El juego de los papelitos, las madres y los hijos

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Capítulo 1: El pacto en la mansión Garofa

La mansión de Marta Garofa ardía en luces tenues esa noche de sábado. No era una de esas fiestas estúpidas con canapés y champagne para pavos reales de la alta sociedad. No, esa noche era diferente. Las cuatro estaban ahí, sentadas en la sala circular de mármol importado, con la chimenea encendida y tres botellas de Malbec ya vacías.

—Estoy harta —dijo Marta, cruzando las piernas con esa elegancia que solo dan cuarenta y seis años bien vividos y un cuerpo que había provocado más de tres infartos en la zona norte—. Mi marido lleva tres meses en Madrid con la secretaria. No me llama ni para saber si me estoy muriendo.

—El mío duerme en el estudio desde enero —agregó Aurora, ajustándose el escote que dejaba ver media teta, generosa y firme para sus cuarenta y cuatro años—. Dice que ronco. Ronco, dice. A los veinte años no le molestaba que roncara cuando me cogía contra la pared de la cocina.

Mirta soltó una risa gutural, su cuerpo gordito y desacomplejado moviéndose en el sillón de cuero.

—¡Ay, chicas! El mío directamente se fue a vivir a Uruguay. Dice que los negocios, que el puerto… ¡Si tendrá una pendeja de veinte años allá!

Rosana, la más joven, la que apenas tenía treinta y cuatro, pero parecía una nena asustada, miraba el piso de parquet.

—Yo no tendría que estar acá —murmuró—. Mi hijo está en casa, estudiando.

—¡Ay, Rosana, no seas amargada! —la interrumpió Marta, parándose y mostrando ese cuerpo que era una provocación ambulante—. Justamente de eso se trata.

Aurora se levantó y fue hacia un mueble antiguo, sacando cuatro bolsas de terciopelo negro que había preparado con esmero.

—Propongo un juego —dijo, con una sonrisa que mezclaba perversidad y aburrimiento mortal—. Un juego para mujeres de verdad.

—¿Qué clase de juego? —preguntó Mirta, inclinándose hacia adelante, sus tetas grandes asomando por el escote de su vestido rojo.

—Uno que nos quite este maldito aburrimiento de encima. Que nos haga sentir vivas de nuevo.

Marta se acercó, curiosa. Su perfume, un Givenchy carísimo, impregnaba el ambiente.

—Explícate.

Aurora colocó las cuatro bolsas sobre la mesa de roble.

—Primera bolsa: los nombres de nosotras. Segunda bolsa: los nombres de los hijos mayores. Tercera bolsa: cuatro lugares. Cuarta bolsa: un número del uno al cuatro.

—¿Los hijos? —la voz de Rosana tembló—. ¿Para qué metemos a los hijos?

—Porque vos no tenés un hijo varón —dijo Marta, señalando a Aurora con una sonrisa malvada—. Entonces decidimos que la madre que saque tu papelito va a tener que cumplir con tu hija Lia.

—¡No! —Rosana se paró—. Esto está mal. Ellos son chicos.

—Chicos, dice —Mirta se rió—. Damián tiene dieciocho. Zacarías diecinueve. Thiago dieciocho. Y Lia veintiuno. No son tan chicos, Rosana.

—Además —agregó Marta, acariciando el terciopelo de una bolsa—, si no jugamos, ¿qué hacemos? ¿Seguir esperando a que nuestros maridos vuelvan? ¿Seguir cogiendo con el vibrador mientras ellos se cogen a otras?

Rosana mordió sus labios. Miró a sus amigas. Las tres la miraban con esa mezcla de lástima y diversión.

—¿Y cómo funciona exactamente? —preguntó Mirta.

Aurora sonrió, sus ojos brillando con una luz peligrosa.

—Cada una saca un papelito de cada bolsa. El papelito de la primera bolsa dice a quién le toca. De la segunda bolsa dice con quién. De la tercera bolsa dice dónde. De la cuarta bolsa dice el número, que indica el grado de histeriqueo que va a poner la mujer.

—¿Grado de histeriqueo? —preguntó Rosana.

—El uno significa que la mujer toma la iniciativa sin vueltas. El dos: ella provoca y después muestra dudas. El tres: provoca y dice que no deberían hacerlo. El cuatro: pone muchas trabas antes de dejarse coger.

—O sea —intervino Marta, con una sonrisa perversa—, cuanto más alto el número, más se va a hacer la difícil la madre antes de que el chico se la termine cogiendo.

—Exacto.

—Yo juego —dijo Mirta, levantando su copa—. Total, Thiago es tímido pero buen pibe. Además, tiene dieciocho años, no es virgen… creo.

—Yo también juego —Marta sonrió—. Zacarías me preocupa. Pasa todo el día encerrado en su cuarto. Sospecho que es gay, pero no se anima. Quizás esto lo ayude a definirse.

Las dos miraron a Aurora.

—Obvio que juego. Yo puse las bolsas.

Las tres miraron a Rosana.

—No… no puedo. Damián es mi hijo. Lo tuve de muy joven. Lo crié sola. No puedo…

—Podés —dijo Marta, acercándose y poniendo una mano en su hombro—. Y vas a querer. Porque si no jugás, te vamos a obligar igual. Vamos a decir que vos pusiste los nombres. Que vos organizaste todo. Y tu hijo se va a enterar de que su mamá quería jugar pero se rajó.

—¡Eso es mentira!

—¿Y quién te va a creer? —Aurora se encogió de hombros—. Vos sos la más joven, la más linda, la que viene de abajo. Siempre fuiste la oveja negra. ¿Quién va a dudar que esto fue idea tuya?

Rosana sintió que el mundo se le venía abajo. Pero también sintió algo más. Algo que no quería admitir. Una cosquilla caliente en el vientre. Una curiosidad malsana.

—Bueno —dijo, finalmente—. Juego.

—¡Eso! —gritó Mirta, aplaudiendo—. Vamos a sortear.

Aurora revolvió las bolsas. La primera, la de los nombres de las madres. La segunda, los nombres de los hijos. La tercera, los lugares. La cuarta, los números.

—Ordenemos por edad —propuso Marta—. Empieza la más grande. O sea, yo.

Marta metió la mano en la primera bolsa. Sacó un papelito.

—Aurora Calabro —leyó, con una sonrisa malvada.

—Putísima madre —masculló Aurora—. Bueno, dale, seguí.

Marta metió la mano en la segunda bolsa. El papelito decía:

—Zacarías Garofa.

El color se le fue de la cara a Marta.

—Mi hijo —susurró.

—No, esperá —dijo Aurora—. Vos sacaste mi nombre de la primera bolsa. Eso significa que yo tengo que hacer lo que salga de las otras bolsas. Vos solo estás determinando mi destino.

