Follada por mal comportamiento

Follada por mal comportamiento

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Fue cuando el tacón de mi zapato golpeó por décima vez el travesaño de madera del banco que la señora Hemsley, la secretaria de la escuela, finalmente me miró con exasperación. Sonreí cortésmente, como es debido, pero la secretaria simplemente frunció el ceño y negó con la cabeza.

— Charlotte Reid, ¿te importaría estarte quieta? — espetó la hastiada señora Hemsley.

Me encogí de hombros como si realmente aquella pregunta me resultara difícil de responder en ese momento, para acto seguido decidir que tararear en voz baja sería un pasatiempo menos molesto. Sin embargo, la secretaria negó con la cabeza por segunda vez y murmuró con frustración antes de volver a su papeleo.

La espera se hacía eterna; llevaba sentada fuera del despacho del director al menos diez minutos. Imaginé que mis amigas ya se dirigían a clase sin mí, cansadas de aguardar de pie en el pasillo. Suspiré dramáticamente y empecé a golpear de nuevo la madera con el tacón de mi espantoso zapato reglamentario.

Esa era mi cuarta visita al despacho del director en otras tantas semanas, y no esperaba precisamente un recibimiento amistoso. A pesar de mi actitud despreocupada, tenía la sospecha de que mi estancia en el Colegio Privado Femenino Highgate podría concluir de forma abrupta una vez finalizada esa reunión.

Entonces el teléfono sonó en el escritorio de la señora. Hemsley, rompiendo el relativo silencio. Contestó secamente, hablando en voz baja e inaudible antes de colgar el auricular. Sin levantar la vista, la anciana se dirigió a mí una vez más:

— Charlotte, el director quiere verte.

Cogí la mochila, me levanté y me alisé el dobladillo de la falda sobre los muslos. Súbitamente, toda mi bravuconería se había desvanecido. Estaba segura de que una hora más tarde viajaría en un tren de vuelta a Londres, con mi padre decepcionado y furioso esperándome en la estación.

— ¡Por Dios, querida, esa falda no tiene el largo reglamentario! — continuó la señora Hemsley gesticulando exageradamente hacia mí.

Tenía razón, por supuesto; para ser sincera, era lo habitual en Highgate. Muchas chicas pasaban la tarde en la residencia personalizando su ropa. Para ser justos, el largo reglamentario era una pulgada por encima de la rodilla, lo cual, estoy segura de que estarán de acuerdo, era ridículamente largo.

Sin embargo, supongo que la señora Hemsley tenía razón; no era que mi falda no tuviese el largo reglamentario, sino que en realidad estaba apenas una pulgada por debajo de la banda elástica de las medias. Aun así, me quedaba bien y lucía a la perfección.

— No, supongo que no —respondí mientras me colgaba la mochila al hombro—. La arreglaré en cuanto salga del despacho del director, lo prometo.

Respiré hondo, compuse una sonrisa y llamé a la puerta roja que daría paso a mi automática expulsión del colegio. La espera fue angustiosa. A pesar de mi comportamiento, me encantaba Highgate y la idea de marcharme a medio curso me ponía terriblemente triste.

— ¡Adelante!

La voz era fuerte y potente. Solo le tenía miedo a una persona de aquella escuela: al director, al señor EverHard. Mordiéndome el labio inferior por los nervios, giré el pomo de latón y abrí la puerta. Mis tacones resonaron sobre las viejas tablas victorianas del suelo al entrar y cerrar. Me situé junto a la entrada y, siguiendo las normas, esperé a que me dieran permiso para sentarme. Pero en vez de juntar las manos por delante de la falda, las junté a la espalda para exhibir mi fantástico par de tetas con la cabeza gacha y aguardando mansamente a que me hablaran.

— Por favor, Charlotte, siéntate.

El tono utilizado por el señor EverHard era preocupantemente tranquilo, así que me aseguré de no alzar la mirada al cruzar la espaciosa sala y sentarme dejando mi mochila en el suelo, al lado de la silla. Arreglé innecesariamente los pliegues de mi falda gris y demasiado corta y esperé con paciencia a que comenzara la reprimenda.

