Las vacaciones con mi padre son distintas

Las vacaciones con mi padre son distintas

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Capítulo 1

Esta historia ocurrió hace ya 10 años, cuando tenía 18.

El calor de finales de junio en Zaragoza no perdona. Contemplaba la cama repleta de ropa, dominada por vestidos shorts, bikinis, camisetas y sandalias.

Llevaba viviendo en ese piso de desde los doce años, cuando el divorcio de mis padres dejó de ser una amenaza flotante para convertirse en una firma sobre el papel. La vida con mi madre era de una precisión impecable: horarios fijos, cenas tranquilas y una estabilidad sólida como una roca, pero también predecible. Todo se truncó cuando Andrés apareció en la vida de mi madre y la convivencia con él y con mi nueva “hermana” se convirtió en un desastre que aún hoy domina nuestras vidas.

En cambio, al otro lado de la balanza estaba el teléfono sonando a destiempo desde Altea, las llamadas breves entre reunión y reunión, y esa fecha marcada en rojo en el calendario: el 1 de julio.

—¿Has cogido crema solar suficiente? Sabes que tu padre no va a tener tiempo de ir a comprar contigo los primeros días —dijo su madre desde el pasillo, apoyándose en el marco de la puerta con una sonrisa a medias, esa mezcla habitual de afecto y resignación.

—Sí, mamá, lo tengo todo —respondí, cerrando a presión la cremallera de la maleta.

A las siete de la mañana del primer día de julio, el tren que cruzaba la península ponía rumbo hacia el Mediterráneo. Tras dejar atrás los paisajes de Aragón y adentrarse en la luz dorada de la costa levantina, mi estómago empezó a dar ese vuelco característico de cada verano.

Mi padre no era el típico padre ausente por desinterés, sino por la vorágine de su propio mundo. Dirigir un hotel en pleno centro de Benidorm en temporada alta significaba vivir pegado al teléfono, gestionando crisis a diario y caminando a pasos agigantados entre la recepción y los salones. Por eso vivía en Altea: su pequeño apartamento con vistas al mar era el único refugio donde intentaba desconectar y respirar algo de paz al terminar sus larguísimas jornadas.

A través de la ventanilla, el azul del mar comenzó a recortarse contra el horizonte. Saqué el móvil. Tenía un mensaje de mi padre enviado a primera hora:

¡Hola, mi vida! Ya estoy en el hotel, la mañana viene caótica. Le he dejado las llaves de nuestro apartamento en Altea a Pedro, el vecino. Pásate a por ellas en cuanto llegues. En la cocina te he dejado algo para picar, baja un rato a la piscina. Prometo intentar no retrasarme para cenar juntos en casa.

Guardé el teléfono. El verano acababa de empezar, y con él, el pulso anual por encontrar mi lugar en el mundo. Atrás dejé a mis amigas y mis rutinas. Aunque hacía años que iba cada verano a Altea, ya no lo hacía con las mismas ganas de antes.

Cuando bajé del tren me dirigí a la estación de autobuses de Benidorm y primer bus recorrió la carretera costera dejando a un lado las torres de Benidorm para adentrarse en el paise horizontal de Altea. Al llegar al edificio, un bloque blanco de pocas plantas camino de El Albir, subí las escaleras cargando con la maleta hasta el tercer piso. Toqué el timbre de Pedro, el vecino, y me entregó las llaves. Pedro era un hombre soltero de unos 60 años que mi padre me había dicho el año anterior que había tenido problemas de alcoholismo en el pasado. Llevaba una camisa de hace varias decadas abierta y un bañador de mil rayas.

Al girar la llave y abrir la puerta del apartamento, el olor familiar de aquel lugar me inundó. Era un espacio luminoso, de paredes blancas y muebles sencillos, donde el balcón ofrecía una vista directa al azul inmenso del Mediterráneo.

Aunque era un lugar acogedor, también reflejaba la vida solitaria de mi padre durante el resto del año. En la barra de la cocina había un plato con fruta fresca, una nota manuscrita junto al pase del hotel y un par de carpetas de trabajo entreabiertas. En la nevera, lo justo para salir del paso: un cartón de leche, agua mineral y un par de refrescos.

Llevé mis cosas a la habitación pequeña, la quemi padre siempre reservaba intacta para mi estancia cada verano. Deshice la maleta despacio, colocando la ropa en el armario y buscando hacerme con el espacio después de diez meses de ausencia.

Salí al balcón, que era la verdadera joya de la casa. El calor de la tarde apretaba, pero la brisa marina hacía que la estancia fuera agradable. La tranquilidad del apartamento contrastaba bruscamente con la idea de mi padre corriendo de un lado a otro en la recepción del hotel de Benidorm.

Miré el reloj: aún quedaban varias horas para la cena.

En Zaragoza, la casa de mi madre estaba repleta de sus propias cosass: las fotos del grupo de mis amigas pegadas en la puerta de mi habitación, los cuadernos desordenados encima de mi escritorio, mi ordenador portatil que jamás apagaba… Aquella habitación era mi territorio. El apartamento de Altea, en cambio, era un mapa de la vida de mi padre al que solo tenía acceso sesenta días al año.

En la estantería del salón, los libros de gestión hotelera compartían espacio con una pequeña colección de marcos de fotos. En el más antiguo aparecíamos los tres en una playa de la Costa Brava, antes del divorcio: yo tendría unos ocho o nueve años. A su lado, una foto mucho más reciente de mí misma, de las últimas navidades en Zaragoza, que había enviado a mi padre por whatsapp y que él había impreso y enmarcado por su cuenta.

Se acerqué a la barra de la cocina y eché un vistazo a las carpetas de trabajo. Informes de ocupación del hotel, horarios de turnos del personal de limpieza y planos impresos para una futura reforma del spa. Mi padre vivía por y para ese hotel, pero ver los documentos sobre la mesa me recordó lo difícil que debía ser mantener a flote una estructura tan grande durante el verano.

A diferencia del resto de la casa, en mi habitación no había papeles ni expedientes de trabajo. Mi padre había mantenido la habitación exactamente como la dejé el agosto anterior: la misma colcha azul marino, un par de peluches que tenía desde niña encima de la cama… Me puse un bikini y bajé a la piscina

Justo al salir del apartamento y enfilar la escalera me crucé con Pedro. Llevaba la misma camisa abierta y una bolsa de la compra.

