Capítulo 7
Mientras Adriel, ya en casa, comenzaba a deslizar las manos por la espalda de Virginia, en otro rincón de la noche (más bullicioso, pero igual de cargado de tensión sexual) Lulú y Mauricio compartían una copa de vino en una mesa cercana al escenario. Ambos se mantenían en silencio, con los cuerpos relajados pero las miradas alertas, como si cada sorbo que daban no fuera más que una excusa para prolongar ese instante flotante, cargado de algo que que fingían ignorar.
Frente a ellos, la última pareja de la noche bailaba un tango lento y profundamente sensual. La luz era tenue, anaranjada, como filtrada por una nostalgia vieja y envolvente. El suelo brillaba por el reflejo de las lámparas colgantes, y la música parecía salir desde algún rincón escondido del alma del lugar.
Lulú mantenía la copa en la mano, prestando atención a los bailarines, pero cada tanto mirando de reojo a su papa. Se sentía como en una cita. Era la primera vez que tenían un momento a solas desde que la tensión sexual entre ellos había superado cualquier límite razonable. Sabía muy bien lo que generaba en él, aunque no estaba segura de si su papá se animaría a reconocerlo. Era lo suficientemente viva como para generar situaciones en donde él la castigara a nalgadas, o le acariciara los muslos con la excusa de revisar una protuberancia, como ya lo había hecho. Pero esa noche era especial, porque lo tenía para ella sola, y era el mejor momento para que sucediera algo más allá de cualquier contacto sensual.
Se preguntó si su hermano también aprovecharía el momento a solas con su madre para intentar algo, aunque no fue capaz de imaginarlo arrancándole la tanga, para desnudarla por completo, cosa que estaba pasando en ese mismo instante.
El murmullo del resto del lugar se había apagado. Solo se oía el bandoneón y el leve crujido de los tacos sobre la madera. El tango, con su cadencia densa y su melancolía erótica, parecía arrastrarlos a todos a un tiempo sin tiempo.
Mauricio no podía dejar de observar a Lulú, cómo la luz jugaba con los relieves de sus senos, cómo le brillaban los ojos claros. Se veía muy sexi con ese vestido. Como siempre, su rostro algo aniñado contrastando con la sensualidad de su cuerpo. Por un momento se sintió asqueado de sí mismo, pero luego, quizás por el alcohol, decidió simplemente disfrutar del momento. ¿Qué podía salir mal? Mientras él no hiciera ninguna estupidez, no debía temer a nada.
Cuando la pareja en el escenario terminó con una pose firme (ella colgada del cuello de él, el rostro a milímetros del suyo, los labios entreabiertos), el aplauso del público rompió el hechizo.
—Tendríamos que haber entrado antes. Nos perdimos la mayor parte del show —dijo Lulú, melancólica.
—Igual podemos quedarnos un rato más —dijo Mauricio.
—Y después podemos caminar un poco. No quiero volver tan rápido a casa.
—Obvio, princesa —le dijo él.
—Hace rato que no me decís así.
—Siempre vas a ser mi princesa.
Sus miradas se cruzaron un buen rato. Se terminaron la botella de vino. Mauricio no acostumbraba tomar mucho, por lo que ya estaba entonado. Pagaron la cuenta y salieron a caminar por Palermo
La noche estaba muy agradable.
—¿Qué pensás que piensa la gente que nos ve? —dijo de repente la chica.
—¿En qué sentido? —preguntó él.
—¿Decís que piensan que somos padre e hija, o una pareja?
La pregunta tomó desprevenido a Mauricio. Vio de reojo a Lulú, que caminaba a su lado. Una brisa fresca sacudió suavemente su vestido. Tenía la espalda descubierta, lo que le daba una sensación de desnudez que lo perturbaba. Tragó saliva.
—Supongo que parecemos padre e hija —dijo.
—No sé. No nos parecemos mucho. Y tampoco es que sea algo raro que un cuarentón salga con una chica de la mitad de su edad.
Entonces Lulú le agarró la mano. La notó transpirada, pero no dijo nada. Mauricio al principio se sorprendió, pero luego la estrechó con más fuerza.
—Desde hace mucho que te negaste a que te lleve de la mano —comentó.
—Sí, es que ahora quiero que juguemos.
—¿A qué? —preguntó, intuyendo el peligro.
—¿Ves cómo nos miró ese señor que pasó recién? —dijo la chica—. Seguro que piensa que me estás cogiendo.
Él sintió cómo la verga empezaba a hincharse dentro del pantalón. Estaba acostumbrado a las provocaciones de la adolescente, pero nunca la había oído decir algo tan explícito como eso. Miró alrededor. La calle estaba muy transitada, y no era raro ver cómo varios hombres perdían la vista en Lulú. Y la chica iba de la mano con él. Dentro de la mente de esos tipos, él era su pareja, y se la estaba cogiendo, tal como había dicho ella. Además, Mauricio intuyó que más allá de cómo se agarraban de la mano, había algo en su lenguaje corporal que debía delatarlo. Pensar en eso lo puso nervioso, y también lo excitó.
—La gente tiende a pensar lo que quiere. Y muchas veces están equivocadas, como ahora —fue lo único que pudo decir.
—Tomemos un helado —dijo Lulú, con esa mezcla de capricho y dulzura que la hacía imposible de rechazar.
—Yo no quiero —respondió Mauricio, mirándola de reojo—. Pero comprate uno vos. Nos sentamos un rato y después volvemos a casa. Estoy preocupado por Virginia… le mandé mensajes y no me respondió.
Lulú se rio por dentro. Aunque no sabía lo que estaba pasando entre su mamá y su hermano, lo intuía. Eso la hacía sentirse celosa, y le daban más ganas de provocar a su papá, a ver hasta dónde llegaría. Si en algo se reconocía igual que su madre, además de los ojos y el prodigioso culo con el que había nacido, era en lo puta que era cuando se lo proponía.
—No seas amargo —retrucó—. Debe estar descansando. Además, Adriel la está cuidando.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y se dirigió a la heladería que estaba justo enfrente. Mauricio la observó caminar y, sin poder evitarlo, no solo vio a su querida hija, sino a la chica que desde hacía rato se quería coger. El hecho de que Lulú fuera ambas cosas lo traumatizaba, pero no por eso dejaba de tener esos deseos retorcidos.
Era una de esas heladerías clásicas de barrio, con una ventanilla que daba directamente a la vereda, apenas algunos asientos adentro —todos ocupados por parejas y grupos que hablaban bajo la luz amarilla del lugar—, y un cartel de neón que parpadeaba con cierto abandono nostálgico.
Vio a Lulú apoyarse apenas en el mostrador, inclinarse hacia adelante para mirar los gustos, y el vestido, agitado por la brisa templada de la noche, se pegó contra su cuerpo como una segunda piel. El contorno de su espalda, la forma descarada de su culo, la naturalidad con la que se inclinaba y giraba la cabeza para hablar con la chica que atendía… todo eso formaba un cuadro perfecto y venenoso.
La sonrisa no se le borraba del rostro, y aunque parecía una escena inocente, Mauricio sentía que algo en esa imagen lo quemaba por dentro. Una vez más, esa culpa intermitente le tocó el hombro. No estaba bien mirarla así. No con esos ojos. Pero no podía evitarlo. Era como una condena dulce.
Lulú volvió un par de minutos después, con el helado en la mano, y la misma expresión luminosa de siempre.
—Sentémonos ahí —dijo, señalando con la cabeza la vereda ancha donde había un banco de madera largo, compartido por varias personas que ya estaban charlando y riendo.
Mauricio dudó un segundo, pero la siguió. No había otro lugar libre, y Lulú ya estaba acomodándose, cruzando una pierna sobre la otra con total soltura. El vestido se subió apenas, revelando un poco más de piel.
—Vos y tu menta granizada —se burló él, señalando el helado que había elegido—. No conozco a nadie más que le guste ese sabor. Para mí es como el dentífrico.
—¡Jo, jo, qué gracioso! —replicó ella, exagerando la risa y girándose apenas hacia él—. Eso es lo que repiten todos, pero no es cierto.
—A ver, probá un poco —le dijo.
Antes de que Mauricio pudiera responderle, una mujer mayor apareció desde la heladería. Se detuvo frente al banco en el que ellos estaban sentados, observando el espacio con una expresión calculadora, como si estuviera midiendo mentalmente si cabía en ese lugar algo justo entre ellos y la pareja de desconocidos del otro extremo.
Lulú reaccionó antes que él, y ese simple detalle cambiaría la manera en que experimentarían esa noche.
—Siéntese, señora —dijo, con una cortesía casi teatral, mientras se ponía de pie con un movimiento fluido y resuelto.
Y antes de que Mauricio pudiera siquiera pestañear, ella se dejó caer suavemente sobre su regazo.
Fue tan natural, tan rápido, tan inesperado, que él no tuvo forma de anticiparlo ni de protegerse de la sensación que vino enseguida: el peso liviano del cuerpo de su hija, el calor de sus muslos cruzados, y sobre todo… el roce descarado de ese trasero perfecto contra su entrepierna.
La tela del vestido de Lulú era liviana, finita, apenas una barrera simbólica. Lo que sintió fue la forma exacta de sus nalgas moldeándose contra él, la presión suave pero decidida de su cuerpo encajando justo en el lugar más sensible.
Y ella… Ella se acomodó con una naturalidad que lo enloqueció aún más. Cruzó las piernas, estiró la espalda, con total naturalidad, como si no supiera que restregarle su gordo culo lo excitaría.
Mauricio, paralizado, apenas atinó a moverse lo justo para que ella no hiciera contacto con su verga, que ya se estaba hinchando, y en cualquier momento se endurecería.
Lo que él no sabía era que esa escena no era tan improvisada como parecía. Lulú estaba imitando a su mamá, a la manera en que se aprovechó de su hijo en el auto, cuando volvían de la ferretería. Su hermano había sido algo esquivo con eso, pero ella sabía que se había excitado.
Mauricio la miró y no supo qué hacer con esa mirada.
Uno de los mechones del peinado prolijo que se había hecho se había soltado, y el viento de la noche lo agitaba con suavidad. Se veía tan hermosa e inocente en esa situación claramente erótica. Mauricio tragó saliva.
Se dijo que no estaba haciendo nada malo. Que Lulú se le había sentado encima como había hecho otras veces, cuando era más chica, en otros contextos, en otros años… Pero en el fondo sabía que no era igual. Porque la dureza en su entrepierna, evidente, tensa, dolorosamente real, no le dejaba margen para el autoengaño.
Estaba excitado. Su hija le había provocado una erección, como tantas otras veces.
Y Lulú, aunque seguía mirando al frente como si nada, tenía una sonrisa casi imperceptible en los labios… como si supiera perfectamente lo que estaba pasando ahí abajo.
—Dale, no te hagas el tonto —le dijo Lulú con una sonrisa pícara, mientras giraba apenas el torso para mirarlo por encima del hombro.
Mauricio no respondió. Solo la observó. A esa altura, sentía que cualquier palabra que dijera podía quebrar el equilibrio delicado de esa escena que parecía estar suspendida en el aire, como si el tiempo se hubiese ralentizado solo para ellos dos.
Ella hundió la cucharita de plástico en el helado con suavidad, sacando una pequeña porción del verde brillante de la menta granizada. El movimiento fue mínimo, pero la proximidad hizo que el cambio de peso en su cuerpo desplazara más su trasero contra la entrepierna de Mauricio.
Fue un roce leve. Un apretón involuntario. Pero esta vez no cabía duda de que la chica había sentido la dureza de su padre con sus propias nalgas.
Lulú giró apenas el torso y acercó la cucharita a sus labios con una lentitud ensayada. Sus ojos no lo soltaban.
