Capítulo 1
Hola, me presento: mi nombre es Diego, soy un chico de pueblo, pocas veces he ido a la capital o a ciudades grandes. Esto toma principal relevancia, ya que, en el transcurso de la historia que les voy a contar, mi principal objetivo era ir a una universidad decente. En mi pueblo las opciones son prácticamente nulas, hay una sola universidad y es de muy mala calidad. Yo quería estudiar psicología, es una carrera que me llama mucho la atención y también quería huir lo más rápido posible de este pueblucho. Pero no siempre las cosas salen como quieres, mi familia no tiene mucho dinero, bueno si tomamos de promedio al pueblo si sobresale, pero si tomamos en cuenta al resto del país… Es decir, no somos pobres, pero en mi casa el recurso económico es muy limitado y somos 2 hijos, yo y mi hermana Sofia, en una situación normal no habría manera de que los 2 pudiéramos estudiar lejos de casa, con los gastos que esto conlleva; renta, servicios, comida, colegiatura, transportes, ocio, etc.. Pero después de mucho pensar y de mucho negociar con nuestros papás mi hermana y yo elaboramos un plan viable.
¿Quieren saber cual fue?
Para eso primero les tengo que contar que soy un año mayor que mi hermana Sofi y ella por razones que desconozco, quiere estudiar la misma carrera que yo, psicología. Entonces el plan fue el siguiente:
Uno: Una universidad privada está fuera de nuestro alcance, simplemente no nos alcanzaría con todos los gastos, entonces tendríamos que aplicar para la universidad pública, pero de muy alta calidad de la capital de nuestro país. Este paso es crucial porque si uno de los dos no llega al puntaje necesario, todo se derrumba; afortunadamente, los 2 somos muy aplicados.
Dos: Yo termino la educación media superior, por obvias razones, un año antes que mi hermana; entonces, en ese año yo trabajaré y ahorraré al menos el 80% de mi sueldo para cuando estudiemos en la capital.
Tres: Si todo se alinea, los 2 pasamos el examen, trabajo y ahorro un año y mis papás también ahorran lo suficiente y no hay contratiempos, mi hermana y yo los 2 nos mudaremos a la capital, encontraremos algo barato, viviremos y estudiaremos juntos. Con mi dinero ahorrado y lo que nos manden nuestros padres, será posible nuestro sueño de estudiar fuera de casa en una buena universidad, tal vez entrados en la carrera necesitemos trabajar, pero eso es algo que pensaremos en un futuro.
Todo parecía ir viento en popa. Empecé a trabajar de mesero, le agarré rápido el ritmo y las propinas ayudaban bastante. Sofi y yo estudiábamos juntos casi todos los días, como si fuera una racha de Duolingo que no podíamos romper. Al final del año tomamos un camión que tardó más de catorce horas para presentar el examen. Regresamos el mismo día, exhaustos pero llenos de esperanza.
Anuncian los resultados unos meses después. Esos meses estuvimos con los nervios a tope, todos nuestros amigos que sabían nuestra situación nos preguntaban a diario por los resultados, todos estaban muy preocupados y contentos de que tuviéramos el plan de ir a esa escuela. Es un pueblo tan chico que esa noticia en cualquier otro lado daría igual, sin ser nada especial, pero en nuestro pueblo fue noticia para todos, la del pan nos preguntaba, nuestra vecina nos preguntaba y nos deseaba suerte, mis clientes en el restaurante sabían y me dejaban más propina. Era bueno y malo a la vez, ya que generaba más presión, ya que todo el pueblo se iba a enterar si no pasaba ese mentado examen.
Llegó el día de los resultados…… Mi hermana llegó a mi cuarto, abrió la puerta de golpe vestida aún con pijama, shorts de imitación seda y una playera holgada sin brasier y me dijo.
¡¡¡Ya están los resultados!!! Prende tu laptop.
Yo rápidamente me paré y me dirigí a mi escritorio, me senté en mi silla y prendí mi laptop. Inicié el navegador y puse el URL de la página de la escuela. Mi hermana, desesperada, se puso a un lado mío para ver todo el proceso, pero el espacio de mi escritorio no es muy grande; es un escritorio pequeño donde a lo ancho solo cabe mi silla y ella al intentar ver me tapaba con su pelo.
Hazte para allá, Sofía, no me dejas ver.
Es que yo también quiero ver al mismo tiempo que tú, me da miedo.
No, vete para allá.
No.
Sofía no solo no se quitó, movió mi silla y se sentó en mis piernas, Sentí inmediatamente el peso cálido de su cuerpo, especialmente ese trasero grande, suave y redondo que tenía por pura genética. La tela fina de sus shorts apenas contenía sus nalgas, y al sentarse sentí cómo se acomodaban pesadamente sobre mis muslos. Era imposible no notar lo suave y caliente que se sentía.
Sofi es delgada de cintura, con curvas muy marcadas. Es un buen momento para hablar de mi hermana, Sofia es delgada de cintura, con curvas muy marcadas, tiene un culote para no quitarles tiempo., sus nalgas son grandes y les puedo decir que un poco aguadas, ya que no son por ejercicio. Es una chica a la que la grasa se va a otro lado, ya que ese cuerpo que tiene no es por ejercicio, pero es innegable que tiene un cuerpo de infarto. Es una chica de tez morena claro tipo bronceado y ojos color miel, no cafés, sino un miel tirando a amarillo igual que los míos, es algo que nos chulean mucho. Y de cara tiene facciones muy finas y labios y cejas gruesas y lo más importante, una sonrisa que conquista a cualquiera con do hoyuelos que siempre se asoman. Es una belleza latina y es la belleza del pueblo, no hay mucha competencia, pero de todo el pueblo, la verdad, mi hermana gana en cuerpo y cara.
¡No te sientes encima de mí! ¡Párate, Sofía!
Ya, apúrate —dijo ella, dando pequeños saltitos sobre mis piernas que hacían que su culo se moviera contra mí.
Resignado, continúo con mi búsqueda de los resultados. La verdad es que en esa época no veía a mi hermana con ojos de lujuria ni nada parecido, claramente sabía que era una chica hermosa pero no la veía como mujer. Aun así, situaciones como esa —sentir un culo tan grande y suave presionando contra ti— despertaban instintos primitivos que eran difíciles ignorar.
Ya entré. ¿Checo mis resultados primero o los tuyos?
Primero los tuyos.
Mmm bueno, estoy nervioso, Sofi.
Estoy segura de que lo pasaste, ve hasta el último click y antes de darle click dame la mano.
Okay.
Voy hasta el último click antes de mostrar los resultados; le doy la mano, ella la toma y la lleva su pierna, ya que no estamos en una posición normal es la posición más cómoda para tomar mi mano. Le doy click. ¡¡¡PASEEEEEEE!!!
¡¡¡Lo logré!!!
¡¡¡Lo lograste!!!
Sofi da la vuelta sobre su tronco aún sentada en mí y me da un intento de abrazo, sus tetas se aplastan sobre mi cara, no llevan brasier, siento la totalidad de la forma de su busto y de su densidad. Son muy suaves, mi hermana tiene unas chichis muy decentes de buen tamaño. Me abraza mientras me felicita.
Bueno, ahora vas tú.
NONONONO, qué nervios.
Seguro tú también apruebas. Vas, te dejo el mouse y el teclado. Déjame parar.
Nononono, no te pares y hazlo tú, estoy muy nerviosa.
Bueno.
Busco su nombre en los resultados. Ella se aparta un poco de mi regazo. Esto, en lugar de ayudarme, me da una vista directa de su trasero enorme y no me deja ver la pantalla. Ella instintivamente agarra fuertemente la mano con la que estoy moviendo el ratón.
Así no te puedo ayudar.
Una disculpa, estoy muy nerviosa.
Nuevamente deja caer su trasero en mis piernas y se relaja. Encuentro su nombre y me dirijo a su puntaje; es un punto arriba de lo que necesita, pero aprobó, estamos dentro los 2.
¡¡¡Lo logré!!!
¡¡¡Lo lograste!!!
Otra vez me abraza, pero esta vez con tanta fuerza que la silla se va para atrás. Caemos los 2, termino con ella encima de mi y sus tetas en mi cara, su playera ligeramente levantada y todo su peso en mí.
¿Estás bien? — le pregunto.
No contestó de inmediato. Empezó a reír y llorar al mismo tiempo, con sollozos entrecortados.
No lo puedo creer lo lo logré, lo logramos.
Si Sofi lo logramos. — la abrazo, aún los 2 tirados en el piso.
Luego de eso continuamos nuestra vida normal, ya que la universidad no empezaba hasta en unos 2 meses. Nuestros padres nos felicitaron, nuestros amigos nos felicitaron, y todo el pueblo en general estaba feliz por nosotros. Yo dedicaba mi tiempo entre trabajar y conseguir alojamiento en la capital para Sofi y yo en un lugar que se ajustara a nuestro presupuesto y estuviare cerca de la escuela, y lo encontré, incluso hice un viaje a la capital para firmar y pagar el depósito. Sofi y yo mismo estábamos muy contentos de esta nueva aventura.
Hasta que la tragedia llegó a nuestra vida. Fue de esas veces que todo iba tan bien que algo malo tenía que pasar, pero lo que pasó no tenía comparación. Casi al terminar los 2 meses y a una semana y media de irnos a la capital, Sofi tenía una reunión con sus amigos de despedida, estaba invitado, al final solo soy un año mayor y me llevo muy bien con sus amigos, en realidad hasta compartimos varios, pero ese día no me sentía bien y decidí no ir, y yo ya había tenido mi despedida. Uno de los mayores errores de mi vida, si hubiera ido yo las cosas tal vez pudieron ser diferentes. Hubo mucho alcohol, y terminando, un “amigo” de mi hermana muy tomado y mi hermana igualmente con mucho alcohol en su sistema se ofreció a llevarla a casa, ella aceptó. Yendo a una velocidad relativamente alta, el chico perdió el control del vehículo y se estampó contra un árbol grueso. El coche del chico no contaba con bolsas de aire y no llevaba cinturón de seguridad, el chico se estrelló contra el volante y terminó con una nariz rota y unos cuantos golpes. Pero mi hermana terminó mucho peor. Nos relata que vio el choque venir e instintivamente alzó las manos,al momento del impacto intentó poner las manos, pero no tuvo la suficiente fuerza y su cabeza de todas maneras se estampó en donde se haya estampado. Dice ella que de ahí no recuerda nada. El chico, aún consciente, logra llamar a emergencias. Afortunadamente, llegaron rápido y los llevaron al hospital del pueblo. Hay un hospital, chico, sin mucho equipo, pero con lo suficiente.
Nos hablan del hospital y nos mencionan lo sucedido, Mi hermana se encontraba con los 2 brazos rotos y les decía al equipo de médicos que no podía ver. Obviamente, fuimos enseguida. Mi hermana ya estaba consciente con los ojos llorosos y los 2 brazos en férula.
Cariño, ¿cómo estás? —Mamá.
Mamáaaaa —dice mi hermana mientras llora.
Cariño, ¿qué pasó? —Mamá.
Chocamos. Mamá no puedo ver, no veo nada.
Mi familia se quedó en shock al ver esa escena.
Una semana después dieron de alta a mi hermana. Su diagnóstico final fue; lo de lo brazos no era grave; le pusieron 2 yesos y en unos meses los tendría como siempre. Lo que si fue grave fue que la ceguera era permanente. El impacto que recibió su cabeza dañó el cerebro, nos mencionan que en la tomografía encontraron una lesión en la parte posterior del cerebro, en el área que procesa la información visual. Sus ojos están bien. No hay daño en ellos. El problema es que el cerebro no está interpretando las imágenes.
Estamos a media semana de nuestro plan inicial de ir a estudiar a la capital. Nuestras clases empiezan realmente en semana y media, pero íbamos a llegar una semana antes para arreglar cualquier cosa que estuviera mal en el departamento; contratar internet, acomodar cosas de la pequeña mudanza que íbamos a llevar, etc. Estoy viendo la posibilidad de ir solo. Durante los días empieza una discusión fuerte entre mi mamá y mi hermana.
¿Cómo que todavía quieres ir? ¿Estás loca o qué? —Mamá.
No estoy loca, es mi única oportunidad de ser alguien. —Sof
Eres alguien, hija, no necesitas un diploma para ser alguien. —Ma
Mamá, entiende, si no hago esto ahorita, siempre seré una carga, me quedé ciega a los 18 años, aún no sé nada de este mundo. Afortunadamente, la carrera que quiero estudiar, Psicología, es posible siendo ciega. No quiero ser una carga para siempre. — Sof
Pero no es tu única oportunidad, hija. Siempre puedes estudiar después. —Ma
Si es mi única oportunidad, justo estará mi hermano estudiando exactamente las mismas clases que yo y estando en el mismo hogar. No va a haber un mejor momento, nadie más se va a detener a ayudarme en otro momento, aunque te mudes conmigo después y lo intentemos, no me vas a ayudar en mis clases ni a leerme tus apuntes. — Sof
Entiendo, hija. ¿Pero estás consciente de lo que estás pidiendo? ¿Ya hablaste con Diego de esto? No es por hacerte sentir mal ni menos, pero tienes los 2 brazos rotos y te quedaste ciega; literalmente, no puedes ni limpiarte el culo sola.
…. –Sofía se queda callada.
Yo no puedo ir con ustedes, no puedo dejar mi trabajo ni tu papá tampoco. Si hiciéramos eso, aparte de arruinar la economía futura de esta casa, tampoco les podríamos enviar el dinero que les prometimos. De todas maneras, no podrían estudiar.
Pero mamá… Sniff Sniff. Mi sueño, mi vida. —dice Sofía mientras llora.
Lo se hija pero así son las cosas.
Al escuchar esto sin otra intención escondida, alzo la voz y digo.
Si es por mi el problema, yo estoy dispuesto a ayudar. —Yo
Diego, ¿en serio? —Sof
Claro, yo si es por la familia puedo limpiar culos sucios. — Yo (se escucha la risa de sof de fondo)
Diego, no sabes lo que dices, con trabajos te bañas tú. Tendrías que hacer de comer, darle de comer, llevarla al baño, limpiarla, bañarla, cambiarla y con extremo cuidado por el yeso. Estar todo el tiempo con ella, es ciega aún no sabe moverse ni en la casa, y mucho menos en la universidad. No la podrías dejar ni un segundo sola. — Ma
Lo entiendo, pero justo es por eso que me estoy ofreciendo. Nadie nunca va a hacer eso por ellá, como dice, es su última oportunidad. Lo que decidamos hoy es algo que repercutirá en el resto de su vida. Y no por tener una carrera o no, si no porque si yo decidiera no estudiar, podría hacer 1001 otras cosas, pero de alguien en su situación las otras cosas que puede hacer son muy limitadas. Y me gustaría que mi hermana se sintiera conforme con su vida, y siento que esto podría ser una de las decisiones más importantes para ese propósito. — Yo
Si mamá, quiero esto, y mi hermano es la persona en la que más confío. — Sof
Los 2 están locos. lo voy a hablar con su padre. — Ma
YEEEEEI —Sof.
No está decidido nada, pero desde este momento Diego te ayudará en todo. Si me pides ayuda una sola vez, no vas.
…. —Silencio de los dos.
Sof, ¿estás segura de esto? Ahora que lo pienso más tranquilo, abrí mi boca, pero no habíamos hablado tu y yo —digo yo mientras veo a mi madre irse.
Si Diego, no lo sobrepienses. Si a ti no te importa, que eres el que va a tener que trabajar de más, a mí mucho menos. — Sof
Bueno. — Yo
¿A ti no te importa, Diego? Lo que dijo mi mamá es muy cierto, en este momento necesito ayuda hasta para ir al baño. Si tu no estás dispuesto a ayudarme, lo entendería, no necesitas forzarte. —Sof
No te preocupes por eso, por mi familia haría eso y más. — yo
¿Seguro? Es que voy a necesitar muchaa ayuda y debemos tomarnos esto en serio. ¿Ves lo que dijo Mamá? Pienso tomarle la palabra para demostrar compromiso. ¿Estamos en la misma página?
Estamos en la misma página. Cualquier cosa que necesites, me avisas.
Te quiero mucho hermano.
Yo igual hermanita.
Y así empezó esta relación muy rara. Sof me indicó que le tocara el hombro para avanzar por la casa, y que nunca la dejara de tocar, aún se sentía incómoda con la soledad de no ver nada. También recibí más instrucciones de que necesitaba de mí en su día a día. La llevé al sillón y le indiqué que se sentara. Hasta sentarse aún le daba miedo, no calculaba del todo. Le agarré la cintura por delante para guiarla. Puse una película con audiodescripción. Ella me pidió que intentara tocarla en todo momento para que supiera que estoy ahí y que le avisara si me iba a mover, que igual se lo había pedido a mi madre que era la que la estaba cuidando. Yo me senté muy cerca de ella y le tomé la pierna.
¿Así está bien? —Yo
Perfecto. —Sof
¿Te da miedo estar sola? —Yo
Me da pavor, no veo nada. Siento que estoy sola todo el tiempo. Ya antes de esto le tenía miedo a la oscuridad y a cualquier cosa; tú sabes, me conoces muy bien. Entonces esto para mí es terrorífico y sentir que otra persona está a mi lado ahora es lo único que me calma. Ya lloré varias veces que mi mamá fue al baño o cosas así. Por eso tampoco me quiere dejar ir.
Sí está muy preocupada por ti.
Sí Pero tú me vas a ayudar, ¿verdad?
Claro. No nos separaremos, seremos uña y mugre.
¿De veras me lo prometes?
Aunque los ojos de mi hermana no puedan ver, aún los puedo ver yo, y esos ojos demostraban una confianza ciega y total a mi, a su hermano.
Claro que si.
Voy a poner toda mi confianza en ti Diego, es como esos ejercicios de confianza en donde te tiras y esperas que te cachen, pero en la vida real.
Y yo te voy a cachar.
Siii.
Durante la película le daba agua con un popote a mi hermana; estaba muy atento a ella. Cuando me paré por el agua, me hizo hablar todo el trayecto para saber que estaba con ella. A las 2 horas me pidió la primera ayuda que nos iba a poner incómodos.
Necesito ir al baño. —Sof
Claro Sof, vamos. —yo
La ayude a parar, y la llevé del hombro al baño. Abrí la puerta, pasamos y abrí la taza.
Bueno, Sof, con permiso Voy a quitarte los pantalones. — Yo
Sip. — Sof
Tenía puestos unos pants con un nudo en frente. Desaté el nudo y poco a poco baje los pantalones, descubriendo la ropa interior de mi hermana, llevaba unos calzones blancos básicos. Los pantalones cayeron al suelo.
Voy a quitarte las bragas. —Yo
Tu haz lo que tengas que hacer, lo haremos muchas veces. — Sof
Bueno, eso es cierto.
En este momento fue cuando me cayó el 20. Y empecé a ver a mi hermana como una mujer. Todo este tiempo, la verdad, no pensé en las situaciones que me iba a poner y mi hermana era una belleza. Empecé a bajar los calzones y noté dificultad, al parecer esas bragas le quedaban chicas; su trasero había crecido desde que las compró por primera vez. Logré bajar su braga y la dejé a la altura de la rodilla. Luego tomé su cintura y le indiqué que se sentara. Mi pene empezó a ponerse algo duro. El chorro no empezó al momento; notaba su timidez. Su vagina era muy bonita, como una muñeca eso si, no tenía el arbusto depilado, pero el pelo no era muy abundante, en realidad, conociéndome a mí, que no tengo pelo en el pecho ni me crece la barba abundantemente, supongo que en ella es igual, el pelo púbico no le crece mucho.
Date la vuelta, no sale la pis. — Sof
Tú misma lo dijiste vamos a hacer esto muchas veces mejor, acostúmbrate. No me voy a voltear cada vez que estés desnuda porque puede haber un accidente. —yo.
En eso tienes razón. ¿Estás incómoda viendo a tu hermana así? —sof
No, es algo natural. Es como ver a Pipo (nuestro perro) hacer pis. — Dije yo mintiendo.
Oye no me compares con Pipo. —Sof
JAJJAJa. —Yo
JAJAJAA — Sof
La pipí empezó a salir, y el ruido inundaba el silencio del baño. Mientras yo observaba a mi hermana mear.
Pero no te quedes callado. Habla. —sof
Pues que te digo? — Yo
Lo que sea— Sof
¿Como que tus calzones te quedaban pequeños no? — Yo
Si, mi mamá los escogió, pero esos ya no me quedan. Ya crecí. — Sof
Es que toda la grasa se va a tu trasero, hermana. — Yo
Oyeeee. —Sof
Bueno no digo nada. —Yo
No, está bien. ¿Pero se ve mal? —Sof
Me tomó desprevenido esa pregunta, no sabía cómo responder.
No, no se ve mal. —Yo
¿A los hombres les gusta? Es que creo que mi culo es muy gordo. He escuchado podcast de hombres en internet y en general dicen que les gustan los traseros y los pechos grandes pero que muy grandes ya es una obscenidad y que parecen payasos. — Sof
Pues eso depende de cada quien, pero en general yo no creo que tengas problema, hermanita.
La pis se dejó de escuchar.
Ya acabé. —Sof
¿Cómo te limpió? —Yo
Pues normal, agarra papel, dóblalo a la mitad y solo pásalo para retirar los restos de pipí.
Como me dice, agarro papel de baño, lo doblo a la mitad, me inclino a la altura de sus piernas desnudas. Las toco y las abro un poco más. tomó el papel y tocó la vagina suave y tibia de mi hermana. Se me empieza a poner algo más dura de lo que ya la tenía. La terminó de limpiar y la tomó de la cintura para ponerla de pie otra vez. Ella me sigue y se pone de pie, tiro el papel húmedo en el escusado y subo su braga con dificultad; esta vez, al llegar a su trasero, doy un vistazo por arriba. Maldito trasero hermoso y grande tiene. Intento subir su braga por la parte de atrás; mis pulgares rozan con su trasero. Después de forcejear un poco, logro subirla por completo. Subo sus pantalones y nos anudo.
Pues ni tan mal. — Dice Sof con una sonrisa.
Jajajaja pues primera prueba superada. — Digo yo
Somos un gran equipo. – Dice Sof.
Eso ya lo sabíamos desde que estudiamos juntos para el examen y lo pasamos.
Tienes toda la razón, Cejas de azotador. — Dice Sofi, burlándose de mis cejas gruesas.
¿Cómo me dijiste, culo gordo?. Digo yo, regresándole la broma.
Oye no te pasases azotador, no te rebeles. — Dice Sofi entre risas,
Tu eres la que se está rebelando; eres la hermana pequeña.
¡Azotador! ¡Azotador! ¡Azotador!
PIP PIP PIP. — Digo esto mientras la hago caminar lentamente de reversa imitando el sonido de un camión.
Al salir del baño nos encontramos a mamá.
