Laura tenía treinta y seis años, el cuerpo todavía firme, pero marcado por la vida: caderas anchas, pechos prominentes que se movían con cada paso, un vientre suave con leves estrías. Pelo castaño, media melena y ojos marrón verdosos. Pubis poblado de vello descuidado.
Su marido, Iván, la había abandonado unas semanas atrás por una mujer más joven. Aquella noche había bebido demasiado vino tinto barato. Se sentía sola, furiosa y desesperadamente cachonda.
Salió descalza al pasillo y golpeó la puerta del vecino del 4B. Alejandro, cuarenta y dos años, alto, de hombros anchos y manos grandes. Siempre había sido agradable con ella cuando se encontraban en el ascensor. Su mujer también lo dejó, hacía un año. Abrió en calzoncillos y camiseta desgastada.
—Laura ¿estás bien? Es muy tarde.
Ella se lanzó contra él, torpe y hambrienta. Sus labios buscaron los suyos, sabiendo a vino y lágrimas.
—Laura, no… estás borracha.
Pero ella ya tenía la mano dentro de sus calzoncillos, apretando la polla que empezaba a endurecerse. Era gruesa, pesada, caliente.
—Por favor… solo fóllame. Necesito que me folles. Mi marido se marchó hace casi un mes y llevaba tiempo ignorándome. Hazme sentir algo, aunque sea sucio.
Alejandro dudó unos segundos, luego cerró la puerta de un golpe y la empujó contra la pared. Le arrancó la bata. Bajó el sujetador negro y agarró sus tetas con fuerza, pellizcando los pezones hasta que ella jadeó.
—Estás muy borracha — gruñó, pero su voz era ronca.
—Pues aprovéchate — respondió ella, sacando la polla ya dura y apretándola.
Él la levantó en brazos, la llevó al salón y la tiró boca arriba en el sofá. Le abrió las piernas de un manotazo. El tanga estaba empapado. Apartó la tela y metió dos dedos gruesos. Laura gimió fuerte. Estaba chorreando.
Él se bajó los calzoncillos del todo y colocó la cabeza gruesa contra su coño. Empujó de una sola embestida profunda. Laura gritó. La sintió abrirse, llenarse de golpe. Era mucho más grande que la su marido. Dolía un poco, pero era un dolor delicioso.
—Más fuerte —suplicó ella, clavándole las uñas en los hombros — Fóllame como a una puta. Como si no valiera nada.
Alejandro obedeció. Empezó a bombear con fuerza, el sonido húmedo y obsceno de la carne chocando llenaba la habitación. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran violentamente. Él se inclinaba y mordía los pezones, succionándolos con fuerza mientras la taladraba sin piedad. Laura gemía sin control:
—Más… más adentro… rómpeme… quiero sentir que me partes en dos.
Él la giró de repente, poniéndola a cuatro patas. Le bajó el tanga hasta las rodillas y volvió a entrar en su coño desde atrás, más profundo. Sus huevos golpeaban contra el clítoris palpitante.
Así estuvieron unos diez minutos. Ella cada vez se sentía más mojada, ayudada por sus dedos frotando su clítoris hinchado.
Entonces ella, con la voz pastosa, pero clara, suplicó:
—Quiero que me des por el culo, nunca me lo han hecho bien. Quiero sentirte ahí.
Alejandro se detuvo un segundo, respirando agitado. Sin decir nada, se levantó rápido, fue a la cocina y volvió en menos de diez segundos con una botella de aceite de oliva. Vertió un chorro generoso sobre su polla todavía dura, untándola hasta que brilló, gruesa y resbaladiza. Luego echó más directamente sobre el ano cerrado de Laura, haciendo que el líquido dorado corriera entre sus nalgas. A continuación introdujo un dedo, haciendo círculos y entrando y saliendo compulsivamente.
—Ahora sí —gruñó.
Presionó la cabeza gruesa contra el agujero estrecho. Empujó. La cabeza entró con resistencia. Laura soltó un grito ahogado, el esfínter ardía, se estiraba al límite alrededor de la gruesa verga. Él avanzó despacio, pero sin parar, centímetro a centímetro, hasta que sus caderas chocaron contra las nalgas blandas de ella. Estaba completamente enterrado en su culo.
—Dios… qué apretado —jadeó.
