Capítulo 1
Cuando Mauricio metió la última bolsa del supermercado en el baúl, Virginia, su esposa, lo observó con una mezcla de exasperación y burla.
—Tenías que parar en la ferretería justo hoy… —le recriminó, poniendo los brazos en jarras.
Él solo se encogió de hombros, indiferente. Habían ido los cuatro a hacer las compras del mes: ellos y sus hijos, Lulú y Adriel. La tarde había sido larga, y, cuando por fin habían terminado, a Mauricio se le había metido en la cabeza comprar unas herramientas en el mayorista de artículos de ferretería. Ahora estaban en el amplio estacionamiento del local. Las bolsas desbordaban del baúl.
—Vamos a tener que poner el resto en el asiento de atrás —dijo Adriel—. Vamos a viajar incómodos.
Si Lulú era la niña de papá, para Adriel, Virginia era la favorita. Y ahora, con ese simple comentario, la estaba apoyando, como siempre hacía. El chico se corrió el cabello detrás de la oreja. Los bíceps se marcaron en la remera. Era hermoso. Medía un metro ochenta, el pelo negro, con una raya a la izquierda, y un mechón que siempre caía sobre su rostro. Tenía el físico de nadador, con los hombros anchos y la cintura delgada, dándole al torso una forma de trapecio invertido. Y tenía las abdominales increíblemente marcadas.
Ella le giñó el ojo. ¿Cuándo había crecido tanto?
—Yo quiero viajar adelante. ¿Puedo? —interrumpió Lulú, de repente.
Su voz era dulce, casi infantil, pero su presencia tenía un peso que no pasaba desapercibido. Lulú tenía dieciocho años recién cumplidos, pero aún conservaba en su rostro un aire aniñado. Su cabello castaño y lacio caía como una cortina de seda sobre sus hombros. Sus ojos eran grandes y claros, con un brillo hipnótico, su nariz pequeña, cubierta de delicadas pecas, y sus labios carnosos.
Pero era su cuerpo lo que hacía que la gente se girara a mirarla, incluso sin querer. Llevaba un minishort diminuto y un top ajustado, lo que dejaba expuesta gran parte de su piel dorada. Las prendas, en lugar de ocultarla, parecían acentuar aún más cada una de sus curvas: la cintura esbelta, las caderas redondeadas, los muslos firmes.
Su hija también había crecido mucho. Por momentos, Virginia envidiaba su extrema juventud y su insultante belleza.
Tanto los empleados del supermercado como de la ferretería se habían dado vuelta a mirarla. Algunos con disimulo, otros sin el menor pudor. No los culpaba. Era imposible no mirarla. Para ser justos, a Virginia también la miraban. De hecho, estaba consciente de que, para muchos, eran una fantasía sexual, no solo individualmente, sino en conjunto. Una madre y una hija, llenas de curvas y de una sensualidad asfixiante. Eran el sueño erótico de cualquier tipo.
Eso no le molestaba. No le molestaba que la miren como un objeto sexual, que le digan guarangadas en la calle, que cada hombre que se la cruzaba, se diera vuelta a mirarle el culo. Tampoco le molestaba que esos mismos hombres se derritieran con su hija.
A Lulú también le gustaba provocar, le gustaba despertar los instintos más primitivos en los hombres. Por eso siempre se vestía como una putita, y Virginia jamás la reprendió por eso.
Lo que sí le molestaba, era cuando el propio Mauricio la miraba.
Lo había sorprendido más de una vez observándola de reojo, como si intentara evitar ser descubierto. Una mirada fugaz cuando Lulú pasaba cerca, otra cuando ella se inclinaba para buscar algo en la heladera. Virginia lo había notado, claro que sí. Lulú era tan sexi que incluso despertaba la lujuria de su propio padre.
Hubo una noche en particular que aún recordaba. Lulú bajó a la cocina a buscar un vaso de leche. Llevaba solo una remerita musculosa y una tanga diminuta, su pijama de siempre. Mauricio y Virginia estaban sentados en el living, con la televisión encendida de fondo.
Él la vio, mientras “la nena” se dirigía a la cocina, meneando las caderas de una manera que parecía natural, pero que estaba hecha para provocar. Virginia lo sabía porque ella misma le había enseñado a seducir de manera natural, en todo momento.
Mauricio le miró el orto a su hija, y luego, cuando se dio cuenta de lo tonto que fue al hacerlo frente a su esposa, desvió la mirada.
Y en ese instante, Virginia supo que esa escena se repetía cada noche. Sabía que él solía quedarse hasta tarde mirando televisión, en general solo, no como ahora que estaba con ella. Dedujo que Lulú tenía la costumbre de bajar en ropa mínima para buscar algo en la heladera. Lulú, con la tanguita metida en el culo y en la raja de su concha, con ese culo perfecto, desfilando para su papi.
El pensamiento la llenó de celos. “Qué pendejita puta”, pensaba, cuando esa imagen le volvía a la mente.
Igual, eso no la sorprendía. Desde chica, la propia Virginia había llamado la atención de tíos y primos. De hecho, el propio Mauricio era su primo hermano, lo que había causado la indignación de los hipócritas de sus familiares. No obstante, esto era diferente. Era una cosa de padre e hija. Claro, solo eran miradas del pajero de Mauricio, y la putita de Lulú restregándole el orto en las narices, pero eso no quitaba que fuera algo inquietante.
Aunque, por otra parte, ¿Adriel no la miraba de esa misma manera a ella? Claro que sí, y Virginia se había sentido extrañamente halagada al percibir la atención del semental de su hijo. Era esa clase de chico que podía tener a la mujer que quisiera sin hacer mucho esfuerzo. Y aún así, parecía que le llamaba la atención lo que había en casa.
—Está bien, no hay problema —respondió a su hija, mientras Mauricio cerraba el baúl.
Lulú sonrió, satisfecha, y se subió de inmediato al asiento del acompañante. Mientras tanto, Mauricio y Adriel terminaban de acomodar las últimas bolsas en el asiento trasero.
—Uh, no vamos a entrar… —murmuró Adriel con fastidio, mientras se metía en el asiento trasero y comprobaba lo apretado del espacio. Entonces se dirigió a su hermana menor—: ¿Por qué no venís atrás vos y dejás que mamá viaje adelante? Sos más chiquita.
Virginia se inclinó, con una ceja arqueada.
—¿Me estás llamando gorda? —soltó, con fingida indignación.
—No, nada que ver —se apuró a responder Adriel, gesticulando con las manos—. Es solo que tenés unas caderas muy anchas.
Virginia entrecerró los ojos, analizándolo.
—Ah, claro… Y ahora resulta que mis caderas son el problema.
Ella estaba bromeando. Sabía muy bien lo bien que estaba considerando sus treinta y ocho años. Apenas tenía sobrepeso, que en definitiva le sentaba muy bien con ese cuerpo voluptuoso. Como había dicho su hijo, tenía las caderas anchas y sinuosas.
Lo que no dijo el chico fue que su madre tenía un culo enorme, gordo, profundo e increíblemente terso. Su hermana tenía un cuerpo perfecto y, al igual que le pasaba a su papá, Adriel no podía evitar admirarla. Pero su mamá también le volaba la cabeza. Con ese cuerpo de avispa, con la cintura ridículamente fina comparada con el enorme orto que tenía. Por otra parte, tenía algo de lo que Lulú carecía. Un par de tetas enormes. Virginia explotaba por todas partes.
Adriel sonrió con picardía.
—Vos sabés muy bien que sos tremenda MILF. Siempre te lo digo. Así que no me vengas con que te estoy diciendo gorda.
Virginia resopló con una mezcla de diversión y resignación. Sabía que era cierto.
Desde hacía tiempo, Adriel había adoptado la costumbre de llamarla «MILF». La primera vez que se lo dijo, ella tuvo que buscar el significado en internet. Cuando lo descubrió, sintió una mezcla de halago y perturbación. “Madre a la que me cogería”. Claro, normalmente era un término que un adolescente, o alguien joven, utilizaba para referirse a una mujer que lo atraía sexualmente, y que tenía la edad de su madre. Pero, en el caso de Adriel, era su hijo, así que ese término adquiría un significado mucho más morboso.
Desde entonces, él lo repetía en cada oportunidad, con esa sonrisa descarada que le producía un culposo estremecimiento.
La cuestión es que el chico tenía razón. Era imposible que entraran cómodos con tantas bolsas amontonadas. Aunque Lulú fuera atrás, igual viajarían apretados.
Entonces se le ocurrió una idea algo maliciosa. Quizás lo hizo por venganza, por todas esas veces que Mauricio se deleitó mirando a su hija en tanga. O quizás fue por el morbo que le despertó que su hijo la llamara de nuevo con esa palabra con claras connotaciones sexuales.
—Dejá, yo me siento encima tuyo —anunció de repente, con total naturalidad.
Adriel parpadeó, atónito.
—¿Qué? ¿En serio?
—Sí, dale —insistió ella, sin darle margen a que lo pensara demasiado.
Mauricio, ajeno a la situación, se acomodó en el asiento del conductor y encendió el motor. Virginia, mientras tanto, deslizó su cuerpo con agilidad sobre el regazo de Adriel.
El chico se quedó inmóvil por un instante. Sintió cómo el peso de ese cuerpo increíble se apoyaba sobre él. Su culo firme y carnoso, enfundado en un pantalón ajustado, se acomodó directamente sobre sus muslos, muy cerca de su entrepierna.
Adriel tragó saliva, incapaz de moverse, atrapado entre el calor del cuerpo de Virginia y el reducido espacio del auto. Podía percibir su perfume, el roce sutil de sus curvas contra él con cada pequeño movimiento. Pero, lo que más percibía, era ese impresionante culo tan cerca de su pija.
