Capítulo 10
El tiempo fue pasando. Increíblemente, la relación entre Tobías y Michelle terminó durando más de dos años. Dos años. Y yo todavía no entiendo cómo carajo aguanté tanto. Porque, entre ellos, todo parecía estar bien. Iban y venían, obvio, como toda pareja de pendejos, pero seguían juntos. Y mientras tanto, lo nuestro —ese quilombo intermitente y clandestino que habíamos empezado— seguía existiendo. No con la frecuencia que yo hubiese querido, pero con una intensidad que no aflojaba con el paso del tiempo, sino más bien todo lo contrario.
Cada vez que la veía, se armaba esa tensión erótica imposible de contener. Sentía que lo único que quería en el mundo era meterle mi pija en todos sus orificios. El peligro me rejuvenecía, me metía energía en el cuerpo, como una droga.
Pero igual me quedaba con las ganas. Porque no me la cogía tanto como hubiese querido. Llegué a contarlas: diez veces a lo largo de esos dos años. Diez. Y todas inolvidables, sí, pero pocas para la lujuria obsesiva que sentía por mi nuera. Lo raro —o quizás no tan raro viniendo de ella— es que esas veces se daban justo cuando más cerca estaba de Tobías. Es decir, cuando parecía estar distanciada de él, cuando parecía que habían tenido una pelea, la muy putita se negaba rotundamente a encontrarse conmigo. En cambio, cuando estaban acaramelados, enamorados como si recién empezaran su noviazgo, era cuando Michelle tenía mayor predisposición a coger. Era como si necesitara tenernos a los dos al mismo tiempo o a ninguno. Demencial.
Más de una vez Tobías se vino llorando a pedirme consejos. Y yo, mientras lo contenía, mientras le palmeaba la espalda como un buen padre, le escribía a Michelle. Una puñalada por la espalda. Sé que, como mínimo, debería haber sentido vergüenza, pero mi corrupción había llegado a un punto en el que ya no sentía ni vergüenza ni culpa.
Así que estuvimos en un contante ida y vuelta durante todo ese tiempo. A veces pasaban hasta tres meses sin que la tuviera entre mis brazos. Otras, a lo largo de una semana me la cogía varias veces. Era el paraíso y también era una tortura, como la propia Michelle me lo había advertido alguna vez.
Después venían las discusiones de siempre: que había que cortar, que esto no podía seguir, que amaba a Tobías y yo me aprovechaba de ella, que se iba a suicidar para terminar con esa locura, que no le escribiera más, que era un enfermo, que bla bla bla. Era un círculo vicioso. Una relación turbulenta, pasional, adictiva.
Hasta que un día, en un almuerzo familiar de domingo, tiraron la bomba: se iban a casar.
Estela no lo pudo disimular. Tobías ya tenía veintitrés años, pero aún era inmaduro y soñador. Y, aunque Estela no supiera lo que pasaba entre nuestra nuera y yo, sí que intuía la clase de mujer que era, y por eso estaba preocupada. Aunque claro, luego se esforzó por esbozar una sonrisa de alegría, que dudaba que Michelle se la creyera.
Yo, por mi parte, sentí que algo me apretaba las tripas desde adentro, pero también me forcé a poner cara de contento. Los abracé a los dos, los felicité. En ese momento me di cuenta de que Michelle iba a formar parte de mi vida para siempre. Eso era algo retorcido, perverso, pero, a la vez, me garantizaba que siempre estaría cerca mío.
Creo que fue ese mismo día en el que me di cuenta de que jamás había deseado que abandonara a Tobi para comenzar una relación conmigo. Nosotros funcionábamos así, al amparo de la oscuridad, del secretismo, de la maldad.
Esa noche, cuando quedamos solos con Estela, hablamos sobre el tema.
—Nosotros también nos juntamos jóvenes, ¿te acordás? —le dije.
—No es lo mismo, y vos lo sabés muy bien —me retrucó, seria.
No podía contradecirla, porque yo mismo estaba consciente de la inmadurez de Tobi, de su fragilidad. Pero qué le íbamos a hacer. Eso no quitaba que era un adulto.
—Hoy en día casarse no es lo mismo que antes —dije—. Si les va mal se separan y listo. Un trámite.
Estela me miró de reojo, como preguntándose si le estaba hablando en serio.
—Claro —dijo simplemente.
Por dentro, trataba de procesar toda la información.
No podía creer que esa pendejita atrevida, esa puta encantadora, se atreviera a aceptar casarse con Tobías, a seguir con la farsa, a instalarse definitivamente en mi vida desde el lugar más enfermizo que podía imaginar.
Ella ya tenía veintiséis, y yo, cuarenta y cuatro. En ese tiempo las cosas me iban bien. Era jefe de operaciones en una empresa de seguridad, y además había arrancado otra más chica por mi cuenta, que venía creciendo bastante. No me podía quejar: era aún joven, con guita, con poder, con una esposa hermosa que me seguía dando placer, y con una amante perfecta a la que me cogía cada tanto. Y si no era ella, había otras. Nada importante. Algunas para distraerme, para calmar un poco las ganas, para no volverme loco cuando Michelle se hacía la difícil. Pero ninguna era como ella. Ninguna me hacía sentir esa tortura deliciosa.
Al otro día, estaba tan distraído pensando en el inminente casamiento de mi hijo y mi nuera, que, a las dos de la tarde, suspendí las dos reuniones que tenía, y le dije a mi secretaria me tenía que ir.
Me fui directo al consultorio de Michelle. Hacía poco se había recibido de psicóloga y había alquilado un consultorio en Villa Urquiza. No me molesté en escribirle, porque seguro me iba a meter excusas para que no fuera.
Llegué después de treinta minutos que se me hicieron eternos. Era uno de esos lugares medio impersonales, alquilados por horas, donde varios profesionales compartían las instalaciones y un solo recepcionista se encargaba de todo. Le pregunté al pibe por Michelle. —¿Tiene turno con la doctora? —me preguntó.
—No. Yo… soy un amigo —le dije.
El pibe me miró detenidamente y, por un instante, pensé que había descubierto la verdad. Que con solo verme se daba cuenta de que yo era su amante.
—Bueno, ahora le pregunto. Espere acá por favor
No tardó mucho en salir.
Apareció por el pasillo, acompañando al paciente que acababa de atender. Me vio, y en cuanto me reconoció, se le notó en la cara una mezcla rara entre sorpresa y fastidio.
Estaba distinta a como la había conocido, cuando era una adolescente que le hacía felaciones a desconocidos en un auto. No era solo el paso del tiempo. Se había teñido el pelo de un castaño clarito y lo llevaba recogido, con un rodete prolijo. Ese estilo más sobrio hacía que sus facciones, esas facciones perfectas, resaltaran todavía más. Sus ojos claros me perforaron. Vestía formal, más que de costumbre: pantalón de vestir, camisa blanca abrochada hasta el cuello y un blazer gris oscuro. Parecía toda una adulta, una profesional, pero yo sabía muy bien qué era realmente Michelle.
Además, fuera del consultorio, no era tan recatada. La había visto en sus redes sociales, con el pelo suelto, con vestidos ceñidos, mostrando ese cuerpo que me volvía loco. Esa Michelle seguía ahí..
—Gonzalo —dijo, sin demasiada emoción—. Vení.
Se acercó al mostrador, le dijo algo al recepcionista, y me hizo una seña para que la siguiera. Caminamos por un pasillo angosto hasta llegar a una de las oficinas. Yo iba detrás, como un perro, sin poder dejar de mirar ese culo, que ahora parecía más macizo que cuando tenía dieciocho años.
Entramos. Cerró la puerta y se sentó en su sillón, con las piernas cruzadas. Yo me quedé parado frente al escritorio.
—¿Se puede saber qué carajos te pasa? —le solté, sin rodeos.
—¿Lo decís por lo del casamiento? —me respondió.
—Obvio. ¿Qué esperabas? ¿Que me quedara aplaudiendo?
—Eso es cosa mía y de Tobi. No tengo por qué darte explicaciones.
—¿Estás loca? ¿Cómo te vas a casar con él después de todo lo que hicimos?
—¿Y qué diferencia hay entre ser su novia o estar casada? —preguntó, encogiéndose de hombros.
—No es eso. Es que… ¿Hace falta que lo hagan?
—Tobi me lo pidió —dijo ella.
De repente, el instinto paternal que nunca se me despertaba mientras la penetraba, surgió de la nada, como recordándome quién era yo.
—¿Qué le estás haciendo? —le pregunté.
—Yo no le estoy haciendo nada —respondió ella, sin perder la compostura—. Es que él… Bueno, vos no entendés la relación que tengo con él. Es muy dependiente. Mucho más de lo que vos y Estela se imaginan. Y yo… también lo soy, de alguna manera.
—¿Te calienta tener un cachorro humano? —le disparé, con bronca.
Ella se me quedó mirando unos segundos. No contestó enseguida.
—Quizás sí —admitió al final—. Quizás sea eso. Quizás me pasé tanto tiempo sometiéndome a tipos como vos, que ahora necesito tener a alguien a quien dominar. Alguien que dependa de mí, que haga lo que quiero. No alguien que me exige y me toma como si fuera una cosa.
—Estás enferma —le dije.
—Vos también —me devolvió, sin parpadear.
Hubo un silencio tenso. No bajó la vista ni un segundo.
—Pero si viniste solamente a insultarme, ya podés irte —dijo después, tajante—. Además, no sé por qué te preocupa tanto. Hace rato que nosotros no tenemos nada. Y tampoco lo vamos a volver a tener.
Esa frase me cayó como un balazo en el pecho. Era verdad que estaba pasando por uno de los períodos más largos en los que no me la había cogido, pero jamás había pensado que eso significaba que no iba a volver a estar con ella. Incluso cuando la propia Michelle me lo decía, en esos días en los que le mandaba mensajes insistentes. No me lo creía. Era cierto que ya habían pasado setenta y cinco días de la última vez, y que si pasaran diez días más, rompería el récord de tiempo sin cogerme a mi nuera. Pero estaba convencido de que iba a ser algo pasajero.
