La sierva victoria 1-1

La sierva victoria 1-1

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Ester salió del motel

Me llamo Victoria. En el Salón y en la casa me dicen Vicky. Tengo dieciocho años recién cumplidos y todavía me acomodo el vestido con un temblor antiguo, como si con el simple gesto de taparme fuera a conseguir que mi cuerpo dejara de ser lo que la mirada de los hombres ya ha decidido que sea.

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Vivo en un barrio que huele de forma perpetua a fritanga rancia, a cerveza tibia de cantina barata y a un miedo espeso que se pega a las paredes. Obreros con las manos rajadas, borrachos que arrastran las penas por el pavimento y moteles de cincuenta pesos la hora donde la dignidad se devalúa al compás de un cronómetro. La policía casi nunca cruza el límite de estas calles; aquí la única ley la escriben los que mandan en las esquinas. Nos renta un cuartucho don Fermín, el dueño de la cantina que está pegada al edificio, esa misma que echa una luz sucia y amarillenta contra nuestra ventana cada vez que cae la noche. Somos tres en casa: mamá, mi hermano —dos años menor, holgazán, expulsado de su prepa por insolente— y yo. Papá se largó el mismo día en que nació el niño, dejándonos a merced de un silencio largo y pesado. Desde entonces yo predico, estudio con ahínco y finjo ante el espejo que el nombre del Señor alcanza para tapar los huecos por donde se desangra nuestra vida.

Soy testigo de Jehová. De las que sí cumplen. De las que salen cada mañana con la madre y las tías a golpear puertas ajenas con la pesada Biblia negra bajo el brazo, ofreciendo una salvación que en nuestra propia casa parece un chiste cruel. Creo —o me obligo a creer con una fuerza desesperada— que el sexo es un vaso sagrado reservado exclusivamente para el matrimonio, que una hija del Señor jamás arma escándalos inútiles en la vía pública y que es nuestro deber perdonar a quien se arrodilla arrepentido. Pero también creo, aunque jamás me atreva a pronunciarlo en voz alta dentro del Salón del Reino, que si un día grito demasiado al fondo de mi habitación, todo el vecindario y los ancianos de la congregación se enterarán, y entonces el más pequeño de los pecadillos se convertirá de inmediato en una sentencia de muerte espiritual.

Tengo novio. Armando. Armandito. Es un muchacho flaco, de rostro bondadoso, algo nerd, que también pertenece a nuestra congregación. Lo nuestro es un secreto celosamente guardado, no solo porque las normas de la religión prohíben esas distracciones antes de tiempo, sino porque si los demás se enteran, Brayan lo usará de juguete para aplastarlo como a un insecto.

Brayan es el Negro: veintiún años cumplidos a base de golpes, un metro noventa de músculo y mala leche, repetidor eterno de curso y líder indiscutible de la pandilla del barrio. No estudia; su única ocupación es cazar. A las chicas que le llaman la atención las acorrala sin piedad en los baños durante el recreo o las arrastra al motelucho pestilente que se levanta en la calle de atrás. Habla de las mujeres como quien enumera cortes de carne en un mercado de abastos. A los débiles del colegio les hace el callejón de los golpes, les arrebata el poco dinero que llevan para el almuerzo y los deja tiritando de vergüenza. Varios muchachos intentaron plantarle cara en los pasillos, pero todos terminaron con los huesos rotos y la mirada baja.

Yo lo he visto todo desde la orilla del patio, apretando la Biblia contra mi pecho con tanta fuerza que el cuero duro parecía la única pared capaz de defenderme del horror.

Lo que ya sabía y no quería nombrar

La perfecta de la escuela se llamaba Sandra. Veintidós años, recién salida del título, de esas que todavía creen que un sello y un reglamento le paran las manos a un hombre. Alta, no tanto como Brayan, pero sí lo bastante para mirarlo de frente. Delgada de cintura, pecho firme que la blusa hasta el cuello no conseguía aplanar: se le adivinaba el sostén serio, blanco, de tiras anchas, el de quien se viste para que no la deseen y aun así la desean. La cara era bonita a la fuerza, de tanto recato: cejas peinadas, boca pequeña sin pintalabios, un lunar junto a la nariz. El pelo castaño oscuro, siempre en un moño bajo tan apretado que se le marcaban las sienes. Andaba con falda lápiz bajo la rodilla, zapatos bajos y un reloj de maestra. Olía a jabón y a papel. Cuando hablaba, juntaba las manos delante del vientre, como en el Salón. Tenía fama de intachable. Incorruptible. De las que te llaman la atención por una falda dos dedos más corta y se quedan dormidas pensando que el mundo se arregla con memorándums.

