Capítulo 13
Mauricio abrió los ojos en medio de la oscuridad. En realidad, no había estado durmiendo. Ya cuando pasó de la una de la mañana, supo que, si se dormía, podía no despertarse a la hora en que tenía que hacerlo.
A su lado, Virginia respiraba de forma pausada, con ese aire sereno que solo tenía cuando dormía profundamente, lo que era una buena señal. La sintió a su lado. Ella le daba la espalda. Un camisón de seda hacía contacto con su brazo. Se separó un poco de ella, y esperó un instante, a ver si notaba el leve movimiento en la cama. Pero Virginia siguió quieta.
Miró el reloj: las tres menos cinco. Ya casi era la hora.
Una mezcla de ansiedad, deseo y culpa le revoloteaba en el pecho. Se sentía como un adolescente antes de cometer una travesura peligrosa, de esas que podían salir mal en cualquier momento. ¿De verdad iba a hacerlo? ¿De verdad iba a encontrarse con Lulú, en medio de la madrugada, como si fueran dos ladrones? Sabía que su respuesta debería ser un no rotundo. Ya tendrían, en el futuro, un momento más conveniente para volver a estar juntos.
Pero no se detuvo.
Corrió el cubrecama con cuidado, y se deslizó fuera de la cama. Solo llevaba una remera y el calzoncillo, un bóxer, de esos de tela de camisa que son bastante holgados y parecen un short. Se calzó unas ojotas y caminó despacio hacia la puerta. Cada paso le parecía definitivo. Podía darse vuelta, volver al colchón y olvidarse de todo. Pero las imágenes que lo habían asaltado mientras intentaba dormir no lo soltaban. Eran demasiado vívidas. Demasiado calientes.
Hacía apenas unas horas había tenido sexo con Virginia. A la tarde también. Y sin embargo, lejos de calmar su ansiedad, eso había avivado algo más profundo. Una especie de fuego inagotable que solo se encendía con una sola persona en esa casa. Se dio cuenta, algo turbado, de que le daba mucho morbo cogerse a su hija al poco tiempo de haberlo hecho con su mujer.
Abrió la puerta del cuarto con un cuidado casi quirúrgico. Por suerte, la quinta era bastante nueva, igual que todas las puertas, por lo que no chirriaba. La cerró suavemente a sus espaldas y quedó de pie, envuelto en penumbras, en ese pasillo silencioso que ahora parecía otro mundo. Un mundo secreto donde las reglas eran otras.
Cruzó la sala de estar, asegurándose de no hacer ruido. Cuando llegó a la cocina, encendió la luz. Se sorprendió al darse cuenta de lo mucho que le decepcionaba no encontrarse a su hija ahí, esperándolo.
Mauricio recordó que le había largado a Lulú, como al pasar, que esa costumbre que tenía de tomar un vaso de leche a la una de la madrugada mejor se pasara a las tres. Estaba seguro de que la mocosa estaba tan ansiosa como él. Pero, quizás, esta era una de esas ocasiones en las que jugaba con él. Quizás se había molestado de verdad por haberlo escuchado cogiendo con su mamá varias veces en el día, y lo estaba castigando.
—Pendeja de mierda —murmuró en la soledad de la cocina—. Si ya sabés que tengo que seguir actuando de la misma manera de siempre con Virginia.
Pero no había nadie que le respondiera. Suspiró hondo. Si la adolescente pensaba hacerle escenas cada vez que se cogía a su mujer, iba a ser un problema. De hecho, en ningún momento había pensado en hacer algo semejante a abandonar a su esposa para comenzar una vida con su hija. Aunque, a pesar de que estaba consciente de eso, también tenía en claro que estaba obsesionado con esa aventura incestuosa y, así como no se imaginaba sin Virginia, tampoco se veía sin dejar de disfrutar del dulce sexo con la niña de sus ojos.
Esperó unos minutos. Pero, a cada segundo que pasaba, se sentía más estúpido. Resopló, fastidiado. Apagó la luz de la cocina, y se dispuso a irse, frustrado. Ya vería qué castigo le daría a esa pendeja.
Sin embargo, cuando cruzó el living, el corazón se le aceleró. Había alguien sentado en el sofá, frente al televisor apagado. Un bulto en la oscuridad. Apenas se notaba, gracias a una tenue luz que se colaba desde afuera.
Encendió la luz de la sala de estar. Y Lulú se rio.
La chica se puso de pie. Llevaba una camisa blanca, enorme, que le llegaba hasta las rodillas. Se veía graciosa, casi ridícula. Sin embargo, él comprendió de quién era esa camisa. De Adriel. Eso hizo que sintiera una punzada de celos que no se esperaba, y una terrible idea cruzó su mente. Si Lulú estaba caliente con él, que era su padre, ¿no sería normal que también tuviera algo con su hermano?
Pero apartó esos temores momentáneamente.
—Si estabas acá, por qué no me lo dijiste, pendeja —dijo, realmente molesto—. Te estuve esperando como un boludo.
—Es que recién llegué —mintió ella, haciendo un puchero.
Mauricio dio un paso hacia ella, ansioso, pero Lulú lo detuvo con un gesto suave de la mano, sin perder esa expresión traviesa que tanto lo alteraba.
Entonces, llevó la mano a la camisa y comenzó a desabrocharla, botón por botón, sin apuro. Cada pequeño clic parecía marcar el ritmo de un baile improvisado. Sus caderas se movían de un lado al otro con una cadencia hipnótica, mientras sus labios murmuraban una melodía que solo ella parecía oír.
Él se quedó fascinado, viendo esos movimientos tan simples como sensuales. Su hija, la niña de sus ojos, le estaba haciendo un striptease, y a él se le hacía agua la boca.
Cuando el último botón se soltó, abrió la camisa. Mauricio, estupefacto, vio los pequeños y tersos senos. Vio también la suave mata de vello púbico. Lulú estaba completamente desnuda.
La chica dobló la camisa y la dejó, con total naturalidad, sobre el sofá. Se inclinó un poco al hacerlo, como para que su papá viera su hermoso culo en pompa. Luego volvió a su posición original, como para que él disfrutara de la vista.
Mauricio vio el cabello castaño suelto, la sonrisa de princesa puta; los ojos claros, brillando como si fuera un ser diabólico y maravilloso; su absoluta desnudez, dispuesta para él.
Ella soltó una risita contenida, divertida por la reacción que provocaba, pues él se había quedado con la boca abierta, literalmente.
—Estás loca… —susurró, pero ambos sabían que le encantaba su locura.
Entonces, sin decir una palabra, ella giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta principal. Mauricio tardó en reaccionar, porque ver ese cuerpito perfecto, tallado a mano, era demasiado hermoso.
—¿A dónde vas? —le susurró.
—¿Querés que lo hagamos acá, en el living, otra vez? —le dijo ella, mientras abría la puerta y salía al exterior.
Él apagó la luz de la sala de estar, como si eso lo protegiera de algo en caso de que Virginia se despertara, y la siguió unos segundos después, con el corazón bombeando adrenalina.
Al salir, vio su silueta corriendo desnuda, doblando, para irse a la parte del fondo. Él corrió, desesperado por apresarla y hacerla suya.
Vio que la chica se dirigía a la pileta, iluminada apenas por la luna. Luego se metió en el agua por la escalera. Él comprendió que era para no hacer ruido.
Emergió del agua con el cabello empapado pegado al rostro, respirando agitada pero con una sonrisa luminosa.
—¿Qué hacés, nena? —preguntó desde la orilla.
—¿No venís? —dijo ella, invitándolo.
Mauricio miró hacia la casa, como si temiera que Virginia se apareciera por ahí. Aún tenía tiempo de poner un límite a esa locura. Ni siquiera era necesario dejar de cogerse a su hija. Solo bastaba con que ella entendiera que debían buscar lugares más apropiados para algo tan prohibido como eso.
—No va a venir —dijo Lulú de repente, con una convicción extraña, como si supiera cosas que él no.
De alguna manera, él confió en su palabra.
Se quitó la remera y el calzoncillo y los dejó sobre la reposera, quedándose completamente desnudo. Ahora sí, ya no había vuelta atrás. Si alguien los veía desnudos, a las tres de la mañana en la pileta, sería difícil explicar qué demonios estaban haciendo.
El aire nocturno lo rozó como si le estuviera contando un secreto. Entonces, sin prisa pero sin pausa, se acercó al borde y bajó por la escalerita metálica.
Lulú lo miraba desde el agua, con los ojos brillándole más que nunca. Estaba admirada de ver a ese hombre tan masculino comportarse como un adolescente por ella. Vio los músculos marcados de su cuerpo. Eso, y la barba frondosa le daba un aspecto de dios griego que siempre hacía que se le mojara la bombacha. Vio también su poderosa verga, ya casi totalmente erecta, sacudiéndose suavemente mientras caminaba.
Luego él se sumergió con lentitud en el agua, su cuerpo perdiéndose entre los reflejos lunares que danzaban sobre la superficie. Ella sonrió con malicia y, sin decir nada, comenzó a nadar en la dirección contraria. Sintió enseguida cómo él la seguía, deslizándose bajo el agua como un tiburón silencioso. Las ondas del agua, sus risas ahogadas, y el murmullo de la noche componían una escena que parecía fuera del tiempo.
Durante unos minutos lo esquivó con destreza, doblando en cada extremo, desorientándolo adrede, disfrutando el juego del gato y el ratón. Mauricio intentaba atraparla, pero ella se le escurría como una sombra líquida, y en cada giro, cada brazada, dejaba una estela de deseo. No podía verla del todo bajo el agua, pero cada vez que emergía, su cuerpo desnudo relucía bajo la luna como el de una sirena traviesa.
En un momento sintió cómo una mano firme se aferraba a su tobillo. Sin pensarlo, dio una patada con la otra pierna, y él la soltó, más por sorpresa que por dolor. Lulú aprovechó para seguir nadando, conteniendo una risa que burbujeaba en su pecho, sintiéndose libre, audaz, y peligrosamente viva.
Sabía que pronto la atraparía. De hecho, quería que lo hiciera. Pero también disfrutaba que ese hombre maduro estuviera desesperado por apresarla, nadando con insistencia, con la pija dura, lista para hundirse en ella cuando por fin la tuviera en sus brazos.
Así que estaba tan ansiosa como él de ser atrapada. Por eso, cuando sintió de nuevo las manos de Mauricio en ella, no opuso más resistencia.
Quedaron quietos, flotando, agitados por el esfuerzo y por la lujuria que se les escapaba del cuerpo. Mauricio la abrazó por detrás, sus brazos rodeando su cintura. Ella cerró los ojos un instante, sintiéndose envuelta por un calor que contrastaba con la frescura del agua.
Se giró lentamente y lo besó. Fue un beso húmedo, profundo, de esos que borran todo alrededor. Y mientras se besaban, fueron acercándose a la orilla, movidos por un impulso suave, inevitable.
Ella llegó a la escalerita de metal y se aferró a ella con ambas manos, apoyando los pies en el primer escalón. El cuerpo le temblaba por dentro, aunque por fuera parecía tan segura como siempre. Entonces sintió cómo él se colocaba detrás de ella, sus manos firmes en su cintura, y una oleada de vértigo la atravesó.
La noche era suya. El agua, su escondite. Y ese instante, un abismo sin retorno.