Pero ahora se iba a casar. Quizás ahora era diferente, pensé.
Sentí cómo el corazón se me estrujaba.
—Lo cagás con otros tipos, ¿no? —le pregunté de repente.
Por algún motivo, estaba seguro de eso, a pesar de que nunca me lo había puesto a pensar. Sí, estaba seguro. A la muy putita nunca le bastaría una sola pija, mucho menos la de Tobías. Así que si no estaba conmigo…
—Eso es mentira.
—¿Ah, sí? ¿Durante todo este tiempo solo lo traicionaste conmigo?
Michelle apretó la mandíbula. No contestó.
—Dale, respondé —le insistí.
—No voy a responder eso —dijo, levantándose de golpe. Tenía el gesto duro, frío.
Se acercó a la puerta, la abrió, y con un gesto me indicó que me fuera.
—Chau, Gonzalo —dijo.
Entonces la agarré del brazo con fuerza, y la empujé despacio contra la pared, mientras volvía a cerrar la puerta. Michelle abrió los ojos, sorprendida. Luego envolví su cuello con mi mano, haciendo presión. Me miró con esos ojos claros bien abiertos, asustada. Me tomó de la muñeca con las dos manos, para apartarme, pero no tenía fuerza suficiente para lograrlo.
—Soltame, boludo —me dijo.
Era una escena violenta que nunca en mi vida imaginé protagonizar. Y sin embargo mis dedos se cerraban en su cuello con la fuerza suficiente como para inmovilizarla.
Entonces intenté besarla. Ella esquivó mis labios, pero, como no tenía libertad de movimiento en el cuello, no me costó mucho que la próxima vez lograra besarla. Ella mantuvo cerrado los labios. Me empujó, pero era tan pequeña, tan indefensa, que finalmente abrió la boca y recibió mi lengua, más por resignación que por deseo.
Mientras la besaba, fui aflojando la presión en su cuello, pero no la solté. Con la otra mano, le agarré una teta por encima de la camisa, la apreté fuerte, sintiendo el encaje del corpiño debajo de la tela.
—¿Qué hacés? —me dijo, con la voz entrecortada—. No quiero. Soltame. No quiero.
Pero lo decía apenas susurrando. Y si de verdad no quería hacerlo, podría haber levantado la voz para que el recepcionista escuchara. Bueno, eso fue lo que pensé en ese momento. Pero ahora, viéndolo en retrospectiva, creo que simplemente no quería hacer un escándalo. Quizás pensaba que iba a convencerme de soltarla. Pero yo ya tenía la pija dura, y ella estaba en mis manos.
Le volví a meter la lengua hasta el fondo de la garganta. Ella respondió con fuerza esta vez, devorándome igual que yo a ella, quizás pensando, ingenuamente, que con un beso me iba a aliviar la calentura.
Le acaricié la cintura, bajé por sus caderas y le agarré el culo con ambas manos.
—Pará —me dijo—. Tengo otro paciente en un rato.
—Un rato es suficiente —le dije.
—No podemos hacer ruido… —dijo Michelle, rendida.
La agarré de la cintura y la llevé hasta uno de los sillones, el mismo donde había estado sentada con el paciente anterior. Me senté y la acomodé sobre mis piernas. Ella se quedó quieta un momento, respirando fuerte. Yo le bajé el pantalón despacio, hasta las rodillas,
—No sabés cómo había extrañado este orto —le dije, palpándolo.
Ella no dijo nada, y tampoco esperaba que lo hiciera.
Le di un beso suave en la nalga, y ella me pasó una mano por la nuca, como aceptando su destino.
Llevé la mano al elástico de su bombacha, esa telita finita que ya venía húmeda, y empecé a bajársela despacito, disfrutando cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto. Me miró desde arriba, con el ceño apenas fruncido, como si estuviera molesta por tener que ceder ante mi insistencia.
La bombachita le quedó enganchada en las rodillas. Me quedé un segundo mirando esos perfecto glúteos, como si necesitara grabarlos de nuevo en la memoria. Le pasé las manos por encima, le acaricié con devoción, y después empecé a masajearlo con un poco más de fricción, apretando, hundiendo los dedos en la carne. Michelle se estremeció.
—Solo te gusta mi culo —soltó de repente.
—No digas boludeces. Sabés muy bien que me gusta todo de vos —dije, sin dejar de manosearla—. Mirá esa carita de nena puta que tenés. Esos ojitos claros, esa boquita carnosa. Esas tetitas paradas. Estás buena por donde se te mire.
—Dale, apurate —me dijo.
Escupí en mi palma, dejando que un hilo espeso de saliva cayera y me cubriera bien los dedos. Después llevé esa mano al medio de sus nalgas, separándolas con los pulgares, buscando ese surco tibio que tantas veces me había tentado. Hundí un dedo, sintiendo la presión y el calor en esa pequeña extremidad.
Ella gimió, entre dientes, como si no quisiera hacerlo, pero no pudiera evitarlo.
Le tomé la cadera con una mano, la mordí en una nalga, con fuerza, y hundí más el dedo. La noté tensarse un poco y después aflojarse.
—Esto te gusta, ¿no? —le dije al oído, rozándole la mejilla con la otra mano—. Hacerlo por el culo te encanta, ¿no?
Giró un poco el torso, mirándome por encima del hombro. Tenía los ojos entrecerrados, la boca entreabierta.
—Sí… —admitió—. Pero vos la tenés demasiado grande. Así que solo podés hacérmelo con los dedos.
Sonreí.
—Entonces te lo voy a hacer con los dedos —le dije—. Te voy a coger con los dedos.
Ella no contestó, pero se inclinó un poco hacia adelante, como para hacerme la tarea más fácil. Llevé la otra mano a su entrepierna, y le hundí un dedo en la concha, sintiendo cómo se resbalaba fácilmente. La oí gemir de nuevo. Llevó una mano hacia el respaldo del sillón, para apoyarse mejor, mientras yo le seguía manoseando el culo, jugando con sus dos orificios, escupiendo otra vez para lubricar más.
—Estás recaliente, pedazo de puta —le dije—. Toda apretadita, toda mojada. Y te hacías la importante…
Michelle no dijo nada. Pero tembló un poco. El placer, la rabia, la culpa, todo mezclado. La amaba así. Y la odiaba también.
Después de un rato, retiré lentamente los dedos de su cuerpo. Me paré, y le di una suave nalgada.
—Ponete en cuatro —le dije.
A unos metros se escuchaba al recepcionista hablando por teléfono. Imaginé que no había ningún otro profesional trabajando en ese momento, porque, si lo hubiera, Michelle se hubiera negado. Aunque con ella nunca se sabía.
Fuera como fuese, me la iba a coger después de mucho tiempo, y mi pija pedía a gritos ser enterrada en esa vagina jugosa que tenía.
Ella obedeció al instante. Primero se arrodilló sobre la alfombra. Después apoyó las manos en el piso, despacio, todavía con cierta resignación, como si quisiera recordarme en todo momento que solo lo hacía porque prácticamente la había obligado. Por último, arqueó la espalda, sacó culo. Quedó totalmente expuesta, en una pose de un erotismo y una sumisión que me volaba la cabeza.
Yo me agaché al lado suyo. Volví a penetrarla con un dedo en el culo, con suavidad. Ella soltó una exhalación contenida, como si el aire se le escapara por accidente. Empecé a moverlo lento, haciéndolo entrar y salir, una y otra vez. Cada movimiento hacía que se le estremeciera el cuerpo entero.
Ella apretaba los labios con fuerza, enterraba la cara en la parte interna del brazo, y se mordía la piel para no gemir. Estábamos en su consultorio, en el mismo donde escuchaba pacientes todos los días, y eso lo volvía todo todavía más excitante.
Yo seguía metiéndole el dedo, entrando más profundo, buscando el ritmo justo. Sentía cómo se le aflojaban los músculos, cómo su cuerpo se adaptaba a lo que le estaba dando. Cuando noté que ya no se tensaba tanto, que lo recibía con ganas, me acerqué más. Le escupí un poco en la entrada, sin hacer ruido, y con la otra mano le abrí bien las nalgas. Entonces, sin aviso, le metí el segundo dedo.
Ella se arqueó todavía más. Su espalda se curvó como si la hubieran electrificado. Giró la cabeza para mirarme, con los ojos vidriosos, la boca entreabierta, y esa expresión mezcla de sorpresa, dolor y placer. Me aguantó la mirada un segundo, y después apoyó la frente contra la alfombra.
El segundo dedo se lo metí despacio al principio, pero después se lo hundí del todo. Ella soltó un gemido apagado, como un gritito que quiso frenar a mitad de camino. Le salió desde el fondo del pecho.
—¿Ves cómo te la doy por el culo, putita?
Seguí metiéndole los dos dedos, firmes, rítmicos. Iban y venían, humedecidos, precisos. Ella temblaba un poco, pero se mantenía firme, agarrada al piso, respirando entrecortado.
Estuve así un rato largo. Moviendo los dedos con más confianza, más hondo, mientras le sostenía una nalga con la otra mano. Se la apretaba, se la masajeaba, sentía cómo le latía el cuerpo entero. Ella seguía arrodillada, muda, mientras los dos dedos se metían en su profundo orto.
Yo ya no pensaba. Solo sentía. Y en ese consultorio que había sido diseñado para el equilibrio mental, el autocontrol y las emociones bien canalizadas, lo único que existía en ese momento era la calentura desbordada, contenida apenas por las paredes finas y las persianas cerradas.
Seguí un rato más con los dedos, hasta que la noté completamente entregada. Acompañaba el movimiento de mis embestidas, y yo me deleitaba viendo cómo su cuerpo se sacudía hacia adelante cuando la penetración era total, para, inmediatamente después, volver a su pose original, acercándome el culo para que siguiera profanándolo.
Finalmente, decidí que me la iba a coger. Me acomodé detrás de ella. Bajé el cierre del pantalón, y liberé mi verga, sin quitarme ninguna prenda.
—No hagas ruido —le dije.