Un martes, en el patio, Brayan le metió la mano bajo la falda a una chica junto a las canastas: el gesto bruto, la risa, los de la pandilla mirando. Sandra cruzó el cemento con el moño intacto y le plantó el cuerpo delante, la carpeta contra el pecho, la voz firme de quien no ha sido follada nunca —o de quien no lo admite.

Eso era ella, antes. La justicia con blusa abotonada hasta arriba. El error fue creer que Brayan iba a respetarle el moño.

—Esto se acaba hoy —le dijo, con esa voz de quien cree que el reglamento pesa más que una verga—. Si vuelves a tocar a una alumna, te denuncio.

Brayan se la quedó viendo de arriba abajo. Se rio por la nariz.

—Denuncia, maestra. A ver si te alcanza la voz cuando te esté partiendo el culo.

Ella se puso colorada. No se fue. Eso fue su error. A los tres días la vieron salir del baño de hombres con el moño deshecho y la boca brillante de leche. No me lo contaron con pudor. Me lo contaron como se cuenta en este barrio: con asco y con risa. Dijo que la había encerrado. Que le había bajado el pantalón de vestir y le había puesto la polla en la cara.

—Ábrela, Sandra. O mañana tu denuncia sale con un vídeo.

Ella abrió la boca. Eso también me lo dijeron. Que le temblaba la mandíbula. Que Brayan le agarró el moño y se la metió hasta que le sonaron las nalgas contra el lavabo. Que cuando se corrió le dijo:

—Trágatela, perfecta. Así aprendes a hablar de justicia con la boca llena de semen.

No fue el final. El final fue el motel de cincuenta pesos. La vistió de colegiala —falda corta, calcetas, orejas de conejita— y la grabó de rodillas, en cuatro, con el culo rojo de nalgadas. En el vídeo se le oye la voz de antes, la de la denuncia, hecha un hilo:

—No… no en el culo… Brayan, por favor…

—En el culo sí, maestra. Para que se te quite lo intachable.

Se la metió atrás mientras la cámara le enfocaba la cara. Ella lloraba y se le veía el coño brillante, traicionándola. Él se corrió dentro, se la sacó y le recorrió el semen por la hendidura, despacio, para el vídeo.

—Saluda a tus alumnas, Sandra.

Subió el clip a tres grupos de WhatsApp del barrio. Al día siguiente ella no se presentó. No renunció. Simplemente no volvió. Yo vi el vídeo una sola vez, en el celular de una compañera, en el recreo, con el volumen abajo. Se me cerró el estómago. Se me humedeció el calzón. Me fui al baño de mujeres a rezar y a odiarme por haber seguido viendo cuando ya lo podía haber apagado.

Rebeca era otra. De las más sabrosas del patio: las tetas pesadas, el culo de los que levantan la falda solitos. No la chantajearon con un hermano. La chantajearon con que le gustaba. Brayan la agarraba en el recreo, la metía al baño de hombres y la ponía contra el lavabo. Yo pasé una vez a recoger un libro que se me había caído junto a la puerta. Oí.

—Ábrete, Rebe. Ya está mojado.

—Date prisa, Negro, que me van a pasar lista.

El golpe de la pelvis contra el mueble. El sonido húmedo. Ella ahogando un gemido.

—Así. Eso. Mueve el culo. Te gusta que te la meta con el uniforme puesto, ¿verdad, putita del recreo?

—Cállate… ay, Dios… más rico…

Salía con la falda torcida, el pelo alborotado, las mejillas encendidas. A veces sin calzones. Brayan se los colgaba del dedo y se los tiraba a los de la pandilla.

—Para que huelan lo que yo me acabo de comer.

Una vez el calzón de Rebeca cayó cerca de mis zapatos. Blanco. Manchado. Lo vi dos segundos de más. Se me olvidó el versículo que iba repasando. Seguí de largo con las orejas ardiendo y el coño palpitándome debajo del vestido largo, como si el pecadillo ajeno se me hubiera pegado a mí.

