Capítulo 2
Los días siguientes tienen un sabor extraño.
Flavio se sienta frente a la PC con una precisión casi ritual. No publica todo junto. Eso sería un error de principiante. Él conoce el juego: la impaciencia vende más que la abundancia. Una foto a la mañana temprano, otra a la noche. Un video de quince segundos en la página +18, sin mostrar todo. Siempre dejando algo para después.
Los seguidores crecen como una mancha de humedad.
«Mostrá más, hermosa»
«Cuándo el próximo video?»
«Te daría toda mi plata»
Flavio lee los comentarios con una sonrisa fría. Sus dedos vuelan sobre el teclado, respondiendo mensajes, agradeciendo donaciones, calentando el ambiente. Sabe exactamente qué decir y cuándo decirlo. Nunca demasiado, nunca muy poco.
El video de Milagros de rodillas, con la cara manchada de lágrimas y rimel, se vuelve viral en menos de seis horas en la página +18. Flavio distorsionó su propio rostro con un filtro, una mancha digital que lo vuelve irreconocible. El de Milagros quedó intacto.
Ella es la estrella.
Y las estrellas se miran, no se esconden. Milagros intenta seguir con su vida normal.
La facultad, el gimnasio, las amigas. Las risas en el bar de la esquina, los apuntes prestados, los chistes sobre los profesores. Todo igual que antes. Pero nada es igual.
Camina por el pasillo de la universidad y siente las miradas. O cree sentirlas. Un pibe de economía la saluda con una sonrisa y ella piensa «¿Viste mi video?». Una mina de su curso le dice «linda remera» y ella piensa «¿Sabés lo que hice con mi boca hace tres días?».
Se sienta en el aula, abre el cuaderno, y no puede concentrarse. La imagen no se va. Flavio parado frente a ella. La cámara grabando. El sabor caliente en la garganta.
«¿Qué me está pasando?», se pregunta. Pero no quiere responder.
En el gimnasio se pone las mallas ajustadas, las que le marcan la cadera y el culo. Antes lo hacía porque le gustaba verse bien. Ahora lo hace pensando en los comentarios. «Qué culo». «Qué tetas». «Para llenarte de leche».
Una parte de ella se siente asqueada.
Otra parte sonríe cuando nadie la mira.
Llega a su casa a eso de las seis. El sol de la tarde se cuela por la ventana del comedor, largo y amarillo, dibujando rectángulos de luz en el piso de madera. Trae el uniforme del gimnasio: las calzas negras que le abrazan cada músculo de la pierna, la remera blanca que deja ver la sombra del corpiño deportivo. El pelo recogido en una cola alta, las mejillas aún rosadas por el ejercicio.
Se ve hermosa.
Y lo sabe.
Flavio está sentado en el sillón, con las piernas cruzadas y un mate en la mano. La tele está apagada. No hay música. Solo el ruido del termo al apoyarse en la mesa y el zumbido lejano de un ventilador.
—Hola —dice ella, dejando la mochila en la entrada.
—Hola —responde él, sin levantarse.
Un silencio.
No el silencio incómodo de las primeras semanas. Es un silencio distinto. Un silencio de gente que sabe cosas. De gente que ya cruzó líneas que no se pueden volver a cruzar.
Flavio ceba otro mate. Lo toma despacio, con los ojos fijos en ella. Milagros siente ese peso en la piel, esa forma de mirarlo que él tiene ahora. Como si la estuviera leyendo. Como si supiera exactamente lo que ella piensa en cada segundo.
—Es hora de seguir trabajando —dice él, al fin.
Milagros no responde. Pero siente algo caliente subiéndole por el pecho, por el cuello, por las mejillas.
«No es una pregunta», piensa. «Es una orden.»
Y la orden le gusta.
No dice nada. Solo asiente con la cabeza, una vez, y sigue a Flavio hacia el fondo de la casa. El patio de atrás es pequeño, íntimo. Unos pocos metros de pasto descuidado, un limonero medio seco contra la pared, y un rincón donde la sombra de la tarde se vuelve dorada y densa. Cerca de las flores —unos jazmines que la madre de Milagros plantó hace años— Flavio armó la escena.
Una filmadora nueva, de buena calidad, montada sobre un trípode de metal. El lente apunta directamente al espacio entre las plantas, donde la luz filtrada por las hojas dibuja manchas móviles en el piso de tierra.
—¿Eso es nuevo? —pregunta Milagros, con la voz más ronca de lo que quisiera.
—Compré con la plata de las donaciones —dice Flavio—. Hay que invertir en el negocio.
