Mi hermana da el mejor sexo anal

Mi hermana da el mejor sexo anal

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Nuestra respiración empezaba a acompasarse. El sudor de ambos se mezclaba bajo la sábana de mi cama, con mi brazo cruzado detrás de su cabeza, sentía una de esas oleadas de cariño por Nicole, quien descansaba su cabeza sobre mi pecho. El silencio de medianoche resaltaba los residuos de lo que acabábamos de hacer, y la luz de la lámpara iluminaba tenuemente nuestros rostros.

Sin embargo, bajo esa calma aparente, mi mente daba vueltas sobre lo mismo. Habíamos tenido un buen encuentro, pero una idea me obsesionaba desde hace días: quería sentirla completamente. Quería probar aquel paraíso del que todos hablaban.

—Amor… —murmuré, pasando mi mano libre por la espalda de Nicole, bajando lentamente hacia sus caderas, acariciando cada centímetro de su piel clara con la yema de mis dedos.

—¿Mmm? —respondió ella, medio dormida, buscando más comodidad en mi pecho.

— ¿Sabes…? Estaba pensando… ¿Y si intentamos algo diferente la próxima vez? —solté en tono casual, pero con mi pulso acelerándose.

—¿Diferente cómo? —levantó la cabeza, mirándome con esos ojos castaños que me encantaban.

—No sé… Tal vez… sexo anal.

Lo cierto era que ella me había consentido mucho desde que empezamos nuestro noviazgo. Había accedido sin problemas a cosas simples como deleitarme con sus suaves, tersos y bien cuidados pies, hasta complejidades como jugar a que ella era mi mamá. Me conocía bastante bien cuando se trataba de mis fantasías, sin embargo, el silencio se instaló en la habitación. No fue un silencio incómodo, sino uno un tanto cómico. Me miró un segundo más, analizando la propuesta con esa tranquilidad que la caracterizaba. No era la primera vez que se lo preguntaba.

—Amor… —soltó, con una voz suave pero firme, sin un ápice de duda—. Sabes que preferiría no probarlo por ahora…

Nunca le había insistido. Todas las veces que hice esa pregunta y se negó, no volvía a tocar el tema hasta varios encuentros después. Ahora sentí un pequeño impulso, una deseo de tantear un poco más, de no hacerme a un lado de forma tan sencilla.

—Dicen que es increíble… Es solo intentarlo. —dije pausadamente en un grave susurro. La frustración se asomaba con sutileza en mi voz.

—Bebé… Ya lo hablamos —suspiró ella, con un deje de cariño que buscaba calmarme, subiendo con delicadeza su mano para acariciar mi pecho con los dedos—. Estoy muy bien así, contigo. No compliquemos las cosas.

Los días pasaron, su negativa empezaba a causar una pequeña molestia. Había sido paciente con ella, le había dado tiempo y atención. Sé que es mi deber como novio, y también sé que ella siempre me lo ha recompensado: es amable, atenta, complaciente… Pero siempre hay una parte interior que es egoísta, que aún sabiéndose equivocada, te hace creer que mereces más y más.

El recreo en el colegio siempre se sentía como un momento distópico. Sentado en la última fila del aula, con un lapicero entre mis dedos y la mano apoyada en el cuaderno, escuchaba el bullicio afuera del aula, sin sentirme realmente parte él. A veces salía a dar unas vueltas, a veces me escondía en los baños, a veces (como hoy) prefería quedarme sentado en mi carpeta garabateando la última página de mis cuadernos o escribiendo algo sin un propósito fijo. Ya no podía pasar tanto tiempo con Nicole ahí, ya que el auxiliar sabía de nuestra relación y nos había prohibido dar indicios de ella en el colegio.

Justo ese día, el grupo de chicos con el que – muy de vez en cuando – me juntaba más para matar el tiempo que para pasarla genuinamente bien, había decidido quedarse en el salón. Para ellos yo era ese amigo que solo se les unía en momentos puntuales; para mí, ellos no eran más que compañeros de clase. Había una distancia invisible que me separaba de su forma de ver el mundo.

—Te digo que la flaca te deja loco en la primera hora —bostezaba Christian, apoyándose en el espaldar de su carpeta, mientras el resto del grupo se reía con una complicidad grosera—. Es una profesional, pero lo hace con unas ganas que parece que te odiara y te amara al mismo tiempo. Nadie te consiente la verga como ella. – Agregó despreocupadamente mientras se llevaba a la boca la cerveza que habían vaciado en una botella de gaseosa para pasar desapercibido.

Las conversaciones sobre chicas en ese grupo siempre giraban hacia el mismo terreno: la banalización absoluta del cuerpo, la carne desprovista de cualquier afecto. Por lo general, me aburría o me generaba un rechazo sutil, sin embargo, en ese preciso instante, con el eco fresco de la negativa de Nicole rondando en mi cabeza, las palabras de Christian golpearon de otra forma. El pulso se me aceleró.

—Sí, pero siempre te la acaparas para ti, imbécil —dijo otro de la mesa, codeando a Christian entre risas ahogadas mientras le quitaba la botella para darle un sorbo—. Llámate a otra este finde, a ver si le da tiempo para atendernos a nosotros.

Christian negó con la cabeza, como reafirmando su posición privilegiada como «cliente frecuente». Entonces, volteó a mirarme.

  • Hey Lu… ¿Dibujando a la profe Gabi otra vez?

Los demás se lanzaron a reír. A veces no sabía si era burla o complicidad. De cualquier forma me parecían unos estúpidos, pero nunca se habían metido conmigo, quizás solo por eso les tenía paciencia.

  • No Chris, hoy me encontraba dibujando a tu madre.

Los demás se lanzaron a reír incluso más. Él no se quedó atrás y dio unos leves aplausos mientras acompañaba las carcajadas.

  • Ven idiota, échate un trago con nosotros.
  • Ya sabes que no tomo.
  • Un traguito hombre… ¿O prefieres un juguito de mango?

Soltando un suspiro cerré mi cuaderno y lo metí bajo la carpeta. Pude ver esa sonrisa maliciosa en sus labios al confirmar que se salía con la suya. Me alcanzó la botella y entonces le di un sorbo…

  • Mierda… Sabe a culo… – Dije tosiendo y haciendo un gesto de asco. Simplemente no me gustaba el alcohol.
  • Mierda, peluca… Se nota que no has comido culo nunca. – Soltó Christian, seguido de las risas de los demás. – ¿La «señorita» Nicole te pone el freno de mano? —Agregó con una sonrisa torcida, arqueando una ceja—. No me digas que le pediste un poquito de acción por atrás y te mandó a volar.

Sentí que el calor me subía a las mejillas. Me maldije internamente por haber accedido a formar parte de su conversación una vez más, por haber bajado la guardia. Quise defenderme, insultarlo, pero el silencio expectante de la mesa me obligó a tragar saliva.

  • Te diré que la verdad es que sí… – Revelé sorprendiéndome de mi propia boca.

Christian volvió a suspirar con esa sonrisa estúpida en su rostro, entonces puso sus manos en los hombros de los que tenía más cerca.

  • Chicos, chicos… No se rían… Este es un código negro, ya saben…

Lo miré con una mezcla de confusión y desprecio.

  • ¿Código negro…?
  • A ver pelucón… Cuéntanos ¿Cómo es eso de que Nicole no te abre la puerta de la entrada trasera?

Su forma tan coloquial y corriente de expresarse me causaba rechazo, pero empezaba a entender porque decían que la estupidez es contagiosa.

  • Mierda, pues, lo que escuchas… Simplemente no quiere hacerlo. – Respondí sintiendo que traicionaba mi reserva, pero al mismo tiempo percatándome de como una chispa se prendía dentro mío al revelar estas cosas.

Christian movió su cabeza de arriba hacia abajo mientras apretaba los labios. Se hacía el interesante analizando la situación.

  • Bien… ¿Ha accedido a alguna otra fantasía o fetiche que tengas?
  • Sí.
  • ¿Cómo cuáles…?
  • ¿Eres idiota? No creas que se los voy a contar. – Regresé a mi zona de confort.
  • Vamos Lu, es que si no me lo dices, no sabré la «gravedad» del asunto. – Acentuó moviendo sus dedos.
  • Bueno, juegos de rol… Parcialismo…

Soltó una risa interrumpida por sus labios cerrados, a través de los cuales se le escaparon algunas gotas de cerveza. Los otros alrededor lo seguían.

  • Parcialismo es la palabra más pretenciosa que puedes usar para decir que te gusta que te hagan una paja con los pies. —los demás se reían aún más fuerte— Vamos peluca, no hay nada de malo con admitir que te gustan los pies de tu flaca, todos aquí hemos recibido una paja con los pies.
  • Yo nunca he recibido una paja con los pies. – Agregó al instante uno de los muchachos.
  • Gordo, la única muestra de afecto femenino que has recibido son los besos de buenas noches de tu madre. – Respondió inmediatamente Christian.
  • Gordo, yo quisiera más que un beso de buenas noches de tu madre. – Añadió más leña otro más.

Las risas de este grupo de neandertales me estaba desquiciando un poco, por lo que corté el momento para volver al tema.

  • Bueno, sí, es eso…
  • Bien peluca… Según lo que cuentas puedo decirte que vas a esperar mucho más para poder disfrutarle la cola a Nicole.

Sentía la sangre de mi rostro con tanta claridad al oírlo. Me daba rabia que se expresara así, pero al mismo tiempo gracia. Era contradictoriamente satisfactorio.

