Educación Inglesa

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Ni siquiera sé quién es la pareja que va a venir. Esa es la única condición que me has impuesto para aceptar esta pequeña fantasía.

Llevamos un año saliendo, una relación marcada por el desenfreno y la pasión desde aquella primera vez en la fiesta de la revista. A nuestros veinticuatro años, lo tenemos todo: somos guapos, ricos y famosos. Sin embargo, no podríamos ser más diferentes.

Eres el heredero de una de las familias más importantes de Gran Bretaña; sé que tú origen se remonta a los tiempos del rey Ricardo Corazón de León y que entre tus antepasados hay un Primer Ministro y dos Lords del Almirantazgo. Tienes dos licenciaturas en Oxford y otra en Harvard. Te criaron desde pequeño para hacerte cargo de las empresas familiares y ponerte al frente de treinta mil trabajadores.

Yo, en cambio, crecí en las calles de Liverpool. Me quedé huérfana con trece años y, a los catorce, me escapé de la Residencia para Señoritas Desamparadas, donde me habían enviado para recibir la educación que, según las autoridades, merecía. Me negué a ser moldeada como una sumisa obediente y rota por la disciplina inglesa; no iba a permitir que, al cumplir los dieciocho, llegase algún viejo aristócrata a escogerme como sirvienta para su casa y puta para su cama.

Tú mismo tienes varias de esas sirvientas en la mansión de la campiña; se las reconoce enseguida por su mirada siempre baja, su tono de voz suave y su postura servicial. Son zorras cachondas esperando ansiosas a que alguien las folle.

Solo tengo una duda: si tú has escogido personalmente a alguna de ellas; y sé que acabaré preguntándotelo. Lo que no tengo que preguntarte es si te las follas, eso lo sé seguro. He visto cómo inclinabas a una de ellas sobre la mesa Regency del salón, la abrías de piernas y la follabas duro. Fue una de las primeras veces que me llevaste a la mansión, seguramente te olvidaste de mi presencia, aunque cinco minutos después de correrte en el interior de la sirvienta y enviarla de vuelta a sus tareas, con un azote y el coño rezumando semen, me estabas follando a mí en la ducha.  

Lo que no esperaba es que las secretarias y empleadas de tu empresa, con sus aburridos y formales trajes de oficina, sus títulos universitarios y sus ínfulas de superioridad, fuesen igual de sumisas y obedientes.

Esas faldas de lana hasta la rodilla, esas blusas Oxford y esas chaquetas ceñidas no son más que un disfraz. Su vestimenta real son los conjuntos de lencería atrevida que llevan debajo: ligueros de seda, braguitas con abertura, sujetadores transparentes. Ropa que no se atreven a usar en el dormitorio con sus parejas, pero que exhiben sumisas cuando su jefe les ordena arrodillarse bajo el escritorio para darle una mamada.

Hasta tu hermana Mary, que regresó del internado de Escocia hace seis meses, muestra esas tendencias; aunque, en este caso, no voy a quejarme. Sin su presencia en la mansión, todas esas mañanas que pasas pegado al teléfono o en reuniones habrían sido terriblemente aburridas.

Me pregunto qué dirían tu estirada madre o tu padre, el respetable y conservador miembro de la Cámara de los Lores, si se enterasen de lo habilidosa que es su querida hija lamiendo coños, o de la forma en que se corre con mis dedos entrando y saliendo de su húmedo interior, entre gemidos propios de una puta de Whitechapel.

No me lo dices, pero sabes perfectamente lo que pasa entre Mary y yo. Sospecho que tu socio e inseparable amigo Charles también lo sabe, aunque lo que él quiere es ser quien la haga gritar de placer y enterrar su polla en el coño virgen de tu hermana. Por desgracia para él, ni tu amistad ni todo su dinero van a lograr que tu padre deje que un ranchero de Texas toque a su hija. Mejor para él; así no se llevará la decepción de descubrir que alguien se folló a Mary antes que él. Bueno, si llega ese momento, podrá consolarse sabiendo que ha sido el primer hombre en usarla.

No soy la mojigata que Frank se cree; de serlo, no le habría propuesto este intercambio de parejas. Puedo haberle cedido el control en nuestras relaciones íntimas, pero solo porque me encanta cómo me folla y ha sido el único chico que he conocido al que no intimido.

El sexo ha sido una parte importante de mi vida desde siempre. No me ha importado usar mi cuerpo para sobrevivir en la calle y, más tarde, tanto en la UFC como en las pasarelas, ha sido una herramienta más para lograr mis objetivos; aunque, hasta ahora, haya sido un terreno mayoritariamente lésbico.

Me siento cómoda en esas fiestas de la alta sociedad a las que Frank me lleva. Saber que, en vez de ser una de esas sirvientas que se pasean con las bandejas de champán y a las que se follan media docena de veces contra las paredes de los pasillos, soy la invitada a la que todos miran con envidia, me pone cachonda. Por suerte, esas sirvientas —al igual que Mary— también saben complacer a una mujer.

Por otra parte, ser ajena a esos ambientes retrógrados y anticuados me da una ventaja: no tengo que comportarme como ellos, puedo ser transgresora sin que me importen los comentarios. Puedo vestirme como quiera, lograr que todos los hombres me miren con deseo y todas las mujeres con envidia. Y lo mejor, sé que esa actitud, a Frank le enfada y le excita a partes iguales; cuando nos quedamos solos, me folla duro y me lleva a orgasmos increíbles.

Es parte de nuestra relación y de su hipocresía social: me compra esos vestidos, pero odia que me miren con ellos puestos.

Todavía recuerdo el escándalo de la fiesta de cumpleaños del Rey Carlos. No sé cuánto dinero le costó a Frank que esas fotos no se publicasen, pero tuvo que ser mucho.

Sabiendo lo duro que me follaba después, ya había desafiado a Frank varias veces en algunas recepciones públicas, pero nunca antes en un escenario tan importante como este. Aproveché que él estaba de viaje de negocios y que no pudo comprarme el vestido, como era su costumbre.