Lo dice tan natural. El negocio. Como si fuera una verdulería o un taller mecánico. Milagros traga saliva. Siente las calzas pegadas a los muslos, el sudor del gimnasio aún fresco en la nuca.
Flavio ajusta el enfoque. Presiona un botón. La cámara emite un pitido suave y una luz roja empieza a parpadear en el costado.
—Grabando —dice, como un director de cine—. Empezá.
Milagros lo mira. Después mira la cámara. Después mira sus propias manos, que tiemblan apenas.
«Podría decir que no», piensa. «Podría dar la vuelta, irme a mi pieza, cerrar la puerta con llave.»
Pero no da la vuelta. No se va. No cierra ninguna puerta.
Se para frente al lente. Las manos en las caderas. Los hombros hacia atrás. La cola de pelo cayéndole sobre la espalda.
Flavio saca la cámara de fotos que tiene colgada del cuello y empieza a disparar. Click. Click. Ella se mueve como él le indica: un paso al costado, los brazos arriba, una mano en la nuca, la mirada perdida en algún punto detrás de la cámara.
La ropa empieza a molestar.
No se la saca todavía. Es parte del juego. Flavio quiere que los seguidores vean el proceso. El encaje que asoma debajo de la remera. La curva del corpiño. La línea del ombligo.
—La remera —dice él, sin preguntar.
Ella agarra la tela por abajo, la sube despacio. Primero la panza. Después el corpiño deportivo. Después más arriba, hasta que la remera queda enganchada en los dedos y ella se la saca por completo, tirándola al pasto.
Queda en corpiño y calzas. La piel blanca bajo el sol amarillo, los brazos cubiertos de un vello rubio casi invisible.
Click.
—Las calzas.
Milagros mete los dedos por la cintura. Empuja la tela hacia abajo, bajando las caderas con un movimiento lento y estudiado. Las calzas caen al piso. Ella las patea a un costado.
Queda solo con el corpiño de encaje. Un corpiño nuevo, de esos que compró Flavio con las donaciones. Rojo oscuro, casi burdeos, que apenas le sostiene los pechos y deja ver la sombra de los pezones a través de la tela.
Click. Click.
Flavio da la vuelta, la filma de espaldas. La tanga combina con el corpiño, una tira delgada que se pierde entre las nalgas. Milagros mira hacia atrás por encima del hombro, la boca entreabierta, la lengua asomando apenas.
La luz roja de la filmadora parpadea sin descanso.
—Desvestirte —dice Flavio.
No es una orden violenta. Es una orden calma, doméstica casi. Como pedirle que saque la basura o que lave los platos.
Milagros desabrocha el corpiño. La tela cae. Sus pechos grandes quedan al aire, redondos y pesados, los pezones ya duros por el aire de la tarde o por lo que sea que está pasando dentro de su cabeza. El corpiño vuela hacia las flores, queda colgado de una rama de jazmín.
Después la tanga. Se da vuelta, se inclina apenas hacia adelante, y baja la tira despacio. La nalgas redondas, firmes, la sombra oscura entre los muslos. La tanga cae al pasto.
Está completamente desnuda.
El sol le calienta la espalda. Siente una brisa suave moviéndole los vellos de la nuca. Y siente la mirada de Flavio, caliente y fría a la vez, devorándola desde detrás de la cámara.
Saca las fotos que faltan. De frente. De perfil. Con las manos en los pechos, apretando la carne blanda, hundiendo los dedos. Con las piernas abiertas, mostrando la humedad que empieza a brillar entre sus muslos.
—Ponerte en cuatro —dice Flavio.
Ella se arrodilla en el pasto. Las rodillas sobre la tierra húmeda. Las manos apoyadas en el suelo, la espalda arqueada, el culo en alto. Siente el pasto pinchándole las espinillas, el aroma de los jazmines mezclándose con su propio olor.
«Más», piensa. «Quiero más.»
No sabe si el pensamiento es suyo o se lo metió Flavio en la cabeza.
Escucha el ruido del cierre bajándose. El pantalón de él cayendo al pasto. El sonido de sus pasos acercándose por detrás.
Y entonces siente algo duro presionando contra su ano.
No hay preparación. No hay dedos. No hay lubricante. Solo la punta de Flavio, seca, caliente, apoyada justo donde nadie había entrado nunca.
Milagros abre la boca para decir algo. Para pedirle que espere, que tenga cuidado, que nunca…
Él entra.
Rápido. Fuerte.
El grito se le escapa de la garganta antes de que pueda contenerlo.
—¡Ay!
No es un grito de placer. Es un grito de sorpresa, de dolor, de algo que no sabe cómo nombrar. Siente el miembro de Flavio abriéndola por dentro, estirando una carne que nunca fue estirada. Las manos se le clavan en la tierra, las uñas llenas de pasto y barro.
