Incesto y perversión (Capítulos 10-12)

Incesto y perversión (Capítulos 10-12)

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Capítulo 10

Mauricio estaba en la sala de estar, hundido en el sillón con el cuerpo relajado. Un vaso de whisky en la mano y la televisión encendida en algún programa deportivo que transcurría como una ráfaga de imágenes sin sentido frente a sus ojos. No seguía lo que decían, no registraba los goles, las repeticiones ni los análisis. Tenía la vista puesta en la pantalla, pero los pensamientos en otra parte. El Blue Label le calentaba el pecho con cada sorbo, ese calor denso y ambarino que se instalaba debajo del esternón y le daba una sensación de calma. Sin embargo, algo seguía ahí, latiendo como una espina clavada entre las costillas, un resabio amargo que no conseguía disolver ni con el licor ni con la noche.

De los cuatro miembros de la familia, él era, sin dudas, el que más afectado había quedado por lo que ocurrió. La infidelidad incestuosa, aunque cometida por él mismo, lo había golpeado con una mezcla de euforia, culpa y desconcierto que no terminaba de procesar. La imagen de su propia traición le volvía a la mente de manera intermitente, como una película sin edición que lo sorprendía en los momentos menos pensados. Y sin embargo, no se arrepentía. En el fondo, sabía que no podía negar el placer de aquel instante. Había sido algo prohibido, sí, pero también intensamente placentero. De hecho, no recordaba un mejor polvo que el de esa noche. Y eso que él tenía acumulada una buena cantidad de experiencias sexuales.

Aún no le entraba en la cabeza cómo se había atrevido a cruzar esa línea. Lulú lo había provocado, obvio. Pero él era un hombre maduro que tendría que saber lidiar con esas cosas. Y, sin embargo, dejó que su deseo prohibido creciera. Lo dejó crecer tanto que terminó cogiéndose a su propia hija en un lugar público.

Se preguntó qué era realmente lo que lo inquietaba. Después de todo, cada vez que pensaba en Lulú, no solo no se arrepentía, sino que se moría de ganas por hundir de nuevo su gruesa verga en esa vagina estrecha y resbaladiza. Concluyó que lo que lo molestaba no era una cuestión moral, sino que simplemente temía ser descubierte. Si Virginia se enteraba de lo que había pasado…

Fue mientras pensaba en todo esto que escuchó los pasos. Eran livianos, casi silenciosos, pero inconfundibles. No necesitó mirar para saber que era Lulú. Hacía días que no se le aparecía así, yendo a la cocina semidesnuda. Mauricio pensaba que eso era porque ya había cumplido con su objetivo. Ya lo había calentado, y había logrado que se la cogiera. En parte le agradecía que hubiera terminado con esa morbosa costumbre. Pero en parte la extrañaba.

Se sorprendió encontrándose nervioso, con la respiración acelerada. Desde hacía años que no se sentía así. Había tenido sus aventuras, claro. Y también se había acostado con unas cuantas chicas de la edad de su hija. Pero la adrenalina que le producía Lulú era de otro nivel. Algo que le sería imposible de explicar. Probablemente tenía que ver con el hecho de que no podía demostrar de ninguna manera lo que le estaba pasando. Eso hacía que todas sus emociones se agolparan en su interior. Mientras que frente a su mujer y a su hijo mostraba la misma impasibilidad de siempre, por dentro ardía de una lascivia salvaje. Era como si en cualquier momento fuera a implosionar.

Cuando Lulú apareció al final de la escalera, la miró de reojo sin girar del todo la cabeza. El cabello castaño caía suelto sobre los hombros, ligeramente desordenado, como si acabara de soltar una trenza o de salir de la cama. La musculosa blanca que llevaba parecía demasiado liviana, una tela fina que se adhería al cuerpo como si se fundiera con su piel. A través de ella se le marcaban los senos con claridad, el contorno redondo, la firmeza evidente, y los pezones erectos como si respondieran al aire fresco o quizás a una excitación que compartía con su padre.

Debajo, una tanguita negra se aferraba a su pelvis como si hubiera sido dibujada. Mauricio sintió cómo algo se tensaba de inmediato dentro suyo, una pulsión automática, reflejo de lo que su cuerpo recordaba. Aquella prenda dejaba entrever sin disimulo la forma precisa de sus labios vaginales, y aun así, ella no pareció tener la menor intención de ocultarlo.

Siguió caminando con total naturalidad, sin mirarlo, sin siquiera frenar el paso, como si él no existiera. Pasó frente al sillón y se dirigió directamente a la cocina. Parecía seria. Incluso enojada. Lo único que dejó atrás fue el movimiento de sus caderas, ese vaivén hipnótico que tenía el poder de enloquecerlo, y la imagen de sus nalgas perfectas, redondas, tensas, que se perdían tras la pared con una sensualidad devastadora.

Mauricio intentó concentrarse en el televisor, en las voces del programa que ahora sonaban como un murmullo lejano. Sabía que ella estaba abriendo la heladera, sirviéndose un vaso de leche como hacía a veces en la noche. Se preguntó por qué no lo había mirado. Por qué no le había dicho nada. ¿Estaba enojada?¿Le había pasado algo que él no sabía?

La paranoia comenzó a infiltrarse en su cabeza. Se preguntó si había hecho algo mal, pero no se le ocurría nada. Después pensó en lo obvio: que Lulú, después de haber tenido sexo con él, asimiló la realidad y se dio cuenta de la aberración que habían hecho.

Ese pensamiento hizo que el corazón se le encogiera. Después de todo, él sabía muy bien que una cosa era fantasear con algo y otra muy distinta era llevarla al plano de la realidad. Ella, en cambio, siendo tan joven, quizás no había pensado en eso. Y ahora empezaba a arrepentirse. De hecho, era muy probable que pensara que su papá era un degenerado o, peor aún, un abusador.

Trató de apartar esos temores de su cabeza, al menos hasta que pudiera confirmarlos, pero le fue muy difícil.

Cuando Lulú regresó de la cocina, lo hizo con el mismo andar indiferente. Caminó detrás del sofá donde él estaba, pasó a centímetros de su espalda, y se dirigió nuevamente hacia la escalera.

Ninguna mirada, ningún gesto. Solo su presencia silenciosa que le dejaba un vacío horrible en el pecho.

Se sintió otra vez un adolescente. Ese chico desgarbado que había sido durante muchos años, antes de empezar a tomar vitaminas e ir al gimnasio. Inseguro como el chiquillo que había sido en la secundaria.

Había algo que no entendía, y eso lo volvía loco. La sola posibilidad de que ella le estuviera retirando esa mirada lo dejó quieto, como clavado al sillón, con el vaso de whisky inmóvil en la mano, el hielo derretido y el alma agrietada.

Justo cuando el cuerpo de Lulú se perdía escalera arriba, con ese andar lento que parecía pensado para atormentar, Mauricio sintió cómo algo dentro de él se quebraba. No podía más. La tensión acumulada, el silencio punzante, esa mezcla de deseo, culpa y desconcierto… todo se le agolpó de golpe en el pecho. La llamó.

—Lulú…

Ella se detuvo. Hubo una pausa de segundos donde él creyó escuchar una risita apagada, un eco malicioso que apenas flotó en el aire. Pero cuando Lulú se dio vuelta y lo miró desde lo alto de los primeros escalones, su rostro no mostraba diversión. Estaba seria, fría, lejana.

Mauricio la miró en silencio mientras ella volvía sobre sus pasos, bajando de nuevo las escaleras con esa media desnudez arrolladora. La musculosa blanca le marcaba los senos en cada paso, y la tanga negra, tensa, no dejaba margen para la imaginación. Venía hacia él como una aparición compuesta de carne, rabia y belleza desquiciante.

Le costaba creer que ese manjar que ahora se acercaba con paso firme y la mirada dura fuera el mismo que, hacía no tanto, se entregaba a él en plena calle. ¿Qué había cambiado? ¿Por qué ese aire extraño, casi cruel?

—¿Pasa algo? —le preguntó cuando ella se detuvo frente al sillón, a apenas un metro de distancia.

—No. ¿Por qué? —respondió ella, con un tono seco.

—No sé… estás rara. Estás seria. No sos así.

—Estoy cansada. Estrés por los exámenes —dijo, con un encogimiento de hombros, como si le resultara molesto tener que dar explicaciones.

Mauricio la miró fijo, como si buscara señales entre líneas, como si esperara que ese muro de indiferencia se resquebrajara.

—No es solo eso. Siempre estás… no sé, más alegre.

—¿Qué más querés que te diga? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. ¿Me puedo ir?

—No —respondió él, enderezándose en el sillón—. No hasta que me digas qué te pasa.

—¿Y si no te lo digo? —susurró con una voz cargada de veneno dulce—. ¿Qué vas a hacer? ¿Me vas a castigar? ¿Me vas a dar nalgadas?

A Mauricio le tembló la respiración. No podía creer lo que escuchaba. ¿De verdad le estaba echando en cara algo que ella misma había provocado, disfrutado e incentivado? La escena era tan absurda como intensa.

—Lulú, yo no… —balbuceó.

— ¿Qué? —dijo ella—. ¿Otra vez vas a aprovecharte? ¿Me vas a acariciar las piernas con la excusa de que estás viendo que la protuberancia que tengo no es nada grave? No, no… ya sé —agregó, dando un chasquido con los dedos—. Me vas a coger mientras tu esposa duerme. ¿No? Viejo degenerado.

Las palabras le cayeron como balde de agua helada. Lulú no levantaba la voz. Pero lo que salía de su boca era pura dinamita susurrada. Mauricio miró automáticamente hacia el pasillo. El dormitorio que compartía con Virginia estaba ahí, a pocos metros. La puerta cerrada. Pero aún así, temía que su mujer oyera algo.

Él balbuceó, intentando ordenar una respuesta.

—Yo… lo que pasó entre nosotros…

No pudo completar la frase. Fue ella quien soltó una carcajada que primero lo desconcertó, luego lo enfureció, y finalmente lo avergonzó, pues delataba que estaba hecho un imbécil.

—No puedo creer que seas tan fácil —dijo su hija, con una sonrisa tan perversa como encantadora.

Mauricio suspiró hondo, se pasó una mano por la cara, derrotado por esa mezcla de bronca y confusión.

—Pendeja de mierda —murmuró—. Me asustaste.

La agarró de la cintura y la atrajo hacia él. Lulú no ofreció resistencia. Se sentó sobre un muslo, dejando que sus piernas colgaran mientras pomposo culo se acomodaba muy cerca de la entrepierna de él.

—¿Cómo me vas a asustar así? Pensé que de verdad estabas enojada —dijo él, con el rostro a centímetros del de ella.

—Estoy enojada —respondió Lulú, sin pestañear—. ¿Me cogés y después no me das bola? Eso no se hace.

Mauricio bajó la mirada, respiró hondo. Señaló hacia el pasillo con un gesto leve, como si no hiciera falta más explicación. Virginia estaba ahí. Y seguramente no dormía. A veces lo esperaba despierta, a oscuras, con una copa de vino y el cuerpo envuelto en una bata sexi, que lo invitaba a quitársela. A veces, en esas noches silenciosas, él entraba en el cuarto y la encontraba en la cama, con lencería erótica, labios pintados, lista para la guerra.

Entonces hacían el amor. Lo hacían con la misma lujuria de hacía veinte años. En ese sentido, eran una excelente pareja. No tenían sexo todos los días, pero casi. Y sin embargo, ahora tenía encima a Lulú. Su verga ya se puso completamente dura. Llevó una mano a su muslo desnudo. Los rostros estaban muy cerca.