—Ah, cierto —Marta respiró aliviada—. Entonces, para Aurora: con Zacarías.

Metió la mano en la tercera bolsa.

—Cine.

—¿Cine? —Aurora se rió—. ¿Me va a coger mi mejor amiga en un cine? Digo, el hijo de mi mejor amiga.

—Falta el número —dijo Mirta, impaciente.

Marta metió la mano en la cuarta bolsa.

—Cuatro.

El silencio fue sepulcral.

—Cuatro —repitió Rosana—. Eso significa que Aurora tiene que poner muchas trabas, hacerse la difícil, antes de que Zacarías se la coja.

—Bueno —Aurora tragó saliva—. Podría ser peor. Podría ser en la cama matrimonial. O en un hotel. O en un baldío. Cine es público. Eso lo hace más difícil para histeriquear.

—Ahora me toca a mí —dijo Mirta—. Yo soy la siguiente más grande.

Mirta metió la mano en la primera bolsa.

—Rosana Monzón.

Rosana palideció.

—No… no, por favor.

Mirta metió la mano en la segunda bolsa.

—Thiago Riesgo.

—¡Mi hijo! —exclamó Mirta, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Le tocó mi hijo a Rosana!

—Seguí —dijo Aurora, seria.

Mirta metió la mano en la tercera bolsa.

—Cogedero. Dice baldío o casa abandonada.

—¡Dios mío! —gimió Rosana.

Mirta metió la mano en la cuarta bolsa.

—Dos.

—Dos —repitió Aurora—. «Ella provoca y después muestra dudas». O sea, Rosana primero calienta a Thiago y después se hace la que tiene dudas.

—Ahora vos, Aurora —dijo Marta.

Aurora metió la mano en la primera bolsa.

—Mirta Riesgo.

—¡Yo! —exclamó Mirta—. ¿Qué me toca?

Aurora metió la mano en la segunda bolsa.

—Lia Calabro.

—La hija —susurró Marta—. La que no tiene hijo.

—La putita del barrio, dicen —agregó Mirta—. Pero nadie sabe.

—Bueno —Aurora respiró hondo—. Sigo.

Metió la mano en la tercera bolsa.

—Cama matrimonial.

—¿La cama de quién? —preguntó Rosana.

—De quien corresponda —dijo Aurora—. Supongo que de la casa donde se concrete.

Metió la mano en la cuarta bolsa.

—Tres.

—Tres —dijo Marta—. «Provoca y dice que no deberían hacerlo». Mirta va a calentar a Lía y después le va a decir que esto está mal.

Todas miraron a Rosana.

—Te toca —dijo Mirta.

Rosana, temblando, metió la mano en la primera bolsa.

—Marta Garofa.

—¡Yo! —exclamó Marta—. ¡Qué me toca a mí!

Rosana metió la mano en la segunda bolsa.

—Damián Monzón.

El nombre de su propio hijo.

—No… no, por favor, no…

—Seguí —dijo Aurora, sin piedad.

Rosana metió la mano en la tercera bolsa.

—Hotel.

—Hotel —repitió Mirta—. Elegante.

Rosana metió la mano en la cuarta bolsa.

—Uno.

—Uno —dijo Marta—. «Ella toma la iniciativa». Fácil. No te hagas la dramática, Rosana. Tenés que provocar a tu hijo y cogértelo sin vueltas.

—¿Fácil? —Rosana casi gritó—. ¿Cogerme a mi hijo en un hotel es fácil?

—Para vos debería serlo —sonrió Marta—. Lo tuviste a los dieciséis. Seguro que cuando era chiquito lo bañabas, lo cambiabas… esto no es muy diferente.

—¡Es totalmente diferente!

—Bueno, chicas —interrumpió Aurora—. Ya tenemos los destinos. Ahora hay que cumplir.

Las cuatro amigas se miraron en silencio mientras los papelitos crujían en sus manos, cada una digiriendo el destino que el azar les había impuesto. Los resultados quedaron grabados en sus mentes como una sentencia:

A Aurora le había tocado Zacarías, el hijo de Marta. Lugar: un cine. Grado cuatro. Esa maldita cifra significaba que ella tendría que poner todas las trabas posibles, hacerse la difícil, resistirse hasta el último segundo, fingir que no quería mientras su cuerpo pedía a gritos que ese chico gordito y fuerte la partiera al medio. Iba a decir que no, que no podía, que era pecado, que la iban a ver, y él tendría que insistir, romperle las excusas una por una, hasta terminar cogiéndola en el baño sucio del cine.

Rosana, pálida como un fantasma, sostenía su papelito como si pesara una tonelada. Le había tocado Thiago, el hijo tímido de Mirta. Lugar: un baldío, una casa abandonada llena de polvo y ratas. Grado dos. Ella tendría que provocarlo primero, calentarlo con besos y caricias, hacer que se le parara esa pija flaca de virgen, y después, justo cuando él estuviera a punto de meterla, mostrar dudas, hacerse la que no estaba segura, decir «no sé si deberíamos» mientras su concha chorreaba de ganas.

Mirta, en cambio, sonreía con picardía. Le había tocado Lía, la hija de Aurora. Lugar: la cama matrimonial de los padres. Grado tres. Ella tendría que calentar a esa putita rellenita, lamerle las tetas, meterle los dedos, y al mismo tiempo decir que no deberían, que estaba mal, que era la hija de su amiga, poner peros y mostrar culpa mientras su lengua no paraba de chuparle la concha. Una contradicción andante.

Y Marta, la más grande, la más experimentada, la que ya había probado todo, había sacado a Damián, el hijo de Rosana. Lugar: un hotel. Grado uno. Nada de vueltas, nada de hacerse la difícil. Ella tenía que tomar la iniciativa sin titubear, ir directo al grano, desnudarse y abrir las piernas sin una sola excusa. El único grado fácil, pero quizás el más peligroso, porque no había teatro que escondiera el deseo.

El juego estaba servido. Cada una sabía lo que tenía que hacer. Y el sábado a la noche, todas iban a cumplir.

—¿Cuándo? —preguntó Mirta.

—Este fin de semana —dijo Marta—. El sábado a la noche. Cada una va a tener que hacer lo que le tocó. Sin excusas. Sin escapatorias.

—¿Y si alguien no cumple? —preguntó Rosana.

—Entonces —Marta sonrió, mostrando sus dientes perfectos—, esa persona va a tener que contarles a sus hijos lo que iba a hacer. Y va a tener que hacerlo igual. Pero con testigos.

Las cuatro se miraron. La apuesta estaba hecha.

—Salud —dijo Aurora, levantando su copa.

—Salud —respondieron las otras tres.

El vino bajó caliente por las gargantas. Y en cada una de ellas, una mezcla de miedo y excitación comenzaba a crecer.