—¡Ah! —otro grito—. ¡Hala!
Flavio no para. No pregunta si está bien. No espera que se acostumbre. Una mano se le aferra a la cadera, los dedos hundiéndose en la carne blanda. La otra mano la golpea la nalga. Pum. Un ruido seco que retumba en el patio cerrado.
—Callate —dice él, con la voz rota—. Callate y recibí.
Milagros muerde el labio. Las lágrimas le brotan de los ojos otra vez. Pero en algún lugar profundo de su cuerpo, abajo, muy abajo, algo empieza a cambiar.
El dolor sigue ahí. Cada embestida es una puntada caliente que le sube por la columna. Pero mezclado con el dolor hay algo más. Un cosquilleo eléctrico que nace en la punta de los dedos y se extiende por los muslos, por la panza, por los pechos que se mueven violentos con cada golpe.
Flavio la nalguea otra vez. Otra. Y otra. Las nalgas se le enrojecen, la piel marca las líneas de los dedos. Él mete el miembro completo, hasta la base, y ella siente sus testículos chocando contra su cuerpo húmedo.
Entonces la saca toda. Toda entera. Milagros queda vacía, abierta, jadeando.
Y la mete de golpe otra vez.
El grito de ella es distinto ahora.
No es solo dolor.
Es dolor y algo que no quiere reconocer.
—Ah… ah… —gime, y la voz le sale ronca, rota, ajena.
Flavio la agarra del pelo. La cola alta se desarma, los mechones rubios quedan enredados entre sus dedos, tirando hacia atrás, forzándole el cuello. Ella mira hacia arriba, ve el limonero seco, el cielo naranja de la tarde. Las lágrimas le corren por las mejillas.
—Así —dice él, jadeando—. Así me gusta.
Muerde el hombro de Milagros. Los dientes apretando la piel, marcando la carne. El dolor es un relámpago blanco que se cruza con el placer que empieza a crecer entre sus piernas, caliente, inevitable.
Los pechos de ella se mueven como péndulos con cada embestida. Chocan entre sí, se levantan, caen, se sacuden. Flavio mete la mano por abajo, los agarra, los aprieta. La carne blanda se desborda entre sus dedos. Milagros gime con la boca abierta, la saliva cayéndole por la barbilla.
Y entonces el orgasmo la golpea.
Fuerte.
No como los orgasmos que se da sola en su cama, con la mano entre las piernas. Este es distinto. Este viene desde adentro, desde el hueso, desde algún lugar que ella creía que no existía.
El cuerpo se le tensa entero. La espalda se arquea como un arco. La boca se abre en un grito mudo. Las piernas le tiemblan, las manos se aferran al pasto, los pechos se sacuden sin control.
Flavio siente el apretón. Las paredes de ella cerrándose alrededor de su miembro, succionándolo, pidiendo más. Él aprieta los pechos más fuerte, casi con furia, y entierra la cara en el cuello de Milagros.
—Toma —dice, con la voz ronca—. Tomá mi leche.
Termina dentro de ella.
El líquido caliente llena el culo de Milagros. Una sensación extraña, caliente, que se derrama y se escurre. Flavio se queda ahí unos segundos, entero dentro de ella, la respiración agitada contra su nuca.
Después sale.
Ella escucha el cierre del pantalón. El ruido de la trípode plegándose. Los pasos de él alejándose por el pasto.
Se queda de rodillas en el suelo. Las manos apoyadas en la tierra. El culo en alto, el líquido escurriéndole por los muslos. El pasto pinchándole las rodillas. Los jazmines agitándose con la brisa.
«El me crió», piensa, mirando hacia atrás, viendo a Flavio entrar a la casa con la cámara en una mano y la filmadora en la otra.
«Siento que me crió para esto. Para usar mi cuerpo.»
El pensamiento debería darle asco.
Pero no le da asco.
Lo que siente es más parecido a una certeza. Una certeza caliente y oscura que se instala en su pecho como un animal dormido.
Se deja caer de costado sobre el pasto. Jadea. Mira el cielo que empieza a oscurecerse, las primeras estrellas titilando entre las nubes.
No se mueve.
No quiere moverse. Flavio entra a su habitación y cierra la puerta.
Apoya la cámara y la filmadora sobre el escritorio. Se sienta frente a la PC, los dedos todavía temblorosos. La pantalla se ilumina con el wallpaper genérico de Windows, un paisaje de montañas que ya ni mira.