La nerd de lentes se llamaba Miriam. Tímida. Pecho grande escondido en suéteres feos. Un jueves, volviendo a casa por el atajo, la vi salir del motel de cincuenta pesos. La puerta de lámina, el número 4, el olor a cloro barato y a semen viejo. Ella se acomodaba los lentes con una mano y la falda con la otra. Tenía la boca hinchada. Se le veía un hilo seco en la comisura. Detrás salió uno de los de Brayan, no él: un lugarteniente, abrochándose el cinturón.

—La próxima pagas tú el cuarto, cuatroojos. Hoy me la chupaste como para que te lo perdone.

Miriam no contestó. Me vio. Yo la vi. Las dos bajamos la cara. Yo apreté la Biblia contra las tetas hasta que me dolió. Seguí caminando. Esa calle es mi atajo todos los días. También es el pecadillo a la intemperie. Cada vez que paso siento el motel a un lado, como un animal. Y cada vez, aunque recé en la esquina, se me acuerda el hilo en la boca de Miriam y se me aprieta el calzón.

Ester era mi mejor amiga. Hermanita del Salón. Dirigía lo juvenil. La ponían de ejemplo. Tenía el mismo cuerpo que yo —pecho alto, cintura breve, culo que el vestido cristiano no consigue matar— y lo escondía mejor. Yo me miraba a veces en ella para no mirarme en Rebeca.

Estos días andaba rara. Nerviosa. Se le olvidaban los versículos. Ya no me esperaba a la última hora. Un martes le toqué el brazo en el pasillo.

—Esti, ¿qué te pasa? Andas como si te estuvieran siguiendo.

—Nada —dijo, y se le quebró la voz—. Los gemelos. Ya sabes cómo está el patio.

—¿Brayan?

Se le humedecieron los ojos. Negó con la cabeza demasiado rápido.

—No le digas a nadie. Sobre todo no en el Salón. Por favor, Vicky.

—Eres mi hermana —le dije—. Si te está haciendo algo, lo hablamos con el pastor.

Se rió. Una risa fea, que no le había oído nunca.

—El pastor no le para las manos a ese negro, Vicky. Nadie se las para. Tú lo sabes.

Apretó el cuaderno contra el pecho, justo donde se le marcaban las tetas, y se me fue. Olía a su desodorante de siempre y, debajo, a un miedo agrio. Yo me quedé en el pasillo con las palabras del Señor atascadas y una pregunta sucia que no quise hacerme: si ya se la había metido. Si ya le había puesto la polla en la boca como a Sandra. Si el culo que escondía tan bien ya lo conocía Brayan con el uniforme subido.

El jueves un compañero me soltó, como quien no quiere la cosa:

—Tu amiga la santita se está saliendo. Falta a última. Ayer la vieron por la calle de los moteles.

—Ester no va a esos lugares —dije.

Él se encogió de hombros.

—Todas dicen eso. Hasta que salen cojeando.

No lo creí. Las santas no se salen. Las santas se aguantan. Esa tarde fui a su salón. El pupitre estaba vacío. El suéter doblado en el respaldo, como si hubiera pensado volver. No volvió. Pregunté. Nadie sabía. Una dijo que se había sentido mal. Otra, más baja:

—Pregúntale al Negro. Andaba con esa sonrisa de cuando acaba de coger.

Se me fue el aire. Agarré mi Biblia y mi mochila. Me fui sola por el atajo, la calle del motel, la misma de Miriam, la misma de Sandra, la que yo uso para llegar más pronto a casa y rezarle a mamá que ya vengo. El corazón me latía en el coño y en la garganta a la vez. Me dije que no iba a ver nada. Me dije que Ester era de las nuestras. Me dije, como siempre:

No pasa nada.

Pasa. Yo todavía no la había visto salir. Pero el cuerpo ya se me había adelantado: iba húmeda debajo del vestido largo, con miedo de hallarla y con una curiosidad pecaminosa que no le voy a negar a quien lea esto. Quería no verla. Quería verla. Las dos ganas me caminaban juntas hacia el número 4.

La calle del motel

El sol ya se había ido a medias cuando la vi. Primero fue el pelo: no era el recogido de la reunión. Estaba deshecho, pegado a la nuca, con un mechón duro de algo que no era gel. Después la cara. Colorada. Boca hinchada. Como si acabara de llorar o de correrse, y yo no supe cuál de las dos cosas me dio más asco. Llevaba minifalda —no la falda del Salón—, mallones negros, un top negro que no era de ella, el escote comiéndose las tetas que ella siempre escondía, dos trenzas de esas que se pone una para que la miren como a una niña que cobra. Se acomodaba la tela con las dos manos. Caminaba rara, de lado, con un paso corto. Se sobaba el culo, no por coqueta: como le duele a una cuando le acaban de abrir lo que no quería abrir.