Mauricio, hipnotizado, separó los labios. El sabor lo sorprendió. Por primera vez, la menta granizada no le pareció pasta dental ni algo de chicos. Le pareció dulce, fresca, provocadora. Le supo a ella.
¿Qué estaba haciendo ahí, realmente, con ella sentada sobre él en plena vereda de Palermo?
Sabía que no era imposible que alguien lo reconociera. Un colega. Un conocido. Un vecino de otro barrio. Alguien que lo viera con su propia hija en esa situación extraña.
En cualquier caso, no se movió. Se quedó, ahí, tomando helado de su mano. Respirando cerca de su nuca. Sintiendo el calor de su cuerpo apretado contra el suyo.
Entonces hizo algo de manera espontánea. Llevó la mano a su cintura, justo en el espacio donde el vestido se ajustaba a la piel, y comenzó a acariciarla con movimientos sutiles, casi imperceptibles. Solo el pulgar se movía, de manera circular.
—Siempre todos tienen que hacer lo que vos querés, ¿no? —murmuró Mauricio, con la voz grave, cerca de su oído.
Ella giró apenas la cabeza, lo suficiente para dejar ver una sonrisa cargada de satisfacción.
—No todos —dijo—. Pero vos sí.
Se quedaron ahí, inmersos en una especie de burbuja que los aislaba del resto del mundo, como si nada fuera más importante que ese banco de madera gastada, el helado compartido y los silencios que decían más que cualquier conversación. Lulú seguía sentada sobre él, saboreando cada cucharada con una calma estudiada, mientras Mauricio la sostenía sin moverse demasiado, luchando internamente con el cúmulo de sensaciones que se le arremolinaban en el cuerpo.
La presión en su entrepierna era ya inconfundible, un signo evidente de placer y tensión, expuesto sin posibilidad de ocultarlo por la cercanía con el cuerpo tibio y ágil de la joven que se acomodaba sobre él como si no hubiera nada anormal en esa situación. Cada vez que ella se movía apenas, al llevarse el helado a la boca o al reírse por lo bajo, ese trasero provocador se le rozaba justo ahí, despertando un temblor involuntario que recorría la espalda de Mauricio. Sabía que ella sentía su erección. Era imposible que no lo notara. Sin embargo, no solo no parecía molesta, sino que en sus movimientos había algo ligeramente rítmico, como si buscara ese roce, como si lo alimentara sin decirlo.
Mauricio mantenía la mano apoyada en la cintura de Lulú, sin tensión, simplemente descansando allí. Pero con el paso de los minutos y la familiaridad que da el silencio compartido, sus dedos comenzaron a moverse de forma inconsciente, dibujando pequeños círculos sobre la piel desnuda de la chica. Era un roce sutil, casi imperceptible, pero cargado de una delicadeza que, sin quererlo, le arrancaba a ella pequeños escalofríos placenteros. Sentía el dedo índice de él describiendo trayectorias suaves, rozando a veces la piel desnuda entre la cintura y su cuello, como si jugara con el límite exacto entre lo permitido y lo prohibido.
Cada tres o cuatro cucharadas que Lulú se llevaba a la boca, cargaba una para él. Mauricio había dejado de protestar por el sabor que tanto decía detestar; ahora lo aceptaba sin chistar, como si en ese gesto hubiera algo más profundo que el simple gusto de un helado. Había una intimidad contenida en ese acto de alimentarlo, una entrega sin palabras que ninguno de los dos parecía querer romper.
A su alrededor, la vereda se fue vaciando. El murmullo de las otras conversaciones se fue apagando y solo quedaron algunos ruidos dispersos, los ecos de la noche palermitana extendiéndose por las calles húmedas. El banco en el que estaban se fue desocupando poco a poco, pero Lulú no dio señales de querer moverse. No lo pensó, simplemente se quedó ahí, sobre él, como si el tiempo hubiera perdido sentido y el mundo alrededor no le interesara. Su cuerpo se apoyaba en el de Mauricio con la confianza despreocupada de una niña en el regazo de su padre, pero ninguno de los dos se sentía de ese modo. Más bien el vínculo filial que tenían hacía que todo fuera más morboso, más placentero.
Mauricio no hizo nada para evitarlo. A pesar de ser el adulto en esa relación, al igual que le había pasado a su esposa con Adriel, estaba totalmente dominado por su hija adolescente.
En un momento, sin previo aviso, Lulú acercó la cucharita con una velocidad inusitada, demasiado rápida como para ser torpe, demasiado precisa como para no ser intencional. Mauricio, que ya estaba acostumbrado al vaivén hipnótico con el que ella le daba el helado, no alcanzó a reaccionar a tiempo. Sintió el contacto frío y pegajoso del helado de menta marcándole el labio inferior. No fue mucho, apenas una mancha verde y cremosa, pero suficiente para romper por un segundo el equilibrio tenso que los envolvía.
Ella soltó una risa clara, suave, una carcajada pequeña que parecía flotar en el aire, sin culpa, sin disimulo. Mauricio alzó la vista y la vio reírse con esa mezcla de malicia y ternura que solo ella podía conjugar tan naturalmente. Hubo algo en sus ojos —esa chispa luminosa, ese juego permanente entre el desafío y la dulzura— que lo desarmó. Por un instante, deseó perderse en esa mirada clara, sumergirse entero en esa chica que lo tenía atrapado sin hacer mucho más que sentarse encima de él.
Lulú llevó la mano a sus labios con la misma calma con la que antes lo había alimentado. Sus dedos acariciaron apenas la comisura manchada con helado, y Mauricio se sorprendió de cuánto lo estremecía ese contacto mínimo. Los tenía sensibles, más de lo habitual, casi como si fueran otra zona erógena, como si cada roce de ella lo encendiera por dentro.
Cuando la yema de su dedo limpió el helado con una lentitud innecesaria, no retiró la mano. La sostuvo en el aire un segundo y, sin mediar palabra, llevó ese mismo dedo hacia la boca de él.
Mauricio, hipnotizado, no dijo nada. No se movió. Solo entreabrió los labios con una sumisión instintiva que lo tomó por sorpresa incluso a él mismo. Sintió cómo el dedo de Lulú se deslizaba en su boca, despacio, tibio, dulce, ligeramente húmedo por el helado. Lo succionó suavemente, sin pensar en lo que hacía, mirándola como si nada más existiera en ese momento.
Lulú no lo apartó. De hecho, lo sostuvo unos segundos más, con la vista fija en los ojos de él, midiendo cada reacción, cada respiración, cada espasmo contenido.
Fue entonces cuando Mauricio, apenas consciente de su propio cuerpo, notó que su mano ya no estaba en la cintura ni en la espalda de la chica. Había descendido, lenta y naturalmente, hasta apoyar la palma justo debajo de su espalda. Los dedos se movían con suavidad sobre el maravilloso orto de Lulú, y sin darse cuenta, dibujaba círculos lentos, hipnóticos, sobre esa zona prohibida.
Era una caricia cargada de intencionalidad, pero también de ternura. Una mezcla peligrosa.
Y lo más inquietante era que ella no parecía inmutarse. Lo había sentido desde hacía rato. Desde el primer roce. Y aun así, seguía comiendo helado, acariciándolo, alimentándolo, como si no hubiera nada raro en tener la mano de su papá deslizándose con suavidad por el comienzo de su trasero juvenil.
Mauricio se daba cuenta de que esta vez había algo diferente. Antes, con lo de las nalgadas, por inusual que fuera, había un contexto, una excusa para ponerla en su regazo y azotarla. Lo mismo aquella vez que acarició su muslo. Pero ahora… Simplemente le estaba acariciando el culo a su hija mientras ella le metía la mano en la boca.
Lulú terminó de comerse el cucurucho con la misma gracia con la que hacía todo, como si incluso en los gestos más cotidianos hubiera algo naturalmente sensual en ella. Cada vez que pasaba la lengua por el borde, cada vez que mordía la galleta con esos dientes blancos y parejos, parecía inconsciente del efecto que provocaba… o tal vez no lo era. Tal vez lo sabía perfectamente.
Mauricio la miraba desde abajo, con el cuerpo tenso y la respiración un poco desordenada. La tenía sentada sobre él, había tenido su dedo en la boca, había sentido el roce de ese cuerpo contra el suyo durante largos minutos y, sin embargo, ese momento final de verla comerse el helado fue como un cierre simbólico de algo que ya era evidente para los dos: lo que estaban compartiendo no era sólo una salida inocente.
Era una escena cargada de erotismo, de pulsos silenciosos, de roces, de provocaciones que no necesitaban palabras para reconocerse. Ya no había forma de disimularlo. Lo que estaba ocurriendo entre ellos había cruzado el umbral de lo ambiguo. No era una mirada malinterpretada o una pose casual. Era deseo, claramente expresado en gestos, en silencios, en caricias…
Mauricio tragó saliva y desvió la vista apenas, como si necesitara romper ese hechizo aunque fuera por un segundo.
—Bueno… pidamos el auto —dijo, con la voz algo ronca, perturbado por todo lo que acababa de vivir.
Lulú lo miró, no como una nena que acepta una orden, sino como una mujer que acaba de ofrecerse y no fue tomada.
En sus ojos había un matiz distinto, una tristeza suave, una pregunta velada, como si la decisión de Mauricio le cerrara una puerta que ella aún no quería cerrar.
—¿Querés que vayamos a otro lado antes de volver a casa? —preguntó, casi en un susurro.
Mauricio sintió un estremecimiento profundo. Las palabras le entraron como un soplo caliente al centro del pecho. La propuesta era clara. Su hija, la niña de sus ojos le estaba proponiendo escabullirse hacia algún lugar en donde pudieran concretar lo que habían empezado en ese asiento de madera. Su hija le estaba proponiendo tener sexo. Era uno de sus mayores anhelos, claro, pero ahora que lo asimilaba como algo factible, y no ya como una mera fantasía, sintió culpa y miedo.
Él negó con suavidad, sin despegar la mirada de la suya.
—No, bebé… Dale, volvamos.
Lo dijo con ternura, pero también con un esfuerzo enorme por sostener el control. Sabía que si extendía un poco más ese momento, algo irreversible iba a pasar.
Y sin pensarlo del todo, se estiró hacia ella. Fue un impulso, una necesidad. Le dio un beso en los labios. Simple, directo, sin permiso ni anuncio. Por primera vez, fue ella quien se sorprendió. Claro, de niña solía darle besos en los labios, pero ahora era diferente. No por el beso, sino por el gesto en sí. Por lo inesperado. Por la manera en que él, que hasta entonces se había mantenido en una cuerda tensa entre el deseo y la prudencia, de pronto se había lanzado al vacío.
El beso duró apenas unos segundos. Pero el eco de ese contacto quedó flotando entre los dos como un perfume denso. Mauricio se arrepintió inmediatamente de hacerlo, pero ya era tarde.
Después de un rato, sin decir nada, Lulú se incorporó. Mauricio la imitó, aunque con cierta dificultad. Su erección, imposible de ocultar, lo hizo moverse con torpeza, como si cada paso requiriera un cálculo más cuidadoso de lo habitual.
Cuando vio que a Mauricio le costaba conseguir auto desde la aplicación, Lulú no perdió tiempo. Observaba con atención cómo él fruncía el ceño, cómo movía el dedo sobre la pantalla con impaciencia, y supo que ahí tenía su oportunidad.
—Deberíamos caminar un par de cuadras —sugirió—. Acá hay mucha gente pidiendo autos. Si nos alejamos un poco, seguro es más fácil.
Mauricio asintió sin discutir. Tal vez porque tenía razón, o tal vez porque ya no podía pensar con claridad. El deseo lo tenía hecho un tonto.
Comenzaron a caminar en silencio, dejando atrás la vereda iluminada, los bancos, los restos del helado y ese banco compartido que había sido un campo de batalla invisible. A cada paso que daban, el bullicio de la zona comercial quedaba más atrás, diluyéndose entre las luces cálidas de los bares y el murmullo de conversaciones ajenas.
