La mujer de mi hijo (Capítulos 13-15)

La mujer de mi hijo (Capítulos 13-15)

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Capítulo 13

Michelle estaba completamente desnuda, sumisa, un poco asustada. Y me encantaba tenerla así. Volví a cerrar la esposa en la mano que había liberado. Ahora quedó con las manos inmovilizadas en la espalda baja, como se hace con los criminales peligrosos.

Estábamos aún de pie. Entonces yo la agarré de la cintura, la levanté en el aire, y la puse sobre la cama. Ella se colocó de rodillas, pero luego perdió el equilibrio, y, al no tener las manos libres, su torso cayó sobre la cama. Se removió, entre quejidos, y después se acomodó como pudo, con el mentón apoyado en la almohada.

No estaba en cuatro, sino que su cuerpo estaba doblado en dos. El culo bien levantado, las piernas separadas, y el torso y la cara sobre la cama. Intentó acomodarse, seguramente para quedar con todo el cuerpo extendido, pero yo se lo impedí.

—Así estás bien —le dije, deteniéndola con una nalgada—. Me gusta que estés así, toda abierta.

—Es muy incómodo —se quejó—. Al menos ayudame a acomodar mejor la cabeza.

Le di el gusto. Giré su cabeza suavemente, acomodándola bien sobre la almohada, asegurándome de que esté apoyada sobre la parte más acolchada. Quedó mirando hacia la pared.

—Cogeme de una vez, y andate.

—No hay apuro, ya te lo dije. Además, quiero que me cuentes sobre ese pendejo que te cogió con sus amigos.

—Para qué querés saber eso. Sos un obsesivo de mierda.

—Porque quiero saber quién carajos es el otro tipo que te está cogiendo. Y no tenés idea de la bronca que me da que sea un pendejo.

—¿Si fuera alguien de tu edad te enojaría menos? —preguntó, con cierta lógica.

Me gustaba que estando en la situación en la que estaba, me retrucara.

—No —dije con sinceridad.

Me quité los zapatos. Me subí a la cama y me coloqué a un lado de ella. Luego, apoyé la mano en su cintura, y solté una fuerte nalgada sobre ese pomposo culo. El golpe resonó en el dormitorio. Su carne tembló y enrojeció.

—Boludo, vas a hacer que algún vecino escuche, y encima me estás dejando marcas. Sos un bruto.

—En unas horas se te va a ir —le dije, acariciando suavemente ahí donde la había castigado—. Eso sí, si no hablás…

—Se llama Ulises —dijo al fin—. Ahora ya tiene veinte años. En este tiempo, nos vimos intermitentemente.

—¿Cuántas veces te cogió? —le pregunté.

—Qué sé yo —respondió mi nuera, con lo que se ganó otro azote en el orto—. Siete u ocho veces —respondió al fin.

Esa respuesta me alivió. Al final, yo era el que más se la había cogido. Pero, ¿ella lo sabría? ¿Acaso le importaría? Pero no me expuse a hacerle esa pregunta. De todas formas, no importaba. Siendo su suegro, era conmigo con quien llevaba su perversión al máximo nivel. Podía ser que no contara las veces que me la cogí, pero tenía presente nuestro parentesco.

—Nos vimos la semana pasada.

—De ahí hiciste el audio —dije.

—No. Lo grabaron ellos, y después me lo mandaron.

—Qué te hicieron —pregunté.

—Me hicieron lo obvio.

—Qué te hicieron —insistí.

—Le había suspendido una cita a Ulises. Hacía meses que no nos veíamos. Solo sexting. Pero cuando lo cancelé, se puso como loco. Me dijo que le iba a contar a Tobi lo que había estado haciendo a sus espaldas. Yo le dije que lo hiciera, pero en el fondo tenía miedo, porque sabía que varias veces me había sacado fotos mientras cogíamos. Y además, tenía muchos mensajes que me comprometían.

—Qué pelotuda resultaste —dije.

Pero entonces se me ocurrió una idea. Busqué en el morral y saqué un celular. Apunté la cámara a Michelle, y le hice tres fotos. Salieron perfectas. Cuando el tiempo pasara y el recuerdo de esa madrugada fuera menos nítido, tendría esas imágenes para recordar con más claridad.

—El boludo sos vos. Llega a ver esas fotos Estela y nos mata a los dos.

—No las va a ver, te lo prometo. Este no es el celular que uso normalmente, ni tampoco es el de la empresa. Además, ni siquiera tiene internet.

—Sos un perverso.

Le di un azote a la nalga que aún permanecía virgen.

—Seguí contando.

—Esa noche, supuestamente más calmado, me dijo que solo necesitaba hablar conmigo. Que me extrañaba mucho, y esas cosas. Era obvio que me quería coger, pero pensé que si le daba el gusto me lo podía sacar de encima por un par de meses más, y después ver qué hacía.

—Entonces lo recibiste acá… Y no vino solo, ¿no?

—No —dijo Michelle—. Eran dos chicos más que nunca había visto en mi vida.

—Y si estaba tan obsesionado con vos, ¿por qué te compartió?

—Porque la obsesión evoluciona. Llega un momento en que los hombres se creen dueños de la mujer que los calientan. Fijate cómo me tratás vos ahora. Puede ser que no quieras compartirme, pero hace unos años no se te hubiera ocurrido maltratarme y humillarme de esta manera.

—No seas boluda, es solo un juego sexual.

—Un juego en el que te divertís vos solo —me recriminó, pero después siguió hablando—. La obsesión en Ulises evolucionó de manera diferente. Ejerció la dominación entregándome a sus amigos. No creo que él lo haya experimentado como que me compartió. Creo que disfrutó de cómo los otros me poseyeron, como si fuera él mismo quien lo estaba haciendo. Los hombres suelen funcionar así. Como si por momentos todos fueran una sola cabeza, una sola pija. Por eso las violaciones grupales son tan comunes.

—¿Ellos te violaron?

—¿Vos me estás violando? —preguntó ella a su vez.

Sabía a qué se refería. Si le respondía que no, Michelle me diría que entonces esos chicos tampoco habían abusado de ella, y viceversa. Pero no entré en ese jueguito perverso de la puta de mi nuera.

—¿Cómo estabas vestida?

Me bajé de la cama. Me desabroché la camisa lentamente.

—Con un vestido azul. Nada especial.

—Cómo empezó todo.

—Cuando abrí la puerta, pensando que solo me iba a encontrar a Ulises, entraron los otros dos, casi a los empujones. Obviamente no querían que les cierre la puerta en la cara.

—¿Dónde estaba Tobi en ese momento?

—En la universidad.

—¿Cómo podías estar tan segura de que no se iba a aparecer igual?

—Porque tenía un parcial, y me mandó una foto de los apuntes, mientras repasaba, pidiéndome que le deseara buena suerte.

—¿Él te tiene que pedir que le desees buena suerte? ¿No podés hacerlo vos espontáneamente? ¿Qué clase de novia de mierda sos?

Me terminé de sacar la camisa, y la puse en el respaldo de una silla, asegurándome de que quede prolija. No quería que haya señales de que me la había quitado.

—La clase de novia que se coge al papá de su prometido —respondió ella—. De todas formas, nunca fui buena con esos detalles.

—Sos una egocéntrica.

—Sí, lo soy.

—Qué hicieron los pendejos cuando entraron. Qué te dijeron, cómo te convencieron.

—Solo me rodearon. Yo estaba paralizada, viendo a Ulises, como si esperara que ese degenerado me diera una respuesta razonable. Cerraron la puerta y ahí entendí que ya estaba todo dicho. Yo no tenía nada que hacer contra tres hombres.

—Podías haber gritado —dije, mientras me quitaba el pantalón.

—Sí, podría haber gritado —dijo ella, con la voz cargada de tristeza—. Ahora también podría hacerlo.

—Pero no lo vas a hacer.

—Si lo hago, sería un escándalo. Una chica abusada por el papá de su novio. Tobi no lo soportaría.

Comprendí que esa era una de las mentiras que se decía a sí misma, para explicar por qué hacía este tipo de cosas. Así que tampoco entré en ese juego. Ni yo ni esos pendejos teníamos la culpa de que fuera un enferma del sexo.

—Contame. Quiero saber con lujo de detalles cómo te cogieron.

—Me empezaron a tocar por todas partes. Pero, sobre todo, el culo, obvio. Sentía sus manos dentro del vestido. Lo hacían muy torpemente.

—¿Qué les decías? ¿Qué te decían ellos?

—No recuerdo exactamente. Pero les pedía que me soltaran. Les decía que iba a gritar, pero ellos llegaron a la misma conclusión que vos. No lo iba a hacer. Así que siguieron manoseándome. Ulises me decía que me quedara tranquila, que él les había hablado a sus amigos de mí, y que me iban a tratar muy bien. Yo trataba de explicarle que eso no tenía nada que ver. Que no podía pretender que me entregara a tres hombres a la vez, solo porque ellos querían que así sea. Pero era al pedo. Cuando me quise acordar, ya estaba en la sala de estar, y uno de ellos me estaba levantando el vestido.

—Te desnudaron enseguida —adiviné.

—Sí, aunque uno de ellos, creo que se llamaba Tiziano, dijo que le hubiera gustado cogerme con el vestido puesto. Pero estaban todos muy ansiosos. A los boludos les costaba desabrocharme el brasier, y me rompieron la tanga.

—Tobi no se da cuenta si te falta ropa interior, ¿no? Es muy descuidado.