Capítulo 2: La noche en el cine (Aurora y Zacarías – Grado 4: ella pone trabas)

El sábado llegó más rápido de lo que Aurora hubiera querido. Las últimas cuarenta y ocho horas habían sido un infierno de nervios y anticipación. No podía dejar de pensar en Zacarías, el hijo de Marta, ese chico gordito pero fuerte, retraído, que según su madre se pasaba el día pajeándose y que tenía una verga enorme.

—No, pará —se dijo a sí misma frente al espejo—. Es el hijo de tu amiga. Tiene diecinueve años. Vos tenés cuarenta y cuatro. Sos una mujer adulta. Esto está mal.

Pero su cuerpo no pensaba igual. Sus pezones se endurecían cada vez que imaginaba la situación. Su concha se humedecía cuando pensaba en ese cine oscuro, en las manos de Zacarías sobre su piel, en esa verga enorme que según Marta…

—Aurora, ¿estás lista? —la voz de su hija Lía la sacó de sus pensamientos.

—Sí, mi amor, ya salgo.

Lía entró al cuarto. Tenía veintiún años, era bajita, rellenita, con un culo que parecía hecho para ser cogido y unas tetas que cualquier mujer mataría por tener. Pero lo más peligroso era su boca: labios carnosos, siempre húmedos, que parecían estar esperando una pija.

—¿Adónde vas, mamá?

—Al cine, con las chicas.

—¿Otra vez? —Lía sonrió—. Se la pasan de joda. ¿Y papá?

—Tu papá está en Madrid, como siempre.

—Ah. Bueno, que te diviertas.

Aurora miró a su hija. Sabía que Mirta había sacado el papelito de Lía. Sabía que en algún momento, su hija iba a ser parte de este juego. Y aunque le daba asco, también sentía una curiosidad enfermiza.

—Sí —dijo, finalmente—. Que me divierta.

El cine era un lugar viejo del centro, de esos que ya casi nadie visita. Aurora había elegido la función de las once de la noche, una película de terror que aseguraba poca gente. Cuando llegó, Zacarías ya estaba esperando en la entrada, con las manos en los bolsillos, mirando el piso.

—Hola, Zacarías.

—Hola, señora Aurora.

—No me digas señora, que me haces sentir vieja.

—Perdón… Aurora.

—Mejor. ¿Listo para ver la película?

—Sí… pero no sé muy bien por qué mi mamá me dijo que tenía que venir con usted. Dijo que era importante, que tenía que hacerle un favor.

—Es un favor, sí —Aurora sonrió, tratando de mostrarse tranquila—. Tu mamá y yo tenemos una apuesta. Y vos sos parte de ella.

—¿Una apuesta?

—Ya te explico. Vamos, compremos las entradas.

Compraron dos entradas, un balde de pochoclo y una gaseosa gigante. Entraron a la sala oscura. Como esperaba, había poca gente: dos parejas en las primeras filas y un viejo dormido en la última.

Aurora eligió una fila del medio, bien alejada de todos. Se sentó, y Zacarías se sentó a su lado, dejando el balde de pochoclo entre ellos.

—¿De qué trata la película? —preguntó él.

—No sé. Pero no vine a ver la película.

Zacarías la miró, confundido.

—¿Entonces?

Aurora respiró hondo. El número cuatro significaba que tenía que poner trabas, hacerse la difícil. Pero al mismo tiempo, sabía que al final iba a terminar cogiendo con él. Era cuestión de representar bien su papel.

—Zacarías, ¿alguna vez estuviste con una mujer?

El chico se puso rojo como un tomate.

—Bueno… sí… quiero decir, no exactamente…

—¿Te la pajearon alguna vez?

—¡Aurora!

—No te hagas el inocente. Tu mamá me contó que te pasás el día pajéandote. Que tenés una verga enorme.

—¡Eso no es cierto! —pero su tono era débil.

Aurora puso su mano sobre la pierna de Zacarías. Sintió cómo el músculo se tensaba bajo sus dedos.

—Mirá, te voy a ser sincera. Tu mamá, Mirta, Rosana y yo hicimos una apuesta. Cada una tiene que hacer algo con el hijo de otra. A mí me tocó hacerlo con vos. Pero el número que saqué es cuatro. Eso significa que tengo que poner muchas excusas antes de dejarme coger.

—¿Excusas?

—Sí. Tengo que decir que no, que esto está mal, que no deberíamos… pero al final, te voy a terminar dando todo. Es parte del juego.

—¿Y entonces por qué no lo hacemos directamente?

—Porque el juego tiene reglas. Y yo tengo que cumplirlas.

Zacarías no entendía muy bien, pero la mano de Aurora seguía en su pierna, subiendo lentamente.

—Pero… —dijo Aurora, con voz temblorosa, como si estuviera luchando consigo misma—. Esto está mal. Soy amiga de tu mamá. Tengo cuarenta y cuatro años. Vos tenés diecinueve…

—¿Y?

—Y no deberíamos. Es un pecado. Es una locura.

Mientras decía esto, su mano ya estaba desabrochándole el cinturón. Zacarías la miró, sin saber si creerle.

—Decís que no deberíamos, pero me estás tocando —dijo él.

—Porque no puedo evitarlo —gimió ella, mientras metía la mano dentro de su pantalón y encontraba esa verga enorme, caliente, dura como una piedra—. Dios mío, qué pija. Pero no… no, tenemos que parar.

—¿Parar? —Zacarías estaba confundido—. Acabás de agarrármela.

—Lo sé, lo sé —dijo Aurora, sin soltar—. Pero es que… ay, no sé. No puedo. Bueno, un poco sí. Pero después paramos.

Se inclinó y comenzó a lamerle el cuello, mientras su mano seguía acariciando la verga. Zacarías gimió.

—Aurora, no entiendo si querés o no querés.

—Las dos cosas —susurró ella—. Quiero pero no quiero. No debería pero voy a hacerlo igual. Pero primero tengo que hacerme la difícil, ¿entendés?

—No entiendo nada.

—No importa. Dejate llevar.

Bajó su cabeza lentamente, mientras con una mano seguía acariciando esa pija monstruosa. Cuando llegó a la altura de su bragueta, tiró del cierre y la verga saltó hacia afuera, enorme, venosa, con la cabeza morada y brillante.

—Qué belleza —dijo Aurora—. Pero no… no puedo. Es demasiado grande. Me va a lastimar.

—¿Me la vas a chupar o no? —preguntó Zacarías, ya impaciente.

—Ay, no sé… bueno, un poquito nomás.

Abrió la boca y metió la cabeza, apenas un poco. La chupó suavemente, y luego la sacó.

—No, no, esto está mal. Tu mamá se va a enterar.

—Mi mamá nos mandó —dijo él.

—Igual está mal. Pero… bueno, un poco más.

