Asunto: Fechas confirmadasDe: marta.g@…Para: luis.masajes99@…
Hola, Luis. Ya es oficial. Mi marido se marcha al congreso este viernes a primera hora de la mañana y no regresa hasta el domingo por la tarde. Tengo dos noches enteras para nosotros, tal y como te prometí en el coche. Llevo días sin dormir, fantaseando con lo que me dijiste. Dime que tienes el plan listo, porque la cuenta atrás ha empezado y necesito saber qué vas a hacer conmigo.
Recibir ese correo confirmó que Marta había cruzado el punto de no retorno. La mujer reprimida de la camilla ya no existía; ahora era una ninfómana hambrienta de emociones fuertes. Tardé poco en mandarle sus órdenes.
De: luis.masajes99@…Para: marta.g@…
Hola, Marta. El plan está más que listo. Nos vamos a un hotel boutique a tres horas de la ciudad, un rincón discreto donde nadie sabe quiénes somos. El viernes por la tarde paso a por ti. Para esa primera noche viste como quieras, sé que tienes un estilazo increíble y confío en tu gusto. Pero para la noche del sábado necesito que metas en la maleta tres opciones específicas para el club: la primera, un vestido de satén con la espalda totalmente al aire; la segunda, un mini-vestido de lycra negra extremadamente ceñido; y la tercera, un vestido de gasa con transparencias que te obligue a llevar lencería fina de liguero debajo. No me preguntes para qué. Limítate a obedecer y tráelos, porque seré yo quien elija con cuál de los tres te voy a exhibir esa noche. Nos vemos el viernes.
El viaje de tres horas en coche fue un preludio de alta tensión. Conforme nos alejábamos de nuestra provincia, Marta se iba soltando los nervios. Para esa primera tarde-noche de viernes, hizo honor a su buen gusto: un vestido de punto ceñido en color burdeos que se moldeaba a sus curvas y unas sandalias de tacón.
Llegamos al hotel ya de noche. Al cerrar la puerta de la suite, la adrenalina acumulada en la autovía se desbordó por completo. Aquella primera noche fue un reencuentro salvaje, urgente y devorador, una entrega exclusiva para nosotros dos que quedó grabada a fuego entre las sábanas de la inmensa cama.
(Nota para mis lectores: Todo lo que ocurrió a puerta cerrada en esa primera e intensa noche de lujuria lo tenéis publicado en el relato independiente titulado «Marta: Viernes de Suite». Os aconsejo leerlo antes de continuar aquí).
El sábado por la mañana, la luz del sol se filtraba suavemente por las cortinas de la suite. Marta dormía plácidamente a mi lado, boca abajo, con la manta cubriéndola solo hasta la cintura, dejando al descubierto la hermosa curva de su espalda desnuda. Me quedé mirándola un rato en silencio, acariciándole el pelo con suavidad mientras sonreía para mis anhelos. Sabía que el viernes solo había sido el calentamiento. El verdadero desafío, la prueba de fuego para su timidez y el debut en el exclusivo club swinger que funcionaba en la planta baja del hotel, nos aguardaba esa misma noche…
Marta se desperezó despacio, estirando sus brazos torneados antes de girarse hacia mí. Tenía el pelo un poco alborotado por la noche salvaje del viernes, las mejillas sonrosadas y una sonrisa perezosa que derrochaba sensualidad. Me acerqué a la cama con una bandeja de café recién hecho y unas frutas que había pedido al servicio de habitaciones. Me senté a su lado, contemplando cómo se tapaba el pecho con la sábana de forma coqueta, un tierno recuerdo de su antigua timidez.
—Buenos días, Luis —susurró, dándole un sorbo corto a su taza y mirándome por encima del borde—. Todavía me tiembla el cuerpo por lo de anoche. Ha sido el mejor viernes de mi vida.
—Me alegra escucharlo, Marta, porque este fin de semana solo acaba de empezar —le respondí, retirando la taza de sus manos para dejársela en la mesita. Le sostuve la mirada de forma fija, seria y magnética—. Ha llegado el momento de que sepas por qué te pedí las tres opciones de ropa en el correo.