Que hacen? — mamá
Pasamos la primera prueba, Ma. Diego me llevó a hacer pis. — Dice Sofi con una sonrisa de oreja a oreja con sus hoyuelos marcados.
Dios mío, ¿en qué los voy a meter? —Dice mi madre con la mano en la cabeza.
No exageres, Ma. no es para tanto. —Sof
No te da pena que tu hermano te vea desnuda y te toque tus intimidades? Esto es mucho para mi. — Mamá
No, bueno, sí, pero no me importa. También me da pena contigo y eres mi madre. — Sof
Si pero es diferente. — Mamá
No lo es tanto, Diego ven, vamos a la segunda prueba. Ayúdame a ponerme la pijama. — Sof
Ay, Dios mío. —Mamá
La dirijo a su cuarto con mi mano en su hombro.
Cierra la puerta Diego porfavor. —Sof
Está bien. —Digo mientras la cierro con el pie.
A veces me estresa Mamá. -Sof
Si, pero entiéndela, está muy preocupada. -Yo
No te pongas de su lado, tu y yo ya somos un equipo. Uña y mugre recuerdas. – Dice mientras hace cara de puchero.
Bueno bueno si es muy estresante a veces.- Yo
Soltamos una pequeña risa que rompe la tensión.
Bueno. ¿Que te voy a poner? – Pregunto yo.
Lo que sea, pero que sea cómodo Creo que en el segundo cajón hay pijamas. También cámbiame de calzones porque tienes razón estos me están apretando. – Sof.
¿Playera de tirantes y shorts está bien? ¿Y de ropa interior, alguna preferencia? -Yo
Está bien, mientras me quede la braga estamos bien y bra no voy a llevar. -Sof
Okay. – Digo yo con un nerviosismo notable, no sé si Sof podía notarlo en mi tono de voz.
Segunda prueba, ahora sí me verás desnuda completamente. – Dice Sof también nerviosa.
Supongo que sí – Yo.
Estoy nerviosa. ¿Tú? -Sof
La verdad, yo igual, no te voy a mentir. Pero esto lo viviremos a diario, hay que acostumbrarnos. -Yo
Tienes razón, hay que quitarnos las ataduras de la mente como una bandita de golpe. -Sof
Sí tienes razón. -Yo
Es más, quiero que primero me quites toda la ropa, y me observes. Siento que si lo hacemos de una vez y ya estoy consciente de que me conoces a detalle, luego no me dará pena. -Sof
¿Segura? No creo que funcione así. —Yo
Yo creo que para mí sí, no sé si suena raro, pero creo que me tengo que entregar a ti. Dejarme caer como en la analogía del salto de fe, de la actividad de confianza en la que te tiras de espalda y te cachan tus amigos. Tengo que dejarme caer. – Sof
Bueno, no perdemos nada. Después de todo, eventualmente te voy a ver totalmente desnuda. -Yo
Empiezo por bajar el pantalón, y dejo al descubierto la braga apretada en los glúteos de mi hermana. Esto la vez pasada no lo vi, ya que se los quité por enfrente. Saco el pantalón con cuidado de los pies de mi hermana. Luego decido quitarle la playera. Con mucho cuidado para no lastimar los brazos, primero por su espada arrastró la playera y la sacó por su cabeza; luego, con mucho cuidado, la sacó por los de brazos con yeso. Su brasier es color beige, de los clasicos. Doblo su ropa y sigo por su braga, con mis cuatro dedos empiezo a sacar la braga por delante y reveló su pelo púbico. Al dificultar bajar la braga cambio de posición, tomo prácticamente las nalgas de mi hermana con la justificación de hacer fuerza para que no se caiga y con los pulgares bajo la braga por su trasero. Las bajó por sus rodillas y las dejó caer a sus pies, las retiro con cuidado. Luego desbrocho el bra, y lo retiro con cuidado. Sus hermosos pechos quedan expuestos. No puedo creer la perfección de esas tetas, son de esas que se acomodan y caen perfectamente, y los pezones perfectos.
Bueno ya estás desnuda. – Yo
Déjame así un momento, y tú, rodéame y ve todo, por favor. -Sof
Bueno, voy a seguirte el juego porque siento que si no lo hago será más incómodo. —Yo
Si exactamente, quiero escuchar tus pasos. —Dice Sof muy tensa y nerviosa por la situación.
La rodeo y la examino completamente; obviamente, su culo me llama mucho la atención, es enorme, bronceado, no tiene ninguna marca. La desgraciada parece que se la pasa en el gimnasio. Y lo peor es que su cintura de avispa lo hace resaltar mucho más. Sus tetas de tamaño perfecto, Muchos las considerarían grandes pero en comparación a su culo erán de tamaño moderado. Tenía un luna en la teta izquierda que le quedaba muy sexi, bajando por su abdomen sorprendentemente plano con su ombligo en donde quedaría perfecto un piercing, aunque no lo tiene. Y terminando en su pubis cubierto por una pequeña capa de pelo púbico y sus pierna muy bonitas que dejaba un espacio entre sus muslos pudiendo ver al otro lado.
Ya te vi toda —le dije finalmente.
Si ya se, pero creo que no es suficiente. Todavía la pena se apodera de mí. No puedo creer que mi hermano me esté viendo desnuda. Tenemos que seguir hasta que ya no sienta nada – Sof.
No dije nada y seguí viendo su cuerpo, cada detalle, cada lunar. Esta imagen mental nunca se me va a olvidar.
Sof creo que te vas a resfriar si nos quedas tanto tiempo así. Mejor hacemos otra sesión igual después, no tenemos que forzarla a hoy. -Yo
Está bien, ponme mi pijama. -Sof
Le puse su braguita limpia, su short y su player de tirantes.
¿Ahora qué? —pregunta Sof.
¿Quieres cenar? —Yo.
Sí quiero. ¿Qué sabes cocinar? -Sof
Pues de momento no mucho, pero ¿qué tal un cereal con leche? —Yo.
¿Esto va a ser nuestro día a día? —Sof.
No no, voy a aprender a cocinar por el bien de los 2. -Yo
Bueno esta bien.
Sirvo el tazón de cereal y siento a sofi en la silla. Es la primera vez que le voy a dar de comer. Siento que estoy jugando a las muñecas con una real y extremadamente guapa.
Viene el avioncito, di aaaaa- Yo.
AAAAA. —Dice Sof, siguiéndome el juego.
El avión choca un poco y la mitad de la leche se escurre por su boca y cae hacia sus pechos.
Ya me manchaste. Límpiame rápido. -Sof
—Voy —digo mientras busco una servilleta.
Encuentro una y la paso sobre sus pechos. Luego limpió su boca. Me percaté de que parte de la leche que fue hacia sus pechos se metió entre su escote.
Con permiso. —Yo
¿Qué? -Sof
Meto mi mano con la servilleta entre su escote y limpio el restante.
Uff ya estoy dudando de este equipo jajajja. —Dice Sof entre risas.
Perdóname, es que soy papá primerizo. —Digo yo también con una sonrisa.
¿Sí, parezco bebé verdad? Me das de comer, me cambias, me bañas, me limpias. etc.. -Sof
La verdad, sí lo siento un poco así, pero aún no te he bañado, no te adelantes a las pruebas, vamos en la tercera que es darte de comer. -Yo
De momento, esta es la única que vas reprobando. Jjajajaj -Sof
Maldita, hago mi mayor esfuerzo, jajajajja. -Yo
El primer día de cuidar a Sof acabó, terminamos de ver la película y la llevé a dormir. Le puse a alexa a un lado (el aparato de amazon) y le dije que cuando despertara, o si tenía algún problema, le dijera a Alexa que reprodujera una canción en mi cuarto y que prendiera las luces del cuarto 2 (el mio). Me despertó en la noche para llevarla nuevamente a hacer pipí y poco más.
Al día siguiente desperté temprano. Todavía no amanecía del todo y ya sentía esa mezcla rara de responsabilidad y nervios. Sofi seguía dormida en su cuarto. Me levanté, preparé café y me quedé un rato pensando en todo lo que venía. Sabía que el día de ayer apenas había sido el calentamiento.
Cuando escuché que Alexa reproducía la canción, eso significaba que Sofi estaba dando la señal de que estaba despierta. Fui a su cuarto, toqué suavemente la puerta y entré.
Buenos días, dormilona. ¿Cómo amaneciste?
Con ganas de hacer pipí… y algo más —dijo ella con la voz todavía ronca de sueño y un poco de vergüenza.
La ayudé a sentarse en la cama. Le puse la mano en el hombro como ya era costumbre y la guié despacio al baño. Esta vez fue diferente. No era solo orinar. Sofi se quedó callada un momento mientras yo le bajaba los shorts y la braga limpia que le había puesto la noche anterior.
Diego… hoy sí necesito hacer popó —murmuró, casi en un susurro—.
Sentí un nudo en el estómago. Sabía que tarde o temprano iba a llegar este momento, pero escucharlo de su boca lo hacía más real. Intenté sonar lo más tranquilo posible.
No te preocupes. Yo te ayudo. Solo dime qué necesitas.
La senté con cuidado en la taza. Me quedé ahí, a su lado, con una mano en su hombro para que supiera que no me había ido. El silencio se hizo pesado. Ella estaba claramente incómoda, apretando los labios.
Háblame… por favor —pidió—. Si te quedas callado, me da más vergüenza.
Empecé a platicar tonterías: que iba a aprender a hacer huevos revueltos decentes, que teníamos que decidir qué llevar a la capital, cualquier cosa para llenar el aire. Después de un rato, escuché que empezaba. El olor llegó rápido. Sofi bajó la cabeza, mortificada.
Esto es tan humillante… —dijo con la voz quebrada.
Ey, no digas eso. Es solo algo natural. Tú harías lo mismo por mí si estuviera en tu lugar.
Terminó. Me puse unos guantes que mi mamá había dejado preparados y la limpié con cuidado, usando bastante papel húmedo. Fue un proceso lento y torpe. Traté de ser lo más delicado posible, pero aun así sentí cómo ella se tensaba cada vez que la tocaba ahí. Cuando terminé, la limpié una segunda vez para asegurarme de que estuviera bien.
Listo… ya estás limpia —le dije suavemente mientras le subía la braga y los shorts.
Ella soltó un suspiro largo y tembloroso.
Gracias… de verdad. Sé que esto es asqueroso para ti.
No es asqueroso. Es incómodo, sí, pero eres mi hermana. Lo importante es que estés bien y que no te sientas sola en esto.
La llevé de vuelta a la habitación para cambiarla. Esta vez no pidió que la dejara desnuda mucho rato. Solo me dejó quitarle la pijama, limpiarle un poco el cuerpo con una toallita húmeda porque aún no la había bañado completa, y ponerle ropa cómoda: una playera holgada y pants sueltos.
El resto del día siguió así. Le di de comer, la ayudé a moverse por la casa, le puse audiolibros y series con descripción. Cada vez que necesitaba ir al baño repetíamos la rutina. No fue fácil. Hubo momentos en los que ella lloraba en silencio de vergüenza y yo me sentía torpe y abrumado. Pero también hubo risas nerviosas cuando se me caía algo o cuando intentaba describirle cómo se veía el día afuera.
Por la tarde, mientras estábamos sentados en el sillón (yo con mi mano en su pierna como siempre), Sofi giró un poco la cara hacia mí.
Diego… ¿de verdad no te molesta todo esto? Lo de limpiarme… lo de verme desnuda… lo de tener que estar pegado a mí todo el día.
Me quedé pensando un segundo antes de contestar.
Al principio sí me puso nervioso. Mucho. Pero… no sé. Verte así, tan vulnerable, me hace darme cuenta de lo fuerte que eres. Yo solo estoy aquí para ayudarte. Y poco a poco se está haciendo más normal. Raro, pero normal.
Ella sonrió débilmente, con esos hoyuelos que siempre le salían.
Eres el mejor hermano del mundo. Aunque a veces me da pena que me veas el culo — bromeó, tratando de aligerar el ambiente.
Pues tienes un culo muy famoso en el pueblo, ¿qué le voy a hacer? —le seguí la broma con cuidado.
¿Sí? —dijo con inocencia.
No te hagas la loca. Todo el mundo te ve el culo cuando pasas. — Digo eso mientras inmediatamente me arrepiento, es muy directo.
Sí lo he notado, pero pensé que era normal para todas las chicas.
Es normal, pero lo anormal es la frecuencia en tu caso.
Creo que ya me acostumbré; desde mi adolescencia lo han hecho, hasta sorprendía a mis profesores viéndolo.
¿En serio? ¿Tan chica? El día que me los tope, les voy a romper el cráneo.
Tampoco es para tanto, fuera de eso, todos en el pueblo han sido muy respetuosos conmigo.
Nos reímos los dos bajito. Fue un momento raro, pero bonito. Como si poco a poco estuviéramos construyendo una nueva forma de confianza entre nosotros.
Esa noche, antes de dormir, Sofi se quedó callada un buen rato mientras yo le acomodaba las almohadas. De pronto habló con voz chiquita, casi como si le diera pena pedirlo:
Diego… ¿Me podrías bañar completa hoy? Por favor…
Me quedé quieto. Sabía que esto iba a pasar, pero oírlo de esa forma tan suave me enterneció y me puso nervioso al mismo tiempo.
¿Estás segura, Sofi? Podemos dejarlo para mañana si te sientes más cómoda…
Ella negó despacito con la cabeza, mordiéndose el labio inferior.
No… si lo dejamos, voy a seguir teniendo miedo. Cada vez que pienso que estoy sucia me siento mal. Quiero intentarlo hoy… como cuando me desnudaste la primera vez. ¿Te acuerdas? Dijiste que era mejor quitarse la pena de golpe…
Asentí, aunque ella no pudiera verme.
Está bien, hermanita. Vamos a hacerlo con calma.
La llevé al baño tomándola suavemente del hombro. Encendí la luz y abrí la regadera para que el agua se calentara. Sofi se quedó parada en medio del baño, con los brazos enyesados pegados al cuerpo, temblando un poquito. Me habló con esa voz dulce y avergonzad:
Primero… ¿me quitas toda la ropa y me dejas así un ratito? No me vistas todavía… Quiero intentar acostumbrarme a que me veas. Si sigo escondiéndome en mi cabeza, nunca voy a poder vivir contigo en la capital…
Era una de esas cosas que hacía para luchar contra su vergüenza: exponerse más de lo necesario, como si eso la fuera a curar. Le quité la playera de tirantes con mucho cuidado para no lastimarle los yesos. Luego el short y la braga. Cuando quedó completamente desnuda frente a mí, bajó la cabeza y sus mejillas se pusieron rojas.
Diego… —¿Me puedes decir cómo me ves? —pidió casi en un susurro, con la voz temblorosa—. Todo… por favor. Quiero escucharlo para que deje de imaginármelo peor en mi mente.
No lo sé, Sofi. No es un poco raro que describa tus intimidades.
Puede ser, pero creo que lo necesito, ya no veo y no creo poder ver otra vez. Necesito saber cómo me veo.
Tragué saliva. Me sentía extraño, pero quería ayudarla.
Tu cara es bonita, la hinchazon del golpe ya bajó, casi recuperas tu estado natural. Estás desnuda… Tu piel se ve más clarita donde le da la luz. Tienes ese lunar chiquito en la teta izquierda. Tu cintura es muy delgadita comparada con tus caderas. Tu trasero es grande y redondito. Tus piernas están un poquito juntas, como si quisieras taparte aunque no puedas… y abajo… se ve bonito, con ese pelito corto y fino. Eres preciosa, Sofi. De verdad.
Se le escapó una lagrimita que rodó por su mejilla. Se la limpió torpemente con el antebrazo enyesado.
Es tan vergonzoso… —dijo con la voz quebradita—. Saber que mi hermanito mayor me está viendo toda… que tiene que bañarme como si fuera una niñita… Pero tengo que intentarlo. Si no lo hago así, voy a seguir muriéndome de pena cada vez que me ayudes. Y como ya no voy a recuperar la vista… necesito aprender a confiar en ti completamente.
Te entiendo, Sofi —le dije con cariño—. Tú dime cómo quieres que lo hagamos, yo voy despacito.
Me pidió con voz suave que le colocara los plasticos que iban en lo yesos y la metiera a la regadera. El agua caliente le cayó encima y ella soltó un suspirito largo de alivio. Le lavé el pelo con champú, masajeándole la cabeza con cuidado. Ella gemía bajito, disfrutando el momento, pero cada vez que mis manos bajaban a sus hombros o su espalda, se tensaba un poquito.
Ahora… el cuerpo —susurró, nerviosa—. ¿Puedes usar la esponja primero? Pero después… ¿Me lo puedes lavar con la mano?
¿Para qué?
Es parte de mi entrenamiento de vergüenza; necesito enfrentarme a cosas que me den vergüenza para superarlo más rápido.
Lo hice. Enjaboné la esponja y empecé por los brazos, el cuello y la espalda. Cuando llegué a sus pechos, ella contuvo la respiración y sus pezones se endurecieron con el agua y el jabón. Se mordió el labio y habló con voz chiquita:
Sigue… por favor… ahora sin esponja.
¿Justo en los pechos? Pensé sorprendido. Pero eso hice, pasé mis manos desnudas sobre sus pechos descubiertos. Sentí la forma, la temperatura y la densidad de esas hermosos pechos. Baje por la cintura, un cintura estrecha y pequeña, delicada. Era como bañar a una muñeca, pero esa muñeca era mi hermana. uando llegué a sus caderas y nalgas, ella se apoyó contra la pared de la regadera dejando un espectaculo a mi vista.
Ahí también… lávame bien, Diego —pidió con ternura y vergüenza—. Tu también acostumbrate a tocarme. Es parte de nuestro trabajo en equipo.
Mis manos resbalaban con el jabón sobre esa piel tan suave y redonda. Ella temblaba un poco, pero se quedaba quietecita. De pronto soltó un sollozo bajito.
Dios… me da tanta vergüenza… Siento que nunca voy a poder mirarte a la cara cuando… bueno, aunque ya sé que no voy a ver más. Pero tengo que hacerlo. Tengo que dejar que me veas y me toques todo, porque si no, ¿cómo vamos a vivir juntos? ¿Cómo voy a estudiar si cada vez que me ayudes me quiero esconder?
Sofi… —la abracé por detrás con mucho cuidado, solo para que sintiera que estaba ahí, mojandome la ropa en el proceso—. No te estás escondiendo. Estás aquí, enfrentándolo como una valiente. Estoy orgulloso de ti, hermanita.
Ella se giró un poquito hacia mí, todavía con lágrimas en los ojos, y me pidió que terminara. Lavé sus piernas, sus pies… y finalmente la parte más íntima. Lo hice con toda la delicadeza posible, usando solo los dedos enjabonados. Ella separó un poquito las piernas y susurró:
Ahí también… lávame bien, por favor… Qué vergüenza…
Cuando terminé, la enjuagué despacio. El agua se llevaba el jabón y sus lágrimas. La saqué de la regadera, la sequé con la toalla grande, frotando cada parte con cuidado. Ella seguía desnuda, sin pedirme ropa todavía.
¿Me puedes dejar así un ratito más? —preguntó con voz tierna y temblorosa—. Quiero quedarme aquí parada, sintiendo el aire en la piel… sabiendo que me estás viendo. Es mi forma tonta de intentar ser menos tímida…
Me quedé frente a ella, acompañándola en silencio. Al final, cuando ya no temblaba tanto, le puse la pijama limpia: un short suelto y una playera holgada sin brasier.
Mientras la llevaba de vuelta a su cuarto, ella me apretó el brazo con el yeso lo mejor que pudo y me dijo con una vocecita dulce:
Gracias, Diego… Sé que esto es raro y pesado para ti también. Pero cada vez que me ayudas así… siento que estoy un poquito menos rota. Te quiero mucho, hermanito.
La acosté, le di un beso suave en la frente y apagué la luz.
Duerme tranquila, Sofi. Mañana seguimos siendo uña y mugre.
Ella sonrió débilmente, con los ojos todavía húmedos.
Y cada día un poquito menos vergüenza… eso espero.
Cerré la puerta despacio, con el corazón latiéndome fuerte. Esa noche me costó mucho trabajo dormirme.
Los días siguientes en el pueblo pasaron entre rutinas que ya empezaban a sentirse un poco más normales. Cada mañana la ayudaba a ir al baño, la bañaba, le daba de comer y la acompañaba en todo. Sofi seguía teniendo momentos de mucha vergüenza, pero poco a poco sonreía más cuando terminábamos y me daba las gracias con esa vocecita suave que me enternecía.
Por fin llegó el día de la mudanza. Mis papás nos llevaron a la estación de camiones. Mamá lloró un buen rato abrazando a Sofi, repitiéndole que si las cosas se ponían muy difíciles podíamos regresar. Papá solo nos dio un abrazo fuerte y nos recordó que nos mandarían dinero cada mes. El viaje en camión duró más de catorce horas. Fue largo, incómodo y caluroso. Sofi viajó recargada en mi hombro casi todo el tiempo, durmiendo a ratos. Yo sudaba la gota gorda intentando que estuviera cómoda con sus yesos.
Cuando por fin llegamos a la capital, ya era de noche. El departamento era pequeño, en un tercer piso sin elevador. Subimos las maletas como pudimos (yo cargando casi todo mientras guiaba a Sofi). Los dos estábamos sudados, pegajosos y exhaustos. El calor de la ciudad en esa época era brutal.
Entramos al departamento y lo primero que hice fue sentar a Sofi en el único sillón que tenía el lugar. Empecé a organizar un poco: abrí las ventanas para que entrara aire, acomodé las maletas en un rincón y moví la cama individual que venía con el departamento para que quedara mejor. Sofi se quedó callada un rato, escuchando mis movimientos.
Diego… me imagino que estás sudando mucho —dijo con una vocecita suave y preocupada—. Yo también me siento toda pegajosa del camión. El calor aquí es diferente… más pesado.
Sí, estamos los dos hechos un desastre —contesté mientras me limpiaba la frente con el brazo—. Dame un momento y te ayudo a cambiarte.
Ella se mordió el labio, pensando. Luego habló con tono tímido, casi como si le diera pena proponerlo:
Oye… ¿y si nos bañamos juntos? Así ahorramos tiempo… y agua. El departamento es chiquito y solo hay una regadera. Además… ya me has bañado varias veces. No sería tan diferente, ¿verdad? Solo que esta vez estarías dentro conmigo.
Me quedé callado un segundo, sorprendido por la propuesta. Sofi continuó, con la voz más bajita y tierna:
No quiero que te canses más de lo necesario… Tú también estás sudado y cansado del viaje. Y yo… bueno, todavía me da un poquito de vergüenza, pero creo que si lo hacemos así, como algo práctico, me ayudará a acostumbrarme más rápido. No quiero ser una carga tan grande desde el primer día aquí. ¿Te molesta mucho la idea?
Su tono era tan dulce y vulnerable que me costó trabajo negarme. Se notaba que estaba luchando internamente: quería ser independiente, quería ahorrar esfuerzo, pero sobre todo no quería que yo me agotara por cuidarla.