Se sentía indefensa con su pequeño cuerpo a merced de la fuerza de Mauricio, aunque también, de alguna manera, se sentía protegida. Entonces él se acercó a ella un poco más y ella sintió su dureza en sus nalgas.
Giró levemente el rostro y él la besó de nuevo. La agarró del mentón y, cuando sus labios se separaron, se la quedó mirando, fascinado, como si observara algo divino. Algo de otro mundo.
Estaba todo oscuro. Pero la luz de la luna los favorecía, les daba un aire mágico. Entonces ella sintió la verga entre los muslos y finalmente, con un movimiento de Mauricio, se la enterró en su sagrada hendidura.
Lulú soltó un gemido pecaminoso en la oscuridad.
Mauricio se agarró también de la escalera de metal y se las ingenió para menearse bajo el agua. El cuerpo de ella reaccionaba al instante. Ninguno de los dos, ni siquiera él, que era mucho más grande y tenía mucha más experiencia, lo había hecho en el agua. Y ahora se daba cuenta de que no era lo más cómodo del mundo. Y, sin embargo, lo erotizaba mucho la situación de estar escondido, de tener que contener los gemidos. Así que arremetió con fuerza, con movimientos más intensos. El cuerpito de ella apretado por el suyo.
En un punto, Mauricio le enterró la verga por completo, cosa que lo sorprendió. La dulce concha de su hijita era estrecha, pero, de a poco se había abierto paso en ella. También sentía ese perfecto culo en su pelvis, cosa que disfrutaba mucho.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí —dijo ella—. Se siente bien… Se siente bien tenerte adentro, papi.
Mauricio se preguntó, no por primera vez, de dónde había salido tan degenerada esa adolescente. Claro, él y Virginia eran primos hermanos, y jamás se lo habían ocultado a sus hijos. Eso, ya de por sí, no era el mejor ejemplo. Pero esto era muy diferente. Esto era mucho más perverso. Y Lulú no parecía tener las inhibiciones que él mismo tenía. Simplemente hacía lo que quería. En eso la envidiaba un poco.
—Y yo me siento muy bien adentro tuyo, bebé —le susurró al oído—. Siempre vas a ser la nena de mis ojos.
Llevó la mano a uno de los senos de la chica y ambos siguieron meneándose al ritmo del placer, ocultos en la oscuridad. Luego le llevó esa misma mano a los labios y ella empezó a chuparle el dedo, como cuando era una niña y se chupaba su propio pulgar.
Mauricio estaba consciente de que había agregado al peligro algo mucho más peligroso aún: se la estaba cogiendo sin condón. Pero nada de eso los detenía. Ese era el poder de su hija adolescente. Lo llevaba a hacer cosas que nunca haría. Y ahora estaba ahí, a unos metros de su mujer, nuevamente cogiéndosela por detrás como si no terminara de asimilar el desastre que podía acontecer si Virginia se enteraba de lo que estaban haciendo.
Ahí estaban los dos, con los cuerpos encendidos, apareándose como dos animales salvajes, ya despojados de toda moral, de toda ética, ya hundidos en los brazos del incesto, ya sin conciencia, con todos los nervios y las neuronas concentradas en el placer que desbordaba por cada célula de sus cuerpos. De hecho, llegó un punto en el que parecían compartir el mismo cuerpo. Eran uno solo, jadeantes, golosos, inseparables.
Lulú tuvo que morder el dedo del padre para contener un gemido, cuando él la embistió con más potencia. Luego lo liberó y se rio, y él le mordió la oreja mientras seguía metiéndole la pija por detrás, sintiendo la humedad de ella, mucho más húmeda que el agua de la pileta.
Entonces sintió que pronto alcanzaría el clímax. Retiró la verga de adentro de ella. No podía eyacular en su útero, obviamente, pero tampoco podía hacerlo en la pileta, así que hizo algo diferente.
Le dijo que se apartara. Entonces subió unos escalones, por la escalera, y se puso de perfil.
Lulú se encontró con la verga dura de su papá a la altura de su rostro. No necesitó indicaciones para saber lo que tenía que hacer. Envolvió la verga con sus suaves dedos, y se la llevó a la boca sin dudarlo, al igual que lo había hecho con la verga de su hermano hace algunas horas.
Empezó a chupársela con fruición. Miró hacia arriba mientras lo hacía. Su papá parecía una escultura. Su cuerpo mojado, brillando bajo la luz de la luna, los músculos trabados, el abdomen perfectamente marcado, el pectoral potente, los muslos fuertes, las piernas peludas, y la verga más dura que cualquier otra parte de su cuerpo, en su propia boca, atrapada en su humedad. Y todo ese cuerpo tan poderoso, sometido a su estímulo, sensible a las lamidas que le daba, sobre todo cuando la lengua se concentraba en el glande, cosa que lo hacía temblar de pies a cabeza, y lo hacía soltar gemidos intensos que él mismo no aprobaría.
El semen brotó por fin y ella lo recibió como si fuera un elixir que hacía rato esperaba engullir. Se lo tragó todo, como correspondía. Él pensó que solo por eso merecía que le perdonara todas sus travesuras.
Luego Lulú separó los labios y sacó la lengua, para que él estuviera seguro de que ninguna gotita quedó afuera. Largó una risita infantil. Mauricio, con la verga ya fláccida, descendió por la escalera nuevamente. La abrazó, le dio un beso, sintiendo el sabor de su propio semen en el paladar. Llevó las manos por debajo del agua hasta palpar el carnoso orto de su nena. Era todo tan perfecto, que no lo podía creer. Sabía que su vida pendía de un hilo y sin embargo era demasiado maravilloso. Era el paraíso.
Nadaron un poco más, flotando en ese mundo de silencio azul, apenas interrumpido por el sonido sutil de las gotas resbalando por sus cuerpos y el leve chapoteo de sus movimientos. El agua tibia les acariciaba la piel como una segunda mano invisible, envolviéndolos en una intimidad líquida que parecía protegerlos del resto del mundo. Se miraban de cerca, de reojo, con la complicidad de quienes comparten un secreto. Se rozaban bajo el agua. Sus cuerpos desnudos se encontraban a cada rato.
Él, por su parte, no podía evitar seguirla con la mirada cada vez que ella se alejaba unos metros para nadar de espaldas, con los brazos extendidos y los muslos emergiendo apenas del agua. Verla así, si nada que la cubriera, le producía una mezcla de excitación y ternura que ninguna mujer le produciría jamás.
Ambos sabían que quedarse más tiempo en la pileta era un riesgo innecesario. Además, si se quedaban un rato más, querrían repetir, y ya había estado demasiado tiempo fuera del dormitorio. Y ni hablar que necesitaba un tiempo para secarse por completo.
—Mejor salgamos —murmuró.
Lulú asintió con obediencia, cosa que le sorprendió.
Ella fue la primera en dirigirse a la escalerita metálica. Mauricio se quedó en el agua, observándola sin pudor. Cada peldaño que subía dejaba al descubierto más de su cuerpo brillante, perlado por el agua, que escurría en hilos finos por sus piernas. Pero, sobre todo, no podía dejar de apartar la mirada de ese profundo culo que ahora la chica le restregaba en la cara, provocándolo.
Mauricio tragó saliva, ya comenzando a dudar de si no podía darse un gustito más con esa chica tan depravada. Emergió con lentitud, sintiendo cómo el aire fresco le acariciaba la piel caliente. Su verga ya estaba peligrosamente hinchada.
Se dirigieron al corredor, en una parte en donde estaban las toallas. Ella empezó por el cabello, y Mauricio se quedó un rato admirando su cuerpito desnudo, apenas visible, pues en esa parte no llegaba tanta luz lunar.
Se secaron sigilosamente, sin siquiera intercambiar palabras entre ellos. Se sorprendió cuando vio que ella terminó primero que él.
Se había envuelto con un toallón. Era tan pequeña que le cubría por completo. Pero ahora que su desnudez estaba oculta, no era menos tentadora para él. Después de todo, con solo deshacer ese precario nudo que sostenía la tela sobre su cuerpo, ya tendría a su hija como dios la trajo al mundo de nuevo.
—Dame, te ayudo —dijo Lulú de repente.
Sin esperar respuesta, se paró frente a él y comenzó a secarlo con una lentitud que no era nada inocente. Primero le pasó la toalla por el pecho, en movimientos circulares, suaves, como si más que secarlo, quisiera memorizarlo con las yemas de los dedos. De hecho, esa parte ya la tenía seca, pero él no dijo nada al respecto. Luego bajó por el abdomen. Mauricio cerró los ojos un segundo, concentrado solo en el contacto, en el aroma a cloro y a perfume que aún quedaba en su piel.
Ella siguió bajando, pasando la toalla por sus caderas. Después siguió camino hasta los muslos, donde sus movimientos se hicieron más lentos. La verga estaba ahí, colgando, y ella, que estaba agachada, la tenía a centímetros de su rostro, otra vez.
—Estás temblando —le dijo, con una voz más baja.
—Es solo por el viento —dijo él, susurrando—. Apurémonos. Si no, nos podemos resfriar.
Entonces ella hizo algo más atrevido, algo que a él no le sorprendió. Empezó a frotarle los testículos con la toalla.
—Tenés mucho pelo acá —le dijo—. ¿Nunca te lo depilás?
—No. Solo me lo recorto. A veces. ¿No te gusta?
—Sí, me gusta. También me gusta tu barba, el pelo en el pecho, y en las piernas… Sos como un oso. Pero con el cuerpo todo trabajado.
Mauricio sintió el aliento de la chica, mientras hablaba, sobre su verga, cosa que hizo que se terminara de endurecer.
—Qué rápido se te para —comentó la chica, que vio cómo ese falo crecía en sus narices—. Y eso que también cogiste con… Ah, cierto que no la puedo nombrar.
Mauricio acarició el rostro de Lulú. Luego apoyó la mano en su cabeza.
—¿Qué? ¿Te pensás que te la voy a chupar de nuevo? —preguntó la chica—. Por si no te diste cuenta, yo no acabé.
Se puso de pie, dejando tras de sí un leve rastro de perfume, y caminó lentamente hacia la reposera como si cada paso fuera parte de un ritual cuidadosamente escogido. La lámpara que alumbraba tenuemente esa parte de la galería proyectaba sombras que jugaban con la figura armoniosa de su cuerpo, resaltando el brillo de su piel y el movimiento sensual de sus caderas.
Ella se acomodó, con una pierna extendida y una flexionada, dejando una abertura entre sus muslos. Sus ojos, intensos y juguetones, se posaron sobre Mauricio con una lascivia salvaje.
Lo llamó con un movimiento del dedo índice. Él no tardó en ir, a pesar de que ahí estaban aún más expuestos que en la pileta. Apoyó las rodillas entre las piernas de su hijo, y se deslizó para ponerse sobre ella. Pero Lulú apoyó la mano en su cabeza, deteniendo su movimiento.
Él no entendió su actitud de entrada, pero, cuando Lulú contrajo ambas piernas, dejando su sexo rosado expuesto, lo entendió. Se le hizo agua la boca. Se moría de ganas de chuparle la concha, pero temía lo que pudiera pasar mientras estuviera concentrado, con la cabeza hundida entre sus muslos.
—No te preocupes. Mamá no va a venir.