Marta se acomodó contra el cabecero de la cama, mirándome con una mezcla de curiosidad e intriga que le aceleró el pulso notablemente.
—Me tienes en un sinvilo desde hace días, Luis. Venga, confiésalo ya… ¿Qué tienes pensado para hoy?
—En la planta baja de este hotel funciona uno de los clubes de intercambio y swinger más exclusivos del país —le solté a bocajarro, sin rodeos—. Nadie nos conoce aquí, Marta. Esta noche vamos a bajar. Vas a experimentar lo que se siente al ser el centro de todas las miradas, deseada por otros hombres mientras yo te sujeto de la cintura.
Al escuchar la palabra swinger, el rostro de Marta cambió por completo. Se quedó pálida durante un segundo, asimilando la magnitud del desafío. Se mordió el labio inferior con una fuerza tremenda y se pegó a mí, buscando el calor de mi pecho, como si necesitara refugiarse en mi seguridad.
—Dios, Luis… un club de intercambio… —susurró con la voz un punto temblorosa, presa de un escalofrío de puro morbo—. Me muero de la vergüenza solo de pensarlo. ¿Andas de broma? ¿Y si alguien me mira mal? ¿Y si me bloqueo? Por favor… prométeme que no me vas a dejar sola ni un segundo. Confío ciegamente en ti, Luis. Si bajo ahí es porque estás tú para cuidarme.
—Te lo prometo, Marta —le respondí, hundiéndole los dedos en el pelo para levantarle el rostro y obligarla a mirarme a los ojos—. Yo marcaré el ritmo, yo elegiré quién te mira y yo te protegeré de cualquiera. Tú solo déjate llevar. De hecho, el juego empieza ya. Saca las tres opciones de la maleta y ponlas sobre la cama. Quiero decidir con qué veneno te voy a exhibir esta noche.
Todavía temblando por la adrenalina de la confesión, Marta obedeció. Se levantó desnuda, ajena ya a mis ojos, y sacó las tres prendas de su equipaje, extendiéndolas sobre las sábanas blancas con una timidez deliciosa.
Pasé la tarde entera haciéndoselas probar una a una en la suite. El juego previo de verla caminar con tacones por el salón, probándose el satén con la espalda al aire, la lycra negra ajustadísima y el vestido de gasa transparente con el liguero negro debajo, nos mantuvo al borde del abismo durante horas. Marta se miraba al espejo tapándose con las manos, asombrada de su propia provocación, mientras yo la devoraba con la mirada desde el sillón, saboreando el poder de mi decisión como su masajista privado.
Finalmente, cuando el sol empezó a ocultarse tras el horizonte, elegí su armadura para el debut.
—Nos quedamos con este, Marta —sentencié, acariciando la tela de la prenda elegida—. Vístete. Nos vamos a cenar antes de que empiece tu gran noche.
El restaurante del hotel boutique era el reflejo exacto de la discreción: luz ambarina muy tenue, mesas de madera noble bien separadas entre sí y una música de jazz suave que flotaba en el ambiente. Cuando entramos, varias miradas se clavaron en nosotros, o mejor dicho, en ella.
Marta estaba imponente. El vestido de satén negro caía como agua sobre sus curvas, abrazando sus caderas con una elegancia suprema. Al caminar delante de mí, la parte trasera del vestido revelaba toda su espalda desnuda hasta el inicio de los glúteos, una extensión de piel morena, tersa y perfecta que quitaba el aliento. Quería que se sintiera como lo que era: una señora deslumbrante, sofisticada, lejos de cualquier vulgaridad. Los otros dos vestidos más agresivos se habían quedado en la maleta; hoy jugaríamos primero con su mente.
Nos sentamos en una mesa del rincón. Marta tenía las manos heladas y jugaba nerviosa con la servilleta de tela.
—Luis… todo el mundo me mira —susurró inclinándose hacia mí, con las mejillas encendidas por el rubor—. Siento que se me nota en la cara lo que hicimos anoche y lo que va a pasar hoy.