El auto arrancó con suavidad. No importaba cómo se sentara, cómo redistribuyera su peso. El espacio era demasiado reducido, y sus cuerpos estaban inevitablemente pegados.
A su alrededor, todo parecía normal. Mauricio mantenía la vista en la ruta, con una mano en el volante. A su lado, Lulú tarareaba suavemente una canción, absorta en su propio mundo.
Virginia podía sentir el calor de Bauti detrás de ella, el sutil temblor de su respiración. Era consciente de cada milímetro de contacto entre ellos. Apoyó las manos en sus propios muslos y se enderezó un poco, buscando una postura más estable. En ese movimiento, sintió cómo su culo se deslizaba apenas sobre el regazo del chico.
Adriel contuvo el aliento. La nueva cercanía con ese ojete hizo que su miembro se hinchara. Se concentró, haciendo todo lo posible para que esa hinchazón no se convirtiera en una erección. Pero sabía que eso iba a ser difícil.
Virginia sonrió en silencio. Sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. Le estaba restregando su enorme culo a su hijo. Por más que él no tuviera pensamientos impuros con ella, el simple contacto le generaría una reacción física. Lo sabía.
No podía verlo, pero podía imaginar su expresión. Los labios apretados, la mirada fija en cualquier punto aleatorio, intentando no reaccionar.
Lo sintió algo tenso. Le gustaba saber que lo estaba perturbando. Se acomodó de nuevo, arqueando apenas la espalda, lo suficiente para que ahora sintiera la gorda pija de su hijo justo en el medio de sus nalgas. Sintió su consistencia. No estaba dura, pero tampoco blanda. Se rio al darse cuenta de que el chico estaba haciendo lo posible por controlar su erección. Cuando el auto giró en una esquina, aprovechó la leve sacudida para restregarle el culo con más intensidad.
Esta vez, Adriel no pudo evitar reaccionar.
Un leve suspiro escapó de sus labios, tan suave que parecía el sonido del viento colándose por la ventanilla. Y entonces, sintió el cambio debajo suyo. La verga se endureció de un instante a otro. Virginia entrecerró los ojos. Nunca había presenciado una erección tan instantánea. Ahora sentía un falo duro como una roca. Se acomodó de nuevo, y el miembro de su hijo quedó de nuevo entre sus nalgas.
Esa dureza que sentía ahora le parecía fascinante. Mauricio tenía cuarenta, y, por la experiencia que tenía, después de los treinta, los hombres no solían tener una erección tan potente como los jovencitos de veinte años. Había sido infiel las suficientes veces como para saber eso. Entre esas infidelidades, estaba incluida una ocasión en la que se había entregado a dos alumnos. Aquella vez, Virginia también había sentido en su cuerpo esa dureza absoluta.
La situación le provocó una extraña mezcla de excitación y diversión. Aunque también sintió cómo se le empezaba a mojar la bombacha.
—¿Viajás bien, amor? —preguntó Mauricio.
—Sí, no te preocupes —respondió ella.
El auto tomó una curva, y con el movimiento, Virginia se hundió un poco más en el regazo de su hijo.
A Adriel le sorprendió la respuesta de su mamá, y más aún le sorprendió cuando ella giró, para regalarle una sonrisa cálida. El viento sacudió su cabello rubio, y sus ojos celestes brillaron por la luz del sol. Virginia tenía un parecido a su hija. Al menos su rostro era muy parecido. Solo que las mejillas eran algo carnosas, su cara en forma de corazón, con una hendidura en el mentón. Ella volvió a mirar hacia adelante, y con el movimiento restregó de nuevo su gordo culo en él.
Adriel se preguntó si lo estaba haciendo a propósito. Pero luego decidió que Virginia simplemente estaba siendo indulgente con la reacción de su cuerpo. No podía ser que una madre intentara calentar a su hijo a propósito, ¿no?
Ella, mientras tanto, seguía disfrutando de la presión firme de la verga apretándose entre sus nalgas. Se mordió el labio y respiró hondo.
Adriel intentó moverse, buscar una posición en la que no estuviera tan pegado a Virginia, pero cualquier intento solo servía para que la fricción de su verga con ese macizo orto le produjera un increíble placer.
La profundidad de la raya del medio tampoco ayudaba mucho. El miembro del chico se enterraba por completo en ella, a lo largo. Y las dos nalgas hacían presión en la verga. Era casi como si la estuviera penetrando. Como si se estuviera cogiendo a su mamá con la ropa puesta.
Y encima ella no parecía tener ninguna intención de evitarlo.
Tampoco le parecía justo empujarla hacia adelante. Si ella no tenía problemas con sentir su erección, entonces, que se quede ahí, aplastándole la verga. Además, si bien estaba incómodo, también lo estaba disfrutando mucho.
Cada movimiento del auto la hacía reacomodarse, presionándose más contra él. Cada sacudida se convertía en un roce, una fricción calculada que lo hacía arder por dentro.
Apretó los puños contra sus muslos y cerró los ojos un segundo. No podía dejar que esto lo delatara. Pero su cuerpo ya lo estaba traicionando.
Miró a su hermana. Parecía estar en su mundo, pero Adriel sabía que era una chica mucho más despierta de lo que parecía. Le gustaba pasar por una barbi algo boba. Pero Lulú siempre estaba atenta a todo. Seguramente se burlaría de él cuando estuvieran solos. Tal vez también lo celaría. Su hermana menor siempre lo estaba celando.
De todas formas, ahora solo tenía cabeza para lo que estaba sucediendo con su madre.
Desde que Virginia se había sentado sobre él, había sido imposible no reaccionar. El peso de su cuerpo, la calidez de su piel traspasando la tela del pantalón, la forma en que su trasero encajaba justo sobre su verga…
No podía evitarlo. No podía controlar cómo su verga se endurecía más con cada sacudida del auto. Y ella lo sabía. La muy hija de puta lo sabía.
Adriel trataba de comprender por qué su madre no se corría más para adelante, para evitar hacer contacto con su erección. Era cierto que con ese enorme culo sería difícil hacerlo. Pero la manera obscena en la que se apoyaba sobre él, le daba la sensación de que no solo no le molestaba sentir su pija dura, sino que prefería sentirla.
Virginia lo calentaba desde hace mucho. Desde que empezó a desear a las mujeres, no pudo evitar darse cuenta de que su madre cumplía con todos los requisitos estéticos de una hembra a quien todos se querían coger. Le gustaba escabullirse y escuchar cómo su papá la hacía gemir por las noches. De hecho, lo había hecho varias veces junto a Lulú, y ambos lo habían disfrutado mucho. Claro, se limitaban a reírse y a burlarse de los sonidos que oían, susurrando sobre en qué posición debían haber estado cogiendo. Pero él siempre terminaba con una potente erección, que su hermana fingía no ver, mientras que ella también estaba visiblemente excitada. Adriel lo notaba por la forma en que sus pezones se marcaban en su remerita.
Y ahora, en ese asiento trasero, Adriel, que no solía tener dificultades para encontrar una pareja sexual, se deleitaba cumpliendo, aunque sea en parte, una de sus mayores fantasías sexuales. Se estaba cogiendo a su mami por el culo. Claro, tenían la ropa puesta, pero su verga estaba tan hundida entre esas dos nalgas, que la sensación era muy semejante.
¿Qué estaría pensando ella?, se preguntó. Siempre supo que era bastante puta, pero esto no se lo había visto venir. ¿De verdad lo estaba provocando, o solo estaba aceptando lo inevitable dado el espacio tan reducido que había? Fuera como fuese, Adriel no dejaba de disfrutar de ese lujurioso contacto entre sus cuerpos.
Virginia, por su parte, no necesitaba mirarlo para notar cómo su respiración se volvía más entrecortada. Sabía que él había hecho lo posible para no delatar su excitación, pero ahora ya no podía hacerlo. Su cuerpo lo había traicionado, y eso la divertía.
Ya había sentido muchas veces la mirada lasciva de Adriel. Pero el chico nunca se había animado a hacer nada. Virginia se preguntó si a partir de ahora, pasaría algo más entre ellos. Pero, ¿qué esperaba que pasara? No podía pretender que su propio hijo se la cogiera, ¿no? Esto solo era un juego para ella. Además, si aceptaba la posibilidad de que sucediera algo con Adriel, entonces, también sería factible que pasara algo entre Lulú y Mauricio. Pero no, eso no podía ser posible. Esa historia solo se limitaría a las miradas furtivas del pajero de su marido, ¿no?
Los celos la embargaron de nuevo, pero la dureza que sentía abajo la hicieron olvidarse de esos temores.
Su corazón latió más fuerte cuando el auto pasó por otro bache, y su trasero se frotó y se hundió todavía más sobre esa verga que estaba convertida en un fierro caliente. Sus tetas se sacudieron, haciendo un involuntario movimiento sensual.
Sintió la reacción inmediata en el cuerpo de Adriel. Un leve espasmo, un temblor de su miembro, como si quisiera salirse del pantalón y meterse en el culo de su madre. El chico soltó un suave gruñido.
Virginia sonrió en silencio.
—Uff, qué desastre está la calle… —comentó Mauricio desde el asiento delantero, sacudiendo la cabeza.
—Sí… un desastre… —murmuró Virginia, divertida.
Adriel mantuvo la mirada fija en la ventana. No podía decir nada. No sin delatarse. En este punto ya ni se estaba molestando en tratar de desaparecer la erección, sino que simplemente se entregaba al momento.
—Bueno, ya estamos cerca —comentó Mauricio, como si estuviera solidarizándose con él, ignorando que en ese mismo momento le estaban poniendo los cuernos.
Lulú seguía aparentemente absorta en su mundo, mirando por la ventana, tamborileando los dedos sobre su muslo al ritmo de la música.