Otra vez Mauricio se desconcertó con la seguridad de la chica. Estaba claro que había cosas que se le pasaban por alto. ¿Cómo se las había arreglado Lulú para que nadie los interrumpiera? ¿Adriel la estaba ayudando? Pero no terminaba de entender qué podría haberle dicho para convencerlo.
Sin embargo, no preguntó nada. Ya lo haría más tarde. De momento, se inclinó y metió el rostro dentro de la toalla que envolvía a su hija. Sintió el olor de sus flujos primero. Luego lamió el muslo, y después de hacerla soltar gemidos suaves, fue por la vulva y percibió el sabor. Entonces empezó a lamerla con fruición.
Apoyó las manos en las piernas de Lulú, y fue subiéndolas, haciendo que la toalla subiera a su vez. Entonces cerró los labios en el clítoris. Ella respondió a ese gesto apoyando la mano en su cabeza, tirándole del pelo, y largando un gemido peligroso.
Él levantó el rostro, y vio los ojos encendidos de la chica, llenos de lujuria.
—Muy bien, mi niño. La estás chupando bien. Sos un buen petero —dijo ella.
Mauricio soltó una risa. Siempre le sorprendía las ocurrencias de su hija, que lo hacía reír en los momentos más inesperados.
No tardó en lamer el clítoris con intensidad.
El aire se llenaba de suspiros entrecortados, cada sonido que escapaba de la boca de Lulú llevaba consigo una chispa que iluminaba su rostro. Sus manos temblaban, y se apretaban más en la cabeza de su papá, mientras su cuerpo se arqueaba como queriendo alcanzar algo más allá de sí misma, mientras sentía ese placer inefable en su entrepierna.
Mientras Mauricio seguía estimulando esa parte tan sensible de su cuerpo, sus ojos se cerraron lentamente, permitiéndose a sí misma sumergirse en la marea que la envolvía. Cada lengüetada la sentía como un golpe de placer capaz de desmayarla en cualquier momento.
Después de unos minutos, él sintió en su propio cuerpo el placer de su hija. Los muslos se cerraron en su rostro sin piedad, y ella empezó a hacer movimientos pélvicos, restregándole la vagina en su cara. Mauricio oyó los gemidos de su hija, intensos, pero amortiguados. Cuando los músculos de Lulú se relajaron, levantó la cabeza y vio que se estaba mordiendo la mano.
—Ahora vos no me vas a dejar con la pija dura —le dijo él.
Ya olvidándose de toda precaución, La agarró de la cintura y la hizo girar. Desató la toalla y la hizo a un lado. Se deleitó viendo el cuerpo desnudo de su niña. Lamió la espalda con desesperación, y no tardó en bajar hasta su trasero. Primero lo estrujó con sus manos. Luego le dio un mordisco. Ella soltó un gemido de dolor, pero no dijo nada. Separó las nalgas carnosas de la chica, y hundió la lengua en ella.
Lulú gimió. Mauricio lamió con intensidad ese agujerito de piel gruesa, mientras seguía disfrutando de las nalgas con sus manos. Pero no tardó en ponerse encima de ella. Lulú recibió todo el peso de su padre. Sintió de nuevo la verga entre los muslos, acomodándose. Y luego la sintió adentro de su sexo.
Había acordado con su hermano que distraería a Virginia, mientras ella distraía a Mauricio. No obstante, no era por eso que parecía tan tranquila. En realidad, estaba dispuesta a soportar el escándalo si su mamá lo veía cogiéndose a su marido. Todavía le guardaba cierto rencor por lo que había pasado en el subte, y por otras cosas. Sin embargo, no era el rencor lo que la motivaba. Simplemente tenía el oscuro deseo de que todo saltara por los aires. Ya sabía que Adriel se cogía a su mamá, y ella, a su vez, ya había tenido algo con Adriel, así que, para qué seguir con esa farsa de familia clásica, si simplemente podrían disfrutar del sexo cuanto quisieran.
Así que Mauricio hacía mal en estar tranquilo debido a la seguridad de su hija, porque si ella estaba tan despreocupada no era por no temer a que llegara a pasar algo, sino porque precisamente quería que sucediera. Sin embargo, una parte de ella sabía que Adriel estaba disfrutando con su madre tanto como ella, y que no iba a tener ese desenlace que anhelaba.
Así que se relajó, y se quedó ahí recibiendo las embestidas de Mauricio, quien ahora la agarraba de los pelos, y tiraba de ellos suavemente, como si fueran una montura. Era increíble cómo esa cosa enorme se enterraba en ella por completo. Lulú gemía y gemía, gozando con esa verga prohibida. Después de unos minutos sintió la descarga en las nalgas.
Mauricio la limpió con un papel que ella no supo de dónde sacó.
—Ahora sí. Nos tenemos que ir —le dijo.
Se suponía que ella debía alejarlo de cuarto al menos por una hora. No tenía idea de cuánto tiempo pasó, y tampoco le importaba.
Se paró.
—Estuvo muy divertido, papi —le dijo, poniéndose de puntita de pie para darle un beso en la boca.
—Sí, pero me vas a matar de un infarto —dijo él—. Ahora andá, ponete algo. No quiero que te enfermes.
—Qué buen padre sos —le dijo.
La vio meterse en la casa, sigilosamente. Se quedó pensando que un buen padre definitivamente no se cogería a su propia hija.
Lulú agarró la camisa de su hermano y se la puso de nuevo. No entendía por qué había llevado algo así a la quinta, pero le vino bien. Se fue a su cuarto, satisfecha, aunque algo decepcionada por el hecho de que la boba de su mamá no echó en falta a su marido. Claramente la muy puta estaba rendida ante la pija de su hermano.
Entonces, se le ocurrió una idea. Una maldad.
Mauricio, por su parte, se tomó un rato para entrar. Después de unos minutos de que su hija lo hiciera, se metió en la casa. Todavía tenía el pelo algo húmedo. Si su mujer se despertaba y le preguntaba al respecto, simplemente le diría que le apeteció salir a darse un chapuzón. El mayor peligro era que lo viera junto a Lulú, y ya había zafado de eso.
Caminó, sigiloso, y se metió en el cuarto. Se subió a la cama. Estaba todo oscuro, pero no hacía falta ver para notar que faltaba algo.
Encendió la lámpara de la mesita de luz.
Virginia no estaba.
Capítulo 14
Mientras Lulú corría desnuda hacia la pileta, y su papá la perseguía, dentro de la quinta de fin de semana que le habían prestado a la familia Nilsen, ocurrían cosas iguales de morbosas.
Virginia se despertó sobresaltada al sentir algo tibio y húmedo deslizándose por sus piernas. Abrió los ojos aún entre sueños, desorientada, y notó que alguien había apartado las sábanas y el cubrecama con cuidado, dejándola expuesta a la tenue luz ámbar que provenía de la lámpara de la mesita de noche. Parpadeó varias veces hasta que la imagen frente a ella se volvió nítida: una boca recorría con lentitud el interior de uno de sus muslos, dejando un rastro de humedad que le erizó la piel. La lengua se movía con intención, subiendo centímetro a centímetro, desafiando la somnolencia y encendiendo algo dentro suyo.
En ese instante lo vio con claridad. Era Adriel. Se quedó mirándolo, atónita, sin saber si era un sueño o su imaginación. Sabía que su hijo estaba tan caliente con ella, como ella con él. Pero hacer eso en el dormitorio donde dormía con Mauricio…
Giró y se encontró con el lado izquierdo de la cama vacío. Luego dirigió la mirada de nuevo a Adriel. Él levantó apenas la vista y la miró con una media sonrisa traviesa, sin detenerse.
—¿Estás loco? —susurró Virginia, todavía sin moverse, con la voz ronca de recién despierta.
Pero ahí estaba él: joven, alto, de espalda ancha y musculatura marcada, con el pelo corto y los ojos encendidos. Estaba entre sus piernas, inclinado, besándola con devoción, muy cerca de su sexo.
Adriel se incorporó levemente y la miró con picardía.
—Tranquila —le dijo, acariciándole la pierna con el dorso de la mano—, tenemos un buen rato a solas.
Virginia frunció levemente el ceño, todavía sorprendida, pero sin apartarse.
—¿Cómo estás tan seguro? —preguntó, mirando a la puerta, como si temiera que en cualquier momento se abriera.
—Papá está entretenido. No te preocupes —respondió él, seguro, y sin darle más espacio a la duda volvió a sumergirse entre sus muslos.
Mientras se estremecía de placer, Virginia dudó. ¿Cómo estaba tan seguro? Solo se le ocurría una respuesta: Lulú. De repente, le cayó la ficha, aunque se negó a imaginarlo con claridad. Además, la lengua de Adriel le hacía difícil concentrarse en otra cosa.
El camisón de seda que llevaba, liviano y apenas adherido a su cuerpo, se había corrido un poco, dejando al descubierto la parte superior de sus piernas. La tela suave resaltaba esa figura exuberante que a él tanto lo excitaba. Adriel se tomaba su tiempo. De vez en cuando levantaba la mirada y se detenía a contemplarla: sus pechos grandes se alzaban y bajaban con el ritmo entrecortado de su respiración, su cabello rubio estaba revuelto sobre la almohada, y sus ojos claros se entrecerraban con un brillo mezcla de deseo y sorpresa. Todo en su cuerpo temblaba ligeramente, como si cada caricia despertara una fibra nueva.
Los labios de él avanzaban con una devoción casi religiosa, y cuando ella empezó a emitir pequeños gemidos, incapaz ya de disimular la excitación que crecía, Adriel no esperó más. Deslizó un dedo por el borde de la bombacha, la corrió a un lado, y dejó expuesta la vulva, húmeda, brillante.
Adriel se acomodó entre sus piernas, apoyando ambas manos en sus muslos para abrirlos un poco más. La miró desde abajo, pero Virginia ya tenía los ojos cerrados y el pecho agitado. Entonces, sin perder más tiempo, le pasó la lengua directamente por la raja del sexo, de abajo hacia arriba, deteniéndose un instante en el clítoris.
Ella soltó un gemido seco, profundo, y se le contrajeron los músculos del abdomen. Adriel repitió el movimiento, más lento esta vez, saboreándola. El sabor de sus flujos era intenso, caliente, y eso lo excitaba todavía más.
Virginia, ya perdida en la lujuria, le apoyó una mano en la nuca y le hundió los dedos en el pelo. La otra mano apretaba las sábanas con fuerza. Su pelvis reaccionaba a cada lamida, buscando más, restregándole la concha en el rostro. Él le separó los labios vaginales con los dedos y empezó a concentrarse en el clítoris, primero con la lengua plana, luego con la punta, alternando presión y velocidad. Ella se arqueó entera, temblando, y dejó escapar un gemido largo.
—No pares… no pares… —decía con la voz temblorosa.
Adriel obedeció sin decir nada. La lengua se movía rápido, insistente, y a veces intercalaba con pequeñas succiones. La notaba cada vez más húmeda, sus flujos le corrían por la entrepierna, empapando su boca, su mentón, y eso no lo detenía. Al contrario. La tenía como quería: tensa, entregada, con el cuerpo completamente enfocado en el placer. Cada tanto, mientras la seguía lamiendo, levantaba la mirada para verla: las tetas grandes, firmes, subiendo y bajando por la respiración agitada, los pezones endurecidos, los ojos cerrados, el rostro encendido.
