Flavio la crió como si fuera de su sangre.
Dieciocho años cambiándole pañales, curándole las rodillas raspadas, llevándola al colegio todas las mañanas antes de ir al taller. Dieciocho años de sacrificios callados, de cuentas que no cerraban, de dormir poco para que a ella no le faltara nada. Cuando la madre murió, hace tres años, Flavio se convirtió en sombra y sostén. Cocinar, lavar, planchar, acompañar a Milagros al médico, a la facu, a cualquier lado. Todo por ella.
Todo por una hija que nunca fue suya.
Los estudios de rutina llegaron por casualidad. Un análisis de sangre común, donación voluntaria, nada sospechoso. El resultado cayó como un ladrillo en la nuca. Flavio lo leyó una vez. Dos. Diez veces. No existe coincidencia genética. Los términos médicos sonaban fríos, definitivos. Se hizo tres estudios más, escondido, pagando de su bolsillo plata que no tenía. Los resultados idénticos.
No podía ser. Recordaba el parto, el llanto de Milagros recién nacida, la cara de su esposa sonriendo cansada. Recordaba la certeza absoluta de ser padre. Pero los papeles no mentían.
Durante semanas Flavio caminó como muerto por la casa. Masticaba el rencor en silencio, miraba a Milagros y veía el rostro de una mentira de veintiún años. Pensó en encararla, en echarle todo en cara, en romperle la vida como a él se la habían roto. Pero su esposa ya estaba muerta. No podía gritarle a un cadáver. No podía vengarse de una tumba.
Entonces entendió que la única venganza posible era destruir el amor que había sentido por Milagros. Lentamente. Sin prisa. De a poco, como quien desarma una casa ladrillo por ladrillo. Hoy la tarde es gris y densa.
Flavio ceba mate en la cocina. La luz entra sucia por la ventana, rebota en los azulejos amarillentos. El silencio es tan pesado que casi se puede masticar. Toma el mate despacio, con las dos manos alrededor del recipiente caliente, y no mira el reloj. Sabe que ella va a llegar.
La puerta se abre.
Milagros entra con el sol en el pelo. Rubia, luminosa, imposiblemente hermosa. Los jeans ajustados le marcan las caderas anchas, la remera blanca deja ver apenas el borde del corpiño negro. Su perfume —algo floral, caro— inunda el ambiente antes de que ella cruce el umbral de la cocina.
—Hola, viejo —dice, distraída, revisando el celular.
Flavio no responde. Ceba otro mate.
Milagros deja la mochila en una silla, se sirve agua de la heladera. Bebe apoyada en la mesada, el cuello al descubierto, la nuez subiendo y bajando. Flavio mira la mancha de humedad en la pared. No la mira a ella.
—Viejo —dice ella, dejando el vaso—. Necesito plata.
Silencio.
—Para la cuota de la facu —agrega, como si él no lo supiera—. Y para ropa. El cuatrimestre pasado ya quedé debiendo un montón, no quiero que me den de baja.
Flavio apoya el mate en la mesa. Junta las manos sobre el mantel gastado. La mira por primera vez.
—No tengo plata.
Milagros parpadea.
—¿Qué?
—Dejé el trabajo.
La frase cae como un baldazo de agua fría. Milagros frunce el ceño, se incorpora lentamente. Su postura cambia: ya no es la nena mimada, es una mujer que huele peligro.
—¿Qué decís? —pregunta, con la voz más aguda—. ¿Desde cuándo?
—Desde la semana pasada. —Flavio se levanta, lleva el termo a la pileta. No apura el gesto, no mira hacia atrás—. Ya está. Me cansé.
—¿Y cómo vamos a pagar las cosas, Flavio? —Milagros cruza los brazos bajo el pecho. El gesto subraya las curvas, pero Flavio sigue de espaldas—. La luz, el agua, la comida… mi facultad…
—Sos una mujer grande —corta él, dándose vuelta con calma—. Podés trabajar.