Utilicé a Mary para que me ayudase a prepararme. Sus dedos extendiendo el aceite sobre mi piel me excitaron tanto que le ordené arrodillarse a mis pies y llevarme al orgasmo. Por supuesto, se lo agradecí después; estoy segura de que las bolas vibratorias que introduje en su coño la llevaron a media docena de orgasmos. Cada día está más cachonda y excitada. No creo que tarde mucho en protagonizar algún escándalo en una discoteca; solo tengo que convencer a Charles de que dé el paso. Esa es la única forma en que ese ranchero va a poder casarse con ella.

Aunque sabía que, una vez dentro del palacio como la pareja de Frank, nadie se atrevería a echarme, preferí pervertir el protocolo sutilmente. Solo quien me mirase con verdadera atención se daría cuenta de los detalles… y sabía de sobra que iban a ser muchos.

Conseguir que Stella McCartney me hiciese el vestido me costó diez mil dólares y el compromiso de desfilar en dos de sus próximas colecciones. Lo hizo mucho más encantada de lo que imaginaba, sin importarle en absoluto acabase relacionado con el posible escándalo.

Como era mi intención, a primera vista aquel ceñido vestido de satén negro con finos tirantes cumplía perfectamente las normas. El problema venía con los pequeños detalles… bueno, aunque la espalda completamente al aire no era precisamente menor. Dos aberturas en la tela desde las caderas, perceptibles solo si yo daba un paso, y el hecho de que el tejido en esa zona fuese mucho más liviano que el resto, lo hacían completamente inapropiado.

Estuve a punto de no ponerme los guantes de ópera; sentí como oprimían mis brazos. Entonces recordé algunos de los accesorios ajustados que utilizaba en las exhibiciones y presentaciones de mis combates, y los sustituí por unos de látex opaco, para que solo quién los tocase se diese cuenta del engaño.

Fui menos sutil con el calzado: decidí usar unas sandalias de tiras hasta las rodillas para que todo el mundo pudiese ver el esmalte que decoraba las uñas de mis pies. Además, el tacón de doce centímetros me iba a elevar por encima de todos los invitados… incluso sobre el metro noventa de Frank. El toque final fue el aceite sobre mi piel, destinado a hacer que mi cuerpo brillase bajo las elegantes arañas de The Ballroom, el salón de baile del Palacio de Buckingham.

La única parte de la performance que me costó mucho hacer fue el falso tatuaje en mi pecho. Puede parecer raro en la luchadora más dura de la UFC, pero odio los tatuajes; cuando gané el título, había prometido tatuarme el logo de la compañía y fui incapaz de cumplirlo. Lo único que acepté, y solo tras beberme media botella del whisky barato que compré en un veinticuatro horas, fue perforarme un pezón para colocarme un piercing del logo hecho de diamantes y rubíes.

Aguantar seis horas en el estudio de tatuajes resultó más fácil que encontrar un diseño que encajase con el espectacular collar de oro blanco, diamantes y amatistas azules que Frank me había regalado para la fiesta. Al final, el alambre de espinos con gotas de sangre y rosas azules que dibujó el tatuador envolvía la lujosa joya de una forma perversa y macabra.

Tuve que hacer un tremendo esfuerzo para, después de una semana sin vernos, no tocar a Frank ni dejar que él me tocase. Más de una vez, camino de alguna recepción habíamos follado salvajemente en los asientos traseros del Rolls-Royce Phantom sin importarnos la presencia del chofer; sin embargo, en esta ocasión ambos tendríamos que aguantarnos.

Frank empezó a darse cuenta de lo que sucedía cuando me dio la mano para ayudarme a bajar del coche. Al contacto con el látex, no dijo nada; pero yo estaba segura de que sospechaba que le tenía preparado algún juego.

El shock vino cuando, al entrar en el palacio, se colocó detrás de mí para quitarme el abrigo de piel y entregárselo a uno de los ujieres. Y eso que su posición solo le permitió ver, de momento, mi espalda completamente desnuda.

Apenas pude contener la sonrisa cuando, al ponerse a mi lado para posar ante los reporteros, se percató primero de las uñas de mis pies pintadas y luego del tatuaje de mi pecho. Su rostro palideció bajo los flashes.

—Te he prometido muchas veces que te iba a dejar el culo rojo —me susurró al oído, rozando mis labios mientras me besaba a petición de los fotógrafos—. Esta noche, no te libras.

Mientras nos alejábamos de la entrada hacia el interior, sus dedos recorrieron mi espalda desnuda hasta tocar la tela negra, acariciándome con una lentitud deliberada, como si quisiera comprobar sus sospechas.

—No llevo bragas —le dije en un susurro—. Estoy harta de que me las arranques.

Frank iba a decirme algo, pero sus palabras se vieron interrumpidas por el golpe seco de la vara del Maestro de Ceremonias, justo antes de anunciarnos.

—Frank Williams Exetter, futuro duque de Essex y miss Laura Horton —anunció.

Dos centenares de cabezas que ya llenaban el salón se giraron hacia nosotros al unísono. Sabía que, tras meses copando las portadas de las revistas de sociedad y de la prensa amarilla, íbamos a ser el centro de atención de la fiesta. Y yo me había vestido para ese momento.

Cuando nos incorporamos a la fila para el besamanos del rey, seguimos siendo el centro absoluto de todas las miradas. Los hombres me desnudaban con los ojos sin importarles estar acompañados de sus esposas. Las mujeres admiraban durante unos segundos el cuerpo de dios griego de Frank enfundado en un elegante frac, y luego me devoraban a mí. Sentían una doble envidia: por mi atractivo acompañante y por mi atrevimiento.

Cuando llegamos a la altura de la familia real, las reacciones no fueron muy diferentes de aquellas a las que estoy acostumbrada. La princesa no pudo apartar la vista de mi tatuaje y del contorno de mis pechos; sus ojos recorriendo mi piel brillante con un fulgor similar, confirmando alguno de los rumores que circulaban por las páginas de la prensa sensacionalista. La reacción del Príncipe heredero fue similar, con el añadido de una sonrisa lasciva.