—Te miran porque estás espectacular, Marta —le respondí en tono pausado, rozando sutilmente sus dedos por encima del mantel—. Disfruta de esa sensación. No eres una cualquiera; eres la mujer más elegante de esta sala y todos estos hombres desearían estar en mi lugar.
El camarero nos sirvió un par de copas de vino y unos platos gourmet. Poco a poco, al calor de la conversación y de mis palabras tranquilizadoras, los nervios de Marta empezaron a transformarse en un cosquilleo eléctrico. Fue a mitad de la cena cuando el juego swinger cobró vida de verdad.
En la mesa contigua, situada a unos metros, cenaba una pareja sumamente atractiva: un hombre de unos cuarenta años, elegante y de barba recortada, acompañado de una mujer rubia de una sofisticación desbordante. Al principio simulaban discreción, pero no tardaron en flirtear visualmente con nosotros. El hombre no apartaba los ojos de la espalda descubierta de Marta y, cuando ella levantó la mirada tímidamente, él le sostuvo la caricia visual con una sonrisa cómplice, densa, cargada de una intención madura. Su mujer, lejos de molestarse, observaba la escena cruzando las piernas, dándole un sorbo a su copa mientras miraba a Marta con un magnetismo felino.
Marta se estremeció notablemente. Por debajo de la mesa, su rodilla buscó la mía de inmediato, apretándola con fuerza. Su respiración se volvió más rápida.
—Luis… —me susurró con la voz un punto ronca, clavando sus ojos en los míos, totalmente dilatados—. Esa pareja de al lado… nos están devorando con los ojos. Él me está mirando el escote lateral de una forma… Dios mío, me está dando un vuelco el corazón.
—Lo sé, los estoy viendo —le contesté con una calma absoluta, manteniendo el control de la situación—. Y ellos saben perfectamente a dónde vamos cuando terminemos de cenar. Respira hondo, Marta. Bebe un trago de vino. Tu debut ha empezado ya, y vas a bajar a ese club sabiendo que ya tienes a tus primeros admiradores deseando ver qué hay debajo de ese satén.
El ascensor del hotel descendía en un silencio sepulcral, rompiéndose únicamente por el latido desbocado del corazón de Marta, que se aferraba a mi brazo como si le fuera la vida en ello. Cuando las puertas metálicas se abrieron, nos recibió una atmósfera que la dejó sin respiración. Aquello no era un antro oscuro; era un templo de la sensualidad. El local desbordaba lujo: alfombras densas que amortiguaban los pasos, sofás de diseño en terciopelo granate, una luz violeta indirecta que lo envolvía todo y una espectacular barra de mármol retroiluminada al fondo. El ambiente olía a perfume caro, a Ginebra premium y a un morbo elitista y respetuoso.
Caminamos hacia la barra. Marta caminaba erguida, con pasos lentos sobre sus tacones, pero sentía el temblor de su mano en mi antebrazo. Varias parejas distribuidas por los reservados la devoraban con la mirada, fascinadas por la kilométrica espalda descubierta que lucía su vestido de satén. Nos sentamos en dos taburetes altos y le pedí una copa para templar los nervios.
—Luis… —susurró rozando sus labios contra mi oído, con la voz rota—. Esto es una locura. Siento que todos los hombres de esta sala me están desnudando con los ojos. Me arde la piel.
—Es lo que me pediste, Marta. Mírate en el espejo de la barra; eres una reina de la provocación —le contesté con total tranquilidad, dándole un sorbo a mi copa—. Disfruta del poder de tu cuerpo.
No tuvimos que esperar mucho. La pareja atractiva del restaurante, que acababa de bajar, se dirigió directamente hacia nuestra posición. El hombre, de una planta impecable, se situó al lado de Marta con una sonrisa caballerosa, mientras su mujer, la sofisticada rubia, se colocaba a mi lado, mirándome con ojos cargados de intenciones.