La agarré de las caderas, y le hundí la verga lentamente.
Ella tembló. El cuerpo le vibró de abajo hacia arriba.
—Qué bien lubricada que estás. Qué fácil entra mi pija. Se siente muy rico —le dije, entre susurros, mientras meneaba la pelvis, metiendo y sacando la verga de su interior.
Entonces, en un solo movimiento, le agarré las muñecas, se las llevé hacia atrás y la hice apoyar los hombros en la alfombra. Quedó con la cara contra la alfombra, el culo más levantado que nunca, las piernas abiertas, y los brazos hacia atrás, sujetados por mis manos, como si estuviera esposada.
—Así estás mejor —dije.
A todas luces no era una posición cómoda para ella. Pero en ese momento solo pensaba en mi placer. Ella tenía razón: yo solo la veía como un objeto sexual, alguien a quién dominar.
Y así, en esa pose, la seguí cogiendo. La sentí gemir contra la alfombra, como si le sacaran el alma por la boca. No fue un gemido fuerte, fue uno apagado, profundo, de esos que nacen del pecho y mueren en la garganta por miedo a que alguien escuche.
Me quedé ahí, adentro de ella, quieto, apretando sus muñecas contra su espalda. Sentía cómo me apretaba la pija con sus paredes vaginales, cómo le latía todo el cuerpo. Empecé a moverme, suave al principio, como probando. Después más firme. Cada embestida hacía que el sonido del cuerpo contra cuerpo llenara el consultorio. Era como un golpeteo que solo nosotros oíamos, pero que a ella le hacía cerrar los ojos con fuerza.
Ella intentaba no hacer ruido. Mordía la alfombra. Respiraba por la nariz. Pero igual cada tanto se le escapaba algún quejido, apenas audible. Sonidos cargados, húmedos, que me volvían loco.
Yo no decía nada. Solo respiraba fuerte, le sujetaba las muñecas y le daba maza, como si el mundo se fuera a terminar ahí. Cada vez más fuerte, más profundo. Ella, rendida. Yo, encendido. El consultorio, testigo mudo de algo que no debía estar pasando pero que ya era imparable.
En un momento me incliné aún más sobre ella, sin sacarle la pija en ningún momento. Le solté las muñecas y la abracé por la cintura, aferrándome a ese cuerpo que me tenía poseído. Le besé la espalda, el cuello, mientras seguía montándola. Le estrujé las tetas, mientras le daba embestidas más cortas y rápidas, que la hacían soltar gemidos más fuertes, más imprudentes.
Ahí estaba la “doctora”, la psicóloga que escuchaba los problemas de los demás, y que debía ayudar a superarlos. Estaba más rota que muchos de sus pacientes. Y ahora estaba ahí, con el culo al aire, sobre la alfombra, recibiendo los pijazos del padre del pibe con el que pensaba casarse.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que no paré hasta que sentí que el cuerpo le temblaba. Hasta que la escuché soltar un gemido largo, contenido, casi llorando, y entendí que había acabado.
Me quedé ahí, todavía adentro, todavía con las manos en su cintura, mientras sentía cómo le bajaba la respiración, cómo el temblor iba aflojando.
Después me fui saliendo despacio, casi con pena. Ella quedó ahí, tirada, con el cuerpo desarmado, las piernas abiertas, la frente apoyada contra el piso. Y yo me quedé de rodillas detrás, mirándola, todavía respirando agitado.
Luego me levanté, me acomodé el pantalón, y me fui al escritorio. Había una botella de agua. Me la tomé de un saque. Me miré al espejo chiquito que tenía en una repisa y me vi la cara toda transpirada. Me reí. Parecía que venía de una pelea.
Ella se fue incorporando de a poco. Se arrodilló primero, después se sentó sobre los talones. Tenía el culo marcado, el pelo todo revuelto. Me miró desde abajo, con los ojos brillosos y los labios hinchados. Toda una puta linda y destruida.
—Vení —le dije, señalando el sillón.
Me senté en el sillón. Para mi sorpresa, ella se acercó gateando, despacito, con ese movimiento felino que me encendía todavía más, cosa que me sacó una sonrisa automática. Verla con esa actitud me producía un cosquilleo en la panza; me encantaba que tuviera esas iniciativas por voluntad propia.
No hizo falta que le dijera lo que tenía que hacer. Estiró la mano con delicadeza, me bajó el cierre del pantalón, y se llevó mi pija a la boca con una naturalidad que me erizó la piel. El calor húmedo de su boca me recibió de golpe, y solté un resoplido de placer. La sensación fue deliciosa, como siempre.
Le acaricié la cabeza, despacio, con el dorso de la mano, como si fuera un cachorro que se había ganado mi ternura a fuerza de obediencia. Ella, en cambio, me miró con esos ojos de cielo que ahora lucían preciosos, húmedos, brillando por lágrimas que le brotaban por el esfuerzo, mientras no paraba de comerme la pija como si fuera lo único que existiera.
Cada vez que me lamía desde la base hasta la punta, un escalofrío me recorría la espalda. Yo me inclinaba apenas hacia adelante, siguiendo su ritmo, disfrutando de esa mezcla de sumisión y deseo que irradiaba en cada movimiento. Podía sentir cómo su respiración se aceleraba, cómo apretaba un poco los labios para que la presión fuese mayor.
Cuando se detuvo un rato, con un hilo de saliva todavía colgándole de la boca, me puse de pie. La miré desde arriba, arrodillada frente a mí, y esa imagen me terminó de enloquecer. Entonces, sin pensarlo demasiado, le enterré la pija hasta la garganta. Sentí cómo se estremecía, cómo intentaba resistir, y esa resistencia me calentaba todavía más. La agarré de la cara con ambas manos, hundiendo mis dedos en sus mejillas, y empecé a cogérmela con un ritmo cada vez más marcado, como si lo estuviera haciendo con su sexo.
Ella lo toleró un buen rato, jadeando entre cada embestida, con los ojos húmedos pero sin apartar la mirada de la mía. Esa entrega silenciosa, ese aguante, me hicieron perder el control. El sonido de sus arcadas mezclado con mi respiración agitada llenaba la sala, como una música oscura que solo entendíamos los dos.
Hasta que, por fin, no pude más. Sentí la presión crecer, la ola imparable, y descargué el semen en su interior.
Cuando retiré la verga babosa de su boca, ella tosió y escupió saliva mezclada con semen, que cayó sobre el piso.
Volví a guardar mi pija. Michelle quedó en el piso, desnuda de la cintura para abajo, con el maquillaje corrido, la cara manchada. Me miraba con resentimiento.
—Bienvenida a la familia —le dije.
Capítulo 11
Después de lo que sucedió en su consultorio, Michelle estuvo más reacia que nunca a contestarme los mensajes, y no me extrañaba. La manera salvaje en que la había dominado y humillado había sido terrible. Y, aunque ella en un punto lo disfrutó, no me cabían dudas de que el recuerdo le iba a saber, como mínimo, agridulce.
Esa tarde quedó grabada en mi cabeza como una marca ardiente. Todavía podía recordar el olor de su piel, el temblor que le recorría el cuerpo mientras le metía la pija una y otra vez. Cada vez que me acordaba de eso, se me ponía la pija dura. Pero dura enserio. Como esas erecciones mañaneras que uno tiene cuando es un veinteañero. Bueno, todavía tenía esas erecciones mañaneras, obvio, pero a los cuarenta y cuatro ya no es lo mismo. Pero, como ya dije incansablemente, mi nuera me rejuvenecía.
Después de ese tremendo polvo con la putita de Michelle, las cosas con mi mujer se encendieron. Ella había ganado varios kilos con los años, pero seguía estando buenísima. Sin embargo, era después de estar con Michelle, cuando tenía los recuerdos frescos de esa revolcada, que me desquitaba con mi mujer. Estela disfrutaba de ese repentino cambio de energías, como siempre. Pero no se me escapaba esa mirada afilada que tenía. Como preguntándose a qué se debía tanta pasión.
Cada vez que la tocaba, cada vez que ella se movía debajo mío, no podía dejar de ver el rostro de Michelle. Me perseguía como una sombra, y el cuerpo me pedía volver a sentir esa piel joven, ese gemido nervioso que se le escapaba cuando perdía el control.
Pasaron un par de semanas hasta que Michelle me respondió algún mensaje.
“No me vas a volver a tocar un pelo”, dijo.
Vi el mensaje en el chat de Instagram. Lejos de perturbarme, me gustó que me respondiera. Eso era una buena señal, un acercamiento. Porque claro que dejaría que la volviera a tocar. Era solamente una amenaza, de esas que nunca terminaba de concretar. A veces pasaban meses sin que intimáramos, pero siempre volvíamos. Siempre había algo que la traía de nuevo hacia mí.
“¿Pero qué te pasa si te gustó lo que te hice?”, le dije, provocándola, sabiendo que su respuesta iba a ser negativa.
“Vos sos un bruto, prácticamente me violaste”, me dijo.
“Pero no lo hice”, respondí enseguida, aunque, en mi mente, lo que había hecho era lo más parecido a una violación que había experimentado. Y eso, lejos de hacerme sentir culpable, me calentaba todavía más.
“Accedí solo porque tenía miedo de que, si me resistía, me cogerías igual. Solo por eso”.
Me quedé un rato mirando el mensaje. La oficina estaba silenciosa; casi todos los empleados de la empresa de seguridad se habían marchado. Solo se escuchaba el zumbido lejano del aire acondicionado. Pensé en lo que me estaba diciendo. Y por un momento, la respuesta pareció obvia.
Apreté los dientes, y finalmente escribí: “No seas boluda, no seas infantil. Si te cogí fue porque aceptaste. No al revés”.
La respuesta de ella llegó enseguida: “Ya no lo vas a volver a hacer. Y esta vez es en serio. ¿No te das cuenta de que me voy a casar con tu hijo?”