Ella se queda muda. La boca entreabierta, los ojos claros clavados en él como si estuviera viendo a un extraño.
—¿Trabajar? —repite, como si la palabra le supiera a veneno—. ¿Vos estás hablando en serio? Estoy estudiando, no tengo tiempo…
—Mucha gente estudia y trabaja.
—Pero yo no soy mucha gente —responde ella, y hay un destello de la nena mimada que siempre fue—. Vos siempre me dijiste que me ibas a mantener hasta que termine la carrera.
—Cambié de opinión.
La frase es tan simple, tan tranquila, que duele más que un grito. Milagros apoya las manos en la mesada. Sus dedos tiemblan un poco.
—¿Qué te pasa? —pregunta, bajando la voz—. ¿Estás enojado conmigo? ¿Hice algo mal?
Flavio la mira a los ojos. Durante un segundo, ella cree ver algo oscuro en esa mirada. Algo que nunca había estado ahí. Pero el viejo baja los párpados, pasa a su lado sin rozarla, y sale de la cocina.
—Me voy a comer afuera —dice desde el pasillo.
El ruido de la puerta al cerrarse.
Milagros se queda parada en el medio de la cocina, respirando rápido. Escucha el auto arrancar, alejarse. Se siente vacía, confundida, con un nudo en el pecho que no sabe cómo desatar.
“Algo le pasa”, piensa. “Algo que no me está diciendo.”
Y entonces, como un relámpago, le viene a la memoria otra tarde. Tres años atrás. Su madre en la cama del hospital, los dedos flacos aferrándole la mano, la voz un susurro ronco.
—Mili… hay algo que tenés que saber. Algo que nunca le conté a Flavio…
La madre murió esa noche. Nunca terminó la frase. Pero Milagros entendió. O creyó entender.
“Flavio no es tu padre biológico.”
Se lo dijo sola, en el velorio, mirando el cajón. Y decidió enterrar ese pensamiento tan profundo que casi logró olvidarlo.
Pero ahora vuelve. Con dientes y todo.
—No puede saberlo —susurra en la cocina vacía—. No hay manera. Murió antes de contar nada.
Se pasa las manos por la cara. Siente las mejillas calientes, los latidos en las sienes. “Es imposible. Es casualidad. Está estresado por el laburo. O por la edad. Hace tres años que está solo…”
Pero las excusas suenan falsas incluso en su cabeza.
Dos semanas después.
Flavio está en el comedor, mirando un partido de fútbol con el volumen bajo. La tele parpadea colores sobre las paredes descascaradas. Él tiene los pies apoyados en la mesa ratona, una cerveza en la mano, la mirada perdida en ningún lado.
Milagros aparece en la puerta.
Los jeans azules le quedan como una segunda piel. La blusa escotada deja ver la clavícula, la sombra del pecho, un triángulo de piel blanca y firme. El pelo suelto, las uñas pintadas de rojo, los labios brillosos.
—Hola —dice, con una voz más suave que las últimas semanas.
Flavio no aparta los ojos de la tele.
—Hola.
Ella se sienta en el sillón de enfrente. Cruza las piernas despacio, se inclina un poco hacia adelante. Ya no es la nena que pide plata a los gritos. Ahora hay un cálculo en sus gestos. Una conciencia nueva.
—Viejo… hablé con la facultad. Me dieron una prórroga hasta fin de mes, pero si no pago me rajan.
—Ya te dije que no tengo.
—No conseguí trabajo —admite, mordiéndose el labio inferior. El gesto la hace parecer vulnerable, más joven. Flavio la mira de reojo—. Busqué, en serio. Pero sin experiencia, con el horario de la facu…
—Seguí buscando.
El silencio se vuelve incómodo. Milagros escucha el reloj de la pared, los comentaristas del partido, su propia respiración. Siente el calor de la vergüenza subiéndole por el cuello. Nunca tuvo que rebajarse así con él. El viejo siempre daba sin preguntar.
