exigí, despacio.
—Te voy a chupar la pija —respondió ella, inmersa en el juego de dominación.
Sonreí, complacido. Podía ser que, en el terreno virtual, a la distancia, ella dominara el juego. Pero cuando estábamos en la cama, o, en este caso más bien en la cocina, yo era el que mandaba. Y ella no parecía tener inconvenientes con eso, más bien al contrario. Le gustaba ser la putita sumisa, la esclava sexual.
Entonces acercó su linda carita a mi gorda verga. El contraste entre esas dos cosas era maravilloso. Como si la bella y la bestia se estuvieran encontrando.
Sacó la lengua y me lamió despacio el tronco, desde la base hasta el glande, dejando un camino de humedad a todo lo largo de mi miembro. Luego repitió el movimiento varias veces. Pero cada vez era más corto, más concentrado en la mitad superior de la verga. Para ella era como un juego, y sabía jugarlo muy bien.
Luego se la metió en la boca, despacio. Sentí cómo el calor de su aliento y la humedad de su lengua se encontraba con la parte más sensible de mi pija, cosa que me hizo largar un gemido y temblar. Envolvió el tronco con los labios, y empezó a succionar con un ritmo tranquilo, medido, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Dejé que lo hiciera así un buen rato, mientras escuchaba los ruidos que hacía mientras chupaba, y sentía cómo el presemen empezaba a salir y a mezclarse con su saliva. Veía su cabellera rubia subiendo y bajando una y otra vez, con una cadencia maravillosa.
Después, ya empezando a sentirme más salvaje, apoyé una mano en la nuca y empecé a menear la pelvis, despacio. Ella se dejó. Cerró los ojos. Empezó a acomodarse al vaivén. Su cabeza iba y venía al ritmo que yo marcaba. Me la cogía por la boca y ella no se resistía. Al contrario. Empezó a gemir bajito, como si la excitara sentirme adentro, como si le gustara que le tomara la cara con fuerza.
Con la otra mano le acaricié el pelo, le acomodé los mechones que le caían sobre la cara, sin dejar de moverme. La cocina seguía en silencio. Solo se oía el sonido leve, húmedo, de su boca tragando mi verga. Y mi respiración, cada vez más pesada.
Aceleré un poco. Ella se lo bancó. Abrió un poco más la boca y me miró desde abajo, con esa cara de sumisión plena que me volvía loco. Seguía en la misma pose, sin perder el equilibrio en ningún momento, sin pedirme ponerse más cómoda. Me entregaba la boca como si fuera su única tarea en la vida.
—Así, bebé… —le susurré, bajando un poco la cabeza—. Así, tragátela entera.
Ella respondió con una mirada rendida, y se tragó más pija. Le vi el esfuerzo en los ojos, en los músculos de la cara, pero no se detuvo. Recibió mis embestidas con una determinación que merecía los aplausos de una multitud. Su lindo rostro invadido, profanado, por mi gorda verga, esa que ella aseguraba que era más grande que la de mi hijo. Tremenda pedazo de puta que era esa chica. Y justamente por eso me volvía loco.
Seguí así. Meneándome adentro suyo, una y otra vez. La agarraba fuerte de la nuca y me la empujaba yo mismo, sin preguntar. Todo era perfecto: su pelo rubio desparramado, la piel suave, el camisón negro pegado al cuerpo, su boca abierta tragándome.
Estuve un rato largo así, más del que hubiera pensado. La excitación me contenía. No quería acabar tan rápido. Quería disfrutar esa sensación de tenerla ahí, mía, obediente, perdida en el placer que me estaba dando.
En un momento, se la enterré más hondo, hasta que el glande atravesó su garganta. No me había esperado que tolerara algo como eso, si no, lo hubiese hecho antes. Pero esa chica pequeña, de cara angelical, resistió estoicamente cómo la ahogaba con mi pija. Sin embargo, después de unos segundos, empezó a golpear mi pierna, para que la liberara.
Retiré la verga de su boca. Salió brillante, cubierta de su saliva. Michelle empezó a toser y a escupir sobre el piso. Me miró algo molesta, pero seguía ahí, a mis pies, y eso era todo lo que importaba.
Y entonces, no sé por qué exactamente, en un acto de malicia o simple dominio, le azoté la cara con la verga.
Michelle no se quejó. Me miró como sorprendida, con una mezcla rara entre estupefacción y diversión. Tenía los ojos entrecerrados y la cara encendida. Le pegué de nuevo, esta vez apuntando a la boca. Luego en el otro pómulo. La verga sonaba al golpearle la piel, y la saliva y el presemen se adhería a ella.