—¡Hombre, Laura! ¿Qué tal todo? —me preguntó, parándose en seco.

—Bien, muy tranquila. Voy a darme un baño —respondí, intentando ser simpática.

Pero mientras hablábamos, me di cuenta de algo que me revolvió el cuerpo. La forma en que Pedro me miraba no era normal. Sus ojos no se quedaban en mi cara; bajaban despacio por mi cuello, recorriendo mi cuerpo. No era una mirada distraída de vecino. Era una mirada pesada, como si me estuviera desnudando allí mismo.

Crucé los brazos sobre el pecho de forma instintiva.

—Te ha sentado bien este año… Te has hecho toda una mujer, ¿eh? —comentó en un tono bajo, sin quitarme los ojos de encima.

—Hasta luego, Pedro —corté en seco.

Aceleré el paso sin esperar respuesta y bajé las escaleras del bloque hasta la piscina.

Cerca de las ocho de la tarde, escuché la puerta de entrada. Mi padre llegó con la chaqueta colgada del hombro, la camisa desabrochada a la mitad y la cara desencajada por el cansancio de Benidorm. Aun así, en cuanto me vio en la cocina, hizo un esfuerzo por sonreír, se acercó y me dio un beso y un abrazo que parecían no tener fin. Las interminables horas de viaje y las no menos interminables horas sola en el apartamento habían merecido la pena después de todo.

—Siento haber llegado tan tarde, hoy el día ha sido intenso, pero por lo menos he conseguido salir a una hora decente. ¿Qué tal tu primer día?

—Bien, he estado en la piscina y colocando mis cosas, nada especial…

—¿Quieres cenar algo? Hay pollo asado en la nevera. Puedo hacer unos sandwiches de esos que te vuelven loca.

—Perfecto papá… Por cierto… Pedro, el vecino…

—Sí…

—Me he cruzado con Pedro en el descansillo. No sé, papá… la forma en que me ha mirado y cómo me ha hablado… Mi padre dio un sorbo a vaso de agua y soltó una leve carcajada sin mala intención, quitándole importancia con la mano mientras se reclinaba en la silla.

—Ah, Pedro… No le des la menor importancia, de verdad —dijo con un tono súper despreocupado—. Es un hombre mayor que lleva toda la vida solo, y tú eres una chica guapísima que acaba de llegar. Es la típica mirada de viejo verde inofensivo… Olvídalo.

Lo miré en silencio. Cambiamos de tema, cenamos algo ligero y, antes de las once, el cansancio lo venció por completo. Se despidió con un beso y me preguntó, como siempre desde que tengo uso de razón, quién era la niña más guapa del universo, y como siempre respondí rápidamente que yo. Se retiró a su habitación.

Me quedé un rato más en la terraza escuchando el mar. Cerca de la una de la madrugada me fui a la cama, aunque fui incapaz de dormirme. Daba vueltas entre las sábanas, el aire del cuarto resultaba pesadísimo y la garganta me pedía agua a gritos.

Me levanté descalza y, en absoluto silencio para no despertarlo, caminé por el pasillo a oscuras en dirección a la cocina. Al pasar junto a su dormitorio, vi que la puerta estaba entornada un par de dedos para dejar correr el aire. Una ráfaga de luz que entraba por el patio interior iluminaba parte del pasillo. De forma involuntaria, giré la cabeza.

Mi padre estaba tumbado bocarriba en la cama, completamente despatarrado por el calor y sumido en un sueño profundísimo. No llevaba camiseta ni se cubría con ninguna sábana. Lo único que llevaba puesto era un calzoncillo blanco bastante ajustado que contrastaba con su piel bronceada. La tela ligera dibujaba toda su polla sin dejar absolutamente nada a la imaginación.

Me quedé helada en mitad del pasillo. La imagen de mi padre se desintegró en un segundo, reemplazada por la presencia del hombre que tenía a un par de metros. Apreté el paso hacia la cocina para beber agua rápido e intenté, en vano, quitarme esa imagen de la cabeza. Era mi padre sí, pero también era un hombre.

Capítulo 2

Pasaron los días y nuestra dinámica familiar seguía siendo la misma. La verdad es que llevarme bien con papá no estaba siendo tan sencillo como creía: él siempre estaba fuera trabajando, yo echaba de menos a mis amigas y mi vida en Zaragoza, y ya no veía mi temporada anual con papá como unas vacaciones con él, a quien echaba de menos durante todo el año, sino como una especie de “secuestro” donde me sacaban de mi vida normal para estar casi todo el día sola, en la piscina de la urbanización o viendo la televisión.

En la cocina, Máximo, mi padre, ya estaba de pie, en mangas de camisa y revisando unos papeles sobre la barra mientras apuraba un café solo. Tenía ese aspecto apresurado y distante que parecía haberse convertido en su estado natural.

—Buenos días —dijo sin levantar casi la vista del documento—. Te he dejado el desayuno en la barra. Hoy me voy a Benidorm temprano, tengo reunión de dirección a las nueve.

—Buenos días —respondí, sentándome en un taburete sin mucho entusiasmo—. No te preocupes, yo me apaño.

El ambiente en la cocina se sentía enrarecido, cargado de una tirantez que ninguno de los dos terminaba de nombrar. Él me miró de reojo, notando mi frialdad, y dejó los papeles sobre la mesa con un leve suspiro.

—Laura, te noto rara desde hace días. Sé que dejar Zaragoza ya no es lo que más te apetece y que la situación es complicada, pero parece que estés enfadada por estar aquí. Yo no puedo hacer otra cosa que trabajar, es la vida de los adultos.

—No estoy enfadada —repliqué, apoyando los brazos en la barra y mirándole fijamente—. Solo es que echo de menos mi vida. Me da la sensación de que me tratas como a una niña pequeña, yo ya sé que tienes tus obligaciones, pero aquí me siento sola.

Mi padre se quedó en silencio un segundo, ajustándose el reloj de pulsera. La rigidez de su postura dejaba claro que no tenía ni el tiempo ni la energía mental para gestionar esta conversación.