—¿Qué puedo hacer, Flavio? —pregunta al fin, con un hilo de voz—. Decime. Lo que sea. Necesito seguir estudiando.
Flavio apoya la cerveza en la mesa. Se incorpora apenas, sin dejar de mirar la tele.
—Sos mujer —dice, tranquilo—. Podrías vender fotos.
El aire se congela.
Milagros abre los ojos como platos. La boca se le abre, se cierra, se vuelve a abrir. Su cuerpo se tensa entero, los dedos se aferran al borde del sillón.
—¿Qué? —susurra.
—OnlyFans… esas cosas —dice Flavio, como si hablara del clima—. Las pibas hacen mucha plata. Vos estás buena.
La palabra buena resuena en la habitación como un vidrio que se rompe. Milagros se incorpora de golpe, el corazón latiéndole en la garganta. Quiere indignarse. Quiere gritarle que es un enfermo, que cómo se atreve, que ella es su hija.
Pero las palabras no salen.
Porque en el fondo, en un rincón oscuro de su cabeza, ya lo había pensado.
Lo había pensado mirándose al espejo después de bañarse. Lo había pensado cuando un compañero de la facultad le dijo estás re buena. Lo había pensado cuando las cuentas empezaron a apretar.
—Es una idea —escucha decir a su propia voz, y se horroriza—. Pero… pero no puedo hacer eso sola. No sé cómo se maneja.
Flavio apaga la tele con el control remoto.
La habitación queda sumida en un silencio pesado, roto apenas por el ruido de la heladera y el viento que mueve las cortinas.
—Podrías venderte las fotos a vos —dice ella, rápido, como si improvisara—. Como prueba. Para ver si… si funcionan. Si valen algo.
Flavio gira la cabeza lentamente. La mira. Hay algo en sus ojos que Milagros no sabe nombrar. Una calma fría. Un brillo contenido. Una sonrisa que no termina de formarse.
—Bueno —dice, y la palabra se arrastra como un caramelo—. Pero las fotos te las saco yo. La habitación de Milagros huele a crema hidratante y ropa limpia.
Flavio entra con la cámara —una vieja Canon que usaba su esposa para las vacaciones— y la apoya en el escritorio. Milagros está parada al lado de la cama, los brazos pegados al cuerpo, los dedos retorciéndose.
—¿Cómo hacemos? —pregunta, con la voz rara.
—Tranquila —dice él. Se sienta en el borde de la cama, revisa los ajustes de la cámara sin mirarla—. Arrancamos tranqui. Parada ahí, de frente. Sacate el pelo de la cara.
Ella obedece. Aparta los mechones rubios detrás de las orejas. La nuca desnuda, las manos temblorosas.
—Sonreí —dice Flavio.
Ella sonríe. Una sonrisa forzada, con los ojos asustados.
Click.
—Bien. Ahora de costado. Manos en la cintura.
Milagros gira. Los jeans le marcan la cadera, el comienzo del muslo. Flavio enfoca, dispara. El ruido del obturador es seco, quirúrgico.
—Sacate la blusa.
El corazón de Milagros da un vuelco.
—¿Qué?
—Para la foto —dice él, sin levantar la vista de la cámara—. Si es en ropa interior, vende más.
Ella se queda paralizada. Las manos le sudan. Siente el pulso en las sienes, en las muñecas, entre las piernas. Quiere decir que no. Quiere salir corriendo. Pero sus dedos ya están agarrando la tela, subiéndola despacio.
La blusa cae al piso.
Queda con el corpiño de encaje negro, los pechos firmes, la piel erizada de frío o de algo peor. Flavio la mira por encima de la cámara. Un segundo. Dos. Después vuelve a enfocar.
—Bien —dice, y su voz es un susurro—. Ahora tocate el pelo. Así. Más despacio.
Milagros obedece. Pasa los dedos por la nuca, por el hombro. Siente el peso de la mirada de Flavio como una mano invisible sobre su piel. Y entonces, contra todo sentido común, contra todo lo que está bien, algo empieza a cambiar dentro de ella.