Se metieron en calles más tranquilas, casi residenciales, donde las farolas proyectaban sombras largas sobre las veredas y las copas de los árboles se mecían apenas con el viento templado. El silencio entre ellos no era incómodo, sino denso, cargado de lo no dicho. Caminaban cerca, pero sin tocarse. Cada tanto se miraban de reojo, como si cada mirada fuera una caricia prohibida que se robaban en la penumbra.
A Lulú le fascinaba ese efecto que generaba en él. Ver a un hombre como su papá —tan grande, tan masculino, tan seguro de sí mismo en apariencia— ponerse nervioso en su presencia la excitaba de una forma perversa. Había algo en su manera de caminar al lado suyo, en la forma en que tensaba los hombros, en cómo apretaba la mandíbula cada vez que ella lo miraba un poco más de la cuenta.
Se había cortado la barba hacía poco. Se había dejado apenas una sombra, la justa como para no perder ese aire salvaje, adulto, maduro. A Lulú le parecía que estaba más sexy que nunca. Todo un hombre. Nada que ver con los chicos con los que solía cruzarse, esos que creían que un perfume caro y una buena selfie los convertían en deseables. Mauricio era otra cosa. Él respiraba masculinidad. Y, al mismo tiempo, la deseaba con una torpeza que lo hacía vulnerable. Y eso la volvía loca.
A medida que se internaban en ese paisaje urbano más apagado, con casas silenciosas y árboles que susurraban sobre sus cabezas, la atmósfera se volvió aún más íntima.
Los pasos resonaban apenas sobre la vereda, y la noche parecía envolverlos en un pacto secreto. Se levantó un viento fuerte que obligó a la chica a agarrar la parte inferior del vestido.
Fue entonces cuando Lulú habló, decidida a volver loco a su padre.
—Ay, casi se me levanta el vestido —dijo—. Encima… no me puse ropa interior.
Vio de reojo cómo él apretaba los dientes.
—Lulú… vos querés que te castigue de nuevo, ¿no?
Ella se rio. Una risa corta, aguda, como de nena traviesa. El cuerpo entero pareció vibrarle con ese sonido.
Entonces frenó en seco. Llevó la mano al hombro de Mauricio, con suavidad, pero también con firmeza, como para anclarlo a ella. Y se puso de puntitas de pie. Acercó los labios a su oído.
—Sí, papi, quiero que me castigues —le susurró.
Él, desesperado, miró para todas partes, confirmando que no había nadie. Entonces, la agarró de la cintura y, de un movimiento enérgico, pero sin ser brusco, la puso contra una pared.
—Muy bien pendejita. Te lo ganaste —dijo.
Entonces llevó la mano al vestido, y se lo levantó.
Capítulo 8
Virginia estaba boca abajo, relajada por los masajes que le acababa de hacer Adriel, y excitada por sus manos hábiles moviéndose tan cerca de sus zonas prohibidas. Y entonces sintió cómo el chico tiraba de la tanga.
Se irguió levemente y giró la cabeza.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó.
Sintió un nuevo tirón seco en la tanga y se quedó dura un segundo. Él no respondía. Ni una palabra. Pero la insistencia de su hijo por despojarla de la única prenda que tenía era una respuesta en sí misma. Lo hacía lentamente, como si disfrutara de la expectación de su madre.
El sonido de la tela cediendo fue cortito, pero en su cabeza explotó como un trueno. Era la confirmación de que Adriel estaba decidido a poseerla.
El cuerpo de la mujer se tensó, pero no de incomodidad. Todo lo contrario. Era una mezcla bestial de nervios, morbo, ganas. Algo que le hacía latir hasta los oídos. Lo estaba deseando desde hace mucho. Ahora se preguntaba si realmente estaba lista para cruzar ese línea. Una cosa era jugar con el adolescente, volverlo loco, dejar que a veces se hiciera el tonto y le acariciara el culo. Pero ahora… Y, sin embargo, ahí estaba, completamente en pelotas, inmóvil, viendo su propia tanga hecha hilachas en la fuerte mano de su hijo.
Le llamó la atención lo tranquilo que se mostraba. Pero luego se dio cuenta de que solo intentaba disimularlo. Porque las manos le temblaban un poco cuando se agarró el borde de la remera y se la sacó por la cabeza. El movimiento le dejó expuesto esos hombros anchos, la piel clara, el abdomen absurdamente marcado.
Virginia tragó saliva sin darse cuenta.
Dirigió la mirada hacia la entrepierna del adolescente. La tela del pantalón no ocultaba nada. Su verga estaba dura como una piedra, apuntando hacia adelante, marcándose de un modo que le sacó el aire.
Entonces Adriel bajó el cierre despacio, como haciéndose desear. La tela cedió y los pantalones fueron cayendo por sus piernas largas, fuertes, hasta quedar en el piso. Su hijo era una escultura.
Quedó en calzoncillos. Y ahí el bulto parecía todavía más descarado. Una sombra con forma fálica, gruesa, dura, metida dentro de esa tela que le quedaba tan apretada.
Virginia sintió un dulce escalofrío que le recorrió toda la espalda.
Él no se detuvo. Metió los pulgares en la cintura del bóxer y empezó a bajárselos sin mirar otra cosa que no fuera ella, más especialmente su enorme culo. Entonces, expuso ante su madre una poderosa verga que a ella le pareció hermosa.
Adriel se subió a la cama, aún sin terminar de creerse que de verdad estaba ahí, desnudo, mientras ella lo esperaba también en pelotas. Desde un principio le parecieron raras las provocaciones de su madre, pero no terminaba de creerse que la cosa iba a llegar más allá de los roces y las caricias.
Ahora, sin embargo, la tenía ahí, a su merced, boca abajo. Esa espalda perfecta, el pelo rubio desparramado sobre las sábanas, la cintura finita que terminaba en unas caderas de otro planeta. Y ese culo. Ese escultural culo que lo tenía enfermo.
Se inclinó sobre ella. No pensó demasiado. Le mordió una nalga sin piedad. Fuerte. Como marcando territorio. Como un reflejo salvaje que no podía controlar. Se sintió mejor de lo que había imaginado. Una de sus mayores fantasías con su mamá era esa: morderle esas gordas nalgas que tenía, y ahora la estaba cumpliendo, y pensaba cumplir muchas fantasías más.
Virginia soltó un gemido y giró la cara apenas, con una sonrisa nerviosa, mezcla de placer y queja.
—Eh… cuidado —le dijo, con la voz arrastrada—. No quiero que me dejes marcas. No quiero que tu papá sepa que estuve con otro.
Adriel sonrió contra su piel. No se esperaba que nombrara a su padre en ese momento. Pero eso, lejos de enfriarlo, lo excitó más.
—Me gusta demasiado comerte el culo —le murmuró, y volvió a hundir sus dientes, esta vez en la otra nalga. Luego la acarició, haciendo movimientos circulares en ese culo tan redondo y pomposo.
—Bueno, así despacio está bien —dijo ella y se acomodó de tal manera que su culo quedó en pompa.
Le besó el mismo lugar donde había mordido, lento, con la boca abierta, dejando que los labios se deslizaran pesados por esa curva que lo volvía loco, y que la lengua deje un camino húmedo por él.
La textura del culo de su madre era adictiva. Le quería ensartar la verga ya mismo, pero la sensación de su boca lo retenía. Sentía el cuerpo de ella vibrar bajo sus besos y lamidas. Y ella, casi con timidez, empezó a largar gemidos suaves.
—Siempre te lo dije. Sos una hermosa MILF. Todos mis amigos te quieren coger. Aunque no me lo digan, lo sé —murmuró Adriel.
—Se ve que te contagiaron las ganas —dijo ella, largando una risita.
—Sí. Y ahora te voy a coger —afirmó él, casi como si fuera una amenaza.
La agarró de las caderas con las dos manos, fuerte. Como si temiera que se le escapara. Los dedos se le hundieron en la piel blanda de las caderas. Y con un movimiento firme la hizo girar.
Virginia quedó boca arriba, el pelo rubio cayéndole por los costados de la cara, los ojos celestes brillando como si estuviera drogada de placer. El cuerpo de ella parecía de mentira: la panza plana, las tetas enormes sacudiéndose de manera exquisita.
Adriel la miró un segundo en silencio, respirando como un animal.
—Me encanta que estés de espaldas, porque así te miro ese culo hermoso que tenés —le dijo, con la voz ronca—. Pero ahora quiero verte la cara mientras te la meto.
—Cogeme como quieras, pero cogeme de una vez —lo instó ella.
Adriel se dejó caer sobre ella, apoyando las manos a los costados de su cuerpo, sintiendo el calor de esa piel contra la suya, el perfume suave mezclado con el sudor, y esa mirada celeste clavada en él, esperando que por fin cruzaran ese límite que ya ni siquiera existía.
Bajó la cabeza y la besó. Pero no un beso cualquiera. Fue un beso cargado, profundo, con la lengua caliente recorriéndole la boca como si necesitara saborearla de una vez por todas. Virginia le respondió igual, como si ya nada importara más que lo que estaban a punto de hacer.
Entonces la penetró. Ella sintió esa poderosa verga en su interior húmedo. Adriel abrazó a su madre, y sintió sus tetas estrujándose en su poderoso torso. Empujó más fuerte, y ella le largó su cálido aliento al rostro, seguido de un gemido más potente.
—¿Te gusta? —le preguntó Adriel.
—Sí, bebé, cogete así a mami. Cogeme.
Escuchar esas palabras instaron a Adriel a moverse con más ímpetu, casi con violencia. Su verga entró por completo en la concha de su madre. Virginia soltó un quejido ahogado. Cerró los ojos por un segundo. Se aferró a los hombros de él, mientras su hijo la sacudía sobre la cama.
Adriel se hundía en ella con una mezcla de ansiedad y disfrute que le recorría la espalda entera. Bajó la cabeza y le besó el cuello, lento, húmedo. Dejó que la lengua se deslizara por la piel caliente, hasta el hombro, hasta el borde de las tetas, y ella sintió que el mundo podía explotar y no le importaría mientras tuviera a su niño invadiendo el cuerpo del que había salido.
Cada vez que el chico embestía sentía cómo el cuerpo de Virginia lo recibía entero. Cómo ella alzaba la pelvis por instinto, buscándolo, absorbiendo esa preciosa pija con su sexo lubricado.
De pronto, él se irguió levemente. Las manos se le fueron solas a las tetas. Esas curvas perfectas que lo volvían loco. Las agarró con fuerza, estrujándolas sin piedad. Y como vio que su mamá no parecía incómoda por su brusquedad, no se detuvo.
Y fue entonces que empezó a moverse con más fuerza, casi como si quisiera castigarla a puros pijazos.
Virginia mantuvo los ojos cerrados durante un tiempo, mientras se dejaba usar como si fuera una muñeca, solo participando con los movimientos espontáneos de su pelvis, y los gemidos que largaba cada vez que la verga de su hijo se enterraba por completo en ella. Y entonces abrió los ojos, brillosos, húmedos, irradiando una depravación tan grande como la suya.
Adriel se perdió en esos ojos celestes mientras seguía entrando en ella una y otra vez. El pelo rubio pegado al rostro, la boca entreabierta, las manos arañándole la espalda, como devolviéndole parte de la agresividad con la que la estaba montando.
La cama temblaba. El cuarto entero parecía moverse al ritmo de ellos. Los gemidos de ambos llenaban el espacio, y era lo único que se escuchaba.
Durante todos esos minutos que pasaron, en ningún momento se preocuparon por la llegada de Lulú y Mauricio. Claro, esos dos estaban haciendo de las suyas, pero Adriel y su madre no tenían cómo saberlo, así que lo único que podía justificar que estuvieran siendo tan descuidados era su lujuria desbocada, el hambre que se tenían mutuamente.
