Beatriz y el círculo oscuro 2

Beatriz y el círculo oscuro 2

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La primera invitación de ese tipo llegó un jueves por la tarde. Beatriz, que acababa de terminar sus clases en el instituto del pueblo, aún tenía las manos manchadas de tierra del jardín cuando la encontraron. Estaba metida entre las rejas del portón verde, escrita en un papel grueso y verjurado —de esos que solo se conseguían en las papelerías de la capital—, con una caligrafía elegante trazada a pluma estilográfica.

“Estimados Beatriz y Luis: los esperamos el sábado a las nueve para una cena íntima en nuestra casa. Serán pocos los invitados, y todos deseamos conocerlos con calma. No se preocupen por la etiqueta: vengan como son. — Dante y Eloísa”

Beatriz leyó la nota en voz alta mientras Luis se secaba las manos en el pantalón, recién llegado de las viñas.

—¿Es de Dante? —preguntó él, asomándose por encima de su hombro.

—Sí. De Dante y Eloísa. Nos invitan a cenar el sábado.

—Ah, el señor de las parcelas que se resisten al riego. —Luis sonrió, quitándose la gorra—. Ese hombre me dijo que tenía una ladera que se seca, aunque llueva. Quedamos en subir con sus trabajadores a verla la semana que viene.

Beatriz dobló la nota con una sonrisa. Después de las dos primeras cenas a solas con los anfitriones y de aquellas tertulias privadas donde el misticismo de Eloísa y la cultura de Dante habían empezado a envolverlos, se sentían ya muy cómodos en la mansión de la colina. Sin embargo, esta invitación era distinta.

—Habrá que ir a esa cena —dijo Beatriz—. Es la primera vez que nos invitan para conocer a otros vecinos. No estaría bien rechazarla, ahora que nos hemos hecho tan cercanos a ellos.

—Claro que iremos. Además, tú necesitas salir de esta casa. Llevas tres días hablando con los rosales.

—Los rosales son mejores conversadores que tú —replicó ella, riendo—. Me escuchan sin interrumpirme.

El sábado de la cena en casa de Dante llegó inexorable. Beatriz estaba dando los últimos toques a su arreglo frente al tocador cuando su teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa. Al contestar, la pantalla se iluminó con el rostro serio de Rocío, quien la llamaba por video llamada desde su internado en Inglaterra. La joven, de 18 años, apareció en pantalla luciendo el uniforme de cuadros escoceses y el cabello recogido en una coleta tirante, reflejando aquel aire formal y disciplinado que las monjas habían moldeado en ella, algo típico de la educación religiosa que recibía

—Beatriz —saludó Rocío, con su voz pausada—. ¿Van a salir? Te veo arreglada.

—Sí, cielo. Esta noche nos han invitado a cenar a casa de unos muy buenos amigos que hemos hecho en el pueblo… —respondió Beatriz, alisando el vestido con una mano mientras con la otra sostenía el teléfono—. Dante y Eloísa, son los dueños de unos terrenos por acá cerca. Gente culta, encantadora. Nos han acogido como si fuéramos de la familia.

—Me alegro, hermana. —Rocío esbozó una sonrisa leve, contenida—. Me gusta saber que ya no están solos. ¿Y Luis?

—Aquí, terminando de arreglarme —terció Luis desde el interior del baño, asomándose con una sonrisa—. Dile a tu hermana que no me deja ni peinarme tranquilo.

Rocío soltó una risa breve, casi tímida, y sus ojos verdes esmeralda, tan intensos como los de la misma Beatriz, se suavizaron por un instante.

—Pásenlo bien y cuídense mucho. Y no beban demasiado, que mañana hay misa temprano y no quiero que les duela la cabeza.

Beatriz sonrió con ternura, aunque el comentario de su hermana le resultó casi gracioso. Rocío, sumergida en la disciplina del internado, desconocía que ni ella ni Luis eran asiduos a la iglesia. No era una rebelión consciente ni una postura anticlerical, y mucho menos tenía que ver con la oscura red que empezaba a envolverlos en Villa Lavatián, pues en ese momento aún ignoraban la naturaleza del Círculo. Simplemente, la fe no era un pilar en sus vidas; eran personas pragmáticas que solo pisaban un templo en ocasiones excepcionales, como algún casamiento o bautizo, y siempre que la invitación fuera inevitable. Beatriz había elegido aquel prestigioso colegio religioso en el Reino Unido para su hermana no por una devoción compartida, sino por el reconocimiento y la excelencia académica de la institución. Para ella, asegurar que Rocío tuviera la mejor educación posible en uno de los establecimientos más prestigiosos de Europa era la prioridad, independientemente de que el entorno fuera conventual. Era una decisión basada en la calidad y el futuro, no en la salvación del alma.

—Descuida, enana —respondió Beatriz, ocultando la ironía en su voz—. Te llamamos mañana, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Buenas noches, hermana. Buenas noches, Luis.

La llamada se cortó, y por un momento el silencio de la habitación volvió a llenarse con el canto de los pájaros que provenían desde afuera.

Beatriz guardó el teléfono, respiró hondo, y sintió una calma que no había conocido en años. Aquella noche no era una cena cualquiera: era el primer paso hacia una vida nueva, rodeada de amigos que parecían comprenderlos sin necesidad de explicaciones.

Ese sábado, tanto la tertulia como la cena fueron, contra todo pronóstico, deliciosas. La mansión de Dante se alzaba sobre la colina como un animal dormido: piedra oscura, ventanas altas y un jardín de cipreses que olía a lavanda y a tierra vieja. El salón donde los recibieron era amplio, con techos artesonados y una chimenea encendida que crepitaba con leña de encina. Los cuadros de las paredes eran retratos antiguos, de esos que miran desde el óleo con una gravedad que impone respeto, y que, si se les mira demasiado tiempo, comienzan a inquietar los nervios.

Beatriz había escogido para la ocasión un vestido largo de noche en color colchovino, un rojo profundo y denso que parecía absorber la luz del zaguán. La prenda, de una caída impecable, se adhería a su cuerpo como una segunda piel, dibujando con una precisión casi obscena la potencia de su figura. El tejido resaltaba la estrechez de su cintura para luego abrirse en la curva generosa y fértil de sus caderas, mientras que el escote, sofisticado pero sugerente, subrayaba la plenitud de sus senos turgentes y apetitosos. A su llegada, subiendo las escalinatas de entrada a la mansión, caminaba con una seguridad natural, ignorando que aquel color, el color de la sangre y del vino, la convertiría en el centro absoluto de la atención de los demás invitados.

Dante, al recibirla, la devoró con la mirada. No fue un vistazo casual, sino una inspección voraz que recorrió cada centímetro de aquellas curvas prohibidas. En ese instante, el hombre sintió una sacudida violenta de deseo, una respuesta primitiva y caliente en su virilidad que lo tomó por sorpresa. Por un segundo, la pulsión biológica amenazó con eclipsar al líder de la secta. Sin embargo, mientras la saludaba, poniendo una mano en su cintura en el momento del beso de saludo, Dante, apretó los dientes y reprimió la sensación con una voluntad gélida.

Miró el vientre de Beatriz y, en lugar de deseo carnal, sintió una reverencia oscura. Recordó la profecía y el peso de su cargo. Aquella mujer, con su belleza desbordante y su cuerpo vigoroso, de cabello rojizo-oscuro y ojos verdes, no estaba destinada a él, ni a nadie del circulo; ella era el recipiente, el puente sagrado. Su vientre no pertenecía a ningún hombre de carne y hueso, sino que estaba destinado a ser poseído y reclamado por el Macho Cabrío. Tocarla para su propio placer habría sido un sacrilegio, un robo al Antiguo. Por lo que tuvo que transformar su lujuria en una suerte de fervor a-religioso, observándola, ahora, no como un amante, sino como un sacerdote que contempla la ofrenda más preciosa que jamás haya pisado su altar.

Eloísa los recibió en la puerta con un beso en cada mejilla y un vestido azul de seda que le caía con precisión sobre su figura, deslizándose sobre su cuerpo con una suavidad hipnótica. Su cabello era un prodigio: un plateado casi blanco, luminoso y puro, que parecía emitir una luz propia bajo las lámparas del zaguán. No eran canas, ni signo de vejez, ni tampoco albinismo: era sencillamente una peculiaridad de su naturaleza femenina, un rasgo tan propio de ella como el color de sus ojos, como si la luna hubiera decidido teñir sus cabellos desde el nacimiento. Lo llevaba recogido en un moño bajo, pero algunos mechones rebeldes escapaban y caían sobre su nuca y sus hombros. Tenía uno de esos rostros que desafiaban el tiempo; no era joven ni vieja —de unos cuarenta y cinco años, quizá, o un poco más joven—, pero poseía una belleza atemporal, con una piel de una palidez luminosa. Sus rasgos eran afables, de una armonía perfecta, con pómulos delicadamente marcados y unos labios carnosos que guardaban una sonrisa siempre sugerente. Pero eran sus ojos los que atrapaban: claros, profundos y cargados de una serenidad que rozaba lo místico, capaces de mirar a través de las personas con una intensidad que resultaba, a la vez, reconfortante y perturbadora.

No era una belleza que gritara, sino una que susurraba. Había en la forma en que se movía, en la curvatura sutil de su espalda y en la manera en que la seda del vestido se ceñía a sus caderas al caminar, una carga de sensualidad velada, una promesa de sofisticación y deseo que no necesitaba mostrarse para ser sentida, lo que hizo que Luis detuviera la respiración por un instante, cautivado por su presencia inquietante.

Dante, detrás de ella, vestía casual con una chaqueta beige y sonreía con una calidez que parecía genuina.