Me paré detrás de un árbol. Se me abrió la boca y no llamé. ¿Cómo se llama a una hermana que sale de ese umbral?

De la puerta del número 4 salieron Brayan y dos más. Borrachos. Oliendo a cuarto cerrado. Se daban la mano como quien cierra un trato.

—Esa santita aprieta, Negro —dijo uno, todavía con la verga marcada en el pantalón—. Casi se me sale.

—Te dije. De reunión. Esas son las que mejor chupan cuando les nombras al hermanito.

Brayan se rio. Se limpió la boca con el dorso.

—El culo lo tenía virgen. Ya no. Se lo dejé llorando.

Ester iba delante, a unos pasos, como si no los oyera. Se le transparentaba el calzón bajo la minifalda cuando se le subía al caminar. Se le veía un brillo en el muslo, alto, que no era sudor. Se le escapó un aire. Se detuvo. Se agachó un segundo, se tocó atrás por encima de la tela y se mordió el labio. Siguió.

Yo apreté la Biblia contra las tetas hasta que me dolió el pecho. El coño se me había puesto caliente. Lo odié. No salí.

Entonces llegaron otros dos, de la misma pandilla, cruzando la calle con esa risa de patio.

—¿Ya la soltaste, Negro?

—Aún faltan ellos —dijo Brayan, y le gritó a Ester—: Oye, hermanita. ¿A dónde vas?

Ella se volvió. Se le quebró la cara. Por un segundo fue otra vez la del Salón.

—Dijiste que si te lo hacía… los gemelos…

—Te lo hice. Ellos faltan. Ven.

Los otros le agarraron el brazo. No la golpearon. No hizo falta. La devolvieron adentro como se devuelve algo que todavía no se acaba. Ella no gritó. Dijo, bajito, una sola cosa:

—Vicky no… que no se entere Vicky…

No sé si lo dijo o si yo lo oí porque lo necesitaba. La puerta del 4 se cerró. Se oyeron risas. Un golpe de cama. La voz de Brayan, ya sin calle:

—En cuatro otra vez. Y ahora sí te la acaban todos. Abre ese coño, sierva.

La risa me llegó como una bofetada. Me fui antes de que salieran. Caminé a casa con las piernas juntas, el vestido pegado, el calzón hecho una sopa. No llamé a Ester. No llamé al pastor. No llamé a mamá. Abrí la puerta de mi cuarto y eché el seguro.

Esa noche, en mi cuarto, con mamá ya dormida y la cantina de don Fermín echando luz sucia contra la pared, me quité el vestido. Me quedé en el calzón blanco. El algodón ya se me había marcado: una raya oscura, caliente, que yo no quería mirar y miré igual. Me recosté. Junté las rodillas. Quise rezar. Se me vino Ester acomodándose la minifalda, las mejillas coloradas, el paso de quien lleva el culo abierto. Se me vino lo que yo no vi y aun así inventé con una claridad de pecadora: Brayan subiéndole la tela, partiéndole las nalgas con las dos manos, escupiéndole el agujero, metiéndosela despacio para que ella sintiera cada vena.

Me resbalé los dedos por encima del calzón, primero, como si con no metérmelos dentro todavía no fuera pecado. El calor me pegó en la yema. El coño se me había hinchado; los labios se me sentían gordos, resbalosos, latiendo contra la tela. Apreté un poco. Se me fue un aire por la boca.

—Perdóname —dije, bajito, al techo—. Solo un poco. Solo para que se me quite.

No se me quitó. Me bajé el calzón hasta la mitad de los muslos, lo justo para no sentirme del todo desnuda delante de Dios. El aire de la pieza me tocó la humedad y se me erizó el vientre. Abrí un poco las rodillas. Con dos dedos me aparté los labios. Estaba empapada. El dedo del medio se me resbaló solo, de arriba abajo, recogiendo esa agua espesa que a mí me da vergüenza nombrar y que olía a mí, a miedo y a ganas. Encontré el clítoris. Lo tenía duro, asomado, tan sensible que el primer roce me dobló la cadera.