De pronto, Adriel empezó a disminuir el ritmo de sus movimientos. Virginia temió que el chico llegó a un límite. Podía ser que su verga siguiera dura, pero esa forma frenética en que se la estaba cogiendo no podía sostenerse por mucho tiempo.
—¿Te cansaste? Puedo ir arriba, si querés —dijo, jadeante.
Él rio, como si lo que acabara de decir su madre fuera una estupidez.
—¿Cansarme? Si apenas empecé —respondió.
—Claro. A veces me olvido de que tenés diecinueve años, y que hacés mucho ejercicio. Bueno, entonces, cogeme así un rato más.
Adriel se incorporó un poco, la agarró firme de las piernas y se las levantó, doblándolas hacia el pecho de ella. Ella, a sus treinta y ocho años, era increíblemente flexible. Los talones se apoyaron en los hombros de su hijo. Ahora, en esa posición, se sentía mucho más expuesta y vulnerable. No podía moverse, solo estarse ahí, completamente abierta, esperando a que él le ensarte la verga de nuevo.
—Así estás perfecta —le murmuró él, con la voz grave, cargada de deseo.
No esperó nada más. Volvió a hundirse en ella con una fuerza que ya no tenía nada de control. Las embestidas fueron secas, salvajes.
El cuerpo de Virginia se sacudía con cada movimiento.
Adriel no podía dejar de mirarle las tetas. Esas cosas tremendas que rebotaban sin pudor cada vez que él se la metía hasta el fondo. Las veía temblando detrás de sus piernas dobladas.
—Mirá lo que sos… —le soltó entre dientes, sin dejar de moverse—. Mirá lo buena que estás. Qué bien se siente metértela.
Ella soltó un gemido entrecortado, como única respuesta.
Adriel le agarró las piernas con más fuerza, le apretó los muslos con las manos grandes, la sostuvo bien arriba, bien expuesta, y siguió.
El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación.
Virginia apretaba las sábanas, se dejaba hacer, con los ojos entrecerrados, disfrutando de cada penetración como si no existiera nada más en el mundo.
Adriel no podía sacarle la vista de encima. La imagen era perfecta: esas piernas largas estiradas sobre sus hombros, el cuerpo entero de su madre entregado y vibrando bajo sus embestidas. Y las tetas rebotando sin control, con una belleza obscena, con un ritmo propio que lo volvía cada vez más bestia.
Se inclinó un poco hacia adelante, haciendo que las piernas de ella se doblaran aún más.
—Te quiero romper toda —le dijo, casi con rabia, con una sonrisa torcida—. Te quero reventar la concha.
Era la primera vez que veía a su hijo tan violento. Se asustó un poco, pero no dijo nada, y de hecho, seguía tan excitada como antes. Adriel la embestía como si de verdad quisiera romperla, pero no podría hacerlo. Su sexo era vasto, y recibía los embistes del chico sin ningún problema.
—Entonces rompeme —le dijo ella, con la voz entrecortada—. Haceme mierda con tu pija.
El chico siguió, demostrando un ímpetu que ella no conocía, y eso que tenía mucha experiencia sexual, incluso, no hacía mucho había copulado con unos adolescentes.
Virginia no aguantó más. Se notaba en la cara. En la forma en que apretaba los ojos, en los labios abiertos, en los dedos hundidos en las sábanas.
El cuerpo entero se le puso tenso un segundo. La espalda se arqueó sin que pudiera controlarlo. Y entonces lo sintió. Ese temblor que le subía desde la panza hasta la garganta. Ese calor que le explotaba adentro, dejándola sin aire.
Adriel la miraba como si la estuviera devorando con los ojos. Verla así, acabando de esa manera, era la cosa más excitante que había visto en su vida. Sintió el cuerpo de ella sacudirse abajo suyo, las piernas temblarle sobre los hombros, la respiración hecha pedazos.
Eso, a su vez, lo terminó de liquidar.
Se salió de encima de ella apenas a tiempo, con el corazón queriéndole romper el pecho, y con la respiración descontrolada.
La miró tirada ahí, hermosa, agotada, con la piel brillante por el sudor, los pechos subiendo y bajando al ritmo de su agitación.
No lo pensó dos veces. Se acomodó sobre ella y descargó el semen justo ahí. Sobre esas tetas que tanto lo habían vuelto loco.
La imagen era brutal. Los senos enchastrados de semen. La piel clara con unos densos hilos blancos deslizándose lentamente por ella.
Adriel quedó un rato apoyado con los brazos al costado, respirando como si hubiera corrido una maratón.
Virginia sonrió apenas, con los ojos todavía cerrados, disfrutando esa calma sucia y caliente que les había quedado flotando en el cuarto.
Estuvieron así unos segundos. En silencio. Escuchando solo las respiraciones que iban volviendo a la normalidad.
Hasta que ella habló, con la voz baja, casi en un susurro.
—Mejor andate… —dijo, con una sonrisa cansada—. Ya va a volver Mauricio…
Adriel la miró, como si acabara de despertar de un sueño que no quería soltar. Sabía que tenía razón. Sabía que, por más que el sentido común le decía que Lulú y su padre deberían tomarse un poco más de tiempo entre que veían el show de tango y paseaban un rato, ya había asumido todo el riesgo que era conveniente asumir.
—Ya vamos a tener otra oportunidad… —agregó Virginia.
Adriel se dio cuenta de que, ahora que por fin habían cruzado esa barrera, la posibilidad de estar de nuevo con su madre era mucho más clara. En el día a día se le presentarían muchas oportunidades.
—Es verdad. Y no veo la hora de que pase de nuevo —dijo Adriel.
—Eso sí, tratá de no manosearme como hacés últimamente —dijo ella, incorporándose para ir a lavarse—. No es que no me guste. Pero tengo terror de que nos descubran.
Adriel se acercó a ella, y le pellizcó el culo con fuerza.
—No te preocupes —le dijo—. Siempre que lo haga, va a ser cuando sepa que no nos ven.
—Pero te podés equivocar —dijo ella—. ¡Ay! —largó después, cuando su hijo le dio una nalgada.
—Me encantó lo que hiciste ese día en el auto —le confesó.
—¿En el auto? Yo no hice nada en el auto —dijo ella, soltando una risita.
Se metió en el baño. Adriel recogió su ropa, se vistió, y se fue a su cuarto.
A unos kilómetros de ellos una traición igual de escandalosa se estaba desarrollando a la intemperie. Mauricio y Lulú se habían alejado unas cuantas cuadras del centro de Palermo. La vereda estaba oscura, y no se veía a nadie más que ellos, al menos en ese momento. Mauricio, ya sin poder controlarse por todas las provocaciones de la chica, la puso contra la pared.
“… No me puse ropa interior”, había dicho la hermosa criatura de dieciocho años, y eso fue el colmo para él. Ahora le levantaba el sensual vestido negro que tenía y, en medio de la calle, comprobaba que era cierto. Su hija había estado toda la noche sin bombacha.
Ella estaba contra la pared, asustada y excitada, sintiendo el aire tibio de la noche en sus nalgas expuestas. Se preguntó si él se animaría a hacerlo de una vez. Se había controlado tanto, que dudaba que lo hiciera justo ahora, en ese contexto. Sin embargo, el silencio de la noche fue interrumpido por el sonido del cierre del pantalón bajándose.
Lulú comprendió que por fin iba a ser cogida por su padre.
Cerró los ojos un instante, mordiéndose el labio inferior, sintiendo cómo Mauricio sostenía el vestido y se arrimaba más a ella. Giró levemente y lo miró de reojo. Tenía el rostro desencajado, totalmente perturbado por lo que estaba apunto de hacer. Luego bajó la mirada y vio la verga erecta, tan expuesta como ella. No había nadie en la calle, pero debería ocultarla en alguna parte, y solo había un lugar adecuado.
—Dale, metémela de una vez —le susurró, y volvió a darle la espalda, mientras separaba un poco más las piernas, como si se acabara de dar cuenta de que iba a necesitar más espacio para meterse esa cosa en su cuerpito.
Se aferró un poco más a la pared, las palmas abiertas sobre la superficie rugosa, el corazón desbocado.
—Pendeja —le susurró él, la voz grave y rasposa junto a su oído—. Te portaste muy mal esta noche… ¿Así que sin bombacha te viniste al centro, eh? Esto no te lo voy a dejar pasar. Y esta vez no vas a zafar con unas nalgadas.
Ella largó un gemido bajo, producido solo por esas palabras. Se levantó un viento que la hizo sentir frío en la entrepierna, lo que significaba que estaba mojada.
Sintió cómo una de las manos de Mauricio le acomodaba la cadera, fuerte, firme, posesiva. La otra se deslizaba por el culo desnudo, rozándola apenas, haciéndola estremecer.
Y entonces lo sintió. El glande se asomó a su sexo y se hundió tímidamente, lo que la hizo abrir los ojos de par en par, y luego volver a cerrarlos, vencida por la sensación que le recorría el cuerpo de arriba abajo. Y entonces se la clavó con mayor profundidad.
Su respiración se hizo más corta, más rápida. El cuerpo le ardía de una manera que nunca había sentido. Las piernas le flaqueaban pero no quería moverse. No quería que parara. Al contrario. Lo deseaba más que nada.
Cuando Mauricio empezó a penetrarla con más ímpetu, su cuerpo se tensó, un reflejo inevitable. Ella no quiso ser solo un objeto sexual al que el macho domina a su antojo, así que empujó el trasero hacia atrás, como pidiendo más, pero también como si con eso pretendiera marcar el ritmo de las penetraciones de su papá.
Siempre se sintió in significante al lado de ese hombre grande y musculoso. Pero también se sentía protegida por él. Ahora, mientras sentía su verga enterrándose en ella una y otra vez, sabía que su cuerpo estaba cubierto por el de Mauricio.
Y a pesar de que él tenía una fuerza increíble, y que ella era una pequeña criatura de cincuenta quilos, la penetraba con una habilidad que no la hacía sentir el peso de su cuerpo. No obstante, la hermosa verga que la taladraba la hacía temblar de pies a cabeza, como si su cuerpo estuviera a punto de despedazarse de puro placer.
En un momento, la penetró tan profundamente, que Lulú sintió los testículos peludos apretándose en sus nalgas, y la obligó a interrumpir sus movimientos.
El jadeo que se le escapó a él fue casi animal.
—Así me gusta… quedate bien quietita —le ordenó, con esa voz baja que la derretía—. Ahora vas a entender lo que pasa cuando nena piba malcriada me provoca.
Retiró la verga, y luego la volvió a hundir. Pero esta vez el avance fue lento. Insoportablemente lento. Y ella sentía cada centímetro de verga como si le recorriera la columna entera. Era un placer casi insoportable. La quemaba. La desarmaba. La obligaba a cerrar los ojos y apretar los labios para no gemir demasiado fuerte y alertar a alguien.
El cuerpo de Mauricio se fue pegando más al suyo. La mano libre de él le tomó el cuello, sin apretarlo, pero haciéndola sentir atrapada, dominada. La otra mano seguía en su cintura, guiándola, marcándole el ritmo.
—Estás temblando —le murmuró con una sonrisa torcida—. Pero no es de miedo, ¿no? Es de calentura, pendejita puta…
Ella soltó un suspiro entrecortado, sabiendo que era cierto. Le gustaba que su papá por fin se desatara, no solo cogiéndosela, sino hablándole de esa manera. No se sentía insultada, porque las palabras de Mauricio no eran más que otra confirmación de cómo ella había logrado manipularlo.