El señor EverHard, popularmente conocido como señor Duro, era un caballero atractivo de hombros anchos y cuarenta y tantos años. Vestía un traje gris oscuro que parecía hecho a medida y una camisa y corbata azules impecablemente planchadas. Estaba bien afeitado y su pelo, oscuro y salpicado de canas, estaba peinado hacia atrás con esmero, resultando, en conjunto, un maduro de lo más interesante.

Sentí su mirada fija en mí, pero permanecí sentada muy erguida y abstraída en la observación de los zapatos de don Alberto. No era una chica particularmente alta, medía alrededor de un metro sesenta y cinco. Mi cabello era rubio y lacio hasta los hombros, pero lo llevaba recogido con una goma, otra estúpida norma de Highgate.

Consideraba que mis pechos eran mi mejor atributo; redondos y un tamaño considerable para mi edad; aunque también tenía ya curvas en las caderas y un culo estupendo. Nunca salía de mi cuarto si no estaba ideal, conjuntada y maquillada para realzar mis ojos, que eran, y siguen siendo, de un azul precioso.

Mi carácter rebelde me había abandonado. Y no sólo eso, era consciente de que me temblaban ligeramente las manos mientras permanecía en su presencia, sentada y en silencio. El señor Duro era popular de un modo siniestro; tenía fama de ser irascible y despiadado, así que no me convenía enfadarlo bajo ninguna circunstancia. Algunos de sus castigos se habían convertido en leyenda, pero a menudo resultaba difícil distinguir entre la realidad y la ficción.

— Otra vez… —dijo el señor EverHard con fastidio. Era una afirmación, no una pregunta.

— Sí, señor —respondí sin atreverme a mirarlo.

Me sudaban las manos y con la punta del dedo índice jugueteaba nerviosamente con un pequeño agujerito de las medias, justo bajo el dobladillo de la falda, y es que el hastío de don Alberto estaba justificado.

En noviembre le había cortado el pelo a la compañera que tenía sentada delante y que se dedicaba a hablar mal de mí. No sirvió de gran cosa pues, aunque esas arpías guardaban las apariencias cuando estaba delante, entre ellas me seguían llamando Chupetina.

Hacía meses que aquel apodo había dejado de molestarme o humillarme para pasar a encontrarlo gracioso. La única diferencia entre ellas y yo era que mientras aquella banda de mojigatas se morían de curiosidad por las pollas, yo ya sabía lo divertido que es chuparlas y hacerlas explotar.

Aunque el origen de aquel apodo ahora no viene al caso, la cosa fue que gracias a mí se corrió el rumor de que Alfredo, el típico chico rarito, estudioso y poco sociable, poseía otra virtud aún más prodigiosa que su cerebro. Aquello le hizo tan popular entre las alumnas de Highgate, que pasaron de considerarlo un pardillo a tratarlo con admiración y llamarlo Puro en referencia al gran y adictivo cigarro que muchas de ellas acabaron pagando para ver, tocar o fumar como había hecho yo. Lo que me lleva al incidente ocurrido en enero, nada más regresar de las vacaciones.

Alguna víbora debió chivarse para que me descubrieran vapeando en el patio junto a mis dos amigas leales, lo cual estaba terminantemente prohibido. En resumen, que había perdido la cuenta de las veces que unas y otras profesoras me habían mandado al despacho del director.

— Charlotte, va a terminar la Secundaria, ¿Cuándo va a madurar? —preguntó éste con tono firme y pausado. Levanté un poco la mirada y me encogí de hombros de manera respetuosa.

— No lo sé, señor.

— Pues a ver si lo va pensando, señorita —se burló antes de suspirar y abrir un dosier que reposaba en el escritorio delante de él—. El informe que su tutora me ha pasado esta mañana indica que “durante la primera clase profirió numerosas palabrotas y golpeó a una compañera”. ¿Es cierto, Charlotte?.