La reina consorte me dedicó una amplia sonrisa, y un comentario en el que meses después sigo pensando.

—¿Sabía que la primera vez que alguien habló de una rosa azul fue en Las Mil y una Noches?  Sherezade tenía una tatuada en su pubis.

El rey apenas me dedicó una mirada; sin embargo, al rozar mis dedos enguantados para indicar que me incorporase de la reverencia, demoró el contacto más de lo debido, como si disfrutase del tacto del látex y estuviese acostumbrado a la sensación que transmite ese material.

La velada transcurrió de forma tan aburrida a como esperaba: charlas insulsas, miradas descaradas y toques furtivos por parte de Frank, que solo querían calentarme como parte del castigo por mi insolencia.

No había pensado en qué momento revelar el último truco de mi vestuario, pero decidí hacerlo cerca de la media noche, cuando los padres de Frank, acompañados de Mary, se acercaron al grupo en el que nos encontrábamos.

Los ojos de la madre de Frank se abrieron de par en par, escandalizada al verme. Su padre no reaccionó de forma diferente, aunque su mirada tenía un sentido muy distinto, como demostró al llevarse de forma instintiva la mano a la entrepierna. Mary apenas me miró, mantenía la vista baja y el rostro enrojecido, intentando contener el placer que le causaba la bala vibradora que le había insertado en el coño justo después de que me llevara al orgasmo mientras me ayudaba a vestirme.

Actué justo cuando la madre de Frank iba a comenzar a gritar sin importarle donde nos encontrábamos. Adelanté una pierna y el invisible corte de la tela se abrió lentamente, hasta llegar al punto donde debería haber asomado la línea de las bragas. De inmediato repetí el movimiento con la otra pierna, plantándome delante de ella; harta de su reprimida actitud y de sus aires de superioridad, y ayudada por el champán consumido, estaba a punto de decirle todo lo que pensaba de ella desde la primera vez que la ví.

Por suerte, entre Frank, que me agarró del brazo para retirarme y me plantó un beso en los labios para obligarme a callar, y la oportuna llegada de los príncipes, todo se calmó por el momento.

—He visto en directo su último combate, señorita Horton —me dijo la princesa, sin apartar la mirada de mi pierna expuesta—. Y tengo pensado asistir a su próximo desfile en Paris.

—¡Dios! —Estaba coqueteando descaradamente conmigo con su esposo a un par de metros hablando con Frank. Creo que en el caso de la princesa la educación sumisa y obediente había fallado.

La charla con los príncipes se alargó demasiado. El champán que seguía bebiendo, la mirada suplicante de Mary para que le retirase la bala o la dejase llegar al orgasmo, y el descaro de la princesa, estaban disparando mi excitación. Si se tratase de otra persona, ya la tendría sujeta contra la pared con mis dedos enterrados en su coño, demostrándole que conmigo no se juega.

Ya lo había hecho antes, y Frank debió ver esa mirada en mi rostro. Interrumpiendo la conversación que estaba manteniendo, se acercó a mí y me agarró por la cintura.

—Creo que es hora de irse —comentó, para luego mirar a los príncipes— Llevamos una semana sin vernos y hay que recuperar el tiempo perdido —añadió.

Ambos asintieron con la cabeza, aunque en la mirada de ella se veía un claro rastro de frustración. Esta noche tendría que conformarse con una de esas sirvientas adiestradas para servir en silencio.

Frank ni siquiera esperó a que el Rolls-Royce arrancase; me tumbó sobre sus rodillas, me levantó el vestido y descargó varios azotes seguidos sobre mi piel desnuda y aceitada. Fingí resistirme y protestar, pero ambos sabíamos que si de verdad no hubiese querido aquello, habría conseguido conseguiría liberarme en un segundo.

—¡Mierda! —grité cuando uno de los azotes cayó con más fuerza de la cuenta.

Intenté incorporarme, pero no lo conseguí. El agarre de Frank era mucho más firme de lo esperado y la cabeza empezando a darme vueltas por culpa del champán y de la maldita excitación

Para empeorarlo todo, mientras los fuertes azotes seguían marcando mi piel, la mano libre de Frank se deslizó hacia abajo y sus dedos se hundieron de golpe en mi coño. Aquella brutal mezcla de sensaciones terminó por romperme, arrastrándome a un orgasmo demoledor.

Esa noche Frank no me llevó de regreso a la mansión, ni al ático del Soho, ni siquiera al piso de Piccadilly en el que follamos nuestras primeras veces y que sé que sigue usando como picadero cuando estoy fuera. Fuimos a un motel de carretera, de esos que usan los ejecutivos para follar con sus secretarias a espaldas de sus mujeres.

Me sorprendió pagando la habitación con un billete de cincuenta libras —ni siquiera sabía que llevara dinero en efectivo—, y me folló toda la noche sobre un colchón de agua. Estoy segura de que para él fue una nueva experiencia; para mí, en cambio, fue volver a mis primeros tiempos de luchadora. Solo faltó despertarme sola a la mañana siguiente con doscientas libras sobre la mesilla.

La verdad es que no sé por qué Frank ha aceptado regalarme esta pequeña fantasía, aunque sospecho que el haberlo pillado follando con una sirvienta puede explicar sus motivos. No me importa lo que haga en su mansión de la campiña, pero que meta a una de sus sumisas en el ático del Soho que compartimos; sobre todo porque, si lo descubrí, fue porque regresé un día antes de mi viaje. Además, sospecho que, al tratarse de una empleada nueva, se la estuvo follando durante los quince días que estuve fuera antes de enviarla a la mansión y dejarla en las pervertidas manos de su padre.

Toda esta fantasía me ha descubierto un lado de Frank que no me gusta. Es imposible que conozca con tanto detalle el funcionamiento de esos clubes swinger y que tenga una lista tan ordenada lista con los teléfonos y las direcciones de cada uno de ellos.

Cuando le pregunté, me limitó a encogerse de hombros.

—Era un habitual de esos lugares antes de conocerte —me respondió—. Iba sólo y dejaba que las parejas me escogieran para montar un trío.