Le metió un dedo. Y después otro, y empezó a meterlos y sacarlos una y otra vez, cogiéndosela con esas dos extremidades, mientras no dejaba de estimularle el clítoris con la lengua. Virginia se sacudió como si la hubiera atravesado una descarga. Le temblaban los muslos, se le contraían involuntariamente.
—Voy a acabar. ¡Ay! No puedo creer que ya voy a acabar! —avisó ella, apretando la cabeza de Adriel entre sus piernas.
Y él no frenó. Todo lo contrario. La lamió más fuerte, con movimientos cortos, directos al clítoris, mientras la penetraba con los dedos. Hasta que Virginia se arqueó por completo, apretó las sábanas, y un grito le salió desde el pecho. Acabó con violencia, sacudiéndose bajo su boca. Los flujos brotaron en oleadas, cálidos, espesos, y Adriel los recibió todos, con la lengua aún trabajando, hasta que el cuerpo de ella quedó laxo, exhausto.
Se apartó despacio, respirando por la boca, con la cara mojada, el pulso acelerado. Virginia tenía los ojos entreabiertos, el pecho todavía agitado, y una sonrisa torcida, derrotada.
—¿Te gustó? —preguntó él, con una voz ronca.
—Me encantó —contestó ella, soltando una risa suave—. No sabía que la chupabas tan bien. Creciste muy rápido.
Se quedó mirando a su mamá un rato, deleitándose con el espectáculo de su imagen. Estaba aún tembloroso, con la respiración agitada, el camisón levantado, la tanga corrida a un lado y el sexo empapado tanto de su saliva como de flujos. Estaba simplemente hermosa.
Entonces la tomó de la mano con firmeza y la hizo levantarse.
—¡Vamos a mi cuarto! —le dijo, con una sonrisa traviesa.
Virginia dudó apenas un segundo, pero algo en su voz y en su mirada no dejaba lugar a objeciones. Lo siguió como si nada más importara. Caminó detrás de él por el pasillo oscuro, con el camisón todavía puesto, descalza, sintiendo el pulso en el cuello, como una adolescente siguiendo al chico más deseado del colegio.
Cuando llegaron, él abrió la puerta y la hizo entrar. Sin decirle una palabra más, la giró y la hizo caer de cuerpo entero sobre su cama. Virginia quedó boca abajo, con los brazos extendidos hacia los costados y la cara de perfil sobre la almohada. El camisón se le había subido, dejando al descubierto el inicio de sus nalgas. Su respiración ya estaba acelerada.
Adriel se sacó el short de un tirón. Quedó solo en calzoncillos. El bulto sobresalía con claridad, tirante, empujando contra la tela. Ella lo miró de reojo. Le impresionó el tamaño, la forma, el modo en que parecía querer romper el calzoncillo. Siempre era impactante ver esa pija cuando estaba erecta.
Adriel no se subió de inmediato. Se quedó de pie, al borde de la cama, y se inclinó sobre ella. Le pasó una mano por la espalda, despacio, siguiendo la línea de su columna hasta el final, hasta donde empezaba su gordo trasero. Luego bajó el rostro y empezó a besarle las piernas. Primero las pantorrillas, con besos suaves, húmedos, y fue subiendo lentamente. Se detenía en cada punto, tomándose su tiempo.
Virginia cerró los ojos y soltó un suspiro largo. Sentía sus labios en la parte de atrás de las rodillas, luego en los muslos. Adriel le mordió apenas la parte interna, justo donde la piel es más sensible. Ella se estremeció. Él siguió subiendo, a medida que le corría el camisón para que no estorbara, dejándole un rastro de saliva y calor.
Cuando llegó a la parte alta, le agarró el camisón con ambas manos y se lo sacó por completo, con un solo movimiento. Virginia quedó casi desnuda, con las tetas aplastadas contra la cama, los pezones duros por la fricción de la tela y el aire tibio de la habitación. Su espalda desnuda brillaba con la luz tenue de la lámpara.
Solo la cubría la tanga, lo cual no hacía más que acentuar su desnudez. Todavía estaba un poco corrida, por lo que los labios vaginales se asomaban. Por su parte, la tela que se suponía que debía cubrirle el trasero era tan delgada que estaba perdido en lo profundo de su orto.
Adriel tragó saliva, dándose cuenta de que se le había hecho agua la boca. Después le bajó la bombacha, despacio, tirando con los dedos por los costados hasta quitársela del todo. La dejó caer al piso. Virginia quedó completamente expuesta, de espaldas, con el culo redondo y firme en el centro de todo.
Y entonces empezó a devorarla de verdad.
Le besó las nalgas, una y otra, primero con suavidad, luego con más fuerza. Le pasaba la lengua, le mordía apenas, le chupaba la piel con avidez. Le abrió los glúteos con las manos y volvió a lamerla en la parte más íntima de su cuerpo. Ella aún no terminaba de creer que la lengua de su hijo se estuviera frotando en su ano, dándole ese placer tan especial.
Lo lamía desde abajo hacia arriba, lento, sin dejar ni un milímetro sin recorrer. Se detenía en el pliegue entre las nalgas, le dejaba la boca entera ahí, succionando con deseo. Luego subía hasta la parte baja de la espalda, le besaba la cintura, los costados, la espalda alta, y volvía a bajar, siempre de vuelta al precioso culo de su mamá.
Virginia seguía preocupada por lo que podía pasar, pero no tanto como cabría esperar de una madre que estaba engañando a su marido con el hijo que habían concebido juntos. Nuevamente pensó en Mauricio y en Lulú. Pero esta vez, tal pensamiento solo sirvió para que se entregara aún más a la corrupción del incesto.
Estaba inmóvil, pero vibraba. Su respiración era agitada, sus dedos apretaban las sábanas. Cada vez que él le lamía el centro del culo, ella soltaba un gemido ahogado.
Le metía la lengua entre los glúteos con firmeza, separándolos, abriéndola con las manos mientras bajaba la cara hasta ahí, empujando con la lengua húmeda directamente contra su ano, lamiendo con fuerza. Virginia jadeaba, le temblaban las piernas, se le contraían los músculos de la espalda.
Adriel no paraba. Lamía con ganas, con ritmo, sin distracciones. La tenía abierta con las dos manos, y la lengua le entraba con pequeños empujes, suaves, pero firmes. Después le daba pequeños besos, la chupaba, le recorría todo el contorno con la boca, con una dedicación que la dejaba sin aire.
En un momento, le escupió suavemente y le pasó los dedos por encima, masajeando con movimientos circulares, sin dejar de besarla. Virginia se llevó la mano a la boca para no gritar. Nunca había imaginado que le iba a gustar tanto que jugaran con su culo de esa manera tan obscena.
—Me estás volviendo loca… —murmuró, apenas audible, con la cara enterrada en la almohada.
Adriel sonrió contra su piel. No dijo nada. Le dio un último beso profundo y se quedó ahí, con la boca apoyada entre sus nalgas, respirando hondo.
Virginia seguía boca abajo, con el cuerpo entero entregado al colchón, la espalda desnuda, las nalgas levemente elevadas por la postura, los muslos algo separados. Respiraba con fuerza, todavía temblando por la forma en que Adriel le había recorrido cada centímetro con la boca. Sentía la humedad pegada en su piel, los glúteos húmedos por la saliva, los muslos brillantes por sus propios fluidos. El cuerpo le latía entero.
Adriel se enderezó y se bajó el calzoncillo de un tirón. Su verga salió con un salto, larga, gruesa, completamente erecta, tensa, con las venas marcadas. El glande estaba empapado de presemen. Se la sostuvo con una mano, frotándola contra el culo de ella, arriba y abajo, deslizándola entre los glúteos con movimientos lentos, provocadores.
—Estás caliente, ¿eh? —le murmuró, acercándose al oído, sin apoyarse del todo sobre ella.
Virginia respondió sin abrir los ojos, con la voz ronca y desafiante:
—Sí, pero, por favor, callate.
—No te preocupes. No pasa nada si hablamos así. Están en la pileta —largó el chico.
—¿Lulú y Mauricio? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí. Se ve que a papá le dio sed a la madrugada, y se encontró con Lourdes, y lo convenció de darse un chapuzón. Ya sabés cómo es ella.
—Sí, ya lo sé —dijo ella, pero, por dentro, completó la respuesta: “es una puta”.
Mientras más hablaba Adriel, más claro le quedaba todo. Era imposible que, por saber que estaban en la pileta, estuviera tan seguro de que tenían suficiente tiempo para gozar. Había detalles que no le estaba diciendo. Pero prefirió no seguir pensando en eso. La lujuria la instaba a disfrutar del momento con su niño, por más arriesgado que fuera.
Adriel se acomodó detrás de ella, poniéndose de rodillas sobre el colchón. Le apoyó la punta justo en la entrada de su sexo, y sin aviso, con una sola embestida lenta pero firme, la fue penetrando. Virginia soltó un gemido sordo, que se tragó contra la sábana. La verga le entró despacio, pero toda, estirándole la abertura al máximo, haciéndola temblar desde adentro.
—La tenés… tan grande… —jadeó, con los dientes apretados.
Él no respondió. Se quedó unos segundos adentro, quieto, completamente enterrado en ella. Le agarró las caderas con ambas manos y, sin sacarla del todo, empezó a moverse. Corto y rítmico al principio. Cada movimiento hacía que sus testículos chocaran contra su culo, con un sonido húmedo y contenido. El cuerpo de Virginia se movía con cada embestida, pero se esforzaba por no gritar.
Adriel le tomó los brazos por detrás y se los sostuvo con una sola mano, doblándoselos hacia arriba, como sujetándola. Con la otra, le agarró el pelo. Cada vez que se la metía hasta el fondo, ella contenía un gemido, apretaba la cara contra la sábana, temblaba.
—Te gusta que te lo haga así, ¿no? —le susurró contra la espalda, jadeando.
Virginia asintió con la cabeza, apenas, sin poder hablar. Tenía los ojos cerrados, los labios apretados, el sexo empapado. Cada embestida la hacía hundirse más en el colchón, pero no pedía que pare. Al contrario, levantaba un poco más el culo, buscando más profundidad.
Adriel la cogía con ritmo. Aceleraba, luego bajaba la velocidad, pero no salía nunca de su concha. La mantenía bien apretada contra él, con movimientos certeros, golpeando el fondo. El cuarto estaba lleno del ruido de la piel chocando, de los jadeos contenidos, del crujido suave del colchón.
De pronto, la soltó. Le aflojó los brazos y se inclinó sobre ella, sin dejar de penetrarla. Le apoyó el pecho en la espalda y le mordió el hombro.
—Qué buena que estás, mami —le dijo al oído—. Nadie me calienta tanto como vos. Sos mi vicio.
Virginia apenas pudo responder, con la voz ahogada por el esfuerzo:
—Me está costando no gritar…
—Entonces no grites —le susurró él, mientras le metía una mano debajo y le agarraba un pecho con fuerza.
La seguía cogiendo con fuerza, metiéndosela hasta el fondo. El ritmo se volvió más salvaje. Ella se agarró de la cabecera de la cama, apretando los dientes. Sentía la verga entera moviéndose dentro suyo, chocándole el cuello del útero. La presión, el roce, el dominio. Todo era demasiado. Cada vez que se empujaba más hondo, se le escapaba un gemido que no podía evitar.