—No te trato como a una niña, Laura, simplemente intento que no te amargues las vacaciones por minucias —dijo cogiendo su maletín y la chaqueta—. Nos vemos esta noche. Intenta disfrutar del día… ¿quién es la niña más guapa del universo?

—Yo.

La puerta de la entrada se cerró con un chasquido seco. Me quedé sola en la cocina, con la taza de leche fría entre las manos y una amarga sensación de aislamiento. Estaba a cientos de kilómetros de mis amigas, atrapada en un piso donde la convivencia se sentía cada vez más incómoda y con un padre al que ya no sabía muy bien cómo mirar.

Cogí el móvil y me fui directa al balcón. Necesitaba escuchar voces conocidas, gente que me entendiera sin tener que dar explicaciones de más. Abrí el grupo de WhatsApp de mis amigos de Zaragoza y puse una videollamada.

Tardaron unos segundos en conectarse, pero cuando aparecieron las caras de Lucía y María en la pantalla, sentí una punzada brutal. Ellas estaban en la piscina de la urbanización de María, riéndose y tomando el sol.

—¡Laura! —gritó Lucía acercándose a la cámara—. ¿Qué tal por la costa? Enséñanos la playa, ¡qué envidia!

—Ojalá pudiera enseñaros la playa —suspiré, apoyando los codos en la barandilla—. La verdad es que estoy amargada, chicas.

María se reajustó las gafas de sol.

—¿Tan mal? ¿Qué ha pasado?

—Es que todo es un desastre —admití, soltándolo todo de golpe—. Mi padre me trata a ratos como si fuera tonta o una cría. Y me paso casi todo el día sola.

—Vaya tela… —murmuró Lucía, negando con la cabeza—. Normal que te siente mal. Estás en una jaula.

—Es que echo de menos todo —confesé, sintiendo que me escocían los ojos—. A vosotras… Aquí me paso el día sola mientras él se va a su hotel de Benidorm. No sé cómo voy a aguantar lo que me queda así.

—A ver, Laura, escucha —intervino María—. Búscate la vida por el pueblo, haz amigas allí, si no se te va a hacer eterno. Y tal vez haya chicos guapos… —rieron las dos al unísono—.

Estuvimos hablando casi una hora. Escuchar sus bromas, los cotilleos de Zaragoza y sus consejos me devolvió un poco el aire a los pulmones. Al colgar la llamada, me quedé mirando el horizonte. María tenía razón: no podía quedarme en el balcón compadeciéndome. Bajé al pueblo y di un paseo sin saber muy bien qué hacer. Entré en un par de tiendas de recuerdos y no compré absolutamente nada.

A las ocho de la tarde regresé al apartamento. Papá acababa de llegar; la puerta de la entrada estaba abierta y su maletín descansaba sobre la mesa. Tenía la misma cara de agotamiento de todos los días, con la corbata floja y la mirada perdida en el teléfono.

Cenamos casi en silencio en la terraza. Cruzamos apenas cuatro frases sobre cómo nos había ido el día. A las diez y media, vencido por el cansancio de Benidorm, se disculpó brevemente y se retiró a su dormitorio.

Me quedé sola en el salón, pero esta vez no estaba tranquila. Daba vueltas por la casa, incapaz de concentrarme en nada. La tensión acumulada, la soledad y esa mezcla rara de rechazo y curiosidad hacia él me tenían el pulso acelerado.

Cerca de la una de la madrugada, me levanté del sofá. Esta vez no tenía sed ni buscaba excusas para ir hacia su dormitorio. Caminé por el pasillo a oscuras con absoluta conciencia de adónde me dirigía, con el corazón latiéndome en la garganta.

Llegué a la puerta de su habitación, que volvía a estar entornada para dejar pasar el aire. Me detuve en la penumbra y miré hacia el interior.

Estaba tumbado bocarriba, sumido en un sueño profundo y pesado por el calor. Llevaba únicamente un calzoncillo blanco, como aquella primera noche… Pero la escena no era la misma. Estaba visiblemente empalmado, con una erección marcada que tensaba la tela. Por el elástico superior del calzoncillo asomaba la punta de su polla.

Me quedé completamente inmóvil, apoyada contra el marco de la puerta, sintiendo una mezcla de excitación y un deseo repentino que me heló la sangre.

Aguanté la respiración y di un paso hacia el interior del dormitorio. Me acerqué un par de metros más, quedando a la distancia justa para distinguir cada detalle bajo la penumbra.

El corazón me retumbaba en el pecho con una fuerza casi violenta. Le miré de arriba abajo, fijando la vista en la tensión del calzoncillo, en la polla tiesa y en cómo su respiración pausada hacía subir y bajar su torso. La atracción me helaba la sangre y, al mismo tiempo, me encendía por dentro de una forma que no podía controlar.

De repente, dejó ir un suspiro profundo y cambió ligeramente de postura en la cama, haciendo un gesto brusco con el brazo sobre la almohada.

El movimiento me devolvió de golpe a la realidad. Di un paso atrás en el acto, giré sobre mis talones en el más absoluto silencio y salí casi corriendo del dormitorio, cruzando el pasillo a oscuras hasta meterme en mi habitación.

Cerré la puerta con un tic-tac casi imperceptible, intentando calmar una respiración desbocada. Me metí en la cama con el pulso a mil por hora, consciente de que acababa de cruzar una línea invisible y… me masturbé.

Me desperté antes de que sonara la alarma de mi padre. Tenía la cabeza pesada tras una noche entera dando mil vueltas en la cama, pero tenía una cosa clara: no podía dejar que se me notara absolutamente nada en la cara. Cuando escuché la puerta de su dormitorio abrirse, me obligué a mantener una apariencia serena. Salí a la cocina vestida con unos pantalones cortos y una camiseta ancha, con el pelo recogido de cualquier manera y el móvil en la mano, fingiendo estar hiperconcentrada en la pantalla.

Apareció en el pasillo, ya vestido con pantalones de vestir y abrochándose los botones de la camisa azul. Tenía el semblante serio y cansado de cada mañana.

—Buenos días —dijo con esa voz neutra que usaba para empezar la jornada.

—Buenos días —respondí sin levantar apenas la vista del teléfono, con el tono más seco y distante que pude conseguir.