He estado a punto de echarme atrás en varias ocasiones, pero quiero cumplir esta fantasía. Quiero correrme con la polla de otro hombre justo delante de Frank, como una advertencia directa de lo que puede perder si le da por decepcionarme. No estoy con él por su dinero; soy Laura Horton y puedo tener a mis pies al hombre o la mujer que me dé la gana.

***

Te miro sentado en la cama mientras me visto. Te has puesto un traje de lino de verano, sin corbata y con los dos primeros botones de la camisa desabrochados. Te he dejado escoger la ropa para esta noche y, de momento, me gusta lo que has elegido.

Las medias de cristal apenas se notan sobre la piel. Las pinzas que las sujetan al liguero azul se me hacen extrañas, pero admito que quedan perfectas junto al tanga mínimo que apenas cubre mi sexo. Es la primera vez que uso un conjunto de ese estilo. Me encanta el lujo y la ropa exclusiva, pero no estoy dispuesta a gastarme mil dólares en una prenda que normalmente acaba empapada y suelo terminar perdiendo en cualquier sitio.

No me dejas ponerme sujetador, y cuando busco el resto de la ropa, no la encuentro. Con una sonrisa perversa en los labios, te levantas de la cama y abres el armario. El vestido de cuero rojo que sacas es sencillamente espectacular, con el añadido de que lleva la cremallera a la espalda… Esta noche dependo de ti, o de otra persona, para poder vestirme y desnudarme.

Te colocas detrás de mí; sujetas con una mano el vestido mientras con la otra juegas con mis pezones. Los pones duros, de forma que, cuando deslizas la prenda sobre mi cuerpo, el cuero los roza de inmediato provocando que suelte un suave gemido.

Siento tus dedos delineando mi columna antes de cerrar la cremallera. El cuero está frío… y yo, muy caliente. Estoy a punto de decirte que nos olvidemos de la cita y pedirte que me folles, pero, antes de que pueda abrir la boca, te alejas de mí para sacar algo más del armario: unas botas a juego hasta los muslos.

—¡Dios! ¡Estás increíble! —me digo a mi misma, admirando mi reflejo en el espejo.

Estoy completamente envuelta en cuero rojo. Apenas quedan unos centímetros libres entre el final de las botas y el inicio del vestido; el espacio justo para que se note el borde sutil de las medias de cristal

Me llevo una nueva sorpresa cuando, al bajar a la calle, no encontramos a Howard esperándonos. Puedo intentar conducir mi Hellcat Widebody, pero con las plataformas de diez centímetros que tienen estas botas rojas, no sé si llegaríamos muy lejos.

—Esta noche conduzco yo —me dices.

Sacas unas llaves del bolsillo de tu traje de lino y aprietas el mando. De inmediato, los faros de un Jaguar F-Type R parpadean en la oscuridad.

Te miro; ni siquiera sabía que tenías carnet de conducir. Cada vez que queríamos ir a algún sitio privado, sin tener a Howard esperándonos a unos metros, tenía que ponerme yo al volante.

Tu forma de conducir, la manera como metes las marchas y como tomas las curvas para incorporarte a la autovía me dejan claro que no es la primera vez que te pones al volante; apostaría a que has participado en más de una carrera ilegal.

Al ver que no regresas a Londres y que te diriges a Liverpool comienzo a ponerme nerviosa. Me prometí a mí misma, en cuanto gané mi primer combate en UFC, que jamás volvería a pisar esas malditas calles. Y ahora tú me estás llevando de regreso allí para un intercambio de parejas.

Cuando en vez de entrar en la ciudad, comenzamos a bordearla, tengo claro adónde nos dirigimos. La zona del puerto puede estar ahora llena de clubes de lujo, lofts de un millón de dólares y oficinas de las nuevas tecnológicas, pero yo aprendí a pelear en esos viejos almacenes y dormí muchas noches en los barcos abandonados, listos para el desguace.

Mientras circulamos, observo con curiosidad los remodelados edificios y los recuerdos regresan a mi mente en avalancha. Pasamos por un loft con las paredes llenas de enredaderas y las persianas pintadas con la bandera Arco Iris, fue justo ahí donde me di mi primer beso con una chica llamada Rose. Un poco más adelante, el viejo almacén donde todavía podían encontrarse cajas de hace doscientos años y donde tuve mi primera pelea callejera es ahora una tienda Apple.

La zona al igual que yo, ha cambiado.

La sorpresa salta cuando llegamos al club de intercambio. Durante estas semanas, había intentado imaginarlo en mi mente de mil maneras distintas; pensé en una vieja mansión victoriana al estilo Eyes Wide Shut, en un piso clandestino como los que salen en las películas porno de Shades of Kink, o en un burdel con una zona reservada para los intercambios.

Lo que no esperaba de ninguna manera es que fuese algo tan público, tan a la vista. Dos grandes neones iluminan una fachada metálica: uno con las letras Club Swinger en blanco; el otro con las palabras Shared Pleasures en un rojo intenso, decorado con la silueta de un collar y unas cadenas.

—Hemos llegado —afirmas, después de aparcar el Jaguar en la zona reservada del aparcamiento.

La noche de Liverpool es tan fría como recuerdo, aunque mi estremecimiento se debe más a los nervios de estar a punto de cumplir mi fantasía. Te acercas a mí y me abrazas con fuerza, besándome en la mejilla.

—Tranquila, Laura. Lo he preparado todo para que sea una noche inolvidable —me dices.

Mientras caminamos hacia la entrada, solo el eco de mis plataformas contra el asfalto rompe el silencio reinante. Tras recorrerme el cuerpo con una mirada cargada de intención, el enorme portero, vestido con unos ajustados pantalones de cuero y una camiseta de tirantes de rejilla, nos sonríe y nos abre la puerta.

A pesar de que todavía nos queda un largo pasillo por recorrer, ya se nota el ambiente. La música de los setenta y ochenta nos golpea cada vez que se abre la puerta del fondo, y el olor a incienso es cada vez más intenso.