Me daba cuenta, claro que me daba cuenta. Y eso me hacía tener un montón de sentimientos encontrados. Culpa, sí, aunque estuviera muy en el fondo, agazapada, estaba ahí. Al igual que el sentimiento certero de que estaba haciendo algo extremadamente malo. Y, sin embargo, la lujuria, la obsesión por esa rubiecita preciosa, por esa muñequita, le ganaba a todo.
Todavía podía recordar la forma en que se arqueaba cuando la montaba. Su piel parecía hecha para mis manos, y aunque me jurara que nunca más me dejaría tocarla, no podía creérselo. Aunque, seguramente, me haría sufrir, como siempre.
“Ya lo sé”, le puse finalmente.
No insistí más, no le hice más aclaraciones, no le puse lo que pensaba. Si habíamos estado cogiendo tanto tiempo mientras era la novia de Tobi, no veía por qué un papel burocrático debía cambiar algo. Pero no le escribí eso. En cambio, le puse: “Sabés que me necesitás. Sabés que una sola verga no te alcanza”.
Apenas mandé ese mensaje, supe que había caído en mi propia trampa. Tendría que haberlo formulado de otra manera.
“¿Y vos qué sabés si no tengo otras vergas con las que entretenerme? No te necesito. Puedo estar con el tipo que quiera”, me dijo.
“¿Y lo hacés?”, le pregunté, comenzando a ponerme nervioso.
El silencio se prolongó. El corazón me latía con fuerza.
“¿Te estás cogiendo a otro, no? Putita”, le escribí después, exasperado.
No me respondió.
“Contestá”, insistí.
“No tengo por qué darte explicaciones”, me respondió ella, por fin.
Y me dejó ahí, con la cabeza quemada, mirando la pantalla iluminada del celular, solo, con la respiración pesada.
Yo no era de reaccionar de manera impulsiva, ni mucho menos violenta, pero en ese momento mis dedos se movieron solos.
“Pedazo de puta, que ni me entere que te estás cogiendo a otro tipo”, le escribí, furioso.
Ella tardó unos segundos en responder.
“¿Y eso en qué cambia? En todo caso, Tobías es el que me tiene que reclamar eso. Vos no sos nadie. Me puedo coger a veinte tipos diferentes, y vas a seguir sin ningún derecho a reclamarme nada”.
Estuve un rato procesando lo que me estaba diciendo. Por momentos, el morbo que me producía cogerme a mi propia nuera me hacía sentir omnipotente. Pero ahora estaba cayendo en la cuenta de que, probablemente, era uno más en la larga lista de amantes de esa trolita. Me estaba dando cuenta de que yo era el juguete de ella, y no al revés.
Pero me dije que no podía ser. Yo había ido al lugar donde trabajaba, a encararla a cara de perro, y me la cogí casi por la fuerza, como ella misma lo había dicho. Michelle era mi juguete sexual en todo caso.
Y, sin embargo, el frío que ahora sentía en mi pecho me decía lo contrario.
Fue a partir de esa conversación en que de verdad empecé a caer en picada.
Claro, desde que ella había vuelto a mi vida, años después de esa hermosa felación en el auto, esta vez de la mano de mi hijo, la locura había empezado a apoderarse de mí. Y la manera salvaje en la que me la había cogido la última vez, era otra muestra de que esa locura iba creciendo. Pero ahora… ahora había algo más que se había roto, y yo no estaba seguro de si iba a poder lidiar con eso. Si se tratara de otra chica, de esas a las que me cogía de vez en cuando, no serpia tan difícil. Pero Michelle… Ella era la única que podía romperme el corazón.
De repente, las once veces que había estado con ella a lo largo de esos años me parecieron poquísimas. Once veces. Un número miserable, casi una burla. No podía evitar preguntarme si acaso había algún hombre, o algunos, con los que Michelle gozaba mientras seguía con Tobías, y si uno de ellos se la había cogido más veces que yo.
De pronto, me di cuenta de que estaba apretando la birome que tenía en la mano, y el plástico azul cedió ante la presión. Se partió, manchándome los dedos con tinta.
Me quedé mirando la mancha un rato, respirando fuerte, con la cabeza a mil. Tenía que hacer algo. Tenía que verla. Tenía que confirmar si se estaba cogiendo a alguien más o no. Me conocía muy bien, y sabía que si no hacía nada no iba a poder dormir bien por las noches.
Así que decidí seguirla.
No era fácil, porque mi trabajo requería atención constante, informes, visitas a clientes, seguimiento de personal. Pero empecé a descuidarlo. Mentía, me inventaba reuniones, salía de la oficina con la excusa de que iba a ver a un cliente o a supervisar algún objetivo. Siempre elegía lugares cercanos al consultorio psicológico donde trabajaba ella, en Villa Urquiza.
A veces, de verdad iba a esas reuniones, pero eso no quitaba que, casi todos los días, alrededor de las seis de la tarde, me parara en la esquina y la esperara. La veía salir con ese aspecto pulcro, impecable, con el cabello castaño que se movía suavemente con el viento. Parecía otra persona. Una mujer intocable. Pero yo sabía muy bien lo tocable que era. Sabía cómo respiraba cuando tenía una pija en la boca, cómo le temblaban las piernas cuando me la cogía en cuatro, como sudaba cuando pasaba horas frenéticas de sexo.
Solía pedir un auto por aplicación que la pasaba a buscar. Yo la seguía. Siempre a cierta distancia. Normalmente llegaba hasta su casa, un departamento que compartía ya desde hacía varios meses con Tobías. Él no se había mudado formalmente, pero poco a poco fue pasando más tiempo en el departamento de ella que en su propia casa. Así que, de alguna manera, ya estaban conviviendo.
Eso no importaba. Nada de eso importaba. Yo la veía entrar al edificio y me quedaba un rato estacionado, mirando el portón como si esperara una señal. Luego me iba. Pero en el fondo sabía que esa vigilancia no servía de mucho. No sabía a qué horas salía a la noche, con quién se veía cuando no estaba con Tobi. Y tampoco tenía tanto tiempo para hacerlo. Uno pensaría que, dirigiendo una empresa de seguridad, debería poder ejercer una vigilancia intensa sobre ella. Pero no podía mandar a un empleado a que vigilara a mi nuera. No. Debía encargarme de eso personalmente.
Otra cosa que hacía era revisar sus redes sociales. Ver quién reaccionaba primero a sus fotos, quién le dejaba comentarios, con quién intercambiaba esas conversaciones cortas que parecían inocentes. Pero era en vano. Michelle era muy zorra, muy hábil en el arte del engaño. Sabía esconderse, sabía cómo mantener las apariencias.
Me sentía literalmente un cornudo, como si me estuviera engañando a mí y no solo a Tobías. Me sentía un estúpido. De a poco, esa persecución —virtual y real— se fue intensificando. Me consumía, me quitaba horas de sueño y de trabajo. Pasaban semanas en las que le seguía mandando mensajes, sin que ella respondiera.
En una ocasión le escribí: “¿Cuándo vas a ir a cenar a casa? Es lo lógico que vayas más seguido, ahora que sos la prometida de Tobías”.
Esa vez sí respondió. “Ya voy a ir en algún momento. Con él”.
Recalcó el “con él” como si necesitara recordarme que Tobías era su hombre y no yo.
Leí ese mensaje varias veces, sintiendo cómo la bronca me hervía por dentro. Me quedé con el teléfono en la mano, imaginándola escribiéndolo desde la cama, con él al lado, tal vez desnuda, tal vez sonriendo.
La cosa se complicó más o menos la décima vez que fui a su consultorio para ver en qué condiciones salía, con quién lo hacía. Siempre la veía sola, lo cual solo me volvía más paranoico.
Esa tarde el aire estaba pesado, y la luz del atardecer caía entre los edificios como una película dorada. Estaba distraído, observando la puerta del consultorio, cuando sentí que alguien golpeaba la ventanilla. Pensé que era un trapito de esos que “cuidan” los autos en Buenos Aires.
Miré, pero en cambio me encontré con mi hijo.
Hubo una cosa que me salvó de que mi intromisión no resultara demasiado obvia: tenía el teléfono apoyado en la oreja, fingiendo una llamada urgente.
Abrí la ventanilla, puteando para mis adentros. Se suponía que él todavía estaba en la universidad a esa hora, pero evidentemente esta vez no lo estaba.
—¿Qué andás haciendo acá? —me dijo.
—Nada, tenía un cliente acá a la vuelta —mentí enseguida—. Y bueno, ahora estaba haciendo unos llamados. Por eso paré acá un rato.
—Ah, mirá vos —me dijo él, totalmente inocente. Me señaló con el mentón hacia el edificio—. Mirá, ahí es donde trabaja Michelle.
Y justo cuando la puerta se abrió, agregó:
—Ah, mirá, ahí está saliendo.
Le hizo señas con la mano, sonriente. Michelle lo vio enseguida. También me vio a mí. Su rostro cambió apenas un segundo, como si quisiera disimular su fastidio, pero lo noté igual.
—Mirá —dijo Tobías cuando ella se acercó—. Justo vino papá. ¿Por qué no nos llevás? Y de paso tomamos algo —agregó después, dirigiéndose a mí.
—Ya pedí el Uber —intervino ella enseguida.
—Michelle, cancelalo y listo —insistió él—. De todas formas, vení para acá, para el departamento un rato. Pa, ¿qué te parece?
Yo iba a decir que no, que no tenía tiempo, que tenía que volver a la oficina para resolver unas cuestiones pendientes —cosa que de hecho era verdad—. Pero me ganó la curiosidad.
Además, se la notaba incómoda a la muy zorrita, y me gustaba la idea de perturbarla después de lo que me había hecho. Su incomodidad me excitaba, me daba una sensación de poder que ella, en parte, me había quitado.
Esa sonrisa que intentaba mantener frente a Tobi, esos ojos que me esquivaban, ese leve temblor en sus manos cuando buscaba algo en su cartera… todo eso me confirmó que yo también influía en su estado de ánimo, en su vida.