Sirvió café en su taza con movimientos rápidos. Noté que me miraba de reojo un segundo, evaluando mi frialdad, manteniéndome al otro extremo de la barra de la cocina.

—Voy a llegar tarde hoy al hotel, anoche me quedé frito y me ha costado despertarme —comentó mientras cogía las llaves y el maletín.

—Vale, no te preocupes por mí —dije tajante, dando un sorbo a mi vaso de leche y evitando a toda costa cruzarme con sus ojos.

Él se quedó un segundo parado junto a la puerta, como si quisiera decir algo más, pero la prisa y el agotamiento terminaron por ganarle la partida. Suprimió un suspiro, asintió brevemente y dijo:

—De acuerdo. Nos vemos a la noche.

En cuanto la puerta se cerró con el chasquido metálico, solté el aire que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba reteniendo. Me apoyé en la barra con las manos temblorosas. Había salvado la mañana y mantenido la máscara de indiferencia, pero la imagen de la noche anterior seguía quemándome por dentro; instintivamente me llevé la mano a mi coño y me masturbé.

Bajé a la piscina, como cada mañana, y coincidí con dos chicas, hermanas, que habían llegado para pasar las vacaciones con sus padres en el apartamento del primero del bloque contiguo, con el que compartíamos la piscina. Nos pusimos a hablar de música y de trapos y terminamos intercambiando los teléfonos. Por primera vez en días, sentía que Altea empezaba a ofrecerme algo de oxígeno. Una de ellas tenía mi edad, Daniela, y su hermana era dos años menor, Martina.

A las ocho en punto, la puerta del piso se abrió. Papá entró, pero no traía la prisa ni la desconexión de otras tardes. Dejó el maletín a un lado, se quitó la americana y me buscó con la mirada en el salón.

—Laura, tenemos que hablar —dijo con un tono tranquilo pero firme, sentándose en la mesa de la terraza e indicándome con un gesto que me acercara.

Me senté enfrente, manteniendo los brazos cruzados y la coraza puesta.

—Dime —respondí seca.

Mi padre suspiró, pasándose la mano por la calva antes de mirarme de frente.

—Las cosas no pueden seguir así. Llevamos días cruzándonos como dos extraños en el piso. Llego tardísimo del hotel, tú estás distante y… Si quiero que vengas a Altea es para que pasemos tiempo juntos, no para que estés encerrada o sola todo el día. Para esto no has venido.

El comentario me desarmó un poco. Sus palabras llevaban una mezcla sincera de preocupación y frustración.

—Ya, pero es que trabajas doce horas al día, papá —repliqué, bajando un poco la guardia—. Y cuando estás aquí, pareces estar en otro planeta.

—Lo sé, y me equivoco al dejar que el hotel me absorba tanto —admitió, inclinándose hacia adelante—. Voy a reorganizar los turnos a partir de próxima semana para poder estar más presente.

Aproveché el pie que me daba para soltar mi propia novedad:

—Bueno, hoy he conocido a unas chicas de mi edad en la piscina —le conté, marcando mi territorio.

Papá me escuchó con atención y acabó esbozando una leve sonrisa, como si le hubiera quitado un peso de encima.

—Me parece genial —dijo con tono aprobador—. De verdad, Laura. Me alegro mucho de que estés haciendo tu propio grupo aquí.

Mientras cenábamos algo rápido en un ambiente mucho más relajado, no podía evitar mirarlo y preguntarme cómo era posible que mi padre fuera el mismo hombre al que había estado observando a oscuras unas horas antes y en cuya polla no dejaba de pensar.

Esa noche me acerqué otra vez, de madrugada, a su habitación, pero esta vez estaba completamente cerrada, y por debajo de ella salía una luz tenue. Pensé que se habría quedado dormido con la luz de la lamparita de la mesilla encendida o estaría repasando cualquier informe del hotel, pero un leve jadeo me sacó de mi pensamiento naíf: se estaba haciendo una paja, a escasos dos metros de mí, y una maldita puerta nos separaba. Los jadeos no cesaban; a veces eran más evidentes, otras se desvanecían en el silencio del apartamento. Instintivamente me llevé una mano a mi coño y con la otra me acariciaba un pezón por encima de la camiseta cuando escuché un grito ahogado y un ruido que rápidamente identifiqué como el cierre apresurado de su portátil, y la luz se apagó.

Me fui sin hacer el menor ruido a mi dormitorio y me masturbé. No pude dormir en toda la noche. Entré en una especie de trance, un estado frenético en el que, después de masturbarme y correrme, seguía tremendamente excitada y necesitaba volver a hacerlo. Me sentía mal pero, al mismo tiempo, cada vez que lo hacía sentía algo que jamás había experimentado. Una especie de deseo que me consumía viva, que hacía que cada segundo fuera único y especial.

No sé cuántas veces lo hice aquella noche. Recuerdo que solo fantaseaba con él, en que yo me atrevía a abrir la puerta y él me miraba y me pedía que entrara y se la chupara. En otros momentos imaginaba que era él quien abría la puerta y me pillaba al otro lado, no mostraba sorpresa y me cogía de la mano para llevarme hasta su cama. Cada vez que notaba que me iba a correr, paraba y volvía a empezar unos minutos después, volviendo a recrear la escena.

Las horas pasaban y el cansancio, mezclado con la excitación y el deseo abrasador, hicieron que entrara en un estado de somnolencia final. Cuando desperté, papá ya se había marchado y me había dejado una nota: “No he querido despertarte, pasa un buen día. Te quiero MUCHO”.

Esa mañana, en la piscina, conocí a los padres de mis nuevas amigas; ellas ya les habían hablado de mí, y me pidieron que me quedara a cenar en su casa. Los padres de Daniela y Martina eran más jóvenes que los míos, debieron casarse muy pronto. Él era realmente atractivo pero ella me parecía más bien vulgar. Envié un WhatsApp a mi padre avisándole de que esa noche cenaría en su casa y que llegaría tarde. Papá me respondió, tres horas después, que se alegraba y me pidió que cogiera una botella de los vinos especiales, que guardaba en un mueble del salón, y se la entregara a los padres, de su parte. Así lo hice.