Me odié. Me toqué igual.

No fui delicada mucho rato. Las siervas también tenemos prisa cuando pecamos. Me lo froté en círculos chicos, rápidos, con la yema mojada, y con el otro dedo me busqué la entrada y me la acaricié sin entrar del todo, como si entrar fuera otra clase de caída. El vientre se me puso duro. Se me abrieron solos los muslos. Se me vino la voz de Ester —la misma con la que dirigía lo juvenil— hecha un hilo:

—No se lo hagas a mis hermanos… te hago lo que quieras… no los toques…

—Entonces abre, hermanita. Y no finjas que no se te moja.

A mí se me mojó más. Me metí el dedo. Caliente, estrecho, el coño me lo apretó como si quisiera quedárselo. Saqué y metí despacio, y arriba seguí con el pulgar en el clítoris, ya sin permiso. Se me arqueó la espalda. Las tetas, todavía dentro del sostén, se me pesaron; me metí la mano libre por el escote y me apreté un pezón, fuerte, de castigo, y el castigo se me volvió rico. Se me escapó un gemido contra la almohada. Lo ahogué. Mamá estaba al otro lado de la pared. El Señor, según yo, más cerca.

El orgasmo no llegó como una bendición. Llegó como una ola sucia. Primero el hormigueo en los muslos, ese calor que sube y no se puede razonar. Después el coño se me cerró alrededor del dedo, una vez, otra, a golpes, y el clítoris me latió tan fuerte que tuve que apretarlo y dejarlo y apretarlo otra vez porque si lo soltaba del todo me iba a oír toda la casa. Se me fue la respiración. Se me pusieron rígidos los pies. Se me llenaron los ojos. Me corrí pensando en el motel de cincuenta pesos, en la verga de Brayan abriéndole el culo a Ester, en el semen saliéndole por los muslos cuando la sacaron a la calle, en «aún faltan ellos», en que la iban a usar entre varios y que a mí se me cerraba el pecho y se me abría todo lo demás.

El correrme me duró más de lo que una hija decente debería aguantar. Me vino por oleadas. Cada una me dejaba más mojada. Sentí cómo se me escapaba el jugo entre los dedos, caliente, hasta el pliegue del culo, y eso —esa humillación chiquita, íntima— me alargó el temblor. Me tapé la boca con la muñeca. Lloré encima del orgasmo, o el orgasmo encima del llanto: no supe cuál iba primero. Por un segundo no hubo versículo. Solo el pulso entre las piernas y el nombre de Ester atorándose en la garganta.

Después se acabó. Me quedé con las rodillas abiertas, el calzón enredado en un tobillo, la mano brillante. El cuarto olía a coño. Me dio vergüenza el olor. Me lavé las manos en la palangana como si el jabón quitara el versículo que acababa de romper. El clítoris todavía me latía, dolorido, satisfecho, traidor. Me puse otra vez el vestido encima de la piel temblorosa. Recé sin juntar bien las palabras.

Ester dejó la escuela. Dejó el Salón. La vergüenza puede más que el Señor. Esa frase se me quedó trabada en la lengua. Todavía no sabía que también me esperaba a mí. Todavía no sabía que, cuando me tocara pagar, yo también iba a terminar así: con los dedos metidos, pidiéndole perdón a Dios por mojarme con lo que debía asquearme.

Al día siguiente lo vi a Armandito detrás del Salón, donde siempre nos escondemos dos minutos, los justos para no pecar del todo. Traía el cuaderno contra el pecho. Me sonrió con esa sonrisa limpia que a mí ya me quedaba grande.

—Ayer no te vi salir —dijo—. Pensé que te habías enfermado.

—Estaba cansada.

Me tomó la mano. La suya era tibia, seca, buena. Me dio un beso en la comisura, rapidito, el de siempre, el que no abre la boca porque «Dios ve». Yo dejé que me la besara. No se me movió nada abajo. Nada. El calzón de la noche anterior todavía me olía a mí cuando me agaché a atarme el zapato, y su boca en la mía era agua. Agua buena. Agua que no quita la sed que no debía tener.

—Cuando salgamos de la prepa —murmuró— le pedimos permiso al pastor. Formal. Tú y yo.

Le apreté los dedos.

—Sí.