El viaje fue corto, pues el departamento estaba cerca. Sin embargo, la verdadera tensión empezó recién cuando llegamos al edificio, en el ascensor, en ese espacio reducido donde el aire parecía espesarse. La cercanía, los reflejos metálicos, el silencio apenas roto por el zumbido del motor: todo contribuía a ese clima sofocante que solo compartíamos los dos, como si mi hijo no fuera más que un extra en esa película en la que nosotros éramos los protagonistas.
Michelle estaba vestida con un conjuntito elegante, pero la pollerita, demasiado corta, dejaba ver esas piernas perfectas y el culito bien levantado, como siempre. Las tetas, apretadas dentro del blazer y la camisa, parecían querer escapar. El pelo suelto, los ojos celestes, brillantes, con una frialdad que intentaba esconder su lascivia. Traté de no mirarla, de mantener la compostura, pero cuando salimos del ascensor y ella caminó delante mío, no pude evitarlo: los ojos se me fueron a ese trasero espectacular que hacía poco había tenido entre mis manos.
Entramos al departamento. Era pequeño, pero agradable; tenía una calidez doméstica que contrastaba con todo lo que me generaba mi nuera. Michelle me ofreció un café. Ahora parecía más distendida, más metida en el papel de mujer seria y respetada, como si hubiera logrado creerse la farsa de que era una novia fiel, en un encuentro casual con su pareja y su suegro.
—¿Querés azúcar? —me preguntó.
—Negro está bien —le dije, tratando de no mirarla demasiado.
Hablamos de cosas banales al principio: mi trabajo, su estudio, los pacientes. Luego, inevitablemente, surgió el tema del casamiento. Por lo visto ya tenían fecha, y me sorprendió saber que solo faltaban tres meses. Tres meses… En tres meses Michelle iba a ser la mujer de mi hijo, pensaba yo con rabia. Y sin embargo, sabía que no iba a desearla menos a partir de entonces. Más bien todo lo contrario.
Entonces sonó el timbre del portero eléctrico. Tobi atendió.
—Sí, decime.
Del otro lado, una voz masculina respondió algo ininteligible.
—Llegó un paquete. Pero hay que firmar —dijo, después de colgar.
—Ah, voy yo —dijo Michelle, con un gesto rápido, como si buscara alejarse de mí.
—No, tengo que firmar yo —intervino Tobías, ya dirigiéndose a la puerta.
Pensé que ella lo iba a seguir, pero no lo hizo. Él cerró la puerta detrás de sí, y en ese momento supe que tendría al menos cinco minutos a solas con ella.
Michelle llevó la mano al cuello de su camisa, en un gesto de nerviosismo. Se acomodó el pelo, suspiró. Después sonrió, pero la sonrisa le salió temblorosa.
—¿A quién te estás cogiendo? —le pregunté directamente.
—A nadie —dijo, con un gesto exasperado—. Solo te dije eso para molestarte.
—No te creo —le respondí, sin apartar la mirada.
—Ya te dije, no tengo por qué darte explicaciones.
—Así que fue solo para molestarme —dije, dando un paso hacia ella—. Bueno, eso sí que lo lograste.
—Cortala, por favor —pidió ella, aunque su voz carecía de firmeza.
—¿Y si le cuento a Tobías lo puta que sos? —le solté.
—Contale. Vos sos el que más tiene por perder —dijo.
Eso era cierto, obviamente. Si Tobi descubría lo que hacíamos a sus espaldas, ella perdería a su futuro marido, sí. Pero su vida seguiría, y encontraría a otro hombre ingenuo a quién joderle la vida. En cambio, yo… Yo sería el padre de Tobi para toda la vida.
Y, sin embargo, no me dejé amedrentar por esas palabras.
Me levanté despacio, y caminé hacia ella. Michelle retrocedió un paso, pero detrás de ella solo tenía la pared.
—Cortala, te dije —repitió.
Pero su resistencia fue endeble. La agarré de la muñeca. Al principio, intentó apartarse, un movimiento débil. Pero cuando mis dedos se cerraron en torno a su piel, sentí cómo su cuerpo se estremecía.
—Soltame —dijo, pero no se movió.
La hice girar con un movimiento brusco. Quedó de espaldas a mí.
—¿Qué hacés, boludo? Tobias ya va a subir enseguida.
No dije nada. Simplemente llevé el brazo hacia atrás. Luego le inmovilicé la otra muñeca. Tenía las dos manos atrapadas detrás de la espalda, dominadas por una sola de las mías.
—¿A quién te estás cogiendo? —le pregunté otra vez, con voz baja, pegado a su oído.
—Era mentira, boludo. ¡Soltame! —dijo, realmente preocupada porque su novio la viera en esa situación con su suegro.
Llevé la otra mano a su pollerita y la levanté sin apuro, disfrutando cada segundo de ese gesto. La tela, liviana y suave, se deslizó entre mis dedos como si tuviera vida propia. Sentí el roce tibio de su muslo, la piel tersa, y cómo un leve estremecimiento le recorrió el cuerpo desde las piernas hasta los hombros.
—No, basta —dijo, forcejeando apenas.
Mi mano siguió su propio camino, rozando el lado interno de su muslo, ascendiendo con lentitud, saboreando el temblor que se le escapaba a pesar suyo.
Ella tragó saliva. Pude escuchar el leve chasquido en su garganta.
—No hagas eso… —murmuró, con la voz suplicante de una niña que estaba a punto de llorar—. Dale, no me obligues a forcejear. Si me dejás marcadas las muñecas, o me arrugás la ropa, Tobi…
Pero yo seguí.
La falda se levantó más, y mi mano se encontró con ese glorioso orto.
—¿A quién te estás cogiendo? —repetí, mientras mis dedos rozaban su glúteo caliente.
—Soltame —susurró ella.
Mis dedos recorrieron sus nalgas perfectas, suaves, firmes. Unas nalgas que ya conocía de memoria, pero que, sin embargo, cada vez que las tocaba, era como la primera vez que lo hacía. Deslicé la yema lentamente, delineando la forma, dibujando esa redondez perfecta, sintiendo esa tersura exquisita.
Pasé la mano completa sobre una de sus nalgas, apretando apenas, notando cómo el músculo se tensaba y se relajaba de inmediato.
—Mirá lo que sos —le dije, dándole una suave nalgada.
La tela de la bombacha estaba húmeda. La recorrí con la yema de los dedos, siguiendo el contorno del encaje, hasta llegar a la parte que estaba más oculta, enterrada entre sus dos nalgas. Ella contuvo la respiración, como si supiera lo que vendría después.
Entonces, con un gesto pausado, aparté la bombacha hacia un costado.
—¿A quién te estás cogiendo? —insistí, una vez más, estrujándole el glúteo sin piedad.
—A nadie —me dijo.
Entonces hundí el dedo índice en su ano, sin preámbulos. Ella gimió, nerviosa, dejando escapar un gritito entre el placer y el miedo.
—¿Qué hacés, boludo? —dijo, realmente asustada.
A pesar de mi furia, estaba en completo control. Sabía que el sonido del ascensor llegaba hasta el departamento, así que cuando Tobías volviera, escucharía primero el ruido metálico y tendría tiempo suficiente para apartarme. Todo calculado.
Le metí el dedo más fuerte, y ella gemía, pegada a la pared, con la falda levantada, el cuerpo arqueado. Su aspecto pulcro de hace unos minutos se había disuelto en una escena casi pornográfica.
Me acerqué a su oído, le mordí el lóbulo y le susurré:
—Dale, putita… confesalo. ¿Con cuántos tipos estuviste en todo este tiempo?
Ella apenas alcanzó a responder:
—Solo con vos.
Esa frase fue suficiente para que la excitación me invadiera. El miembro me palpitaba, duro, pidiéndome me la cogiera ahí mismo. Pero eso sí que sería muy arriesgado, así que seguí usando el dedo.
—Dale, soltame —dijo de pronto, con un tono más apremiante—. Tobías ya está viniendo.
—¿A quién te estás cogiendo? —repetí, sin aflojar.
—A nadie —murmuró—. Solo un tipo que conocí en un bar. Nada importante… soltame.
Sus labios se entreabrieron, y entre las palabras se colaban los gemidos. El corazón se me estrujó al escuchar esa verdad que, en realidad, ya conocía. Solo la calentura y la dominación que estaba ejerciendo sobre ella me mantuvieron entero.
—¿A quién más? —le pregunté, mientras metía y sacaba el dedo de esa pequeña abertura.
Ella no contestó, pero yo sabía que había más. Quizás en esas últimas semanas solo había estado con ese tipo. Pero, en todos esos años, debía haber más, y eso me desesperaba.
La seguí cogiendo con el dedo. Ella empezó a gemir contra la pared. La imagen era fascinante. Su perfecto cuerpo arqueándose, retorciéndose contra la pared. Su faldita levantada, su tanga corrida a un lado, mi índice profanando esa zona prohibida. Le mordí la oreja, le froté mi pija, y le dije al oído lo puta y reventada que era.
Entonces se escuchó el timbre del ascensor, después de frenar. Saqué el dedo de golpe, y ella, rápida, bajó la falda y se alisó la camisa. Luego siguió el sonido de la puerta corrediza abriéndose. En segundos, Michelle recuperó su postura de mujer educada, serena, falsa. Era una gran mentirosa
Un instante después, apareció Tobías. Entró sonriendo, ajeno a todo.
—Bueno, gracias por todo —le dije—. Pero me tengo que ir. Recién me llamaron porque hubo quilombo en un objetivo. Ya sabés cómo es mi trabajo.
—Sí, una cagada —dijo él, riéndose.
—Gracias a esa cagada podés tener una buena educación —le respondí.
—Ya lo sé, viejo. Te estaba jodiendo.
Salí del departamento con el pulso acelerado y la pija dura. Me olí el dedo. La muy putita andaba siempre con el culo impecable, como si nunca cagara, como si siempre estuviera esperando que alguien le enterrara algo en el ano. En lo que respectaba al sexo, era la mujer perfecta, y no estaba exagerando.
Esperaba a que me puteara en chino ese mismo día, pero recién el otro día recibí un mensaje suyo. Me sorprendió que fuera un mensaje de audio, porque ella no solía mandarlos. Era de noche, y el simple hecho de que me escribiera en ese momento era una demostración de que estaba fastidiada conmigo, porque ya habíamos quedado en que solo debía escribirme en mi horario de trabajo.