—Hola de nuevo —dijo él, con una voz profunda que hizo que Marta se enderezara en el taburete—. Disculpad el atrevimiento, pero mi mujer y yo no hemos podido evitar admirar a tu acompañante en la cena. Me llamo Carlos, y la elegancia de esta señora es algo de otro mundo.
Sostuve la mirada de Carlos con una seguridad absoluta, manteniendo el control de la baraja. Pasé mi brazo por la cintura de Marta, pegándola a mí, dejándole claro el terreno.
—Gracias, Carlos. Soy Luis, y ella es Marta. Es su primera noche en un sitio como este —le aclaré con un tono magnético, marcando las cartas desde el inicio—. Podéis hablar con ella y podéis admirarla, pero en nuestra mesa las reglas y el ritmo los marco yo. ¿Queda claro?
Carlos asintió con una sonrisa de absoluto respeto, encantado con la firmeza del juego. Miró a Marta, cuyos ojos estaban completamente dilatados por la adrenalina, y estiró una mano despacio, con una delicadeza exasperante.
—Acepto las reglas, Luis —susurró Carlos.
Con mi total consentimiento, Carlos apoyó la palma de su mano en la nuca de Marta y comenzó a deslizar sus dedos lentamente hacia abajo, recorriendo toda la extensión de su espalda desnuda. El tacto de la mano de un extraño sobre su piel limpia hizo que Marta soltara un gemido ahogado en mitad de la barra. Cerró los ojos, estremeciéndose entera, mientras la mujer de Carlos la observaba mordiéndose el labio con lascivia. La mano de Carlos siguió bajando por el satén negro hasta posarse con firmeza en sus caderas, apretándola sutilmente mientras Marta buscaba con desespero mi mirada, buscando el ancla de mi aprobación.
—Luis… Dios mío… —jadeó Marta, completamente encendida, con los pezones dibujándose salvajes a través de la tela del vestido—. Me está tocando…
—Míralo cómo te acaricia, Marta —le ordené al oído, disfrutando del subidón de su liberación—. Te lo has ganado. La noche solo acaba de empezar. Carlos… vuestra mujer es una delicia visual. Creo que deberíamos movernos a uno de los reservados privados del fondo para terminar las copas… y empezar el intercambio.
Las densas cortinas de terciopelo granate se cerraron detrás de nosotros, aislándonos por completo del murmullo del club. El reservado era un rincón espacioso, envuelto en una luz carmín muy tenue que invitaba a la confidencia y al pecado. En el centro, un inmenso sofá circular de cuero negro rodeaba una mesa baja donde los camareros ya habían dejado nuestras copas premium.
Nos sentamos los cuatro. Sonia, la sofisticada rubia, se colocó justo a mi lado, cruzando sus piernas delgadas y mirándome con un descaro que me encendió la sangre. Frente a nosotros, Carlos se acomodó manteniendo a Marta a su vera. Marta seguía tensa; la adrenalina del debut le hacía subir y bajar el pecho de forma acelerada bajo el satén negro, y sus dedos se entrelazaban con fuerza, buscando mi aprobación con la mirada a cada segundo.
—Estás temblando, preciosa —le dijo Carlos con una voz sumamente suave y caballerosa, rompiendo el hielo mientras le acercaba su copa de ginebra—. No hay de qué preocuparse. Aquí dentro el tiempo se para y solo importan tus deseos. Luis… tienes una mujer al lado que es una auténtica obra de arte.
—Lo sé, Carlos. Y ella sabe perfectamente lo mucho que me gusta ver cómo la admiran —le respondí con total tranquilidad, estirando mi brazo por encima del respaldo para acariciar la nuca de Sonia, cuyo perfume dulce ya me envolvía—. Pero como le dije en la barra, a Marta le gusta ir despacio. Saborear el morbo.
Sonia soltó una risita baja, deliciosamente sucia, y clavó su mano en mi muslo, apretándolo por encima del pantalón con una firmeza que me desarmó.
—A mí me parece una idea fantástica, Luis. El buen veneno se toma en dosis pequeñas —susurró Sonia, acercándose a mis labios hasta que su respiración se mezcló con la mía—. De hecho… creo que esta habitación está demasiado caldeada para tanta ropa.