La cena transcurrió sin mayor interés. Yo estaba realmente agotada después de una noche sin apenas dormir. Margarita, la madre, era una mujer insulsa que apenas intervenía en la, ya de por sí, aburrida conversación. El padre, Juan, me resultaba más interesante. Era médico, como Margarita, y mientras cenábamos me parecía aún más atractivo. Tenía un cuerpo fibrado y cuidado. Las hijas, especialmente Martina, me resultaban muy parecidas a su madre y pensé que jamás llegaría a tener una amistad real con ellas.

A las diez y media de la noche, bastante antes de lo que pensaba, la cena no daba más de sí. Habíamos terminado los postres y alargábamos una conversación estándar sobre lo importante que era estudiar duro a nuestra edad para tener un futuro esplendoroso. Daniela y Martina asentían totalmente convencidas a cualquier cosa que sus padres dijeran.

Cuando encontré un silencio que duró más de tres segundos, me despedí y enfilé el camino hasta mi apartamento. Atravesé el jardín y la piscina y subí las escaleras del bloque con cuidado de no hacer ruido. Aunque era verano y pronto aún, papá siempre me advertía de no hacer nunca ruido y tener la mayor “consideración” con los vecinos. Al llegar al piso, metí la llave en la cerradura y la giré con una lentitud milimétrica. Pensaba que ya estaría, como siempre a esas horas, en su dormitorio y en el cansancio acumulado que llevaba él a la espalda y no quería despertarlo bajo ningún concepto.

Cerré la puerta de la entrada con sigilo, dejé las sandalias en el recibidor y caminé descalza por el pasillo en penumbra, pero al pasar junto a su habitación, me sorprendió ver una franja de luz brillante que salía por la puerta entornada. Pensando que quizás seguía despierto leyendo o revisando papeles del hotel, di dos pasos y me asomé sin llamar.

La escena me paralizó en el sitio.

Estaba sentado en el borde de la cama, completamente desnudo. Llevaba puestos unos auriculares y mantenía la vista fija en la pantalla de su ordenador portátil, apoyado sobre sus piernas. Con una mano sujetaba el teclado y con la otra se masturbaba a un ritmo lento y constante, con los ojos entreabiertos y la respiración agitada por la escena que estuviera viendo. Su cuerpo estaba completamente expuesto bajo la luz blanca del portátil, que iluminaba su glande húmedo. Su polla enorme y venosa me pareció en aquel instante la cosa más bonita que jamás había contemplado.

En ese preciso segundo, mi padre giró levemente la cabeza y sus ojos se cruzaron de lleno con los míos.

El tiempo se detuvo. Él se quedó helado en mitad del gesto, con la boca a medio abrir y los auriculares puestos. Yo sentí que el corazón se me salía por la boca, desbordada por una mezcla brutal de vergüenza, deseo y shock.

No dije nada. No pude. Di un paso atrás a toda prisa, giré sobre mis talones y eché a correr en silencio por el pasillo hasta meterme en mi dormitorio. Cerré la puerta con un golpe seco, con las manos temblorosas y me dejé caer de espaldas contra la cama, escuchando únicamente el latido desbocado de mi propio pecho en la oscuridad…

Capítulo 3

Me quedé a oscuras en la cama, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo violento. La imagen de su cuerpo desnudo bajo la luz del portátil y el recuerdo de sus ojos fijos en los míos me provocaban una pulsación eléctrica entre las piernas que amenazaba con volver a descontrolarme.

Pasaron los segundos más largos de mi vida. Esperaba escuchar la puerta de su habitación abrirse, el sonido de sus pasos presurosos por el pasillo y una voz ofreciendo una explicación imposible. Pero no hubo nada. Solo un silencio que confirmaba que él estaba exactamente en el mismo estado de parálisis que yo.

Me llevé las manos a la cara, notando la piel ardiendo. Cerré los ojos, pero la imagen no se borraba: la polla dura y expuesta, el movimiento de su mano y ese instante en que la realidad nos aplastó a los dos. ¿Qué pensaba él en ese momento? ¿Había reconocido la mezcla de atracción y culpa en mi mirada, o solo sentía haber sido descubierto por casualidad?

Un crujido lejano me hizo dar un brinco en el colchón. Aguanté el aliento, pegando la espalda al cabecero de la cama. Escuché el sonido sordo de su puerta cerrándose suavemente. La casa quedó sumida en la negrura más absoluta.

Cada vez que cerraba los ojos, el deseo volvía a golpear con un peso insoportable. Fantaseaba con lo que habría pasado si, en lugar de salir corriendo, me hubiera quedado un segundo más; si él hubiera seguido masturbándose a pesar de ser descubierto, o si la puerta de mi dormitorio se abriera ahora mismo en mitad de la noche. Me acaricié de nuevo a oscuras, casi con desesperación.

Cuando los primeros rayos de luz empezaron a filtrarse por la persiana, escuché los ruidos habituales de la mañana. Pero esta vez eran distintos: movimientos torpes, tazas que chocaban más de la cuenta, una prisa casi absurda.

Escuché el pomo de mi puerta girar con extrema lentitud. Me mantuve inmóvil, fingiendo un sueño profundo, aunque el corazón me latía tan fuerte que temía que lo escuchara desde el umbral. No entró. Solo se quedó allí parado un par de segundos, respirando con dificultad, antes de cerrar de nuevo y caminar hacia la salida.

El chasquido metálico de la puerta del apartamento al cerrarse no me devolvió la paz. Esta vez no había alivio. Solo la certeza de que, cuando volviera a cruzar esa puerta por la tarde, nada en ese piso —ni entre nosotros dos— volvería a ser igual.

Necesitaba quitarme el calor y la presión de encima antes de volverme loca. Me metí en la ducha, abrí el grifo y dejé que el agua fresca me cayera por la espalda, pero la humedad y la soledad solo consiguieron avivar más la imagen de la noche anterior. Cerré los ojos y, sin poder evitarlo, mis manos bajaron solas. Me masturbé allí mismo, contra los azulejos, al borde del colapso por la mezcla de morbo, vergüenza y el recuerdo de su cuerpo desnudo.