El miedo se convierte en otra cosa.
Un cosquilleo caliente en la panza. Una curiosidad oscura. Un deseo de seguir siendo mirada.
Flavio se acerca. No la toca, pero está tan cerca que ella puede oler su perfume —el mismo de siempre, ese aroma cítrico y barato— y notar las arrugas alrededor de sus ojos, las canas en las sienes, la respiración profunda y controlada.
—Arqueá la espalda —indica, en voz baja—. Así. Mostrá la curva. Más. Así.
Milagros se arquea. Los pechos se empujan contra el encaje, las caderas se marcan bajo los jeans. Siente un calor húmedo entre los muslos y se odia por eso.
Click. Click.
—Mirá la cámara —dice Flavio—. No sonrías. Con esos ojos. Así. Como si estuvieras enojada.
Ella lo mira. A él, no a la cámara. Lo mira a los ojos y ve algo que no quiere ver. Algo que la aterra y la excita al mismo tiempo.
Él sonríe. Apenas. Con demasiada tranquilidad.
—Bueno —dice, bajando la cámara—. Alcanza por hoy.
Milagros se cubre con los brazos, de golpe, como si recién ahora entendiera lo que está haciendo. La vergüenza la golpea con una fuerza física. Se sienta en la cama, las piernas flojas, la respiración entrecortada.
Flavio cuenta billetes sobre el escritorio. Lentamente, como si le sobrara el tiempo.
—Mil quinientos —dice—. Alcanza para pagar un mes.
Deja la plata ahí. Agarra la cámara. Camina hacia la puerta.
—Si necesitás fotógrafo —dice sin darse vuelta—, avisame.
La puerta se cierra.
Milagros escucha sus pasos alejarse por el pasillo. Se queda sentada en la cama, en corpiño, mirando los billetes. Empieza a contarlos despacio. Uno. Dos. Tres. Siente la aspereza del papel entre los dedos, el olor de su propio perfume mezclado con el sudor.
Su mano tiembla.
Su corazón late como un pájaro encerrado.
Y en el fondo de la cabeza, una frase se repite una y otra vez.
“¿Quién es este hombre? No parece el hombre que me crió.”
La habitación de Flavio es un cuarto pequeño y ordenado, casi monacal. Una cama de una plaza, una mesa de luz con un velador, un placard de roble oscuro y la computadora apoyada en un escritorio viejo contra la pared. Las persianas están bajas, la luz entra amarillenta por las rendijas. Huele a madera, a ropa limpia, a soledad.
Flavio cierra la puerta con llave.
Apoya la cámara sobre el escritorio, conecta el cable a la PC. Sus dedos se mueven con precisión mecánica mientras las fotos empiezan a pasar de un dispositivo a otro. La pantalla se ilumina con la imagen de Milagros: los jeans azules, la blusa escotada, esa mirada asustada y desafiante al mismo tiempo.
Pasa la siguiente. El corpiño negro, la curva de la cintura, la boca entreabierta.
La siguiente. La espalda arqueada, el pelo rubio cayéndole sobre los hombros, los dedos en la cadera.
Flavio exhala despacio. Por un momento se queda mirando la pantalla, las manos quietas sobre el teclado. «Podría borrar todo ahora», piensa. «Podría hacer como que nada pasó.»
Pero en lugar de eso, abre el navegador.
Crea una cuenta de Twitter. Otra de Instagram. Dos perfiles en páginas de contenido adulto. Elige los nombres con cuidado, nada que pueda rastrearse hasta ellos. La foto de perfil es una silueta, un recorte de la curva de la cadera de Milagros. La biografía breve: Rubia. Universitaria. Me gusta jugar.
Flavio trabaja rápido. Fue community manager durante años antes de quebrarse, maneja las herramientas como quien respira. Sabe qué hashtags usar, a qué horas publicar, cómo escribir los textos para que la gente pique y después pague. Pero nunca había hecho esto para una mujer. Y mucho menos para alguien como Milagros.