Ella no se molestó en responder. Yo me bajé el calzoncillo, quedando completamente desnudo. Mientras hablaba, Michelle se había movido, ahora estaba de perfil, en una posición casi fetal. No le dije nada sobre eso, solo quería seguir escuchando. Saber de sus labios cómo había pasado todo, me reconfortaba de una manera extraña. Era como si al conocer tantos detalles, yo ya no era el engañado, sino que era parte de todo aquello. Una idea absurda, como muchas otras que me surgieron desde que conocí a Michelle, pero eso no quitaba que me gustaba escucharla.

—Después empezaron a discutir sobre cómo me iban a coger. Era como si yo no estuviera, como si mi opinión no importara. Y era verdad, porque ellos iban a hacer lo que quisieran conmigo, y yo no tenía nada qué hacer al respecto. —Dijo esto con todo de reproche, evidentemente señalando que ahora le estaba pasando exactamente lo mismo—. “Primero que nos haga un pete a todos”, dijo uno de ellos. Creo que era el más chico. Era rubiecito, y tenía anteojos. De esos pibitos que algunos pensarían que no rompen un plato. Así que me arrodillé. Los tres se pusieron frente a mí. Ulises en el centro. Pero solo para molestarlo, empecé a chupársela al rubiecito. El pendejo gemía como loco, y yo estaba segura que en un par de minutos lo iba a hacer acabar. Mientras se la chupaba, masturbaba al otro amigo de Ulises. “Tenías razón. Esta mina es mucho mejor que una escort”, dijo el pibe. “Nos cobraste casi lo mismo que lo que cobran las putas más caras, pero esta está mucho más buena, porque no está operada ni nada. Además, me recalienta que no parezca tan animada”. Así me enteraba de cómo me había entregado. Me había vendido. Pero yo sabía que Ulises no lo hizo solo por dinero. Quería disciplinarme. Quería que supiera qué pasaba si lo dejaba plantado: vendría a mi casa a cogerme con los tipos que quisiera.

El pendejo la tiene clara, pensé para mí. Le había sacado la ficha a Michelle, y la había intimidado hasta hacer que ella lo complazca de las maneras más obscenas, como debía ser.

—Pero supongo que el tal Ulises no se quedó quieto mientras los otros gozaban con vos, ¿no?

—No, obvio. Igual ya lo imaginaba —respondió Michelle—. Me agarró del pelo y me obligó a soltar a su amigo. Entonces me ensartó la pija de un solo movimiento. Entera. La sentí en mi garganta. El rubiecito se puso eufórico cuando vio cómo la forma de la pija de Uli se marcaba en la parte delantera de mi cuello.

—Nunca se van a volver a coger a una mina como vos esos pendejos —dije—. Los vas a dejar enfermos. Van a pasar años, décadas, y se van a acordar de vos.

—Sí —dijo ella, melancólica—. Eso soy para los hombres. Una obsesión sexual. Solo para Tobi no lo soy.

Ese último comentario hizo que sus ojos se empañaran. Incluso yo sentí remordimiento al escuchar el nombre de mi hijo. Pero tenía la pija demasiado dura como para detener lo que ya había empezado. Además, podía ser que Tobías fuera el único hombre que la trataba con ternura, y que no deseaba salvajemente su cuerpo. Pero eso solo se debía a que el pobre no tenía ni idea de lo putita que era su novia.

—¿Aguantaste mucho tiempo mientras te cogía así? —pregunté.

—No. Después de un rato, tuve que golpearle las piernas para que se detuviera.

—Claro —dije yo, riendo—. ¿Acabaron en tu cara, o dentro de tu boca?

—Dentro de mi boca. Pero me dijeron que no tragara nada hasta que el último eyaculara. Se quedaron viendo cómo se acumulaba el semen dentro de mi boca. En un momento, se me escapó un poco por la comisura, pero no les importó. Les gustaba verme así, en esa posición patética, sucia, entregada, humillada. Igual que vos.

Sí, era cierto. De hecho, me encantaba verla así, desnuda, de costado sobre la cama, con las manos inmovilizadas, el pelo revuelto. Así, toda rota, denigrada, temerosa. Era enfermizo, pero era la verdad.

—Me imagino que la cosa no terminó ahí —le dije.

—No me acuerdo bien de lo que pasó después, y no te miento. Obviamente me cogieron. Pero yo solo miré el techo, mientras pasaba uno a uno. Creo que escuché que uno decía “eh, parece que se desmayó”, y después Ulises le respondía: “No seas boludo, no ves los gemidos que larga”.

—Entonces… no lo disfrutaste —dije.

—¿Y a vos qué te parece? —respondió, con ironía.

—Pero vos siempre disfrutás. Incluso cuando te quejás. Incluso ahora.

—Ahora no lo estoy disfrutando mucho —respondió.

—Pero solo porque todavía no te estoy cogiendo. Siempre que te cojo lo gozás.

—Mi cuerpo lo goza —dijo ella, como si su mente y su cuerpo le pertenecieran a dos entidades diferentes. Pero tampoco entré en ese juego.

—Creo que sí me desmayé. Pero no cuando lo dijo el chico. Más adelante, cuando alguno me estaba penetrando. Porque, cuando me desperté, ya no había nadie en el departamento.

—Esos pendejos tuvieron mucha suerte. No te merecen.

—Me sacaron más fotos —dijo Michelle—. Sé que hoy en día es una boludez dejarse extorsionar por algo como eso. Soy una adulta, una profesional, y caigo con un pendejo así de fácil. Pero… No quiero que Tobías se entere. O sea… Sería lo mejor para él. Que sepa lo basura que soy, pero no creo que lo soporte.

Tragué saliva. Otra vez el remordimiento me embargaba. Y coincidía con Michelle. Mi hijo estaba muy enamorado de ella, y era extremadamente sensible. Si se enteraba de todo lo que su mujer hacía a sus espaldas, en el mejor de los casos caía en un pozo depresivo. En el peor… No quería ni pensarlo, mucho menos en ese momento.

Me subí a la cama. Le acaricié la mejilla con ternura. Una ternura que ella recibió como una gatita abandonada que se encontraba con su nuevo dueño.

—Pedime que te saque de encima a esos pendejos —le dije—. Solo pedímelo, y no te van a molestar nunca más.

Ella me miró a los ojos, con esos faros de cielo que eran capaces de enamorar a cualquier pobre diablo.

Por un instante hubo un atisbo de duda. Y yo sabía a qué se debía. Se estaba preguntando: ¿Si vos me salvás de esos pendejos, quién me salva de vos? Pero no hacía falta ser muy bueno en matemáticas para llegar a la conclusión de que era mejor tener un solo macho dominante que cuatro. Conmigo la cosa podía marchar dentro de todo bien, si lo hacíamos con más cuidado.

—Sí, hacelo. Pero no los lastimes. Solo asustalos, porfa.

—Vos no te preocupes. Lo importante es que no van a volver a molestarte.

Nunca había sido una persona violenta. Pero en el rubro de seguridad conocía a toda clase de tipos. No me costaría encontrara alguno que encare a esos pendejos, le pongan un arma en la cabeza y lo haga mear de miedo, obligándolos a jurar que nunca en sus putas vidas volverían a meterse con Michelle.

Pero luego lo pensé mejor, y decidí que no quería a más personas involucradas. No quería que hubiera otro héroe para mi nuera. Debía encargarme de todo personalmente.

Le di un beso en la boca. Un beso tierno, que le daría un novio. Corrí el pelo detrás de su oreja.

—Ahora te voy a coger.

No necesitaba aumentar el nivel de dominio que tenía sobre ella, pero aún así lo hice. Me bajé de la cama, y quité el cinto de mi pantalón. Ella me miró, con los ojos bien abiertos.

—No me vayas a golpear con eso. Me vas a dejar toda marcada.

—No es para azotarte —le dije.

—¿Entonces? —dijo ella, haciendo un puchero. De repente parecía incluso más pequeña que cuando se había metido en mi auto para hacerme una mamada.

—Es solo para jugar —le dije—. No te va a doler.

La agarré de las caderas y la puse en la posición original. Con el torso sobre el colchón y el culo bien levantado. Luego, pasé el cinto por su cuello, y lo abroché en ella. No eran de esos que tenían unos cuantos agujeritos, sino de los que podían ajustarse a gusto del que lo usaba. Por eso, logré que la cuerina se cerrara en su garganta.

—Ahí podés respirar bien, ¿no? —dije.

—Sí, pero está muy justo. Gonzalo, tengo miedo.

—Pero enseguida solo vas a sentir placer.

Agarré del extremo del cinto y tiré de él. Su espalda se arqueó levemente, y Michelle soltó un quejido.

—Así deberías estar siempre —dije—. Quietita, lista para que te monte, como la yegua que sos.

Apunté mi verga y se la hundí en la concha. Tal como lo había imaginado, estaba empapada. La muy trolita no tardó nada en empezar a gemir.

—¿Viste? Pedazo de puta. ¿Viste como te gusta que te coja papi?

Sus respuestas solo fueron más gemidos. Yo empecé a hundir la verga cada vez con más ímpetu. Era increíble como esa conchita no tardaba en dilatarse, adaptándose a mi tamaño. En todo momento la agarraba del cinto, y tiraba suavemente de él, asegurándome de no dañarla. Su cabello castaño se sacudía suavemente, y su cuerpo se estremecía de pies a cabeza cada vez que la pija entraba por completo en ella.

—Ahora vas a ser solo mía —le dije, embistiendo con más fuerza—. Nunca más te va a tocar nadie que no sea yo.

