Claudia y Carlos, Karina y Daniel

Claudia y Carlos, Karina y Daniel

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«Buenas noches. Me llamo Carlos. Tengo 66 años. Vivo en Monterrey. Soy viudo. Leí tus historias. Me encantó, Claudia, me encantó. La escena de la fila. Los 7 tipos. Cómo se abrió para todos. Cómo te excitaste viéndola. Tengo el cuerpo de mis años, pero sigo con el vergón duro. Sigo con ganas. Y sé cómo tratar a una mujer. Lo que me gustó más es que ella aceptó a todos esos tipos a la vez. Eso no se ve seguido. Tengo dinero. Tú y ella. Les pago todo. Carlos.»

Ella estaba en la cama, con el teléfono en la mano, y yo entre sus piernas, con la lengua en su coño. Leyó el correo en voz alta mientras yo se lo lamía.

Me confesó que una vez aceptó dinero, antes de mí. No fue un desconocido del todo, pero tampoco era nada suyo. Se lo propuso y aceptó. Me lo contó sin rodeos, sin bajar la mirada. Me dijo que él le puso los billetes sobre la cama antes de empezar, y que ella los vio mientras se arrodillaba; que le bajó el pantalón y se la metió en la boca sin preguntar; que después la puso en cuatro y se la cogió despacio, viéndose en el espejo del clóset; que le agarró el cabello y le dijo que no parara; que terminó dentro de ella y que ella se quedó ahí, con las piernas temblando, viendo los billetes en la sábana. Después lo olvidó, lo enterró como si no hubiera pasado, hasta que ese correo se lo recordó y le regresó la fantasía.

Yo le dije que yo también. Que una vez pagué, antes de conocerla. Una desconocida, de una app. La vi, me gustó y le ofrecí dinero. Aceptó. Le puse los billetes en la mano y ella se bajó la ropa sin decir nada. La cogí de pie contra la pared, rápido, sin nombres, sin besos. Solo sexo.

Los dos ya habíamos estado ahí sin saberlo, y el viejo de Monterrey nos lo recordó.

Seguíamos en la cama, desnudos, sudados, con el teléfono entre los dos.

—¿Entonces sí quieres? —le pregunté—. ¿Quieres que ese tipo te coja?

Ella no contestó de inmediato. Se quedó mirando el techo un rato, con el teléfono apoyado en el pecho. La dejé. No la apuré. Sabía que lo estaba pensando en serio, no de dientes para afuera. Después volteó a verme.

—Sí —dijo despacio—. Sí quiero. Pero no por él. Por lo que me va a hacer él a mí, contigo viéndolo.

Se quedó callada otra vez, como si acabara de darse cuenta de lo que estaba diciendo. Después, casi en voz baja:

—Contéstale.

Pero yo quería algo más. No solo que le pagara a ella por follársela. Quería que también pagara a una mujer para mí. Que mientras él se la cogía a ella, yo me cogía a otra. Se lo dije así, sin rodeos.

Se quedó callada. Me miró. Pensé que se iba a enojar. Pero no. Sonrió. Me agarró la verga con la mano y dijo:

—Me gusta. Tú también mereces tu parte.

Agarré el teléfono y le escribí. Corto. Directo. Que sí. Que nos pagara a los dos. Que consiguiera una mujer para mí. Que a ella también le pagara. Que si aceptaba eso, nos veíamos. Lo mandé.

El viejo contestó al día siguiente. Fue breve: que sí, que él pagaba y que cuando quisiéramos nos veíamos.

Le dije que el sábado, en Monterrey. Él propuso que nos viéramos primero en un café del centro, cerca de un airbnb, para conocernos.

Esa noche, ya en la cama, pusimos el precio. No era por el dinero, era por el morbo de que un tipo pagara por abrirle las piernas. Acordamos que no estaríamos juntos todo el tiempo: ella con él en un cuarto y yo con la mujer que trajera en otro.