Volvió a meterla, esta vez más profundo. Zacarías gimió, arqueando la espalda. Su pija era tan grande que Aurora sentía que le llegaba hasta la garganta.

—Ay, Dios —dijo, sacándola—. No puedo. Es demasiado. Me vas a llenar toda la boca de leche.

—¿Y eso es malo?

—Sí, porque después me voy a querer venir yo también. Y no puedo. Tengo que irme.

Pero no se fue. Volvió a chupar, esta vez con más ganas. Zacarías, sintiendo que se venía, la agarró de la cabeza.

—Me voy a venir —dijo.

—No, esperá —dijo Aurora, soltándolo—. No acá. En el baño. Vamos al baño.

—¿Al baño?

—Sí, porque acá nos pueden ver. Y si nos ven, después voy a tener más excusas para no seguir.

Fueron al baño de hombres, que estaba vacío y sucio. Aurora se arrodilló frente a él y volvió a chuparle la pija, pero esta vez no se detuvo. Lo chupó hasta que Zacarías se vino en su boca, y ella tragó todo.

—Bueno —dijo, levantándose—. Ya está. Ya cumplí.

—¿Cómo que ya está? —protestó Zacarías—. Todavía no te cogí.

—Porque no quiero —dijo Aurora, con una sonrisa falsa—. Está mal. No deberíamos.

—Pero vos misma dijiste que al final iba a pasar.

—Dije que al final, pero no dije cuándo. El juego dice que tengo que poner trabas. Y las estoy poniendo.

Zacarías la miró, frustrado. Su pija seguía dura.

—No seas así —dijo—. Terminemos esto.

—No sé… —Aurora se mordió los labios, fingiendo dudar—. Está muy mal. Pero si vos insistís mucho…

—Insisto —dijo él, acercándose.

—Bueno… pero rápido. Y solo una vez.

Se dio vuelta y se apoyó contra la pared, levantándose la pollera. Zacarías se acercó y le bajó las bombachas. Su culo grande y blanco brillaba en la penumbra.

—¿Estás segura? —preguntó él.

—No —dijo ella—. Pero hace lo que tengas que hacer.

Zacarías guio su pija hacia la entrada de su concha, húmeda y caliente. Aurora gimió cuando sintió la cabeza presionando.

—Esperá —dijo ella, de repente—. No por la concha. Por el culo.

—¿Por el culo?

—Sí. Si voy a pecar, que sea completo. Pero después me voy a arrepentir toda la vida.

Él obedeció. Apuntó hacia su culo y empujó. Aurora gritó, un grito de dolor y placer.

—Duele —dijo—. Pero seguí. Así me castigo por estar haciendo esto.

Zacarías comenzó a moverse, lento al principio, después más rápido. Aurora gemía, se quejaba, decía que no deberían, pero su culo apretaba su pija con fuerza.

—Me voy a venir —dijo él.

—Dentro —ordenó ella—. Venité dentro de mi culo. Así después tengo que limpiarme y me acuerdo de lo mal que estuvo.

Él se vino, llenándola. Cuando terminó, Aurora se enderezó, con el semen escurriéndose por sus piernas.

—Bueno —dijo, con voz seria—. Ya está. Ahora no me hables más. Esto no pasó.

—Pero…

—No pasó. Y si alguien pregunta, yo me resistí todo lo que pude.

Zacarías sonrió. Había entendido el juego.

—Claro —dijo—. Te resististe mucho.

—Demasiado —confirmó Aurora, limpiándose con un papel—. Casi no lo lograste.

Y salió del baño, dejando a Zacarías solo, con la pija todavía húmeda y una sonrisa en la cara.

Capítulo 3: El baldío del destino (Rosana y Thiago – Grado 2: ella provoca y muestra dudas)

Rosana Monzón había pasado la semana entera tratando de encontrar una excusa para no cumplir. Pero cada vez que llamaba a Marta, Marta le recordaba las consecuencias.

—Si no cumplís, le decimos a Damián que vos organizaste todo. Que vos pusiste los nombres en las bolsas. Que vos querías coger con él.

—¡Pero es mentira!

—¿Y quién le va a creer a la que viene de la villa, eh? ¿A la que se embarazó soltera? ¿O a nosotras, las señoras bien de la zona norte?

Rosana no tenía salida. El sábado a la noche, vestida con ropa vieja para no llamar la atención, tomó el auto y fue a buscar a Thiago, el hijo de Mirta.

Thiago era un chico flaco, tímido, no muy agraciado. Tenía dieciocho años pero no los aparentaba, con esa cara de nene bueno que daban ganas de abrazarlo.

—Hola, señora Rosana —dijo, cuando subió al auto.

—Hola, Thiago. ¿Tu mamá te explicó algo?

—Dijo que tenía que hacerle un favor. Que usted me iba a decir.

—Sí. Te voy a decir.

Manejaron hasta un baldío en las afueras, una casa abandonada que había sido de algún familiar de Marta. Estaba en ruinas, con las ventanas rotas y el techo a punto de caerse.

—¿Acá? —preguntó Thiago, con miedo.

—Acá.

Entraron. El lugar olía a humedad, a orín, a abandono. Había una cama vieja en el medio de lo que había sido la sala, con el colchón roto y manchado.

—Sentate —dijo Rosana.

Thiago obedeció. Rosana se paró frente a él, respirando hondo. El número dos era «ella provoca y después muestra dudas». Tenía que calentarlo y después hacerse la que no estaba segura.

—¿Sabés lo que es coger, Thiago?

El chico se puso rojo.

—Bueno… sí… en teoría.

—¿En teoría? ¿Nunca lo hiciste?

—No. Bueno, una vez, con una compañera, pero no llegó… no pude.

—¿No pudiste?

—Me puse nervioso. No se me paró.

Rosana sintió una mezcla de lástima y excitación. Este chico era un virgen. Un virgen tímido y torpe. Y ella tenía que provocarlo.

—No importa —dijo, sentándose a su lado—. Acá no hay apuro. Acá es solo nosotros.

—¿Qué tenemos que hacer?

—Yo te voy a mostrar. Pero primero… no sé si está bien.

—¿Qué no está bien?

—Esto. Vos y yo. Acá. Solos.

Mientras decía eso, su mano ya estaba acariciando su pierna. Thiago la miró, confundido.

—Pero si me está tocando…

—Porque no puedo evitarlo —dijo ella, con voz temblorosa—. Pero no sé si debería.

Comenzó a desabrocharle la camisa, lentamente. Thiago temblaba como una hoja. Cuando sus manos tocaron su pecho flaco, él cerró los ojos.

—No tengas miedo —susurró ella—. Relajate.

Bajó su mano hasta su pantalón y sintió que, efectivamente, no había nada duro ahí adentro. Pero no importaba. Ella tenía un plan.