Está bien, Sofi —le dije suavemente—. Si tú te sientes cómoda, lo hacemos juntos. Vamos a tomarlo con calma.
La ayudé a levantarse y la guié hasta el baño pequeño. Encendí la luz y abrí la regadera para que el agua se calentara. Empecé a quitarle la ropa con cuidado: la playera sudada, los pants y la braga. Cuando quedó desnuda, ella se quedó parada ahí, con los brazos enyesados pegados al cuerpo, respirando un poco agitada.
Diego… ¿me puedes decir cómo estoy? —pidió con esa vocecita tierna—. Solo para saber… y para que no me imagine cosas peores.
Estás sudada, hermanita. El pelo se te pegó un poco a la frente. Tu piel brilla por el sudor. Pero sigues viéndote bonita… tu cuerpo se ve cansado pero hermoso.
Ella sonrió débilmente, con las mejillas sonrojadas.
Gracias… Ahora quítate tu ropa también. No quiero ser la única desnuda.
Me quité la camiseta, los shorts y la ropa interior. Me metí primero a la regadera y luego la ayudé a entrar conmigo. El espacio era tan pequeño que nuestros cuerpos se rozaban inevitablemente. El agua caliente empezó a caer sobre los dos. Sofi soltó un suspiro largo de alivio cuando el agua le cayó en la espalda.
Se siente tan bien… —murmuró—. ¿Me ayudas con el champú?
Le lavé el pelo con cuidado, masajeándole la cabeza. Ella se recargó un poquito contra mi pecho, dejando que el agua nos limpiara el sudor del viaje. Después tomé la esponja y empecé a enjabonarla: espalda, brazos, cintura…
En un momento, mientras yo le lavaba la espalda, Sofi dio un pasito hacia atrás para “buscar mejor el agua”. Su trasero grande y suave chocó de lleno contra mi pene. Fue un contacto directo, cálido y resbaloso por el jabón. Sentí cómo sus nalgas se apretaban un segundo contra mí antes de que ella se moviera un poco, como si fuera accidental.
Ay, perdón… —susurró con voz inocente y tierna, pero sin apartarse del todo—. Es que no sé bien dónde estás si no te siento… y con los brazos así no puedo tocarte con las manos.
No dije nada, solo seguí lavándola. Pero mi cuerpo reaccionó al instante. Sentí cómo mi pene se empezaba a endurecer contra la piel suave y redonda de su trasero. Era una sensación caliente, pesada, imposible de ignorar. Intenté concentrarme en el jabón, en el agua, en cualquier cosa… pero ella, como si quisiera confirmar que yo seguía ahí, volvió a “resbalarse” un poquito hacia atrás. Esta vez su nalga izquierda rozó despacio contra mi muslo y luego contra mi pene otra vez, un roce más largo, más intencional, aunque ella lo hizo parecer torpe.
Ay… otra vez —dijo bajito, con esa vocecita dulce que sonaba casi arrepentida—. Es que me muevo para sentir que no estás lejos… ¿estás bien, Diego?
Sí… estoy bien —contesté, con la voz un poco ronca. Mi corazón latía fuerte. Cada roce de ese culo grande y caliente contra mí me mandaba una ola de excitación que me costaba trabajo controlar. Trataba de respirar profundo, de pensar en que era mi hermana, en que esto era solo para ayudarla, en que no podía dejar que se notara… pero mi cuerpo no cooperaba. Sentía cómo se me ponía más duro, cómo rozaba contra su piel resbalosa cada vez que ella se movía “sin querer”.
Sofi siguió así un par de veces más mientras yo la enjabonaba: un pequeño giro que hacía que su trasero se apretara contra mi cadera, un pasito atrás que hacía que sus nalgas se deslizaran suavemente contra mi pene otra vez. Cada contacto era breve, pero suficiente para que ella supiera que yo estaba justo ahí, detrás de ella. Lo hacía con esa ternura de hermana menor, como si fuera su forma inocente de sentirse segura en la oscuridad total.
Cuando terminé de lavarla, me lavé yo rápido. El agua caía sobre los dos y el vapor llenaba el baño chiquito. Al final, Sofi me abrazó torpemente con los yesos, recargando su cabeza en mi pecho.
Gracias por aceptar… —dijo con voz cansada pero contenta—. Sé que esto es raro, pero… me gusta sentir que no estoy sola en esto. Contigo todo se siente un poquito menos aterrador. Te quiero mucho, hermano.
Esa noche, después de secarnos y ponernos la ropa cómoda, nos metimos a la cama. Resultó que el departamento tenía una cama matrimonial, no tan grande como una king pero sí lo suficiente para los dos sin que tuviéramos que apretujarnos demasiado. Era un alivio, porque después del viaje largo y el baño juntos, los dos necesitábamos descansar. Apagué la luz y me acosté de lado, dándole espacio a Sofi. Ella se acomodó a mi lado, todavía con los yesos en los brazos, y se quedó callada un rato.
De pronto la sentí moverse. Con mucha suavidad, casi como si no quisiera despertarme, empujó su trasero hacia atrás buscando mi cuerpo. Sus nalgas grandes y suaves rozaron primero mi cadera, luego se acomodaron contra mi muslo y, poco a poco, se pegaron completamente contra mi pelvis. Era un contacto cálido, inocente… como si solo quisiera asegurarse de que yo seguía ahí. No dijo nada, solo soltó un suspirito contento y se quedó quieta, con su espalda contra mi pecho.
Diego… —susurró en la oscuridad, con esa vocecita tierna y chiquita—. ¿Estás ahí?
Sí, hermanita, aquí estoy —le contesté bajito, tratando de sonar normal.
Es que… no quiero sentirme sola. Aunque estés a mi lado, si no te siento… todo se pone muy oscuro y me da miedo. ¿Te molesta si me pego un poquito más?
Antes de que pudiera responder, volvió a empujar su trasero hacia atrás, esta vez con más intención, pero todavía desde esa inocencia total. Sus nalgas se apretaron suavemente contra mí, cubriendo completamente la zona de mi pene. Sentí el calor de su piel a través de la fina tela de su short y mi bóxer. Era suave, redondo y pesado… y mi cuerpo reaccionó al instante. Empecé a endurecerme sin poder evitarlo. Cada vez que ella respiraba, su culo se movía un poquito contra mí, como si estuviera buscando el contacto exacto que le confirmara que no estaba sola en esa oscuridad eterna.
Me quedé quieto, respirando profundo. Mi mente era un torbellino. “Es mi hermana… solo tiene miedo… no lo hace a propósito…”, me repetía. Pero la sensación era demasiado real: el peso cálido de sus nalgas presionando contra mi pene, la forma en que se acomodaba como si ese fuera su lugar seguro. La excitación me subía por el cuerpo, pesada y caliente, y yo luchaba con todas mis fuerzas para que no se notara. No quería moverme, no quería que ella pensara que algo estaba mal. Solo quería ser su apoyo, como le había prometido. Al final, ella se durmió así, pegada a mí, con su trasero acomodado contra mi cuerpo. Yo tardé mucho más en conciliar el sueño, con el corazón latiéndome fuerte y esa lucha interna que no me dejaba en paz.
Al día siguiente despertamos tarde. Fuimos a comprar los útiles escolares que nos faltaban: cuadernos, audiolibros, un bastón para Sofi (aunque ella decía que todavía no lo quería usar), y algunas cosas básicas para la cocina. Todo el rato la llevé del hombro, guiándola entre la gente de la ciudad. Ella estaba más callada que de costumbre, pero cada vez que cruzábamos la calle me apretaba el brazo y me decía bajito “gracias por estar aquí”. Regresamos al departamento cansados pero contentos de haber avanzado un poco.
Esa misma tarde, cuando llegó la hora de bañarnos otra vez, repetí la rutina. La llevé al baño, le quité la playera, el short y la braga con cuidado. Cuando quedó desnuda frente a mí, me quedé un segundo mirándola y sentí que algo dentro de mí se tensaba. Los roces de la noche anterior todavía me rondaban la cabeza.
Sofi… tal vez no sea tan buena idea seguir bañándonos juntos —le dije con voz suave, tratando de sonar razonable—. Ayer fue práctico por el viaje, pero… no quiero que esto se vuelva incómodo para ti. O para mí.
Ella se quedó callada un momento, con la cabeza baja. Luego habló con esa ternura que me desarmaba, pero con una determinación dulce:
No, Diego… por favor, no digas eso. La vergüenza que yo siento cuando me ves o me tocas es poca comparada con lo que tú tienes que aguantar. Yo sé que… anoche te rozaba con mi trasero. Lo sentí. Y sé que te pones nervioso. Pero yo ya estoy aprendiendo a superar mi vergüenza haciendo estas cosas que me dan miedo. ¿Por qué tú no puedes hacer lo mismo? No quiero que dejemos de bañarnos juntos solo porque te da pena. Yo confío en ti… y quiero que tú también te acostumbres a mí. Por favor…
Su vocecita era tan vulnerable y sincera que no supe cómo negarme. Suspiré y acepté.
Está bien… vamos a intentarlo.
Nos metimos a la regadera juntos. El agua caliente empezó a caer. Yo empecé a enjabonarla como siempre, pero esta vez Sofi, en lugar de quedarse quieta, se recargó completamente hacia atrás. Apoyó todo su peso contra mi pecho y empujó su trasero hacia mí con intención clara, aunque seguía pareciendo que solo buscaba equilibrio. Sus nalgas grandes y suaves se pegaron por completo contra mi pene, cubriéndolo y presionándolo suavemente mientras el agua y el jabón lo hacían todo más resbaloso.
Así… —susurró con ternura—. Quiero que te acostumbres, Diego. Como yo me estoy acostumbrando a que me veas y me toques. No quiero que te dé pena… quiero que superes esa vergüenza igual que yo. ¿Ves? Yo ya no me escondo tanto… tú tampoco tienes que esconderte.
Se movió un poquito más, apretando su culo contra mí de forma deliberada pero con esa inocencia que solo ella tenía, como si fuera su forma de decir “estamos en esto juntos”. Mi pene se endureció completamente entre sus nalgas, y yo cerré los ojos, luchando otra vez con esa ola de excitación que me recorría entero. Ella no dijo nada más, solo se quedó ahí, recargada en mí, confiando completamente.
Y yo… solo podía pensar en que esto apenas estaba empezando, y que mi lucha por mantener todo en orden se estaba poniendo cada vez más difícil.
El agua seguía cayendo caliente sobre nosotros, llenando el baño pequeño de vapor. Yo tenía la esponja en la mano, intentando seguir lavándola como si nada, pero Sofi se había recargado completamente contra mí. Su espalda pegada a mi pecho, y sobre todo… su trasero grande y suave presionado por completo contra mi pene. Lo sentía todo: el calor de su piel, la forma redonda y pesada de sus nalgas envolviéndome, el jabón haciendo que todo resbalara. Mi pene estaba completamente duro entre ellas, latiendo sin que yo pudiera controlarlo.
Tragué saliva y, con cuidado, puse una mano en su cadera para separarla un poquito.
Sofi… espera —murmuré, la voz ronca—. No tienes que… recargarte tanto. Puedo lavarte así, sin que te pegues tanto.
Intenté moverla con suavidad hacia adelante, creando un pequeño espacio entre su cuerpo y el mío. Solo quería respirar, quería que esa presión caliente desapareciera un segundo para poder pensar con claridad. Pero ella, como si no entendiera del todo o como si no quisiera, dio un pasito atrás otra vez. Su culo volvió a chocar suavemente contra mí, acomodándose justo donde estaba antes, presionando más fuerte ahora porque el jabón lo hacía todo más resbaladizo.
Ay… ¿por qué me separas? —preguntó con esa vocecita tierna e inocente, casi confundida—. Hay que superar la vergüenza juntos.
Su tono era tan puro, tan de hermanita menor que confía ciegamente, que me desarmó. No había malicia en sus palabras. Solo esa necesidad honesta de no sentirse abandonada en su mundo sin luz. Volvió a empujar su trasero hacia atrás, esta vez más lento, como buscando el contacto exacto. Sus nalgas se apretaron contra mi pene duro, deslizándose un poquito de arriba abajo por el jabón, casi abrazándolo.
Intenté otra vez. Con más fuerza, pero todavía con cuidado, la tomé de las caderas y la separé unos centímetros.
Sofi, por favor… esto me está poniendo nervioso —admití, casi en un susurro—. No es que no quiera ayudarte, es que…
No terminé la frase. Ella ya estaba volviendo. Dio un pasito atrás, inocente, buscando mi cuerpo como si fuera su ancla. Su trasero grande chocó de nuevo contra mí, esta vez con más decisión, y se quedó ahí, recargada completamente, moviéndose solo un poquito para “acomodarse mejor”.
Pero es que yo ya superé mi vergüenza —dijo con ternura, casi suplicante—. Me dejé ver desnuda, me dejé tocar, me dejé bañar… todo porque confío en ti. ¿Por qué tú no puedes hacer lo mismo? No quiero que te dé pena mi cuerpo. Quiero que te acostumbres, como yo me acostumbré. ¿Ves? Así estoy bien… siento que no estoy sola.
Cada vez que yo intentaba crear distancia, ella volvía. No era agresiva, ni coqueta. Era solo Sofi siendo Sofi: inocente, vulnerable, buscando la cercanía que necesitaba para no tener pánico. Su culote suave y caliente seguía presionando contra mi pene, envolviéndolo, moviéndose ligeramente con cada respiración suya. El agua corría entre nosotros, el jabón hacía que todo se sintiera más intenso, más resbaloso. Mi cuerpo reaccionaba sin permiso: estaba durísimo, palpitando contra sus nalgas, y yo sentía una ola de excitación que me subía por la espalda y me apretaba el pecho.
Luché un rato más. La separé dos veces, tres veces… pero cada vez ella regresaba con esa vocecita dulce:
Diego… por favor, no me alejes. Solo un poquito más. Así estoy segura.
Al final… me rendí.
Solté un suspiro largo y resignado. Dejé caer la mano de su cadera y me quedé quieto, aceptando que ella ganaba. Su trasero se acomodó completamente contra mí otra vez, presionando mi pene duro entre sus nalgas suaves y calientes. Ya no intenté moverla. Solo cerré los ojos y me dejé llevar por el momento, lavándola despacio mientras ella se quedaba ahí, recargada en mí, contenta y tranquila.
Gracias, hermanito… —susurró con una sonrisa en la voz, sin tener idea de la tormenta que estaba causando dentro de mí—. Sabía que ibas a entender. Ahora sí me siento acompañada… y tú también vas a superar esa vergüenza, ya verás. Somos un equipo, ¿verdad?
Yo solo asentí e hice un ruido afirmando, con el corazón latiéndome fuerte y esa resignación mezclada con una excitación que ya no podía negar. Ella había ganado. Y yo, por más que luchara, ya no tenía fuerzas para seguir alejándola. El agua seguía cayendo, y yo solo podía sentir el calor suave y pesado de su culo contra mí, aceptando que esto… esto era nuestra nueva normalidad.
Después de la ducha, el calor en el departamento seguía siendo insoportable. Sofi se quedó parada junto a la cama, todavía desnuda, esperando que yo le pusiera la pijama. Busqué entre sus cosas algo fresco y encontré unos shorts de algodón muy cortos que apenas le cubrían. Eran de los que usaba en el pueblo cuando hacía mucho calor.
Te voy a poner estos shorts, Sofi. Son los más frescos que tienes. Con este calor no vas a aguantar con algo más largo.
Ella asintió con esa vocecita suave.
Está bien… ponme lo que sea más cómodo.
Le subí los shorts con cuidado. Eran tan cortos que cuando llegaron a su lugar, más de la mitad de sus nalgas quedaron al descubierto. Uno de sus cachetes se asomaba completamente por abajo, redondo, suave y bronceado. Intenté no quedarme mirando, pero fue imposible no notar lo mucho que se le marcaba el culo con esa prenda tan pequeña. Le puse una playera holgada sin brasier y la ayudé a acostarse en la cama matrimonial.
Me acosté detrás de ella y encendí la tele para poner una película ligera. Pero a los pocos minutos Sofi se removió y habló bajito:
Diego… no quiero ver la película. Tengo mucho sueño. ¿Podemos apagar y dormir ya?
Apagué la tele. La habitación quedó casi a oscuras, solo con la luz tenue que entraba por la ventana. El calor era pesado y nuestros cuerpos empezaban a sudar. Sentí que Sofi comenzaba a moverse hacia mí, buscando contacto como siempre.
Sofi… hace mucho calor —le dije, usando la excusa real—. Mejor no te pegues tanto esta noche, ¿sí? Vamos a terminar sudando más.
Ella se quedó callada un momento, luego respondió con su tono tierno y negociador:
Está bien… no me pego tanto. Pero… ¿me puedes tocar en alguna parte?. Solo para sentir que estás ahí. Si no te siento, me da miedo y no voy a poder dormir.
Estaba a punto de ponerle la mano en la pierna cuando se me ocurrió una broma tonta para aligerar el ambiente. Ella estaba dándome la espalda, un poco tumbada hacia abajo.
Ok, te toco —dije en tono juguetón—. Pero voy a elegir yo dónde.
Estiré la mano y le agarré una nalga completa. Mis dedos se hundieron suavemente en esa carne caliente y suave. Fue solo un segundo.
¡Ey! Era broma, era broma —dije rápido, quitando la mano como si me hubiera quemado—. Perdón, Sofi.
Ella soltó una risita bajita, todavía con la cara casi metida en la almohada.
Está bien… no me molesta —dijo con voz tranquila y dulce—. Puedes dejarla ahí si quieres. Entiendo que es la posición más natural ahora. Si estás atrás de mí, pues… ahí está mi culo. No tienes que quitarla si te sientes más cómodo así.
Me quedé sorprendido por su respuesta. Su voz sonaba tan inocente y confiada que no supe cómo negarme.
¿Segura? —pregunté.
Ajá… déjala ahí, por favor. Me hace sentir que no estoy sola.
Resignado y con el corazón latiéndome fuerte, volví a poner la mano sobre su nalga. Esta vez la dejé ahí. Mis dedos descansaban sobre esa piel suave y caliente, sintiendo su peso y su suavidad. Parte de su cachete quedaba al descubierto por lo cortos que eran los shorts, y mi palma cubría casi todo el resto. Era una sensación pesada, tibia y terriblemente íntima.
Sofi suspiró contenta y se relajó. Poco después su respiración se volvió lenta y profunda; se había dormido.
Yo, en cambio, no podía. El calor, la imagen de sus nalgas asomándose por los shorts, y ahora mi mano descansando directamente sobre una de ellas… todo era demasiado. Mi pene estaba completamente duro y palpitando. Intenté ignorarlo, pero cada vez que movía ligeramente los dedos sentía la suavidad de su nalga, esa carne generosa y caliente que se acomodaba bajo mi palma.
Luché conmigo mismo un buen rato. “Esto está mal… es mi hermana… solo está asustada…”. Pero la realidad era que llevaba días sin un momento de privacidad. No podía masturbarme en la ducha porque ella siempre estaba ahí, y en la cama tampoco había tenido oportunidad. La excitación acumulada era demasiada.
Al final me rendí.
Con mucho cuidado para no despertarla, me bajé un poco el bóxer. Mantuve mi mano izquierda exactamente donde estaba: sobre su nalga suave y expuesta. Empecé a tocarme despacio con la derecha, respirando controlado para que la cama no se moviera. Cada vez que apretaba suavemente su nalga con los dedos, usaba esa sensación —el calor, la suavidad, el peso— para imaginar y excitarme más. No era solo por ella… o eso me repetía. Era la falta de privacidad, el calor, la tensión acumulada de todos estos días. Pero la verdad es que tener mi mano ahí, tocando su culo mientras me masturbaba, hacía que todo fuera mucho más intenso.
Me moví lo más lento y silencioso posible, apretando suavemente su nalga de vez en cuando, sintiendo cómo se hundían mis dedos en esa carne blanda. Al final llegué al orgasmo apretando los dientes, con una mezcla fuerte de placer, alivio y culpa. Me limpié como pude con un pedazo de papel y me subí el bóxer.
Sofi seguía durmiendo plácidamente, ajena a todo, con mi mano todavía descansando sobre su nalga.
Me quedé mirando el techo, respirando agitado. Sabía que había cruzado una línea más esa noche. Y aunque me repetía que era solo por necesidad, en el fondo sabía que su cuerpo y esa cercanía constante estaban influyendo cada vez más en mí. Esté es un juego peligroso que no se si sea capaz de jugarlo y salir bien parado.
Capítulo 2
A la mañana siguiente desperté antes que Sofi. Mi mano seguía descansando sobre su nalga, exactamente donde la había dejado la noche anterior. La retiré con mucho cuidado para no despertarla y me quedé un rato mirando el techo, todavía con esa mezcla de culpa y cansancio. El orgasmo de anoche me había dado un poco de alivio, pero no había borrado la sensación de haber cruzado una línea.
Me levanté despacio, preparé café y unas tostadas. Cuando todo estuvo listo, volví a la habitación y le hablé suavemente:
—Sofi, despierta. Hoy es el primer día de clases. Tenemos que irnos en una hora.
Ella se removió perezosamente y sonrió con esa expresión tierna de recién despierta.
—Buenos días, hermanito… ¿Ya es hoy? Tengo nervios.
La ayudé a sentarse en la cama. Primero la llevé al baño para que hiciera sus necesidades. Después le puse ropa cómoda pero decente para la universidad: una blusa suelta y unos jeans. Le peiné el cabello con cuidado y le puse un poco de protector solar en la cara y brazos, como me había pedido mi mamá.
Desayunamos juntos. Yo le daba las tostadas en la boca y le sostenía el vaso de jugo con popote. Sofi estaba más callada de lo normal, pero cada tanto me apretaba el brazo con el yeso y me decía bajito:
—Gracias por todo, Diego. Sé que esto es mucho para ti también.
Salimos del departamento poco después de las siete. El campus no estaba lejos, solo a veinte minutos caminando, pero con Sofi todo tomaba más tiempo. La llevaba del hombro con una mano y con la otra cargaba su mochila y la mía. Ella caminaba despacio, confiando completamente en mí para guiarla entre la gente, las banquetas y los cruces.
Cuando llegamos a la facultad de Psicología, el lugar estaba lleno de estudiantes. El ruido, las voces y el bullicio parecían abrumar a Sofi. Se pegó más a mí y me habló con voz chiquita:
—Hay mucha gente… ¿verdad? No te separes de mí, por favor.
—No me voy a separar —le aseguré—. Vamos a ir juntos a todas las clases.
El primer día fue más de presentaciones y explicaciones generales. En cada salón yo le conseguía un lugar en la primera fila para que estuviera más cómoda y me sentaba a su lado. Cuando el profesor hablaba, yo le susurraba al oído lo más importante o le describía lo que veía en la pizarra. Sofi escuchaba con atención, tomando notas mentales. A veces me apretaba la mano debajo del pupitre cuando se ponía nerviosa.