Conecta los cables. Las fotos empiezan a pasar de un dispositivo a otro. La imagen de Milagros en cuatro. Los pechos moviéndose. La cara manchada de lágrimas. El culo en alto, enrojecido, abierto.
Flavio se recuesta en la silla. Pasa las manos por la cara, se frota los ojos cansados.
—Ella no es mi hija —dice en voz alta, probando las palabras.
Suena cierto.
Suena justo.
Suena como una sentencia.
—Es el premio —susurra, mirando la pantalla—. El premio de mi esfuerzo por criarla.
La luz de la pantalla le ilumina la cara, marca las sombras profundas de sus ojos, las arrugas alrededor de la boca. Por un momento, Flavio se ve tan viejo como es. Cincuenta y tres años gastados en una vida que no era suya, en una hija que no era suya, en una esposa que le mintió hasta la muerte.
Pero ahora todo eso cambió.
Ahora él tiene lo que le deben.
Y piensa cobrarse cada centavo.
Capítulo 3 Final
Tres meses.
Tres meses de fotos, de videos, de susurros frente a la cámara. Tres meses de donaciones que llegaban como un torrente, de seguidores que se contaban por miles, de comentarios cada vez más zarpados que ella leía con una mezcla de asco y orgullo.
Los perfiles de Milagros crecieron como un incendio.
Lo que empezó como un secreto sucio entre las paredes de esa casa vieja se convirtió en un monstruo de miles de cabezas. Gente de todo el mundo miraba sus fotos, compraba sus videos, le escribía pidiéndole más. Más piel. Más carne. Más de ella.
Y ella entregaba.
A cambio, la cuenta bancaria se llenaba como un balde bajo la lluvia.
Ropa de marca. Carteras. Zapatos que antes miraba en vidrieras sin atreverse a entrar. Un auto cero kilómetro, rojo y brillante, estacionado en la vereda de la casa que seguía siendo la misma de siempre. Milagros manejaba por la ciudad con el vidrio bajado, el pelo al viento, y sentía que por primera vez en su vida tenía el control.
O eso creía.
Flavio, más sensato, miraba los números en su laptop nueva —una Macbook que pagó al contado— y hacía cálculos. No quería autos ni ropa. Quería una casa. Una casa más grande, más nueva, con jardín y pileta. Una casa donde nadie preguntara de dónde salía la plata.
«Ahorrá», se decía mientras transfería los fondos a una cuenta separada. «Esto no va a durar para siempre.»
Pero el video de Milagros en cuatro, con Flavio detrás, se había vuelto viral en media docena de páginas +18. Los comentarios eran una avalancha de obscenidades.
«Esa puta nació para esto»
«Cómo gime la zorra»
«Quiero verla con dos»
«Más videos así»
Flavio leyó cada comentario con los dientes apretados. No iba a repetir la fórmula tan rápido. Había que hacerlos esperar. La impaciencia vende más que la abundancia. Siempre.
Pero les daba migajas.
Videos de Milagros haciéndole un pete en el auto, estacionados en una esquina cualquiera, con la gente pasando al lado sin saber. Una sesión de fotos en una plaza, Milagros desnuda bajo un árbol, la piel blanca contrastando con el pasto verde. Otro video en frente de la universidad, ella arrodillada entre sus piernas, la cola de caballo moviéndose al ritmo de su cabeza.
Ninguno de los dos podía parar.
Era una máquina que se alimentaba sola. Pero esa mañana, algo cambió.
Milagros salía de la facultad, los apuntes apretados contra el pecho, cuando un chico se le paró al frente. Lo conocía. Iban juntos a Introducción a la Economía. Pelo negro, ojos oscuros, una sonrisa que antes le parecía simpática.
—Milagros —dijo él, con la voz justo en el tono que no tenía que tener—. ¿No vas a hacer un video con dos hombres?
Ella se quedó helada.
—Yo quiero ser uno de esos hombres —agregó, y se rió, como si fuera un chiste.
Pero no era un chiste. Milagros vio sus ojos y supo que había visto los videos. Que la había reconocido. Que la miraba y no veía a la compañera de cursada, veía a la mina que se lo chupaba a un viejo en un auto estacionado.
Bajó la mirada. Las mejillas le ardían. Las manos le temblaban alrededor de los apuntes.
—No sé de qué hablás —murmuró, y pasó de largo.
El chico no la siguió. Pero su risa quedó pegada en la nuca de Milagros como una avispa. En el comedor universitario, Susana y Martina ya la estaban esperando. Sus amigas. Las que quedaban.
Porque algunas se fueron.
Sin explicación. Sin despedida. Solo mensajes que quedaban en «visto» y miradas que se desviaban cuando se cruzaban por el pasillo.