Yo estaba todavía en el living. Estela acababa de irse a la cama, y Tobi estaba en su dormitorio, ese que cada vez usaba menos.
De todas formas, para no correr riesgos, bajé el volumen del celular y me fui a la cocina, alejándome lo más posible de mi mujer, no fuera a ser cosa que decidiera levantarse y justo escuchaba lo que me decía nuestra nuera.
Entonces lo reproduje.
Al principio no se oyó nada. Solo un silencio espeso, un roce leve, tal vez una respiración. Pero después fue muy claro.
Gemidos.
Gemidos de lascivia.
Gemidos que yo conocía muy bien.
Cerré los ojos un instante, incrédulo. Era Michelle. No podía ser otra. Pero esta vez había algo distinto. No era solo ella masturbándose. Había alguien más.
Detrás de su voz, se oía otro jadeo. Un jadeo masculino. Grave, contenido, que a veces se confundía con sus gemidos y otras los acompañaba. Ella se quejaba, gemía como la puta hermosa que era, disfrutando de esa cogida con una entrega que me resultaba insoportable y excitante a la vez.
Sentí cómo el cuerpo me reaccionaba solo. No pude evitarlo: la pija se me endureció al toque. Pero junto con eso vino la furia. Una mezcla ardiente, venenosa.
—Qué pedazo de puta… —murmuré entre dientes, apretando el celular.
Sabía lo que estaba haciendo. Era la venganza por lo que le había hecho en su departamento. No podía negar que me lo merecía, pero no por eso dejaba de destruirme. ¡Solo tardó un día en buscar un amante y hacer eso!
El audio seguía, y cada segundo era más explícito. Se escuchaba el roce de los cuerpos, el golpe rítmico, el sonido húmedo de las penetraciones.
Me quedé paralizado.
Se estaba cogiendo a alguien en ese mismo instante, mientras Tobías dormía a pocos metros, ajeno a todo. Y me lo mandaba a mí, para atormentarme, para recordarme que ella podía estar con los tipos que quisiera, y que yo, en el mejor de los casos, era solo uno más.
Sentí rabia, pero no dejé de escuchar. El audio duraba cuatro minutos, y sus gemidos eran cada vez más escandalosos. Me pregunté si el que se la estaba cogiendo era el tipo del que me había hablado. Pero, qué más daba. Lo que importaba era que alguien lo estaba haciendo, y no era yo.
El audio terminó con un suspiro largo, profundo, y un silencio repentino. Quedé con el teléfono en la mano, el corazón acelerado, y la cabeza llena de imágenes que no podía ni quería borrar.
Michelle me estaba ganando en ese juego perverso del que ni siquiera conocía las reglas. Y eso se me hacía insoportable.
Capítulo 12
Me quedé en la cocina, como un boludo, con la pija dura y el corazón acelerado. Michelle me había humillado, y lo hizo con una facilidad inquietante. Puse de nuevo el audio, aunque no sé para qué. Era una tortura, pero también era muy excitante escuchar sus gemidos mientras un desconocido se la cogía.
Un tipo que había conocido en un bar, me había dicho. Y yo me preguntaba cómo había sido ese encuentro. ¿Ella había salido sola o estaba con amigas? ¿Qué hizo el tipo para lograr llevársela a la cama? ¿Dónde estaba Tobi mientras pasaba eso? ¿Dónde estaba yo?
Pero nada me aseguraba que fuera el mismo tipo. Me pregunté si, en el caso de que fuera otro, me sentiría aún peor, o sería lo mismo. No podía evitar sentirme un cornudo. Sabía que no lo era, pero me sentía tan ofendido como si de verdad fuera su pareja. Claro, ella ya me había dicho que se había acostado con otro tipo, cosa que no me sorprendía. Pero en ese momento la tenía dominada, con mi dedo enterrado en su orto, y la adrenalina de esa situación hizo que recibiera esa confesión con más tranquilidad de la normal. Pero ahora esos gemidos me taladraban la cabeza.
No tenía derecho a nada. Una parte de mí lo tenía muy en claro. Era la mujer de mi hijo, se iba a casar con él. Y, encima, las dos últimas veces prácticamente la había violado. Pero ahora no estaba dominado por esa parte más racional de mi ser. Ahora estaba enloquecido.
Pensé y pensé. Volví a mi cuarto. Pero, en la cama, seguía con el corazón acelerado, sintiendo un desasosiego que hacía mucho no había sentido.
Después de un rato, no me pude contener, y le envié un mensaje. “¿Con quién estás, pendeja puta? Ni sueñes que voy a dejar que mi hijo se case con alguien como vos?”.
Pensé que no me iba a contestar, pero su respuesta llegó rápido: “¿Y qué le vas a decir? ¿Qué hace años te cogés a su novia?”
Su caradurez hizo que me hirviera la sangre. “Tobi no se merece al padre que tiene, pero tampoco a la novia puta que tiene”, le respondí.
Michelle escribió apenas le llegó mi mensaje: “Quizás no. Quizás no me case con él. Pero vos no tenés derecho a nada. Ni nunca lo vas a tener”.
“¿Con quién estuviste?”, le pregunté después. “A quién te cogiste”.
Esta vez ella tardó un poco más, a pesar de que la respuesta no fue muy extensa: “Con nadie. Era un audio de una vez que estuve con Tobi. Solo te lo mandé para molestarte, por lo que me hiciste ayer”.
“Mentirosa”, le puse.
Sin embargo, su respuesta me produjo un absurdo alivio. ¿Sería posible que estuviera diciendo la verdad? El hecho de que me hubiese enviado el audio no significaba que fuera reciente. Y nada me aseguraba que no fuera el propio Tobi el que se la estaba cogiendo cuando lo grabó.
Pero luego me sentí un estúpido por sentir ese efímero alivio. ¿A qué me estaba aferrando? Igual, seguro que la muy zorrita se cogía a otros tipos. Ya me lo había dicho, y su personalidad promiscua la condenaba. Además, era una mujer que no dudaba en cogerse al papá de su futuro marido, así que, en realidad no era inverosímil que el audio fuera de un amante.
En mi cabeza empezó a crecer una idea enfermiza y arriesgada. Pero, cuando pasaron unas horas, fui agregando algunas cosa que hicieron que, en mi mente trastornada, la idea en cuestión empezara a sonarme razonable.
Me salí de la cama, sin hacer ruido, y, en medio de la oscuridad, me vestí. Salí del cuarto. Luego, en la sala de estar, agarré mi manojo de llaves y un segundo manojo que no me pertenecía. Además, agarré un morral en el que puse unas esposas. No solía usar armas, a pesar de que tenía permiso para hacerlo. Pero mi contacto constante con las fuerzas de seguridad me permitían acceder a ciertas cosas, como las esposas, que no eran vendidas a un civil.
Fui a la cochera, pero, antes de abrirla, para irme, le dejé un mensaje a Estela, quien estaba durmiendo, completamente ajena a todos los pensamientos viles que me atravesaban en ese momento. “Amor, hubo un problema en el edificio de Paternal. Unos barrabravas rompieron el cristal de la puerta principal, para buscar a un tipo del edificio. Igual, tranqui, ya está la policía, y el vigilador está bien. Pero tengo que ir”.
Lo envié, con la seguridad de que las mejores mentiras eran las más elaboradas. Yo le estaba dando todos los datos que ella me preguntaría si simplemente le dijera que tuve que salir por una urgencia.
Así que conduje, sorprendiéndome de la velocidad a la que iba. Seguía nervioso, igual a como me había puesto cuando recibí el audio. Pero esta vez era peor. Algo mucho más oscuro invadía mi corazón. Y, sin embargo, no pensaba retroceder.
En poco menos de una hora estuve frente al edificio en el que vivía Michelle. Esa noche Tobi se había quedado a dormir en casa, con Estela y conmigo. Últimamente eran menos los días que las pasaba ahí que los que compartía con su novia. Pero hoy era uno de esos días. Estaba dormido, ajeno a todo, mientras yo estaba al acecho de esa mujer endiablada de la que se había enamorado.
La llamé. Sospechaba que no me iba a atender, pero la idea era despertarla, con las vibraciones del celular. Al principio no funcionó. Pero, después del quinto llamado, ella me mandó u mensaje. “¿Qué te pasa? Estoy durmiendo”, me escribió.
“Estoy abajo. Voy a subir para que hablemos”, le dije.
“Andá a dormir, Gonzalo”, respondió. “Voy a subir ahora mismo”, insistí.
“Si llegás a subir, no te voy a abrir la puerta. Vas a quedarte en el pasillo. Y si insistís con golpear la puerta o tocar el timbre, voy a llamar a la policía”.
Esa amenaza, en otro momento de mi vida hubiera surtido efecto. Pero en ese momento estaba dominado por un montón de sensaciones: bronca, lujuria, humillación, curiosidad, obsesión, malicia”.
Además, había algo que ella no sabía. Antes de salir de casa, cuando agarré mis llaves, también agarré las de Tobi. Era algo muy osado, pero no creía que fuera a tener problemas. Eran las dos de la madrugada, y a lo sumo en unas horas volvería a casa, y Tobías ni se enteraría que había robado sus llaves.
Así que me bajé del auto, con esas llaves en mano. Sabía que el edificio donde vivía mi nuera tenía poca seguridad. De noche, ni siquiera había alguien en la portería. Quedaba todo a cargo de los propietarios e inquilinos. Es más, estaba seguro de que si esperaba a que volviera alguien de pasear a su perro, yo podría entrar detrás de él, sin necesidad de llave. Las personas eran muy prejuiciosas, y demasiado confiadas cuando veían a alguien más o menos bien vestido, bajando de un auto de alta gama. Aunque, claro, en ese caso solo accedería al edificio, no al departamento de Michelle, que era lo más importante. Y de todas formas no parecía haber nadie paseando a un perro por las veredas.