Entonces se besaron. Fue un beso que no necesitó palabras, ni permiso, ni preámbulo. Simplemente ocurrió, con la fuerza de lo inevitable, con la ansiedad contenida de todo lo que no se habían permitido en los días previos. Lulú se acomodó en el regazo de su papá, por lo que inevitablemente sintió su potente erección en las nalgas. Eso la complació. Largó un suave gemido. Le gustaba que su papi se pusiera así de duro con tanta facilidad. Le encantaba tenerlo comiendo de su mano. Y había disfrutado mucho hacerlo sufrir al principio. El pobre no entendía de las cosas que era capaz de hacer sin sentir culpa ni arrepentimiento. En eso se sentía parecida a su mamá. Aún recordaba cuando fueron cogidas por esos dos adolescentes. Y cada vez que pensaba en eso, no podía evitar sentirse erotizada. No es que su mamá la calentara. Pero ver su espectacular cuerpo desnudo siendo profanado por un chico de su edad le producía mucho morbo.

Mientras sus labios se encontraban una y otra vez, con una mezcla de ansiedad y ternura, las manos de él comenzaron a descender lentamente, desde su cintura hasta sus irresistibles nalgas. Las acarició con una devoción silenciosa, apretándolas con suavidad, como para recordar exactamente cada centímetro de aquella piel bajo sus dedos.

Cuando se separaron un instante para tomar aire, las manos de Mauricio se quedaron ahí, aferradas a su orto, como si no pudieran desprenderse. Su frente quedó apoyada contra la de ella, y la respiración de ambos se mezclaba en el poco espacio que los separaba.

—Bueno… acá no podemos —murmuró él, todavía agitado, con la voz tomada por el deseo—. Si querés, vamos a la cocina… o al patio de afuera.

Lo propuso como una salida, como un intento de llevar esa locura hacia un lugar menos peligroso. Pero Lulú negó con la cabeza, sin apartar la mirada.

—No, yo quiero estar acá —dijo.

Luego, bajó la voz y acercó los labios a su oído, con esa forma suya de susurrar que lo desarmaba por completo.

—Igual, si llegara a abrirse la puerta del dormitorio de ustedes, yo me corro rápido y me siento a tu lado. Mamá ni se va a dar cuenta de nada —le dijo, con una sonrisa invisible en la voz, una diablilla empujándolo al borde del abismo.

Mauricio cerró los ojos un segundo. Sabía que debía detener todo eso. Sabía que estaba tomando un riesgo demasiado grande. Además, estaba claro que la mocosa seguía jugando con él. El problema era que no había forma de que le dijera que se dejara de molestar y se fuera a su cuarto, lo cual sería la respuesta más razonable. No, él ahora tenía la pija durísima, las manos en el turgente orto de su hija, y sentía el sabor que le había dejado en su lengua. Así que no había manera de que se separara de ella en ese momento.

—Okey… pero solo besos —dijo al fin.

Lulú rio en voz baja, con una malicia transparente. No había forma de que se conformara con tan poco. Ya había esperado demasiado para volver a estar con él. Y ahora que lo tenía ahí, vulnerable, entregado, la adrenalina del peligro la incitaba a jugar con fuego.

Volvió a besarlo, más profundamente esta vez, y mientras sus bocas se buscaban con una urgencia contenida, una de sus manos descendió hasta el cierre del pantalón de Mauricio. Lo bajó lentamente, saboreando cada segundo, como si disfrutara tanto del gesto como de su resultado.

—No —dijo él en un susurro urgente, tomando su muñeca con una mano. Pero el agarre era débil. Ni él mismo se creía que no quería que continuara.

Ella siguió, con una calma peligrosa. Deslizó los dedos por debajo del elástico del calzoncillo y lo bajó, liberando la tensión que él no había logrado disimular desde hacía rato.

—De verdad, no podemos, bebé —intentó de nuevo Mauricio, aunque su voz ya no tenía autoridad.

Así que ella siguió. Y ahora llevó de nuevo la mano a la entrepierna de su papi, esta vez para agarrar el elástico del calzoncillo y tirar hacia abajo. Ahí estaba esa gruesa verga, totalmente dura en su honor.

—Sí que podemos —respondió ella, dejándole un beso leve en la nariz, como si le estuviera dando la bendición antes del pecado—. Apenas escuches el chasquido de la puerta, yo me paro… y vos te guardás la verga. Así de simple.

—Pero… se me va a notar la erección —se quejó él, entre frustrado y al borde del colapso.

Lulú rio de nuevo. Una risa suave, traviesa, que lo calentaba todavía más. Mauricio todavía tenía dudas, pensamientos sueltos que le rozaban como advertencias, pero cuando ella se bajó de su regazo y se arrodilló sobre la alfombra, esas dudas se deshicieron en un instante.

Él la miró desde arriba, atónito, casi sin poder moverse. Lulú lo miró con los ojos brillando de picardía, con una sonrisa que mezclaba lascivia y ternura, una criatura hermosa, peligrosa y encantadora, dominando la escena desde el suelo. Entonces llevó la mano a su pija, dura, tensa, y sin apartar la mirada, se lo llevó a la boca.

Lo envolvió con una delicadeza impía, con movimientos que parecían salidos de un ritual aprendido por instinto. Comenzó a succionar la verga de Mauricio con lentitud, como si saboreara un manjar, como si jugara y al mismo tiempo practicara, explorando cada reacción, cada espasmo que le arrancaba al cuerpo de él.

El placer fue inmediato. Invadió su columna como una ola caliente, le entumeció las piernas, le nubló los pensamientos. Miró hacia el pasillo, con el corazón en la garganta, sabiendo que el dormitorio que compartía con su mujer estaba ahí nomás. Y aunque no había señales de movimiento, la posibilidad latente lo mantenía entre el miedo y la euforia.

Ella seguía chupando, concentrada, moviéndose con una mezcla de destreza y frescura juvenil que lo desarmaba. Su lengua, su boca, sus manos, todo parecía hecho para eso. Para hacerlo gozar. Para hacerlo caer en el placer del incesto.

Mauricio, rendido, no podía creer que estuviera sucediendo. Ahí estaba la niña de sus ojos, a sus pies, succionándole la pija con una intensidad que reflejaba las ganas que tenía de hacérselo. Trató de contener los gemidos, pero el placer era tal, que a veces largaba algunos. Tuvo la lucidez suficiente de subir un poco le volumen del televisor. Después de todo, Virginia estaba a unos metros. ¿Qué pasaría si lo encontrara justo ahí? No quería ni pensar en eso.

Lulú jugó con su verga un minuto más, con una lentitud que parecía diseñada para volverlo loco. Cada movimiento de su boca era un vaivén húmedo y exacto, como si leyera con la lengua las líneas invisibles del deseo de Mauricio. Lo miraba desde abajo con esos ojos claros y traviesos, esa mirada que brillaba entre inocencia fingida y perversión natural. Era una imagen digna de un retrato.

Él no podía dejar de observarla. Sabía que cada tanto tenía que mirar al pasillo, por si su oído le fallaba. Pero enseguida volvía a ver hacia abajo, donde estaba Lulú comiéndole la pija.

Fascinado, al borde del colapso, sentía cómo su cuerpo vibraba con cada caricia, cada roce, cada succión precisa. Los ojitos de ella lo buscaban constantemente, como si disfrutara más de ver su expresión descompuesta que del acto en sí. Sonreía de a ratos, como si todo esto fuera un juego privado, uno que solo ella conocía por completo. Y cuando lo lamía a lo largo, acariciando con la lengua desde la base hasta la punta, con ese gesto de puta viciosa, Mauricio soltaba un suspiro entrecortado, vencido, rendido ante el placer.

Pero entonces ella se detuvo.

Se incorporó con una fluidez felina, sin una palabra, con el rostro algo húmedo y las mejillas sonrosadas por la excitación. Mauricio pensó que lo iba a dejar así, que era otro de sus juegos retorcidos: provocarlo hasta la locura y luego abandonarlo, como había hecho antes. Pero estaba equivocado.

Lulú se subió sobre él con una decisión que lo dejó sin aire. Acomodó las piernas a ambos lados de su cuerpo, lo montó con naturalidad, quedando a horcajadas. Su pelvis se movió sutilmente frotándose con la pija desnuda de él.

Entonces corrió la tanga a un lado. Mauricio sabía lo que venía, pero aún así se quedó petrificado.

Ella se levantó un poco y dejó caer el peso de su cuerpo lentamente. Y con ese movimiento, la verga de su padre se hundió lentamente en ella. Fue un deslizamiento tibio, húmedo, tembloroso, que los dejó a ambos con la boca entreabierta y el aliento suspendido.

—No… esto no podemos hacerlo —dijo Mauricio, con la voz cargada de miedo y deseo al mismo tiempo.

El instinto le gritaba que se detuviera. Sabía que ahora sí, si Virginia salía del cuarto, no habría tiempo suficiente para acomodarse. Además, los gemidos de Lulú también podrían exponerlos. Era una locura por donde se mirara.

Pero Lulú sonrió. Una sonrisa breve, feroz, y volvió a dejarse caer más. La presión que sintió Mauricio en su verga, mientras sentía la estrecha concha abriéndose lentamente para dejarle paso, fue tan intensa, tan deliciosamente abrumadora, que no pudo contener el gemido que le salió del pecho. Ella también lo sintió. Y lo soltó, suave, caliente, directo al oído de él.

—Pendeja de mierda. Me querés arruinar —susurró, pero aún así llevó las manos a las nalgas de ella.

—Tranqui. Si mamá nunca se levanta cuando yo vengo a tomar leche a la madrugada —dijo ella, soltando una risita.

—No te rías tan fuerte —la retó él, entre jadeos.

—Es que me dio gracia eso de que vine a tomar leche. Ya tomé, pero quiero más… ¿Me la vas a dar?

—Pendejita de mierda. ¿Cuándo aprendiste a ser tan putita?

—Con un papi que no deja de mirarte con hambre, es fácil ser así —dijo ella.

La conversación era entre susurros, mientras ella se hamacaba suavemente, mientras él le acariciaba el culo, le besaba el cuello, y sentía como su verga se hundía hasta el fondo.

—Si nos ve Virginia o Adriel, me muero —dijo él, sinceramente asustado.

—Tranquilo. No va a pasar. Si pasa, me salgo rápido, me acomodo la tanga, y me quedo a tu lado.

—Pero se van a dar cuenta. Vas a tener cara de recién cogida.

Ella soltó otra risa más estridente de lo conveniente.

—Entonces apurémonos.

El cuerpo de ella empezó a rebotar con una cadencia rítmica, como si su pelvis buscara el compás exacto del placer. Se abrazaron, y en esa mezcla de sudor, susurros y jadeos, cada uno parecía diluirse en el otro. Lulú gemía cerca del oído de Mauricio, con una voz gruesa, contenida, pero peligrosa. Porque si ese sonido se colaba por la puerta entreabierta, si resonaba en el pasillo, podía ser el detonante de un desastre.

Mauricio estaba perfectamente consciente de lo estúpido que estaba haciendo. Su cabeza le gritaba que parara, pero su cuerpo había tomado el control, como si no pudiera desobedecer el calor, la humedad, la presión exacta de ese cuerpo joven y hermoso que se ofrecía sin reservas. La vagina de Lulú lo envolvía con una firmeza impiadosa, haciéndolo perder toda voluntad de detenerse.

Ella se inclinó hacia adelante, lo besó en la boca, en el cuello, mientras se movía sobre él con maestría juguetona, como si estuviera bailando una coreografía secreta, aprendida con el tiempo y el deseo. Cada contracción, cada cambio de ritmo, cada gemido, parecía dirigido al centro mismo del placer.