—Pasen, pasen. El vino ya está abierto y la carne lleva horas esperando. —Estrechó la mano de Luis con firmeza—. Me alegro de que hayan aceptado la invitación. Esta casa se siente más viva cuando hay gente nueva.

Los otros invitados fueron llegando de a poco, como si la cena se hubiera planeado para que las presentaciones fueran escalonadas, casi casuales. Primero, el doctor Villanueva, el médico del pueblo, un hombre canoso de modales pausados y algo panzón, el que llegó con una botella de jerez y un abrazo efusivo para Dante. Lo acompañaba su esposa, una mujer de entre 45 y 50 años, morena y de ojos oscuros, con una sonrisa fácil y una conversación agradable sobre el huerto que cultivaba detrás de su casa.

Después llegó Lydia, la viuda de Argüello, la dueña de las 5 barracas madereras más grandes de la región. Beatriz se había imaginado a una anciana severa, pero la mujer que cruzó el umbral tenía, a lo sumo, cuarenta años y una presencia que detuvo el aire en la habitación. Su belleza era de una naturaleza distinta a la de Eloísa: mientras que la anfitriona era etérea y lunar, Lydia era una hembra terrenal, nocturna y magnética. Poseía una tez blanca, casi marmórea, que contrastaba violentamente con la intensidad de su cabello negro azabache, peinado con una elegancia clásica y bien recogido —tipo tomate—, tirante como el de una bailarina de ballet, lo que dejaba al descubierto un cuello largo, firme y pálido. Sus ojos, negros y penetrantes, tenían la capacidad de diseccionar a quien miraran con una mezcla de autoridad y deseo. Pero el detalle que terminaba de sellar su atractivo era un pequeño lunar negro, situado con precisión quirúrgica justo sobre el arco de su labio superior, que le otorgaba un aire de coquetería prohibida y una sensualidad sofisticada que recordaba a las divas del cine europeo. Vestía de negro, pero su atuendo estaba lejos de ser fúnebre, o lamentable, como suponía el luto. Llevaba un vestido de seda negra, ceñido como un guante, que se adhería con una precisión casi grosera a sus curvas pronunciadas: resaltaba un pecho generoso y unas caderas anchas que se movían con una cadencia lenta y deliberada. El corte del vestido era audaz; aunque mantenía la compostura de una dama, la falda llegaba apenas hasta la mitad de sus muslos, dejando al descubierto la silueta de sus piernas cada vez que daba un paso. Aunque se adivinaba que su piel era de un blanco cremoso, casi lácteo, la viuda las cubría con unas medias negras de seda fina, brillantes como la noche, que se ceñían a cada curva de sus muslos y pantorrillas con una precisión que aumentaba su magnetismo. Esas medias negras trasparentadas jugaban con la insinuación de lo que se ocultaba y lo que se mostraba, elevando la carga erótica de sus extremidades a un nivel casi insoportable. Era una prenda que no resultaba escandalosa, sino profundamente sugerente, jugando con la línea invisible entre la respetabilidad de una viuda y la provocación de una mujer que sabe exactamente el poder que ejerce sobre los hombres.

Lydia, la viuda, saludó a Beatriz con una cortesía seca y una sonrisa medida, pero mientras lo hacía, su mirada se desvió un instante hacia Luis. Fue un roce visual breve, casi imperceptible, pero cargado de una electricidad madura. Luis, que hasta entonces se había sentido sutilmente cautivado por la luz de Eloísa, sintió de repente que la atmósfera se volvía más densa, más pesada; la figura de Lydia, con su contraste de blanco y negro y sus curvas desafiantes, despertó en él un instinto primario que no supo —ni quiso— nombrar en ese momento.

—Así que usted es la nueva profesora —dijo, la enigmática viuda oscura, aceptando una copa de vino tinto de uno de los pocos hombres que los estaban atendiendo que vestía de mozo—. Mis sobrinas hablan de usted en todas las cenas. Dicen que explica la biología como si fuera una historia. Eso, en este pueblo, es un milagro.

Beatriz sonrió, sorprendida por el tono casi amable.

—La biología es una historia, Lydia. Solo que tarda miles de millones de años en contarse.

La viuda mostró una risa breve y seca, pero genuina.

—Me gusta usted, Beatriz. Hacía años que nadie me hacía reír con una frase así.

Teodoro Márquez, el notario, otro hombre panzón y con poco pelo, llegó un poco más tarde, cuando la conversación en el salón ya estaba en pleno apogeo. Entró con un “—perdonen la demora, los papeles no entienden de horas de cena” y una sonrisa que le arrugaba los ojos tras las gafas de media luna. Lo acompañaba su esposa, Matilde, una mujer menuda y amable de unos cuarenta años, de cabello castaño con algunas canas prematuras y una manera de sonreír que parecía pedir disculpas por ocupar espacio. Se integró enseguida en la conversación de las mujeres sobre recetas herbolarias.

El notario, en cambio, se acercó al grupo donde Luis y el doctor Villanueva discutían sobre injertos, y esperó su momento para intervenir con un comentario que hizo reír a todos: una anécdota sobre un pleito de vides que había enfrentado a dos familias durante tres generaciones y que se resolvió, contra todo pronóstico jurídico, cuando los nietos de ambos bandos se enamoraron y se casaron, al más estilo Romeo y Julieta.

—El amor arregla lo que la ley no puede —sentenció, Lydia, la viuda de Argüello, que lo escuchaba desde un sillón, en una pose sensual, con una pierna bien subida sobre la otra, y todos rieron.

Fue entonces cuando Dante, desde la puerta del comedor, los convocó con un gesto de su copa.

—Señores, la mesa está servida. Si no pasamos ahora, el ternero se va a ofender.

El comedor era tan amplio como el salón, con una mesa de roble macizo que podía sentar a catorce personas con holgura. La luz venía de dos lámparas de araña de hierro forjado, que derramaban una luz cálida y dorada sobre la vajilla de porcelana blanca y los vasos de cristal tallado. En el centro, una fuente de barro humeaba con carne de ternero asado que desprendía un aroma a romero y ajo que hizo que Beatriz respirara hondo, consciente de repente de lo hambrienta que estaba.

Eloísa indicó a cada uno su sitio con una naturalidad que no admitía discusión, pero lo hizo con tanta gracia que nadie se sintió dirigido. Luis quedó entre el doctor Villanueva y Dante; Beatriz, entre la esposa del doctor —Carmen, la morena risueña— y Teodoro, el notario, que se sentó a su derecha desplegando la servilleta con una ceremonia casi ritual.

—Qué suerte la mía —dijo Teodoro, sonriendo—. Me toca sentarme al lado de la persona más interesante de la mesa.

—No me halague, señor notario, que todavía no he probado el vino y no sabré defenderme.

—No la halago. Constato. —Sirvió un poco de vino tinto en la copa de Beatriz—. En este pueblo, las conversaciones de sobremesa suelen girar sobre quién ha engordado la vaca y quién ha dejado secar el pozo. Usted es la primera persona en años que nos habla de otra cosa.

La cena transcurrió con un ritmo pausado y agradable, como correspondía a una mesa bien servida y mejor acompañada. El ternero estaba en su punto exacto, deshaciéndose en la boca, y la ensalada de la huerta de Eloísa —tomates, pepino, cebolla morada y un aceite de oliva que sabía a sol— mereció elogios unánimes. Se habló de todo y de nada: de la cosecha que se anunciaba excelente, de las fiestas del pueblo que se celebrarían en octubre, de un nuevo profesor de matemáticas que llegaría en otoño y de las travesuras de los hijos de los invitados.

En el otro extremo de la mesa, Luis hablaba con Dante y el doctor sobre el sistema de riego que había diseñado para la ladera de Dante. Explicaba con las manos, dibujando pendientes y caudales en el aire, y los dos hombres lo escuchaban con una atención que a Beatriz le llenó de orgullo. Su marido era bueno en lo suyo, muy bueno, y verlo reconocido por hombres cultos y respetados del pueblo era una satisfacción que no esperaba sentir.

—¿Y usted de dónde saca tanto interés por la historia local? —preguntó Beatriz al notario, volviendo a su conversación—. No es lo habitual en alguien de su oficio.

—Los papeles cuentan las mentiras que la gente quiere que consten —dijo él, con un brillo de ironía en los ojos—. Las casas, en cambio, cuentan las verdades que la gente prefiere callar. Yo llevo treinta años redactando escrituras y testamentos en esta comarca. He visto pasar propiedades de unas manos a otras, he visto casas que cambiaban de dueño en una noche y tierras que cambiaban de nombre en un día. Y he aprendido que detrás de cada piedra de estas casonas hay una historia que no está escrita en ningún registro oficial.

—¿Y cuál es la más interesante que ha encontrado?

El notario se tomó su tiempo, mojando un trozo de pan en la salsa del cordero.

—La de esta misma casa —dijo al fin, bajando la voz—. Los planos originales de la mansión de Dante no coinciden con lo que se ve hoy. Hay una parte del edificio que no aparece en ningún documento anterior a 1920. Como si alguien la hubiera añadido sin dejar rastro. —La miró con una sonrisa—. Cosas de casas viejas, ya le digo. Guardan más secretos que los archivos notariales.

—¿Y nunca ha intentado averiguar qué hay en esa parte?

—He aprendido que hay preguntas que es mejor no hacer, Beatriz. O al menos, que es mejor hacerlas en el momento adecuado. —Levantó su copa—. Pero me gusta su curiosidad. Es de las buenas.