Mentí. Pensé en Ester cojeando. Pensé en mi boca, que todavía no había probado la verga de Brayan y ya se me adelanta el miedo. Pensé que esta mano no iba a alcanzar. Se lo callé. Lo necesitaba limpio un rato más. Él me soltó porque venían las tías. Se fue volviendo a mirarme, feliz. Yo me quedé con los labios fríos y el coño quieto, y esa quietud me asustó casi tanto como cuando se me moja: si el que me quiere no me enciende, ¿qué clase de hija soy?

El hermano

En casa, mamá lo dijo como quien anuncia una bendición. Mi hermano estaba expulsado de su prepa. El semestre que entra lo iba a meter a la mía. Yo iba a sexto. Él a segundo. Se me heló la sangre.

Ester ya no estaba. La pandilla se había quedado sin quien pagara. Si alguien nos veía juntos, el siguiente nombre era el mío. Se lo pedí a Dios esa noche de rodillas: que no se enteraran, que el niño no cruzara el patio, que Brayan se olvidara de que yo tenía falda y hermano.

Dios no administra los chismes del barrio.

Un bravucón nos vio en la esquina, volviendo de la tienda. Yo llevaba la bolsa. Mi hermano iba a mi lado, demasiado cerca. No me di cuenta del que nos miraba hasta que ya había sonreído. Esa sonrisa de patio. La de quien acaba de hallar un precio.

Se lo llevó al Negro.

Al día siguiente Brayan me esperó detrás de los talleres, donde el yeso se cae a tiras y no hay testigos que quieran ver. Me cortó el paso con el cuerpo. Un metro noventa de sombra. Olía a cigarro, a desodorante barato y a patio. Me empujó con dos dedos en el pecho, despacio, hasta que la espalda me dio contra la pared.

—Andas de hermana con el chamaco —dijo—. Qué linda. Qué pendeja.

No me pidió un beso. Bajó la mirada del moño a la boca, de la boca a las tetas, de las tetas al vestido largo que no esconde nada cuando una respira mal. Me puso la boca en el pecho encima de la tela. Caliente. Grande. Me humedeció la blusa con la lengua, justo donde se me marca el pezón, y el pezón se me paró contra su diente. Quise apartarlo. Le puse las manos en los hombros. No se movió.

Metió la mano por el escote. Los dedos secos, anchos, me buscaron la teta dentro del sostén. Me la sacó un poco, no del todo: lo bastante para que el aire me diera en la piel y para que él viera la areola oscura. Me la apretó como quien prueba fruta. Fuerte. Me salió un sonido que no era un no y no era un sí. La otra mano se me fue atrás, bajo la falda, y me agarró un cachete del culo entero. Me lo sobó despacio, midiéndolo, pesándolo, abriéndome la hendidura con el uniforme puesto, para que yo entendiera que ya lo tenía contado.

—Redondo, santita. Duro. Este culo no es de reunión.

—Suéltame —dije. La voz me salió chica.

—Tu carnalito entra luego —me sopló en el cuello—. Tú sabes cómo se pone esto. Ester también sabía. Sandra también. ¿Quieres que el chamaco aprenda lo que es un calzón chino todos los días? ¿O vas a usar esa boquita que tanto reza?

Yo sabía. Había visto a Ester. Había visto a la perfecta. El asco y el terror se me juntaron en la boca del estómago. Abajo, traidor, el coño se me apretó. Lo odié.

—No le hagas nada. Te lo pido por Dios.

Él se rió contra mi piel.

—A Dios le hablas de rodillas, ¿no?

Se desabotonó. El sonido del cinturón me llegó más hondo que un grito. Se bajó el cierre. La verga se me cayó encima, pesada, oscura, ya dura: gruesa de verdad, la cabeza hinchada y brillante, una vena latiéndole por el lado, el vello espeso, el olor a macho que no es de Salón, a orines viejos y a piel encerrada. Me dio en el muslo, caliente, y se me doblaron las rodillas antes de que él lo pidiera.

Me agarró el pelo. El moño se me deshizo.

—De rodillas, santita. Y te la acabas. Si me dejas a medias, el chamaco paga.

Me arrodillé porque el terror pesó más que la doctrina. El piso me marcó las rodillas. Quedé a la altura de esa polla. Me temblaba la boca. Me temblaba todo. «No armes escándalo», me repetí. «Una hija del Señor no grita aquí».