—Basta —dijo de golpe, con la voz rasposa.
La agarré de la cintura con las dos manos y la levanté en el aire como si no pesara nada. Tenía el cuerpo firme, pero era liviana. La subí hasta apoyarla sobre la mesada de mármol frío. Se acomodó sola, sin decir palabra, dejándose hacer.
Michelle separó las piernas. Era una chica inteligente, y, de todas maneras, no necesitaba serlo para deducir que había llegado el momento en el que su suegro se la iba a coger. Pero, de hecho, no pensaba hacerlo aún.
—Levantate el camisón —le dije.
Ella lo corrió con lentitud, con una parsimonia provocadora. Lo fue subiendo desde las caderas hasta que quedó expuesta. Llevaba puesta una tanga negra de encaje que le marcaba los labios vaginales pornográficamente. Estaba mojada. Hasta sentía el olor a flujos que largaba su conchita.
—Esta no te la podés quedar —me dijo, recordándome la que me había dejado en la oficina.
—No, pero te la voy a quitar —le respondí.
Entonces metí la mano. Le tomé la prenda con los dedos y tironeé despacio, con cuidado, pero con firmeza. La bajé de a poco, sintiendo cómo rozaba su piel suave, sus labios hinchados, su humedad. Cuando se la saqué del todo, la olí. Estaba mojada, cargada, con ese olor fuerte a flujo y excitación que hacía que la pija se me pusiera más dura todavía.
Ella seguía ahí, sobre la mesada, con las piernas separadas, abiertas para mí. Esperándome. Era un regalo, una ofrenda sucia y hermosa. Me arrimé más, empujé un poco el camisón hacia arriba y vi su sexo, limpio, húmedo, abierto, deseándome. Lo tenía brillante, como si su cuerpo me suplicara que no esperara más.
Me incliné. Hundí la cara entre sus piernas. La besé en la concha. Le di un beso suave primero, apenas un contacto, pero enseguida la lengua se me fue sola. Empecé a lamerla con hambre, con fruición, como un animal.
Ella gimió fuerte. Me agarró de la cabeza con las dos manos, con los dedos enterrándose en mi pelo. Me sostuvo contra ella como si no quisiera que me alejara nunca más. Yo la devoraba. La lengua le recorría todo, dibujando círculos, buscando cada rincón, cada pliegue. Su sabor me invadía entero.
Sentía cómo se movía, cómo se le tensaban los muslos, cómo me apretaba contra ella. La cocina se llenó de su respiración agitada, de mi lengua trabajando, del sonido húmedo de mi boca y su cuerpo en plena entrega. Era muy imprudente estar ahí, con la cara oculta entre sus muslos, exponiéndome a no oír algún ruido que me avisara de la proximidad de Tobi o de Estela, y sin embargo, ahí estábamos, en plena madrugada, yo comiéndole la concha como si fuera lo único importante del universo.
Le pasé la lengua por toda la vagina, sin apuro, con dedicación, con el mismo esmero con el que ella me había hecho ese hermoso pete.
Le chorreaba la humedad de su sexo. La concha estaba hinchada, brillante, latiendo. Y yo, de rodillas, con la boca enterrada ahí, no pensaba en nada más.
Mi lengua subía y bajaba, le rozaba el clítoris con una presión justa. Después me metía un poco más abajo, la recorría por dentro, la saboreaba. Le lamía los labios como si fueran una fruta partida. Sentía sus temblores, los movimientos involuntarios que le sacudían las piernas cada vez que me acercaba a un punto que la volvía loca.
Ella no decía nada, pero lo decía todo con el cuerpo. Me apretaba la cabeza, me sujetaba fuerte del pelo, me gemía bajito al oído como si el aire le pesara. Cada tanto se le escapaba un suspiro agudo, una queja placentera. Me decía con todo eso que no parara. Que lo estaba haciendo bien.
Y yo no pensaba parar.
Le metí un dedo mientras la chupaba, ahora concentrado en el clítoris. Uno solo, al principio. Después dos. Los movía despacio, sintiendo cómo se contraía el interior de su sexo. Ella empezó a moverse más, a girar la cadera, a arquear la espalda. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, la cara roja.
Me detuve un segundo solo para mirarla. Esa pendeja me tenía como un perro a sus pies, y no me importaba. La escena era obscena, perfecta. La cocina a oscuras, su cuerpo expuesto, rendido, desbordado.