No podía seguir posponiendo mi estrategia de defensa. Levanté la mirada con cautela y lo miré a los ojos. Fue un craso error, sobrecogedor, como contemplar el sol durante el amanecer. Asentí lentamente, mientras agrandaba el pequeño agujero de mis medias.

— Sí, señor. Pegué e insulté a Chloe Knight, pero no fue apropósito. Se me escapó. No lo decía en serio, lo prometo.

Me había prometido a mí misma que no lloraría por muy mal que se pusieran las cosas, pero ahí estaba, apenas habían pasado dos minutos de juicio y ya podía oír cómo se me quebraba la voz por la presión. Temblaba de pies a cabeza cuando el señor EverHard se recostó en su silla y cruzó los brazos sobre el pecho.

Tenía que controlarme, pero era superior a mí, no podía mantener la calma estando él tan cerca. Era alto, con una corpulencia y un carisma capaz de llenar cualquier estancia por amplia que fuera. Su complexión, grácil y sólida, resultaba patente bajo el traje a medida.

— ¿Y cómo llamó a Chloe Knight, Charlotte? —continuó con frialdad.

— ¿Quiere que lo diga, señor? —balbuceé, abochornada por tener que repetir lo que había dicho tan solo media hora antes.

— Sí, Charlotte, quiero que lo diga —confirmó elevando el tono con fastidio.

Su penetrante mirada me paralizó por completo. Su presencia era hipnótica, y su profunda voz logró estremecerme y enredar mis ideas. Estaba ridículamente nerviosa, me temblaban las piernas y apenas era capaz de sostenerle la mirada. No conocía a nadie como él, que me ofuscase y me pusiera tan cachonda.

Jadeaba hecha un manojo de nervios, hasta que la primera lágrima surcó mi mejilla como un río y fue a detenerse en la comisura de la boca. Saboreé la sal y apreté los labios con enojo, me sequé los ojos con el dorso de la mano y reprimí un sollozo. ¡Tenía que controlarme!

Impasible e imponente, el señor Duro esperó de brazos cruzados.

— Fue en el entrenamiento de voleibol —empecé—. Chloe me llamó tramposa. Así que la abofeteé e insulté.

— ¡Qué cómo la llamaste! —insistió el director alzando la voz y abandonando el trato de usted.

— Chupapollas, señor —confesé agachando la cabeza, avergonzada de mi conducta y aterrorizada por las consecuencias.

— Te he dado muchas oportunidades, Charlotte —dijo con patente decepción mientras levantaba el auricular y empezaba a marcar— Lo siento, Charlotte, pero voy a avisar a tu padre y a partir de hoy quedas expulsada durante dos semanas.

— ¡No, por favor! — supliqué con desesperación—. ¡Señor, me portaré bien, lo prometo!

Supongo que lo que hice fue fruto de la desesperación, pero a esas alturas estaba dispuesta a cualquier cosa para hacer cambiar de opinión al señor EverHard. Me levanté rápidamente, casi tirando la silla en la que estaba sentada y, sin pensarlo dos veces, metí las manos bajo la falda y me bajé las bragas.

El señor Duro se detuvo, y por primera vez desde que lo conocía, vi auténtico desconcierto en su rostro.

Mi papá repetía una y otra vez que el mundo pertenece a los audaces. De manera que estiré la mano y dejé caer la diminuta prenda sobre su mesa y, sin mediar palabra, empecé a desabrochar mi inmaculada blusa blanca. Mis dedos habían dejado de temblar, y los pequeños botones fueron cediendo uno tras otro.

A pesar de mi reputación, en aquel tiempo mi experiencia sexual aún era escasa, lo que no me disuadió de poner en practica el plan B, el más antiguo de los que dispone una mujer.

Para entonces ya había desabrochado la mitad de la blusa y el peso de mis senos hizo que el color de mi sujetador fuera visible, a juego con la prenda que había en la mesa y; sujetando su suave curva, los apreté para crear un efecto sublime. Ya no sollozaba, sino que esas alturas mis lágrimas eran pura farsa, un recordatorio de mi precaria y frágil condición.