Empezó a follarla con movimientos largos y profundos. Laura lloraba de placer, el culo lleno, el dolor convirtiéndose en una ola caliente. Se tocaba el clítoris con furia mientras él la sodomizaba sin compasión.
—Más fuerte… métemela toda… quiero que me destroces el culo.
Alejandro aceleró. Sus manos grandes le agarraban las caderas con fuerza, dejando marcas rojas. El sonido de la piel de ambos chocando, rozándose, los gemidos roncos de ella, los gruñidos de él. Laura sentía cada vena rozando sus paredes internas, sentía cómo se dilataba, cómo su esfínter cedía.
Cuando estaba a punto, le advirtió con voz ronca:
—Me voy a correr dentro…
—Hazlo… lléname el culo… así…
Alejandro dio unas últimas embestidas salvajes y se corrió con un bramido. Chorros calientes y espesos le inundaron el interior de su recto. Laura sintió el calor, la presión, y se corrió también, temblando violentamente, el ano contrayéndose alrededor de la polla que seguía latiendo, dura.
Pasaron unos segundos. Alejandro empezó a sacarla despacio. Cuando la cabeza gruesa salió del todo, ocurrió el desastre.
El esfínter, demasiado dilatado, no se cerró a tiempo. Primero salió un chorro caliente de semen blanco y espeso, cayendo sobre el sofá y goteando por sus muslos. Luego, con un ruido húmedo y vergonzoso, un trozo sólido y largo salió de su ano abierto. Era grueso, oscuro, de unos veinte centímetros, y cayó pesadamente al suelo con un sonido blando y repugnante, justo al lado del sofá. El olor se extendió inmediatamente por la habitación.
Laura se quedó congelada. El horror la golpeó como una bofetada. Vio el trozo largo y sólido sobre el parquet, sintió el semen chorreando y el ano todavía entreabierto. Empezó a llorar desconsoladamente, el cuerpo temblando, intentando cerrar las nalgas con las manos, pero era inútil.
—Ay no… por favor… lo siento… soy una cerda… —sollozaba, la voz rota, la cara enterrada en los cojines—. Qué asco … Me he cagado… perdóname…
Alejandro se quedó quieto un momento, la polla todavía semi erecta y sucia. Luego se acercó. La rodeó con los brazos desde atrás, suave ahora, y la apretó contra su pecho.
—Shhh… tranquila, Laura. No pasa nada.
Ella lloraba más fuerte, humillada.
—Soy repugnante… mírame… me he cagado delante de ti… después de suplicarte que me follaras el culo…
Él la besó en la nuca, en el pelo sudado. Sus manos grandes le acariciaban la espalda con ternura inesperada.
—Escúchame. Estás borracha, estás triste, te han jodido la vida. El cuerpo a veces no obedece cuando lo forzamos así. No eres repugnante. Eres una mujer que necesitaba que la follaran, aunque fuera de esta forma tan cruda. Yo acepté. No te voy a juzgar por esto. Créeme, de verdad, sé como te sientes.
Laura seguía llorando, pero algo en su voz la calmaba. Él la levantó con cuidado, la llevó al baño, la metió en la ducha. Abrió el agua caliente y la lavó él mismo, con jabón, despacio. Le limpió los muslos, el culo, las piernas, y luego fue al salón a limpiar el suelo. No había asco en sus gestos, solo paciencia y ganas de cuidarla.
Después volvió a la ducha, con ella en la misma posición que la dejó minutos antes. Mientras el agua caía, ella apoyó la frente en su pecho y siguió llorando más bajito.
—Gracias… —susurró.
—No tienes que dármelas —respondió él, pasándole el jabón por la espalda—Mañana, cuando estés sobria, si quieres hablar, hablamos. Si quieres que esto no vuelva a pasar, no pasará. Pero si necesitas que te haga sentir… mi puerta estará abierta.
Laura levantó la cara. Tenía los ojos rojos, pero por primera vez en semanas sintió algo parecido a la calma.
Aquella noche durmió en su cama, desnuda, con el culo todavía palpitante y dolorido. Alejandro la abrazaba por detrás, su polla flácida apoyada contra sus nalgas limpias. No hablaron más. Solo el sonido de sus respiraciones y el calor de dos cuerpos rotos que, por unas horas, se habían encontrado en la oscuridad.
Y en medio de la vergüenza y el desastre, Laura descubrió que había algo extrañamente curativo en ser vista en su peor momento y no ser rechazada.
Por Sarita87