Cuando llegó el postre —una tarta de manzana que Eloísa había hecho con sus propias manos, acompañada de un vino dulce que sabía a miel y a uva pasa—, la conversación se hizo más distendida. Teodoro, el notario, animado por el vino y por la compañía, desplegó todo su repertorio de historias: las leyendas del valle, los aparecidos que según los más viejos rondaban el bosque, las luces que algunos aseguraban haber visto en el monte durante las noches de luna llena. Beatriz escuchaba con atención, fascinada, con la barbilla apoyada en la mano, preguntando detalles, riendo en los momentos justos.

—¿Y usted cree en esas cosas, don Teodoro? —preguntó, entre sorbos de vino dulce—. ¿En los aparecidos y las luces del monte?

El notario la miró con una sonrisa medio extraña.

—Yo creo, Beatriz, que este mundo es más grande de lo que la razón alcanza a abarcar. Y que los hombres sabios son los que aprenden a mirar más allá de lo que ven. —Hizo una pausa—. Usted, que es científica, sabrá que las mejores preguntas son las que no tienen respuesta todavía.

—Eso es verdad —admitió ella—. Lo que no sabemos es siempre más interesante que lo que sabemos.

El notario asintió, satisfecho, y levantó su copa.

—Por las preguntas sin respuesta, Beatriz. Que sigan siendo muchas.

—Por eso mismo… —dijo ella, y brindó.

A las doce, cuando la sobremesa terminó y los invitados comenzaron a despedirse en el zaguán —siendo el matrimonio recién llegado al pueblo el primero en retirarse—, Beatriz se encontró con Eloísa, que la tomó del brazo con una calidez que parecía de toda la vida.

—¿Te ha gustado la velada?

—Muchísimo —respondió Beatriz, sincera—. No esperaba encontrar tanta conversación interesante en un pueblo de mil almas.

—Este pueblo tiene más profundidad de la que parece, Beatriz. Mucha más, ya irás comprendiéndolo. —Eloísa le apretó el brazo—. Me alegro de que hayan venido. Espero que esto sea el principio de una larga amistad.

—Yo también lo espero —dijo Beatriz, y lo decía de corazón.

En el coche de vuelta, Beatriz miró por la ventanilla las luces de la mansión que se alejaban entre los cipreses. Luis conducía en silencio, con una mano en el volante y la otra en el reposabrazos.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó ella.

—Gente estupenda. De verdad. —Luis hizo una pausa—. Villanueva, el médico, y Teodoro el notario, me han invitado a ver sus viñedos el próximo jueves. Y Dante quiere que le ayude con el sistema de riego de esa ladera. Dice que confía en mi criterio.

—¿Ves? Te lo dije. Eres bueno en lo que haces, y la gente lo nota.

—Y tú —dijo Luis, mirándola de reojo—. Te han aceptado como si fueras de aquí de toda la vida. Lydia, la viuda de Argüello, parecía no ser fácil de contentar, y mira con se ha reído y platicado contigo.

—Es que soy encantadora —dijo Beatriz, y se rió.

—Eso es cierto.

Se tomaron de la mano sobre el reposabrazos y siguieron el resto del camino en silencio, con esa tranquilidad de los que sienten que han encontrado su lugar en el mundo.

Minutos antes, en la mansión de Dante, con el cierre del portón, la noche quedó sellada. El zumbido del motor se fue apagando camino abajo, tragado por el silencio sepulcral que envolvía el pueblo. Durante un instante, el zaguán de la mansión se sumió en un silencio absoluto, con 7 reunidos mirando hacia el camino. Dante permaneció ahí, estático, con las manos cruzadas a la espalda. Miró el vehículo perderse en la distancia con la satisfacción de un cazador; en su mente, ya no había invitados, solo una presa que acababa de caminar voluntariamente hacia su perdición.

Eloísa fue la primera en moverse. Se quitó el collar de plata con un gesto pausado, y sus ojos, cargados de una electricidad nueva, se encontraron con los de su esposo.

—Han mordido el anzuelo —susurró, y su voz ya no tenía calidez, sino una vibración de hambre—. Y lo han hecho con una voracidad que me ha dejado encendida.

—La hembra es curiosa —terció Lydia, la viuda, mientras se ajustaba su tirante peinado con dedos precisos que delataban su propia inquietud—. Pregunta mucho. Pero no es curiosidad intelectual, es hambre por lo prohibido. Una sed de algo que le hace falta y que reconoce en nosotros. Esa ansiedad es nuestra mejor aliada.

Teodoro, el notario, que recogía sus gafas en el estuche, soltó una risa nasal y cargada de deseo.

—El varón es simple. Está tan cegado por el deseo de encajar que creerá cualquier mentira que le susurremos al oído. Será deliciosamente fácil de doblegar.

Dante se volvió hacia ellos. En la penumbra del zaguán, su rostro ya no era el del anfitrión cortés; era el de un hombre que sentía el pulso de la carne latiendo en el aire.

—No perdamos más tiempo. La obra ya está en marcha y mi sangre comienza a hervir. Bajemos. Aquí las paredes tienen oídos, y lo que nos concierne solo debe ser susurrado en la oscuridad.

El grupo descendió en silencio por la escalera de piedra. La bodega los recibió con su aire denso y el olor dulzón del vino, pero ahora ese aroma se mezclaba con la tensión entre oscura y sexual que emanaba de los siete. Eloísa se adelantó y activó el mecanismo oculto tras las barricas. La puerta de madera maciza se abrió ante la llave antigua que llevaba al cuello, revelando la capilla que los esperaba.

La luz de las lámparas de aceite danzaba sobre la mesa de roble, y el altar del fondo, con su cáliz de hierro y el libro de piel, parecía vibrar bajo la luz de las velas anacaradas. Cada uno ocupó su sitio. Dante a la cabecera, Eloísa a su derecha, y el resto distribuidos en un círculo de complicidad y deseo.

Dante aguardó a que el silencio se asentara, pero era un silencio cargado, eléctrico. Cuando habló, su voz era grave, ronca, impregnada de una urgencia que no era solo ritual, sino puramente carnal.

—Hermanos del circulo de la Sombra, el Maestro nos ha mirado con favor. La obra ha comenzado, y los cimientos están puestos. Pero más allá de la estrategia, quiero saber qué sintieron. Contadme vuestra experiencia con la elegida y su esposo.

El médico fue el primero en hablar, con una mirada que ya no era clínica, sino lasciva.

—El varón, Luis, es tierra fértil. Es un hombre de orden, pero he visto cómo su cuerpo reacciona ante la sola presencia de las hembras de nuestra orden. Es un animal domesticado que solo necesita un empujón para soltar la cadena. Servirá como custodio, pero su mente estará nublada por el deseo que nosotros alimentaremos.

Lydia asintió, pasando la lengua por sus labios rojos y carnosos con una lentitud provocadora.

—El varón es buen camino, más la hembra… Beatriz es la joya. Tiene unos ojos que devoran, una curiosidad que es, en realidad, una invitación. Sentí cómo su piel vibraba cuando nos acercábamos. Esa hambre la traerá a nuestro redil, hacia el gran Macho Cabrío, y se entregará con una urgencia que la dejará sin aliento.

El notario se ajustó las gafas, con una sonrisa filosa.

—Es astuta, sí. Pero también es curiosa, y eso será el preludio de la rendición. Su curiosidad será la llave que abrirá su “santuario” y su entendimiento para que el Maestro entre en ella.

Carmen, la esposa del médico, habló con un timbre grave, casi un ronroneo.

—El pueblo ya murmura. Las mujeres de nuestra orden ya la han visto, y la desean. Los viejos la devoran con los ojos. Todos saben que ella es la elegida, la hembra que despertará los instintos más oscuros de este valle.

Matilde, la menuda esposa del notario, trazó un símbolo invisible sobre la mesa, con la mirada perdida en una fantasía prohibida.

—La hermana virgen, la de 18 años, la que estudia más allá de los mares, es su punto débil, hermanos. Beatriz, la elegida en la carne, habló de ella con un orgullo que le temblaba en la voz. Si llegara el caso de que la hembra se resistiera, por esa rendija se la puede doblegar. Mas no será necesario, si hacemos bien nuestra labor. Inclusive una vez que se haya cumplido la primera parte de la profecía, sería una excelente idea ofrecérsela también al puente, al Macho Cabrío…

—Sí, esa virgen de nombre Rocío, teniendo en cuenta la estampa de Beatriz, su hermana mayor, sería una excelente ofrenda para el Amo. Mas, antes de entregarla al placer de la oscuridad, podría servir de banquete para nosotros primero… —sugirió Dante, y su voz descendió a un susurro venenoso que pareció enfriar el aire de la capilla.

Aunque no la conocía, Dante ya podía imaginar la piel inmaculada de esa joven, la pureza fraguada entre los muros de un internado de monjas, y cómo sabría aquel manjar si lograban que el matrimonio, ya doblegado, se la cediera para una sola noche. Una noche de orgía, donde la inocencia sería despojada y desgarrada para alimentar la lujuria del Círculo antes de ser puesta en bandeja al Macho Cabrío.

Eloísa dejó escapar un suspiro que fue casi un gemido de anticipación. Sus ojos brillaron con una luz depredadora y asintió con una lentitud deliberada, saboreando la idea como si ya estuviera probando el fruto prohibido.

—Un pensamiento exquisito, esposo mío —respondió ella, y su voz vibró con una sensualidad oscura—. No hay nada más dulce que la pureza profanada, ni nada más gratificante que romper el sello de una doncella que cree que el cielo es su único destino. Sería un deleite inefable para nuestro círculo, un preludio perfecto antes de que el Amo la reclame para sí. La idea de ver esa rectitud conventual transformarse en lascivia bajo nuestros cuerpos es, sencillamente, embriagadora.