—Vení —dijo, acostándose en el colchón sucio—. Acostate al lado mío.

Thiago se acostó, rígido. Rosana se giró y comenzó a besarlo, suavemente, en los labios. Él no respondía al principio, pero poco a poco, sus labios comenzaron a moverse.

—Así —dijo ella—. Besame como si te gustara.

El beso se volvió más intenso. Rosana metió su lengua en su boca, y él la siguió, torpe pero ansioso. Mientras lo besaba, su mano bajó hasta su pija, que comenzaba a endurecerse.

—¿Ves? —dijo, separándose—. Sí podés.

—Es… es porque usted me gusta.

—No me digas usted, que me haces sentir vieja. Decime Rosana.

—Rosana.

—Mejor.

Ella se incorporó y se sacó la remera. Sus tetas, firmes a pesar de haber amamantado a Damián, quedaron al descubierto. Thiago las miró con los ojos abiertos como platos.

—Querés tocarlas, ¿no?

Él asintió, tragando saliva. Rosana tomó sus manos y las puso sobre sus senos.

—Son suaves —dijo él, casi sin voz.

—Son tuyas esta noche… aunque no sé si debería dejar que las toques.

—¿Por qué no?

—Porque soy la amiga de tu mamá. Porque tengo treinta y cuatro años y vos dieciocho. Porque esto está mal.

Mientras decía esto, su mano guiaba la de él para que apretara sus pezones.

—Pero si vos misma me pusiste la mano —dijo Thiago.

—Porque soy débil —gimió ella—. No puedo resistirme. Pero debería.

Se inclinó y tomó un pezón en su boca. Comenzó a chupar, mientras su mano bajaba hasta su propia concha, que ya estaba empapada.

—Ay, Thiago —dijo, levantando la cabeza—. No sé si seguir.

—¿Por qué?

—Porque si seguimos, después te voy a querer coger. Y no puedo. No debo.

—Pero usted me está provocando —dijo él, confundido.

—Lo sé. Es más fuerte que yo.

Se paró y se bajó la pollera y las bombachas, mostrando su concha depilada y húmeda. Se acostó en el colchón y abrió las piernas.

—Mirá lo que me hiciste —dijo, señalando su concha—. Estoy toda mojada. Pero no sé si quiero que me cojas.

—¿Entonces por qué me muestra?

—Porque quiero que veas lo que me pasa. Pero no sé si quiero que hagas algo al respecto.

Thiago la miró, sin saber qué hacer. Su pija estaba dura, apuntando hacia arriba.

—¿Qué hago? —preguntó.

—No sé —dijo Rosana, con voz entrecortada—. Una parte de mí quiere que me cojas. La otra parte dice que está mal.

—¿Y qué parte gana?

—Por ahora, la que dice que está mal. Pero si vos insistís… si vos me decís que no importa…

—No importa —dijo él, acercándose.

—¿Estás seguro? —preguntó ella, con los ojos brillantes.

—Sí.

—Bueno… pero si después me arrepiento, no me digas nada.

Thiago se colocó sobre ella, su pija flaca apuntando a su concha. Rosana lo guio, lentamente, hasta que la cabeza tocó la entrada.

—Esperá —dijo ella, de repente—. No sé.

—Otra vez con las dudas —dijo él, frustrado.

—Es que me da miedo. Pero… bueno, dale. Pero rápido.

Él empujó y entró. Rosana gimió, apretando sus piernas alrededor de su cintura.

—Ay, Dios —dijo—. Qué bien se siente. Pero no debería.

—Cállese —dijo Thiago, comenzando a moverse.

—No me digas «cállese». Decime «callate».

—Callate —dijo él, aumentando el ritmo.

Rosana se dejó coger, gimiendo, diciendo que no deberían, que estaba mal, que después se iba a arrepentir. Pero su concha apretaba su pija con fuerza, y sus gemidos eran cada vez más fuertes.

—Me voy a venir —dijo él.

—Dentro —ordenó ella—. Venité dentro de mí. Llename la concha de leche.

Él se vino, llenándola. Rosana sintió cómo su propio orgasmo la sacudía, más fuerte de lo que esperaba.

Cuando terminaron, quedaron acostados, sudados, mirando el techo roto.

—Gracias —dijo Thiago, en voz baja.

—No me agradezcas —respondió ella—. Esto es un juego. Y el juego recién empieza.

Pero mientras decía eso, no podía dejar de pensar en su propio hijo, Damián, y en lo que le esperaba en el hotel.

Capítulo 4: La cama matrimonial (Mirta y Lía – Grado 3: ella provoca y dice que no deberían)

Mirta Riesgo no podía creer su suerte. Le había tocado Lía, la hija de Aurora, esa putita del barrio que todos miraban pero nadie tocaba. Y además, el grado era tres: «ella provoca y dice que no deberían hacerlo». Tenía que calentar a Lía y al mismo tiempo poner peros, mostrar culpa.

La cita era en la casa de Aurora, en la cama matrimonial de los padres. Mirta llegó puntual, con un vestido rojo que marcaba sus curvas generosas y un perfume que dejaba rastro.

—Hola, Mirto —dijo Lía, abriendo la puerta—. Mi mamá me dijo que tenías que verme.

—Sí, mi amor. ¿Está tu mamá?

—Salió. Dijo que volvía tarde.

—Perfecto.

Mirta entró y cerró la puerta. Lía la miró, confundida.

—¿De qué se trata?

—Vamos a tu cuarto.

—¿Mi cuarto? Pero mi mamá dijo la cama…

—La cama matrimonial —la interrumpió Mirta—. La de tus viejos.

Lía la miró, sin entender. Pero algo en la mirada de Mirta le dijo que no era momento de preguntar.

Fueron al cuarto principal, una habitación enorme con una cama de dos plazas y medio. Mirta se sentó en el borde y palmeó el colchón.

—Sentate.

Lía obedeció. Mirta la miró de arriba abajo, evaluándola. Tenía razón: era una putita. Bajita, rellenita, con un culo que pedía a gritos ser cogido y unas tetas que parecían a punto de reventar el escote.

—¿Sabés lo que vamos a hacer? —preguntó Mirta.

—No.

—Vamos a tener sexo. Pero no sé si deberíamos.

—¿Cómo que no sabe si deberíamos? —preguntó Lía—. Usted vino a mi casa, me llevó al cuarto de mis viejos…

—Lo sé —dijo Mirta, suspirando—. Es que sos muy chica. Y soy amiga de tu mamá. Esto está muy mal.

Mientras decía esto, su mano ya estaba acariciando el brazo de Lía.

—Pero si me está tocando —dijo Lía.

—Porque no puedo evitarlo. Sos muy linda. Pero no debería.

Mirta se acercó y comenzó a besarle el cuello. Lía gimió, cerrando los ojos.