Para calentar el terreno, nos pasamos los números. Yo le mandé el mío y el de ella; él nos mandó el suyo. Ahí empezó el juego.

Le mandé una foto de ella en ropa interior. Solo la espalda y las nalgas, cubiertas a medias. Estaba acostada, dándome la espalda, mientras yo la miraba. Le escribí: «Está lista para que le abran las piernas.»

Él respondió mandándome una foto de su verga. Estaba dura, ancha y canosa. Me escribió: «Es para ella».

Ella vio la foto y se giró. Se puso entre mis piernas y empezó a chuparme la verga. Me la lamió toda mientras me miraba a los ojos, excitada por la foto del viejo. En ese momento, se detuvo un segundo, tomó el teléfono de mi mano y le escribió directamente.

«¿Me quieres coger?», puso ella.

Él contestó casi al instante: «Sí. Quiero meterte toda la verga».

Yo sentía su boca caliente en mi miembro mientras leía la pantalla. Le escribí: «Ella está desnuda y me está chupando la verga ahorita mismo.»

Le escribí: «Nos vemos el sábado».

El sábado salimos temprano. Llegamos al café. Un lugar viejo, de mesas de mármol y ventiladores de techo. El viejo ya estaba ahí. Canoso. Panza. Camisa de botones mal fajada. Se levantó cuando nos vio. Nos dio la mano. La de ella la sostuvo un segundo de más. Se la apretó. No la soltó hasta que ella la retiró.

Nos sentamos. Él pidió un café. Nosotros también. No dejaba de mirarla. Le miraba el escote. La blusa se le pegaba al pecho. Los pezones marcados. Ella cruzaba y descruzaba las piernas. Se acomodaba en la silla. Se pasaba la lengua por los labios.

—¿Tienes calor? —le preguntó él.

—Un poco.

Ella se abrió el cuello de la blusa. Sin bajar la mirada. Él tragó saliva. Se acomodó el pantalón debajo de la mesa. Yo lo vi. Todos lo vimos.

Él estiró la mano y le tocó la muñeca. Despacio. Solo los dedos. Ella no la retiró.

—Me gusta tu reloj —dijo.

—No es mío. Es de él.

—Entonces me gusta cómo te queda.

Le acarició la muñeca con el pulgar. Ella respiró hondo. Yo lo vi todo. No dije nada.

A los diez minutos entró Karina. Se sentó con nosotros sin que nadie la llamara. Vestido negro ajustado. Tacones altos. Bolsa cara. Se veía como esas mujeres que no se ven en la calle. Nivel ejecutivo. Ni idea de cuánto le habría costado al viejo.

Él nos la presentó. Ella nos saludó con la cabeza. Después lo miró a él, él le hizo una señal, y se levantó y se sentó a mi lado. Su pierna rozó la mía debajo de la mesa. No la aparté. Le puse la mano en el muslo. No se movió.

Se inclinó hacia mí. Me habló al oído.

—Ella está empapada —dijo—. Se le nota desde aquí.

Yo miré a Claudia. Estaba roja. Se mordía el labio. No nos quitaba los ojos de encima.

El viejo le puso la mano en la rodilla. Debajo de la mesa. Ella abrió un poco las piernas. Solo un poco. Él sonrió.

Karina me agarró la mano y la subió más. Hasta su entrepierna. Estaba caliente. Mojada. A través de la tela.

—Yo también —dijo.

Claudia nos vio. Karina no apartó la mirada. Ella tampoco. Se sostuvieron los ojos las dos. Sin decir nada.

El viejo pagó la cuenta. Salimos. Caminamos hasta el airbnb. Nadie habló en el camino. En la entrada nos separamos. Él me señaló una puerta. A mí y a Karina. Tomó a Claudia del brazo y se la llevó hacia el otro cuarto.

Dos recámaras pegadas. Pared con pared. Yo vi cómo se alejaban. Vi cómo ella volteó una vez. Solo una. Karina me tomó de la mano y me llevó hacia la otra puerta.