— Charlotte Reid, ¿qué demonios estás haciendo? —inquirió finalmente el señor Duro, con el teléfono aún a medio camino de su oreja, detenido en el tiempo y el espacio.

El último botón de mi blusa se deslizó a través del ojal y, con un seductor movimiento de los hombros, la dejé caer a mi espalda.

— Veo que se le ha puesto dura, director —señalé—. ¿No creerá lo que cuentan de mí?

— No tengo pruebas, Charlotte. De todos modos, tu actitud hace pensar que no eres nada inocente —puntualizó.

Concretamente, yo había dejado de ser inocente el verano anterior, pues un socio de mi padre se había encargado de ello. De hecho, aquel hombre sólo necesitó verme chupar un helado para deducir lo que nadie más había logrado entender: qué era lo que necesitaba una chica tan exuberante y despabilada como yo.

— Por favor, señor, no llame a mi padre —rogué con repentina serenidad.

La moralidad de mi estrategia era cuestionable, pero el proceso sancionador se estaba inclinando en mi contra y tenía que hacer algo para contrarrestarlo. A pesar de mi apariencia inocente, no tenía un pelo de tonta; sabía perfectamente el poder que tenía sobre los hombres.

Mis ojos permanecieron fijos en los del director mientras éste bajaba lentamente el auricular y lo volvía a colgar cuidadosamente. Pareció cosa de brujería, lo sé, por eso sonreí ante mi propio poderío.

Caminé lentamente hacia la puerta, eché el cerrojo y luego di la vuelta alrededor de su gran escritorio de roble, pasando las yemas de los dedos por la superficie y contoneando sensualmente las caderas. Apoyé la ingle contra la esquina, sintiéndola dura contra mi pubis. La perversidad de mi juego me había excitado considerablemente, estaba mojada y encantada con mi repentino golpe de suerte.

— Quiero hacer un trato, señor —dije sin que me temblase la voz, y compuse un gesto pueril—. Créame, me he tocado muchas veces pensando en usted.

Me arrodillé y caminé a cuatro patas sin dejar de mirarle a los ojos. El señor EverHard se recostó en su silla y observó como me situaba entre sus piernas como una gata salvaje y depredadora. Le separé las rodillas con las manos y, lentamente, las deslicé sobre sus piernas notando como se tensaban sus músculos bajo la tela. Sonreí, y cuando me lamí los labios traviesamente con la punta de la lengua, le vi resoplar.

Miré su bulto un instante y parecía prometedor. Mi dedo índice perfiló la silueta de lo que sin duda era una polla y el director se removió incómodo en su asiento. Su miembro ya estaba bastante duro, así que lo apreté entre mis dedos para ponerlo duro del todo. Con determinación, le desabroché el pantalón y, al bajar la cremallera, una tremenda polla surgió de las profundidades con un respingo y me dejó sin aliento.

— Charlotte, por favor, estoy casado… —farfulló cuando mi pequeña mano lo agarró, pero a pesar de sus protestas el tipo permaneció sentado.

— ¿Y qué hay de la señora Harper, la de Literatura? ¿Es cierto que le gusta que le den por el culo?

Para ser honesta, los rumores sobre esa zorra me importaban un carajo; sólo pretendía desconcertarle, que era lo que más me convenía.

Lo miré hasta leer la verdad en sus ojos…

— ¡Wow! —musité, y dejé que mi mano derecha menease el formidable pollón que presuntamente había reventado el orto a mi profesora.

Apoyé la mejilla en su rodilla y dejé escapar un largo y sensual gemido, como esos que se oyen sin cesar en las películas porno. Dejé que mi mano recorriera su miembro; mis suaves dedos masajeando arriba y abajo la polla con que fantaseaban decenas de mujeres, y no pocas alumnas.

El señor EverHard cerró los ojos y exhaló de alivio mientras mis dedos subían y bajaban por su mástil. Repetí este movimiento unas cuantas veces y, confiada, deslicé la otra mano bajo mi falda y empecé a tocarme.