  • ¿Por?
  • Juegos de rol, pajas con los pies… Es decir, sí, se escapa del sexo convencional, pero no dejan de ser cosas fáciles de probar para una flaca.
  • Fantástico Christian… Te agradezco mucho la ayuda eh. – Respondí alzando un poco la voz, de forma irónica.
  • Puta madre, tú sí eres impaciente… Mira… – Y en ese momento volteó a mirar a sus amigos. Ellos le devolvieron la mirada y empezaron a reírse, pero al mismo tiempo denotando incredulidad ante lo que sabían que él estaba por hacer… Incluso se llegó a escuchar un «No…» en susurro.

Christian soltó una carcajada seca, una mezcla de burla y suficiencia, mientras se inclinaba hacia adelante. Los demás intercambiaron una mirada rápida, un destello de malicia contenida que duró apenas un milisegundo y que en ese momento interpreté mal. Había un código implícito entre ellos, un secreto compartido del que yo era el único idiota excluido.

—Mira hermano, te estás perdiendo del verdadero paraíso —dijo, sacando el teléfono con fingida displicencia. — Como agradecimiento por deleitarnos la vista cada que tu mamá viene al colegio, te voy a dar algo.

Mirando a su teléfono, escribió rápido en una esquina de una hoja de su cuaderno, y extendió la mano.

— Toma. Escribe a este número, pregunta por el servicio en hotel. Te aseguro que esa mujer te va a volar la cabeza… y te va a hacer olvidar cualquier negativa. Pruébalo tú mismo.

Miré el papel por unos segundos arqueando la ceja ¿En serio me creía tan de su calaña como para hacer semejante cosa?

  • Estás bien estúpido si piensas que voy a contratar a una puta.

Otra carcajada empezó a inundar aquella esquina del salón.

  • Oh no peluca… No es una puta… Es La Puta.

Con recelo guardé el papelito en mi bolsillo, sintiendo el peso frío del papel contra la tela. No dije nada más. Ellos rieron de nuevo, un sonido espeso y cargado de intenciones oscuras que atribuí a su habitual estupidez, sin sospechar ni por un segundo la monstruosa ironía que escondía aquel contacto.

El papelito arrugado con el número de teléfono anduvo de mi bolsillo a mi velador y de mi velador a mi bolsillo durante casi una semana. Aquel sábado tendría todo el tiempo del mundo para pensarlo, pues los padres de Nicole habían salido y le tocó quedarse en casa con su hermana menor.

Dándole vueltas a un parque, mi mente fue un campo de batalla.

¿Qué estoy haciendo? —me repreguntaba una y otra vez—. Nicole es una gran novia. Me cuida, me tolera, me consiente con mis caprichos más extraños… ¿De verdad voy a tirar todo a la basura y meter a otra mujer a mi cama —o a un hotel, lo que es peor— solo por la estúpida manía de probar el sexo anal?

Por otro lado, la frustración seguía latiendo con fuerza, alimentada por el eco de las burlas de Christian, quién en los días siguientes me estuvo insistiendo en hacerlo. Sentía que si no lo hacía ahora, esa espina se quedaría clavada para siempre, pudriéndose en mi interior.

Cuando abrí la puerta de mi casa al regresar, el bullicio de la calle se apagó de golpe. La sala olía a una mezcla entre canela y unas hierbas de dudosa procedencia. Y ahí estaba ella.

Romina caminaba desde la cocina hacia la sala con una blusa ligera y un short de mezclilla que dejaba al descubierto sus piernas gruesas y estilizadas, con esa forma de andar despreocupada y natural que siempre llamaba la atención de todos nuestros compañeros de clase. Al verme entrar, se detuvo un segundo y me dedicó esa sonrisa socarrona, marca de la casa, que compartíamos desde que éramos niños.

—Vaya, al fin apareces, Lucas. Pensé que el concierto de gemidos nocturnos se había trasladado a la casa de Nicole. —Pronunció manteniendo esa picardía en sus labios, como disfrutando cada palabra.

—Deja de decir estupideces, estaba ocupado—respondí, intentando mantener la voz calmada, mientras apartaba la mirada por un segundo, sintiendo de pronto una extraña y sutil incomodidad que antes no existía.

Ella soltó una risa ligera, apoyando una mano en su cadera, con esa chispa en los ojos que a veces rozaba la provocación sin que ella misma pareciera notarlo. Romina siempre había sido así: desinhibida, dueña de un atractivo magnético que no necesitaba esforzarse, y con una confianza en su propio cuerpo que descolocaba a cualquiera.

  • Bien… De cualquier forma hermanito, voy a necesitar que me cubras. —Soltó mientras juntaba sus manos y hacía un puchero burlón.
  • ¿Qué? ¿Qué vas a hacer ahora?
  • Lo único que te importa saber es que voy a salir en la noche. Honestamente creo que Denisse ya tiene edad para pasar una noche sola, pero no quiero a mamá en mi culo fastidiando por haberla dejado sola un par de horitas… Porque claro, a su niño adorado nunca le reclama nada… – Añadió con una mezcla de reproche y burla a la vez, clavando sus ojos con más intensidad.
  • ¿Qué? No jodas… ¿A qué hora regresas? — Pregunté mientras daba pasos hacia adelante, dejándola atrás.
  • No más de la 1am, lo prometo. – Añadió acercándose por mi espalda. Al alcanzarme, colocó sus manos sobre mis hombros. —Si me cubres esta vez, te deberé dos favores… Haré… Lo que tú me pidas. — Susurró con malicia en mi oído.

Me quedé de pie ahí mismo, con la mano todavía aferrada al papel en mi bolsillo. Romina tenía aquel encanto difícil de evadir incluso para mí. Me resultaba fastidiosa, pero por saber cómo hablarme para convencerme de lo que sea. Siempre me hacía el duro, pero al final nunca podía decirle que no.

Ya en mi habitación, el contraste entre la complicidad fraternal con mi hermana y la idea sucia que los chicos me habían plantado en la cabeza creó un cortocircuito en mi mente. Si quería hacer algo tenía hasta la 1am para decidirme.

Quizás buscando algo que me hiciera aferrarme y no hacerlo, abrí uno de los cajones de mi ropero. Ahí, bajo mis prendas, saqué el sobre con dinero que había estado ahorrando para mí siguiente aniversario con Nicole… Ya llevaba más de lo que valían tres sueldos mínimos, estaba planeando darle el mejor día de su vida… Sin embargo, en se momento, más allá de encontrar un ancla, sentí algo diferente… Sentí poder en mis manos.

El tiempo se fue volando, el sobre con los ahorros seguía entre mis manos, crujiendo ligeramente bajo la presión de mis dedos. Me quedé sentado al borde de la cama, mirando fijamente el número en el papel que había dejado sobre el velador.

¿Estás seguro de esto? —me repetía la voz de la conciencia—. Contratar a una profesional solo por una caprichosa obsesión era cruzar una línea de la que no habría retorno. Si Nicole se enteraba, si además llegaba a descubrir que gasté un dinero que estaba ahorrando para nuestro aniversario en algo así… la relación se iría al diablo.

Me levanté de golpe, empezando a dar zancadas de un lado a otro de la habitación, con el teléfono en la mano y el pulso acelerado. La indecisión me carcomía. Por un lado, la culpa y el miedo a arruinarlo todo; por el otro, la espina clavada de la negativa de Nicole y el eco de las burlas de Christian retumbando en mi cabeza.

Unos nudillos golpeando suavemente la puerta de mi dormitorio interrumpieron mis pensamientos. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió con un leve chirrido.

Era Romina.

Se detuvo en el umbral, lista para salir. Llevaba puesto un ajustado vestido corto de cuerina negra que moldeaba cada curva de su silueta, marcando su cintura y realzando su figura de manera descarada, complementado con unos tacones altos de infarto que estilizaban sus piernas y hacían eco con un repiqueteo seco en el suelo, combinada con un perfume intenso, dulce y embriagador que de inmediato invadió cada rincón de mi habitación. El aroma y la seguridad con la que portaba su ropa provocó en mí una sacudida instantánea, una reacción física que me obligó a desviar la mirada de golpe, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello.

—Ya me voy, hermanito. Ya sabes… Échame la mano —dijo, dedicándome una sonrisa divertida, apoyando ligeramente el hombro contra el marco de la puerta con total naturalidad.

—Sí… ya sé, ve con cuidado —respondí con la voz algo seca, intentando que no notara la repentina tensión que su presencia había instalado en el aire.

Yo sabía, o por lo menos tenía una idea de a donde iba. No era un secreto lo «deseada» que era, y es que, aún siendo su hermano podía reconocer sus atributos. Era atractiva, alta, de piel mestiA clara y con cabello ondulado de color castaño oscuro, teñido de la mitad hacia abajo de rojo vino. Con una voluptuosa delantera que ponía envidiosas al resto de chicas en la clase, unos muslos gruesos y carnosos, y una retaguardia que me había forzado a escuchar a mis compañeros decir lo mucho que deseaban ser asfixiados por ella… Y es que por su volumen dejarían sin aire a cualquiera.

Ella soltó una risa corta, giró sobre sus talones y se marchó, dejando tras de sí una estela de perfume que parecía negarse a desaparecer.

Me quedé inmóvil en medio de la habitación, con el corazón latiéndome en las sienes. El contraste entre la imagen de Romina saliendo y las palabras de Christian resonando como un eco reprochante, hizo que algo dentro de mí terminara de romperse. La vacilación se esfumó, reemplazada por una urgencia ciega.

Lo haría, era definitivo. Tan solo tenía que esperar a que Romina estuviera de regreso para poder dejar la casa.

Agarré mi teléfono y escribí el mensaje. Simple y directo.

«Hola! (: Me comentaron sobre tus servicios y me gustaría saber los detalles. Muchas gracias»

Frente a la pantalla observé el botón de enviar. Son oscilar lo presioné y entonces me tumbé sobre la cama, mirando al techo.