Volví a chuparla, esta vez con más intensidad. Le succioné el clítoris entre los labios y lo masajeé con la lengua, con ritmo, sin pausa. Empezó a gemir más fuerte, más desesperada. Me agarró con fuerza. Le temblaban las piernas.
—Ay, voy a acabar. No pares, porfa, seguí chupando —susurró.
Y no paré, obvio.
La seguí chupando, la seguí lamiendo como si necesitara su orgasmo para respirar. Sentí el momento exacto en que se le tensó todo el cuerpo. Se arqueó de golpe y se vino en mi cara, con un gemido ahogado, mordiendo el labio para no gritar. Se deshizo ahí mismo, temblando, goteando, abriéndose como una flor.
Me quedé ahí un rato más, saboreándola, respirando su olor, hasta que bajó la respiración y se aflojó entera.
Entonces me incorporé. Me pasé el antebrazo por la boca, limpiándome de mi saliva mezclada con sus flujos. Igual, había tragado bastante, y fue como tragar un elixir.
Me la quedé mirando. Ella, todavía abierta, rendida sobre la mesada, con los muslos brillantes, con el camisón todo subido, con la tanga tirada al costado.
—Ahora te voy a coger —le dije, casi como si fuera una amenaza, aunque se notaba que ella tenía tantas ganas como yo de que lo hiciera.
Le pasé la verga por la entrada de la concha, rozándola. Estaba tan mojada que resbalaba sola. La froté ahí un momento, provocándola, haciéndola desearlo todavía más.
—Esto es lo que tanto querés, ¿no? —le dije—. Que tu suegro te meta la verga, y te haga sentir mujer de verdad.
Probablemente supuso que un simple asentimiento no me iba a alcanzar, así que dijo, en voz muy baja.
—Sí, quiero que me cojas, Gonza.
Entonces la penetré. Con un solo movimiento, hasta el fondo.
Soltó un quejido seco, medio grito, medio suspiro. Se le abrieron los ojos de golpe. Me sentí entrar entero, con todo el peso, con toda la rabia acumulada. Era como si le partiera el alma con la pija.
La empecé a coger de parado, con ella sobre la mesada, moviéndome con ritmo, empujándola hacia mí con cada embestida. Tenía las manos en su cintura, la boca seca, los músculos en tensión.
Cada vez que entraba, le salía un gemido. Me agarraba de los brazos, de los hombros, del cuello. Me pedía más sin decirlo. Me lo pedía con el cuerpo.
Mi verga entrando y saliendo. Sus muslos vibrando. La piel pegada. El sonido de nuestros cuerpos chocando, llenando la cocina.
Y yo no paraba. Sentía el calor de su concha abrazándome cada vez más, como si me chupara para adentro. Le agarraba la cintura con las dos manos, marcándola, sujetándola fuerte, haciendo que se deslizara apenas hacia atrás con cada embestida. Ella se dejaba, con los ojos cerrados, los labios abiertos, la respiración rota.
A pesar de la oscuridad, hacía lo posible por no perderme detalle de nada: mi verga endurecida moviéndose dentro de ella, su piel temblando, la humedad chorreando por los costados.
Ella susurraba suavemente, y tenía que morderse el labio para no largar gemidos más fuertes. En un momento, incluso, hundió la cabeza entre mi cuello y mi hombro, chupándome como una vampiresa, haciendo que el sonido de placer que salía de su garganta, se apagara, aunque fuera en parte, en mi piel.
Después de un rato así, me detuve. Tenía las piernas endurecidas, el cuerpo tenso. Pero no quería terminar todavía.
La agarré de las caderas y la bajé con cuidado de la mesada. Ella se deslizó, temblando, con las piernas flojas. Yo le pasé la mano por la espalda y la guie, sin soltarla, hasta la heladera.
—Apoyate acá —le dije al oído.
Ella no dijo nada. Solo obedeció.
Puso las palmas abiertas sobre la puerta de la heladera y dejó caer un poco el torso hacia adelante. El camisón le bajó apenas, pero se lo subí otra vez con una mano, hasta dejarle el culo bien expuesto. Estaba roja, marcada por mis manos.
La apoyé bien contra la heladera, que estaba fría. El contraste con su piel caliente hizo que se sobresaltara apenas.
—No hagas ruido —le dije.
Me acomodé detrás de ella. Le separé las piernas con la rodilla. La agarré de las caderas, le pasé la verga entre los muslos, rozándola, humedeciéndome de nuevo.. Se la metí de nuevo.
Ella arqueó su espalda por reflejo. Empecé a bombear despacio. Quería que durara todo lo posible. Quería saborear cada segundo. Tenía una mano en su cintura y la otra en su nuca, empujándola con suavidad contra la heladera.