Apartando mi mirada de la suya por primera vez desde el dramático striptease de hacía unos minutos, me quedé embobada a causa de la desproporción entre mi mano derecha y su palpitante miembro. De pronto, sus dedos ásperos acariciaron suavemente mi pecho derecho para luego levantar mi rostro y hacer que volviera a mirarlo.

— Señorita Reid —susurró sonriente—, ¿Por qué la llaman Chupetina?

No era una pregunta demasiado difícil. Además del socio de papá, que había sido el primero en todo, me había metido en la boca a tres chicos más: Puro, uno de los amigos de mi hermano mayor, y más recientemente, Marcos, el hijo de la mujer de la limpieza.

— Porque me gustan las pollas, señor —respondí con honestidad—. Me encanta chuparlas.

— Ah, sí, ¿Y por qué crees que te gusta tanto?

— Por el poder —lo tenía claro, me había informado—. Los hombres hacen cualquier cosa que les pidas por una mamada premium.

— ¿Premium? —inquirió el señor Duro arqueando las cejas.

— Corriéndose dentro, señor —aclaré señalando con el índice el interior de mi boca entreabierta.

La mano de don Alberto sujetó sin previo aviso la parte posterior de mi cabeza, sus dedos se enredaron en mi cabello y me atrajo hacia sí. Me fascinó la potencia que palpitó en mi boca mientras mis labios lo abarcaban y succionaban con avidez, tanto fue así que mis deditos volaron sobre mi clítoris estimulándolo con alegría.

— ¡Señorita Reid! Una de las cosas que debería aprender en esta escuela es que si tiene que hacer algo, debe tomarse el tiempo necesario y hacerlo bien —rezongó don Alberto obligándome a parar.

Su amonestación me desconcertó. Ninguno de mis anteriores amantes me había comentado nada al respecto, y tampoco se me había pasado por la cabeza que se pudiese hacer mejor.

Sin regañarme, el director comentó que si mamaba haciendo todo el tiempo lo mismo, parecía una autómata, una máquina. Como buen profesor, paciente y pedagógico, me animó a mejorar y fue dándome consejos y realizando las correcciones oportunas.

Mi instructor personal sugirió que deslizara los labios a lo largo de su longitud con cara de zorra y devoción por su polla. Me recordó que también poseía testículos y que no los debía descuidar. Siguiendo su consejo, masajeé sus pesados boliches mientras mamaba arriba y abajo tan profundamente como era capaz.

En un momento dado, me aparté para tomar aire y me instó a mirarlo a los ojos mientras recorría su miembro con mi lengua. Así lo hice, y a cambio recibí una sentida felicitación que me hinchió de orgullo. Exaltada, le besé repetidamente, ascendiendo centímetro a centímetro desde la base para terminar con un buen lametón que me hizo merecedora de una ovación.

Tras varios minutos de lección, el señor EverHard comenzó a perder la compostura. Gimió sacando las caderas para que yo me sirviese a mi antojo. Llegados a este punto, todavía tuvo arrestos para recomendarme que sorbiera como una cochina para así dar a entender que se me hacia la boca agua al mamar una buena polla. Lo cual era rigurosamente cierto.

A medida que lo excitaba, me recordaba a mi misma que debía llevar cuidado, pues de lo contrario le haría eyacular antes de tiempo. Me había pasado una vez, y quedarme con el coñito vacío y cara de idiota no me había hecho ninguna gracia. Pero no sería el caso.

Había olvidado que estaba de rodillas ante un auténtico maestro. Agarrándome por la coleta sin contemplaciones, el señor Duro ejerció su dominio manejando mi cabeza a su gusto. Con rictus de concentración, impuso un vaivén pausado, vigilando que abriera ligeramente la boca al engullir cada vez más, y que luego frunciese los labios al dejar salir toda aquella carne rugosa; atento, mostrando autoridad y asintiendo en señal de aprobación.

— Excelente, señorita —clamó entusiasmado— ¡Demuéstreme de lo que es capaz!