Con una elegancia pasmosa, Sonia se puso de pie frente a nosotros. Sin romper el contacto visual conmigo, bajó la cremallera lateral de su vestido de cóctel y dejó que la tela se deslizara por sus caderas hasta caer al suelo. Se quedó en una lencería de encaje rojo finísima que contrastaba con su piel clara. Sus pechos eran firmes, redondos, con unos pezones rosados que reclamaban mi boca. Volvió a sentarse a mi lado, pegando su cuerpo ardiente contra el mío y atrapando mis labios en un beso húmedo, lento y profundo, que me hizo olvidar cualquier formalidad.
Al ver a la rubia entregada a mí, algo hizo clic en la cabeza de Marta. El morbo psicológico de ver a su masajista besando a otra mujer a escasos centímetros destruyó la última barrera de su timidez. Vi cómo se le dilataban las pupilas y cómo humedecía sus labios, completamente fascinada por el espectáculo visual.
Carlos captó el momento exacto de su rendición. Se inclinó hacia ella despacio y, con una lentitud exasperante, metió las manos por la inmensa espalda descubierta de Marta, deslizando los tirantes del satén por sus hombros. La tela negra bajó, dejando al descubierto sus pechos turgentes, libres de lencería por arriba, con los pezones ya afilados y erectos por la expectación. Marta soltó un gemido ahogado, tapándose sutilmente con una mano mientras miraba de reojo cómo yo continuaba devorando la boca de Sonia.
—Mírala, Luis… es perfecta —gimió Carlos, hundiéndole la nariz en el cuello a Marta para respirar su aroma, mientras sus manos empezaban a amasar sus pechos con una firmeza posesiva—. Tienes una piel que quema, Marta… Qué delicia de señora.
—Luis… Dios mío… —alcanzó a jadear Marta, soltando una frase rota en un susurro, mientras las manos del extraño la reclamaban por completo—. Me está tocando las tetas… Mira cómo me las aprieta… joder, sí…
—Déjate llevar, Marta. Te lo has ganado —le ordené desde el otro lado del sofá, apartándome un segundo de los labios de Sonia para sostenerle la mirada de forma fija y autoritaria—. Cierra los ojos y disfruta de sus manos. Carlos, levántale el vestido. Quiero que veas el resto del regalo que ha traído hoy para nosotros.
El reservado se impregnó de un silencio denso, roto solo por el sonido de nuestras respiraciones. Sonia se deslizó del sofá con una parsimonia felina hasta quedar de rodillas ante mí. Sus manos expertas desabrocharon mi pantalón con movimientos lentos, liberando mi hombría, que ya palpitaba con fuerza. Sonia me miró desde abajo con una sonrisa delatora, humedeció sus labios con la punta de la lengua y me rodeó por completo. La calidez de su boca y la presión húmeda de su garganta me hicieron soltar un gemido hondo, obligándome a clavar los dedos en el respaldo de cuero. Su lengua recorría mi miembro de arriba a abajo, succionando con un ritmo pausado que amenazaba con hacerme perder el juicio. Sonia subía la intensidad metiéndosela entera, obligándome a arquear la pelvis mientras sus dedos acariciaban mis testículos con una perversión exquisita.
En el otro extremo del sofá, Carlos imitaba la secuencia con Marta, pero ella no se quedó quieta. Guiada por la lujuria del ambiente, Marta se deslizó también de rodillas sobre la moqueta. Con una audacia que me encendió la sangre, desabrochó el pantalón de Carlos y liberó su miembro erecto. Marta clavó sus ojos en los míos a través del reservado y, con una sonrisa pecaminosa, abrió la boca y se la tragó de un solo golpe. Ver a mi paciente recatada pajeando y chupando la hombría de un desconocido de forma tan experta, alternando miradas conmigo, fue un subidón psicológico brutal. Carlos gemía con la cabeza hacia atrás, hundiéndole los dedos en el pelo a Marta mientras ella saboreaba su entrega.