Se oía el ruido sordo de mi pelvis chocando contra su culo. Un sonido bajo, húmedo, rítmico. El aire de la cocina parecía más denso. Como si estuviéramos dentro de una escena que no podía existir en el mundo real.
Ella se movía apenas. Tenía los dedos extendidos sobre la heladera, tensos. Los gemidos le salían cortados, como si cada embestida la ahogara un poco más.
Era una imagen hermosa. Michelle, la muñequita, siempre prolija, siempre inmaculada, ahora con el culo al aire, el camisón levantado, el pelo despeinado, el cuerpito precioso sacudiéndose ante mis embestidas. Era la clase de putita que todo hombre sueña con tener en sus garras alguna vez en la vida.
—Te gusta, ¿no? —le susurré, pegando mi boca a su oreja.
Esta vez solo asintió con la cabeza. Pero no le pedí más, porque si hablaba, podía hacerlo muy fuerte, debido a mis embestidas.
Le metí la mano por adelante. Le toqué el clítoris con dos dedos, húmedo, tierno, vibrante. Apenas lo rocé y se le escapó un gemido ahogado. Me apuré y le tapé la boca con la otra mano. Me sentí un animal. Me la cogía de parado, contra la heladera, tapándole la boca, mientras le daba sin parar.
Los empujones eran cada vez más profundos. Yo también respiraba con dificultad. Tenía el cuerpo incendiado. La verga me latía entera adentro de ella. Sentía su cuerpo rendido, suave, mojado, perfecto.
Le temblaban las piernas. Sentí cómo sus paredes vaginales, de repente, presionaban con más fuerza mi pija, como si no me la quisiera soltar.
—Otra vez —dijo ella, incrédula.
Una vez más confirmé que era tan morbosa como yo. Porque, si estaba a punto de acabar por segunda vez, en un lapso de tiempo tan corto, no era solo por lo bien que me la estaba cogiendo. Apostaba mi cabeza a eso. No. Ella era una morbosa, una perversa, que gozaba del sexo con mayor intensidad al cogerse a su suegro, mientras el cornudo de su novio dormía.
Pero no podía culparla por eso. Más bien al contrario, sentía que la amaba, que éramos el uno para el otro. Que debíamos pasar la eternidad juntos, en el infierno.
Entonces acabó de nuevo. Callada, retorcida, contra la heladera. Arañó la puerta. Me apretó con el cuerpo entero. Yo seguí unos movimientos más, lento, como si la acompañara, como si le marcara el ritmo final con cada embestida.
Cuando la solté, se quedó ahí apoyada, con la cabeza gacha, el pelo desordenado, la espalda sudada, el cuerpo vencido.
Y yo, detrás, todavía duro, todavía con ganas, todavía queriendo seguir.
Vi de reojo el vaso de leche. Estaba sobre la mesada. Quedaba la mitad. Se me ocurrió una idea perversa. Poco original, lo reconozco, pero no por eso iba a dejar de hacerlo.
Lo agarré.
—No te muevas —le dije.
Ella giró apenas la cabeza y me miró, sin entender.
Entonces bajé el vaso, poniéndolo delante de la verga, y empecé a masturbarme. Ella me miró, con los ojos bien abiertos, como si no pudiera creer lo que pretendía que hiciera. Sin embargo, podía haberse ido en ese mismo instante, y decidió no hacerlo.
Unos instantes después, acabé dentro del vaso. El semen, mucho más espeso que la leche, se hundió en el líquido, mezclándose lentamente con él.
Le tendí el vaso. Ella no lo agarró. Así que me acerqué, y lo arrimé a su boca. Ella rio.
—Esto es una chanchada —dijo.
Incliné el vaso. Michelle separó los labios, y recibió el líquido. Al principio, solo fue un traguito, pero luego le hice tomarse hasta la última gota.
—Muy bien. Para eso viniste, ¿no? Querías tomar un vaso de leche. Bueno, acá tenés —le dije. Ella rio. Sus labios quedaron blancos—. ¿Estaba rica? —pregunté después.
—Qué boludo —dijo ella.
La agarré de la cintura, y la besé.
—Sos lo mejor que me pasó en la vida —le dije, sin pensarlo.
Ella se apartó de mí.
—Vos sos lo peor que me pasó —dijo, aunque sonriendo, para luego darme la espalda e irse.
Me quedé solo en la cocina, a oscuras, como merecía estar, pero con el delicioso sabor de lo que acababa de pasar con mi nuera.
Por Gabriel B