Habiendo sellado ese pacto de lujuria y profanación, Eloísa posó sus manos sobre la mesa y miró a los demás reunidos, volviendo su atención hacia la pieza central de su plan.

—Mas, volviendo a la joya que ya tenemos entre nosotros, la hembra Beatriz… La he tenido cerca esta noche, hermanos. He sentido su calor, su sangre, su aliento. He visto cómo sus ojos se iluminaban con nuestras palabras, cómo su cuerpo respondía, casi sin que ella lo supiera, a la música de nuestra conversación. Estoy segura de que es una hembra caliente, sedienta de una lujuria que su propia razón intenta reprimir, pero que su carne clama a gritos… Su baja hendidura debe estar hambrienta de placer.

—Sí, el Antiguo la reclama ya… —opinó, Lydia la viuda—. Lo siento en la piedra de esta capilla, en la cera de estas velas, en la sangre que corre por mis venas. Ella es la que esperábamos. La de vientre amplio y espíritu inquieto, la destinada a engendrar en su vientre al hijo del oscuro…

Dante guardó silencio un instante, saboreando las palabras de los suyos. Luego se levantó y fue hacia el altar. Posó la mano sobre el libro encuadernado en piel, y la luz de las velas pareció inclinarse hacia él, como si lo reconociera.

—Bien habéis hablado, hermanos. La simiente está sembrada, y la tierra es buena. Mas no nos apresuremos. El Amo aborrece la prisa, pues la prisa engendra el error, y el error engendra la duda. —Se volvió hacia la mesa, y sus ojos brillaron con una luz que no era del todo humana—. Nuestra exitosa obra, en esta primera jornada, ha sido la confianza. Ellos, Luis y Beatriz, se han ido creyendo que han cenado con amigos, que han hallado un círculo de almas afines, que este pueblo los ha acogido como a hijos pródigos. Y así debe ser. Que esa confianza crezca, que se haga raíz, que se vuelva carne de su carne.

—¿Y cuándo comenzaremos a mostrarles la verdad? —preguntó Villanueva, el médico, con su voz mesurada.

—Cuando la confianza sea tan honda que ya no puedan distinguir dónde acaba la amistad y dónde comienza la fe en nuestro señor oscuro —respondió Dante.

Hizo una pausa, y sus ojos recorrieron la mesa uno a uno, deteniéndose al fin en las dos mujeres, una a su lado y la otra en el extremo opuesto.

—Mas no solo la mente de la hembra debe ser labrada para la obra. Hay otra labor, tan antigua como la sangre, que debe cumplirse en paralelo. El varón debe caer. Debe caer antes de que la elegida sea poseída por el Macho Cabrío, para que su voluntad esté quebrada y su lengua sellada cuando llegue el momento de la profecía. Un hombre que ha pecado contra el lecho de su esposa es un hombre que ya no puede alzar la voz sin que el peso de su culpa lo arrastre. Será nuestro, atado por la vergüenza, por el secreto y por el miedo a perderlo todo.

Villanueva, el médico, entrelazó los dedos, comprendiendo la fría lógica del plan.

—¿Y cuál de nuestras hembras ha de quebrarlo, Dante?

Dante no apartó los ojos de las dos mujeres que había escogido. En su mirada había una seguridad absoluta, basada en la observación clínica de su naturaleza lujuriosa.

—Esta vez no serán mujeres comunes del pueblo pertenecientes a nuestra orden. Serán dos de la nuestras, de la jerarquía de nuestro círculo: Eloísa, y Lydia, la viuda…

Lydia, la viuda, no parpadeó. Tan solo inclinó la cabeza, con una lentitud que era a la vez aceptación y reverencia.

Eloísa posó las manos sobre la mesa y alzó la mirada hacia su esposo; en sus ojos no había sombra de duda, sino una complicidad depredadora.

—El varón es hombre de costumbres y de lealtad —prosiguió Dante—, más la lealtad es una costra fina que la lujuria rompe con facilidad. Yo mismo lo he visto. He visto en sus ojos, mientras miraba a Eloísa y a Lydia, un destello de hambre, un hambre que no pertenece al amor, sino al instinto. He visto cómo sus pupilas se dilataban al recorrer las curvas de mis hermanas, a pesar de tener a su lado a la hembra escogida por el Oscuro. La semilla del deseo ya ha sido plantada; solo falta que nosotros la reguemos.

Eloísa sonrió, y su voz sonó como un susurro de seda.

—Es cierto… He sentido su mirada sobre mi cuerpo, un roce invisible pero caliente que quemaba la piel. Luis cree que es discreto, pero su cuerpo lo traiciona. Hay una corriente eléctrica entre él y yo que solo espera una chispa para incendiarlo todo.

—Y yo he visto cómo sus ojos se perdían en la línea de mis muslos —añadió Lydia, la viuda, con una voz cargada de una sensualidad oscura—. Ha intentado disimular su lujuria con esa cortesía de hombre bueno, pero el deseo es un animal que no sabe de modales. Luis ya nos desea. Solo necesita que le demos el permiso que su conciencia le niega.

Dante asintió, satisfecho.

—Exactamente. Y esa entrega a vosotras abrirá una brecha infranqueable entre el matrimonio. Mientras Luis se hunda en la vileza y la culpa, la intimidad con su esposa se marchitará. El secreto creará un muro de hielo entre ellos; él se alejará de ella por la infamia cometida y los remordimientos; y ella, sintiendo el vacío, se volverá más susceptible a nuestro misticismo. De este modo, el cuerpo de Beatriz quedará en un estado de pureza ritual, aislada del varón, vacía de su semilla humana, para que, en el momento de la entrega, su vientre esté limpio y predispuesto únicamente para recibir la simiente del Macho Cabrío, a través del acto del coito, y ser fecundada.

—El varón no caerá en una noche, ni en dos —continuó Dante—. Habrá que tejer la red con paciencia, con halagos, con cercanía. Que se sienta admirado, deseado, comprendido; que crea que su hembra, ocupada en sus libros y en sus clases, ya no sabe comprenderlo… —decía mirando a Eloísa y a Lydia— Lo invitaran a nuestras casas, bajo cualquier pretexto, cuando Beatriz no pueda acompañarlo. Lo sentarán en las salas, lo pasearán por los jardines, y cuando la carne hable, vosotras dos estaréis allí para responder. Habrá de ser con ambas, hermanas mías… Con ambas a la vez. Para que la caída sea completa y la culpa, irreparable.

Eloísa fue la primera en hablar, con su voz serena como agua quieta.

—Acepto la tarea, hermano mío. Y la acepto con gratitud, pues servir a la obra en la carne no es menos honroso que servirla en el espíritu. El varón caerá, y su caída será nuestro escalón.

Lydia, la viuda, sonrió, una sonrisa breve y afilada que no había mostrado jamás ante los extraños.

—Y yo también acepto la misión, hermano Dante. Hacía años que mi cuerpo viudo solo estaba siendo complacido solo por los varones de este círculo, y por mi entrega mensual al Macho Cabrío en nuestros rituales, tal como la hace también Eloísa. Es hora de que arda otra vez con un hombre, y más si va a ser al servicio del Maestro. —Sus dedos recorrieron el borde de la mesa, lentos y sugerentes—. Retozaré con él con gusto. Haré el acto carnal tan intenso que no encontrará fuerzas ni para levantarse; y cuando lo tengamos a nuestros pies… —dijo mirando a Eloísa—, …desnudo y vencido, sabremos que la obra ha avanzado.

Dante asintió, satisfecho.

—Que así sea. Mientras la mente de Beatriz es preparada para la entrega, el cuerpo del varón será nuestra herramienta para atarlo. Cuando la profecía se cumpla y la simiente del Puente sea sembrada en el vientre de la elegida, Luis callará. Porque un hombre que ha yacido con dos hembras a espaldas de su esposa no tiene autoridad para alzar la voz contra nada. Será nuestro custodio, nuestro administrador, nuestro siervo agradecido.

Se hizo un silencio denso, cargado de una satisfacción que no necesitaba palabras. Lidia volvió a hablar, con su voz seca como hojas de otoño.

—¿Y la profecía, Dante? ¿Cuándo la pondremos a prueba?

—Cuando la hembra esté lista. Cuando haya cruzado el umbral por su propia voluntad, con los ojos abiertos y el entendimiento despierto, la guiaremos al granero del bosque. Recuerden… El Antiguo no acepta ofrendas engañadas. Acepta ofrendas que se entregan a sí mismas. Y esa hembra se entregará, hermanos. Se entregará porque su sed de sabiduría en la carne es más honda que su miedo…

Eloísa se levantó y se acercó al altar, tomando la mano de su esposo.

—Hecho está. Que la obra continúe. Y que el Antiguo nos guarde en su sombra, hasta el día en que su simiente sea sembrada en el vientre de la elegida, a través del puente, del gran Macho Cabrío que espera paciente para el acto de posesión.

Los siete se levantaron y, en torno al altar, unieron sus manos en un círculo. Dante pronunció las palabras en aquel latín corrupto, invertido, que solo los muros de piedra conocían:

—Odnooos araaap moc. Anitsrretnec araap, oñertnaaa ed aluuucs. Ateerg oñeeetna ed aluuucs, anitseeeetnec araap…

—Odnos arap moc —respondieron los otros, y sus voces se fundieron en una sola, grave y subterránea, como el latido de un corazón que late bajo la montaña.

La luz de las velas parpadeó una sola vez, y luego se estabilizó, serena, como si algo hubiera sido sellado en aquel lugar.