Virginia apoyó las manos en sus propios muslos, y con una lentitud deliberada, movió apenas su cadera. Una verdadera maldad hacia el pobre chico.
Sintió cómo Adriel apretaba los dientes. Lo estaba volviendo loco.
El auto redujo la velocidad por el tráfico y luego avanzó de golpe, empujando los cuerpos de ambos en una fricción deliciosa. Virginia mordió su labio inferior, mientras el chico seguía sintiendo cómo, la mujer que lo parió, lo estaba estimulador de la manera más inesperada.
Ya faltaba solo unos minutos para que llegaran. El pobre chico estaba atrapado entre dos sensaciones encontradas. La tortura y el placer. La muy puta de su mami removió más el orto sobre él, aprovechando cada mínima sacudida del vehículo, exagerando el movimiento que esto le producía.
Le encantaba sentir que él no podía desaparecer su erección por más que quisiera. Y se dio cuenta de que ella misma tenía la bombacha mojada. Su marido seguía manejando, cada tanto intercambiando alguna palabra con Lulú, totalmente ajeno a lo que estaba pasando a unos centímetros de él. Ya le había metido los cuernos muchas veces, y él también lo había hecho. Pero nunca algo como esto. Restregar su culo en la dura pija de su hijo en sus narices era algo terrible, pero lo estaba gozando. Había algo perverso e irresistible en ello. Como si la traición hubiese llegado a un límite que jamás había atravesado.
Adriel respiraba de manera entrecortada, con el cuerpo rígido, los músculos tensos y el corazón bombeándole con fuerza en el pecho. Intentaba no moverse. Para colmo, tenía una mano sobre su rodilla, lo que hacía que también rozara ese precioso orto con el dedo pulgar. Por momentos incluso lo movía, y se sorprendía por la inacción de ella.
La tela del pantalón de ella no era suficiente para amortiguar el roce. Cada mínimo movimiento, cada ajuste de postura, cada bache que sacudía el auto, lo hacía hundirse un poco más contra su verga, haciéndolo arder de deseo. Intentó pensar en otra cosa, en cualquier otra cosa, pero su mente volvía siempre al mismo punto: su trasero aplastado contra él, su perfume invadiendo sus sentidos, el calor que desprendía su cuerpo.
Virginia, por su parte, estaba completamente relajada. Apoyó un codo en la ventanilla y dejó caer la cabeza con aire despreocupado, fingiendo que la incomodidad del viaje no le afectaba en absoluto. Pero su respiración también era más profunda de lo normal. Sentía cada palpitación de Adriel debajo suyo.
Entonces, de repente, Adriel sintió que la tensión llegaba a su punto máximo. No era solo el contacto obsceno del cuerpo de su madre en él. Era el morbo que esto representaba, estando su padre y su hermana en el mismo espacio. También estaba el hecho de que Virginia no parecía tener ninguna intensión de dejar de montarse a su verga erecta. También era su perfume, su piel rozando la suya, y la sospecha cada vez más firme de que ella lo estaba disfrutando tanto como él.
Fue demasiado.
Adriel apretó los dientes, mientras un estremecimiento le recorrió el cuerpo entero. La sensación de liberación fue inmediata. Cerró los ojos con fuerza y sintió una corriente eléctrica recorrerle la espalda, la tensión acumulada explotando en su interior.
Se preguntó, horrorizado, si de verdad había pasado lo que parecía que pasó. Sintió la humedad en su calzoncillo, y tuvo que reconocer que, en efecto, había eyaculado. El miedo lo invadió. ¿El olor a semen se sentiría en el auto? Por suerte las ventanillas estaban abiertas y estaban a apenas unas cuadras de la casa.
Virginia sintió el temblor debajo suyo, pero no sospechó lo que realmente había pasado, hasta que percibió cómo la verga de su hijo se había ablandado. Al principio pensó que por fin, al estar tan cerca de la casa, el pobre chico había logrado desaparecer la erección. Pero ahora se daba cuenta de la verdad. Adriel había acabado.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios, mientras Mauricio ponía el auto frente a la cochera de la casa. La puerta se abría lentamente.
Se había propuesto calentar a Adriel, pero no había imaginado que iba a ser capaz de hacerlo llegar a un orgasmo.
El auto se metió dentro de la cochera, y la familia empezó a salir de él. En realidad, lo hicieron primero Lulú y mauricio. Se dirigieron al baúl para empezar a sacar las bolsas de la compra.
Entonces Virginia abrió la puerta y salió, sacando primero una pierna, lo que hizo que el peso de su cuerpo se concentrara aún más en su culo, hundiéndose más aún en la entrepierna del chico, antes de dejarlo por fin libre.
Adriel estaba muy incómodo, con todo el semen en su calzoncillo, temiendo que traspasara su pantalón. Se salió del auto todo lo rápido que pudo, y se fue directo a las escaleras.
—¡Ey! ¿No pensás ayudar? —le preguntó Lulú.
—Es que necesito mear —dijo él, subiendo los primeros escalones—. Estuve aguantando todo el viaje —gritó después, aunque los otros apenas lo escucharon.
Adriel se metió en el baño de su cuarto. Se quitó el pantalón y el calzoncillo y se limpió. El semen era increíblemente abundante, y se había enredado en su vello púbico. Al terminar de lavarse, con cierta dificultad, se puso un calzoncillo limpio. No se cambió de pantalón, para no llamar la atención.
Bajó a la cochera, a ver si quedaban cosas por meter en la casa. Justo estaba Virginia, inclinada sobre el asiento de atrás, agarrando las últimas bolsas. Otra vez ese impresionante orto en sus narices. Se acercó por detrás, mientras ella se incorporaba.
—¿Todo bien? —le preguntó Virginia, haciéndose la tonta.
—Sí, todo bien. Menos mal que no te resultó tan incómodo —dijo él, tanteando el terreno.
—Solo fue un poco incómodo por momentos. Pero es normal. Además fue culpa de Mauricio que comprar estas cosas a último momento —dijo ella, señalando con la mirada la bolsa grande y pesada que tenía en sus manos.
—Yo la llevo —dijo él, aliviado de que Virginia haya decidido fingir que no pasó nada.
Agarró la bolsa y, por un instante, sus manos se rozaron. Sus ojos también se encontraron. Adriel vio un brillo malvado en ese azul hermoso de su madre.
Ella subió las escaleras, delante de él, y el chico no pudo evitar deleitarse nuevamente con ese hermoso orto, rememorando lo que había pasado hacía unos minutos, en el asiento trasero del auto. Tragó saliva. Se preguntó si eso sería lo más lejos que llegaría con su madre, o si habría algo más.
Capítulo 2
Unos meses antes de que sucediera el hecho protagonizado por Adriel y Virginia en el auto, esta última experimentó un hecho memorable con su hija, Lulú. Puede que resulte irónico que también haya pasado en un medio de transporte.
Resulta que la pequeña chica había terminado la escuela secundaria hacía poco. Ahora tenían que ir a capital a hacer el engorroso trámite de legalizar el certificado analítico.
Lulú casi no salía de su barrio, Ramos Mejía. No era como uno podría juzgarla con solo verla. No era ni tan sociable ni tan extrovertida como parecía. Y también era mucho más infantil de lo que su imagen de feme fatal podían insinuar. Era una nena de papá. Así que Virginia debía acompañarla a capital, a su pesar.
El auto de Virginia estaba en el mecánico. Y Mauricio se había llevado el suyo, lógicamente. Tenía su estudio de agrimensura a media hora del chalet en el que vivían. Así que se vieron obligadas a ir en colectivo, y hacer el último trecho en subte.
—¿Así vas a ir vestida? —le preguntó Virginia.
La pendeja se había puesto una minifalda de jean, ceñida y extremadamente corta. Arriba un top negro.
—¿Qué tiene? Ya sabés que me visto así. Además, hace mucho calor —dijo la chica.
Virginia admiró la belleza de su hija, como siempre hacía, no sin sentir una pizca de envidia. Era cierto, siempre se vestía así, y también era cierto que hacía mucho calor. Virginia era muy crítica con su hija, pero nunca le había recriminado la manera de vestirse. De hecho, ella misma le había enseñado a llamar la atención, aunque Virginia preferiría un estilo más discreto. Se podía ser sensual sin mostrarse medio desnuda.
Pero ese no era el problema.
—Ya te dije que vamos a viajar en colectivo y en subte —le explicó.
La propia Virginia se había puesto un pantalón negro de lino. Una tela fina y fresca, pero que la cubría por completo. Le hubiera gustado ponerse una pollera. Pero ni loca usaría eso en un transporte público.
—¿Y? —preguntó Lulú.
—¿Sos boluda? —dijo Virginia, indignada—. ¿Querés que te violen?
—Ay, mami, no va a pasar nada —dijo Lulú, exasperada.
Virginia comprendió que no había nada que hacer. La chica era una caprichosa, y claramente no había viajado en colectivo la suficientes veces como para saber del peligro que entrañaba que una criatura tan hermosa como ella viajara en pollerita. Pero se dijo que ya era hora de que aprendiera la lección.
—Bueno, dale, vamos.
El viaje en colectivo fue apacible, al menos al principio, más allá de que ambas se llevaron la atención de todo el mundo. Por suerte, habían logrado sentarse, así que en principio se salvaron de lo que Virginia temía. Eso sí, estando sentada, la minifalda de Lulú parecía aún más corta. Dejaba sus piernas desnudas, casi por completo. El tipo que se paró al lado de ellas no dejaba de mirarlas. Claro, la chica de dieciocho años era lo más llamativo, sobre todo porque se había vestido como una puta. Pero la rubia que la acompañaba era todo una MILF. La idea de que parecieran madre e hija hizo que la lujuria del sujeto aumentara exponencialmente.
—Este pelotudo no deja de mirarnos —le susurró Virginia a su hija.