Tras unos minutos de pura lujuria oral cruzada, cambiamos las tornas. Carlos levantó a Marta y la empujó suavemente por los hombros hasta dejarla recostada en su lado del sofá. Apartó con delicadeza los bordes de satén negro del vestido, dejando expuesta su intimidad, que estaba completamente desbordada, brillante y destilando jugos calientes.
Carlos bajó el rostro despacio, hundiendo la boca por completo en su clítoris. Al sentir el contacto húmedo de su lengua, Marta soltó un alarido sordo y arqueó las caderas de forma de forma exagerada, perdiendo los papeles al ver cómo yo, en mi lado, agarraba a Sonia por el cuello para besarla salvajemente mientras la rubia volvía a devorarme abajo con una velocidad endiablada, empapándose los labios con mi líquido preseminal.
—¡Luis… mira cómo me la come… joder, la tiene entera dentro! —gimió Marta sin ningún tipo de filtro—. Siente cómo me mojo… estoy chorreando… ¡No pares, Carlos, muerde ahí, joder, sí!
Marta se llevó las manos a sus propios pechos, apretándoselos con fuerza y tirando de los pezones erectos. Sus muslos empezaron a temblar de forma espasmódica y Marta alcanzó su primer y arrollador orgasmo de la noche, vertiendo sus fluidos calientes sobre la boca de Carlos en un grito prolongado, justo cuando Sonia aceleraba sus movimientos en mi miembro, haciendo que yo también soltara un rugido de placer en pleno clímax oral.
Tras este salvaje preámbulo, la urgencia de la carne se volvió insoportable. Carlos se puso en pie y se colocó sobre Marta en la postura del misionero, hundiéndose en ella de un solo empuje. Marta soltó un grito agudo, un gemido hondo que espoleó mi propio instinto. Agarré a Sonia de las caderas, la tumbé a mi lado y me metí en ella por completo, levantándole las piernas hacia mis hombros para empotrarla a fondo.
El intercambio era total: el sonido húmedo de las dos folladas colisionando rítmicamente en el reservado creaba una atmósfera sofocante. Sonia se retorcía bajo mis embestidas, gimiendo en un tono agudísimo, clavando sus uñas en mis brazos mientras yo la destrozaba, manteniendo la vista fija en el vaivén de los glúteos de Marta. El placer cruzado nos llevó al límite. Sonia estalló en su primer clímax de la noche, chillando mi nombre mientras sus paredes vaginales me estrujaban con fuerza.
Pero Marta quería más marcha. Recordando la lección del refugio frente al mar, empujó a Carlos a mitad del coito.
—Ponte boca arriba… ahora quiero cabalgarte —le ordenó con una seguridad felina.
Marta se montó sobre él, dando botes salvajes con los pechos balanceándose en el aire bajo la luz roja. La rubia Sonia, recuperada y completamente insaciable, se dio la vuelta en mis rodillas, poniéndose a cuatro patas frente a mí. La agarré firmemente por las caderas y la penetré desde atrás con golpes secos y profundos, coincidiendo en el espacio con el movimiento salvaje de Marta. Los cuatro estábamos entregados a una lujuria descarnada, salpicando fluidos a cada impacto.
—¡Luis, el culo… quiero que me la meta por el culo delante de ti! —chilló Marta de repente, mirando hacia mi posición con los ojos desorbitados por el morbo anal.
Carlos captó la orden. La colocó a cuatro patas en el sofá justo al lado de Sonia. Con la ayuda de los fluidos compartidos, Carlos apuntó a su estrechez anal y empujó con firmeza. Marta soltó un alarido sordo, una mezcla de dolor y placer extremo que la hizo morder el cojín de cuero.
Empezó a frotarse el clítoris con una mano con total desesperación mientras Carlos la embestía por detrás. Ver a mi paciente favorita siendo poseída por el culo por otro hombre mientras yo destrozaba a Sonia desde atrás fue el detonante definitivo. Sonia estalló en su segundo orgasmo, chillando bajo el impacto de mis embestidas, y un segundo después, Marta sufrió una serie de contracciones espasmódicas brutales en su trasero, alcanzando su segundo y definitivo clímax anal de la noche con un grito prolongado.