Pasó una hora y media. Luego dos.El tiempo en mi habitación transcurría con la pesadez del plomo mientras el teléfono yacía boca abajo sobre el colchón. La urgencia inicial se había transformado en una mezcla de ansiedad y escepticismo; empecé a convencerme de que todo aquello era una broma pesada de Christian y sus amigos, un chiste estúpido para hacerme perder el tiempo.

Estaba a punto de soltar un suspiro de frustración y descartar la idea por completo cuando la pantalla se iluminó de golpe con un zumbido seco.

Un mensaje nuevo.Lo tomé con rapidez, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba de inmediato. Al desbloquearlo, vi la respuesta…

: Hola, guapo. Disculpa la tardanza, la noche se puso movida y recién reviso el teléfono. Aquí tienes la lista de mis servicios:- 1/2 hora: S/150- 1 Hora: S/250- 2 Horas: S/400- Toda la noche: S/700El servicio incluye:- Vaginal- Oral- Besos en la bocaExtras:- BDSM: S/30- Footjob: S/30- Anal: S/50- Fetiche específico: A conversar.

: Los extras solo aplican para el servicio de 2 Horas hacia abajo. «Toda la noche» trae todo incluido.Avísame cuál te queda mejor, mi amor. Yo estaré contenta de poderte atender .

Y seguido, mandó tres fotos de ella. Su rostro no se veía, pero se podían notar sus atributos… Vestía una lencería de encaje color rojo, unas medias de rejilla… Y en la última foto estaba desnuda. Su piel se notaba suave, de un tono trigueño claro, mientras que sus senos eran grandes, enormes, cautivadores, con pezones gruesos y carnosos… Carnosos como sus nalgas, las cuales frente a la cámara se veían como dos monumentos dignos de la admiración global.

Leí el mensaje dos veces. El tono era descarado, profesional y directo al grano, tal como las fotos. La idea de que al otro lado de la pantalla hubiera una mujer totalmente ajena a mi mundo, dispuesta a cumplir cualquier fantasía sin cuestionamientos, borró la última pizca de vacilación que me quedaba.No me detuve a pensar en los números. Saqué el sobre con los ahorros del aniversario, conté los billetes aún sabiendo cuanto había y sin importarme vaciarlo casi por completo… Ya no había vuelta atrás. Tecleé la respuesta con total determinación.

«Quiero el servicio de toda la noche..»

La respuesta tardó apenas un par de minutos en llegar.

: Perfecto entonces… Conmigo no hay depósito requerido… Yo realmente disfruto mi trabajo . ¿Te estás quedando en un hotel o quieres que vaya a tu casa?

Era completamente irreal. Podía notar predisposición por parte de ella, y sí, era su trabajo, pero sabía de trabajadoras sexuales que te trataban como si les debieras algo.

«Hay que vernos en un hotel. Dame unos minutos para hacer la reservación.»

Cada acción se sentía como si estuviera antropeyando mis filtros morales, todo lo que me había ayudado a constituir mi relación con Nicole, como ignorando aquellos pensamientos que intentaban hacerme volver a sobriedad.Busqué el hotel más cercano a mi casa y llamé. No fueron más de 2 minutos y ya estaba lista la habitación…

Le mandé la dirección y lo siguiente:

«¿Te parece si llegas a las 2AM?»

La reservación estaba hecha a partir de la 1:30AM. Sabía que Romina dijo que no llegaría después de la 1, pero conociéndola, seguro tardaba. Citar a la escort una hora después me pareció lo más precavido.

La respuesta tardó unos minutos más… Tiempo en el que los nervios me carcomían. Llegué incluso a sentir un poco de dolor de estómago… Pero finalmente recibí su respuesta:

: Claro mi amor. Nos vemos en el hotel a las 2AM… Me das tiempo para alistarme bien

Había pasado apenas un cuarto de hora desde que acordamos la cita, sintiendo todavía la adrenalina de haber quemado los ahorros en el chat, cuando la pantalla de mi celular vibró de nuevo.

Pensé que era otro mensaje de la escort confirmando algún detalle, pero al desbloquear la pantalla me encontré con un mensaje de Romina.

: Lo siento, hermanito… No voy a poder regresar a la casa esta noche. Porfa, cúbreme con mamá si pregunta, te juro que es súper importante y te debo el favor más grande del mundo. Haré lo que quieras después, de verdad.

Me quedé petrificado mirando el mensaje. La rabia y la frustración me golpearon el pecho de inmediato, haciendo que soltara un insulto al aire en la oscuridad de la habitación.

«¡Mierda, Romina!»

Todo mi plan perfecto, la coartada milimétricamente calculada para dejar un margen prudente entre su regreso a la 1:00 AM y mi salida a las 2:00 AM, se acababa de ir al tacho por su irresponsabilidad. Empecé a teclear con furia en el chat, reclamándole:

«¿Cómo que no vas a regresar? Habíamos quedado en que estarías aquí a la 1. Me has jodido los planes por completo, regresa de una vez.»

La respuesta de ella no tardó en llegar, cortante y definitiva:

: No puedo, Lucas. Simplemente no me es posible llegar a la casa hoy. Confío en ti, por favor cúbreme.

Intenté llamarla, pero la llamada se cortó de inmediato. La conocía demasiado bien; cuando Romina se cerraba en algo y ponía ese muro caprichoso, era imposible hacerla cambiar de opinión. Por más que le insistiera, no iba a dar su brazo a torcer.

Me pasé las manos por el cabello, caminando de un lado a otro de la habitación con el pulso acelerado. Las opciones se redujeron a cero en cuestión de segundos: o cancelaba la cita con la escort, perdiendo la oportunidad y tragándome la frustración, o seguía adelante a pesar de todo.Y entonces, una idea aún más irresponsable cruzó por mi mente.

Salí al pasillo y miré hacia la puerta de Denisse, pensando en ella, mi hermana menor, que ya estaría durmiendo en su habitación. Dejarla sola en la casa toda la madrugada era una estupidez monumental, un riesgo que rozaba la irresponsabilidad absoluta. Si mamá se enteraba, se enojaría demasiado con Romina, y eso significaba problemas para mí.

Pero la espina clavada, el deseo urgente y ciego que latía con fuerza en mi interior, pudo más que el sentido común. Renegué en voz baja, maldiciendo a Romina, a Christian, a Nicole y a mi propia suerte, pero tomé la decisión final.Si ella no pensaba cumplir su parte del trato familiar, yo tampoco lo haría. Denisse ya estaba grande, apenas 2 años menos que Romina y yo, tendría que quedarse durmiendo sola un par de horas. Yo no iba a dar marcha atrás ahora…

Me cambié de ropa con una parsimonia extraña, buscando entre mis prendas las mejores que tenía. Mientras me acomodaba la camiseta y me colocaba la chaqueta, una punzada de culpa me recorrió el pecho de forma inevitable. El ritual de arreglarse con esmero, de cuidar cada detalle frente al espejo antes de salir a un encuentro, me trajo de golpe los recuerdos de mi primera cita con Nicole, de los nervios limpios y la ilusión genuina de aquel entonces. Vi su rostro con expresión inocente, sus ojos castaños y su cabello lacio del mismo color, su piel blanca y suave…

Apreté los dientes, apartando ese pensamiento intrusivo para no flaquear ahora que ya no había marcha atrás.

Salí de casa con el pulso acelerado, asegurándome de dejar la puerta bien cerrada y confiando en que Denisse seguiría profundamente dormida en su cuarto.

El hotel elegido estaba a unos quince minutos caminando desde mi casa, una distancia corta que recorrí bajo la luz tenue de las farolas, sintiendo el aire frío de la madrugada golpear mi rostro y calmar a medias el fuego que llevaba por dentro.

Llegué al establecimiento justo a la hora prevista, a la 1:30 AM. Pasé por la recepción con la mirada baja, pagué lo correspondiente y me entregaron la tarjeta llave. Caminé por la alfombra hasta llegar al ascensor y entré. Una vez en el cuarto piso, caminé por el largo pasillo hasta encontrar mi cuarto y entré.

La habitación era grande, iluminada por una lámpara por unos focos de luz cálida que apenas disimulaba el olor a sábanas limpias y desinfectante. Me senté al borde de la cama de dos plazas, mirando los números avanzar en el reloj de la pared, mientras el silencio del lugar me aplastaba.

Tenía exactamente media hora de margen. Treinta largos minutos a solas con mis pensamientos, con la culpa de estar por vaciar los ahorros del aniversario, con el peso de haber dejado a mi hermana menor sola en casa, y con la extraña y febril anticipación de lo que estaba a punto de ocurrir.

El reloj avanzaba con lentitud agónica. El reloj marcaban cada vez más cerca de las 2:00 AM, el momento en que recibiría algún mensaje de la escort o una llamada de la recepción…

Para alivianar un poco los nervios, encendí la televisión e ingresé a YouTube para poner algo de música, un poco de rock alternativo suave. Colgué la chaqueta en el perchero y revisé el mini refrigerador que había bajo la cómoda donde estaba la televisión. Solo cerveza… Pero al hurgar hasta el fondo, encontré una lata de refresco.

Me quedé de pie junto a la cómoda, dando un pequeño sorbo a la lata de refresco mientras la música sonaba en un volumen bajo y constante desde la televisión. El sabor dulce e inofensivo de la bebida contrastaba absurdamente con el nudo de ansiedad que me apretaba el estómago.

Revisé el reloj de la pared. Dos en punto.

Justo cuando el minutero marcaba la hora exacta, el teléfono fijo sobre el velador soltó un chirrido estridente que resonó en toda la habitación.El sonido me dio un vuelco en el corazón. Dejé la lata de golpe sobre el mueble y me acerqué a grandes zancadas, levantándolo con el pulso disparado.

—¿Aló…? —intenté decir, pero mi propia voz salió seca y ahogada.