—Voy a acabar otra vez —dijo entre jadeos—. Qué bien cogés. Que rica pija tenés.
—Aguantá —le dijo él, sin parar—. No acabes todavía.
Pero ella no podía más. El placer se le acumulaba en la pelvis, subía por la espalda, se le tensaban las piernas. Y en un último movimiento, largo, profundo, fuerte, sintió cómo el orgasmo la explotaba desde adentro. Se le escapó un gemido más fuerte, que trató de ahogar mordiendo la sábana.
Adriel no se detuvo. La siguió cogiendo hasta que sintió que las piernas de ella empezaban a temblar. Entonces se salió de golpe, con la verga mojada, palpitante, y le dio una nalgada seca, justo donde más sensible estaba. Virginia se sacudió, jadeando como si hubiera corrido diez cuadras.
—Ya acabaste dos veces, y yo todavía con la verga dura —comentó él, con un falso tono de reproche, cuando en realidad se sentía orgulloso de su logro.
—Nunca me pasó con nadie —dijo ella, todavía con la respiración entrecortada.
Seguía tendida boca abajo, jadeando, con el cuerpo todavía sacudido por el orgasmo. Tenía la piel transpirada, el pelo pegado a la frente y a la nuca, las piernas temblorosas y el sexo latiendo, todavía abierto, caliente. Pero no había terminado. Ni ella, ni él. Lo supo apenas sintió la mirada de Adriel, que la contemplaba desde el borde de la cama, con la verga dura, enrojecida, brillando de sus propios flujos y de los de ella.
—Vení —le dijo él, sentándose al lado de ella. Movió la verga, apuntando hacia el techo, mostrándole dónde debía sentarse.
Virginia lo miró por encima del hombro, con una sonrisa ladina. Se giró con lentitud, dejándolo disfrutar del movimiento de su cuerpo, y se sentó sobre la cama. Luego se puso de rodillas y se trepó arriba de él, con las piernas abiertas, rodeándole la cintura, las manos apoyadas en sus hombros. Lo miró a los ojos mientras frotaba su sexo mojado contra la verga rígida de él, deslizándose despacio, sin penetrarlo todavía, solo haciéndolo sufrir un poco más.
—¿Así te gusta? —le susurró, rozándole los labios sin llegar a besarlo.
—Sí, me gusta sentir tu concha toda mojada en mi verga —le respondió,—. Pero ahora te la voy a dar de nuevo.
Ella se acomodó, tomó la base del miembro con una mano y, guiándolo, se dejó caer despacio. Lo fue sintiendo entrar, centímetro a centímetro, y un suspiro grave se le escapó de la boca cuando llegó al fondo. Él también gimió por lo bajo, cerrando los ojos, apretándole las caderas con fuerza. Tenía la enorme verga de su hijo completamente enterrada en su sexo.
—Que rico se siente. Me encanta cómo te cabe mi pija —susurró Adriel—. Como si tu vagina estuviera hecha para recibirme.
Virginia empezó a moverse. Primero con un vaivén suave de caderas, apretándolo con los muslos, dejándolo sentir la fricción completa. Se movía lenta, firme, con autoridad. Lo cabalgaba como si marcara el ritmo de una danza prohibida. Adriel la tenía agarrada de la cintura, ayudándola a subir y bajar, aunque enseguida ella le apartó las manos.
—Te gusta dominar —le dijo, sonriendo—. Pero ahora dejá que yo marco el ritmo.
Y él obedeció, apoyándose con los brazos hacia atrás, observándola. El cuerpo de Virginia brillaba por el sudor, con las tetas rebotando apenas, firmes, los pezones rosados duros como piedra. Se tocaba el pelo, se lo sacaba de la cara, y volvía a cabalgarlo con más ritmo, más profundidad.
Se mordía el labio inferior para no gemir. Cada vez que bajaba, la verga se le metía hasta el fondo, rozándole las paredes internas, haciéndola estremecer. Los gemidos se le escapaban igual, en suspiros húmedos, jadeos cortados. Adriel apretaba los dientes, le clavaba las uñas en los muslos, con la mandíbula tensa.
—Me encanta cómo te movés —le dijo él—. Cómo se te sacuden las tetas, cómo sonreís con esa carita de puta mientras te ensartás mi verga, cómo tu concha aprieta pero igual se deja invadir. Sos la MILF perfecta.
—¿Sí? —dijo ella.
—Sí. Siempre te lo dije. Y desde que te cogí por primera vez, lo confirmé.
Adriel la besó con furia, metiéndole la lengua, mordiéndole los labios, mientras ella seguía moviéndose. Pero ya no solo hacia arriba y abajo: también giraba las caderas, hacía ochos con la pelvis, lo apretaba desde adentro.
En un momento, se inclinó hacia atrás. Se apoyó con las manos sobre sus propias rodillas, sacando el pecho, con la espalda arqueada, y empezó a cabalgarlo con fuerza, con un ritmo rápido, húmedo, salvaje. Cada embestida hacía que sus cuerpos se chocaran con un sonido sordo, contenido por las paredes del cuarto y por el esfuerzo que hacían por no gritar.
—No hagas ruido, por favor —le dijo ella, con una voz ronca, desesperada—. Si alguien nos escucha…
—Vos seguí moviéndote así. No te preocupes por nada. No pares de moverte. ¡Por dios! ¡Qué rica se siente tu vagina!
Los gemidos se volvían inevitables. El cuerpo de Virginia rebotaba contra el de él, sus muslos se tensaban, la verga lo llenaba entero. Y ella seguía, sin pausa, hasta que de pronto se inclinó hacia adelante y le mordió el cuello.
—Me vas a hacer acabar otra vez… —le dijo, jadeando—. No puedo más…
Adriel le apretó el culo con ambas manos y le respondió:
—¿Otra vez? Dale, acabá arriba mío. Quiero sentir cómo te venís así, montada.
Virginia se aferró a su nuca, escondió la cara contra su hombro, y con unas últimas embestidas rápidas, violentas, se vino de nuevo. Le temblaron las piernas, se le contrajo la panza, el cuerpo entero le vibró. Se apretó contra él como si quisiera meterse dentro de su piel.
Adriel se mantuvo duro, firme, todavía sin eyacular, con la verga palpitando adentro de ella. La abrazó por la espalda, le besó el cuello y le susurró al oído:
—Yo todavía tengo mis bolas llenas de leche, ¿sabés? Y la estoy juntando toda para vos.
Ella sonrió.
Siguió un rato más sentada encima de él, jadeando, con el cuerpo aflojado por el tercer orgasmo. Los muslos temblorosos, la piel erizada de tanto placer acumulado. Adriel todavía estaba duro, caliente, con la verga latiéndole entre las piernas, brillante, mojada, como si recién hubiera empezado.
La abrazó, la sostuvo unos segundos contra su pecho, y luego la ayudó a bajarse. Después se bajó de la cama, y, extendiendo su mano, la ayudó a levantarse.
—¿Y ahora? —le preguntó, entre provocadora y rendida—. ¿Cómo me vas a coger?
Adriel no respondió. La giró sin violencia, pero con firmeza, y la apoyó contra el borde de la cama, de espaldas. Le levantó una pierna y la colocó sobre el colchón, quedando ella inclinada hacia adelante, con una pierna en el piso y la otra arriba, lo que dejaba su sexo completamente abierto y expuesto desde atrás. El cuerpo le quedaba arqueado, perfecto. El pecho le colgaba ligeramente, los pezones todavía duros, y el culo redondo quedaba al alcance exacto de su pelvis.
Ella entendió todo sin que él tuviera que decir una palabra.
—Así me la vas a meter muy duro —dijo ella.
—Esa es la idea —le respondió él, colocándose detrás—. Apoyate bien y no hagas ruido.
Se acomodó, se tomó la verga con una mano y la frotó varias veces entre sus labios vaginales, que seguían calientes, hinchados, brillosos. Virginia se mordía los labios, con la cabeza baja, sintiendo cómo el roce le arrancaba espasmos involuntarios. La posición era incómoda, pero increíblemente excitante. Se sentía usada, abierta, completamente a su merced.
Adriel no le avisó. Se la metió de golpe, de una, hasta el fondo. El cuerpo de Virginia se sacudió entero, y tuvo que taparse la boca con una mano para no gritar. La verga le llenó todo el sexo de nuevo, empujando contra sus paredes vaginales, chocando contra su punto más hondo. Ella se apoyó con los brazos en la cama, arqueando más la espalda, entregándose al vaivén.
Adriel le sujetaba la cadera con una mano y con la otra le sostenía la pierna elevada, para que no se le cerrara. La embestía con fuerza, cada vez más rápido, cada vez más profundo, y el sonido húmedo del sexo se mezclaba con los jadeos contenidos de ambos.
—Así tendrías que estar todos los días. En bolas, abierta, lista para que te la meta.
A ella no le molestó que su hijo se refiriera a ella como un mero objeto sexual. Por un lado, porque en los momentos de calentura, los hombres siempre decían ese tipo de cosas. Pero, por otro, porque ella disfrutaba de sentirse así, como un juguete destinado a darle placer a Adriel. Además, él también era su juguete. Un chico lleno de músculos y vitalidad, que tenía toda su libido concentrada en esa preciosa verga que ahora la estaba taladrando con desesperación.
Virginia no podía ni responder. Solo murmuraba entre dientes, con la cabeza perdida en la sábana.
—Sí… —logró decir—. Sí… así…
Adriel bajó una mano y le agarró una nalga. Se la abrió, se la apretó, y luego le escupió justo en el medio. Con los dedos le esparció la saliva, jugando, presionando. Virginia se estremeció
—¿La querés acá? —le preguntó él, bajando la voz, con una sonrisa cargada de morbo.
Ella se tensó. No se esperaba eso. Pero estaba muy caliente. Giró la cabeza, y asintió, aunque con cierta duda.
—Pero despacio —le dijo.
Entonces bajó la verga, se la frotó por el ano, mojada, tibia, apenas presionando. Virginia se tensó, pero no se apartó. Y cuando él empujó, la entrada cedió despacio, caliente, apretada. La verga fue entrando con dificultad, centímetro a centímetro, hasta quedar enterrada del todo en el profundo orto de la mujer.
Virginia tenía la boca apretada contra la sábana, las manos cerradas, el cuerpo rígido, jadeando.
—No… te muevas —le susurró él—. Dejame sentirte así.
La mantuvo quieta unos segundos, luego empezó a moverse lento, con fuerza. La estaba cogiendo por el culo, con la misma verga que antes le había hecho acabar dos veces. Y ella, lejos de resistirse, se arqueaba más, abriéndose, empujando para que entre más. Los gemidos eran distintos. Más roncos, más bajos, más sucios.
—Así, Adriel… así… —susurró, con la voz temblorosa—. Me volvés loca…
La embestía con ritmo, con una mano apretándole el culo, con la otra bajando a acariciarle el clítoris desde atrás, mientras la verga le entraba entera por el otro lado. Ella se sacudía, apenas conteniéndose. Los músculos le temblaban, el cuerpo le ardía. Cada tanto, él se detenía, solo para volver a metérsela con un empujón seco y profundo, que la dejaba sin aire.
Estaban perdidos. Ya no existía el miedo a que los escucharan. Solo existía el cuerpo de ella abierto, el de él dentro, el vaivén, el calor, el deseo.
