Mi amiga recatada me hace la mejor mamada

Mi amiga recatada me hace la mejor mamada

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Hay en tu vida personas con las que te gustaría tener sexo, que te atraen, pero tu relación con ellas no te lo permite? Las etiquetas sociales, el entorno familiar, la confianza. No las ves como accesibles. Pero te atraen, e incluso tienes fantasías con ellas.

Era mi Pepa. Una mujer normal, una amiga normal. Guapa, o te lo parece por su forma de ser, su cariño. Nada espectacular, ni un cuerpo de revista, nada. Los ojos profundamente celestes. Y una mirada de amor que derretía.

Pero, a pesar de todo, me armaba solo pensar en ella, y cuando me acercaba o nos dábamos un abrazo o un beso de compromiso, yo los alargaba y los acercaba a su boca, o ponía mis manos donde no debían estar. Ella, muy tímida y educada por las monjas, tensaba su cuerpo de ama de casa, pero no se apartaba. Eso me ponía. Aunque sabía bien, sabíamos, que era la frontera. Lo que no podíamos pasar.

Delante de mis hijos y sus hijos, sus hermanos, los míos, los compañeros. Todos veían lo que parecía: un trato entre amigos con más de veinte años conociéndose.

Un día celebrábamos un cumpleaños. Nosotros los juntábamos para hacer unas fiestas menos repetitivas y con más público. Su cuñado, un tío de esos que se meten en todo y que saben organizar, nos cogió una gran casa de campo con muchas habitaciones, y pasamos un gran fin de semana allí. No había camas para todos, así que teníamos un dormitorio común para cinco parejas que dormíamos, cuando podíamos, en camas individuales.

Lo que hacíamos era encender una gran chimenea y dejarla encendida toda la noche. Después de las comilonas, las canciones, los bailes, cansados y achispados o borrachos, caíamos entre mantas y sacos de dormir en un bulto informe frente a la chimenea. Nada erótico ni orgiástico. No: puro cansancio y pereza.

Yo me acerqué como pude a ella. Y me rendí bajo una manta grande, sobre un saco de dormir. Los cuerpos no se distinguían, había poca luz y se escuchaban ronquidos.

Me acerqué hasta tocarla. Mi mano llegó a su muslo. Ella me la retiró sin volverse. Mi grado de alcohol me desinhibía; sabía que a ella también. Lo intenté de nuevo, sin pudor. Pasé de acariciarle un muslo a cogerle una gran teta que tenía muy enterrada en telas. Se movió, pero sin rechazarme. Quitó su brazo de en medio y empecé a meter mi mano hacia su cuerpo desnudo. Allí estaba. Cogí su pezón con mis dedos, con suavidad. Después apreté su hermosa teta.

Estaba agitadísimo. Nervioso. Llevé mi mano hacia su cara, su boca. Ella me besó los dedos. Sabía, por una conversación de mi mujer, que a ella no le gustaba el sexo oral. Insistí. Le metí un dedo en la boca. Lo chupó. Casi me corro.

Bajé mi mano a su cadera y busqué su coño, enterrado igual. Noté su mano moverse entre las telas, apartando su chándal. Aproveché y metí la mano, encontré su coño, su pelo frondoso, sus cachas suaves. No sabía cómo era. Lo noté húmedo. Mi Pepa también estaba cachonda.

Le acaricié el interior de los muslos. Es una zona que me encanta. Ella dio un respingo y se volvió, abriendo un poco sus piernas. Estábamos rodeados de cuerpos, cuerpos de amigos y familiares. Todo nos paralizaba. Metí mis dedos en su raja, chorreando. Encontré su clítoris. Lo acaricié con suavidad. Ella no admitiría otra reacción.

Estaba rígida y respiraba con fuerza. Noté su mano en mi pene, bastante duro ya. Retiró la mano como si le hubiera dado un calambrazo. Le cogí la mano y se la volví a poner en mi pene. Acercé mi cabeza a la suya; estaba muy caliente. Le besé el cuello y después se lo chupé.

Se estremecía. Temblaba.

Meneó mi polla con torpeza, pero con ganas y delicadeza.

En aquel momento: plas. El marido borracho empieza a buscarla. Había vomitado y estaba muy mal. Quería que lo llevara a la cama.

Se me bajó la polla en un segundo. Un chasco.

Por la mañana fuimos al pueblo a comprar provisiones: pan de campo, aceite del bueno, verduras y carne. Fuimos en un coche todoterreno: tres chicas, mi Pepa entre ellas, y yo, que me colé porque conocía a gente de aquel pueblo.

Lo pasamos bien. Los vecinos que yo conocía nos vendieron buenos géneros y nos invitaban con cada venta a un vasito de vino recio, pero de la tierra. Otra chispera. Ojos tiernos y miradas cada vez menos inocentes.