Él no recordaba haber vivido una experiencia que si quiera se le acercara a esto. Estaba cometiendo un hecho tan inmoral como cogerse a su hija, y eso, combinado con el peligro de tener a su mujer y a su hijo tan cerca, le producía una sensación tan poderosa como indescriptible. Por eso seguía ahí, totalmente dominado por el instinto, sintiendo su verga deslizarse una y otra vez en esa delgada y húmeda abertura que tenía su hijita entre los muslos.

A pesar de que la idea era hacerlo rápido, el polvo duró tanto como cualquier otro, lo que acrecentó el peligro. Además, si bien era cierto que Virginia no solía salir a esas horas de la noche, también era cierto que ya había pasado el horario en el que Mauricio normalmente se quedaba mirando televisor. Así que la tragedia aún podía ocurrir.

Y sin embargo ahí estaba, embriagado de placer. Así que simplemente se la siguió cogiendo por un buen rato, ahí mismo donde tantas veces habían compartido el tiempo con su familia completa.

—Lulú… ya voy a acabar —susurró, con la voz temblorosa, el cuerpo entero al borde del colapso, la respiración entrecortada y las manos aferradas a las nalgas de ella como si necesitara anclarse a algo para no perderse por completo.

El miedo le atravesó el pecho de golpe. Si faltaba algo para que las cosas se fueran al carajo, era dejar embarazada a su propia hija. Para empezar, no debió penetrarla sin preservativo desde un principio. Pero, aún así, el peligro máximo sería eyacular en su interior. Solo podría aguantar unos segundos más. Esperaba que a la pendeja no se le ocurriera otra broma y se quedara ahí, solo para molestarlo.

—¿Ya? —murmuró ella, con una sonrisa apenas curvada en los labios—. Pero se siente tan bien…

Mauricio cerró los ojos, intentando controlarse, como si pudiera domar su cuerpo con la fuerza de la mente, pero el sexo de ella lo envolvía con tal perfección que era imposible luchar contra eso.

—Sí, ya no aguanto más. Lulú…

Ella lo miró desde arriba, con el pelo cayéndole sobre los hombros, con los labios entreabiertos y el pecho subiendo y bajando por la agitación. No dijo nada.

Y entonces, lentamente, se deslizó hacia arriba, liberándolo por fin. Lo miró con los ojos encendidos, y sin pausa, se sentó a su lado.

Mauricio apenas tuvo tiempo de respirar cuando la sintió inclinarse nuevamente sobre él. Entonces tomó la verga húmeda entre sus manos y se la llevó a la boca de nuevo.

El calor y la suavidad de su lengua lo envolvieron por completo. Su boca se movía con una mezcla de ternura y lujuria, como si estuviera cerrando el acto con una devoción ritual. Lo miraba desde abajo, sonriendo con los ojos, con las mejillas sonrosadas por la excitación.

Mauricio acarició su cabeza con ternura. Se esforzó por mantener sus sentidos en alerta, para avisarle que se detuviera si era necesario.

Ella se había separado de él justo cuando iba a acabar, así que, como solía ocurrir cuando se interrumpía la eyaculación, ahora llegar a ella tomaría unos cuantos minutos más.

Se dio cuenta de que su hija estaba absorbiendo sus propios flujos, que se habían adherido a la verga de Mauricio mientras lo montaba. Era una princesa puerca. Pensarla de esa forma, lo hizo reír.

Cuando sintió que ahora sí, el orgasmo era inminente, tomó del cabello de la chica. Sintió cómo el placer acumulado en su entrepierna ahora se expandía. El semen salió disparado en dos chorros potentes, que terminaron dentro de la boca de Lulú.

Fue una descarga intensa, que le sacudió el cuerpo entero.

Ella no hizo ni un solo gesto de incomodidad. Tragó sin apuro, como si fuera lo más natural del mundo. Después de todo, a eso había ido: a tomarse toda la leche de su papi. Después, recordando lo que había hecho con el alumno de su mamá, le dio un beso lento, húmedo, en los labios, para que él conociera el sabor de su propio semen, si es que ya no lo conocía.

—¿Viste? —le susurró al oído, con una voz suave, algo burlona—. No pasó nada. Este horario es nuestro.

Mauricio, todavía sin aire, con los músculos flojos, la miró incrédulo mientras se subía el pantalón con torpeza.

—Pero igual… es demasiado arriesgado —murmuró, pasándose una mano por la cara, todavía temblando.

—Sí, pero es más divertido así, ¿no? —respondió ella, con esa sonrisa suya que lo desarmaba.

—Sí… sí, fue divertido —admitió—. Pero jugar a la ruleta rusa también puede ser muy divertido.

—¿La ruleta rusa? ¿Qué es eso?

—No importa —dijo Mauricio, que sin embargo estaba aliviado de que la bala no haya salido.

Entonces Lulú se incorporó, sacudiéndose el cabello con un movimiento despreocupado. Sin mirar atrás, se dirigió hacia la escalera, sus pasos livianos, su cuerpo apenas vestido, y esa seguridad provocadora que lo dejaba sin palabras.

Mauricio se quedó ahí, solo, con el corazón todavía galopando y la cabeza girando en círculos. No podía creer en la locura que se acababa de permitir, en la magnitud del riesgo, ni en el deseo tan descomunal que lo había empujado hasta ese punto.

Y sin embargo… algo en su interior ya sabía que no sería la última vez.

Capítulo 11

Esa misma noche, mientras Lulú y Mauricio estaban cogiendo en el mismísimo living de la casa, Adriel bajó sigilosamente por las escaleras. Fue la propia Lulú la que lo instó a hacerlo. Habían estado la noche juntos en el cuarto de Adriel. A veces lo hacían, compartían horas en la cama, mirando alguna película o alguna serie que a ambos les gustaba, si bien hacía rato que no veían una escena pornográfica entre sus padres. A diferencia de lo que pasaba entre Adriel y Virginia y entre lulú y Mauricio, los hermanos tenían una tensión sexual constante, que sin embargo se quedaba ahí en el límite, sin terminar de materializarse.

En la cama solían rozarse, a veces incluso se daban besos en los labios para despedirse. Pero desde que Adriel jugó con ella, fingiendo que se la iba a coger, sin terminar de hacerlo, no habían vuelto a tener un acercamiento tan claro. Era como un tira y afloje constante. Chistes con doble sentido, miradas subrepticias. Además Adriel estaba lo suficientemente ocupado pensando en Virginia.

Fuera como fuese, esa noche lulú estaba un poco diferente, más provocadora. Además había hecho algo que lo descolocó. Primero, se quitó el short, y lo dejó sobre la cama al lado de su hermano. Quedó solo con una tanguita y una remera. Y entonces le dijo, con una sonrisa traviesa:

—Voy a darle a papi un beso de las buenas noches.

La frase en sí misma no tenía nada de malo. O, mejor dicho, no debería tener nada de malo. Pero con ella las cosas siempre se retorcían. Adriel sabía que había algo entre su hermana y su papá, de la misma manera que Lulú sabía que él deseaba a su mamá. Sin embargo, no se habían dado los detalles. Adriel ahora se preguntaba, con una punzada de celos, si acaso esa pendeja había cruzado el mismo límite que él.

Sabía que si bajaba, estaría cayendo en su trampa, porque era evidente que eso era lo que ella quería. Por eso le había mostrado el culo de esa manera tan descarada.

Su hermana era la chica más hermosa que conocía. Después de su mamá, obvio. Y la verdad es que y la acercamiento con Virginia, lejos de calmar sus deseos incestuosos, los exacerbaban más, y ahora, la calentura que le producía la putita de su hermana ir a cada vez más difícil de dominar.

Así que Adriel la siguió, aun sabiendo que estaba cayendo redondo en su trampa. Bajó por las escaleras sin hacer ruido, con pasos calculados y el aliento contenido. A mitad de camino, escuchó apenas unos murmullos. No eran voces claras, sino sonidos ahogados. Su corazón empezó a latir con más fuerza, como si le advirtiera que no iba a gustarle lo que estaba a punto de ver.

Terminó de bajar la escalera, y caminó un poco más hasta que, escondido detrás de la pared que dividía el pasillo del living, asomó su cabeza y descubrió la verdad: Lulú se estaba moviendo arriba de Mauricio, con ese vaivén que no podía confundirse con otra cosa. Las manos de él aferraban sus nalgas, ese cuerpo joven y descarado que ahora montaba a su propio padre como si fuese lo más normal del mundo.

Se quedó un rato ahí, viendo cómo su dulce hermanita, esa chica de rostro aún algo aniñado, con pecas, cabalgaba a su propio padre, como una puta experta. La escuchó gemir, aunque era evidente que se estaba conteniendo. No eran estúpidos. Y aún así, estaban corriendo muchos riesgos. Adriel no pudo más que sentir excitación por la escena. El cuerpo de su hermanita, esa misma a la que había cuidado muchas veces cuando era chica, se arqueaba de una manera deliciosa, mientras su padre le enterraba la verga, haciéndola gozar.

No necesitó ver más.

Sintió una punzada caliente que le subía desde el estómago. Era una mezcla confusa de morbo, celos y una rabia difícil de explicar. Se dio media vuelta y subió de nuevo, con la mandíbula apretada, el pulso alterado y la erección marcándole la ropa interior.

Entró a su cuarto sin encender la luz. Se dejó caer en la cama. Había algo profundamente mal en todo aquello. Entre ellos cuatro. Como si la armonía aparente de esa convivencia estuviera hecha de secretos y crujidos.

Lo que había visto no lo sorprendía del todo. Sabía que Lulú era tan pervertida como él, o incluso más. Pero sí le sorprendió que su padre hubiera caído con tanta facilidad. Aunque pensando en lo mejor, se dijo que la chiquilla debía haber estado trabajando en eso durante mucho tiempo. Se preguntó qué había hecho exactamente, que le había dicho para que su padre por fin cruzara ese límite. Luego se percató de lo inocente que estaba siendo. ¿De dónde sacaba que esa era la primera vez que intimaban? Fuera como fuese, no pudo más que sentir empatía con Mauricio. Se imaginaba lo difícil que debía ser contenerse ante una criatura celestial cómo ella, que te aparecía en tanga en medio de la noche. Adriel sintió la presión de su verga en el calzoncillo. Instintivamente llevó la mano a su miembro. Pensó en la imagen que acababa de ver. Su hermana hamacándose en el regazo de su papá, de la manera más obscena. Pero también recordó Virginia, a la tanga desgarrada en su propia mano, ella ya completamente desnuda boca abajo, con ese imponente orto expuesto, lista para ser penetrada. Quería estar de nuevo con ella, y también, a pesar de que su orgullo aún lo contenía, sabía que también quería estar con su hermana.

Después de unos minutos, escuchó que la puerta se abría.

—Me había olvidado el short acá —dijo Lulú, con una sonrisa tan inocente como perversa.

Adriel la miró de reojo, apenas levantando la cabeza de la almohada. No dijo nada. Ella caminó hacia su cama, tomó el short, y antes de irse, se inclinó para darle un beso húmedo en la mejilla. Sus labios rozaron su piel con una lentitud intencionada, como si lo marcara con su veneno. Él fingió ignorancia. Sabía que ella estaba jugando, que esperaba que él mencionara algo, que soltara algún comentario que revelara lo que había visto. Pero no. El orgullo de Adriel era demasiado grande para eso. Calló. No iba a regalarle esa satisfacción.

En cambio, pensó en Virginia de nuevo.

Desde aquella noche no se habían vuelto a acostar, pero sí había roces, miradas, caricias al pasar, conversaciones cargadas de silencios y dobles sentidos. Todo eso confirmaba que lo sucedido no había sido un error ni un desliz, sino algo que seguía latente, esperando el momento ideal para repetirse.