Era una orden absurda, porque ella estaba con mi hijo. Pero no quería que hubiera más amantes. Quería ser el único que la llevara al camino de la perdición, de la destrucción. Quería ser el único responsable de empujarla a situaciones como esta, en la que su cuerpo quedaba atrapada a mis requerimientos y caprichos. No quería que me amara, no quería amarla. Quería ser su dueño. El dueño de sus deseos y pesadillas. Quería tener con ella algo tan íntimo que ni siquiera el hecho de que estuviera casada pudiera superar el nivel de intimidad que tengamos. Porque nosotros éramos mucho más que unos amantes. Éramos la peste, el mal, la lujuria encarnizada, el egoísmo en su máximo esplendor. Éramos lo peor del mundo, y estábamos unidos.

—Gonzalo… —dijo ella, como si le doliera la voz.

Me di cuenta de que estaba poseído, y que había tirado con más fuerza de la conveniente del cinto. Aflojé un poco, pero sin dejar de clavarle la pija. Ella continuó gimiendo. Por suerte, estaba bien.

Pero yo no estaba todavía del todo lúcido. Seguía atrapado en esa lascivia desenfrenada. Seguí dándole maza, hasta que exploté.

No puedo decir que no haya sentido la inminencia del orgasmo. Podía haber retirado la pija. Tenía tiempo suficiente para hacerlo. Además, quería largarle toda la leche en la espalda. Pero descargué todo el semen adentro. Y salió increíblemente abundante.

Pensé que, ahora sí, se iba a enojar. Pero no dijo nada. Después de todo, seguía en su papel de mujer sumisa.

Quedé un rato dentro de ella, hasta que la verga se me ablandó.

—Ya soltame, por favor —dijo, casi llorando.

Saqué mi miembro de su sexo. Estaba bañado por sus flujos, y aún escupía semen, aunque igual casi todo quedó adentro. Di por sentado que ella tomaría las medidas necesarias al día siguiente.

Me tomé mi tiempo, solo para remarcar quién mandaba. Le quité primero el cinto. Lo llevé hasta la silla donde había dejado mi ropa, y lo coloqué en el pantalón. Recién entonces, busqué la llave de las esposas. Me subí a la cama, le metí en el pequeño orificio de las esposas, y, por fin, la liberé.

Ella se acomodó en la cama. Se frotó las muñecas, hizo movimientos circulares con los hombros y luego con el cuello, como para descontracturarse. Me miraba con resentimiento, pero no dijo nada.

—Quiero que vuelvas a ser rubia.

Ella no dijo nada, pero algo me decía que iba a obedecer.

—¿Y ahora qué? —dijo Michelle.

—Ahora me vas a pasar todos los datos que tengas de Ulises. Apenas pueda, lo voy a buscar. Pero no vuelvas a dejar que entre acá, por más que te amenace.

—Está bien —dijo—. Pero, ¿y ahora? ¿Con nosotros?

Me subí a la cama de nuevo. La agarré del mentón y le hice levantar la cara.

—Ahora te voy a coger solo yo. Y ya no quiero que perdamos el tiempo. Es al pedo que me esquives, si te gusta que te coja tanto como a mí. Así que dejate de romper las pelotas. A partir de ahora sos mi amante. Ya no quiero tener que esperar meses o años hasta que se de un momento oportuno para tenerte. Quiero que nos comuniquemos, y acordemos entre los dos cuándo nos podemos ver.

Ella suspiró hondo. Parecía que iba a poner algunos reparos, pero era al pedo. Luego fue como si ella misma se respondiera a las dudas que le habían surgido. No tenía sentido que se preocupara por serle fiel a Tobías, porque de todas formas ya le había metido los cuernos de la peor manera posible. Que dejara de hacerlo ahora no cambiaba nada. Además, lo mejor era seguir con nuestra historia de manera más sigilosa, y, tal como lo estábamos haciendo, tarde o temprano todo se podía ir a la mierda.

En fin, supongo que ella llegó a esas conclusiones, o algo muy parecido, porque al final dijo:

—Está bien.

Esas dos simples palabras fueron las más hermosas que jamás había escuchado. Porque era la primera vez que ella aceptaba de manera tan clara y directa lo que había entre nosotros. Claro, sabía que iba a tener que seguir jugando el juego de la dominación. Pero con esto me bastaba.

Por fin, ahora mi nuera era mi puta personal.

Podría haberme quedado más tiempo, pero ya estaba amaneciendo, y tenía que volver a casa. Cuando me subí al auto, vi en mi celular oficial que me había llegado un mensaje de Estela. Era la respuesta al mensaje que le había mandado antes de salir para traicionarla de nuevo. “Okey, cuídate gordo”, decía.

Por un momento me pregunté qué carajos estaba haciendo con mi vida. En qué clase de ser despreciable me había convertido. Pero sacudí la cabeza y aparté esas ideas. El tema era que estaba seguro de que iba a volver a caer ante el deseo desenfrenado por mi nuera, y, por ende, era en vano ponerme a pensar en esas cosas. Más bien lo que tenía que asegurarme era de hacerlo lo mejor posible.

Cuando llegué a la casa, lo primero que hice fue colgar el manojo de llaves de Tobi. Como zorro viejo que era, primero me había asegurado de que no hubiera nadie por ahí.

Todo había salido bien, y el futuro prometía muchos polvos con Michelle. Me fui a la cocina a tomar un vaso de agua. Un crimen sin víctimas, pensé, por enésima vez.

—Un crimen sin víctimas —susurré en la oscuridad.

Por supuesto, estaba equivocado.

Capítulo 14

Estaba en la oficina, solo, con el zumbido del aire acondicionado y el reflejo azul de la pantalla en la cara. Eran casi las siete de la tarde, la mayoría ya se había rajado, y yo fingía cerrar informes mientras en realidad solo esperaba que pasara algo, cualquier cosa, que rompiera estas dos semanas de silencio que me estaban volviendo loco.

Dos semanas desde que la tuve esposada, colgando de la barra de dominadas como una puta de lujo, gimiendo mientras le clavaba la pija y le juraba que ahora sí iba a ser solo mía. Dos semanas desde que eyaculé adentro como un animal, desde que ella dijo “está bien” con esa voz quebrada que me puso la piel de gallina. Y después… nada. Ni un mensaje, ni una foto, ni una puta historia en Instagram que me diera una migaja. La muy turra me había dejado colgado otra vez, justo cuando yo ya me creía que esta vez era diferente.

Me dolía la verga de tanto pensar en ella.

La hija de puta estaba jugando conmigo de nuevo, pero esta vez tenía algo para llamarle la atención.

Abrí el chat, adjunté el audio que había hecho el día anterior y apreté enviar.

Era un archivo de treinta y dos segundos. La voz de Ulises, ese pendejo de mierda, temblando como si estuviera meando en los pantalones:

“Michelle… te juro por mi vieja que no te voy a molestar nunca más. Borro todo. Las fotos, los videos, los mensajes. No existo más para vos. Perdón… perdón por todo”.

Y un sollozo ahogado al final, como de perrito pateado.

Sonreí solo en la oficina vacía, recordando cómo lo había conseguido.

No fue difícil encontrar al pendejo. Michelle me pasó el Instagram de Ulises esa misma madrugada, todavía con las muñecas marcadas y el orto colorado de mis nalgadas. Al día siguiente ya tenía el apellido, la facultad, el barrio. Dos llamados a un par de contactos en la calle y ya sabía dónde paraba los jueves: un bar de mierda en Palermo Soho donde iba a jugar al pool con los mismos dos amigos que se la habían cogido.

Fui solo. No llevé arma, no hacía falta. Después de todo solo soy un gerente en una empresa de seguridad, no un sicario. Pero sé muy bien cómo lucir amenazador para un pendejo como ese.

Llegué, lo saqué del bar tomándolo del brazo como si fuéramos conocidos, lo metí en el auto. El pendejo se meó encima en el asiento trasero cuando le mencioné que Michelle, esa chica de la que estaba abusando, ahora estaba conmigo. La verdad que ni me puse a pensar si el pendejo sabía que era el suegro.

“Si alguna vez volvés a escribirle, a mirarla, a nombrarla aunque sea en sueños… te borro del mapa, pendejo”.

No le pegué ni un cachetazo. No hizo falta. Con verme la cara bastó para entender que yo estaba mucho más loco que él. Grabó el audio ahí mismo, en el auto, con mis llaves colgando del contacto y mi mano apoyada en el volante como si nada. Lloriqueó, pidió perdón, prometió borrar todo. Y yo me fui tranquilo, con la sensación extraña de haber hecho algo… sucio, pero necesario.

Nunca fui violento. Jamás. Pero por ella… por esa pendejita que me tiene idiota, soy capaz de convertirme en cualquier cosa.

El audio tenía el punto pintado de azul, pero nada. Pasaron minutos y la muy zorrita no contestaba. Me estaba provocando, obvio. Yo le había sacado de encima a ese adolescente degenerado, y ahora ella se desharía de mí. Una absurda desesperación, que no sentía por primera vez, se apoderó de mí.

Empecé a caminar por la oficina como un pelotudo. Me serví un whisky del que guardo en el cajón para los clientes importantes. Me lo tomé de un trago. Me serví otro. Si después de haber hecho eso con ese pendejo, me cortaba el rostro, la muy forra me iba a querer dejar con las ganas por tiempo indeterminado, como ya lo había hecho. Y yo ya no tenía veinte años. Ni tampoco treinta. Ya no quería esperar meses o años para garchármela de nuevo. No quería sentir esa horrible sensación de que nunca más iba a estar con ella.

Pero entonces recordé las últimas veces que me la había cogido. La pendeja era hija del rigor, así que quizás estaba esperando que fuera a buscarla, a cara de perro, de nuevo. Que me apareciera en su oficina, o en su departamento y me la cogiera por la fuerza.

Entonces, llegó el mensaje de voz de ella.

La puse, bajé el volumen por si alguien quedaba en el pasillo.