—Ay, Mirta…

—Shh —dijo Mirta, sin dejar de lamer—. No digas nada. Disfrutá, pero después nos vamos a arrepentir.

—¿Por qué?

—Porque esto no está bien. Vos sos la hija de mi amiga. Tengo treinta y nueve años. Vos veintiuno.

—¿Y?

—Y no debería estar haciéndote esto.

Pero su mano ya estaba desabrochándole la blusa. Lía la dejó hacer, sintiendo cómo los dedos de Mirta recorrían su piel.

—Qué tetas lindas —dijo Mirta—. Pero no debería tocarlas.

Las tocó igual. Las acarició, las apretó, mientras Lía gemía.

—Chupamelas —pidió Lía.

—No —dijo Mirta—. No debería.

Pero se inclinó y tomó un pezón en su boca. Lo chupó, lo mordió suavemente, mientras Lía se retorcía.

—Ay, Mirta… —gemía Lía.

—Callate —dijo Mirta, levantando la cabeza—. Que me estás haciendo sentir culpable.

—¿Culpable por qué?

—Porque me gusta. Porque quiero seguir. Porque no debería.

Mirta se paró y comenzó a desvestirse, lentamente, mostrando su cuerpo gordito y voluptuoso. Sus tetas grandes cayeron hacia adelante cuando se sacó el corpiño, y su concha, gorda y peluda, asomó cuando se bajó las bombachas.

—Mirá lo que me hiciste —dijo, señalando su concha—. Estoy toda mojada. Pero no sé si quiero que hagas algo.

—¿Entonces por qué se desnuda? —preguntó Lía.

—Porque soy una puta. Porque no puedo controlarme. Pero después me voy a odiar.

Se acostó en la cama y abrió las piernas.

—Vení —dijo—. Chupame. Pero después no me digas que no te advertí.

Lía se acercó y metió la cara entre sus piernas. Su lengua encontró el clítoris y comenzó a lamer, lento al principio, después más rápido.

—Así, así —gemía Mirta—. Pero no debería estar disfrutando esto.

—¿Por qué no?

—Porque sos la hija de Aurora. Porque te conozco desde chiquita. Porque esto es una locura.

Mientras decía esto, sus manos agarraban la cabeza de Lía, empujándola contra su concha.

—Más fuerte —pidió—. Chupame más fuerte. Pero después me voy a sentir mal.

Lía obedeció, metiendo dos dedos dentro de ella. Mirta gimió, arqueando la espalda.

—Me voy a venir —dijo—. No, esperá. No debería.

—Déjese venir —dijo Lía, sin dejar de lamer.

—No, no… bueno, dale.

El orgasmo la sacudió, violento, mientras Lía seguía chupando. Cuando terminó, Mirta quedó temblando.

—Bueno —dijo, cuando pudo hablar—. Ya está. No deberíamos seguir.

—¿Cómo qué no? —protestó Lía—. Recién empezamos.

—Es que esto está muy mal. Ya me vine. Ya está.

—Pero yo no —dijo Lía—. Usted me calentó y ahora me deja así.

Mirta la miró. Su cuerpo pedía más, pero el grado tres la obligaba a seguir con el papel.

—Tenés razón —dijo, suspirando—. Soy una egoísta. Te calenté y ahora te dejo colgada. Pero no sé si podemos seguir.

—Podemos —dijo Lía, acostándose a su lado.

—Está mal.

—Lo sé.

—Muy mal.

—También lo sé.

—Bueno —dijo Mirta, finalmente—. Una vez más. Pero después paramos.

Abrió el cajón de la mesa de luz y sacó un consolador enorme, de esos que parecían una pija de verdad.

—Tu mamá lo guarda —dijo, riéndose—. Ahora lo vamos a usar.

—¿Yo se lo meto a usted?

—No. Vos te lo ponés. Yo te lo voy a meter.

—¿A mí?

—Sí. Te voy a coger con esto. Pero no debería.

Lía se acostó boca arriba, abriendo las piernas. Mirta se colocó entre ellas, el consolador en la mano.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Sí —dijo Lía.

—Yo no —dijo Mirta—. Pero igual lo voy a hacer.

Guio el consolador hacia la entrada de su concha y empujó. Lía gimió cuando sintió cómo la llenaba.

—Ay, Mirta…

—Shh —dijo Mirta, moviéndolo—. Disfrutá, pero no digas nada. Porque si decís algo, me doy cuenta de lo mal que está esto.

Comenzó a moverlo, entrando y saliendo, cada vez más rápido. Lía gemía, se retorcía, se venía.

—Me voy a venir —dijo Lía.

—Venite —ordenó Mirta—. Vente en esta pija de plástico. Así después podemos decir que no fue real.

Lía gritó cuando el orgasmo la sacudió, su concha apretando el consolador. Mirta siguió moviéndolo hasta que ella terminó.

—Bueno —dijo Mirta, sacando el consolador—. Ya está. Esto no pasó.

—¿Cómo que no pasó?

—No pasó. Y si alguien pregunta, yo te dije que no deberíamos. ¿Entendés?

—Entiendo —dijo Lía, sonriendo.

—Bien. Ahora vestiste. Tu mamá no puede enterarse.

—¿Enterarse de qué? —preguntó Lía, con picardía.

—De nada. De esto no pasó nada.

Pero ambas sabían que había pasado.

Capítulo 5: El hotel – La bestia desatada (Marta y Damián – Grado 1)

El hotel era un lugar discreto en las afueras, de esos que alquilan por hora y no hacen preguntas. Marta había llegado primero, con el cuerpo vibrando de anticipación. Sabía que el grado uno significaba que ella debía tomar la iniciativa, pero lo que no sabía era que Damián, el hijo de Rosana había llegado con una sed de putas y poder que ninguno de ellos esperaba.

Damián entró a la habitación sin golpear. La puerta se cerró de golpe detrás de él. No dijo nada. Solo miró a Marta, desnudándola con los ojos, y una sonrisa torcida se dibujó en su cara.

—Así que vos sos la que quiere coger conmigo —dijo, con una voz grave que no parecía de un pibe de dieciocho años.

—El juego dice que yo tomo la iniciativa —respondió Marta, tratando de mantener el control—. Pero si vos querés…

—No —la interrumpió él, acercándose—. El juego dice que vos tomás la iniciativa. Pero acá mando yo.

Marta sintió un escalofrío. Había algo en los ojos de Damián que no había visto antes. Algo oscuro, animal.

—Sacate la ropa —ordenó él.

—Pero…

—Sacátela. Ahora.

Marta obedeció. Comenzó a desvestirse lentamente, pero Damián no estaba de humor para lentitudes. Se acercó y le arrancó el vestido de un tirón, rompiendo la tela fina.

—Eso costó…

—No me importa.