La cosa es que subí la pequeña escalera que daba a la puerta de entrada del edificio. En el manojo de llaves solo había dos que no conocía. Supuse que la más grande era la de la puerta del hall del edificio, y la otra del departamento. Así que abrí la puerta.
Al mirarme en el espejo del hall, no pude evitar sonreír. Estaba haciendo una locura, y me sentía eufórico. Eso era lo que lograba Michelle conmigo. Me hacía sentir vivo como nunca antes.
Me metí en el ascensor y aproveché ese corto trayecto para mandarle otro mensaje. “Estoy subiendo”.
Ella no respondió. De todas formas, solo se lo envié para que no se sorprendiera tanto cuando me viera. Aunque supongo que igual lo iba a hacer. Estaba consciente de que estaba actuando como un delincuente. Pero era la propia Michelle la que me instaba a actuar así. No haría todo esto por otra mina.
Llegué a su piso. Cuando abrí la puerta corrediza me pregunté si ella estaría escuchando, deduciendo que yo había llegado. Eso sería lo mejor, porque, si aparecía de la nada en su departamento, se pondría a gritar.
Cuando agarré la llave, me di cuenta de que tenía las manos completamente sudadas. Igual no me detuve. La metí en la cerradura y la abrí. Por suerte no tenía una traba desde adentro. Entré, y me encontré en el departamento, con la luz de la cocina encendida.
—Gonzalo… ¿qué hacés acá? —dijo. Luego, miró el llavero que tenía, y pareció entender todo—. Estás loco —agregó.
Estaba en el vano que separaba la pequeña cocina de la sala de estar. Llevaba un short de algodón, ajustado, con dibujitos de Disney, y una remera blanca.
—¿Pensaste que me ibas a mandar ese audio y me iba a quedar así como así? Yo no soy un boludito cualquiera al que podés joder cuando se te ocurra.
Me acerqué a ella. Michelle se cruzó de brazos, en un gesto de defensa muy endeble. Parecía tener miedo, y eso no me detuvo.
—Yo no te hice nada. Vos sos el que me persigue a todas partes, solo para abusar de mí.
—Abusar… —la agarré de una mano, atrayéndola hacia mí, desarmando su endeble defensa—. Me vas a decir que no te gustó lo que te hice ayer, y lo que te hice en tu estudio.
—No, no me gustó. Y me dio mucho miedo. Ahora me das mucho miedo.
—¿Y por qué gemías? Siempre terminás gimiendo —le dije.
La agarré de la cintura, y bajé la mano hasta su pomposo orto. Ella no me detuvo.
—Esas son reacciones de mi cuerpo. No lo puedo evitar —dijo—. Eso no quita que tenga miedo.
—¿Por eso se te pusieron duras las tetitas? ¿Por miedo? —pregunté, notando los pezones erectos marcados en su remera.
. —Qué boludo que sos. Sí, es por miedo, no por calentura.
—Pero vos te calentás enseguida —dije. Llevando la otra mano a una de esas hermosas tetas—. A quién te cogiste hoy.
—Ya te dije, a nadie. Estuve todo el día estudiando para el doctorado que estoy haciendo. Por eso Tobi no se quedó a dormir acá. Sabe que a veces necesito mi espacio, para concentrarme.
—Para cogerte a otros tipos —insistí.
—No, hoy no —dijo ella.
Me miraba con esos ojitos de cielo, brillantes. Su pelo castaño estaba suelto.
—Te queda bien ese color. Pero te va mejor el rubio —le dije.
—Ya usé mucho tiempo el rubio —dijo ella—. Además, lo siento como que fue de una etapa que quiero dejar atrás.
—Una etapa de promiscuidad —dije. Ella asintió con la cabeza—. Hoy no te cogiste a nadie entonces. Pero hace poco te cogiste a ese tipo del bar. Y seguro que antes te cogiste a otros.
—Andate, Gonzalo, por favor —dijo la pequeña putita. Entonces, abrí el morral—. ¿Qué tenés ahí? —preguntó, visiblemente asustada.
Saqué las esposas, y con un movimiento rápido, le puse uno de los anillos metálicos en la muñeca.
Para mi sorpresa, ella no se resistió. Bueno, sí se quejó, me preguntó que qué estaba haciendo, y parecía algo nerviosa. Pero, cuando tiré del otro extremo de la esposa, no hizo esfuerzo por quedarse. Siguió mis pasos.
Yo miré alrededor, a ver si encontraba un lugar acorde a lo que tenía pensado hacerle. Estaba seguro de que había un lugar ideal, por algo había pensado en lo de las esposas. Pero ahora me entraba la duda. Después de todo, había estado muy concentrado en escarbarle el culo a mi nuera, y no presté tanta atención en los detalles del departamento. Mi verga parecía no poder ser contenida en el pantalón de lo dura que estaba. Es que no era solo que estaba con una chica hermosa, a punto de cogérmela, sino que la situación de dominación en sí era algo delicioso.
—Vamos al dormitorio —le dije.
Entonces, ahí encontré lo que buscaba. De hecho, no podía ser más perfecto. Ahora me daba cuenta de que no era que lo había visto cuando fui a verlos la última vez, sino que lo deduje. A Tobías, desde hacía unos meses se le había dado por hacer ejercicio, y sacar músculo. Había comentado algo sobre que quería poner una barra de dominadas en su cuarto. Aún no lo había hecho, sin embargo, en las últimas semanas noté un leve cambio en su musculatura. Hasta le hice bromas sobre eso. Y ahora veía en donde hacía ejercicio. No era solo en la cama, donde se cogía a Michelle, sino que en la pared había puesto la dichosa barra.
—Basta. Qué querés hacerme. Me da miedo —dijo ella, pero yo apenas la escuché.
Tiré más de la esposa, hasta que llegamos donde estaba la barra. Ella era más bajita que Tobi, así que, cuando tiré de su brazo, no llegó a la barra. Pero tampoco lo necesitaba. Pasé la cadena de las esposas por encima de la barra. Ella forcejeó, y me dijo algunos insultos.
—Me estás lastimando —me dijo, cuando la agarré de la otra muñeca.
—Entonces relajate. No te voy a hacer nada.
Ella me fulminó con una mirada de hielo, pero ese instante fue suficiente como para que cerrara el otro gancho en su muñeca. Me miró, con los ojos muy abiertos, como si no concibiera lo que acababa de hacer.
Di unos pasos atrás, chocándome con la cama, para ver bien la escena que tenía enfrente. La escena que yo mismo había creado.
Ahí estaba Michelle, asustada, agitada, con las manos levantadas. La cadena de las esposas colgadas sobre la barra. Ella no estaba de puntitas de pie, pero casi. Ante el primer movimiento hacia un lado u otro, perdería el equilibrio. Tenía la espalda levemente arqueada. Las tetas marcándose en la remera. Las piernas separadas. Los pies con pantuflas y medias.
Me acerqué a ella. Lo primero que hice fui quitarle las pantuflas. Pero le dejé las medias, que eran rosadas, con líneas multicolores, algo infantiles, al igual que su short.
Empecé a acariciarla, pasando las manos por sus caderas, como si la estuviera moldeando. Luego, las subí, y las cerré en sus tetas, con fuerza.
—Si querés cogerme, cogeme de una vez, y andate. Igual siempre lo terminás haciendo por la fuerza. Pero desatame, por favor. Me da miedo.
—Obvio que te voy a coger —le dije—. Pero al pedo te asustás. Si no te voy a lastimar. Nunca lo hice, y nunca lo haría.
Ella miró para abajo, como si en el suelo hubiera algo muy interesante. Yo la agarré del mentón y la obligué a mirarme. Me fascinaba ver esos ojitos de cielo así, brillantes, temerosos, entregados. Le di un beso en la boca.
Decidí comenzar a desnudarla, pero me di cuenta de que no podría quitarle la remera. Entonces se me ocurrió una idea. Me fui a la cocina, sin temor a que ella pudiera escaparse. La barra de dominadas estaba hecha para resistir mucho peso, y las esposas que le había puesto no eran de las que se vendían en un sexshop. Cuando volví, ella ni siquiera estaba tironeando. Quizás porque había deducido lo mismo que yo. Quizás porque no quería lastimarse las muñecas y tener que explicarle a Tobías, al otro día, qué le había pasado. O quizás simplemente quería estar ahí.
Sin embargo, cuando vio la tijera en mi mano, palideció.
—No, no —dijo.
—No seas boluda. Ya te dije que no te voy a lastimar.
—¿Qué vas a hacer? —me preguntó.
Agarré el extremo inferior de la remera y la corté lentamente, disfrutando de cada segundo de ese ritual de dominación que yo estaba inventando. Cuando terminé, la remera quedó con una abertura en vertical. Pero todavía no la abrí. Entonces corté las mangas, ante el silencio absoluto de ella, que solo respiraba afanosamente. Entonces, ahora sí, pude quitarle la remera. Guardé las hilachas en mi morral. Dudaba de que Tobi fuera tan detallista como para echar en falta esa remera, pero, en todo caso, a ella se le ocurriría una buena mentira. Para esas cosas era muy hábil.
Me aparté un poco de nuevo. Dejé las tijeras sobre la cama, tomando nota mental de que luego debería llevarla al lugar exacto de donde la había sacado. Miré atentamente a Michelle. Los senos estaban como ya lo había notado: hinchados, con los pezones tan duros que podían sacarme un ojo si me pegaba con ellos. A mí no me engañaba. Podía ser que estuviera nerviosa, pero también estaba caliente. Y en todo caso, enseguida lo comprobaría.
—Qué lindo shortcito te pusiste —dije—. Hasta para dormir te ponés así de linda.
—Es ropa normal —dijo ella. Parecía apenas más aliviada. Como si tener esa conversación banal la calmara—. No hace falta que me tengas así. Si igual me vas a coger.
—Pero me gusta tenerte así. Además, te lo merecés.
—Ya te dije. Ese audio era con Tobi. No voy a ser tan boluda como para mandarte algo así.
—Pero te cogés a otros, ¿no? —le dije yo.
—Ya te conté eso.