“Gracias, Gonzalo… de verdad. Ahora voy a poder dormir tranquila. Me da pena Ulises… Pero él se la buscó. Igual, no lo lastimaste, ¿no?”.

Me reí solo, con bronca y calentura al mismo tiempo. La muy puta todavía sentía pena por el pendejo que la había vendido a sus amigos.

Le contesté de manera ambigua solo para molestarla.

“Está vivo. Y muy convencido de no volver a joderte nunca”. Y agregué: “¿Cuándo te veo?”

No respondió, lo que me volvió a sumir en un estado casi depresivo.

Pasó poco más de una hora. Ya estaban saliendo los últimos administrativos. Solo quedaba el guardia de abajo viendo Netflix en uno de los monitores donde debería estar vigilando uno de los servicios que pagaban por nuestra custodia. Muchas veces pensé en echarlo por eso.

Estaba por apagar todo e irme cuando vi movimiento en una de las cámaras de seguridad: el de la entrada principal. Una chica hermosa que yo bien conocía tocaba el timbre. El guardia ya la conocía como mi nuera, así que le abrió sin siquiera preguntarme. Cuando se dirigió a las escaleras, el tipo no se privó de mirarle el culo.

—Jefe, ahí sube la señorita Michelle —me dijo el tipo, por el intercomunicador.

—Sí, ya la veo. Gracias.

Esperaba que se quedara ahí abajo. Esta vez no me iba a molestar que viera Netflix toda la noche.

La vi por el monitor, subiendo las escaleras con una faldita plisada gris corta, y una blusa blanca semitransparente que dejaba ver el encaje del brasier. Medias negras hasta medio muslo. Zapatos de taco alto, negros, brillosos.

Me alegró ver que se había teñido de rubio, para mí. Pero no era solo eso lo que se había hecho en el pelo. Ahora tenía el cabello ondulado.

Yo me quedé clavado en la silla, con la pija dura como una piedra, respirando como si hubiera corrido diez cuadras.

La puerta de la oficina se abrió despacio. Y ahí entró ella. Rubia, y tan hermosa que dolía mirarla.

Cerró la puerta con un clic suave, como si el mundo entero se quedara afuera. El taconeo de sus zapatos resonó en el silencio de la oficina vacío. Parecía sacada de una revista de lujo, pero con esa carita de nena perversa que me ponía la pija dura en dos segundos.

Me miró de arriba abajo, con esa sonrisa de turra que sabía exactamente lo que provocaba, y soltó:

—¿Acá te cogés a tu secretaria, Gonzalo? Porque el escritorio tiene pinta de ser de un viejo putañero.

Me reí. Lo último que esperaba en ese momento era un comentario como ese. Me acomodé en la silla, sintiendo la presión la erección que ya me estaba rompiendo el pantalón.

—No, boluda. Mi secretaria es una vieja de cincuenta que parece mi tía —dije, omitiendo el detalle de todas las veinteañeras que me había cogido. Aunque igual casi nunca usaba la oficina—. ¿Y qué hacés acá? —pregunté después.

Ella se acercó despacio, meneando las caderas, y se apoyó en el borde del escritorio, justo enfrente mío. Cruzó los brazos bajo las tetas, empujándolas hacia arriba, y el encaje del brasier asomó un poquito más por el escote.

—Vine a agradecerte lo del audio, nada más. Pero si te molesta… me voy.

Hizo el amague de darse vuelta, como si fuera a abrir la puerta y rajarse.

—No se te ocurra, Michelle. Vos no te vas a ninguna parte.

Ella se detuvo, giró la cabeza, y sonrió. Una sonrisa que era pura maldad envuelta en inocencia.

—¿No? ¿Entonces qué querés, suegrito?

Sin esperar respuesta, se subió al escritorio de un salto elegante, sentándose justo enfrente mío, con las piernas colgando. La faldita se levantó sola, y ahí estaba todo: los muslos perfectos, lisos, bronceados, las medias negras subiendo hasta medio muslo con el liguero negro que sostenía todo, y entre las piernas… una tanguita blanca de encaje, tan chiquita que apenas cubría la concha. Se le marcaban pornográficamente los labios vaginales. Me quedé mirando como un boludo, con la boca hecha agua.

—Mirá lo que te traje —dijo, abriendo un poquito las piernas, solo para torturarme—. Rubia otra vez, como me pediste. ¿Te gusta?

—Sabés que sí. Me encanta.

Estaba rara, y eso me daba un poco de miedo. Siempre la había tenido que insistir, y a veces, hasta obligar. Era la primera vez que tomaba la iniciativa de esa manera. Y, a pesar del temor que me causaba esa loquita con sus cambios de ánimo, la calentura siempre estaba por encima de todo.

Así que estiré las manos y las puse en sus rodillas, despacio, como si estuviera tocando algo sagrado y prohibido al mismo tiempo. La piel era seda caliente. Subí despacio por las pantorrillas, sintiendo la textura de las medias, un roce suave que me ponía loco. Ella no se movió, solo me miró con esos ojos de cielo, mordiéndose el labio inferior.

Subí más, hasta los muslos. Ahí la piel era desnuda, tibia, perfecta. La apreté un poco, clavando los dedos, y ella soltó un suspiro bajo, casi inaudible. Seguí subiendo, centímetro a centímetro, hasta llegar al borde del portaligas. Ahí me detuve, rozando el encaje con los pulgares, y ella abrió un poquito más las piernas, invitándome.

—Estás empapada, putita —le dije, con la voz ronca.

La tanga estaba mojada, se le transparentaba todo. Los labios hinchados, el clítoris marcadito bajo la tela. Pasé un dedo por arriba, despacio, de abajo hacia arriba, sintiendo el calor que salía de su concha. Ella tembló, se agarró del borde del escritorio con las manos.

—Seguí… —susurró.

Corrí la tanguita a un costado con dos dedos, y ahí estaba: la conchita depilada, rosada, brillando de tan mojada. Los labios abiertos como una flor, el clítoris hinchado pidiéndome lengua. Metí un dedo despacio, solo la punta, y ella arqueó la espalda, soltando un gemido bajito que me llegó directo a la pija.

—Estás chorreando, Michelle. Dos semanas sin que te toque y mirá cómo te ponés. ¿No te atiende Tobi?

Solté esa pregunta sin pensarla. Mi hijo… ¿Cómo podía burlarme de mi hijo mientras le escarbaba la concha a su mujer? Sin embargo, hacia rato que había pasado ese límite, así que no me afectó. Y por lo visto a ella tampoco, porque no solo no dijo nada, sino que no hizo ningún gesto de fastidio.

Metí el dedo entero, lento, sintiendo cómo me apretaba esa concha caliente, suave, viva. Empecé a moverlo adentro, curvándolo para rozarle ese punto que la volvía loca. Ella cerró los ojos, echó la cabeza para atrás, y se llevó las manos a las tetas. Se las apretó por arriba de la blusa, fuerte. Los pezones se le marcaron durísimos en la tela.

Metí un segundo dedo. Ahora sí, la empecé a coger con la mano, lento pero profundo, entrando y saliendo mientras con el pulgar le rozaba el clítoris en círculos. Ella gemía cada vez más fuerte, se mordía el labio para no gritar, pero igual se le escapaba. Abría y cerraba los muslos alrededor de mi mano, como queriendo atraparme adentro.

—Mirame —le ordené.

Abrió los ojos. Esos ojitos de cielo estaban vidriosos, perdidos de placer. La boca entreabierta, la respiración agitada. Estaba hermosa, y estaba hecha una puta, y eso me hacía amarla. Un amor enfermizo, retorcido, pero amor al fin.

Me agaché despacio, sin sacar los dedos, y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, lento, saboreando su concha y mis propios dedos al mismo tiempo. Ella gritó bajito, se agarró de mi pelo.

—Gonzalo… sí… así…

Le chupé el clítoris despacio, primero suave, después más fuerte, succionando como si quisiera comérmela viva. Los dedos seguían adentro, moviéndose rápido ahora, golpeando ese punto una y otra vez. Ella se retorcía en el escritorio, las tetas subiendo y bajando con la respiración.

Le metí la lengua adentro, junto con los dedos, lamiendo todo lo que podía alcanzar. El sabor era adictivo, dulce y salado, puro sexo. Ella empezó a temblar entera, las piernas tensas, los muslos apretándome la cabeza.

—No pares… Ay, qué hijo de puta que sos. Me tenés que hacer esto más seguido. ¡Ay!

Le chupé el clítoris con fuerza, dos dedos curvados adentro, el tercero rozándole el orto por arriba de la tanga. Y explotó.

Acabó gritando mi nombre, la concha apretándome los dedos como un puño, chorros de jugo mojándome la boca, la barba, la camisa. El cuerpo entero temblando, la espalda arqueada, las tetas casi saliéndose de la blusa. Fue un orgasmo largo, de esos que dejan a la mujer casi desmayada, con el cuerpo presa de movimientos espasmódicos.

Se quedó un rato tirada en el escritorio, intentando normalizar su respiración, mirándome a los ojos, con esa mezcla de goce y odio que ya le había visto varias veces.

Y yo todavía ni había sacado la pija.

Me quedé mirando esa concha palpitando después del orgasmo, brillando con jugo y saliva, los labios hinchados abiertos como invitándome a destruirla. La pija me dolía de lo dura que estaba, apretando contra el pantalón como si quisiera romper la tela.

No aguanté más.

Me paré de la silla de un salto, me bajé el cierre con una mano mientras con la otra la agarraba a ella de la nuca, atrayéndola para darle un beso salvaje, haciéndole sentir el sabor de sus propios flujos.

—Ahora vas a saber lo que es coger —le gruñí contra la boca, mordiéndole el labio inferior hasta que soltó un gemido—. Te voy a garchar hasta que no puedas caminar.