—¿Y? Dejalo —le respondió Lulú—. Total. Solo nos puede mirar. ¿Te imaginás qué debe estar pensando?
—En cogernos a las dos, ¿en qué más puede estar pensando un hombre que nos mira con esa cara de depravado?
El tipo no alcanzaba a escuchar lo que decían, pero sí las veía murmurar y sonreír. Su verga se puso dura al instante.
—Debe soñar con que le hagamos una mamada las dos juntas. Es lo que les gusta a todos los hombros —dijo la chica.
—¿Y vos qué sabrás lo que les gusta a los hombres? —preguntó Virginia, desafiante.
—Lo suficiente. Además, ya sabés que en lo que respecta al sexo son muy básicos y predecibles. Vos misma me lo enseñaste. Todos los hombres sueñan con cogerse a una chica y a su madre sexi, las dos a la vez. —Miró de reojo al hombre, que parecía tener unos treinta años, y no estaba tan mal—. ¡Mirá, se le puso dura! —agregó después al oído de su madre, entre risas.
—No necesito mirarla. Ya me la hizo sentir varias veces en el hombro, el boludo.
Era cierto, cuando el colectivo doblaba, el tipo se movía hacia adelante y le hacía sentir la erección a Virginia, que estaba sentada del lado del pasillo. La primera vez fue sin querer, pero, como vio que ella no se inmutaba, luego aprovechó los movimientos del colectivo, de la misma manera que unos meses después Virginia aprovecharía los movimientos del auto para restregarle el culo a su hijo. Ella no lo sabía, pero usaría esta experiencia como inspiración de lo que hizo esa tarde de compras.
—¿Y por qué no le decís algo? —dijo Lulú, entre risas.
Al hablar, la chica dirigió la mirada al desconocido, cosa que solo sirvió para que se le pusiera más dura la verga. Esos ojos azules y esas pecas le daban un aire infantil que contrastaba con la sinuosidad de su cuerpo. Por su parte, la madre, con esos ojos también claros, y esas tetas avasallantes, tenía todo lo que le podía faltar a la chica. Lulú tenía razón, el tipo soñaba con tenerlas a las dos arrodilladas, lamiéndole la pija.
—No. Los escándalos me quitan mucha energía —respondió Virginia.
—Entonces no te quejes, mami.
El viaje en subte fue más cómodo. Eran las dos de la tarde, y los vagones iban casi vacíos. Pero no se escaparon de las miradas lascivas de los hombres. Incluso hubo un chico de la edad de Lulú que aprovechó, cuando ambas subían las escaleras para salir de la estación, para mirarle el culo por debajo de la pollera. Se maravilló al ver la tanguita que llevaba puesta.
Por más que Virginia no lo reconociera, en el fondo disfrutaba de que ella y su hija llamaran tanto la atención. Le gustaba que la vieran como un combo, complementándose una a otra. Sabía que, así como a los tipos de la edad de su marido le calentaban las pendejitas como Lulú, también había hombres muy jóvenes que se excitaban especialmente con una mujer que les doblaba en edad. Su experiencia reciente con unos alumnos le confirmaron esa idea. Aún recordaba a esos dos pendejos descarados, sometiéndola. Pero esa era otra historia.
El problema surgió cuando regresaron. Resulta que el trámite de legalización les había tomado más de lo previsto. No porque fuera complicado sino porque había muchísima gente. Luego se detuvieron a tomar algo por ahí.
—Aquel tipo no puede dejar de mirarte —dijo Lulú, mirando de reojo a la mesa que estaba a la derecha.
Virginia lo había notado, y se había sentido halagada porque esta vez había sido elegida por encima de su hija.
—¿Y qué querés que haga? —preguntó Virginia.
—¿Nunca pensaste en cogerte a un tipo, así de la nada? Podrías ir a su mesa, decirle un par de cosas, y seguro te llevaría a un telo —comentó la chica, curiosa.
—¿Me estás cargando? ¿Te olvidaste que estoy casada con tu papá? —preguntó Virginia, mostrándole el anillo en su mano.
—Ya lo seeeee —dijo la chica—. Solo lo digo como una fantasía.
En realidad, Lulú sabía que su mamá era bastante promiscua. Una mujer sabía esas cosas. Y ahora quería hacerle pisar el palito. Cualquier cosa que tuviera en contra de su madre le serviría en el futuro, cuando su papi por fin se decidiera a cogerla.
—De todas formas, no lo haría —dijo Virginia—. Ahora vamos. Ya se nos hizo muy tarde.
Eran ya las cinco de la tarde. Hora pico, en donde todo el mundo volvía del trabajo. Las dos mujeres se metieron en el vagón del subte, que ya de por sí estaba lleno, y luego, con todos los que se subieron en esa misma estación, la cosa llegó al grado de que apenas podían moverse.
Virginia se dio cuenta de que la mayoría de los que la rodeaban eran hombres. Oficinistas, con camisas sin corbatas, algunas arremangadas debido al calor. El olor a sudor se mezclaba con diferentes perfumes. No era un olor que le desagradara, y tampoco a Lulú. Eso sí, la chica se dio cuenta enseguida de que su mamá tenía razón con respecto a la ropa que había elegido.
Lulú recordó una de las célebres frases de Virginia. “Una cosa es ser feminista, y otra cosas es ser boluda”, había dicho una vez. “Obviamente tenemos el derecho de vestirnos como se nos dé la gana. Pero eso no quita que en determinadas situaciones, eso puede conllevar un peligro”.
Y ahora la pobre adolescente no podía más que darle la razón, mientras sentía la mano pellizcando su culo.
Al principio, habían sido simples roces, que ella pensaba que eran naturales dado que estaban obligados a estar todos tan pegados. Pero ahora, quien fuera que la estuviera tocando, se sentía con la suficiente libertad como para manosearle el culo mientras estaba detrás suyo.
El sujeto en cuestión era un hombre anodino, que jamás hubiera tocado un orto tan perfecto si no fuera de esta manera. Había tenido suerte de quedar justo detrás de Lulú. Se había sorprendido al notar ese culo tan pulposo en esa chica tan menuda. Era como si toda la carne que le faltaba al resto del cuerpo se hubiera concentrado en esas dos nalgas. No podía creer su suerte. Ya tenía la verga dura, y, ante el silencio de esa princesita, siguió tocando.
No obstante, sabía que la chica no estaba cómoda. Se daba cuenta de ello. No era que lo estuviera dejando manosearla porque le estuviera gustando precisamente. Era una de esas boluditas que no querían hacer un escándalo. Mejor para él. Además, la nenita estaba inmóvil, incapaz de escaparse de sus garras. Así que se dio el gusto de manosearla como quiso. Los cuerpos de los otros tipos que rodeaban a la chica funcionaban como pantalla. La mayoría les daba la espalda, y, los dos o tres que podrían estar notando lo que pasaba, fingían ignorarlo. Pocas veces este degenerado tendría tanta suerte.
Por su parte, Virginia no tuvo mejor suerte. A ella no la estaban manoseando. Pero el tipo que estaba detrás de ella, le apoyó la pelvis. La mujer sintió cómo, de un momento para otro, el desconocido tuvo una erección, haciéndole sentir la verga dura en su orto.
Virginia resopló, fastidiada. En el colectivo había dicho que no quería hacer un escándalo. A veces era mejor que los tipos hicieran sus cosas y ya. Pero esto era demasiado alevoso. Sentía cómo la verga del desconocido se restregaba en su culo, como si pretendiera cogérsela a través del pantalón (Sí, muy parecido a lo que pasó con Adriel, solo que en esa ocasión ella había sido la abusadora).
Sintió cómo la ira le subía a la cabeza. Estuvo a punto de insultar al tipo, de decirle que la soltara, hasta que vio a su hija.
Lulú tenía los ojos brillantes y abiertos por la consternación. Había quedado un poco alejada de su madre, y ahora Virginia solo podía verle el rostro. Sin embargo, notó que había un tipo detrás suyo. No parecía estar apoyado a la chica, como le pasaba a ella, pero, en un momento vio en qué dirección parecía ir el brazo del tipo, y entonces dedujo que su niña estaba siendo manoseada.
“Se lo advertí”, pensó, con exasperación y malicia.
Era una buena manera de darle una lección a esa mocosa. Si tanto le gustaba andar calentando pijas, le iba a pasar cosas como esta todo el tiempo. Debía aprender, y este era un buen momento para hacerlo.
Así que debió descartar sacarse de encima a su propio abusador. Si lo hacía, el otro se sentiría alarmado y soltaría a Lulú. Claro, quizás con ese manoseo ya había tenido suficiente. Pero el resentimiento que le generaba la certeza de que la pendeja estaba seduciendo a su marido, que a su vez era el propio padre de la chica, la hicieron decidirse a alargar el momento. Que la putita aprendiera, y de paso sufriera un poco.
El tipo que tenía detrás pareció intuir su resolución, porque ahora la agarró de las caderas y empujó su pelvis contra ella. Para colmo, esta vez su verga apuntaba hacia adelante, y no hacia arriba, por lo que si antes parecía que la estaba cogiendo, ahora aún más. Era como si el tipo se quisiera hacer paso, a través de la delgada tela del pantalón de Virginia.
Lulú, mientras tanto, estaba sufriendo más de lo que esperaba. No solo era que el tipo de atrás no paraba de acariciarle el orto. Ahora, uno de los tipos que había percibido lo que pasaba, se animó también a manosearla. Ahora eran dos manos que estaban encima de su pollera. El primer abusador no había tenido problemas en compartirla.