Se detiene un segundo. Mira la foto que está subiendo: Milagros en corpiño, el encaje negro contra la piel blanca, la mirada fija en el lente.
«Esto es negocio», se dice. «Nada más.»
Pero sus manos tiemblan apenas cuando confirma la publicación. Dos días después.
Flavio está sentado frente a la PC con una taza de café frío a un lado. El humo del cigarrillo se enrosca hacia el techo en espirales lentos. Tiene la mandíbula apretada, los ojos fijos en la pantalla.
Los números no mienten.
Doscientos seguidores en Twitter. Ciento cincuenta en Instagram. Diecisiete suscripciones a la página +18, y los mensajes no paran de llegar.
«Que minón» «Mostrá más, hermosa» «Tenes only?» «Con qué sueñas, princesa?»
Pero lo que más lo sorprende no son los seguidores. Son las donaciones.
Tres usuarios distintos le han transferido plata. La primera, para que Milagros «se compre una tanga linda». La segunda, para un corpiño de cuero. La tercera, para unas medias de liga.
Flavio suma los números en la cabeza. Solo en dos días, casi cuatrocientos dólares.
Apaga el cigarrillo en el cenicero. Se recuesta en la silla, pasa las manos por la cara. Siente la barba crecida, los ojos cansados, una sonrisa que no sabe si es triunfo o asco.
«La belleza de Milagros», piensa. «Eso es lo que vende.»
Baja al comedor. Milagros está en el sillón, las piernas cruzadas, mirando una serie en el celular con auriculares puestos. Tiene un jogging holgado y una remera vieja, el pelo recogido en un rodete desprolijo. Se ve más chica así, más vulnerable.
Flavio se para frente a la tele apagada y le hace señas para que se saque los auriculares.
—¿Qué pasa? —pregunta ella, con un deje de fastidio.
Él no responde. Le alcanza el celular con las redes abiertas.
Milagros mira la pantalla. Sus ojos se abren despacio mientras va leyendo. Los comentarios. Los números. Las fotos que él subió —algunas que ni siquiera recuerda que sacó, tomadas desde ángulos que marcan sus curvas, que dejan poco a la imaginación. Pasa el dedo por la pantalla, la boca entreabierta.
—¿Esto es… mío? —pregunta en un susurro.
—Tuyo —dice Flavio, con la voz tranquila—. Creo que podés hacerte rica si estás decidida a hacer esto.
Milagros sigue mirando. Un comentario dice «Que ganas de llenarte la cara de leche». Otro, «Mostrá esas tetas, putita». Ella traga saliva, siente el calor subiéndole por las mejillas. Quiere indignarse. Quiere decir que esto es asqueroso, que esos tipos son unos enfermos.
Pero no puede apartar la mirada.
Hay algo en esos comentarios zarpados, en esa violencia apenas disimulada, que le revuelve la panza de una forma que no sabe cómo explicar. «Me odiaría si alguien me viera leyendo esto», piensa. Y sin embargo, pasa al siguiente comentario. Y al siguiente.
—Bueno —dice al fin, con la voz ronca—. ¿Cómo seguimos? Porque yo no entiendo mucho de esto.
Flavio sonríe. Una sonrisa lenta, casi paternal, que a Milagros le da escalofríos.
—Yo voy a ser tu community manager —dice, sentándose en el brazo del sillón, cerca de ella, pero sin tocarla—. Tu representante. Manejo las redes, las páginas, los mensajes, el contenido. Vos solo tenés que hacer lo que sabes hacer.
—¿Qué sé hacer? —pregunta ella, con una ingenuidad que ya no es del todo real.
Flavio la mira. Un segundo de silencio incómodo, cargado.
—Ser vos —dice al fin.
Milagros baja los ojos. Siente las manos sudorosas, el corazón latiéndole en el pecho.
—¿Y cuánto saco yo?
—Cincuenta y cincuenta —dice Flavio, como si fuera lo más natural del mundo—. Gastos cubiertos por mí. Vos solo ponés tu cuerpo.