—Buenas noches, joven. Disculpe la molestia —respondió la voz monótona y formal de la recepcionista al otro lado de la línea—. Le informo que hay una señorita en el área de ingreso preguntando por la habitación 404. Necesitamos su autorización directa para permitirle el ascenso. ¿Desea que la dejemos pasar?

El tiempo pareció detenerse por completo. Mis dedos apretaron con fuerza el plástico del teléfono mientras miraba fijamente hacia la puerta de entrada de la habitación.Ya no hay marcha atrás.

La culpa, el miedo a que Nicole se enterara, el dinero de mis ahorros y la irresponsabilidad de haber dejado a Denisse sola en casa chocaron en mi mente como una ola gigantesca. Pero el impulso, esa oscura y voraz curiosidad que me había traído hasta aquí, terminó por aplastarlo todo.

Tragué saliva, sintiendo la boca completamente seca, y exhalé el aire contenido.—Sí… —logré articular, con un hilo de voz que intentaba sonar firme—. Déjala pasar, por favor.

—Entendido, joven. Que tenga buena noche.El tono de marcado sonó en mi oído. Colgué con torpeza y me quedé inmóvil junto a la cama, escuchando los latidos de mi propio corazón golpeteándome en las sienes.

Pasos ligeros al otro lado del pasillo alfombrado. Un silencio denso. Y, finalmente, dos suaves golpes secos resonaron directamente en la puerta de mi habitación.

Mi respiración era corta, superficial, atrapada en algún lugar de la garganta. Apreté las manos en un puño, sacudí los hombros para desentumir los músculos y di los dos pasos que me separaban de la entrada.

Extendí la mano, los dedos rozaron el pomo metálico y, con un movimiento seco, tiré de la puerta hacia adentro.

La luz tenue del pasillo se filtró de golpe en la penumbra de la habitación, recortando una silueta conocida que me dejó por completo sin aire.

Ahí estaba.

Frente a mí, de pie en el umbral, con una ligera sonrisa en los labios que rápidamente se deshizo al verme, y una cartera de mano colgando del hombro, se encontraba Romina.

El tiempo, el espacio y el sentido común se desintegraron en una fracción de segundo. Mis ojos recorrieron de arriba abajo su figura con una lentitud desesperada, negándose a aceptar lo que las retinas gritaban con crudeza: el ajustado vestido corto de cuerina negra que moldeaba cada curva de su silueta, los tacones altos de infarto que estilizaban sus piernas, y ese perfume intenso, dulce y embriagador que ya impregnaba todo el aire de la habitación. Era exactamente la misma ropa con la que había salido de casa horas antes, jurándome que tenía un compromiso urgente y que no podía regresar.

La sangre me abandonó el rostro por completo. Sentí un frío ártico trepándome por la columna mientras el corazón, que hasta hace un segundo latía desbocado, pareció detenerse de golpe en el pecho. Todo convergía en ese maldito instante, aplastándome bajo el peso de una ironía tan enferma y retorcida que rozaba lo irreal.

Romina suspiró y movió la cabeza de un lado a otro mientras a sus labios regresaba esa curvatura, solo que ahora acompañada de una mirada más bien maliciosa y hasta un poco intimidante. Dio un paso al frente para cruzar la puerta, empujándola con la cadera mientras cerraba tras de sí con total naturalidad.

—Creí que estabas en casa cuidando a Denisse —dijo con reproche, pero al mismo tiempo con una duda descarada. Levantantó la vista poco a poco mientras se quitaba la casaca.

Se detuvo en seco en medio de la estancia. Sus ojos oscuros chocaron directamente contra los míos.

  • Eres un idiota… – Agregó finalmente. El silencio absoluto se instaló entre los dos, roto únicamente por el zumbido lejano de la televisión. y el eco de nuestra propia respiración contenida.—¿Se puede saber qué demonios pasa por tu cabeza, Lucas? —estalló en un susurro áspero, cruzándose de brazos, con el vestido de cuerina ajustándose a cada respiración agitada. Su semblante había cambiado en segundos…—. ¿Me estabas espiando? ¿Me pusiste una trampa?

—¿Que si te puse una trampa? —respondí, sintiendo que la sangre me zumbaba en los oídos —. Fui yo quien escribió al número. ¡Yo pagué la reservación! ¿Cómo iba a saber que la «profesional» recomendada por los imbéciles del colegio eras tú?

Romina soltó una risa seca, incrédula, y dejó caer la cartera sobre el sillón de la habitación.

—Ah, claro. El gran cliente misterioso que pidió el paquete de «toda la noche» sin escatimar en gastos eras tú… Qué bajo has caído, hermanito. ¿Que pasó con Nicole como para venir a buscar a una prostituta? Creí que todo estaba bien entre ustedes, que cómo tú mismo dices a cada rato «es el amor de tu vida»… Esa chica se muere por ti ¿Y tú acá?

El comentario me dio directo en el orgullo, encendiendo una chispa de rabia.

—¡Cállate la boca! No te metas en lo que no te importa. Y a todo esto, ¿según tú dónde ibas a estar? Me dijiste que tenías un compromiso urgente, que no podías regresar a la casa, ¡y resulta que estás aquí vendiendo el culo!

Ella dio un paso al frente, acortando la distancia entre los dos. Su perfume dulce e intenso volvió a envolverme, denso y sofocante. Me miró fijamente, con una mezcla de superioridad y una extraña chispa de diversión retorcida brillando en sus ojos oscuros.

—Mi «cita» de la noche se canceló y decidí ir a una fiesta para relajarme un rato. Fue ahí cuando leí tu estúpido mensaje… ¿Qué tiene de malo? Al menos yo trabajo por lo que quiero, y además ¿De dónde sacaste la plata para esto?…

Al decir eso, pareció caer en cuenta y entonces abrió la boca lo más que pudo con una sonrisa burlona… Era fácil caer en sus encantos, pero a mí como su hermano, también me era fácil odiarla en ciertos momentos…

  • Aguanta… El dinero que estabas juntando para ti tercer aniversario con Nicole… Es eso ¿No? —Soltó una carcajada— Sí… es eso, ibas a usar esa plata que tanto te costó juntar para, envés de darle a Nicole lo que se merece, pagarle a una cualquiera… o en este caso, a mí… Sí… Eso es…

—¡Que te calles! No es eso, es…

—¿Es qué? —me interrumpió, arqueando una ceja con una lentitud exasperante, mientras colocaba sus manos sobre su cintura, resaltando sus hombros y el pronunciado escote del vestido—. ¿Una necesidad imperiosa?

El silencio volvió a caer entre nosotros, pero ya no era un silencio de sorpresa. El aire en la habitación se había vuelto denso, cargado de una electricidad extraña. Romina se inmiscuyó un poco más en mi espacio personal, evaluándome de arriba abajo con esa mirada descarada que siempre había usado para descolocarme, solo que ahora el contexto lo cambiaba absolutamente todo.

—Dios, Lucas… Eres un imbécil—susurró con una voz baja, casi un eco de frustración que se deslizó por mis oídos—. Encima dejaste sola a Denisse… Mierda… Eres un idiota…

Comenzó a caminar de un lado al otro. Cada paso era acentuando por la suela de sus tacones, como un cuestionamiento constante, una desaprobación difícil de ignorar.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —dijo, soltando aire por la boca, mientras se cruzaba de brazos de nuevo y me medía con la mirada—. ¿Vas a echarme de la habitación, me vas a pagar el pasaje de regreso para que vaya a cuidar a Denisse, o vas a fingir que nada de esto pasó?

Me quedé mudo, con los puños apretados dentro de los bolsillos y la sangre latiéndome en las sienes. Quería gritarle que se largara, que todo esto era una pesadilla ridícula, pero mis labios no respondían.

Ella me observó en silencio durante unos segundos, notando el temblor en mi mandíbula y la forma en que mis ojos, muy a mi pesar, se desviaban un segundo hacia sus labios y luego al pronunciado escote de su vestido de cuerina.Su ceño fue cambiando poco a poco, tornándose en una sonrisa lenta, como si el depredador dentro suyo empezara a rasguñar el umbral.

—Lo sabía… —murmuró de pronto, dando un paso más hacia atrás, pero no tan lejos como para disipar el aroma dulzón de su perfume—. Lo sabía perfectamente, carajo…

—¿De qué hablas? —repliqué con la voz rota, a la defensiva.

—No te hagas el tonto, Lucas —su tono bajó, volviéndose un susurro denso—. Creías que eras muy disimulado, pero te he visto. Las veces que te quedabas mirándome de más en la cocina, en la piscina de la tía Johanna, cómo te ponías al verme en bikini, o cómo te frotabas en mí cuando cuando pasábamos pegados por la puerta. Llevas semanas queriendo hacer exactamente esto… No, no semanas… Meses… ¡Años!, solo que necesitabas una excusa lo suficientemente grande como para apagar tu culpa.

El golpe fue seco, certero y devastador. No pude replicar nada porque en ese momento me di cuenta que tenía razón. Cada pequeña represión, cada pensamiento prohibido que había intentado enterrar bajo mi relación con Nicole y mi rol de hermano, acababa de ser desenterrado y expuesto a la luz sin piedad, incluso para mí mismo.

Romina estiró la mano y, con la yema de los dedos, rozó suavemente el borde de mi mandíbula, mientras una mirada analítica se dibujaba en su rostro. Su tacto envió una descarga eléctrica por toda mi columna, disolviendo los últimos fragmentos de compostura que me quedaban.

—Vienes a buscar a una puta y termino siendo yo… ¿No es el destino perfecto? —susurró, pero esta vez aplicando una sensualidad descarada, ladeando la cabeza, casi asumiendo que tenía el control de la situación.