Pero ese momento no llegaba. La dinámica en esa casa lo complicaba todo. Siempre había alguien: por las tardes, la empleada doméstica merodeaba los ambientes; el jardinero trabajaba en el patio; y por la noche, si no estaban todos, al menos alguno de los otros andaba cerca. Lo que hacía imposible entregarse otra vez como aquella vez. Aun así, Adriel presentía que Virginia también estaba perdiendo la paciencia. Que también tenía ese fuego contenido, esperando una chispa.

Y esa chispa, finalmente, llegó.

Era jueves por la tarde, uno de esos días libres de facultad que solía aprovechar para jugar al fútbol con sus amigos. Pero esa vez, la tormenta lo sorprendió a medio partido. Una lluvia furiosa se desató sobre la ciudad, y tuvo que volver empapado a casa. Sabía que Mauricio aún no había regresado, y que, en teoría, Lulú debía estar ahí estudiando para un examen. No tenía demasiadas expectativas. Caminó las pocas cuadras que lo separaban de la casa con el agua chorreando por cada costura de su ropa. No podía entrar por la puerta principal sin dejar un desastre. Ya se imaginaba la cara de Virginia si dejaba el piso lleno de agua. Le resultaba irónico que en ciertas cosas ella siguiera siendo la misma madre meticulosa de siempre. Así que decidió dar la vuelta y entrar por el lavadero que conectaba con la cocina.

Justo ahí se la encontró.

Estaba de espaldas, preparándose un café. Llevaba una calza negra, de esas que le marcaban el culo y las piernas como si fuera una segunda capa de piel. Adriel se quedó un rato embobado, mirándola, como si tratase de asimilar que había podido estar con esa hembra hacía poco. Sintió como su verga empezaba a hincharse. Entonces ella giró levemente, el cabello rubio se agitó, y quedó a la vista su bella cara de ojos claros.

—Ni se te ocurra entrar así —le dijo desde la cocina—. Quedate ahí. Ya vengo.

Y salió, meneando las caderas lentamente, en un vaivén hipnótico que Adriel se preguntó si lo hacía a propósito, para que él disfrutara el sensual movimiento de ese culo que lo obsesionaba. Era cierto que esa era su manera natural de caminar, pero desde que sucedió lo que sucedió entre ellos, cada mínimo gesto le parecía una provocación.

No podía evitar estar entusiasmado. Aunque, de todas formas, sabía que, pese a estar solos en ese instante, el riesgo estaba ahí. Lulú o Mauricio podían aparecerse en cualquier momento.

Virginia volvió al cabo de un minuto. Traía un toallón enorme en los brazos.

—Vení —le dijo sin más.

Él la siguió. Volvieron juntos al lavadero.

—Sacate la ropa —ordenó con un tono suave, maternal—. Ya la pongo a lavar.

Adriel obedeció. Empezó por las zapatillas y luego por las medias empapadas, que hacían un ruido desagradable al ser retiradas de sus pies. Cuando volvió a erguirse, su mirada se cruzó con la de Virginia, apenas por un segundo.

Ella lo observaba con mucha atención. Tenía las manos en la cintura. Llevaba una remera blanca, con finas rayas horizontales, que se ajustaba a su cuerpo, y que resaltaban sus generosos senos. El chico corroboró que no llevaba corpiño, pues los pezones se marcaban claramente en la tela. De hecho, estaban tan marcados, que se preguntó sin más bien no estaban duros. Eso podría ser por el frescor que entraba en el lavadero, o por una excitación compartida con él mismo. Y no eran solo sus pezones los que estaban marcados. La calza era tan ajustada que también le marcaban los labios vaginales.

Adriel tragó saliva con dificultad. Intentó no parecer tan obvio, pero no era fácil.

Virginia también se sintió tentada. Quiso mantenerse impasible, pero le costó un poco más cuando el chico empezó a sacarse la remera. Lo hizo lentamente, casi como si lo estuviera haciendo para ella. Primero levantó los brazos y dejó que la tela empapada trepara por su torso. El movimiento expuso una piel tersa, joven, sin un solo vello, con los músculos del abdomen marcados por la genética y el ejercicio. Tenía los hombros anchos, la cintura delgada, los brazos fuertes. Era como una escultura viva, una figura salida de algún sueño lujurioso. Le costó apartar la vista de su hijo.

—Dale, el pantalón también —le dijo con voz neutra, como si no fuera nada fuera de lo común.

De hecho, si ellos tuvieran una relación normal de madre e hijo, no lo sería. Pero Virginia estaba consciente de las interpretaciones que él le podría dar a semejante pedido.

Adriel la miró con una media sonrisa, un poco incómodo pero también expectante. Se llevó las manos al cinturón, lo desabrochó, bajó el cierre y fue dejando caer la prenda lentamente hasta los tobillos. Se la alcanzó. Ella lo agarró, mirándolo durante un instante, para luego desviar la vista, fingiendo que no le provocaba nada verlo así, mojado, con el bóxer oscuro pegado al cuerpo. El miembro, hinchado por la erección contenida, se notaba inclinado hacia un costado, marcado como una provocación involuntaria. Virginia sonrió mientras le daba la espalda, fingiendo indiferencia.

Colocó el pantalón en el lavarropas con parsimonia. Cuando se dio vuelta, él se estaba secando el cabello con la toalla. Después fue bajando por el cuello, los brazos, el pecho, el abdomen, todo con una lentitud calculada, como si estuviera definiendo sus músculos con cada pasada. Virginia lo observaba sin disimulo esta vez. Lo hacía como quien estudia una obra de arte.

—El calzoncillo también —ordenó.

Adriel vaciló un segundo. Luego sonrió. Se llevó las manos al elástico del bóxer y lo bajó con un solo movimiento. Su miembro, ya firme pero aún sin estar del todo erecto, cayó con un leve rebote, tan natural como inevitable. El chico se terminó de secar con cuidado la entrepierna, evitando mirar a Virginia, pero consciente de que ella lo estaba observando. Sintió que su corazón se aceleraba. Fue entonces cuando Virginia se le acercó.

Iba a pasar a su lado, pero él le agarró la cintura con decisión, y la atrajo hacia sí. Estaba completamente desnudo, todavía húmedo, con el cuerpo caliente por la excitación y el contraste con el aire fresco.

—¿Qué hacés? —le dijo ella, sin moverse—. Acá no se puede.

—Qué buena que estás —susurró él, acercándose a su boca.

La besó. Le comió la boca con un hambre contenida, como si tuviera que aprovechar cada segundo. Le restregó su verga semidura en su cuerpo, y no tardó en llevar las manos a ese culo que tanto lo obsesionaba. Ella no se apartó de inmediato, pero después de un rato lo hizo.

—Basta, nene —dijo en voz baja—. Andá a ponerte ropa seca. Yo te voy a preparar un té. No quiero que te resfríes.

Adriel le dio un beso rápido en los labios, frustrado pero agradecido por el gesto. Se fue de ahí con la erección firme como nunca, maldiciendo su suerte. Igual, era comprensible. Ya bastante usado había sido al besarla en la cocina estando desnudo.

Se puso unas medias secas, y luego eligió ropa del placard. Trató de que su erección desapareciera, pero solo lo logró a medias. Pasó por el cuarto de su hermana, pero no la encontró, cosa que lo extrañó. Así que regresó al living, se acomodó cerca del aire acondicionado que estaba largando aire caliente, dejando que el cuerpo recuperara temperatura después del frío de la calle. Escuchaba desde la cocina el tenue sonido de utensilios. Virginia estaría revolviendo el té.

Se preguntó si su hermana estaría en el baño y por eso no la había visto. La tentación de estar con su mamá tan cerca era demasiado. Para colmo, ella parecía estar consciente de ello, y lo provocaba.

Entonces la vio aparecer con una bandeja en las manos. Sobre ella, una taza de té y un platito con galletitas dulces. Pero no fue el contenido de la bandeja lo que le llamó la atención.

Se había puesto un delantal de cocina que se adhería exquisitamente a su cuerpo. Y Adriel notó que Virginia tenía las piernas desnudas. Algo no cerraba. Hacía un rato, cuando lo había recibido en el lavadero, estaba vestida con una calza negra que le marcaba hasta el alma. Ahora, sin embargo, las piernas estaban desnudas, largas, firmes, con un leve tono bronceado. Pero no era solo eso.

Se percató de la ausencia de las mangas de la remera, que deberían estar sobresaliendo los hombros del delantal. Sin embargo, no tardó en entender que lo que le faltaba era toda la remera. Adriel frunció levemente el ceño, sorprendido. Ella se acercó con naturalidad y apoyó la bandeja sobre la mesita ratona frente a él. Al hacerlo, se inclinó levemente, y él pudo verla de perfil, descubriendo la verdad en ese atuendo.

Virginia estaba en ropa interior. O, mejor dicho, estaba en tanga, porque seguía sin usar corpiño. Llevaba puesta una tanga de hilo dental que se perdía entre las redondeces perfectas de su trasero monumental, duro como el mármol, y a la vez tan suavemente balanceado al caminar que parecía ir flotando. La tela mínima del hilo se confundía con el color de su piel, apenas un trazo sugerente que se desvanecía entre las nalgas. Era una imagen totalmente pornográfica, que lo hizo tragar saliva. Sintió como su verga volvía a despertarse. No podía creer lo que estaba viendo. Su mamá se había quitado la ropa, se había quedado con esa insignificante tanga, y se había atado a la cintura ese delantal, que ahora funcionaba como lencería erótica.

No pudo evitar estirar la mano y acariciarla. Sus dedos rozaron la superficie tersa de su culo, hundiéndose apenas en esa carne firme que parecía pedir ser apretada. Ella se quedó un rato así, inclinada, mientras agarraba la taza de té y la ponía sobre la mesa, y luego hacía lo mismo con el plato de galletitas. Todo con movimientos lentos, que la obligaban a permanecer así, con el culo en pompa mientras su hijo se deleitaba con su trasero.

Ella tenía etapas en donde le molestaba que los hombres solo se dieran vuelta a mirarla por ese enorme culo que llevaba. Cansada también de los amantes, que apenas ella se entregaba iban directo a sus nalgas, acariciándolas, besándolas, mordiéndolas, como si el resto de ella no valiera, y eso que tenía unos senos grandes. Sin embargo ahora se quedaba ahí, dejando que su niño gozara de esa parte tan sinuosa que había sido obtenida tanto por la genética como por el ejercicio físico. Adriel parecía enloquecido, con los dedos, dibujando la forma circular de sus glúteos, y por un momento metiéndose en el fondo, jugando con la frágil tela que la tapaba.

—Se te va a enfriar el té —dijo Virginia sin mirarlo, mientras se apartaba de él.

—¿Entonces no está Lulú en casa? —preguntó él, aún con la mano en el aire.

—No —dijo ella—. Está en la biblioteca de la facultad.

—Pero… —dijo Adriel, sin terminar de comprender por qué su mamá estaba tan osada—. Igual, podría venir en cualquier momento…

—No —repitió ella—. Recién subió una historia a Instagram, en la biblioteca. Incluso si volviera ahora mismo, tendría por lo menos para una hora y media. Además, también le mandé un mensaje a tu papá mientras vos te estabas cambiando, preguntándole cómo lo estaba tratando la lluvia. Él me dijo que bien. Que igual estaba esperando a un cliente, y tenía bastante trabajo por delante.

Adriel asintió, aunque sus ojos no se movieron de ella. La tormenta golpeaba con fuerza contra los ventanales, haciendo vibrar las persianas bajas. Cada trueno parecía darles más intimidad.