Enardecida, dejé de lado toda cautela y, sin importar si eyaculaba o no, me dispuse a hacerle a don Alberto la mejor mamada que le hubieran hecho en su vida. Chupé como una cerda, lamí con frenesí y mamé enconadamente su miembro, desesperada por conseguir mi premio.

— ¡¡¡DIOS!!! —bramó privándome de lo que más deseaba en ese instante, su imponente y reluciente polla— ¡Sobresaliente, Charlotte! ¡De las mejores de Highgate…! Ves de lo que eres capaz cuando quieres.

Aún ofuscada, súbitamente fui consciente de lo mojada que estaba. Mi sexo, mis dedos, el interior de mis muslos… Todo estaba pringoso y resbaladizo y, delante de mis narices, la impresionante erección del director goteando babas; a pedir de boca y de coñito.

Jadeé sin aliento antes de mirarlo y suplicar.

— Fólleme, por favor.

El señor EverHard me miraba como ausente, como si a pesar del sobrecogedor estado de su polla, su mente estuviera a cien kilómetros de allí. Su ensoñación duró unos segundos, no más. Luego apartó su silla y se puso en pie tan bruscamente que ésta arrastró ruidosamente contra las viejas tablas del suelo y a punto estuvo de volcarse hacia atrás. Con un movimiento rápido, me agarró por la coleta y, con ojos de furia, tiró hacia arriba de mí sin que le importara hacerme daño.

— ¡Ay!

Sin mediar palabra, el director hizo que me girase y me empujó sobre el escritorio con el trasero en pompa. Noté fresco en mi piel expuesta mientras mi rostro acalorado yacía lascivamente sobre la madera oscura. A continuación, don Alberto me golpeó con el pie en los tobillos para que separase las piernas, y muy seguido me levantó la falda dejando al aire mis partes íntimas y húmedas.

¡¡¡PLASH!!!

Aunque la merecía y agradecí, lo cierto es que no llegué a intuir la nalgada que el director me asestó. Su contundencia me dejó paralizada, sin respiración y completamente sobrecogida, para seguidamente sentir su mano acariciar delicadamente mis nalgas encendidas; capaz de lo mejor y lo peor, especulando si repetir o quizás arrepintiéndose de la marca que había dejado en mi trasero, pero no me atreví a preguntar.

Fue entonces cuando descolgó el teléfono.

— ¿Sí? ¿Señora Hemsley…? Por favor, páseme con el padre de Charlotte Reid si es tan amable.

— ¡No! —supliqué alzando la voz, y provocando que el intransigente director echase mano a mis braguitas y me las metiera en la boca.

— ¡Ummm! —musité horrorizada.

— Buenos días, Señor Reid —saludó con cortesía—. Soy EverHard, el director de Highgate School, el colegio de Charlotte. No, no, al contrario. Precisamente lo llamo para informarle sobre el excelente comportamiento de su hija —y diciendo esto don Alberto restregó su erección en mi charco y metió dentro la punta.

— ¡Qué sorpresa! —oí que decía mi padre del otro lado— ¿Cómo es eso?

— Bueno, precisamente quería comentarle que la señorita Reid ha corregido su comportamiento de forma significativa. Ahora tiene una magnífica disposición hacia el aprendizaje y se esfuerza por obtener buenas calificaciones en todas las materias.

Su última mentira, ese en todas las materias, coincidió en el tiempo con un firme empujón hacia adelante que me hizo estremecer, arquear la espalda y volcar el portalápices.

— Me alegro muchísimo. Ya iba siendo hora —conmino mi padre con alivio—. Últimamente su madre y yo hemos insistido mucho en que madurase de una vez. Nos quita un peso de encima, gracias.

Tenía la mano del director entre mis omóplatos, inmovilizándome contra el escritorio mientras empezaba a ir y venir causándome una tremenda impresión.

— Su hija se esfuerza, créame —dijo el director con sarcasmo al ver como yo le correspondía y arremetía hacia atrás—. Precisamente por eso lo llamo. Si Charlotte mantiene esta actitud y este rendimiento hasta final de curso, redactaré personalmente una carta de recomendación en su nombre para la Universidad de Oxford.