—¡Estás loca! —exclamé de inmediato, dando un paso atrás, con la voz quebrada y las manos levantadas en un gesto defensivo absurdo—. ¡Eso no es verdad! Yo amo a Nicole, jamás le haría algo así a ella y menos… menos con… ¡Estás inventando cualquier estupidez, Romina! Yo vine porque… porque me equivoqué, fue un impulso estúpido de una noche, pero yo no soy así, te lo juro, yo nunca…

Seguí hablando a toda velocidad, atropellándome con las palabras, intentando construir un muro de justificaciones y mentiras piadosas con las que ahogar la verdad que me golpeaba el pecho.Pero Romina no me quitaba los ojos de encima. Me observaba con una mezcla de suficiencia y fastidio, escuchando mi verborrea como quien oye llover.

En medio de mi monólogo desesperado, dio un paso al frente con una rapidez imprevista, cerrando el espacio que habíamos separado. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró del cuello de la camiseta y estampó sus labios contra los míos.

El mundo se apagó de golpe.

Fue un beso intenso, firme, cargado de una autoridad arrolladora y de un sabor a prohibido que me cortó la respiración al instante. Intenté tensar el cuerpo por puro instinto de supervivencia moral, pero mis labios cedieron casi por traición, respondiendo al estímulo con una urgencia ciega que llevaba años guardando bajo llave. El perfume dulce de su piel, el calor de su cuerpo pegado al mío y el peso de toda la culpa disolviéndose en ese único segundo hicieron que mis manos, sin que yo lo ordenara, terminaran aferrándose con desesperación a su cintura, mientras aquel bulto bajo mi pantalón se iba haciendo cada vez más duro.

Romina se separó apenas unos milímetros, jadeando ligeramente, con una sonrisa triunfante y oscura brillando en sus labios húmedos.

—Hablas demasiado, hermanito… —susurró con voz ronca, rozando de nuevo mi boca—. Y los dos sabemos que te mueres por dejar de fingir… Ya estamos aquí los dos ¿No…? Ya pagaste el hotel…

El aire en la habitación parecía haberse vuelto denso, casi irrespirable, pesado con el aroma de su perfume y el eco de nuestras propias respiraciones aceleradas.

Ella no se apartó del todo. Sus manos, que aún me sostenían del cuello de la camiseta, deslizaron sus dedos con parsimonia hacia mis hombros, clavándose ligeramente mientras me estudiaba con esa mirada que lo sabía absolutamente todo.

—Entonces… —continuó, con un susurro que me recorrió la columna como una descarga eléctrica—, dime una cosa, Lucas. Si ya estás aquí, si ya alquilaste la habitación por toda la noche, y si los dos sabemos exactamente qué es lo que quieres… ¿Qué diablos estás esperando para terminar de romper las reglas?

El último vestigio de razón, de moralidad y de culpa se desintegró en mi interior, consumido por una ola de calor que me quemaba la sangre. Ya no había vuelta atrás. Las excusas se habían agotado y la realidad, por más retorcida y prohibida que fuera, nos tenía atrapados en el centro de esa habitación de hotel.

Apliqué firmeza en mis manos, poniendo fuerza en su cintura y sintiendo la curva de su cuerpo ceñido por el vestido. La atraje hacia mí con una brusquedad hambrienta, estampando de nuevo mis labios contra los suyos en un beso desesperado, hambriento, que ahogó cualquier pensamiento racional, en el que mi lengua conoció a la suya.

Romina soltó un suspiro ahogado, respondiendo con la misma intensidad voraz, abriendo paso sin reservas mientras sus brazos rodeaban mi cuello con fuerza.

El mundo exterior, con Nicole en su casa, con Denisse durmiendo sola, con toda aquella represión, dejó de existir. Ya no éramos hermanos; éramos dos cómplices cayendo voluntariamente al abismo, listos para cruzar la línea definitiva.

Mis manos se deslizaron con desesperación por su espalda, aferrándose al cierre del vestido. Tiré de él hacia abajo con un movimiento brusco, y la cremallera cedió con un chasquido seco que cortó el aire. El material rígido y brillante se desprendió, cayendo en un charco negro alrededor de sus tacones, dejando al descubierto su torso, únicamente protegido por un brasier de encaje de color carmesí, y unas bragas del mismo color.

Romina no perdió el tiempo. Sus dedos ágiles, temblorosos pero certeros, ya estaban forcejeando con el borde inferior de mi camiseta, tirando de la prenda hacia arriba mientras me besaba el cuello con una voracidad que me hacía perder el aliento. El dinero, el sobre con los ahorros que aún guardaba en el bolsillo del pantalón, las tarifas estipuladas, las reglas del negocio… todo eso dejó de importar en el mismo instante en que su piel desnuda chocó contra mi pecho.

Consumidos por la urgencia de poseer lo que habíamos prohibido durante tanto tiempo, la empujé suavemente hacia atrás, guiándola a ciegas entre las sombras de la habitación hasta que las corvas de sus piernas chocaron contra el borde del colchón.

Romina cayó de espaldas sobre las sábanas blancas, soltando un gemido ahogado que se perdió en mi boca, y de inmediato abrió las piernas, como terminando de invitarme a probar todo de sí, enredándome en un abrazo frenético que nos arrastró sin piedad hacia el centro de la cama.

Nos devorábamos a besos con una desesperación ciega, como si el aire se nos estuviera acabando. Entre beso y beso, con los labios hinchados y la respiración rota, Romina me soltaba fragmentos de frases directas al oído, palabras cargadas de una malicia calculada que me encendían la sangre:

—¿Te gusta, hermanito?… ¿Era esto lo que querías?…

Sus palabras me perforaban la consciencia, pero en lugar de frenarme, solo lograban desatar una voracidad más salvaje en mí.

  • No… Esto es más… – Respondí con poco aliento.

Deslicé los labios desde su boca hasta su mandíbula, y de ahí fui bajando lentamente por la línea de su cuello, dejando un rastro de besos húmedos mientras mis manos se deslizaban con urgencia por debajo de su espalda, buscando los broches del brasier. Mis dedos tantearon la tela hasta dar con los ganchos y, con un movimiento rápido, la prenda cedió.

Me aparté unos centímetros, incorporándome ligeramente para mirarla.

El aliento se me atascó en la garganta de golpe.Había visto su cuerpo en aquellas fotografías que me mandó cuando pregunté por su servicio, pero el cerebro se me había negado a conectar los puntos. Ahora, teniéndola frente a mí, iluminada por la tenue luz de la habitación, la experiencia era infinitamente superior y brutalmente real. Sus senos, perfectos, enormes, firmes y con los pezones duros por la excitación, se ofrecían ante mis ojos sin filtros ni pantallas de por medio. Era ella. Era mi hermana melliza, la misma con la que había crecido, con la que había vivido toda mi vida, con quien compartí el útero de nuestra madre, convertida en ese instante en la criatura más hermosa y perversa que mis ojos jamás habían visto.

Me quedé anonadado, completamente hipnotizado, con las manos temblando sobre sus costados, incapaz de apartar la mirada. Romina, al notar mi estupor, soltó una risita baja y felina, arqueando levemente la espalda hacia mí con total orgullo.

  • ¿Te gustan…? — Me susurró con un tono que, a pesar de sentirse familiar, no estaba acostumbrado a oír en ella… Quizás… Quizás porque estaba usando el mismo tono que nuestra madre usaba para preguntarme si me gustaba lo que había cocinado.
  • Me-me encantan… – Respondí casi de inmediato y sin poder pronunciar apropiadamente.
  • Adelante entonces… Son tuyas.

Sin dejarme recuperar el aliento, fui bajando el rostro, completamente hipnotizado por la forma en que su cuerpo se arqueaba para recibirme. Apoyé mis labios con suavidad sobre su piel, sintiendo el calor intenso que irradiaba, y comencé a besar con una devoción febril, subiendo desde el nacimiento de sus senos hasta atrapar uno de sus pezones endurecidos entre mis labios.

Romina soltó un gemido agudo, un sonido crudo que retumbó en la habitación y terminó de romper las últimas barreras de mi mente. Sus manos, antes aferradas a mis hombros, se deslizaron hacia la nuca, enredándose en mi cabello y tirando de mí con fuerza, obligándome a mantener el ritmo, a no apartarme ni un segundo.

—Eso es… No pares, Lucas… —jadeó entrecortadamente, con la voz quebrada por el placer, mientras sus caderas comenzaban a moverse al compás de mis labios, buscando el roce desesperado de mi cuerpo.

El tacto de su piel, el sabor de su intimidad y la certeza absoluta de lo prohibido que estábamos haciendo me inundaron las venas como una droga pesada. Mis labios succionaban con esmero mientras una de mis manos se dejaba caer con suavidad sobre su otro seno, apretando y jugueteando con su pezón.

Ella gemía y me empujaba más contra su pecho. Luego de unos segundos intercambié, ahora succionando el seno izquierdo y tocando el derecho. Mis dedos de aferraban a este con fuerza, mientras mi lengua ejercía presión contra mi paladar con su pezón en medio, y mi garganta aplicaba succión.

Tras unos minutos, me incorporé lo justo para deslizar mis manos por sus muslos, recorriendo la suavidad de sus piernas hasta dar con el borde de las bragas. Las sujeté y entonces tiré hacia arriba, deslizando la tela por sus piernas hasta abandonar su piel, dejándola completamente expuesta ante mí, mientras el calor y la humedad de su cuerpo me envolvían por completo.

Para terminar de desnudarla, y aprovechando que sus pies estaban elevados, fui desabrochando sus tacones, uno por uno. Mirándola a los ojos, retiré uno, dejando su pie descalzo, y luego el otro. Ella me dejaba saber lo mucho que lo estaba disfrutando mediante la curva en sus labios, con esa mirada engatusadora que tan bien sabía usar a su favor.