Dante soltó las manos de sus hermanos y, sin mediar palabra, se dirigió al fondo de la capilla. En aquel rincón, donde la piedra parecía más oscura y el aire más denso, una puerta de hierro macizo, casi invisible a simple vista, esperaba su momento. Sacó de su bolsillo una llave, y la introdujo en la cerradura. El mecanismo respondió con un gemido profundo, como si la montaña entera despertara de un sueño.

—Esta noche —dijo, con la voz resonando en la penumbra—, la obra ha dado sus primeros frutos. Nuestros cuerpos, que son templo y ofrenda, deben agradecerlo como el Amo exige. Pasad a la Cámara de la Carne.

La puerta se abrió hacia un espacio que no parecía pertenecer a la misma casa. Era una sala amplia, de techos altos que se perdían en la penumbra. El suelo de cemento en bruto, estaba cubierto en parte por alfombras carmesí y pieles oscuras que amortiguaban los pasos. El aire olía a incienso de opio y a almizcle, denso y cálido, como una caricia húmeda que se adhería a la piel.

En el centro de la sala, se alzaba la gran cama. No era una cama cualquiera: era un lecho que superaba en tamaño a cualquier cama King, una plataforma de buena altura con colchón incluido, cubierta con una colcha roja como sangre seca que caía hasta el suelo. Sobre ella, almohadas negras y carmesí se amontonaban.

Pero lo más pavoroso de todo, en esa cámara de rituales carnales, era que, en el muro principal, abarcándolo casi por completo, estaba la imagen del Macho Cabrío. No era de cuerpo entero, sino solo el rostro, pintado al óleo con un realismo perturbador: un chivo diabólico de pelaje negro y cuernos retorcidos en espiral, con ojos rasgados de fuego que parecían seguir a quien entrara, y una lengua bífida que se deslizaba entre fauces sonrientes y mal intencionadas. La luz de los candelabros hacía que los ojos de esa bestia brillaran con una vida propia, como si la pintura respirara.

Dante, desde el umbral, contempló a los suyos con satisfacción. La Cámara de la Carne era su dominio, el lugar donde los siete se despojaban de títulos y nombres para convertirse en lo que siempre habían sido: devotos del abismo, sacerdotes de la lujuria, carne al servicio de la Bestia.

—Esta noche la obra ha avanzado —dijo, con la voz ronca—. El Amo nos ha mirado con favor. Ahora toca agradecerle como a él le gusta.

No hizo falta de nada más. Esas palabras fueron la señal que los siete esperaban, y empezaron a quitarse la ropa.

El médico fue el primero en desprenderse de la camisa, con movimientos metódicos, como quien ejecuta un ritual aprendido de memoria. El notario, más pausado, dobló la chaqueta con una pulcritud que resultaba casi obscena en aquel contexto. Dante, sin prisas, se sacó la chaqueta y dejó que cayera al suelo, revelando un torso aún firme para sus cincuenta años, surcado por cicatrices finas que contaban historias que nadie se atrevía a preguntar.

Pero fueron las mujeres las que robaron la atención de la sala.

Eloísa se quitó el vestido azul de seda con una lentitud deliberada, dejando que la tela resbalara por sus hombros, por sus brazos y por la generosa curva de sus caderas, hasta caer al suelo. Sus bragas y sostén de encaje blanco corrieron la misma suerte, deslizándose con una gracia que celebraba la madurez de su cuerpo. Quedó de pie, completamente desnuda, bañada en la luz aceitosa de las velas, y por un instante pareció una diosa de la fertilidad salida de otro mundo. Su piel, de una palidez luminosa, brillaba como porcelana pulida, conservando una suavidad que invitaba al tacto. No poseía la fragilidad de una jovencita, sino la plenitud de una mujer en su punto máximo: sus senos eran generosos y pesados, con una firmeza admirable y pezones rosados que se erguían con orgullo al aire cálido de la cámara.

Su cintura, aunque definida, poseía esa suavidad femenina y acogedora de los cuarenta y cinco años, que desembocaba en unas caderas anchas y rotundas, la marca de una feminidad poderosa y desarrollada. Sus piernas eran largas y firmes, sosteniendo un cuerpo que irradiaba una sensualidad madura, una seguridad que solo los años saben otorgar. Y abajo, en el triángulo de su sexo, el vello crecía denso y encrespado, de un plateado tan puro y luminoso como su cabello, como si la naturaleza hubiera querido que su cuerpo entero fuera de esa sustancia lunar. Era una visión de abundancia y deseo, una mujer que no necesitaba la juventud para ser una criatura seductora.

Lydia, la viuda, no se quedó atrás. Se despojó de su vestido negro de seda con una desenvoltura que no necesitaba artificios, pero que sabía exactamente cómo ser vista. No fue un gesto brusco, sino una ceremonia lenta, deliberada. Sus manos se deslizaron primero por los hombros, dejando que la tela resbalara apenas unos centímetros, descubriendo la piel blanca de sus clavículas y el inicio de la curva de sus senos. Luego, con un movimiento de caderas que era puro ritmo, dejó que el vestido descendiera por su cuerpo, cayendo centímetro a centímetro, revelando la línea de su cintura, la prominencia de sus caderas y, finalmente, la extensión de sus muslos. El vestido se deslizó hasta el suelo formando un charco negro a sus pies, pero Lydia no se inclinó a recogerlo. Permaneció de pie, erguida, saboreando el silencio expectante de la sala. Quedó en ropa interior, y esa visión era ya una promesa. El sostén de encaje negro apenas sostenía sus senos, que pugnaban por desbordarse; las bragas, del mismo encaje, bajo las medias negras trasparentes, dibujaban un triángulo diminuto que contrastaba con la blancura de su vientre y sus caderas. Sin prisas, Lydia llevó las manos a la espalda y desabrochó el sostén con un movimiento experto. Dejó que las copas cayeran hacia adelante, y los tirantes resbalaron por sus hombros, por sus brazos, hasta que la prenda se desprendió y cayó al suelo. Sus senos aparecieron entonces en toda su plenitud: generosos, firmes, de pezones rojo-oscuros y erectos que se ofrecían al aire cálido de la cámara. Lydia no los cubrió. Al contrario, arqueó ligeramente la espalda, exhibiéndolos como una ofrenda, y una sonrisa afilada se dibujó en sus labios al sentir las miradas de los hombres clavadas en su carne.

Luego vino el turno de las bragas y las medias. Introdujo los pulgares en la cinturilla y las fue bajando juntas. Lo hizo con una lentitud exasperante. Primero, por un lado, luego por el otro, dejando ver un hermoso triangulo de vello negro que crecía brillante en su pubis. Las bragas y las medias descendieron por sus caderas, por sus muslos, y Lydia se inclinó apenas para dejarlas caer, ofreciendo a los presentes la visión de su trasero blanco, redondo y firme, mientras el encaje negro se deslizaba por sus piernas hasta el suelo. Cuando se enderezó, ya no le quedaba nada salvo su desnudez, su tez blanca, casi marmórea, contrastó violentamente con los pelos encrespados de su pubis, tan negro y brillante, como el cabello, un contraste que encendía la mirada de cualquiera que lo contemplara. Sus senos, generosos y firmes, conservaban la turgencia de una mujer que nunca había parido, y sus caderas anchas se balancearon con una cadencia lenta mientras se volvía hacia los hombres, en una exhibición de poder y deseo que no dejaba lugar a dudas: aquella hembra no se ofrecía; se entregaba como una reina que concede un favor.

Carmen y Matilde, fieles a su posición secundaria en la jerarquía, se desvistieron con menos ceremonia, pero no por ello desmerecían. Carmen, la morena de risa fácil, reveló un cuerpo de curvas maternales, caderas amplias y senos pesados que aún resultaban apetecibles a sus casi cincuenta años. Matilde, la menuda, mostró una figura más delicada, casi frágil, de piel clara y pechos pequeños pero tersos, con una mata de vello castaño que enrojecía bajo la luz de las velas. No tenían la belleza magnética de Eloísa o Lydia, pero eran hembras completamente cogibles, y lo sabían.

Las cuatro mujeres quedaron desnudas frente a los hombres, que las contemplaban en silencio, con el peso de la devoción y del deseo en la mirada.

Dante sonrió lento:

—A la cama. Como al Amo le gusta… —les ordenó.

Las mujeres obedecieron sin dudar. Subieron al gran lecho de colcha roja con movimientos que ya no eran humanos, sino felinos, gateando sobre las sábanas de seda con las caderas en alto, las espaldas arqueadas, los senos balanceándose al compás de cada paso. Eloísa se movía con la elegancia de una pantera; Lydia, con la pesadez sensual de una tigresa; Carmen y Matilde las seguían, cada una a su manera, como sui fueran sus cachorras, las 4 ofreciendo sus traseros a la vista de los hombres.

Detrás de ellas, los tres varones del Círculo treparon al lecho. Dante avanzaba de rodillas con la mirada alternando en las 4 hembras; el médico y el notario, avanzaban por la cama sin saber por cuál de las 4 comenzar primero.

Fue Lydia, la viuda, la más rápida. Pues ya se había tendido de espaldas en el centro de la cama, esperando con una sonrisa afilada, lista para ser alcanzada.

—Empezad conmigo primero… Cogedme… —ofreció la viuda, abriéndose de piernas en el centro del lecho, con su sonrisa afilada y los ojos negros brillando como ascuas. A la vez que se tomaba una teta, masajeándola suave, mientras que con la otra mano se abría los labios vaginales, con los dedos índice y medio.