Trató de asimilar lo que estaba pasando, lo que ella estaba insinuando. Se había aparecido en el living, con ese look tan pornográfico, y ahora le estaba confirmando que tanto su hermana como su papá, estaban fuera de su alcance. Sabía que eso no le daba garantía de nada, pero aún así era suficiente para que se dejara arrastrar por la lujuria.

Tomó el té en silencio. Estaba caliente, aunque no tanto como él. Partió una de las galletitas y se la llevó a la boca, despacio, saboreando no solo la masa dulce, sino más bien el momento y la vista privilegiada que Virginia le estaba regalando. Entonces dijo, con tono bajo:

—A ver… Mostrame un poco cómo estás.

Virginia no dijo nada. Solo giró lentamente sobre sus pies, dándole la espalda. El delantal se ajustaba justo por encima de la cintura, y se ataba en un moño que le pareció infantil en comparación con la imagen quedaba. Adriel la miró, deleitándose. Sobre todo sus ojos fueron inevitablemente a esas dos nalgas macizas que parecían desafiar la ley de gravedad. La tanguita estaba tan hundida, que incluso se perdía de la vista, y parecía que abajo estaba más bien desnuda.

—Desfilá para mí —le pidió después.

Ella soltó una risita apenas audible y comenzó a caminar a lo largo de la alfombra, como si estuviera en una pasarela invisible, con pasos firmes pero elegantes. Sus caderas se mecían con cada movimiento, y la delgada tira negra que llevaba debajo asomaba cada vez que la tela del delantal se elevaba apenas. Cuando llegó al otro extremo de la habitación, giró sobre sí misma y volvió, con la misma cadencia segura, con la misma sonrisa apenas dibujada.

Adriel la miraba sin disimulo, jugando con la cucharita dentro de la taza. Cuando ella se detuvo frente a él, de nuevo del otro lado de la mesita, no dijo nada. Solo lo miró, como esperando la siguiente instrucción.

Dejó la taza sobre la bandeja sin hacer ruido. Se sentía poderoso, ahí sentado como si estuviera en un trono, con ella media en bolas, obedeciendo cada una de sus órdenes, comportándose como una sirvienta eficaz, preparándole la merienda al mismo tiempo que le regalaba un espectáculo visual. Todavía no podía entender su relación con su madre. Cómo había llegado hasta ese punto. De alguna manera, había algo de natural en estar ahí, con ella en tanga, a punto de entregarse. Y esa naturalidad con la que se percibía todo, era lo que hacía que resultara más grotesco, inaudito, demencial.

Y, aún así, consciente de la locura de lo que estaba viviendo, sabía que no se iba a detener. No quería hacerlo.

—Vení —le dijo, llamándola con el dedo índice.

Virginia, fiel a su papel de sirvienta erótica, obedeció. Sus pasos descalzos no hacían ruido sobre la alfombra mientras se acercaba. Sus caderas todavía se balanceaban con esa gracia natural que le salía tan bien, pero que ahora él sabía que no era tan espontánea como parecía, sino que lo hacía para provocar. Se detuvo frente a él. Adriel apenas se había reclinado un poco hacia atrás, como si quisiera dejarle espacio.

Ella subió una rodilla sobre el sillón y luego la otra, trepando con delicadeza sobre él. Se sentó sobre sus piernas, a horcajadas, con las manos sobre los hombros de Adriel. El contacto de su cuerpo apenas vestido con el suyo ya vestido la hizo sonreír. El delantal caía hacia adelante, rozándole el pecho, dejando ver el inicio de sus senos y ese hueco suave que Adriel recordaba perfectamente. Él llevó las manos a su cintura, acariciando lentamente los costados, subiendo con los pulgares hasta el inicio de su espalda baja. La piel de Virginia estaba tibia, suave, con ese olor entre limpio y levemente dulce que siempre la acompañaba.

Los ojos de ella lo miraron en silencio por unos segundos. Luego se inclinó hacia adelante y lo besó. Primero con suavidad, como tanteando el terreno. Después con más profundidad, con más hambre. Adriel le sostuvo la cara con una mano y con la otra siguió recorriendo su espalda, bajando lentamente hacia las nalgas, hasta que sus dedos se posaron justo sobre el borde de la tanga. Virginia gimió apenas contra su boca, y su pelvis se movió hacia adelante con lentitud, presionando contra él, sintiendo ya la dureza de su pija.

El beso se hizo más prolongado, más cálido, más húmedo. Virginia se movía con una sensualidad medida, sabiendo cuándo apretar, cuándo soltarse. Los dedos de Adriel se aventuraron a tocarla con más decisión, hundiendo los dedos en ese inconmensurable carnosidad. Sus bocas no se separaban más que para respirar, y aun así se buscaban de inmediato. Había una urgencia contenida, un deseo que venía de días —de semanas— acumulándose y que empezaba a desbordar.

Ella le mordió el labio inferior con suavidad, apenas, y después apoyó la frente contra la de él. Ninguno dijo nada. Solo se respiraban el uno al otro, mientras las manos de Adriel seguían bajando y apretando, y las de Virginia se enredaban detrás de su nuca.

Ella se despegó un instante, lo miró a los ojos y sonrió. Entonces le dio un pico, luego le dio un beso en la mejilla, luego uno en la nariz, otro en el ojo. Adriel sonrió. Eran besos cariñosos, que casi podrían pasar por maternales, si no fuera porque ella estaba casi desnuda, y él estaba con una erección tan potente que parecía querer romper el pantalón.

Entonces lo ayudó a quitarse la remera. Vio de nuevo el torso perfecto de su chico. Esa forma de nadador. Le besó en el cuello, con la lengua. Los gemidos de su hijo en su propio oído la hicieron empaparse. Luego le besó el otro lado del cuello, sintiendo cómo las manos de él se cerraban con más fuerza en sus nalgas. Adriel le dijo algo, pero ella no lo comprendió. Luego le dio un chupón en la oreja, que pareció enloquecer al niño.

Finalmente empezó a bajar. Se salió del regazo de él. Se inclinó hacia adelante y le besó el torso. Luego le mordió un pezón, cosa que al chico pareció sorprenderle.

—¿Qué? ¿No te gusta? —preguntó ella, riendo.

—Sí, es que… nunca me habían mordido ahí —dijo él—. Pero sí, se siente muy bien.

—Se ve que todavía tengo muchas cosas que enseñarte —murmuró Virginia.

Le mordió el otro pezón, sintiendo ella misma que disfrutaba de ese gesto. El cuerpo trabado del chico se estremeció ante sus dientes. Siguió bajando. La lengua se deslizó como una babosa hasta llegar a su abdomen. Ahí se detuvo, y se puso en cuclillas frente a él. Escuchó una exhalación profunda del chico, que sabía muy bien lo que venía.

Apoyó ambas manos en sus muslos, lo miró desde abajo. Adriel, instintivamente, extendió una mano y corrió un mechón de pelo detrás de la oreja de su mamá, con mucha ternura. Ahora su rostro quedó totalmente a la vista. Sus ojos claros lo observaban con decisión desde abajo. El chico sintió como ella llevaba las manos as hacia el botón del pantalón. Lo desabrochó, observándolo con una sonrisa lasciva, y luego bajó al cierre. Pero aún no liberó la verga.

Entonces tironeo hacia abajo el pantalón, hasta dejarlo a la altura de los tobillos. Adriel estaba listo para recibir una felación de su hermosa madre. Pero tendría que esperar un poco más.

Ella arrimó la cabeza y cerró los dientes encima del calzoncillo, mordiendo la verga a través de la tela. El chico se estremeció. Luego llevó la mano a la entrepierna y empezó a masajear, siempre a través de la ropa interior. Adriel gimió de placer. Pensó por un segundo en Lulú y en su papá, en una improbable pero cierta posibilidad de que alguno abriera esa puerta en ese mismo instante. Pero se dijo que si por casualidad esa tragedia llegará a ocurrir, ninguno de los dos podría acusarlo de nada, ni a su mamá tampoco, porque él sabía la verdad y si era necesario las diría.

Esa idea lo alivió bastante. Sin embargo, se le ocurrió una idea perversa.

—Sería una cagada que papá se aparezca y nos descubra —Dijo—. ¿Por qué no lo llamás y confirmás que todavía está en su oficina?

A esa le sorprendió el juegos perverso del chico, pero le siguió la corriente. Se irguió y volvió a la cocina, en donde había dejado el celular. Adriel la vio venir con el aparato en la oreja, hablando con una sonrisa sensual.

—¿Entonces, no podes venir más temprano? —decía mientras se acercaba a su hijo, que tenía la verga ya con una dureza insoportable—. Bueno, y yo que pensaba regalarte algo especial en caso de que pudieras venir —agregó después, con una perversidad que a él lo fascinó, mientras volvía a ponerse en cuclillas delante suyo. Escuchó decir algo a su padre, aunque no comprendió qué era—. Una tanga nueva, que me compré el otro día. Bueno ahora me la pruebo y te mando una fotito, para que tengas un adelanto. Pero no te preocupes, atendé a ese cliente. Eso sí, después no te quejes si a la noche no te doy postre. —Adriel escuchaba cómo su madre tenía esa conversación con su padre, mientras los dedos de uñas largas se dirigían al elástico del bóxer, para luego tironear hacia abajo, y liberar por fin esa verga dura, grande, con las venas marcadas atravesándola a lo largo. Ella lo vio, fascinada. Observó que ya había largado bastante líquido preseminal. Se le hizo agua en la boca—. No te preocupes, mi amor. Te estoy jodiendo. A la tarde nos vemos. Y a la noche…

Entonces por fin se acercó a la verga. Adriel vio cómo su madre sacaba la lengua y flotaba justo ahí donde brillaba el presemen. El chico sintió un espasmo en todo el cuerpo, que se materializó en un temblor intenso. Ella lo miró desde abajo, con cara de diablilla, aún con el celular en la oreja.

—Sí, yo te mando la fotito —le decía a su marido, mientras tenía la verga del chico en sus manos, y el sabor de sus flujos en su lengua—. En un rato te la mando. ¿Y sabés en qué estaba pensando? En ponerme el delantal. ¿Te imaginás, que te prepare la cena así, en tanga, solo con el delantal puesto?

Adriel conocía el grado de perversión en el que podía llevar su madre, pero esto era demasiado. Y sin embargo, le encantaba. Después de todo, había sido idea suya que lo llamara. No se le hubiera ocurrido que hablara con él mientras le chupaba la pija. Se preguntó si acaso ella lo odiaba, o si simplemente lo humillaba porque sabía que no se iba a enterar de lo que estaba pasando.

Mientras Mauricio le hablaba al teléfono Virginia lamió de nuevo, pero esta vez lo hizo desde la base del tronco, deslizando la lengua lentamente sobre toda la extensión del fallo, dejando una huella de saliva en la piel del muchacho.

—Bueno, Mi amor, que termines bien el día —dijo, y por fin colgó.

Entonces empezó a estimular con más intensidad el miembro, concentrando la lengua cada vez durante más tiempo en la parte superior, hasta que por fin esa húmeda extremidad se movió sobre el glande, produciéndole un placer que lo hacía sentir como si le fuera a explotar la cabeza.

Entonces él apoyó la mano en el cabello dorado de su mamá, y empujó hacia abajo. Fue ahí cuando ella empezó a succionarlo, ya con esa cosa dentro de su boca.

—Uf —dijo Adriel—. Dale, mostrame como una MILF chupan la pija.

Eso la hizo reír, pero siguió, incansable, succionándole la verga, con el único objetivo de darle placer.