La empujó contra la pared, haciéndola caer de rodillas. Sin mediar palabra, desabrochó su pantalón y sacó su verga, enorme, duro, con las venas marcadas como cuerdas.

—Abrí la boca.

Marta lo miró, sorprendida. Pero algo en la mirada de Damián la hizo obedecer. Abrió la boca y él metió su pija hasta el fondo, sin contemplaciones, haciéndola gaguear.

—Chupá —dijo, agarrándole la cabeza con ambas manos—. Chupá como la puta que sos.

Ella chupó, con lágrimas brotando de sus ojos por la falta de aire. Damián comenzó a moverse, empujando su verga en su garganta una y otra vez, sin piedad.

—Así me gusta —gruñó—. Una puta de cuarenta y seis años, chupándome la pija como si fuera su último día.

Marta no podía respirar. Sentía que se ahogaba, pero él no paraba. La tuvo así varios minutos, hasta que sintió que se venía. Pero no se vino en su boca.

La soltó de golpe, y ella cayó al piso, tosiendo, con la cara bañada en lágrimas y saliva.

—Parate —ordenó él.

Ella se paró, temblando. Damián la tomó del brazo y la arrojó sobre la cama, boca abajo.

—Te voy a romper el culo —dijo, con una calma aterradora—. Y te voy a hacer llorar como una nena.

—Damián, por favor… —intentó decir ella.

—Callate.

Le dio una nalgada tan fuerte que el sonido retumbó en toda la habitación. La mano de él dejó una marca roja en su piel blanca.

—¡Ay! —gritó Marta.

—Callate, puta.

Otra nalgada. Y otra. Y otra. Damián no paraba. Le dio diez, quince, veinte nalgadas, hasta que el culo de Marta estaba rojo, hinchado, ardiente. Ella lloraba, suplicaba, pero él no se detenía.

—¿Vas a ser una buena puta? —preguntó, deteniéndose.

—Sí, sí, lo que vos quieras, pero no me pegues más en el culo —sollozó ella.

—Bien.

Escupió en su mano y se untó la pija. No usó lubricante. No le importaba. Se colocó detrás de ella, alineó su verga con su culo, y empujó.

Marta gritó. No era un gemido de placer. Era un alarido de dolor puro, porque la pija de Damián entraba a la fuerza, abriendo su esfínter sin miramientos.

—Duele, duele, es muy grande tu pija—lloraba ella.

—Me importa un carajo.

Siguió empujando hasta que toda la verga estuvo adentro. Marta sentía que se desgarraba, que su culo no podía aguantar semejante tamaño, pero él estaba adentro, inmóvil, disfrutando de verla retorcerse.

—Empezá a moverte, puta —dijo él—. Cogeme vos.

—No puedo…

—PODÉS. Y una lluvia de nalgadas, dieron basamento a la orden.

Ella comenzó a moverse, lentamente, con cada movimiento un lamento. Damián se quedó quieto, dejándola hacer todo el trabajo, mientras sus manos la agarraban de las caderas con fuerza, dejando moretones.

—Más rápido —ordenó.

Ella obedeció, gimiendo, llorando, mientras su culo roto se movía sobre esa verga que la destrozaba.

—Pará —dijo él, de repente.

Ella se detuvo. Damián la agarró del pelo y la giró, poniéndola boca arriba. Le abrió las piernas con violencia y se montó sobre ella.

—Ahora te voy a coger de verdad.

Y comenzó a embestirla. Pero no con suavidad. Cada embestida era un golpe seco, profundo, que hacía que Marta se estrellara contra la cabecera de la cama. Su pija entraba y salía de su concha, pero no era sexo: era una violación consentida, una sesión de castigo.

—¡Por favor! —gritaba Marta—. ¡Me estás matando!

—Callate y aguantá.

Le dio una bofetada. Y otra. La cara de Marta se hinchó, pero él no paró. La siguió cogiendo, dándole nalgadas en el culo ya amoratado, mientras ella lloraba sin consuelo.

—¿Te gusta, puta? —preguntó él, jadeando.

—Sí —admitió ella.

—Decilo más fuerte.

—¡Sí, me gusta!

—Decí: «soy una puta y me gusta que me rompan el culo».

—¡Soy una puta y me gusta que me rompan el culo! —gritó ella, entre sollozos.

Damián. Estaba cerca. Apretó los dientes y embistió con todas sus fuerzas, una, dos, tres veces, hasta que se vino dentro de ella, un chorro caliente que llenó su concha.

Pero no terminó ahí.

Sacó su pija, todavía dura, y la volvió a meter en el culo de Marta, que ya estaba con un finito hilo rojo en la parte de arriba.

—Una más —dijo—. Pero esta vez te voy a partir el culo.

Y la cogió por el culo, con la misma violencia, mientras Marta gritaba, lloraba, suplicaba que parara. Pero él no paró hasta que se vino otra vez, esta vez en su culo, mezclando semen con su culo revuelto.

Cuando terminó, se levantó y la miró desde arriba. Marta estaba hecha un trapo, llorando en boca abajo contra la almohada, con el culo marcado a nalgadas, la concha y el culo chorreando leche.

—Bueno —dijo Damián, mientras se subía los pantalones—. El juego dice que vos tomabas la iniciativa. Pero el que cogió fui yo.

Marta no respondió. Solo lloraba.

Damián se inclinó y le susurró al oído:

—Si querés repetir, decímelo. Pero la próxima te voy a dejar lisiada.

Salió de la habitación sin mirar atrás, dejando a Marta sola, destrozada, llorando en la cama del hotel.

Pero a pesar del dolor, a pesar de las lágrimas, una parte de ella —la parte más enferma, más perversa— ya estaba deseando que hubiera próxima vez.

Capítulo 6: El Balance – El debe, el haber y el saldo de un juego prohibido

Una semana después del hotel, las cuatro madres volvieron a reunirse en la mansión de Marta. Con más vino y menos risas. La sala estaba iluminada con velas, y el ambiente olía a sexo, a culpa, a deseo reprimido.

Marta llegó última. Aun dolorida y marcada, y en los ojos. sumisión nueva germinando.

Se sentaron en círculo, como brujas alrededor de un caldero.

—Bueno —dijo Aurora, rompiendo el silencio—. Todas cumplimos. Ahora quiero saber qué sintieron. Cada una va a contar. Sin mentiras. Sin pudores.

—¿Para qué? —preguntó Rosana, con la voz temblorosa.

—Para cerrar el círculo. Para que esto no quede guardado. Para que nos miremos a la cara y sepamos qué clase de putas somos.

Marta asintió, con una sonrisa torcida que descifraba un código que la aferraba.

—Empiezo yo —dijo.