Cuando por fin la invadió por completo de nuevo, cuando sintió que la llenaba con esa rudeza controlada que la volvía loca, un gemido ahogado se le escapó, contra la pared, con los labios apretados.
El ritmo empezó a marcarse. El cuerpo de ella se sacudía apenas, atrapado entre la pared y él. Cada embestida la hacía apoyar la frente contra la superficie fría. Los sonidos húmedos, los jadeos entrecortados, el roce de la ropa… todo se mezclaba en el aire espeso de esa calle desierta.
Pero Lulú no pensaba en detenerse. Su cuerpo había decidido por ella.
Mauricio tenía la respiración desordenada, desbordada, como su cabeza. No recordaba la última vez que había perdido así el control. Pero esa pendeja… esa pendeja lo había llevado hasta ese límite.
No podía creer lo que estaba pasando, pero tampoco podía negarlo. No solo se estaba cogiendo a su propia hija, sino que lo estaba haciendo de la manera más arriesgada que se le pudiera haber ocurrido. Bueno, en realidad no es que se le haya ocurrido a él.
Igual no le importaba. Cada tanto veía a los lados, a ver si aparecía alguien que lo obligara a terminar con la fiesta. Pero tuvo demasiada suerte.
La tenía ahí, contra la pared, con ese cuerpo que parecía tallado para la provocación. Esos dieciocho años que llevaba se veían plasmados perfectamente cuando se la veía de espaldas, con ese culo generoso, redondo, ridículamente firme… una obra perfecta que se movía ahora apenas, al ritmo de sus caderas, obediente y entregado.
La piel de Lulú brillaba bajo la luz tenue de un farol lejano. Los mechones de su pelo castaño se pegaban a su cuello y a sus mejillas por culpa del calor y la excitación. Mauricio se permitió bajar la mirada, ver cómo sus propias manos apretaban esa cintura fina, cómo los dedos se hundían en esa carne joven, suave, tibia.
—Mirá lo que me hacés hacer —le susurró, con cierta rabia, pues había estado evitando hacerlo desde hacía mucho—. No sé cuándo creciste tanto. No sé cuándo te emputeciste. Pero ahora vas a ver…
Mauricio se movía con fuerza, sí, pero también con un ritmo calculado. Le gustaba hacerla esperar. Le gustaba ver cómo ella se tensaba, cómo sus piernas flaqueaban un poco, cómo los nudillos de sus manos se blanqueaban al apretarse contra la pared.
Ese cuerpo le respondía de una forma tan descarada que lo volvía loco.
Cada vez que retiraba la verga apenas, podía verla temblar. Y cuando volvía a avanzar, sentía ese sonido ahogado que ella no podía contener. Le encantaba.
La mano derecha de Mauricio soltó su cintura y bajó con lentitud descarada por su cadera, hasta recorrer una de esas nalgas firmes y grandes. Le gustaba sentir la textura de su piel, su forma perfecta, la temperatura ardiente. Le dio un apretón fuerte, dejándole los dedos marcados.
—¿Y este orto? —le susurró, mordiéndole despacio el lóbulo de la oreja—. Mirá lo bien que se te formó. Siempre fuiste culona, pero desde hace un par de años que sacaste este culo impresionante.
Lulú jadeaba. No respondía. Pero la manera en que se le arqueaba el cuerpo hacia atrás era una respuesta mucho mejor que cualquier palabra.
El ritmo empezó a intensificarse.
Mauricio ya no se contenía nada, ya ni se fijaba si venía alguien por la vereda. El cuerpo se lo pedía. La respiración de ambos se mezclaba en el aire espeso de la noche. Las embestidas hacían que la pelvis de ella chocara contra la pared, que todo su cuerpo estuviera apresado entre esa dura superficie y el musculoso cuerpo que tenía detrás.
—Quedate quietita… —le advirtió, con una sonrisa torcida en la voz, aunque ella apenas tenía margen para moverse unos centímetros—. Me encanta tenerte así, calladita y obediente.
Su mano volvió a ese trasero enorme, lo acarició, lo apretó. El vestido cubría apenas la parte en donde sus sexos estaban unidos. La calle seguía vacía, pero el peligro estaba ahí. Inminente. Bastaba que alguien doblara la esquina. Bastaba que un auto pasara. Bastaba que un vecino saliera al balcón, o a sacar un perro. Habían pasado diez minutos aunque para ambos fueron mucho más.
Y sin embargo, ella no quería moverse.
Sentía los muslos tensos, las rodillas flojas, el corazón a punto de desbordarle el pecho. Pero no quería que terminara. No quería que la soltara.
La tomó del cabello con suavidad pero con firmeza, haciendo que girara apenas el rostro hacia un costado. Quería verle la expresión.
Y ahí estaba. Ojos entrecerrados, boca entreabierta, mejillas coloradas, el cuerpo entero suplicándole que no se detuviera.
—Qué hermosa sos, Lulú… —le dijo.
Ver su rostro le jugó una mala pasada, porque le recordó que esa chica a la que se estaba cogiendo era su propia hija, la niña de sus ojos. Pero claro, ya no era esa niña. Se había convertido en una mujercita muy sexi y muy putita. Sus ojos seguían siendo claros, seguían teniendo ese brillo con el que conquistaba cualquiera, pero ahora irradiaban una lascivia que la hacían irreconocible. Su dulce niña se había corrompido en algún momento, y ahora él era empujado a esa corrupción. No había sido al revés. Por más que él era el padre, el adulto, había sido ella la que se encargó de llevarlo hasta su límite moral y empujarlo al abismo del incesto.
Se dio cuente de que ya no aguantaba más, y se sintió aliviado por ello. Retiró la verga de la dulce concha de su hija, y eyaculó sobre la pared, a un lado de ella. Guardó su verga enseguida.
Acomodó el vestido de Lulú, cubriéndole el trasero, aunque igual la prenda quedó arrugada. Solo esperaba que su mujer no estuviera levantada y viera cómo llego su hija. Aunque suponía que era imposible que dedujera lo que había pasado.
—Vamos —dijo él.
Ella se acomodó el pelo.
—Eso fue muy intenso —dijo.
—Es mejor que no hablemos de eso, Lourdes —le dijo él.
Ella se estremeció. Que la llamara por su nombre nunca era una buena señal. Pero luego comprendió que solo era culpa. Mauricio necesitaba fingir que estaba arrepentido de lo que había pasado.
Caminaron unas cuadras, y probaron de nuevo pedir un Uber. Esta vez lo consiguieron, pero llegaría en cinco minutos, los cuales se harían muy largos debido a la tensión que habría entre ellos.
Mientras esperaban en la vereda, Mauricio se preguntaba de qué podían hablar. Lo mejor era no mencionar lo que acababan de hacer, pero tampoco le daba la cara para hablar de otra cosa, porque lo único que ocupaba su mente era la poderosa realidad: no había vuelta atrás para algo como lo que acaba de hacer.
Así que los minutos pasaron en un incómodo silencio, hasta que por fin llegó el auto.
—Voy a pensar que estás enojado conmigo —dijo Lulú.
Mauricio vio de reojo a su hija, y luego al chofer. No esperaba tener que hablar con ella frente a un desconocido.
—Para nada —afirmó él.
—Entonces, besame.
Eso lo tomó aún más desprevenido. El tipo era un desconocido, sí, pero aún así no quería besar a Lulú frente a él. Y sin embargo… Ahí estaba esa nena preciosa, con el pelo castaño agitándose por la brisa que se metía por la pequeña abertura de la ventanilla, con los ojos claros, penetrantes.
—¿Usted qué dice? —le preguntó ella al conductor—. Si un hombre no está enojado con su novia, debería besarla, ¿no?
El tipo pareció sorprendido. Claramente había reparado en el detalle de la diferencia de edad. Incluso podría haber deducido la verdad: que eran padre e hija.
—Amigo, con todo respeto, no creo que te convenga herir a una princesita como esta. Bésense todo lo que quieran, que les prometo que no voy a mirar. Eso sí, solo besos, que esto es un auto, no un telo.
Mauricio sintió ganas de decirle que cerrara la boca, pero se contuvo. Entonces miró a Lulú, que estaba haciendo puchero. A pesar de que la chica parecía estar jugando, él se dio cuenta de que en parte era verdad que estaba preocupada por su reacción.
Entonces acarició su mejilla, con ternura, y le corrió el pelo detrás de la oreja. Arrimó sus labios y la besó. Era su primer beso de verdad. Un beso de amantes, de novios, apasionado.
Se dio cuenta de que una vez más estaba haciendo exactamente lo que su hija quería que hiciera. No es que fuera una genio de la manipulación, sino que sabía usar muy bien sus cartas. Y su mejor carta era esa sensualidad aniñada que lo volvía loco.
Llegaron a la casa. Se despidieron en la sala de estar. Cuando Mauricio entró al dormitorio matrimonial, Virginia estaba aún despierta.
—¿Qué? ¿Me extrañabas tanto que viniste al palo? —le preguntó ella.
Mauricio siguió la mirada de su mujer, que observaba su entrepierna. Tenía una erección, y se notaba perfectamente.
—Es que tenía muchas ganas de estar con vos —dijo.
—¿Y viniste con la pija dura mientras estabas con nuestra hija? ¿Estás loco? —preguntó ella.
—Lulú ni se dio cuenta —afirmó él—. Además, qué querés que haga. No pude controlarlo.
—Bueno, vení, vamos a hacer algo con eso.
Mauricio se subió a la cama. Ninguno de los dos lo sabía, pero iban a tener el sexo más intenso en muchos años, gracias al incentivo de haber estado con sus hijos.
Capítulo 9
Lulú estaba en la casa, sola con su madre. Adriel se había ido temprano a la universidad y Mauricio se había ido directo a la oficina, como cada día. No tenía la menor idea, pero la ausencia de ambos hombres en la casa hará que pasen una tarde que, en otro momento, pensarían que es una locura.
La chica estaba tirada en el sofá del living con la notebook sobre las piernas, los auriculares colgando del cuello, y el cuadernito de apuntes abierto sobre el apoyabrazos, lleno de garabatos, frases incompletas y dibujos pornográficos que hacía cuando se aburría.
Intentaba concentrarse en los resúmenes para el ingreso a Psicología. Pero cada vez que leía una definición, una palabra cualquiera —“transferencia”, “impulso”, “reacción”—, el recuerdo le devolvía imágenes que no tenían nada que ver con Freud o Pavlov.
Desde aquella salida con su papá —esa noche de tango, helado y copulación clandestina en la vereda—, algo se había roto. O más bien, algo se había soltado. Ya era casi imposible disimular. El clima entre todos era muy denso. La tensión en la casa era un gas invisible que flotaba y quemaba los pulmones. Si bien cada uno de los integrantes de la familia solo conocían parte de la verdad, la perversión de los Nilsen era casi evidente.
Adriel y Virginia encontraban momentos para rozarse y decirse cosas al oído. Solo bastaba ver cómo se miraban para que cualquiera dedujera que ya habían cogido. Mauricio seguía con su rutina, pero tenía otra cara. Si bien lo atormentaba la culpa, la cogida que le propinó a la niña de sus ojos también había abierto algo en él. Y ella… ella misma, Lulú, se sentía como si algo dentro le vibrara todo el tiempo. Se sentía… disponible. Y cada vez que estaba cerca de su papá o su hermano, la tentación del placer incestuoso la embargaba de tal manera, que su bombacha se mojaba casi al instante.
Habían pasado varios días desde esa noche de doble traición. No había vuelto a pasar nada tan pecaminoso, pero esto no se debía a que no se hubiera presentado oportunidad, sino a que cada uno parecía preferir el momento propicio para dar riendas sueltas a su lujuria prohibida. Todos estaban a la expectativa de cuando llegara ese momento único en donde el tiempo y la distancia jugaran a su favor.