—¿Estás bien? —preguntó Susana, acomodándose los anteojos—. Te veo rara.
—Estoy bien —mintió Milagros, sentándose.
Martina se inclinó sobre la mesa, bajó la voz.
—A mí no me mientas. ¿Qué pasó? ¿Alguien te dijo algo?
Milagros dudó. Pero el peso de las últimas semanas le apretaba el pecho como una mano cerrada.
—Me paró un chico —dijo, mirando el vaso de agua—. Me preguntó si iba a hacer un video con dos hombres. Dijo que quería ser uno de ellos.
El silencio se volvió denso.
—¿Y vos qué le dijiste? —preguntó Martina.
—Nada. Me fui.
Susana y Martina se miraron. Después, Susana apoyó la mano sobre la de Milagros.
—Mili —dijo, con una voz que no era de juicio—. Nosotras no te vamos a juzgar. Pero tenés que saber que esto… lo que estás haciendo… la gente va a hablar.
—Ya lo sé —respondió Milagros, y su voz sonó más dura de lo que quería—. Pero también sé que ninguna de las que me dejó de hablar tiene un auto 0km. Ni ropa de marca. Ni la plata para pagar la facultad sin pedirle un peso a los viejos.
Martina sonrió, apenas.
—¿Cuánto ganás, igual? —preguntó, con curiosidad genuina—. ¿En serio? ¿Tanto?
Milagros le dijo el número. En un susurro, con la cabeza gacha.
Las dos se quedaron mudas.
—¿Vos creés que yo…? —empezó Martina, y se detuvo.
—No sé —dijo Milagros, encogiéndose de hombros—. Pero si lo hacés, no lo hagas por la plata. Hacelo porque querés. Porque te gusta. Porque no te importa lo que digan.
«Y porque una vez que empezás», pensó, «no hay vuelta atrás.»
No dijo eso en voz alta. Esa noche, Milagros llegó a casa con la cabeza llena de avispas.
Flavio estaba en el comedor, la Macbook apoyada en la mesa, tecleando con concentración. La luz de la pantalla le iluminaba la cara, marcaba las arrugas alrededor de los ojos, el cabello canoso.
—Hola —dijo ella, dejando las llaves en la entrada.
—Hola —respondió él, sin levantar la vista.
Milagros se quedó un segundo en el umbral, mirándolo. Los dedos de él volaban sobre el teclado, respondiendo mensajes, subiendo contenido, gestionando el monstruo que habían creado juntos.
«Siempre me trata frío», pensó ella mientras subía la escalera. «Solo me ve como algo comercial. Un producto. Una inversión.»
Se encerró en su habitación y se dejó caer en la cama.
El techo era el mismo de siempre. Las mismas rajaduras. La misma mancha de humedad en la esquina. Pero todo lo demás había cambirado. Ella había cambiado.
«¿Soy una cobarde?», se preguntó. «¿Me voy a arrepentir?»
La respuesta llegó sola, clara como el agua.
«Este es el camino que elegí. Y no soy una cobarde. No me voy a arrepentir.» La noche cayó pesada sobre la casa.
Cenaron por separado, como ya era costumbre. Ella en su pieza, mirando una serie en el celular. Él en el comedor, terminando de editar un video para la página +18.
Los platos quedaron en la pileta.
Las luces se apagaron una por una.
Flavio se fue a dormir como todas las noches: solo, en esa cama, con el ventilador haciendo ruido y las persianas bajas.
Pero Milagros no podía dormir.
Se dio vuelta en la cama. Miró el techo. Miró la ventana. Escuchó el silencio de la casa.
Y entonces tomó una decisión.
Se levantó despacio. Abrió el placard. Sacó el camisón que había comprado la semana pasada y que nunca se había puesto. Lo había guardado en el fondo, escondido detrás de los buzos viejos, como si supiera que algún día iba a necesitarlo.
El camisón era de seda negra. Transparente apenas, con unos tirantes finos que se hundían en los hombros y un encaje que bordeaba el escote en forma de V. La tela caía suave, líquida, marcando la curva de sus pechos, el estrechamiento de la cintura, la redondez de las caderas.
Se miró en el espejo.
La imagen que devolvía era la de una mujer. No la nena que Flavio había criado. No la compañera de facultad. No la piba de los videos.
Era otra cosa.
Era carne. Deseo. Poder envuelto en seda.
Apagó la luz de su habitación y cruzó el pasillo en puntas de pie.
El piso de madera crujió bajo sus pies descalzos. La puerta de Flavio estaba entreabierta, como siempre. Nunca cerraba del todo. Milagros apoyó la palma en la madera fría y empujó.