Dante no dudó. Se abalanzó sobre ella con una ferocidad que no tenía nada que ver con el hombre sereno de la sobremesa, pero antes de poseerla, se detuvo. Se quedó suspendido sobre ella, sosteniendo su peso con los brazos firmes, y la miró desde arriba. Devorándola con los ojos, despacio, como quien contempla un altar antes de la ofrenda, sintiendo la presencia en la cama de los demás cuerpos desnudos que también esperaban para darse a la orgia. Y mientras la miraba, un torrente de memorias lo asaltó sin aviso. Había visto aquel cuerpo incontables veces a lo largo de los años: en los rituales mensuales, cuando Lydia se ofrecía al Macho Cabrío en el granero abandonado del bosque, arqueando la espalda mientras el instrumento vergal del Puente la poseía con una furia que hacía temblar los cimientos del viejo granero. La había visto retorcerse bajo esa presencia infernal, con los ojos en blanco y la boca abierta en alaridos que no eran de dolor sino de éxtasis absoluto. Y también la había poseído él mismo, en noches como aquella, cuando la carne exigía su tributo y los cuerpos se buscaban sin ceremonia. A pesar de todo, de las decenas de encuentros, de las lunas que habían pasado desde la primera vez, seguía siendo tan hermosa y tan atrayente como siempre. La viuda no se marchitaba: se refinaba, como un vino oscuro que gana en cuerpo y profundidad con los años.

Y en ese pensamiento se coló, inevitable, la imagen de Eloísa. Su esposa, la dama plateada, la hembra lunar que, al igual que Lydia, una vez al mes se entregaba también al Macho Cabrío, abriendo sus muslos pálidos para recibir la simiente del animal. Dante sentía un orgullo oscuro al contemplarla, un orgullo que no conocía los celos, porque sabía que su mujer no le pertenecía del todo: era del Amo, y él solo era su custodio en la tierra. Ambas hembras, la lunar y la nocturna, eran los pilares de aquel círculo, y contemplarlas desnudas, ofrecidas, era siempre un espectáculo que renovaba su devoción.

Dante recorrió primero el rostro de la hermosa viuda. La vio con sus ojos negros entrecerrados, brillantes; con los labios entreabiertos, húmedos, que dejaban escapar jadeos cortos e irregulares; el lunar oscuro sobre el arco del labio superior, bajo la luz de las velas, parecía un pequeño eclipse. Luego bajó la mirada por el cuello largo y pálido, donde las venas azuladas latían con una prisa que ella no podía disimular. Descendió a sus senos: generosos, firmes, de pezones rojo-oscuros que se erguían orgullosos al aire cálido de la cámara. Esas tetas se movían con cada jadeo, con un balanceo lento y pesado que hipnotizaba. Más abajo, el vientre liso y blanco, la cintura que se estrechaba y las caderas anchas que se abrían como un valle prohibido.

Y entonces llegó a sus piernas abiertas, recogidas, dobladas sobre sí mismas en señal de abandono absoluto. Sus potentes muslos blancos anacarados, temblaban ligeramente, ofreciéndose sin pudor, separados el uno del otro en una invitación que no admitía demora. Sus ojos se posaron al fin en su vagina. El vello negro y brillante, intenso como su cabellera, enmarcaba aquella vagina carnosa que palpitaba bajo su mirada, húmeda ya, abierta, esperando. Y Dante, que había reprimido todo deseo durante la velada, deseo que había contenido su virilidad ante Beatriz, la hembra destinada al Macho Cabrío, no pudo resistir más. Se acomodó más hacia abajo y bajó la cabeza entre esos muslos, acercando el rostro hacia aquel altar de carne rosada y perfume vaginal, mientras Lydia, su dueña, arqueaba la espalda con un gemido que se le escapaba de los labios como una plegaria concedida.

Lydia, la viuda negra, jadeó cuando sintió el aliento cálido del líder rozando su piel. Dante separó con los dedos pulgares los labios de su sexo, abriéndola, y contempló aquel altar de carne rosada con una fascinación que no era fingida. El vello negro y brillante de aquel triangulo íntimo, enmarcaba una hendidura de labios rosados, húmedos ya de deseo, que palpitaban bajo su mirada. El clítoris, erecto, asomaba tímido entre los pliegues, y un hilo de jugo brillante resbalaba desde el interior hasta perderse en el oscuro hueco de su trasero.

—Hermosa ofrenda, hermana Lydia —murmuró Dante. Cu voz era casi una oración—. El Amo sabrá premiar esta carne…

—Tomadla, e…entonces —jadeó Lydia, abriéndose más, ofreciéndose por completo—. Bebed de mí como de un cáliz mundano.

Dante hundió el rostro en su entrepierna, ante esa invitación. Su lengua, ancha y cálida, recorrió los labios de la hermosa viuda de abajo hacia arriba, lamiendo con lentitud, saboreando cada pliegue, cada gota de aquel néctar espeso. Lydia arqueó la espalda y clavó las uñas en las sábanas de seda, soltando un gruñido de éxtasis uro.

—¡Aaaaaaah! ¡Hermano, Dante…! —gimió, apretando los muslos en torno a la cabeza de su gurú—. Vuestra lengua es fuego, es llama que impurifica…

—Callad, zorra de Sodoma —respondió Dante, alzando un instante el rostro, con los labios brillantes de su jugo, antes de volver a hundirse entre sus muslos—. Vuestro oficio esta noche es gozar y recibir, no hablar.

Su lengua encontró el clítoris erecto de la viuda y lo rodeó con una precisión aprendida en años de rituales. Lydia se retorcía bajo él, con las caderas moviéndose al compás de cada lamida, ofreciéndose como una devota que entrega su cuerpo al altar. Dante succionó suave, luego con más fuerza, y la viuda soltó un grito ahogado que se mezcló con el crepitar de las velas.

—No vertáis aún, viuda-zorra… —le ordenó Dante, alzando el rostro una vez más, con el vello negro de Lydia brillando en su barbilla, pues sintió que la muy puta ya deseaba correrse. El fuerte aroma a mujer que se desprendía desde los pelos negros encrespado que rozaban su nariz era de lo mas embriagador.

Lydia asintió, jadeante, con los ojos en blanco, aferrada al borde del éxtasis.

Dante, satisfecho, se incorporó, montándose otra vez sobre ella, tomó su pene erecto con una mano, y la penetró de un solo envite, hondo y brutal. Lydia arqueó la espalda y clavó las uñas en las duras nalgas de Dante, soltando un gruñido que era mitad dolor, mitad éxtasis.

—Así, hermano Dante ¡Mmmmf! —jadeó ella en aguante, apretando los dientes blancos, mostrándoselos a quien quisiera verlos—. Henchidme como a una bestia, que esta carne viuda es vuestra y del Amo.

A un costado del lecho, mientras la viuda y Dante, después de sentirse, empezaban a coger, Eloísa se mantenía en cuatro patas, con las nalgas brillantes de sudoración en alto, ofrecidas a Teodoro, el notario, que se arrodilló tras ella con una parsimonia que resultaba casi ceremonial. La dama lunar había hundido el rostro en la almohada, con la espalda arqueada en una curva perfecta que ofrecía su sexo como una ofrenda; el vello plateado de su pubis brillaba bajo la luz aceitosa de las velas, húmedo y encrespado, enmarcando aquella vulva que palpitaba con una lentitud expectante.

El notario tomó su miembro erecto con una mano, y con la otra separó con delicadeza los labios íntimos de Eloísa, abriéndola ante sus ojos. La carne rosada, brillante de jugo, se ofrecía tierna y rendida. Acercó la punta, rozándola apenas, y Eloísa soltó un suspiro que era casi una oración.

—Entrad, hermano No…notario… —murmuró Eloísa, con la voz ahogada en la seda—. Hacedlo despacio, que quiero sentir cada centímetro de vuestro miembro abriéndome… Quiero llenarme de pecado…

El notario obedeció. Presionó apenas, y la cabeza de su verga comenzó a separar aquella carne, venciendo la resistencia inicial con una suavidad casi cruel. En ese instante, mientras sentía la intrusión, Eloísa alzó la vista hacia el muro, donde la imagen del Macho Cabrío la observaba con ojos gélidos y profundos, con esa sonrisa de Chivo que a ella tanto le gustaba. Un gemido se le escapó, pero no era solo por el placer; en el fondo de su pecho, un deseo oscuro la atravesó: anheló que fuera Él, el Astado, quien la estuviese penetrando en ese momento, reclamándola con la misma fuerza bruta y profana con la que lo hacía una vez al mes.

Eloísa jadeó: —¡Aaaaaah!—, con los ojos puestos fijos en la imagen, aferrándose a una almohada, mientras el notario avanzaba centímetro a centímetro, saboreando la estrechez que lo envolvía, y esa humedad caliente que lo recibía.

—Así… Eloísa… zorra de Babilonia… —susurró él, con la voz filosa y vibrante de lascivia.

La penetración continuó, lenta, deliberada, con la carne de la verga del notario perdiéndose en esa entrada femenina, arrastrando hacia adentro varios de los pelos plateados de Eloísa, hasta que su vientre se pegó a las nalgas. Se detuvo ahí, enterrado hasta el fondo, y ella gimió, apretando los músculos internos alrededor de él, atrapándolo, reclamándolo.

—No os mováis aún… —pidió ella, con la voz rota—. Dejadme saborear esta plenitud, este vacío que llenáis por completo.

El notario permaneció inmóvil, con las manos clavadas en sus caderas, sintiendo el latido de ella en torno a su miembro. Y en el muro, el rostro del Macho Cabrío sonreía, testigo de una ceremonia que apenas comenzaba.

—¡Ah, hermano notario…! —murmuró Eloísa, la primera hembra en la jerarquía del círculo oscuro, con el rostro hundido en la almohada—. Vuestra verga es medida y plomada; haced de mí vuestro pergamino, inscribid vuestra letra en mi carne.

—Así lo haré, mi señora —respondió el notario, con su voz punzante pero velada de lujuria—. Mas guardaré mi simiente, que aún no es tiempo de derramarla.