Para el adolescente, durante algunos minutos, no hubo más en el mundo que la sensación que le producía la calidez de la boca de Virginia, y la frotación de su lengua en su miembro. No había nada más que ese placer concentrado en su entrepierna. Nada más que el movimiento de la cabeza de su madre, arriba abajo, metiéndose la pija hasta el fondo. Nada más que los sonidos de humedad mientras ella no dejaba de saborear su parte íntima, prendida de esa cosa enorme que se erguía entre sus piernas.

Ella sentía esa carne dura en su interior. Percibía su calidez, su textura irregular, debido a las venas a los pliegues, al cambio de tamaño cuando se llegaba al glande. Cada tanto miraba hacia arriba regalándole una mirada azul, en donde le dejaba en claro como gozaba de estar ahí agachada para él.

Entonces cuando ya faltaba muy poco para terminar, Adriel se le ocurrió otro juego perverso.

—Esperá —le dijo. Empujó suavemente de la frente, para que ella lo liberara.

Entonces se inclinó y extendió la mano hacia la mesa ratona. Agarró la bandejita con las galletitas dulces. Ella se apartó un poco, pero seguía a sus pies. Entonces vio como su hijo llevaba su mano a su propia verga, y empezaba a jalarla. Luego acercó el plato muy cerca de él. Solo pasaron unos segundos, hasta que vio el semen saltando, en chorros gruesos, cayendo todo sobre el plato, sobre las galletitas.

Ella se quedó ahí, fascinada. Si cualquier amante le hubiera propuesto hacer eso se hubiera negado rotundamente. Pero él no era un amante más. Y tampoco se lo había preguntado. Así que cuando Adriel agarró una galletita de vainilla con membrillo, y ahora con semen, y las acercó a su boca, ella no hizo ningún tipo de acto de resistencia. Al contrario, separó los labios, y se metió la galletita entera en la boca, para luego empezar a masticarla.

—¿Está rica? —le preguntó él.

Ella asintió con la cabeza, y siguió masticando. Hasta que, después de un rato, se tragó todo. Adriel agarró otra galletita, estaba es una de chocolate, y se las llevó a la boca. Ella lo miró directo a los ojos mientras cerraba los dientes en la masa, y se comía el dulce mezclado con el semen.

—Ya está bien —dijo, cuando él intentaba darle la tercera galletita—. Ya te diste el gusto de que hiciera esta chanchada por vos —agregó—. Ahora voy a limpiar esto.

Se irguió. Adriel vio el monumental cuerpo de su madre caminando hasta la cocina, con la bandeja. No tardó en seguirla. Se apoyó en el marco de la entrada de la cocina. La miró metiendo las galletitas en una bolsita negra, cerrándola con cuidado. Y luego llevó el plato también manchado de semen al lavadero. Pero él se le adelantó. La abrazó por detrás, justo antes de que ella abriera la llave del agua. Inmovilizó sus manos y le quitó el plato. Lo acercó a su rostro, mientras le apoyaba la pelvis en el gordo culo.

—¿Qué querés? —preguntó ella, riendo, aunque sabía muy bien lo que él quería.

—Dale —le dijo el chico.

Entonces ella le dio el gusto. Sacó la lengua y empezó a lamer sobre el plato, ahí donde habían migas de galletitas y gotitas de semen. Lo lamió como una gatita hasta dejar el plato impecable. Recién entonces se puso a lavarlo. Mientras tanto, adriel se puso en cuclillas, le corrió el hilo dental a un lado, y hundió la lengua entre las nalgas.

Virginia sentía como su hijo le comía el culo mientras pasaba la esponja por el plato. Era un cosquilleo delicioso, así que se quedó ahí, poniendo el trasero un poco en pompa, para que a él le resultará más cómodo. Luego lo enjuagó lentamente, para que él pudiera darse el gusto de saborear su orto por más tiempo.

Finalmente el chico se levantó y desabrochó el delantal. Ella giró, y él se deleitó viendo sus hermosas tetas desnudas. Empezó a chuparlas a masajearlas, a jadear mientras lo hacía. Las dejó toda mordidas, llenas de baba, pero a ella no le importaba.

De pronto sintió cómo la hacía girar de nuevo, poniéndola de espaldas a él, apoyada sobre la mesada. Virginia separó las piernas, se inclinó un poco más. Instante después, sintió como su niño le hundía la verga en su Concha.

En la cocina fueron todos gemidos durante minutos. Adriel entrando y saliendo en ella, con una velocidad y potencia que iban in crescendo. Ella tampoco podía terminar de asimilar que estaba teniendo una relación clandestina con su propio hijo. Pero, aún así, ahí estaba, ya prácticamente desnuda, recibiendo las embestidas de su niño por detrás, gimiendo como la puta que era. Desde que estuvo con su hija, agarrada de su mano, mientras eran cogidas por dos adolescentes, había aceptado su condición de mujer perdida, sin moral ni ética. Así qué ya no tenía reparos en disfrutar de ese adolescente que había parido.

A los pocos minutos de estar siendo ensartada por Adriel, el orgasmo le llegó como una tormenta que casi la deja desmayada. Quedó temblando apenas conteniéndose, mientras él seguía penetrándola por detrás, dándole nalgadas, besándole el cuello.

Después de un buen rato sintió el semen cayendo en sus nalgas. Adriel le ayudó a limpiarse. Ambos estaban conscientes de que habían jugado demasiado con el tiempo. Una vez que los dos estuvieron satisfechos, agarraron su ropa y se metieron en sus respectivos cuartos, no sin antes despedirse con un beso en la boca.

A la noche los cuatro cenaron juntos. A Adriel resultó imposible no recordar a su mamá agachada frente a él, comiéndole la pija. Como a ella tampoco le resultó posible sacarse ese sabor a semen mezclado con masa dulce que había probado por la tarde.

Capítulo 12

Mauricio la vio correr y luego lanzarse al agua con una gracia inquietante. Lo estaba haciendo para él, lo sabía. Le gustaba que la mire, y a él le gustaba mirarla.

Lulú había dado apenas tres zancadas sobre el borde de la pileta antes de impulsarse en el aire con una leve flexión de las piernas. El sol rebotó sobre su cuerpo en movimiento, dándole ese brillo dorado que tienen las cosas que uno no puede —ni quiere— dejar de mirar.

El bikini que llevaba era mínimo. Una pieza roja, casi granate, que resaltaba su piel bronceada. La parte superior era sencilla, sin estructuras, apenas un par de triángulos finos que parecían mantenerse en su lugar más por capricho que por diseño. Las tiras se anudaban detrás del cuello y en la espalda baja, dejando mucha piel expuesta. La parte inferior —aún más audaz— se hundía en las caderas y dejaba ver la forma perfecta de sus nalgas.

Cuando salió a la superficie, sacudiendo la cabeza, le gritó:

—¡Dale, vení, Papi!

Mauricio tardó un segundo en reaccionar. No se había puesto el traje de baño todavía. Ni siquiera había planeado meterse tan temprano. Pero ver a Lulú ahí, salpicando agua, flotando con esa naturalidad que parecía inventada, era como si una sirena lo hubiera llamado. Y él, pobre mortal, no tenía otra opción más que responder a ese canto.

Además, esa forma en que pronunció “Papi”, le sonó con una lascivia sutil y deliberada, que lo hizo estremecer. Desde que habían cogido en el living de la casa, a apenas unos metros de donde su mujer dormía, la relación clandestina con su hija se había consolidado. Y si bien no habían vuelto a tener sexo otra vez, sí que se las ingeniaron para comerse a besos cada vez que estaban alejados de los otros integrantes de la familia, como así también, decirse cosas sucias al oído, o por mensajes que era borrados para no dejar rastro de su traición.

Esa tarde habían decidido salir de casa, tener un día de familia. De hecho, desde el mismo día en el que tuvo sexo con su hija por primera vez, no habían vuelto a salir los cuatro.

La quinta era un verdadero lujo. No solo por lo material, sino también por esa sensación de privacidad y aire libre que la ciudad ya no ofrece. Un terreno generoso, rodeado por ligustros altos y tupidos. La casa era rústica pero acogedora, de ladrillo visto, con ventanales amplios y una galería con sombra. A un costado, la parrilla. Al otro, la pileta rectangular, embaldosada con cerámicos claros y rodeada de pasto bien cortado. Las reposeras, dos sombrillas y una mesa larga completaban el cuadro.

Era un día caluroso. El tipo de calor que no se soporta más que en el agua. Y ahora, ahí estaba él, sintiéndose ridículo por la forma en que esa chiquilla lo desestabilizaba sin esfuerzo.

—Ya voy —le dijo, sonriendo para disimular su ansiedad.

Virginia y Adriel se habían metido en la casa hacía unos minutos. Mauricio no recordaba con claridad por qué. Tal vez fueron a buscar hielo, o algo para picar. La cuestión es que estaban solos.

Aprovechó el momento. Se metió en el cuarto donde dormiría con su mujer y se cambió en tiempo récord. Al salir, escuchó a Adriel y Virginia cuchicheando en la cocina. Lejos estaba de imaginar que su propio hijo le estaba susurrando palabras obscenas a su madre, mientras le acariciaba el culo. Ella, de espalda, buscaba algo en la heladera. Algo que tardaba mucho en encontrar. Pero, para Mauricio, lo que estaba haciendo con Lulú era tan inmoral, tan perverso, que le costaba mucho imaginar que su hijo y su mujer estaban teniendo una aventura igual de prohibida.

Salió de nuevo al patio, contento de tener un rato más a solas con su hija, y se zambulló con decisión.

El agua lo envolvió, fresca y limpia. Y al salir a la superficie, lo primero que vio fueron los ojos claros de Lulú, esperándolo. Le sonreía con una lujuria que no se molestaba en ocultar.

Apenas pasaron unos segundos cuando ella lo abrazó por el cuello y, sin previo aviso, lo besó en la boca.

Mauricio se quedó inmóvil al principio, más por el susto que por otra cosa. Su primera reacción fue apartarse, pero los labios de Lulú tenían ese sabor dulce, fresco, travieso, como si fueran fruta robada en verano. Y ella se apretaba contra él con tal intensidad, con tanta decisión, que en vez de frenarla, abrió los labios y dejó que su lengua se colara despacito, como una caricia prohibida.

Sabía que era una locura. De hecho, era mucho peor que lo que había pasado en el living semanas atrás. Estaban al aire libre, sin puertas ni cerraduras, con el sonido del agua como único cómplice. Pero aún así, la besó con furia lenta. Y sus manos, como moviéndose por voluntad propia, bajaron por la espalda de Lulú hasta detenerse en esos glúteos firmes, redondeados, carnosos como pan caliente recién salido del horno.

Después de un rato, se separaron. Con los rostros húmedos, el corazón acelerado y la respiración entrecortada.

Mauricio ya sentía cómo la consistencia de su verga había cambiado. Por suerte, el agua cubría su vergüenza.

Aún le costaba caer en la cuenta de lo que estaba experimentando con su hija adolescente. A veces se preguntaba cuántos de sus amigos vivían algo así. Tenía entendido que ese tipo de relaciones solían ser en el contexto de un abuso. Pero este no era el caso. Al menos eso se repetía cada vez que podía, ya que una parte de él temía que así fuera. Después de todo, más allá de que ella quería hacerlo, era su hija, apenas una adolescente, y él, de alguna manera, se estaba aprovechando de la situación.

—Bueno, basta. Esto es demasiado arriesgado —dijo él, sin mucha convicción—. Portate bien, mocosa —agregó, en un intento de recuperar el control.

—Vos portate bien —le devolvió ella, con una sonrisita ladina que le subía de un solo lado de la boca.