La habitación estaba a oscuras. Solo la luz amarillenta de la calle entrando por las rendijas de la persiana, dibujando líneas paralelas en el piso. El ventilador giraba lento, moviendo el aire caliente de la noche.
Flavio dormía boca arriba. La sábana apenas le cubría la cintura, dejando al descubierto el pecho peludo, los brazos fuertes, las manos callosas apoyadas sobre el estómago.
Milagros encendió la luz de la mesa de luz.
Él abrió los ojos despacio. No se sobresaltó. No preguntó qué hacía ahí. Solo la miró, y en esa mirada había cansancio y sorpresa y algo más, algo que ella no sabía nombrar.
—Necesito que me hagas el amor —dijo ella.
La voz le salió firme. Más firme de lo que se sentía por dentro.
Flavio se incorporó apoyándose en los codos. La miró de arriba abajo. El camisón de seda. Los pechos empujando la tela. Las piernas largas, los pies descalzos sobre el piso frío.
—Esperá —dijo, y su voz era un rasguño—. Voy a buscar las cámaras.
—No.
La palabra cortó el aire como un cuchillo.
—No —repitió Milagros—. Esta noche quiero que quede entre vos y yo.
El silencio se volvió eléctrico.
Flavio parpadeó. Por un segundo, solo uno, su máscara de calma se resquebrajó. Milagros vio algo en sus ojos que nunca había visto. Confusión. Incomodidad. Miedo, casi.
«Todo esto», pensó ella, «lo hizo para vengarse de mamá. Para convertirme en un objeto. No esperaba que yo me entregara sin cámaras.»
Flavio corrió la sábana.
Su miembro estaba semidormido, apoyado sobre el muslo. La piel más oscura que el resto del cuerpo, las venas marcadas. Milagros lo miró y sintió un calor húmedo entre las piernas.
Sonrió.
Y caminó hacia la cama. Se arrodilló al borde del colchón. El camisón de seda le subió por los muslos, dejando al descubierto la tanga blanca, casi invisible. Flavio la miraba sin decir nada, con los brazos caídos a los costados, como si no supiera qué hacer con sus manos.
Milagros se inclinó.
Su lengua encontró la punta del miembro de Flavio. Lo lamió despacio, con la punta, apenas. Sintió cómo empezaba a endurecerse, a crecer. Pasó la lengua por toda la extensión, desde la base hasta la cabeza, una, dos, tres veces.
Flavio dejó escapar un gemido ahogado.
Ella bajó a los testículos. Los chupó con lentitud, uno y luego el otro, sintiendo la piel arrugada contra su lengua. Los succionó con cuidado, con paciencia. El miembro de él ya estaba completamente duro ahora, erecto, latiendo.
—Así —dijo Flavio, y su voz era un susurro.
Ella volvió arriba. Se lo tragó entero. Sintió la punta contra su garganta, los ojos llenándose de lágrimas. Se lo sacó despacio, lo volvió a tragar. Una y otra vez.
Salió de su boca duro, brillante de saliva.
—Ahora quiero sentirte —dijo Milagros, y su voz sonaba ronca, ajena.
Se levantó el camisón hasta la cintura. Corrió la tanga a un costado. Se montó sobre él, las rodillas a cada lado de sus caderas, el sexo caliente y mojado rozando la punta de su miembro.
Bajó despacio.
Entró en ella con una suavidad que contrastaba con todo lo que habían hecho antes. Milagros sintió cómo la iba llenando, cómo se abría para recibirlo. Era la primera vez que entraba ahí. Se lo había chupado un millón de veces, había sentido su ano una sola, pero esto era distinto.
Esto era completo.
Esto era suyo.
Flavio la miraba desde abajo, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta. Ella empezó a moverse. Arriba y abajo, despacio al principio, después más rápido. El camisón le subió hasta los pechos, los dejó al descubierto, grandes y redondos, moviéndose con cada vaivén.
Se inclinó hacia adelante.
Lo besó.
La boca de Flavio era caliente, áspera. La lengua de él encontró la suya y bailaron juntas, un baile salvaje y húmedo. Milagros mordió su labio inferior, él respondió apretándole la nuca con una mano.
Los besos se volvieron más profundos, más desesperados.
Él descubrió sus pechos. Los agarró con las dos manos, los apretó, hundió los dedos en la carne blanda. Bajó la boca a un pezón y lo chupó con fuerza. Milagros gimió contra su boca, los dedos enredados en su pelo canoso.
—No pares —dijo él, contra su piel—. No pares.
Ella no paraba. Las caderas se movían en círculos, arriba y abajo, adelante y atrás. El cuerpo de Flavio respondía empujando hacia arriba, encontrándola a mitad de camino.