En el descanso entre clases, nos sentamos en un banco del patio. Sofi se recargó un poco contra mi hombro y suspiró.
—Esto es real… estamos aquí —dijo con una sonrisa suave—. Aunque no pueda ver nada, siento que por fin estamos avanzando. Gracias por traerme, Diego. Sin ti no habría podido ni salir de la casa.
Le apreté la mano con cariño.
—Vamos a salir adelante, Sofi. Poco a poco.
El día fue largo. Entre clases, trámites de inscripción y adaptarnos al nuevo ambiente, terminamos exhaustos. Cuando por fin regresamos al departamento ya era tarde. El calor seguía pegando fuerte.
Al entrar, Sofi se dejó caer en el sillón y dijo con voz cansada pero contenta:
—Fue un buen primer día… pero ahora sí necesito un baño. ¿Me ayudas?
La llevé al baño. Mientras le quitaba la ropa para bañarla, no pude evitar recordar todo lo que había pasado la noche anterior. Mi mano en su nalga, los roces en la ducha, cómo me había tocado pensando en esa suavidad…
Esta vez, cuando nos metimos juntos a la regadera, Sofi volvió a recargarse contra mí con esa inocencia suya. Su trasero grande y suave presionó otra vez contra mi cuerpo. Yo intenté mantener la calma, pero sentía cómo mi pene empezaba a reaccionar de nuevo.
Mientras la enjabonaba, ella susurró:
—Diego… ¿estás bien? Te siento un poquito tenso hoy.
—Estoy bien —mentí—. Solo cansado del primer día.
Ella no insistió, pero se quedó recargada en mí un poco más de lo necesario, como si quisiera asegurarse de que yo seguía ahí para ella.
Al terminar el baño la sequé, le puse ropa cómoda y nos preparamos algo sencillo para cenar. Esa noche, cuando nos acostamos en la cama matrimonial, Sofi volvió a acomodarse dándome la espalda. El calor seguía siendo intenso, pero no protesté cuando ella empujó suavemente su trasero hacia mí, buscando contacto.
—Solo un poquito… —susurró—. Para dormir tranquila.
Yo dejé mi mano sobre su cintura, intentando no bajar más. Pero mientras ella se dormía, mi mente no dejaba de dar vueltas. El primer día de universidad había sido un éxito, pero la realidad de vivir juntos, cuidarla las 24 horas y controlar todo lo que sentía cada vez que la tocaba… se estaba volviendo más complicada de lo que había imaginado.
Los primeros días de universidad pasaron entre clases, adaptaciones y mucho apoyo mutuo. Sofi se estaba esforzando mucho por seguir el ritmo, y yo intentaba estar siempre a su lado. Pero en la tercera semana pasó algo que no esperaba.
Estábamos en el patio central durante el receso largo. Yo hablaba con una compañera de grupo llamada Ana, una chica extrovertida y amable que nos había ayudado con unos apuntes. Solo charlábamos sobre el siguiente examen y cómo se organizaban los trabajos en equipo. Ana reía de algo que dije y me tocó el brazo de forma casual preguntando si hacía ejercicio.
De pronto sentí que Sofi, que estaba sentada a mi lado, se tensaba. Me apretó la mano con fuerza (todo lo que sus yesos le permitían) y se acercó más a mí.
Cuando Ana se despidió y se fue, Sofi se quedó callada un momento. Luego habló bajito, con una vocecita que intentaba sonar casual pero dejaba ver su molestia:
—Esa chica… te tocó el brazo. ¿Verdad Te reías mucho con ella.
—Solo estábamos hablando de la clase, Sofi —respondí suavemente.
Ella bajó la cabeza y murmuró:
—Ya sé… pero no me gusta. No quiero que otras chicas se acerquen tanto a ti. Aquí todos piensan que somos novios, ¿sabes? Yo les dije que sí.
Me quedé sorprendido.
—¿Les dijiste que somos novios?
—Ajá… —admitió con tono tímido y algo avergonzado—. Una chica me preguntó si eras mi novio porque siempre estás conmigo y me ayudas en todo. Yo le dije que sí. Así nadie se acerca a ti de esa forma. ¿Estás enojado?
—No estoy enojado —le dije, acariciándole el pelo—. Solo me sorprendió. Pero entiendo por qué lo hiciste.
Sofi se recargó contra mi hombro y susurró:
—Es que tú no puedes tener novia en estos momentos, Diego. Eres lo único que tengo aquí. No quiero compartirte.
Su confesión me dejó un nudo en el estómago. Era tierna, inocente y peligrosa al mismo tiempo.
Esa noche, cuando regresamos al departamento, el calor seguía siendo intenso. Después de cenar algo ligero, Sofi me pidió el baño con voz bajita.
Mientras la desnudaba, ella habló de lo sucedido:
—Todavía estoy pensando en esa chica… Ana. No me gustó cómo te tocó. Me dio celos.
—Solo fue una conversación, hermanita.
—Lo sé… pero igual me molestó. —Hizo una pausa y luego hizo un puchero.
Nos metimos juntos a la regadera. El agua caliente empezó a caer. Yo la empecé a enjabonar, pero Sofi tenía otros planes, se recargó inmediatamente contra mí y comenzó a restregarse con fuerza. Movía su trasero grande y suave de lado a lado, frotándolo con insistencia contra mi pene, subiendo y bajando lentamente, apretando sus nalgas alrededor de mí. El jabón hacía que todo resbalara, y ella no paraba. Seguía moviéndose una y otra vez, presionando con más intensidad, como si realmente quisiera que lo sintiera todo.
—Esto es por portarte mal hoy… —susurró, con la voz nerviosa pero decidida—. Por dejar que te toque.
Sentí cómo mi pene se ponía completamente duro entre sus nalgas. La sensación era intensa y Sofi seguía restregándose sin parar, moviendo las caderas en círculos amplios y lentos, frotando todo su culo caliente y pesado contra mí durante un buen rato.
Intenté separarla suavemente de las caderas.
—Sofi… ya basta.
Pero ella regresó al instante, empujando su trasero con más fuerza contra mí.
—Este es mi castigo —dijo bajito, casi como una afirmación—. No te muevas.
Volví a intentar quitarla, sujetándola con un poco más de fuerza para crear distancia.
—Sofi, en serio…
Ella volvió a pegarse inmediatamente, restregándose con mayor intensidad, deslizando sus nalgas arriba y abajo sobre mi pene duro, apretando y soltando.
—Este es mi castigo, Diego —repitió, con la voz un poco más temblorosa—. Déjame castigarte.
Lo hizo una tercera vez. Ella sabía que eso me ponía muy nervioso, mi hermana sintiendo mi erección, me ponía en una situación incómoda. Cada vez que yo intentaba alejarla, ella regresaba con más determinación, frotando su culo grande y suave contra mí con movimientos más largos y deliberados. El agua y el jabón hacían que el roce fuera resbaladizo, caliente y casi insoportable. Mi pene palpitaba entre sus nalgas mientras ella seguía castigándome con su cuerpo, respirando más agitada pero sin detenerse.
Finalmente, sin poder aguantar más, la sujeté con fuerza de las caderas, inmovilizándola contra mí con un brazo alrededor de su cintura, y le di un azote firme en la nalga derecha. El sonido húmedo resonó fuerte en el baño.
Sofi soltó un gritito agudo de sorpresa total, como si no lo hubiera esperado en absoluto.
—¡Diego!
Antes de que pudiera reaccionar, le di varias nalgadas más, firmes y seguidas, alternando entre ambas nalgas. Cada golpe hacía que su carne suave rebotara y se pusiera más rosada. Sofi se tensó completamente, soltando pequeños gemidos de sorpresa y tratando de moverse, pero yo la mantenía firme contra mi cuerpo.
—Esto es por tener celos sin razón —le dije en voz baja y grave.
Ella respiraba agitada, con el cuerpo temblando ligeramente entre mis brazos. No se quejó ni me pidió que parara, solo se quedó ahí, recibiendo las nalgadas con la respiración entrecortada y el culo todavía presionado contra mí.
Cuando terminé de azotarla, la solté despacio. Sofi se quedó quieta un momento, todavía pegada a mí, con las nalgas calientes y sensibles. Continué lavándola en silencio. Al llegar a su sexo, pasé los dedos con cuidado para enjabonarla… y entonces lo noté. No toda el agua que corría entre sus piernas era de la regadera. Había un calor diferente, una humedad más espesa y resbaladiza que no provenía solo del agua. Sofi estaba mojada de verdad.
No dije nada. Solo terminé de enjuagarla con el corazón latiéndome fuerte.
Al salir de la regadera la sequé con cuidado. Le puse su playera holgada y los shorts cortos, y nos fuimos a la cama.
Esa noche, cuando nos acostamos, Sofi se acomodó dándome la espalda como siempre. Empujó su trasero hacia mí hasta que se pegó completamente, pero lo hizo más despacio, casi con timidez. No dijo nada sobre seguir el juego. Solo susurró:
—Pon tu mano en mi pierna… o donde quieras. Solo quiero sentir que estás aquí.
Dejé mi mano sobre su cintura. Ella se durmió antes que yo, pero yo me quedé despierto un buen rato, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío y pensando en lo que había descubierto al lavarla.
Sofi todavía era inocente. Estaba confundida por las sensaciones nuevas, pero no las buscaba con ansias. Solo estaba empezando a notar que algo dentro de ella reaccionaba diferente cuando la tocaba de esa forma… y eso, de alguna manera, lo hacía aún más peligroso.
Al día siguiente despertamos con el sol ya entrando por la ventana. Después de las rutinas matutinas, la ayudé a ir al baño y mientras platicambamos de tonterías, de pronto se detuvo un momento y preguntó con tono curioso y una risita bajita:
—Diego… ¿por qué te pones tan nervioso cuando te toco con mi trasero en la regadera? Se nota que te tensas todo. ¿Te da cosquillas o qué?
Su pregunta me tomó por sorpresa. Ella sonaba divertida, como si le pareciera un juego gracioso.
Suspiré y decidí ser honesto, aunque me costaba trabajo.
—Es que… los hombres tenemos reacciones involuntarias, Sofi. Aunque seas mi hermana, cuando algo suave y caliente como tu trasero me roza ahí… mi pene crece solo. No lo puedo controlar. Y me da mucha vergüenza tocarte con él pene erecto. Siento que estoy haciendo algo malo.
Sofi se quedó callada un segundo y luego soltó una risita suave, casi infantil.
—Ah… ¿por eso? —dijo, claramente divertida—. Qué chistoso. No sabía que era tan fácil hacerte reaccionar. Pero… lo entiendo. No te preocupes. A mí no me importa. De verdad. Ya te he sentido varias veces y no me molesta. Eres mi hermano y confío en ti.
Sus palabras me dejaron sin saber qué contestar. Ella lo decía con tanta naturalidad y ternura que me desarmaba. Terminó de ir al baño y el resto del día transcurrió con normalidad, aunque esa conversación se me quedó dando vueltas en la cabeza.
Al día siguiente, en la universidad, todo iba relativamente tranquilo hasta el receso de la tarde. Estábamos sentados en el patio cuando Ana se acercó otra vez. Esta vez fue más directa: sonrió mucho, me tocó el brazo varias veces mientras hablaba y hasta me dijo que le gustaba cómo explicaba las cosas en clase.
Sofi se tensó visiblemente a mi lado y me apretó la mano con fuerza, pero no dijo nada en el momento.
Cuando Ana se fue, Sofi murmuró bajito:
—Otra vez… siempre hace lo mismo.
No quise discutir en público, así que solo le apreté la mano de vuelta y seguimos con el día.
Esa noche, apenas entramos al departamento, Sofi ya tenía un tono diferente.
—Diego… necesito bañarme —dijo, pero su voz sonaba más firme que de costumbre.
En la regadera, el agua caliente empezó a caer. Sofi se pegó a mí desde el primer segundo. Esta vez no fue suave. Comenzó a restregarse con fuerza, moviendo su trasero grande y suave de forma deliberada y lenta. Primero lo presionó completamente contra mi pene, luego empezó a deslizarlo hacia arriba y hacia abajo, frotando sus nalgas calientes y resbaladizas por el jabón contra toda mi longitud. Cada movimiento era largo y consciente: apretaba, soltaba, giraba ligeramente las caderas, haciendo que su carne suave me envolviera y me rozara una y otra vez.
Sentí cómo mi pene se endurecía rápidamente, palpitando contra ella. Era una sensación increíblemente placentera: el calor, la suavidad pesada de su culo, la forma en que se movía con insistencia… una parte de mí quería cerrar los ojos y simplemente disfrutarlo. Pero otra parte, más fuerte, me gritaba que estaba mal. Era mi hermana. La misma Sofi que había cuidado desde el accidente, la que confiaba ciegamente en mí. Disfrutar de que me restregara así me hacía sentir sucio, culpable y excitado al mismo tiempo. Era una lucha interna constante.
—Esto es por portarte mal otra vez —susurró ella, sin dejar de moverse—. Por dejar que esa chica te toque y te sonría tanto.
Intenté separarla suavemente de las caderas.
—Sofi… ya basta.
Pero ella regresó al instante, empujando su trasero con más fuerza contra mí, frotándose con movimientos más largos y profundos, como si quisiera asegurarse de que lo sintiera todo.
—Este es mi castigo —dijo bajito, casi obstinada—. No te escapes.
Volví a intentar quitarla, sujetándola con un poco más de fuerza.
—Sofi, en serio…
Ella volvió a pegarse inmediatamente, restregándose con mayor intensidad. Sus nalgas subían y bajaban sobre mi pene erecto, apretándolo entre ellas, deslizándose con el jabón de forma casi obscena. Cada roce enviaba una ola de placer que me recorría la espalda. Me gustaba. Me gustaba demasiado. Y esa era precisamente la parte que más me avergonzaba.
Finalmente, sin poder aguantar más esa tortura deliciosa y prohibida, la sujeté con fuerza de las caderas, inmovilizándola contra mí con un brazo alrededor de su cintura, y le di un azote firme en la nalga derecha. El sonido húmedo resonó fuerte en el baño pequeño.
Sofi soltó un gritito agudo de sorpresa total.
—¡Diego!
Antes de que pudiera reaccionar, le di varias nalgadas más, firmes y seguidas, alternando entre ambas nalgas. Esta vez fueron más fuertes que la noche anterior. Cada golpe hacía que su carne suave rebotara y se pusiera rápidamente rosada. Sofi se tensó completamente, soltando pequeños gemidos de sorpresa y tratando de moverse, pero yo la mantenía firme contra mi cuerpo.
—Esto es por tener celos otra vez —le dije con la voz más grave, todavía sujetándola firmemente de las caderas.
Sofi respiraba agitada, con el cuerpo temblando ligeramente entre mis brazos. Sus nalgas estaban calientes y rosadas por los azotes. Esperaba que se quedara quieta, pero en lugar de eso giró un poco la cabeza hacia mí y protestó con esa vocecita tierna pero firme:
—No se vale, Diego… El castigo era para ti, no para mí. Tú eres el que se portó mal hoy.
Antes de que pudiera responder, ella volvió a moverse. Empujó su trasero hacia atrás con más decisión, restregando sus nalgas ahora calientes y sensibles contra mi pene erecto. El calor de la piel enrojecida por los azotes se sentía diferente, más intenso. Comenzó a deslizarse lentamente de arriba abajo, frotando toda la longitud de mi pene entre sus nalgas suaves y pesadas, apretando ligeramente al llegar al final de cada movimiento.
—Este sigue siendo mi castigo… —susurró, sin dejar de moverse—. Tú tienes que aguantarlo.
Sentía una mezcla abrumadora de placer y culpa. Cada roce era delicioso: la piel caliente de su culo contra su miembro sensible, el jabón haciendo que todo resbalara con facilidad, la forma en que sus nalgas se abrían y cerraban alrededor de él. Quería detenerla, pero su cuerpo no respondía. Se quedó quieto, respirando con dificultad, dejando que ella continuara.
Sofi siguió restregándose con movimientos más largos y deliberados. Subía despacio hasta que solo la punta de mi pene quedaba entre sus nalgas, luego bajaba con más presión, frotando todo su culo contra mí. A veces giraba las caderas en círculos pequeños, haciendo que sus nalgas masajearan mi pene de lado a lado. El calor de los azotes hacía que la sensación fuera aún más fuerte.
Yo cerré los ojos, luchando internamente. «Esto está mal… es mi hermana… no debería disfrutar esto». Pero el placer era demasiado intenso. Mi pene palpitaba entre sus nalgas, cada roce enviaba ondas de excitación que me recorrían todo el cuerpo. Me gustaba. Me gustaba demasiado. Y esa culpa solo hacía que todo se sintiera más prohibido y fuerte.
Sofi continuó así durante varios minutos más, moviéndose con una mezcla de inocencia y determinación, como si realmente creyera que ese era su derecho a castigarme. Sus movimientos se volvieron un poco más rápidos, más insistentes, frotando su culo caliente contra mí sin parar.
Al final, ella soltó un suspiro largo y se detuvo, todavía pegada a mí.
—Ya… ya te castigué suficiente —murmuró, con la voz un poco temblorosa.
Pero yo ya estaba al límite. La excitación acumulada, los roces prolongados, la culpa y el placer mezclado eran demasiado. Con la mano temblorosa y aprovechando que ella seguía de espaldas, me agarré el pene y empecé a masturbarme rápidamente, intentando ser lo más discreto posible. Solo necesitaba terminar. Solo unos segundos.
Sofi se quedó quieta, de espaldas a mí.
De pronto, con un gemido ahogado que intenté contener, me corrí. Chorros calientes de semen cayeron directamente sobre su culo, salpicando entre sus nalgas y sobre la piel enrojecida por los azotes. Parte del semen se deslizó lentamente por la curva de su trasero.
Sofi se sobresaltó ligeramente al sentir el líquido caliente sobre su piel.
—¿Qué es eso…? —preguntó con voz confundida y curiosa—. Siento algo caliente y espeso en mi trasero…
Me quedé congelado un segundo, con el corazón latiéndome a mil. Intentando sonar lo más normal posible, respondí:
—Se me cayó shampoo… en tu trasero. No te preocupes, yo lo limpio.
Con la mano todavía temblorosa, tomé un poco de agua y empecé a limpiarle el semen de las nalgas con cuidado, tratando de que no se diera cuenta de lo qué era realmente. Sofi se quedó quieta, dejando que la limpiara, aunque parecía un poco extrañada.
Ninguno de los dos dijo nada más durante el resto del baño.
Al salir de la regadera la sequé en silencio y le puse su ropa cómoda. Esa noche, cuando nos acostamos, Sofi se pegó a mí más de lo habitual, pero no mencionó nada de lo que había pasado. Yo, en cambio, me quedé despierto mucho tiempo, con la culpa pesándome en el pecho y la imagen de mi semen sobre su culo caliente todavía fresca en mi mente.
Pasaron un par de semanas “normales”, hasta que una noche me desperté de golpe porque Sofi empezó a moverse bruscamente a mi lado. Al principio pensé que era solo una pesadilla normal, pero de repente soltó un grito ahogado que me heló la sangre:
—¡Diego! ¡Diego, ¿¡Dónde estás!?
Su voz estaba llena de pánico puro. Se incorporó en la cama, con los ojos cerrados y las lágrimas ya corriendo por sus mejillas. Seguía gritando mi nombre una y otra vez, cada vez más desesperada:
—¡Diego! ¡No me dejes sola! ¡Diego, por favor!
Me senté rápido y la abracé fuerte, pero ella seguía atrapada en el sueño, temblando entre mis brazos.
—¡Diego! ¡No veo nada! ¡No hay nadie! ¡Diego!
Intenté despertarla con suavidad, acariciándole el pelo y hablándole al oído:
—Sofi, estoy aquí… estoy aquí, hermanita. Despierta.
Por fin abrió los ojos (aunque para ella no cambiara nada) y rompió a llorar con fuerza, enterrando la cara en mi pecho. Sus sollozos eran tan profundos que todo su cuerpo se sacudía.
—Diego… tuve un sueño horrible… —dijo entre lágrimas, casi sin poder hablar—. Soñé que conseguías novia… era Ana, la chica de la universidad. Te vi riéndote con ella, muy feliz. Y luego… luego me dejaste sola. Me dejaste en la oscuridad total. Yo gritaba tu nombre una y otra vez, pero nadie contestaba. Gritaba y gritaba… «¡Diego! ¡Diego!»… y solo había silencio. Después escuché la voz de Ana. Me dijo que ya no me ibas a cuidar más, que ahora estabas con ella y que yo estaba sola para siempre… sola en la oscuridad.
Sus lágrimas mojaban mi camiseta. La abracé más fuerte, sintiendo cómo mi propio pecho se apretaba de culpa y ternura al mismo tiempo. «¿Cómo puede soñar algo así? ¿Tanto miedo tiene de que la abandone?»
—Sofi… —murmuré, besándole la frente—. Eso nunca va a pasar. Fue solo una pesadilla.
Ella negó con la cabeza, todavía llorando.
—No… se sintió tan real. Me sentí tan sola… tan ciega y abandonada. Por favor, Diego… dime que no vas a buscar novia. Al menos mientras me estás cuidando. Prométemelo.
La miré, con el corazón latiéndome fuerte. Verla así, tan vulnerable y asustada, me rompía por dentro. Pero también me recordaba lo peligroso que se estaba volviendo todo esto.
—Te lo prometo, Sofi. No voy a tener novia. Por lo menos mientras esté cuidándote. No te voy a dejar sola.
Ella se quedó callada un momento, como si estuviera evaluando mis palabras. Luego susurró:
—No te creo del todo…
—Sofi, te lo juro. Te lo prometo de verdad.
Entonces ella levantó un poco la cara, todavía con lágrimas en las mejillas, y me dijo con esa vocecita tierna pero decidida:
—Entonces prométeme otra cosa. Si vuelves a sentir que alguien coquetea contigo… si sientó aunque sea un poquito de coqueteo, me dejas castigarte. Como en la regadera. Sin escaparte. ¿Lo prometes?
Tragué saliva. Sabía exactamente a qué se refería. Mi mente volvió a los roces calientes de la noche en la que me corrí en su trasero sin que supiera y sentí una punzada de culpa mezclada con algo que no quería nombrar.
—Está bien… te lo prometo —dije a regañadientes.
Ella sonrió débilmente entre las lágrimas, pero yo no terminé ahí.
—Pero eso no es justo —añadí—. Si tú tienes celos de loca, también te voy a castigar yo. ¿Estamos de acuerdo?
Sofi se mordió el labio, pensando. Al final asintió despacio.
—Estamos de acuerdo.
Los dos sellamos esa especie de pacto extraño con un abrazo largo. Yo sentía que acababa de aceptar algo que iba a complicar mucho más las cosas… pero en ese momento solo quería que ella dejara de llorar.