La frase cae pesada, pegajosa. Milagros se muerde el labio.
—Está bien —susurra.
Flavio se levanta del sillón. Camina hacia la puerta del comedor, pero se detiene a mitad de camino. Vuelve a mirarla por encima del hombro.
—Ah, una cosa —dice—. Tengo unos regalos que te mandaron.
Milagros frunce el ceño.
—¿Regalos?
Flavio sale y vuelve a los pocos segundos con una bolsa negra. La deja sobre la mesa ratona. Milagros mete la mano, saca una tanga de encaje rojo. Después un corpiño de cuero que apenas cubre los pezones. Después unas medias de liga negras.
—Los seguidores —dice Flavio, encogiéndose de hombros—. Quieren verte con eso puesto. Pagaron por adelantado.
Milagros mira las prendas en sus manos. La tela es suave, cara. Puede oler el perfume de la tienda, ese olor a plástico nuevo y crema de manos. Siente un nudo en el estómago, una mezcla de vergüenza y algo parecido al poder.
«Quieren verme», piensa. «Les gusto. Me quieren.»
—Ponete uno —dice Flavio desde la puerta—. Vamos a sacar más fotos. Sobre tu cama.
Milagros levanta la cabeza. Lo mira a los ojos y ve una calma fría, una certeza que la asusta. Pero también ve otra cosa: un brillo. Un deseo contenido que él apenas disimula.
Se levanta del sillón con las prendas en la mano.
No dice nada.
Él no necesita que diga nada. La habitación de Milagros está desordenada. Ropa tirada en la silla, apuntes de la facultad sobre el escritorio, un par de zapatillas al lado de la cama. La luz de la lámpara de mesa es cálida, amarillenta, y dibuja sombras largas en las paredes.
Flavio cierra la puerta. Ajusta la cámara.
Milagros está parada al lado de la cama, con la tanga roja y las medias de liga. El corpiño de cuero apenas le cubre los pezones, la presión de la tela hunde la carne blanda, marca la curva generosa de sus pechos. El resto del cuerpo está desnudo: la panza plana, las caderas anchas, los muslos firmes.
—Arrancamos —dice Flavio, levantando la cámara.
Milagros se sube a la cama. Se apoya en las rodillas, el culo en el aire, la espalda arqueada. Siente el frío de las sábanas en la piel, las medias apretándole los muslos, la tanga metiéndose entre sus nalgas.
Click.
Luego de unas cuantas fotos con ese atuendo —Bien —dice Flavio—. Ahora de espaldas, mirando para acá. Sácate el corpiño.
Ella obedece. Los dedos le tiemblan cuando afloja los ganchos, cuando el cuero cae sobre la cama y sus pechos quedan completamente al descubierto. Grandes, redondos, los pezones duros por el frío o por otra cosa. Ella no sabe qué.
Click. Click.
Flavio se acerca. La cámara a centímetros de su piel. Ella puede escuchar su respiración, más rápida que antes, más pesada.
—Sacá la lengua —dice él.
Ella saca la lengua. La pasa por el labio inferior despacio, como si estuviera lamiendo algo. Click.
—Así. Otra vez. Mirándome.
Milagros lo mira a los ojos. La lengua afuera, la boca entreabierta, los pechos empujándose hacia adelante. Siente un hormigueo caliente entre las piernas y se odia por eso.
Pero no para.
No quiere parar.
Flavio baja la cámara un segundo. Mira la pantalla, revisa las fotos. Después levanta la vista hacia ella.
—Sácate la tanga —dice.
El corazón de Milagros late con fuerza. La tanga roja cae, queda desnuda del todo. Flavio vuelve a enfocar.
Click. Click. Click.
—Ahora las fotos de ahora —dice él, sin dejar de disparar—, esas van a las páginas +18. Las más caras.