Yo estaba al límite del abismo, con la hombría a punto de estallar. Carlos también jadeaba, al borde de la entrega.
—¡Fuera, Carlos! —le ordené con voz autoritaria, manteniendo las reglas de masajista protector hasta el final—. ¡Sácala ya!
Extrajimos nuestros miembros a la vez. Carlos la giró boca arriba y se masturbó dos veces con urgencia, descargando varias oleadas potentes de esperma espeso directamente sobre los pechos turgentes de Marta. Ella vio caer la leche ajena sobre su piel con una sonrisa de absoluta perversión.
Casi al mismo segundo, Sonia se giró rápidamente de rodillas frente a mí y agarró mi miembro justo cuando iba a estallar; guio mi chorro con sus manos para que mi abundante corrida vaciara toda la leche caliente sobre su propio vientre y su escote, lamiéndose los dedos después con una lascivia que me dejó sin aliento.
Nos quedamos los cuatro colapsados en el reservado, envueltos en el vapor de la lujuria, exhaustos y tiritando de puro placer, contemplando el mapa de fluidos compartidos que marcaba el final de una noche legendaria.
Tras recuperar el aliento, nos despedimos de Carlos y Sonia en el mismo reservado con un educado choque de copas y una sonrisa cómplice; lo que había pasado allí dentro se quedaba en el club para siempre. Subimos a la suite flotando en una burbuja de adrenalina y cansancio. Nos metimos juntos en la ducha, dejando que el agua templada se llevara el rastro de los fluidos ajenos y el sudor de la batalla. Mientras le enjabonaba la espalda, Marta se apoyó en mi pecho, suspirando con una comodidad absoluta. Nos metimos en la inmensa cama y durmimos del tirón, abrazados, con la tranquilidad de los que han conquistado sus propios límites.
El domingo amaneció con un cielo despejado. Decidimos aprovechar el viaje de tres horas de vuelta de forma relajada. De camino a nuestra provincia, nos desviamos para visitar unas ruinas romanas en un pueblo de la montaña. Caminamos de la mano entre las piedras milenarias, respirando el aire puro, alejados del bullicio. El contraste era mágico: nadie que nos viera pasear como dos turistas tranquilos podría imaginar el torbellino de lujuria descarnada que habíamos protagonizado unas horas antes.
Al sentarnos en un saliente de piedra a contemplar el paisaje, Marta se giró hacia mí, se quitó las gafas de sol y me miró con una devoción que me erizó la piel.
—Gracias por este fin de semana, Luis —susurró, dándome un beso tierno y pausado—. No solo por el placer, sino por cuidarme ahí abajo y no soltarme la mano. Me encanta la mujer que estás sacando de mí. Siento que gracias a tus manos y a tu mente soy libre de verdad. He descubierto que la ninfomanía no es algo de lo que deba avergonzarme, sino un regalo que solo tú sabes gestionar.
A última hora de la tarde, la devolví a la esquina de su barrio, sana, salva y completamente renovada. Al bajarse del coche con su bolso de ropa limpia, se inclinó por la ventanilla con una mirada pícara que me demostró que su mente ya estaba volando hacia el siguiente nivel.
—Ve preparando los aceites y la camilla para cuando regrese mi marido, masajista… —me guiñó un ojo con malicia—. Pero que sepas que esto solo ha sido el debut. La próxima vez que tenga un fin de semana libre, quiero que busquemos un local más grande… un sitio con una zona abierta donde no haya solo una pareja mirándome, sino una orgía entera, y quiero ver cuántos hombres son capaces de llenarme a la vez mientras tú controlas mi placer desde el trono.
Sonreí en la penumbra del coche mientras la veía alejarse hacia su portal, sabiendo que la tímida paciente de la camilla había muerto definitivamente y que la verdadera historia con Marta no había hecho más que empezar.
FIN
Por luis99