—Buenas noches, señor Exetter —te saluda otro de los porteros—. Me alegra tenerle de vuelta por aquí.

Al igual que hizo su compañero hace unos momentos, el portero recorre mi figura con la mirada, pero de una forma mucho más lenta y descarada; se detiene en la curva que marcan mis pechos contra el cuero y en mis largas piernas. Cuando sus ojos se centran en mi rostro, veo cómo sus pupilas se dilatan. Sí me ha reconocido, no dice nada.

—Las normas siguen siendo las mismas, señor Exetter —te dice sin apartar su mirada de mí—. Todas las sumisas deben acceder al club con correa y collar.

Te miro fijamente, intentando disimular mi enfado frente al portero. Te he dicho muchas veces que no me gustan estos juegos —puedo dejar que me folles duro, que me azotes como hiciste en el Rolls-Royce hace unos meses—, que no soy una de tus sirvientas sumisas ni una de tus secretarias obedientes. No soy alguien a quien puedas colocarle un collar o una gargantilla para marcarla como tu propiedad delante de tus amigos.

Antes de que puedas contestarme, el portero nos interrumpe.

—Disculpe, señor Exetter. Si no ha traído el collar y la correa, el club estará encantado de prestarle un juego —te dice con una diatriba estudiada.

Abre un cajón y deja sobre el atril de madera un collar de cuero negro y una cadena metálica. Es un conjunto prácticamente idéntico al que utilizo para pasear a mi bulldog francés.

Sin decir una palabra, y ni siquiera mirarme, te acercas al atril y coges el collar y la correa. Te colocas detrás de mí y me apartas la melena con la mano.

—Es tu fantasía —me dices al oído.

Posas tus labios en mi nuca y me das un beso suave, pero terriblemente posesivo. Sé que debería darme la vuelta, salir corriendo de allí, pero no me muevo. Tomas esa falta de acción como mi permiso y cierras el collar alrededor de mi cuello. Al contacto con mi piel, lo siento caliente, húmedo… como si acabase de ser retirado del cuello de otra mujer hace solo unos minutos.

El portero abre la puerta del fondo y hace un gesto con la mano para invitarnos a pasar. Das un tirón de la correa para guiarme al interior del club y, mientras camino un paso detrás de ti, ya no estoy segura de si venimos a cumplir mi fantasía o la tuya.

La imagen que se despliega ante mis ojos me sobrecoge intensamente. No es un club BDSM al uso como los que he visto en la televisión; aquí no hay cadenas, ni látigos, ni aparatos de tortura de madera. Sin embargo, la dominación masculina y la sumisión femenina son palpables a cada paso que damos.

Veo sumisas arrodilladas a los pies de sus amos; unas simplemente apoyan la cabeza en sus muslos, otras les dan de forma relajada y rítmica una mamada, como si estuviesen solos en una habitación y no rodeados de cientos de personas. Hay chicas siendo folladas por dondequiera que miro: unas a cuatro patas, agarradas del pelo para tirar de sus cabezas hacia atrás; otras inclinadas sobre los sofás. Incluso veo a varias con el coño, el culo y la boca invadidos por pollas sudorosas y brillantes.

No hay ningún tipo de control. Cuando un hombre se retira de una chica después de correrse en su interior o sobre su espalda, otro toma su lugar de inmediato.

Sé que debería estar asustada porque eso sea lo que has preparado para mí, pero la realidad es que me siento cada vez más excitada.

Respiro aliviada al ver que nos dirigimos a uno de los reservados. Sin embargo, ese alivio dura exactamente lo que tardas en abrir la puerta y reconocer a la pareja que has elegido para el intercambio.

—¡Eres un cerdo! —te grito, perdiendo por completo los papeles.

Me giro hacia ti para darte una bofetada, pero tu mano agarra mi muñeca, frenándome en seco. Como pasó aquel día en el Rolls-Royce cuando quise detener tus azotes, la fuerza de tu agarre vuelve a sorprenderme.

—Recuerda que ahora eres mi sumisa —me dices. Tiras de la correa para obligarme a avanzar hasta el centro del reservado—. Además, esta es tu fantasía. ¿Recuerdas?

Levanto la vista hacia la pareja y me fijo primero en la chica. ¡Dios, es increíblemente sexy! La conozco desde hace años; he entrenado decenas de veces con ella y me he masturbado más de una vez imaginando nuestros cuerpos sudorosos entrelazados sobre una cama. Es Anna Triviak, la única luchadora que me ha conseguido vencer alguna vez dentro del octágono.

Está vestida de cuero blanco; al menos las pocas prendas que todavía conserva sobre el cuerpo. Solo la minifalda y las medias de rejilla permanecen puestas. La chaqueta y el minúsculo top de cuero están tirados sobre uno de los sofás, lo que me indica que deben de haber llegado hace un rato.

Su rubia melena rizada está completamente despeinada, sus pezones lucen erectos y con marcas rojas de chupetones, y tiene los labios hinchados… la prueba evidente de haber estado chupándole la polla a ese gilipollas de Rufus.

Rufus Stone. Australiano, triple campeón de la UFC y un hombre al que solo se le puede querer u odiar; no existe el término medio con él… y yo le odio más que a nadie en el mundo.

He compartido media docena de veladas con él y, le he visto follarse a las chicas del ring en los pasillos, tratándonos a las luchadoras como si fuésemos parte de su harén privado. Le rompí la nariz cuando intentó propasarse conmigo tras arrinconarme contra la pared; la UFC, en vez de castigarle, lo convirtió todo en la lucrativa campaña de ‘La Guerra de los Sexos’. Hemos ganado millones de dólares y de fans manteniendo esa rivalidad en las pantallas.

Te miro con rabia. Sé que no me creíste cuando te dije que, poco después de cumplir los dieciocho años, le rompí el cuello a un tipo que intentó violarme a pocos metros de donde nos encontramos. Ahora mismo tengo que controlarme para no hacértelo a ti. Tú sabes todo esto, te lo he contado abrazados en la cama después de follar, y aun así vas a dejar que ese bastardo me folle.