— ¡Sería fantástico! —clamó mi padre que, como el director debía saber, había estudiado allí—. Muchas gracias, director. No tengo palabras, pero me encantaría que aceptase una pequeña gratificación de mi parte por su encomiable labor educativa.

¡Aquel pedazo de polla sí que era gratificante! Y escuchar a mi padre deshacerse en halagos hacia el hombre que me estaba cogiendo aún la hacía mejor. Era tan cierto como perturbador, el director me estaba proporcionando un palmo de buena educación, tan suave y rico que yo no paraba de chorrear.

¡Schof! ¡Schof! ¡Schof! —balbucía mi sexo obscenamente, repleto a más no poder.

Sin molestarse en despedirse de mi padre, don Alberto colgó el auricular y empezó a follarme de veras. Sentía las piernas flojas, como entumecidas, atrapadas entre el peso del director y el borde del escritorio. El ritmo de sus acometidas se volvió implacable y cerré los ojos con fuerza al sentir que mi orgasmo se acercaba. Entonces don Alberto me agarró las caderas con ambas manos y me penetró en profundidad, lanzándome al clímax con estruendo.

Por suerte el sentido común nunca abandonó al director, y cuando el placer alcanzó su culmen, el hombre salió de mí en contra de su instinto, me arrastró hasta el borde del escritorio y dispuso su miembro a escasos centímetros de mi rostro. Aunque me sacó las bragas de la boca antes de eyacular, la potencia de sus primeros chorros me salpicó en la oreja, la mejilla y hasta me dibujó un bigote. Afortunadamente, la proximidad de su miembro ayudó a que pudiese saborear la mayor parte del elixir del director; la misma melaza ardiente, espesa y pegajosa con que acababa de regarme la cara, estrellándose ahora contra mis amígdalas y colmándome con su intenso sabor varonil, jadeando y extasiada de gusto.

Me llevó un buen rato recuperar la cordura, y aún más dejar de chuparle la polla. Mientras don Alberto se adecentaba con el simple gesto de guardarse el miembro y ajustarse el pantalón, yo primero hube de limpiarme con un puñado de Kleenex y luego examinar mis bragas y volver a ponérmelas con resignación. Como era lógico, mis medias de zorrona no se habían movido de su sitio, de manera que para terminar de arreglarme sólo hube de atusar la falda plisada.

— Ahora vuelve a clase y compórtate como es debido —me espetó— ¡Y qué no tenga que arrepentirme de la sarta de mentiras que acabo de contarle a tu padre!

— No, señor… Digo, sí, don Alberto. Seré buena —afirmé más candorosa y calmada que una chica con buena herencia.

Volví a buscar mi mochila, y estaba por salir del despacho cuando me retuvo una súbita duda.

— Disculpe, señor. Lo de mis calificaciones, ¿lo ha dicho en serio?

Sin embargo, don Alberto frunció el ceño y me fulminó con la mirada.

— ¡A clase, Charlotte!

Aunque obedecí sin rechistar, hube de regresar a su despacho a la semana siguiente, esa vez por intentar copiar en un examen apuntándome un guirigay de nombres y fechas bajo la falda, en la parte más alta de los muslos. No lo pasé mal, pero esa visita me sirvió para darme cuenta de que no compartía los extravagantes gustos de mi profesora de Literatura. Claro que jamás sospeché que el señor EverHard me estrenaría el culo tan a lo bruto. ¡Qué horror!

Me dejó completamente reventada, mugrosa y atontada a causa de los espeluznantes orgasmos. Y lo peor fue que cuando me echó, porque don Alberto me sacó a empujones de su despacho, la señora Hemsley se dio cuenta de que todavía me temblaban las piernas. ¡Qué vergüenza!

En fin, la cuestión es que mi padre nunca se enteró de nada, y es que las chicas listas conseguimos todo lo que nos proponemos 😉

Por AlbertoXL

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