Y justo cuando él empezaba a girarse para nadar hacia otro extremo, sintió la mano de Lulú, por debajo del agua, en su entrepierna. Un roce suave, deliberado. Él no estaba del todo erecto, pero su excitación era innegable.

Lulú empezó a masajearla de manera descarada. Unos segundos después, ya sentía la pija de su papá completamente dura en su mano. Le gustaba verlo así, tan contrariado, pero sin poder apartarse de ella. Gozaba mucho de manipular a su padre tan fácilmente, orillándolo a hacer cosas inmorales.

—Bueno, basta —repitió Mauricio, esta vez un poco más firme—. Si te ponés así de pesada, voy a tener que mantenerme alejado de vos. No solo acá, sino en la casa. Tenés que saber controlarte.

Sin embargo, mientras decía esto, la chica seguía estimulando su pija, y lo hacía soltar jadeos involuntarios.

—Qué lindo te ponés cuando te enojás —le dijo ella, soltándolo con suavidad.

El silencio volvió a rodearlos. El agua tibia, el sol en los hombros, el pasto vibrando en el borde de su visión. Era como si el mundo se hubiera frenado ahí.

Mauricio le dio la espalda, y se acomodó la verga. Aunque igual, si tuviera que salir de la pileta en ese mismo momento, por cualquier motivo, su dureza sería evidente, y el hecho de que la tuviera mientras estaba nadando con su hija sería de por sí muy vergonzoso.

De repente, ella soltó una carcajada. Una risita odiosa que le llegó como un dulce veneno.

—¿Tanto miedo me tenés que te alejas? —dijo.

Fue nadando detrás de él. Mauricio sabía que iba a molestarlo, pero no podía predecir lo que la mocosa haría. Cuando sintió las manos en el traje de baño, fue demasiado tarde. Lulú se lo bajó de un Tirón. La parte frontal se mantuvo en su lugar un momento, trabada por la rigidez de su entrepierna. Pero aún así, ella logró bajárselo, a la vez que el miembro se sacudía arriba abajo dentro del agua, por la brusquedad del movimiento.

—¡Lourdes! ¿Estás loca? —dijo él, comenzando a enfurecerse de verdad.

Pero ella se había sumergido en el agua. La sintió moverse delante de él. Luego vio su cuerpo esbelto nadando cerca de sus piernas. Entonces la mano volvió a cerrarse en su verga, que esta vez estaba desnuda, bajo el agua.

Él la agarró de un brazo y la hizo subir.

—Pendeja de mierda —le dijo—. ¿Te pensás que el próximo castigo van a ser solo unas nalgadas? Ya vas a ver lo que te espera.

Se volvió a subir el traje de baño. El enojo hizo que su miembro empezara a ablandarse un poco.

—Quería ver si te la podía chupar debajo del agua. Pero es imposible. Menos mal que me sacaste —explicó ella.

Eso le sacó una carcajada a Mauricio. Lulú siempre había sido medio loca y muy ocurrente, pero jamás había imaginado que una de esas ocurrencias sería hacerle una mamada a su papá debajo del agua.

—Estás descontrolada —le dijo.

—Pero eso te gusta, ¿no?

—Sí, pero si no nos cuidamos… —dijo él.

Se quedaron flotando muy cerca el uno del otro. El enojo de él, si es que fue realmente enojo, se disipó con la misma facilidad con la que había aparecido.

—Y acá… ¿vamos a poder estar solos un rato? —preguntó ella, haciendo un puchero.

—No lo creo —dijo él—. De hecho, acá va a ser más difícil que en casa.

—Está bien. Pero ya sabés que a eso de la una de la mañana me da mucha sed. A lo mejor me levanto a tomar un vaso de leche.

Un simple comentario como ese podía hacer que un hombre centrado como él se volviera loco. Y Mauricio no era tan diferente a otros hombres en ese sentido. Enseguida le vinieron un montón de imágenes pornográficas, en donde él se cogía a Lulú de mil maneras diferentes.

—Sería mejor que te de sed más cerca de las tres de la mañana —dijo—. Para estar seguros.

—¿Te vas a coger a mamá? —preguntó ella—. Es por eso, ¿no? Vas a necesitar recargar energías.

No lo decía precisamente enojada, pero había cierta irritación en ella. Al menos eso era lo que percibía Mauricio. Lulú, por su parte, trataba de reprimir una carcajada. Era raro, pero no sentía celos de su padre, pero sí de su hermano, siendo que con Adriel aún no habían tenido nada. Pero le gustaba poner incómodo a su papá con ese tipo de cosas. El pobre tipo no tenía ni la menor idea de lo puta que era su mujer.

—Ya conversamos sobre esto —dijo él—. Es mejor que no hablemos de mi relación con tu mamá.

—Claro, claro —dijo ella, solo para seguir alterándolo.

Unos minutos después, se escucharon pasos, y aparecieron Virginia y Adriel desde el interior de la casa.

Mauricio no tenía forma de saberlo, pero esos minutos que él había pasado entre besos y suspiros con su hija, Adriel los había pasado de forma muy parecida con su esposa.

Virginia caminaba con elegancia. Rubia, despampanante, con ese andar suyo que parecía flotar más que pisar. Llevaba un bikini blanco que le quedaba pintado, y por encima, atado a la cintura, un pareo translúcido color celeste, de esos que se usan en la playa más por estética que por pudor. La tela se pegaba a sus caderas, y se movía con ella al ritmo de sus pasos.

Lulú tenía razón. A la noche se cogería a su mujer. Desde su aventura incestuosa no solo no se deterioró su matrimonio, sino que estaban mejor que nunca. Al menos en lo referente a lo sexual, así era. Mauricio estaba rejuvenecido, y todas las noches se revolcaba con Virginia, ambos estimulados por los polvos secretos con sus hijos.

Virginia se quitó el pareo con un movimiento lento, como quien se deshace de un velo innecesario.

La tela celeste resbaló por sus caderas hasta quedar hecha un ovillo en la reposera. Se acomodó de costado, estirando una pierna sobre el acolchado y doblando la otra apenas, en un movimiento tan natural como erótico. Mauricio estaba consciente de que su mujer era de esas pocas que exudaban sexualidad por todos sus poros. Sería una locura poner en riesgo su matrimonio. Pero justamente Lourdes era, probablemente, la única mujer con quien engañaría de manera sistemática a Virginia. Estaba tan buena como su madre, pero era más joven, y su vínculo filial con él le agregaba una cuota de adrenalina que no podría experimentar con nadie más.

Adriel se acomodó al lado de su madre, apoyando los codos en la reposera. Si Mauricio prestara más atención, se daría cuenta de la cercanía innecesaria, en cómo la miraba, en cómo ella ignoraba a su marido, solo para prestarle atención a su niño.

En la pileta, Lulú se adelantó unos pasos hasta el borde.

—¿No piensan meterse? —preguntó.

Mauricio, que seguía a su lado en el agua, sintió el impulso antes de pensar en él.

No supo exactamente por qué lo hizo. No tenía sentido, iba en contra de todo lo que había dicho minutos antes, cuando había intentado poner distancia. Pero su mano, casi con vida propia, se deslizó bajo el agua, hasta tocar la piel húmeda de Lulú, justo en su muslo.

Desde donde estaban Adriel y Virginia, no podían ver nada. Así que sus caricias eran impunes. La yema de sus dedos empezaron a acariciar con más intensidad el muslo de su hija. La subió lentamente, hasta quedar muy cerca del sexo.

Ella no se movió. Ni una mueca, ni una sonrisa. Solo dejó que la mano siguiera su recorrido, como si ese contacto fuera algo esperado, pactado en silencio. El músculo se tensó un poco al principio, pero luego se relajó bajo la caricia lenta, como si ese roce fuera parte del agua misma.

—Enseguida nos metemos —dijo Virginia, mientras se ponía protector solar en los hombros.

Mauricio apenas los escuchaba. Toda su atención estaba en su propia mano, en esa sensación celestial bajo el agua.

La chica empezó a hablar con su hermano, solo para tener una excusa para quedarse ahí. Mauricio deslizó la mano hacia arriba, para luego cerrar los dedos en el carnoso orto de la adolescente.

Se quedó un rato ahí, palpándola, mientras parecían una familia normal, compartiendo una tarde de sol y pileta.

Estaba tan caliente, que en un momento temió eyacular en el agua. Solo entonces se separó de su hija, prometiéndose que esa misma noche se la iba a coger. Sería divertido. Una maratón sexual con su mujer y luego, a la madrugada, con la niña de sus ojos.

Después de un rato se alejó, sabiendo que debía hacer todo lo posible por ablandar su verga antes de que su mujer se metiera en la pileta.

Y justamente, unos minutos después, Virginia y Adriel se sumaron a la pileta, y por un momento, todo pareció adquirir un aire de normalidad. Como si fueran una familia cualquiera de cuatro integrantes compartiendo un día caluroso, entre chapuzones y risas disimuladas.

Pero, claro, detrás de esa normalidad se escondía una lujuria apenas contenida. Además, no era solo que los cuatro estuvieran envueltos en una relación perversa. Tanto Adriel como Lulú tenían su lascivia repartida en dos integrantes de la familia.

A la tarde, empujados por los estímulos acumulados, por las miradas, por las caricias veladas bajo el agua, Virginia y Mauricio se encerraron en su habitación. No hacía falta que nadie preguntara qué estaban haciendo. Además, los dos chicos ya estaba grandes, y sabían muy bien de la vida sexual activa de sus padres.

En el sofá, bajo el aire acondicionado, Lulú y Adriel se habían quedado charlando, como siempre. Había algo natural en esa cercanía, como si sus cuerpos buscaran acomodarse uno contra el otro sin necesidad de justificación. Siempre había sido así, solo que ahora, ya más grandes, con sus deseos más evidentes, hacían esos gestos más íntimos, más secretos.

Adriel estaba recostado, todo su cuerpo largo y trabajado hundido en ese sofá gris, con las piernas abiertas, una mano apoyada en su abdomen y la otra en la espalda baja de Lulú, que se había tirado encima de él, sin pedir permiso. Era la ventaja que tenían como hermanos de una edad cercana. Tenían una impunidad que les permitía jugar ese peligroso juego de roces.

La remera de ella se había subido apenas, dejando al descubierto un sector terso de piel clara, justo donde por encima de ese shortcito que se había puesto, que le dejaba tan marcado su pomposo culo. Y Adriel la acariciaba ahí, como si estuviera leyendo en braille algo que ya conocía de memoria.

—¿Y qué onda con mamá? —le dijo Lulú, con la voz baja, como si temiera ser escuchada por alguien más, a pesar de que, desde el dormitorio de sus padres, ya se empezaban a escuchar los gemidos de Virginia.

—¿Qué onda de qué? —respondió él, haciéndose el desentendido mientras seguía con los dedos dibujando círculos lentos sobre la piel de su hermana.

—Y… Eso. Qué onda. ¿Ya te la cogiste? —insistió la chica, con los labios muy cerca del cuello de él.

Adriel sonrió. Estaba consciente de que tenía una ventaja sobre ella, porque él sí conocía su secreto. Por otra parte, su hermana era la única con la que podía compartir algo como eso, y desde hacía rato que tenía ganas de tener esta conversación, pero no se había dado la oportunidad, porque la pendeja siempre estaba histeriqueándolo. Finalmente, decidió jugar un poco con ella.

—Vos estuviste con papá, eso seguro —le dijo, sin mirarla.

Lulú se incorporó apenas, lo suficiente para que sus ojos claros lo enfrentaran desde arriba.

—¿Por qué decís eso? —le preguntó, cautelosa, aunque no parecía para nada preocupada.