Adriel aceleró. La agarró con fuerza y le dio una serie de embestidas rápidas, sin piedad. Sentía el ano, apretándolo, dándole un placer que jamás había experimentado, hasta que esa fricción lo enloqueció.
Retiró su miembro justo a tiempo. La verga pulsaba, brillante, apuntando hacia su espalda. La sujetó de la cadera y acabó ahí, derramándose sobre ella, sobre la nalga, sobre la espalda baja, caliente, espeso, mientras la respiración de ambos llenaba el silencio.
Quedaron así unos segundos. Él de pie, con el cuerpo inclinado. Ella apoyada sobre la cama, con el cuerpo flojo, vencido, desbordado.
—Te pasaste… —murmuró ella, sin poder girarse.
—¿Te dolió? —le preguntó él, todavía sin aire.
—Me encantó… —le dijo ella, riéndose bajito—. Pero me dejaste sin piernas, Adriel.
Él la acarició, le dio un beso en la espalda, y se dejó caer a su lado.
—La verdad es que no esperaba que te iba a entrar todo —comentó.
—Yo tampoco —dijo ella.
Se quedaron un par de minutos así. Luego, Adriel fue el primero en moverse. Tomó un poco de papel y, con delicadeza, la ayudó a limpiarse. La pasó suavemente entre las piernas, sobre los glúteos, y también por la espalda baja, donde su semen aún estaban calientes. Virginia cerró los ojos, exhausta, mientras él se encargaba, con ese gesto tan íntimo y tan insólito.
Cuando empezó a sentirse atraída por el chico, no había sido capaz de imaginarse en una situación así, en donde él le estaba quitando el semen de su piel. Para colmo, era muy abundante, porque, tal como él se lo había dicho, había estado acumulando un montón de semen.
Sin decir nada, se tomaron de la mano y fueron al baño. Ella entró a la ducha, se recogió el pelo con una colita que Adriel no supo de dónde sacó, y abrió el agua caliente. Se quedó un instante bajo el chorro, dejando que le cayera sobre los hombros, la espalda, los senos, sin mojarse el pelo, intentando borrar el temblor que todavía le recorría el cuerpo. Luego se frotó rápida pero minuciosamente por cada rincón donde él había dejado alguna marca: los muslos, el cuello, la cintura, el culo, los pechos. El cuerpo le ardía en cada punto sensible.
Adriel, mientras tanto, se quedó en el baño, desnudo, con el cuerpo cubierto de transpiración. Se acercó a la piletita, se puso de puntas de pie —medio incómodo por la altura— y se lavó el miembro con agua fría y mucho jabón. Se secó con una toalla, pasó las manos por el pelo y luego se apoyó contra la pared, mirándola.
Virginia salió de la ducha, mojada. Ambos se quedaron mirándose en silencio, con una sonrisa leve, cómplice, cargada de deseo, pero también de algo más profundo: el reconocimiento tácito de que lo que estaban viviendo no solo era prohibido, sino irreversible.
Entonces salieron del baño, los dos completamente desnudos, todavía con la humedad del sexo pegada al cuerpo, creyendo que seguían solos.
Pero no lo estaban.
Apenas cruzaron la puerta, Adriel frenó en seco. Su cuerpo quedó rígido. Virginia, que estaba detrás de él, tardó un poco más en verla.
Lulú estaba en el dormitorio. Parada, con las manos tapándose la boca, los ojos abiertos como si acabara de presenciar un crimen. Tenía una expresión entre el asombro y el horror.
Virginia palideció. Todo el color se le fue de la cara de golpe. El cuerpo se le aflojó. Por un segundo, creyó que se iba a desmayar.
—Lulú… —balbuceó, apenas.
Adriel no dijo nada. Se quedó quieto, con el cuerpo desnudo, con el sexo todavía tibio, con la piel brillando bajo la luz tenue de la habitación. Miraba fijo, como un animal acorralado.
Nadie se movió.
Capítulo 15
Al principio, Adriel se sintió superado por la situación. Era un cuadro absurdo: él y su mamá, completamente desnudos, con la piel aún húmeda, frente a Lulú, que estaba en el dormitorio tapándose la cara como si hubiera presenciado algo horrible. Pero, cuando se detuvo a mirarla bien, se dio cuenta de que la pendeja estaba conteniendo la risa.
Lo estaba haciendo a propósito. Después de todo, Lulú ya sabía que él se estaba cogiendo a Virginia. Solo se había aparecido para molestar. De a poco, su corazón empezó a latirle más calmadamente.
Giró la cabeza y miró a Virginia. Ella seguía petrificada, pálida. Instintivamente, le tomó la mano con firmeza.
—No te preocupes, no pasa nada —le susurró. Luego, volviéndose hacia Lulú, dijo con voz seca y desafiante—: ¿No? Porque, al final, vos también estuviste con papá.
La sonrisa contenida en el rostro de la chica desapareció de golpe. Por lo visto no había esperado semejante contraataque. Pero, después de unos instantes, Adriel comprendió que ese gesto también era actuado. Se preguntó qué carajos le estaba pasando a su hermanita. Qué era lo que quería.
—¿Vos y Mauricio? —soltó Virginia, con rabia contenida. No era un grito, pero sí sonó fuerte.
Por un instante, el ambiente se tensó aún más. Lulú abrió la boca para responder, pero no salió nada.
Virginia dio un paso al frente, con el cuerpo desnudo brillando bajo la luz cálida del cuarto. Tenía el pelo húmedo pegado a la piel, las mejillas encendidas por la mezcla de furia y vergüenza, y las tetas se sacudían suavemente con cada paso que daba.
Ya lo sospechaba. Más aún después de escuchar algunas frases ambiguas que le había dicho Adriel. En ese momento, la calentura la hizo no darle la importancia que se merecía. Pero ahora lo confirmaba: su marido se estaba cogiendo a su hija.
—Pendeja de mierda… —espetó.
De un tirón, le agarró la muñeca a Lulú y la arrastró hasta la cama. La más joven soltó un pequeño quejido, pero no se resistió demasiado. Virginia la empujó, haciéndola caer boca abajo sobre el colchón.
—No hagan ruido —intervino Adriel, con la voz grave, mirando de reojo hacia la puerta. Temía que su padre las escuchara.
De repente, madre e hija se revolcaron y forcejearon en la cama.
No era una pelea precisamente. No se largaban golpes, sino que buscaban inmovilizar a la otra. Hacer que se rindiera. Como si fuera una especie de lucha libre. Pero, claro, esta “luchita”, tenía algo muy diferente a cualquier otra.
Virginia, con su cuerpo maduro y voluptuoso, tenía una fuerza inesperada. Sus caderas amplias, su trasero firme y sus pechos grandes se movían con cada intento de dominar a Lulú. La diferencia de cuerpos era evidente: Virginia era una mujer hecha y derecha, mientras que Lulú, con sus apenas dieciocho años, tenía una figura más delgada, más frágil.
Lulú llevaba un short de jean diminuto, tan ajustado que parecía pintado sobre su culo redondo y bien parado. Cada vez que se retorcía para soltarse, el short se le subía un poco más, dejando a la vista el nacimiento de sus nalgas. Encima, una remerita blanca ajustada, que le dejaba el ombligo y una franja de piel suave y tersa al descubierto. Adriel no podía dejar de mirar ese contraste: el cuerpo mojado y desnudo de Virginia forcejeando contra la juventud fresca de Lulú. La MILF y la adolescente, enfrentadas más por el ego que por un hombre.
La cama crujía con cada movimiento, como si estuviera a punto de quebrarse. Los brazos de ambas se entrelazaban, se empujaban, rodaban de un lado al otro del colchón, respirando agitadamente. En un momento, Virginia logró inmovilizar a la chica, quedando sobre ella, con sus senos rozándole la espalda y las piernas de Lulú atrapadas entre las suyas.
Adriel notó cómo el corazón se le aceleraba. El espectáculo era brutalmente excitante. Y, al mismo tiempo, el ruido de la cama lo ponía nervioso. Mauricio podía entrar en cualquier momento.
—¡Paren! —soltó, con voz firme.
Las dos mujeres lo miraron. Virginia lo vio acercarse. Su cuerpo atlético y marcado parecía una escultura viva, con las gotas de agua todavía deslizándose por sus hombros y el abdomen. Entre sus piernas, el miembro le colgaba pesado, todavía húmedo, con un grosor que impresionaba incluso cuando no estaba del todo duro. Sin embargo, la tensión y la escena lo habían hecho hincharse de a poco.
Virginia tragó saliva al verlo acercarse de esa manera.
Lulú había quedado boca abajo, casi inmovilizada. Virginia, con una fuerza que a su hija le pareció sorprendente, le sujetaba las muñecas contra el colchón. Adriel, que miraba todo con una mezcla de desconcierto y excitación, se acercó para terminar de dominar la situación. Se inclinó sobre la chica y le tomó las manos, llevándolas hacia atrás, como si la esposara con sus propios dedos, dejándolas cruzadas por encima de su cabeza.
—¿Para qué viniste? —le preguntó con voz firme, casi autoritaria.
—Nada… solo estaba molestando. No voy a decir nada —respondió Lulú, con un tono entre asustada y divertida.
—Así que te cogés a mi marido, pendejita —insistió Virginia.
—Y vos te cogés a tu hijo, boluda —retrucó Lulú.
A pesar de que lo que decía era cierto, Virginia no podía evitar sentirse ofendida por lo que hacían a sus espaldas. Era un razonamiento totalmente hipócrita, y lo sabía. Pero eso no hacía que el veneno se fuera de su cuerpo.
Pero, además de la bronca, sintió algo más. Ver a Lulú así, sometida por ella y su hijo, como si fuera una delincuente a la que acababan de atrapar, la excitó.
Semejante sensación la sorprendió. Es cierto que los deseos incestuosos ya eran algo que había asimilado. Pero esto era diferente. Nunca le habían gustado las mujeres, o eso creía. También era cierto que cuando se cogieron a sus alumnos, habían tenido un “momento”, cuando se agarraban de las manos mientras eran penetradas por esos pendejos.
Se dijo que esta repentina calentura era por la situación de dominio en sí, y por la bronca que le daba esa mocosa. Una bronca que hacía que sintiera ganas de aplicarle un castigo físico, algo que no había hecho jamás con ninguno de los dos.
Así que Virginia le desabrochó el short de jean de un tirón y lo bajó hasta las rodillas. Adriel no se sorprendió cuando vio que la pendeja no llevaba ropa interior. Se quedó mirándola, anonadado: su sexo rosado, suave, con una línea apenas visible de vello púbico, que brillaba bajo la luz del cuarto.
Entonces, sin pensarlo, Virginia le llevó una mano a la entrepierna y le hundió un dedo.
—¡Ah! —gimió Lulú, con un quejido que no sonaba a dolor, sino a placer puro.
Adriel no pudo apartar la vista. La expresión de la chica era inconfundible: los labios entreabiertos, los ojos cerrados, el rostro encendido. Virginia le volvió a meter el dedo, más profundo esta vez, y su hermana volvió a gemir, más fuerte. No había resistencia, solo una aceptación descarada.