Ella jadeó, todavía temblando del orgasmo, los ojos vidriosos, y volvió a abrir las piernas. Me bajé el pantalón y el bóxer de un tirón, la pija saltó afuera como un animal liberado: gruesa, venosa, la cabeza roja y brillante de presemen, palpitando de locura y calentura.

La agarré de la base y la apoyé en la entrada de su concha, rozando los labios mojados, sintiendo la humedad que salía de ahí. Ella se retorció un poco, empujando las caderas hacia mí.

—Metémela, Gonzalo… llename la concha con esa pija gruesa… —susurró, con esa voz de nena trastornada que me volvía loco.

No me hice rogar. De un solo empujón se la clavé entera, hasta el fondo, sintiendo cómo esa concha apretada me succionaba, me tragaba centímetro a centímetro. Ella gritó fuerte, demasiado fuerte considerando en dónde estábamos, la cabeza echada para atrás, las tetas hinchadas, como queriendo escapar de la blusa.

—Shhh, boluda… el guardia de abajo… —murmuré, pero ya estaba perdido en esa sensación, en ese calor húmedo que me envolvía la pija.

Empecé a bombearla de parado, agarrándola de las caderas con las dos manos, sacándola casi toda y clavándosela de nuevo con fuerza, haciendo que el escritorio crujiera.

Cada embestida era un golpe seco, profundo, las bolas chocando contra su orto, el jugo de su concha salpicando mis muslos. Ella gemía sin control, con las uñas clavadas en mis hombros, las piernas abiertas en V alrededor de mi cintura.

—Ay… sí… Gonza… más fuerte… rompeme la concha… —gritaba, sin importarle una mierda el ruido.

Le tapé la boca con una mano mientras con la otra le desabrochaba la blusa, botón por botón, desesperado por tocar esas tetas que me obsesionaban. La tela se abrió de golpe y ahí estaban: perfectas, redondas, los pezones rosados duros como piedritas, el brasier de encaje blanco apenas conteniéndolas. Se las saqué de un tirón, el brasier cayó al piso con un ruido suave, y me abalancé sobre ellas como un muerto de hambre.

Le chupé un pezón con furia, lo succioné fuerte, lo mordí suave primero y después más duro, dejando marcas rojas en esa piel blanca perfecta. Ella arqueó la espalda, ofreciéndome las tetas como una ofrenda, gimiendo contra mi palma.

—Mirá estas tetitas de puta… tan duras para mí… tan perfectas… —gruñí, cambiando al otro pezón, lamiendo alrededor, chupando como si quisiera sacarle leche—. Sos una zorra, Michelle… la novia de mi hijo y mirá cómo te mojás cuando te coge tu suegro… mirá cómo chorreás como una perra en celo…

Ella intentaba gritar más, pero mi mano ahogaba los sonidos, solo se le escapaban gemidos nasales que me ponían más loco. El escritorio seguía golpeando la pared con cada embestida brutal. Seguro que el guardia de abajo estaba con las orejas paradas, notando que algo raro estaba pasando. Pero no podía parar. Estaba demasiado perdido en esa concha que me apretaba, que parecía succionarme para que se la metiera hasta el fondo.

La agarré del cuello con una mano, suave, solo rodeando esa garganta fina con mis dedos, sintiendo cómo tragaba saliva. Ella abrió los ojos grandes, sorprendida pero excitada, y yo apreté un poquito más, justo lo suficiente para que sintiera la presión, para que el aire le entrara con dificultad. No era para lastimarla, solo me calentaba ese gesto de dominación.

—Así… quietita… mientras te cojo… —susurré, embistiéndola más fuerte, la mano en su cuello apretando en ritmo con las caderas—. Sentí cómo te coje tu suegro. Sentí mi pija. Sos mía, solo mía.

Ella asintió como pudo, los ojos brillando de lágrimas de placer, la cara enrojecida, y soltó un gemido ahogado.

Apreté un poco más, sintiendo el pulso de su carotídea bajo mis dedos, y ella, para mi sorpresa, acabó otra vez. Por lo visto ese tipo de jueguitos sexuales le encantaba.

—Mirá qué rápido acabás. Qué calentita que estás, por dios —le dije, aflojando la mano solo para que respirara y apretando de nuevo, jugando con la presión mientras seguía dándole maza sin piedad.

La cogí así un rato eterno, de parado, variando el ritmo: lento y profundo para sentir cada centímetro de esa concha, después rápido y salvaje para hacerla rebotar entera.

—Sos una puta… una puta comprometida con mi hijo… y mirá cómo te gusta que te coja tu suegro… —repetía, perdido en la lujuria.

Ella ya no podía hablar, solo gemir y jadear, la garganta marcada por mis dedos, la concha chorreando sin parar. Hundí la mano en su culo, quedando apretada sobre la mesa, pero los dedos con suficiente libertado como para actuar. Le metí dos dedos en el orto de repente, sin aviso, solo para sentir cómo se contraía alrededor de ellos mientras la pija la llenaba por delante.

No aguanté más la posición. La bajé del escritorio de un tirón, las piernas le fallaban, pero la sostuve fuerte y la puse de rodillas en el piso frío. Ella me miró desde abajo, despeinada, los bucles revueltos, la boca entreabierta, las tetas subiendo y bajando agitadas, los pezones rojos de mis mordidas, el cuello marcado levemente por mi mano.

—Ahora chupámela, putita… tragátela toda… —le ordené, agarrándola del pelo rubio con las dos manos.

Abrió la boca obediente, los ojos fijos en los míos, y se la tragó de una, hasta el fondo, sin arcadas, con esa garganta entrenada de haber hecho tantos petes.

Empecé a cogerle la boca despacio al principio, sintiendo cómo la lengua le daba vueltas a la cabeza, cómo lamía las venas, cómo la saliva le chorreaba por la barbilla en hilos gruesos, cayendo sobre las tetas desnudas y brillando bajo la luz del escritorio.

—Así… con mucha saliva… como la puta que sos… —gruñí, sacándola hasta la punta y volviéndosela a meter entera.

Ella gemía con la boca llena, las manos en mis muslos, las uñas clavadas, el contacto visual total, esos ojos de cielo diciéndome “soy tuya, haceme lo que quieras”. Era maestría pura: lamía las bolas cuando la sacaba, chupaba la cabeza como un caramelo, volvía a tragársela hasta que le lloraban los ojos.

Le saqué la pija de la boca un segundo, la agarré de la base y le golpeé la mejilla con ella, fuerte, dejando una marca húmeda y roja en esa cara perfecta.

—Abrí la boca, zorra… sacá la lengua…

Obedeció. Sacó la lengua afuera como una perra, los ojos brillando. Le golpeé la lengua con la cabeza de la pija, después la otra mejilla, manchándola de saliva y presemen. Volví a metérsela hasta el fondo, cogiéndole la garganta ahora con fuerza, las bolas chocando contra su mentón.

—Tragátela… tragátela mientras te miro a los ojos… sos la mejor mamadora que tuve. Y eso que conocí a muchas putas.

Ella aceleró, las manos en mis bolas masajeándolas, la boca succionando como una aspiradora, la saliva chorreando por todos lados. Sentí que venía, el orgasmo subiendo desde las bolas como una ola.

—No pares…

Le agarré la cabeza con las dos manos y le descargué todo adentro: chorros y chorros de leche caliente, espesa, que ella tragó sin perder una gota, mirándome fijo, gimiendo de placer mientras se la bebía entera. Cuando terminé, saqué la pija despacio, todavía dura, y se la pasé por la cara, por los labios, por las mejillas, dejando rastros blancos que brillaban.

Ella se quedó ahí de rodillas, respirando agitada, la boca brillando de semen y saliva, las tetas subiendo y bajando, el cuello marcado, la concha chorreando por los muslos.

Y yo pensé, jadeando, que esto era el paraíso.

—Mirá cómo me dejaste —me dijo, con esa voz ronca de después del orgasmo, levantándose despacio y mirándose en el reflejo de la ventana oscura.

Realmente estaba hecha un desastre, pero igual estaba hermosa: el pelo rubio revuelto, la blusa abierta colgando de los hombros, las tetas marcadas de mordidas, la tanguita corrida.

—Te lo merecías, por hacer ruido —le dije, acomodándome la pija todavía medio dura en el pantalón—. Me imagino que trajiste maquillaje.

Ella asintió, se levantó tambaleando un poco y fue al baño chiquito que tenía la oficina para ejecutivos. Se lavó la cara, se limpió la concha con papel higiénico, se retocó el maquillaje con una cosmetiquera que sacó del bolso. Yo me vestí despacio, mirando cómo se recomponía, volviendo a ser la nuera perfecta que todos conocían. El tema es que tardamos mucho ahí encerrados, y con todo el quilombo que hicimos —los gritos, los golpes del escritorio, los gemidos— era obvio que alguien había escuchado algo.

Michelle bajó primero sola, aunque ambos sabíamos que ese detalle no cambiaría nada. Después de un rato, bajé yo. El guarda de seguridad me abrió la puerta del edificio. Tenía una cara exageradamente seria, con lo que me decía todo: el tipo había escuchado lo suficiente.

Era la primera vez que sabía que una persona había descubierto, o como mínimo tenía serias sospechas de lo que hacía con Michelle. Pero él apenas trataba con Tobi, y dudaba de que pusiera su trabajo en riesgo por un chisme. Me hice el boludo, le di las buenas noches y me fui.

A partir de ahí, por fin, me la empecé a coger con regularidad.