—Los vi en el living —reconoció él.

—¿Y? ¿Te puso celoso? —le preguntó.

El silencio se volvió más espeso.

La mano de Adriel seguía en su espalda baja, pero ahora subía y bajaba con más intención. Cada tanto rozaba el borde de la ropa interior de ella, que sobresalía por encima del short.

Adriel sí se sentía celoso, pero no respondió.

—¿Vos estás loca? —preguntó—. ¿Cómo te vas a coger a papá? —dijo él, negando con la cabeza—. Lo vas a volver loco al pobre. En algún momento mamá se va a enterar, y…

—¿No me vas a responder lo que te pregunté? —le dijo Lulú, mientras con la yema del dedo índice le recorría el pecho, muy despacio—. ¿Te pensás que no noto la diferencia cuando estás con mamá? Ya te la cogiste, ya lo sé. Solo quiero que me lo confirmes.

Adriel se quedó un segundo callado. Luego, la miró con una mezcla de ternura y exasperación.

—Escuchá cómo gime, la puta —siguió diciendo Lulú.

—Como todas las mujeres cuando cogen —refutó él—. ¿O acaso vos no gemís? Ah, claro, vos tenías que contener los gemidos, porque estabas cogiendo en el living. ¿Sos boluda? Cómo van a hacerlo ahí.

—¿Y por qué me echás la culpa a mí y no a papi? Los dos fuimos imprudentes.

—Porque a vos no hay hombre que te pueda decir que no. Ya te conozco.

—Ah… ¿vos tampoco? —le preguntó Lulú.

—A mí no me gustás. Sos fea —le dijo él.

—¿Ah, sí? —dijo Lulú.

Llevó una mano a la entrepierna de Adriel, y palpó su verga. Estaba dura. La había estado sintiendo hacía a varios minutos.

—Si no se te puso así por mí, fue por los gemidos de mamá. ¿Te imaginás cómo debe estar cogiendo? Seguro en cuatro, como a ella le gusta, y papá parado en el borde de la cama, metiéndole la pija hasta el fondo. Sé que no le está haciendo el culo, porque si así fuera, gemiría más fuerte.

—Cortala, estás enferma —le dijo él, pero sin apartarla.

—Si me respondés si te cogiste a mami… te voy a contar un secreto sobre ella.

Adriel se sintió tentado. Igual pensaba decírselo, así que, si podía sacar provecho de eso, por más que solo fuera una tontería, mejor para él.

—Qué pesada —dijo—. Sí, cogimos.

Ella abrió bien grande los ojos. Una cosa era sospecharlo con tanta intensidad que ya prácticamente lo daba por sentado. Otra cosa era que se lo dijera así, en la cara, mientras ella aún apretaba su verga dura. Lulú sintió algo muy parecido a los celos, lo que la instó a contarle ese secreto que le había prometido, pero antes quiso saber más.

Estuvieron un rato susurrándose, entre divertidos e incrédulos, las experiencias que habían tenido con sus padres ese día que fueron de paseo a Capital, y Adriel y Virginia regresaron antes a la casa.

—Qué loquita. Siempre corriendo riesgos vos. En medio de la calle… —le dijo él, cuando ella terminó de contar su anécdota—. Te sirvió eso de aparecerle todas las noches en tanga.

—Es que los hombres son muy básicos —dijo ella.

—¿Y cuál ese secreto que me ibas a contar? —preguntó Adriel.

Lulú arrimó los labios a la oreja de su hermano. Su sola respiración hizo que el chico se estremeciera. Sin darse cuenta, deslizó la mano hacia abajo, y sintió cómo la carne se elevaba ahí donde comenzaba su tierno culo.

—El otro día… —dijo ella, con el cuerpo pegado a él. Las tetas hinchadas apretadas en su torso, a la vez que recibía las caricias de Adriel—. Vinieron a casa dos exalumnos de mami. Y…

—Y, ¿qué? —preguntó, él, aunque ya sospechaba la respuesta.

—Se la cogieron —soltó ella, como si nada.

Él la agarró de los hombros, para apartarla un poco y poder verla a los ojos.

—Y vos cómo sabés —le preguntó. Pero no necesitó que ella hablara para saber la respuesta—. Vos también te los cogiste, ¿no?

—Seh, pero solo por divertirme —dijo ella. De repente se empezaron a escuchar los gemidos de Virginia, y ahora también de Mauricio, con más intensidad—. Ahora sí que se la está dando por el culo —agregó la chica, con una sonrisa.

Adriel estaba procesando la información. Estaba algo celoso, sí. Pero lo que le preocupaba era que la cosa estaba llegando a límites que pronto ninguno de ellos podrían controlar.

Y, sin embargo, ahí estaba, con la pija parada mientras su mano estaba palpando el orto de su hermana.

De repente, Lulú hizo un movimiento inesperado. Un gesto decidido, que no dejaba lugar a dudas. Con la misma naturalidad con la que se acomodaba el pelo tras la oreja o estiraba las piernas en el sofá, llevó la mano a la entrepierna de Adriel. Esta vez, sin tanteos ni disimulo, bajó el cierre del pantalón con una lentitud calculada, como si disfrutara del sonido metálico que rompía el silencio de la tarde.

Adriel se quedó mirándola, boquiabierto, sin saber si debía frenarla o dejarse llevar. Pero el brillo en los ojos de ella, esa mirada juguetona de niña traviesa, se le clavó en el pecho como una aguja caliente. Era imposible no ceder.

Lulú se deslizó por el sofá, con movimientos felinos, hasta quedar acomodada justo a la altura del abdomen de él. Lo miró desde abajo. Sus ojos, tan claros que parecían de otro mundo, lo buscaron con intensidad. Y esa sonrisa… esa sonrisa de nena puta lo volvía loco.

Adriel, ya totalmente rendido, extendió una mano y acarició el cabello de su hermanita con una ternura que contrastaba con lo que estaban a punto de hacer.

Entonces, con la respiración agitada, ella bajó el elástico del calzoncillo, con una delicadeza que lo sorprendió. La verga apareció, grande, dura, llena de venas, a centímetros de la preciosa cara de la chica.

Mientras ella empezaba a trabajar con su lengua, lo miraba desde abajo, observando cada cambio en su expresión, cada temblor de su cuerpo, cómo los músculos se tensionaban. Le gustaba ver la metamorfosis de su hermano, mientras ella le frotaba la lengua a lo largo de la verga.

También le divertía sentir esa piel particularmente gruesa que envolvía el miembro, como la suavidad que encontraba en el glande, que estaba expuesto, como la cabeza de una tortuga que sale de su caparazón.

Con una mano acariciaba los muslos de Adriel, mientras su cabeza subía y bajaba suavemente, estimulándolo, ya no solo con la lengua, sino con la otra mano, que se había cerrado sobre la base del tronco, para empezar a masturbarlo mientras lo lamía.

Desde el dormitorio de sus padres le llegaban los gemidos de ellos, cada vez más escandalosos. Pero eso también la instaba a apurarse, porque cuando los otros dos salieran del dormitorio, Lulú no podría estar ahí junto a Adriel.

Así que se concentró en el glande. Él veía, con deleite, cómo la pequeña lengua salía al encuentro de esa parte tan sensible. Parecía la lengua de una víbora, moviéndose a toda velocidad, haciendo que su verga se sintiera estimulada en todo momento.

A unos metros, los gemidos de su padre se habían convertido en una especie de gruñido, mientras que Virginia ya no emitía sonido alguno. Los hermanos dedujeron que ya habían acabado. O al menos Mauricio lo había hecho. Eso solo les dejaba un par de minutos de soledad garantizada. Todo lo demás sería entregarse a la suerte.

Pero Lulú no se detuvo, sino que redobló esfuerzos. Estaba prendida a la pija de Adriel como si la vida dependiera de ello. Por momentos, lo raspaba con los dientes. Pero eso no le molestaba, al contrario, era otro estímulo más.

Pronto sintió que ya estaba listo para descargar su semen. Llevó la manos a la cabeza de Lulú, y la empujó hacia abajo. Ella entendió su intención. Separó los labios, y se metió el falo en la boca, Instantes después, recibía el líquido tibio y pegajoso en la boca.

Adriel vio cómo su hermana levantaba la vista. Tenía los labios bien cerrados, como si temiera abrirlos. Comprendió que aún no había tragado. Luego vio el movimiento en su garganta, y, finalmente, ella sonrió.

—¿Ves? —le dijo Lulú—. Vos también cogés en el living. ¡Y encima con tu hermana! ¿Estás loco?

La última frase la hizo con una voz mucho más gruesa, imitando a su hermano.

—Por lo visto, sí —dijo él, acomodándose el pantalón.

A pesar de todo, no se separaron. Se quedaron acurrucados en el sofá. Unos minutos después, sus padre salieron del dormitorio.

—Con este calor y están así —dijo Virginia al verlos.

—Bue —dijo Lulú—. No hablemos, que ustedes están mucho más acalorados. Y nadie les dice nada.

A la noche, Adriel ayudó a su mamá a preparar la cena. Ambos estaban en la cocina, mientras Lulú y Mauricio estaban en el living. Habían acordado colaborar entre ellos. Ayudarse a pasar el tiempo a solas con sus padres.

Virginia tenía un short elastizado que le marcaba el culo de una manera que era imposible no mirarla.

Adriel, de todas formas, no se conformaba con mirar. A pesar de que había eyaculado hacia un rato, con solo ver esas imponentes nalgas, empezó a excitarse de nuevo. Así que, mientras su mamá picaba las cebollas, él empezó a palparle el culo.

—No seas tonto —le dijo ella, susurrando.

—Y si vos te ponés así, ¿qué querés que haga?

—Solo estoy un poco inclinada, cortando la cebolla. No estoy haciendo ninguna pose provocadora. No tengo la culpa de haber nacido con unas pompas tan generosas.

—Y yo tampoco —replicó Adriel, pellizcándole el culo de nuevo.

—¿Qué te pasa hoy? —le preguntó ella.

—Nada. Si ya sabés cómo me ponés —le dijo él. Luego se acercó, y le susurró al oído—. ¿Te estaba haciendo el culo?

Ella soltó una risita.

—¿Qué te importa? —dijo.

—No es que me importe. Solo es… morbo.

—Sí —respondió ella—. Él insistió mucho. Yo no quería hacerlo, con ustedes en la quinta, porque sabía que iba a gritar mucho. Pero se puso muy insistente. Estaba recaliente. No sé qué les pasa a los hombres de esta familia hoy. Debe ser esta quinta que tiene algo. O el calor.

—Ni idea —dijo él, llevando las manos a sus caderas, apoyándole la verga dura en su trasero—. Pero hoy te voy a coger.

—¿Ya ves? —dijo ella, riendo—. Hoy es imposible, nene. Más imposible que nunca.

—No te preocupes. Voy a sacarme de encima a Lulú, y te voy a visitar a la noche.

—Estás loco. No se puede —insistió ella—. Dale. ¿No viniste a ayudarme a cocinar? Empezá a hacer la salsa.

Adriel, con mucho esfuerzo, se apartó de ella y la obedeció. Se regodeó recordando lo que le había dicho su hermana, cuando aún estaban tirados en el sofá.

—A las tres de la mañana voy a estar con papá. Así que… ahí la tenés a la putita de tu mami, para vos solo. Y de paso la distraés un rato.

Ya estaba disfrutando por adelantado. Y no era solo la posibilidad de estar con Virginia. Después del pete que le hizo Lulú, estaba claro que iban a coger. Quizás esa misma noche disfrutaría de las dos. Su mamá y su hermana sometidas a su verga.

Por Gabriel B

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