Cerró la puerta. El cuarto era pequeño. Una cama, un buró, una lámpara. Pero lo único que importaba era la pared. La pared que daba al otro cuarto.

Me quedé de pie junto a ella. No me senté. No la miré. Solo puse la mano en el yeso. Frío. Del otro lado, nada. Silencio.

Esperé. Un rato largo. Tanto que pensé que el viejo todavía estaba en los besos, en los preliminares, en esas cosas que los viejos hacen despacio. Karina también se acercó. Puso su oreja en la pared. Los dos ahí, callados, escuchando.

Nada.

Después, un ruido. Chico. Una cama que cruje. Un cuerpo que se acomoda sobre otro. Un murmullo. La voz de él, bajita, que no se entendía. Y después, al fin, un gemido. Corto. De ella. Ahogado, como si lo hubiera soltado sin querer.

Karina me miró. No dijo nada.

Pasaron unos segundos. Otro gemido, más largo esta vez. Después la voz del viejo otra vez, diciendo algo que no entendía. Ella respondió con otro gemido, y yo me quedé con la mano pegada al yeso, sintiendo cómo la pared vibraba apenas con el movimiento del otro lado.

Karina se acercó más. Se paró a mi lado. Puso su oreja en la pared también.

—Se oye mejor aquí —susurró.

Se llevó las manos a la espalda. Bajó el cierre del vestido. La tela resbaló por sus hombros y cayó al piso. Quedó en lencería negra. Transparente. La piel blanca pálida, muy blanca. El cabello corto, arriba de los hombros, negro, lacio, pegado a las mejillas. Los pezones rosados, chicos, marcados bajo la tela. Las tetas pesadas, naturales, colgando un poco. Las caderas anchas. Las medias hasta medio muslo. La tanga apenas cubría.

Del otro lado, otro gemido. Más largo. Después un silencio. Después la voz del viejo. No entendía qué decía. Pero ella respondía con otro gemido. Como si le estuviera obedeciendo.

Karina se sentó en la orilla de la cama. No dijo nada. Solo me miró. Esperó.

—Ven —dijo ella al fin—. Siéntate.

Me senté en la orilla de la cama. Los dos en silencio. Del otro lado, ella gemía otra vez. Más fuerte. Más seguido. El viejo le decía algo. Ella respondía. Como si le estuviera dando justo lo que necesitaba.

Karina me puso una mano en la pierna. La subió despacio. Hasta el borde del pantalón.

—La tienes dura —dijo.

—Sí.

—No es por mí.

—No.

—Está bien. Me gusta.

Me desabrochó el pantalón. Me lo bajó hasta las rodillas. Me sacó el miembro. Ya estaba brillante. Ella lo vio. No dijo nada. Se deslizó hacia abajo. Sin levantarse. Puso la boca en la punta. La lengua. Despacio.

Y yo seguía escuchando. Los gemidos de ella. Más fuertes. Más seguidos. Como si el viejo supiera lo que hacía. Como si supiera esperar. Como si la tuviera al borde y la dejara ahí.

Karina subió y bajó. Con la boca. Con la mano en la base. Yo cerré los ojos. Y me imaginé a Claudia. Arrodillada frente a él. Chupándosela. Metiéndosela a la boca. Mirándolo desde abajo.

Los gemidos subieron de tono. Ella. Más fuerte. Karina apretó el ritmo.

Después de unos minutos, se detuvo. Levantó la cara.

—Cógeme —dijo—. Mientras la escuchas.

Me levanté. Me terminé de quitar la ropa. Quedé desnudo frente a ella. Karina se quitó el sostén. Los pezones rosados al aire. Chicos. Duros. Se bajó la tanga. Las medias se las dejó puestas. Se puso en cuatro sobre la cama.

Me puse detrás. La agarré de las caderas. Entré de una vez. Ella gimió. Yo empecé a moverme. Despacio. Con los ojos cerrados. Escuchándola.