El médico, entretanto, se había colocado frente a Eloísa, de rodillas, con el miembro enhiesto rozando los labios carnosos de la dama plateada. Ella, despabilándose lo tomó con la boca sin que mediara palabra, con una devoción que no era fingida, y el médico dejó escapar un gemido grave mientras sus dedos se hundían en el cabello lunar de la hermana, sintiéndole forma de su cabeza, clavando los dedos en ella.

—Chupad, hermana-puta, chupad con fe… —dijo el médico del pueblo, con la voz quebrada, empezando a mover la cabeza de Eloísa en su miembro.

Carmen y Matilde, arrodilladas a un lado del gran lecho, se masturbaban con los ojos fijos en ambas escenas. Carmen lo hacía con la mano hundida entre sus muslos gruesos —los que estaban bien separados uno del otro—, moviendo las caderas con un ritmo lento y cadencioso, con las tetas meciéndose hipnóticas; Matilde, más contenida, encontrándose en la misma posición de Carmen, frotaba su clítoris con dos dedos mientras sus pequeños pechos se estremecían. Sus quejidos eran un contrapunto suave a los jadeos y golpes que empezaban a llenar la Cámara de la Carne.

—Miradlos… —susurró Carmen, con la voz espesa—. Mirad cómo el Amo los guía. Pronto nos llegará el turno, hermana.

—Ansío ese momento —respondió Matilde, con un hilo de voz.

Mientras tanto a un lado de Eloísa —quien estaba siendo cogida por el notario con ella mamándole la verga a Villanueva, el médico—, Dante, y Lydia —la viuda—, ya estaba en plena faena.

—¡Así, hermano Dante! —jadeaba ella, culeando rítmica, apretando los dientes—. ¡Cogedme! ¡Cogedme como a una bestia, que esta carne viuda es vuestra y del Amo!

—Y del Amo serás por siempre, puta-hermana —gruñó él; y sin darle tiempo a responder, la embistió de nuevo, esta vez comenzando un ritmo que no era de ceremonia sino de pura voracidad.

Dante se echó sobre ella, aprisionándola con su cuerpo, metiendo sus manos por debajo de sus hombros con posesión, con sus bocas encontrándose en un beso sucio, de lenguas y dientes, mezclando los jadeos. La viuda lo mordió en el labio inferior, con una fiereza que hizo brillar una gota de sangre, y él respondió clavándole los dedos en las nalgas, levantándola ligeramente para penetrarla más hondo.

—¡Eso! ¡Así! ¡Culeadme más fuerte! ¡Cogedme tal como me lo hace el macho cabrío cuando intenta preñarme y no puede por no ser la elegida! ¡Aaaah! ¡Aaaaah! —mascullía Lydia contra su boca, con la voz rota, perdiendo su mente en placer de su propias lujuriosidades.

—¡Blasfemad, viuda-ramera! ¡Oooh! ¡Blasfemad! —le animaba Dante, arremetiendo sin piedad.

La viuda se sonrió con rostro desencajado y pervertido, una risa ronca y entrecortada, y se aferró a sus hombros, clavándole las uñas en la piel mientras arqueaba las caderas para recibirlo.

—¡Cogedme, hermano! ¡Cogedme hasta que no pueda más! —gritó ella, sin importarle ya las demás voces de la estancia—. ¡Hacedme olvidar hasta el nombre de mi esposo muerto, que este coño viudo es vuestro y del Macho Cabrío! —le recalcaba sin cansancio.

—¡Y del Macho Cabrío será! —rugió Dante, sintiendo el sudor deslizarse por su frente.

Se besaron de nuevo, esta vez más salvaje, con dientes y saliva, mientras los cuerpos se golpeaban en un compás que parecía el latido de la tierra. Dante la tomó de las muñecas y las aprisionó contra el colchón, inmovilizándola, y desde esa posición la penetró con una profundidad que arrancó de Lydia un alarido que se mezcló con el crepitar de las velas, siguiendo con un rítmico movimiento de coito, tan rápido como el que hacen los perros cuando culean.

—¡Así! ¡Así, ¡No paréis! —suplicaba la viuda caliente, moviendo la pelvis en círculos desquiciantes, con los ojos en blanco, intento sorberle la verga lo más profundo posible.

—¡Orrgh! ¡No he de parar, viuda ramera! ¡No hasta verter mi simiente en lo más profundo de tu útero viudo! —jadeaba Dante, con el rostro contraído en una mueca de puro esfuerzo, sin parar de aserruchar—. Mas tampoco he de verter aún. Resistid conmigo, que la simiente se guarda para el rito mayor.

—¡Resisto! ¡Resisto, entonces! —gimió Lydia, mordiéndose el labio sensualmente con la sola intención de calentar más a Dante—. ¡Pero no os detengáis, por todos los demonios del abismo, no os detengáis!

Y siguieron, culeando con una furia que parecía querer romper el lecho, mientras a su alrededor el notario y el médico mantenían su propio ritmo con Eloísa; con Carmen y Matilde consumiéndose en una electrizante espera masturbadora.

Por suopuesto, en un costado del lecho, a solo centímetros de la magistral culeada que le estaba pegando Danta a la hermosa viuda, la escena se había vuelto un torbellino de sudor y deseo. Eloísa estaba en cuatro patas, con la espalda arqueada y las nalgas elevadas, ofreciendo su cuerpo en una postura de entrega absoluta. Detrás de ella, el notario la poseía con una fuerza bruta, cogiendola a lo perrito con vigorosas embestidas profundas que hacían que la piel de ambos chocara con un sonido húmedo y rítmico. El notario, un hombre de unos cincuenta años cuya buena mesa se reflejaba en una barriga prominente que golpeaba con cada embestida contra los glúteos de la dama, estaba empapado en sudor. Sus dos manos se hundían con firmeza en la carne de Eloísa, dominándola justo en el espacio donde la cintura se estrecha para abrirse en la generosa curva de las caderas, anclándola a él mientras la penetraba sin tregua.

Frente a ella, Villanueva, el médico —también un hombre de edad similar y complexión robusta, con la panza peluda abultada frente al rostro de la mujer— permanecía arrodillado, recibiendo la devoción de Eloísa en la verga, con sus dos peludas manos en los costados de su cabeza.

La dama plateada, lejos de sentirse abrumada, succionaba el miembro del médico sectario con un entusiasmo más que lujurioso, moviendo la cabeza con un ritmo ávido, con su boca chupando haciendo movimientos de tornillo en ida y vuelta, con sus ojos claros mirando hacia arriba, hacia el medico, con una chispa de hambre mientras envolvía la carne con sus labios carnosos.

Desde su posición, atrás de esa hembra luminosa y oscura al mismo tiempo, el notario contemplaba el espectáculo. Veía aquellas nalgas blancas y brillosas vibrando bajo sus arremetidas, con la imagen de la cabeza de Eloísa moviéndose con fervor sobre el miembro del médico. Aquella combinación de sumisión y lujuria despertó en él un impulso primitivo. Sin dejar de embestir, el notario soltó una de sus manos de la cintura de Eloísa y, con un movimiento rápido y potente, levantándola y dejándola caer, lanzó un golpe seco y sonoro sobre la nalga derecha de la mujer. El impacto fue tan fuerte que retumbó en la amplitud de la cámara, un estallido de carne contra carne que hizo que todo el cuerpo de Eloísa vibrara violentamente, desde sus muslos hasta sus hombros.

Eloísa soltó un gemido agudo que se mezcló con el sonido de la succión, arqueando la espalda aún más en un espasmo de placer. Una marca carmesí comenzó a florecer instantáneamente sobre la piel pálida, un contraste ardiente que solo aumentó la excitación de los tres.

—¡Ah, hermano! —jadeó ella, retirándose la verga del médico de la boca por un instante, pero sin soltarla, sosteniéndola, a dos manos, como si fuera un micrófono, apoyándose con los codos sobre la superficie de la cama para no perder el equilibrio, con la voz rota por el éxtasis—. ¡Seguid… nalgueadme más, que este fuego me consume! —exigió mirándolo hacia tras por encima de su hombro derecho.

—Callad y servid, puta-hermana —gruñó el notario, recuperando el agarre en sus caderas y volviendo a embestirla fuerte una y otra vez con una furia renovada.

“¡Flaps! ¡Flaps! ¡Flaps! ¡Flaps!”, se escuchaba en todo aquel espacio de orgia con los fuertes y acelerados embates del notario contras las nalgas de Eloísa, la plateada.

El médico, estimulado por el sonido del golpe y la reacción de Eloísa, hundió sus dedos en el cabello plateado de la mujer, guiándola con más fuerza hacia su verga, para que volviera a la mamada, mientras el notario seguía castigando y poseyendo aquella carne lunar en un ritmo frenético y blasfemo.

—Sentid el llamado de la carne, hermana… ¡Arrrrrrrght! —bufó el notario, con la voz cargada de una urgencia oscura, propinando otro nalgazo, esta vez más fuerte, y empotrando profundo a Eloísa.

Entonces, con una precisión ritual, se produjo el intercambio. El notario se retiró con un deslizamiento lento que hizo que Eloísa soltara un suspiro de pérdida, y en ese mismo instante, el médico se posicionó tras ella. Sin preámbulos, la embistió con una fuerza bruta, hundiéndose en ella mientras el notario se colocaba frente a su rostro.

Eloísa, sin perder la cadencia, abrió la boca y recibió la vara del notario con ganas. Sus labios envolvieron la carne, succionando con un hambre que parecía no tener fin, mientras el médico la ensartaba desde atrás, golpeando sus testículos contra sus nalgas plateadas en un ritmo frenético y salvaje.