Ella asiente con la cabeza. Siente la humedad entre los muslos, el latido profundo que no puede controlar. Mira hacia abajo, sin querer, y ve el bulto en el pantalón de Flavio.
Está duro.
Muy duro.
«Flavio», piensa. «El viejo que me crió. Tiene una erección viéndome desnuda.»
Debería sentir asco. Pero lo que siente es otra cosa. Un cosquilleo caliente en la panza. Un deseo de seguir siendo mirada. Un deseo de más.
Flavio sigue sacando fotos. De todos los ángulos. Sus pechos, la curva de su cadera, el vello púbico apenas sombreado, las piernas abiertas. Ella se mueve como él le pide: arquea la espalda, se muerde el labio, aprieta los pechos con las manos. Ya no hay vergüenza. Solo hay un vértigo oscuro, una caída lenta hacia algo que no entiende.
El celular de Flavio vibra.
Él lo mira. Sonríe.
—Uno de tus seguidores —dice— pide un video tuyo haciendo un pete. Ofrece doscientos dólares. Y se suscribe al perfil +18.
Milagros se queda quieta.
—¿Un video… así? —pregunta, con la voz ronca—. Pero yo no tengo ningún video de eso. Y no estoy saliendo con nadie.
—No necesitas a nadie —dice Flavio, y su voz es tan tranquila, tan natural, que ella casi se convence de que es una idea razonable.
Baja el cierre del pantalón.
El miembro de Flavio queda al descubierto. No es grande ni chico. Es cabezón, venoso, la piel más oscura que el resto del cuerpo. Está completamente erecto, la punta brillosa, un latido visible en la vena principal.
Milagros traga saliva.
«Miralo», se dice. «Eso es lo que quiere. Lo que siempre quiso, seguro. Por eso cambió. Por eso se volvió así.»
El pensamiento debería darle asco. Debería levantarse, agarrar la bata, salir corriendo de la habitación.
Pero no se levanta.
No corre.
Se queda de rodillas sobre la cama, mirando el miembro de Flavio, sintiendo su propia excitación crecer como una fiebre.
«Flavio no es mi padre.»
La frase aparece en su cabeza como un salvoconducto. Una llave que abre una puerta que siempre estuvo ahí, cerrada, esperando.
Se pone de rodillas en el suelo. Flavio apoya el celular en la mesita de luz, ajusta el ángulo para que grabe todo. La pantalla refleja la imagen de Milagros: la rubia de rodillas, los pechos colgando, el pelo rubio cayéndole sobre la cara. Ella mira al lente un segundo. Después mira el miembro de Flavio, tan cerca de su boca que puede olerlo.
Pasa la lengua por el labio inferior.
—¿Así? —pregunta, con una voz que no parece la suya.
—Así —dice él.
Ella se inclina.
La lengua recorre el largo del miembro despacio, desde la base hasta la punta. Siente la textura de la piel, el calor, el latido. Vuelve a empezar, otra vez, mapeando cada centímetro. Flavio deja escapar un suspiro entre dientes.
—Mirá el teléfono —dice.
Ella levanta la mirada. La boca abierta, la lengua afuera, los ojos clavados en el lente. Ahora sus labios rodean la cabeza, la succionan con suavidad, la presionan contra el paladar. Siente el sabor salado, intenso, prohibido.
«Me gusta», piensa, y el pensamiento la sacude como un latigazo.
Le hace chupones en la punta. Pasa la lengua alrededor de la corona. Uno, dos, tres. Saca la saliva con el dorso de la mano y vuelve a empezar. El miembro de Flavio está duro como una piedra, las venas marcadas, un pequeño latido que ella puede sentir en los labios.
—Así —dice él otra vez, y su voz es un rasguño—. Cerrá los ojos. Tragátela.
Ella obedece. Cierra los ojos y se lo traga entero, hasta sentir la punta en la garganta. Las lágrimas le brotan de los ojos, el maquillaje empieza a correrse. Se lo saca despacio, tose apenas, vuelve a tragarlo.