Me las vas a pagar. 

—Dadnos un buen espectáculo —interviene Rufus, empujando a Anna hacia mí mientras enciende con el mando una pantalla de televisión que ocupa toda una pared del reservado.

La imagen de alta definición muestra dos rostros con las mejillas sonrojadas. El mío por la intensa rabia que siento; el de Anna, por la vergüenza y la humillación. Está claro que es una sumisa, pero no quería que nadie descubriese su secreto.

—¿Sabes, Laura? —me pregunta Rufus con una sonrisa—. Desde que la convertí en mi sumisa hace un año, en la velada de Estambul, he compartido a Anna con la mitad de los luchadores de la empresa… pero nunca he dejado que la toque una mujer.

Noto cómo las lágrimas comienzan a resbalar por las mejillas de la rubia. Al verlo, agarro su cabeza entre mis manos y la atraigo hacia mí. Primero le doy un beso suave en los labios y luego, con la lengua limpio las gotas de sus mejillas.

—Tranquila, Anna —le susurro—. Esta noche démosles lo que quieran. Mañana todo será distinto.

Sin dejar de besarla, deslizo la mano por su cuerpo. Acaricio sus pezones erectos, intentando no tocar los piercings que los adornan y que representan el logo de Rufus. No tardo en llegar hasta su coño, completamente empapado por la excitación.

De pronto, noto movimiento a mi espalda. Te has arrodillado detrás de mí y estás abriendo despacio la cremallera de mi vestido rojo. El toque de tus dedos que hace solo unas horas me excitaba, ahora me repugna.

Detengo mis caricias a Anna unos segundos, lo justo para que el vestido se deslice por mi cuerpo y caiga el suelo. El aire acondicionado del reservado golpea mi piel desnuda; mis pezones se endurecen rápidamente y mi excitación vuelve a dispararse.

Vuelvo a agarrar la cabeza de la rubia y la obligo a descender con suavidad hasta colocarla frente a mi pecho. Sin tener que decirle nada, Anna saca la lengua y lame uno de mis pezones; lo hace de forma torpe pero es suficiente para arrancarme un ligero gemido. Luego, acerca su boca y lo succiona, demasiado fuerte.

—Ya tendré ocasión para enseñarte —le digo, empujándola sobre la alfombra que cubre el suelo mientras deslizo la falta por sus delgadas y esbeltas piernas.

Se corre en cuanto me coloco entre sus piernas y mi lengua empieza a lamerle su sexo. Pero no me detengo; quiero llevarla a un orgasmo tras otro, hacer que el placer nuble por completo su mente y no se entere cuando la folles.

Mi cuerpo se tensa por completo en cuanto siento tus dedos invadir mi sexo. No quiero que me toques, me niego a disfrutar con tus caricias; pero después de un año juntos, sabes perfectamente dónde tocar para llevarme al clímax.

Hundo mi boca en el coño de Anna; de esa forma, sé que mis gemidos se apagarán contra su carne.

Frente a nosotros, Rufus ya se ha desnudado por completo. Desliza la mano sobre su polla, masturbándose mientras disfruta del espectáculo.

Ignorando a ese cerdo, me corro contra tus dedos justo después del tercer orgasmo de Anna. Al mirarla a la cara y ver su mirada perdida, sonrío y la vuelvo a besar en los labios.

He conseguido mi objetivo.

La ayudo a levantarse de la alfombra y la empujo suavemente hacia ti. Yo gateo hasta Rufus; aparto su mano y la sustituyo por la mía mientras lamo su capullo con fuerza.

Noto como su polla crece entre mis dedos y cierra los ojos llevado por el placer. En una de esas ocasiones muevo la mano hasta sus pelotas y comienzo a masajearlas despacio.

Sin soltar sus testículos, beso su firme vientre y voy subiendo por su cuerpo. Lamo su pecho, muerdo uno de sus pezones y luego me centro en su cuello y en el lóbulo de su oreja.

—Eres una puta increíble —me dice con una sonrisa.

Pensaba alargar su placer, dejarle disfrutar antes de hundir su vida, pero ya no puedo contenerme. Vuelvo a morder el lóbulo de su oreja y, mientras lo hago comienzo a susurrarle.

—Cuando esto acabe, voy a llevarme a Anna de aquí y no volverás a tocarla en tu puta vida.

En ese instante, cierro mis dedos sobre sus bolas. Un gruñido de dolor escapa de su boca, su cuerpo se tensa dispuesto a saltar contra mí.

—Si te mueves, te convierto en un eunuco —le susurro de nuevo, cerrando un poco más el agarre.

El macho alfa, la gran estrella de la UFC, está llorando como un niño, completamente incapaz de escapar de mi agarre.

—Si intentas volver a verla, o si planeas algo contra mí, las fotos de la fiesta de Zúrich saldrán a la luz —le amenazo.

Sus ojos se abren de par en par, su boca se tuerce en una grotesca mueca.

—¿Qué crees que dirían tus fans si vieran cómo le chupas la polla a Stuart mientras Alice te sodomiza con un strap-on? —le pregunto, liberando el ya innecesario agarre—. Sé perfectamente que estabas borracho y que todo fue poco más que un juego, pero a la gente, incluido al director general, eso le va a dar igual.

Vuelvo a masturbar su polla, completamente flácida por lo ocurrido. Uso mis manos y mi lengua para ponerla dura de nuevo, solo entonces, me la llevo a la boca. Me la trago hasta la garganta, sin detenerme hasta que apenas me cabe en la boca.

—Ahora voy a follarte —le digo. Me apoyo en su pecho y me coloco sobre él. Desciendo lentamente, aceptando centímetro a centímetro de su longitud, mientras intensos gemidos escapan de mi boca al sentir como mi coño se estira.

Frente a mí, ajeno a lo que acaba de ocurrir entre Rufus y yo, tú te estás follando a Anna; noto como su cuerpo vuelve a convulsionar por el nuevo orgasmo. Eres un cerdo, pero no puedo negarte que sabes cómo dar placer a una mujer.