Pasaron unos días. La rutina seguía igual: clases, ayuda constante, duchas compartidas. Pero el pacto estaba ahí, flotando entre nosotros.
Una tarde, en el patio de la universidad, Ana se acercó otra vez. Esta vez bromeamos juntos sobre un profesor que siempre llegaba tarde. Ana se rio fuerte y me dio un empujoncito juguetón en el hombro. Yo respondí con una broma y los dos nos reímos. Sofi, sentada a mi lado, se quedó callada. Sentí cómo su mano se tensaba en la mía.
Cuando Ana se fue, Sofi no dijo nada… pero supe que esa noche habría consecuencias.
Y las hubo.
Esa misma noche, apenas cerramos la puerta del departamento, Sofi habló con voz baja pero firme:
—Diego… necesito bañarme. Y hoy… hoy me vas a dejar castigarte como prometiste.
En la regadera el ambiente estaba cargado. El agua cayó caliente sobre nosotros y Sofi se pegó a mí, pero todavía no aplicaba la intensidad de su castigo, esperó a que la enjabonara. Una vez enjabonada empezó a restregarse con fuerza desde el primer segundo. Sus nalgas grandes y suaves se deslizaban arriba y abajo sobre mi pene, apretándolo entre ellas, girando las caderas con movimientos lentos y deliberados. Cada roce era más intenso que la vez anterior: subía despacio, luego bajaba con presión, frotando toda su carne caliente contra mí.
Intenté separarla una sola vez por instinto.
—Sofi…
Ella regresó inmediatamente, restregándose con más fuerza.
—No. Prometiste que me dejarías. Si no cumples, no voy a confiar en ti nunca más.
Esa frase me golpeó fuerte. Me quedé quieto, respirando agitado. «Esto está mal… muy mal… pero si me muevo ahora, va a pensar que la estoy abandonando como en su sueño». La culpa me quemaba por dentro, pero el placer era demasiado. Dejé que continuara.
Sofi siguió castigándome sin piedad. Sus nalgas subían y bajaban, apretaban y soltaban, frotaban toda mi longitud erecta una y otra vez. El jabón hacía que todo resbalara de forma casi insoportable. Yo sentía cada centímetro de su culo caliente contra mí, cada movimiento, cada presión. Mi pene palpitaba entre sus nalgas, cada vez más duro, cada vez más cerca.
No usé las manos. Solo me quedé ahí, dejando que ella me castigara. El placer crecía sin control. Sentía cómo mis bolas se tensaban, cómo el orgasmo se acercaba solo con los roces de su trasero.
Sofi seguía moviéndose, más rápido ahora, más insistente, como si supiera que me estaba llevando al límite.
—Esto es por portarte mal otra vez —susurró ella, sin dejar de moverse—. Por dejar que esa chica te toque y te sonría tanto.
Intenté separarla suavemente de las caderas.
—Sofi… ya basta.
Pero ella regresó al instante, empujando su trasero con más fuerza contra mí.
—No. Este es mi castigo —dijo bajito, casi obstinada—. No te escapes.
Volví a intentar quitarla, sujetándola con un poco más de fuerza.
—Sofi, en serio…
Ella volvió a pegarse inmediatamente, restregándose con mayor intensidad. Sus nalgas subían y bajaban sobre mi pene erecto, apretándolo entre ellas, deslizándose con el jabón de forma que desde mi perspectiva era muy erotico. Cada roce enviaba una ola de placer que me recorría la espalda.
De pronto soltó una risita nerviosa pero juguetona y preguntó:
—No te da vergüenza, ¿verdad? Tocar con tu pene el trasero de tu propia hermana… ¿No te da vergüenza tener una erección tan dura solo porque te estoy restregando?
Sus palabras me golpearon directo. Sentí cómo la culpa me subía por el pecho. «Sí me da vergüenza… me da una vergüenza horrible. Sé que esto le duele, sé que tiene miedo de que la abandone como en su sueño. Sé que cada vez que me excito así estoy traicionando la confianza que tiene en mí… pero Dios, se siente tan bien». El placer era demasiado real, demasiado caliente, demasiado prohibido.
—Sí me da vergüenza —admití con la voz ronca, todavía dejando que siguiera moviéndose—. Me da mucha vergüenza, Sofi. Pero estoy intentando superarla… por ti. Porque sé que necesitas sentir que estoy aquí.
Ella soltó una risita suave, casi satisfecha, y siguió castigándome sin piedad. Sus nalgas subían y bajaban más rápido, apretando y soltando, girando en círculos pequeños que hacían que mi pene se deslizara entre ellas de forma casi perfecta. El jabón y el agua lo hacían todo resbaladizo y caliente.
—Pues entonces aguántalo —susurró ella, moviéndose con más fuerza—. Este es tu castigo.
Sentí cómo mis bolas se tensaban. El placer crecía sin control. No usé las manos. Solo me quedé ahí, dejando que ella me castigara con su culo. Cada movimiento largo y deliberado me llevaba más cerca del límite. Mi pene palpitaba entre sus nalgas, cada roce era más intenso que el anterior.
Al final no pude más. Con un gemido ahogado que intenté contener, me corrí con fuerza. Chorros gruesos y calientes de semen salieron disparados, cayendo directamente sobre sus nalgas y entre ellas. Sentí cómo salpicaba su piel enrojecida por los azotes, cómo se deslizaba lentamente por la curva de su culo grande y suave, dejando hilos espesos y brillantes.
Sofi se sobresaltó ligeramente al sentir el líquido caliente y pegajoso.
—¿Qué es eso otra ve…?
Rápidamente la interrumpí, con la voz todavía ronca y el corazón latiéndome a mil:
—Ahora es mi turno de castigarte a ti.
La sujeté con fuerza de las caderas y la giré un poco para tener mejor acceso. Mis ojos bajaron inevitablemente a su trasero: todavía se veía mi semen blanco y espeso brillando sobre sus nalgas rosadas por los azotes. Ver mi propia corrida sobre la piel de mi hermana me provocó una punzada fuerte de excitación prohibida, aunque sabía perfectamente que no debía. «Esto está mal… muy mal… pero se ve tan…». No terminé el pensamiento.
Con la mano derecha empecé a restregar mi semen sobre toda su nalga derecha, extendiéndolo en círculos lentos y deliberados, cubriendo su piel caliente y sensible con mi corrida. Luego hice lo mismo en la izquierda, esparciendo el líquido espeso por toda su carne suave y enrojecida, haciendo que brillara aún más bajo la luz del baño.
Le di el primer azote firme y sonoro justo encima de donde acababa de untar mi semen. El golpe resonó fuerte en el baño y mi semen se esparció aún más con el impacto, deslizándose entre sus nalgas.
—Admite que te portaste mal —le dije, con la voz grave.
Otro azote, más fuerte, en la nalga izquierda, haciendo que el semen se extendiera y goteara ligeramente.
—Dilo, Sofi. Admite que esos no son celos normales.
Ella soltó un gemidito de sorpresa y se tensó, pero no se apartó.
—Yo… yo solo…
Otro azote, esta vez en la nalga derecha otra vez, dejando la mano un segundo más sobre su piel caliente y pegajosa por mi semen. Sentí cómo mi corrida se pegaba a mi palma mientras la azotaba.
—Admite que te portaste mal. Que tus celos son de loca. Dilo.
Sofi respiraba agitada, con el cuerpo temblando ligeramente. Sus nalgas ya estaban rosadas, calientes y brillantes por la mezcla de agua, jabón y mi semen.
—Está bien… me porté mal —murmuró, con la voz entrecortada—. Mis celos… son de loca. No debería ponerme así.
Le di dos azotes más, alternando, sintiendo cómo su carne suave rebotaba bajo mi mano y cómo mi semen se extendía con cada golpe, haciendo que su piel brillara obscenamente.
—Más fuerte. Quiero escucharte decirlo bien.
—Mis celos son de loca… —repitió ella, casi gimiendo las palabras—. Me porté mal… no debería tener celos así.
La sujeté más firme y le di otra serie de azotes, más lentos y deliberados, haciendo que cada golpe se sintiera profundamente. Sus nalgas se sacudían con cada impacto, y el semen que yo mismo había restregado se deslizaba y se esparcía con cada azote. Ella soltaba pequeños gemidos de sorpresa y algo más que no supe identificar del todo. Ver mi propia corrida brillando sobre su culo mientras la castigaba me encendía de una forma que sabía que no debía permitirme. La culpa me quemaba, pero no podía dejar de mirar.
—Bien… así —le dije, todavía con la voz grave—. Y la próxima vez que sientas celos de loca, vas a acordarte de esto.
Sofi asintió con la cabeza, respirando muy agitada.
—Sí… me voy a acordar.
La solté despacio. Ella se quedó quieta, todavía pegada a mí, con las nalgas calientes, sensibles y cubiertas de mi semen. Ninguno de los dos mencionó nada más.
Terminé de enjuagarla en silencio, con la culpa y el placer todavía latiendo fuerte dentro de mí. ¿Qué estoy haciendo? ¿Hasta dónde vamos a llegar con esto?
Día siguiente
A la mañana siguiente no hubo ninguna interacción con Ana en la universidad. El día transcurrió tranquilo: clases, apuntes susurrados al oído de Sofi, caminatas de la mano y nada más. Ella parecía más callada que de costumbre, pero cada vez que yo la tocaba para guiarla sentía que se pegaba un poquito más de lo necesario.
Cuando llegamos al departamento y nos metimos al baño para bañarnos, Sofi estaba especialmente tímida. El agua caliente empezó a caer. Ella se recargó contra mí como siempre, pero esta vez no fue con la fuerza de un castigo. Fue más suave, casi vacilante. Su trasero grande y suave rozó primero mi muslo, luego subió despacio hasta que sus nalgas se acomodaron contra mi pene. No se movía con insistencia, solo se quedaba ahí, presionando ligeramente, como si estuviera probando.
—Diego… —susurró con voz bajita y avergonzada—. ¿Puedo… quedarme así un ratito?
No esperó respuesta. Empezó a moverse muy despacio, apenas un balanceo casi imperceptible, frotando su culo caliente contra mí con una timidez que me desarmaba. Cada pequeño movimiento hacía que sus nalgas se deslizaran suavemente sobre mi pene, que comenzó a endurecerse sin que yo pudiera evitarlo. Sentía el peso de su carne suave, la curva perfecta de su trasero, el calor que emanaba de su piel.
«Esto está mal… está muy mal», pensaba yo, cerrando los ojos con fuerza. «Es mi hermana. La estoy cuidando porque no puede ver, porque depende de mí… y aquí estoy, excitándome porque ella se restriega contra mí como si nada». La culpa me apretaba el pecho, pero el placer era real, caliente y adictivo. Mi pene ya estaba completamente duro y ella lo sentía, pero no se apartaba. Al contrario, dio un pequeño suspiro y presionó un poquito más, como si el contacto la tranquilizara.
—Se siente…—murmuró casi para sí misma.
Yo no dije nada. Solo me quedé quieto, respirando agitado, dejando que ella buscara ese contacto tímido mientras el agua caía sobre nosotros. El baño duró más de lo normal, pero ninguno de los dos comentó nada.
Esa noche, después de cenar y terminar las tareas, nos acostamos en la cama matrimonial. El calor seguía siendo intenso, así que solo teníamos la sábana ligera encima. Sofi se acomodó dándome la espalda, como siempre. Yo intentaba relajarme cuando, sin pensar, mencioné algo casual:
—Hoy Ana me preguntó si podíamos repasar juntos el tema de la próxima clase… parece que le cuesta un poco.
Sofi se tensó al instante. Su cuerpo entero se puso rígido contra el mío.
—¿Otra vez Ana? —preguntó con voz baja, pero claramente enojada—. ¿Por qué siempre tienes que hablar de ella?
—No es nada, Sofi. Solo fue un comentario.
Ella se quedó callada unos segundos. Luego, con esa vocecita que mezclaba enojo y timidez, dijo:
—Entonces… también te puedo castigar en la cama. No solo en la regadera. Lo prometiste.
Antes de que pudiera responder, Sofi empujó su trasero hacia atrás y empezó a restregarse contra mí por encima de la ropa. Sus shorts cortos y mi pantalón de pijama eran lo único que separaba su culo grande y suave de mi pene. Se movía despacio al principio, frotando sus nalgas contra mí con movimientos circulares, presionando y soltando. Sentía perfectamente el calor de su carne a través de la tela.
—Sofi… —intenté detenerla.
—Shh. Prometiste que me dejarías castigarte cuando tuviera celos —susurró ella, sin dejar de moverse.
Después de unos minutos el roce se volvió más intenso. Sofi apretaba más fuerte, subía y bajaba su culo contra mí, frotando todo su trasero sobre mi pene, que ya estaba completamente duro. La tela de su short se le había subido un poco y sentía la piel caliente de sus nalgas rozando directamente contra mi pantalón.
Yo respiraba agitado, con la culpa comiéndome vivo. «Esto no está bien… estamos en la cama, sin agua, sin jabón… solo ella y yo… y yo estoy disfrutando que mi hermana se restriegue contra mí». El placer era demasiado real, demasiado prohibido.
De pronto recobré la conciencia. Me incorporé de golpe y me senté en el borde de la cama.
—Sofi, esto no está bien —dije con voz entrecortada—. No podemos seguir así.
Ella se quedó quieta un segundo. Luego, con voz temblorosa pero decidida, me recordó:
—Tú lo prometiste. Dijiste que cada vez que yo sintiera celos me dejarías castigarte. Si no cumples… ¿Cómo voy a confiar en ti otra vez?
Sus palabras me golpearon fuerte. Me quedé callado, con el corazón latiéndome a mil. Finalmente, suspiré y volví a acostarme detrás de ella.
—Está bien… —murmuré resignado.
Sofi no perdió tiempo. Se giró un poco hacia mí y susurró:
—Entonces… quítame los shorts y las bragas. Y tú también bájate los pantalones y el bóxer. Es parte del castigo. Piel con piel.
Me quedé helado.
—Sofi… no. Eso ya es demasiado.
Ella se dio la vuelta completamente hacia mí, aunque no podía verme, y me habló con esa vocecita suave pero firme:
—Lo prometiste. Si no lo haces… voy a pensar que no te importa mi confianza. Que todo es mentira.
La culpa me apretó el pecho. Sabía que estaba cruzando una línea enorme, pero también sabía que si me negaba ahora, la herida de su sueño y su miedo a ser abandonada se haría más grande.
Con las manos temblorosas, me acerqué. Primero le bajé los shorts cortos muy despacio. La tela se deslizó por sus caderas anchas, dejando al descubierto sus nalgas grandes y suaves. Luego enganché los dedos en la cintura de sus bragas blancas básicas y las bajé también, centímetro a centímetro. Sentí cómo la tela se pegaba un poco a su piel caliente y cómo sus nalgas se liberaban pesadamente, redondas y perfectas. Las bragas quedaron enrolladas en sus muslos. Su culo quedó completamente desnudo frente a mí, cálido y expuesto.
Luego me bajé yo. Me quité el pantalón de pijama y el bóxer de un solo movimiento. Mi pene ya estaba completamente duro y apuntaba hacia arriba.
Sofi se acomodó de nuevo dándome la espalda y empujó su culo desnudo contra mí. Esta vez no había ninguna tela. Piel con piel. Sus nalgas calientes y suaves envolvieron mi pene erecto por completo. Empezó a restregarse lentamente, subiendo y bajando, frotando toda su carne contra mi longitud dura. Sentía cada detalle: la suavidad de su piel, el calor que emanaba de ella, la forma en que sus nalgas se abrían y cerraban alrededor de mi pene con cada movimiento.
—Así… —susurró ella, moviéndose con más confianza—. Este es el castigo de verdad.
Sus movimientos se volvieron más largos y deliberados. Subía despacio hasta que solo la cabeza de mi pene quedaba atrapada entre sus nalgas, luego bajaba con presión, deslizando todo su culo caliente sobre mí. A veces giraba las caderas en círculos pequeños, haciendo que mis bolas rozaran contra su piel suave. El roce era directo, resbaladizo por el calor natural de su cuerpo, y cada vez más intenso.
Yo respiraba agitado, con la culpa y el placer luchando dentro de mí. «Esto es demasiado… es mi hermana… estoy sintiendo su culo desnudo contra mi pene y no puedo parar». Pero no me moví. Me quedé ahí, dejando que ella continuara su castigo, sintiendo cada roce, cada presión, cada vez que sus nalgas me envolvían por completo.
Sofi siguió así durante un buen rato, moviéndose más rápido, más insistente, frotando su culo desnudo contra mí sin parar. Sus nalgas grandes y suaves me masajeaban entero, subiendo y bajando, apretando y soltando.
Yo estaba al límite, temblando, luchando con todas mis fuerzas para no correrme solo con el roce de su piel.
Sofi siguió así durante un buen rato, moviéndose más rápido, más insistente, frotando su culo desnudo contra mí sin parar. Sus nalgas grandes y suaves subían y bajaban con un ritmo lento pero constante, apretando mi pene erecto entre ellas, deslizándolo de arriba abajo como si quisiera que sintiera cada centímetro de su piel caliente. El roce era directo, sin ninguna tela, solo carne contra carne. Cada vez que bajaba, sentía cómo mis bolas rozaban contra la parte baja de su culo y cómo su piel suave me envolvía por completo.
Yo respiraba agitado, con la mente hecha un torbellino. «Esto no está bien… estamos en la cama, solos, sin agua, sin excusas… si me corro ahora no podré echarle la culpa al shampoo ni limpiarlo rápido. Va a sentirlo todo, va a saber exactamente qué es… y yo no voy a poder negarlo». La culpa me apretaba el pecho como una mano de hierro, pero el placer era más fuerte. Su culo caliente, pesado y suave me estaba volviendo loco. Cada roce me hacía temblar.
Y entonces el placer ganó.
Empecé a mover mis caderas yo también. Al principio fueron movimientos pequeños, casi involuntarios, pero pronto se volvieron más claros: empujaba hacia adelante cuando ella bajaba, frotando mi pene con más fuerza entre sus nalgas. Mis manos subieron solas y agarré una de sus nalgas con fuerza, no para apartarla, sino para apretarla contra mí, para sentirla mejor, para hundir mis dedos en esa carne suave y caliente mientras seguía moviéndome contra ella.
Sofi soltó un suspiro sorprendido, pero no se quejó. Al contrario, empujó su culo más fuerte contra mi mano, como si le gustara que la agarrara así.
Yo ya no pensaba. Solo sentía. Mis caderas se movían más rápido, follándome literalmente el espacio entre sus nalgas, deslizando mi pene duro y palpitante contra su piel suave y caliente. El placer se acumulaba en la base de mi columna, subiendo cada vez más.
—Sofi… —gemí entre dientes, sin poder contenerme.
Y entonces llegó.
El orgasmo me golpeó con fuerza. Mi pene se contrajo violentamente y empecé a eyacular entre sus nalgas. Chorros gruesos, calientes y abundantes salieron disparados, salpicando directamente sobre su piel enrojecida. Sentí cómo el primer chorro caía pesado sobre la parte alta de su nalga derecha, luego otro más abajo, y otro entre sus nalgas. El semen caliente y espeso cubría su culo, brillando bajo la poca luz que entraba por la ventana. Seguí corriéndome varios segundos más, cada contracción enviando más líquido sobre su piel suave.
Sofi se quedó completamente quieta al sentir el calor pegajoso.
—¿Qué… qué es eso? —preguntó con voz temblorosa y confundida—. Siento algo caliente y espeso otra vez… en mi trasero… ¿Diego?
Me puse nervioso al instante. Mi corazón latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho. No tenía agua, no tenía toalla cerca, no podía limpiarlo rápido como en la regadera. Esta vez era imposible negarlo.
No supe qué decir. Pero entonces recordé todas las veces que la había limpiado, todas las veces que mis dedos habían rozado su vagina cuando la ayudaba en el baño. Sin pensarlo demasiado, bajé la mano y toqué su sexo con dos dedos. Estaba empapada. No solo mojada… estaba chorreando. Su excitación era espesa, caliente y abundante. Recogí un poco de ese líquido con las yemas de mis dedos y lo levanté.
Sofi dio un pequeño respingo de sorpresa.
—Diego… ¿qué haces?
Sin decir nada, acerqué los dos dedos a su nariz para que pudiera olerlo. El aroma dulce y almizclado de su propia excitación llenó el espacio entre nosotros. Luego, lentamente, embarré ese líquido espeso sobre su nalga derecha, mezclándolo con mi semen que todavía resbalaba por su piel.
—No preguntes —le dije con la voz ronca y baja, todavía respirando agitado—. Es algo que generaste tú. Por eso sentía que estábamos llegando muy lejos. Como puedes ver… tú también reaccionaste.
Sofi se quedó callada un momento, procesando lo que acababa de pasar. Su respiración seguía acelerada. Sentí cómo su cuerpo temblaba ligeramente contra el mío, pero no se apartó. Solo murmuró muy bajito:
—Yo… yo no sabía que me estaba pasando eso…—Sofia no era tonta, probablemente si sabía lo que podía pasar, pero no midió las consecuencias.
Ninguno de los dos dijo nada más durante un buen rato. El semen y su propia humedad seguían mezclados sobre su culo desnudo, y yo seguía con la mano apoyada en su nalga, sin poder creer lo que acababa de hacer.
La culpa me estaba devorando vivo… pero el placer todavía latía fuerte en mi cuerpo.
Sofi se quedó quieta durante varios segundos, respirando agitada. Sentía perfectamente el calor pegajoso de mi semen sobre sus nalgas y cómo se mezclaba con su propia humedad. Su cuerpo temblaba ligeramente contra el mío.
—Diego… —susurró al fin, con la voz pequeña y temblorosa—. Eso que soltaste… es tuyo, ¿verdad? Lo sentí caliente y espeso… y ahora está por todo mi trasero.
No supe qué contestar. La vergüenza me quemaba la cara. Ella continuó, casi como si estuviera hablando sola:
—Y yo… yo también solté algo. Lo sentí cuando me tocaste. Estaba muy mojada… ¿que hicimos? No entiendo por qué pasó eso… —Sofia estaba reflexionando profundamente derivado de la situación.
Se movió un poco, incómoda, y eso hizo que más semen se deslizara entre sus nalgas.
—Está… está corriendo. Siento cómo baja. Diego… esto es muy vergonzoso.
Me incorporé despacio, todavía con el corazón latiéndome fuerte.
—Ven, vamos al baño a limpiarnos —dije con voz ronca.
La ayudé a levantarse de la cama. Sofi se puso de pie con las piernas un poco temblorosas. Sus shorts y bragas seguían bajados a la altura de los muslos, y mi semen seguía visible sobre su culo grande y redondo, brillando bajo la luz tenue de la habitación. La guié del hombro hasta el baño, sintiendo cómo mi propia culpa crecía con cada paso.
Una vez dentro, encendí la luz y abrí la regadera. El agua empezó a caer. Sofi se quedó parada frente a mí, todavía desnuda de la cintura para abajo, con las mejillas muy rojas.