Lulú trataba de apartar esos recuerdos de su cabeza cuando escuchó el timbre. Un solo «ding», largo, como si quien hubiera tocado estuviera decidido a ser oído.
Se incorporó con fastidio, dejando la notebook sobre la mesa ratona. Se acercó a la puerta y miró por el visor. Dos chicos, de su edad más o menos, con la pinta de haber venido directo de la cancha: remeras transpiradas, mochilas colgando y bicicletas apoyadas contra la reja. Uno era morocho, pelo cortito al ras, sonrisa canchera. El otro más pálido, flaco, con rulos despeinados y aire de inocente.
—¿Quiénes son? —preguntó sin abrir, elevando apenas la voz.
El morocho fue el que respondió, con tono seguro:
—Somos alumnos de Virginia. Venimos a dejarle un trabajo práctico.
Lulú frunció el ceño. ¿Alumnos de su mamá yendo directamente a su casa para entregarle un trabajo práctico? Eso nunca había pasado.
—¿Trabajo práctico? —preguntó, como esperando una respuesta más razonable.
—Sí, de lengua —dijo el flacucho, algo más tímido.
La chica apretó los labios. Había algo raro en todo eso. No era solo el motivo que esgrimían esos chicos. Había algo más, algo en su actitud. ¿Podía ser lascivia? A Lulú no le sorprendía la idea de que su madre despertara deseos sexuales en sus alumnos adolescentes. De hecho, era algo que daba por sentado, pues solía dar clases a alumnos de los últimos años, ya grandes.
—Esperen un momento —dijo finalmente, y fue a buscarla.
Fue a su dormitorio. Virginia a veces se recostaba en la cama a la hora de la siesta.
—Ma —dijo, sin asomarse—. Hay unos chicos afuera. Dicen que son alumnos tuyos y que vienen a dejarte un trabajo.
El silencio del otro lado fue breve, pero lo bastante largo como para levantar sospechas. Luego, la voz de Virginia respondió, forzadamente neutra:
—Ah, sí. Ya me había olvidado. Deciles que pasen.
Lulú frunció el ceño. No era la respuesta lo que le había llamado la atención, sino el tono. Además, su madre tardó en contestar, como si estuviera armando algo en su cabeza. Al rato salió, y lo que dijo después acrecentaron las sospechas de su hija de que estaba pasando algo raro.
—Andá a tu cuarto un rato, por favor. Necesito hablar con ellos a solas.
La chica se encogió de hombros.
—Bueno, bueno… pero no tardes tanto. No me gusta estar encerrada en mi cuarto.
Le abrió la puerta a esos chicos, quienes la miraron como si fuera un objeto. Le dijo que enseguida venía su mamá, y los dejó ahí. Mientras subía la escalera tuvo la certeza de que le estaban mirando el culo.
Virginia se dirigió al living con paso lento. No era pereza. Era otra cosa. Cada paso que daba era como una cuenta regresiva en su cabeza. No había ningún trabajo práctico que debían dejarle. Y si quienes habían ido a su casa eran quienes sospechaba, ya ni siquiera eran sus alumnos.
Su mente se disparó sola hacia aquel recuerdo que la había perseguido durante meses. Ese recuerdo que la hacía estremecer cada vez que lo evocaba, ese recuerdo que, de alguna manera, la había empujado un poco más a la perversión. Había sido un paso intermedio que dio, hasta por fin entregarse a su hijo.
Fue aquel día, en la excursión al campo recreativo. Una salida escolar más. Una suplencia más. El colegio no era el suyo, solo estaba cubriendo a una colega durante un par de meses. Le habían dicho que eran alumnos algo revoltosos, pero buenos chicos.
No tardó en notar que entre esos “buenos chicos” había un par con una mirada demasiado directa. Uno de ellos, Bauti, tenía la costumbre de quedarse viéndole las tetas mientras tomaba asistencia. El otro, Tomi, más callado, pero con la misma lascivia evidente de su amigo, la seguía con los ojos cada vez que se agachaba o giraba el cuerpo. No era la primera vez que le pasaba algo así. Su físico había llamado la atención de alumnos desde que era profesora de secundaria. Pero esta vez había algo distinto, algo más atrevido, más sucio.
Ese día, cerca del mediodía, se apartó del grupo para ir al baño. Había aguantado bastante, pero el mate de la mañana y la caminata bajo el sol la obligaron a buscar un lugar para orinar. El campo tenía varios sanitarios, pero el más cercano estaba ocupado, y con una larga fila. Así que decidió caminar hasta otro, más alejado, hacia el fondo del predio, aprovechando que la mayoría no parecía conocerlo.
El trayecto era largo. Unos quinientos metros de camino de tierra, flanqueado por árboles finos, bancos de cemento y canchas vacías. A lo lejos, el bullicio de los alumnos ya era solo un murmullo lejano. Ella caminaba sola, disfrutando por un momento del silencio.
El baño estaba impecable. Entró en el de mujeres, empujando la puerta con cuidado. Adentro, todo olía a desinfectante y eucalipto. Se sintió aliviada de encontrar un espacio limpio, fresco, sin gritos.
Orinó y se limpió. Entonces escuchó un ruido. No le dio mucha importancia, aunque sí le molestó un poco salir de ese momento de aislamiento. Esos minutos solían ser un tesoro cuando se trabajaba con un montón de adolescentes.
Salió del cubículo, para lavarse las manos, y ahí estaba. Bauti. Con la camiseta de fútbol pegada al torso por el sudor, el pelo húmedo, y ese brillo insolente en los ojos.
—Este es el de mujeres —le dijo Virginia, notando algo diferente en la mirada del chico. La observaba con deseo, como siempre, pero había algo más—. El tuyo está al lado —agregó, comenzando a ponerse nerviosa.
Pero él no pareció preocupado por saber que se había metido en el baño equivocado. Dio un paso más, sin dejar de mirarla, como si ni siquiera le importara que ella notara su excitación.
—Ya sé —dijo simplemente.
Virginia no respondió. Algo se le tensó por dentro. Sabía cómo cortar esas situaciones. Las había manejado antes. Pero esta vez le costaba reaccionar. Había algo en la actitud del chico que le removía algo. El descaro, la juventud, el cuerpo curtido por el deporte. Y, por sobre todo, el hecho de que no tenía miedo.
—Eso no es gracioso —le dijo al fin—. Andate antes de que te sancione por desubicado.
—¿Por esto? —preguntó él. Y sin esperar, dijo: —Eso no fue nada. Esto sí es desubicado.
Y fue entonces que la agarró de la cintura con una seguridad que no se espera de un chico de diecisiete años. La fuerza de sus manos la sobresaltó. No por violenta, sino por resuelta.
Ella reaccionó, claro. Lo empujó apenas, lo miró con los ojos bien abiertos.
—Pará. Soltame —exigió.
Pero no gritó. Ni usó el tono que hubiese usado con otro alumno. Y él lo notó.
—Ya dejás la escuela la semana que viene, ¿no? —dijo el chico, haciendo oídos sordos a sus palabras—. Si no mequito las ganas de comerte la boca, me voy a volver loco.
—¿Qué decís? No…
Virginia tragó saliva. El cuerpo le traicionaba. La cercanía de ese chico la alteraba. El olor a transpiración, a desodorante barato, a sol sobre la piel. Se le cruzaron imágenes. Pensamientos prohibidos. Escenarios que solo había explorado en fantasías. Ya había sido infiel varias veces, pero nunca se le había cruzado por la cabeza hacerlo con un alumno. Pero este chico le generaba algo. Era esa determinación con la que la abordaba. Sin embargo, sabía que debía resistirse.
—Si hacés algo más, te vas a comer una sanción grave. Te pueden llegar a expulsar.
—Si me expulsan por esto, te juro que vale la pena —dijo él.
Y entonces la besó. Y ella, para su propia sorpresa, no lo impidió. Sus bocas se fundieron y sintió la lengua del adolescente moviéndose con fruición dentro de su boca.
—Bueno, ya tuviste lo que querías —le dijo ella cuando terminaron de besarse.
Pero notó que Bauti no se iba a detener, y supo por qué. Estaban en un lugar alejados del resto, y ella había concedido darle un beso. Ahora el chico quería más.
Su temor no se hizo esperar. Su alumno la hizo girar. Así, sin que ella pudiera oponer demasiada resistencia. Quedó contra la pared de azulejos, fría, blanca.
—Bauti, esperá. No podemos… —murmuró.
Pero el chico bajó con violencia su pantalón. Un segundo después, el sonido seco de la tela cayendo al piso.
Virginia sintió cómo se le comprimía el pecho. No solo por el miedo, sino por la excitación repentina que la dejó sin aire.
Quedó con las manos apoyadas contra los azulejos. Podía sentir el frío de la pared en las palmas, pero lo que más sentía era el calor que le subía desde el vientre hasta el rostro, como si el cuerpo se le hubiese transformado en una antorcha. Los latidos del corazón le retumbaban en los oídos. El chico, detrás suyo, no decía nada. Solo respiraba con fuerza. Su cercanía era tan brutal que parecía que la estaba envolviendo en una ola de sudor y energía animal.
Intentó moverse, pero el cuerpo no le respondía como debía. Era como si algo dentro de ella le estuviera pidiendo que no lo detuviera. Que dejara que las cosas siguieran su curso. El incentivo de romper con lo prohibido se estaba adueñando de su voluntad.
—Qué buena que estás, profe —le dijo, llevando los dedos al elástico de su ropa interior—. No sabés las ganas que tenía de hacer esto —agregó, y terminó de bajársela, dejándole el culo al aire.
Bauti deslizó las manos por su espalda. Las pasó lento, sin apuro, como si estuviera reconociéndola al tacto. Cuando llegó a sus caderas, las agarró fuerte, como tratando de inmovilizarla.
Virginia sintió que ya estaba rendida, y que quizás ya se había rendido hace rato sin darse cuenta.
No hizo ni dijo nada. Se dejó hacer. Con los ojos cerrados, la frente contra la pared, y la respiración contenida. Él murmuró algo al oído, palabras sucias que no tenían sentido gramatical, pero que le quemaron la piel como si fueran lava. Eran frases de adolescente descarado, con un toque de violencia juguetona, y un desprecio que solo servía para encenderla más.
Entonces sintió la verga del chico en sus muslos. El hecho de que le costara trabajo acomodarse y encontrar su hendidura, reflejaba su poca experiencia. Pero cuando por fin sintió esa cosa dura entrando a su sexo, no le importó. El muchacho le hundió la verga por completo. Virginia se apretó aún más a la pared y largó un gemido.
Entonces Bauti empezó a enterrarle la verga una y otra vez, con una energía salvaje. Ella sintió cómo su cuerpo reaccionaba a cada empuje, cómo los músculos se le tensaban y se le relajaban como si estuviera atravesando un terremoto íntimo. Y aunque su mente intentaba mantenerse en control, su boca ya no le respondía. Los gemidos se escapaban sin que ella pudiera hacer nada, y encima, dentro de ese baño, el eco rebotaba y volvía a sus oídos.
Sabía lo imprudente que estaba siendo. Cualquiera de los chicos o profesores podrían ir a ese baño, al no poder usar los otros. Bastaba con que preguntaran a alguien del campo, en dónde había otro baño para adentrarse en ese medio kilómetro hasta llegar a ellos y descubrir que tenía los pantalones bajos, con su enrome culo al aire, mientras era sometida por uno de sus alumnos. Y, sin embargo, ahí estaba, con las piernas tan separadas como podía, el culo en pompa, las manos sobre la pared para sostenerse, recibiendo las embestidas de ese adolescente que se la estaba cogiendo de parado mientras le propinaba frases denigrantes que a ella no la inmutaban.
—Acá tenés, puta. Esto es lo que querías, ¿no? Yo ya lo sabía. Por la manera en que movías el orto en clase, ya te había sacado la ficha. Esto te gusta, ¿no? Decilo. Decí que te gusta que tu alumno te coja en un baño público.