Deposité un suave beso en cada pie, y entonces me acomodé de forma que mi cabeza quedó entre sus piernas abiertas, sintiendo como el aroma de hembra en celo entraba por mi nariz. Romina me miró fijamente a los ojos, con una mezcla de desafío, triunfo y un deseo voraz que reflejaba exactamente el mismo abismo en el que yo había decidido caer.

—Vamos, hermanito… —susurró con una sonrisa perversa en los labios—. Enséñame qué tan mal estás dispuesto a portarte…

Sonreí entre sus muslos abiertos, sintiendo el calor abrasador que emanaba de su cuerpo. El aroma intenso, dulce y almizclado de su excitación me agudizaba los sentidos y nublaban cualquier vestigio de razón que pudiera quedarme. Romina, con la cabeza hundida en la almohada y el cabello revuelto, soltó un gemido gutural, cortando la última atadura de mi propia contención.

Bajé la cabeza y, con la lengua, tracé un camino húmedo y lento por la cara interna de sus muslos, deteniéndome a saborear la piel temblorosa antes de llegar a su centro. Ella arqueó la espalda con brusquedad, clavando las uñas en mis hombros, mientras sus caderas comenzaban un movimiento involuntario, buscándome, ofreciéndose.

No pude esperar más. Con una mano, separé suavemente sus pliegues, encontrándola completamente empapada y dispuesta. Sin dudarlo, hundí el rostro en su intimidad y comencé a lamerla con una devoción febril, absorbiendo sus jugos con avidez, buscando el punto exacto que la hiciera perder el control.

Romina estalló en un grito desgarrador, un sonido primitivo que rebotó en las paredes de la habitación de hotel. Su cuerpo entero se tensaba, sacudido por espasmos violentos, y sus muslos se cerraron con fuerza sobre mi cabeza, aprisionándome contra ella mientras su vagina se derretía en mi boca.

—¡Lucas! ¡Dios mío, Lucas! —susurró entrecortada, con la voz rota por el placer, mientras yo seguía trabajando su cuerpo con la lengua y los labios, disfrutando de su entrega absoluta, del sonido de mi nombre saliendo de sus labios en un contexto tan retorcido y prohibido como inevitable.

Deslicé las manos hacia arriba por sus piernas, recorriendo la piel suave y febril hasta acomodarme por completo entre ellas. La cercanía era abrumadora; el calor húmedo y penetrante de su centro me envolvía. Soltando sus piernas un rato me desabroché la correa, y entonces dejé caer mis jeans y mis bóxers. Con unos cuantos movimientos más, terminé completamente desnudo.

Romina clavó la mirada en mi miembro. Estaba duro, y al mismo tiempo agradecido de poder salir al fin, palpitaba como una bestia exhalando del hambre. Ella lo contemplaba, casi con tanta admiración como yo con sus senos.

Entonces, con esa sonrisa que ya se estaba convirtiendo en mi droga, abrió las piernas con total soltura, invitándome a acercarme aún más, mientras sus manos se posaban con firmeza sobre mis hombros, guiándome con una autoridad silenciosa. Contuve la respiración un instante, sintiendo el pulso acelerado en la sien, y me ajusté a su medida.

Un latido seco, un choque de pieles y una fricción intensa marcaron el inicio. Mi miembro se adentró así como estaba, sintiendo cada centímetro de ella… Aquel interior cálido y húmedo.

Avancé con un movimiento firme y deliberado, rompiendo la última resistencia física que nos separaba. El eco de un gemido ahogado brotó de su garganta, mezclándose de inmediato con mi propio suspiro de rendición. Sentí cómo sus piernas se cerraban con fuerza alrededor de mi cintura, aferrándome como si temiera que el mundo entero pudiera arrebatarnos este momento.

—Dios… Lucas… —logró articular entrecortadamente, con la voz quebrada, arqueando la espalda con desesperación mientras sus uñas se clavaban en mi piel—. No pares…

El ritmo comenzó a acelerarse por sí solo, guiado por una urgencia ciega y un hambre acumulada durante años de miradas disimuladas, silencios y deseos reprimidos. Cada embestida era un golpe directo contra la moral, un recordatorio constante de lo prohibido que estábamos haciendo, pero ya nada de eso importaba. Las paredes de la habitación de hotel parecían desvanecerse, dejándonos únicamente a los dos en medio de un abismo que habíamos elegido cruzar juntos.

Romina me miraba fijamente a los ojos, con las pupilas dilatadas y una sonrisa salvaje y triunfante danzando en sus labios hinchados. Su respiración se volvió errática, compasada con cada uno de mis movimientos, marcando el compás de una danza caótica y perfecta.

—Eso es… Así… —susurraba, devorando el aire, incitándome a ir más hondo, a perder el control por completo.

La fricción se intensificó, convirtiéndose en un fuego que nos recorría la columna vertebral y nos quemaba la sangre. El clímax comenzó a acumularse en el centro de mi pecho, un nudo apretado de placer y locura que amenazaba con estallar en cualquier momento. Sentí cómo Romina empezaba a tensarse bajo mí, con las caderas respondiendo con una fuerza desesperada, buscando el punto exacto de la colisión, mientras mi miembro palpitaba dentro suyo como una bomba a punto de estallar.

—Lucas… Mierda, Lucas… Vamos… Córrete dentro mío… Córrete dentro de tu hermana…—exclamó con un grito ahogado que terminó de encender la mecha.

Andaba como una bestia, como un animal sin razón… O aún mejor, como un animal sabiendo perfectamente lo que hace. En ese momento no existían consecuencias, no existía moralidad. Con una última embestida profunda, el mundo se derrumbó a nuestro alrededor. El estallido nos barrió por dentro, una descarga de calor y vértigo que nos dejó sin aliento, unidos en un abrazo frenético mientras un fuerte e intenso chorro de semen se esparcía en su interior… El eco del último gemido se apagaba lentamente contra las sábanas de la habitación.

El eco de nuestras respiraciones agitadas fue lo único que llenó el espacio durante los primeros instantes. Dejé caer mi peso hacia un lado, desplomándome sobre el colchón revuelto, con los músculos flojos y la mente zumbando en un silencio espeso. El aire de la habitación olía a sudor y perfume caro.

Miré hacia el techo blanco, con el pecho todavía subiendo y bajando de golpe. Mi cerebro intentaba armar un rompecabezas lógico, buscando las piezas de la culpa que se supone debían aplastarme en ese momento. Pero no estaban. No sentía remordimiento. Solo una extraña pesadez reflexiva, un vértigo frío al entender que ya no había marcha atrás, que habíamos cruzado una línea invisible y que mi vida entera acababa de cambiar de dirección para siempre.

A mi lado, Romina respiraba con total tranquilidad.

Sin rastro de vergüenza, ni de miedo, ni de la sombra de un arrepentimiento. Apoyó el codo sobre la almohada y recostó la mejilla en la palma de su mano, recostándose de lado y llevando consigo sus enormes senos que me rozaban el brazo. Me miraba con una curiosidad divertida, como si estuviera evaluando la calificación de un examen que acababa de aprobar con honores.

—Te has quedado mudo, hermanito… —rompió el silencio con una voz suave, casi cantarina, rozando con las yemas de sus dedos el vello de mi pecho desnudo—. ¿Estás uniendo hilos o estás pensando en cómo vas a mirar a la cara a Nicole mañana?

Giró ligeramente la cabeza, atrapándome con esa mirada felina que parecía leerme los pensamientos más oscuros.

—Ninguna de las dos cosas… —murmuré con la voz ronca, pasando una mano por mi rostro sudado antes de mirarla de reojo—. Solo… intento procesar que esto de verdad pasó.

Romina soltó una risa corta, ligera, y deslizó su mano hacia arriba, trazando círculos perezosos sobre mi piel.

—¿Y qué esperabas? ¿Qué salieran rayos y centellas del cielo por acostarte conmigo? —ladeó la cabeza con una suficiencia desarmante, mientras una sonrisa traviesa se dibujaba en sus labios—. Relájate, Lucas. Hiciste exactamente lo que querías hacer desde hace años… Solo que ahora, la teoría pasó a la práctica. Y por lo visto… la práctica te dejó sin palabras.

Su esencia era difícil de ignorar, y te la ponía difícil cuando querías concentrarte en tu propia voz interna. No porque fuera fastidiosa, sino por ese encanto atrapante que clamaba atención a como de lugar…

  • ¿Hace cuánto haces esto…? ¿Cómo empezó? – Logré articular.

Romina soltó una exhalación suave, una especie de risita burlona que me sopló en la barbilla mientras acomodaba un mechón de cabello detrás de su oreja. No apartó la mano de mi pecho; al contrario, sus dedos comenzaron a trazar círculos sobre mi piel, como si estuviera a punto de contarme una anécdota cualquiera de sobremesa.

—¿Hace cuánto? —repitió mi pregunta con un tono de falsa reflexión, ladeando la cabeza—. No hace mucho ¿Sabes? Supongo que habrás escuchado los rumores… – Soltó una risa muda. – Claro que escuchaste los rumores… Al principio era solo para no reprobar, pronto ese grupo selecto de profesores de dieron cuenta que tenían que hacer más que ponerme 20 para obtener algo incluso mejor.

Se detuvo un segundo, mirándome de reojo con una chispa de travesura en los ojos, disfrutando visiblemente del efecto que sus palabras estaban causando en mi mente.