Del otro lado, los gemidos seguían. Más fuertes. Él le decía algo. Ella respondía. Y yo seguía. Dentro de Karina. Pero pensando en Claudia. En su boca. En cómo estaría chupándosela al viejo. En cómo se la metería hasta el fondo.

Karina empujó hacia atrás. Me buscó. Yo seguí. Más rápido. Más fuerte. Ella gimió. Yo seguí. Sin abrir los ojos. Solo escuchando. Los dos gemidos mezclados. El de Karina abajo de mí. El de Claudia al otro lado de la pared.

Los gemidos de ella se cortaron. Silencio. Después la voz del viejo. Más clara ahora. Le decía algo. Y ella respondía con un gemido largo.

Yo seguí. Dentro de Karina. Más rápido. Pero sin terminar. Aguantándome. Ella gimió más y más fuerte. Yo seguí. Hasta que no pude más. Pero no terminé. Me detuve. Me salí.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Ya.

Me levanté. La agarré a ella del brazo.

—¿A dónde vamos? —preguntó.

—A verla.

La llevé conmigo. Desnudos los dos. Salí al pasillo. Caminé los pocos pasos entre las dos recámaras. Karina detrás de mí, sin decir nada. La puerta de ellos estaba entreabierta. La empujé despacio.

El viejo volteó. Me vio. Nos vio a los dos. No dijo nada. Siguió. No paró.

Claudia estaba debajo de él. Un monstruo comparado con su cuerpo pequeño. Ancho. Pesado. Encima de ella. Tapándola casi completa. La piel colgando. Los brazos gruesos a los lados de su cabeza. Y él adentro. Moviéndose. Despacio. Con todo su peso.

Ella me vio desde abajo. Con los ojos abiertos. Con la boca abierta. Con el pelo pegado a la cara. Me vio a mí. Y vio a Karina detrás de mí. No dijo nada. Solo me miró.

Me acerqué. Me arrodillé junto a su cabeza. Le levanté la cara con una mano. Y la besé.

La besé mientras él seguía dentro de ella. Sentí cómo gemía contra mi boca. Cómo respiraba fuerte por la nariz. Cómo me agarraba la muñeca.

Me separé. La miré a los ojos. Ella seguía mirándome. Sin decir nada. Con él encima. Conmigo al lado. Con Karina esperando detrás de mí.

—Para —le dije.

Se detuvo. Salió de ella despacio. Claudia quedó ahí, boca arriba, con las piernas abiertas, respirando fuerte. El cuerpo marcado por el peso de él. Rojo donde él la apretó. Mojada. Abierta. Sin cerrar las piernas.

Nadie se movió. Él la miró desde arriba, sin entender. Karina seguía de pie junto a la puerta, esperando. Yo miraba a Claudia. Y ella me miraba a mí.

Me acerqué a Karina. La llevé a la cama. La puse en cuatro en una orilla, con la cara hacia el centro. Le abrí las piernas con la rodilla. La dejé ahí.

Claudia me vio hacerlo. No apartó los ojos. Se mordió el labio.

Fui por ella. La agarré de la cintura. La moví. La puse en la otra orilla. En cuatro. Frente a Karina. Las dos mirándose a los ojos. Le pasé la mano por la espalda, despacio, bajando hasta sus nalgas. La apreté. Ella respiró hondo. Todavía tenía el sabor de ella en mi boca.

El viejo la siguió. Se puso detrás de ella. Me puse detrás de Karina. La agarré de las caderas. La sentí temblar. Pero no entré todavía.

Claudia me miraba desde el otro lado. Con el pelo pegado a la cara. Con la boca abierta. Esperando.

Entré en Karina. Ella gimió. Yo no dejé de mirar a Claudia. Vi cómo su cara cambiaba. Cómo apretaba los dientes. Cómo sus dedos se cerraban en la sábana.

—Ahora —le dije al viejo.