Lulú recordó entonces otra de las máximas de su mamá. “A todos los hombres les gusta la violación grupal. Solo fíjate qué tipos de videos porno son los más populares”. Ella le había discutido a su mamá. Le había dicho que no todos los hombres eran así y, además, una cosa era ver un video porno, y otra cosa era hacerlo. “No entendés. En grupo, los hombres no actúan de manera racional. Mucho menos cuando están excitados. Solo fíjate las noticias de violaciones grupales. ¿Pensás que son casos en donde se da la casualidad de que un montón de violadores se convierten en amigos? ¿No es más razonable pensar que, en determinadas situaciones, los hombres actúan como animales salvajes?”.
Ahora Lulú pensaba que quizás su mamá tenía razón. Aunque, de todas formas, podía ser que en este caso la estaban manoseando solo porque pensaban que ella los estaba dejando. Después de todo, no había hecho nada para liberarse.
La hermosa adolescente miró alrededor. ¿Dónde estaban las viejas metiches cuando se las necesitaba? No había ninguna en el vagón. Seguro que una vieja puritana terminaría todo con un grito de indignación. Pero no había ninguna.
Miró a su mamá de nuevo, pero no quería que ella la viera así.
Entonces sucedió algo aún peor, aunque, en cierta forma, también fue mejor. Una de las manos se metió por debajo de la pollera. Sintió la caricia en su muslo y, por primera vez, el placer atravesó su cuerpo. Le volvía loca que acariciaran sus piernas, sobre todo sus muslos. Los tipos siempre iban por el culo, pero este, al menos de momento, se había concentrado en su muslo, cosa que la sorprendió.
No tardó en darse cuenta del motivo. La pollera que tenía era muy corta, sí. Pero era también de una tela rígida, y bastante ceñida, lo que no hacía del todo fácil que el abusador llegara a su verdadero objetivo. No obstante, la mano siguió subiendo, haciendo que la pollera se arrugara y se levantara.
Ella, en un gesto instintivo, apoyó las manos en la prenda, y se inclinó levemente hacia adelante, con la ingenua intención de que la minifalda quede aún más pegada a su figura y así evitar el avance. Grave error, porque con ese movimiento puso su culo en pompa, y la parte de atrás de la pollera se levantó más, dejando que la mano avance con facilidad.
Entonces el tipo (el primero que la había manoseado), se encontró con el glorioso orto de esa adolescente tan putita y sumisa con la que se había cruzado. Sabía que se había sacado la lotería, pero aún así no alcanzaba a dimensionar su suerte. Años después, cuando muriera de un infarto, con apenas cuarenta años, en sus últimos momentos de vida recordaría esa tersura, esa redondez perfecta y esa suavidad extrema. Nuca había tocado un culo tan hermoso como ese, y nunca lo volvería a tocar.
El segundo tipo, animado por lo que hizo el otro, también metió la mano dentro de la pollera. Ahora Lulú sentía a esos dos desconocidos disfrutando con locura de sus nalgas. Cada tanto, acariciaban sus muslos, lo que hacía que disfrutara de esa vejación, al menos por momentos.
Muy cerca, un espectador (por ahora) se deleitaba con la imagen. Resultaba muy erótico cómo esas manos se metían dentro de esa pequeña pollera, e invadían a esa pobre chica, que no se mostraba cómoda, pero que tampoco se animaba a apartarlos.
Los tipos estaban enloquecidos. La pendejita no solo se había puesto esa pollerita para viajar en subte, sino que la muy puta tenía una tanguita diminuta. Casi estaba pidiendo a gritos que se la cogieran ahí mismo. Sentían la humedad de la precaria tela, pensando que era sudor. Pero en realidad no era solo eso. Lulú estaba gozando lo suficiente de esas manos intrusas como para que la hicieran largar flujos.
Tenía experiencia en exhibicionismo, así que no es que la preocupara el contexto en el que estaba sucediendo todo. Había masturbado a uno de sus primeros noviecitos en una plaza, y los cuidadores del lugar los habían echado. De todas formas, esperaba que nadie más se diera cuenta. Aunque sabía que había al menos dos mirones que estaban lo suficientemente cerca como para entender qué estaba pasando, y le clavaban los ojos a cada rato. Además, en ese punto la pollerita ya se había levantado mucho, y ella estaba casi en culo.
Mientras tanto, Virginia recibía las embestidas del tipo que tenía detrás. La verga se hincaba una y otra vez en su orto. En un momento, miró alrededor, y vio que un par de hombres más se la habían arrimado, haciendo de escudo humano, para que el resto de los pasajeros no vieran al que le estaba encajando la pija.
Se preguntó si eran compañeros de trabajo, si lo conocían de algún lado, o si solo se habían unido a él por el morbo que les provocaba la escena. Solidaridad masculina. Lo que le llamaba más la atención era que ningún otro le pusiera mano aún.
Al igual que su hija, la excitación de Virginia estaba haciendo que ese abuso no fuera un hecho traumático, sino algo diferente, una mezcla entre retorcido y erótico. Estaba caliente, sí. Y las insistentes embestidas de ese tipo, al que todavía no le había visto la cara, le estaba gustando cada vez más.
Miró de nuevo a su hija, y se dio cuenta de que ella también estaba rodeada de una pequeña multitud que seguramente la estaba manoseando. “Y la muy pelotuda con minifalda”, pensó, ahora, con cierta preocupación. Si embargo, cuando vio la expresión de lujuria que tenía la chica, se alivió. Ella misma le había enseñado que a veces, lo mejor era dejar que los hombres hicieran lo que querían y ya. Para la próxima, si Lulú no quería que se aprovechen de ella, no volvería a viajar en transporte público con tan poca ropa. Era injusto, claro, pero la vida no era justa.
Todo esto sucedió en apenas unos minutos, entre una estación y otra. Cuando el tren frenó, ambas creyeron que por fin se iban a liberar de esos tipos. El espacio se liberó, por lo que ya no podrían seguir haciendo eso, ¿no? Pero claro, se equivocaban, porque la gente que salió del vagón, fue reemplazada inmediatamente por otros pasajeros.
Y encima Lulú cometió un error grave. Al recuperar algo de movilidad, se acercó a su mamá. Sus acosadores la siguieron. Ahora, tanto los que estaban alrededor de Virginia como los otros, formaron un único círculo en torno a ellas, quienes quedaron enfrentadas. Los nuevos pasajeros hicieron su parte, empujando, para que ellas quedaran completamente inmovilizadas por los cuerpos de esos tipos.
En total eran siete, y se cerraban en ellas de tal manera, que nadie más sospecharía lo que estaba pasando.
Ahora Virginia dejó de sentir la pija presionando sobre ella. En su lugar, había tres manos que magreaban su culo con una obscenidad absoluta. Los dedos pellizcaban sus nalgas, y algunos dedos se metían en la profunda raja de su orto, gozando de frotarlo en la costura del pantalón.
Estaba pegada a Lulú. Las tetas enormes presionando con los tersos senos de su hija. Notó los pezones erectos de la chica. Sus ojos celestes se encontraron. No dijeron nada, pero ambas se daban cuenta de que la otra estaba sufriendo (y disfrutando) lo mismo.
—De dónde salieron estas putitas —escuchó decir a uno de los tipos que estaban detrás de su hija.
Vio por encima del hombro de Lulú, cómo también era invadida por tres manos. Solo que estas se metían dentro de la pollera de la chica. La imagen le resultó muy erótica.
Lo que no alcanzaba a ver Virginia, era cómo uno de los tipos, el primero que había manoseado a Lulú, corría la tanga húmeda a un lado, y le hundía un dedo en su sexo. La chica dio un respingo, y apenas pudo contener un gemido.
—Mami… —murmuró.
—Sh, ya va a terminar —dijo Virginia.
Los tipos estaban enloquecidos. No entendían cómo podían tener tanta suerte de encontrarse con dos mujeres así, que se dejaban manosear. No eran unas putas, comprendieron. Eran algo mucho más especial.
Uno de ellos, el que le había estado hincando la pija, se bajó el cierre de su pantalón. El glande asomó, y, sin que tuviera que tocarse, el semen salió disparado en el pantalón de la mujer. Los otros no daban crédito a lo que había hecho. Pero Virginia no se dio cuenta de lo que acababa de pasar.
En un momento, ejercieron tanta presión sobre ellas, que quedaron aún más pegadas. Sus rostros enfrentados. Tuvieron que correr la cara a un lado para no darse un beso. Pero sus tetas se frotaron con más intensidad que antes.
Mientras tanto, el tipo detrás de Lulú no dejaba de cogérsela con el dedo, y los otros dos acariciaban con desesperación esas perfectas nalgas, tan carnosas.
Alguien más se bajó el cierre del pantalón, y esta vez Virginia se percató de eso. Otro, llevó su mano a los senos de la mujer, magreándolos con violencia. Mientras lo hacía, con la cara externa de la mano frotaba las tetas de Lulú, pues había metido la mano en medio de las dos. Ese gesto hacía gozar a la pendeja, que tenía los pezones increíblemente sensibles. Eso, junto al estímulo en su sexo, la estaban llevando al éxtasis.
Virginia vio la expresión lasciva de su hija, y se dijo que, después de todo, se había equivocado. Esta experiencia solo serviría para que la pendeja se hiciera más putita.
El tren tomó una pronunciada curva, y ella supo que estaban llegando a otra estación. Todavía faltaban algunas más para que se bajaran, pero entendió que, si se quedaban más tiempo ahí, se las iban a coger en manada.
—Basta, suéltenme o les juro que hago un escándalo y se van todos presos.
Lo dijo en voz baja, dándoles la oportunidad de irse sin ninguna consecuencia.
—Sí —dijo Lulú—. Ya me estuvieron tocando todo el tiempo. Por favor, suéltenme.
Tenía los ojos brillosos. Los tipos se miraron entre ellos, como si no entendieran qué bicho les picaba a esas dos locas. Pero algunos de ellos sí admitieron para sí mismos que habían estado abusando de ellas, y les pareció un buen momento para escaparse, antes de que esa voluptuosa madre se enojara de verdad.