—Entonces pasaron de las notas a los billetes, porque claro… Una vez que entiendes el poder que tienes, darlo a tan bajo precio sale caro. Y de ahí a los demás chicos de la clase hubo solo un paso —continuó, encogiéndose de hombros con total naturalidad, como si estuviera hablando de ir al supermercado—. Así fue como te enteraste ¿No? Mediante Christian… Oh, Chris… No negaré que es de mis mejores clientes, pero a veces se le sube tanto a la cabeza… – Otra risa, ahora traviesa, se escapó de sus labios. – Eso me confirma que hago bien mi trabajo… Al final, ¿qué diferencia hay entre los profesores y los chicos? Todos tienen la misma expresión de desesperación en la cara cuando los miras de cierta manera.

Apretó ligeramente los dedos contra mi piel, y una sonrisa torcida, casi imperceptible, se dibujó en las comisuras de sus labios antes de soltar la frase que terminó por descolocarme por completo.

—Digo… supongo que es de familia. De tal palo, tal astilla, ¿no? ¿Por qué yo iba a ser la excepción? Si algún día mamá se entera de esto, no tendrá como reclamarme….

Mi cuerpo se tensó por un momento, y mi mente se detuvo en sus últimas palabras, como intentando darles más vueltas para descubrir algun segundo significado, pero no lo había.

  • ¿Qué…? ¿De qué hablas? – Cuestioné clavando mis ojos en los suyos.
  • Oh, vamos hermanito… Es evidente ¿En serio crees que una bartender va a tener dinero suficiente para sostener por sí sola a tres hijos? Lo del bar es una fachada y eso se huele a kilómetros. — Respondió como si la persona de la que estuviéramos hablando no fuera nuestra madre.
  • No hables idioteces… Eso no te consta…
  • Ay… Siempre tan «tú» y con esa mamitis tan severa. Bájala de tu pedestal… Mamá es tan puta como yo…

Su frase cayó en la habitación como una piedra pesada sobre un charco de agua estancada. Quise replicar, levantar la voz, exigirle que se callara y que dejara de ensuciar todo con esa ligereza cínica. Pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.

Porque, en el fondo, mientras el eco de su voz resonaba en las paredes, mi mente empezó a correr hacia atrás, desatando hilos que llevaba años intentando mantener ocultos bajo siete llaves.

Pensé en Janett, nuestra madre. En su forma de caminar por la casa, en el aroma dulce y suavizante que impregnaba la sala, en las miradas prolongadas que a veces nos cruzábamos en la cocina cuando éramos solo los dos, y en como peligrosamente mis ojos se perdían en su escote. Durante toda mi vida había dudado de que mi devoción por ella era el simple y puro amor de un hijo agradecido, solo que no me atrevía a darle un nombre a ese sentimiento.

Pero a medida que el veneno de las palabras de Romina se filtraba en mi sangre, la verdad se deformaba frente a mis ojos con una claridad morbosa y adictiva. No sólo era devoción. Nunca lo había sido. Era el mismo pulso acelerado, la misma sequedad en la boca, el mismo hambre ciego y prohibido que ahora me mantenía atado a los muslos de mi hermana. Era deseo.

Había pasado media vida deseando a mi madre sin atreverme a pronunciarlo ni en el más oscuro de mis pensamientos, buscando sombras de ella en cada relación, en cada capricho, en cada mirada esquiva. Y Romina lo sabía. Romina lo había visto todo desde la primera fila.

—¿Qué pasa, hermanito? —susurró ella, inclinándose un poco más, con una sonrisa de complicidad maquiavélica al notar cómo la sangre se me retiraba del rostro—. Me parece que empiezas a ver más allá de lo que siempre has querido. ¿Ya estás pensando en lo mucho que siempre la has deseado? ¿O recién te das cuenta de dónde sacaste este vicio? – Apretó y movió con su mano uno de sus senos frente a mis ojos.

Las palabras de Romina resonaron en mi cabeza como una sentencia, pero en lugar de paralizarme, encendieron una chispa salvaje. La imagen de mi madre se fundió de golpe con el cuerpo de la mujer que tenía enfrente. Sin darle tiempo a decir más, me abalancé sobre ella.

La atrapé por la nuca en un movimiento brusco, hambriento, y la devoré en un beso áspero, desesperado, donde chocaron los dientes y la saliva se mezclaba. Romina soltó un jadeo de sorpresa que rápidamente se convirtió en una risa ahogada y triunfante; lejos de resistirse, arqueó el cuerpo con un entusiasmo feroz, devolviéndome la embestida con la misma voracidad.

—Eso es… Ven aquí, maldito pervertido… —susurró contra mis labios, con una urgencia que me sacudió hasta los huesos.

Mis manos bajaron con rudeza por su cintura, aferrándome a sus caderas para girarla y cambiar las posiciones en cuestión de segundos. El colchón crujió bajo nuestro peso mientras la acomodaba boca abajo, alzando su culo con una facilidad febril.

El aroma de su excitación, mezclado con el sudor de la habitación, inundó el aire de inmediato, recordándome exactamente dónde estábamos y qué estábamos rompiendo.

Me acomodé de forma que mi rostro quedó a la altura de sus nalgas, y entonces coloqué mis manos sobre estas, exponiéndola por completo ante mí. Romina giró ligeramente el rostro hacia mí, clavando los dedos en las sábanas con una sonrisa torcida y expectante, sabiendo perfectamente lo que venía.

  • ¿Te gusta la sorpresa…?

Al abrir sus nalgas, ante mis ojos brillaba una piedra de color rojo, similar a un rubí, con una forma redonda y un borde plateado. Mi hermana llevaba puesto un plug anal…

El aire se me atascó en los pulmones de golpe. Instintivamente, una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo. Durante tanto tiempo, la idea del sexo anal había sido una obsesión silenciosa, un fantasma recurrente que habitaba en mis fantasías solitarias. Había deseado explorar ese terreno prohibido, imaginar cómo se sentía ese límite absoluto, pero siempre lo había visto como algo inalcanzable, confinado a un rincón ante la negativa de Nicole.

Y ahora ahí estaba. No solo materializado, sino portado por ella, por mi propia hermana, como si me estuviera entregando en bandeja la llave exacta de mi apetito más secreto.

—Romina… Eres una puta. Me encanta… —murmuré con la voz ronca, sintiendo que el corazón me latía desbocado en la garganta.

Entonces lo sujeté de los bordes con delicadeza al principio, pero no tardé en hundir los dedos bajo estos para jalar y retirarlo poco a poco. El juguete fue saliendo a ritmo lento, presumiendo de lo dilatado, caliente y perfectamente preparado que había dejado el ano de mi hermana para mí. Mi momento por fin había llegado…

—Ah… Mmm… Hazlo de una vez… —pidió ella, con la voz rota por el deseo y una autoridad oscura que me quemaba la sangre—. Demuestra de verdad de qué estás hecho…

El juguete deslizó su último tramo y salió por completo con un sonido húmedo y sordo que resonó en el silencio de la habitación.Contuve el aliento al quedar frente a la visión de su ano completamente abierto y dilatado. El espacio que había ocupado el plug permanecía cóncavo, expuesto en ese estado de gape perfecto, mostrando los pliegues latiendo al compás de su respiración acelerada. Era una invitación tan obscena como perfecta, una prueba irrefutable de que se había preparado para este momento, sin saber que terminaría siendo para mí.

La urgencia me golpeó con la fuerza de un latigazo, una necesidad irracional de devorarla por completo me recorrió las entrañas.

Bajé aún más el rostro, sin apartar la vista de esa maravilla prohibida. Romina soltó un suspiro de sorpresa, contrayendo levemente los glúteos al sentir mi aliento caliente rozar su piel más sensible.

Sin dudarlo, presioné los labios contra su ano dilatado y comencé a lamerla con una devoción febril. Metí la lengua con suavidad, explorando cada rincón de su cavidad, saboreando su piel y el rastro almizclado que había dejado el juguete. Romina arqueó la espalda con violencia, clavando las uñas en el colchón y soltando un gemido estridente, completamente desbordada por la sensación.

—Mierda, Lucas… Sí… así… —rogaba entrecortadamente, moviendo las caderas para acoplarse mejor a mi boca, entregándose sin reservas a este acto de total perversión. – Cómeme el culo… Cómele el culo a tu hermana…

Saborearla de esa manera, sintiendo cómo se relajaba y se abría aún más bajo mi lengua, terminó de incendiar lo poco que quedaba de mi racionalidad. Me incorporé lo justo, sintiendo el pulso desbocado en las sienes, mientras mi miembro palpitaba con una fuerza insoportable, listo para reclamar lo que me había traído hasta aquí.

Me incorporé lo justo, sintiendo el pulso desbocado mientras mi miembro palpitaba con una fuerza insoportable, listo para reclamar lo que me había traído hasta aquí.

Apoyé las manos con firmeza en sus anchas caderas, sintiendo la temperatura de su piel y la forma en que su cuerpo se tensaba en una espera febril. Alineé la punta de mi miembro contra su entrada, rozando los pliegues calientes que seguían palpitando por el estímulo reciente.

Entonces entré poco a poco, sintiendo en mi ser un golpe seco de pura electricidad.

El ano de mi hermana cedió a mi empuje con una suavidad desesperada, tragándome por completo en un movimiento fluido que me arrancó un gemido gutural desde lo más profundo del pecho. La estrechez era absoluta, un calor denso y apretado que me abrazaba con una fuerza voraz, obligándome a detener el movimiento por un segundo para asimilar la magnitud de lo que acababa de hacer.

Romina soltó un grito ahogado contra la almohada, arqueando la espalda de manera exagerada y clavando los dedos en las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Sus caderas se elevaron para recibirme mejor, buscando más profundidad, exigiendo cada centímetro.

—Dios… sí… —logró articular con la voz quebrada, temblando bajo mi peso—. Múevete… no te detengas…

Esa orden fue la chispa que faltaba para encender el incendio definitivo.