—Límpame… por favor —pidió bajito, casi suplicante—. Siento todo eso pegajoso en mi piel… y también lo mío. Me da mucha vergüenza.
La metí bajo el agua caliente. Me puse detrás de ella y empecé a lavarla con cuidado. Primero le pasé las manos por las nalgas, limpiando mi semen que aún resbalaba por su piel. Mis dedos se deslizaban sobre la carne suave y caliente, extendiendo el líquido antes de que el agua se lo llevara. Cada vez que tocaba donde había eyaculado, sentía una nueva oleada de culpa.
«Acabo de correrme sobre el culo de mi hermana… y ahora la estoy limpiando como si nada. ¿Qué clase de hermano soy?»
Sofi respiraba agitada mientras yo la lavaba. Cuando mis dedos bajaron un poco más, rozando cerca de su sexo para limpiar también su propia humedad, ella dio un pequeño respingo.
—Ahí también… —susurró, con la voz avergonzada—. Siento que estoy muy sucia. ¿Por qué me pasó eso? no se suponía que yo me sintiera así.
No supe qué responderle. Solo seguí lavándola con cuidado, pasando los dedos suavemente por sus pliegues húmedos para quitar los restos de su excitación. Ella se tensó, pero no se apartó. Al contrario, separó un poquito las piernas para que pudiera limpiarla mejor.
Terminé de enjuagarla con cuidado, asegurándome de que no quedara nada. Luego me lavé yo rápidamente, todavía con el pene medio duro y la mente hecha un lío.
Cuando salimos de la regadera, la sequé con la toalla grande, frotando suavemente sus nalgas y sus muslos. Sofi se quedó callada un momento, luego habló con voz muy bajita:
—Diego… ¿Estamos haciendo algo malo? De pronto me llego la culpa.
La abracé por detrás, todavía envuelta en la toalla, y le besé la coronilla.
—No lo se, Sofi. Solo… estamos en una situación muy extraña. Todo esto es nuevo para los dos.
Ella se recargó contra mí y susurró:
—Pero me da miedo que esto nos cambie. No quiero que dejes de cuidarme… pero tampoco quiero que te sientas mal por mi culpa.
La llevé de vuelta a la cama. Esta vez le puse los shorts y la playera con cuidado. Nos acostamos de nuevo y Sofi se pegó a mí, pero más despacio, como si estuviera pensando en todo lo que había pasado.
—Prométeme que mañana no vas a estar raro conmigo —pidió en voz muy bajita.
—Te lo prometo —respondí, aunque por dentro sabía que cada vez me costaba más cumplir mis propias promesas.
Ella se durmió antes que yo. Yo me quedé despierto un buen rato, con la mano sobre su cintura y la imagen de mi semen mezclado con sus fluidos brillando sobre su culo todavía fresca en la mente. La culpa era pesada… pero el recuerdo del placer seguía latiendo, caliente y peligroso.
Después de esa noche todo se calmó un poco. Durante varios días no hubo castigos fuertes ni roces intensos. Sofi seguía pegándose a mí en la cama y en la regadera, pero lo hacía más suave, casi con timidez. Yo intentaba mantener la distancia emocional, aunque mi cuerpo ya no cooperaba del todo. Cada vez que sentía su culo rozarme, la culpa me golpeaba fuerte, pero también había una parte de mí que esperaba ese contacto en silencio. No hablábamos de lo que había pasado. Era como si los dos hubiéramos decidido fingir que todo seguía “normal”.
Llegó el día de retirar los yesos….
Capítulo 3
Fuimos al hospital de la ciudad. La doctora fue muy amable conmigo, me felicitó por cómo había cuidado a Sofi y hasta bromeó diciendo que yo era “el mejor hermano del mundo”. No les voy a mentir, la Doctora era una chica joven muy guapa y sí parecía que me estaba coqueteando. Reímos un par de veces. Incluso cuando nos despedimos, anotó su número y me dijo que la llamara para cualquier tema. Es una doctora supongo que es normal pero Sofi no dijo nada en ese momento, pero noté cómo se tensaba.
Cuando volvimos del hospital al departamento, el ambiente se sentía extraño. Sofi ya no tenía los yesos, pero caminaba con cuidado, como si todavía no confiara del todo en su propio cuerpo. Apenas cerramos la puerta, se quedó parada en la sala y me dijo con voz bajita:
Diego… ¿me puedes bañar? Como siempre.
Me detuve en seco. Sabía que este momento llegaría, pero no esperaba que fuera tan pronto.
Sofi… ya te quitaron los yesos —respondí con suavidad—. Ya puedes bañarte sola. Solo tienes que tener cuidado para no resbalarte.
Ella bajó la cabeza, visiblemente incómoda.
Lo sé… pero… todavía me da miedo. No veo nada. Si me caigo, no voy a poder levantarme sola. ¿Puedes al menos llevarme al baño y quedarte ahí? Solo para vigilar que no me pase nada. No tienes que meterte conmigo si no quieres.
Sus palabras me desarmaron. La vulnerabilidad en su voz era real. Suspiré y acepté.
Está bien. Te llevo y me quedo vigilando. Pero vas a bañarte tú sola.
La guié hasta el baño. Abrí la regadera y ajusté el agua a la temperatura que a ella le gustaba. Sofi se quitó la ropa con movimientos todavía un poco torpes y se metió bajo el agua. Yo me quedé fuera de la regadera, completamente vestido, apoyado en la pared, vigilando.
Durante los primeros minutos todo estuvo en silencio. Solo se escuchaba el agua cayendo. Pero entonces Sofi se giró hacia la mampara de vidrio y empezó a restregarse. Su culo grande y redondo se apretó contra el cristal, dejando una marca húmeda y empañada. La carne suave y bronceada se aplastaba contra la superficie fría, deformándose ligeramente con cada movimiento. Se veía pesado, redondo y perfecto, con el agua corriendo por la curva de sus nalgas y dejando rastros brillantes.
Hoy te portaste mal —susurró con voz baja pero firme—. Le hablaste muy bonito a la doctora… le sonreíste mucho.
Intenté mantenerme firme.
Sofi, solo fue una conversación…
No —dijo ella. Abrió la puerta de la regadera y se pegó completamente a mí. Su cuerpo mojado y desnudo se apretó contra mi ropa. Sentí el calor de su piel a través de la tela de mi camisa y pantalón. Su culo grande y caliente presionó contra mi entrepierna mientras el agua de su cuerpo me mojaba.
Prometiste que me dejarías castigarte —susurró, y empezó a restregarse contra mí con intención clara, moviendo su trasero arriba y abajo contra mi pene, que ya comenzaba a endurecerse bajo la ropa.
Este es tu castigo.
Después de varios minutos de ese roce insistente, Sofi se detuvo un poco, todavía pegada a mí, y susurró:
Ahora… ¿me puedes bañar? Como antes.
Sofi… ya te quitaron los yesos. Ya puedes bañarte sola —repetí.
Ella se quedó callada un segundo. Luego habló con una vocecita muy baja, casi vulnerable:
Sé que puedo… pero no quiero. Este momento… en el baño… es lo que más espero todos los días. No veo nada, Diego. Todo el día estoy en la oscuridad. Solo siento cosas vagas. Pero cuando tú me tocas… cuando me lavas… siento mi propio cuerpo. Siento que estoy aquí. Que no estoy sola. ¿Puedes seguir haciéndolo? Por favor…
Sus palabras me desarmaron por completo. Suspiré y acepté.
Está bien… te voy a bañar.
Empecé a enjabonarla despacio desde fuera de la regadera, pasando las manos por su espalda y sus nalgas. Sofi se recargó contra mí y dejó escapar un suspiro suave cuando mis dedos pasaron cerca de su sexo.
Pero eso no es como antes… —murmuró de pronto—. Métete conmigo.
Me quedé quieto un segundo. La culpa y el deseo luchaban dentro de mí. Finalmente, sin decir nada, me quité la ropa mojada y me metí a la regadera con ella.
Apenas estuve dentro, Sofi se pegó a mí completamente. Su cuerpo desnudo y mojado se apretó contra el mío. Empezó a restregarse de nuevo, esta vez piel con piel, moviendo su culo grande y suave contra mi pene ya duro.
Este sigue siendo tu castigo… —susurró, mientras giraba las caderas y frotaba sus nalgas contra mí con más presión.
Yo la sujeté de las caderas y empecé a enjabonarla de verdad. Mis manos recorrieron su espalda, bajaron por su cintura y llegaron a sus nalgas. Las lavé con cuidado, sintiendo la suavidad de su piel. Sofi se recargó contra mí y dejó escapar un gemido suave cuando mis dedos pasaron cerca de su sexo.
La escena se volvió cada vez más intensa. El agua caía sobre nosotros mientras yo la lavaba y ella seguía restregándose contra mí, como si no quisiera que el contacto terminara nunca.
Cuando terminé con ella, Sofi se giró un poco y me pidió con voz tímida:
Ahora… déjame bañarte a ti.
Sofi… no creo que sea buena idea.
Por favor. Tú siempre me cuidas. Quiero sentir que yo también puedo hacer algo por ti.
Me quedé callado. Ella interpretó mi silencio como un sí. Puso sus manos en mi pecho y empezó a tocarme. Me pidió jabón. Se lo di. Sus manos, todavía un poco torpes después de los yesos, empezaron a recorrer mi cuerpo.
Primero me lavó el pecho y los hombros con movimientos suaves y circulares. Luego bajó por mi abdomen, enjabonando cada músculo con cuidado. Pero pronto sus manos regresaron al mismo lugar: agarró mi pene con las dos manos y empezó a lavarlo con mucha atención. Sus dedos se deslizaron por toda la longitud, subiendo y bajando lentamente, explorando cada detalle. Sentí cómo lo rodeaba, cómo lo apretaba suavemente, cómo pasaba el pulgar por la cabeza con curiosidad.
Después bajó más y empezó a lavar mis bolas, sosteniéndolas con delicadeza, acariciándolas con las yemas de los dedos mientras el jabón hacía que todo resbalara.
Se siente… grande —susurró con voz curiosa y un poco sorprendida—. Es más grueso de lo que imaginaba. Y está muy caliente… y duro. ¿Siempre se pone así cuando me tocas?
No supe qué contestar. Mi respiración se aceleró. Ella siguió lavándolo con más detalle, moviendo las manos arriba y abajo por mi pene, cubriéndolo de jabón y acariciándolo al mismo tiempo. Luego regresó a mis bolas, masajeándolas suavemente, como si estuviera descubriendo algo nuevo.
De pronto Sofi se agachó frente a mí. Se puso de rodillas dentro de la regadera, con el agua cayendo sobre su cabeza y espalda. Estaba decidida. Sus manos no dejaban de moverse. Agarró mi pene con más firmeza y empezó a masturbarme con movimientos más seguros, subiendo y bajando por toda la longitud, apretando justo en la cabeza cada vez que llegaba arriba.
Sofi para, esto es una linea que no podemos cruzar. La intente agarrar de las manos pero en cuanto la soltaba volvía a agarrar mi pene.
Esto es tu castigo —dijo con voz baja pero firme, sin dejar de mover la mano—. Por coquetear con la doctora… y por tener su número guardado en el teléfono.
Sus palabras me golpearon. Sentí una mezcla de vergüenza y excitación. Ella seguía masturbándome con decisión, su mano resbaladiza por el jabón subiendo y bajando cada vez más rápido.
Sofi… para, ya es mucho —le pedí con la voz ronca.
Pero ella no paró. Al contrario, apretó un poco más y aceleró el ritmo.
No. Te portaste mal hoy. Y yo estuve mucho tiempo sin poder usar las manos. Es mi turno. Por todas esas veces que me limpiaste el culo y sentí verguenza, por todas esas veces que mis tetas fueron vistas y manoseadas por ti mientras me bañabas. Necesito desquitarme.
Sofi pero eso era necesario….
«Sofi a veces es peligrosa», pensé mientras la veía de rodillas frente a mí. «Parece tan inocente, tan vulnerable… pero cuando se le mete algo en la cabeza, no hay quien la detenga. Y ahora mismo está decidida a hacerme terminar».
Sus manos seguían trabajando con más confianza. Una sujetaba la base de mi pene, la otra subía y bajaba por el resto, girando ligeramente en la cabeza. De vez en cuando bajaba y masajeaba mis bolas con la palma abierta, apretándolas suavemente.
Quiero que lo sueltes. —susurró, mirándome aunque no pudiera verme—. Quiero hacerte sentir vergüenza.
No Sofi para. — Eso decía pero no me movía.
El placer era demasiado intenso. Mi pene palpitaba en su mano, cada vez más cerca del límite. Sofi seguía masturbándome sin piedad, decidida, con movimientos rápidos y firmes.
Sofi… para, ya es mucho —le pedí con la voz ronca, aunque mi cuerpo no quería que parara.
Pero ella no paró. Siguió moviendo sus manos con más confianza, apretando un poco más, explorando. Regresaba una y otra vez: lavaba mi pecho, pero volvía al pene; lavaba mis brazos, pero volvía a mis bolas. Sus dedos eran insistentes, curiosos, inocentes pero cada vez más seguros.
No pude aguantar más. El placer me recorrió entero como una corriente eléctrica. Me corrí con fuerza, soltando chorros calientes y abundantes que cayeron directamente sobre su cara, sus mejillas, sus labios y su pecho. Sofi se quedó quieta, sorprendida, con el semen caliente resbalando por su piel.
Yo me quedé congelado, respirando agitado, con la culpa golpeándome como nunca antes.
La escena quedó suspendida en el aire, con el agua cayendo sobre los dos y ninguno de los dos sabiendo qué decir a continuación.
Sofi parpadeó varias veces, todavía con los ojos cerrados aunque no viera nada. Lentamente se llevó una mano a la cara y tocó el semen que resbalaba por su mejilla.
Diego… —susurró con voz temblorosa y llena de sorpresa—. Esto… es tuyo, ¿verdad? Se siente caliente y pegajoso… y tiene un sabor un poco salado cuando me cayó en los labios.
Se quedó callada un segundo, procesando la sensación. Su respiración seguía agitada.
No pensé que saldría tanto… ni que me daría en la cara.
Se tocó el pecho, donde también había caído semen, y lo extendió un poco con los dedos.
Está por todos lados… en mi cara, en mi pecho… ¿siempre es así de caliente? ¿Siempre sale tanto cuando te corres?
Su voz era curiosa, tímida y un poco avergonzada. No había enojo, solo esa inocencia confusa que me desarmaba por completo.
Yo, por dentro, solo podía repetir la misma frase una y otra vez:
Acabo de correrme en la cara de mi hermana… y ella está ahí, tocándose mi semen con los dedos y preguntándome cómo se siente. ¿Qué estamos haciendo? ¿Hasta dónde vamos a llegar?
La culpa era aplastante. Pero la imagen de Sofi parada frente a mí, mojada, con mi semen brillando en su piel, seguía grabada en mi mente.
Sofi se quedó quieta bajo el agua, con los restos de mi semen todavía visibles en su mejilla y pecho antes de que el agua los fuera llevando. Sus manos seguían ligeramente levantadas, como si no supiera qué hacer con ellas. Su respiración era irregular, y aunque no podía verme, sentí que su rostro estaba lleno de confusión y vergüenza.
No estoy enojada… solo… muy confundida. Nunca había tenido algo así en mi cara. Se siente caliente, un poco pegajoso… y tiene un olor fuerte.
Se quedó callada un momento, dejando que el agua terminara de limpiarle la piel. Luego, con voz más baja y vulnerable, continuó:
Cuando éramos niños… ¿te acuerdas cuando nos bañábamos juntos en el río del pueblo? Mamá nos llevaba los sábados como una actividad extra. Tú siempre me cuidabas. Me decías “no te sueltes de mi, Sofi, que la corriente es fuerte”. Y yo te hacía caso porque confiaba en ti ciegamente… aunque en ese entonces sí podía ver. A veces me agarraba de tu pene. Éramos inocentes, en esa época también crecía un poco. Tú no decías nada, la corriente en realidad no era muy fuerte.
Una sonrisa triste y nostálgica apareció en sus labios, aunque sus ojos seguían húmedos.
Se giró un poco hacia mí, todavía bajo el agua, con las mejillas sonrojadas.
Diego… ¿esto está mal? ¿Estamos haciendo algo malo? Porque yo… yo sigo confiando en ti como cuando éramos niños en el río. Solo que ahora todo se siente más… intenso. Y no sé si eso es bueno o si nos va a lastimar.
Sus palabras me golpearon fuerte. El recuerdo que ella trajo —los baños inocentes en el río, su mano pequeña agarrando mi miembro con total confianza— contrastaba brutalmente con lo que acababa de pasar: yo corriéndome en su cara mientras ella me lavaba el pene.
Sofi extendió la mano buscando la mía y la encontró. La apretó suavemente.
No estoy enojada —repitió bajito—. Solo quiero entender. ¿Esto pasa siempre que tocan a un hombre o es por mí?
Se quedó esperando mi respuesta, con el agua cayendo sobre su cuerpo curvilíneo, las mejillas sonrojadas y esa mezcla de inocencia infantil y nueva curiosidad adulta.
Sofi se quedó esperando mi respuesta, con el agua cayendo sobre su cuerpo y el rastro de mi semen todavía visible en su mejilla y pecho. Su cara reflejaba una mezcla de confusión, vergüenza y esa curiosidad inocente que me desarmaba cada vez más.
Respiré hondo y le contesté con la voz ronca:
Sí, Sofi… cualquier hombre, si juegas con su pene de esa forma, va a terminar así. Es una reacción natural del cuerpo. Aunque seas mi hermana… aunque sea una relación familiar… el cuerpo no entiende de eso. Simplemente reacciona.
Ella abrió un poco la boca, como si estuviera procesando mis palabras, pero antes de que pudiera decir algo más, decidí tomar acción, no quería ser el único juzgado, eso no era justo. La agarré con fuerza de las caderas, girándola completamente hacia mí, y sin pensarlo dos veces metí dos dedos directamente en su vagina. Estaba empapada, caliente y resbaladiza. Mis dedos entraron con facilidad, sintiendo cómo sus paredes internas se apretaban alrededor de ellos.
Mira esto… —le dije con la voz baja y grave, casi sin reconocerla—. Esto no es agua, Sofi. A ti también te pasa.
Ella soltó un gemido agudo de sorpresa y protestó inmediatamente:
Diego… ¡no! ¿Qué haces? ¡Eso no… no se vale!
Pero aunque sus palabras decían que no, su cuerpo no se movió. No intentó quitarse. Sus caderas se quedaron exactamente donde estaban, ligeramente abiertas, permitiendo que mis dedos siguieran dentro de ella. Sentí cómo su vagina se contraía alrededor de ellos, caliente y mojada.
Las mujeres también reaccionan —le susurré al oído, empezando a mover los dedos lentamente dentro de ella—. Y tú te portaste mal hoy… así que te voy a castigar un poquito.
Empecé a buscar ese punto sensible dentro de ella, curvando los dedos y frotando con suavidad pero con firmeza la pared frontal de su vagina. Encontré el punto casi de inmediato: estaba hinchado y muy sensible. Apenas lo toqué, Sofi dio un respingo fuerte y soltó un gemido más alto, incapaz de bajarlo.
Ah… Diego… ¡para! —jadeó, con la voz entrecortada—. Es muy sensible ahí… por favor…
Sus protestas eran claras, pero su cuerpo me decía otra cosa. No se apartaba. Al contrario, sus caderas se movieron un poco hacia adelante, como si quisiera más contacto. Sus paredes internas se apretaban rítmicamente alrededor de mis dedos, mojándose cada vez más.
Yo seguí moviendo los dedos con más seguridad, frotando ese punto una y otra vez, sintiendo cómo se hinchaba bajo mi toque. El sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo de ella se mezclaba con el agua de la regadera.
Diego… por favor… —gimió ella, con la voz más débil—. Es demasiado… no sé qué me está pasando… si sigues así no sé qué va a pasar…
Su respiración se volvió entrecortada. Sus piernas temblaban ligeramente. Cada vez que mis dedos presionaban ese punto sensible, su vagina se contraía con fuerza alrededor de ellos, soltando más de esa humedad caliente que no era agua. Sofi intentaba bajar el volumen de sus gemidos, pero no podía. Salían de su boca sin control: suaves, agudos, llenos de sorpresa y placer que ella misma no entendía del todo.
Yo, por dentro, estaba en un torbellino:
Esto está mal… muy mal… estoy metiendo los dedos en la vagina de mi hermana ciega… y ella me está dejando. Me está dejando porque confía en mí. Porque le prometí que nunca la abandonaría. Y yo estoy aquí, castigándola con placer mientras mi semen todavía está en su cara…
Pero no paré. Seguí frotando ese punto con movimientos lentos y circulares, sintiendo cómo su cuerpo respondía cada vez más. Sus nalgas se tensaban, sus caderas se movían involuntariamente contra mi mano, y sus gemidos se volvían más seguidos, más desesperados.
Diego… por favor… es muy sensible… si sigues… no sé qué va a pasar… —repitió ella, casi suplicando, pero sin hacer ningún movimiento para quitarse.
Sus paredes internas empezaron a contraerse con más fuerza alrededor de mis dedos. Su respiración se volvió entrecortada y rápida. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba, cómo sus muslos temblaban.
Yo seguí, sin piedad, frotando ese punto una y otra vez, sintiendo cómo su excitación crecía sin control.
Sofi soltó un gemido más largo, más agudo, y su vagina se apretó fuertemente alrededor de mis dedos en una serie de contracciones fuertes y rítmicas.
Diego… ¡ah…! —jadeó, con la voz rota.
Su cuerpo entero se estremeció bajo el agua. Sus rodillas se doblaron un poco y tuvo que apoyarse en mí para no caer. Sentí cómo su vagina pulsaba alrededor de mis dedos, soltando más de esa humedad caliente que corría por mi mano.
Ella acababa de correrse por primera vez en su vida… y yo había sido quien se lo provocó.
Sofi respiraba agitada, todavía temblando contra mi cuerpo, con la cara enterrada en mi pecho.
Diego… ¿qué… qué hiciste? —susurró, con la voz débil y confundida
Sofi seguía temblando contra mi pecho, con la respiración entrecortada y las piernas aún débiles. El agua caía sobre nosotros, pero ninguno de los dos se movía. Mis dedos seguían dentro de ella, sintiendo las últimas contracciones suaves de su orgasmo.
Con la voz ronca y baja, le respondí:
lo mismo que me hiciste a mí, Sofi. Ves lo que pasa cuando juegas con las intimidades de otra persona… aunque sea tu hermano. El cuerpo no entiende de familia. Simplemente reacciona. Tú me tocaste, me lavaste, me provocaste… y yo me corrí. Ahora yo te toqué, te castigué un poco… y tú también te corriste.
Hice una pausa, sacando lentamente los dedos de su interior. Ella soltó un pequeño gemido cuando lo hice.