Así que tres de ellos se fueron alejando, y, cuando se abrieron las puertas al parar en la estación, las chicas se vieron por fin libres.
—Vamos —le dijo Virginia a Lulú, agarrándola de la mano, tirando de ella, para salir del tren.
La adolescente, con la mano libre, se acomodó la pollera. Lo que no pudo acomodarse fue la tanga, que quedó a un lado, dejando su sexo expuesto.
Caminaron, entre el gentío, hacia la salida de la estación. Entonces Lulú vio la mancha en el voluminoso orto de su madre. Un hilo grueso de semen se deslizaba en cámara lenta por una de sus nalgas.
—Mami, pará —le dijo, apretando su mano para detenerla.
—Qué —dijo Virginia, algo exasperada porque el castigo a su hija no le había salido bien.
Lulú se acercó y le habló al oído.
—Te acabaron en el culo —le dijo la chica, regodeándose un poco por la humillación que había pasado la otra.
Abrió la diminuta mochila que llevaba y sacó unos pañuelos descartables. Los pasó por el trasero de su madre. La mayoría de las personas no les prestaban atención, porque bajaban a toda prisa por las escaleras. Pero algunos se quedaron mirando cómo esa chica hermosa acariciaba el orto de esa MILF.
Lulú hizo un bollo del papel lleno de semen, y lo tiró en el primer tacho de basura que encontró.
Al salir de la estación, se encontraron con el bullicio de la ciudad.
—Vamos a tomarnos un Uber. Nos va a costar una fortuna, pero no pienso ir de nuevo en subte, ni en bondi —dijo Virginia.
—Está bien, mami —dijo Lulú, que ahora parecía una niña inocente.
Mientras ponía la dirección en el celular, se dio cuenta de algo.
—Lulú, ¿qué ropa interior llevás puesta?
La chica dudó un instante.
—Una tanga, ¿por?
—¿Vos sos boluda? —le dijo, irritada—. Te pusiste esa pollerita y encima no tuviste la inteligencias de ponerte un short, u otra ropa interior que no sea tan diminuta… No lo puedo creer.
—Bueno, es que no sabía.
—Claro que lo sabías. Sabías que podía pasar esto. Por más improbable que sea, sabés que puede suceder. —Después de un rato, sintiendo algo de pena por su niña, le preguntó—: ¿Te penetraron?
—Sí —murmuró.
—Bueno, al menos no la pasaste tan mal, ¿no? —dijo después—. Hiciste bien. Te apoderaste de una situación adversa, y la convertiste en algo que no sea traumático.
Virginia sabía muy bien de eso. Muchas veces, cuando era una niña tonta como Lulú, se había entregado a tipos que, si no lo hubiera hecho, la poseerían por la fuerza. A veces simplemente había que cerrar los ojos y dejar que la tormenta pasara.
—En dos minutos llega —dijo entonces—. De esto ni una palabra a tu papá, ¿okey?
—Obvio —dijo la chica—. Vos también lo disfrutaste, ¿no?
—Solo me dejé llevar en una situación inevitable.
Ambas sabían que era una mentira. Podían haber terminado todo con un simple grito. Prefirieron ser abusadas antes que protagonizar un escándalo. Y la resignación no tardó en convertirse en placer.
Se subieron al auto. Claro, guardarían el secreto. De la misma manera que Virginia no le contaría a Mauricio lo que en unos meses sucedería con Adriel en el auto; de la misma manera que mauricio no le contaría a ella de una situación sumamente erótica que había tenido con su hija hacía poco. La familia Nilsen tenía muchos secretos entre ellos. Los únicos que eran sinceros eran Lulú con Adriel. Ellos compartían muchas cosas, incluso los deseos incestuosos que sentían por sus padres.
Capítulo 3
Cuando Mauricio veía a su hija con sus amigas, se preguntaba quién carajos de cogía a esas pendejas. Porque alguien debía hacerlo, ¿no? Alguien debía saborear esos caramelitos. ¿Y quién se cogía a su querida hija?
Era normal ver a chicas de dieciocho años con los cuerpos perfectos por la casa. Como solía pasar, al ser Lulú tan linda y sexi, se rodeaba con amigas igual de lindas. Bueno, en realidad ninguna estaba tan buena como su hija. Algunas tenían el rostro hermoso, otras tenían un culo espectacular. Pero ninguna era tan linda como Lulú, y ninguna tenía ese imponente orto.
¿Cuándo había crecido tanto su princesa?
Unos días después de que Virginia hizo eyacular a su hijo restregándole el orto en su entrepierna, Mauricio vio algo perturbador en Instagram.
Notó que el redondel de la historia que había subido su hija, estaba en verde. A sus cuarenta años usaba bastante las redes sociales, así que sabía lo que eso significaba.
Era un tipo atractivo, rubio, barbudo, con los músculos aún marcados, sobre todo los de su brazo. Solía levantarse a chicas mucho más jóvenes, aunque no tanto como Lulú y sus amigas. No por ahora.
Estaba en su estudio de agrimensura, a punto de volver a la casa. Tocó sobre la historia de su hija, y entonces vio algo que lo impactó.
Era una foto de Lulú en tanga. No es que no la haya visto así antes. De hecho, últimamente la veía así con regularidad. Solía pasearse frente a él con las prendas más diminutas y sensuales. Mauricio se deleitaba mirándole el orto, y sentía culpa cuando tenia una erección. Para ser justos con él, era el que menos pensamientos incestuosos tenía. Pero en los últimos meses se estaba obsesionando con la sensualidad de su hija.
Y ahora esto.
En la foto, Lulú estaba solo vestida con una tanga diminuta que se perdía en la raja de su orto. Estaba parada, tenía el torso girado, por lo que podía verse uno de sus senos desnudo. Tenía el cabello castaño suelto, sus ojos claros brillaban con sensualidad. Tenía una expresión de lascivia evidente.
Sentado en su escritorio, Mauricio sintió cómo la verga se le endurecía al instante. ¿Por qué había subido eso? ¿Por qué lo había agregado a mejores amigos? Era un error, evidentemente, pero no podía creer que la niña de sus ojos subiera semejante foto.
Sabía que no era virgen. No era tan imbécil para creer algo así. Pero no imaginó que fuera la clase de chica que subía fotos desnuda. Sintió un frío en el corazón. No debía sorprenderlo tanto. Sabía muy bien que no era chica angelical que a él le gustaría que fuera. Pero, aún así…
De repente, recordó la vez que le dijeron que había estado teniendo conductas exhibicionistas en una plaza. No le había contado nada a Virginia, por que Lulú se lo había suplicado. Pero en cambio, le había dado unas cuantas nalgadas, cosa que no había hecho desde que era una niña.
Aún recordaba la sensación de su mano en ese precioso orto, y también recordaba la erección inevitable que había tenido. Lulú estaba con la ropa del colegio. Él la había puesto en su regazo, le había levantado la pollera tableada, y la había azotado cinco veces. Había gritado, mientras él le dejaba las nalgas rojas, con las marcas de sus dedos.
Y ahora parecía que su princesa necesitaba un nuevo correctivo.
Se dio cuenta de que tenía el dedo apoyado en el celular, por lo que la imagen de Lulú no desaparecía, al igual que su erección. Pero, cuando finalmente lo soltó, apareció otra foto. Se percató de que su hija había subido cinco historias. Se preguntó quién carajos era su verdadero destinatario. Quien quiera que fuera, era alguien que se estaba cogiendo a su niña. Alguien por quien ella era capaz de hacer una estupidez como esa.
Sintió celos.
En esta segunda foto, ella estaba de frente a la cámara, sentada en una pequeña silla de madera, con las piernas separadas. Ahora veía cómo la tela se colaba en la ranura de su sexo. Los senos parecían estar hinchados por la excitación. Esta vez miraba a la cámara con una expresión neutra, aunque también había cierto aire aniñado en su mirada. Las pecas de su rostro se veían perfectamente, lo que, de alguna manera contrastaba radicalmente con la sensualidad de su desnudez. Mauricio sintió cómo su verga temblaba dentro del pantalón.
Su secretaria ya se había ido, por lo que estaba solo en la oficina. Se aseguró de cerrar la puerta con llave. Luego volvió a sentarse, para seguir viendo las fotos de su princesa.
Se desabrochó el pantalón mientras veía la tercera foto. En esta estaba boca abajo, con la cara angelical en primer plano, y ese pomposo culo a la vista, con una tanguita negra, infartante. Vio las otras dos, mientras se masturbaba. En cada una de ellas tenía una cara de puta insoportable. Ya no quedaba nada de la niña inocente que exigía su atención. Ahora era todo una mujercita.
Luego las vio de nuevo. Decidió sacarles capturas de pantalla, no fuera a ser cosa que luego Lulú le negara que las había subido, aunque, en el fondo, sabía que las guardaba principalmente para deleitarse con ese contenido pornográfico en otro momento.
Se dijo que debía guardarlas muy bien. En principio las subió a la nube. Y las puso dentro de una carpeta que a su vez estaba en otra carpeta. Virginia no podía saber de sus deseos prohibidos por su hija adolescente. Claro, él sabía que intuía de sus infidelidades, como él también sospechaba que su mujer también lo había engañado alguna que otra vez (no tenía idea del verdadero grado de emputecimiento de la mujer). Pero esto era diferente.
Sacó del cajón un paquete de pañuelos descartables, mientras seguía sosteniendo el celular con las fotos pornográficas de su nena. El semen salió disparado, y la mayor parte cayó sobre el papel, extendido, que ahora tenía sobre la palma de la mano. Usó otro para terminar de limpiarse. Se sintió culpable por sus deseos impuros, aunque, en el fondo, sabía que iba a volver a masturbarse pensando en la chica. Era la única manera de apaciguar sus deseos prohibidos. La única forma de no terminar haciendo algo mucho peor que hacerse una paja con sus fotos.