Él entró en Claudia. Ella gimió. Pero no cerró los ojos. Me siguió mirando. Conmigo dentro de Karina. Con él dentro de ella.

Empecé a moverme. Despacio. Marcando el ritmo. Él me copió. Sin buscarlo. Sin decirlo. Empujaba cuando yo empujaba. Se detenía cuando yo me detenía. Las dos gimieron a la vez sin querer. Como si estuvieran conectadas.

Claudia estiró una mano. Karina hizo lo mismo. Se agarraron del brazo. Se quedaron así un segundo. Mirándose. Respirándose. Sin decir nada. Y después se besaron.

Se besaron con la boca abierta. Gimieron dentro de la boca de la otra. Yo seguí. Mirándolas. Viendo cómo Claudia le metía la lengua a Karina mientras él la cogía por detrás. Viendo cómo Karina le mordía el labio mientras yo la embestía.

El beso no las detuvo. Al contrario. Empezaron a moverse más. A empujar hacia atrás. A buscarnos. Las dos. Al mismo tiempo.

Yo seguí. Sin parar. Pero sin terminar. Aguantándome. Porque quería verlas más. Quería ver hasta dónde llegaban.

Seguí moviéndome dentro de Karina. Más rápido. Ella empujaba hacia atrás. La agarré del cabello. Se lo jalé. No fuerte. Lo suficiente para que levantara la cara. Para que soltara el beso. Para que me mirara.

—No te sueltes de ella —le dije.

Karina volvió a buscar la boca de Claudia. Se besaron otra vez. Con más ganas. Claudia le mordía el labio. Karina gemía dentro de su boca.

Le pegué en la nalga. Fuerte. El sonido retumbó en el cuarto. Karina gritó. Pero no se apartó. Al contrario. Empujó más hacia atrás. Le pegué otra vez. Del otro lado. La piel se le puso roja.

Claudia nos miraba. Me miraba a mí. Cómo le jalaba el cabello a Karina. Cómo le pegaba. Cómo la agarraba de las caderas y la embestía. Y en sus ojos no había celos. Había morbo. Puro morbo.

El viejo seguía con su ritmo. Lento. Pesado. Ella lo aguantaba. Pero no le prestaba atención. Solo a mí.

Le di otra nalgada a Karina. Más fuerte. Ella gritó mi nombre.

—Daniel —dijo—. Daniel.

Claudia lo oyó. Me miró. Se mordió el labio. Y yo supe que quería lo mismo.

Solté el cabello de Karina. Me incliné sobre su espalda. Le hablé al oído.

—Dilo —le dije.

—¿Qué?

—Dilo.

Karina entendió.

—Somos tus putas —dijo—. Claudia y yo. Somos tus putas.

Claudia la oyó. Cerró los ojos un momento. Después los abrió. Me buscó.

—Sí —dijo. Su voz apenas se oyó. Pero se oyó—. Somos tus putas.

El viejo seguía dentro de ella. No decía nada. No paraba. Solo miraba.

—Más —dijo Karina—. Más.

—Mírala —le dije a Claudia.

Ella me miró a mí. Después miró a Karina. Cómo la tenía. Cómo le pegaba. Cómo la agarraba.

—Así te voy a poner a ti —le dije—. Cuando termine con ella.

Claudia cerró los ojos. Se estremeció. Él seguía. Yo seguía. Karina gritaba. Y nadie terminaba todavía.

Pero en algún momento dejé de mirar a Karina. Dejé de sentir sus nalgas rojas bajo mi mano. Dejé de oír sus gemidos. Solo veía a Claudia. Su cara. Su boca abierta. Cómo el viejo la agarraba de las caderas y la movía como quería.

Y me di cuenta de algo. Esto no era de él. Esto era mío. Él estaba ahí porque yo lo puse. Porque yo lo dejé. Porque yo quería verla así. Karina estaba ahí porque yo hice que él la llevara. Porque yo la puse en cuatro. Porque yo la estaba cogiendo. Los cuatro estábamos ahí porque yo quise.