Empecé a embestirla con una cadencia cada vez más salvaje, olvidándome de cualquier prudencia, completamente distinto a la intimidad con Nicole. Cada estocada era profunda, precisa, llenando la habitación con el sonido de nuestros cuerpos chocando en una sinfonía de sudor, fricción y gemidos desatados. Ver su cuerpo entregado de esa manera, sabiendo exactamente de quién era y todo lo que implicaba, me empujó a un estado de frenesí absoluto.

Sus carnosas y grandes nalgas rebotaban y chocaban contra mi pelvis, estaba cumpliendo la fantasía más oscura y prohibida de mi vida… No, no solo una… Dos: el sexo anal y mi propia hermana. En ese preciso instante, no existía en el mundo nada más que el ritmo de mi verga dentro de mi hermana.

El vaivén se volvió frenético. Cada embestida hacía que su cabello ondulado, café oscuro en la raíz y teñido de un rojo vino encendido hacia las puntas, azotara contra la almohada como una marea desordenada. Mi mirada descendía embobada por la curva de su espalda, su piel trigueña, ese tono mestizo y cálido que brillaba bajo la tenue luz de la habitación, cubierto por una fina capa de sudor. Sus muslos gruesos temblaban bajo el impacto de mi pelvis contra sus nalgas carnosas, que recibían cada estocada con un chasquido húmedo y rítmico.

La presión en su cavidad era una delicia apretada que amenazaba con hacerme perder el control en cualquier momento. De pronto, Romina giró apenas el rostro sobre la almohada, mirándome de reojo con los ojos entrecerrados y una sonrisa maliciosa pintada en sus labios húmedos.

—Mierda, Lucas… —soltó entre un jadeo largo, acomodando el cuerpo para darme aún más espacio—. Pensar que te tenía por un chico tranquilo… y resulta que tenías guardado un monstruo entero ahí abajo.

Soltó una risita ahogada que se convirtió en un gemido cuando volví a empujar hasta el fondo.—Con razón Nicole siempre se te escapaba… —continuó con esa voz cantarina y venenosa, rozando sus propios senos generosos que se aplastaban contra el colchón con cada golpe—. Pobre chica, no sabría ni por dónde empezar a acomodar semejante trozo de carne. Tuviste que venir con tu hermana para que alguien pudiera aguantarte como te mereces…

Sus palabras operaron como gasolina pura en mi mente. La combinación de su tono burlón, el peso de su cuerpo voluptuoso entregado por completo y la devoradora estrechez de su ano terminó por romper cualquier resto de contención.

Su voz ronca y burlona se había convertido en un veneno dulce al que ya no podía ni quería resistirme. Cada palabra suya resonaba en mi cerebro como un estímulo eléctrico, volviéndome completamente adicto a escucharla, a comprobar cómo su lengua afilada era capaz de desarmar lo poco que me quedaba de decencia.

—¿Qué pasa, hermanito? ¿Te gusta cogerte a tu hermana? —continuó ella, sintiendo perfectamente cómo mis embestidas se volvían más desesperadas, más urgentes—. Sabes que nadie más te diría las cosas como yo… Nadie más te conoce tanto… Nadie más te haría más feliz…

El pecho me ardía, el aire apenas me alcanzaba en bocanadas cortas y la presión en la base de mi miembro comenzó a acumularse con una fuerza insoportable. Las contracciones en mi interior empezaron a avisar que el límite estaba a solo unos segundos de romperse. Romina, con esa intuición perversa que parecía leer cada terminal nerviosa de mi cuerpo, se percató de inmediato.

—Eso es… Vente, córrete dentro de mí… ¡No pares ahora, maldita sea! —gritó arqueando aún más la espalda, con una urgencia que me contagió de golpe. – ¡Lléname el culo con tu leche! Dale leche a tu hermana…

Había algo en el aire, una vibración extraña y febril que desafiaba cualquier lógica. En ese instante, sentí cómo su cuerpo empezaba a contraerse al unísono con el mío. Era una superstición absurda, un pensamiento morboso y fantasioso que cruzó mi mente como un relámpago: nuestros cuerpos seguían conectados por el mismo cordón invisible que nos unió desde el útero, sincronizados incluso para el placer más prohibido, temblando bajo el mismo pulso desbocado. Ella también estaba ahí, al borde del clímax conmigo.

El rugido final me reventó. Dejé caer todo mi peso hacia adelante en un impulso desesperado, pegando mi pecho por completo contra su espalda. La piel de ambos se fundió en una sola superficie sudada y caliente, borrando cualquier espacio entre nuestros cuerpos. Mis manos se metieron bajo su pecho para aferrarse a sus enormes tetas y apretarlas con desesperación. En ese contacto absoluto, con el aroma de nuestra propia intimidad envolviéndonos, mi miembro se contrajo violentamente y comencé a vaciarme dentro de ella, a la par que los espasmos de su propio orgasmo me estrujaban con una fuerza devoradora, coronando el pacto más morboso , pero al mismo tiempo hermoso de nuestras vidas.

El tiempo pareció suspenderse en el instante exacto en que colisionamos.Un calor denso y abrasador estalló desde la base de mi cuerpo, y con una fuerza incontenible, mi miembro comenzó a latir violentamente, liberando chorros espesos y calientes de esperma que inundaron las profundidades de su ano. Cada latido de mi clímax se sentía como una descarga directa a los cimientos de mi mente, un vaciamiento absoluto que me dejó temblando de pies a cabeza.

A la par, el cuerpo de Romina convulsionó con una violencia desatada. Un grito ahogado y gutural se le escapó de la garganta mientras sus caderas se contraían con una fuerza salvaje, estrujando mi miembro con cada espasmo de su interior. La intensidad de su orgasmo fue tal que un torrente de sus propios fluidos estalló, empapando por completo las sábanas debajo de nosotros, formando una mancha húmeda y brillante que atestiguaba la magnitud de lo que acabábamos de desatar.

Permanecimos unidos, con los pechos agitados y el sudor escurriéndose por nuestras pieles, incapaces de movernos, respirando el mismo aire denso y cargado de nuestra propia transgresión.

El silencio que siguió en la habitación solo era interrumpido por nuestras respiraciones pesadas y el eco sordo de los latidos en nuestros pechos. Pasaron varios segundos en los que ninguno se atrevió a romper la quietud, procesando el tamaño de lo que acabábamos de firmar con nuestros cuerpos.

Sin apartar el pecho de su espalda, me estiré hacia adelante, rodeando su cuello con una mano, y giré su rostro para plantarle un beso hambriento, profundo y cargado de una extraña ternura oscura. Romina me devolvió el gesto al instante, con los labios todavía húmedos y una sonrisa apenas perceptible en las comisuras.

—Me encantas… —murmuré contra su boca, sin un solo atisbo de duda en la voz.

Romina soltó una pequeña risa ronca, divertida por la naturalidad con la que acababa de pronunciar esas palabras.

—Ya lo sabía, hermanito… —respondió, acomodándose un poco contra el colchón con total soltura, sintiendo todavía los restos de nuestro encuentro—. ¿Te duele la cabeza de pensar en lo mal que supuestamente está esto? Porque a mí no…

Negué despacio con la cabeza, apoyando la frente contra su hombro, inhalando su aroma mezclado con el sudor y el perfume.

—No… —confesé, con una tranquilidad que rozaba lo cínico—. ¿Sabes…? Durante meses intenté forzar las cosas con Nicole, llegando a sentirme culpable por querer explorar más allá de lo convencional… Y bastó con cruzar la línea contigo para darme cuenta de que solo estaba siendo un estúpido por pensar en reprimirlo…

Romina giró la cabeza lo suficiente para rozar su mejilla con la mía, soltando una carcajada baja y cómplice que me recorrió toda la espina dorsal.

—A todo esto… —murmuró mientras me recostaba de lado junto a ella, apoyando la cabeza en la mano—. Nunca me confirmaste si fue Christian quién te dio mi número… O bueno, el que uso para trabajar.

— Sí… – Respondí suspieando. – Estaba con ellos en el colegio, hablando de más como siempre. Salió el tema de Nicole y su negativa con ciertas cosas… El muy imbécil se burló, sacó el teléfono de la nada y me dijo que le escribiera a «la puta» para que me volara la cabeza. Me dio tu contacto como si nada, asegurándome que era una profesional… Ese idiota sabía lo que estaba haciendo.

Romina sonrió ampliamente, relamiéndose los labios con una mezcla de orgullo y picardía.

—Sí, suena a algo que haría él. Es decir, es uno de mis mejores clientes pero se cree más de lo que realmente es… – Luego de unos segundos en silencio soltó una carcajada. – Seguramente creyó que nos estaba haciendo una broma… Si llegara a saber que de verdad cogimos le da infarto.

—Le daría celos—supuse, sintiendo cómo una sonrisa oscura se dibujaba en mis labios mientras estiraba la mano para trazar la línea de su hombro—. Pensar que todo empezó por una burla de él… y míranos ahora, sin dar marcha atrás.

Romina se acomodó mejor contra mi pecho, apoyando la barbilla en él y clavando sus ojos oscuros en los míos, evaluándome con una calma absoluta.

—¿Te arrepientes? —preguntó de pronto, bajando la voz con una seriedad fingida, aunque su expresión delataba que conocía perfectamente la respuesta—. Digo… ya no hay vuelta atrás. Lo que acabamos de hacer no se borra con un simple «fue un error».

Negué despacio, sintiendo que la idea de retroceder ya ni siquiera existía en mi vocabulario.

— No. —le aseguré con absoluta franqueza, rodeando su cintura con el brazo para pegarla más a mí.

Romina esbozó una sonrisa lenta y profundamente satisfactoria, antes de besarme los labios con una naturalidad absoluta.

—Bien dicho, hermanito. Porque esto recién empieza…

Por Hostler Summer

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