Mientras tanto, Lulú estaba en su dormitorio, revisando si los destinatarios de sus historias la habían visto. En realidad, solo habían sido dos. Su papá y un profesor de contabilidad del curso de ingreso que estaba haciendo en la universidad.
El profesor le había dado like a dos de las fotos, aunque no le había mandado ningún mensaje. Si lo hacía, ella le iba a poner algo así como que en realidad las había subido para otra persona, le pediría disculpas, y, si el profesor era lo suficientemente inteligente, aprovecharía la situación para seducirla.
En cambio solo había puesto me gusta a esas fotos. No era lo que quería, pero se sintió satisfecha al saber que, en la próxima clase, habría una terrible tensión sexual en el aula. Lulú no había decidido si de verdad se lo quería coger, pero le encantaba que los hombres mucho más grandes que ella comieran de su mano.
De todas formas, lo que más le interesaba era la reacción de su padre. Ya desde hacía rato había comenzado su intento de seducción. No estaba segura de por qué lo hacía. Claro, había tenido muchas fantasías sexuales con Mauricio, pero aún veía como algo impensable concretarlas. Eso sí, disfrutaba mucho cuando él la devoraba con la mirada. Incluso frente a su madre a veces no podía contenerse.
Y todo se había vuelto más intenso cuando ella empezó a bajar todos los días, cerca de la medianoche, a tomar un vaso de leche. Normalmente Mauricio estaba solo, y ella le regalaba una excelente imagen de su orto, ya que solo bajaba en tanga y con una remerita. Era muy divertido ver a su padre haciendo un esfuerzo por mostrarse imperturbable.
Otras veces, solo para molestarlo, se sentaba al lado de él mientras tomaba el vaso de leche. Mauricio la miraba de reojo, mientras trataba de conversar sobre cualquier cosa. En varias de esas ocasiones, Lulú vio cómo la verga de su padre se endurecía. Eso la divertía y también la excitaba.
Ahora, mientras practicaba los ejercicios de matemáticas del curso de ingreso, se preguntaba si no se había excedido con las fotos que había subido. Como ya comprobó que los dos destinatarios la habían visto, las eliminó. ¿Debería mandarle un mensaje al padre diciéndole que se había equivocado? Se dijo que no. En todo caso, le diría eso cuando él se lo preguntara.
Veinte minutos después Mauricio llegó a la casa. Sabía que Virginia estaría aún en la escuela. Los miércoles daba clases en el turno nocturno, aunque igual solo eran un par de horas. Nunca le había gustado que le diera clases a chicos tan grandes. Estaba claro que todos se distraían mirándole el culo. Mauricio no recordaba haber tenido una maestra tan sexi como su esposa. Lo que él no sabía, sin embargo, es que los alumnos que se había cogido Virginia no eran los de turno nuche, ni tampoco eran tan grandes. Pero esa es otra historia, al igual que la corta aventura de Mauricio con su anterior secretaria.
Al llegar a casa, dejó el maletín en el living, y al no ver a Lulú por la casa, fue directo a su dormitorio.
—Lourdes —le dijo cuando entró—. Bajá, tenemos que hablar.
Que la llamara por su nombre, y que hubiera entrado sin golpear, era señal de que estaba de verdad molesto, o que al menos estaba fingiendo estarlo, comprendió Lulú.
Y la chica no estaba errada. Mientras Mauricio bajaba por las escaleras, no dejaba de pensar en la sensual, y a la vez natural, posición en la que estaba su hija. La había encontrado boca abajo, mientras escribía algo en un cuaderno de la facultad. Llevaba un short de jean, de esos bien cortitos, que le marcaban el culo de una manera espectacular. Arriba, una remera gris que le dejaba el ombligo y la espalda baja desnudos. Luego giró para mirarlo. El cabello castaño estaba atado a una cola de caballo. Lo miró con cierto temor, y quizás vergüenza. Pero se dijo que no debía ceder. Debía ponerse firme.
La chica bajó, conteniendo la risa. Le encantaba ver a su papi tan serio. Y le hubiera gustado aún más verlo mientras descubría las fotos. Ya sabía que Mauricio era muy asiduo a Instagram. Incluso una de sus amigas, Luisana, una vez le dijo, entre risas, que le había puesto like a una foto provocadora que había subido. Era un viejo verde. Aunque, en realidad, no era ningún viejo, y estaba muy bueno. Lulú sabía que Luisana se cogería a su papá si un día se daban las condiciones. Claro, ella no se lo permitiría. Por eso, desde que su amiga le dijo eso, no le invitaba más a su casa.
—¿Tu hermano está en casa? —le preguntó, percatándose de que debió asegurarse de eso antes.
—No, Adri salió con sus amigos. Dijo que iba a cenar por ahí.
Ella era la única que lo llamaba Adri. A su mamá no le gustaba llamarlo así, porque decía que si lo hacían, todo el mundo pensaría que se llamaba Adrián. Y ese era un nombre demasiado común. En cambio, Adriel era un nombre lo suficientemente bello y exótico, como para decirlo completo. Cosas de madres. A ella no le importaban esas tonterías.
—¿Me querés decir por qué me mandaste esas fotos? —preguntó él.
Ella notó que estaba mucho más nervioso y avergonzado de lo que debía estar. Así debería sentirse ella, en teoría. Sin embargo, estaba disfrutando del momento.
—No te las mandé. Las subí a mejores amigos, y, por error, te agregué a vos. Perdón.
Juntó sus manos como si estuviera rezando. Lulú estaba frente a su padre, quien estaba sentado en el sofá. Él veía sus piernas kilométricas y sus caderas sinuosas. Las tetas paradas se marcaban perfectamente en esa remerita.
—Ya sé que no pretendías que yo las viera —dijo Mauricio, aunque, una parte de él, deseaba ardientemente ser el destinatario—. Lo que quiero saber es para quién te las hiciste, y por qué.
De pronto, Mauricio se dio cuenta de que el hecho de haber visto todas las fotos podía jugarle en contra. Se suponía que con solo ver la primera, o a lo sumo las dos primeras, ya quedaba en claro cuál era el contenido de esas publicaciones. ¿Por qué mirar las otras? Tragó saliva. Por suerte, ella no pareció notar ese detalle, o, al menos, no le pareció relevante.
—Para un chico con el que estoy saliendo —dijo ella, mintiendo—. Para él las subí.
Mauricio mantuvo el ceño fruncido, haciendo todo lo posible por mostrarse severo. Le costaba mucho, no solo porque en realidad estaba muy erotizado con esas fotos, sino porque ella siempre había sido su debilidad. Nunca había podido estar realmente enojado con Lulú, ni siquiera cuando se veía obligado a castigarla.
—¡¿Estás loca?! ¡¿Cómo vas a mandarle fotos íntimas a un tipo?! ¡Sabés muy bien que pueden compartirlas! ¡Podrían haber miles de personas viéndote en pelotas!
—Hoy las cosas no son así —se defendió ella—. Si él expone mis fotos, cosa que sé que no va a pasar, el que quedaría mal es él, no yo. Hasta podría ir preso.
Se enzarzaron en una discusión durante unos minutos. Mauricio se sorprendió por los argumentos elocuentes de su princesa. Pero él se puso firme. Cuando ella pareció estar ganando la discusión, Mauricio sacó su haz bajo la manga.
—Bueno, vamos a preguntarle a tu mamá, a ver qué opina.
Lulú hizo un puchero, y, después de mucho tiempo la miró como una niña. Pero eso solo duró un momento. Bastaba con ver sus piernas torneadas, su short ridículamente pequeño, y los pezones marcándose en la remera, para que volviera a verla como esa adolescente terriblemente sexi que lo hacía pensar en cosa prohibidas.
Pero entonces Lulú fue la que decidió mostrar sus cartas. En realidad, tenía su papá justo donde quería, solo que él no lo sabía.
Llevó una mano a su short. Lo desabotonó, y luego bajó el cierre. Mauricio pudo ver la tela blanca de su ropa interior. No entendía qué estaba pasando. Ella continuó, ahora bajándose el short. Lo hizo lentamente, meneando las caderas levemente, en un gesto apenas perceptible.
El hombre vio, atónito, como la diminuta prenda de jean descendía por las tersas piernas de su hija. Tragó saliva. ¿Acaso estaba pasando lo que él creía que estaba pasando? Y, si fuera así, ¿no debería detenerla?
Lulú levantó el short, en un movimiento elegante y sensual, y lo dejó sobre uno de los sofás. La verdad es que Mauricio ya estaba acostumbrado a verla así. Bueno, no exactamente acostumbrado, pero casi todas las noches su nena aparecía en tanga mientras él miraba el televisor. Solo que eso tenía una explicación. Ella dormí así, en remera y tanga. Y si se levantaba era porque le agarraba sed. No había nada raro en ello. Pero esto era diferente. Ahora su princesa se había despojado de su prenda frente a él. Vio, atónito, cómo se le acercaba, con movimientos felinos.
—Lu —fue lo único que pudo decir.
Sabía que si no ponía un límite, la cosa se iba a ir a la mierda. Lulú lo calentaba, eso lo tenía claro. Pero, ¿estaba listo para cometer unos de los actos más tabúes del mundo?
Y, sin embargo, no pudo articular ninguna otra palabra. La chica se detuvo frente a él. Estaba seria, algo triste, como si lo que iba a hacer fuera inevitable.
Entonces, se subió encima de él.
Al principio Mauricio se quedó perplejo. Lulú se había puesto en una pose un tanto extraña considerando que se suponía que se estaba entregando a él. Extendió su cuerpo sobre el regazo de su padre, boca abajo, dejando su culo en pompa.