“Lo está disfrutando…”, pensó Adriel, fascinado. En ese instante entendió que no hacía falta mantenerla inmovilizada. La soltó con suavidad y, en cambio, deslizó las manos hasta el borde inferior de la remerita blanca de Lulú. Se la subió lentamente, revelando su vientre liso, sus costillas suaves, hasta que la prenda quedó hecha un bulto en su cuello. La sacó por completo, dejándola completamente desnuda.
Ahí estaba ella: una criatura angelical, con la piel clara y un cuerpo tan perfecto como joven. Las tetas pequeñas, pero firmes, con los pezones rosados, duros como piedras. El contraste entre su apariencia dulce y lo que estaba pasando era brutal.
Adriel no podía creer lo que veía: la mujer de treinta y ocho años, voluptuosa, de curvas maduras, y esa diablilla de dieciocho, menuda pero con un culo de ensueño, estaban conectadas en algo que parecía una mezcla de rivalidad y deseo. Era como si estuvieran puliendo sus diferencias con placer.
Virginia le hundía el dedo con ritmo, mientras Lulú se retorcía debajo de ella, gimiendo bajito. La cama crujía con cada movimiento, y el ambiente se llenó de una tensión insoportable. Adriel dio un paso atrás, con la verga dura, palpitante, sin poder decidir si intervenir o dejar que siguiera ese espectáculo prohibido. Ver a su mama cogiéndose con el dedo a su hermana menor era algo que no había esperado presenciar esa noche.
Lulú, jadeando, giró la cabeza hacia un costado. Estaba de rodillas ahora, con el cuerpo encorvado, el culo levantado y el short a medio bajar, en una postura tan provocadora que Adriel sintió que el corazón se le iba a salir del pecho.
Virginia no se detuvo. Tenía a Lulú boca abajo, con el culo perfecto, redondo, expuesto a la luz tenue de la habitación. La pendeja estaba temblando, pero no parecía de miedo. Sus movimientos delataban algo más, como si cada toque de Virginia la hiciera perder fuerza y, a la vez, la encendiera más.
Virginia se inclinó sobre ella, con sus pechos grandes rozando la espalda lisa de Lulú. Sus dedos seguían hundiéndose entre los pliegues calientes de la chica, entrando y saliendo con un ritmo lento, casi torturante. El sonido húmedo del sexo de Lulú llenaba el silencio, mezclado con su respiración agitada.
—¿Te gusta? —le murmuró Virginia al oído.
Nunca había visto a su madre en un rol así. Hasta parecía tener una energía muy masculina. Por suerte, a su hermana parecía excitarle mucho lo que estaban haciendo.
Lulú mordió la almohada para no responder, pero no hizo falta. Su cuerpo hablaba por ella, arqueándose cada vez que los dedos de la mujer la penetraban más hondo.
Adriel estaba parado al costado de la cama, desnudo, con la verga dura, palpitante, viendo todo. No podía creer que lo que empezó como una escena de tensión terminara en esto.
Virginia sonrió al ver cómo la pendeja se entregaba. Luego la hizo girar. Los senos de la adolescente se sacudieron por le movimiento. Estaba ahí, pequeña, sumisa, con las piernas abiertas y flexionadas. La vagina rosada a la vista, húmeda.
Las mujeres se miraron durante un rato. Lulú estaba sorprendida de lo expectante que estaba de lo que fuera a hacer su mamá. Sentía su corazón latiéndole con fuerza en el pecho, su sexo lubricado, todos sus nervios sensibles.
Estaba caliente, sí. Recordaba la vez que se había enojado con ella cuando fue manoseada en el subte. Recordó la vez que habían compartido a esos dos exalumnos de Virginia. Los celos por Adriel, la obsesión por cogerse a su padre. Todo eso había convergido en ese momento, en donde las dos estaban en pelotas, dispuestas a romper con otro tabú. Era también una lucha de poderes, y Lulú sabía que luego se sentiría enojada con su mamá por esto también. Odiaba perder, odiaba que la sometieran. Pero ahora… ahora solo estaba caliente.
Virginia se inclinó y le chupó una teta, rodeando el pezón con la lengua. Lulú soltó un gemido suave, inesperado, que llenó la habitación. Virginia alternaba entre lamer y succionar, mientras con la otra mano seguía moviendo los dedos en su sexo, que estaba empapado, haciendo que el sonido de la penetración fuera como un chasquido.
Adriel tragó saliva, excitado hasta el límite. Dio un paso adelante y se subió a la cama, arrodillándose frente a ellas.
Virginia levantó la vista y lo vio ahí, con el miembro duro a pocos centímetros de su cara. Una idea le cruzó por la mente, rápida, como un chispazo de lujuria.
—Abrí la boca, Lulú —le ordenó con voz grave.
La pendeja dudó un segundo, pero cuando vio la enorme verga de Adriel tan cerca, su expresión cambió. Lentamente, abrió los labios.
Adriel no esperó más. Se la sostuvo con una mano y le apoyó el glande en la boca.
—Chupala —le dijo Virginia, empujándole suavemente la cabeza.
Lulú obedeció. Al principio lo hizo despacio, probando el sabor salado y tibio de la verga de Adriel. Lo lamió apenas, luego cerró los labios y empezó a succionarlo, despacio, dejando escapar un sonido húmedo que los hizo estremecer a los dos.
Virginia miraba fascinada cómo su hija le chupaba la pija a su hijo. Al igual que Lulú, sentía un deseo que no sabía que tenía. Y era hermoso ver la hermosa pija de Adriel invadiendo esa carita de puta de su niña. Los labios carnosos estaban húmedos, y un fino hilo de saliva se deslizaba por el mentón, mientras seguía haciéndole una mamada a su hermano.
Así que la madre no quiso quedarse afuera. Se agachó, apoyó sus labios en el otro pezón de Lulú, mientras su mano seguía moviéndose en su sexo mojado. Era un cuadro imposible de ignorar: la joven con la boca llena de la pija de Adriel, mientras Virginia la manoseaba y la chupaba con devoción.
Adriel sintió que la boca de Lulú era suave, estrecha, húmeda. Cerró los ojos un instante, disfrutando cómo la lengua de ella le rodeaba el glande. Pero cuando los abrió, la imagen que tuvo frente a él casi lo hizo acabar en el acto: la mujer madura, de rodillas, con las tetas grandes balanceándose mientras se inclinaba sobre la pendeja, lamiéndole el pecho, y la chica estremeciéndose mientras recibía esos estímulos, moviendo la cadera cada vez que los dedos de Virginia la penetraban por completo.
—Eso, pendejita… —murmuró Virginia—. Te gusta demasiado chuparla, ¿no?
Lulú, con la boca ocupada, solo gimió en respuesta, haciendo vibrar la verga de Adriel con el sonido.
Virginia decidió subir la apuesta. Dejó de meterle los dedos y, en su lugar, deslizó la lengua hasta el sexo mojado de Lulú. Se acomodó, separándole las piernas, y empezó a lamerla sin pudor.
La chica se arqueó, dejando escapar un gemido más fuerte, pero sin soltar la pija de Adriel. Lo chupaba más rápido ahora, mientras Virginia le devoraba la concha, lamiéndole cada rincón, saboreando su humedad adolescente.
El cuarto se llenó de ruidos húmedos: la lengua de Virginia sobre la concha de Lulú, la boca de Lulú chupando con desesperación la verga de Adriel, y la respiración entrecortada de los tres.
Adriel le tomó la cabeza a la pendeja con las dos manos, marcándole el ritmo. Ella no se quejó; al contrario, lo miró con esos ojos grandes, angelicales, llenos de deseo, mientras lo dejaba entrar cada vez más profundo.
La hermosa MILF se sorprendía de sí misma al darse cuenta de lo mucho que le fascinaba hacerle sexo oral a otra mujer, que, además, era su hija. También disfrutaba de ver como la chica se metía esa cosa inmensa en la boca. Pero pronto volvía a lo suyo, frotando la lengua con intensidad sobre el clítoris.
De repente Lulú giró levemente, quedando de perfil, sin soltar en ningún momento la verga de su hermano mayor.
El culo de Lulú quedó en sus narices, así que no tardó en acariciar las nalgas suaves de la chica, mientras su lengua trabajaba en círculos sobre el clítoris. Lulú empezó a moverse más, jadeando alrededor de la pija de Adriel, que estaba al borde de estallar solo con el espectáculo.
Ninguno pensó en Mauricio, y en lo que podía pasar si entraba en ese dormitorio. Salvo Lulú, que imaginaba a su musculoso padre entrando, horrorizado. Entonces, al igual que había hecho Adriel con ella, le recordaría a su padre que también se la había cogido. Así que era tan pecaminoso como los otros tres. De hecho, por momentos deseaba que apareciera, y que esa fiesta de a tres fuera por fin un cuarteto. Que se cayeran las caretas y que todos pudieran disfrutar del sexo, por más que fuera de una forma perversa y retorcida.
Pero Mauricio no aparecería. Mientras ellos se lamían unos a otros, él, a pesar de sentirse muy extrañado por la ausencia de Virginia, se había dormido casi al instante. Es que Lulú lo había dejado muy agotado.
Lulú estuvo un buen rato sintiendo el placer en su vagina, mientras a su vez le daba placer a esa prodigiosa verga que tenía en la boca, hasta escuchó la voz de su hermano. Pero no le hablaba a ella, sino a su madre.
—Vení —le dijo, con la voz grave—. Las dos.
Virginia levantó la cabeza, con la boca y el mentón brillantes por la humedad de Lulú. No dudó en obedecerlo. Era difícil sostener el rol de madre con Adriel, sobre todo cuando se la acababa de coger por el culo.
Se arrastró sobre la cama, quedando al lado de la pendeja, que a su vez también se estaba acomodando, hasta que quedaron ambas arrodilladas frente a Adriel.
—Quiero que me la chupen las dos —ordenó.
Virginia soltó una sonrisa torcida, miró a Lulú de reojo y se inclinó primero. Le dio una lamida larga, desde la base hasta la punta, sin quitarle los ojos de encima. Lulú no tardó en imitarla, lamiendo desde el otro lado. Las dos lenguas se cruzaron en el medio, justo sobre la vena tensa de la pija de Adriel.
El chico cerró los ojos y apretó los dientes, soltando un gemido grave.
—Así… —murmuró—. No paren.
Las dos obedecieron. Virginia lo tomó de la base, apretando con los dedos, mientras Lulú le chupaba la punta, haciendo círculos con la lengua sobre el glande brillante. Luego intercambiaron roles, como si compitieran por darle más placer.
Adriel las miraba desde arriba, fascinado por la imagen: dos mujeres hermosas, tan distintas pero tan perfectas, una madura y voluptuosa, otra joven y angelical, con la cara pegada a su verga, compartiéndola.
Le sorprendió lo obedientes que eran. No podía creer que tuviera esas cabelleras rubia y castaña bajando una y otra vez hacia su verga, dejándola brillosa de tanta saliva, dándole un placer que solo podían brindar dos mujeres como ellas.
La mamada doble era algo glorioso, porque la verga no dejaba de ser estimulada en ningún momento. Él solo estaba ahí, como un dios, con la verga dura, mientras las dos mujeres de su familia se ocupaban de hacerle el mejor pete que podían.
Instado por esta sensación de poder, les dio otra orden.
—Ahora bésense.
Por algún motivo que ninguno de los tres comprendía, un beso en la boca entre las dos mujeres, sería algo mucho más íntimo que el sexo oral que habían estado compartiendo hasta ahora.