Él la cogía. Pero la cogía para mí. Para que yo la viera. Para que yo me calentara. Para que yo supiera que después de él, venía yo. Ella gimía con él. Pero me miraba a mí. Empujaba hacia atrás con él. Pero era para mí. Todo era para mí.

Él cambió el ritmo. Más lento. Más profundo. Ella gimió diferente. Más largo. Cerró los ojos. Pero después los abrió. Me buscó. Me encontró. Y no apartó la mirada.

Karina me apretó las piernas. Me apretó por dentro. Yo seguí. Pero ya no estaba con ella. Estaba con Claudia. Con la forma en que me miraba mientras otro la cogía. Con la forma en que me buscaba a mí, no al viejo.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Sí.

—¿Te gusta que él te coja?

—Sí. Pero te miro a ti.

Eso me prendió más. Él seguía. No decía nada. No le importaba. O no se daba cuenta. Yo era el que estaba en su cabeza. Yo era el que ella buscaba. Él solo era el cuerpo. El instrumento. El viejo que pagaba por estar ahí.

Él empezó a temblar. Yo lo vi. Ella también. Siguió. Más rápido. Más fuerte. Y después se detuvo. Se quedó quieto. Jadeando. Dentro de ella.

Claudia abrió los ojos. Me buscó. Y yo supe que era mi turno.

El viejo terminó. Salió de ella. Se quedó un momento quieto, respirando fuerte, mirando cómo su leche escurría por las nalgas de Claudia. Blanco. Espeso. Bajando despacio por la piel. Ella no se movió. Siguió en cuatro. Con la cara pegada a la sábana. Con el culo al aire. Manchado.

Yo no esperé.

Me salí de Karina. La aparté con la mano. La empujé a un lado. Ella cayó de lado en la cama. No dijo nada.

Me moví rápido. Dos pasos. Me puse frente a Claudia. La agarré del cabello. Le levanté la cara. Tenía los ojos cerrados. La boca abierta. La respiración corta.

Le metí el miembro en la boca.

Ella lo recibió. Sin abrir los ojos. Sin preguntar. Sabía lo que era. Sabía a quién pertenecía. Me lo metió hasta el fondo. Me chupó. Con ganas. Con la boca llena. Con el sabor del viejo todavía en su lengua. Y yo la dejé. La agarré de la cabeza con las dos manos. Y empecé a moverme.

Karina nos miraba desde la cama. Él también. Nadie hablaba. Solo se oía la boca de Claudia. Húmeda. Rápida. Y mi respiración. Y la de ella.

La cogí de la cabeza. Más fuerte. Le metí todo. Ella tosió. Pero no se apartó. Al contrario. Me agarró de las piernas. Me apretó. Me buscó la mirada desde abajo.

La miré. Le jalé el cabello. Y seguí.

Terminé.

Me salí de su boca. Le agarré el cabello con una mano. Le levanté la cara. Y me solté. Todo. En su cara. En la boca. En la mejilla. En la nariz. En el pelo. Blanco. Espeso. Resbalando despacio por su piel. Cayendo en gotas sobre la sábana.

Ella no se limpió. No cerró la boca. Se quedó ahí. Con los ojos abiertos. Mirándome desde abajo. Con mi leche escurriéndole por el mentón. Por el cuello. Por el pecho.

Karina se acercó. Sin prisa. Se arrodilló frente a ella en la cama. Le levantó la cara con una mano. La miró. La leche. La boca abierta. Los ojos vidriosos.

Le pasó la lengua por la mejilla. Despacio. Recogió una gota. Después otra. Después se inclinó y la besó.

La besó con la boca abierta. Con mi leche entre las dos. Claudia respondió. Despacio. Con la lengua. Compartiendo. Karina le limpió los labios con la boca. Se lo tragó. Y volvió a besarla.