Al ver que me miras, acelero el ritmo. Comienzo a subir y bajar sobre la polla de Rufus, arqueando la espalda y gimiendo todavía más fuerte. Tu mirada, tu postura y tus movimientos, todo me deja claro que la noche no se está desarrollándose como tú esperabas.

Los gemidos que soltaba bien podrían ser fingidos, pero el orgasmo que recorre mi cuerpo no lo es. Sin dejar que el placer disminuya, me desmonto de la polla de Rufus y le hago un gesto para que se vaya. Tendrá que masturbarse si quiere correrse, o unirse a la orgía que se desarrollaba fuera, como si fuese un cliente más buscando un polvo fácil.

Antes de unirme a ti y a Anna, saco el teléfono del bolso del vestido y envío un mensaje. Sonrío cuando su destinatario me confirma que lo ha recibido.

Vuelvo a besar a Anna en los labios mientras juego con sus pezones. Acaricio su clítoris con mis dedos y un nuevo orgasmo, comienza a formarse en su cuerpo. Cuando ella se corre de nuevo, tú eres incapaz de aguantar y te vacías en su interior.

Durante el resto de la noche, solo existimos Anna y yo. No voy a dejar que nos toques a ninguna de las dos. Cada vez que tu polla vuelve a ponerse dura, nos la llevamos a la boca. Nos alternamos para chuparla, sin detenernos hasta que te corres sobre nuestras caras, después nos besamos y lamemos hasta dejarnos limpias.

Son las cinco de la mañana cuando un mensaje entra en mi teléfono. No lo miro; no lo necesito. Me levanto de la alfombra y ayudo a Anna a hacerlo. Me visto despacio y la rubia sube la cremallera de mi vestido rojo mientras me besa con suavidad en el cuello.

—Nos vamos —te digo, alzándome sobre mis plataformas.

Estas tirado en el sofá, con la polla flácida y enrojecida después de que te hayamos exprimido cuatro veces. Tu cara de enfado y rabia ha desaparecido, sustituida por una expresión de no entender lo que acaba de pasar.

—Espero que haya disfrutado de la noche, señor Exetter —te dice el portero cuando pasamos a su lado.

Me detengo de golpe. Me desabrocho el collar de cuero, lo suelto y le dejo junto a la correa de metal sobre el atril de la mesa.

—Ha sido una noche que el señor Exetter y el señor Stone tardaran mucho en olvidar —le aseguro al empleado.

Sonrío al ver su expresión de asombro al escuchar a una sumisa hablándole de esa forma.

Cuando salimos a la calle, la fría madrugada de Liverpool nos golpea. Agarro a Anna y la atraigo hacia mí. Vemos que algo ocurre: hay media docena de coches de policía con las sirenas apagadas y las luces encendidas, y unas dos docenas de personas se congregan a su alrededor. De repente, sales corriendo hacia la zona del aparcamiento privado y te dejas caer de rodillas sobre el asfalto: tu Jaguar al igual que otra docena de vehículos de alta gama, ha sido desguazado. Los restos de su brillante carrocería se encuentran apoyados sobre unos ladrillos.

Anna y yo nos acercamos despacio hacia donde estas. Apoyo una mano sobre tu hombro; te giras de golpe y levantas la cabeza para mirarme… Estás llorando por un jodido coche.

—Nos vamos al hotel —te digo, sin ningún resto de cariño en mi voz—. Mañana pasaré a recoger mis cosas del ático y enviaré a alguien a por el resto a la mansión.

—¡No podéis iros solas! —gritas, perdiendo el control provocando que varios policías se giren a mirarnos—. Esta ciudad es peligrosa, ¡mirad lo que le han hecho a mi coche!

—Te olvidas de que yo crecí en estas calles —te replico.

Me giro volviendo a agarrar a Anna y me alejo de ti sin despedirme.

***

Son las doce de la mañana cuando nos despertamos. La noche para Anna y para mí no terminó cuando entramos en una de las suites de lujo del hotel. Lo primero que hice, con todo el cuidado del mundo, fue retirarle de los pezones los piercings con el logo de Rufus. Lo segundo… enseñarle cómo se complace a una mujer.

Los dos orgasmos a los que sus dedos y su boca me llevaron en apenas una hora, dejan claro que ella es una excelente alumna y yo, sin duda, una mejor profesora.

Mientras desayunamos enciendo la televisión y la noticia que aparece en pantalla provoca que casi nos atragantemos con los croissants.

“Últimas noticias de la mañana —anuncia la presentadora—. Casi una docena de coches de lujo han amanecido completamente desguazados en las inmediaciones del puerto de Liverpool, la gran mayoría en el aparcamiento privado del club de intercambio Shared Pleasures.

Entre los vehículos dañados, cuyos destrozos ascienden a millones de libras, figuran dos Porsche 911 Carrera, un Jaguar F-Type R, un Ferrari F40 y un Lamborghini Diablo. Además, las autoridades han confirmado entre los coches dañados se encuentra el icónico Hummer H1 Alpha Propiedad de la estrella de la UFC, Rufus Stone.”

Apagamos la televisión y seguimos desayunando tranquilamente. Mientras devoramos todos los dulces y postres que hemos pedido al servicio de habitaciones, comenzamos a hablar de nuestros planes y de nuestro futuro juntas.

No abandonamos el hotel hasta bien entrada la tarde. Anna puede ser una alumna muy aplicada, pero las dos sabemos que la mejor forma de que no olvide sus lecciones es repetirlas una y otra vez.

Cuando salimos por fin a la calle, entre las sombras que el atardecer proyecta en el lateral del hotel, veo una cara conocida.

—Espera un momento aquí —le digo a Anna.

Camino nerviosa hacia la oculta figura. Hace cinco años que la ví por última vez.

—Hola, Chris —le saludo sin saber que más añadir.

La observo detenidamente. Va vestida casi exactamente igual que la última vez que la vi: vaqueros rotos, botas militares y blusa de rejilla negra con un top blanco encima. Solo su pelo, teñido ahora de un morado intenso en vez del rosa que recordaba es diferente.