Una vez lo hicimos en mi auto, una semana después de la oficina. Michelle me mandó un mensaje a la tarde: “Estoy en la facultad, vení a buscarme”. La encontré saliendo de un aula, con jeans ajustados y una remerita que le marcaba las tetitas. Subió al asiento del acompañante, me miró con esa sonrisa de turra y dijo: “Manejá hasta el estacionamiento de atrás”. Ahí, entre autos vacíos y el sol de la tarde filtrándose por las ventanillas polarizadas, me la chupó despacio. Después la puse en el asiento trasero, le bajé los jeans hasta las rodillas y se la clavé en cuatro, con el auto meciéndose como un barco. Ella gemía bajito para no llamar la atención, pero igual acabó dos veces, mordiéndose la mano para no gritar. Eyaculé en su orto, solo para molestarla, para que se fuera a su casa con el semen sexo en su piel.

Otra fue de nuevo en su departamento, una de esas noches en que Tobi se quedó a dormir en casa porque “necesitaba espacio para estudiar”. Michelle me abrió la puerta en shortcito de algodón y remera suelta, sin brasier. Apenas cerré la puerta me empujó contra la pared y me besó como loca. La cogí ahí mismo, de parado, levantándola en el aire, las piernas alrededor de mi cintura, clavándosela contra la puerta del living. Después la llevé a la cama donde dormía con mi hijo, la puse boca abajo y le metí la pija en la concha mientras le tapaba la boca con la almohada. Ella acabó gritando contra la tela, la concha apretándome como un puño. Esa vez eyaculé adentro otra vez, sintiendo cómo se mezclaba con sus jugos.

También volvimos a frecuentar un hotel, lo que me traía hermosos recuerdos. Un mediodía que los dos inventamos excusas. Ella llegó con un vestido negro cortito, sin nada debajo. Nos revolcamos dos horas: la chupé hasta que acabó en mi boca, después la cogí en misionero con las piernas en mis hombros, profundo, lento, mirándola a los ojos mientras le decía que era la puta más perfecta del mundo. Le metí un dedo en el orto mientras la penetraba, y ella explotó otra vez, chorros de jugo mojando las sábanas baratas. Al final la puse de rodillas en la cama y le descargué en la cara, viendo cómo la leche le caía por las mejillas y las tetas.

Todo era hermoso. Lo que me había negado durante tanto tiempo, me lo daba ahora. Me la cogía una o dos veces por semana. Si fuera por mí, sería todos los días. Pero no me podía quejar.

El casamiento con Tobi estaba cada vez más cerca, y ninguno de los dos lo mencionaba cuando estábamos a solas. No es que me diera tristeza. Más bien al contrario. Quería que se quedara cerca, que no se me volviera a escapar. Y la mejor manera era que estuviera con mi hijo. Bueno, había otra alternativa aún mejor, pero no me atrevía a pensarlo siquiera. Me refiero a la fantasía de abandonar a Estela y escaparme con mi nuera.

Era una locura, obvio. Pero, ¿no era todo lo que estaba haciendo una locura, acaso?

Pero el casamiento quedó en segundo plano cuando nos encontramos de nuevo en ese hotel de mala muerte. Michelle estaba algo seria. La agarré de la cintura, la puse en mi regazo, y le pregunté que qué le pasaba.

—No quiero que me ahorques, ni que me tires a la cama con brusquedad, ni que seas bruto de ninguna manera.

Eso me hizo reír.

—Sí, claro, no te preocupes.

—No sirve de nada que solo lo digas y después lo hagas —dijo, molesta, y yo no entendía por qué. Se salió de mi regazo, y se alejó unos pasos—. Es más, hoy no quiero coger.

—¿Me querés decir qué carajos te pasa? —pregunté, exasperado.

—Estoy embarazada —largó ella, apoyando la mano en su barriga.

Me puse de pie. Un hijo… Un nieto. Eso cambiaba todo. No me había esperado que me dijera eso. Me acerqué a ella, boquiabierto. Entonces, caí en la cuenta de algo.

—Michelle… ¿de cuánto estás?

—Dos meses y medio.

Hice las cuentas. Dos meses y medio. Sí, no cabían dudas. Los números coincidían.

La recordé esposada en su departamento. Recordé mi locura, el plan que había urdido para meterme en su casa y abusar de ella.

Pero, lo más importante… Recordé acabar adentro.

—Michelle… —dije, con un hilo de voz—. ¿Quién es el padre?

Capítulo 15

Siempre fui bueno haciéndome el boludo, pero esto estaba en otro nivel, y me iba a costar mucho mantener la cara de piedra.

Estábamos los cuatro en la sala de estar. Estela y yo en el sofá de tres cuerpos, y Michelle y Tobi en uno de los sofás individuales. Ella se había subido al apoyabrazos del sofá y tenía una mano estrechada en la de mi hijo. Se había vestido a propósito de manera recatada, más parecida a como lucía en su consultorio psicológico. Una blusa sin escote, que la cubría hasta el cuello, un pantalón de lino suelto y el pelo rubio recogido. Pero yo no podía dejar de mirarla como a una puta fina.

—Chicos, nos van a matar de los nervios —dijo Estela, rompiendo el silencio—. ¿Es algo malo?

Michelle había ido a casa sin un motivo aparente, pero luego Tobías nos dijo que por favor fuéramos al living, pues tenía algo muy importante que decirnos. Yo ya lo sabía, obviamente. Pero ahora tenía que hacer todo lo posible por actuar como si recién me enterara.

Tobi y Michelle se miraron y asintieron la cabeza a la vez.

—Estamos esperando un bebé —dijo entonces mi Nuera.

Hubo un momento de silencio que no fui lo suficientemente rápido como para cortar.

—Voy a ser abuela —dijo Estela entonces.

Se puso eufórica. Se paró y fue a abrazar a Michelle. Era la primera vez que tenía un gesto tan afectivo con ella. Luego yo me paré, fingiendo sorpresa, y fui a felicitar a mi hijo. Creo que lo hice bien, después de todo, los hombres no solemos ser tan dramáticos como las mujeres en ese momento.

Finalmente vino el inevitable abrazo con mi nuera. También era la primera vez que tenía un gesto así con ella, delante de todos. Estando solos habíamos hecho mucho más que abrazarnos, obviamente.

—Felicidades —le susurré al oídio.

Sentí sus tetas apretándose en mi torso, las manos aferradas en su espalda baja, que estaba levemente curvada, anunciando el comienzo de su hermoso culo un poquito más abajo.

Cenamos juntos, hablamos del futuro. Ya tenían pensado casarse, así que el embarazo no resultó tan chocante como si hubiera pasado en otro momento.

Luego se fueron a dormir al cuarto de Tobi. Estela y yo nos quedamos un rato más en la sala de estar.

—Todavía no puedo creer que ya voy a ser abuela —dijo—. Definitivamente ya me estoy poniendo vieja.

La agarré de la cintura y la atraje hacia mí. Le di un beso en la boca, tierno. Un beso de un marido cariñoso y fiel.

—No seas boluda. Tenés los mismos años que tendrías si Michelle no estuviera embarazada. Además… Vas a ser la abuelita más sexi del mundo.

Fuimos al dormitorio. Nos desnudamos e hicimos el amor.

—A vos te parece… Una abuela con semejante culo —le dije.

Ella estaba en pelotas, boca abajo, esperando que yo le metiera la pija en la concha. Soltó una risita. Le di una nalgada y después un mordiscón.

La monté por detrás. Estela no tardó en mojarse y empezar a gemir. Mi esposa estaba muy buena. Tenía todo lo que un hombre puede esperar de su mujer. Y después de tantos años, todavía me ponía la pija dura con un solo gesto. Pero, a pesar de lo bien que se sentía cogérmela, no podía evitar compararla con lo que me producían los polvos con Michelle. Y no había comparación alguna realmente.

No era culpa de Estela. Lo que me pasaba con mi nuera iba más allá de una mera atracción física. Claro, esa atracción era en sí misma muy poderosa. Pero había otras cosas. El morbo por tener placer sexual rompiendo uno de los mayores tabúes —cogerme a la mujer de mi hijo—, sumado a la personalidad inestable de Michelle, llena de indicadores de problemas psiquiátricos, hacían que nuestra relación fuera de otro mundo. Algo que nunca había experimentado con ninguna otra mujer, y que, seguramente, nunca volvería experimentar.

Cuando acabé, Estela quedó con los ojos abiertos mirando al techo, con una expresión melancólica. Cuando hacía eso era porque quería que notara su turbación. A veces era conveniente fingir que no me daba cuenta, pero esta era una de esas veces que no había que dejarla sola. O al menos eso me parecía.

—Dale, decí lo que tengas que decir. Mientras más rápido lo largues, mejor —le dije—. No te gustó nada lo del embarazo, ¿no?

—No es eso —dijo ella, girando para verme—. Obvio que me puso contenta. La sola idea de tener a mi nietito entre mis brazos me llena de alegría. Pero, hubiera preferido que sea en otro momento. A Tobi le falta madurar.

—Bueno, con esto no le va a quedar otra que madurar.

—Sí, ya lo sé. Pero…

—Dale, decilo de una vez. Tu problema es con Michelle, ¿no?

—En este tiempo aprendí a quererla —dijo Estela—. Pero no te voy a negar que sigue sin cerrarme. Hay algo en ella. No es que me parezca mal precisamente. Pero sí es algo cínica.

—¿Cínica?

—Sí. Es falsa. No se muestra cómo es. En todo este tiempo, en base a algunas frases que soltó, algunos gestos que vi, puedo decírtelo con toda seguridad. No se muestra tal como es. Y no creo que tenga los mismos valores éticos y morales que una persona normal. Es bastante zorra, pero a veces se le escapan cosas…

—¿Cómo qué?