—Sí, me gusta —jadeó ella.
Fue entonces cuando escuchó la puerta abrirse otra vez. Giró el rostro y ahí lo vio: el otro.
El chico flaco, el que siempre la miraba desde lejos. Tomás. Estaba parado ahí, en el umbral, con los ojos desorbitados y la boca entreabierta. Bauti también lo vio, pero no pareció sorprendido.
—Te dije que hagas campana, boludo —le dijo—. Después te la cogés vos. Dale.
Ahí Virginia entendió que desde un principio habían tenido un cómplice. Las palabras del chico que la estaba penetrando, por algún motivo, no la sorprendieron. De hecho, le alivió saber que alguien había estado vigilando para avisarles si venía algún intruso. Pero a su vez comprendía que se iba a tener que entregar a ese otro alumno suyo.
—¿En serio? —preguntó el otro.
—Sí, ¿no ves lo regalada que está? —dijo Bauti.
Bautista no tardó mucho, lo cual era lo mejor. Para sorpresa de Virginia, cuando estuvo a punto de eyacular, agarró una de sus manos, y largó el semen en ella. Jamás ningún hombre había acabado en su mano.
Virginia se lavó, dejando que el semen se perdiera lentamente, hasta que entró el segundo adolescente que iba a cogerla. Sintió un extraño placer al darse cuenta del momento especial que les estaba regalando. Probablemente jamás volverían a vivir algo así: dos adolescentes, casi unos niños, poseyendo a una mujer adulta como si fuera su juguete sexual. Una mujer que, además, era su profesora.
El chico que parecía tímido, no lo fue tanto cuando se la cogió ahí mismo, de parado, en una posición muy parecida a la de su amigo, solo que esta vez ella se apoyaba en la bacha, y se miraba al espejo mientras la montaban.
Después de solo unos minutos Virginia sintió cómo todo su cuerpo se electrizaba. Su respiración se agitó. Se apoyó mejor contra la larga mesa del baño. En ese momento, entendió que ya no estaba siendo una mujer confundida, ni una profesora que cruzaba un límite. En ese instante era solo un cuerpo caliente, desarmado, siendo devorado por la juventud brutal de esos dos pibes.
Durante las últimas clases, los vio en el aula. La idea de que estuviera dándole clases a dos chicos con quien había cogido, le daba un morbo especial. El miedo a quedar expuesta también la excitaba. Por momentos se preguntaba si les habían contado algo a los otros chicos, pero todo le hacía indicar que no fue así. El hecho de que eran sus últimos días en esa escuela la hacían tomarse las cosas mejor a como lo haría en otras circunstancias.
Había pensado que esa aventura había quedado en el pasado. Que sería algo que Bauti y Tomás contarían como anécdotas que pocos creerían.
Y, sin embargo, ahora ahí estaban los dos, en la sala de estar de su propia casa.
—¿Así que venían a dejarme un trabajo? —dijo, cruzando los brazos, sin dejar de mirarlos.
—Sí —respondió Bauti, extendiéndole el papel con la misma mano que, meses atrás, la había agarrado por la cintura con una audacia que la había sorprendido
Virginia no lo tomó. Se limitó a mirarlos. Uno y luego al otro. Su mente todavía palpitaba con los ecos del recuerdo. Aún sentía el roce de esas manos adolescentes, la voz jadeante, los azulejos fríos en sus manos y en su rostro, y esas vergas duras y ansiosas invadiendo su sexo.
—Ustedes saben que no hay ningún trabajo que tengan que entregarme. ¿Qué quieren?
—Queríamos verte —dijo Tomi.
—Nos costó encontrar tu casa —agregó Bauti.
—Eso está mal. No tenían por qué estar investigando dónde vivo. Eso es información privada.
—Ya lo sé. Pero ya sabés que me gusta correr riesgos cuando el premio es muy grande —dijo Bauti, dando un paso hacia ella.
—No soy un premio. No soy una cosa. Soy una mujer, ¿saben?
—Obvio que sabemos eso —dijo Tomás—. Es más, sos tremenda mujer. Por eso no podemos olvidarte.
Él también se acercó. La rodeó por el costado, y se arrimó incluso más que su amigo.
—Mi hija está en casa —advirtió ella.
Los chicos intercambiaron miradas, y ella entendió por qué. Con ese comentario dejaba ver la debilidad de su negación. Ninguna mujer que no quisiera ser poseída por dos chicos que ya tenía encima daría una respuesta tan endeble. Simplemente diría que no quería hacerlo y ya. Sin embargo, si ellos la habían empujado a las experiencias de sexo prohibido, el polvo con su hijo la terminó de emputecer por completo.
Virginia sintió cómo se le tensaban todos los músculos. La respiración se le aceleró sin que pudiera evitarlo. La mano de Bauti lentamente se apoyó en su hombro, y luego bajó por el brazo.
Tomás no se quedó atrás. Se arrimó aún más. Entre los dos la rodearon con una lentitud meticulosa. Como si supieran que no hacía falta apresurar nada. Como si entendieran que ella ya estaba entregada desde antes de que se metieran en la casa.
Ella cerró los ojos. Sintió las manos de ambos deslizándose por sus caderas, luego por la cintura, y finalmente por el trasero. El calor del contacto la envolvió. Era como volver a un lugar que había jurado no pisar más. Pero ahora no había baños fríos, ni azulejos, ni nadie vigilando. Ahora estaban en su casa, con su hija en el piso de arriba.
Cuando Bauti la besó, fue directo a la boca. No hubo tanteos ni miradas previas. Solo la presión decidida de sus labios contra los de ella. Virginia respondió con la misma intensidad, como si todo su cuerpo se hubiera encendido de golpe. En el fondo se decía: “no puedo ser tan puta”, pero igual lo seguía haciendo.
Tomás, por su parte, se deleitó con el enorme culo de su exprofesora. Lo había visto muchas veces en clase, y siempre había sido su sueño saber cómo se sentía tocarlo. En ese día de campo solo tuvo el disfrute genital, que no era poca cosa. Pero ahora quería sentirla. Ella llevaba un pantalón de jogging, muy de entre casa. Pero la tela gruesa no impedía que disfrutara de esas impresionantes nalgas que tenía aquella MILF rubia.
Pero Virginia sabía que no podían hacer mucho más que eso. Así que, si bien ya sentía la bombacha mojada por la excitación, se separó de ellos.
—No —dijo—. No podemos hacer nada acá. Ya les dije. Mi hija…
—Entonces vamos a apurarnos —murmuró Bauti.
Sentía ya las vergas duras rozando contantemente sus caderas y sus nalgas.
—No —repitió, pero esta vez con una voz que parecía pedir exactamente lo contrario—. No podemos.
Pero los chicos hicieron de cuenta que no la escucharon. Entonces, justo cuando Tomás pretendía quitarle la remera, una voz sonó desde la escalera.
—Tranquila, ma. Hacé lo que quieras. Yo no digo nada.
Virginia se dio vuelta de golpe. Lulú estaba ahí, a mitad de la escalera, con una falda suelta y una remera, con el pelo atado en una cola de caballo. La miraba sin escándalo, sin reproche. Solo con una expresión de burla, como si se regocijara en haberla encontrado con las manos en la maza.
—Lulú… —empezó a decir Virginia, con la voz hecha un nudo.
—No pasa nada —dijo la chica, bajando un escalón más—. Si te los querés coger, cogételos. Total, ya sé lo puta que sos.
Ahora sí Lulú pareció algo enojada. Virginia sabía que le guardaba rencor desde lo que les pasó en el vagón de subte.
Los chicos se miraron entre ellos, entre la sorpresa y la euforia. Bauti, siempre el más audaz, fue el primero en reaccionar.
—¿Y vos? ¿También querés jugar?
Lulú se sorprendió. No se había esperado eso. Entonces vio cómo Tomás se acercaba a ella. Retrocedió apenas, pero como pareció olvidarse que detrás suyo tenía un escalón, el talón de su pie dio contra este, impidiendo que se alejara. El chico extendió su mano y agarró la de Lulú. Ella no intento apartarla. Él tiró de ella, y la hizo bajar unos pasos. Y entonces, sin decir una palabra, metió la mano bajo la falda de ella.
—¿Qué hacés? —preguntó, incrédula.
Él no respondió. Estaba enloquecido sintiendo la perfección de esas nalgas. Virginia sintió un perverso regodeo al ver que la putita de su hija estaba cayendo ante la tentación, igual que ella.
—Dale, tráela para acá —le dijo Bauti a su amigo—. Vamos a darles maza acá mismo.
Tomás apartó la mano de ese culo que le pareció magnifico, y tiró de la mano de la chica otra vez. Lulú emitió un quejido al que nadie prestó atención. Ni siquiera Virginia. Es más, ella echó más leña al fuego.
—Tranquila Lulú. Podés cogértelos también.
La chica se quedó muda, mientras sentía cómo ese pibe que acababa de conocer le bajaba la tanga.
Entonces Virginia empezó a desnudarse. Primero la remera, luego el pantalón. Los chicos se quedaron embobados cuando se quitó el corpiño y quedó con las tetas al aire. Ahora solo llevaba la tanga.
—Que puta que sos —le dijo Lulú.
Sin embargo, no se marchó. Eso sí, a diferencia de su madre, no se desnudó por su cuenta. Pero Tomás no tardó en despojarla de su remera. Sus pechos firmes quedaron expuestos al aire tibio del living. Luego, con movimientos más lentos, le quitó la falda.
No llevaba bombacha.
—Uf, veo que saliste a tu mami —le dijo Bauti.
Tomás simplemente se bajó el cierre del pantalón y liberó su verga erecta. Lulú no esperó ninguna orden. Se arrodilló sobre la alfombra del living, totalmente desnuda.
Virginia miraba la escena sin moverse. Pero Bauti ya se estaba desvistiendo. A diferencia de su amigo, quedó desnudo. Se sentó en el sofá. Virginia se arrodilló frente al cuerpo joven, y le sostuvo la mirada.
Entonces, mientras Lulú veía cómo su madre engullía la pija de ese adolescente, ella misma se metió el rabo de Tomás en la boca.
Las dos mujeres se movían al mismo ritmo, cada una con su respectivo chico, sus manos firmes, sus bocas sumisas. Lulú se inclinaba con gracia, con una lengua ágil que recorría cada rincón de esa verga, como si quisiera reconocerla por completo. Tomás cerraba los ojos, murmurando frases ininteligibles. Virginia, por su parte, acariciaba con una mano la base de la verga de Bauti, y con la otra se apoyaba en su muslo, sintiendo los temblores en los músculos.
Desde afuera, la escena era de un equilibrio perfecto. Dos cuerpos jóvenes siendo adorados por dos mujeres de generaciones distintas, pero iguales en su entrega. Madre e hija, en una coreografía impensada, compartiendo el mismo secreto.
Los miembros de los chicos no tardaron en quedar repletos de saliva. La sensación era muy intensa. Cada vez que Lulú le daba cortas pero rápidas lengüetadas al glande, Tomás sentía que toda su entrepierna iba a estallar. Y cuando Virginia pasaba la lengua a todo lo largo del tronco de Bauti, para luego metérselo entero en la boca, su exalumno pensaba que estaba en un sueño.
Lulú, en un momento, levantó la vista. Tomás tenía las manos en su cabeza, y ver esos ojitos claros mientras la chica le engullía la pija, hizo que tuviera que concentrarse mucho para no eyacular en ese mismo instante.
Virginia miró de reojo a su hija, y se sintió extrañamente erotizada al ver cómo le hacía una mamada a ese chico con quien ella misma había intimado.