Él la nalgueó. La mano derecha bajó y golpeó su nalga con un ruido seco en la noche quieta. Milagros gimió más fuerte.
—Así —dijo ella—. Otra vez.
Otra nalgada. Y otra.
Los pechos de Milagros rebotaban sin control. El sudor empezaba a brillar en su piel, en la frente, en el hueco de la clavícula, entre los pechos. El ventilador movía el aire caliente, pero nada enfriaba lo que estaban haciendo.
El orgasmo la alcanzó como un tren.
Los dedos de ella se clavaron en los hombros de él. La boca se le abrió en un grito mudo. El cuerpo se le tensó entero, arqueado, los pechos hacia arriba, la cabeza hacia atrás.
—Vení conmigo —dijo, jadeando—. Vení.
Flavio la agarró de las caderas y empujó hacia arriba una última vez. El gemido de él fue ronco, profundo, y ella sintió el líquido caliente llenándola por dentro, derramándose.
Se quedaron conectados.
Jadeando.
El sudor pegándoles la piel.
Los dedos de ella enredados en el pelo de él. Los brazos de él alrededor de su cintura.
Nadie dijo nada.
Nadie necesitaba decir nada. Esa noche, Flavio la penetró tres veces más.
Una vez de costado, él detrás, una mano en su pecho y la otra entre sus piernas. Milagros gimió contra la almohada, mordiendo la tela para no despertar a los vecinos.
Otra vez ella arriba, pero ahora de espaldas, las manos apoyadas en sus muslos, moviéndose lento mientras él la miraba desde abajo con los ojos llenos de algo que no era venganza ni odio ni resentimiento.
Era otra cosa.
Deseo oscuro.
Puro.
La última vez, él la puso contra la pared. Los brazos de ella en alto, las manos apoyadas en el revoque frío. El cuerpo de Flavio aplastándola, entrando y saliendo, los dientes mordiéndole el lóbulo de la oreja.
—Mía —dijo él, con la voz rota—. Ahora sos toda mía.
Y ella asintió.
Porque era cierto.
Ninguna cámara filmó esa noche. Ninguna luz roja parpadeó en la oscuridad. No había seguidores que pagaran, no había comentarios que leer, no había plata que contar.
Solo ellos dos. Solo carne caliente. Solo el ruido de las sábanas arrugándose y las respiraciones entrecortadas y los gemidos que se ahogaban contra las almohadas.
Porque ya no era negocio.
Era otra cosa.
Era un deseo que los hacía sentir vivos. La mañana siguiente entró por la ventana como una lámina de luz amarilla.
Milagros abrió los ojos despacio. Las sábanas estaban enredadas alrededor de sus piernas. Su camisón de seda estaba en el piso, hecho un bollo. Su pelo era una maraña rubia sobre la almohada.
Giró la cabeza.
Flavio estaba a su lado, boca arriba, roncando apenas. El pecho peludo subía y bajaba con la respiración profunda del sueño. La luz de la mañana marcaba las canas en sus sienes, las arrugas alrededor de sus ojos cerrados, las líneas de la edad en su cara.
«Él no es mi padre», pensó Milagros.
«Ni el hombre que me crió.»
Se incorporó sobre un codo. Lo miró un largo rato. Escuchó sus ronquidos suaves, sintió el calor de su cuerpo debajo de las sábanas, olió el perfume mezclado de sudor y sexo que impregnaba la habitación.
«Es mi macho.»
La sonrisa se le dibujó sola en los labios.
Se volvió a acostar, pegó su cuerpo desnudo al de él, y cerró los ojos.
Ya no había vuelta atrás.
Y por primera vez en tres meses, Milagros no quería volver atrás.
Epílogo
A la mañana siguiente, Milagros agarró sus cosas del placard de su pieza y las llevó a la habitación de Flavio. La cama de una plaza quedó chica para los dos, pero esa misma semana fueron juntos a comprar una de dos plazas, de esas grandes, con colchón ortopédico y sábanas de algodón egipcio.
Ya no era su hija.
Ahora era su amante, su novia, su mujer.
Nunca se casaron por iglesia —»no hace falta», dijo Flavio, y ella asintió— pero Milagros empezó a usar una alianza en el dedo anular izquierdo. Cuando alguien preguntaba, decía que era un anillo de compromiso. Y era verdad, de alguna forma retorcida que solo ellos entendían. Los años pasaron rápido.
Flavio compró la casa. No cualquier casa. Una casa grande, de esas que parecen sacadas de una revista, con pileta climatizada, jardín con parrilla y una habitación entera destinada a estudio de grabación. Paredes blancas, luces de anillo, un fondo verde para editar fondos falsos. Todo prolijo, todo profesional.