Creo que hoy cruzamos una línea que no debíamos cruzar —continué, con un nudo en la garganta—. Piensa dos veces antes de volver a jugar con mi pene, Sofi. Porque me pasa lo mismo que a ti. Si sigues provocándome… yo también voy a reaccionar. Y cada vez va a ser más difícil parar.
Sofi no dijo nada durante varios segundos. Solo se quedó pegada a mí, respirando agitada, procesando mis palabras. Finalmente murmuró muy bajito:
…Entiendo.
El resto del baño lo terminamos en silencio. La sequé con cuidado, le puse la ropa y nos fuimos a la cama. Esa noche ninguno de los dos habló del tema. Las cosas se calmaron otra vez… o al menos eso intentamos creer.
Pasaron varios días tranquilos. La rutina volvió a ser casi normal: universidad, ayuda mutua, baños más cortos y menos intensos. Sofi seguía pegándose a mí en la cama, pero ya no había castigos fuertes ni roces deliberados. Yo pensaba que quizás habíamos logrado poner un límite.
Pero el sábado por la tarde todo cambió.
Estábamos en el departamento. Yo acababa de colgar una llamada con Ana. Ella me había llamado para preguntarme sobre un trabajo en grupo y, de paso, me invitó a tomar un café para “repasar juntos”. Yo le dije que lo pensaría. Nada más. Fue una conversación corta y educada.
Sofi estaba sentada en el sillón, escuchando todo. Cuando colgué, su expresión cambió.
¿Era Ana? —preguntó con voz baja.
Sí. Solo era por un trabajo de la universidad.
Ella se quedó callada un momento. Luego se levantó y caminó hacia la cama, guiándose con la mano en la pared.
Ven —dijo simplemente.
Yo la seguí. Nos acostamos en la cama matrimonial. Apenas nos acomodamos, Sofi se giró dándome la espalda y empujó su trasero contra mí con más fuerza de la habitual.
Sofi… ya nos bañamos hoy —le recordé.
No importa —respondió ella, con la voz teñida de celos—. Me prometiste que si sentía celos me dejarías castigarte. Y ahora siento celos.
Sin esperar respuesta, empezó a restregarse contra mí por encima de la ropa. Su culo grande y suave se movía de lado a lado, frotándose contra mi pene con movimientos lentos pero insistentes. La tela de su short y mi pantalón de pijama era lo único que nos separaba.
Esto es por hablar con Ana otra vez —susurró—. Por dejar que te llame a casa… en sábado.
Sus movimientos se volvieron más deliberados. Subía y bajaba su trasero, presionando con fuerza, girando las caderas para que sus nalgas me masajearan entero. Sentía cómo mi pene se endurecía rápidamente bajo la tela.
Intenté mantener el control.
Sofi… no es para tanto.
Ella no contestó con palabras. Solo siguió restregándose, cada vez con más intensidad, apretando su culo caliente contra mí mientras respiraba más agitada.
Yo sentía la misma lucha interna de siempre: el placer subiendo por mi cuerpo y la culpa golpeándome al mismo tiempo. Pero esta vez Sofi no parecía dispuesta a parar fácilmente.
Sofi se quedó quieta un segundo sobre mí, respirando agitada. Luego, sin decir nada, se incorporó un poco sobre mí, todavía dándome la espalda. Sin decir nada, se bajó los shorts y las bragas hasta los muslos. Su culo grande, suave y caliente quedó completamente desnudo sobre mí.
Quítate tú también —pidió con voz baja pero firme.
Sofi… no —respondí, con la voz tensa—. Ya hablamos de esto. Esto es peligroso. Estamos cruzando una línea que no deberíamos cruzar.
Ella se giró ligeramente hacia mí, aunque no pudiera verme, y me contestó con esa mezcla de celos y determinación:
Prometiste que me dejarías castigarte cuando tuviera celos. No puedes echarte para atrás ahora. Si no lo haces… voy a pensar que tu promesa no vale nada.
Me quedé callado. La culpa y el deseo luchaban dentro de mí. Finalmente, con un suspiro resignado, me bajé el pantalón de pijama y el bóxer. Mi pene ya estaba completamente duro.
Sofi se acomodó de nuevo, se inco sobre la cama y de espaldas a mi se sento directamente encima, en términos de posiciones sexuales, una amazona invertida, pero sin penetración. Torció su brazo por detrás de la espalda, agarró mi pene con una mano y lo colocó entre sus nalgas, apretándolo contra su piel caliente. Empezó a moverse despacio al principio, deslizando su culo arriba y abajo sobre toda mi longitud. Luego, con la mano, empezó a masturbarme al mismo tiempo: sus dedos rodeaban mi pene mientras su culo lo frotaba desde el otro lado.
Esto es por hablar con Ana… —susurró, moviéndose con más intensidad—. Por dejar que te llame a casa… en sábado.
Sus nalgas subían y bajaban con fuerza, Follando a mi pene que estaba entre ellas. Al mismo tiempo, su mano se movía arriba y abajo por mi pene, apretando y soltando, sincronizando ambos movimientos. Sentía su culo caliente y suave envolviéndome desde arriba, y su mano masturbándome desde un lado y su culo del otro. El placer era abrumador. No sabía si de verdad hacía esto por celos o si mi hermana en realidad solo lo tomaba de escusa.
Sofi… por favor… esto es demasiado —gemí, agarrándola de las caderas.
Ella no paró. Al contrario, aceleró el ritmo. Su culo golpeaba contra mí con más fuerza, sus nalgas se abrían y cerraban alrededor de mi pene mientras su mano lo apretaba y lo frotaba sin piedad. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación.
Quiero que te corras —dijo con voz entrecortada, casi enfurecida—. Quiero sentirlo otra vez. No voy a parar hasta que sueltes todo.
Mis caderas empezaron a moverse involuntariamente hacia arriba, buscando más fricción. El placer era demasiado intenso. Sentía cómo mis bolas se tensaban, cómo el orgasmo se acercaba sin control.
Sofi… voy a… —intenté advertirle.
Ella siguió sin piedad: su mano apretando y masturbándome más rápido, su culo golpeando contra mí con fuerza, sus nalgas masajeándome entero.
Con un gemido ahogado que no pude contener, me corrí con fuerza. El primer chorro salió disparado, salpicando su espalda. Los siguientes cayeron sobre su mano y entre sus nalgas mientras ella seguía moviéndose, prolongando mi orgasmo. Sentí cómo mi semen caliente cubría su piel y se deslizaba por su culo.
Sofi se quedó quieta encima de mí, respirando agitada, con mi semen todavía caliente sobre su cuerpo y en su mano. No se movió inmediatamente. Solo se quedó ahí, sentada sobre mí, sintiendo todo.
Yo, por dentro, solo podía pensar:
Acabo de correrme otra vez sobre mi hermana… y ella me ha hecho terminar con su mano y su culo al mismo tiempo. ¿Qué estamos haciendo?
La culpa era aplastante.
Sofi finalmente se movió un poco y murmuró con voz temblorosa:
Se sintió… mucho. Está por todos lados…
Sofi se quedó quieta encima de mí durante un largo momento. Su culo caliente y suave ahora presionado contra mi pene acostado, que aún palpitaba por el reciente orgasmo. Mi semen cubría parte de su espalda y goteaba lentamente entre sus nalgas. Ninguno de los dos hablaba. Solo se escuchaba nuestra respiración agitada y el leve sonido de la sábana.
Finalmente, rompí el silencio con voz ronca y baja:
Hoy no te portaste bien, Sofi… Esto fue demasiado. Estás de acuerdo, ¿verdad?
Ella tardó unos segundos en responder. Su voz salió muy bajita, casi avergonzada:
Sí… me porté mal.
La sujeté suavemente de las caderas y la ayudé a bajarse de mí. Me levanté, fui al baño y regresé con unas toallas húmedas. Se las pasé.
Límpiate —le dije con tono serio pero suave—. Limpia tu travesura.
Sofi, todavía con la respiración irregular, tomó la toalla y empezó a limpiarse obedientemente. Se pasó la tela torpemente por la espalda y entre sus nalgas, quitando los restos de mi semen con movimientos tímidos y cuidadosos. Yo la observaba en silencio, sintiendo una mezcla de culpa y autoridad que me resultaba nueva.
Cuando terminó, le dije:
Hoy estoy cansado. Pero mañana te toca castigo a ti. ¿Estás de acuerdo?
Ella asintió despacio, con la cabeza baja.
Sí… estoy de acuerdo.
Al día siguiente era domingo. No había universidad ni nada importante que hacer. El ambiente en el departamento estaba cargado de una tensión silenciosa. Sofi estaba nerviosa. Sabía que el castigo llegaría, pero no sabía cuándo ni cómo. Pasó el día inquieta: se pegaba más a mí de lo normal, preguntaba cosas banales solo para escuchar mi voz, y cada vez que yo me movía en la habitación, ella giraba la cabeza como si intentara anticipar algo.
No pasó nada en el baño. Tampoco durante el día.
La noche llegó.
Cuando nos fuimos a acostar, apagué la luz principal y solo dejé encendida la lámpara pequeña de la mesita. Me senté en la cama y le dije con voz calmada pero firme:
Quítate toda la ropa, Sofi.
Ella no protestó. Se levantó y, con movimientos un poco torpes por los nervios, se quitó la playera, los shorts y las bragas. Quedó completamente desnuda frente a mí. Su cuerpo curvilíneo se veía hermoso bajo la luz tenue: cintura estrecha, caderas anchas, nalgas grandes y suaves, pechos redondos y ese pequeño lunar en el izquierdo.
Me acerqué y le hablé con seriedad:
Ayer te portaste muy mal, Sofi. Eso no se le hace a tu hermano. Estás siendo una chica demasiado celosa. ¿No te parece raro? Tener celos tan fuertes de tu propio hermano… como si yo fuera algo que te pertenece.
Ella se mordió el labio, nerviosa, y respondió con voz baja:
No… no es raro. Tú eres lo único que tengo. No quiero que nadie más te tenga.
Le hice varias preguntas para ponerla a prueba:
¿Por qué te molesta tanto que hable con Ana?
¿Crees que tienes derecho a castigarme cada vez que sientes celos?
¿Te parece normal que te restriegues contra mí de esa forma?
Sofi respondía nerviosa, titubeando, a veces contradiciéndose. Sus respuestas no eran las mejores. Se notaba que estaba alterada y que no sabía cómo justificarse.
Finalmente, le dije con voz grave:
Ponte en cuatro en la cama.
Ella obedeció sin rechistar. Se arrodilló sobre la cama, apoyando los antebrazos y levantando el culo hacia mí. Su posición era vulnerable y expuesta: nalgas grandes y redondas separadas ligeramente, su vagina visible y ya ligeramente húmeda.
Empecé con nalgadas firmes pero controladas. El primer azote resonó en la habitación.
¿Qué hiciste mal ayer, Sofi?
Otro azote, más fuerte.
Dilo.
Ella soltó un pequeño gemido.
Me… me restregué contra ti… aunque tú me dijiste que parara…
Le di varias nalgadas más, alternando entre ambas nalgas. Su culo se ponía cada vez más rosado con cada golpe.
Más fuerte. Quiero escucharte bien.
Me porté mal… fui una celosa loca… no debería haberte castigado así…
Mientras la azotaba, noté algo brillante entre sus piernas. Su vagina estaba claramente húmeda. Sin tanta pena como antes, bajé la mano y metí dos dedos lentamente en ella. Estaba caliente, resbaladiza y muy mojada.
Sofi soltó un gemido más fuerte y se tensó.
Diego… ¡ah!
¿Ves? —le dije mientras movía los dedos dentro de ella—. No es solo agua. Tú también estás reaccionando.
Saqué los dedos, cubiertos de su excitación espesa, y los embarré directamente sobre sus nalgas rosadas. Luego volví a meterlos, recogí más de esa humedad y la extendí otra vez por su culo, haciendo que brillara.
Sofi temblaba.
Eso… eso me da mucha vergüenza… —susurró, con la voz entrecortada.
Le di otro azote firme sobre las nalgas ahora húmedas por su propia excitación.
Claro que te da vergüenza —respondí—. Igual que a mí me daba vergüenza ayer cuando me histste correrme. Ahora entiendes un poco cómo me siento yo.
Seguí azotándola mientras mis dedos volvían a entrar y salir de su vagina, recogiendo más humedad y embarrándola sobre su culo. Cada azote hacía que su carne rebotara y que su excitación se extendiera más. Sofi gemía más fuerte, incapaz de bajar el volumen, pero seguía en cuatro, sin intentar apartarse.
Diego… por favor… —jadeó—. Es muy sensible… me da mucha vergüenza que hagas eso…
Pero su cuerpo la traicionaba. Su vagina se apretaba alrededor de mis dedos y soltaba más humedad con cada movimiento.
Yo seguía azotándola y tocándola, con la mente llena de culpa y excitación:
Seguía con dos dedos dentro de la vagina de Sofi, quietos, sin moverlos. Su culo estaba rosado por los azotes, brillante por la mezcla de su propia humedad y los golpes. Ella temblaba ligeramente en posición de cuatro, respirando agitada.
¿Por qué estás tan obsesionada conmigo, Sofi? —le pregunté con voz baja y grave, sin sacar los dedos—. Dime la verdad. ¿Por qué tienes estos celos tan fuertes? ¿Por qué necesitas castigarme cada vez que hablo con otra chica?
Sofi se quedó callada unos segundos. Su vagina se contraía suavemente alrededor de mis dedos, caliente y muy mojada. Luego, con voz temblorosa y casi infantil, empezó a hablar:
Porque… tú siempre has sido mi todo, Diego.
Hizo una pausa larga, como si le costara encontrar las palabras.
¿Te acuerdas cuando éramos niños? Mamá trabajaba mucho y papá llegaba tarde. Tú eras el que me cuidaba. Me hacías la comida cuando ella no estaba, me leías cuentos aunque no sabías leer bien todavía, y cuando tenía miedo de la oscuridad me dejabas dormir pegada a ti. Me decías “no tengas miedo, Sofi, yo estoy aquí”.
Su voz se quebró un poco.
Un día me caí en el río y casi me arrastra la corriente. Tú te tiraste sin pensarlo, me agarraste fuerte y me sacaste. Después me abrazaste mientras yo lloraba y me dijiste “mientras yo esté vivo, nadie te va a hacer daño”. Desde ese día… yo te veo como mi héroe. Mi persona favorita en el mundo. No sé si es admiración… o si es otra cosa. No sé la diferencia. Solo sé que cuando pienso que otra chica te puede tener… que te puede sonreír, tocarte o que tú le puedas sonreír a ella… me duele aquí —se tocó el pecho—. Me da miedo que te vayas con alguien y me dejes sola en la oscuridad. Porque para mí… tú eres la única luz que tengo.
Mientras hablaba, su vagina seguía contrayéndose alrededor de mis dedos. Lentamente, casi sin darse cuenta, empezó a mover las caderas ella sola. Al principio fueron movimientos muy suaves, casi imperceptibles: empujaba hacia atrás, haciendo que mis dedos se deslizaran un poco más adentro, luego hacia adelante, frotándose contra ellos. Poco a poco los movimientos se volvieron más claros. Se estaba follando mis dedos con lentitud, respirando más agitada mientras seguía hablando.
Te admiro tanto… —continuó, con la voz entrecortada por los pequeños gemidos que ya no podía contener—. Eres fuerte, paciente, bueno… siempre me cuidas aunque yo sea una carga. Y cuando me tocas… cuando me castigas… siento que soy tuya. Que todavía me quieres aunque esté rota y no pueda ver. No sé si eso es estar enamorada… o solo tener mucho miedo de perderte. Solo sé que no quiero que nadie más te tenga.
Sus caderas se movían con más ritmo ahora. Empujaba hacia atrás con más fuerza, haciendo que mis dedos entraran y salieran de su vagina mojada. Sus paredes internas se apretaban alrededor de ellos, soltando más humedad que corría por mi mano. Sofi gemía bajito con cada movimiento, incapaz de quedarse quieta.
Yo mantenía los dedos completamente quietos, solo sintiendo cómo ella misma se masturbaba con ellos. La culpa me invadía:
Está confesándome que me admira desde niña… que no sabe si está enamorada de mí… y yo tengo los dedos metidos en su vagina mientras ella se mueve sola. Estoy escuchando su corazón y al mismo tiempo estoy dentro de su cuerpo. Esto ya no es solo un juego. Esto es peligroso.
Sofi seguía moviéndose, cada vez más rápido, frotando su punto sensible contra mis dedos. Sus gemidos eran más seguidos, más desesperados.
Diego… —jadeó—. No pares… aunque no te muevas… se siente muy bien…
Sus caderas giraban y empujaban, buscando más profundidad. Su culo rosado se movía frente a mí mientras su vagina se contraía rítmicamente alrededor de mis dedos. Estaba completamente mojada, excitada por la confesión, por la vergüenza y por el placer que ella misma se estaba dando.
Yo seguía quieto, escuchándola, sintiendo cada contracción, cada movimiento de sus paredes internas. La escena era profundamente íntima y prohibida: mi hermana confesándome su admiración/amor mientras se follaba mis dedos en cuatro, gimiendo mi nombre con voz rota.
Después de varios minutos, Sofi empezó a temblar más fuerte. Sus movimientos se volvieron erráticos, desesperados.
Diego… creo que me va a pasar otra vez… —gimió, casi suplicando—. No sé qué hacer…
Sus paredes internas se apretaron fuertemente alrededor de mis dedos en una serie de contracciones intensas. Sofi soltó un gemido largo y agudo, su cuerpo entero se estremeció y se corrió con fuerza alrededor de mis dedos, soltando más humedad caliente que corrió por mi mano y por sus muslos.
Se quedó jadeando, todavía en cuatro, con la cabeza baja y el cuerpo temblando por el orgasmo.
Yo saqué lentamente los dedos de su interior, sintiendo cómo su vagina intentaba retenerlos. La culpa y la ternura me invadían por completo.
La escena quedó suspendida en el aire: Sofi exhausta y vulnerable en cuatro, yo con los dedos húmedos por su excitación, y el peso de su confesión flotando entre nosotros.
Diego… creo que me va a pasar otra vez… —gimió Sofi, casi suplicando—. No sé qué hacer…
Su voz estaba rota, temblorosa, llena de una mezcla de miedo y placer que no entendía del todo. Su cuerpo seguía en cuatro, temblando, con la vagina apretando mis dedos con fuerza.
Yo me quedé quieto un segundo más, sintiendo cómo sus paredes internas palpitaban alrededor de mis dedos. La culpa me gritaba que parara, pero la excitación y la ternura prohibida eran más fuertes.
Está bien… —le dije con voz baja y ronca—. Yo te ayudo. Déjame ayudarte.
Sofi soltó un gemido de alivio mezclado con vergüenza y asintió débilmente con la cabeza.
Empecé a mover los dedos con intensidad. Ya no eran movimientos suaves. Curvé los dedos y empecé a frotar ese punto sensible con fuerza y rapidez, entrando y saliendo de su vagina mojada con un ritmo constante y profundo. Mi otra mano se posó en su cadera, sujetándola para que no se moviera demasiado.
Sofi reaccionó inmediatamente. Su cuerpo entero se sacudió.
Ah… ¡Diego! —gritó, incapaz de bajar el volumen.
Sus convulsiones empezaron casi de inmediato. Sus paredes internas se contraían violentamente alrededor de mis dedos, apretándolos con fuerza rítmica. Sus caderas se movían de forma incontrolable, empujando hacia atrás contra mi mano mientras gemía sin control. Todo su cuerpo temblaba: las piernas, los brazos, la espalda. Sus nalgas se sacudían con cada movimiento fuerte de mis dedos.
Diego… ¡es demasiado! —jadeó entre gemidos agudos—. Se siente… como si todo explotara… ¡ah!
Seguí sin piedad, frotando ese punto hinchado con movimientos rápidos y circulares, entrando y saliendo con fuerza. Su vagina soltaba más humedad con cada embestida de mis dedos, corriendo por mi mano y por sus muslos. Las convulsiones se volvieron más intensas: su cuerpo se arqueaba, sus rodillas se doblaban, y en un momento casi se derrumbó sobre la cama. Tuve que sujetarla con más fuerza de la cadera para mantenerla en posición.
Sofi gritaba mi nombre entre gemidos desesperados, su voz quebrada por el placer abrumador que estaba sintiendo por primera vez de forma tan intensa.
Diego… ¡no puedo…! ¡Me va a pasar otra vez… muy fuerte…!
Su vagina se contrajo violentamente alrededor de mis dedos en una serie de espasmos profundos y prolongados. Todo su cuerpo se tensó como un arco, temblando sin control. Soltó un gemido largo, agudo y casi animal mientras se corría con fuerza alrededor de mis dedos. Su excitación salió en oleadas calientes, mojando mi mano y la sábana debajo de ella. Las convulsiones duraron varios segundos, haciendo que su cuerpo se sacudiera una y otra vez hasta que finalmente se derrumbó hacia adelante, exhausta, con la cara enterrada en la almohada y la respiración entrecortada.
Yo saqué lentamente los dedos de su interior, cubiertos de su humedad espesa y brillante. Mi pene estaba dolorosamente duro. Me senté en la cama, planeando terminar yo mismo para no seguir cruzando más líneas.
Pero Sofi, todavía jadeando, levantó la cabeza y susurró con voz débil pero decidida:
No… todavía no has terminado.
¿Qué quieres decir? —pregunté, confundido.
Castigo… —murmuró ella—. Todavía no me has dado mi castigo completo.
La excitación me tenía atrapado. Sabía que debía parar, pero su voz vulnerable y su cuerpo expuesto me impedían pensar con claridad.
¿Qué quieres que haga? —le pregunté, con la voz ronca.
Sofi se quedó en cuatro, todavía temblando por el orgasmo anterior, y susurró:
Quiero que tu también, ya sabes, acabes.
Me saqué el pene, duro y palpitante, y lo coloqué entre sus piernas. Empecé a restregarlo lentamente contra su vagina mojada, deslizándolo entre sus labios hinchados sin entrar. El roce era caliente, resbaladizo y extremadamente íntimo.
Sofi se sobresaltó con fuerza.
Diego… ¡eso no! —exclamó, con la voz llena de sorpresa y miedo—. Eso es mucho… es muy real… se siente demasiado cerca…
Seguí moviendo mi pene entre sus piernas, frotando la cabeza contra su clítoris y sus labios empapados.
Es lo mismo que tú haces cuando me castigas —le respondí con voz grave, sin dejar de moverme—. Tú te restriegas contra mí hasta que me corro. Ahora yo me estoy restregando contra ti.
Sofi gemía con cada roce. Su cuerpo temblaba, pero no se apartaba. Al contrario, empujaba ligeramente hacia atrás, haciendo que mi pene se deslizara con más presión contra su entrada.
Diego… por favor… es peligroso… se siente como si fueras a entrar… —jadeó, pero su voz ya no era de rechazo total. Había una mezcla de miedo y excitación.