Los jadeos de ellos empezaban a crecer. El primero en acabar fue Tomás. Virginia vio cómo su hermosa hija exprimía esa pija como si la estuviera ordeñando, para sacarle hasta la última gota de semen. Vio los labios levemente separados, y todas esa blancura espesa en su boca. Unos instantes después, sintió el líquido tibio que largó Bauti, invadiendo su boca.
Lulú fue la primera en separarse. Se incorporó con un movimiento ágil, se limpió los labios con el dorso de la mano y sonrió, como si acabara de ganar un juego.
—¿Y ahora? —preguntó Tomás.
Nadie respondió con palabras. Fue Virginia la que tomó la iniciativa, como si acabara de recordar que, por edad, era la única adulta en esa habitación… aunque no estaba actuando como tal. Se levantó del suelo, tomó a Bauti del rostro con ambas manos y le dio un beso largo, húmedo, con una entrega que hizo que Lulú levantara las cejas, sorprendida.
—¿Te gustó el sabor de tu semen? —bromeó Tomás.
—Callate, boludo —le dijo a su amigo, aunque sin estar molesto de verdad. Y luego, dirigiéndose a Lulú, agregó—. Y vos, comele la boca también, para que se calle.
Lulú así lo hizo. Arrimó sus labios al chico delgado, y él no opuso resistencia. Nadie se resistía a Lulú después de todo. Ni siquiera su padre. Así que Tomi la besó, y sintió el sabor residual de su semen, aunque no le molestó en absoluto.
Bauti, mientras tanto, se había parado, y ahora abrazaba a Virginia por la cintura, sus cuerpos desnudos rozándose con una electricidad que parecía audible.
Todo se volvió más lento, más espeso. Lulú y Tomás se dirigieron a uno de los asientos individuales. Ella lo acariciaba suavemente mientras se besaban. La verga se iba despertando de apoco. Entonces se sentó a horcajadas sobre él. Le gustaba verlo nervioso, tenso, tratando de estar a la altura. Le quitó la remera. Acarició su pecho con las uñas, dejó que su pelo le cayera sobre la cara, y lo miró con ojos entrecerrados, como si él fuera el chico más afortunado del mundo… y lo era.
Virginia, con una mano en la nuca de Bauti, lo guiaba con firmeza. Se acostaron en el piso, sobre la alfombra suave, sin importarles nada. Él se acomodó sobre ella, despacio.
El living era ahora un espacio sin tiempo. Un escenario donde se desdibujaban los vínculos, los nombres, los roles. Solo había piel, respiraciones entrecortadas, piernas entrelazadas y una humedad creciente que parecía subir desde el suelo.
Lulú se movía con una cadencia calculada, girando levemente la cintura con cada movimiento. Tomás tenía las manos en sus caderas. Ella, con la cabeza inclinada hacia atrás, dejaba escapar gemidos cortos, casi musicales, como si estuviera bailando una canción que solo ella escuchaba.
Virginia, mientras tanto, había envuelto con sus piernas el cuerpo de Bauti. Lo apretaba con fuerza. Cada vez que él se hundía, ella elevaba la pelvis apenas, como si quisiera que no se fuera nunca. Las tetas se movían con violencia en su torso. Él no dejaba de besarle el cuello, el mentón, los hombros. Como si necesitara probar cada centímetro.
En un momento, Lulú se inclinó hacia adelante. Apoyó las manos en el pecho de Tomás y lo besó en la boca. Fue un beso rápido, pero intenso, como una descarga.
—Vos solo quedate quietito, con la pija dura —le susurró—. No tenés que hacer nada más que tener la pija dura mientras te monto.
Virginia abrió los ojos un momento. Desde el suelo, vio a su hija cabalgando sobre ese chico, vio su espalda arqueada, sus muslos tensos, su expresión concentrada. Por un segundo, pensó en que todo aquello era demasiado. Pero ese pensamiento duró lo que un parpadeo. Porque en el instante siguiente, Bauti empujó con más fuerza, y ella volvió a perderse en el placer que le producía esa joven pija.
Tomás se dejó caer hacia atrás, recostado contra el respaldo del sillón. Lulú se acurrucó sobre él, apoyando la frente en su hombro, sin dejar de moverse, ahora con las manos del chico en su trasero. Bauti, en cambio, se separó un instante y se volvió a sentar en el sofá. Virginia lo acompañó, sentándose a horcajadas sobre él, con el torso erguido. La nueva posición hacía que sus cuerpos se frotaran aún más, que las tetas de ella quedaran a la altura de sus ojos, que todo pareciera más obsceno, más perfecto.
Eran cuatro cuerpos mezclados en el salón familiar, donde aún quedaban, sobre la mesa ratona, los apuntes de Lulú, el cuadernito de los garabatos. Adriel y Mauricio estaban lejos, sin tener idea de lo que pasaba en su hogar. O quizás sí. Porque ambos sabían lo putas que eran las mujeres con las que vivían. Lo sabían y por eso las amaban.
Virginia sentía que estaba metiendo los cuernos por partida doble: a su marido y a su hijo. Lulú, por su parte, no sentía que tuviera que caer en la monogamia por su padre, pero se preguntaba qué pensaría si se enterara que su mujer y su hijita estaban siendo ensartadas por dos pendejos. Seguro se ponía loco. Esa idea hizo reír a Lulú.
Se detuvieron un instante. El cuerpo de Virginia aún latía, envuelto en una humedad tibia y una lentitud gozosa. Pero no había descanso. Solo una tregua breve.
Para sorpresa de los adolescentes, las mujeres llegaron al clímax antes que ellos. Ambos vieron por primera vez lo que era un orgasmo femenino, y se sorprendieron de lo intenso que eran. Sintieron en sus propios cuerpos los músculos tensados de las chicas, la humedad en la entrepierna, los gemidos convertidos en largos gritos.
Luego, mientras ellas aún estaban con la respiración agitada, recuperándose de placer, ambos acabaron. Lulú se separó de su amante y recibió su esencia en los muslos. Virginia, en cambio, lo recibió en su ombligo.
Apenas pudieron limpiarse con papel cuando los chicos quisieron ir por la tercera.
—Bueno, ahora cambiamos, ¿no? —preguntó Tomás.
—Obvio, yo no pienso irme sin cogerme a esa putita. ¿Cómo te llamás? —le preguntó a Lulú.
—Lourdes —respondió ella—. Me dicen Lulú.
A ninguna de las dos mujeres les molestó la forma en que se dirigían a ellas. Como si sus opiniones no importaran. Más bien se quedaron ahí, esperando que ellos comenzaran de nuevo.
Bauti fue en busca de la chica. La llevó al sofá donde se acababa de coger a su madre, y la giró con delicadeza, como quien acomoda una escultura valiosa, dejándola boca abajo. Ella apoyó las manos en el sofá y levantó un poco el culo.
Él se colocó detrás. La contempló. Su espalda, su cintura finita, las curvas perfectas que se ofrecían sin culpa. Lulú cerró los ojos y suspiró. Cuando sintió la verga invadiéndola, el aire le escapó del cuerpo como un susurro.
A pocos centímetros, en el sillón individual, Virginia también había sido girada. Ella se acomodó de rodillas sobre el asiento, apoyando los brazos en el respaldo. Su impresionante culo expuesto.
El chico se acomodó detrás. Demoró un poco en encontrar la forma en penetrarla. Pero cuando lo hizo, su exprofesora solo sintió placer.
Ahí estaban los dos, cumpliendo el sueño de muchos hombres. Tanto Virginia como Lulú sabían muy bien que muchos tipos no solo las deseaban de forma individual, sino que las imaginaban juntas en una situación sexual. Justo como estaban ahora. Ambas se potenciaban. Unidas eran el culmen de las sueños eróticos masculinos. Y Tomás y Bautista lo habían conseguido solo por ser descarados y decididos.
Después de unos minutos, las embestidas fueron más intensas. Se escuchaba el sonido rítmico, se sentía el olor a sexo, y se sentían los genitales húmedos en constante fricción.
Virginia se apoyó con los antebrazos y arqueó más la espalda. Sentía cómo cada embestida le recorría la columna. Sus tetas colgaban bajo ella, pesadas, tensas, rozando la cuerina en cada vaivén. Tomás le sujetaba la cintura con las dos manos, y le hundía la pija hasta que sus bolas chocaban con el orto de la MILF.
Lulú, mientras tanto, dejaba caer la cabeza hacia adelante. El cabello le caía como una cortina dorada, tapándole el rostro. Sus nalgas se elevaban, recibiendo la verga de Bautista como si lo guiara. En un momento, giró apenas el cuello y observó a su madre. Se cruzaron las miradas, sudadas, cómplices, y se sonrieron con una mezcla de desafío y perversión, como si se dijeran mutuamente, no me juzgues, sos igual de puta que yo.
Las dos respiraban al unísono. Las embestidas eran profundas, pesadas. El sonido de los cuerpos llenaba el espacio, acompasado, como una música subterránea.
El living, con sus cortinas cerradas, parecía otro lugar. Las luces tenues, el aire cargado, el olor a piel y deseo, transformaban todo. No quedaba nada del orden doméstico. Solo los cuerpos encastrados, jadeantes.
Virginia dejó que su cuerpo se rindiera. Apoyó la frente contra su antebrazo, cerró los ojos, y dejó escapar un sonido contenido. No fue un grito. Fue un suspiro roto, sucio, como el que se escapa cuando todo el cuerpo vibra desde adentro.
Al mismo tiempo, Bauti embestía sobre Lulú. Apoyaba los brazos en sus caderas, observándola desde arriba. Ella miraba al frente, la boca entreabierta, el pelo revuelto
Los constantes movimientos de Bautista hizo que el sofá de moviera de su lugar, acercándolos aún más a ese otro sofá donde estaban cogiendo los otros.
Y entonces ocurrió eso. Un detalle. Un gesto que ninguno de los chicos entendió del todo. Pero que para ellas fue como cerrar un círculo invisible. Virginia estiró una mano hacia el costado. Lulú hizo lo mismo.
Los dedos se rozaron. Luego se entrelazaron, con naturalidad. Como si lo hubieran hecho antes. Como si fuera parte del acto.
Madre e hija. Desnudas, poseídas, unidas. Pero luego, sin más dudas, se entrelazaron. Suaves. Firmes. Con una calma que contrastaba con todo lo que ocurría alrededor. Madre e hija unidas mientras eran penetradas.
No se miraron. No hablaron. No fue necesario. En ese apretón había algo que no se podía explicar con palabras. Una aceptación tácita. Una entrega compartida.
Mientras sus cuerpos eran poseídos por otros, ese contacto íntimo y ajeno a los varones que las tomaban parecía decir: “En esta estamos juntas”.
El ritmo de los chicos seguía, frenético. La piel contra la piel. El jadeo y la fricción. Unos minutos después ambas recibieron una nueva descarga de semen.
—Podríamos quedarnos un rato más —comentó Bauti.
Ya habían comenzado a recoger sus ropas, aunque ellas seguían desnudas sobre los sofás, cosa que lo instó a hacer ese comentario.
—Mi hermano ya vuelve enseguida. Y si los ve acá, los mata. Y ni hablemos de mi papá —dijo Lulú.
Ellos no parecieron intimidados, pero sí entendieron que la fiesta había terminado.
Recogieron sus ropas, a pesar de que ellas siguieron ahí, desnudas. Cuando por fin las dejaron, Virginia se levantó. Sintió las piernas muy cansadas. Se inclinó frente a su hija, que estaba recostada en el sofá de tres cuerpos. Le acarició el cabello con una ternura que no había mostrado hacía mucho.
—Este va a ser nuestro secreto —dijo.
Ambas sabían que Virginia era la que tenía mucho más que perder. Pero aún así Lulú asintió. Igual le gustaba tener secretos. Como los que tenía con su papá y su hermano.
Por Gabriel B