Las dos quedaron quietas por un instante, mirándose como si estuvieran midiendo algo invisible, algo que iba más allá de la simple rivalidad. Tenían los labios húmedos, brillando con restos de saliva y del sabor a presemen. El contorno de sus bocas estaba perlado de humedad, y en sus ojos —esos ojos claros, tan parecidos y tan distintos a la vez— había una chispa salvaje, una mezcla de curiosidad y deseo. Era como si la habitación se hubiera quedado en silencio absoluto, sosteniendo el aire, esperando lo que estaba a punto de suceder.
Adriel dejó de respirar por un momento, sintiendo cómo la tensión lo apretaba por dentro, como si algo inevitable estuviera a punto de explotar. Entonces, Virginia, con una lentitud provocadora, alzó la mano y le sostuvo la mandíbula a Lulú. La acarició apenas con el pulgar, recorriendo el borde suave de sus labios, y la chica no se apartó. Todo lo contrario: abrió apenas la boca, como una invitación muda.
Virginia se inclinó despacio, tan cerca que podía sentir el aliento cálido de Lulú rozándole la piel. Y entonces lo hizo: la besó. Fue un beso profundo, húmedo, cargado de una sensualidad inesperada. Sus lenguas se encontraron con un ruido suave, pegajoso, como si probaran juntas el sabor que quedaba de Adriel en ellas, jugando con cada trazo, con cada roce, descubriendo lo prohibido.
Adriel sintió que algo le recorría la espina dorsal como una descarga. Se quedó inmóvil, con los ojos brillantes, como un testigo de algo que no debía, pero que no podía dejar de mirar. Su mano, casi sin darse cuenta, empezó a moverse sobre su verga dura, despacio, apenas acariciándose, mientras observaba cómo aquellas dos mujeres se entregaban a ese beso lento, húmedo, cargado de una tensión tan erótica que parecía llenar cada rincón de la habitación.
Virginia chupó el labio inferior de Lulú con una suavidad deliberada, y la pendeja, con una respuesta instintiva, hundió la lengua en su boca, como devolviéndole el desafío. El sonido de sus bocas se mezclaba con el de la respiración acelerada de Adriel, que estaba hipnotizado viendo cómo se comían la boca.
—Vengan. Sigan chupando —dijo después de un rato.
Se acomodaron. Virginia agarró la base del miembro y Lulú se inclinó, metiéndoselo hasta la mitad, chupando con fuerza. Virginia aprovechó para lamer desde abajo, pasando la lengua por el tronco y los testículos, subiendo hasta tocar los labios de la chica. Luego, se alternaban: una lo chupaba y la otra lamía alrededor, haciendo que el chico se volviera loco.
—Dios… —murmuró Adriel, con la respiración entrecortada—. Cómo me la chupan, las dos tan putas…
Las chicas no se ofendieron. Todo lo contrario. Virginia apretó más con los labios, mientras Lulú se acomodó al lado y se la metió hasta el fondo, haciendo que él soltara un gruñido.
Se movían con coordinación improvisada, como si fueran expertas: una chupando la punta mientras la otra lamía desde la base; luego, ambas al mismo tiempo, cada una por un lado, con las lenguas rozándose sobre la piel tensa.
Adriel tomó sus cabezas con ambas manos y las guio, empujando apenas, marcando el ritmo.
—Más lento ahora… —susurró.
Ellas obedecieron, moviéndose al compás, subiendo y bajando con la lengua húmeda y los labios apretados, haciendo que su verga reluciera.
En un momento, Virginia se detuvo y le dio un beso en la boca a Lulú, rápido, húmedo, antes de volver a chupar. La pendeja sonrió en medio de la escena, y repitió el gesto: lamió el glande, y antes de seguir, volvió a besar a la mujer, compartiendo el sabor de él.
—Eso… bésense otra vez —dijo Adriel, excitado—. Quiero verlas.
Se besaron más largo, con las bocas húmedas, mientras una mano de Virginia seguía tocándole los huevos a Adriel. Después, ambas volvieron a su tarea, esta vez más salvajes, chupando con ruido, succionando, haciendo vibrar su verga con cada gemido.
El chico sentía que el calor le subía desde los pies hasta la cabeza.
Virginia tomó la iniciativa. Se metió el miembro entero en la boca, haciéndolo desaparecer. Adriel arqueó la espalda de placer. Lulú, no queriendo quedarse atrás, bajó la boca y le lamió los huevos, mientras subía con la lengua hasta tocar el lugar donde la otra lo tenía atrapado.
La combinación era tan intensa que Adriel tuvo que apretar los dientes para no acabar enseguida.
—Así… ¡no paren! —jadeó, con las manos hundidas en sus cabellos.
Ambas seguían, cambiando de posición, como si se entendieran sin palabras: primero Lulú chupaba mientras Virginia le pasaba la lengua por el tronco y los huevos, luego al revés. A veces, simplemente lo lamían juntas, desde abajo hasta la punta, terminando con un beso compartido en el glande, antes de volver a empezar.
El ambiente estaba cargado, eléctrico. El colchón crujía con sus movimientos, y el sonido de las succiones llenaba el aire. La respiración de las tres personas era un concierto de jadeos y gemidos bajos.
Adriel no pudo más.
—Pónganse juntas, las dos, chupando al mismo tiempo —ordenó, con voz ronca.
Virginia y Lulú obedecieron. Cada una por un lado, lamieron al mismo tiempo, desde la base hasta el glande, rozando sus lenguas en el camino. Luego, juntas, empezaron a frotar el glande con la punta de sus lenguas.
La imagen lo volvió loco: dos bocas hermosas, calientes, llenas de saliva, trabajando juntas para darle placer. La lenguas, como de víboras, frotándose en movimientos cortos y veloces sobre la parte más sensible de su pija.
No daba más. Sentía que iba a haber una explosión en su entrepierna. Y, sin embargo, esa mamada doble era tan hermosa, que hacía un esfuerzo sobrehumano para contener la eyaculación todo lo que podía.
Virginia paró un segundo y lo miró desde abajo, con los labios brillantes.
—¿Te gusta vernos así? —preguntó, provocadora.
—Más de lo que te imaginás… —respondió Adriel, sintiendo que el orgasmo estaba cerca.
Estaba a punto de alcanzar el clímax. Lo sentía en cada nervio del cuerpo, como si todo el calor se le concentrara en la base de la verga. Virginia y Lulú lo notaron enseguida; sus bocas trabajaban juntas, rápidas, alternando lamidas y succiones, mientras lo miraban desde abajo con lujuria.
—Paren un segundo… —jadeó él, soltando sus cabezas con suavidad—. Quiero verlas a las dos.
Las chicas se miraron, agachadas frente a él, con los labios mojados, respirando agitadas. Tenían las caras enrojecidas, el pelo revuelto por sus manos, y la saliva brillando en la comisura de sus bocas. Adriel tomó su verga con una mano, la sostuvo firme, apuntando hacia ellas.
—Pónganse juntas… así, mirándome —ordenó, con voz ronca.
Virginia sonrió con esa picardía que la hacía ver aún más hermosa. Pasó un brazo por los hombros de Lulú y la atrajo hacia sí, dejando que sus pechos grandes rozaran los de la chica más joven, más pequeños pero firmes. Se arrodillaron bien pegadas, sacando el pecho, ofreciéndose, sabiendo lo que iba a pasar.
Adriel empezó a masturbarse frente a ellas, con movimientos lentos, marcados. Sus ojos iban de la cara angelical de Lulú al cuerpo maduro y tentador de Virginia.
—Las voy a llenar de leche —murmuró, respirando hondo.
Virginia sacó la lengua y se la mostró, como invitándolo a que depositara su semen ahí. Lulú la imitó, sacando la suya, como si compitieran por ver quién lo provocaba más. Eso lo enloqueció. Aceleró el movimiento de su mano, la verga palpitaba, brillando por la mezcla de saliva y presemen que quedaba de la mamada.
Pero igual, él no quería hacérselas tan fácil.
—Sí… así… no paren de mirarme… —jadeó.
Un segundo después, el orgasmo lo atravesó como una descarga eléctrica.
Con un gemido ahogado, Adriel soltó el primer chorro, pero no cayó dentro de la boca de ninguna de ellas. Cayó, en cambio, sobre el mentón y el cuello de Virginia, deslizándose hacia sus tetas. Otro fue a dar sobre la mejilla de Lulú, manchándole la piel suave y el nacimiento del pecho. Y siguió, disparando varias oleadas más, dejando las dos caras y los pechos de ambas salpicados, brillando de semen caliente y espeso.
Las chicas no se apartaron. Todo lo contrario. Virginia sonrió, con la cara manchada, y pasó un dedo por su seno, recogiendo un hilo blanco que luego llevó a su boca, lamiéndolo con descaro. Lulú la miró y, sin decir palabra, hizo lo mismo: pasó el dedo por su propio cuello, untándolo de semen, y se lo llevó a la boca, para empezar a succionar el dedo como si fuera una bebé con su chupete.
—Ahora límpiense entre ustedes —ordenó Adriel, con una voz grave, todavía agitada.
Virginia tomó la iniciativa. Acercó la cara de Lulú y le pasó la lengua por la mejilla, lamiendo cada gota. Luego bajó al cuello, a las tetas, dejando un camino húmedo. Lulú se estremeció, pero no se quedó quieta. Le devolvió el gesto: le lamió la barbilla, la boca, y después bajó a sus tetas grandes, probando el semen que había quedado en los pezones.
Adriel miraba la escena como hipnotizado. Ver a Virginia y Lulú, desnudas, con la piel brillante y la lengua recorriendo el cuerpo de la otra, era tan obscenamente excitante que sintió que podría endurecerse otra vez en cuestión de minutos.
—No dejen ni una gota —les dijo, disfrutando del espectáculo.
Ellas se obedecieron como si fuera una orden natural. Virginia se inclinó sobre Lulú, lamiéndole los pechos pequeños, los pezones rosados, mientras la pendeja hacía lo mismo con sus tetas más grandes, chupando, mordiéndolas apenas, saboreando cada resto de semen. Se turnaban para devorarse por unos segundos.
La cama crujía bajo el peso de los tres, con el sonido húmedo de las lenguas y los gemidos suaves que ambas dejaban escapar mientras se lamían como si se olvidaran del mundo.
En un momento, Virginia se apartó un poco y la besó en la boca. Un beso largo, lento, con los labios brillantes, compartiendo el sabor salado entre las dos. Lulú respondió con la misma intensidad, enredando su lengua con la de la mujer, mientras Adriel se pasaba una mano por la cara, sin terminar de creerse lo que estaba viendo.
—Miren lo que son… —murmuró, más para sí mismo que para ellas—. Las dos están hechas unas diosas.
Virginia y Lulú siguieron lamiéndose hasta que no quedó un solo rastro sobre sus cuerpos. Cuando terminaron, se quedaron un instante quietas, respirando fuerte, con el pelo despeinado, las caras rojas y los pechos subiendo y bajando por el esfuerzo y la excitación.
Adriel, todavía con el miembro húmedo y palpitante, no pudo evitar sonreír. Su mamá y su hermana, desnudas, llenas de semen, comiéndose la boca mutuamente. Eso debía ser el paraíso.
Por Gabriel B