Mauricio lo vio, fascinado. Hacía mucho que no tenía esas hermosas nalgas tan cerca. Sintió que el sudor recorría su espalda. Se mordió el labio inferior. La tanga blanca apenas la cubría. Una diminuta tela estaba hundida entre sus nalgas, sepultada en las profundidades de su orto. Por su parte, su sexo también estaba siendo violado por esa prenda tan sexi. La raja de su vagina se le marcaba pornográficamente, mientras la delgada tela se hundía en ella. Y, para colmo, uno de sus labios vaginales estaba apunto de escaparse.
Sintió cómo su corazón se aceleraba, y su verga se endureció al instante.
Ahí la tenía, como tantas veces había soñado. Bueno, en realidad, no había imaginado tenerla en esa posición. En sus fantasías, se la metía con todas sus fuerzas por detrás, mientras ella estaba en la posición de perrito. Pero, fuera como fuera, solo tenía que correrle la tanguita a un lado y…
—Dale, ¿me vas a castigar o no? —preguntó la chica de repente.
Había girado la cabeza levemente, y ahora lo observaba con esos penetrantes ojos celestes. En eso se parecía a su mamá. Podía tener un cuerpo perfecto, y un rostro angelical, pero sus ojos, de vez en cuando, se llevaban toda la atención.
Mauricio frunció el ceño, tratando de entender lo que su princesa le estaba diciendo. Lulú volvió a girar, para que él no lo viera, pues estaba conteniendo la risa. Para hacerlo sufrir más, levantó más el culo. Sabía perfectamente la imagen pornográfica que le estaba regalando a su papi., y disfrutaba de la confusión que le había generado.
Entonces, él por fin lo entendió. Recordó nuevamente esa vez que se enteró de que la niña de sus ojos andaba haciendo pajas a su noviecito en plena plaza. Instintivamente, le había dado unas buenas nalgadas, cosa que solo sirvió para que la pija se le pusiera dura, igual que ahora. De eso ya habían pasado unos años. Pero desde entonces Lulú no había cometido ninguna travesura como esa. Al menos no una tan grave. Así que era entendible que, ahora que sabía que debía ser castigada, debía recibir unos buenos azotes en el orto nuevamente, ¿no? Al final, era por eso que se había colocado en esa posición.
En esa situación tan inverosímil, eso, de alguna manera, parecía lo más razonable. Mauricio se sintió aliviado de haberse dado cuenta en el último momento, pues estaba a punto de cometer un gran error. Aunque también sintió una fría decepción, al percatarse de que no se iba a coger a su hija, después de todo.
Se aclaró la garganta.
—No me digas cómo hacer mi tarea —dijo por fin, y se sintió orgulloso de que las palabras le salieran tan claras—. La última vez fueron cinco, ¿no? —agregó después, recordando las cinco nalgadas que le había dado—. Pero ahora sos más grande, así que… van a ser ocho.
—¡Ay, no papi! —gimoteó ella—. Al menos no me des tan duro como esa vez.
Por toda respuesta, Mauricio dejó caer la palma de la mano sobre uno de los gordos glúteos de su hija. Ella chilló de dolor, aunque, sin que él lo supiera, también sentía placer.
Lulú era muy joven, pero ya había tenido suficientes experiencias sexuales como para tener en claro qué cosas le gustaban. No se consideraba una sadomasoquista, pero había algunas cosas de ese mundo que sí disfrutaba. Por ejemplo, las nalgadas. Bastó ese simple azote para que su bombacha se mojara.
Mauricio levantó la mano, y le propinó otra nalgada. Esta vez su mano se detuvo justo después de golpearla, por lo que quedó apoyada sobre esas tersas nalgas durante unos instantes. Luego levantó la mano y la surtió de nuevo. Lulú gritó, y apretó la almohada para atenuar el dolor.
A él le encantaba cómo esos glúteos firmes temblaban durante un instante, después de que su mano hiciera contacto con ellos. Era fascinante ver cómo una chica pequeña, de apenas cuarenta y cinco kilos, cargaba con un orto tan grande como ese. Además, si bien el tamaño parecía desmesurado, le iba muy bien con su figura. Demasiado bien en realidad. Resultaba un contraste encantador con esa carita de nena que tenía.
No es que su mujer no estuviera buena. Después de dos décadas juntos, tanto Virginia como él se mantenían en forma, y tenían muy buen sexo. Además, el hecho de que fueran primos siempre había agregado una cuata de morbo a sus encuentros ya de por sí muy sensuales. El vínculo filial siempre había sido importante para ellos. Se amaban, claro, pero eso de trasgredir las normas morales siempre había alimentado la relación. Los mantenía más unidos.
Quizás por eso ahora sentía esa atracción enfermiza por su hija. Hacía mucho se había acercado demasiado a las mieles del incesto, y ahora no podía evitar tener esas inclinaciones tan deplorables.
No obstante, más allá de que podía ser muy autocrítico con él mismo, lo cierto era que ahora tenía ese impresionante culo en sus narices. Y Lulú estaba totalmente sumisa, recibiendo su erótico castigo.
—Eso te pasa por andar haciéndote esas fotos —le dijo él—. No tenés idea de cómo me decepcionaste. No por puta. Nunca me importó la manera en que te vestís, ni con cuántos chicos te relacionás. Pero merecés un castigo por boluda.
En realidad, le estaba mintiendo. No le gustaba para nada la idea de que su princesa cambiara de amante como de medias. En el fondo deseaba que fuera una niña inocente. Una chica que solo se acostaba con el chico del cual estaba enamorada. Pero ahora se daba cuenta de que eso solo era un sueño.
Le dio el cuarto azote.
—¿En serio van a ser ocho? —preguntó ella, riéndose para sus adentros—. Ya siento que la colita me está ardiendo. Con una sola más va a bastar. Ya aprendí la lección.
—No vengas a hacerte la nena ahora —le dijo él—. Fui demasiado suave con vos. Siempre lo fui. Pero tus travesuras no son las de una nena, ¿no? Así que ahora te vas a aguantar el castigo que te merecés.
Mauricio largó el quinto y el sexto azote, uno inmediatamente después del otro. Esta vez a Lulú no le pareció tan divertido. De verdad le estaba ardiendo el culo. Y estaba segura de que iba a quedar lleno de moretones. No iba a poder andar en tanguita por unos días. Ojalá su mamá no se diera cuenta.
De repente sintió la erección de su padre. Por la posición en la que estaba, su abdomen quedaba justo encima de la entrepierna de Mauricio, así que, con esos últimos azotes, se sacudió tanto que la verga hizo contacto con su piel. No es que la sorprendiera. De hecho, le hubiera parecido un fracaso no lograr que su papi tuviera una erección.
Con malicia, Lulú hizo un movimiento con el que llevó su orto atrás, además de levantarlo, lo que hizo que ahora sus tetas se frotaran por un instante con la pija de su padre.
Él contuvo la respiración, pero fingió que no pasaba nada fuera de lo normal. Bueno, igual supuso que castigar con nalgadas a su hija de dieciocho años no podía ser algo normal. Pero al menos estaba más o menos justificado.
Miró ese culo, marcado con sus manos. Era cierto, ya había sido suficiente, pero debía cumplir con su palabra. Le dio la séptima nalgada. Entonces Lulú dejó caer su cuerpo sobre él, como si hubiera quedado completamente rendida. Era imposible que no notara que se le había endurecido la pija. ¿O sería que el dolor de sus nalgas atraía toda su atención?
Entonces, soltó la última nalgada. El golpe resonó en la sala de estar. Había sido el más fuerte de todos, y la pobre chica ahora parecía estar llorando, con la cara hundida en un almohadón del sofá.
Mauricio mantuvo la mano apoyada en el culo de Lulú. Luego la retiró, y vio las marcas que le había dejado en su delicada piel. Su verga estaba a punto de estallar, igual que le había pasado a su hijo con Virginia, en ese viaje en auto.
Pero él pudo controlarse. Llevó la mano de nuevo al trasero de su hija, pero esta vez empezó a acariciarlo con ternura. La piel tersa de su princesa había quedado irritada. Se sintió culpable, no tanto por infringirle daño, sino por haber roto la perfección de Lulú.
Así que la acarició durante unos instantes, mientras ella terminaba de llorar. Claro, el contacto continuo con semejante ojete solo servía para que su verga siguiera dura. Pero no podía dejar de hacerlo. Esa redondez, esa carnosidad, esa consistencia perfecta…
Quizás fue por estar tan embobado con ese culo prohibido que no se dio cuenta de que la precaria tela que cubría el sexo de su hija estaba empapada. Resulta que Lulú no había estado llorando, sino que había hundido el rostro en el almohadón para reprimir el grito orgásmico que había estado a punto de salir de su garganta. Tampoco se dio cuenta de cómo temblaba su esbelto cuerpo. Pensaba que todo era a causa del dolor producido por las nalgadas.
—Bueno, espero que con esto, hayas aprendido —dijo Mauricio, deseando fervientemente que su niña volviera a portarse mal, para así tener una nueva oportunidad de disfrutar de su culo. De hecho, ahora mismo aún tenía las manos en el trasero de Lulú.
—Sí, papi. Te lo prometo —dijo la chica.
Por fin se reincorporó. Fue hasta el otro sofá, a buscar su short, y se lo puso. Mientras se dirigía a la escalera, para volver a su cuarto, se preguntó qué clase de castigo recibiría si se enteraba de lo que había pasado en ese vagón del tren subterráneo. Claro, si su padre supiera lo que pasó, también debería castigar a Virginia. La idea no le molestaba para nada. De hecho, le guardaba resentimiento desde ese día, ya que su mamá no se había molestado en protegerla mientras esos degenerados la manoseaban y la penetraban.
Por Gabriel B