El coche me dio la excusa: no arrancó. Llamamos a la grúa y nos pusieron a nuestra disposición un coche. Tendríamos que llevar nosotros los víveres y esperar a que las otras dos trajeran el coche arreglado.

Los dos nos ofrecimos voluntarios.

Al llegar a un recodo del camino, escondimos el coche. Ella, mi Pepa, se quitó toda la ropa y se abrió el coño sin hablar. Mirándome con una mirada lasciva.

—Tienes mirada de puta.

—Ahora mismo lo soy. Estoy muy caliente. Sácatela.

Me desnudé. En contra de las informaciones, me cogió la polla y se metió entera en la boca. Le dieron arcadas. Le di instrucciones. Me hizo una mamada de diez. Escuchaba el goteo de su saliva y el chupetón sorbido final que me erizaba el pelo. Estaba sorprendido. Mi Pepa. Mi peluche. Sin dejar de mamar, abrió su coño y con la cara descompuesta me pidió que le mordiera los labios del coño y la pipa, que quería sentir dolor. Estaba descolocado. Mi Pepa, un putón. Se lo dije:

—Me encantas, puta.

—Pues no has visto nada.

Y me metió un dedo en mi culo, que fue seguido por otro, hasta tres. La leche lo salpicó todo. Ella, ante mi sorpresa, lamió los dedos que me había metido y todo el semen que había por el coche. Yo, cada vez más descolocado. Ella había cuidado de mis niños cuando eran bebés.

Se abrió el culo.

—He oído que el culo se mama.

Puse cara de póquer y solo asentí.

—Pues méteme la lengua hasta que llegues a la campanilla. Después los dedos y lo que tengas. Rómpeme el culo.

Fue una orden. Largamente esperada, como me dijo después. Mi estado de excitación pudo más que yo. Le lamí el ojete, que aún sabía a culo, a sudor. Algo que me enervaba. Soy otro guarro.

Me corrí. Con espasmos y gritos. Ella me pellizcaba los pezones hasta hacerme daño. Yo estaba entregado.

—Córreme ahora igual. Violame, cabrón.

Era otra Pepa, salida de un burdel o peor. Me mordía los labios, los pezones, la polla. Me ofrecía sus labios.

—Hazme sangre.

—Pepa…

—Lo tenía guardado, cojones. ¿Qué quieres? El pamplinas de tu amigo solo me folla borracho, con la polla a media bandera. Y yo necesito marcha. Soy un putón y una guarra. Llevo mucho tiempo esperando. No podía hacerlo con cualquiera. Yo sé que tú eras de los míos. Te veo cómo miras los culos y las tetas. Y sé de alguna aventura que has tenido con alguna del barrio.

Yo no salía de mi asombro.

—Ahora la puta quiero ser yo. Quiero que mañana no pueda cerrar las piernas y que alguna marimacho de esas piense: «El Julio le ha dado por culo, y le duele». Fóllame duro. Violame, Julito. Viola a tu amiga del alma. Ponle los cuernos al ciego de mi marido, cojones.

Le metí la polla en el culo de un tirón. Gritó y se estremeció. Me salí.

—Sigue, cabrón. Machácame. Que me duela el culo dos o tres días. Que el mierda de tu amigo se pregunte, si se lo pregunta, quién me folló por el culo.

Me gustaría que me follaras delante de todos. Y que todos pudieran follarme. Por el culo. Pero soy una cagada. No lo voy a hacer, pero tú te lo llevarás todo.

Estaba fuera de sí y me llevaba a mí. La puse a cuatro patas, dejada caer en el asiento delantero del coche. Yo aún la tenía dura, y el primer envión le había dolido. Se abrió las nalgas y me ofreció su ojete.

—Fuerte, cojones. Que me duela.

Mi Pepa se había convertido en un monstruo sexual. Maravilloso. Sus ojos azules limpiándome la polla de semen, mierda y sangre me ponía a mil. Mi osito de peluche.

Sentada de medio lado en el coche, parecía haber recobrado la candidez, la cordura. Pero abrió la boca:

—Quiero que seas mi querido. Que me folles, que me hagas barbaridades, que me ofrezcas a tus amigos. Lo que te salga de la punta de la polla.

El lenguaje procaz afirmaba su transformación.

—Tu amigo es una boliza. Se folló a mi cuñada, y como la tiene larga, la otra se quedó en trance. Mi venganza era mi fantasía: que me hicieras tu puta. ¿Y tú qué dices?

—Que lo seré. Que lo soy. Hace tiempo que no follaba tan bien, tan guarro.

—Te vas a enterar.

Por Antonio Asturias

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