La plata dejó de ser un problema para siempre.
Pero Flavio no se conformó con eso. Él había aprendido a manejar el monstruo, a domarlo, a hacerlo bailar a su ritmo. Así que creó una agencia.
Al principio fue chica: tres chicas, todas conocidas de Milagros, todas estudiantes de la universidad que necesitaban plata urgente. Flavio les manejaba las cuentas, les sacaba las fotos, les respondía los mensajes. Les cobraba el treinta por ciento y ellas le firmaban agradecidas.
Milagros reclutaba. Se acercaba a las minas más lindas de la facultad, las que tenían más seguidores en Instagram, las que ya publicaban fotos en bikini sin que nadie les pagara.
—¿No querés ganar plata con eso? —les decía, con esa sonrisa suya que parecía inocente—. Yo te ayudo. Tengo una agencia.
Muchas decían que no. Algunas decían que sí.
Las que decían que sí se llenaban de plata.
Las que decían que no, años después, volvían a preguntar si la oferta seguía en pie. Con el tiempo, la Agencia Flavio —nunca encontró un nombre más creativo, y no hizo falta— se convirtió en la más grande del país. Cuarenta y dos chicas en su catálogo. Algunos chicos también, porque el mercado se diversificaba y Flavio sabía leer las tendencias. Oficinas en el centro, abogados, contadores, un equipo de editores que trabajaban desde sus casas.
Manejaba millones de pesos por mes.
Y en su casa, seguía siendo el mismo tipo serio, callado, que tomaba mate en el comedor mientras Milagros se vestía para una sesión. Milagros le dio tres hijos.
El primero fue varón. Flavio lloró cuando lo tuvo en brazos. No lágrimas dramáticas, no un llanto escandaloso. Solo dos lágrimas silenciosas que se perdieron en la barba canosa mientras miraba a ese bebé arrugado y pelirrojo.
—Tiene tu nariz —dijo Milagros, agotada sobre la cama de hospital.
El segundo fue mujer. Nació con los ojos claros de Milagros y la barbilla dura de Flavio. Lloraba todo el tiempo, insoportable, hermosa.
El tercero fue varón otra vez. El más tranquilo de los tres. Dormía de corrido, comía sin problemas, miraba a la gente con una calma que a Milagros le helaba la sangre porque era igual a la calma de Flavio.
Los hijos que su esposa muerta le había negado.
Tres hijos que llevaban su apellido. Su sangre. Su historia. Milagros nunca dejó de crear contenido.
Durante los embarazos, publicó más que nunca. Había algo en su cuerpo hinchado, en sus pechos crecidos dos talles más, en esa redondez de la panza que los seguidores devoraban como pan caliente.
—Estás más hermosa así —le escribían.
—¿Vas a amamantar en los videos?
—Dios mío, qué envidia tu marido.
Ella leía los comentarios y se reía. Flavio editaba los videos con los chicos durmiendo en la pieza de al lado, el monitor en silencio, los auriculares puestos.
A los treinta y cinco años, Milagros seguía siendo la estrella de la agencia. No la que más vendía —habían aparecido chicas más jóvenes, más atrevidas, más hambrientas— pero la que tenía la historia más rara, el vínculo más oscuro, la leyenda.
Era la esposa del dueño.
Era la chica que se había acostado con su padre.
Bueno. Con el hombre que la crió.
Nunca aclaraban ese detalle. Era mejor así. El morbo crecía en las sombras, y las sombras eran el mejor negocio de Flavio. Una noche, veinte años después de aquel primer video, Flavio y Milagros se sentaron en la terraza de su casa enorme. Los chicos ya eran grandes: el mayor en la universidad, la del medio terminando el secundario, el más chico entrando en la adolescencia.
La piscita climatizada brillaba bajo la luna. Los jazmines que Milagros había plantado en honor a los de su vieja casa llenaban el aire de perfume.
—¿Te arrepentís? —preguntó Flavio, sin mirarla.
Milagros apoyó la cabeza en su hombro.
—Nunca —dijo.
Y era verdad.
Porque el camino que habían recorrido juntos era demasiado retorcido, demasiado oscuro, demasiado suyo para arrepentirse. Flavio había encontrado su venganza en el cuerpo de ella. Milagros había encontrado su libertad en la dominación de él. Los dos habían construido un imperio sobre los cimientos de una mentira.
El hombre que entró a esa cocina hace veinte años, frío y roto, ya no existía.
La nena que pedía plata con la mano extendida, tampoco.
FIN.
Por LaDiablita