Cuando me corrí, conseguí un poco de calma y me vestí, desayuné un vaso de leche fría y dos magdalenas y di una vuelta como una autómata por la casa. En el salón reparé de nuevo en las pocas pertenencias personales de mi padre. Algunos libros sobre Egipto, que siempre le había apasionado y había visitado en varias ocasiones, y unas pocas fotografías colocadas en marcos de Ikea. Una de mis abuelos, que ya habían fallecido; una de él recogiendo un premio de una asociación turística; una mía de cuando era un bebé, en sus brazos; otra mía que le envié las navidades del año anterior, y una de los tres —mi madre, mi padre y yo— durante unas ya lejanas vacaciones, cuando aún éramos felices y aún nada había saltado por los aires.

Yo debía tener unos 8 o 9 años. Estábamos en Cambrils. Mi madre llevaba un vestido blanco con rayas amarillas y grises idéntico al que llevaba yo —siempre ha sido muy cursi—. Mi madre es muy menuda y bajita, y yo he salido a ella. Mi padre, sin embargo, mide casi 1,90 y debe rondar los 100 kilos. Está calvo desde muy joven y en la foto tiene una espesa barba que ahora, a sus 56 años, está completamente cana. Los tres sonreíamos a cámara, ajenos al desastre que nos esperaba.

Un tiempo después de aquellas vacaciones, todo cambió. Una fría y lluviosa tarde de viernes, mi abuela materna vino a recogerme a la salida del colegio. Traía una mochila con ropa limpia y me dijo que iba a pasar el fin de semana con ella y mi abuelo en su casa. Mi intuición infantil me advertía de que pasaba algo raro, pero mi abuela me tranquilizó de inmediato y me dijo que, en cuanto llegáramos a su casa, hablaría por teléfono con mamá. Mi madre, al teléfono, intentaba aparentar tranquilidad, pero estaba claramente nerviosa y simplemente me comentó que pasaría unos días con los abuelos y que me quería mucho.

Una semana después volví a casa, pero todo era distinto. Mis padres no se hablaban; eran dos extraños habitando un espacio de apenas 70 metros cuadrados. Papá estaba durmiendo en mi cama y yo empecé a dormir con mi madre en la cama de ellos. Papá empezó a ir a un terapeuta porque el estrés del trabajo en el hotel de Zaragoza le estaba pasando factura. O eso me dijeron. En aquella época mi padre trabajaba en la dirección de un hotel del centro de la ciudad. En muchas ocasiones, fuera de su horario de oficina, se encerraba en el despacho de casa a trabajar hasta tarde.

Dos meses después de aquello, mis padres me sentaron en una butaca del salón y me anunciaron que se separaban. Yo ya lo sabía, y casi fue un alivio, porque la situación en casa era insostenible. Una tarde de diciembre, mi padre se marchó de casa y se fue a vivir con mis abuelos. Yo pasé tres días sin dejar de llorar, pero poco a poco se instaló en nuestras vidas una nueva normalidad. Pocos meses después, papá decidió aceptar una oferta para dirigir un hotel en Benidorm. Durante los dos años siguientes, apenas le vi. Papá venía cada tres o cuatro meses a Zaragoza y se quedaba en casa de los abuelos. En esas ocasiones, mi madre me llevaba a verle al centro comercial que quedaba cerca de casa. Eran visitas breves, y cada despedida se convertía en un drama.

Mi madre conoció a Andrés y se casaron rápidamente. Andrés siempre me pareció un perfecto cretino, pero mamá parecía contenta por vez primera en mucho tiempo. Cambiamos de casa. Ellos compraron una nueva, más grande, donde vivíamos los cuatro: Andrés tenía una hija, Rebeca, mi nueva “hermana”. Rebeca y yo jamás congeniamos, aunque al principio intenté llevarme bien con ella. Mi madre me había explicado que la madre de Rebeca había muerto cuando ella era muy pequeña, y me daba verdadera pena. Sin embargo, esa lástima desapareció rápidamente después de escasas semanas de convivencia.

Los abuelos paternos fallecieron con pocas semanas de diferencia y papá dejó de venir a Zaragoza. En verano fuimos los cuatro de vacaciones a Benidorm dos semanas y pude ver a papá. El verano siguiente, mi padre vino a Zaragoza y me llevó una semana a un hotel de Asturias. Un año después, fue la primera vez que fui a Altea, a su apartamento, dos semanas, y desde entonces iba cada verano y me quedaba dos meses. Mi madre me llamaba continuamente pero, con el tiempo, las llamadas mientras estaba con papá se fueron espaciando hasta convertirse en algo normal.

Estaba recordando todo aquello cuando me acordé de que había quedado con las chicas. Estuvimos dando una vuelta por el paseo marítimo, pero yo era un fantasma. Ellas hablaban tonterías, mientras yo asentía con la cabeza sin enterarme de la mitad. Tenía el cuerpo en Altea, pero la cabeza clavada en la cuenta atrás hacia la llegada de mi padre a casa.

Cuando por fin regresé al piso, pasaban unos minutos de las siete. Giré la llave en la cerradura con las manos frías y abrí la puerta.

Papá estaba sentado en el sofá del salón, con los brazos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas. Se había quitado la corbata y llevaba las mangas de la camisa arremangadas, pero su postura era totalmente rígida. El salón estaba a oscuras, solo iluminado por la luz anaranjada del atardecer que entraba por el ventanal de la terraza.

Escuchó la puerta, levantó la cabeza y me miró de frente. Su expresión era seria, impenetrable, cargada de una gravedad que nunca le había visto.

—Hola —dijo con voz baja y profunda, sin moverse del sofá—. Siéntate, por favor. Tenemos que hablar de lo de anoche.

—Ahora no, papá… de verdad. Vengo cansada y no tengo ganas de pasar por esto —solté de golpe, dando un paso atrás en dirección al pasillo para intentar refugiarme en mi habitación.

—Laura, basta —dijo él, levantándose del sofá con un movimiento firme que me hizo congelarme en el sitio—. No puedes salir corriendo cada vez que las cosas se ponen incómodas. Si nos evitamos ahora, estar en este piso va a ser un infierno para los dos. Siéntate, por favor.

Su voz sonó con una autoridad que no dejaba espacio a réplicas, pero en sus ojos no había enfado, solo una mezcla pesada de cansancio y preocupación.

Apreté los dientes, tragué saliva para deshacer el nudo de la garganta y, dando pequeños pasos, crucé el salón. Me dejé caer en el sofá. Papá volvió a sentarse, soltando un largo suspiro que pareció arrastrar todo el peso de la jornada.