Me la llevé a la boca. Me supo a piel y a salado. A él. Abrí lo que pude. No me cupo de primeras: la cabeza me llenó el paladar y todavía me sobraba. Él no pidió cariño. Pidió fondo. Me sujetó la nuca y empujó. La polla se me topó en la garganta. Se me llenaron los ojos. Me corrió un hilo de baba por la comisura. Quise toser. Me la dejó adentro un segundo de más, para que yo entendiera quién mandaba, y entonces empezó a usarme la boca como se usa un agujero.

Iba y venía. Me rozaba los labios. Me humedecía la barbilla. Yo, que en el Salón no digo esas palabras, las tuve todas dentro: verga, polla, semen que todavía no llegaba y ya se me adelantaba en el miedo. Me agarró las dos tetas por encima del vestido y apretó cuando le tembló el muslo. Los pulgares me buscaron los pezones y los hizo doler. El dolor se me fue hacia abajo. Se me mojó el calzón en el piso sucio de los talleres, de rodillas, con la boca llena, pensando en mi hermano, pensando en mamá, pensando en el Señor.

El Señor no bajó a taparme la boca.

—Mira cómo chupas, hermana —dijo, ronco—. Ni Rebeca me la toma así. Más lengua. Ahí. Los huevos también, no te hagas.

Me los puse en la cara porque si paraba iba a oír el nombre de mi hermano otra vez. Calientes, pesados, olían más fuerte que la verga. Los lamí. Me dio vergüenza el gesto. Me dio más vergüenza que se me hubiera escapado un gemido cuando él me volvió a llenar la boca de un solo empujón.

—Eso. Así se paga. Te va a quedar el sabor para el culto.

Se corrió sin avisar. El semen me llegó caliente, espeso, amargo. Me lo tragué porque si escupía iba a verse en el piso y el piso habla. Me limpié la comisura con el dorso de la mano. Él se la sacudió en mi labio, de propina.

—Por ahora —dijo—. No te me pongas santa. Ya sé a qué sabe tu boca.

Se fue. Yo me quedé un rato sentada contra la pared. Las rodillas me ardían. El sostén me quedaba torcido. Me lavé los labios en el bebedero como si el jabón de Dios cupiera en un chorrito de agua fría. El sabor no se fue. Semen y piel y esa sal que no es de la comida. Tampoco se fue un calor abajo, traidor, que no tenía nada que hacer ahí. El calzón se me había pegado. Me asustó más que la verga. Me dije que era el miedo. Me dije que no pasaba nada.

Caminé a casa con el vestido derecho y la boca hinchada. Cada paso me rozaba el coño. Lo odiaba. Lo sentía hinchado, abierto, como si la polla de Brayan me hubiera quedado entre las piernas aunque solo me la hubiera puesto en la boca. En la esquina me crucé con una tía del Salón. Sonreí. Apreté la Biblia contra las tetas para que no se me notaran los pezones. Ella me dijo que el Señor me acompañara. Yo asentí con el sabor de él todavía debajo de la lengua.

Mamá estaba en la cocina. Mi hermano, tirado en el sillón. Los vi y se me quebró algo. Por ellos me había arrodillado. Por ellos se me había llenado la garganta. Le dije a mamá que me dolía la cabeza. Que iba a recostarme un rato. Me miró dos segundos de más.

—Estás colorada, Vicky.

—Es el calor.

Cerré la puerta del cuarto. Eché el seguro. El seguro en esta casa es un pecado chico: las hijas no cierran con llave. Lo eché igual. Me quité el vestido. El sostén tenía una marca de su mano, un poco de humedad en la copa donde me había chupado encima de la tela. Me lo dejé puesto. El calzón blanco estaba empapado: no de semen, de mí. Me lo bajé y lo olí sin querer, o queriendo, y me dio un vuelco el vientre. Olía a coño asustado. A ganas que no debían estar.

Me recosté. Junté las rodillas. Las abrí. Quise rezar. Se me vino la polla oscura, la vena, el empujón en la garganta, la voz de él: mira cómo chupas, hermana. Se me vino el peso de los huevos en la cara. Se me vino el no poder toser. Me metí dos dedos en la boca primero, para sentir otra vez esa llenura, y me supe la baba y el recuerdo del semen. Después bajé la mano.