—Pero ahora me lo vas a contar mejor.
Entonces dí unos pasos más. Agarré del elástico del short y se lo bajé de un tirón. Abajo tenía una bombachita blanca.
—Pensé que dormías con tanguita —le dije.
—A veces —respondió.
—¿Cómo te levantó el tipo del bar? ¿Quién era? ¿Cómo fue? —pregunté.
Llevé una mano a sus senos. Los acaricié primero con ternura. Pero después pellizqué su pezón con fuerza. Con mucha fuerza. Ella se retorció de dolor.
—¡Aia! ¡No! Te cuento, te cuento.
La liberé del dolor, aunque estaba seguro de que también lo había disfrutado.
—Contá, con detalles.
—No fue nada especial. Fue un día que salí temprano del doctorado. En un bar cerca de la universidad. Ahí estaba un chabón, solo, igual que yo. Se acercó a mí. Me hizo reír. Es abogado, pero hablamos más que nada de mi profesión. Fue todo muy espontáneo. Nada forzado. Después me ofreció llevarme a casa. Yo acepté. Pero no iba a venir con él acá. En un semáforo me besó. Y después le dije que mejor fuéramos a un hotel.
—Así de fácil sos —dije, indignado—. ¿Con cuántos tipos cagaste a Tobías? Mirá que me voy a dar cuenta si me mentís.
Ella dudó. Se notaba que no quería responder. Pero tampoco quería dar una respuesta que yo no le creería. Así que, para incentivarla, le agarré el otro pezón, y se lo retorcí.
—Con cinco. Aia. Con cinco —dijo—. Me vas a dejar marcada, boludo —agregó después, cuando la solté.
Entonces me incliné y le chupé las tetas, como si con mi saliva le estuviera curando las heridas.
—Uno de esos soy yo. El otro es este tipo. Después me vas a contar de los otros tres. Pero antes, decime cómo te cogió el abogado ese.
—Para qué querés saber eso —dijo. Pero luego, cuando vio la resolución en mi mirada, empezó a contar—. Nada, lo de siempre. Primero le hice un oral. Después quise que él me lo hiciera, pero solo se quedó un rato. Me cogió en la cama. Yo en cuatro.
—En tu posición preferida, ¿no?
—Sí.
—Y después.
—Nos quedamos hablando un rato. Nos tocamos, nos besamos. Me cogió de nuevo. Yo me puse encima de él.
—¿Qué te decía mientras te cogía? —le pregunté.
—Nada… Lo típico. Tomá, putita. Qué hermosa que sos. De dónde saliste. Ese tipo de cosas.
—¿Sabía que tenías novio?
—Sí —me dijo, señalando con la mirada el anillo de compromiso que tenía en una de sus manos esposadas.
—Le gustaba, ¿no? Le gustaba cogerse a la novia de otro, que encima estaba comprometida. Y tan linda como vos.
—Sí. Todos los hombres están cortados por la misma tijera. Son muy básicos.
—¿Qué te decía de Tobi? Estoy seguro de que algo te dijo —le pregunté.
Por primera vez ella pareció sorprendida de mi deducción. Pero era obvio: Como ella misma había dicho, todos los hombres estamos cortados por la misma tijera. Y a todos nos gusta cogernos a la mujer de un desconocido.
—Que donde estaba el cornudo de mi novio mientras me cogía —respondió—. Que qué estaba haciendo mientras la trolita de su novia se revolcaba con un desconocido.
—Y vos qué le decías.
—Nada.
—Pero gemías, ¿no? Disfrutabas de cogértelo mientras el tipo te denigraba y denigraba a tu pareja.
Llevé las manos a su bombacha y la bajé. Ella levantó los pies uno a la vez, para que yo la despojara de su prenda íntima. Le dejé las medias. Me parecía encantador que se las quedara mientras que no tenía una sola prenda más.
—Si ya sabés cómo soy. Además, ya me estaba cogiendo, qué iba a hacer. Igual después no le respondí ningún mensaje. Es un idiota. Se hacía el simpático y caballero, pero, cuando estuvimos en la cama, mostró su verdadero rostro. Todos los tipos muestran su cara en la cama.
El hecho de que dijera eso cuando la tenía esposada, obligada a mantenerse quieta, totalmente en pelotas, hacía que no hicieran falta más explicaciones. Yo me había convertido en eso. En un tipo que sometía a una chica que claramente tenía muchos problemas mentales. Y que, para colmo, era mi nuera. En eso no podía rebatirla. Era una mierda de persona. Ya lo había asumido, incluso abrazaba esa idea. Con tal de tener a Michelle, así como la tenía ahora, podía soportar ser una basura.
—Ahora háblame de los otros tres. Y no me vengas con que alguno de ellos fue cuando estabas mal en tu relación con Tobi, porque no te creo. Si contamos a todos esos, seguro que deben ser por lo menos veinte.
—Para qué querés que te cuente, si no me vas a creer.
—Contá —le dije. Llevé un dedo a su entrepierna y lo hundí en su concha—. Ya sabía que ibas a estar bien mojadita.
—¿Podés sacarme de acá? Se me van a adormecer los brazos. Te cuento todo.
—Después… Primero contá.
—Sí, fue una vez que me peleé con Tobi. Pero, para que te quedes tranquilo, y me creas, no todas las veces que estuve con él fueron cuando estuve separada momentáneamente de él. Esto pasó hace tres años. Al pibe no lo conocía de nada. Era uno de esos que te siguen en las redes sociales. Me mandaba un montón de mensajes. Pero yo ni los leía. Entonces, un día, cuando salí del gimnasio, apareció. Yo estaba saliendo, y me encaró en la vereda. Me di cuenta de que era un pibe que había estado haciendo ejercicio a unos metros de mí, y que me estuvo mirando todo el tiempo. Yo no me di cuenta de que era el mismo que me escribía, porque no era el único que lo hacía, y no suelo prestar atención a las fotos de perfil de la gente con la que ni siquiera me hablaba.
—¿Cuántos años tenía?
—Dieciocho. Pero parece más chico.
—Dieciocho… Y vos veintitrés. No pensé que te gustaban los pendejos.
—No me gustan. Pero este… Era muy insistente. Esa vez que me lo encontré en el gimnasio, me dijo como si nada que se había anotado para verme. Al principio no entendí por qué carajos sabía mis horarios. Pero después me di cuenta de que, en algún momento, había subido una historia a Instagram, con la localización del gimnasio.
—Un acosador —murmuré.
Metí de nuevo el dedo en su sexo. Michelle tembló y las cadenas hicieron un sonido metálico al temblar también sobre la barra. Luego me puse a un costado de ella, sin sacar el dedo de esa hendidura empapada. Llevé la otra mano a su culo. Lo acaricié, luego lo magreé con violencia. Y, finalmente, perdí un dedo en su ano. Ella lo recibió como si nada. Y yo sentí ese rico calor dentro de su culo, y la presión de ese anillo de cuero en mi pequeña extremidad.
—Sí, un acosador —dijo ella.
—¿Y cómo logró que te entregues? —pregunté. Pero, después de unos segundos, yo mismo dije la respuesta—. Ah, claro. Te forzó, ¿no? Te encontró y te cogió a cara de perro. Y pensar que hay miles de hombres que sueñan con estar con vos, y que darían cualquier cosa por conocer la fórmula de cómo hacerlo, y resulta que es simple: te entregás al que se lo proponga.
Le hundí el dedo entero, como con bronca. Ella arqueó su cuerpo y largó un gemido de placer.
—Me seguía a todos lados. Empecé a ver los mensajes. Y en todos me decía cómo me pensaba coger. Yo cambié de horario en el gimnasio. No lo vi por un tiempo. Pero, un día, me siguió hasta mi casa. Me dijo que me amaba, que soñaba todos los días conmigo. Encima, yo estaba sola.
—¿Y entonces?
—Me besó. Después, no sé cómo fue. Bah, sí sé. Fue igual a como lo hiciste vos recién. Me quitó la llave de la mano. Me agarró de la cintura. Me hizo cruzar el portón, y después buscó la llave de la puerta, y la abrió. Yo estaba paralizada del miedo, sin entender por qué carajos no había nadie viendo. Me metió en la casa, cerró la puerta, y listo.
—Pero te habrás resistido —le dije, aún escarbando su orto y su concha, sin ninguna compasión por lo que me estaba contando. Más bien al contrario. La manera en como ese pendejo la dominó, me hizo envidiarlo y admirarlo.
—No, no me resistí. Dejé que hiciera lo que quisiera.
—Pero me dijiste que solo la primera vez lo hiciste estando peleada con Tobi. ¿Hubo otras veces más? —pregunté.
La respuesta era obvia. Ella asintió con la cabeza.
—Pedazo de puta —le dije, dándole una nalgada que resonó en el dormitorio—. Entonces no te obligó.
—No es tan simple —dijo ella, gimiendo—. Pero no. Al final yo lo dejé. Igual que las otras veces. Igual que con… los otros dos.
—Y quiénes son los otros dos.
—Sus amigos —respondió ella—. Ellos… Los tres abusan de mí, desde hace rato.
Mis dedos se quedaron quietos dentro de ella. Iba a retrucar eso del abuso. Pero, tratándose de Michelle, una relación sexual siempre estaba al borde del abuso. Parecía que ella no podía concebir otra manera de hacerlo. Bueno, con Tobi tenía sexo convencional, o eso suponía. No creía que mi hijo fuera el dominante en la cama. Pero él era la excepción, no la regla.
—¿Los tres te cogieron al mismo tiempo? —pregunté.
Ella asintió con la cabeza.
—Ahora me vas a contar todo —le dije.
—Pero soltame, por favor.
La liberé una de sus manos, y, por ende, de la barra. Pero no le iba a sacar las esposas.
—Cuando recuperes la movilidad totalmente, te la voy a volver a poner —le advertí—. Me encanta tenerte así.
Pensé que se iba a quejar. Pero no se inmutó, ni tampoco cuando le di una nalgada exageradamente fuerte.
Se subió a la cama, lista para complacerme.
Por Gabriel B