—Lo de anoche… fue un accidente lamentable —empezó a decir, midiendo cada una de sus palabras con cuidado—. No esperaba que volvieras tan temprano, y tú no tendrías por qué haber presenciado eso. Fue una falta de tacto por mi parte no haber cerrado la puerta del todo, y lo siento.

—No tienes que pedirme perdón —respondí, con la voz más fría que pude impostar sin que me temblara—. La que entró sin llamar fui yo.

—No se trata solo de eso, Laura —me corrigió él, inclinándose un poco hacia mí y obligándome a mirarlo—. Se trata de la tensión que llevamos arrastrando desde que llegaste. Si vas a estar incómoda aquí o sientes que prefieres volver a Zaragoza, prefiero que me lo digas.

Le miré de frente por primera vez en todo el día. Ahí estaba, tratando de actuar como el adulto responsable y maduro, pero la imagen de su cuerpo completamente expuesto bajo la luz del portátil seguía quemándome por dentro. La conversación no estaba apagando el fuego; lo estaba avivando.

—Ya está. No quiero volver, quiero quedarme aquí contigo, de verdad.

Noté la rigidez de sus hombros relajarse un milímetro, aunque la duda seguía flotando en su cara.

—De acuerdo —asintió él, soltando una exhalación profunda que sonó a alivio—. Como si no hubiera pasado nada. Nadie tiene que saber jamás esto.

Se levantó del sofá y se dirigió a la cocina para servirse un vaso de agua, dando la conversación por terminada. Pero mientras lo veía de espaldas, con la camisa marcándole los hombros y recordando cada milímetro de lo que había visto la noche anterior, supe que la mentira no me iba a calmar. Decir “como si no hubiera pasado nada” era fácil, pero borrar la imagen de mi cabeza era completamente imposible.

Durante los dos días siguientes intenté aplicarme el cuento a rajatabla. Papá había recortado su horario para estar más en casa, algo que yo sabía que era un esfuerzo enorme para él. Tenía que delegar parte de las responsabilidades que hacían posible que el hotel funcionara en temporada alta con precisión suiza. Sin embargo, mi incomodidad pudo más que mis intenciones: pasaba casi todo el tiempo encerrada en mi habitación mirando el móvil, o me bajaba a la piscina a deshoras para evitar cruzarme con él.

El viernes por la tarde volví al piso a las nueve después de estar todo el día fuera. Papá me esperaba de pie en mitad del salón, con los brazos cruzados y la mirada fija en la puerta. Ya no llevaba la ropa del trabajo; vestía unos pantalones cortos y una camiseta básica, pero su gesto era de absoluta seriedad.

—Laura, para un momento —dijo en cuanto me vio ir directa al pasillo.

—Llego un poco justa, papá, he quedado con las chicas para cenar… —intenté esquivarlo.

—No, de eso nada. No vas a volver a salir corriendo —me cortó con una firmeza que me hizo dar un paso atrás—. Llevas dos días entrando y saliendo de esta casa como si esto fuera un hostal. Apenas me cruzas la palabra, me esquivas las miradas y te faltan piernas para desaparecer en cuanto escuchas la llave en la cerradura.

—Dijimos que haríamos como si no hubiera pasado nada —repliqué, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso—. Es lo que querías, ¿no? Que hiciera mi vida.

—¡No así, Laura! —elevó un poco la voz, dando un paso hacia mí—. Te dije que hicieras tu grupo y disfrutaras, pero no que me borraras del mapa. Si vienes aquí en verano es para pasar tiempo juntos, no para que me trates como a un apestado. Para estar solo en este piso y verte volar de refilón dos minutos al día, no hace falta que estés aquí. Yo he hecho una apuesta profesional importante recortando mi horario para estar contigo.

Sus palabras me cayeron encima como un cubo de agua helada. La frustración en su voz no era de enfado, sino de alguien que realmente echaba de menos mi compañía y que se sentía desplazado.

—No te trato como a un apestado… —murmuré, bajando la vista, incapaz de sostenerle la mirada ante la proximidad de su cuerpo.

—Pues lo parece —contestó, suavizando un poco el tono pero manteniendo la distancia corta entre los dos—. Acepté lo de hacer como si no hubiera pasado nada para que te sintieras cómoda, no para que te distanciaras del todo. Hoy es viernes. Cenamos juntos aquí, tranquilos, y empezamos a comportarnos como un padre y una hija normales. ¿De acuerdo?

Acepté sin decir mucho más. La cena transcurrió en una especie de tregua frágil. Forzamos la máquina para hablar de cosas neutras: de lo que yo hacía por las mañanas, del jaleo del hotel en Benidorm y de recuerdos tontos de cuando yo era pequeña, una vida que ya no existía para ninguno de nosotros. Por momentos parecía que volvíamos a conectar, pero la tensión estaba ahí, flotando pesada en cada mirada de más de tres segundos. Mi padre hizo un esfuerzo para mostrarse cercano y cariñoso, pero todos aquellos esfuerzos se estrellaban con mi actitud distante. Yo misma no sabía el porqué de mi propia actitud; mi cabeza era un hervidero de sentimientos contradictores y deseos frustrados.

A las once y media, el calor sofocante de la noche tropical y la segunda copa de vino que papá ya había apurado nos dieron la excusa perfecta para recoger. Nos despedimos con un beso y cada uno se retiró a su dormitorio.

En cuanto entré en mi cuarto, escuché el sonido seco de la puerta de papá al encajarse en el marco. Desde aquella noche del “incidente”, la cerraba siempre del todo. Ni un par de dedos de abertura para el aire, nada. Un portazo suave que sonaba a muro divisorio, a intento desesperado por su parte de hacer ver que nada había pasado.

Me metí en la cama a oscuras, pero no podía dormir; incluso después de masturbarme no conseguía caer dormida. Pasada la medianoche, me levanté descalza y abrí mi puerta lo justo para asomarme al pasillo desierto.

La puerta de su habitación estaba completamente cerrada, tal como ya sabía. Sin embargo, a través del hueco del bajo de la puerta, una franja de luz recortaba la oscuridad del suelo.

No se oía absolutamente nada. Solo la luz fija encendida en mitad de la madrugada.