—Nada. Frases o miradas despectivas con ciertas personas. ¿No ves la cara de asco que pone cuando ve al chico que a veces viene a trabajar a casa?

Estela hablaba de un peruano de veinte años que hacía algunas changas.

—Bueno, eso no la hace mala persona. En todo caso, la mayoría de las personas tienen los mismos parámetros estéticos que ella.

—Sí, pero ella finge ser una señora, siempre educada y con la palabra justa. Y no te olvides que la salud mental de muchas personas dependen de ella, al menos en parte.

En eso mi mujer tenía un punto. ¿Cómo carajos alguien como Michelle podía ser la terapeuta de alguien?

—Bueno, supongo que en su trabajo se comporta profesionalmente —esgrimí, sin siquiera poder convencerme a mí mismo de los que estaba diciendo.

—Sí, sí. Supongo que sí. Pero… no es eso solo.

—¿Qué más?

—¿No te parece que a veces parece que te quiere provocar?

—¡¿Qué?! —dije, exaltado—. Nada que ver.

—Ya lo había notado desde hace mucho. Incluso alguna vez te lo mencioné. Hasta te había pescado a vos mirándola de más. Pero ya no lo hiciste más, o quizás lo hacés más disimuladamente. Pero, ahora, después de tantos años, embarazada, y a punto de casarse con Tobi, ya no me parece gracioso la manera en que a veces te mira.

—Estela, mi amor…

—Sí, sí, ya sé. En estas cosas las mujeres siempre estamos locas, ¿no? Vemos fantasmas donde no hay.

—Es que lo que decís es delirante —dije, levantando un poco la voz. Me pareció que era momento de empezar a mostrarme ofendido.

—Sí, claro, claro. No me extraña que me digas eso, y tampoco esperaba que me dieras la razón. Solo que a veces necesito desahogarme.

—Conmigo siempre te vas a poder desahogar. Para eso soy tu marido. Pero, Estela… Dejate de joder.

—¿Me vas a decir que no te diste cuenta de cómo te miraba hoy, mientras nos contaban lo del embarazo?

—Para nada. No noté nada, ni hizo nada.

—Gonzalo… No te estaba mirando. No te miró en ningún momento.

Qué hija de puta que era mi esposa. Me puso una trampa y yo caí como el pelotudo que era. Esas cosas hacían que la odiara y la amara, dependiendo el momento. Y en ese momento la odiaba.

—Claro que me miró —mentí, pues al rememorar lo sucedido, no pude más que darle la razón a Estela.

—No, no te miró. Solo recién cuando fuiste a darle un abrazo lo hizo. Y si alguien esquiva la mirada de otra persona, normalmente es porque teme quedar en evidencia si esas miradas se cruzan.

—¡Estela! ¡Cortala! Te estás pasando. Es la mujer de tu hijo. Se va a casar con ella, van a formar una familia. ¿Qué carajos estás diciendo? A vos lo que te pasa es que nunca la bancaste, y ahora te inventás motivo para odiarla.

—Ya te dije que no la odio —dijo ella, calmada. Me di cuenta que yo mismo me había exaltado mucho. Pero luego me dije que era la exaltación justa considerando lo que me estaba diciendo—. ¿Por qué te ponés así? Como si te estuviera acusando de algo…. Yo solo dije que ella te miraba de determinada forma.

Otra vez había caído en su trampa. Traté de sostenerle la mirada. No hacerlo implicaría culpabilidad.

—¿Pero te pensás que soy tan boludo como para no darme cuenta que está pasando eso?

—No, no te creo un boludo —respondió.

—Bueno, te digo que estás equivocada. ¿Podés confiar en tu esposo, por una vez?

—Sí… Si me mirás a los ojos y me lo asegurás, te puedo creer —dijo—. Decime que no sabés nada que yo no sepa sobre ella. Jurame que nunca se te insinuó, ni siquiera sutilmente.

Otra vez me estaba tendiendo una trampa. Pero esta vez no iba a caer. A Estela no le importaba que yo le dijera todas esas cosas en la cara. Lo que quería era determinar, mientras yo hacía eso, si le estaba mintiendo o no. Lo que le dijera no importaba. Lo que valía era cómo lo hiciera. Tenía que pensar muy bien en qué iba a decir, y tenía que hacerlo rápido. La primera reacción fue indignarme y salir de la habitación, pero no era difícil darme cuenta de que eso terminaría inculpándome. Así que no quedaba otra que negarle todo en la cara, y hacerlo de la mejor manera posible.

Inspiré profundamente y largué todo el aire de los pulmones. Me giré hacia ella. La agarré del mentón y la miré a los ojos.

—No sé qué te está pasando por la cabeza en estos días, y no tengo idea de qué razonamiento te puede llevar a pedirme que haga esos juramentos. Pero te digo una cosa, esto que estás haciendo es terriblemente ofensivo. No merezco esto. Y sí, te juro que no sé nada que tengas que saber. Michelle nunca me tiró onda. No hay nada entre nosotros, ni nunca lo va a haber. ¿Sabés por qué? ¡Porque es la mujer de nuestro hijo! Y ahora no quiero hablar más del tema. Y, si es posible, en el futuro tampoco.

Le sostuve la mirada un buen rato, esperando su respuesta, pero la desgraciado no dijo nada por un buen rato.

—Está bien, gracias por decírmelo —dijo finalmente, y después se puso a llorar como hacía mucho no lo hacía.

—Tranquila, ya pasó. Si esto al menos sirvió para que dejaras de pensar en esas estupideces, me alegro —dije.

Apagamos la luz. Cogimos una vez más. Después nos dormimos. Bueno, en realidad ella se durmió. Yo tenía muchas cosas en qué pensar.

Me quedaba la duda de si mi mujer me había creído o acababa de confirmar sus sospechas. Lo di todo de mí, pero Estela era muy viva. Si se tratara de otra amante hasta me sentiría aliviado si se destapaba la olla. Pero tratándose de Michelle, había muchas cosas en juego.

Recordé nuestro último encuentro en el hotel alojamiento. Ella estaba sentada al pie de la cama, con el pelo suelto, un vestidito celeste ligero, que le daba un aire angelical que podía engañar a cualquiera. Pero yo sabía que esa mujer era un demonio. Aunque, eso sí, en ese momento la vi con una vulnerabilidad que nunca le había visto.

Me acababa de tirar la bomba, y yo le había hecho la pregunta obvia.

—Michelle… ¿Quién es el padre?

Ella apartó la mirada, como si hubiera encontrado algo muy interesante en la pared.

Me acerqué a ella, me puse en cuclillas, para estar a su altura. La agarré del mentón, y la obligué a mirarme.

—De todas formas en algún momento me vas a tener que responder esa pregunta. Así que hacelo ahora y ya —le dije.

Sus ojos se empañaron de lágrimas.

—No sé —dijo, y rompió a llorar como una niña.

—¿Cómo que no sab…? —pero dejé la pregunta sin terminar. Era obvio el motivo.

—Tobías no usa preservativo. Siempre acaba afuera. Pero ya sabés cómo es eso. Con un solo espermatozoide es suficiente.

—Sí. Pero igual es improbable quedar embarazada de esa manera. Lo más probable es que sea mío —dije, pero después recordé otra cosa—. No me digas que es de Ulises o de alguno de sus amigos.

Al decir eso sentí una angustia infinita que nunca en la vida había sentido. Como si en esos pocos segundos en los que había imaginado ser padre —o como mínimo abuelo—, me había embargado una felicidad inmensa que ahora se desmoronaba como un castillo de naipes.

—No —dijo ella—. Es de Tobi o tuyo.

—Es mío —dije.

—Es de Tobi. ¿O qué? ¿Querés que le contemos a él y a Estela que me dejaste embarazada? Tobías tiene relaciones sexuales conmigo casi día por medio. Así que por más que sea improbable quedar embarazada de esa manera, al haberlo hecho tantas veces, durante años, ya no es tan improbable.

Ambos sabíamos que lo más seguro era que fuera mío, pero Michelle tenía razón, no podía reconocerlo como propio. Era demasiado obvio, pero estaba tan eufórico por la noticia que mi cabeza no funcionaba como debía.

—Claro. Es de Tobi. De quién más va a ser —dije.

Ella seguía con lágrimas en los ojos, y otras tantas que recorrían sus mejillas. Las besé, y sentí la piel húmeda y cálida. Luego la agarré de la cintura, y la hice acostarse en la cama. Me puse encima de ella. Le di un beso en la boca. Un beso tierno, apasionado. Un beso como nunca se lo había dado, lleno de incertidumbre y felicidad.

Me había dicho que esa noche no quería coger, pero no dijo nada cuando mis manos se metieron dentro del vestido.

—Me gusta cómo te queda —le dije—. Así que no quiero que te lo quites. No todavía.

Ella solo asintió. Le dio otro beso, mientras mis dedos agarraban la tanga, y empezaban a tironear hacia abajo. Me separé un rato de ella, y le fui bajando la diminuta prenda, hasta que se la quité. Entonces agarré un pie. Era pequeño, lindo, delicado. Le besé el empeine.

Me bajé, y me arrodillé a los pies de la cama. Ella se irguió levemente, y me miró, sonriendo con sorna.

—¿Qué hacés? —me dijo.

Volví a agarrar su piecito. Le pasé la lengua por la planta. Michelle se retorció de risa, pero yo la agarré fuerte de la pantorrilla, inmovilizándola. Después volví a pasar la lengua a todo lo largo del pie.

—Me hacés cosquillas, boludo —dijo, retorciéndose.

—Prefiero verte así antes que verte llorando —dije.

Ella se puso seria, pero cuando pasé la lengua por la planta del otro pie, volvió a reír.