El clítoris lo tenía duro, asomado, latoso. El primer roce me arqueó. Me tapé la boca con la almohada. Me froté en círculos chicos, rápidos, con los labios del coño resbalosos, gordos, abriéndoseme solos. Me metí el dedo del medio. Estrecho. Caliente. Me apretó. Saqué y metí al ritmo al que él me había follado la boca, y esa coincidencia me dio tanto asco y tanta hambre que se me llenaron los ojos.

—No… no debería… —dije contra la tela—. Perdóname. Solo para que se me quite.

No se me quitó. Se me subió. El vientre se me puso de piedra. Las tetas, dentro del sostén manchado, se me pesaron; me saqué una y me torcí el pezón como me lo había torcido él, y el dolor me empujó el orgasmo para adelante. Pensé en Ester. Pensé en Sandra de conejita. Pensé en mí de rodillas, con la polla al fondo y el hermano a salvo un día más. El coño se me cerró a golpes alrededor del dedo. El clítoris me latió tan fuerte que tuve que apretarlo y soltarlo y apretarlo. Se me rigidizaron los pies. Se me escapó un gemido ahogado que olía a rezo.

Me corrí largo. Sucio. El jugo se me vino por los dedos hasta el pliegue del culo, caliente, y eso me alargó el temblor. Lloré encima. El cuarto olía a sexo y a vestido de cristiana tirado en la silla. Cuando se me acabó, me quedé con las piernas abiertas, la mano brillante, el pulso todavía abajo, traicionándome.

Me lavé. Me puse otro calzón. Escondí el mojado debajo de la cama, como si mamá no fuera a tender nunca. Me senté en el borde del colchón con la Biblia en las rodillas y no pude abrirla. El sabor de la polla se me había mezclado con el sabor de mi corrida. Me dije otra vez que no pasaba nada.

Pasaba. Yo ya me había tocado con lo que me acababan de hacer. Y el Señor, si estaba mirando, había visto las dos cosas: la rodilla en el piso sucio y los dedos después, en casa, pidiendo más.

Tres meses

Poco después se lo llevaron. Denuncias y un robo reciente. Tres meses. Al irse juró que iba a encontrar a quien lo delató. Yo no supe, entonces, que fue mi hermano. El chamaco se había enterado de que me acosaba y habló. Ese secreto se me quedó debajo de la piel, dormido.

Entonces no supe que había sido él. Solo supe que el Negro se fue y que el patio respiró.

Armandito me preguntó por qué andaba callada. Le dije que estaba cansada de predicar. Le apreté la mano escondida y sentí que esa mano no iba a alcanzar para lo que ya me había pasado. No se lo conté. Contarlo era hacerlo real delante de alguien bueno, y yo todavía necesitaba que él me viera limpia.

Mamá siguió con lo del semestre. Mi hermano iba a entrar. Brayan no estaba, pero la pandilla sí. Ester no volvió. Yo empecé a cruzar el patio como si no tuviera falda y como si no tuviera hermano. Las dos mentiras se me notaban igual.

Lo que le pedí esa noche

Me arrodillé en mi cuarto. No para Brayan. Para Dios. Le pedí que guardara al niño. Le pedí que me perdonara la boca. Le pedí que Ester hallara el modo de mirarse al espejo. No le pedí —todavía— que me quitara el calor que me había quedado en el coño después de hacer lo que no quería. Ese calor me daba vergüenza nombrarlo. Si lo nombraba, existía. Si existía, yo ya no era solo la sierva que predica.

Afuera, la cantina de don Fermín seguía echando luz sucia contra nuestra pared, rajando la oscuridad con anuncios de cerveza baratos que ninguna mano de obra santa lograba apagar. Yo me acosté con el vestido puesto, con el sabor todavía en la lengua —sal y metal viejo, el rastro amargo de la sumisión—, y me dije la frase que me iba a servir para todo lo que vino después, como un escudo de cartón ante la tormenta:

No pasa nada.

Pero sí pasaba. Ya estaba pasando. Yo todavía no sabía el nombre de los que faltaban por venir, ni cuántas veces tendría que doblar las rodillas para comprar la paz de mi casa. Sabía el de Ester, exiliada en su propio deshonra. Sabía el mío, podrido bajo la falda larga. Y sabía que, cuando el Negro saliera de esos tres meses de encierro, el barrio no iba a haberme vuelto santa, porque la carne, una vez que aprende el camino del miedo y del abismo, no vuelve a rezar de la misma manera.

Por Sol

Si quieres contactar con la escritora https://x.com/TuSolSolita

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