Marta: «Me rompió el culo y me hizo suya»

—Ustedes creen que lo conoce a Damián. El hijo de Rosana, el pendejo lindo, el que todas miran. Pero no saben nada. Ese pibe es una bestia. Un animal. Yo llegué al hotel pensando que el grado uno era fácil, que yo iba a tomar la iniciativa, que lo iba a manejar. Me equivoqué.

—Apenas entró, me miró como si fuera un pedazo de carne. No me dejó hablar. Me arrancó el vestido, me tiró al piso, me metió la pija en la boca hasta que casi me ahogo. Y después me puso en cuatro y me rompió el culo. Sin lubricante, sin preguntar. Me dio nalgadas hasta que el culo me quedó negro. Me cogió por la concha y por el culo, alternando, sin parar, durante más de una hora. —

—¿Y vos? —preguntó Mirta, con los ojos abiertos—. ¿Qué hiciste?

—Lloré. Supliqué. Le pedí que pare. Pero él no paró. Cuanto más lloraba, más fuerte me cogía. Me dijo puta, me dijo perra, me escupió en la cara. Y yo… yo me vine. Me vine como nunca me había venido en mi vida. Cuando terminó, quedé tirada en la cama, reventada, con la concha llena de leche y el culo destrozado. Pero lo peor no fue eso.

—¿Qué fue lo peor? —preguntó Aurora.

—Que mientras me vestía, ya estaba deseando que volviera a cogerme.

Marta se recostó en el sillón, con las piernas abiertas, mostrando sin pudor las marcas violetas en sus muslos.

—Ese pendejo me marcó como una puta. Y yo quiero más.

Aurora: «Me hice la difícil pero él me partió igual»

—A mí me tocó Zacarías, tu hijo —dijo Aurora, mirando a Marta—. Grado cuatro: poner trabas, hacerme la difícil. Y lo hice. En el cine, le dije que no, que no podía, que era pecado, que tu amiga no podía coger con el hijo de otra. Pero mientras decía todo eso, le estaba chupando la pija. Una pija enorme, Marta. No exageraste.

—Me llevó al baño, me puso contra la pared, y me cogió. Pero yo seguía con el papel: «no, pará, está mal, nos van a ver». Y él, en lugar de parar, me daba más fuerte. Me cogió por la concha, me cogió por el culo, se vino adentro de los dos lados. Y yo, mientras gemía «no deberíamos», me estaba viniendo como una loca—

—¿Disfrutaste? —preguntó Mirta.

—Más de lo que debería. Me encantó que me cogiera a pesar de mis excusas. Me encantó que no me escuchara. Porque en el fondo, lo único que quería era que me sometiera. Y lo hizo.

Aurora se tocó la concha, aún húmeda de solo recordar.

—Zacarías es un toro. Y yo quiero repetir.

Rosana: «Provocar a un virgen y hacer que me cogiera»

—A mí me tocó Thiago —dijo Rosana, con la voz entrecortada—. Grado dos: provocar y después mostrar dudas. Lo llevé al baldío, a esa casa abandonada. Él estaba nervioso, nunca había cogido. Me dijo que no se le paraba. Entonces empecé a tocarlo, a besarlo, a lamerle la pija hasta que se puso dura como una piedra.

—Cuando lo tuve listo, empecé con las dudas: «no sé si deberíamos, soy la amiga de tu mamá, esto está mal». Pero mientras decía eso, me estaba abriendo las piernas. Él no entendía nada, pobre pibe. Pero yo lo guie. Le dije «metémela, pero rápido, antes de que me arrepienta». Y él me la metió—

—¿Cómo fue? —preguntó Marta.

—Torpe. Duró dos minutos. Pero fue tan intenso… Verlo venirse dentro de mí, con esa carita de nene bueno, mientras yo fingía dudar… me hizo sentir poderosa. Después le dije que no había pasado nada, que se olvidara. Pero sé que no se va a olvidar. Y yo tampoco.

Rosana bajó la cabeza, sonrojada.

—Quiero volver a hacerlo. Pero sin dudas. La próxima, lo voy a coger yo a él.

Mirta: «Le dije que no debía, mientras le metía los dedos»

—A mí me tocó Lía —dijo Mirta, con una sonrisa perversa—. Grado tres: provocar y decir que no deberíamos. La llevé a la cama matrimonial de Aurora, su propia cama. Y empecé a tocarla, a lamerle las tetas, a meterle los dedos. Ella gemía como una putita, y yo le decía «no deberíamos, soy amiga de tu mamá, esto está mal».

—¿Y ella? —preguntó Aurora.

—Ella me decía «seguí, no pares». Entonces saqué el consolador que vos guardás en el cajón, Aurora. Se lo metí en la concha, y después en el culo. Y mientras la cogía, le repetía «esto no está bien, después nos vamos a arrepentir». Pero no paraba de moverlo.

—¿Se vino? —preguntó Marta.

—Se vino tres veces. La última, gritó tan fuerte que seguro los vecinos escucharon. Después le dije que no había pasado nada, que se fuera a dormir. Pero al otro día me mandó un mensaje: «¿Cuándo repetimos?».

Mirta se rio, mostrando los dientes.

—Esa pendeja es más puta que todas nosotras juntas.

El círculo se cierra

Las cuatro madres se miraron en silencio. La sala olía a sexo, a sudor, a confesiones. Cada una había abierto su alma podrida.

—Bueno —dijo Marta, parándose con esfuerzo—. Ya sabemos qué clase de putas somos. Ahora, ¿qué hacemos?

—Yo quiero seguir —dijo Aurora.

—Yo también —dijo Mirta.

—Yo… —Rosana dudó—. Yo también.

—Entonces —Marta sonrió, mostrando los moretones de su cara—. Vamos a hacer un nuevo sorteo. Pero esta vez, sin reglas. Sin grados. Sin límites.

—¿Sin límites? —preguntó Rosana.

—Sin límites. Cada una va a coger con quien quiera, cuando quiera, como quiera. Y si alguien se queja, que se vaya. Pero acá nadie se va a quejar.

Las cuatro se miraron. En sus ojos brillaba la misma luz enferma.

—Esta noche —dijo Marta—. En mi cama. Todos juntos. Madres, hijos, todos. Y el que no venga, pierde.

—¿Pierde qué? —preguntó Aurora.

—Pierde el derecho a seguir siendo parte de esto.

Nadie dijo que no.

Esa noche, en la mansión Garofa, sonaron gritos, nalgadas, llantos, gemidos. La cama crujió hasta casi romperse. Cuatro madres, tres hijos, una hija. Todos mezclados, todos sudados, todos cogiendo sin parar.

Y cuando amaneció, no hubo culpa.

Solo hambre de más.

Tampoco hubo un escriba que tomara cuenta… es que luego de tanto regodeo… hasta las musas se fueron a masturbar.

FIN

Por Dolores38

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