Ya no luchaba por zafarse. Era como siempre. Se quejaba, se resistía, pero siempre dejaba que hiciera lo que quisiera con ella. Así que seguí lamiéndole los pies. Luego seguí con los dedos. Se sentía raro, pero era divertido, y, por algún motivo, tenía la pija dura como una piedra. Supongo que a Michelle podría chuparle hasta las axilas e igual sería excitante.

Después fui subiendo, lamiendo pantorrillas y muslos. Levanté un poco el vestido, por lo que le quedó muy cortito. Luego enterré un rato la cara en su concha. Sabía que le gustaba eso. Saboreé sus flujos primero, luego me concentré en el glande. Era hermoso sentir los espasmos de su cuerpo mientras era devorada por mí.

Apoyé la mano en su barriga, masajeándosela, mientras seguía haciendo movimientos circulares sobre el clítoris. Ahí adentro, en esa barriga, empezaría a crecer mi hijo, mi nieto. Se la besé, por encima del vestido, y luego seguí comiéndole la concha.

Después de unos minutos, Los muslos de Michelle se cerraron en mi rostro, y sentí cómo su cuerpo se convulsionaba, cómo sus músculo se tensaban.

Después me desnudé. Ella me veía desde la cama, agitada aún por el clímax, con un mechón de pelo cubriéndole el rostro. El vestido un poco levantado, pero escondiendo su sexo empapado.

Me subí a la cama, con la vega apuntando el techo. Ella la miraba como si la quisiera ya mismo dentro suyo.

Me subí a la cama. Esta vez le quité el vestido. No llevaba corpiño, así que quedó en pelotas.

Le di un beso.

—Somos unos monstruos, ¿no? —preguntó.

—No. Solo somos personas que se dejaron llevar por sus instintos, y que ahora ya no pueden retroceder. ¿De qué sirve que ahora nos sintamos culpables, Michelle?

Acaricié uno de sus senos, y al otro lo empecé a chupar como un bebé. No pude evitar pensar que pronto crecería, y que estaría lleno de leche.

—Para nada —respondió.

—Exacto, para nada. Así que a disfrutar de los momentos juntos. Es todo lo que podemos hacer

Me acomodé encima de ella, procurando no aplicar todo mi peso sobre su cuerpo. Apunté mi verga a su hendidura, y se la clavé. Lo bueno era que ahora no tenía que preocuparme por usar preservativo para no dejarla embarazada.

Ella gimió. Sus ojos seguían brillantes, y eso me encantaba. Me erguí. La agarré de las tetas y empecé a masajearlas al ritmo de las penetraciones. Mi verga entraba completa en ella. Su dulce conchita ejercía apenas la presión necesaria, haciendo que el placer sea mayor.

Estuve un rato así, en esa pose, masajeándole las tetas mientras le enterraba la pija. La miraba desde arriba, siempre a los ojos, sin perderme el más mínimo gesto de esa preciosa cara cuando exteriorizaba su placer.

Llevé una mano a su rostro. Con el índice, acaricié sus labios. Luego lo metí en medio de ellos. Michelle abrió la boca y los empezó a chupar, mientras yo seguía dándole maza.

—Eso, chupetealo todo como cuando hacés con la pija. Llenalo de saliva. Vamos, que te gusta.

Ella lo hizo, y eso me volvió loco, no tanto por el acto en sí, sino por su sumisión.

Saqué el dedo, lleno de la saliva de Michelle, y lo llevé a mi propia boca. Después la besé, le chupé las tetas con cierta dificultad, porque quería tener la pija siempre adentro de ella, y en esa posición se complicaba bastante.

Entonces sentí mis bolas pesadas, tensas, llenas de leche lista para ser expulsada. Empecé a embestirla más fuerte. Michelle se sacudía en la cama, sus senos temblaban y no dejaba de gemir sin apartar la vista de mis ojos en ningún momento.

—Tomá —le dije, cuando la explosión surgió casi sin aviso—. Recibí a todos nuestros hijos. Embarazate mil veces más.

Todos los chorros fueron expulsados dentro de ella.

Pensé que me iba a retar por decirle eso, pero no lo hizo. Estaba tan corrompida como yo, y de todas formas, ese comentario no era nada en comparación a todas las cosas que nos decíamos, y a todo lo que hacíamos.

La hice girar sobre la cama. Le corrí el pelo a un lago, dejándolo extendido sobre la almohada.

—Sos perfecta —le dije, mirado su piel desnuda, apoyando la yema de los dedos en la espalda.

—Ahora voy a engordar —dijo.

A veces me olvidaba de lo superficial que podía llegar a ser.

—No seas boba. Vas a ser de esas mujeres que se ponen más sexis cuando están embarazadas.

—¿Estela se puso más buena cuando se embarazó?

Me quedé un rato en silencio. Pero decidí que no lo había preguntado para pincharme.

—Sí. Estela se puso más sexi cuando se embarazó de Tobi. Ya vas a ver cómo te crecen las tetas, el culo, y cómo se te pone la piel. Vas a ser una bomba.

Me incliné, y le besé el cuello. Después fui bajando hasta su culo. Le di un tierno beso a una de las nalgas. Pero después la ternura desapareció. Cerré mis dedos en un glúteo y luego mordí el otro. Después separé las nalgas. Le olí el culo. Como siempre, tenía un aroma rico. Ni siquiera estaba transpirada. Era como si se preparara minuciosamente para que le comiera el orto.

Así que lo hice. Le di una lengüetada larga, abarcando toda la zanja. Apoyé la mano en sus glúteos y después la punta de la lengua se concentró en el ano. Michelle gimió cuando la lamida se hizo más intensa. Extendió la mano y la apoyó en mi cabeza, acariciándome con ternura mientras yo le seguía comiendo el culo, como si aprobara la obscenidad que le estaba haciendo.

Estuve unos cuantos minutos ahí, disfrutando de su ojete. Estela no me dejaba hacer eso tan de seguido. Con Michelle era todo mejor. Pero mi pija pedía a gritos ser enterrada de nuevo en esa rica cavidad que tenía mi nuera.

Me acomodé de nuevo encima de ella, solo que ahora la tenía boca abajo. Era pequeña, y esa diferencia entre el tamaño de mi cuerpo y el suyo siempre me había excitado, y sospechaba que a ella también.

La penetré y ella largó un gemido. Su sexo se adaptó enseguida al mío, siempre presionándolo, pero siempre dándole paso, lo que hacía que la experiencia fuera exquisita.

Le besé el cuello, llevé las manos a sus senos, le dije vulgaridades al oído, y me la seguí cogiendo, sintiendo su orto en mi pelvis, hasta que eyaculé de nuevo dentro de ella.

Nos vestimos en silencio. Esta vez había algo diferente a los encuentros que habíamos tenido antes. Esa verdad que crecía lentamente en su vientre, cambiaba todo. Tenía mucho en qué pensar.

—Entonces… Se lo voy a contar a Tobi —dijo, cuando ya estábamos casi listos para salir.

—¿No se lo contaste todavía? —pregunté, sorprendido.

—Quería decírtelo a vos primero, porque tenía miedo de cómo ibas a reaccionar.

—Y cómo pensabas que iba a reaccionar.

Ella se encogió de hombros.

—Pensé que me ibas a decir que era una puta. Que me quedé embarazada a propósito. Después me ibas a violar y me ibas a decir que lo abortes.

—¿Esa idea tenés de mí? —pregunté.

Pero no estaba indignado. De hecho, no me sorprendía del todo, salvo por lo del aborto.

;La agarré de la cintura, la empujé contra la pared y llevé mi mano a su rostro, acariciándolo desde la frente hasta el mentón con la yema de los dedos.

—Sí que creo que sos una puta. Y eso me encanta. Pero lo del aborto… ¿Lo hubieras hecho si te lo hubiese pedido?

—No sé. Creo que no. Desde que confirmé el embarazo ya me imagino con el bebé. No creo que hubiera podido abortarlo.

—Nunca te pediría algo como eso.

—Es de Tobi —me dijo después, mirándome a los ojos con una intensidad abrumadora—. Metételo en la cabeza.

—Claro —dije.

Esa noche en la que mi mujer me encaró, me costó dormir. La escuché a ella durmiendo a mi lado. Salí del dormitorio. Me fui a la cocina. Por algún motivo, no me sorprendió encontrarme con Michelle ahí.

—¿Y? —dijo. Estaba con un short de algodón y una remera gris. Un vaso de leche descansaba en la mesada—. No le gustó nada a Estela, ¿no?

No me pareció necesario decirle de las sospechas de mi mujer. Además, eso podía hacer que ya no quisiera verse conmigo tan de seguido como lo veníamos haciendo.

—Para una mujer tan hermosa y vanidosa como ella, enterarse de que a sus cuarenta y cuatro años va a ser abuela, puede ser chocante. Pero, más allá de eso, está muy feliz —respondí en cambio.

Me acerqué a ella. Llevé mi mano a su cintura, y le di un beso en el cuello.

—Acá no —dijo. Y luego, quizás recordando que ya lo habíamos hecho ahí, agregó—: Ahora no.

Bajé la mano y le di una nalgada suave. Me gustaba que fuéramos cómplices. Éramos como dos delincuentes que se escapaban de la ley.

—¿Hasta cuándo pensás que podamos hacer esto sin que algunos de nosotros salga destruido? —me preguntó.

—No lo sé —reconocí—. Pero creo que ambos sabemos que no vamos a parar. Así que mejor ni me hables de eso.

—Lo sé —concedió ella—. Lo sé.

—¿Tobi estaba bien dormido? —pregunté.

Ella me miró con una cara de fastidio. Pero no hizo nada cuando le bajé el short y me acomodé detrás suyo.

Por Gabriel B

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