—Hola, Laura. Me alegro de verte —me responde, apoyada contra la pared.

—Muchas gracias por responder a mi mensaje. Dime que te…

—No me debes nada —me interrumpe de golpe—. Vamos a sacar mucho dinero vendiendo las piezas de esos coches en el mercado negro, incluso después de descontar el pago a la policía.

—¿Seguro, Chris?

—Seguro, Laura. Verte regresar a casa ya es suficiente pago para mí.

—Muchas gracias —le digo mientras me giro para irme.

—Espera, Laura —me detiene—. Si que puedes hacer una cosa por mí. Ven a visitarme pronto… y trae a tu novia contigo.

—No somos novias —le respondo, mientras desvió la mirada hacia Anna.

—¡Ya! —suelta Chris con una carcajada cargada de ironía—. Nosotros tampoco lo éramos.

Llego a la altura de Anna, la agarro por la nuca y le doy un intenso beso. No necesito girarme para saber que Chris sigue mirando.

***

Me quedo paralizada frente a la televisión, viendo en la pantalla como os sacan a tu padre y a ti de la mansión familiar y os meten esposados en la parte trasera de un coche patrulla. Hace un mes desde la noche en Liverpool, y aunque no has dejado de llamarme ni un solo día, no te he cogido el teléfono.

A mi lado, Anna está igual de fija en otra pantalla, mirando la otra noticia que ha impactado en la mañana. El director general de la UFC está dando una rueda de prensa para informar de la expulsión y retirada de todos los títulos de Rufus Stone, en una ventana en la zona inferior, puede verse la foto con la que le amenacé en el club.

Si tardé todo un mes en llevar a cabo mi venganza, fue únicamente porque necesitaba tenerlo todo bien atado con los jefes de la UFC. Al principio, no parecían muy dispuestos a tomar medidas contra Rufus; uno de sus principales activos.

Sin embargo, en cuanto les deje caer que podían perder a sus dos mayores estrellas femeninas y a un número importante de patrocinadores, no se lo pensaron más.

Contigo, Frank, fue más difícil. Ningún tabloide, ni siquiera los más sensacionalistas, querían correr el riesgo de meterse con alguien de tu estatus. Estaba a punto de desistir, frustrada y enfadada, cuando la solución vino de la forma más inesperada.

—Charles posee varios periódicos, tanto en papel como digitales —me soltó tu hermana Mary, entre jadeos, mientras se recuperaba del orgasmo al que acabábamos de llevarla Anna y yo.

—Pero Charles es muy amigo de tu hermano. No creo que esté dispuesto a enfrentarse a él —le respondí.

—Por eso no te preocupes. Yo sé perfectamente cómo convencerle —aseguró tu hermana ruborizándose.

Tres días después, mediante una videollamada en la se le veía con tu hermana montando su polla, me daba el OK para hundirte. En cuanto le enviase la información, la publicaría en todos sus medios.

No grabé esos vídeos follándote a las sirvientas para esto. Lo hice para masturbarme a solas cuando nuestras obligaciones nos mantenían separados. Me excitaba verte así, salvaje, imaginándome que era a mí a quien poseías de esa forma tan cruda.

Como supuse, en cuanto los medios de Charles publicaron los vídeos, todos los tabloides y televisiones que me habían rechazado se hicieron eco, y el escándalo llegó hasta el mismísimo Parlamento.

Lo que no esperaba es que acabase con tu detención y la de tu padre. Aunque, no es que eso importe ahora. Puede que todos los rancios miembros de la aristocracia británica usen a sus sirvientas como has hecho tú, pero una cosa es comentarlo entre risas en vuestros clubes privados y otra muy distinta que todo el populacho se entere.

Según informan las noticias, en tan solo veinticuatro horas una veintena de sirvientas que han trabajado para tu familia en los últimos años han presentado denuncias por acoso sexual y violación, y cerca de medio centenar de empleadas de tus empresas han hecho lo mismo.

Sé de sobre que no vas acabar en la cárcel. Tus amigos aristócratas saben perfectamente que, si tú terminas entre rejas, ellos también podrían acabar haciéndolo. En unos meses, tras pagos muy generosos, todas las denuncias serán retiradas. Ni siquiera llegarás a arruinarte, seguirás siendo muy rico, pero un paria entre los tuyos y eso es lo que sé que te va a doler más que nada.

En un mes, tu hermana Mary se fugará con Charles y se casarán en su rancho de Texas en una ceremonia multitudinaria y por todo lo alto. En dos meses, la reprimida de tu madre, haciendo a la perfección el papel de víctima plañidera, le pedirá el divorcio a tu padre y se quedará con la mitad de la fortuna familiar.

En cuanto al duque… no creo que tu padre aguante mucho más tiempo la humillación de verse despojado de su estatus, terminará volándose la cabeza con la escopeta de caza.

Sé que todo esto no va a cambiar nada de lo importante. Todas esas sirvientas y trabajadoras que hoy te han denunciado, mañana estarán trabajando para otro cerdo parecido a ti, inclinándose y dejándose follar por él, después de todo… para eso han sido educadas.

Tú, con tu título de duque bajo el brazo, aunque repudiado en Inglaterra, presumirás de él en los lugares que sabes que esas cosas de la nobleza y la sangre azul todavía importa: Sudamérica, Australia y en la mayor parte del continente africano. Allí, tu dinero, tu título y tu físico te seguirán permitiendo follar con cualquier chica que se te antoje.

Pero ninguna de ellas será la que realmente quieras. Ninguna… seré yo.

***

Anna apoya suavemente la cabeza en mi hombro, mientras sus dedos recorren mis muslos hasta el borde de la falda.

—Estate quieta —le ordeno con voz firme, soltando una de mis manos del volante de mi Hellcat Widebody para apartarla con suavidad.

Nos dirigimos a Liverpool a encontrarnos con Chris. Mi antigua amiga tiene que enseñarme todo lo necesario para dominar a una sumisa… aunque eso signifique tener que volver a dejarle que me ate.

FIN

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