Yo seguí frotándome contra ella, moviendo las caderas con más fuerza, sintiendo cómo la cabeza de mi pene abría ligeramente sus labios hinchados con cada pasada. El placer era intenso y prohibido. Sabía que estaba a punto de correrme otra vez.
Diego… por favor… —gimió Sofi, con la voz temblorosa—. Siento que la punta está empujando… se siente como si fuera a entrar… es muy peligroso…
Pero yo ya no podía detenerme. La agarré de las caderas y, con un movimiento rápido pero cuidadoso, la hice girar sobre la cama hasta que quedó patas arriba, de espaldas sobre las sábanas. Sus piernas quedaron abiertas frente a mí. Las tomé por los tobillos, las estiré hacia arriba y las crucé ligeramente, apretando sus muslos alrededor de mi pene. Ahora su vagina quedaba presionada contra la parte inferior de mi miembro.
Así… —gruñí, empujando mis caderas hacia adelante.
El roce se volvió mucho más intenso. Mi pene se deslizaba entre sus labios hinchados y su clítoris, atrapado por la presión de sus muslos cruzados. Cada embestida hacía que la cabeza rozara directamente su entrada, abriéndola ligeramente sin llegar a penetrarla.
Sofi jadeaba con fuerza, agarrando las sábanas.
Diego… ¡no! Se siente demasiado cerca… siento la punta empujando… es muy peligroso… ¡puede entrar!
No le respondí con palabras. Solo empujé más fuerte, dejando caer parte de mi peso sobre ella y presionando sus rodillas hacia su pecho. Esto hacía que su pelvis se inclinara y que mi pene se frotara con más presión contra su vagina mojada. Al mismo tiempo, bajé las manos y empecé a jugar con sus tetas. Las agarré con fuerza, amasándolas, y pellizqué sus pezones entre mis dedos, tirando de ellos suavemente.
Sofi soltó un gemido largo y agudo, arqueando la espalda.
Ah… Diego… mis tetas… también… se siente demasiado…
Seguí moviéndome entre sus piernas cruzadas, frotando mi pene contra su entrada con movimientos más cortos y fuertes. El placer era casi insoportable. Sentía cómo su humedad cubría toda mi longitud, cómo sus labios se abrían cada vez más con cada roce.
Cuando sentí que ya no podía aguantar más, le dije con voz ronca y entrecortada:
Ayúdame… siéntate y termina el trabajo.
Sofi, todavía jadeando y con las mejillas ardiendo, se incorporó con dificultad. Se sentó en la cama frente a mí, con las piernas abiertas. Agarró mi pene con las dos manos, todavía caliente y resbaladizo por su propia excitación, y empezó a masturbarme con movimientos torpes pero decididos. Sus dedos subían y bajaban por toda la longitud, apretando suavemente la cabeza cada vez que llegaba arriba.
Yo estaba al límite. La miré a los ojos (aunque ella no pudiera verme) y le pregunté justo cuando el orgasmo estaba a punto de explotar:
¿Te gusta sentir que tu hermano se corre por ti, Sofi?
No esperé respuesta. El placer me atravesó como un rayo. Involuntariamente, todo el chorro salió con fuerza. El primer disparo impactó directamente en su boca abierta por la sorpresa. El segundo y el tercero le cayeron en la cara, en la nariz, en las mejillas y en los labios. Sofi cerró los ojos por instinto, pero parte del semen entró en su boca. Tragó sin querer, tosiendo ligeramente por la sorpresa y el sabor desconocido.
El resto cayó sobre su pecho y sus tetas, resbalando por su piel.
Sofi se quedó congelada, con los ojos muy abiertos aunque no viera nada, la cara y los labios cubiertos de mi semen caliente y espeso. Tragó de nuevo, todavía con restos en la boca, y soltó un pequeño sonido de sorpresa y vergüenza.
Diego… —susurró con voz temblorosa, tocándose la cara con los dedos—. Me cayó… en la boca… lo sentí… y lo tragué sin querer… está caliente… y tiene un sabor fuerte…
Se quedó callada un momento, procesando lo que acababa de pasar. Sus mejillas estaban completamente rojas. Con voz muy bajita y llena de confusión, continuó:
No pensé que iba a salir tanto… ni que me iba a dar en la cara… y en la boca. Lo sentí entrar… y lo tragué. ¿Eso… eso es normal? ¿Siempre sale así de fuerte cuando te corres?
Se tocó los labios con los dedos, sintiendo los restos pegajosos.
Me da mucha vergüenza…
Se quedó ahí sentada, con mi semen todavía brillando en su cara, sus tetas y sus labios, esperando mi reacción. Su respiración seguía agitada y su cuerpo temblaba ligeramente por todo lo que acababa de ocurrir.
Yo, por dentro, solo podía repetir la misma frase una y otra vez:
Acabo de correrme en la cara y en la boca de mi hermana… y ella lo tragó sin querer. ¿Qué estamos haciendo? ¿Hasta dónde vamos a llegar?
La culpa era aplastante… pero la imagen de Sofi sentada frente a mí, cubierta de mi semen, seguía grabada en mi mente.
Ese fin de semana fue agotador, para los 2 durante dos semanas no hablamos del tema, tampoco tuvimos acercamientos fuera de nuestra normalidad. Aunque seguía ayudando a bañar. Pero los celos de Sofi en algún momento iban a salir. Les voy a a contar la semana en donde todo se fue a la mierda.
Lunes
En la universidad, durante el receso, una amiga de Sofi se acercó y la invitó a una pijamada solo de chicas que se haría el viernes por la noche. Sofi se emocionó visiblemente. Era la primera vez que podía asistir a algo así desde el accidente, ahora que ya no tenía los yesos.
Diego, ¿puedo ir? —me preguntó esa misma tarde cuando volvimos al departamento—. Es solo una noche. Mis amigas me extrañan y dicen que va a ser divertido.
Le dije que sí, que me parecía bien. Aunque por dentro sentí un pequeño nudo de preocupación.
Viernes
Ese día tuvimos una interacción incómoda con Ana en el patio. Ella se acercó sonriendo y, sin rodeos, comentó:
Oye, ya me enteré de que son hermanos. Una amiga en común me lo contó. Me pareció raro que Sofi dijera que son novios… ¿Era una broma?
Sofi se tensó a mi lado y apretó mi mano con fuerza, pero no dijo nada. Guardó todo dentro. Ana siguió hablando un par de minutos más y luego se fue. Sofi permaneció callada el resto del día.
Por la noche se fue a la pijamada. Yo me quedé solo en el departamento, con una sensación extraña.
Sábado
Sofi regresó cerca de las 3 de la tarde. La ayudé a bañarse y se cambio sola. No hubo nada raro.
Pero esa noche, cuando nos acostamos, Sofi se incorporó en la cama y me dijo con voz baja pero decidida:
Diego… todavía estoy pensando en lo que pasó con Ana el viernes. No te lo dije antes, pero me molestó mucho. Me lo estuve guardando todo el día. Tú le sonreíste, le hablaste bonito… y yo estaba ahí, sin poder hacer nada.
Yo la conocía demasiado bien. Sabía que se lo había estado tragando. Sofi nunca soltaba las cosas de inmediato; las guardaba hasta que ya no podía más. Y esta vez no iba a dejarlo ir.
¿Quieres castigarme? —le pregunté, ya sabiendo la respuesta.
Sí, Diego —respondió ella sin dudar—. Quiero castigarte.
Se inclinó hacia un lado de la cama, metió la mano debajo de la almohada y sacó algo que hizo que se me helara la sangre. Unas esposas de juguete negras con peluche rosa. Las levantó y las dejó colgando frente a mí, balanceándose ligeramente.
Wow, wow… calma —dije, incorporándome—. ¿Qué es eso?
Sofi se acercó más, con la voz baja y firme:
Es tu castigo. Estuve mucho tiempo con las manos restringidas por los yesos. Ahora es tu turno de estar restringido. Quiero que sientas lo que yo sentí… pero de otra forma.
Sabía que era una mala idea. Sabía que estábamos cruzando un límite del que ya no había vuelta atrás. Pero la forma en que me lo pedía, esa mezcla de celos y necesidad, me dejó sin fuerzas para negarme.
Está bien… —acepté con un suspiro resignado.
Sofi me tomó una mano y me esposó una muñeca. Luego me pidió que la llevara al ropero de metal que habíamos comprado para el departamento (como no tenía closet, era un mueble alto y muy firme que estaba afuera, en el pequeño balcón techado). La guié hasta allí. Ella me hizo levantar los brazos y esposó la otra muñeca a la barra superior del ropero, dejándome con los brazos estirados hacia arriba, completamente expuesto.
Cuidado si te caes —le advertí, con la voz tensa—. No podrás hacer nada.
Supongo que tendré que estar muy cerca entonces —respondió ella con una vocecita que intentaba sonar inocente, pero ya no lo era del todo.
Se pegó a mí por detrás y empezó a restregarse como en los viejos castigos, pero esta vez con más intención. Bajó mis pantalones de pijama y mi bóxer con movimientos lentos, dejando que mi pene erecto quedara libre. Luego se bajó sus propios shorts y bragas, quedando completamente desnuda de la cintura para abajo. Su culo grande y caliente se apretó contra mí de inmediato.
Empezó a frotarse con fuerza. Sus nalgas subían y bajaban lentamente sobre mi pene, envolviéndolo, apretándolo. Cada movimiento era deliberado: subía hasta que solo la punta quedaba atrapada entre sus nalgas, luego bajaba con presión, deslizando toda su carne suave y caliente a lo largo de mi longitud. El roce era directo, resbaladizo por el calor natural de su cuerpo. Sentía cómo sus nalgas se abrían y cerraban alrededor de mí, cómo su piel suave me masajeaba entero.
Esto es por Ana… —susurró mientras seguía moviéndose—. Por dejar que te llame y te sonría.
Sus caderas giraban en círculos lentos, haciendo que mi pene se deslizara entre sus nalgas con más fricción. Cada vez que bajaba, sentía la cabeza de mi pene rozar peligrosamente cerca de su entrada. Sofi respiraba más agitada, pero no paraba. Sus movimientos se volvieron más intensos, más largos, frotando todo su culo contra mí sin piedad.
Yo estaba atrapado, con los brazos estirados y esposados al ropero, sintiendo cada roce. La culpa me devoraba, pero el placer era demasiado fuerte.
Sofi… ¿de qué hablaron en la pijamada? —le pregunté entre respiraciones agitadas, tratando de entender qué la había cambiado tanto.
Ella siguió frotándose, pero su voz se volvió más baja y confesional mientras movía las caderas.
Estuvimos hablando de cosas prohibidas… Laura me contó que se acostó con su tío y con un profesor de la universidad. Me dijo que era lo más excitante que había hecho en su vida. Me contó cómo la besó en el salón vacío, cómo la puso sobre el escritorio… cómo se sintió cuando él entró en ella sabiendo que estaba mal. Me preguntó si me gustaba mi hermano. Yo le mentí… le dije que eras mi hermanastro, pero que sí… que me gustabas. Le conté un poco de lo que hemos hecho… que nos bañamos juntos, que me castigas, que me restriego contra ti… no todo, pero sí lo suficiente para que ella se emocionara. Me dijo que si me gustaba tanto, no me quedara a medias. Y me dio estas esposas.
Mientras hablaba, sus movimientos se volvieron más rápidos. Su culo caliente y suave seguía deslizándose sobre mi pene erecto, apretándolo, masajeándolo.
Ahora quiero que sientas lo mismo que yo siento cuando te provoco —susurró—. Quiero que te corras porque yo te estoy castigando.
Sofi se movió un poco más, se inclinó hacia adelante y, con una mano, agarró mi pene. Lo guió directamente hacia su vagina. La cabeza rozó sus labios hinchados y mojados.
Se quedó quieta un segundo, respirando agitada. Sentí cómo la punta de mi pene empujaba suavemente contra su entrada, que estaba caliente, resbaladiza y muy apretada. Ella temblaba.
Diego… —susurró con voz temblorosa—. No sé por qué estoy haciendo esto… mi cabeza no deja de pedírmelo. Desde la pijamada… desde que Laura me contó todo… no he podido dejar de pensarlo. Quiero sentirte. Quiero que seas el primero. Quiero que seas el único.
Empujó un poco hacia atrás. La cabeza de mi pene empezó a abrirla muy lentamente. Sofi soltó un gemido agudo y se tensó.
Ah… duele… es muy grande… —jadeó, pero no se apartó. Al contrario, siguió empujando despacio, centímetro a centímetro—. Pero… también se siente bien… muy bien. Es como si me llenaras por completo.
Sus paredes internas eran increíblemente apretadas. Sentí cómo se estiraba alrededor de mí, resistiéndose al principio y luego cediendo poco a poco. Sofi respiraba entrecortada, con pequeños gemidos cada vez que bajaba un poco más.
Qué bueno que llegué tan inocente a los 18… —murmuró, casi para sí misma, mientras seguía bajando—. Mi amiga en la pijamada me dijo que si no hubiera sido tan inocente… habría sido la más puta del pueblo. Que con el cuerpo que tengo y lo que me gusta sentir… ya habría probado a medio mundo. Pero yo te esperé a ti… solo a ti.
Otro centímetro más. Sofi soltó un gemido más largo, mezcla de dolor y placer.
Se siente… tan lleno… tan profundo… duele un poco, pero me encanta. Me encanta sentir que eres tú el que está dentro de mí. Me encanta que seas mi hermano y que estés haciendo esto conmigo…
Ya había entrado casi por completo. Sus nalgas rozaban mis caderas. Sofi se quedó quieta un momento, adaptándose, respirando con fuerza.
Muévete… por favor… —suplicó bajito—. Quiero sentir cómo te mueves dentro de mí.
Empecé a moverme con mucha lentitud, entrando y saliendo apenas unos centímetros. Sofi gemía con cada movimiento, su vagina apretándome con fuerza, como si no quisiera dejarme salir. Sus manos se aferraban a mis brazos esposados.
Diego… es demasiado… pero no pares… me encanta… me encanta sentirte así…
Sus caderas empezaron a moverse ella también, bajando para encontrarse con mis embestidas. El dolor inicial fue desapareciendo poco a poco, reemplazado por un placer que la hacía temblar entera.
Nunca imaginé que se sentiría tan bien… —confesó entre gemidos—. Pensé que solo sería para castigarte… pero ahora solo quiero que me llenes… que seas mío de verdad.
Yo estaba perdido en una tormenta de sensaciones y culpa. Sentir su virginidad cediendo alrededor de mi pene, escuchar sus confesiones inocentes mientras me follaba despacio… era demasiado.
Sofi aceleró un poco sus movimientos, bajando con más fuerza, follándome con más urgencia. Sus gemidos se volvieron más altos, más desesperados.
Diego… creo que me va a pasar otra vez… pero ahora contigo dentro… no sé qué va a pasar…
Su vagina se contrajo con fuerza alrededor de mí. Todo su cuerpo se estremeció. Se corrió con un gemido largo y tembloroso, apretándome tan fuerte que casi me hizo correrme con ella.
Yo estaba al límite. La agarré de las caderas con más fuerza y empecé a moverme más rápido, follándola con embestidas más profundas.
Sofi… voy a correrme… —le advertí con voz ronca.
Dentro… —suplicó ella, todavía temblando por su orgasmo—. Quiero sentirlo dentro…
No pude contenerme más. Con un gemido profundo me corrí con fuerza dentro de ella, soltando chorros calientes y abundantes que la llenaron por completo. Sofi soltó un gemido largo al sentirlo, apretándome con sus paredes internas como si quisiera guardarlo todo.
Nos quedamos unidos durante un largo momento, respirando agitados, con mi semen goteando lentamente entre sus piernas.
Sofi apoyó la cabeza en mi pecho, todavía con los brazos estirados y esposados.
Diego… —susurró—. Ahora sí… ya no hay vuelta atrás.
Yo estaba al límite. La agarré de las caderas con más fuerza y empecé a moverme más rápido, follándola con embestidas más profundas. Mis brazos seguían estirados y esposados al ropero de metal, así que no podía abrazarla como quería. Solo podía mover las caderas hacia adelante con toda la fuerza que me permitía la posición, penetrándola una y otra vez.
Sofi gemía con cada embestida, su vagina apretada y caliente envolviéndome por completo. De pronto se inclinó hacia atrás todo lo que pudo, buscando mi boca. Yo me incliné hacia ella y nos besamos. Fue un beso torpe, desesperado y profundo. Nuestras lenguas se enredaron mientras yo seguía follándola desde atrás, con los brazos atrapados. Sofi gemía dentro de mi boca, temblando.
Luego se separó un poco, respirando agitada, y volvió a empujar hacia atrás ella misma, insertándose mi pene hasta el fondo con un movimiento lento y deliberado. Sentí cómo entraba por completo, cómo sus nalgas se aplastaban contra mis caderas.
Diego… —jadeó contra mis labios—. Quiero que te corras dentro… quiero sentirlo todo…
No pude contenerme más. Con un gemido ronco y profundo me corrí con fuerza dentro de ella. Chorros calientes y abundantes llenaron su vagina virgen. Sofi soltó un gemido largo y tembloroso al sentir cómo la llenaba, su cuerpo contrayéndose alrededor de mí, apretándome como si quisiera guardarlo todo.
Cuando terminé, me quedé jadeando, todavía dentro de ella.
Sofi se deslizó lentamente hacia abajo, separándose de mí. Mis piernas ya no la sostenían bien y cayó de rodillas al piso, quedando inclinada hacia adelante con el culo enorme levantado. Desde mi posición, esposado al ropero, tenía una vista perfecta: su vagina hinchada y abierta, con mi semen blanco y espeso saliendo lentamente de ella, resbalando por sus labios y cayendo en gotas gruesas al suelo.
Diego… —susurró, todavía temblando.
Desátame —le pedí con voz ronca.
Sofi se levantó con mucho trabajo, las piernas todavía débiles. Se acercó y, con dedos temblorosos, logró abrir las esposas. Apenas quedé libre, la cargué en brazos sin decir nada y la tiré sobre la cama.
Ella soltó un pequeño grito de sorpresa, cayendo de espaldas sobre las sábanas.
Diego… ¿qué pasa? —preguntó confundida.
Me subí encima de ella y la miré fijamente.
Esto no ha acabado —le dije con voz grave—. Ahora te toca a ti sentir.
Sofi abrió mucho los ojos. Agarró mi pene con una mano y lo sintió: seguía duro, palpitante, cubierto de nuestra mezcla.
Está… todavía parado —murmuró sorprendida.
Tu castigo es limpiarlo con la boca —le dije—. Lo dejaste muy sucio.
Sofi se mordió el labio, nerviosa, pero obedeció. Se incorporó un poco y acercó su boca. Primero lo lamió con timidez, probando el sabor de su propia excitación mezclada con la mía. Luego abrió más la boca y lo metió lentamente, chupando con cuidado, lamiendo cada centímetro. Sus ojos estaban cerrados, concentrada en la nueva sensación. Me lamía con lentitud, explorando, probando el sabor salado y dulce al mismo tiempo.
Daba arcadas, no estaba acostumbrada a tener algo grande en la boca.
Después de un rato, la tomé suavemente de la cabeza y le di la vuelta, poniéndola en cuatro sobre la cama.
Ahora la otra ronda —le dije.
Me coloqué detrás de ella y la penetré de nuevo, esta vez más fácil porque ya estaba abierta y llena de mi semen. Sofi soltó un gemido largo cuando entré hasta el fondo. Empecé a follármela con embestidas profundas y constantes, agarrándola de las caderas. Sus nalgas grandes rebotaban contra mí con cada golpe.
Diego… se siente… diferente ahora… —gimió ella, con la voz entrecortada—. Está todo resbaladizo por dentro… y tú estás muy duro…
Seguí follándola con fuerza, escuchando el sonido húmedo de mi pene entrando y saliendo de su vagina llena. Sofi gemía sin control, empujando hacia atrás para encontrarse con mis embestidas.
La segunda ronda fue más larga, más intensa. La follé en cuatro durante varios minutos, cambiando el ritmo, a veces más lento y profundo, a veces más rápido y fuerte. Sofi se corrió otra vez alrededor de mi pene, apretándome con fuerza mientras gemía mi nombre.
Finalmente, con un último gemido ronco, me corrí dentro de ella por segunda vez, llenándola aún más.
Nos derrumbamos juntos sobre la cama, exhaustos, sudados y pegados. Mi semen salía lentamente de su vagina y corría por sus muslos.
Sofi se giró hacia mí, todavía jadeando, y susurró con voz débil pero sincera:
Diego… ahora sí… ya soy completamente tuya.
Yo la abracé fuerte, con el corazón latiéndome a mil y la culpa mezclada con una ternura abrumadora.
La historia había llegado a su punto final. Ya no había vuelta atrás.
Epílogo
Y así empezó y terminó aquella etapa de nuestras vidas.
Después de esa noche, todo cambió. Ya no había vuelta atrás. Durante los años de universidad follamos mucho. Casi todas las noches, a veces también de día. Exploramos nuestra sexualidad en secreto, con miedo, con culpa y con una necesidad que ninguno de los dos podía controlar. Tomábamos precauciones: condones, pastillas del día después, y mucha discreción. Sabíamos que lo que estábamos haciendo era peligroso en muchos sentidos.
Pero al final entendimos algo importante: esto no podía ser para siempre. Bajo ninguna circunstancia íbamos a revelar nada a nuestros padres. Ese secreto se quedaría enterrado entre nosotros dos para siempre.
Con el tiempo logramos controlar los celos. Aprendimos a vivir con ellos. Yo tuve novias. Sofi también tuvo parejas. Hubo momentos en los que intentamos alejarnos, pero siempre volvíamos. Incluso cuando teníamos pareja, seguíamos follándonos en secreto. A veces en el departamento, a veces en hoteles baratos, a veces en el coche. Era como una adicción que ninguno de los dos podía dejar del todo.
Los años pasaron.
Ahora somos adultos. Yo estoy casado y tengo dos hijos. Sofi también está casada y tiene una hija. Nuestras vidas siguieron caminos separados pero paralelos. Nos vemos en las reuniones familiares, sonreímos, hablamos de trabajo, de los niños, de la vida normal.
Pero de vez en cuando… aún nos escapamos.
A veces es un mensaje a medianoche. A veces es una excusa para “ayudarnos con algo”. Nos encontramos en un hotel, en un departamento vacío o incluso en el coche como en los viejos tiempos. Nos follamos con la misma intensidad de siempre, como si el tiempo no hubiera pasado. Seguimos sintiendo esa conexión prohibida que nunca desapareció del todo.
Lo que empezó como una promesa de hermano mayor para cuidar a su hermana ciega terminó convirtiéndose en algo mucho más profundo, oscuro y nuestro.
Y aunque ahora tengamos vidas normales, familias y responsabilidades…
De vez en cuando, seguimos recordando los viejos tiempos.
Fin
Por regim