—¡Ahj, herjmanjos! —gimió Eloísa, con la voz amortiguada por el miembro del notario—. ¡Sijento la fujerza dje los djos! ¡Hajcedme vjuestra pjuta, hjacedjme lja esjclava dje esjte plajcer!

—Sucedéis a la carne, hermana —respondió el médico, mientras le propinaba un nuevo azote en la cadera que la hizo estremecerse: ¡Slaps!

Mientras tanto, la tensión en el resto del lecho se había vuelto insoportable. Carmen y Matilde, que habían permanecido como observadoras de su propio deseo, ya no pudieron contenerse. Se miraron a los ojos, reconociendo el hambre mutua, y se lanzaron una sobre la otra. Sus bocas se encontraron en un beso voraz, desesperado, una colisión de lenguas que sabía a saliva y a urgencia. Mientras se besaban con una pasión que rozaba la violencia, las manos de Carmen descendieron hacia el pubis de Matilde, sus dedos ansiosos encontrando el clítoris de la mujer menuda y empezando a frotarlo con una intensidad rítmica. Matilde, a su vez, hundió sus dedos en la humedad de Carmen, masturbándola con una destreza que arrancó gritos ahogados entre los besos.

—¡No puedo más, hermana! —jadeó Carmen, separándose apenas un segundo para respirar—. ¡Siento el fuego del abismo quemándome las entrañas!

—¡Entrégate, Carmen! —respondió Matilde, acelerando el movimiento de sus dedos—. ¡Que nuestra entrega sea el eco de la gran obra!

En el centro del lecho, Dante y Lydia, la viuda, seguían entregados a una lucha de carne que ya había superado cualquier límite de moderación. Se encontraban en la posición del misionero, pero era una versión despojada de toda ternura, convertida en un acto de dominio y entrega absoluta.

Lydia, la viuda de Arguello, tenía las piernas abiertas de par en par, recogidas hacia su pecho en un gesto de abandono total que exponía su sexo plenamente a la vista y al tacto. Sus muslos pálidos temblaban violentamente con cada impacto, moviéndose en un ritmo errático, balanceándose y agitándose contra los costados de Dante mientras ella intentaba abrazarlo con las piernas para hundirlo aún más en sus entrañas. La piel de ambos, empapada en un sudor espeso y brillante, se deslizaba una contra la otra con un sonido húmedo y rítmico que llenaba el espacio entre sus jadeos.

Dante la embestía con una furia animal. Sus arremetidas eran ya golpes de mazo, cada uno más profundo y brutal que el anterior, hundiéndose en la viuda con una fuerza que hacía que todo el lecho vibrara. En cada embestida, el cuerpo de Lydia se deslizaba unos centímetros hacia atrás sobre las sábanas rojas, obligando a Dante a sujetarla con fuerza por los hombros, clavando sus dedos en la carne blanca para anclarla y asegurar que cada golpe llegara al fondo mismo de su vientre.

Lydia, con el rostro desencajado por el éxtasis y los ojos en blanco, comenzó a gritar, y sus palabras eran dagas lanzadas contra todo lo sagrado, y tenía sus motivos.

—¡Maldita sea, que ri…rico estoy sin…sintiendo! ¡Ya me están dando ganas de…de ver a esa Beatriz cu…culeando con el Macho Cabrío! ¡¡Aaaayyyy!! —rugió, con la voz rota y cargada de un odio placentero, imaginándose la aberración.

Dante respondió con un gruñido, clavando su mirada en la de ella mientras la penetraba con una violencia que rozaba el dolor.

—¡Blasfemad, hermana, y gozad! ¡Evocad ese intenso placer que te da el amo, con esos deseos que te nacen! —rugió él, mientras su pecho chocaba con un golpe sordo contra las turgentes y brillosas tetas de la viuda.

—¡Aaaaah! ¡Metedme más verga, hermano! —gritó Lydia, arqueando la espalda y apretando sus piernas alrededor de la cintura de Dante, atrapándolo en un abrazo asfixiante.

—¡Asrrrrrrrrrrrrght! —bufó Dante, acelerando el ritmo hasta convertir sus movimientos en un borrón de carne y pasión.

Se besaron con una ferocidad que parecía querer arrancarse el alma, mientras sus cuerpos se fundían en un coito frenético, transformando el lecho en el epicentro de un ritual donde el placer era la única ley y la profanación el único camino hacia la redención oscura.

El aire de la Cámara de la Carne estaba saturado de olor a sexo, sudor y azufre. Los gemidos se fundieron en un solo coro dionisiaco. El médico y el notario, en un último esfuerzo de sincronía, se apresuraron en sus movimientos sobre Eloísa; el médico la penetraba con una furia animal mientras el notario se la cogía por la boca con arremetidas desesperadas en la garganta. Mientras Carmen y Matilde, recostadas de espaldas, masturbándose, a piernas abiertas, una a cada lado de Eloísa le chupaban las tetas.

—¡Ahora! —rugió Dante, sintiendo que la presa estaba a punto de estallar—. ¡Entregad vuestra semilla y vuestro gozo al Maestro! ¡Corrámonos todos juntos!

Fue un estallido colectivo, un orgasmo apoteósico que sacudió los cimientos de esa capilla oscura destinada al placer. Lydia soltó un alarido desgarrador mientras Dante se corría dentro de ella con una fuerza que la dejó sin aliento. Al mismo tiempo, el médico y el notario alcanzaron el clímax, uno vertiendo su simiente en el vientre de Eloísa y el otro liberando su tensión en un espasmo final en la boca de la mujer, quien tuvo que tragar todo ese semen caliente y espeso que salió disparado en borbotones por su garganta. Carmen y Matilde, sin dejar de lamer las brillantes tetas de Eloísa y temblando, alcanzaron el cenit juntas.

El silencio que siguió fue denso, solo roto por las respiraciones agitadas de los siete. Quedaron tendidos sobre la colcha roja, exhaustos, fundidos en una masa de carne sudorosa y satisfecha. Sin embargo, el hambre sexual no estaba saciado con un solo acto. Lánguidos y aún desnudos, los siete repusieron fuerzas sobre la gran cama. Dante, con movimientos lentos, sirvió en copas de cristal un vino espeso, poción que exudaba un aroma metálico y dulce. Bebieron en silencio, dejando que el líquido oscuro recorriera sus gargantas y despertara una nueva y más profunda voracidad. Aquel vino, mezclado con sangre animal, no solo alimentaba sus cuerpos, sino que renovaba el vínculo místico que los unía en aquella penumbra.

Una vez recobrada la energía, la orgía se reanudó, transformándose en un festín de carne que se prolongó hasta que los primeros rayos del alba rozaron la superficie de la tierra. Durante esas horas de placer mundano, los tres hombres se turnaron entre las cuatro mujeres, cada uno cogiéndose a las 4, explorando cada rincón de sus cuerpos en posiciones que desafiaban la moral humana.

Eloísa y Lydia, las hembras de mayor jerarquía, fueron el centro de una atención aún más intensa, siendo triplemente penetradas, vaginal, oral, y analmente, por los varones en un despliegue de potencia y sumisión que las dejaba jadeando, exhaustas y plenamente colmadas. Mientras tanto, Carmen y Matilde se entregaban la una a la otra en el arte del tribbing, fundiendo sus sexos haciendo la «tijera» femenina, frotándose con una desesperación casi animal, corriéndose como condenadas hallando en el placer de la otra la única redención posible.

Llegó un momento en que los hombres se detuvieron, colocándose en los bordes del lecho como observadores de un ritual sagrado. Las cuatro mujeres, unidas en una sola masa de piel blanca y sudor, comenzaron a practicar el tribbing entre ellas, entrelazando sus cuerpos, frotando sus vulvas y besándose con una pasión frenética, todas con todas, e intercambiándose. Los varones, cautivados por la visión de aquellas hembras entregadas a su propio deseo, se masturbaron mientras las miraban, culminando el rito eyaculando sobre los cuerpos entrelazados de las mujeres, marcándolas con su semilla como trofeos de una noche de absoluta depravación.

Cuando la primera luz del alba se filtró por las rendijas de la piedra, la Cámara de la Carne volvió a quedar en silencio. Los siete se separaron sin prisas, con la parsimonia de quien ha cumplido una obligación sagrada. Sus cuerpos, marcados por el sudor y los fluidos de la noche, se movían con una lentitud calculada mientras recuperaban sus ropas, dispersas sobre el suelo de piedra y cemento. No hubo palabras. No hicieron falta. Cada uno sabía el peso de lo que acababan de sellar.

Dante fue el último en levantarse. Permaneció un instante al borde de la cama, con la mirada fija en el rostro del Macho Cabrío que lo observaba desde el muro. Luego, con un movimiento seco, se abrochó la camisa y salió de la cámara sin mirar atrás.

Afuera, sobre Villa Lavatián, la tímida luz del amanecer se derramaba sobre el valle, tiñendo los viñedos de un dorado pálido que prometía un día limpio. En la casa del portón verde, Beatriz, la elegida para ser la nueva hembra del Macho Cabrío, dormía aún junto a Luis, ajena a todo. Su pecho subía y bajaba con una calma que no conocía peligro, y en sus labios se dibujaba una sonrisa leve, como si soñara con cipreses y con una voz que le hablaba en una lengua que no entendía. Pero que, en los días venideros, comprendería perfectamente.

Los secretos, en Villa Lavatián, como bien se ha dicho, tenían la costumbre de guardarse bien. Y aquella noche, más el amanecer, la Cámara de la Carne y la Capilla Oscura, uno más había sido añadido a la colección. La obra del maligno continuaba.

Por Sato

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