«¿Cuánto tiempo lleva?», se pregunta. No sabe. Perdió la noción.
Flavio no se mueve. No empuja, no la agarra del pelo, no hace nada que ella esperaría. Solo se queda parado, mirándola desde arriba, con los brazos cruzados y una calma que la desarma por completo. Cualquier pibe de su edad habría acabado hace rato. Pero él sigue ahí, duro, paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Milagros se esfuerza. Mueve la cabeza más rápido, más hondo. La saliva le corre por la barbilla, le moja los pechos. Siente el calor en las mejillas, el corazón latiéndole entre las piernas, una humedad creciente que no puede ignorar. Suelta el miembro, baja a los testículos. Los chupa con lentitud, con devoción casi. Escucha el gemido ahogado de Flavio y eso la excita más de lo que debería.
Vuelve arriba. Se lo traga otra vez. Y otra.
Las lágrimas le corren por la cara. El rimel se corre, la deja con manchones negros alrededor de los ojos. Sus pechos grandes se balancean con cada movimiento, la piel rosada por el esfuerzo. El sudor le brilla en la frente, en el cuello, entre los pechos.
Siente la boca cansada, la mandíbula dolorida. Pero no quiere parar.
Y entonces siente el cambio. Un latido más fuerte. Una rigidez nueva. El miembro late dentro de su boca y Flavio exhala con fuerza, las manos apretadas en los puños.
—Ahora —dice él, con la voz rota.
El líquido caliente llena la boca de Milagros. Es espeso, salado, caliente. Podría escupirlo. Podría apartarse. Pero en lugar de eso, cierra los labios alrededor y traga. Una vez. Dos. Hasta la última gota.
Y cuando termina, se queda ahí, de rodillas, con la boca vacía y el sabor aún en la lengua. Jadea. Las lágrimas le siguen cayendo, el sudor le pega el pelo a la frente.
Flavio agarra el celular, cambia el ángulo. Sigue grabando. Toma fotos de su cara manchada, de sus pechos marcados por la saliva y las lágrimas, de la piel enrojecida, de la boca entreabierta.
—Perfecto —dice—. Esto lo publico hoy.
Baja el teléfono, se sube el pantalón. Milagros sigue de rodillas, mirándolo con los ojos vidriosos, la respiración cortada.
Flavio sale de la habitación sin mirar atrás.
—Buen material —dice antes de cerrar la puerta—. Van a pagar bien por esto. La puerta se cierra con un clic seco.
Milagros se queda sola.
De rodillas sobre la alfombra, las medias de liga torcidas, los pechos al aire, la cara hecha un desastre. Jadea como si hubiera corrido una maratón. La boca le arde, la mandíbula le duele, entre las piernas tiene una humedad caliente que no puede ignorar.
«¿Qué hice?», piensa. «¿Qué carajo hice?»
Pero no siente culpa.
Siente algo peor.
Siente ganas de más.
Su mano baja sin permiso, entre los muslos. Se toca por encima de la tela húmeda y tiembla entera. «No», se dice. «No deberías.» Pero los dedos ya están ahí, apretando, frotando. Un gemido se le escapa de los labios, ronco y avergonzado.
Sabe que Flavio puede estar escuchando del otro lado de la puerta.
Sabe que eso debería hacerla parar.
Pero no para.
Se recuesta en el suelo, las piernas abiertas, la mano moviéndose frenética. Cierra los ojos y ve la cara de Flavio, el brillo de sus ojos, la calma perturbadora con la que manejaba su cuerpo. Ve la cámara. Ve los comentarios de los desconocidos. Ve el dinero. Ve todo.
Y cuando termina, con un gemido que se ahoga contra su propia mano, se queda mirando el techo.
El sudor se le enfría en la piel.
La luz amarillenta de la lámpara dibuja sombras temblorosas.
Y Milagros sonríe.
No sabe bien por qué. Pero sonríe.
El sabor de Flavio aún permanece en su lengua, y por primera vez en días, se siente completamente viva.
Por LaDiablita