Me quedé allí clavada, apoyada en el marco de mi puerta, con el pulso desbocado y la garganta seca. Mirando fijamente esa rendija iluminada, fue inevitable que mi mente me devolviera la imagen de la noche en la que lo vi a él, desnudo en el borde de la cama bajo la luz del portátil. La posibilidad de que pudiera estar sucediendo lo mismo en ese preciso momento me provocó un vuelco en el estómago y una punzada de calor que me recorrió el cuerpo entero.

Me giré con la intención de volver a tumbarme en la cama, pero al pasar por delante del espejo este me devolvió mi propia imagen reflejada, vestida solo con las braguitas que me había puesto después de la ducha y una camiseta corta.

Me armé de valor y retrocedí. El corazón me retumbaba en los oídos con tanta fuerza que casi amortiguaba el sonido de mis propios pasos mientras cruzaba el pasillo a oscuras. La franja de luz debajo de su puerta era como un imán. Mi intención inicial era simple, o al menos eso intentaba convencerme a mí misma: quería disculparme por todo, asumir que había tenido una actitud infantil y cerrar de una vez esta dinámica tan agotadora.

Llegué frente a la puerta, tragué saliva y levanté la mano. Alcé los nudillos y di dos toques suaves.

—¿Papá? —susurré con un hilo de voz.

El silencio al otro lado se volvió instantáneamente denso. Escuché un movimiento brusco, el sonido sordo de la tapa del portátil al cerrarse de golpe y una respiración agitada.

—Espera… espera un momento —respondió él con la voz inusualmente grave, entrecortada y áspera.

Se oyó el roce apresurado de una sábana y, apenas unos segundos después, dijo: «Entra».

Papá estaba tumbado sobre la cama, su portátil cerrado sobre la mesita de noche, iluminado por la luz amarilla de la lámpara de la otra mesita, que dejaba el resto del dormitorio en una penumbra cálida. Estaba tapado con una sábana blanca, dejando solo al descubierto su torso peludo. Tenía la piel ligeramente sudada y el pecho subiendo y bajando a un ritmo acelerado.

Su mirada se clavó en la mía con una mezcla de sorpresa y una intensidad cruda.

—Laura… —dijo, intentando recuperar el aliento y mantener el tono neutro, aunque le fallaba la voz—. ¿Pasa algo? Es casi la una.

Me quedé completamente parada a medio metro de él. Tragué saliva y obligué a mis ojos a subir directamente a los suyos, ignorando la tensión brutal de su torso desnudo y la evidencia de lo que acababa de interrumpir.

—Solo… solo quería pedirte perdón —solté de golpe, con la voz un poco temblorosa pero firme—. Por estos días. Por haber sido tan infantil, por evitarte, por entrar y salir como si fuera una extraña y por hacer que esto fuera tan incómodo para los dos.

Máximo me miró fijamente. Su pecho seguía subiendo y bajando a un ritmo agitado, pero la dureza de sus facciones empezó a ceder ligeramente ante mis palabras.

—Laura… no tienes que pedir perdón por eso —murmuró, incorporándose y sentándose sobre la cama—. La situación se nos ha ido de las manos a los dos. Yo también he estado a la defensiva y no he sabido gestionar la tensión que había en casa.

—Lo sé, pero no quiero seguir así —insistí, dando un milímetro de paso hacia adelante, atraída casi sin querer por el calor que emanaba de él—. Lo único que he hecho yo ha sido crear mal rollo entre tú y yo. Quería decírtelo hoy para que mañana podamos empezar de cero… de verdad.

Se quedó en silencio, mirándome a los ojos durante dos segundos eternos. El aire se sentía tan denso que casi costaba respirar. Su mirada bajó un instante a mis braguitas y volvió a subir rápidamente a mis ojos.

—Aprecio que hayas venido a decírmelo —dijo con la voz aún más grave y baja—. Pero no era necesario que vinieras a estas horas. Vete a dormir, Laura. Mañana hablamos con más calma, ¿vale?

Pero no me fui; me senté al borde de la cama, a su lado, y le miré fijamente. Posé una mano sobre la sábana, a la altura de su muslo.

—Laura… —murmuró por fin, con la voz áspera y rota—. No sabes lo que estás haciendo.

—Sí lo sé —respondí, con un hilo de voz que apenas salió de mi garganta, pero firme, sin apartar los ojos de los suyos.

Las manos de papá se movieron con una lentitud desesperada. Retiró mi mano de su muslo y la colocó sobre el mío.

—Vete a la cama, por favor.

Volví a levantar mi mano y esta vez la coloqué sobre su polla y la acaricié por encima de la sábana. Su expresión cambió en una fracción de segundo.

—¡Vete! —gritó, con la voz rota y alterada, retumbando en las paredes del piso—. ¡Lárgate a tu dormitorio, Laura! ¡Ahora mismo!

El grito me dio de lleno en el pecho, congelándome sobre el borde del colchón.

—Papá… —intenté articular, pero la voz se me cortó de golpe al ver cómo se echaba hacia atrás bruscamente en la cama, apartándose de mí como si yo fuera veneno.

—¡Que te vayas, Laura! —repitió, señalando la puerta con el brazo temblando, sin dejar de respirar como si hubiera corrido una maratón—. ¡Se acabó! ¡Vete a tu cuarto y no vuelvas aquí!

—¡No!

—No empeores las cosas, por favor. Vete a dormir… hazlo por lo que más quieras.

Su voz no sonaba enfadada como antes; sonaba rota, ahogada por un mundo que se estaba cayendo a pedazos.

La vergüenza y el shock me cayeron encima como un cubo de agua helada. Me levanté torpemente de la cama, sujetándome la camiseta corta con las manos frías, y me fui hacia el pasillo a toda prisa. Me metí en la cama y me tapé entera, la cabeza incluida, con la sábana. Quería desaparecer. Quería estar a miles de kilómetros de distancia.

Amaneció con una calma pesada, casi irreal. Cuando salí al pasillo, la puerta de Máximo estaba abierta de par en par. Sobre la barra de la cocina encontré una nota con su letra rápida y ordenada:

Siento no estar aquí cuando te despiertes. Tengo lío en el hotel y volveré tarde. Luego hablamos…

Por PrimaVera26

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