El viejo las miraba desde la orilla. Vestido a medias. Con la camisa en la mano. Sin decir nada. Yo seguía de pie. Mirándolas a las dos.

Claudia abrió los ojos. Me buscó. Con la boca todavía pegada a la de Karina.

Karina no se levantó de inmediato. Se quedó un rato ahí, sentada en la orilla de la cama, mirándola. A Claudia. Con la boca todavía húmeda. Con el cabello revuelto. Con las marcas rojas de mi mano todavía en las nalgas.

Se estiró el cabello hacia atrás. Despacio. Sin prisa. Después se levantó. Se puso la tanga. La acomodó. Se puso el vestido. Se lo subió por las caderas. Se lo abrochó atrás con las dos manos. Se miró en el espejo. Se pasó los dedos por el pelo. Se acomodó un mechón que le caía en la cara.

Volteó.

Caminó los dos pasos hasta la cama. Se sentó al lado de Claudia. Le puso una mano en la mejilla. Le levantó la cara. La miró un rato. Sin decir nada.

La besó.

Suave. En los labios. Corto. Como si fuera a decir algo y se arrepintiera.

Claudia le sostuvo la cara con una mano. No la soltó. Se quedaron así, las dos, un segundo largo. Frente a frente. Con la respiración todavía corta.

Karina se separó apenas. Le habló al oído. Bajito. Pero yo la oí.

—Quiero verte otra vez —dijo—. Sin él. Tú y yo. Y él.

Claudia la miró. Karina señaló con la cabeza hacia mí sin voltear.

—Los dos. Como ahorita. Pero sin el viejo. Sin que él pague.

Claudia no contestó. Solo la miró. Karina se estiró. Agarró su bolsa. La abrió. Sacó un lápiz de cejas. Y un papelito. Un recibo viejo. Le escribió un número atrás. Se lo puso en la mano a Claudia. Le cerró los dedos encima.

—Es mi celular —dijo—. Escríbeme. Cuando quieras. Cuando puedan.

Claudia apretó el papelito. Lo miró. Lo abrió. Lo leyó. Después lo cerró otra vez. Lo dejó en la sábana a su lado.

Karina se puso de pie. Se colgó la bolsa. Caminó hacia mí. Se puso en puntas de pie. Me besó. Con la boca abierta. Con la lengua. Con el sabor de Claudia y el mio todavía en la boca. Le puse una mano en la cintura. Ella se separó despacio.

Karina volteó una última vez. Miró a Claudia desde la puerta. Claudia le sostuvo la mirada. No dijo nada. Karina sonrió apenas. Y salió.

El viejo se quedó ahí. De pie. Junto a la orilla de la cama. Con la camisa en la mano. Sin moverse. Como si no supiera qué hacer con lo que acababa de ver.

Después se empezó a vestir. Sacó la cartera del pantalón. La abrió. Sacó los billetes. Los puso en el buró. Sin contar. Sin doblarlos. Como si no le importara el monto.

Después me miró.

—Está bueno eso que tienes —dijo—. Con ella.

No dijo nada más. Ni de Karina. Ni del número. Ni de nada.

—Me avisan —dijo—. Cuando quieran otra vez.

Nos quedamos solos. Claudia y yo. Todavía en la cama. Manchada. Sudada. Con el pelo pegado a la cara. Con mi leche secándose en su cara y la de el en sus nalgas.

Me senté a su lado. Le pasé la mano por la espalda. Despacio. Bajando hasta la cintura. Ella cerró los ojos.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí.

Se giró. Se recostó boca arriba. Me miró.

—¿Y tú?

—Sí.

Nos quedamos así. Un rato. El ventilador girando. Los billetes en el buró. El papelito con el número de Karina en la sábana. La cama deshecha. Y los dos sabiendo que esto no se acababa ahí. Que Karina iba a escribir. Que el viejo iba a contestar. Que en algún momento, otra vez, íbamos a volver a hacerlo.

Por ClauyDan

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